Cuando despertemos, hagámoslo juntos


Esta mañana A.A. me preguntaba como me sentía. Le explicaba alegre que después de un verano duro, el otoño se mostraba ante mí como un cuento de hadas, como una especie de historia de príncipes y princesas llena de magia y encuentros increíbles. Un momento que merece la pena saborear y conquistar a cada momento para hacerlo eterno y duradero. Ella, intuitiva, como si leyera en mi rostro de voz todo eso que siento, me envía este escrito que comparto:

Tus fantasías de cuento; un cuento  de personajes de lugares lejanos, que hablan lenguas inteligibles y se visten con ropajes hermosos y variopintos, que miran de modo diferente y en la enigmática mirada se refleja la belleza de un alma sin matices, personajes que se recrean en bellas mujeres que por lejanas parecen inalcanzables y entonces el héroe ,de tu cuento de princesas, plebeyo que se hace príncipe por amor, lucha desaforadamente por rescatar a la bella dama de las garras de cualquier dragón que la persigue de siglo en siglo, de vida en vida y de galaxia en galaxia…y entonces, en esa cadencia de los tiempos y espacios se pierde la mirada en el infinito y ohhhh, se cruza con la suya y un rayo fugaz, imperceptible a los adormecidos ojos de cualquier lector, crea la realidad del amor.

Añado a esta historia lo que la Princesa Real, además, me dijo: “Y cuando despertemos de este sueño, hagámoslo juntos”.

La rebelión de la masa


Paseaba hoy por el bosque colindante a mi casa. El sol otoñal, el sonido de los pájaros, el verde que todo lo cubre y las florecillas que nacen por todas partes hacían del paseo algo agradable a la vista y el alma. A la vuelta regresé por el sendero del Águila y de repente observé de nuevo como la vocación humana seguía su curso destructor. Había unas bonitas vistas del bosque de encinar, de la vega del Guadalquivir al fondo, de la sierra y el valle y de las montañas de Granada y Málaga a lo lejos cubiertas por la neblina. El cielo andaluz está radiante en estas fechas. También la nueva residencia de la tercera edad, casi acabada -y abandonada a su suerte- y reluciente bajo el sol. Ante el sol y los escombros de los vecinos, de la plaga humana que acumula y amontona bajo el beneplácito del poder establecido todo tipo de basuras. La imagen dantesca. Todo el pueblo en obras para poder decir en las próximas elecciones todo cuanto se ha hecho en ladrillo, pero ni un ápice de conciencia a la hora de limpiar eso que los propios vecinos, en su cínica inconsciencia, en ensuciado día tras día. Sí, bonita la estampa otoñal, pero majadera la reflexión que sacas al final del camino… absorto por las contradicciones de la naturaleza humana y el sinsabor de la dejadez y la ignorancia. Así se rebela la masa, a base de estupidez, incivismo e inopia.

El problema del Sahara


El sábado pasamos por casualidad por la manifestación que se había organizado en la Plaza del Sol de Madrid con motivo de las reivindicaciones sobre el Sahara Occidental. La postura de España no puede ser más que ambigua. Reconocer la soberanía del pueblo saharaui crearía un conflicto con Marruecos, la cual aprovecharía para reivindicar su soberanía sobre Ceuta y Melilla y quién sabe si algún día también, puestos a pedir, sobre las Islas Canarias. El tema de las colonizaciones es un tema no zanjado aún para ese territorio. Tampoco los problemas de la independencia, la autodeterminación y demás cuestiones nacionales. Resulta difícil valorar qué territorios tienen derecho a la autodeterminación. A mi parecer, todos los que libremente así lo decidan. El problema es cuando una minoría política impone cuestiones de ese tipo: véase lo que ocurre en Euskadi y Cataluña. Pero es que además Marruecos mantiene buenas relaciones comerciales con España, incluidas, valga la paradoja, las que tienen que ver con armamento. Así que el problema del Sahara puede ser comercialmente rentable para España en cuanto que Marruecos nos compra armamento precisamente para defenderse o atacar al Frente Polisario del Sahara. Más surrealista no puede ser la situación. Ni tampoco más cínica y embustera.

Compartir el Camino


En el camino de la vida no hay victorias ni derrotas. Uno puede llorar o reír por ambas cosas, de igual forma. Adentrarte en la proyección de un mundo, de una vida, sin que ninguna aflicción te embargue parece un reto difícil. Por eso, cuando ya has llevado un tiempo llenando tus campos vitales de derrotas y victorias, ambas igual de impostoras, descubres que lo verdadero no consiste en llegar primero, sino en saber llegar, como dice la canción. Y en esa reflexión descubres que no hay mayor camino que el que puedes compartir con amor, respeto y admiración con otro ser.

