Ser una cucaracha no parece tan terrible


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© Sandra Herber

Gregorio Samsa soñaba que era una gran cucaracha. Kafka describió anecdóticamente como uno podía pasar de ser un tranquilo comerciante de telas a convertirse, de repente, en un gran insecto. Todos sufrimos alguna vez algún tipo de mutación o transformación, algún tipo de metamorfosis extraña. Yo mismo la he sufrido en estos meses. Ahora soy un individuo diferente. Tan diferente que estoy más próximo a las cucarachas que a lo que realmente era hasta hace muy poco. Justo en estos días hace un año que pasó algo aparentemente terrible.

Mi novia de entonces encontraba un trabajo y decidía marcharse lejos, a otro país, transformando mi mundo a partir de ese momento en una pesadilla kafkiana. El trauma y la transformación duró lo que dura un parto. Nueve meses. A partir de ahí, bajo las cuevas de Qumran, en pleno desierto israelí, mi vida empezó a deslizarse por otra dimensión anímica, por otras sensaciones emocionales diferentes. Entró en mí algo así como una nueva forma de entender las relaciones. En ese instante, ante la pasión del momento, la luna llena y el vacío que uno siente cuando se deja transformar por la experiencia, no me di cuenta de la mutación que empezaba a sufrir dentro de mí. Allí, en el desierto, empecé a transformarme en cucaracha, en un bicho raro.

Debo decir que he batido mi record en cuanto a soledad se refiere. Nunca, desde que muy tarde empecé a tener mis primeras novias, había estado tanto tiempo sin pareja. Las relaciones formales que durante tantos años he sentido como necesarias han dejado de existir en mi universo inmediato. Realmente no deseo ningún tipo de relaciones, al menos de esas que implican un compromiso y una responsabilidad estrecha en cuanto a la vida íntima. En este año he podido besar a dos mujeres, abrazarlas y desapegarme de ellas tan rápido como tan rápido pasa un veloz rapaz encima de su presa. Algo tan rápido y fugaz que ni tan siquiera pude saborear. Algo que nunca había experimentado hasta ahora pero que, de alguna forma, me ha liberado interiormente de unas ataduras y compromisos que no tenían ni pies ni cabeza.

He descubierto, a buena hora, que cuando una mujer se acuesta y yo me acuesto con ella, que diría el poeta, no implica necesariamente el tener que crear un vínculo inmortal. He descubierto que si una mujer te besa y te dejas besar por ella no tienes por qué inmolarte en la pila inmortal del deseo. En definitiva, he descubierto que ser una cucaracha emocional no es tan malo. Se puede sobrevivir a un beso sin mayor apasionamiento. Se puede sobrevivir a un abrazo sin necesidad de mucha más implicación, aunque el abrazo sea desnudo, sin cortapisas, sin estreñimiento. Incluso he descubierto que uno puede besar al prójimo próximo sin necesidad de estar enamorado, cosa que para mí, hasta ahora, era algo tabú.

Qué liberación más hermosa siento al no tener necesidad de compromisos emocionales. A buena hora, repito. Pero más vale tarde que nunca y más vale desnudarse poéticamente ante este nuevo relato desconocido, esta nueva forma de entender las relaciones humanas, este desapego inclusivo, abarcante, bello. Me siento un poco cucaracha en comparación a mi anterior versión. Algo más normal a la media, algo más distante, quizás algo más gusano. En todo caso, algo más insecto, sin mucha capacidad de sentir aquello que pueda hacerme daño y sin mucha ganas de repetir escenarios patéticos dónde la salud emocional pueda ser dañada por un plagio o una mentira. Me siento fuerte y libre, a buena hora. Y por ello, me siento algo más alejado de ese mundo de agua, de ese mundo escurridizo, de ese atormentado mundo astral, tan lleno de formas y colores y tan extraño para aquellos que vivimos más anclados en el mundo arquetípico. Me siento como caminando sobre las aguas. Me siento como volando a otros lugares más lejanos y diferentes. Sí, una cucaracha. Un gran insecto. Y no es tan terrible.

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Construir utopías


 

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Esta mañana feliz construyendo un estanque para Willy

Me hizo muy feliz la visita de esta semana de Manu y su familia. Nos habíamos conocido en aquellos años locos de carrera donde casualmente él, venido desde Euskadi y yo, de Barcelona, coincidimos en un mar de olivos en el sur del país. Nos hicimos uña y carne durante tres años inolvidables. A pesar del tiempo transcurrido el amor y el cariño permanecen intactos. Son de esas personas que te aceptan, que no te juzgan, que te aman incondicionalmente y viceversa. Hay seres que llegan a nuestras vidas para quedarse. Ayer su pareja lloraba mientras nos abrazábamos en la despedida. Sentía ese amor extraño hacia seres que de alguna forma sientes que son parte de algún tipo de familia, o de algún tipo de reminiscencia pasada, de otros tiempos pletóricos. Como si en otras vidas hubiéramos sido aliados y hubiéramos construido otros edificios, otros templos, otras utopías.

Hoy cogía la paleta de albañil y me ponía manos a la obra. Hacía tiempo que no mezclaba cemento y arena. Disfruté mucho con Joan mientras construíamos el nuevo estanque para los peces. Nos sentimos tan empujados a soñar que pensamos que, si éramos capaces de hacer el estanque, cuando terminemos de acondicionar la casa de acogida, seremos capaces de construir con nuestras manos la futura escuela de dones y talentos. Había una cierta emoción en el ambiente mientras poníamos cemento. Sentíamos que realmente no estábamos construyendo un pequeño estanque para peces de colores, sino algo más grande, algo más hermoso y profundo.

Nos dimos cuenta de que realmente estábamos construyendo una hermosa utopía, algo atemporal, algo venido de otras dimensiones. Hoy un estanque, mañana una cabaña, pasado una huerta con forma de mandala… Pequeños hitos que vamos haciendo mientras decenas de personas se acercan para ver qué está ocurriendo, qué se está creando, qué es eso que a todos nos conmueve por dentro y por fuera.

Mientras ponía cemento recordaba las lágrimas de mis amigos. Había una emoción extraña, la misma que sentíamos hoy en el círculo de consciencia. Cinco años haciendo lo mismo y sintiendo la misma emoción. En la meditación, en los cantos devocionales, en el yoga matutino. En el desayuno, en los círculos, en el compartir.

Los peces, mientras construimos su nuevo hogar, están a salvo en la cabaña. De nuevo reconstruyendo la triada simbólica. Willy, el gran pez, sobrevivió a todos los avatares que este último mes había sufrido. Por un momento pensé que lo expulsarían, que se marcharía para siempre, y simbólicamente, pensé que yo tendría que marcharme también. Pero entendí algo muy profundo, algo que hace doce años me recordaron en la comunidad de Findhorn, en Escocia: el proyecto está dentro del corazón. Si yo me marchaba, el proyecto desaparecería, al menos hasta que el proyecto esté también dentro del corazón de la gente que tendrá que soportarlo en el futuro. Gente que respetará su esencia, su intención, su labrado nacimiento en el corazón.
Por eso cuando vienen los aliados y se alinean con ese latir, siento una gran paz interior, una gran serenidad. La misma que siento cuando las piedras del camino se marchan y desaparecen. Hay mucho por hacer, y siento que hay que seguir construyendo la utopía, cueste lo que cueste. Gracia a todos los que la hacen posible…

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Robar a los ricos para dárselo a los pobres


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© Luca Eugeni

Cuando subo en un coche que vale más de cien mil euros algo en mí se rompe por dentro. Si fuera eléctrico al menos pensaría que todo es por la causa, pero cuando el coche tiene más de quinientos caballos de potencia y hago cálculos de toda la gasolina que consume imagino todo lo que se podría hacer con ese dinero y me da un síncope moral importante. Las grandes ciudades están plagadas de este tipo de ostentación. Es evidente que uno puede hacer todo lo que quiera con su dinero, pero me pregunto qué pasaría si algún día todas las mentes pudieran alinearse en una causa común donde la riqueza pudiera entregarse para crear un mundo mejor, más allá de nuestros egos, y no un mundo cada vez más ostentoso y perdido.

Por eso me gusta venir a la ciudad. Me siento una especie de Robin Hood que desea “robar” a los ricos para entregárselo a los pobres. A veces lo que robo solo son ideas, inspiración, formas de hacer las cosas para luego entregarlas al mundo de aquellos que carecen de ideas, inspiración o voluntad firme para llevar a cabo proyectos o mejoras en sus vidas. A veces no deja de ser un robo simbólico, pero admito que siempre hay algo de sustracción cuando cada vez más de incógnito, hago sugerentes incursiones a la gran ciudad.

El mejor de los robos es el desechar aquellas cosas que imprimen carácter al mundo egoico pero que nos alejan inevitablemente, por mucho que endulcemos nuestras vidas, del verdadero camino del alma o la consciencia. Podemos creer que somos mejores por dejar de comer esto o aquello o por poner difíciles posturas. Pero la virtud no viene marcada por modelitos y postureos más o menos espirituales. La verdadera virtud vendrá por nuestra conducta, a veces errática, a veces imperfecta, pero siempre con una intención clara de mejora, de exquisita generosidad, de cuidadoso respeto. Sea como sea, entiendo que cada cual hace lo que puede en su nivel conciencial y evolutivo, y que al final estamos aquí para aprender, para mejorar, para mejorarnos, mejor dicho, entre todos. Cuando hago recuento de la de veces que me equivoco al cabo del día, mi ingenua visión sobre la existencia se reduce a un halo de pobreza interior que intenta resurgir victorioso en la idea de que al menos «lo estoy intentando». La mejora versa sobre la audaz forma de soportar lo a veces insoportable, de entender que la vida puede ser hermosa o cruel según como miremos interiormente todo cuanto sucede.

