Veinte años de una aventura compartida


Tal día como hoy, hace veinte años, comenzó la aventura de Editorial Séneca. Al escribirlo, me doy cuenta de lo difícil que resulta encerrar dos décadas en una fecha. Detrás de ese nombre hay libros, por supuesto, pero también personas, conversaciones, decisiones difíciles, ilusiones y una parte muy importante de mi vida.

Hoy, aquel proyecto es Dharana Press, S. L., y reúne cinco sellos editoriales. Hemos recorrido un largo camino, aunque al mirar atrás no son las cifras lo primero que me viene a la memoria. Pienso en todo lo que ha ocurrido alrededor de los libros: los encuentros que propiciaron, las preguntas que nos ayudaron a formular y las amistades que nacieron gracias a ellos.

Durante estos años, editar ha sido mi manera de participar en una conversación que empezó mucho antes que nosotros y que, confío, continuará después. Hemos procurado acercar al lector obras que merecían ser conocidas, recuperadas o conservadas; libros cuya razón de ser no siempre cabe en las preferencias de un mercado ni en las prisas de una temporada.

Ese trabajo tiene una parte hermosa y otra mucho menos visible. Cada publicación exige decisiones, revisiones, gestiones y horas de dedicación. Hay que atender lo cotidiano sin perder de vista aquello que le da sentido. Quizá uno de los aprendizajes de estos veinte años haya sido precisamente ese: comprender que los ideales también necesitan organización, paciencia y constancia. La ilusión permite empezar; sostenerla a lo largo del tiempo requiere algo más.

Entre las responsabilidades que hemos asumido, algunas tienen para mí un significado especial. Es el caso de los Libros Azules, cuya edición forma parte de un compromiso que va más allá de incorporar unos títulos a nuestro catálogo. Cuidar estas obras, favorecer su acceso y procurar su continuidad es una tarea que merece atención y respeto. Me importa profundamente que ese compromiso permanezca y encuentre siempre personas dispuestas a sostenerlo.

Pero esta aventura no transcurrió únicamente entre páginas. De la editorial nació también la fundación, y con ella el deseo de llevar a la experiencia algunas de las ideas que difundíamos a través de los libros.

La librería de Malasaña y la comunidad de ética viviente de O Couso, en Galicia, ocupan un lugar muy querido en esa historia. Fueron proyectos distintos, nacidos de una misma inquietud: crear espacios donde la cultura, la búsqueda interior y la convivencia pudieran encontrarse.

La librería expresaba el valor del encuentro alrededor de un libro, de la conversación y del descubrimiento compartido. O Couso planteaba un desafío diferente: explorar cómo llevar una ética a la vida cotidiana, cómo acercar lo que pensamos a lo que hacemos. Porque hablar de fraternidad, de servicio o de comunidad resulta más sencillo que darles forma en la convivencia. Intentarlo obliga a aprender, a revisar las propias certezas y a reconocer los límites.

Al hacer balance, no quisiera convertir estos veinte años en una historia sin dificultades. Sostener proyectos culturales exige mucho, y hay momentos en los que la energía disponible no alcanza para todo lo que uno desearía hacer. También se aprende de aquello que queda pendiente, de las expectativas que hay que revisar y de la distancia entre una idea y sus posibilidades reales.

Con todo, siento gratitud. Por quienes confiaron en nosotros, por los autores y colaboradores, por los lectores, por los amigos que estuvieron cerca. Ninguna de estas iniciativas puede explicarse únicamente desde el esfuerzo de una persona. En todas ellas hay aportaciones, afectos y trabajo compartido que forman parte de lo construido.

Este aniversario llega, además, en un momento de reflexión personal. Después de tantos años dedicados a sacar adelante proyectos, siento la necesidad de prestar atención a la etapa de la vida en la que me encuentro.

Mis hijos están creciendo, y quiero estar presente. Quiero dedicar los próximos años a una crianza activa, acompañarlos de verdad y disponer para ellos de algo más que el tiempo que queda al terminar las obligaciones. Hay experiencias que no pueden posponerse indefinidamente: la infancia sucede ahora, mientras nosotros hacemos planes.

Siempre he creído que las etapas de la vida hay que aprovecharlas al máximo. Hoy esa convicción me invita a revisar mis prioridades. Lo que durante muchos años ha ocupado el centro de mis días sigue siendo valioso, pero empieza a compartir ese lugar con una responsabilidad que deseo vivir con toda la atención que merece.

Desde ahí pienso también en el futuro de la editorial y de la fundación, de ese conjunto casi inseparable, de ese universo cultural y espiritual que se han desarrollado de la mano y han creado tanta inspiración y esperanza para muchos. Me gustaría que tuvieran un horizonte que no dependiera exclusivamente de mi dedicación cotidiana; que pudieran enriquecerse con otras miradas, otras energías y nuevas maneras de hacer. Después de tanto tiempo, quizá parte de mi tarea consista en favorecer esa continuidad y aprender a acompañarla desde otro lugar.

Todavía estoy dando forma a estas reflexiones. No tengo todas las respuestas, pero sí algunas cosas claras: deseo que los libros sigan llegando a sus lectores, que los compromisos asumidos se cuiden y que el sentido de esta aventura pueda encontrar nuevas expresiones.

Hoy celebro estos veinte años con cariño y agradecimiento. También con curiosidad por lo que vendrá. Hemos dedicado mucho tiempo a hacer crecer libros y proyectos; ahora quiero dedicar más tiempo a ver crecer a mis hijos, confiando en que todo aquello que hemos sembrado pueda seguir dando fruto.

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