Mi arco en las nubes


IMG_20200426_162356_6
Con Geo en los alrededores de la cabaña, al fondo

Si quieres ver el arcoíris, tienes que mojarte, pensaba en el día de hoy mientras disfrutaba de los acontecimientos primaverales, exuberantes, pródigos. Cada vez que miro por las ventanas de la pequeña cabaña me fascino. Hoy no ha parado de llover. El fuego ardía en el hogar. La lluvia regaba el verde fosforescente y brillante de esta temporada. El bosque parece vivo, en movimiento constante, luminoso. Todo centellea alrededor, como si fuera una dimensión etérica, más de otro plano.

Los pequeños robles que rodean la circular construcción han asomado sus primeras hojas. Los protejo año tras año para algún día trasplantarlos. Los pajarillos de mil colores vuelan hasta el comedero, donde todos los días agrego alguna simiente. El amigo erizo, como todas las primaveras, y ya despierto de su perezosa hibernación, vuelve por las noches a degustar la comida de Meiga, la gata del lugar. Me gusta salir a saludarlo. Él se esconde entre sus púas, lo acaricio y sigue con su trabajo de pulir hasta el último cascajo de alimento mientras observa curioso mis movimientos.

En el atardecer, «entre lusco e fusco«, entre las nubes y el horizonte de la sierra de Édramo, se escapaban de repente algunos rayos de sol que botaban entre las copas húmedas y abrazaban las ramas extensas. Aún llovía en el crepúsculo hiperboreo cuando los fucilazos caían sobre la tierra húmeda. Salí fuera, buscando el sello de la alianza entre el cielo y la tierra, el arcoíris por tantos soñado. Cuando me di cuenta estaba todo mojado, pero feliz por el espectáculo viviente.

Me acerqué a la chimenea mientras me secaba el rostro con una toalla y miraba una a una todas las ventanas y sus espectaculares vistas. Me pellizcaba interiormente, sin creer que pudiera estar viviendo en este pequeño paraíso. Agradecía todo el esfuerzo anterior, todo el recorrido pasado. Mereció la pena los fríos inviernos, el agotador sufrimiento para levantar este rincón en el mundo, para restaurar una ruina compartida, para construir estas pequeñas cabañas a modo de humildes refugios. Agradecí profundamente a todos los que de alguna forma habían colaborado en la reconstrucción. A todos deseaba que pudieran disfrutar por muchos años de este lugar, de su memoria, de su belleza y esplendor. A todos tengo en mi corazón día tras día. Incluso aquellos que marcharon disgustados o tristes por esos roces que los malos entendidos o las diferencias siempre atraen. A ellos especialmente, con deseos de que algún día puedan volver desde una mirada limpia y desapegada. Aquí quedará siempre el abrazo cálido.

Siempre atesoro con indulgencia esa sensación de saber que todo este esfuerzo ha sido tan solo el inicio de un largo viaje. Mañana hará siete años que todo empezó en mi interior. Me fui a dar un paseo por el Camino de Santiago durante casi cuarenta días para celebrar así mi cuarenta cumpleaños. Aquí, en Galicia, en tierra celta y mágica,  encontré y sentí hondamente la llamada de este lugar, y aquí, a ciegas, sin miedo, me vine. Aquí vine a hollar el Sendero, más allá de las palabras, más allá de los mundos imaginados. Aquí vine a explorar la Puerta estrecha y a sentir en mis carnes lo que la palabra Servicio significa realmente. Aquí aprendí a vivir ampliamente, sin estrecheces.

Mañana es mi cumpleaños. Serán 47 años. Como esta vez no puedo viajar ni aislarme en ningún monasterio perdido, tocará celebración en la chozuela. Será una celebración humilde y silenciosa. Será un tranquilo paseo por esta nueva revolución solar que desea inundar de una vez la vida de paz y sosiego. Siento una gran serenidad interior y una gran claridad mental, como si pudiera ver sin miedo el propósito al que deseo dedicar los próximos años. Sí, puedo decir que durante estos años me he mojado, pero no ha sido en vano. Por fin puedo ver y disfrutar del arcoíris, mi arco en las nubes…

 

Mañana es mi cumpleaños…

Si quieres invitarme a tarta o pastel, puedes hacerlo aquí abajo…

gracias… 🙂

donar

 

El utópico esbozo de un mundo por venir


a
Hace cuatro años puse los primeros pilares de la que ahora es mi casa. Esto es solo un esbozo del mundo utópico que está por venir

Así lo definiría un tipo culto y sabio. Un esbozo utópico de un mundo por venir, una síntesis completa de aquello que aún no existe. Ya no soy un hombre típico y triunfante. Dejé atrás esas ansiedades de la personalidad. No por haber fracasado en esas empresas que uno siempre imagina exitosas, sino por haber encontrado una quietud perenne insoportable para lo nominal. Renunciar a los placeres de la personalidad, a las riquezas y a las posesiones no tiene ningún mérito. La pedagogía de este instante está más allá de cualquier deseo de poder o control. Vaciar esa parte de la vida es dejar espacio para que algo diferente se ubique en nuestro devenir. Es cierto que hay algo de disciplina en todo esto. Uno siempre debe apostar por lo que rige en su necesidad o en su corazón. Y el segundo camino, el del corazón, siempre requiere algún tipo de sacrificio. La necesidad siempre es admirable en cuanto a su infinita capacidad de subsistencia. Pero el corazón atraviesa lugares sombríos para llegar por fin a la meta que se propone. Y estamos en un tiempo sombrío, y mi alma me pide avanzar con prisa hacia lugares no comunes. Mi alma me pide que explore el mundo del mañana e intente arrancarle algún esbozo.

Buscar la perfección del espíritu mediante el estudio y la meditación, el servicio y la acción como vocación de animar a otros a vivir la vida desde un sentido más profundo es algo que nace siempre del corazón. Por eso la necesidad se aparta, la mente trabaja al servicio de esa luminaria sentida y la luz que viene desde lo más alto empieza a gobernar todo cuanto experimentamos. Sería, por decirlo de alguna manera, un anhelo que nace del espíritu y que atraviesa la materia para elevarla a una consciencia superior.

Habrá en un futuro una reacción espiritual a este mundo materialista. Eso será algo inevitable. Ahora vivimos en un afán de distracción total, de culto al entretenimiento y la posesión. De alguna manera, si estamos entretenidos y tenemos nuestras manos y corazones llenos de cosas estamos mansos, aturdidos, anulados. La servidumbre es perfecta en este estado de embriaguez. Somos felices porque podemos alcanzar cualquier meta en nuestra esclavitud disimulada, ya sea en lo real o en lo irreal. El pensamiento carece de pureza y lucidez y el diagnóstico futuro sobre nuestra realidad más inmediata no es muy esperanzador. De ahí la redención necesaria. De ahí el sublime esbozo donde poder acunar una vida espiritualizada más allá de este mundo superficial basado en pueblos que han perdido su fe, más allá de esta vida mecanizada y atomizada, superficial y sin escrúpulos. La decadencia moral que vivimos viene acompañada de un arte que ha perdido su sinceridad y significado, de una ciencia al servicio de la embriaguez. ¿Cómo darnos cuenta de todo esto si vivimos en la cárcel perfecta?

Por eso llegan las guerrillas espirituales, aquellos a los que Pablo se refirió como los nacidos fuera de la estación debida. Son una avanzadilla temeraria de exploradores, en palabras de Fortune. Aventurándose por delante del resto, esa avanzadilla explora ligeros de equipaje, los desiertos aún no habitados, las tierras espirituales aún no conocidas. Batidores solitarios que deambulan, muchas veces a ciegas, sobre el utópico esbozo de un mundo por venir. Vigilantes silenciosos, observan la mejor manera de traer la nueva buena, y buscan, a riesgo de su propia vida, fórmulas para el despertar general, para poner al ejército humano en marcha hacia el nuevo mundo. Los exploradores tantean el nuevo mundo y traen el jugo de esa tierra como muestra de realidad futura. Y sí, ese mundo es espiritual, irremediablemente. De ahí que la llamada, nacida de lo más profundo del corazón, haga de la aventura una fórmula de vida necesaria.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Libros, esos imprescindibles puntos de luz


a

«No entres dócil en esa buena noche, la madurez debería arder y sentir ira al finalizar el día; ira, ira contra la muerte de la luz». Dylan Thomas

Tu palabra es una lámpara bajo mis pies, decían los Salmos. Desde que salimos del primitivo barro nuestro grito más profundo siempre ha sido, ¡más luz! Estas palabras os sonarán porque alguien inculcó esa necesidad dentro de nosotros. Algo sembró esa necesidad de más luz. La meritocracia fracasó cuando nos alejó de la luz. La generación más preparada de nuestros tiempos se ve de bruces con su afinamiento, con su falta de adaptabilidad, con una visión apagada con respecto al futuro por falta de lucidez.

En mi privilegiada posición veo oportunidades para el cambio, para la luz. Oportunidades para alcanzar un nivel de consciencia colectivo más elevado… ¿Qué ocurre cuando dos brasas se unen incandescentes? Coyunturas para caminar en una dirección a sabiendas que entre el mar y las altas montañas de cualquier aspiración individual y grupal se encierran bosques frondosos plagados de senderos. Las cumbres siempre son eternas y luminosas. El camino siempre se expande hacia lo alto, hacia la luz de la memoria. “Cuando de un distante pasado nada prevalece, cuando los hombres están muertos, las cosas rotas y destruidas aun solas, más persistentes, más leales el olor y sabor de las cosas permanecen suspendidos durante largo tiempo como almas dispuestas a recordarnos, esperando ansiosas el momento, en medio de la ruina y destrucción. Y en la diminuta gota de su esencia casi sin sustancia, llevan resuelta la vasta estructura de la memoria”, nos decía Marcel Proust.

Hoy es un bonito día de primavera donde el sol ha golpeado con suavidad las copas de los árboles, ahora brillantes con sus nuevas hojas, con sus relucientes trajes de gala recién estrenados en este sueño circular. Dan ganas de sacar uno a uno a bailar en este frondoso bosque anclado en estas hermosas montañas. Además, es el día del libro, un gran día para muchos, especialmente para los que nos dedicamos a su creación y construcción, para aquellos que gustan de leer a los grandes maestros y genios de las letras. “Las torres que coronan las nubes, los bellos palacios, los solemnes templos. El gran globo mismo. Sí, con todo lo que contiene, se disolverá; este desfile insustancial no dejará ni una huella detrás. Estamos hechos de la misma materia de los sueños y nuestra breve vida cierra su círculo con otro sueño”. Así lo expresaba Shakespeare, todo es como un sueño.

Como escritor y editor podría decir muchas cosas. Podría hablar del último libro que he perdido, un gran y profundo ensayo escrito en más de doce lenguas, un misterio inalcanzable para la mayoría, una de las obras más bellas que jamás haya tenido entre mis manos. Una fuente de luz y conocimiento, de experiencia y crecimiento. Ese libro hubiera sido un gran compañero de viaje. Hubiéramos alcanzado la plenitud del “lenguaje verde”, con un poco de esfuerzo, incluso la plenitud de las lenguas no escritas.

Pero la vida siempre nos arrebata aquello que más deseamos. El deseo siempre nace del espejismo de las cosas. Por eso lo que no es real termina desapareciendo de nuestras vidas, tarde o temprano. Y ese libro no era real, era solo una ilusión, algo que se adaptaba perfectamente a mis estanterías, tan plagadas de obras extrañas, pero de un material tan inestable como inexistente. «Guía, brillante luz a través de la oscuridad circundante, ¡guíame tú para seguir! La noche es oscura y estoy lejos de casa. ¡Guíame tú para seguir. ¡Despierta y brilla porque tu luz está aquí! La luz es conocimiento, la luz es vida, la luz es luz.» Decía Chris en Doctor en Alaska.

Los libros sin duda, como las personas que elevan su mirada a la aspiración más pura y trascendental, son puntos de luz. Han pasado más de catorces años desde que decidí conscientemente dedicarme a editar libros. Me parece una de las profesiones más bonitas de todas. Los libros son mundos, universos hacia otras dimensiones desconocidas. Son el alma de nuestras gentes, de nuestros pueblos, de nuestras tierras, de nuestro tiempo, de nuestra cultura, de nuestras creencias. Dediqué muchos años a dar voz a esas gentes, a esos pueblos, a esas historias de vida que surgían como una emoción que requería una visión antropológica generosa, viva, afectiva.

Los libros embellecen lo tribal, pero también lo engrandecen hasta poder trascenderlo. Cuando lees, viajas, y cuando viajas, eres capaz de elevar tu experiencia humana hacia otros confines. James Joyce lo expresaba de forma hermosa: “bienvenida oh vida, voy a encontrarme por milésima vez con la realidad de la experiencia y a forjar en el yunque de mi alma la todavía no creada conciencia de mi raza”. La realidad de la experiencia es labrada por la guía de los libros. Los libros nos invitan a lanzarnos a la vida, a llenarnos de vida. Cuando sabemos leer un libro, sabemos que lo siguiente es vivirlo en nuestra experiencia humana, lanzarnos a experimentar la palabra para convertirla en verbo viviente.

En los libros labraron la palabra de Dios, las aventuras de los antiguos, imaginamos los templos y los pueblos salvajes. Los libros nos trasportaron a balnearios que jamás visitaremos, a lugares imposibles, a agujeros que nos llevaban, persiguiendo a cualquier conejo, a recovecos imposibles. La existencia es lo único que está en proceso de existir, decía el filósofo Kierkegaard. Ocurre lo mismo cuando leemos un libro que nos lleva a lugares insospechados.

La lectura y la escritura son siempre fuentes de inspiración. Nos elevan a esas cumbres, nos ensanchan el corazón, nos llenan de intuiciones que hacen que nuestro camino se esclarezca. Un libro es un punto de luz, una fuerza, una energía que muchas veces representa, simbólica y realmente, algo mayor. Algo que es lanzado con fuerza, algo que es proyectado hacia otro lugar.

Ahora que el libro está pasando por momentos difíciles, recordemos las últimas palabras de Goethe: ¡luz, más luz! Más luz, más puntos de luz, más vida, más experiencia, más consciencia grupal, más amor, más sueños…

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Día de la Tierra


 

Acabo de ver El Planeta de los Humanos, de Jeff Gibbs. He hecho un donativo simbólico porque me ha parecido un buen documental. Eso me ha recordado la importancia de los pequeños gestos para cambiar el mundo. El planeta agoniza, nos dicen. Biológicamente hablando, la población mundial es insostenible. Si seguimos con nuestros estándares de consumo, el planeta de agotará en pocas décadas. Sabemos que a nivel mundial, los gestos son necesarios, pero lentos. Por más que la industria mundial cambiara de repente sus paradigmas de construcción y logística, no sería suficiente. Entonces la pregunta siempre queda en el aire: ¿qué se puede hacer?

La revolución será radical o no será. Y la radicalidad empieza siempre por nosotros mismos, por cada uno de nosotros. No basta con esperar a que los otros hagan algo. No basta con esperar a que las grandes potencias mundiales encuentren la fórmula mágica para redimir la catástrofe. Debemos empezar, urgentemente, a alinearnos con gestos, gestos inequívocos, gestos que ayuden a regenerar el planeta.

Ya lo he dicho muchas veces y nunca me cansaré de decirlo. El primer gesto urgente pasa por la forma que tenemos de alimentarnos. Es radicalmente importante e imprescindible que adoptemos una dieta sin carnes, sin pescados, sin animales. Además, es radicalmente importante cambiar nuestro consumo alimentario por uno más saludable y equilibrado. Cambiar la dieta, y nuestros hábitos de consumo es un primer paso para revertir el daño que estamos causando a la Tierra.

Otro cambio radical es nuestro modelo de vida basado en el consumo. ¿Qué más cosas vamos a consumir en los próximos diez, veinte o treinta días? ¿Qué más cosas necesitamos para mantener nuestro ritmo de usura, de egoísmo y de vida basada en el glamour, en el espejismo de las cosas? ¿Cuántos más coches necesitamos, cuántas más mudas de ropa, cuantos más objetos inútiles almacenaremos en nuestras casas?

Aún si cambiáramos todo eso, no sería suficiente. Nuestro modelo de organización social está saturado. Nuestro paradigma basado en un capitalismo ciego y desmedido cuyo lema es el crecimiento está obsoleto. Aún cambiando nuestros hábitos de consumo, de alimentación y aún cambiando de paradigma, no sería suficiente. Entonces, ¿qué más hacer?

