Desde el punto de luz


Si yo hablo en lenguas de hombres y de ángeles, pero no tengo amor, vengo a ser como bronce que resuena o un címbalo que retiñe. Si tengo Profecía y entiendo todos los misterios y todo conocimiento; y si tengo toda la fe, de tal manera que traslade los montes, pero no tengo amor, nada soy. Si reparto todos mis bienes, y si entrego mi cuerpo para ser quemado, pero no tengo amor, de nada me sirve. El amor tiene paciencia y es bondadoso. El amor no es celoso. El amor no es ostentoso, ni se hace arrogante. No es indecoroso, ni busca lo suyo propio. No se irrita, ni lleva cuentas del mal. No se goza de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. (Corintios 13,1-13)

Cuando estamos al borde de un abismo o en situaciones límite la reacción siempre es dar bandazos, ir de un sitio a otro a ciegas, buscar salidas de emergencia, a veces desesperadas e irracionales. Hay que salvar el pellejo y no se nos ocurre otra cosa que huir hacia delante. Pero, ¿cuál es la siguiente etapa del crecimiento cuando la vida nos pone a prueba? ¿Debemos huir, arrinconarnos como perros heridos, sufrir la desesperada carrera hacia cualquier ventana abierta? ¿Qué es aquello que realmente nos hace grandes y humanos en momentos de desesperación? Esta mañana me levantaba con la certeza de no precipitar ningún tipo de decisiones en momentos de angustia y miedo. Ambos no son nunca buenos consejeros, y siempre se agarraran con fuerza al orgullo para demostrar que son capaces de arremeter contra las inclemencias de la vida. Pero las inclemencias de la vida solo pretenden mostrarnos el camino de la fortaleza, el camino de la compasión, del amor que todo lo sufre, que todo lo espera y que todo lo soporta.
Hay otros caminos, hay otras sendas que recorrer, y todas nos son familiares, porque siempre hemos tejido, siempre hemos podido buscar nuestro centro, nuestro punto de luz, y desde allí, ver con claridad. Le he pedido al tiempo y al mundo una tregua, un momento de lucidez, de espera hasta que todo se pueda ver desde ese punto de luz, desde esa maraña de fuerzas que guían nuestras vidas hacia el camino correcto. Lo mejor ante una tormenta es poder estar en nuestro centro, sin confundir ese centro con nuestro ego, sino con nuestra alma libre que siempre desea lo mejor para nosotros, aunque a veces, lo mejor no sea lo que nosotros habíamos deseado.

5 respuestas a «Desde el punto de luz»

  1. Cuantos errores se comenten es esos momentos en los que quieres ir hacia adelante en medio de la tempestad.El ego, disfrazado de ansiedad, dignidad, rabia y cientos de cosas que mentalmente parecen ser lógicas, se lanza a vacíos espinosos que retardan el momento del equilibrio necesario para seguir de nuevo.

    Desde mi experiencia, estoy de acuerdo con tu parte última. Silencio, quietud…hasta que el desbarajuste se ajuste a las nuevas situaciones.Rodearse de belleza y desde ese centro, ir ubicando el nuevo lugar de cada cosa.A medida que eso va sucediendo, surge espontanea la lección aprendida del último evento y ya , con ese bagaje , sin prisas y sin egos, iniciar el nuevo camino hacia la próxima meta o el próximo aprendizaje.

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  2. Querido Javier, yo le tengo puesto un nombre a estos procesos tan duros y vitales, se lo puse con una nota de humor para quitarle peso y lo quiero compartir contigo…lo llamo «mutar» suelo decir de broma-serio que estoy mutando…de alguna forma para mí es así, pierdo otra capa de mi ser y duele…pero para a desarrollar otra mejor 🙂
    Tu ahora muta tranquilo y date tu tiempo…ya veras que todo vuelve al orden y luego al caos, orden, caos y así sucesivamente 🙂
    Te mando fuerzas, energías, cariño, un abrazo cósmico y montones de besos

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  3. No soy de consejos, porque no los tengo ni para mí,
    «… Le he pedido al tiempo y al mundo una tregua…» Tomate ese tiempo de «dolo» que todos en un momento determinado necesitamos tomar…
    Besos… muchos 🙂

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