No hay mayor poder que el compartir todo lo que uno genera y regenera en el discurso vital. ¿Para qué entonces buscar afanosamente poder, dinero o influencia en aquellas cosas que producirán rancias derrotas o superfluas victorias? El verdadero poder y la verdadera riqueza consisten en estar bien con uno mismo y con el resto, en ayudar y en dejarse ayudar, en fabricar momentos generosos que iluminen el brillo de aquel que recibe, y también, del que da. No importa si se es rico o pobre, no importa si estás en la cima o el valle. Sólo importa el grado y la calidad del compartir, la exquisitez a la hora de tender la mano, de abrazar al otro, de sentirte partícipe del maravilloso canto de la vida. Mirar a los ojos a otro ser humano y leer en su brillo el libro de sus vidas vividas, de sentir su sentir, de penetrar en lo más profundo de su alma para desvelar sus necesidades, sus inquietudes, sus tristezas y alegrías. Leer y escuchar en su luz, bucear en su ritmo, en su musicalidad, en su aliento vital que le mueve y le conmueve. Y entonces, experimentar la gracia de poder ser uno con el otro y por lo tanto, de ser seres humanos abrazados a otros seres humanos que se sienten hijos de una familia. Compartir el camino es el mejor premio a una vida llena, plena y vivida.

La esperanza me sirve


El día nueve de enero escribía sobre el amor… Estaba desilusionado y había perdido toda la esperanza. Llevaba seis meses solitario y pasaron seis meses más sin que me faltara el aire. Hubo un leve respiro en verano, un halo de esperanza que se desvaneció en un abierto mediodía en el que la luz apretaba fuerte y la oscuridad presumía a sus anchas. Valga las contradicciones del universo, la esperanza se marchitó aquella misma tarde.

No deja de ser paradójico que pocos meses después paseaba con ella por las calles húmedas de Salamanca. Era de noche y paramos en un bar a tomar algo. Defendía en ese instante la ineficacia de la esperanza, la fragilidad de la misma, el sentido ridículo de pensar que todo puede ocurrir, o no. Y en ese momento, ingenuo y despistado, no era consciente de que la esperanza empezaba a pasear junto a mí. Fue revelador descubrirlo días más tarde, en una noche de ópera, en un paseo nocturno, en una interminable conversación y en un abrazo infinito, poderoso, sentido, muy sentido.

La vida nos abruma con sus lecciones. Creemos saberlo todo pero siempre tiende a sorprendernos. Por eso ahora pienso con precaución, o mejor dicho, por eso ahora prefiero no pensar y dejarme llevar por el devenir de la vida. Ella es más sabia que nosotros y sabe ajustar los tiempos, los ritmos y las pausas para que nuestro pasear sea espléndido. Incluso en los momentos amargos, en las frías noches de nuestro invierno, en los infiernos más temblorosos. Todo encierra una enseñanza. Todo enseña un aprendizaje. Y ya ni siquiera me pregunto para qué, si al fin y al cabo moriremos sin despejar ninguna de las más antiguas incógnitas. No importa. Fluir con la vida y experimentarla en cada segundo es lo más maravilloso que puede pasarnos. Respirar… conspirar… respirar… conspirar… Ahí, en esa sencillez, reside todo. Respirar… conspirar… Y por eso ahora, casi un año después de aquel escrito melancólico, puedo decir que la esperanza me sirve. Y me sirve porque el amor se encarna una y otra vez dulcemente a la espera, inevitable, de que nosotros nos unamos a él, de que bailemos con él, de que nos abramos a él. Y cuando nos abrimos al amor, la vida se abre a nosotros y el milagro ocurre.

Cuaderno de memoria


Cuando algo te ha sorprendido o maravillado resulta difícil escribir sobre ello. Llevo semanas intentándolo. Hicimos la presentación y normalmente siempre dedico unas letras a todo aquello que me impacta y sorprende. Pero esta vez me quedé mudo, sin palabras, al igual que hace dos fines de semana: lo maravilloso a veces nos paraliza.

Y conocer a Olga Palmero me paralizó. Sobre todo porque cuando editas un libro y no conoces al autor hasta el mismo día de la presentación siempre te haces una idea de cómo es su alma, de cómo es su sentir. A veces te llevas sorpresas desagradables, pero la mayoría de las veces, el autor siempre es más grande que su obra. Y a pesar que la obra de Olga es grande, increíblemente grande, la autora deslumbró al público con su luz, con su ternura, con su tacto. No sólo encendió una llama simbólica en recuerdo de la memoria, no sólo nos regaló flores y presentes a los que allí estábamos, no sólo nos inquietó con la música de violín que magistralmente acompañaba sus letras… Ella, por sí sola, irradió luz, fuerza y pureza. Así que una vez más me siento orgulloso de haber colaborado de alguna forma para que esa luz permanezca en la memoria de todos y, en forma de libro, llegue hasta nuestras almas y paisajes. Gracias Olga.

