Esa es la ingente suma que el abogado de mi ex se llevará por diez minutos de trabajo. Ese es el precio, según el juez, que debo asumir por no enviar un fax a dicho abogado. Un diabólico festín, que diría Espronceda. Porque cómo es posible que la justicia funcione así, de esta manera, donde la parte rica demanda a la parte pobre para quedarse con todo y ser aún más rica y la parte pobre debe, ¡ay pobre diablo!, perder y pagar. Y después de semejante injusticia, aún hay gente, por llamarla de alguna manera, que duerme tranquila, con la conciencia tranquila.
Enjambre de vampiros y alimañas, mundo diabólico, materialista, egoísta, escuadrones taberneros que enjuagan la saliva relamiendo los trozos sobrantes. Y dígame usted, señor abogado, en qué posición queda uno, que es mísero, que vive en una triste cabaña de madera, cuando se le arrebata todo lo poco que tenía y además, una vez casi rematado, se le intenta chupar hasta la última gota de sangre. Dígame qué más sangre desean ustedes dos, el uno y el otro, que pueda satisfacer su insaciable avaricia.
¡Qué hartazgo! ¡En qué andaba yo pensando cuando dejé entrar en mi vida a tan semejante…! Qué fue lo que me atrajo hasta tan surrealista situación. Quizás los corceles mugientes, o los torrentes de lava. ¿Pero no se da cuenta que con ese dinero podría comprarme un habitáculo para vivir, aunque fuera una ruina? ¿No se da cuenta que el mundo se acaba y habrá que rendir cuentas? Supongo que no usted, que es un mandado, un pagado, sino quien le pagó tan traicionera demanda.
Pero el sapo siempre explota cuando su vientre no puede más. Y aquí explotarán todos, hasta el apuntador, que con sarna y suplicio reventó de tildes. A mí ya me tocó mi turno. Y así ando, que no levanto cabeza, aún. Ninguna lámpara sepulcral querrá alumbrar tan triste escena. Porque todos sabemos que hay otra justicia, esa ley que llaman karma, y que nadie escapa de ella. Y será ella, y no la toga estúpida y anacrónica, ciega y vapuleada, la que realmente ejerza su ley.
Ya le digo de antemano, a usted y a su ama, que no dispongo de ese dinero. Y que tendrán que echarme de esta cabaña para saciar su sed de venganza, y ponerse a vender en pública subasta mis libros, que es lo único que realmente poseo con celo y gracia. No habrá alaridos ni súplicas. Me lo tengo merecido por mi condición de hombre, excesivamente blandengue, que por no ver a una cría llorar, asumió sus caprichos y manías.
Eso sí, menuda bacanal montaré, cuando todo esto termine, porque si bien el dinero no es mi arma, lucharé con todas las palabras que hagan falta hasta que sacie mi desahogo. En eso no habrá tregua, entre otras cosas, para que la rabia acumulada vaya saliendo de alguna forma y no se enquiste en un mal mayor. No con pistolas ni duelos como se hacía antes, porque como eso del honor ya no es menester que se defienda, pues quedará al menos la libertad y el coraje del desahogo, aunque este sea sibilino, sagaz, mordaz, envenenado. Pero que fluya, que no se quede dentro, que salga todo. No quisiera morir de rabia, tan joven y con toda una vida por delante.
Y ahora a lo que iba. No se equivoquen los jóvenes enamorados. No confíen en la suerte ni en el mañana. En esta sociedad líquida, egoísta y enfermiza, ya no queda amor. Solo una suerte de pactos, entresijos, intereses, egoísmos y demás lista de desmanes que se rompen en cuanto una de las partes deja de ser interesante para la otra. Y cuando eso ocurre, uno de los dos caerá en desgracia. Su ruina está garantizada, ya no solo la material y la emocional, sino también la espiritual, porque entrando en sumo grado de locura, capaces son esos estúpidos en cometer las más atroces de las barbaridades.
Así que si inevitablemente se enamoran, háganlo con suma prudencia. No cometan la estupidez de aferrarse a algo tan efímero y fugaz como esa enajenación mental que a muchos llevan a la ruina. Desconfíen siempre de esa inmadurez, y atrévanse a amar desapegándose desde el minuto uno de cualquier lazo que conduzca a la locura. Amen, mejor, en silencio. Y si puede ser, a solas, que tal y como está el patio, mejor solo.
Catorce mil ciento sesenta y tres euros. Más la pérdida de salud durante nueve meses, más la ruina económica, más la pérdida de tres apartamentos y un coche nuevo recién comprado y no se sabe cuanto dinero más por el camino. Ese es el precio de la enajenación mental por enamorarnos siempre de la forma más estúpida ¡Que silbe Aquilón, y que el más bravo destino ponga orden en todo desmán! Que sea la vida, y no yo, quien juzgue. «No quiero hacerte daño», fueron sus palabras tras el primer beso. ¡Ay! ¡Si es que hasta me avisó! ¡Ay, en qué andaba yo pensando!































