Pequeñas historias de esperanza


Estaba leyendo la biografía del escritor norteamericano Henry Miller, especialmente cuando vivió y pasó hambruna en Paris, viviendo debajo de cualquier puente y recibiendo limosna para sobrevivir. Es la típica historia de cualquier artista que haya vivido en cierta bohemia obligada debido a la falta de medios y recursos. Un día, un compatriota le abrió la puerta de su casa, le ofreció una habitación y le remuneró con diez francos diarios para que hiciera con ellos lo que quisiera. La fe de su paisano fue suficiente para que el olvidado artista llegara a la fama mediante la creación literaria.
A veces este tipo de historias te animan, te hacen ver la miseria desde otra perspectiva y sobre todo, te llenan de fe y esperanza. En el fondo, no importa las dificultades. No importa que Miller durmiera durante meses debajo de los puentes parisinos, ahí está su legado, su obra literaria y cultural.
Ayer recibía desde la Montaña la buena noticia de que la biblioteca que rescatamos hace unos años por fin había vuelto a abrir sus puertas. En aquella otoñada ya lejana, un grupo de voluntarios decidimos abrir las puertas de la biblioteca cerrada a cal y canto, olvidada. Estuvo llena de historias bonitas, de donaciones de libros y de aventuras hermosas hasta que una terrible tempestad hundió su techo y tuvo que cerrar hasta estos días en que ha podido ser abierta de nuevo. La de Miller y la biblioteca de la Montaña solo son historias, pero siempre llenan algún rincón del alma de algo positivo, de algo bueno, de algo necesario.

(Foto enviada desde la biblioteca de Mesas de Guadalora, en la Montaña de los Ángeles, con algunos libros senequistas que donamos y lo blog en la pantalla).

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