(Foto:  Presentación del libro Cuaderno de Memoria, en Palma del Río, otoño de 2010)

La otra primavera


A las tres y media, hora en la que escribo estas palabras, el silencio es absoluto. La digestión de los espaguetis con crema que he preparado hoy la he hecho en el rincón sur, dejándome mojar por los cálidos rayos del sol que por esa ventana entraban. Desde allí podía contemplar la visita de un nuevo inquilino que se ha instalado desde hace unos días en el jardín. Se trata de un pajarillo precioso, de plumaje amarillo en el pecho y marrón en la espalda. Tiene una larga cola y no sé diferenciar a qué raza pertenece, ya que en estas tardes otoñales lo que más abunda es la visita continua de petirrojos y demás aves insectívoras. Pero este me resulta peculiar porque lleva todo el rato intentando atravesar los grandes ventanales para entrar dentro de casa. Ya me ocurrió este verano con la entrada masiva de golondrinas. Pero ahora que la temperatura ha bajado, no me atrevo a recibir este tipo de visitas. Al menos las vistas son bellas. El cielo azul plagado de nubes que corren de un lado para otro. Algo de viento que mece los olivares. El verde que ya lo inunda todo y deja paso a esas preciosas florecillas blancas y amarillas que crecen entre las veredas de las rocas… El otoño es como una primavera inversa… es un placer sentarse un ratito y poder contemplarlo desde mi ventana… Os dejo una foto para que me acompañéis en la misma contemplación…

Paula y la sociedad ausente, la sociedad disidente.


Hace tiempo que no sé nada de los intelectuales. Los más carismáticos se dedican a desenterrar muertos u organizar marchas contra el Papa los de la izquierda o a meterse con la masonería y el aborto los de la derecha. Ese es su activismo. El resto, el noventa y nueve por ciento de la sociedad está ausente. No opina excepto de futbol, de mujeres o trabajo los unos o el culebrón de la Belén Esteban, el tiempo o la moda las otras. Todo lo demás son artilugios del vivir, promesas incumplidas que no sirven para el día a día.

Aún así, veo en esa cotidianidad una especie de rebeldía, una especie de disidencia. Esta tarde, tras comer algo ligero, salí a la calle para contemplar como iban las obras de la entrada de casa. Allí estaba la niña Paula. Me saludó alegre mientras acariciaba su gato desde la terraza de su jardín. Le devolví también alegre el saludo mientras  la miraba con ternura desde abajo. Hablamos del gato, de lo difícil que resulta cuidarlo, de lo difícil que resulta tratarlo. Así son los gatos, le decía mientras miraba al contraluz la imagen de su inocencia. La niña sonreía mientras acariciaba el gatito. Sí, así son los gatos. Decía ella. Nos mirábamos con complicidad, porque ese momento, esa conversación sobre gatos, era único y verdadero. El mundo no importaba porque el mundo se condensaba en ese instante. Hace tiempo tuve un gato. Le dije. Yo también, me dijo ella, pero se escapó. Pobre gato. El sol iluminaba radiante. No había intelectuales alrededor, ni futbol, ni Belén Esteban, ni modas ni trabajo. Solo un lindo gatito, cómplice también de la experiencia única. Y los tres, ausentes de todo, vivíamos un momento disidente. Sin creencias, sin espasmos, sin pretensiones. La niña, siempre que me ve, se alegra, porque conmigo puede hablar de gatos. Y yo también me alegro, porque con ella puedo hablar de gatos. Quizás en la próxima charla pregunte si el gato pasó frío. Y ella me responderá, seguramente, que lo protegió con su manta. Pura rebeldía, pura disidencia.

