Los intervalos de la luz. Nada queda al azar.


Decían los antiguos que cuando el discípulo está preparado, aparece el maestro, y que el descanso o el descenso del guerrero es tan solo un intervalo. Una y otra vez debe darse y ganarse la batalla, hasta alcanzar la dorada cima.

En términos psicológicos, podríamos decir que cuando el pequeño “yo” tiene una frecuencia adecuada, aparece una luz o un conocimiento adecuado. Esa luz puede tomar forma de libro, de experiencia, de una persona que aparece y está más avanzado en los quehaceres de la vida que nosotros, o de un verdadero maestro que en silencio sabe transmitir guía para el sendero, para alcanzar la dorada cima.

En la vida de todo ser, hay una lucha constante de fuerzas y energías que provocan crisis adecuadas para el crecimiento. Algunos alcanzan eso que llaman la vida invocadora, un reconocimiento que implica una relación mayor con todo y con todos los que nos rodean. Es un constante reconocimiento y comprensión de aquello que nos ocurre a nivel individual, y de todo aquello que ocurre a escala mayor. Ese reconocimiento, esa vida invocadora refleja la capacidad de observar que nada queda al azar, y que todo está supeditado a fuerzas y energías que aún desconocemos.

Una de ellas es la Luz, o eso que llamamos luz en todos sus intervalos. Dicen que como es arriba es abajo, y que de alguna manera, todo es interdependiente y está interconectado. Esa unidad de todas las cosas y de todos los seres sintientes es como una red neuronal que se relaciona de forma singular. La singularidad proviene cuando afirmamos que la fortaleza de la cadena es la misma fortaleza del eslabón más pequeño. El único ser infinito que alienta todo lo que Es vela por la luz, cumpliendo con la promesa de la inofensividad y aplicando la verdad de que todas las formas son iguales desde una perspectiva lumínica.

La raíz de todos aquellos que despiertan a una realidad mayor a la realidad de su pequeño ego consiste en profundizar en la senda de la Luz. En este sentido, podemos recordar la antigua afirmación que decía: “la Luz es Una y en esa Luz veremos la Luz, esa es la Luz que transforma la oscuridad en claridad…” El Sendero de la consciencia, visto desde la perspectiva de ese pequeño yo psicológico egoísta, consiste en ir desde una luz pequeña, la del pequeño yo, a una Luz cada vez mayor, como en esa analogía de quien escala una montaña, y en cada ascenso la nueva cima le permite ver un horizonte cada vez más amplio, luminoso e inclusivo. Este punto, la inclusividad, sirve para todos y para todo. Todos formamos parte de esa red de luz en sus diferentes grados cada vez más crecientes, niveles de consciencia que suman luminosidad a medida que vamos ascendiendo por las cimas de la existencia.

Nuestro campo de acción, nuestro magnetismo, se acrecienta a medida que ascendemos en términos de luz y consciencia. Si pensamos solo en nosotros, desde una perspectiva egoísta, nuestra luz y consciencia serán limitados. Si empezamos a pensar en los demás y en lo demás, en todo cuanto está interconectado, nuestra luz se expande, y con ello, nuestro poder, nuestra fuerza, nuestra visión.

Según las antiguas creencias, cada vez que el campo de lo que esa Luz va iluminando va siendo más y más amplio, luminoso y brillante, la Luz del yo profundo, eso que algunos llaman Alma, ilumina con más fuerza a la mente y afluye y se mezcla con la luz del conocimiento. Es la Luz con la que trabajan los que empiezan a acrecentar su consciencia, una luz tibia, rudimentaria, pero necesaria para ir avanzando en lo profundo. La Luz de la Intuición, decían los antiguos, indica que el primer y poderoso hilo de la consciencia ha sido construido a través de la brecha entre las mentes del yo pequeño y la superior del yo expandido. Esta es la Luz con la que trabajan los más avanzados, los más despiertos, los más comprometidos, los que alcanzan la clara luz, la lucidez, la belleza del paisaje extenso, la cima dorada que desean compartir con los otros.

Mediante la fusión de la luz del conocimiento (luz de la personalidad), y la luz de la Sabiduría (Luz del Alma), la luz es vista, conocida y captada de forma mucho más profunda. Esta gran luz apaga las luces menores de la personalidad (el egoísmo, la vanidad, la rabia, la separatividad, el odio, etc) por medio de la radiación pura de su poder. La Luz de la Tríada Espiritual es la transmitida por el antakarana, ese puente cuya construcción invisible entre el yo pequeño y el yo expandido permiten mayor unidad e interconexión. Cuando su construcción se halla más avanzada, se realiza lo que los antiguos llamaban la iluminación, el samadhi, el nirvana, ese estado de éxtasis en el que la mente tiene plena consciencia.

Dicho todo esto, podemos decir que tenemos, tras los primeros chasquidos o chispas de vida, la pequeña luz del conocimiento (personalidad), la luz de la Sabiduría (la del Alma), y la Luz de la Intuición (la Tríada más espiritual), siendo tres estados o aspectos definidos de la Luz Una, esa que nos interconecta con todos y con todo. Así que, como siempre decimos, luz, más luz. Más luz para las tinieblas en las que vivimos, para el mundo montañoso, para todas las cimas que aún nos queden por explorar. La luz nos aleja del engaño y la mentira. La luz nos provee de más luz y generosidad. De más compromiso y responsabilidad con la Vida, la Consciencia, la Luz.

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