Segundos vivos


vacio

«Las mentes son como un paracaídas. Solo funcionan cuando están abiertas«. JAMES DEWAR.

Han pasado algo más de diez días desde que llegué de nuevo a la capital. No me puedo quejar del ritmo de los acontecimientos. Suelo ordenarlos según van llegando. Les hago pasar sin que tengan que esperar en exceso. Llaman al teléfono y lo contesto con calma. Alguien me visita y lo recibo con amor y cariño. También cuando se van. Sin reproches hacia nada y hacia nadie. Sólo con atenta admiración por cada instante, por cada segundo que pasa.

En la soledad es más fácil y frecuente poder contar los segundos. No hacia atrás, sino hacia delante. No los que ya han pasado, sino los pocos que quedan por pasar. ¿Cuántos segundos nos quedan de vida? ¿Alguien alguna vez se paró a contarlos? En la soledad puedes verlo todo claro: estamos inmersos en una angustiosa cuenta atrás. El final de esa cuenta es la extinción, o lo que un viejo amigo llamó la inevitable tragedia.

Quizás no sea tan trágico. Morir y dejar paso a otros, en el fondo, es un acto de extrema generosidad. Nadie sabe que pasará después, si es que ocurre realmente algo. Lo maravilloso de ese último suspiro es precisamente eso: su extrema y urgente generosidad. Un acto de abundancia, de esplendidez de la naturaleza que oxigena con ello cada una de sus células muertas. Algo se va y algo viene. Es perfecto, porque así el conjunto se regenera y vive.

Por eso cada segundo es importante. Por eso tener consciencia de cada instante nos crea una especie de sensación urgente, donde está todo por hacer. Me desespera pasear por el viejo atlas y ver todos los países y ciudades que jamás visitaré. Y aún me desespera el mirar en cualquier perdida biblioteca todos aquellos libros que nunca podré leer. ¿Y a cuantas personas dejaré de abrazar? ¿Y cuantas vidas animales salvaré por el simple acto de no comer carne? Nunca he tenido tiempo de contar todos los pollos, corderos, terneras, vacas y conejos a los que de forma indirecta he salvado la vida. Realmente, ahora que vivo en una especie de panóptico, entiendo aún más la necesidad de querer salvarlos de esa clase de “vida” en la que caminan antes de llegar a nuestra mesa. Nacen esclavos, viven en lugares oscuros donde son hacinados y engordados hasta que, a corta edad, les siegan la vida de cuajo.

Y la vida es un instante que merece ser vivida con cierta dignidad. No importa si eres humano, cabra o perro. Hay que vivirla y dejar vivirla. Amarla y amar. A cada segundo, a cada recoveco de eternidad. Hay tanto por vivir… y tan poco tiempo para hacerlo…

4 respuestas a «Segundos vivos»

  1. Lo que daría yo por tener una mente como la tuya.
    Despertar cada mañana es un regalo. Aún pueden florecer las flores en el invierno, Si,estamos vivos…el amor que tenemos,más allá de cómo lo tengamos nos justifica la existencia…la muerte…es la mayor soledad.

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