Somos joyas, somos esperanza




El sábado recibí la visita de M. y su bella mujer. Me traían una bolsa llena de mandarinas de forma generosa. Tuvimos un rato de charla agradable  y observaron que no tenía televisión. También se detuvieron en el tremendo silencio que había en toda la casa que sumado a la luz tenue, a la noche y a los grandes ventanales cubiertos de oscuridad debió intrigar a los invitados. “¿No te da miedo?” La verdad es que nunca me ha dado miedo esta soledad, pero admito que desde que me robaron ya no tengo las puertas abiertas por la noche y tomo la precaución de cerrar todo con llave. Creo que fue con ellos que hablé también sobre la tentación que alguna vez había tenido, especialmente tras algunos sucesos desagradables, de marcharme de este pueblo. Pero hay cosas que me lo impiden, como esas muestras de cariño que a veces vienen tan bien, especialmente para un lobo estepario como yo, de la gente que te aprecia y te quiere y se acerca para demostrarlo. La visita del sábado con esa generosa entrega de mandarinas, o la de la M. que también trajo un cargamento de mandarinas hace unos días o la llamada  hoy de C., una hermosa mujer que ha llamado emocionada porque me ha escuchado en la radio. “Llamo para felicitarte y para decirte que tenemos una joya en el pueblo”. La verdad es que sus palabras, más allá de la vanidad de expresarlas aquí en público, me han motivado, emocionado y alegrado este frío lunes de otoño. Me alegra poder contribuir, aunque sea con esos pequeños detalles, a la felicidad de las personas. Uno nunca sabe de qué manera puede ayudar, y digo todas estas cosas en voz alta para que todos busquemos la fórmula, especialmente en tiempos difíciles, de ayudarse los unos a los otros de la forma que sea, cada uno a su nivel. Seamos hombres para hombres, y no lobos para lobos… Somos joyas, somos esperanza… saquemos lo mejor de nosotros mismos… incluso con nuestros enemigos…

Felipe González: todavía no sé si hice lo correcto


«Tuve una sola oportunidad en mi vida de dar una orden para liquidar a toda la cúpula de ETA. Antes de la caída de Bidart, en 1992, querían estropear los Juegos Olímpicos, tener una proyección universal… No sé cuánto tiempo antes, quizá en 1990 ó 1989, llegó hasta mí una información, que tenía que llegar hasta mí por las implicaciones que tenía. No se trataba de unas operaciones ordinarias de la lucha contra el terrorismo: nuestra gente había detectado -no digo quiénes- el lugar y el día de una reunión de la cúpula de ETA en el sur de Francia. De toda la dirección. Operación que llevaban siguiendo mucho tiempo. Se localiza lugar y día, pero la posibilidad que teníamos de detenerlos era cero, estaban fuera de nuestro territorio. Y la posibilidad de que la operación la hiciera Francia en aquel momento era muy escasa. Ahora habría sido más fácil. Aunque lo hubieran detectado nuestros servicios, si se reúne la cúpula de ETA en una localidad francesa, Francia les cae encima y los detiene a todos. En aquel momento no. En aquel momento solo cabía la posibilidad de volarlos a todos juntos en la casa en la que se iban a reunir. Ni te cuento las implicaciones que tenía actuar en territorio francés, no te explico toda la literatura, pero el hecho descarnado era: existe la posibilidad de volarlos a todos y descabezarlos. La decisión es sí o no. Lo simplifico, dije: no. Y añado a esto: todavía no sé si hice lo correcto. No te estoy planteando el problema de que yo nunca lo haría por razones morales. No, no es verdad. Una de las cosas que me torturó durante las 24 horas siguientes fue cuántos asesinatos de personas inocentes podría haber ahorrado en los próximos cuatro o cinco años. Esa es la literatura. El resultado es que dije que no». Diario El País, 7-XI-10

El amor de Atala


Los que han paseado por las interminables galerías del Louvre saben que detenerse una eternidad sobre obras vivas puede llegar a inspirar emociones de todo tipo. Y a obras vivas me refiero a esas que de alguna forma te conmueven y nunca te abandonan. Hoy he recibido, incluido en un artículo para revisión, este impresionante cuadro de Girodet expuesto en el parisino museo. El reencuentro con “El entierro de Atala” me ha impactado de nuevo. Sobre todo porque representa ese ideal de amor perpetuo, aferrado a la vida incluso en la misma imagen de la muerte. Ese joven, el joven Chactas al que Atala ama hasta morir, según la novela de François-René de Chateaubriand, se aferra desesperado al cuerpo muerto de su amada. Es la viva muestra del amor que los románticos de cualquier época persiguen. Un amor sin medida, un amor que impresiona y que palpita a cada instante. Un amor que no exige, sino que da sin esperar nada a cambio. Un amor desesperante cuando no se encuentra y sublime cuando te envuelve. Un amor que se conquista a base de sueños pero también realidades, de magia, fantasía y momentos tangibles, próximos, plagados de música, abrazos y miradas infinitas. Hasta hace poco creía que este amor ya no existía, que se había esfumado de la faz de la tierra, que todo esfuerzo por buscarlo era inútil. Pero hoy, a las seis de la mañana, alguien recitó un poema infinito rematado con una emoción, con un sueño, con una promesa, con una esperanza. Debió ocurrir en las Pléyades, en un espacio infinito, pero no importa. Era real, estaba allí, y pude abrazarlo… Gracias a esa Tormenta misteriosa vuelvo a creer en las hadas, los príncipes y los sueños… Atala murió de amor… Ojalá todos, cuando muriéramos, lo hiciéramos envueltos en los abrazos de un ser querido y que esos intensos gemidos nos acompañaran hasta el otro mundo… o viceversa…

¿Por qué se suicidó Choi Yoon-Hee?


