«Ya no estamos en campaña; es momento de decir lo que de verdad pensamos«. (Jesús Aguirre, portavoz del PP en el Senado).
En los tiempos en que, según Hegel, el mundo empezaba a girar sobre la cabeza, los maestros de los gremios medievales se convertían en burgueses modernos mientras los oficiales y jornaleros no agremiados se transformaban en proletariado. En las luchas contra la nobleza de aquella época existieron algunos objetivos comunes entre los primeros burgueses y los primeros proletarios. Sin embargo, el resultado de aquella revolución ya lo sabemos. Tal y como nos recordaba Engels, el reino de la razón no era más que el reino idealizado de la burguesía, donde la “libertad” eterna vino a tomar cuerpo en la libertad burguesa, la “igualdad” se redujo a la igualdad burguesa ante la ley y la “fraternidad” tomó cuerpo proclamando la propiedad burguesa. Por lo tanto, en términos revolucionarios, fue todo un fracaso, ya que las conquistas alcanzadas contra la nobleza solo fueron aprovechadas por una nueva oligarquía política y económica que aún, de forma cada vez menos disimulada, nos gobierna. El contrato social de Rousseau solamente podía pisar la realidad que se imponía ante la incipiente república democrática burguesa.
Hoy día está naciendo una nueva revolución incipiente que no tan solo intenta abolir los privilegios de la clase dominante (la clase política y económica), sino que además, intenta que se pueda destruir cualquier tipo de desigualdad. Estamos, como antaño, de nuevo en las andadas.
Nuestra sociedad ha visto parir a ese nuevo “proletariado” revolucionario en manos de movimientos civiles como los del 15M o el 25S. Pero también está viendo como la nueva burguesía, esa a la que le han cerrado el grifo del crédito, también se revela contra el reino de la razón.
No quiero entrar en la crítica fácil y aburrida a la que estamos acostumbrados en nuestra política bodeguera. Pero no he podido con la tentación, por eso de que las cabras siempre tiran al monte, de matizar algunas observaciones sobre el nacimiento del partido político Sociedad Civil y Democracia, reducto que reclama de forma confusa y turbia los derechos de la nueva burguesía crediticia.
El nacimiento de un partido político siempre es motivo de celebración. Es señal de cierta salud democrática y de cierta voluntad para cambiar las cosas. Esa debería ser la lectura fácil de lo ocurrido si no fuera porque a veces ciertas lecturas requieren de cierta profundidad. No será el caso porque podríamos alargarnos hasta el aburrimiento, pero si matizaremos algunas cosas que parecen, como mínimo, contradictorias. Empecemos con el nombre del partido:
“Sociedad Civil”
La tesis argumental es que la sociedad civil debe recuperar algunos derechos fundamentales. Pero la “sociedad civil” que describe el partido no es la totalidad de la sociedad civil. Muchos son los ciudadanos de la sociedad civil, excepto los comunistas, que han cometido aberraciones, según los partidarios del nuevo partido, y por lo tanto no deben ser sociedad civil, y excepto los musulmanes o judíos o budistas o hinduistas o ateos o agnósticos que tampoco son sociedad civil porque no tienen un sentimiento de tendencia humanista cristiana. Tampoco son sociedad civil los que no sean liberales. Representa a la sociedad civil, pero solo si esa sociedad civil es de tendencia liberal, o sea, que la sociedad civil debe defender el liberalismo político para ser sociedad civil. Esto último excluye a anarquistas, comunistas, socialistas (científicos y utópicos) e incluso a conservadores que no sean de la rama liberal. Y es que el primer artículo de sus fines ya es un galimatías extraño: la “Defensa del liberalismo político, del Estado aconfesional y de la visión social del humanismo cristiano”.
“Y Democracia”.
Sí, ha nacido un nuevo partido y lo hace de forma democrática: votando, aunque voten a un solo candidato y lo hagan por aclamación, a mano alzada o expresado oralmente, que como saben aquellos con un poco de carrera política, es coercitivo, de ahí que ya desde hace muchos años se utilice el voto secreto para garantizar la libertad del mismo. Y nace con unos estatutos definitivos, ya realizados por alguien, donde lo único que hay que hacer es votar a mano alzada y ya está.
