
Están siendo tiempos muy duros para muchos. Tiempos de pena, tristeza y depresión. También aquí se vive con cierta nostalgia por todo lo que se ha perdido. No tanto por los bienes materiales, sino más por los bienes anímicos, las relaciones, lo humano. Estos días sentía cierto arrebato. Me paraba a mirar las redes sociales y veía la futilidad del instante, de las relaciones que ahora más que nunca son ilusorias. Empecé a mirar y me fijé… ¡cinco mil amigos! Miré con más profundidad y me daba cuenta de la ilusión, del glamour, de la mentira que estamos fabricando entre todos. ¿A cuántos de esos cinco mil conozco de verdad? Me entretuve por un rato a mirarlos uno a uno. Empecé eliminando a gente que no conocía de nada. Cuando llevaba cuatrocientos eliminados uno a uno, busqué alguna fórmula más rápida. Alguien inventó una extensión para hacer ese tipo de operaciones de forma más contundente, eliminando de cien en cien. Dediqué otro tiempo hasta que llegué a los dos mil eliminados. Allí el sistema, la red, detectó mi imprudencia y me impidió seguir adelante con mi exterminio masivo. Así que, ante la imposibilidad de tener dominio sobre el programa, decidí eliminarme a mí mismo.
A nivel emocional seguía tejiendo y destejiendo, esperando, como Penélope, algún tipo de señal o mensaje que nunca llegaba. Realmente no sé qué esperaba. Penélope siempre fue signo de fidelidad conyugal tras veinte años de espera. Pero aquellos eran otros tiempos. Eran tiempos en los que había relaciones conyugales y también fidelidad a las mismas. Cosas serias, responsables, comprometidas. Ahora eso terminó. Hay relaciones mercantiles a lo sumo, donde el interés prima sobre lo demás, o relaciones virtuales, sin más. A hechos pasados me remito. Así que lo mejor es dejar de tejer y destejer, y dejar de mirar desde la torre, junto al espejo, junto al telar. En este mundo virtual donde se anula el tacto, el olor, el calor, el sabor, el abrazo, el arrebato, la risa, la imperfección de toda relación de carne y hueso, con sus idas y venidas, el correr juntos por las veredas, sin todo esto, casi no merece la pena estar.
Así que aprendiendo de errores pasados decido caminar hacia otro lugar, hacia otra utopía. Caminar mucho, al menos tres veces al día, junto a Geo, corriendo con él por los verdes prados, por las hermosas veredas, junto al río, sobre las lomas de las montañas. Es la mejor de las terapias. Correr, correr, correr. Jugar en la hierba, comer juntos, vagar juntos. Correr hacia fuera, al mismo tiempo que corro hacia dentro, hacia otra realidad. En un mundo tan solitario, la compañía de un buen amigo canino es un tesoro. Andar con un can es la mejor de las terapias para no entrar en los alaridos del llanto, en la tristeza, en la congoja.
El correr tiene un efecto poderoso en el cuerpo y el ánimo. Es como si la vida se reciclara, circulara. Ya lo he dicho muchas veces, pero estos días lo he experimentado con especial fuerza. Hoy una amiga me decía que en su comunidad están trabajando con los ángeles de la fe. La fe es aquella sustancia invisible que mueve todas las cosas. Estos días ando sintiendo eso, fe.
Fe cuando buscaba a alguien que pudiera ayudarme en las labores de corrección editoriales, a pesar de la crisis. Fe cuando organizaba los cuestionarios para el grupo semilla, que si todo va bien, convivirá un año para cocrear la futura Escuela bajo los auspicios de la ética viviente. Fe cuando miraba al cielo y veía que, a pesar de todo, gozaba de buena salud y lo más importante, estaba vivo. Fe en la mañana, cuando veía que en los suelos aún quedaban castañas para asar por las noches. Fe en el mañana. Porque el mañana se escribe a cada renglón de presente. La materia es energía, la energía es frecuencia. Cambiando la frecuencia de nuestros pensamientos cambia la energía, y con ello, nuestra realidad. Es el mantra que me repito estos días cada vez que me viene algún triste pensamiento, alguna herrada y perdida emoción: “cambia de frecuencia”, me repito una y otra vez.
Así que me encuentro en un momento de fe, de inspiración, de alegría interior. Fe en la inquebrantable fortaleza que nos mantiene vivos a pesar de todo. Estoy en la fase de aceptación, de dejar de esperar, de dejar que la vida se vuelva a reordenar de nuevo. Eso, inevitablemente, creará en un futuro no muy lejano, la posibilidad de lo milagroso, del cambio, de la vida plena. Estoy convencido. Siempre ha sido así. Con fe y esperanza, el ánimo recorre nuestras vidas de forma diferente. Es un cambio de frecuencia. Es un cambio de energía. Es un cambio de realidad. Y deseo de nuevo que ese cambio de realidad sea sobre la base de lo Real. Así que disculpadme si en lo virtual estoy apartado o rancio. Deseo experimentar el calor de verdad, la vida estrecha e íntima, la de carne y hueso. Fe y vida. Vida de verdad.
Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

La materia es energía, la energía es frecuencia. Cambiando la frecuencia de nuestros pensamientos cambia la energía, y con ello, nuestra realidad. Es el mantra que me repito estos días cada vez que me viene algún triste pensamiento, alguna herrada y perdida emoción: “cambia de frecuencia”, me repito una y otra vez…. Grabado a fuego. Aunque sea seguidora virtual desde el blog M. C. Pues eso que contigo aprendí…
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Gracias querida Rosa… han pasado muchos años desde entonces… así que me alegra conocer tu fidelidad… algo tan escaso en estos momentos… No sé si uno se hace mayor, pero ahora con la edad aprecio este tipo de valores, tan perdidos y denostados en nuestro tiempo… 🙂 Así que gracias por estar ahí… 🙂
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