Debemos radicalizar nuestro discurso, nuestra visión, nuestros estilos de vida. No es cuestión de poner parche tras parche para tener nuestra conciencia tranquila. Hay que radicalizar aún más nuestras existencias. Sobre esto no puedo dar guía porque mi vida es excesivamente radical, y soy consciente de que no soy un buen ejemplo para la mayoría de la gente. Quizás, en esa radicalidad, solo puedo mandar un mensaje radical y urgente. Despejar las dudas, aclarar conceptos, comentar los avances, los fracasos y los pequeños éxitos. Poco más se puede hacer en estos gritos en el desierto, más que cumplir responsable, activista y comprometidamente con nuestra parte.

Puedo decir que lo ideal es crear pequeñas islas, pequeños laboratorios de experimentación donde por un lado se puedan limitar los recursos y por otro, se obtenga un beneficio común. Puedo decir que un grupo de diez o veinte personas pueden buscar una fórmula de vida alternativa fuera de las ciudades e intentar el ideal de ser autosostenibles, haciendo que su huella ecológica sea mínima y su impacto imperceptible. Podría hablar del decrecimiento, de la austeridad voluntaria o de la necesidad de simplificar nuestras vidas hasta la mínima expresión, disfrutando de las experiencias y no de las cosas. Podría incluso atreverme a señalar que es hora de espiritualizar nuestras vidas hacia valores elevados, dejando atrás las pequeñas batallas de la personalidad y el ego y abrazar de una vez el sagrado lazo místico que eleva nuestra consciencia aún animal hacia estamentos mucho más profundos.

Podría decir muchas cosas, pero quizás ya sea demasiado tarde…

Un mundo discontinuo. Paisajes entre la acción y la retórica


a
© Fabienne Bonnet 

Es complejo, muy complejo, hacer desde la integridad lo que uno siente, piensa, le anima y empuja a actuar. Como seres humanos, somos un corolario complejo. Siempre recibimos injerencias de muchos caudales que escapan a nuestro control. Somos seres multidimensionales que se mueven en una limitante esfera llena de pequeñas esferas materiales, etéricas, emocionales y mentales complejas. En esas cuatro dimensiones conviven además no solo aquello que nace de nosotros, sino la herencia ancestral de todos nuestros antepasados, cada uno con su propio aspecto lógico e ilógico. También aquellos que nos rodean y de todo aquello que nos alimentamos. No me refiero estrictamente a lo que ingerimos como alimentos materiales, sino también a lo que respiramos del ambiente en el que vivimos y de los otros, sus ánimos, sus emociones, sus pensamientos: todo aquello que soportamos y que no nos pertenece, pero que nos configura como seres humanos y sociales.

Y luego las circunstancias, que decía Gasset. Nosotros, con toda nuestra carga onírica, psíquica y emocional, con toda nuestra herencia y con todos aquellos que nos rodean interaccionando a la vez, añadiendo ahora la gota de las circunstancias, a veces extrañas, a veces rutinarias, a veces extraordinarias, dependiendo de en qué tipo de dimensión nos movamos.

Si nos movemos en una dimensión estrictamente material, nuestras vidas son rutinarias, basadas en la subsistencia, sin mayor aliciente que proteger nuestra seguridad vital. Si nos movemos por una dimensión más etérica, energética, la estética y la salud serán para nosotros algo importante y relevante. Seremos como torbellinos de viento que van de un espejo a otro mirando como agradar, como mantener la joya de la ilusión siempre brillante, mantenida siempre por nuestros estados de ánimo.

Los que viven en dimensiones más emocionales centran la vida en lo referente a la familia y su protección. También en sus traumas, en sus desequilibrios (todos estamos de alguna forma desequilibrados emocionalmente), en los miedos y en la gestión de la rabia inoculada durante millones de años de violencia y ardor fanático. Elevar las emociones desde una dimensión astral baja (rabia, miedo, frustración) a una dimensión astral superior (belleza, amor, alegría) es complejo. Hay escuelas y movimientos que nos ayudan a gestionar las emociones y nos ayudan a ejercer cierto control sobre las mismas. Superar el trauma del mundo de los deseos equivale a la imagen de un Cristo caminando sobre las aguas. Es una imagen hermosa que nos dice que nuestra labor como seres humanos es desentrañar los misterios de ese mundo, de esa dimensión, y caminar sobre ellos. Las emociones siguen siendo nuestro gran reto como seres homo-animales. Su gestión sana y madura seguirá siendo un trabajo interior importante.

Y luego están los que viven en el mundo de las ideas, en la mente fría, en la retórica intelectual, muchas veces aislados por lo que ellos llaman la incomprensión del mundo, la falta de sentido, la nulidad de las cosas. Vivir aislados en esas prisiones conceptuales es también una enfermedad que hay que tratar, porque el intelectual que se cree único y cercano a la verdad, es como el enfermo que piensa que ningún doctor podrá sanarle porque su enfermedad es única. Un intelectual anclado en el orgullo espiritual es como una persona anclada únicamente en el materialismo reducido al consumismo. Es una tara del alma, un error de programación. Es un ser incompleto porque no es capaz de abrazar sus otras dimensiones desde la sana apreciación, ni integrarlas en la suma de las partes, eso que vagamente llamamos alma.

Al estar ofuscado por su propia luz, es incapaz de ver la luz del mundo, y por lo tanto, es incapaz de ejercer control sobre los acontecimientos que se expresan en su realidad para hacerle avanzar. Al no tener dominio sobre uno mismo ni sobre sus dimensiones, no tiene dominio sobre su vida. Aferrado a su ombliguismo, morirá en una postura fanática y sola. Nuestra marca personal, el personal branding inglés, ejerce una huella en los demás, y debemos aprender a gestionar esa huella para no convertirnos en yoes asociales, inútiles o despreciables. Contra la estupidez, hasta los dioses luchan en vano, nos recordaba lúcido siempre Goethe. Nunca podremos separarnos del mundo porque el mundo, por más que nos pese, está dentro de nosotros. Es la realidad mágica del holograma, y no podemos escapar a ella. Pero sí se nos invita a participar activamente en ella y desvelar con ello sus secretos, sus puertas de entrada y salida, sus regueros invisibles.

Entre la acción y la retórica hay un largo camino donde poder completar con éxito todas estas dimensiones. Realizadas y completadas, el vasto mundo de la experiencia espiritual nos espera. O lo que es lo mismo, si somos capaces de completar nuestras dimensiones personales, seremos capaces de vivir la vida real, amplia y extensa. Entonces vemos. Vemos el mundo completo, vemos la vida completa.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Veré a Dios en mi carne


a
© Noell Oszvald 

Sujetos a la extraña sensación de estar vivos. Amarrados al instante presente. Anclados en los puertos de nuestro hogar. Suspiro. Hacer penetrar el aire hasta lo más profundo. Inhalar. Dejar que entre la memoria de los tiempos en cada inspiración, de los tiempos akásicos, del imperio de lo desconocido. Tiempo único. Atrapados en nuestro silencio. Varados en los acontecimientos. Qué extraordinario poder surcar ahora los mundos desde un sillón que se hace ancho, eterno. Qué inimaginable momento para expandir nuestra mente, para abrirla más allá de las pequeñas distracciones diarias, para sacarla de nuestra ridícula pequeñez y volverla bondadosa, amplia, incesantemente etérea. Qué valiosa oportunidad para desarrollar aquello que nos comunica directamente con la creación, con lo abstracto, con el misterio, con lo Otro.

La imaginación es el puente, la herramienta, el antakarana. Es capaz de producir paisajes, mundos, vidas, universos. Algo así ocurre con la música, vehículo de comunicación, lenguaje angélico por pocos comprendido. Es capaz de elevar nuestra consciencia hacia las puertas del cielo, hasta los confines de la galaxia. Imaginar es sentir cómo las fuerzas vivas que imperan en el orbe se transmiten hacia nuestras profundas existencias. Imaginar es mover y conmover las energías que atesoran los glaciares, las montañas, los bosques.

Respira. Atesora. Expande.

¿Cómo imaginamos nuestras vidas? ¡Qué oportunidad más grande para volver a empezar! ¡Qué momento más oportuno para expandir nuestra existencia! ¿Acaso después de este silencio no habrá en nosotros una nueva era? ¿Acaso nos quedaremos amasando añoranzas pasadas cuando el universo entero se desvela ante nosotros? Aún estamos a tiempo de nacer dos veces. De volver la mirada al infinito. Musicalmente hablando, es como abrazar el mundo más allá de los velos, más allá de las sombras de nuestra limitante y ridícula existencia. La imaginación, musicalmente hablando, es entrar en el gozo, en la belleza, en la plenitud. “Veré a Dios en mi carne”, decían los profetas. Eso es lo que ocurre con la imaginación, con la música, con el deleite, con la contemplación. Eso es lo que ocurre cuando entregamos nuestras vidas a aquello que no nos pertenece. Esto es un misterio, es el sacrificio de nuestro egoísmo para adentrarnos, ya casi sin equipaje, en lo abstracto de la vida.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

¿Cómo sobrevivir a las futuras crisis?


a

La crisis de 2008 y la crisis de 2020 están siendo oportunas para plantearnos a nivel individual y colectivo cientos de premisas que ya fueron puestas en duda durante décadas. Las utopías del pasado han intentado siempre buscar modelos que produzcan una convivencia armónica entre el individuo, los grupos y la naturaleza. Hoy nos preguntaban de qué manera nosotros como grupo, como pequeña comunidad, podemos hacer frente a la crisis, y enumerábamos unos puntos que nos parecen esenciales para crear un nuevo paradigma. Desde nuestro pequeño proyecto, estamos buscando la fórmula esencial para emancipar al individuo sin que ello repercuta en su falta de libertad y seguridad material ni tampoco en el aumento de su huella ecológica. Algunos puntos importantes a destacar son los siguientes:

a) No existe la propiedad privada. El lugar pertenece a una fundación que de forma generosa reconoce la necesidad de privacidad de los individuos, ofreciendo espacios de uso privado. Las personas son libres de estar aquí el tiempo que quieran sin necesidad de arraigo. La no propiedad privada crea un sentido de libertad interior que permite mirar el futuro desde la libertad absoluta, el desapego y la emancipación individual.

b) No pagamos hipoteca, alquiler o cuota por el lugar donde vivimos. Esto nos resultaba clave para poder emancipar al individuo y así dedicar el tiempo a la interiorización y a la búsqueda personal de nuestros dones y talentos.

c) No pagamos agua ni electricidad. Por fortuna, somos independientes en cuanto a recursos de este calado. El agua fluye de un manantial propio y la electricidad la generamos con una instalación de placas solares. El reto futuro es poder emanciparnos también en cuanto a la movilidad necesaria, mediante la adquisición de algún vehículo eléctrico.

d) Colaboramos unas tres horas al día (unas quince horas a la semana) en tareas colectivas y el resto de tiempo es para nosotros. Esto produce un sentimiento de permanencia grupal, pero también la posibilidad de dedicar mucho más tiempo libre a nuestros asuntos personales. Hemos roto con la antigua división del trabajo, su servidumbre y con la antítesis entre trabajo mental y físico. Intentamos gozar del trabajo desde la concepción de ser útiles a los demás, y por lo tanto, desde una idea de servicio continuo y labrado bajo la base de la sencillez y el amor compartido.

e) Hemos colectivizado los medios de producción y las herramientas, lo cual repercute en un ahorro considerable. ¿Para qué tener doce lavadoras o doce taladros? Con una herramienta para todos es suficiente.

f) Estamos intentando implementar entre nosotros la renta básica universal. Este es un reto futuro que pretende el que podamos, gracias al trabajo colectivo, disponer de un dinero de bolsillo para nuestros gastos personales. Estamos ideando fórmulas para generar recursos sin depender de terceros.

g) La comida (cuasi vegana) está colectivizada y es gratuita, por lo que a nivel individual no pagamos comida.

h) No ingerimos ningún tipo de drogas, tabaco o alcohol, con el ahorro que eso supone para los bolsillos y para la salud.

i) Nos aferramos a la idea del apoyo mutuo y la cooperación como esencia del proyecto.

j) Nos basamos en la economía del don con el lema “deja lo que puedas, coge lo que necesites”. Seguimos la idea o uno de los principales aforismos del socialismos utópico: «de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades».

k) Disfrutamos de una naturaleza hermosa y exuberante, lo que ayuda a levantar el ánimo y a disfrutar de la vida de forma armoniosa y plena.

l) Basamos nuestra filosofía de vida en el decrecimiento y la simplicidad voluntaria. Esto lo hacemos por nosotros y por el planeta. Hay una necesidad colectiva de romper con la visión del crecimiento para evitar el derrumbe de nuestra propia civilización.

m) Nos autogobernamos por acuerdos y principios simples que se rigen por consenso jerarquizado. La jerarquía está establecida únicamente por el grado de compromiso y responsabilidad de cada individuo.

n) Tenemos la necesidad interior de espiritualizar la vida. Al hacerlo, nuestras vidas pasan de ser ordinarias y se transforman en extraordinarias. Pasamos a maravillarnos por las cosas cotidianas, por el paisaje, por las relaciones. La magia de la vida se transforma, ante esta mirada, en una vida milagrosa, entendiendo que todo cuanto ocurre a nuestro alrededor forma parte de un ciclo maravilloso de acontecimientos profundos y verdaderos.

Sea como sea, todo esto está en fase experimental. Interiormente sentimos que son puntos importantes a nivel material, pero no suficientes. Aún debemos profundizar más en temas como la motivación, el entusiasmo, la alegría, la necesidad de pertenencia a un propósito individual y colectivo, la búsqueda de visión y la práctica espiritual como forma normalizada en nuestras vidas individuales y grupales. En ese aspecto queda mucho por hacer. Y este, quizás, sea el reto para afrontar futuras crisis. Nuestra responsabilidad no pasa más allá de poder intentarlo. Al hacerlo, de alguna forma es COMO SÍ ya existiera. El esfuerzo de este tiempo será apreciado, quizás, por generaciones futuras, y nuestros errores y aprendizajes servirán de base para mejorar el experimento.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Aislados del aislamiento


o couso progreso 5 abril 2020

«¿Puedes dudar de que hasta el trabajo más penoso se volvería un placer, en vez de la abominable esclavitud que es actualmente, si sólo se requiriesen tres horas diarias bajo condiciones más saludables e higiénicas y en una atmósfera de fraternidad y respeto para con tu trabajo?» Alexander Berkman

Estos días nos llaman de algunos medios para interesarse por nuestro aislamiento. La verdad es que somos unos auténticos privilegiados. Tenemos comida abundante, tenemos un hogar modesto, pero del cual no tenemos que rendir cuentas a ningún casero ni hipoteca. Es cierto que nuestros recursos son limitados, pero no tenemos que pagar luz ya que utilizamos un rudimentario sistema de placas solares y no tenemos que pagar agua ya que bebemos de nuestros propios afluentes. Cuando tienes prácticamente todo cubierto, al menos todo lo necesario para una vida digna materialmente hablando, ¿a qué más se puede aspirar? Necesito poco y de lo poco que necesito necesito poco, nos decía San Francisco. Siendo así, que es nuestro caso, ¿a qué dedicar todo nuestro tiempo?

A la ingente tarea de compartir. A la inmaculada faena de expresar generosidad. Trabajamos como nadie para que este lugar esté cada día más hermoso y acogedor, para que otros afortunados, ya sea por un breve periodo de tiempo o por un tiempo prologando, puedan disfrutar de este privilegio. Realmente hablamos de privilegio cuando todo esto que aquí expresamos como algo utópico debería ser algo normalizado. La constitución lo dice claramente: tenemos derecho a una vivienda digna, a un trabajo digno, en definitiva, a una vida digna. No deja de ser un brindis al sol cuando eso no ocurre con todo el mundo. Lo vemos especialmente en este tipo de crisis, en los desahucios que tristemente han ocurrido en estos años, en personas que no tienen para comer en estos días (véase lo ocurrido en el sur de Italia).