La moral perdida que se abre camino en los campos nada tiene que ver con la moralina encubierta que se destila en la ciudad. Y hablo de la ciudad porque acabo de llegar de ella y aún no he conseguido recuperarme del impacto que esta vez, bajo el manto de la sensibilidad natural que nace en la salvaje naturaleza, he sufrido en mis carnes corpóreas y etéricas. Realmente empiezo a entender por qué nos empeñamos en vivir  hacinados en esa masa gris. Todos queremos dinero, todos queremos un apartamento porque en el fondo todos queremos ser como los pudientes que tienen la oportunidad de marcharse a la villa del campo. Esta es la gran paradoja. Los desarraigados que vienen del campo quieren hacer dinero para volver al campo. ¡Qué gran absurdo! Y en ese juego macabro pierden su conexión con la consciencia, con la moral, con la ética, con los valores, con uno mismo.

Tener dinero es lo único que importa porque tener dinero te permite tener cosas, y por lo tanto, te permite llenar los vacíos provocados por el abandono de nuestros sueños, por el abandono moral de nuestras vidas. El dinero no mata en sí mismo, nos mata la avaricia y el egoísmo que encierra su uso. Engrandece el ego pero empobrece el alma hasta matarla de hambre. Por supuesto no es un problema de dinero, sino de todo aquello que hacemos o no hacemos con el mismo. Es la avaricia y el egoísmo lo que nos pervierte. Uno puede ser rico en todos los sentidos al mismo tiempo que se inunda de amor hacia los demás. Pero la tendencia es la de acumular y acumular dejando al resto en cierta cuneta extraña, anónima, invisible ante esos ojos rojos de avaricia.

Me he sentido extraño en la ciudad. Nací en una gran ciudad, me crié en una gran ciudad y ahora llevo nada más que cinco años viviendo en las montañas y sus bosques. Y a pesar de todo, sé que no podría volver a esa masa gris, con sus grandes coches contaminantes, con sus ruidos, con su tristeza. Sí, seguiré robando a los ricos sus ideas para dársela a los pobres, a esos pobres que vivimos aquí, perdidos en los campos, entre árboles, disfrutando amablemente de la grandeza natural. Pobres que no tienen nada. Pobres que solo esperan el próximo amanecer.

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Entre el colapso y la transición


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Ayer viendo el atardecer en la noche mágica de San Juan

 

Una de las mayores fortunas de este país me invita a dormir en su casa, en Madrid. También una conocida periodista, presentadora de televisión. Dispongo de un hotel de cuatro estrellas a mi entera disposición y casas por doquier en la capital del reino. Me siento tan afortunado y agradecido que decido marcharme a Vallecas, a uno de los hotelitos más baratos que encuentro con tal de no hacer ruido, de permanecer solo unos instantes en esta vorágine que es la gran ciudad.

Desayunos, comidas, meriendas y cenas una tras de otra. Algunas de trabajo y la mayoría por el placer de pasar un buen rato con buenos amigos. Amo a Madrid pero admito que cada vez me cuesta más estar entre tanto ruido, contaminación y gente. En la montaña, en la vida salvaje, perdí esa especie de capa opaca que nos inmuniza a todo esto. En la naturaleza te vuelves sensible. Los sentidos desarrollan una capacidad extraordinaria de asimilación de los contornos suaves, de las líneas maleables que se tejen en todo el espectro de color, sabor, olor, sonidos y tactos tan diversos y variables. En la ciudad solo hay un ruido ensordecedor, solo un color, normalmente gris, solo un olor como a cloaca o a colilla recién apagada. Solo hay un sabor amargo a amianto o a dióxido y monóxido de carbono.

Me duele la cabeza y solo llevo aquí un día. Deseo marcharme. Lo haría si no fuera por los compromisos adquiridos. Volvería al bosque, volvería de inmediato a la vida salvaje sin pensarlo. Ahora sé que no podría volver a eso que llamamos vida civilizada. Realmente esto me parece atroz, endemoniado. No es una crítica sin más. Es una realidad. La ciudad deshumaniza, intoxica nuestras almas, nos separa de la vida.

El fin de semana ha sido muy intenso e interesante. Tuvimos la gran suerte de disfrutar de una hermosa Ola que llegó suave desde la inmensidad del océano. Me sorprendió la profundidad de su mirada, la belleza hipnotizante de sus profundos ojos verdes. Cuando algo o alguien es bello te gusta contemplarlo anestesiado. A veces admito que siento cierto pudor al hacerlo, de ahí que tenga que disimular el amor hacia lo bello. Un amor sano, desapegado, maravillado. Un amor libre, pausado, tranquilo, maduro. Este amor por la belleza vino acompañado por un amor a la inteligencia y la elegancia. Llegó desde la capital de Europa un alto directivo, una persona exquisita, cortés, inteligente, educada, bello por dentro y por fuera, un enlazador de mundos. Con grandes inquietudes que me hizo coger notas de casi todo lo que hablaba. Eso me maravilló porque no siempre puedes tener la oportunidad de mantener conversaciones inteligentes, interesantes y que ayudan a pensar, a expandir la consciencia, a interrogarte sobre todas las cosas.

Así que esa doble belleza pudo pasear en la noche de San Juan por caminos y sendas que nos recordaban la importancia de la resilencia, de la renuncia, de la restauración, de la reconciliación entre lo humano y lo natural. Nos habló de la adaptación profunda que como especie necesitamos para no sucumbir. Nos habló del paseo del tiempo profundo, de lo insignificante que somos en comparación a la edad de la Tierra y de todo el daño que estamos ocasionando en tan solo doscientos años de locura tecnológica. Entre el colapso y la transición era el tema candente que nos hacía pensar sobre si aún estamos o no a tiempo de salvar el planeta, si se trata tan sólo de un pequeño resfriado, un estornudo cósmico, o de algo más grave y severo.

Viendo esta gran ciudad y todos sus avatares uno se vuelve grotescamente más a favor de las teorías del colapso al que estamos inevitablemente abocados. Pero cuando recuerdo el bosque, la pequeña cabaña, las montañas, los pajarillos y la belleza de cualquier puesta de sol, vuelve a mí la esperanza, la fe, la nueva buena. Me siento entonces pleno y glorioso y veo claramente que un nuevo mundo es posible. Muchas veces me pregunta por qué, pudiendo elegir entre la riqueza, decidí elegir la simplicidad voluntaria. Ahora lo entiendo mucho mejor. Si todos de repente lo hiciéramos, si dejáramos de consumir cosas y empezáramos a consumir atardeceres como el de ayer, experiencias, la vida de todo el planeta cambiaría para siempre. Esa es la apuesta, ese es el camino, cumplamos en la medida de nuestras posibilidades con nuestra parte. Hacer la vida más simple y sencilla es hacer la vida más bella y plena.

Gracias hermosas almas, gracias Cris y Fernando por tan hermosos paseos. Gracias por hacer la vida más bella con algo tan sencillo.

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De la representación a la revelación


 

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© Andi Agusandi

Hay espacios que pueden servir de inspiración. A veces son lugares cargados de símbolos, por eso de que el arquetipo, a nivel inconsciente, es capaz de atraer verdades diferentes a las que la norma o lo normal suele hacer. Es decir, el símbolo sujeta en nosotros una realidad más amplia de la que estamos acostumbrados a ver. El universo es una tentación totalitaria inabarcable. Las representaciones sobre el infinito universo pretenden homogeneizar esa mirada finita y limitada con la reconciliadora sensación de aproximarnos a cierto misterio. Hay un discurso y una práctica, una regla que seduce al avispado emprendedor, al curioso que mantiene fija la mirada en esos espacios arquetípicos.

Todos los templos, sin excepción, suelen ser lugares que intentan representar de forma simbólica el universo entero. Todo templo tiene su bóveda celeste, su planta terrena, sus estrellas, su sol, representado por diferentes figuras, ya sea una cruz, ya sea un círculo o cualquier otro aspecto que nos acerque al astro rey. Comprender esta esencia nos acerca con respeto, tolerancia y humildad a una verdad mayor: existe una necesidad interior humana para acercar el misterio a nuestras vidas, y al no tener un mapa detallado para ello, lo representamos, a veces torpemente, para cobijar en esa representación un sentido único de existencia.

Es por eso que toda representación es una auténtica revelación para aquel que recibe la impronta de lo sagrado. Sagrado en cuanto alejado de las formas, de lo sustancialmente cotidiano, y más cercano a la vida extraordinaria que se teje misteriosamente en nuestro interior. El símbolo nos ayuda, pero la ausencia de los mismos, acercados todos desde el noble silencio, puede llevarnos a cuotas de interpretación mayores.

El espíritu siempre busca saciar su espiritualidad más íntima y profunda en estadios mayores de comprensión. No se trata de adivinar hacia dónde queremos dirigir nuestros pasos ritualísticos, sino más bien hacia qué. No es un lugar, es un estado del ser. Y el ser, por definición, es omniabarcante, no como entidad individual que plasma su limitación en un espacio-tiempo definido, sino más bien como expresión de un todo mayor capaz de penetrar cada minúscula partícula de realidad. El ser siempre se inclina para ver, para penetrar, para respetar cada punto de la creación, cada error, cada detalle, cada curva, cada esquina. No juzga porque el ser está instalado en cada una de las partes que compone el todo. Como buen holograma, solo requiere visión. Y la visión siempre llega en el silencio. Veinte minutos de silencio para poder acceder al portal que nos lleva de la representación a la revelación. Veinte minutos de silencio para que el Ser se instale en nuestro pequeño ser y seamos Uno con el Todo. Así opera el Misterio, en audaz silencio. Así se revela.

