La dificultad de ser libres


”Recordad, no creáis nada porque yo lo haya dicho. Nunca creáis nada a no ser que lo hayáis experimentado”.

Buda

Las imposiciones exteriores nos convierten en siervos, en esclavos, en personas rígidas y definidas. Cuando Jesús, látigo en mano, expulsó a los cambistas y comerciantes del templo de Jerusalem lo hizo por amor, desde el amor que otorga el estar despierto a una mayor consciencia. El mismo acto realizado por un ser egoísta carece de virtud. Pero hecho por alguien de la talla de un despierto, no puede ser un acto viciado ni inmoral ni violento. Jesús actúa drásticamente para provocar un cambio en las consciencias, en las masas dormidas, en la estructura de las cosas. Pretende avisarnos sobre la libertad y por ello se comporta como un auténtico sannyasin, una persona lucida y constantemente alerta, un ser que ha renunciado a la ilusión de la existencia y por lo tanto es completamente libre.

Ser libre no significa crear un modelo diferente al existente. No significa crear una nueva estructura. Significa estar fuera del modelo, fuera de la estructura. No significa ser un revolucionario, sino ser un rebelde constante, un ser líquido, fluido.

Durante muchos siglos en India estaba prohibido que la casta de los Intocables pudiera entrar en los templos. Gandhi luchó toda su vida para que esto no ocurriera y los Intocables pudieran acceder a los templos. Cuando se le preguntó a Krishnamurti sobre este hecho, contestó: ¿Y para qué quieren los Intocables entrar a los templos? Dios no está en los templos”. La visión de Gandhi es revolucionaria, desea poder cambiar la estructura pero sin salir de ella. En cambio, Krishnamurti da una visión diferente, sale de la lógica y de la estructura y ofrece por lo tanto una respuesta que rompe con la razón.

Un ser libre es un ser creador, pero impredecible. Por su propia naturaleza, por guiarse únicamente por su interior y no por las aberraciones exteriores, es totalmente impredecible. Vive en una constante rebelión creativa. Ha renunciado a su pasado y por lo tanto carece de carácter, viviendo una vida sencilla, de juego constante, de alegría, sin prisión. Carece por lo tanto de hábitos, condicionamientos, viejas experiencias o creencias que atrapen su caminar, reinventando cada instante en interminable acto creativo.

Pero resulta una gran responsabilidad ser libre, o pretenderlo, porque careces de apoyos pasados para poder sostener tu peregrinar, y sin embargo, estás completamente abierto a la experiencia. No tienes nada en que apoyarte excepto en tu propio ser y consciencia, en nuestra propia dignidad, en cada instante porque cada instante es único e irrepetible, y nunca, nunca, nunca puede ser predecido, ordenado o planificado. Porque ser libres, al fin y al cabo es ser dignos, llenar nuestras vidas de luz y esplendor y vivir la experiencia del instante único sin atadura, sin condicionantes, sin exigencias y siempre desde un agudo sentido del humor. Ser libre es estar aquí, y ahora, sonriente. Eso es permitir que la vida actúe, que la vida se muestre y que nos ofrezca sus regalos. En las cosas sencillas, en lo espontaneo, en la naturalidad está la fortaleza del instante que se abre para mostrarnos sus dádivas.

Y además un ser libre escucha todo cuanto le rodea desde ese estado meditativo que se consigue desde la soledad. Eso no significa estar solo, sino simplemente el ser feliz en esa condición, escuchando, aprendiendo, compartiendo. Empieza por su propio organismo, por su propia sexualidad, por su propia compañía. Cuando tiene hambre, come, cuando tiene sed, bebe. Pero nunca fuerza nada. Cuando ama, lo hace con pasión y cuando deja de amar, se muestra franco y honesto. Lo mismo ocurre con las parejas o con la amistad o con la familia. Siempre actúa francamente, sin ocultar nada de lo que siente por unos y por otros, alejándose del chantaje, la máscara, el disimulo o el fingir.

Ser libre es amar, es decir, relacionarnos con todo cuanto existe, y esto solo es posible cuando hemos aprendido a estar solos, cuando hemos conseguido penetrar en la profundidad de nosotros mismos.

(Extracto del prefacio a la segunda edición de Creando Utopías, el papel de la rebeldía ante el viejo orden mundial)

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