Choi Yoon-Hee era aparentemente una persona feliz. Había escrito más de veinte libros de autoayuda y la felicidad y era una persona muy conocida y respetada en su Corea natal. Todo iba bien hasta que un día se la encontró ahorcada en la habitación de un motel junto a su marido de setenta y tres años. Si era realmente feliz, ¿por qué ese doble suicidio?

Hay una obsesión en todo el mundo por ser feliz. Parece evidente. Todo el mundo desea alcanzar metas, sentirse en paz, bien consigo mismo y con su entorno, pero sobre todo, sentirse en plena armonía con todos y con todo, satisfecho y alegre. Siendo la alegría un síntoma de felicidad… ¿de qué es síntoma la felicidad? Creo que no hay que buscarla como meta. Uno es feliz cuando hace las cosas que tiene que hacer. O mejor dicho, uno es feliz cuando hace aquello que debe hacer. Si es cierto que los soles y las estrellas y los planetas y las lunas tienen su propio propósito en el orbe cósmico, nosotros, pequeñas estrellas humanas, tenemos el nuestro propio. Y sólo cuando fijamos la atención en nuestro propio propósito, en nuestra misión vital, es entonces cuando empezamos a ser felices… Síntoma inevitable del buen hacer… conquista de la existencia una.

Quizás Choi Yoon-Hee se marchó feliz y por la puerta grande. Quizás el suicidio solo fue una muestra de grandeza… una forma sublime de partir con los deberes hechos… Quién sabe…

Al-Malâmatî


Hablaba hoy con E. en la comida sobre la entrega en el campo de batalla. Sobre la necesidad de romper con el ego que nos ata a las cosas temporales para profundizar en la enseñanza del servicio y la entrega. Y hacerlo de forma invisible y desapegada, de forma en la que nadie sospeche sobre tu propósito o vacuidad. No hay mayor gloria que la de sentirte sensible a las cosas que merecen la pena como el amor, la amistad, la mejora de una raza humana que necesita con cierta urgencia y desesperación ese tipo de esfuerzos. En las creencias sufís, existe una categoría de hombres santos que llaman al-Malâmatî o «el hombre de la censura». El Malâmatî es un Santo que esconde su aptitud espiritual ante la gente, aspirando ser el objeto de su censura para liberarse de la influencia del Nafs (el ego). Esa actitud tiene mucho que ver con la figura del Bodhisatwa en la tradición budista o la del propio Jesús el Cristo en el cristianismo, el cual no tenía ningún reparo en decir las cosas como las sentías y predicar sobre todo con el ejemplo, independientemente de la censura de su tiempo. En el fondo se trata de eso. Uno debe ser fiel a sus principios, debe luchar por aquellos valores que desempeñan un modelo exigente pero necesario para la mejora de todos. Y debe premiar con la generosidad del compartir todo aquello que recibe a diario. Y no hay nada mejor para ser feliz que compartir todo cuanto se tiene, ya sea tiempo, esfuerzo, trabajo, objetos, deseos, pasiones, modos de vida o… Cuando damos recibimos algo que no tiene precio, y es la sonrisa del otro, la mirada del otro, el amor del otro. Cuando damos somos humanos de verdad y vencemos las barreras de todo cuanto creemos… Dar es recibir, y ese debería ser el principio y el valor máximo de nuestra existencia. La banda sonora de nuestras mágicas vidas…

