Entre el niño y el anciano


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© Polly Chandler 

 

Casi las once de la noche y aún aprovechábamos las últimas ráfagas de luz y de fresquita veraniega para desbrozar, uno con la máquina de mano y otro con el pequeño tractor, las casi cuatro hectáreas de interminables campos. Todo ello con dolor de cabeza y cierta tristeza interior. Ayer desapareció la última pata. Ya solo quedan cinco gallinas, viejas ellas, pero aún ponedoras. En verano las alimañas acechan por el aire y por la tierra. Me dolió mucho la desaparición de la pata, pero me doy cuenta de que en el campo uno se acostumbra al dolor y a la muerte.

Me cuesta cogerle cariño cada vez más a los animales. Me asombra que los gatos, e incluso el propio Geo, hayan sobrevivido a tantos avatares. Vida y muerte, a veces real, a veces simbólica, como cuando le coges mucho cariño a las personas que transitan por este hermoso paraíso y luego desaparecen para siempre. A veces de forma vertiginosa, y a veces fulminante. Las emociones se enfatizan mucho en la convivencia estrecha. Por suerte siempre asoman los incondicionales, los imprescindibles, los que están unidos fuertemente al lazo místico y vienen una y otra vez.

Ahora somos tres personas y en unos días seremos cuatro o cinco. Aunque el proyecto sigue cerrado hasta la próxima primavera, dejamos que se cuelen personas de confianza que deseen descansar unos días o echar una mano, que comprendan y respeten el proceso en el que ahora nos encontramos y que busquen la fórmula ideal para disfrutar de este extraño silencio pandémico. Aprovechamos la crisis mundial para interiormente trabajar en la mejora de todo aquello que haya fallado en estos años y para reforzar todo aquello que ha funcionado.

Al mismo tiempo seguimos buscando fórmulas imaginativas para que el proyecto de arquitectura para la futura escuela vaya cuajando poco a poco. El temperamento gallego es complejo y a veces difícil. Olvido que vengo de la polis, de la ciudad, y que allí la mentalidad es muy diferente a la mentalidad arraigada del mundo rural. A veces busco interlocutores nativos para intermediar ante mi imposibilidad de conectar con el mundo adverso. La hostilidad que produce el venir de lejos para romper con los usos y costumbres no siempre está bien visto. El estigma del extraño aquí se afianza con crudeza. Mi carácter huraño y solitario no ayuda mucho. Por eso a veces es mejor estar callado y no hacer mucho ruido. Si estás en silencio, al final te conviertes en alguien invisible.

La actividad parece que empieza a moverse en el mundo editorial. Vendemos los primeros libros, tenemos los primeros pedidos, los clientes empiezan a pagar algunas facturas atrasadas que alivian a su vez el pago de las nuestras. Resulta difícil pensar en hacer inversiones como las de antes, cuando éramos capaces de imprimir los libros de mil en mil. Ahora nos conformamos con ediciones muy modestas que se van vendiendo a cuenta gotas. Lo complejo de las ediciones pequeñas es que el margen de beneficio es prácticamente nulo. Así que las estrategias de venta pasan por anular el angosto mundo de la distribución y buscar fórmulas imaginativas para que los libros lleguen a las librerías que aún subsisten como pueden. Solemos apoyar el mundo libresco regalando de aquí y allá algunos ejemplares. Ellos agradecen el guiño y nosotros nos sentimos satisfechos. Uno de los primeros socios editoriales siempre me dijo que nunca nos haríamos ricos vendiendo libros, pero al menos nos enriqueceríamos espiritualmente. No le faltaba razón. Ahora que asumo que la editorial siempre fue una especie de ONG que ha sobrevivido gracias a la imaginación creadora, me siento interiormente aliviado, pausado, tranquilo. Si alguien con dinero quisiera comprarla la vendería, despejaría mi futuro de deudas y crearía una editorial más pequeña, pero sobre todo, más centrada en lo que realmente me gusta y motiva. Solo editaría libros muy seleccionados y trabajados, quizás dos o tres por año, por puro placer, pero también por pura necesidad de que el arca lucis siga subsistiendo.

Algunos éxitos editoriales ayudaron a empujar el proyecto utópico. Fueron pocos y ya se esfumaron porque el éxito siempre es como un champiñón de temporada. Ahora ya no tenemos éxito, pero a diferencia de antes, tampoco lo buscamos. Uno con la edad empieza a encontrarse con sus límites, a aceptarlos, a vivirlos con dignidad. Por dentro empieza esa etapa de recogimiento, de intentar echar una mano aquí y allá, de no aspirar a grandes proezas y de alinear poco a poco el corazón con la cabeza y ambos con el alma que nos conmueve a medida que el cenit de nuestras vidas se aproxima. No aspirar a mucho o a nada te llena de cierta paz. Te aleja de las angustias propias de los principios, cuando uno cree que podrá comerse el mundo con un poco de ingenio y esfuerzo.

Es verdad que con la edad uno deja ya de distraerse. Empieza a caminar despacio, desaliñado por dentro, sin prisas por nada, sonriendo ante cada acontecimiento, asumiendo los problemas con cierta madurez y quietud, aproximando la mirada a todo aquello que por simple, se nos presenta generoso y amable. No es que exteriormente sea muy mayor, pero ya de pequeño miraba el mundo con extrañeza, como si un anciano habitara en mí. Ahora, el anciano intenta disimular todas las veces que ha muerto y resucitado en mis adentros. Y el niño sale para hacer alguna broma, para reírse interiormente del mundo entero, para jugar con el perro o echar de comer a los pajarillos todos los días como si se tratara de un ritual útil. La paz interior se conjuga entre el niño y el anciano que me habitan, resguardando entre ambos el amor secreto que enraíza extrañamente entre ambos. Mientras ese amor cuaje, la paz seguirá creciendo. Veremos qué clase de fortuna vendrá en los próximos ciclos y qué clase de vida llevaré ahora que los tiempos y los ciclos están cambiando.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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