As bestas, la nada bucólica vida en el mundo rural


Nuestros primeros años viviendo en caravanas mientras reconstruíamos la ruina…

En la aparente y apacible calma que vivimos en la pequeña cabaña, en mitad de un bucólico bosque perdido en un aparente idílico mundo rural, pudimos visionar la película “As Bestas”, del director Rodrigo Sorogoyen. Nos impresionó mucho ver la película, especialmente porque desde hacía semanas hablábamos de lo difícil que resulta vivir en el mundo rural, y de la difícil aceptación que por ser “extraños”, “extranjeros” o lo que fuera, recibimos por parte de algunos paisanos.
Todo empezó cuando ella, recién llegada, ajena a todo lo ocurrido en estos años, marchaba feliz a saludar a uno de los vecinos. En el paseo, quizás por mala suerte o porque tenía que suceder, nuestros perros se enfrentaron al perro del vecino, el cual vino amenazante hacia nosotros con un palo en la mano, enfurecido, gritándonos de muy malas maneras. Unos días más tarde, paseando por la aldea, unas vecinas se santiguaron cuando nos vieron, como si hubieran visto al mismísimo diablo. Ella, recién llegada, no daba crédito.
Esto no dejaría de ser meras anécdotas si no fuera porque años antes algunos vecinos nos tiraban piedras, rompiendo los cristales de los coches y las ventanas de las casas, o entraban en nuestra finca con jabalíes muertos y amenazando, o recogían firmas para echarnos de nuestras propias tierras o corría el bulo insano de que éramos okupas, drogadictos, una secta o de todo tipo de cosas que uno puede imaginar ante lo desconocido. El estigma del extraño, que decimos los antropólogos. Tuvimos buena suerte porque en estos años, más allá de la desconfianza de unos, las malas caras de otros y la poca aceptación de muchos, la cosa no ha ido a más. Eso no quita que vivamos con cierto miedo, porque cuando uno no es bien recibido, nunca sabe hasta donde se puede llegar. El protagonista de As Bestas, basada en una historia rural, no tuvo mejor suerte.
Tras cerrar el proyecto y poner una verja en la entrada de la finca hace unos días, mirábamos las cuentas en una perdida cafetería de Madrid. Por más cábalas que hacíamos, el proyecto no era viable tal y como estaba concebido. No se puede alimentar a cuarenta personas al día con unos ingresos de siete euros por persona a la semana en donativos “conscientes”. Mirábamos atónitos los donativos de unos y de otros. Cincuenta euros por un mes, cien por toda una familia, veinte euros por una semana. Los donativos más generosos, los menos, quizás uno o dos, no subían de quinientos u ochocientos por uno o dos meses. Si a eso le sumamos el desgaste de haber estado casi diez años luchando por el proyecto ante el rechazo de los vecinos, las exigencias surrealistas de algunos y la ruina económica que ha supuesto construir y mantener la utopía, me daba cuenta de que nada aparente merecía la pena. ¿Para qué?, te preguntas al final, algo cansado y decepcionado.
Estos días que nos veíamos solos en el bosque contábamos lo costoso que resulta mantener la finca. Siempre se estropea algo, siempre hay mil cosas por hacer. El mantenimiento de todo es inasumible, y el volver a la dinámica de antes inaceptable. El deseo y el anhelo del alma choca frontalmente con la realidad. También chocan frontalmente las necesidades del alma con las necesidades de la personalidad, y nos preguntamos si existe un término medio, si se pueden manejar las utopías en un mundo en el que nunca serán comprendidas, aceptadas y exitosas desde algún tipo de justo equilibrio. ¿Qué hacer? ¿Qué hacemos? ¿Cuántas veces más me tengo que arruinar para darme cuenta de que el mundo no está preparado para según qué cosas e ideales?
El otro día recibimos algunas ofertas por la finca y el proyecto. Eran ofertas casi ridículas que se situaban en el entorno de casi la mitad de la inversión que habíamos hecho. Vender a pérdidas podría ser una opción, pero resultaba casi insultante hacer algo así después de tanto esfuerzo, de tanta pérdida no tan solo material, sino también emocional, psicológica, personal y casi diría que espiritual. No hay dinero que pueda comprar eso.
¿Qué hacer, qué hacemos sin pervertir el ideal, sin mancillar el sueño? La mirada de desprecio que sentimos hace unos días cuando bajamos al pueblo por parte de una vecina desencadenó dentro de nosotros una lista de dudas. ¿Qué necesidad tenemos de aguantar ese desprecio de personas que ni siquiera nos conocen? ¿Merece la pena seguir adelante aún con el riesgo de que algún día, alguien enfurecido, nos golpee con un palo y terminemos como en la película de As Bestas? ¿Tiene sentido vivir con miedo, mientras vemos como se arruinan nuestras vidas personales?

2 respuestas a «As bestas, la nada bucólica vida en el mundo rural»

  1. Vivir con miedo, es dejar de vivir, hay que enfrentar lo que sea y la fuerza que no sabíamos que teníamos surgirá desde nuestro interior. Pero también hay veces en que como bien dices el mundo no está preparado para recibir lo que venimos a darle, en ese caso nuestra integridad física y nuestra paz valen más que cualquier sueño.

    Me gusta

  2. Siento que en la vida hay que aprender a soltar todo aquello que nos quita la calma, el equilibrio y el buen vivir, como dice la canción de Sandra Bernarda, «Quiero fácil».
    Los años me hablan y me cuentan, que todo aquello que se resiste no es, cuando escucho la vida que late en mi interior me permito ser fluyendo y todo se manifiesta de forma sencilla y natural. Gracias

    Me gusta

Replica a Hanna Cancelar la respuesta