El Cortao Party


Al salir de la fiesta política de nuestro particular Tea Party, algunos decían que era incomprensible que personas que ni siquiera tenían el bachiller pudieran gobernar un pueblo. Un panadero, una camarera y un guarda de seguridad han sido sus tres últimos dirigentes. Por supuesto, no estoy en nada de acuerdo en esa afirmación, a pesar de que cierta formación no viene nunca mal para organizar un presupuesto que supera más del millón de euros y para administrar una entidad que gestiona cientos de puestos de trabajo, nóminas, negociaciones a todos los niveles y el bienestar de más de cuatro mil personas. Y no estoy nada de acuerdo porque una de las conquistas de la democracia es precisamente dotar de los mecanismos necesarios para que cualquiera que lo valga pueda llegar a ser alcalde o presidente de un gobierno, ya sea éste jardinero o ingeniero. Otra cosa es cuando el jardinero o el ingeniero o quién sea se comporta de forma bochornosa, tal y como presenciamos en el circo de ayer. La verdad es que cualquier observador ajeno a la realidad peculiar de este pueblo podría haber aprovechado la ocasión para, cámara en mano, grabar una película digna de Almodóvar. Una cosa es segura, en Hornachuelos no necesitamos cine o circo, ya lo tenemos los jueves de pleno.  Cuando se pierde la compostura, las formas, se ataca en lo personal y se pierden los papeles de uno y otro bando el mal gusto se apodera de la política y la seriedad desaparece. ¿Qué decir de la confianza? Realmente, a los que mirábamos el espectáculo desde las gradas solo nos faltaban las palomitas y los kikos, porque aquello fue de película. Así que os recomiendo que vengáis a los plenos de mi pueblo porque no tienen desperdicio. La fiesta está siempre garantizada, y el bochorno, a los más sensibles, también. Supongo que de todo esto surgirá un movimiento al que llamaremos «Cortao’ Party» para emular al americano, eso sí, con nuestra peculiar gracia.

Obama y la soledad del líder


Los filósofos siempre han sido amigos de la verdad, o al menos amigos de sus verdades. Los políticos utilizan la verdad o las verdades, pero también la mentira y las mentiras para transformar la realidad según la conveniencia del momento. A veces resulta de mal gusto el hacer las cosas para quedar bien con el resto del mundo. Podría ocurrir que el resto del mundo estuviera equivocado y solo la apuesta por hacer lo que uno piensa que es coherente para el momento pueda darle fuerzas para continuar. Si lo que es bueno para uno resulta ser veneno para otro, ¿cómo buscar el ansiado bien común? Para muchos, lo que puede ser disfrutado en bien común carece de valor. Es por eso que Nietzsche, que desconfiaba del ser humano nos advirtiera de que las grandes cosas son para los espíritus elevados, los abismos para los espíritus profundos, las delicadezas y los estremecimientos para los delicados y las rarezas, para los raros. Obama, que no parece de este mundo, seguramente tendrá que refugiarse pronto en alguna montaña, en algún abismo, en algún estremecimiento o, si la cosa va bien, en alguna rareza.

Esperanza


Me llamaron esta mañana desde la radio para hacer una entrevista. Contestaba a cada pregunta con una gran sonrisa en los labios, como si en vez de palabras surgiera música y en vez de conceptos expresara poesía. La otoñal primavera resulta que sale al paso en su forma más elevada, transmitiendo una metamorfosis que me produce extrañeza, pero al mismo tiempo una paz profunda. Es como si lícitamente pudiera decir que este otoño sí trae consigo los frutos maduros. El insólito privilegio de sentirme seguro de cuanto ocurre, porque lo que ocurre nace desde lo más hondo, desde donde nace el alma, desde donde reside, respira y conspira.

Así, mientras la periodista me preguntaba sobre la hermosa presentación en Palma dirigida y orquestada por esa gran alma que es Olga Palmero, suspiraba de emoción y merecido despertar. También cuando recordaba las anécdotas de Iznájar, especialmente cuando los cuatro elementos se levantaron para acompañar ese acto cuasi mágico.

Y luego el viaje… Ese viaje mitad vigilia mitad sueño donde el alma envuelve al cuerpo y lo abraza suave en la fusión, en la herencia de la unidad interior que parte del contacto con el otro. Nunca pensé que fuera posible poder mirar por una pequeña ventana de dos puntos no sólo un extenso cielo azul, sino un infinito inimaginable. Y eso durante horas, sin que existiera la noche o el día, sin que existiera el rayo o la oscuridad. Sólo dos seres mirándose, eternos, suficientes, sin tiempo, sin espacio, flotando en una atmosfera vacía que iba llenándose poco a poco con el calor de sus cuerpos. Había sin embargo un movimiento inverso dentro de esa quietud mistérica. Había un respirar, no dos, sino uno, que conspiraba a un ritmo equilibrado entre el crematorio interior y la fuerza exterior. Un aliento poderoso, tímido al principio, pero honrado. Un aliento acoplado al suspiro cósmico de la ocasión única, soberano y emancipado, con un mensaje que se repetía una y otra vez: la esperanza es posible. Es cierta más allá de la ceguera. El milagro ocurre. Sólo hay que abrir las compuertas del llanto y dejarse llevar por el fluir de la vida. Sólo hay que creer y actuar con fe en las maravillas y los entresijos de esta increíble existencia. Gracias Tormenta por empaparme con tu sudor y tu vida. Gracias por abrirme los ojos y dejarme ver.

