Los vuelos de Ícaro


«Yo soy Yo. Tú eres Tú. Yo no estoy en este mundo para cumplir tus expectativas. Tú no estás en este mundo para cumplir las mías. Tú eres Tú. Yo soy Yo. Si en algún momento o en algún punto nos encontramos, será maravilloso. Si no, no puede remediarse. Falto de amor a mí mismo, cuando en el intento de complacerte me traiciono. Falto de amor a ti, cuando intento que seas como yo quiero, en vez de aceptarte como realmente eres. Tú eres Tú y Yo soy Yo». ORACIÓN GESTÁLTICA DE FRITZ PERLS

En la primavera de 2007 visité Manchester en un periplo que me llevó por toda Inglaterra y Escocia. Unos días antes me había enamorado en la apacible bahía de Findhorn de una joven y hermosa alemana a la que bauticé con el apodo distintivo de «cua-cua». Aquella alemana era libre, como Tony Wilson, el cual firmó en aquella misma ciudad, con sangre, su vocación. Sólo puso una sola condición: no estaba en venta. Nadie podría comprarlo ni venderlo.

Algo así pensaba cuando esta mañana me levantaba inusualmente tarde, a eso de las nueve. No me gusta dormir con las persianas bajadas. En mi casa de la Montaña vivía en una auténtica estructura de cristal sin una sola persiana. Solo podía entrar la luz por el día y la oscuridad por la noche. Todo era transparente hiciera lo que hiciera. Incluso los primeros años, hasta que sufrí el primer robo, vivía y dormía con ventanas y puertas abiertas. Cualquiera podía entrar o salir, libremente, con el riesgo de quedarse para siempre. Como aquel joven que aspiró a ser editor y ensambló aquellas paredes de cristal con la música de los Joy Division. Su aspiración era suicidarse como lo hizo Ian Curtis, joven y legendario. Quizás esa sea la única forma de ser una leyenda, con una muerte precipitada tras una vida totalmente acelerada y plagada de éxitos y fracasos sonoros. En aquella casa murieron muchos libres Ícaros. Pero nacieron muchas libres Icarias.

Alguna vez firmé un contrato con mi vocación al estilo de Tony. Jamás me puse en venta, ni fui comprado. Ni siquiera aquella vez cuando unos señores reptilianos llegaron con la cartera plagada de millones para comprar mi alma. Les miré con cierta mueca y cierta fuerza interior. La respuesta fue segura, firme, nacida del convencimiento y la lealtad hacia mí mismo.

Mi decisión fue acertada. Ahora lo sé. Me he dado cuenta cuando esta mañana me he levantado tarde. He mirado por la ventana la tenue luz. He cogido un libro. He desgranado algunas de sus páginas con las consiguientes reflexiones. He trabajado un poco tras la ducha y el desayuno con galletas. He llamado a un amigo que andaba leyendo su diario, exactamente el día 26 de abril de 2007. Fue la fecha en la que le dije, tras nuestro periplo escocés, que me marchaba con lo puesto al norte de la Baja Sajonia. Un día memorable en el que lo abandoné todo por seguir lo que crujía por dentro. La conversación me ha traído buenos recuerdos y me preguntaba porqué ese viejo amigo de aventuras andaba buceando precisamente en ese día de libertad e infortunio. Sólo me llevé el ordenador y allí tuve que comprarme algunos calzoncillos y un pantalón que aún me dura. Y me dura porque ella, la «cua-cua», me convenció de que aquella tela estaba fabricada con “good material.” Cinco años después puedo decir que no se equivocó. Tras colgar, mi amigo me ha dicho que mi vida le recordaba en cierta manera a la vida de Tony Wilson.

Como todos los días he mirado las cuentas. Un cliente había ingresado algo más de mil euros y me he emocionado porque el lunes tenía que ingresar una cantidad similar a un proveedor. Así que le he hecho la transferencia feliz, quedándome en el trasvase con 187 euros en el bolsillo, lo justo para asistir la próxima semana a una cena en Madrid, llevar unos libros a Lérida y volver con lo puesto hasta el Mediodía, donde tendré que reflexionar si el apartamento que me ofrece el famoso autor que consiguió un premio Planeta será mi próximo hogar. Quizás forme parte de la leyenda eso de que un editor por consagrar viva en la casa de un autor consagrado. El mundo al revés. Cosas del mundo libre.

Para celebrar la alegría de ver como un cliente ha pagado su deuda después de más de un año de paciente espera, he abierto uno de esos sobres de pasta a la parmesana y me la he comido feliz después de cuatro días sin digerir nada sólido excepto galletas. Mi dieta galletariana, esa que no soportan mis parejas porque piensan que me quedé atrapado en algún tipo de infancia no conclusa. Puede ser, pero así soy, a veces, de infantil, de niño que desea redescubrir el mundo. Lo aprendí de la Biblia, en aquellas clases de catequesis donde me impresionaba ver a aquel hombre colgado de un poste diciendo aquello de: «sed como niños» (Mateo 18: 3). Creo que me impresionó esa frase y pensé que sería la mejor forma de llegar al cielo, de ahí que siga comiendo galletas como vía directa al reino divino, intentando evitar el poste sangriento que tanto me impresionó.

Después del atracón de pasta a la parmesana, he hecho cálculos y a lo mejor logro que me sobren dos o tres euros a la vuelta del viaje. Seguiré siendo pobre, pero es una pobreza no marginal, sino pretensiosa, digamos que es el peaje necesario para ser como niños. Con ese dinero tendré suficiente para comprar un nuevo paquete de galletas y poder levantarme como hoy lo he hecho, libre, como lo fueron a su manera Tony Wilson e Ian Curtis. Sin mayor preocupación por lo que comeré o beberé mañana, o por el qué dirán, y sin mayor obstáculo para seguir viviendo que el de hacerlo como lo hace un niño. Despreocupado y libre. Sed como niños y volad todo lo alto que podáis, hasta que el sol derrita la cera de vuestras alas y caigáis inexorables al mar Egeo, es decir, al cielo.

Una respuesta a «»

  1. ¿Galletas? Está claro que necesitas a alguien que te prepare un buen menú; vegetariano, por supuesto. 🙂

    Como vas a tener dinero si no paras de viajar. La gasolina está muy cara. De todos modos, yo no me creo eso de tu supuesta pobreza, pero si no paras de escribirlo sí que llegarás a ser pobre.

    Un abrazo.

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