Aquí vivimos en un nuevo paradigma. No centramos nuestras vidas en lo material. Nos conformamos con poco a cambio de poder compartir con alegría aquello que tenemos. Realizamos un trabajo común no para nosotros, sino para que otros lo disfruten. A nosotros nos basta con la alegría del compartir. Quizás en un futuro, en ese posmodernismo emancipador del que hablan algunos autores, la vida será un regalo que admiraremos con delicada observancia. Una vida a la que dedicaremos más tiempo a compartir que a atesorar. Nos daremos cuenta de que al otro lado no podremos llevar más que aquel bien que hayamos dejado en el mundo. La generosidad será moneda de cambio en el otro lado. También algún día en este mundo que pretende ser más justo, equitativo y de alguna forma, espiritual.

Aquí seguimos bien, con nuestras rutinas, sin estar excesivamente aislados excepto con esa sensación extraña de no poder coger el coche y no poder escapar a ninguna parte excepto a los bosques y prados y montañas contiguos. Estamos sanos y alegres, y con eso nos basta. Todo lo demás vendrá por añadidura. Mañana volverá a salir el sol, incluso aunque den lluvia.

El Cristo de la era de Acuario


a
Esta tarde planificando las obras de un nuevo templo para un nuevo tiempo

«Entonces, si alguno os dijere: Mirad, aquí está el Cristo, o mirad, allí está, no lo creáis. Porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos». (Mateo 24:23-24)

Esta debe ser la primera vez que no se celebra en todo el mundo la muerte y resurrección de Jesús el Cristo, según la tradición de la Pasión y la Semana Santa. Es un dato muy significativo, especialmente para aquellos que aluden a la precipitada venida de una nueva era. Según algunas tradiciones, estamos entrando en la Era de Acuario, en la era del séptimo rayo, en el Plano del Espíritu Abstracto, dejando atrás la Era de Piscis, cuyo representante principal fue Jesús el Cristo. La sexta era, el Plano del Espíritu Concreto, estaba conectada con el mensaje simiente del amor, la verdad, la bondad y la pureza que Jesús representaba.

El maestro de maestros, encarnado hace dos mil años, vino a ejemplificar con su mensaje y su vida uno de los momentos más cruciales de aquel tiempo. Su sacrificio y su crucifixión supuso la limpieza de todo el karma de la era anterior. Según las leyes de compensación, el llamado Salvador pactó su sacrificio con el Alma-Colectiva del Mundo. Al final de cada era, al final de cada fase de evolución, se realiza un gran sacrificio que viene a representar una especie de gran limpieza colectiva. Una especie de punto y aparte, de vuelta a empezar, de volver a intentar el progreso desde otra perspectiva, con una energía renovada, pura y limpia. En aquellas horas de la crucifixión de Jesús el Cristo, el pecado y el sufrimiento que habían quedado como residuos de aquella fase de la Evolución, en aquel entonces la Era de Aries, son realizados y consumados. Era el sacrificio simbólico de Aries, el carnero, y el comienzo de la nueva era de Piscis. Jesús el Cristo, con esta muerte, se convirtió, según nos cuenta la tradición, en el Logos planetario, en el Redentor de esa era. Las palabras que la tradición cristiana repite como una retahíla, «Jesús, tu que quitas el pecado del mundo», tiene mucho significado profundo.

Si Jesús el Cristo vino a representar al mundo Occidental, el próximo Gran Instructor Mundial, el cual liderará la próxima raza raíz, no tiene nada que ver con la civilización Occidental, la cual, según algunas señales, parece que se está desmoronando y llegando a su cénit. Según nos cuentan, la Segunda Venida o Adviento de Cristo no será en un cuerpo físico, sino en el nuevo cuerpo del alma de cada individuo, fusionado en el plano etérico del planeta, lugar donde cada persona «será atrapada en las nubes para encontrarse con el Señor en el aire«.

Sea como sea, estemos o no en el final de los tiempos, en la parusía esperada, no deja de ser paradójica la idea de que por primera vez, no sería de extrañar que por primera vez en la historia, nadie esté celebrando colectivamente la Pasión de aquel que quitó los pecados del mundo (del mundo de Aries). ¿Será esta la señal del inicio de la siguiente era, la de Acuario, la era del Saber? ¿Habrá más señales en los próximos años? Y ante ello, ¿qué debemos hacer si algo ocurre de verdad?

Algo nos dice que será muy complejo regenerar esta civilización. Aún así, algo nos empuja a ello, a incidir en esa regeneración, a no perder ni un ápice de esperanza, a no desfallecer ni perder el ánimo. Más allá de todas las creencias, estemos o no ante el final de un tiempo, de un paradigma, de una forma de entender el mundo, debemos empezar a experimentar con nuevas fórmulas, con nuevos métodos de interrelación humana. Seguramente estamos en los tiempos de los falsos profetas, pero aún así, debemos alzar la mirada y contemplar el milagro de la vida como una oportunidad para redimir nuestras vidas, día a día, paso a paso, esforzándonos a cada instante para ser mejores.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Recordar de nuevo…


a
© Martin Rak

«Sabiendo Él que el Padre lo había puesto todo en sus manos, y que como era venido de Dios, a Dios volvía…» Jn 13, 3.

Jueves Santo. La cena. La eucaristía. Luna llena. Quedamos a las cinco para hablar. Ella desde las Tierras Altas y yo desde los Bosques y la Montaña. El desierto quedó atrás. La visión ahora es diferente, más propicia para el recuerdo. Encendemos la vela, invocamos y meditamos durante unos minutos desde la lejanía, pero cercanos en el lazo místico. Mi barba ha crecido, su luz también. Nos reconocemos y nos inclinamos respetuosos ante la grandeza de lo desconocido, ante lo sublime de lo oculto, ante el Misterio inagotable. Durante más de dos horas tejemos de nuevo la madeja. Siempre estuvo ahí, nada había cambiado desde tiempos inmemorables. Solo teníamos que volver a recordar, como en aquellos días de hace siete años, que tanta gracia y lucidez llegó a nuestras vidas y tantos miedos fueron vencidos.

Era cierto que habíamos sellado un pacto invisible. Solo había que mirar las señales, la fluidez de los acontecimientos, el arquetipo expresado sin mácula. Sólo había que mirar a nuestro alrededor y las alianzas expresadas por ese innegable arco celeste resurgía tras cada lluvia, tras cada duda, tras cada deseo. El lenguaje de los pájaros se convirtió en Simorg. Era inevitable, era necesario y urgente. Perseverancia era la consigna para resistir a los tiempos, a los envites, a las pruebas, a este tiempo oscuro. Los trabajos nos llevarían al punto en el que ahora nos encontramos, a la ataraxia de la que ahora disfrutamos. Las pruebas, al menos las más complejas, fueron vencidas. Se creó el mito fundacional, se ancló y consagró el puente, se encendió la llama del séptimo rayo como promesa de futuro. La luz fue resguardada y protegida.

De alguna forma nos convertimos en gente-simiente de la nueva raza, del nuevo ciclo, y por lo tanto, estamos convocados a crear ese nuevo ideario, a sabiendas de que no podremos mitigar la degeneración del antiguo sistema, de la ya vieja civilización. Se nos dice una y otra vez que debemos actuar con urgencia en la creación de islas, de remotas colonias o comunidades donde vivir allí la expresión de la nueva era. Se nos invoca e invita a no participar en el cénit de lo conocido, sino de dar verbo y vida a lo que debe llegar. ¿Cómo hacer eso ante nuestra propia ceguera, torpeza y falta de habilidad? ¿Cómo es posible sentir con tanta fuerza la llamada y a veces no atrevernos a asomar nuestros corazones ante la posibilidad de participar en ella?

Los aliados están dispersos. Pero de nuevo se repite el mantra: perseverancia. Recordar de nuevo, concentrar, actuar. Esto requiere de inevitables sacrificios. La personalidad y su vida pasada deja de tener importancia. La vida del alma se expresa entonces con fuerza y pide paso. No estamos seguros de nada, seguramente nos equivocaremos una y otra vez, pero se nos pide firmeza y perseverancia. El oro se precipita a partir del éter si la intención es verdadera. Si el propósito se ajusta al nuevo ciclo, al nuevo torrente de vida, todo se ordena para que suceda.

Hace falta una triada. Nada perdura si no es consumado en lo trino. Ese trino se convierte en justo y perfecto cuando la logia se completa con siete miembros. Entonces se abre los trabajos y la bóveda celeste se precipita ante la resurrección de los misterios. Todo eso debe ocurrir, pero no antes de que se complete y ancle definitivamente el tres. El siete llegará a su tiempo, y también el doce. Pero no antes de la resurrección del tres. Por eso hoy era un día señalado, un día justo y perfecto para reconectar nuestras almas y proseguir con la labor encomendada. Hoy era un día justo y perfecto para seguir colaborando con la Gran Obra.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Viviendo la ataraxia


a

Un conocido escritor premio Planeta me pide que escriba artículos para su nuevo proyecto. Una fundación con sede en Londres me solicita un escrito. Me llaman de una productora para no se sabe qué después de atender a no sé cuantas entrevistas, y a mí lo único que me apetece en estos días es estar recluido, leyendo, contemplando, observando. Además con la grata sensación de experimentar un cambio hermoso, interior. Uno de esos que te conectan aún más con la esencia de lo que realmente somos. Lo epidérmico ya no me apetece, excepto para enmarcar algunos mensajes ocultos tras estas letras de aficionado a la escritura. Hablar de mí, hablar de mi vida, es solo un marco, un testimonio, como dirían los antiguos, para hablar realmente de aquello que habita en mí, de aquello que da sentido a mi vida. Si fuera un efervescente cristiano diría que lo que habita en mí es el Reino de Dios, el Cristo. Un estado de ataraxia, donde la tranquilidad y la paz interior me invaden.

Sólo tengo que mirar a mi alrededor y darme cuanta que tras las pequeñas paredes de esta apacible cabaña solo hay pura naturaleza. Árboles majestuosos, praderas cargadas de flores, cielos azules adornados con horizontes imaginados. A veces pienso que todo es fruto de un resplandor, de un delicado perfume que se instala en el contorno y que proviene de altas esferas. Cuando miro más afuera y veo como todo se desmorona puedo sentir cierta incomodidad existencial. Pero mi misión no es alimentar ese miedo, ese derrumbe, sino poner las bases para aquello que ha de venir. Implementar los cimientos de ese nuevo mundo inevitable. Si allá fuera todo se acaba, aquí dentro deben renacer pequeñas colonias, pequeñas comunidades que salvaguarde el conocimiento e implemente las herramientas apropiadas para la construcción de lo nuevo.

Alguien que estuvo aquí viviendo tres meses difíciles con su familia en otoño escribió ayer un bonito texto que con su permiso comparto. Lo hago porque en sus palabras rechina con fuerza esa apreciación de lo nuevo, ese argumentario necesario de lo que viene. Por favor, no os quedéis con el marco. Mi persona, mi personalidad es solo un pequeño vehículo que alberga el testimonio. Un pequeño marco. Lo importante es la imagen de fondo. Gracias querido R. por tus sentidas palabras. Gracias por ser testigo y testimonio de la simiente. Aquí os dejo, con cariño, el texto:

Hola Javier!

Llevo días buceando en tu diario, en tus textos, en tus escritos, en tu idea utópica llevada a cabo. Oliendo tu rastro, midiendo centímetro a centímetro cada paso. Exégeta de tu abecedario velado; la L, la R, la B, la M, la MC. Un complejo juego descifrado. Un antropólogo espía, un detective privado. He estado en tu Camino de Santiago, en los albergues, en tus miradas, y en tu cansancio, y en tu volver a ponerte en pie, en tu perseverancia, y en tu misticismo alado. He estado en Cadaqués, en Madrid, en Barcelona, en tu casa de Hornachuelos, en el Blue Angel, en la Abadía de Cluny, en los antiguos castros, en el Bosque de los Ancianos. Me he comido un par de croquetas de tu madre, y un batido de chocolate, y una tortilla de patatas que ha preparado L y ha puesto en el tupper para el viaje.

Como un fantasma que llega después pero como si siempre hubiese estado, me he sentado a tu lado en las reuniones con tus amigos empresarios, con tus amigos masones, con tus amigos sabios, con tus amigos magos. He asistido a tus presentaciones de libros, y a tus extraños cenáculos. He leído las cartas, las que vienen y las que van. He contado cada céntimo y cada euro donado. He dormido con vosotros en el hotel Prius. He visto los mismos gatos que tus has visto, y también he estado en el entierro de Cuca junto a la alameda, yo también he llorado, y después he llegado con vosotros a Samos, y he visto O Couso. Y los ojos también me han brillado. Y he subido a los tejados. Y desde allá he visto la utopía hecha realidad. Como un ángel he ido acompañando a todos los utópicos a la mesa, en los círculos, en las meditaciones, en las actividades de la mañana, en las risas de la tarde, con la familia austríaca jugando con Geo, y con la familia de tres hijos, radiantes todos ellos. Estoy en cada una de las fotos hechas en la entrada. Y he cantado cada despedida en la carretera. Y he pisado todas las nieves, y me he calentado en el primer fuego, y me he duchado en la primera ducha. Y he montado contigo la bella Rous. Qué risas. Y he pasado los fríos inviernos en la caravana, tiritando, elegido entre los elegidos para sembrar un brote de esperanza utópica. Y he sujetado el tronco para que no pesara tanto y acabáramos antes la cabaña. Y he tocado el cuenco tres veces. Un largo silencio. Y tres veces lo he tocado. Y os he abrazado una y otra vez, infinidad de veces.

He visto todas las sonrisas, todos los gestos, todas las ilusiones, y también los desalientos. Los desalientos también los he visto. Pero he visto el verde de los valles. Aún así, he tenido que ir en carne y hueso, acompañado de una niña ángel y de un gran arcángel para cerrar un ciclo, para cerrar una herida de verano o una herida de amor lejano. Para poner el suelo en el suelo, y el cielo en cielo, tras las losas protectoras, y que el culpable se transformase en amable, y que el amor sea una sonrisa cavada de una tierra santa antigua. Y he cocinado sin luz patatas y huevos fritos y todo inundado. Pero ahora, después de las inundaciones, todo está en calma. 21 días de retiro. B. Todo en silencio. El más bello de los silencios, el que desciende alrededor de las columnas de O Couso. Un inmenso silencio. Todo el mundo quieto en sus casas. En retiro silencioso. Y yo desde la distancia os observo. Estoy aquí, en tu cabaña, en estas sábanas, en esta madera, en esta respiración continua. En el bosque. En la utopía efectiva. En la sencillez voluntaria. Larga vida a O Couso, y a sus moradores. Hay una perra blanca que me acompaña. Sonríe, es una alma libre. Un alma libre errante en O Couso. Un alma libre.

 ¿Seguridad o libertad? Algunas palabras sobre la censura de estos tiempos…


Captura de pantalla 2020-04-07 a las 16.23.30

«No debemos afligirnos, sino hallar fuerza en aquello que perdura».
William Wordsworth

Hoy una amiga doctora me invitaba a ver un video sobre una entrevista que le habían hecho en un canal de youtube. Cuando pinché en el video, este había sido censurado. La doctora en cuestión tiene su propia opinión sobre el coronavirus, y era diferente en sus argumentos con respecto al confinamiento. La verdad es que hacía tiempo que no veía una censura de tal calibre. La población en general ha soportado el confinamiento con mayor o menor dignidad. Nunca antes habíamos vivido una situación parecida. Hemos sido, en general, una sociedad ejemplar en cuanto a el sentimiento de responsabilidad de acatar las exigencias del «Estado de Alerta». Pero algo estamos perdiendo además de la libertad de movimiento: la libertad de expresión.

¿Cómo es posible que en los tiempos que corren están clausurando canales (por ejemplo del de Mindalia TV), videos o comentarios por el simple hecho de opinar diferente? ¿Desde cuándo en la era digital se ha llegado a tal censura? La verdad es que algo está ocurriendo y no del todo agradable, más allá de la desgracia de familias rotas y separadas por esta catástrofe. Algo que además de confinar nuestra dignidad material, está confinando nuestra dignidad de opinar libremente. ¿Hasta dónde llegará este tipo de censura y asalto indiscriminado a la libertad, no solo a la libertad de movimiento, sino a la libertad de expresión?

Seré breve en la reflexión, no por miedo a la censura ni a la autocensura, sino porque hay algo que se nos está empezando a escapar de las manos. Hay algo que aún no logramos entender y algo que nadie nos explica. Ahora opinar diferente se llama teatro o bulo. La disidencia ahora se llama simplemente desinformación. Pronto, de seguir así, el pensamiento único de un Gran Hermano virtual se apoderada de nuestras vidas, y solo podremos elegir aquello que ese Gran Hermano crea conveniente para nuestra existencia. ¿Acaso el opinar diferente también se ha convertido en un virus? ¿Quién discierne lo que es aceptado como verdad y no como bulo? ¿Cuál es la delgada línea roja que separa una de otra? Si la verdad perdura, ¿por qué temer a los bulos?

