El día del juicio final


El día del fin del mundo me ha acogido en la carretera. A los amantes de la numerología les diré que hoy he salido del refugio del Mediodía justo a las 11:11, once minutos antes de que el necesario solsticio de invierno llegara a nuestro hemisferio norte. Así que ambos, el tiempo sin tiempo maya, el final del doceavo ciclo de cinco mil años y el nacimiento de la Luz en el interior de nuestra Cueva, lo vivo viajando, es decir, en algún lugar sin lugar.
En la carretera aun no he escuchado ninguna trompeta, ni he visto romperse ningún sello apocalíptico ni me he cruzado con jinetes que expulsen fuego por la boca. La vida sigue su curso independiente de las fobias y trastornos humanos. Los Despiertos siguen trabajando en silencio mientras que los Durmientes corren a comprar lotería pensando que un gramo de suerte podrá cambiar su fortuna.
Y ni pensar que aun hay personas que nos siguen midiendo por lo que tenemos y no por lo que somos. Es la ley de lo medible: tanto tienes, tanto vales. Por suerte hay otras dimensiones mas allá de lo meramente palpable. Dimensiones donde la Luz del sol iluminará por igual a unos y otros, donde el perfume de las flores se seguirá ofreciendo a todos sin pedir nada a cambio. Me gusta habitar con frecuencia en esas otras estancias de la vida porque en ellas no soy juzgado por mis errores o aciertos ni soy medido por lo que tenga o haya ganado o perdido. En esos lugares no existen días de juicio final, entre otras cosas porque el Absoluto jamas nos enjuicia. Al igual que el Sol, nos ama a todos por igual.
Así que viajo hoy como un loco libre y feliz, desde esa dimensión desconocida donde contemplo valles y montañas, la niebla solsticial y las bandadas de pájaros que atraviesan el cielo en sus rituales migratorios. Hoy es un gran día de conquista y de promesa, de reencuentro con el destino y la fortuna. La niebla se despeja, el cielo se abre mientras la cueva, el vientre que ha de albergar a este peregrino aguarda.

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