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Cuando os hablo de mí, os hablo de vosotros


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© William Smith

«Cuando les hablo de mí, les hablo de ustedes.
¿Cómo no se dan cuenta?»   Victor Hugo

Más allá de la escritura, herramienta que suelo utilizar para cierto desahogo intelectual, emocional o visceral, no me gusta habla de mí. Soy por naturaleza reservado, callado, tímido. No suelo exprimir la sien con grandes conversaciones excepto con aquellos que me conocen desde hace muchos años y ya no hay forma de engañarlos. Desde hace una semana estoy aprendiendo a hablar claramente y con transparencia con desconocidos. Desconocidos son todos aquellos a los que aún no he abierto el corazón, no importa si llevan años viviendo con uno o más de una vida intentando acercar posturas irreconciliables. Ahora ando descubriendo eso tan lejano en mí como es lo de luchar por cada segundo de vida, por exigir lo que a uno en justicia le pertenece o eso no tan claro de aprender a decir no, esa palabra que a veces uno intenta dulcificar con exceso de excusas para no dañar los corazones rotos.

Uno se hace fuerte con la experiencia, con las pruebas de la vida. Ya no siento una especial infelicidad, empiezo a disfrutar del mundo en el que estoy viviendo, el mejor de los mundos posibles, el mejor de los regalos. Y me doy cuenta de que todo, los paisajes, los escenarios, las personas, son como puentes que se dibujan en una realidad que sirve para aprender, para avanzar, para hacernos mejores. Una realidad que se teje en sueños y que nunca sabemos nada sobre su misteriosa naturaleza.

Por eso, de alguna manera, cuando hablo de mí y de mis cosas, realmente estoy hablando del otro, de aquello que circunda mi realidad y la compone. Lo decía Víctor Hugo y no se equivocaba. Lo decían también en la Polinesia con aquello de que soy otro tú, y por lo tanto, cuando hablo de mí, estoy hablando de ti, y algo dentro se refleja, algo dentro palpita cuando subo escarpadas cumbres o cuando bajo diáfano hasta los valles y puedo contarlo con felicidad o amargura, con delicadeza o arrebatamiento.

Últimamente no tengo mucho que contar porque estoy bien. Quiero decir que ocurren cientos de cosas como suele siempre ocurrir en la vida de aquellos que se exponen excesivamente, pero ahora ya no me afectan como antes. No es que sienta que esté por encima del bien o del mal, pero sí observo los acontecimientos con cierto desapego. Miro todo lo que pasa con distancia, sufro menos y por lo tanto puedo dedicar más tiempo a la contemplación, a la búsqueda de la felicidad en las cosas sencillas. En lo sencillo descubro lo verdadero, y en lo complejo descubro la síntesis, la fórmula maestra para salir de cualquier laberinto.

Ya no tengo miedo a la oscuridad humana, solo intento ver luz allí donde otros ven sombras. Y ahora veo luz en todo, incluso en lo grotesco, en la huida, en la miseria, en la ignorancia. Incluso puedo ver luz en mis propias sombras, que no son más que el reflejo de las sombras que todos tenemos. Y esta visión me reconforta, me reconcilia, me anima. Por eso, cuando os hablo de mí, os hablo de vosotros.

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Los Estados Unidos de Europa, hacia la fraternidad humana


“¡Un día vendrá en el que las armas se os caigan de los brazos, a vosotros también! Un día vendrá en el que la guerra parecerá también absurda y será también imposible entre París y Londres, entre San Petersburgo y Berlín, entre Viena y Turín, como es imposible y parece absurda hoy entre Ruan y Amiens, entre Boston y Filadelfia. Un día vendrá en el que vosotras, Francia, Rusia, Italia, Inglaterra, Alemania, todas vosotras, naciones del continente, sin perder vuestras cualidades distintivas y vuestra gloria individual, os fundiréis estrechamente en una unidad superior y constituiréis la fraternidad europea, exactamente como Normandía, Bretaña, Borgoña, Lorena, Alsacia, todas nuestras provincias, se funden en Francia. Un día vendrá en el que no habrá más campos de batalla que los mercados que se abran al comercio y los espíritus que se abran a las ideas. – Un día vendrá en el que las balas y las bombas serán reemplazadas por los votos, por el sufragio universal de los pueblos, por el venerable arbitraje de un gran senado soberano que será en Europa lo que el parlamento en Inglaterra, lo que la dieta en Alemania, ¡lo que la Asamblea Legislativa en Francia! (Aplausos). Un día vendrá en el que se mostrará un cañón en los museos como ahora se muestra un instrumento de tortura, ¡asombrándonos de que eso haya existido! (Risas y aplausos). Un día vendrá en el que veremos estos dos grupos inmensos, los Estados Unidos de América y los Estados Unidos de Europa (Aplausos), situados en frente uno de otro, tendiéndose la mano sobre los mares, intercambiando sus productos, su comercio, su industria, sus artes, sus genios, limpiando el planeta, colonizando los desiertos, mejorando la creación bajo la mirada del Creador, y combinando juntos, para lograr el bienestar de todos, estas dos fuerzas infinitas, la fraternidad de los hombres y el poder de Dios”. (Víctor Hugo)

La utopía hugoliana de una Europa unida se puede resumir en esta frase: “se llamará Europa en el siglo XX y, en los siglos siguientes, más transfigurada entonces, se llamará Humanidad”. Resulta hermosa la idea de una Europa unida que aspira con los siglos a una humanidad unida. Un ejemplo de cómo las naciones pueden convivir en paz y equilibrio, tal y como ocurre en España, donde pueblos singulares han sido capaces de convivir durante siglos. Es cierto que esta convivencia, como ha ocurrido en Europa, a veces ha sido dramática, de ahí que el reto de las próximas generaciones sea encontrar un encaje positivo en la convivencia unida de los pueblos, cada uno con su idiosincrasia, cada cual con su propia manera de entender la existencia. Pero unidos para el bien mayor, el de la fraternidad entre los pueblos, en el amor y respeto de las singularidades.

Unidos también en Europa, donde los egoísmos nacionales y los orgullos patrios dejan paso a la fraternidad que algún día aspira a ser planetaria. Es cierto que aún estamos lejos de esa unidad fraternal, pero esa es la gran utopía. La vida singular en un planeta unido, libre de fronteras donde todo ser humano pueda vivir fraternalmente más allá de sus creencias, sus naciones y sus patrias. La aspiración está ahí, debemos dar pequeños pasos hacia esa idea fraterna y convivir bajo esa esperanza de paz y amor fraternal.

Todo aquello que divide nos aleja de ese anhelo. Por eso, ante los retos que se presentan, especialmente los retos climáticos y ecológicos, es necesario unirnos en poderosa fraternidad para afrontar juntos cada uno de los problemas que la humanidad arrastra desde hace siglos, y especialmente, aquellos que ahora hacen peligrar la vida en el planeta. No podemos seguir perdiendo el tiempo mirando nuestro particular ombligo, nuestro peculiar orgullo nacional. Llega el tiempo de ceder en amistad, en amor hacia el otro, en cariño hacia la diferencia para lograr esculpir esa humanidad unida que todos anhelamos. El discurso del político belga Verhofstadt que aquí se acompaña nos da pista de hacia dónde dirigir nuestros pasos.

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Qué valiente te ves temblando de miedo


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© Ilias Varelas 

“Qué valiente te ves temblando de miedo, pero arriesgándote a vivirlo” J. Guerrero

Me estoy acostumbrando a perder. A perder amores, a perder amigos, a perder cosas, muchas cosas, a perder dinero, a perder honores, a perder credibilidad, a perder verdades, a perder cariño, sensibilidad, orgullo, a perder, sobre todo, vida, mucha vida. Cada vez me cuesta menos perder. Miro las pérdidas y veo que son siempre mayores que las ganancias. Intento preguntarme por qué algo que debería multiplicar, cualquier cosa, últimamente está entrando en receso. Quizás tenga que ver con esa arriesgada mirada hacia la vida, con esa necesidad de vivirla en toda su profundidad manifiesta. Realmente tiemblo de miedo cuando me tengo que enfrentar a tanta pérdida. Una tras otra, acumuladas en una montaña que cada vez se hace más pesada, más tremenda y temeraria. Hay personas que tienen la facilidad de multiplicar y otras que tenemos la facilidad de perder. Hay magos de la pérdida, auténticos aventajados del quebranto, de la merma, hay valientes que arriesgan tanto que tiemblan de miedo.

Así me encuentro ahora, con necesidad de seguir arriesgando vida, a sabiendas, y lo digo temblando de miedo, que habrá muchas más posibilidades de pérdida que de ganancia. Pero lo intento una y otra vez, me tiro al fango, disfruto de la suciedad que cualquier camino acumula en las botas. Produzco sueños imposibles e intento avanzar hacia ellos. Sí, seguramente todo será pérdida, pero qué gran ganancia supone el haberlo intentando, una y otra vez, sin miedo a perderlo todo. Intentar cosas una y otra vez es fracasar una y otra vez, pero el fracaso encierra siempre algo de verdad, algo de ternura, algo de ganancia. Uno puede temblar de miedo, pero no dejar de intentarlo. Y si lo intenta es porque guarda interiormente la fe y la esperanza de que pueda ocurrir algo milagroso, algo diferente, algún tipo de conquista interior.