 

 

 

Monasterios vestidos de modernidad


a
Jerónimo (c. 340-420), escribe una vida de Pablo de Tebas (c. 228-342), a quien considera el primer eremita. Imagen: San Antonio visita a san Pablo, de Diego Velázquez.

Por la mañana, tras la meditación y el desayuno, y al ver que dejaba de llover, me fui hasta la cuarta cabaña, arrastrando carretas de arena y cemento. Amasaba los componentes de la mezcla con agua y fatiga, convertida horas más tarde en intenso dolor de espalda, preguntándome que era aquello que me empujaba a realizar este tipo de trabajos. Fantaseaba, por eso de darme ánimos, en la idea de que quizás algún día alguien habitaría esa cabaña, participaría de las meditaciones, disfrutaría del paisaje privilegiado de esta tierra celta y echaría una mano en la ingente labor de construir el nuevo mundo. En la fantasía, en parte ya algo real, contemplaba la primera triada de cabañas, ahora felizmente habitadas, e imaginaba la ubicación de la siguiente triada, y la siguiente y la siguiente. Así hasta doce pequeñas construcciones, suficientes para sembrar la semilla de algo nuevo y diferente, algo que motivara lo suficiente como para dar ese necesario salto de fe, más allá de nuestras vidas, de nuestras particularidades.

Cuando ya tenía dos de los cimientos bien terminados, recibí un largo mensaje de mi querida Esperanza, un ángel divino encarnado en la tierra y en misión especial para recordarnos la importancia del amor y el silencio. Entregada desde hace muchos años a un movimiento espiritual de origen hindú donde se practica el celibato, la dieta vegetariana y la meditación, me recordó aquellos tiempos donde utilizaban mi hermosa casa andaluza para sus retiros espirituales. Al verme abrumado por la grandeza de aquella casa de la cual solo utilizaba una de sus estancias, decidí llenarla de camas y entregarla para que aquel hermoso grupo pudiera disfrutarla en sus retiros. Era algo controvertido para las gentes de aquellos lugares, no acostumbrados a ver de repente pasear a un grupo numeroso de personas todas vestidas de blanco. Algunos políticos entre diputados y alcaldes de la zona me llamaban intrigados para ver qué pasaba en mi casa.

Me emocionó recordar todo aquello, aquel tiempo único e irrepetible donde viajaba frecuentemente a la India para participar en la Murli o en el Amrit Vela a las cuatro de la madrugada. Ante el retorno contacto, les ofrecí, cuando las cosas mejoren, este lugar para sus encuentros y retiros, aún a expensas de que se repita de nuevo el estigma del extraño. Este lugar es perfecto, y quizás este sitio nació de la vocación que se inició en aquellos primeros tiempos en la Montaña de los Ángeles.

Al parecer, mis fantasías de monacato vestido de modernidad mientras amasaba cemento debió generar algún tipo de llamada cuántica porque por la tarde me llamó el amigo Víctor, el que fuera prior del conocido monasterio de Santo Domingo de Silos, y charlábamos emocionados por el reencuentro después de algún tiempo sin saber el uno del otro. Fue el propio Víctor el que alguna vez describió nuestro proyecto como un monasterio laico, un monasterio vestido de modernidad. No le faltaba razón.

Era el segundo monje que me contactaba en el mismo día, y me pareció anecdótica la casualidad, a sabiendas de mi afán por conseguir un lugar que intente imitar de alguna manera los cenobios antiguos, pero con la levedad mistérica del nuevo tiempo. Siempre he sentido debilidad por las órdenes de todo tipo, pero admito que especialmente por las monásticas.

Una tariqa, un ashram, una shanga, una orden… realmente el nombre no importa. Pero admito que me resulta complejo pensar en ello en nuestra modernidad tan epidérmica, tan falta de vocación espiritual, tan catapultada hacia el individualismo materialista. Decía Roberto Pla que el ser humano es templo de Dios vivo. Es algo profundo y difícil de entender, resulta ser una dimensión desconocida, donde solo algunos loables exploradores se enfrentan para averiguar algo más sobre el misterio de la vida. Muchos serán los llamados… me pregunto donde estarán los elegidos… Aquellos que misericordiosamente dan el paso definitivo hacia la búsqueda y el encuentro espiritual.

Mañana volveré a amasar cemento, levantaré nuevos pilares y fantasearé que algún día vivimos un nuevo despertar y nuestra consciencia se expande tanto que nuevas almas deseen abrazar gozosas la vida común, la vida del alma. Para un individualista como yo, no es un deseo caprichoso, es más bien una entrega subordinada a ese propósito que parece dirigir nuestros corazones a la inevitable unidad del espíritu.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

El lujo de no tener patria


a
© Neil Burnell

«En las profundidades del invierno finalmente aprendí que en mi interior habita un verano invencible». Camus

El verdor y el frescor de los campos abiertos a las cinco y media de la mañana nos llenan de nostalgia. A esas horas, las extensas praderas están aún oscuras, pero se imaginan a cada lado, entre bosques y montañas. La primavera rejuvenece el espíritu y alegra los corazones. Nos levantamos tan de madrugada que aún no sabemos identificar si quien conduce nuestro vehículo es el pequeño “yo” o el verdadero Ser.

Tocamos a la puerta de la cabaña contigua. Ella ya está preparada. Despacio caminamos hacia la vieja ermita. Todas las mañanas y todas las tardes nos convertimos en auténticos ermitaños, habitantes del desierto espiritual, pobladores del misterio, como aquellos primeros anacoretas del desierto, como aquellos Padres de la Tebaida. No pudimos elegir un lugar más perfecto para crear una comunidad espiritual. Rodeados por dos imponentes castros celtas, bajo los pies del monte sagrado de Oribio. Un lugar donde ya hubiera un eremitorio, posiblemente consagrado en continuadas incursiones pasadas.

A las seis en punto suenan los tres golpes de mallete ritual en el cuenco que compramos en la India, en aquellos viajes donde la meditación cobraba un sentido diferente. Antes hemos encendido la vela, símbolo de la luz, representante de la vida que nos atraviesa, profundo arquetipo de todo aquello que representamos. La vela desvela e ilumina los secretos, alude inevitablemente a las estrellas de la bóveda celeste y nos recuerda cuando abandonamos la luminosidad del «paraíso» descandilados por los artificios e ilusión del fuego. Aquella mordida, aquella curiosidad por el conocimiento fugaz, nos arrebató la clara luz del saber. La vela está ahí para recordarnos la verdadera luz a la que debemos regresar, invocando todos los días la necesaria comunión con los mundos sutiles, con la vida superior del alma.

Desde las seis hasta las ocho y media permanecemos en profundo silencio, en profundo encuentro con nosotros mismos. El entrenamiento forma parte de la experiencia de los 21 días. En el quinto día, hay una meditación mañanera que pretende, por un instante, incitarnos al reencuentro con las profundas fuentes que habitan en nosotros y donde reside la fuerza común que mueve a todas las cosas vivientes.

La experiencia nos conduce hacia una profunda paz. Terminamos el ritual con tres golpes en el cuenco indio, siguiendo así los antiguos rituales, apagando la luz de la vela y estrechando nuestros cuerpos con un sentido y cálido abrazo. El alma se apodera de nosotros, y esa experiencia compartida se convierte en una consciente y pocas veces expresada unidad con el Ser. En nuestro interior ya se ha sembrado la semilla que engendra en los corazones ese hermoso sentimiento de paz y nos confiere una profunda cualidad de bondad hacia toda la creación. Suspiramos profundamente agradecidos. Inspiramos y conspiramos a partir de ahora en la comunión, en la unidad, en la complicidad de sabernos uno.

Todos los días, antes de las actividades diarias, intentamos fomentar la siembra de la buena voluntad, de la paz interior, del encuentro con la unidad unificando nuestras mentes en un solo sonido, en una sola intención: la quietud, el silencio. Provoca en nosotros, o debería provocar, una alineación de todos nuestros “yoes”, esos que se acomodan en lo meramente físico, o en lo anímico, o en lo emocional, o en lo puramente intelectual. La meditación diaria nos provoca una reflexión: de todos esos yoes, esos que a veces se identifican con cosas, con lugares, con familias, con estatus o con naciones, ¿cuál de todos ellos somos nosotros?

De alguna forma nos damos cuenta en las meditaciones de la mañana y de la tarde que el Ser podría estar compuesto por diferentes yoes. Esto no es algo nuevo, Jung ya lo analizó. Incluso Gurdjeff o Krisnamurti lo llamaron la consciencia fragmentada. La ausencia de unidad en nosotros tiene que ver con la ausencia de unidad con el resto de la humanidad. No somos, en nuestro devenir diario, un “yo” unificado. Tenemos un cuerpo físico producto de la evolución humana acaecida durante millones de años, con todo el bagaje y herencia de todos nuestros ancestros. Pero además, tenemos estados de ánimo, emociones, pensamientos, inquietudes. Todos nuestro yoes están en conflicto permanente, excepto cuando en ellos reina el silencio forzado por la meditación, por la quietud. Entonces comprendemos el profundo significado del oasis que provoca la calma e integramos todas nuestras voces en una sola: la voz del silencio, tan poderosa, tan efervescente, tan misteriosa.

El sol calienta esta hermosa tierra en estos primeros días de abril. Las ramas de los castaños, robles y abedules empiezan a brotar. Los bosques de nuevo se tiñen de verde. Nacen las primeras florecillas. Las copas parecen albergar cientos de pajarillos que no hacen más que cantar que están ya hartos del invierno. Alegres, decoran las copas, pero también nuestras almas con su algarabía matutita. Este año parecen más contentos, quizás porque el aire, dada nuestra ausencia de actividad, es más puro y limpio. Miramos los pajarillos y nos preguntamos dónde están aquellos que deberán compartir todas estas experiencias con nosotros, ese alma del Simorg que deberá adumbrar algún día un ejemplar lugar para el nuevo mundo. Ojalá vengan pronto para compartir la unidad, para experimentar la quietud en este pequeño paraíso.

Las horas pasan tranquilas. Comemos en la hierba y cuidamos las simientes. Decoramos nuestras vidas, cada uno de nuestros minutos con un silencioso agradecimiento constante. Somos afortunados. Es el lujo de no tener patria y de vivir alejados de todo ruido. Es el lujo de sentirnos amantes de la tierra entera, del paraíso que reina en nuestro interior, de la unidad que experimentamos cada uno de los días con todos los seres sintientes. La unidad no es más que el producto de reconocer en nosotros lo que realmente somos. En estos días especiales de cuaresma impuesta, de silencio, de retiro colectivo, el Ser se expresa aún con mayor fuerza, la unidad de todo lo que somos fraterniza y se solidariza con toda la orbe existencial. En estos días, el Silencio se apodera de nuestras almas y nos incita a perseguir constantes el verdadero paraíso de la unidad.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

De la austeridad a la grandeza de no tener nada…


a
Con los amigos de las primeras semanas de experiencia en O Couso
“He comprendido que mi bienestar sólo es posible cuando reconozco mi unidad con todas las personas del mundo, sin excepción.”  León Tolstói

 

Estimados…,

Estoy viviendo en estos días de silencio y lectura unas bonitas revelaciones. Este fin de semana, aprovechando que B. está haciendo la experiencia de 21 días de silencio, he estado leyendo algunas biografías de fundadores de comunidades y en todos ellos coincidía que llegaba un día en que tenían que abandonar sus actividades profanas y ponían todo su esfuerzo y vida en los proyectos.

Hasta ahora mi esfuerzo había sido triple, por una parte, estaba interesado en terminar la tesis doctoral para entender profundamente y teóricamente todo lo relacionado a comunidades. Por otra parte, dedicaba mucho esfuerzo en la edición de libros, muchos de ellos no de mi agrado, para poder así alimentar y promover el proyecto. Y por tercero, dedicaba todo lo que podía a cultivar y hacer crecer este lugar que por cosas de la vida se ha convertido en todo un reto. Estaba excesivamente dividido.

Ahora que ya he terminado la tesis me siento con fuerzas para dar un paso más adelante, y dedicar todo mi empeño y tiempo al proyecto y la fundación. Como todo lo que he ganado en estos últimos siete años lo he invertido en el proyecto, soportando con ello los gastos propios que cualquier empresa requiere, he pensado seguir con la actividad editorial, pero a partir de ahora anulando la sociedad y donando todo el fondo a la fundación. Es decir, seguiremos editando libros, pero esta vez tan solo libros de espiritualidad y nueva consciencia, como otra labor más de la fundación. De alguna forma “me libero” personalmente, para dedicar mi tiempo a editar libros con sentido, quizás seis o siete al año, y dedicar los próximos años enteramente a la fundación, especialmente a la escuela y al trabajo espiritual que hay detrás de ella. Con ello espero poder tener más tiempo para dedicarlo a las personas, y no tanto a las cosas.

Tanto la editorial como la fundación han demostrado ser autosuficientes, esta última, gracias a la generosidad que nace de la economía del don. La fundación y el proyecto O Couso por lo tanto, una vez terminada la gran obra de la casa de acogida, es totalmente autosostenible y ya no dependerá totalmente de mis aportaciones para llevarla adelante. O Couso se ha hecho mayor y ya puede andar sola. Esto me ha llevado a las siguientes reflexiones. Primero, aprovechando este impulso que la incertidumbre nos regala, liquidar la sociedad, que por suerte está al orden en todos los pagos y donar la editorial a la fundación. Segundo, centrar toda mi energía en potenciar la fundación y sus proyectos (el proyecto O Couso -con su casa de acogida-, el proyecto de Escuela -ahora con su propia editorial- y el proyecto Simorg -aún latente-).

¿Cómo viviré yo, a nivel personal? Soy una persona muy austera. Nunca he fumado, ni bebido ni tomado drogas. No tengo ningún tipo de vicio o manía. Saco unos trescientos euros al mes con las suscripciones que tengo gracias a los amigos que apoyan este blog y eso me vale para mis gastos estrictamente personales (teléfono, gasolina, galletas y poco más). Si centro toda mi atención en el proyecto, posiblemente los esfuerzos tendrán un buen resultado para seguir acogiendo a aquellos que más lo necesiten.

En fin, estoy francamente feliz y emocionado por esta decisión. La editorial seguirá funcionando a un ritmo menor desde la fundación y yo dedicaré todo mi tiempo no a gestionar una sociedad mercantil sino a dirigir y coordinar el proyecto para que todo vaya desarrollándose en su justa medida. Voy a centrar mis fuerzas para ver si conseguimos pasar de cuatro personas a doce en los próximos dos años, y así construir un bonito egregor espiritual. Siguiendo las palabras de Jesús, toca dejar de pescar peces y empezar a pescar hombres… Personalmente, siento que tengo mi vida y mis aspiraciones cubiertas. Tanto profesionalmente como intelectualmente. Ahora solo toca entregarme en la pila del bautismo para caminar hacia la necesaria entrega y sacrificio. Es lo que realmente siento y es a lo que realmente me dedicaré en los próximos años. Ojalá pronto lleguen esos aliados maduros y capaces, entregados a una causa mayor, con capacidad para albergar la necesaria y urgente misión de actuar.

Un abrazo grande y cuidaros mucho… el mundo os necesita más que nunca…

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Vivir en tiempos de incertidumbre


a
© Michel Rajkovic

Hoy he intentando vivir con sosiego mi primer día de jubilación. Quería saber qué se siente cuando realmente dejas de trabajar para ganar dinero, y simplemente entras en esa fase de la vida en la que la contemplación, la complacencia y el mirar al otro con generosidad se convierten en la premisa general. Miraba hoy mi historial de vida y solo llevo cotizados algo más de trece años. Esos cómputos me resultan increíbles cuando aún recuerdo ese primer trabajo a los dieciséis años en una panadería en el centro de la ciudad condal.

Mi primer trabajo fue amasar pan. Allí supe que hay mundos que se esconden en lo más oculto pero realizan el milagro, como la levadura, oculta en la masa, de hacer crecer el alimento. Allí me di cuenta, amasando panes y más panes, que la vida requiere de esa levadura para que todo funcione de alguna manera, para que tengamos aspiraciones, visiones futuras, conclusiones acertadas sobre nuestra existencia. Ahí entendí la necesidad de ir descubriendo poco a poco el mundo oculto que todo lo encierra.

