“La madurez es aquella edad en que uno ya no se deja engañar por sí mismo” Ralph Waldo Emerson
Ayer paseaba con un amigo por el centro de Madrid. Hablamos de nuestra generación, y de lo difícil que resulta para la que fue conocida como Generación X (aquellos que nacimos en los años setenta), el establecer rectas y correctas relaciones de pareja, entre otras cosas. ¿Por qué? No llegamos a conclusiones claras. Quizás por miedo al compromiso, quizás por miedo a la responsabilidad, quizás por miedo atroz a todo aquello que tenga que ver con establecer algo que se asienta en las bases de la tradición –por ejemplo, la familia- o quizás simplemente por vivir una situación dramática totalmente desestructurada en los aspectos materiales y emocionales.
A esta desastrosa y desgarrada generación también se la conoció como la «Generación de la Apatía» o la «Generación Perdida». Se caracterizaba por el rechazo sistemático a casi todo, por una rebeldía constante, rechazando cualquier tipo de autoridad que viniera de la religión, de las tradiciones generacionales, patriotismos o instituciones como la de la familia. Con ese bagaje cultural y generacional, no es de extrañar que ahora las cosas, en el plano afectivo nos vaya como nos va. Es decir, totalmente ausentes, apáticos y perdidos.
Una generación que se topa, tras las dificultades propias de la transición, con una edad madura complicada, en la que llegamos a los cuarenta años en plena crisis económica, perdiéndolo todo y sin mucha expectativa de futuro. Lo curioso y patente es que nadie se fía de nadie. Si un hombre conoce a una mujer desestructurada huye como la peste, y si es al revés, es la mujer la que conoce a un hombre desestructurado, ni le mira.
Reflexionábamos que quizás esta generación empezaría, algunos, a establecer ciertas relaciones serias a partir de los cincuenta, no ya para crear una familia o algo que se le parezca, sino para intentar, como mínimo, estar en agradable compañía. Un triste futuro, visto así. Lo que nos quedaba claro es que éramos la generación trampolín o puente entre la vieja tradición familiar y el nuevo concepto de relaciones de pareja, que aún no se ha definido del todo, pero que en todo caso, a día de hoy, no son duraderas, están faltas de compromiso y confianza y nunca superan las primeras crisis importantes.
Sea como sea, estamos atravesando un momento muy duro, y es una pena que no seamos capaces de razonar tranquilamente sobre estas cosas, de asentar bases sólidas de confianza, de cooperación, de apoyo mutuo, de empatía y de solidaridad emocional y material. Es una pena que sea la cobardía y el rechazo, la falta de respeto y la desconfianza la que domine el plano de las relaciones de esta generación. Es una pena, como digo, preferir la soledad tan desolada al abrigo del abrazo y la confianza, el respeto y el amor.
Pd.
Primero debemos saber de dónde venimos: Nacimos en plena transición política, de una generación acostumbrada al garrote vil, la dictadura y la mano dura. Eso nos afectó considerablemente, relacionando el aspecto “familia” con la dureza de una dictadura, distorsionando con ello todo el panorama afectivo-emocional, rechazando, por lo tanto, cualquier tipo de autoridad y cualquier tipo de compromiso, responsabilidad o estatus que tuviera que ver con la tradición.
En esta primera definición, ya sabemos que tenemos unas carencias, unos conflictos y unas distorsiones con respecto al mundo de la pareja (intentaré evitar el concepto “familia”, el cual trasciende lo que aquí queremos detallar).
Nuestra generación nació de la escasez de la transición pero entró de lleno en la abundancia material de los años ochenta y los noventa. Aquí hubo una nueva distorsión, porque creíamos a pies juntillas que la fiesta consumista y materialista en la que ahora navegábamos duraría de por vida. De ahí la decepción ante la gran crisis financiera de principios de siglo y la falta de perspectivas futuras.
¿Dónde estamos? Nos encontramos en una situación incómoda y complicada, nada halagüeña. Muchas parejas se están rompiendo debido a la dificultad material en la que nos encontramos. Al menos aquellas parejas que no nacieron bajo un espectro sólido y que ahora, a la mínima de cambio, terminan por explotar. Otras ven con dificultad el empezar una relación seria ante todo tipo de inestabilidades, ya sean financieras, materiales o afectivas. ¿Desde qué punto de vista revisar todos estos parámetros y distorsiones que nos afectan en el plano personal y afectivo?

A mí no me parece una pena sino necesario…
¿Compañía a cualquier precio ? No. gracias. 🙂
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