No hagáis caso al desprecio


Hacía hoy un viaje de ida y mañana de vuelta al “balneario”, a este hermoso rincón que aún conservo en el norte. El motivo es por una posible venta. Alguien se ha interesado y, ojalá, pueda desapegarme de esta década de recuerdos, vivencias y convivencias para así poder invertir en el futuro.

Mientras viajaba pensaba en las cosas de este momento que estamos ahora viviendo. En el ambiente político que padecemos, y en como, desde siempre, ese ambiente se fundamenta en la crítica y la destrucción del otro. Decía un sabio que la política era como hacer la guerra pero sin sangre. Fue la conquista humana más poderosa, la de poder divergir sin necesidad de empuñar un arma. En el mundo civilizado ha funcionado, o al menos está más o menos funcionando. Y luego está el otro mundo, el que aún no ha entendido que la mejor forma de sobrevivir a los tiempos es con diplomacia, y no con sangre y tripas.

A pesar de la aparente civilización de nuestro mundo occidental, aún queda mucho por pulir y mejorar. Hay aún en nuestro sistema político y social, mucho desprecio hacia el otro. En verdad, es algo congénito al ser humano. El ser verdaderamente evolucionado y alejado de los ruidos de la personalidad converge, suma y abraza lo diferente. El que vive en las cavernas, refunfuña, maldice y desprecia al otro. Y lo desprecia de mil maneras. El rico desprecia al pobre. El pobre desprecia al rico. El mediocre desprecia al lúcido y el lúcido desprecia lo mediocre. Los del norte desprecian a los del sur y viceversa. Los guapos a los feos y los feos a los guapos. Y así hasta que te topas con el vecino de en frente y te das cuenta de que también lo desprecias, en resumidas cuentas, porque de alguna manera, somos seres despreciables, incapaces de ver la belleza incluso en lo aparentemente horrendo.

Recuerdo que cuando era niño, los otros niños me despreciaban por raro. Aún recuerdo cómo me escondía detrás de una palmera gigante que había en el patio del recreo, temeroso, quieto, observante, mientras que el resto jugaba, corría y disfrutaba. También recuerdo como en la adolescencia me despreciaban por ser pobre, o hijo de emigrantes y, por lo tanto, no ser totalmente de esa tierra, de esa gente, de esa cultura. Y luego en la madurez me despreciaron por mis ideas, por mis utopías, por mi forma de ver el mundo. Ahora entiendo que no debía tomarme esas cosas en serio, que el desprecio es algo común en nuestra sociedad, sobre todo en nuestra sociedad ruín, y que por lo tanto, no debía tomarme esas cosas como algo personal, sino como algo cotidiano. Ahora, cuando me llaman «pringao», sonrío. Sin más. Ahora ya sé que no soy yo, sino el otro, y su oscuridad palpable.

Me di cuenta una vez cuando estando en un gran hotel de lujo, mi acompañante, muy rica de cuna, habló con desprecio a la camarera de turno, por el solo hecho de ser camarera. Observé con atención que había un desprecio de clase, estúpido y rancio en los tiempos que corren, sin darse cuenta mi acompañante, de que el hecho de ser rico, no es sinónimo, ni mucho menos, de tener clase. A partir de ese momento empecé a fijarme en las personas que verdaderamente tienen “clase”, personas que por su talento o humanidad brillan por sí mismas sin necesidad de dinero, reputación o estatus.

Me di cuenta de que esas personas tienen un “magnetismo” especial, y empecé a catalogarlas, con gran admiración, como personas altamente magnéticas.

Me acordé de un gran ser que fue despreciado por todos, inclusive por sus más íntimos amigos: Jesús de Nazaret. Fue tal el desprecio hacia él, hacia lo que representaba y decía, que lo pagó con la muerte, con la cruxifixión, tras la traición de los suyos. ¡Qué gran ejemplo cuando lo mediocre apaga la luz del mundo! Qué gran ejemplo de que, a pesar de que intentaron despreciar lo más divino que la historia ha dado, su mensaje y magnetismo llegó hasta nosotros dos mil años después. Sí, un pobre y casi mendigo hijo de carpintero. Qué ejemplo más sublime para entender que, por mucho que nos desprecien, no debemos hacer caso. No lo dudes, no eres un pringao, eres un ser divino lleno de luz viviendo una experiencia humana. No hagas caso a lo mediocre. No hagáis caso al desprecio.

9 respuestas a «No hagáis caso al desprecio»

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