De las cosas que más me gustan de estos días es la de cuidar a la persona que está haciendo la experiencia de retiro de 21 días. Es oportuno poder hacer esta experiencia en un tiempo tan revuelto como este. La primera semana es de profundo silencio e interiorización. Mi misión como guía y facilitador es asegurarme de que no le falte de nada, que tenga su desayuno, su comida y su cena, algo de leña y cualquier cosa que requiera. De acompañarla en las meditaciones matutinas y vespertinas y de guiñarle el ojo con una sonrisa para hacer cómodo su silencio profundo. Supongo que cuando uno se jubila puede hacer cosas con júbilo. Me produce una sensación de alivio el hecho de poder ayudar a los demás en sus procesos, de acompañar a aquellos que desean dar un giro de tuerca a sus vidas y ver qué pasa. Empujar al mundo a que descubra su lado oculto, ese que hace crecer las cosas.

Nadie nos educa para vivir en la incertidumbre. Para mí fue una maestra desde los inicios de esta existencia. Nacer y vivir en una familia humilde me aproximó radicalmente a saber lo que era la escasez, el no saber si mañana las cosas irían bien. Realmente la infancia y la adolescencia fueron duras en ese sentido. Aprendí a crecer en la incertidumbre. Por eso con mi primer sueldo compré dos cosas: una bicicleta y mi primer Camino de Santiago. Allí la experiencia de la incertidumbre, en tiempos donde no había móviles, ni internet ni prácticamente albergues en el camino sucumbió en mi interior. Tardé dos años en preparar el Camino hasta cumplir la mayoría de edad. Pero esa preparación concienzuda mereció la pena.

Durante unos años la vida me trató bien. Después de los estudios universitarios comencé a trabajar y ahorrar. Compré mi primer apartamento, luego mi primera casa adosada con jardín y más tarde diseñé y construí mi hermosa casa de diseño. Eran años de bonanza que terminaron drásticamente con la crisis del 2008. Ahí lo perdí todo y volví de nuevo a la senda de la incertidumbre. Ese mismo año hice de nuevo el Camino de Santiago. Fue una experiencia dolorosa. Tardé casi una década en recuperarme de aquella experiencia traumática que pretendía revolverme, empujarme al verdadero camino que debería recorrer años más tarde.

Ahora la incertidumbre es diferente. La tomo con calma, con la seguridad interior de que por muy mal que vayan las cosas, siempre queda un reguero de esperanza a la que aferrarse. Quizás mucho de nosotros perdamos riquezas, trabajos, amigos, parejas e incluso parte de la salud en estos días. Casi diez mil personas han perdido la vida en nuestro país en estas semanas. Cada minuto que pasa alguien se marcha al otro lado. Por eso, en los agradecimientos antes de desayunar y comer, nos acordamos especialmente de aquellos que sufren y damos gracias por estar sanos y salvos, en salud, fuertes de momento, con alimentos abundantes.

Hoy contábamos los paquetes de pasta y legumbres que nos quedan. Tenemos para un mes aproximadamente. Hemos dejado de ingresar dinero, pero nos queda una gran reserva de patatas que el año pasado no pudimos recolectar. Podríamos vivir de ellas una gran temporada. El otro día sacamos unos dos metros cuadrados de patatas y estaban en perfecto estado de conservación. Las patatas son un gran alimento y la tierra es siempre milagrosa y generosa a partes iguales. También quedan algunas castañas en el suelo y estamos descubriendo hierbas que se pueden comer en ensaladas. Llevamos dos semanas sin salir a comprar y es preferible que sigamos aquí confinados el tiempo que haga falta.

Todo es incertidumbre. Y sin embargo, la vivimos con cierto desapego y desasosiego. En mi caso, como decía un poco más arriba, con absoluta tranquilidad y paz interior, como eso que uno debe sentir cuando se jubila habiendo hecho bien las cosas. La incertidumbre es una buena maestra. Nos enseña a vivir la vida en toda su intensidad. Nos enseña a vislumbrar una nueva forma de entender la existencia con fe, con esperanza, con paz interior.

Espero que estéis bien. Os deseo fuerza y salud a todos.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Si no ayunáis del mundo, no encontraréis el Reino


a
© Julie Rey

«Buscad, pues, primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura. Por tanto, no os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad». Jesús

El sonido del bosque es amplio. Si estás atento, se pueden escuchar todas sus maravillas. Es algo vivo, algo que te envuelve en un sonido difícil de explicar. Hay muchas formas de escuchar cuando te invade el silencio. Hay incluso melodías intangibles que susurran palabras al corazón, especialmente cuando este yace en calma. Se puede escuchar la paz, la armonía del entorno, la belleza y la poesía de la primaveral esperanza. El verde brota a raudales por todas partes, esta vez con ese tono fluorescente propio de estas fechas. Todo parece revivir, renacer a lo nuevo.

Mientras observo el templo natural donde vivo, leo detenidamente algunos logiones del evangelio de Tomás comentados por Roberto Pla. Me detengo en el logion 27 que nos habla de ayunar del mundo. Me llama la atención porque algo parecido a eso estamos haciendo en estos momentos. Todo se paraliza y eso nos permite valorar nuestras vidas, nuestro verdadero y profundo sentido de nosotros en la misma. Jesús dice: Si no ayunáis del mundo, no encontraréis el Reino. Uno siempre puede imaginarse el Reino como algo diferente al mundo. Quizás deberíamos pensar, como se lee en Lucas: el Reino está ya en nosotros. ¿Siendo así, como poder verlo?

¡Qué gran oportunidad nos da la vida para la reflexión seria! Para el gozoso silencio capaz de perpetuar en nosotros el deseo de existencia, de trascendencia, de vida más allá de la vida. Aquí en los bosques ese sentido se agudiza. Veo que el contacto con la naturaleza entre montañas y ríos, entre valles y sendas siempre por hollar, es una gran bendición para poder comprender profundamente lo que la vida nos demanda.

Hay algo oculto y secreto en esta maraña de vida. No podemos conformarnos con lo que el mundo nos ofrece. Ahora que todo ha parado, debemos delimitar la vida, cerciorarnos de que estamos empujados a vivirla de forma generosa, de forma amorosa, de forma profunda. Discernir realmente lo valioso. ¿Cómo adentrarnos un poco más en el Reino?

Siento una profunda necesidad de seguir entregando más trozos y parcelas de mi vida a la Vida. Siento que el mundo necesita ayunar, y creo, estoy convencido plenamente, que lugares como este ayudan a profundizar en ese ayuno. Y cuando eso ocurre, nace una llamada inevitable, una chispa dentro de nosotros, una luz. Nace un profundo anhelo de seguir la búsqueda interior hacia aquello que nos eleva humanamente. Nace el deseo vivo de entender nuestro verdadero propósito interior y aunarlo con fuerza al gran Propósito que los sabios conocen y sirven.

Estas crisis ayudan, siempre lo hacen. La crisis del 2008 me empujó hacia la vida prístina en los bosques. Esa crisis me desnudó, me despojó de lo superfluo. Decidí sacudirme el polvo de las sandalias y navegar por los anchos mares de la incertidumbre. Ese camino me demostró que era posible una vida plena sin tanto artilugio, sin tanto lío, más cerca del Reino.

Ahora, con este exagerado silencio, ya casi acabada la casa de acogida, la vida desea que me vuelva a desnudar aún más. Que termine con aquellas cosas que me ataban al mundo y me codee directamente con la búsqueda incansable del Reino. Mañana dejaré de ser empresario para dedicarme a ser escriba. Dejaré de ser un editor al uso para convertirme en un amanuense. Un copista escrupuloso de los textos más sagrados de nuestra historia, un entregado constructor de la Gran Obra. Comeré de las patatas de la huerta y viviré según amanezca. A cada día su esfuerzo. Si hasta ahora había entregado todo mi patrimonio a la obra empezada, ahora ese patrimonio dejará de pertenecerme completamente.

Lo hermoso de las crisis, individuales o colectivas, es que te permiten adentrarte aún más en tu propósito interior. ¿Se pueden servir a dos amos? Ahora solo tengo deseos de servir a uno de ellos, a aquel que resplandece, a aquel que aviva el lucero del alba y nos permite adentrarnos en la vida una. No tengo motivos para quejarme. Simplemente deseo vivir de la riqueza de no tener nada, y amasar fortuna allá en el Reino, para así poder distribuir bienaventuranzas y poderosas joyas de amor y fraternidad.

Me entrego, a partir de mañana, a la Providencia, y ahora más que nunca, que sea lo que Dios quiera.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

La conspiración de la Tierra Entera


a
© Joe Photos

«Poseerá cosas más altas que éstas: un país grande, la tierra entera… y una gran esperanza, todos los cielos». Víctor Hugo

Da gusto poder tener tiempo para leer más, para reflexionar más, para poder interiorizar tantas y tantas cosas. Sin duda, este confinamiento planetario creará una nueva mente, y por lo tanto, una especie de nuevo mundo. Al modificar nuestros patrones, nuestras ideas, nuestra forma de ver la vida, algo cambiará en nuestro interior y algo cambiará ahí fuera. El mundo está basado en patrones de pensamiento. Todo es mente, nos decía el Kybalion. Y si todo es mental, alguien está pensando el mundo. Nosotros, ahora que hemos podido parar nuestra actividad, ahora que disponemos de más tiempo para nosotros, estamos repensando la existencia, y al hacerlo, la estamos imaginando más grande, más ancha, más hermosa. De alguna forma, la profecía de Víctor Hugo se está haciendo realidad. Nuestro nuevo mundo, algún día, será la Tierra Entera.

¿De qué sirven ahora las fronteras? ¿De qué sirven los antiguos paradigmas basados en las naciones, en las guerras, en el egoísmo, en la separatividad? ¿De qué sirven ahora los antiguos dogmas? Esta experiencia, quizás por primera vez en la historia de la humanidad, está siendo global. Sólo el advenimiento de internet nos había dado esa sensación de Tierra Entera. Pero ahora es una Tierra más cercana al mismo tiempo que más grande. Y, sobre todo, ahí queda esa gran esperanza, la de todos los cielos.

Ya hay millones de residentes que habitan esa Tierra Entera. Eso nos decía Marilyn Ferguson en su ya clásico la “Conspiración de Acuario”. Ya hay cientos de miles de personas que cierran los ojos y meditan, que aman la vida en todas sus manifestaciones, cuidando de la misma con delicadeza y atención. Ya hay miles de personas que avalan una dieta vegana, sin dolor, sin sufrimiento animal, y que cuidan de los otros, de forma altruista, de forma generosa. Ya hay cientos de miles de personas que cuidan sus cuerpos, que es el producto de millones de años de evolución, y es la esperanza para las futuras generaciones. Cuerpos sanos, mentes sanas, corazones puros en intenciones. Toda esa suma de personas que piensan ese nuevo mundo lo están manifestando poco a poco. Con sus pequeños actos diarios, con sus pequeñas vocaciones interiores.

Ahora más que nunca nos estamos dando cuenta de que estamos aquí como ciudadanos planetarios. Lo que ocurre en China puede afectar en lo que ocurre en nuestras calles, en nuestros hogares. Somos vulnerables a nivel mundial, pero eso también nos hace fuertes. Las máscaras del antiguo mundo se irán rasgando poco a poco. Los velos se correrán y podremos pensar de forma diferente. Necesariamente tendrán que llegar nuevas alianzas, nuevas formas de apoyo, de cooperación entre los unos y los otros, pero especialmente, entre los que más tienen y los que menos tienen.

Ahora podemos volver a elegir. En este tiempo inaudito de pausa, de calma, de serenidad, podemos volver a elegir otro camino. Un camino con mayor sentido, con mayor plenitud, con mayor conexión con nuestras dimensiones más desconocidas. Somos una promesa silenciosa. Una semilla de aquello que debe venir. Aquello que nos hará mejores, al igual que en cada generación algo mejora en nosotros. Todos estamos llamados a esa vocación de mejora, de búsqueda de virtud, de siembra de algo nuevo y mejor. Estamos llamados a conspirar para engendrar esa nueva Tierra Entera, amplia, ancha, de todos, sin fronteras. Ese nuevo mundo amoroso al que todos aspiramos está aquí y ahora, pensándose, creando la simiente en nuestro interior.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

El virus del miedo


a
© Lionel Orriols 

Ayer estuve un buen rato hablando con un buen amigo. De esos que a pesar de las circunstancias siempre están ahí, no importa cuántas brechas nos separen, ideológicas, sociales, de estatus. No importa ni siquiera el que juntos ganáramos y perdiéramos por partes iguales en aventuras comunes. El cariño permanece y la amistad perdura. Hoy me volvió a llamar para seguir recordando unos hechos que acaecieron hace casi una década. Me recordó cosas que ya casi había olvidado. Por ejemplo, aquella vez en la que hice enfadar a un ministro. El ministro, con el que había tenido algún tipo de buena relación durante un tiempo, terminó con un enfado monumental por hechos divergentes, de esos que no puedes controlar y de los que formas parte casi de forma colateral. Me reía con el recuerdo, porque el ministro era un buen ministro y, además, un buen hombre al que la mayoría admiraba.

Por el mismo tiempo, qué tiempos aquellos, también hice enfadar al que fuera un conocido presidente de un conocido banco. Ese era el estrecho vínculo que me unía en la conversación de ayer y de hoy, y que recordábamos con cariño, depurando de paso cualquier atisbo o arista que hubiera quedado mal curada. Y mientras hablaba y recordaba aquellos hechos, me preguntaba por qué hay personas que se enfadan y otras no, por qué hay personas con ese agudo grado de misericordia en sus adentros, capaces de mirar más allá de las anécdotas de la personalidad, capaces de bucear en la esencia, perdonando una y otra vez las torpezas del otro.

Pensaba en ello y creo que es una cuestión de miedo. El miedo nos hace tomar decisiones la mayoría de las veces, erróneas. El miedo nos conduce hasta la frustración, la rabia, la impotencia. Eso genera situaciones extremas, sin control. Es cierto que atávicamente el miedo era una especie de herramienta psicológica de protección. En aquellos tiempos en los que vivíamos en bosques o cuevas, el miedo podía protegernos de cualquier peligro. Pero en nuestros tiempos, ¿a qué tememos? ¿A qué deberíamos temer? No a los amigos, sin duda, que pueden equivocarse y errar. No tampoco a personas de reconocida bondad y buena voluntad.

En estos tiempos de vulnerabilidad psicológica, estamos viviendo una doble epidemia. La del coronavirus y la del miedo. Nunca una epidemia del miedo había provocado tal colapso a nivel mundial. Desde un punto de vista psicológico, se harán muchos estudios futuros sobre el acontecimiento inédito de tener a gran parte de la población mundial hacinada en sus casas durante semanas. El experimento social podría marcar un precedente peligroso, y de paso, poner a prueba la docilidad mundial.

Si la epidemia del miedo se alarga, podría extenderse en no mucho espacio de tiempo una nueva epidemia: la de la desesperación. No sabemos aún hasta qué punto nuestra psicología individual y colectiva está preparada para este tipo de enclaustramiento, de encierro forzado. Estos días, hablando con unos y con otros, especialmente con amigos que están viviendo estos acontecimientos en grandes ciudades, notaba cierto nerviosismo interior. Un nerviosismo sutil, casi imperceptible, a modo de llamada de auxilio interior que ahonda aún más en la incertidumbre.

Toca sin duda fortaleza. Como la fortaleza de esos que hacen de este encierro un momento único e irrepetible para cuidar a los suyos, para llenarlos de cariño y amor. Como la fortaleza de esos que viven solos y han creado su propia rutina de esfuerzo interior a base de lecturas, de yoga, de meditación. Como la fortaleza de aquellos que viendo peligrar su futuro económico empiezan a imaginar nuevas posibilidades. O como la fortaleza de aquellos que pudiendo no hacer nada, lo dan todo para ayudar al prójimo, para echar una mano, para apoyar y sostener todo aquello que merezca la pena.