La fuerza del destino


A veces la vida te premia con regalos inimaginados, con experiencias que intuyes en alguna parte del Siendo pero que desconoces en cuanto a lo inevitable de lo real. La vida siempre es soberana e impone su voluntad, ignorando y rechazando los miedos, las incertidumbres y todo aquello que siempre nos mantiene desconectados del fluido vital. La vida nos empuja y nos advierte de la urgencia del vivir, de la necesidad imperiosa de hacer de cada minuto único sesenta segundos de experiencias inolvidables.

Hoy me siento totalmente doblegado, siento la fuerza acrecentada de una emoción abierta, grande, dichosa, que mece en mi pecho los hilos subatómicos del sentir. Algo que resulta difícil describir sin pasar inevitablemente por los puentes fundamentales del espíritu. Quizás sería más fácil decir que todo ser es ese sentir, un sentir que ha vuelto a creer en la esperanza, en la multiplicidad de la simplicidad, en lo profundo de sorprenderse por el aleteo de una mariposa o por la magia de creer en mundos imaginados. Quizás sería más fácil describir este cúmulo de emociones inclasificables como en los cuentos de hadas… Esos cuentos donde todo es posible y lo maravilloso se convierte en cotidiano mientras que lo increíble forma parte de la experiencia diaria. Así que…

Érase una vez una princesa de ojos azules, de intensa mirada y mágica presencia… Érase una vez el reencuentro de dos almas en la calma del océano, en la profundidad del valle, en la esfera interminable de la bóveda celeste, en las estrellas y en los mares, en las montañas y en los pergaminos del recuerdo. Érase una vez  el reencuentro con la que sabe volar… con aquella que bajó de la patria estelar para adueñarse de un trozo de alma peregrina, de un instante ya grabado en la retina de la noche, con un suave tacto perfumado por los halos del encanto nocturno. Érase una vez un abrazo tan sentido que ni siquiera el viento cuando roza suave las velas de un navío desplegado hacia el viaje podría superarlo. Érase una vez un sueño… érase una vez la magia… érase una vez la vida sentida en intensidad diez en la escala de Richter… érase una vez un mundo desplegado en las sabanas de la esperanza… érase una vez la hábil metamorfosis de una mirada preñada de sueños, de abrazos, de promesas… érase una vez la grandeza del origen, la mirada intrépida de un rey mítico y los oídos tapados de un Ulises… érase una vez un viaje lleno de propósito y significados, donde los alaridos del ocaso se mezclan con la ensoñación del nuevo día. Érase una vez, en palabras de Dante y Goethe, ese eterno femenino que nos atrae hacia arriba. Érase una vez los doce trabajos de Hércules, las idas y venidas de Prometeo y la luz inevitable del mito anclado en la verdad. Érase una vez el susurro de un aliento, de un aire expresivo y cálido, de un acelerado ritmo cardiaco, de un devenir hacia la definición más aproximada de la entrega. Érase una vez, si es que todo esto es posible en un instante jamás escrito, un rayo de luz fulminante que a los dos hizo uno y al uno, misterio. Que la esperanza los guíe y que, como todo cuento que se precie, sean felices… La forza del Destino lo quiso, y que así sea por siempre.

El Aleph


Ayer pasé una tarde maravillosa. Vinieron unos amigos y pasamos un rato agradable y divertido. Nos acostamos tarde jugando al ajedrez y escuchando música portuguesa. Jugamos al rugby, cenamos algo ligero y ya de noche fuimos al jardín a saludar a los duendes protectores. Pudimos encontrar tres gracias a la extensa imaginación que recorre nuestras cabezas. Uno era un ser con forma de Pinocho. Estaba sentado, esperando para ver si todo iba bien, suplicando una visita o un gesto humano que le dotara de vida y fuerza. A su derecha había otro de color marrón, con un dedo más grande que el resto y apuntando con su mirada a las estrellas. Melancólico, nos saludó ante el destello de luz de nuestra pequeña linterna. Y a su izquierda, allí estaba, el rey, el mago, el dueño de esos parajes, el sapo verde con boina roja que sentado en su trono de palmito meditaba sobre las próximas acciones en su reino. Luego seguimos el sendero que conduce al lago encantado. No tenía agua, pero sí unas inmensas cataratas plagadas de peligrosas aperturas. Al fondo se veía el bosque de coníferas, pero preferimos seguir por el camino de la derecha, bordeando el lago seco y sus dos grandes árboles agolpados en mitad de su cauce circular. Giramos a la derecha y de repente nos encontramos dentro de una peculiar espiral labrada en piedra en cuyo centro había un montículo desde donde nacían dos piedras blancas y una negra. Sin duda era un Aleph, un lugar desde donde poder divisar cualquier rincón del universo. Bastaba ponerse junto a ellas para viajar a cualquier confín de la galaxia. Proseguimos el camino por el jardín hasta que se cruzó ante nosotros un gran felino blanco. Realmente era un lindo gatito, pero en la imaginación exploradora podía ser cualquier cosa… Bien terminó la aventura por el jardín y el premio fue el descanso del guerrero, buena música, buena compañía y algo de comida.

