Inconsciente y Meditación


Amontona riquezas en el cielo, donde ni la polilla ni la carcoma las echan a perder y donde los ladrones no entran ni pueden robar. Porque, donde tengas tus riquezas, tendrás tu corazón. (Mateo 6: 20-21)

Nuestra mochila está cargada de piedras: cólera, orgullo, intolerancia, odio, venganza, miedo, envidia, avaricia, gula, egoísmo, sensualidad… Piedras que entorpecen nuestra búsqueda, piedras que aploman nuestro visión, que detienen nuestro avance, que esconden el diamante que somos. Hay una fuente de pasiones que escapan a nuestra consciencia, que sirven peligrosamente a las fuerzas inconscientes que gobiernan nuestras vidas y se muestran como pesadas cargas de nuestra vida cotidiana.

Desde muchos siglos se ha intentando frenar las fuerzas inconscientes. Una de las más avaladas ha sido la profundización de cierta forma de meditar, un cierto –y a veces torpe- control mental que ayude a reclamar cierta luz a ese caballo desbocado que llevamos dentro. El cambio de pensamiento nacido de una constante meditación sobre los aspectos básicos de nuestra vida va acompañado inevitablemente de un cambio de hábitos, de conductas y de acciones que han de mejorar nuestras vidas.

Meditación es trascendencia, es decir, ese estado natural que nos empuja hacia delante, que nos ayuda a introducir en el inconsciente el Consciente. Es un momento de emergencia que busca impregnar de luz las pasiones irracionales del inconsciente, de esa capa oculta que en muchas ocasiones expresa toda la herencia genética de nuestra vida y que manipula y orienta nuestra existencia de forma hipnótica. Lo verdaderamente apasionante es reconocer este hecho, y saber que al inconsciente no podemos vencerlo, sino domarlo, guiarlo y superarlo mediante la luz de la consciencia. Lo importante es entender este proceso como una experiencia de cambio, de transformación, un proceso de crecimiento, no de exploración ni excavación. No debemos penetrar el inconsciente hasta reducir a cenizas sus miserias, sus sombras, su impenetrable oscuridad, sino que debemos alinearnos con sus fuerzas para sacarlas a la superficie de la conciencia elevada. Sus poderosas fuerzas deben empujarnos hacia la creación, hacia la plasticidad creadora. No escarbar en sus miserias, sino utilizar su fuerza.

 

¿Dónde está enfocada nuestra consciencia? Dependiendo de dicho enfoque seremos guiados por unas u otras fuerzas, o invertiremos el proceso, siendo nosotros los gobernantes de dichas fuerzas y guiando nuestras vidas hacia el propósito deseado. Hay personas que tienen la consciencia en el plano animal, siendo su vida un maremágnum que gira en torno a la satisfacción de las necesidades primarias: trabajo, comida, vestido, estatus, cobijo. En ese embarazoso lugar, y digo embarazoso porque no es el lugar que nos corresponde como humanidad, dedicamos gran parte de nuestras vidas. El paso siguiente es la curiosidad por sabernos emancipados de esas necesidades básicas, incluyendo en ello la curiosidad por saber que hay dentro de nosotros que nos hace humanos, es decir, diferentes ante la ausencia de elementos y necesidades primarias. Esto incluye un momento de intensa búsqueda interior, intentando entender y dominar nuestras fuerzas inconscientes. Esto provoca inevitablemente huracanes interiores, luchas arquetípicas entre el ego de la personalidad que desea aún dominar su esfera de seguridad y nuestra parte más sutil que desea abrirse hueco entre sus fuerzas. El ego inconsciente y el yo superior o consciente luchan entre sí para ganar la batalla de Arjuna.

Pero toda transformación, tarde o temprano requiere de cierta claudicación a lo pasado, a lo primitivo, a lo añejo. Existe al final de esa lucha cierto sometimiento y rendición del inconsciente hacia el consciente. El primero no se destruye, sino que se transforma y se rinde al servicio del segundo. Entonces nace cierto equilibrio y cierta paz, cierto poder interior que se trasluce en acciones exteriores. La meditación consciente y continua moldea esta capacidad de transformación, llegando un momento en que la misma se convierte en un hábito diario y continuo. Meditar no es más que estar despiertos, esta alertas, atentos y observadores. No son esas extrañas técnicas de vaciado mental o de fijación en un punto de luz. Eso está bien para despertar cierto desarrollo en la concentración, indispensable para comprender las sutilizas del estado meditativo. Pero al final todo resulta más sencillo, y meditar no puede ser más que la capacidad de ver las cosas de fuera desde dentro (y también viceversa), comprendiendo la máxima hermética de “como es arriba es abajo, como es adentro es afuera”.

Así, una vez comprendido que el inconsciente no es más que un reflejo caduco de nuestra propia personalidad inferior, no nos queda otro camino que avanzar hacia la transformación de lo consciente, obviando los caprichos de nuestra naturaleza ciega y dirigiendo con la luz del cielo los asuntos de la tierra.

Para saber más, siempre tendremos tiempo de profundizar en las meditaciones Nirmanakaya, que tratan de las energías corporales; las englobadas en las categorías de las Sambhogakaya, que tratan de las diez esferas interiores de las regiones sutiles superiores, o las de Dharmakaya, la cual trata de las regiones causales. Existe un gran conocimiento que aún deberemos analizar algún día, pero ahora nos baste empezar por lo más primario, que es el control y guía de nuestro pequeño monstruo inconsciente que nos acercará cada vez más hacia el nuevo umbral. Salvar dicha valla es la traducción a un nivel superior, más sutil y dilatado, un paso más hacia nuestro nivel de consciencia despierta.

 

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