El virus del miedo está ahí, latente, al acecho, esperando su oportunidad. Seamos fuertes, seamos capaces de vencer esta pandemia colectiva para ser mejores, para ser fieles a nuestra esencia, para ser visionarios del nuevo mundo, para crecer en humanidad, consciencia y bondad.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Somos un flujo en continua relación


a
Con Geo con mirada melancólica de paseo esta tarde en nuestra secreta atalaya

Es todo una sensación extraña. Geo me sacó a pasear y fuimos hasta el milenario castro que tenemos a pocos metros de aquí. Allí hay un mirador natural, escondido, espectacular, desde donde se puede divisar toda la provincia, inclusive la lejana capital. Es un buen lugar para esconderse y meditar, para valorar las cosas desde otra perspectiva. Hoy todo parecía diferente desde allí. Samos con su gran monasterio parecía inexistente. Podía ver sus paredes, las casas aledañas, las calles, pero todo estaba silencioso y vacío. Ninguna voz atravesaba el valle hasta mi atalaya, ningún ruido que pudiera delatar actividad alguna.

Me sentía como un pequeño intruso en ese espacio-tiempo inusual, como una especie de visitante extraño que aterrizaba de repente en un mundo vacío. Alzaba la mirada hasta el infinito, a sabiendas de lo afortunado que podía ser. Miraba el ocaso del sol entre nubes blancas y cielo azul. Miraba las suaves curvas de las antiguas montañas, con sus bosques, sus valles, su verde intenso y sus caminos ahora desocupados. Veía las huellas humanas pero no veía a los humanos. Era extraño observar que el Camino estaba ausente de peregrinos. Una leve brisa soplaba y removía las blanquecinas flores, las tímidas copas que empiezan en primavera a llenarse de verde. La naturaleza, ajena a todo, se reproduce igualmente, fortaleciendo su belleza increíble. Lo miraba todo anestesiado, lo sentía todo como un predecible recuerdo de otro tiempo.

De repente sentí una gran soledad. Una conmovedora sensación yerma, angustiosa. Un vacío inusual. Me preguntaba cómo sería la vida sin nadie a quien abrazar, sin nadie con la que compartir un mundo. Observaba al amigo Geo que suspiraba en la deriva de su mirada ante el majestuoso horizonte y me interrogaba qué sería de nosotros si el mundo de repente desapareciera. Si solo pudiéramos escuchar el chasquido del arroyo, el serpenteante fluir de los tiempos, a solas. Si todo se detuviera y un segundo origen empezara sin nadie.

La soledad voluntaria es hermosa. Diría que es necesaria para conectar con nuestro propósito interior, para escuchar a nuestra esencia, aquello que realmente somos, y así, poder ser mejores, más auténticos, más sabedores de nuestro verdadero lugar en el mundo. El silencio forma parte de esa disciplina de autoconocimiento, de superación, de búsqueda de la verdad, de seducción por la vida. Pero cuando las circunstancias te imponen la soledad y el silencio, algo interior se quiebra. Esto tiene que ver con nuestra inevitable pertenencia al logos. Aunque vivimos en una sociedad de absolutos individualismos y egoísmos, donde la moda es ser un “single” independiente y autosostenible, cuando nos falta el inevitable contacto con el otro, nos quebramos.

La individualidad es solo una ficción, especialmente la ficción del ego fuerte, del ego orgulloso, del ego que se cree estar por encima de todas las cosas. La soledad humana que vivimos desconecta nuestras vidas de lo que realmente somos: unidad. Si tuviéramos capacidad para percibir la mónada a la que pertenecemos, nos daríamos cuenta de que nuestras vidas separadas es tan solo una ilusión. Nuestra verdadera substancia es solo una gota indisoluble en un vasto océano de almas. La prueba a la que la vida está sometiendo nuestra individualidad quizás sirva para darnos cuenta de que no podemos seguir viviendo un mundo huraño donde todo gira alrededor nuestra sin importarnos nada el otro. Ahora podemos percibirlo: el otro existe y siempre estuvo ahí, a pesar de todo.

Quizás la gran lección de este tiempo sea el sabernos realmente interconectados con el otro, a sabiendas de que el yo no puede sobrevivir sin el tú. Aquello que constituye el dominio de la ontología, lo que hay realmente, es precisamente eso que define el mundo fenomenológico como una ilusión. Una ilusión que separa. Una ilusión que nos separa. En la naturaleza no existen las dicotomías ni la dualidad. Todo fluye en un magma de unidad, en una relación inevitable. Por eso nos resulta insoportable el rechazo del otro. Cuando alguien niega nuestra existencia, cuando alguien nos da la espalda o nos hace el vacío, sentimos morir por dentro. Esa emoción, esa sensación, equivale a conectar por un momento con lo que realmente somos. El darnos cuenta de que no somos entidades aisladas, sino almas unidas en un flujo. Un flujo de (1) inteligencia activa, de (2) amor-sabiduría, de hermosa (3) voluntad que se desarrolla en una profunda (4) armonía, en una (5) ciencia concreta, en un (6) amor devocional hacia la existencia bajo un (7) orden ceremonial orquestado desde los mundos arquetípicos. Como siete rayos que se unen en un crisol y forman un manto multiforme al que pertenecemos aunque no lo percibamos. Ese es el flujo. Esa es la relación. Esa es la vida que se manifiesta desde todos los mundos.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Ante vientos de incertidumbre, tormentas de esperanza


a
© Windrides 

«El Sol, alcanzando la máxima altura sobre nuestro hemisferio, nos traza el camino: todo efecto liberador es cuestión de esfuerzo ascendente, de superación espiritual. No basta tallar la piedra bruta, sino conseguir después que sus facetas brillen como espejos, reflejando los rayos liberadores del espíritu. Nuestro cuerpo, puro y limpio, debe ser diáfano como el cristal, transparente a los mensajes de lo alto, instrumento dócil y dúctil para los impulsos de nuestra esencia inmortal, que es conciencia y amor. Y no hay más que el camino señalado por el orto solsticial de nuestro saber y nuestro sentir: siempre y por siempre, luz, luz y más luz». Eduardo Alfonso

Disfrutar. Ahora toca disfrutar de lo sencillo, de lo pequeño, de lo simple. Si estamos solos, toca disfrutar de la soledad. Si estamos acompañados, toca disfrutar de la mirada tierna del otro. Toca llenarnos de silencio, de disciplina, de talento. Toca volcar en este momento todo nuestro ánimo, para no caer en la desidia o la tristeza. Nos toca ayudarnos imaginativamente, nos toca ser solidarios, nos toda ser oportunamente hermosos. Toca vencer, vencernos. Desapegarnos de aquellas cosas inútiles, superfluas. Desapegarnos de todo ese ruido, de todo ese mal humor, de toda esa rabia, de toda pérdida. Toca recuperarnos.

Ahora es tiempo, porque tenemos tiempo, de imaginar un mundo nuevo. Si estamos viviendo un tiempo de incertidumbre, de temor, debemos buscar corazas que nos aporten seguridad. No hay mayor coraza que aquella que es capaz de imaginar algo nuevo, una oportunidad, una misteriosa valía hacia algo diferente. Si vacilamos ante el dilema de lo que ocurrirá en los próximos días, quizás semanas, quizás meses, aprendamos a vivir simplemente, pero con el poder y el convencimiento de que seremos capaces de mostrar lo mejor de nosotros. Seamos amables, sepamos sonreír ahora que tanto se necesitan esas sonrisas. Miremos al mundo con simpatía y agradecimiento.

Quizás todo esto no sea más que una oportunidad. Tal vez podamos, ahora que la vida nos da esta experiencia única, ser capaces de parar y escuchar por fin el canto de los pájaros, de ver por fin puestas de sol y de saber apreciar todo aquello que antes parecía tan normal. Algo tan simple como abrir un grifo, como abrazar, como poder comer en la terraza de cualquier lugar. Algo tan simple como el poder salir a la calle, pasear y sabernos vivos. A lo mejor todo esto es para que despertemos a un nuevo nivel de consciencia. Un nivel amplio, ensanchado por la experiencia, avivado por las circunstancias. Podría ser que estemos ante un nuevo ciclo vital, una nueva forma de entender toda la existencia, una manera diferente de vernos y de ver el mundo.

Disfruta, seas quien seas, hagas lo que hagas. Disfruta de cada segundo. Embúllate de cada instante, penetra cada átomo, observa cada hilo de vida, cada pétalo de presencia. Puede ocurrir que el universo entero habite en ti, y puede ocurrir que con un poco de atención, puedas ver mundos y viajar a tierras lejanas. Con un grano de imaginación, podrías lanzarte a cualquier aventura insospechada. Volar por amaneceres selváticos o surcar grandes praderas. Imagíname aquí en mi pequeño bosque. Arde la chimenea, buceo entre mis libros, se escuchan ahí fuera el canto de los pajarillos primaverales, y el croar de las primeras ranas. El cielo lo cubre todo, el cielo y los cielos. Los visibles y los invisibles seres de la naturaleza penetran sigilosos este pequeño bosque. Puedes imaginarlo, y al hacerlo, estás invitado al calor del fuego, al adviento de cualquier instante. Te deseo salud, disfrute y esperanza, tormentas de esperanza en estos tiempos cargados de incertidumbre.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Equinoccio en la Hermandad del Espíritu Libre


IMG_7009

“Soy uno de la Antigua Orden de los Hombres Libres. No hay pueblo sin una logia; y donde la haya haré amistades”. Arthur Conan Doyle

Estábamos trabajando con la leña para el próximo invierno, recogiendo todos los palos y ramas que estaban acumuladas en un costado de la finca, cuando nos llamó la periodista. Tenía interés en saber cómo nos iba a nosotros en la pequeña comunidad para publicarlo en un próximo artículo de prensa. Por un momento me extrañó la pregunta y contesté que por aquí todo era normal, que no habíamos cambiado ninguna rutina y que todo estaba en orden. Este invierno solo somos cuatro personas e intentamos hacer las mismas cosas con las mismas rutinas. Nos hicimos una foto para la periodista y la colgamos en las redes.

Es la foto que adjunto aquí. Llovieron algunas críticas por el hecho de que estemos juntos, cogidos de las manos, abrazados, como si no pasara nada. Alguien preguntó, “¿qué esperas mostrar con esa foto?” Me salió del alma responder: esperanza. Tanto tiempo hablando y escribiendo sobre la Hermandad del Espíritu Libre y tan solo en estos días he tomado consciencia de que está llegando el momento de que se vuelva a manifestar. Es verdad que ahora somos pocos, pero también es verdad que en la hermandad nunca fueron muchos. Menos aún en tiempos difíciles, como los de ahora.

Tras las tareas del día y comer algo juntos, fui a comprar algo de comida. Quizás porque sea el más osado. En todo caso, alguien tiene que salir al mundo para proveernos de lo indispensable. El trayecto hasta el supermercado fue dantesco. Calles vacías, carreteras vacías, un mundo vacío y quieto. Es como si a nivel mundial hubiéramos entrado en cierta quietud necesaria. El supermercado estaba igualmente vacío. Las pocas personas que lo frecuentaban procuraban guardar cierta distancia de seguridad. Al salir, un coche de policía iba parando a los pocos transeúntes que encontraba. Me di cuenta de que estábamos viviendo un auténtico estado de sitio, excepcional y solo imaginado en las películas distópicas y apocalípticas. Es como si estuviéramos viviendo un ensayo de cómo debería empezar el final de los tiempos.

A la vuelta paré un rato en su casa. Le llevé algo de comida y conversación. Me hubiera gustado llenar toda su despensa, pero me doy cuenta de que ahora todas las despensas están medio vacías, inclusive la nuestra. Resulta extraño tener que mirar la racionalización de la comida a largo plazo. No sabemos qué puede pasar ni cuánto puede durar esta catástrofe. Pero al menos ahí quedaba el gesto y la compañía. Nos volvimos a abrazar con total normalidad y seguí mi camino de vuelta a la pequeña comunidad.

Soy uno de la Antigua Orden de la Hermandad del Espíritu Libre. La hermandad me obliga a trabajar para el servicio, como un verdadero monje-guerrero que vaga por los tiempos buscando la mejor manera de aportar luz entre las tinieblas. Luz, pero, sobre todo, trabajar para la esperanza. Nuestro testimonio debe aportar esperanza, no como algo inmóvil que se espera, sino como un recorrido, una acción que nos lleva hacia algo mejor. No olvidamos en nuestra peculiar normalidad a los que están sufriendo en estos momentos, a los cientos que se están marchando al otro lado precipitadamente, a aquellos que pronto lo perderán todo por carecer de algo. Hay que promover la  necesidad de ayudar a los que están solos y necesitan compañía en estos tiempos complejos, aún a riesgo de nuestra propia integridad o seguridad. Hacen falta doctores, unos para el cuerpo, otros para el alma. Todos para sanar algo, porque algo estamos sanando a nivel de especie humana. Sin duda.

Nuestro testimonio de esperanza también es un testimonio de fe. Alimentamos nuestra fe con hábitos saludables, con esfuerzo, con silencio, con contemplación, con cantos, con ejercicios, con servicio. Alimentamos nuestra fe cada día con esfuerzo y trabajo para seguir siendo testigos de aquella simplicidad que alguien nos recordó hace dos mil años. Para qué si no tanto esfuerzo, sino para mantener viva la llama que hace tiempo se encendió en nuestros corazones. No podemos olvidar el testigo recibido, y nos debemos a esa causa, a ese propósito de mantener viva la luz, la fe y la esperanza.

Desde esta perspectiva, entramos en nuestra pequeña logia, en nuestro pequeño recinto consagrado, en nuestra pequeña ermita. Encendimos, alrededor de la gran vela, doce pequeñas luces. El ritual de equinoccio fue sencillo. Cada uno de nosotros leímos algunas lecturas inspiradoras, luego entramos en silencio, en contemplación durante un tiempo. Cerramos el círculo virtuoso solicitando deseos de paz y amor, de fe y esperanza. Cerramos ese mágico momento esperando que todos salgamos fortalecidos de esta experiencia. Mucho ánimo os deseo a todos. Mucho amor y cariño desde la distancia.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

¿Y si fuéramos nosotros la plaga?


a
© Thomas Wegner

Ayer sembramos las primeras semillas y hoy nos poníamos a trabajar la huerta-mandala, uno de los primeros siete círculos programados para los siguientes siete años. Trabajar la tierra es duro, pero interiormente muy satisfactorio. Este era mi primer día en labrando la tierra. Estuve poco tiempo, pero terminé con un gran dolor de espalda que solo un reparador masaje pudo recomponer. Ella, más acostumbrada al sacho, trabajaba intensamente. Admiraba su fortaleza de mujer mientras cansado, de forma más relajada, aclaraba unos bancales de fresas. Su belleza mezclada entre sudor y campo hacían que el momento mereciera la pena. Es una gran intelectual, pero no tiene ningún reparo en remangarse las manos y dar todo de sí en el mundo tangible. Dos intelectuales en la huerta, intentando, mientras sachábamos el terreno, pensar el mundo, era algo peculiar de ver.

Nuestra filosofía parece acorde con cierta reivindicación sobre esa necesidad urgente que requiere un cambio profundo de nuestro estilo de vida. Podríamos estar tan solo intelectualizando el mundo, pensando el mundo desde nuestros cómodos sillones, pero preferimos ir a la huerta, al terreno, al campo, y poner en práctica ciertos valores. La economía del don, la simplicidad voluntaria y el decrecimiento solo son formas y estilos de vidas diferentes. Nosotros nos empeñamos en hollar sus sendas y ver sus resultados. Nuestra ilusión futura pasa por una Escuela donde se pueda hacer pedagogía de todo esto que estamos aprendiendo. Tenemos la praxis y tenemos herramientas suficientes para dar forma a ese conocimiento empírico, a esa experiencia vivida desde una perspectiva intelectual y práctica.

Es incómodo pensar el mundo cuando todo se viene abajo. Pero el hecho de que media humanidad esté encerrada en sus casas quizás sea un buen momento para hacernos algunas preguntas fundamentales, y pensar, sobre todo, en nuestro nivel de vida, en nuestro particular paradoja existencial, en los valores que lo sostienen. La primera pregunta que me venía mientras desojaba abatido las fresas era precisamente una enormemente incómoda, una que intenté colar en la tesis doctoral y que no tuvo mucho éxito: ¿y si fuéramos nosotros la plaga? Es evidente que estamos cohabitando un mundo que, al mismo tiempo, de forma irracional, por pura ceguera y egoísmo, estamos destrozando. No es algo consciente, y este es el asunto de mayor calado: no somos conscientes del perjuicio que estamos ocasionando.