La valentía consiste en eso, en ser osados, en arriesgar, aunque por dentro sientas auténtico pavor. Es mirar el horizonte, otear el destino sintiendo la vida recorrer nuestro interior más profundo. Uno nunca sabe cuando será la hora de la extinción. Hacemos planes con cierto optimismo, como si en verdad fuéramos eternos y la partida en la que nos encontramos fuera a durar toda la existencia. Pero los valientes que por dentro tiemblan saben que en cualquier momento puede llegar el final. El final de todo, o el final de algo. En eso consiste la pérdida, en terminar algo, en acabar algo, en arrodillarnos, cuanto más crecemos hacia lo alto, con humilde inclinación.

Es la enseñanza del bambú. Cuanto más crece, mayor es su inclinación humilde. Uno puede crecer y acometer retos, pero mayor deberá ser su humildad para que los vientos no terminen por quebrar la obra. De ahí el miedo valiente, de ahí la osada predisposición a seguir adelante. Sí, seguiremos perdiendo, pero al hacerlo, algo quedará dentro, alguna enseñanza, algún amor, algún abrazo sentido y sincero. Algo quedó de todo, de ahí mi mayor agradecimiento a todas las pérdidas sufridas. De ahí mi ganancia.

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Un mundo en espiral


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Llega un momento en que es necesario abandonar las ropas usadas que ya tienen la forma de nuestro cuerpo y olvidar los caminos que nos llevan siempre a los mismos lugares. Es el momento de la travesía. Y, si no osamos emprenderla, nos habremos quedado para siempre al margen de nosotros mismos. (Fernando Pessoa)

Ese momento está llegando. La travesía espera conmovida los pasos que deberán llevarme hacia otros lares, hacia otras perspectivas y otras visiones. Me di cuenta en el último viaje al que me invitaron tras aterrizar de Ginebra. Hacía mucho tiempo que nadie me invitaba a viajar sin que tuviera que preocuparme de nada. Lo vi como una señal cuando no tuve que pensar ni adivinar hacia dónde nos llevaría la vida. Sólo subir al coche y disfrutar de los paisajes, de los nuevos caminos. No tenía que cavilar ni organizar, no tenía que detenerme sobre los detalles ni sobre el coste del mismo. Sólo buscar a ese niño interior y dejarlo disfrutar de todo cuanto ocurriera. Así lo hice. Fue tal el olvido que solo me acordé de meter en la mochila un saco de dormir y un pijama de franela. Olvidé el cepillo de dientes y la linterna. Olvidé incluso quién era y hacia dónde iba. Me olvidé de todo hasta el punto de que parecía otro.

Los campos verdes estaban protegidos por decenas de montañas que se entreabrían a nuestro caminar. Pronto llegamos a la frontera con Portugal y de allí seguimos algo más hacia el sur siguiendo las indicaciones. Allí estaba la Ecoaldea Espiral, un paraíso lleno de montañas, cascadas impresionantes, ríos con pozas cristalinas, arroyuelos que descargaban agua por todas partes. Plantas y árboles de mil formas y colores, animalillos que se cruzaban por las decenas de senderos que afanosamente cuidaban para que la naturaleza no engullera sus direcciones. Unos amables duendes cuidaban de toda esa exuberante belleza. Se habían convertido en guardianes del lugar, en protectores de un hermoso jardín que crecía asilvestrado por la fuerza del sol, del agua, de la tierra y del aire que golpeaba cada surco de realidad.

Es tanto el olvido hacia mí mismo que hacía tiempo que no escribía, que no me acordaba de seguir adelante con la aventura, con el espectáculo vital de la existencia. Pero en ese olvido ocurre el milagro del recuerdo del otro lado del nosotros, de ese halo invisible que resulta del contacto de nuestra alma con nuestra naturaleza más prístina. En ese recuerdo nos sentábamos junto al río, cerca de las pozas cristalinas, observando cada detalle de ese paisaje sublime. Luego cerrábamos los ojos y nos tumbábamos en cualquier roca labrada por el cincel invisible del agua chocando en la roca. El canto de los pájaros era pura poesía. El verde del musgo, la brisa recorriendo las minúsculas partículas de vida, el fuego que se aviva cuando emprendes la promesa de un mundo nuevo. Sólo debíamos dejar que la vida nos atravesara, sin intervenir, sin juzgar, sin pensar. Sólo dejar que los sentidos se deleitaran por un instante, sintiendo el placer de estar vivos, de estar despiertos al esplendor de la existencia. Siendo, sin hacer.

Era el momento de dejar allí las ropas antiguas. De olvidar el rencor, la miseria, la discordia, lo que quedara de rabia y desconfianza. Era el momento de emprender desnudo un nuevo viaje cargado de desapego, de disfrute, de alegría, de pasión, despreocupado. Era el momento de mirar hacia otra parte, de mecernos hacia un mundo desconocido pero nuevo. Se olvidaron los márgenes y osamos emprender el camino. El nuevo mundo se abre ahora a la aventura. Caminar, emprender, disfrutar. Ser en ese mundo de espiral que nos lleva de un lado para otro inevitablemente.

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De vuelta a casa


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La semana ha pasado rápida. Trabajar tres veces al año en una oficina de ambiente internacional son mis verdaderas vacaciones. Es paradójico, pero es como tener un contacto directo con el otro mundo, con ese al que me costaría mucho volver si tuviera que hacerlo. Horarios, jefes, sueldos, comida rápida, todo el día inmovilizado en un espacio cerrado sin poder hacer otra cosa que trabajar. Sí, es extraño, pero son mis vacaciones y las disfruto, porque al volver al bosque siento profundamente que la vida que llevo no tiene precio, aunque a veces roce la marginalidad y la penuria.

Ginebra es un bálsamo interior. Me reconduce a mi esencia de alma libre y peregrina, y sé que mis límites están para no sobrepasarlos. Más de una semana en esa oficina sería asfixiante. Pero esos días que estoy trabajando como editor, en un ambiente agradable y con gente bonita me hace feliz, me convierte en un ser privilegiado que puede elegir, cueste lo que cueste, sobre su propio destino. También me pone alerta sobre cuestiones principales de la existencia. Como esas tentadoras ofertas de trabajo que me incitan a tener que elegir un destino u otro. La última nada más y nada menos que en Bruselas, en un ambiente político con suculentos privilegios. Pero solo pensar en esa posibilidad me pervierte interiormente, y me anula en mi experiencia actual. De momento deseo tener control sobre mi destino, o al menos, me gusta esa sensación de saber que lo que estoy haciendo es realmente lo que deseo. Eso me da fuerza y valor para seguir adelante, cueste lo que cueste.

Esta madrugada, cuando a las cuatro venía el taxi a recogerme para trasladarme al aeropuerto, sentía bajo los pies de los Alpes que se entreveían a lo lejos esa sensación de fortuna. El taxista, hijo de emigrantes gallegos, hablaba con cierta emoción de lo bien que vivimos en España. Suiza es un buen país para ganar dinero y prosperar en el plano material, pero falta cariño, emoción, amor. Escuchaba atento a este hijo del destino que se sentía totalmente suizo, pero que en cierta forma añoraba nuestro estilo de vida.

En dos horas ya estaba en España. Vista desde los aires es un país hermoso. A vuelo de pájaro puedes comprobar la privilegiada naturaleza que nos envuelve, su clima, sus gentes, su música, sus culturas. Aún puedes encontrar bosques donde habitar una cabaña y llevar una vida simple. Este fin de semana me han invitado a disfrutar de unos días en la playa. Mientras espero en el aeropuerto, me gusta la idea de poder desconectar del mundo en un ambiente diferente. Pasear con buena compañía, disfrutar de unos paisajes que prometen belleza y paz. Estoy feliz por los regalos que estoy recibiendo. Ya tocaba un poco de paz. Me alegra saber que más allá de toda tormenta puede venir cierta calma. Especialmente esta calma interior que ahora siento. Me gusta el poder permitirme el cuidar de mi niño interior y alimentar con ello sus ganas de vivir y aprender.

Buen trabajo en Ginebra, feliz por todo lo compartido allí y por el trabajo que suma para traer lucidez al mundo. Ahora de nuevo a la aventura del vivir. Me espera un bonito fin de semana que espero disfrutar al máximo en esa playa perdida.

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La luna, un mundo moribundo y decadente


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Oh Tú, sustentador del Universo,
De Quien todas las cosas proceden,
A Quien todas las cosas retornan,
Revélanos el rostro del verdadero Sol Espiritual,
Oculto por un disco de luz dorada,
Para que conozcamos la verdad,
Y cumplamos con todo nuestro deber,
Mientras nos encaminamos hacia Tus sagrados pies.
(Gayatri)

Hay muchas personas que centran su atención en la luna. De hecho, hay muchos lunáticos que la defienden a capa y espada, que la adoran, que subyacen a su encanto poderoso y lumínico aferrándose a esa temeridad de entregar nuestras consciencias a lo desconocido. En ese arrebato de sincera entrega, olvidan la naturaleza propia de la luna, un astro moribundo y decadente, un lugar habitado por la muerte y lo oscuro. Esa fijación por adorar a la luna tiene mucho que ver con cierto mundo moribundo y decadente que vive entre nosotros. Me refiero al mundo materialista, al mundo egoísta donde lo que más importa, o diría que, lo único que importa, somos nosotros.