Molinos de viento


Estimados C. y M.,

Uno nunca sabe si actúa sensatamente cuando se deja arrastrar por las sinrazones de la locura del otro lado o si, por el contrario, resulta ser un insensato por desafiar las leyes de lo normalmente aceptado. Sea como sea, lo importante, tal y como decía ayer C., es poder ser un mago que interactúa en cada momento sabiéndose lleno de fuerza, o al menos, sabiéndose dentro del halo de esa fuerza o corriente mayor…

Los Quijotes están destinados a vencer por el marco de la imprudencia a los terribles molinos de viento… No puede ser de otra forma para que el mundo avance, para que se transforme y la humanidad alcance su destino común. Los molinos de viento son terribles monstruos agazapados a su gigantesca figura, pasmados y anclados en el tiempo y en un espacio reducido, incapaces de mover un solo ápice de segundo. El Hidalgo avanza con su triste figura para arrebatar a la sinrazón una milésima de sensatez.

Un abrazo sentido,

Oteando las promesas del mañana


Es a nosotros a quien busca el río, suplicando al firmamento la posibilidad de arrastrarnos hasta el inmenso mar que todo lo puede. Algo así debí soñar porque hoy amanecí temprano, aún cuando la oscuridad gobernaba todo el horizonte y la luz tardaría algunas horas en llegar. Hacía frío y a las ocho ya éramos cuatro trabajando sin parar en la casa. Unos limpiando, otros pintando, otros perfilando con cemento y ladrillo esos rincones que aún quedan por apurar. Quiero terminar el año con la cara limpia, con la casa amada y cuidada, protegida y luminosa. Ya sabemos que de nada sirve lamentarse y quejarse de las desgracias de nuestro tiempo, y sin embargo, aprendemos cuanto valor tiene el cuidar esas cosas que nos molestan o incomodan, el amarlas igual que a las otras, esas que tiñen de color nuestras vidas. Quizás sea tiempo de esperanza y optimismo, de alegría condensada en el elixir de las pequeñas cosas. Nuestros corazones han padecido, pero ahora toca regarlos con el sudor de la ternura. Hay una dicha impaciente que reclama su tiempo. Está alerta y al acecho y solicita amable la llegada de las cosas buenas. Nuestras almas, desde lo alto de la torre radiante, otean el espacio infinito esperando vuestra llegada. ¡Oh, amigos del mañana, tendré el banquete preparado y las chimeneas encendidas para que el refugio y su magnitud hechicen vuestra presencia!

Desde Los Asientos


Me encuentro en los impresionantes parajes de Los Asientos de Sevilla La Vieja, nombre ficticio a veces, real las pocas, con el que gusta nombrar a MC su finca sevillana. Desde la torre de este palacete noble a mitad caballo entre un gran cortijo andaluz y un refugio de aristócrata de otro tiempo, repaso la intensa semana y me encuentro aislado en un tiempo extraño donde nada permanece y todo cambia tan rápido. He dormido como un lirón tras unos días viajando sin parar. Ayer en Madrid, tras un sábado muy intenso en tierras catalanas donde me pilló la noche, haciendo ya mención a mi novela Alexandra, «más allá de las tierras de Argón«. Estuve en el encuentro de personas de paz y buena voluntad que tan bien organiza Ananta. Pude abrazar a seres queridos y pude saludar a personas hermosas. Me hizo especialmente ilusión el abrazo sentido de Dolores, la cual, sin conocernos en el plano físico, me miró con esa cercanía tan propia de aquellos reencuentros imaginados. Ha prometido venir a la Montaña con sus nietos, así que está invitada ella y todo el que quiera venir. Y ayer se habló mucho de paz, más paz. Precisamente ayer y precisamente hoy que nos enteramos que España, muy feliz por cierto, venderá una suma importante de carros de combate a Arabia Saudí, la cual se está rearmando hasta los dientes… Algo habrá que hacer, aunque sea una denuncia mínima, simbólica… y algo haremos…