En esa inconsciencia colectiva, diría que, en ese vicio colectivo, la parte destructora que nos atañe comienza a parecer irreversible al mismo tiempo que se diluye en la normalidad que vivimos. Resulta difícil que todos a la vez, ahora que estamos encerrados  en este particular panopticón y con tiempo para enfrentarnos a lo maravilloso que somos en nuestra esencia, podamos tomar consciencia de nuestra implicación directa en todo este desastre. Si fuera cierto que la Tierra es un organismo vivo, es evidente que ese organismo tratará de defenderse de alguna manera. El calentamiento global solo sería un primer síntoma, una especie de fiebre que está despertando en todo el planeta formas de defensa.

¿Qué sería entonces este virus? Por suerte, de momento, no es una pandemia como la que sufrimos en siglos pasados y donde murieron millones de personas. Vivimos en un tiempo diferente y el ser humano ha creado medios suficientes para protegerse de cualquier tipo de pandemia. Pero de alguna forma, a nivel también muy inconsciente, estamos viviendo en una particular alarma, en algo atávico que nos está despertando la necesidad de replantear nuestras vidas, nuestro sistema, nuestra necesidad de crecer a toda costa. Nunca habíamos estado tanto tiempo encerrados con la oportunidad de crear un nuevo relato de nuestras vidas. Aún no sabemos qué tipo de cuestionamientos grupales surgirán de esta experiencia, ni tampoco sabemos qué tipo de alianzas nacerán para que volvernos radicalmente aliados de la naturaleza. En todo caso, la vida nos está dando la oportunidad de parar, de reflexionar y de cambiar profundamente nuestros valores, nuestras vidas y nuestro futuro común. Ojalá tomemos nota y tengamos capacidad de reacción.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Sembrando el mundo nuevo


 

a

No hay que tener miedo de la pobreza, ni del destierro, ni de la cárcel, ni de la muerte. De lo que hay que tener miedo es del propio miedo. Epicteto

Una de las experiencias más bonitas que he vivido desde hace mucho tiempo ha sido tirarme a la tierra y completar la hazaña de crear un plantel. La experiencia ha sido única. Había plantado muchos árboles pero nunca había plantado semillas que luego se convertirán en verduras con las que crear la alquimia de los alimentos. No podría explicar la sensación de algo tan sencillo. Las semillas, algunas minúsculas como las de las cebollas o las berenjenas guardan una importante información. ¿Cómo la naturaleza ha podido crear algo tan perfecto? ¿Cómo algo tan pequeño puede albergar dentro de sí algo tan grande?

Hemos entrado en el último año donde vamos a centrar nuestras fuerzas en la casa de acogida. Supuestamente, a partir del año siete, los esfuerzos estarían centrados en la construcción de la Escuela, el jardín y la huerta. Pero la crisis que se ha precipitado ha provocado que me animara a sembrar, a pensar en el jardín, en llenarlo todo de flores y arbustos que llenen de belleza el entorno. Me llaman amigos y familiares que viven en la ciudad y están viviendo una situación angustiosa. Estar encerrados en casa es algo complejo. Por eso hoy, con especial humildad, no paraba de dar gracias por cada instante en este lugar. No paraba de saludar a los patos, a las gallinas, a los gatos y a Geo. No paraba de alegrarme por cada brote que empezaba a salir de los árboles, cada vez más verdes y resucitados. Esta tarde he paseado por la huerta, mirando con atención cómo empezar a trabajar en ella.

Sembrar, sembrar, sembrar. No solo sembrar semillas, sino también buscar la manera de sembrar fe, esperanza, conocimiento, alegría. De alguna forma entiendo la dinámica. Las semillas son pequeñas, casi minúsculas e insignificantes a simple vista, pero encierran dentro de sí algo grande. Quizás ocurra lo mismo con este proyecto. Es pequeño, casi imperceptible para el mundo normal. Pero ocurre que el mundo está dejando de ser normal y está viviendo un tiempo extraordinario. Es entonces cuando las semillas que estamos sembrando nacen con más fuerza y vigor. Es entonces cuando muchos empiezan a cuestionarse el modelo y el paradigma en el que vivimos. Y es entonces cuando otros modelos empiezan a florecer.

Nos hemos esforzado durante estos seis años en abogar por una pedagogía que hiciera hincapié en el apoyo mutuo y la cooperación, en la generosidad, en la economía del don, en sacralizar la vida ordinaria y espiritualizar todo aquello que hacemos desde la consciencia. En estos seis años hemos sembrado ilusión y esperanza, amor y cariño. No siempre lo hemos hecho bien. Nos hemos equivocado mil veces, pero hemos perseverado. Y en esa perseverancia ha nacido algo de lo que en su día sembramos.

No tenemos miedo. Hemos sido valientes por tener una casa de acogida abierta a todo el mundo sin pedir nada a cambio. Hemos sido osados por dejar las puertas abiertas, sin cerradura de ningún tipo, para que cualquiera pueda entrar y salir a su antojo sin esperar nada a cambio. Ahora resulta que vienen otros tiempos y deseamos profundizar en otro tipo de conocimientos para que nos ayuden a mejorar lo que hasta ahora hacemos. Será emocionante poder hacerlo. Será hermoso poder compartir algún día todo este holograma utópico. Quién sabe, quizás sirva de esperanza o motivación para que otros lo puedan intentar.

A los que estéis pasando una situación difícil, aquí tenéis un amigo y una casa. Os envío un abrazo sincero y todo mi apoyo incondicional en todo aquello en lo que pueda ayudar o ser útil. ¡Ánimo con todo!

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Solidaridad


 

a
Esta mañana trabajando como voluntario en la Casa de Acogida. La máscara servía para protegernos del polvo que se levantaba en la obra. 

Intentamos hacer vida normal. Aquí en las montañas el drama humano que se está viviendo en las ciudades casi es imperceptible. Seguimos con nuestra rutina. La casa de acogida está vacía. Habitada solo por los gatos y el amigo Geo. La naturaleza sigue su curso normal. La primavera va llegando y ya da forma a flores y brotes verdes. Nada aquí ha cambiado, excepto la forma atípica de darnos almabrazos y la peculiar manera de hacer los círculos. Intentamos hacer un poco de broma con todo para no caer en el pánico ni hacer un exceso de dramatismo. Se agradece la compañía y el poder pasear por los campos y valles.

Nos comunican que hay un peregrino mexicano de avanzada edad que no puede seguir caminando. Nos ofrecemos con las puertas abiertas para atenderlo. Al final la Guardia Civil sale a su rescate, pero la posibilidad de seguir atendiendo a personas nos pone a prueba. Surgen recelos y miedos. Personalmente siento la necesidad de ser útil y de seguir el llamado de servicio.

Nos llama un amigo para que le ayudemos con la comida. Sus reservas se están agotando y no sabe a quién acudir. No tiene dinero, ni recursos. Cogemos todo lo que podemos y marcho para llevarle algo de alimento aún con riesgo de ser parado y multado. Las calles y carreteras están vacías. No se ve ni un alma. Tengo por dentro una sensación extraña, pero sigo adelante con todo. Impresiona no ver ninguna persona en todo el recorrido hasta la aldea del amigo. Silencio. Un silencio extraño, parecido al que debieron sentir los protagonistas del libro «Mecanoscrito del segundo origen».

El apoyo mutuo es lo primero. La solidaridad es lo primero. El acompañamiento es lo primero. Está solo, aislado en su casa, sin medios. Llevamos patatas de la huerta y huevos de nuestras gallinas acompañado de algunas otras cosas más. Al vernos nos damos un abrazo sin extremar ningún tipo de precaución. A ambos nos sale del alma. Él más que nadie necesita ese abrazo. La soledad hace mella en estos momentos. Le conmueve el gesto, pero sobre todo, le alegra la compañía, el poder ver a otro ser humano. Hablamos un rato largo, especialmente sobre temas de huerta y de cómo sobrevivir cuando el hambre empieza a aparecer. Aprendo mucho a su lado y me alegra poder ir a verlo. Recuerdo de repente todas esas generaciones pasadas que sobrevivieron a guerras y hambrunas. Recuerdo con cierta desesperación y solidaridad interior a todos los seres humanos que en estos momentos están pasando por situaciones verdaderamente trágicas. Recuerdo entonces nuestra vulnerabilidad y me sobrecoge esa sensación oportuna de humildad.

Empiezo a recibir las primeras cartas de clientes de la editorial expresando su imposibilidad de pagar facturas. De momento me resisto a hacer lo mismo con mis proveedores. Recibo la llamada de un buen amigo que desea ayudarnos. Agradezco infinitamente el gesto solidario y generoso, especialmente cuando no sabemos cuánto durará esto. Admiro profundamente a las personas que se ofrecen voluntariamente a echar una mano. Las muestras de solidaridad crecen en tiempos complejos. Si miro el calendario, solo llevamos dos días de encierro y paralización. Leo las noticias económicas y me recuerdan a la crisis de hace doce años. Intento respirar profundamente porque en aquella crisis perdimos muchas cosas. Los autónomos viven de lo que venden día a día. No quiero imaginar qué ocurrirá si la cosa se alarga excesivamente. Familias enteras deben estar ya viviendo momentos totalmente angustiosos. Toca resistir. Toca apoyar.

A pesar de todo el ánimo no ha decaído. La primavera incipiente ayuda. Si esto ocurre en pleno invierno hubiera sido desesperante. Pero hoy hacía sol y buena temperatura aquí en los bosques. Estuvimos trabajando duramente en la casa de acogida, pero hay un deseo fuerte de poner todas nuestras fuerzas en la huerta. Nos alegra ver como las fuentes de solidaridad se despliegan y cómo el mundo empieza a tejer dentro de sí una sensación de humildad ante las pruebas de la naturaleza. También un sentimiento de compasión hacia el otro. Nos gustaría poder ser más útiles. No se me ocurre como excepto auxiliando a aquellos que necesitan algo y nosotros podamos apoyar. Un poco de comida, un poco de conversación, un poco de solidaridad con aquellos que lo están pasando francamente mal. Ya no por el virus, sino por sus efectos colaterales. Agradezco infinitamente a aquellos que en estos días están poniendo todo de su parte para apoyar a los otros. Agradezco infinitamente las pruebas que la vida nos pone delante para engendrar dentro de nosotros una nueva visión del mundo.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Relato de un náufrago


 

a

A las cinco de la mañana sonó el despertador. Mis buenos amigos me llevaron muy temprano hasta el aeropuerto de Inverness. Aún tuve tiempo de ver algo de amanecer antes de marcharme de la hermosa Escocia. Sentí cierta angustia por todos los acontecimientos que se habían precipitado de repente. Era como si estuviéramos afrontando el inicio de la tercera guerra mundial y tuviera que volver precipitadamente a casa, al frente. Esa era más o menos la sensación que tenía por dentro. Llegué a Londres y cogí un autobús. Por un descuido, estuve casi seis horas subido en autobuses, recorriendo de forma graciosa tres aeropuertos londinenses. Por fin llegué a mi destino, donde iba viendo por las pantallas a medida que pasaban las horas como se iban cancelando los vuelos hacia Italia o España.

Por suerte mi vuelo no se canceló. Era el último avión para España y era de las últimas plazas que quedaban. En el avión había un ambiente excesivamente cargado. Todos habían dejado algo. No era un vuelo normal, y eso se percibía en el olor, en las caras angustiadas, a veces de miradas desconfiadas por si alguno fuera portador del coronavirus. El avión llegaba muy tarde a España y había pedido a varias personas que me recogieran a mi llegada. Pero había demasiado miedo a salir. Se había decretado el estado de queda y no era recomendable ningún tipo de desplazamiento. De repente me sentí como un náufrago perdido en una gran deriva. Solo ella se atrevió, atravesando media Galicia para ir en mi búsqueda. Cuando el avión aterrizó, una chica lloraba porque la policía había impedido a su novio ir a recogerla. El miedo se extendió entre los pasajeros porque no sabíamos qué nos esperaba a la llegada.

Quedé con ella a las afueras del aeropuerto. Tenía miedo de que la policía la interceptara y le impidiera llegar. A la salida había un control policial, pero tuve la sensación, al ver la sonrisa de los policías, que nos recibían como héroes. De alguna manera, habíamos renunciado a algo para estar entre los nuestros. Me alegró mucho el recibimiento policial, y la sonrisa amable y sincera, cómplice, de ese agente que nos atendía con cierto cariño mientras nos pedía la documentación. Hubo una bonita reconciliación humana.

Salí con algo de miedo a las afueras. No sabía qué me iba a encontrar y caminé con cierta ansiedad hasta la rotonda donde habíamos quedado. Ella apareció como una heroína que rescataba a un náufrago. De repente la miré y sentí un profundo agradecimiento, un profundo reconocimiento a su valentía, a su generosidad, a su valía. Alguien había arriesgado algo de sí misma en sacrificio por otro. Era solo un gesto, pero para mí, era algo más que eso. A los pocos kilómetros, ya aparentemente a salvos, paramos el coche en la cuneta y salimos para abrazarnos, como hacen esos enamorados que se besan con desesperación en tiempos de guerra. Fue un momento hermoso y emocionante, significativo, revelador.

Llegamos a las dos de la mañana después de casi veinte horas desesperadas para llegar a casa. Me embriagaba una sensación de cumplimiento con cierto deber, sin saber de qué deber se trataba. Al menos una sensación de alivio por estar en casa, en la pequeña cabaña, abrazado al destino que siempre une aquello que parece inevitable. Vivir un tiempo extraordinario, experimentar grupalmente una vivencia que jamás hubiéramos imaginado, resultaba algo más que sorpresivo.

Y ahora la incertidumbre. Hoy me tiré todo el día, aún con el cansancio bajo los pies, viendo la situación empresarial. Ni un solo pedido en días, ni un solo ingreso. Gasté lo último que quedaba en comida para un mes. A partir de ahora todo es incertidumbre, supongo que algo así como suspensión de todos los pagos y cancelación de todo tipo de compromisos económicos. Las obras en la casa quedaron sin terminar, los libros en el aire y la vida enseñándonos sobre lo esencial y verdaderamente importante.

Me quedo con el acompañamiento, con el abrazo a las afueras del aeropuerto, por el compromiso renovado, con la esperanza de que esto puede ser una oportunidad para hollar el mundo nuevo, o al menos, para poder imaginarlo, soñarlo. Me quedo con nuestra vulnerabilidad, con nuestros miedos, pero también con los actos heroicos de todas las personas que están dándolo todo estos días, me quedo con la esperanza. También con la sonrisa amable del agente de policía al recibirnos en el aeropuerto. Éramos quizás los últimos. Éramos los que preferían enfrentarse a lo que venga de frente, en casa. Me quedo, por supuesto, con el abrazo de mi particular héroe. Agradecido, eternamente agradecido.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

De vuelta a casa


a

Estoy en Escocia. Llegué ayer a las Highland desde Ginebra. Los aviones estaban medio vacíos. En Londres parecía todo normal si no fuera porque el aeropuerto parecía un lugar tranquilo y apacible, sin las normales aglomeraciones. Un día antes, justamente cuando O Couso cumplía seis años de existencia, moría a los cien años Dorothy Maclean. Por un momento sentí que había venido a despedirla. Siempre he sentido mucha gratitud por los tres fundadores de la comunidad de Findhorn, y siempre sentí una gran alegría por haber podido compartir meditaciones con uno de ellos en vida. El lazo entre Findhorn y O Couso tiene que ver con La Resplandeciente, con el séptimo rayo, con S. G. y con muchas más cosas difíciles de explicar y entender.

No me dejaron entrar en el último autobús que llevaba a Findhorn. No sé si porque era español o porque el conductor tenía ganas de llegar pronto a casa. “Coge un taxi o vete andando”, me espetó con muy mala educación. Opté por la segunda opción. Anduve durante una hora desde Forres hasta casi el cruce con Kinloss rodeando toda la hermosa bahía. Allí María me encontró y me rescató de mi ya nocturna caminata. Nos abrazamos en la comunidad sin temor al corona-virus. Hablamos durante unas horas y nos fuimos a descansar.

Hoy fue un día de mucha intensidad. Fuimos a pasear a la bahía y contemplar las focas que posaban a lo ancho de la playa. El poder verlas y escucharlas fue todo un precioso espectáculo. Fue un paseo hermoso que hicimos tras la meditación en la sala de la comunidad. Comimos una focaccia en la bahía mientras volvíamos despacio hacia casa y recordaba viejos tiempos. Hacía trece años que vine aquí por primera vez en una época de muchos cambios y poderosas experiencias. En Findhorn cambió radicalmente mi vida hace ya más de una década.