Olvidamos en estas añoranzas nocturnas todo lo que la Tierra y el Sol ofrecen de forma generosa, irradian de forma altruista y desprendida. La primera no sólo sostiene nuestras vidas, sino que las alimenta con alegría y las mantiene de forma extremadamente magnánima. Si nos fijamos, la Tierra entera es rica en todo tipo de suculentos manjares, vida y color. Ocurre lo mismo, a otro nivel, con el Sol, dador de vida, luz y calor. ¿Qué podemos decir sobre ese ser que ilumina a todos por igual, de forma totalmente incondicional, sin fijar su atención sobre nuestras miserias humanas? ¿Acaso no es ejemplo de mayor y superior generosidad? ¿Entonces por qué nos aferramos a mirar lo que está muerto?

Esto es solo una disección arquetípica. Si fijamos la atención en nuestra vida cotidiana, siempre damos importancia a cosas que están muertas, que carecen de vida, que no construyen nada positivo en nosotros. La lista sería interminable y no queremos entrar en detalles. Pero sí deberíamos, con suma atención, mirar donde condensamos nuestras energías, nuestras fuerzas. Más allá de nosotros mismos, hay un mundo por explorar que muchas veces reducimos a lo inmediato y lo cotidiano. Pero hay algo mayor a nosotros mismos, algo que viene de las entrañas de la propia vida, ese verdadero Sol Espiritual del que nos habla el Gayatri.

¿Qué tiempo dedicamos a esa verdad? ¿Qué tiempo de nuestras vidas dedicamos a observar algo que no sea nuestro propio ombligo? Hagamos la prueba desde que nos levantamos hasta que nos acostemos. Fijemos la atención. ¿Cuánto tiempo dedicamos, por poner algún torpe ejemplo, a mirar una flor, a hacer el bien a un desconocido, a abrazar lo que más amamos, a pararnos a escuchar música o simplemente a leer algún libro que nos ilumine algún tipo de curiosidad por algo superior o diferente?
Si nos observamos con detalle, solo pensamos en nosotros mismos. Nuestras conversaciones giran en torno a qué será lo próximo que vamos a comprar, o lo próximo que vamos a comer o vestir. Más allá de ese ámbito cotidiano, nuestras mentes cavilan, y para ordenar y comprender la vida reducida a ese mandato, miramos perturbados a la luna.

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Post Tenebras, Lux


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Aprende en el espacio de luz”, se nos dice con frecuencia. «Después de la oscuridad, espero luz«, me repito interiormente, como la frase latina que da lema a la ciudad de Ginebra, donde ahora me encuentro. Esto tiene que ver con la cualidad de nuestro interior, con aquello que brilla dentro de nosotros. Hoy paseaba por la hermosa rue de Marché y a la altura de la Place du Molard, junto al café de Longchamp, me detenía para observar al mundo. Me sentía como algo invisible, conservando la tenue luz que brilla dentro de mí, y observando detenidamente la luz brillante de los demás. Hay un farolillo dentro de nosotros. Esto es fácil de comprender si sopesamos aquello que nos diferencia con frecuencia de otros reinos. La consciencia nos hace discernir, pero también crear, reflexionar sobre la propia existencia, iluminar más allá de cualquier oscuridad. Esto es considerablemente una puerta hacia algo mayor.

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En la pequeña bahía del lago Lemán, frente a la pequeña isla de Rousseau, navegaba un hermoso barco de época, el Savoine. Puedes degustar un sabroso menú mientras surcas las orillas del gran lago suizo. Me hubiera gustado subir y flotar sobre las aguas dulces y transparentes. En Ginebra todo parece idóneo. Las gentes visten bonitas ropas, llevan suculentos vehículos y miran constantemente en los espejos de móviles de última generación. Parecen felices en este espejismo glamuroso del tener cuando tras una larga jornada deciden parar para tomar algo junto al lago. Sus rostros parecen perfectos mientras fuman algún pitillo. Son ideales en cuanto a la exquisitez material. Pero miraba sus lámparas escondidas y éstas brillaban tenuemente, de forma parpadeante. Lo idóneo exterior enterraba la luz interior. Por eso la meta-idoneidad tiene que venir en un sentido de justicia y equilibrio, debe abordar todos los aspectos humanos sin descuidar ninguno de ellos. La perfección material debe venir acompañada de una perfección moral en el cuidado de la vida, de las emociones, de los pensamientos, también de nuestra naturaleza superior, esa que nos conecta inevitablemente con el Misterio, con lo inalcanzable. De esa manera, la consciencia se siente calma, pero sobre todo, útil.

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Continué el paseo de un lado para otro, observando toda la belleza exterior e inundando mi mirada de aquellas montañas que se veían verdes al fondo. Mantener los pensamientos puros es el mejor desinfectante y el mejor tonificador para una vida dulce y amable. Mirar las montañas, respirarlas, forma parte de esa depuración. Un corazón noble pide ansiosamente dar un paseo por entre bosques y ríos. Por eso apresuré mi marcha hacia el bosque que separa las oficinas del apartamento donde ahora resido. En el bosque paré un rato, respirando profundamente el mantra de la naturaleza. Mi cuerpo sentía cierto equilibrio, cierta salud al penetrar la belleza natural. En la naturaleza uno puede predecir mejor su destino. Y el mío está interconectado con muchos lugares verdes, con bosques, ríos y montañas. Es el destino de todo peregrino del alma, de todo aquel que más allá de las formas y las distracciones, enfoca parte de su vida hacia las cosas de la lámpara maravillosa, de la vida milagrosa, del arte de vivir en paz con la consciencia que dicta convencimiento y aspiración.

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Tras las tinieblas viene la luz. Es el lema de esta ciudad. Es hermoso entenderlo cuando atraviesas un momento de oscuridad y de repente ves el mundo lleno de luz y esperanza. Me siento así, en esta hermosa metanoia que está cambiando positivamente mi vida. Ginebra me recuerda ese paseo doloroso por las tinieblas más oscuras, pero también me anima a seguir trabajando en pos de un mundo mejor. La música de los pitagóricos al amanecer renace de nuevo. La luz se manifiesta de forma consistente en todo aquello que atraviesa los nuevos jardines humanos. La luz siempre vence. La luz siempre nos alcanza. Luz, más luz, se reza en todos los templos. Y Goethe lo reclamó antes de morir. Y así lo reclaman los que mueren dos veces en vida. Luz, más luz, siempre luz.

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¿Dónde está, oh muerte, tu victoria?


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“Estad atentos y vigilad, porque ignoráis cuándo será el momento. Al igual que el hombre que se ausenta: deja su casa, da atribuciones a sus siervos, a cada uno su trabajo, y ordena al portero que vigile. Velad, por tanto, ya que no sabéis cuándo viene el dueño de la casa, si al atardecer o a media noche, o al cantar el gallo o de madrugada. No sea que llegue de improviso y os encuentre dormidos. Lo que a vosotros digo, a todos digo: ¡Velad!”. Mc. 13, 33-37.

Decían los antiguos que la primera iniciación era claramente identificable. La alcanzaban de forma real todos aquellos que de alguna forma tenían pleno dominio sobre la materia y el cuerpo. No les era difícil renunciar a todo, practicar profundamente el desapego y vivir una vida completamente desarraigada. Los votos de castidad, pobreza y obediencia eran algo común en ellos. Tenían pleno dominio sobre aquellos aspectos de la vida que al común de los mortales les mantenían distraídos, atrapados, cegados en la caverna del tener. Por eso en la simbología, el nacimiento en la cueva quiere expresar este aspecto de dominio sobre lo tosco y lo oscuro. El Camino Rojo empieza aquí su andadura, atrayendo a las mieles del desapego y al amor por la naturaleza como principio resultante de la búsqueda de lo sutil, de lo etéreo, del aspecto vida.

Desde las profundidades del Camino Rojo vino un ser de la tierra. Se les reconoce porque hablan muchas lenguas y allí, junto a las aguas del Jordán y del Mar Muerto, entre Galilea y el Desierto, vino a mi rescate. Con su mano arraigada penetró lo más oscuro y me alzó hasta un lugar seguro. Ese ser que habla las lenguas, hija del Camino Rojo, aquellos que aún adoran los dioses lunares, me sacó de la oscuridad y me llevó frente a la estrella flamígera. Refulgente, llameante, me marché del desierto. La primera prueba, la de la oscura tierra había terminado, y rodeado de mares, tocaban las siguientes.

La sacerdotisa del Camino Rojo, el Camino de la Tierra, desapareció. Se la tragó la oscuridad del bosque y no volví a saber más de ella. El inframundo del que venía la atrapó en su calendario lunar y allí encontró la luz ilusoria donde las tinieblas se pueden fácilmente apoderar de uno. Ella me rescató, cumplió con su parte del plan y se marchó. Así que, abandonando el desierto, cubrí con mi capa la invisible enseña y fui a por la siguiente prueba. Llegué hasta las frías tierras del Norte y allí me esperaba la segunda sacerdotisa, esta vez, miembro activo del Camino Naranja, el Camino del Aire, de la vida, de lo etérico.

Con ungüentos de flores y plantas estabilizó mi campo etérico. Con sus cuidados y en las profundidades del hogar consiguió calmar esa vida que reclamaba paz y serenidad. Encontré cierto equilibrio en la prueba del aire hasta que decidí volver al Mediodía.
Anduve por el Camino durante días y noches hasta que la muerte iniciática me sobrevino en algún lugar. Muerte y resurrección. En ese instante el silencio se apoderó de mí mientras las aguas se calmaron. La tierra, el aire y el agua, consolidadas y rescatadas, me pedían silencio, y así lo hice hasta que apareció la tercera sacerdotisa, la del Camino Amarillo, la del Camino del Agua, y la segunda iniciación tuvo lugar.

Descendiente de la tribu de los Esenios y discípula directa de aquel que bautizaba a los ungidos, decidió llevarme hasta la cascada y el río para purificarme con esta tercera prueba. La prueba del agua fue hermosa y profunda. Caminé sobre ellas tras desprenderme del tedioso fango. Tras el bautismo, la calma y la serenidad, el equilibrio y la armonía volvieron a reinar dentro de mí. El campo de deseos y las emociones volvieron a su centro y todo empezó a integrarse en su correcto lugar.

Tras un largo mes de silencio, vuelvo de nuevo para seguir cumpliendo con mi parte, para seguir llevando de la mano a ese niño dorado que espera la luz del nuevo día. Me adentro en el Camino Verde cargado de paciencia, humildad y paz. Muerte hermosa y resurrección. El Camino será largo, pero ahora el caminar será bello, fuerte y sabio. En la serenidad de Ginebra, desde donde ahora escribo, me encuentro feliz y recuerdo aquellas palabras: La muerte ha sido devorada en la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?

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Muerte y resurrección en el Camino. Segundo día. Sarria-Portomarín


 

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No se puede hablar del mundo si no se sale al mundo. No se puede hablar de la miseria si no has sentido miseria, ni de la riqueza si algún día no abrazaste la fortuna. No se puede escribir sobre una flor si nunca te has detenido a observarlas al borde de cualquier camino. Me atrevo a compartir las experiencias que vivo no porque las invente, como hacen magistralmente los literatos, más bien porque las vivo, las siento, y si hablo de una estrella, me permito hacerlo porque antes estuve observándola en cualquier cielo, detalladamente, sigilosamente, en silencio.

Y ahora, siguiendo la estela pasada, sigo practicando los Caminos, porque no es lo mismo hablar del Camino desde cualquier butaca que hacerlo cuando aún tienes los pies doloridos, cuando estás recién llegado tras sortear la aventura de caminar, a veces con cierto desmayo, entre bosques, montañas, valles y sendas mágicas. Me atrevo a compartir en palabras el jugo y el néctar del aliento, del silencio, de la brisa cuando golpea el rocío de una cara cansada. Me arriesgo a veces a equivocarme, o a no caer bien a unos y a otros cuando lo que expreso lo hago desde el dolor o la rabia, desde la discrepancia o la inteligencia acomodada a la rebeldía. Disiento, normalmente, por naturaleza, ante la hipócrita posición de no arriesgarnos por pudor, por cobardía, por el qué dirán. Disiento ante la vida que no se vive, por eso peregrino, me lanzo a los caminos, para decir por ahí que hay más vida de la que podemos abarcar, que hay una sublime urgencia de actuar, de vivir.

Hoy era mi segunda jornada, hoy es la previa transición a mi propia revolución solar. Era una jornada de reflexión, de recordatorio de las lecciones aprendidas en este duro año, quizás uno de los años más duros que recuerdo. Ha existido una muerte real, quizás una muerte enclavada en el cuerpo emocional, una especie de profunda iniciación. Sentir las diferentes formas de muerte puede ser un buen ejercicio para enfrentarnos conscientemente a la prueba final, esa ineludible prueba a la que nos enfrentaremos todos tarde o temprano, por motivos de azar, de la mala suerte o de prudente y necesaria higiene vital. La muerte siempre es regeneradora. Y admito que interiormente, me siento resucitado, regenerado. Bajar a los infiernos, como hizo el del madero cuando fue clavado y asesinado por la turba, es algo que se puede sentir en vida. Subir y ascender también es posible, y en este Camino que emprendo en esta nueva revolución solar quizás sea un ascenso hacia cuotas de visión mayor, de profunda renovación interior.

En esta segunda etapa he sentido el dolor. Por un lado, el dolor al recordar, al hacer balance, de todo este periplo ingenuo. Visto con distancia, me alejé excesivamente de mí mismo y he pagado un duro precio. Luego sentía el dolor físico, las lesiones pasadas que de nuevo aparecen una y otra vez para recordarnos que los daños sufridos siempre quedan ahí, a la espera de una siguiente prueba. No deja de ser curioso que las lesiones por diferentes motivos que sufrí en mis aventuras de mis tres últimos Caminos de repente sobresalgan para recordarme sus enseñanzas, para infringirme la desdichada condición de la experiencia.

Este camino es solitario. Observo a las almas bonitas pasar. Me siento a su lado, pero siempre en silencio. Luego las dejo marchar sin mediar palabra, solo una agradable sonrisa cómplice. Observo que hay muchas almas errantes, que van y vienen buscando el sentido a la vida. Observo con cariño el sentido profundo del peregrinaje que algunos emprenden en sus vidas. Y con respeto y admiración abrazo todos sus caminos, todas sus pruebas, todo cuanto surge desde sus dimensiones secretas. La soledad también es una llama y a ella me debo en esta experiencia. Muerte y resurrección. Mañana será un día importante en mi biografía personal. Vuelvo a morir, vuelvo a nacer. ¡Buen camino le deseo al ser que se exprese en este nuevo año!

  • Mañana es mi cumple, se aceptan regalos aquí abajo. Un café, un almuerzo, cualquier cosa que sirva para seguir adelante. Gracias de corazón. 

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Cosas del Camino. Primera etapa: O Couso-Sarria


 

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Con el frío que hacía, me costaba enormemente desapegarme de las sábanas de franela. A las siete acaricié a la gata Meiga que reposaba en alguna parte de la cama mientras amanecía de forma lenta y pausada. Estuvo estos nueve meses viviendo en la cabaña y ahora que he regresado se pasa todo el día haciéndome compañía. En estos momentos de solitud, de lugar desierto, la agradezco sinceramente. La compañía siempre es gata-grata. A las ocho encendí la vela en la pequeña ermita. Excepto los espíritus guardianes y mi tímida presencia, no había nadie más. Es como si del lugar hubiera desaparecido la parte humana, y eso hiciera de ese momento único un abanico respirable. Los humanos, incluso cuando estamos en silencio, meditando, somos muy ruidosos. Así que cerré los ojos, miré dentro, en el océano profundo del interior, e intenté navegar hacia el insondable universo íntimo. Tras el alineamiento, llegó el intervalo superior de Dharana, dhyana y samadhi.

Fui a la casa-hospital de peregrinos y desayuné algo caliente. Me impactó ver como la nueva luz de la nueva cocina era capaz de iluminar de forma tan precisa cada detalle de las piedras de sus paredes, de la madera añeja, de los filtros esmeralda que se acompasan en los éteres de la estancia. Sentí que esa morada, que toda la casa en su conjunto, con un poco más de luz, podría transformarse en alguna especie de nave nodriza capaz de surcar cualquier cielo. Las casas son viajeras, saben sobre la profundidad del cosmos. Son alimentadas por el calor (fogar-hogar) y ese calor hace que las flamas astrales viajen de un lado para otro, propulsando cada misterioso momento hacia el infinito. Si fuéramos del todo conscientes, podríamos hacer de cada casa una nave espacial de propulsión electromagnética. Las casas, como nuestros cuerpos, se mueven siempre entre el intervalo cósmico que separa lo finito de lo infinito. Solo hay que estar atentos, solo hay que estar despiertos a ese metalenguaje de las cosas vivas. Y las casas, como nosotros, están vivas. Sienten, albergan, expresan.

Faltando un cuarto de hora para las nueve empecé a caminar dirección al santo sepulcro de Santiago, tierra santa, lugar protegido, lugar de peregrinaje. A pesar de mi resfriado aún no curado, ayer pensé que si dedicaba unos días a sudar en el camino quizás mi recuperación sería más rápida. Espero no haberme equivocado, máxime cuando al poco tiempo de salir a caminar, empezó a llover a pesar de que la previsión daba buen tiempo. No me importó mucho. La lluvia engrandecía el camino, lo dificultaba y aromatizaba con ese olor hermoso a tierra húmeda. Hay algo que se educa cuando se camina sin prisa, en la calma de cada paso, en el traslado inhóspito de cada instante. El cuerpo se aposenta en cada orilla del camino, dependiendo de si los obstáculos son líquidos, tales como charcos, ríos improvisados, o sólidos, administrados por piedras, chinas y otras reliquias maravillosas con mil formas que se encuentran en todo su cordial recorrido. Hay que estar atento para no tropezar, especialmente cuando el camino se convierte en un lodazal o en un río poderoso.

En algunos tramos he tenido que improvisar puentes levadizos, acueductos y estructuras complejas para poder atravesar de un lado a otro. Caminar ha sido toda una conquista contra los elementos. Los peregrinos más avispados, viendo la previsión, han optado por circundar por la carretera, pero yo, que soy un peregrino ortodoxo, no me he desviado ni un ápice del barro y la ciénaga. Al llegar al albergue municipal parecía un lodo andante. Me duché, me acomodé en mi litera, la número once, y me fui a comer tras descansar un rato. La limpieza y la rutina higiénica son importantes en el Camino, en cualquier camino. Hay que estar siempre limpios, porque la limpieza, como la belleza, son tesoros espirituales que hay que conquistar día a día. Este camino es mi regalo de cumpleaños, así que pienso disfrutar todo lo que pueda, cueste lo que cueste. Cosas del Camino.