No voy a entrar aquí en la fácil argumentación sobre lo populista del mensaje, o sobre el traje a medida para un candidato cuyos fines distan mucho de lo pregonado en las pagodas nihilistas de la ceguera intelectual y moral de nuestro país. Ya lo hice en su día de forma amable y no es menester profundizar de nuevo en ello. Sólo cabe advertir de que lo que mal empieza mal acaba, y que por suerte, el pueblo tiene memoria y está advertido sobre la implantación de una posible y futura nueva república democrática civil y crediticia. Esperemos que la revolución que estamos viviendo de una profunda vuelta de espiral mayor a la conseguida en la revolución francesa. Y que la mentira, el egoísmo y la vanidad no sean las líneas de salida de ese nuevo tiempo y ese nuevo mundo.

Claro que es coercitivo. Es que no puede ser de otra forma. El funcionamiento interno de los partidos políticos es coercitivo por necesidad. Es la única manera de imprimir un ritmo ágil a una organización que pide a sus socios esfuerzo a cambio de ilusiones; no puedes dar tiempo para pensar, ni oportunidad a que opinen todos. Un partido político no es un movimiento asambleario, sino la legalización de un conjunto de intereses que compra votos a cambio de espectativas y paga el esfuerzo de sus afiliados con promesas de parcelas de poder.
Ahora vendran las luchas internas por posicionarse porque ya ellos se van dando cuenta de que los hay más espabilaos, y nadie quiere quedarse atrás. Ahora empezarán a brillar las dagas florentinas -tienen un reflejo espectacular; estad atentos-.
Amén de las luchas de base, están las de liderazgo. Ya hay tres, que se sepa. Y es simpático porque, al menos Mario, es profundamente mediático pero, los otros… 🙂
Si como partido político lo están haciendo MB: «Todo está mal si estás en la oposición; todo es imponderable si estás en el poder». Otra cosa es que un partido político creado al amparo de la «Ley Orgánica 6/2002, de 27 de junio, de Partidos Políticos» tenga alguna utilidad para la sociedad española de hoy.
Todo ello sin contar el giro inesperado de que, lo que comenzó como un movimiento de ciudadanos que buscaban una forma ética de plantear la convivencia, haya virado hasta convertirse en Partido Político. Aunque por momentos es más obvio que no estábamos todos a lo mismo. Al menos yo, no me había enterao de ná… Es que me voy quedando sordo: estoy pá los leones.
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Si, efectivamente Sociedad Civil y Democracia «excluye» de sus filas a todos los que no coincidan con sus presupuestos, sinceramente no se me ocurre otra forma de hacer un partido, o una agrupación Civil. ¿El autor de esta entrada se imagina acaso el Partido de la Sociedad Civil de Gays y Lesbianas Homófobos? ¿O el Partido Nazi-Sionista? ¿O la agrupación de Libertarios Socialistas? ¿O la Sociedad Civil de Ateos dedicados a la vida Consagrada?… En fin, hay mucho margen de crítica a SCD, pero no es necesario cruzar la barrera del surrealismo para hacerlo.
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Está claro, como afirmas, que no estamos hablando entonces de la «sociedad civil», sino de un grupúsculo de la misma, es decir, de un uno por ciento de la sociedad… El surrealismo consiste precisamente en aclamar al conjunto de la Sociedad Civil y luego, una vez llamados a filas, especificar: «usted perdone, nos referíamos a tal o cual sociedad civil». De todas formas, gracias por aclararlo…
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Cierto. Esa sí es una crítica aceptable, SCD no debería (y no puede además) erigirse como representante de la Sociedad Civil, y menos en el rol de partido político. Creo que la elección del nombre es una apelación a la Sociedad Civil, a los ciudadanos, para que de una vez por todas sean determinantes en la política oficial del país. De esa Sociedad Civil, PSCD sólo sería una parte, quizá la conservadora del arco político, pero desde luego en ningún caso representa (ni representará) a las opciones liberales, huérfanas hoy, ni por descontado a las socialdemócratas. Quizá termine surgiendo una Sociedad Civil Liberal, o una Sociedad Civil Socialdemócrata, en todo caso nunca serán representación de toda la Sociedad Civil, y si lo pretenden mal lo llevarán.
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