No paraba de mirar las noticias. Estamos viviendo un momento excepcional. En teoría tenía mi vuelo de vuelta para finales de marzo, con la oportunidad de poder asistir a un hermoso ritual de equinoccio. De repente vi un video de un médico que explicaba a su manera la angustiosa situación que se está viviendo en los hospitales. Me sentí moralmente incómodo y decidí buscar un vuelo de vuelta inmediato.

Conseguí un vuelo con algunas extrañas escalas para mañana. Solo he estado en Findhorn, en Escocia, un día. Mañana regreso si resulta posible. Siento la necesidad de estar allí, con los míos, en casa, en estos momentos difíciles. Siento la obligación moral de ser útil donde más se necesite. Y si dentro de esta extraña ruleta toca morir, prefiero hacerlo allí. Nunca antes nos habíamos enfrentado a un reto social de tamaña magnitud, y sea o no sea todo una pura ilusión, deseo vivirla en primera persona en mi pequeña cabaña.

No sabemos qué va a pasar a partir de mañana cuando todo cierre. No sabemos de qué vamos a vivir si dejamos de recibir ingresos, si las empresas empiezan a cerrar en cadena. No sabemos cuánto se puede alargar esta situación y hasta cuánto podremos resistir en la incertidumbre. Ahora toca ser valientes, toca estar a la altura de las circunstancias y toca afrontar esta situación con dignidad y esperanza.

Juntos podremos afrontar el reto que se nos presenta. Una oportunidad para analizar profundamente la debilidad de nuestra sociedad, pero también la fortaleza de aquello que más nos une. Seamos fuertes y valientes, solidarios y cooperantes. Todo un país, todo un continente, todo un mundo se enfrenta a una nueva amenaza. La enseñanza que saquemos de esto será nuestra propia salvación futura. De alguna manera, la vida nos empieza a preparar para lo que se pueda avecinar próximamente. Estemos atento al aprendizaje.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Humanos en tiempos de crisis


a
© Fabienne Bonnet

«Decir simplemente algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los humanos más cosas dignas de admiración que de desprecio». Camus

El miedo se apodera de todo. Lo estamos viendo en estos momentos de crisis, de plaga. Me pregunto qué hubiera pasado si esta misma plaga, en vez de matar un cinco por ciento de los afectados, el porcentaje se hubiera disparado hasta el cincuenta por ciento. Nadie estaría a salvo del terror inoculado en nuestra psique, y por lo tanto, todo se autodestruiría por sí solo. Algo así nos decía Camus en su obra Calígula: “No se puede destruir todo sin destruirse a sí mismo”. La autodestrucción ocurre con demasiada frecuencia. El cuidado y alimento de las emociones es tan importante como el cuidado y alimento del cuerpo físico. El cuerpo físico se ha convertido en un templo, desdeñando el resto de los soportes que nos permiten convivir en vigilia en la vida real. Pocos se ocupan de cuidar la vida, la vida que nos rodea, su campo vital y etérico, su radiación mistérica. Pocos se ocupan de alimentar las emociones, de crear buenas ondas, irradiar amor y cariño, cuidados y alegría. Pocos cultivan y alimentan nuestros pensamientos acordes con una consciencia lúcida y definida, palpable en los elementos más abstractos de la existencia. Pero menos aún, pocos cuidan y alimentan nuestra moral, nuestros valores, nuestra virtud. Aquello que nos hace valerosamente humanos.

Nos hemos convertido, nos guste o no decirlo, en una plaga para la naturaleza, para todo el planeta. Revertir la situación creada será francamente complicado. Quizás por ello la naturaleza, ante el hartazgo que supone soportarnos, busca remedios para atajar la plaga que está viviendo. El corona virus podría ser simplemente un pequeño detonante de algo que podría agravarse en pocos años. Estamos ante las consecuencias de la civilización nihilista. Cuando rechazamos todos los principios, ya sea estos espirituales o morales, entramos en la espiral de que nada en la vida tiene sentido. Esto crea un problema de fondo. Todo radica en la pérdida progresiva de sentido la cual aboca en la obcecación por lo abstracto. “Si nada tiene sentido, todo está permitido”, advierte Camus en Calígula. Incluso está permitida la mala educación, el egoísmo más feroz, la anulación del otro sin mayor compasión ni reparo. La verdadera desesperación nace de no saber a qué atenernos. Por eso la plaga provoca pérdida de sentido. Miedo a perderlo todo, inclusive nuestra vida aparentemente insulsa y sin valor.

Permanecer cerca de los seres y las cosas que nos rodean podría ser una vuelta a la realidad, una vuelta al sentido de la vida. El otro, el que tenemos cerca, el que tenemos al lado, deja de ser una entidad abstracta y se convierte en una entidad real, de carne y hueso, del cual se puede esperar siempre lo mejor. Quizás este tipo de crisis nos humanice hasta el punto de que nos volvamos más conscientes de poderosas virtudes.

Volver a la felicidad personal y compartida podría ser un buen camino para afrontar la que se avecina. No como un camino ingenuo o cursi, sino como una vía necesaria para la supervivencia humana. Decía Camus que la abstracción es el mal, porque de alguna forma nos aleja de la realidad. “Nos asfixia esa gente que cree tener la razón absoluta, ya sea con sus máquinas o con sus ideas”, decía. Nos aleja del otro cuando el pánico y el miedo, el rencor y el abismo entra en nosotros. Abstraerse de la vida es perderse la vida. No podemos cortar bajo teorías abstractas aquellas raíces que nos unen a la vida y la naturaleza, al otro sintiente. No podemos cortar el diálogo y la seducción con el otro en nombre de totalizantes ideas o creencias personales. Ese es el verdadero fracaso de nuestra naturaleza. Debemos reaprender a seducirnos, a cotejarnos y romper así con nuestra propia ensoñación personal.

Decía Camus que vivimos en el terror porque ya no es posible la persuasión, porque ya no podemos volver hacia esa parte de nosotros mismos que se reencuentra ante la belleza del mundo y de los rostros. Debemos abrazar de nuevo los corazones para que sean dignos de felicidad sin necesidad de agazaparnos al dolor o la servidumbre. Debemos lograr transformar nuestra humanidad en un verso apacible, en un canto real humano.

Reforzar la dignidad humana en estos tiempos puede ser una clave para, dentro del caos razonable en el que nos movemos, sigamos avanzando. No hay mayor valor y avance que comprometerse con la realidad, con el otro. No hay mayor bien que luchar una y otra vez, aún con el peligro de quedarnos solos, por aquello que nos humaniza. No debemos convertir nuestras vidas en un desierto por temor a equivocarnos, o en una idea abstracta que nos aleja de lo real. Debemos equivocarnos y al hacerlo, aprender, volver la mirada una y otra vez, sonreír ante el tropiezo. La virtud, la búsqueda de los valores, no implica perfección. Implica tropiezo, constante tropiezo cuando se escala tan sublime montaña. Y al hacerlo, nos volvemos valerosos, y sobre todo, verdaderos humanos.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

El ego espiritual


el ego espiritual

El orgullo y la crítica son las señas de identidad de aquellos que nos sentimos remotamente alineados con algún tipo de tendencia espiritual. La vanidad espiritual es quizás aún peor que la vanidad material. La tendencia al aislamiento, al juicio y al orgullo son los escollos que jamás nos dejarán entrar por la pequeña puerta estrecha. Ver la mota en ojo ajeno y no ver la viga, es propio de este proceso. El creerse iluminado, en posesión de algún tipo de verdad exclusiva o tremendamente alineado con alguna creencia o idea que divida o fraccione es incluso aún peor que aquellos que se consideran especiales por el hecho de pertenecer a una cultura, a una raza, a una lengua, a un pueblo o país. Todo aquello que divide, que nos hace sentir algo especial y que con ello nos aleja del otro, es una de las mayores trampas que el ego asume como propias.

Creer en la espiritualidad no es ser espiritual. Leer libros sobre espiritualidad o centrar nuestra atención en aquellos que hablan intelectualmente sobre la misma no es, ni remotamente, estar en el camino espiritual. El camino espiritual empieza con uno mismo como paso necesario para trascendernos y continuar así con el otro. Con uno mismo no significa aislamiento y concentrar nuestras vidas en la purificación y la oración. Con uno mismo significa estar atentos a aquello que nos separa del otro, y a aquello que infringe algún tipo de dolor o sufrimiento hacia el otro. En la categoría del “otro” podríamos incluir inclusive a nuestros hermanos animales, siempre tan olvidados en algunos ámbitos de la espiritualidad. El otro siempre será nuestro verdadero espejo. Nuestro verdadero maestro espiritual.

El orgullo nos aleja del otro. Siempre pensamos que nuestra corta visión de las cosas es la correcta. Esto incluye el apoderarnos de cualquier atisbo de verdad y engrandecerla a los ojos de los demás, aludiendo que solo ese puede ser el camino correcto. El orgullo nos hace enjuiciar y nos separa. Nos aleja de la compasión y tomamos los errores ajenos como auténticas decepciones, sin dar oportunidad al otro a rectificar, a mejorar, a ampliar su propia visión gracias a nuestra generosidad. Si alguien se equivoca ante nuestra corta visión, pasamos a eliminarlo de nuestro interés y excavamos para siempre una idea equivocada de toda su integridad. No se pueden juzgar doscientos actos buenos, dando mayor fuerza a un error entre tanto acierto.

Ser espiritual podría estar cerca de ver lo bello, de apreciar lo acertado y disminuir el mal que yace entre nosotros. Potenciar el bien no es más que sentir compasión por este mundo complejo. Avivar la llama del amor, inclusive cuando nos sentimos injustamente tratados, puede ayudar a espiritualizar el mundo. Estar enfadados con la vida no es espiritual. Lo espiritual es esforzarnos en compartir con el mundo alegría y bienestar, imágenes positivas y acciones de entrega y servicio. El ego espiritual no debería alejarnos del otro. Deberíamos comprender que no hay realmente un “otro”, a sabiendas de que las gotas que ahora se precipitan desde lo alto irremediablemente se volverán a reencontrar en el océano de la vida.

Espiritualizar la vida cotidiana solo puede ocurrir cuando nuestro pequeño ego observa y no interviene. Embellece y no aloja en sí mismo división alguna. Es estar atentos a las necesidades del otro, a la semilla que el otro alberga. Ser misericordiosos hasta con lo más pequeño, inclusive hasta con nuestros errores más torpes. Nuestro gran ego nunca podrá atravesar la puerta estrecha. Solo cuando humildemente nos arrodillamos ante la inmensidad envolvente, solo cuando generosamente perdonamos al otro sin mediar palabra, podemos atravesar el umbral y expandir así nuestra consciencia. Veremos al otro lado la luz, solo para poder traerla al mundo. En silencio, calladamente, con acciones continuas y diarias.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

La reorientación del dinero con fines éticos y espirituales


a
© Alain Baumgarten

 

Una conocida empresa tecnológica ha perdido en los últimos meses cerca de cinco mil millones de euros por la crisis del coronavirus. Si tenemos en cuenta que su facturación puede rondar los sesenta mil millones de euros ¡¡al trimestre!! podríamos pensar que las pérdidas pueden llegar a ser peccata minuta. Con cerca de doscientos mil millones de euros en efectivo, uno nunca podría imaginar todas las cosas de bien que se podrían hacer con tanto dinero.

En la pequeña empresa editorial no sabría decir aún si los efectos van a ser devastadores. La empresa no tiene dinero en efectivo, pero tampoco un exceso de deudas. Una de las premisas que pensamos antes de lanzarnos a la aventura empresarial fue a costa de no endeudarnos con ningún banco. Eso permitió que nunca creciéramos en facturación, a cambio de la libertad de ir editando libros de escaso o nulo valor comercial, pero sí de un gran valor espiritual. Por suerte solo debemos unos pocos miles de euros que quizás podamos afrontar poco a poco en un futuro. Por suerte esto nos permite seguir adelante con nuestra labor cultural y espiritual.

La editorial siempre funcionó más como una ONG que como una empresa. Si tiene algo de dinero intenta ayudar a otros. Si tuviera remanente suficiente contrataría a personas que necesitaran un puesto de trabajo. Eso sería ideal, sobre todo para no soportar totalmente el peso de la gestión de una pequeña empresa y toda su propia y misteriosa logística.

Los mil euros asignados de nómina suelo administrarlos de forma austera. No es mucho dinero pero con eso voy supliendo mis necesidades más básicas. Vivir en una humilde cabaña tiene que tener alguna ventaja. Con esa pequeña asignación pago algunos caprichos. Entre ellos algunos viajes como los de ahora. Mis vacaciones suelen ser voluntariados. Unas semanas en Ginebra al año encerrado en una hermosa oficina llena de libros esotéricos es mi forma de disfrutar de un merecido descanso. Trabajar ocho o nueve horas diarias editando libros de mística durante tres semanas al año es mi forma de desconectar del mundo. A veces también marcho a Escocia, a la comunidad de Findhorn. Una semana al año es suficiente. Allí suelo escribir, reeditar libros agotados o poner al día asuntos de la fundación, del proyecto o de la propia editorial. La austeridad del resto del año me permite estos escenarios. No tener vicios tiene sus ventajas. La austeridad tiene sus recompensas.

El año pasado terminó económicamente sin excesos pero bien, y este año, gracias a la infinita generosidad de buenos amigos, las cuentas de la editorial se han estabilizado, lo cual he aprovechado a su vez para apoyar a otros. Al menos hasta septiembre, momento en el que volveremos al reto acostumbrado. Por otro lado, la fundación parece que está cumpliendo con su propósito. La casa de acogida está casi lista, a pesar de que hoy, aprovechando mi ausencia, hubo una rebelión de los obreros que amenazan con no seguir trabajando si no les adelanto algún dinero más. A pesar de que estos dos meses hemos sido puntuales en los pagos, es verdad que las dos últimas semanas hemos pinchado y eso ha creado un cierto pánico que ha coincidido con mi marcha. Veremos a ver cómo termina el aglomerado de acontecimientos.

Esta mañana realizábamos en grupo la meditación para la reorientación espiritual del dinero. Si esas meditaciones consiguieran que todos los recursos que se gastan al año en armamento pudieran ser reorientados para fines pacíficos, para cultura, para educación, para convivencia, el mundo sería otro. En mi pequeño negocio, por llamarlo de alguna manera, ocurre precisamente eso. Todos los recursos son reorientados no para fines egoístas, sino para compartir, para crear lugares de convivencia donde el mensaje de la cultura de la paz permeabilice cada vez a más consciencias. Si consiguiera más recursos, la proporción sería la misma. Crearía más lugares donde personas pacíficas y orientadas espiritualmente pudieran llevar a cabo labores de servicio, de estudio y de meditación. El reto en estos días es encontrar vocaciones, personas realmente orientadas al servicio y con deseos de desentrañar los misterios que se engendran en comunidad. La iniciación grupal será lo que validará los nuevos tiempos, y será el grupo, y no el individuo, el que gestará los cambios para la nueva era que viene.

Supongo que en los próximos años deberé prestar más atención no solo a la reorientación del dinero con fines espirituales, sino a su correcto desarrollo. En un cenobio moderno veo necesario que los escribas sigan editando libros imprescindibles de la tradición, de la sabiduría perenne, para que esta siga en la cadena áurea. En ese sentido la editorial ya está madura para seguir con esa labor. También la construcción del templo requiere proeza y dedicación. Nuestro pequeño templo, llamado escuela, será la semilla de inspiración para el futuro.

Hoy los coordinadores de la Escuela en Ginebra nos invitaban a cenar una típica fondue suiza. En la conversación salía el tema inevitable de cómo se estaba desarrollando el proyecto de la futura Escuela en Samos. La preocupación va más allá de cómo reorientar el dinero para la consecución de su construcción. Este es un gran reto. Pero el reto futuro, y al que debo empeñar parte de los próximos diez años será el dotar de contenido útil lo que allí se vaya a compartir. Eso requerirá de mucha disciplina, contemplación, meditación, oración y silencio. También de mucho estudio añadido y de buenos colegas y aliados que deseen participar en esta pequeña utopía. Ese será el próximo reto vital. Un doctor en el estudio del ser humano, con un cierto bagaje, acompañado de excelentes aliados, algo, aunque sea modesto, podrá aportar. Que así sea.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar