Cartas desde el umbral…


cielo

«Todo lo que vivamente imaginamos, ardientemente deseamos, sinceramente creemos, y emprendemos con entusiasmo, inevitablemente sucederá«. Paul J. Meyer

Estimada T.,

pues aquí ando más aburrido que una ostra… Me había acostumbrado, y me estoy dando cuenta ahora, a tener pareja, y ahora que no la tengo, y a pesar de ser un terrible lobo estepario, le había cogido yo gustito a eso de abrazar a alguien, y ahora, como decía, se me hace extraño no poder hacerlo… Descubro a mi edad que me gusta más la soledad en compañía que la compañía en soledad. Así que aquí estoy, ciertamente algo más rellenito a pesar de que me intento cuidar porque soy consciente de que cuando estoy a mi bola me vuelvo más indisciplinado con la comida. Me gustaría hacer deporte o salir más a la calle pero es que con el frío que hace ya en Madrid lo único que apetece es estar liado a una manta y…

Y poco más, porque la verdad es que hoy ha sido mi primer día de trabajo. He desplegado las infinitas tareas pendientes que la editorial siempre acumula y he empezado a trabajar en una buena novela que vamos a editar en los próximos meses de una profesora de antropología. Leer y corregir me mantienen algo distraído, pero tengo ganas de primavera en un invierno que ya se me hace demasiado largo.

El lugar donde he ido a parar no ayuda mucho a levantar el poco ánimo que se suele tener por estas fechas. Un lugar cerrado, oscuro, claustrofóbico, que no invita a nada excepto a buscar en la imaginación algún reguero de luz. Y además aún no he conseguido dormir bien en estos días que llevo aquí. Esta noche he debido tener algún tipo de batalla astral porque me levanté con las mantas en el suelo y todas las sábanas revueltas. Supongo que necesitaré dosis de santa paciencia hasta que mis cuerpos, mis siete cuerpos ordenados de mi a fa, se adapten a esta peculiar caverna.

Hoy una amiga me invitaba a ver un piso en el barrio de las Letras, aún más cerca del puro centro. Mañana iré a verlo pero sin nada de ilusión. La pereza tras haber estado más de una semana limpiando y pintando este zulo me deprime y anega. Las cosas compartidas suelen hacerse con otro tipo de energía. Estas cosas que no estaban previstas ni han sido buscadas, sino más bien forzadas por las circunstancias me inundan de cierto pesimismo que aún controlo mientras recobro las fuerzas. No es que haya empezado el año mal, es que he empezado el año con cosas que no esperaba, en lugares que no imaginaba ni en mis tiempos de estudiante donde vivía casi mejor que ahora, al menos en lo que a luz y espacio se refiere. Además, la crisis parece cada vez más aguda, y ayuda a empujar aún más a los derroteros de la desesperación cualquier iniciativa. En mi caso me lo tomo con modesta inercia. Intento lanzarme al río de las circunstancias y dejarme llevar por la corriente, a ver si al final resulta que hay un plácido mar y sólo había que esperar la desembocadura inevitable. Por algún motivo que aún ignoro, no tengo fuerzas para mucho más.

Aún es pronto para todo y por lo tanto es normal cierta añoranza de muchas cosas. Recuerdo que en mi anterior casa había a la salida del número siete, justo bajo la sombra de lo que parecía un árbol de acacia, un banco blanco que siempre invitaba a sentarse con un buen libro bajo el sol… Estaba esperando a que llegara la primavera para hacerlo, abrazado o tumbado sobre el cuerpo de mi compañera, guiñándole el ojo mientras pasaba páginas o acariciando su melena entre capítulo y capítulo. O dejándome llevar por su apretón de orejas con sus finas yemas, que en algún plano simbólico era como decir un «te quiero» a base de apretón. Creo que aún me quedé atascado en ese reguero de recuerdos futuros que nunca se consolidaron, en esa extraña maleza de cosas que deberían haber pasado y que nunca sucedieron. Y aún sigo anclado a los inevitables «por qués» que nunca terminan de encontrar respuesta. Conozco el proceso, y de lo inevitable pasaré a la certeza y de la certeza a la resurección. Ese es el camino. Y en invierno es mejor caminarlo despacio, fraguando en el interior melancolías y tristezas que ayudarán a sulfear por la planicie de la soledad y el frío helado de la escarcha emocional.

¿Feliz e ilusionante 2013? Estoy convencido de que sí. Soy optimista por naturaleza y siempre salgo invicto de las peores batallas. Es como si algún ángel invisible (quizás mi alma gemela que me guarda y protege desde el otro mundo) procurara que nunca me falte de nada, ni siquiera de esas galletas que tanto me gustan, ni de esa buena compañía que tarde o temprano siempre llega. Por eso estoy convencido de que este tiempo es tan solo un impás, como cuando atraviesas una cornisa o el umbral de una puerta y te hayas inmerso entre dos mundos. Ese es mi limbo actual, una cornisa oscura y sedienta, que clama al cielo y a la tierra una nueva realidad. Pero no me quejo, solo describo. Y así, a modo de desahogo, todo parece que circule más rápido y más seguido. Hoy es un día más, y el río sigue siendo río…

Pd.- Esto no te lo había escrito antes, pero lo hago ahora. Lo hermoso del amor es que te permite permanecer firme y atento incluso en los momentos más bajos. Porque el amor es universal, y está en todas partes. Sólo debes dejarte llevar por su atracción infinita. Cerrar los ojos y respirarlo en esa hermosa hembra que viste pasar, en una maceta colgada sobre un avispero o en un rancio tocadiscos del que salen notas imposibles. Incluso cuando se está triste, si se respira con la potencia desmedida, puedes llegar a oler su gratuita fragancia… Incluso en esta soledad cuya banda sonora es el cansino ruido del viejo frigorífico que tengo a tan solo dos palmos de mi cabeza puede ser un buen momento para respirar amor.

5 respuestas a «Cartas desde el umbral…»

  1. Diez cosas que un hombre puede hacer cuando no tiene pareja:

    1.- Dormir hasta mediodía, cuando no tiene que trabajar, sin que le despierten.
    2.- Dejar los calcetines y otras prendas tiradas por la habitación sin que le echen la bronca.
    3.- Dejar el cuarto de baño mojado y las toallas tiradas sin mayores consecuencias.
    4.- Comer lo que le dé la gana cuando le dé la gana.
    5.- Se libra de hacer innumerables recados.
    6.- Puede dedicarse a cualquier actividad que desee sin tener a una mujer encima dándole la lata cada cuatro segundos.
    7.- No tiene que fingir que escucha cuando no le interesa nada el tema de conversación.
    8.- Puede mirar a otras mujeres sin temor a posibles celos de su pareja.
    9.- No tiene que dar explicaciones por ninguno de sus actos.
    10.-No hay conflictos con el dinero.

    Hay otras muchas cosas, pero seguro que tú las conoces mucho mejor que yo. 😉

    Pienso sinceramente que un hombre tiene que pagar un precio muy alto por tener una pareja (no me refiero a las razones anteriores), aunque el precio que debe pagar la mujer es muy, muy superior.

    Si es eso lo que quieres, que tengas suerte y encuentres pronto a tu «princesa».

    Besitos.

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  2. Javier, todo se recolocará. Saca tus mejores de gafas de cristal de colores para mirar el piso del Barrio de las Letras con una pizca de cariño y veras como los duendes buenos se ocupan de lo demás.
    Un besito

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