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Caminar


Tres días en cama, con algo de fiebre y temblor es perfecto para poner al día mil cosas. Da tiempo para muchas resoluciones. Da tiempo para sentir, para exprimir el tiempo deslizante y bailar con su suave manto invisible. Hoy hablaba por teléfono con una amiga y me recordaba mis recesos cuando se acercaba mi revolución solar y me animaba a uno de ellos. El domingo será mi cuarentaiseisavo aniversario y siempre tengo por costumbre desaparecer en algún monasterio, convento, camino o viaje. Así que, tras meditarlo, me vino el impulso de hacer un trozo del Camino hasta donde pueda o aguante. Si el tiempo acompaña y mi cuerpo se ve con fuerzas, mañana, sin prisa, comenzaré a caminar, a volver a la senda, al Camino. Deseo que el domingo me alcance andando, reflexivo, en paz, en calma, fluyendo por los devenires de la vida, por sus misterios, por sus recovecos inexplorados. No sé si mi cuerpo resistirá los primeros pasos tras tres días ausente y enfermo, pero deseo levantarme, preparar una pequeña mochila con calma, otear el horizonte y caminar.

Esa sensación de libertad es única. Caminar, podría pasarme toda la vida caminando sin rumbo, solo por el deseo y el placer de sonreír paisajes, de respirar horizontes, de vaciar el llanto en los trémulos amaneceres. Caminar hacia el lejano Oeste, hacia Occidente siguiendo la guía del sol, de su luz, de su experiencia. No podemos permitirnos el lujo de detener nuestras vidas, tan pequeñas, tan frágiles. No podemos enmohecer, no podemos sucumbir a la pesada carga de nuestras vidas menguantes. Debemos levantarnos, aún frágiles, y caminar. Eso deseo, eso siento. Ahora recuerdo que no fui invitado en la última aventura y quedé encerrado entre libros, en una triste feria. Sentí que me moría por dentro de soledad, de pena, de franca ausencia. Me hubiera ido sin pensarlo a caminar a ciegas, a la aventura, sin un temblor de más me hubiera amarrado a sus ausencias. Pero el halo de su alma libre fraguó ante la inevitable rebeldía, y allí yació el piano, el baile, la música.

Por eso ahora soy yo el que se levanta en rebeldía y me dejo llevar por la llama salvaje que nos revela el bendito canto del pájaro, el roce inevitable de las ramas primaverales, las flores rociadas con el clamor de la mañana. Si despierto en la noche oscura y empiezo a caminar, no palideceré. Caminaré a ciegas, pero caminaré. Practicaré los caminos, como decía el Buda, intentando entrecruzar mis andares con el resto de los peregrinos. Pero sin pisarlos, sin cruzarme en sus desvaríos, en sus pasos firmes y cansados.
Caminar también es una buena forma de olvidar al mismo tiempo que sanamos la complejidad del presente. Caminar nos vuelve inmortales ante la presencia de la quietud, del silencio, de la meditación que nace entre un guijarro y el canto de cualquier ruiseñor. Si fijamos la atención en todo lo que puede acontecer en un solo instante de camino, somos capaces de penetrar en la incesante corriente de vida que todo alberga. Si somos capaces de iluminar aquellas partes más oscuras de nosotros, entonces podremos resolver la sublime ecuación del misterio.

Sí, mañana caminaré. No sé cuánto ni sé hasta cuando. Solo caminaré, y si estás ahí, entre cruces, en algún lugar, podremos conversar, podremos caminar juntos, aunque tan solo sea por un instante. Si estás ahí, seas quien seas, podremos estrujar el latido de cada paso. No me busques, deja que nuestras vidas se encuentren y nazca de nuevo el milagro. Deja que la existencia milagrosa aliente la leve carga. Caminar… de nuevo. El Camino espera. Alabados los lugares que nos sirven de guía y amparo, la santidad que nos lleva por fe y esperanza a subliminar la vida. Alabados los caminos, porque de ellos surge la vida, la explosión de realidad disimulada en el sentir, la expansión de toda consciencia. Caminar eleva, caminar transforma. No dejes nunca de caminar, me repito una y otra vez. Soy peregrino, caballero, aliado de la más absoluta de las impermanencias. Caminando, camina el buen hallado camino.

Resurrección


 

Ayer no pude ir a ninguna feria del libro para firmar libros. Estoy en cama, con algo de fiebre, y con pocas ganas de casi nada excepto de dormir, descansar y ayunar. Después de estos días intensos de amistad y celebración, supongo que los cambios de temperatura (ayer estuvimos a cero grados y hoy no subimos de cuatro) y el cansancio han hecho mella en mi cuerpo. Aún así me encuentro feliz por haber estado con tantos amigos que vinieron para pasar un tiempo juntos. Ahora con esa extraña sensación de soledad cuando todos se han marchado y de nuevo, ese constante enfrentamiento al reto de seguir adelante. Como decía, no podré estar en ninguna feria del libro pero os puedo enviar un libro firmado de mi autoría. Ya sea para vosotros o para un amigo y así puedo decir eso de que he venido a hablar de mi libro. En este enlace podréis encontrar todos mis libros:

http://www.editorialdharana.com/autores/leon-gomez-javier?sello=nous

La primavera es resurrección. Por eso en la tradición cristiana se recupera ese mensaje de esperanza que siempre transcurre en estas fechas en las que la vida vuelve a presentarse triunfante y majestuosa. Desde la ventana de esta pequeña cabaña puedo ver como los árboles se visten de verde, como las flores se ponen sus mejores galas y como la tierra salpica de vida cada rincón. La muerte del frío invierno es vencida, una vez más, por la vida eterna. El mensaje crístico desenmascara simbólicamente esa ilusión mortal, elevando nuestra visión hasta las altas cumbres, hacia nuestra parte divina, hacia nuestra esencia más espiritual.

Decía Platón en su Stollicae: “Conoce aquello a lo que has llegado, después considera mediante el intelecto lo que has adquirido”. Pensándolo con calma, puedo decir que he llegado a una primavera fría, al menos en lo que respecta al plano emocional. Han pasado estos días hermosos seres capaces de subliminar la vida del más despistado de todos, pero notaba que mi corazón estaba lleno de frialdad, de miedo, de cerrazón, distante, apagado. No tengo ganas de abrirme al amor, ni al deseo, ni a la complacencia del compartir íntimo. Tras los traumáticos hechos vividos en este frío invierno de auténtica muerte personal, he adquirido cierta experiencia que ahora debo reflexionar con calma y distancia. Y aunque por un momento pensé que en la primavera estaría preparado para albergar la esperanza del amor, me doy cuenta de que eso en este instante no es posible. Ni tampoco especialmente deseable. Me siento bien así, en soledad, tranquilo, en paz. Sin tener que demostrar nada, sin tener que aparentar nada, sin tener que hacer nada especial. Si el amor tiene que llegar, llegará, pero nunca más lo forzaré, ni me dejaré llevar por ningún acontecimiento caprichoso. Creo que el mundo de las relaciones es suficientemente complejo como para dejarlos de la mano de un calentón, de un momento de ilusión o de una estúpida decisión que luego pueda acarrear tanto disgusto. Calma, serenidad, distancia. La soledad también puede ser una llama, como decía el poeta.

Mi resurrección personal, por lo tanto, para este año, supongo que pasará por intentar reordenar todo el caos de este invierno, especialmente en el plano material. Intentaré, con fuerza y contundencia, recuperar lo que me pertenece sin afligirme ante el chantaje, el abuso o el egoísmo que estoy recibiendo. Mi gran enseñanza está en proteger lo que me pertenece, en luchar por lo que tanto me ha costado conseguir. Necesito ordenar mi vida económica y para ello lucharé hasta el último céntimo. Mi generosidad ha sido excesiva y ahora estoy viviendo en mis carnes sus consecuencias. Los que he dejado que abusaran de mi exceso de generosidad comprenderán que he cambiado, y a partir de ahora, seré más prudente y contundente conmigo mismo y comedido con los demás. Me causa mucha tristeza ver como mi generosidad se traduce en abuso, en crítica y en destrucción. No puedo consentirlo, excepto con los corazones agradecidos, aquellos que se arrodillan ante la inmensidad y dan siempre gracias.

La resurrección también es espiritual. Quiero alejarme del egoísmo y vencer los miedos que ahora me susurran como fantasmas del pasado. Seguiré trabajando, ocultando y protegiendo junto al dios Apolo nuestra parte más divina, para evitar así que el mundo sea devastado por la ignorancia, el miedo y el egoísmo. No me cansaré de recordar una y otra vez la frase que albergan muchos templos consagrados a la vida: «Dios estableció en la fuerza, sólidamente, el templo». Es a esa fuerza a la que debo aferrarme ahora, en este momento de fragilidad, para seguir adelante, una y otra vez. Resurrección.

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Orden


 

Han llegado amigos desde todas partes. Barcelona, Madrid, Burdeos, en Francia… En estos días de reencuentro solicité paz, amor y alegría. Pedí al universo que fortaleciera las columnas de la belleza, la sabiduría y la fuerza. Las energías del caos habían atraído situaciones especiales, y había que volver a renovar los principios, los acuerdos y especialmente los roles asumidos. Hoy pedí a una gran persona que hiciera de maestra de ceremonias. Su belleza interior hizo que el ritual fuera excelente. Hicimos un círculo de sabiduría cuyo tema estaba centrado en la tolerancia, el cual fue la excusa para introducir el sentido exacto de este lugar.

Ella organizó todo de forma hermosa. Primero, nos hizo entrar al templo arrodillándonos simbólicamente ante una espada que, de no inclinarnos humildemente ante la grandeza de la vida y el misterio del universo, podía cortar nuestro cuello-ego. Antes de empezar la ceremonia, el círculo, antes de la que la luz se manifestara en la tierra como mensajera del sol, cantó una hermosa oración. Luego, como buena maestra de ceremonias encendió la luz, tocó a golpe de mallete el gon y pasó la palabra de occidente a oriente y del mediodía al septentrión. El círculo duró algo más de tres horas de plena atención, enseñanza y compartir. Tras anunciar la última palabra y al cerrar los trabajos, ella volvió a cerrar el círculo entonando primero el Padre Nuestro en arameo y la Gran Invocación, terminando todos cantando el “Non nobis, Domine, non nobis. Sed Nomini Tuo Da Gloriam («No a nosotros, Señor, no a nosotros. Sino a Tu nombre sea dada la gloria”), una de las frases emblemas de nuestro proyecto. Esta oración templaria, cantada entre todos en la ermita, en círculo, cogidos de la mano alrededor de la luz de la vela, representante del Cristo solar que hoy se crucificaba, ha sido una bonita forma ritual de poner orden en las energías del lugar. Energéticamente, se ha hecho un hermoso ritual psico-mágico representando todas las fuerzas.

Cuando el caos se apodera de nuestras vidas hay que cerrar los ojos y danzar alrededor de la luz, de la esperanza, de la fe en que todo puede terminar ordenándose. Así ha ocurrido, la alegría ha vuelto a reinar en nuestros corazones, en esta pequeña y modesta encomienda. El amor se ha desvelado como el misterio al cual acudir, como la revelación última a la que estamos llamados. De forma abstracta, simbólica, arquetípica, hoy la luz ha vencido a la oscuridad. Quizás solo por un momento, quizás solo por unos días, pero suficientes para que nos sirva de guía para siempre. Gracias de corazón a los aliados que han venido desde tan lejos para cumplir con su parte en el ritual. Gracias de corazón a los que elevaron la antorcha de sus corazones para guiar nuestra senda. Un día mágico y especial. Un día para el recuerdo. Gracias, gracias, gracias… Non nobis, Domine, non nobis.

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El mundo de los débiles


 

Realmente mi vida es un libro en sí misma. No haría falta escribir muchas más páginas. Bastaría dejar pasar unas horas y podría contar mil anécdotas. Además, como tuve la suerte de servir para los servicios de inteligencia de mi país, puedo decir que ahora sí que soy un escritor de verdad. Porque un escritor que no haya sido espía, no es realmente un verdadero escritor. Espía, vagabundo, visionario, antropólogo, aventurero, repartidor de pizzas, embajador consorte, empresario, editor, utópico, hippie, burgués, asexual, amante empedernido, enamoradizo, ecologista, bohemio, político, caminante, peregrino, curandero, parapentista, mago, ciclista, pintor, filósofo, insumiso, presentador, doctorante, intelectual, alumno, profesor, conferenciante, actor, articulista, telefonista, repartidor, limpiador, rosacruz, masón, arcano, teósofo, místico, esotérico, ocultista, mentecato, naturalista, anarquista, administrativo, trabajador social, educador, monitor, poeta y a veces, sí, a veces, escribo libros. Si mi gran ego tuviera algo más de memoria podría recitar una cuarta más de oficios y beneficios de esta corta vida. Pero tengo más ego que memoria, así que lo dejo aquí, porque realmente, he venido a hablar de mi libro, que en el fondo, es un libro frágil, tímido, marginal.

En mi vida he ayudado a mucha gente y he sido ayudado por mucha gente. Es una balanza equilibrada la cual agradezco. Cuando era niño, medio a escondidas, hacía nidos de pájaros cogiendo maderas inútiles en la carpintería de mi tío. Recuerdo que eso fue lo primero que hice por algo o alguien que no fuera yo mismo. Eso me pareció trascendente, porque cuando haces algo por los demás, de alguna forma trasciendes tu vida, tu ego, tu visión de la vida. Los pájaros son seres muy frágiles, quizás por eso esa fue la primera página de mi verdadero libro, aquel pequeño nido para pájaros cuya intención no era otra que ayudar a las aves a anidar y repoblar así la tierra con música volátil. No hay nada más hermoso como sentarte bajo un árbol y escuchar a un pájaro libre cantar.

Luego mi ayuda se extendió como voluntario a Cáritas, la Cruz Roja y una decena de organizaciones donde, de forma tímida y voluntariosa, procuraba servir. A niños autistas, a niños marginados, a niños con síndrome de Down, a niños tetrapléjicos, a niños complejos. El servicio a los demás, al frágil, al abandonado, al débil, de forma desinteresada, fue una bonita página. Estudié trabajo social porque allí te daban herramientas para ayudar al marginado, al débil. Entonces ayudé a los marginados de la calle, a los vagabundos, a los pobres de verdad, los que habían perdido todo, incluso la esperanza, incluso la cordura, incluso la compañía.

Esa segunda página fue trascendental en mi vida. Yo había sido débil y frágil desde pequeñito hasta que entendí que el mundo estaba siendo humanizado por los frágiles poetas, por los débiles artistas, por los inútiles escritores que configuraban la realidad de lo que debería ser la existencia humana. Por eso me hice escritor, antropólogo, filósofo y utópico de la vida. Los frágiles y débiles diseñamos el mundo para que los fuertes puedan construirlo. Los frágiles y débiles crean la poesía, la escritura, la filosofía, la ciencia, el arte que hace que el mundo sea bello, humano. Mi vida es una vida de fragilidad, de ahí mi empeño en proteger a los marginados, a los que mueren poco a poco de pena o soledad. Como ser frágil, solo puedo dedicarme a pensar el mundo para que sea mejor. Luego ya vendrán los fuertes con sus grandes manos, y lo construirán. Como ser débil, solo puedo pararme a imaginar un mundo más bello, a describirlo con sumo detalle, a indicar de qué mejor manera se puede poner una placa solar, una cabaña octogonal en armonía con el bosque. Puedo imaginar una utopía y diseñarla y cumplir con la promesa de que se construya. Sí, los débiles imaginan el mundo, y al hacerlo, ayudan a su construcción, a su mejora, a su progreso. Soy débil, por eso imagino mundos, por eso escribo mundos… por eso, por ser débil, voy creando utopías…

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Caos


 

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Llueve y hace frío. No tengo pijama. Se perdió y no logro recuperarlo. Dormir desnudo en la cabaña es toda una hazaña. Una aventura. Cuando esta tarde subía hacia la casa desde las cabañas un hermoso zorro bajaba. Nos cruzamos, me miró asustado y salió corriendo. Se había comido una gallina. Una aventurera ingenua que había pensado que lejos del corral sentiría mayor libertad. Encontró la trascendencia. Estas cosas me ponen tristes. No logro entender del todo estas leyes de la naturaleza. No logro entender que unos se tengan que alimentar de otros. Es algo que me duele, algo que me produce consternación. No entiendo que aún haya gente que coma animales. Me parece un acto criminal, sangriento, doloroso. Hay gente que trabaja en lugares que se llaman carnicerías. Hay gente que trabaja en lugares que se llaman mataderos. Hay gente que come carne, como el zorro cuando mató la gallina. Pude ver las plumas aún calientes. Hay gente que come gallinas y se enorgullece en las redes. No tiene gracia. Comer alitas de pollo no tiene ninguna gracia.

Cogí el coche con un nudo en la garganta mientras veía como Geo perseguía por el verde prado al zorro veloz. Ambos desaparecieron en los bosques, en sus sombras, en sus misterios. Me adentré por los valles y las montañas majestuosas que hay detrás de este bello lugar. La recogí en su casa y fuimos a tomar algo a la ciudad. Aquí en Galicia no tengo muchos amigos, así que lo de hoy era algo excepcional. Hablamos de mil cosas mientras el tiempo apremiaba por avanzar en todo tipo de encuentros. A veces es bueno salir un poco, tener amigos, charlar de cualquier cosa y sentir el cariño sincero.

Hoy me sentía especialmente cansado. Demasiados frentes. Sin ganas de discutir si la leche debe ser en polvo o líquida, si debemos cocinar con cuatro fuegos o con uno. Pensaba en eso y mil cosas mientras atendía la conversación como podía y pensaba en la gallina. En el primer bar tomé un refresco. En el segundo un descafeinado de máquina y en el tercero una tapa de tortilla. La tortilla estaba exquisita, la compañía era excelente pero la música estaba demasiado alta y los huevos me recordaban la tragedia. Hubo un tiempo, corto, que me hice vegano. Creo que debo intentar de nuevo el veganismo. Los huevos y la leche ya no me hacen gracia. Huelen también a muerte. Me entró sueño y volvimos a los bosques. La dejé en su casa. Los paisajes, incluso de noche, son espectaculares. Nunca había visto un lugar tan bello, ni siquiera en las altas tierras de Escocia, ni siquiera en las profundidades selváticas de Alemania, donde por estas fechas las aves migratorias envolvían el cielo con formas imposibles.

Llovía pero me detuve para hacer algunas fotos. Miré anestesiado el paisaje. En la universidad todo son problemas. Podría estar dando clases en cualquier universidad del mundo pero siempre falta algún papel, algún asunto burocrático. La burocracia asfixia la creatividad y exprime al mundo. Recibí una nota del juzgado. A pesar de que ya casi me había puesto al día con todos los pagos, aún quedan flecos que soportar. Me citan y me informan de que tengo veinte días para pagar la deuda que tengo con un proveedor. Me hierve la sangre pensando que otros están disfrutando de mi dinero y de mis propiedades a mi costa y que yo ando pasando calamidades por estúpido, por insensato. No sé cómo la gente se puede volver de repente tan insensata sin importar el dolor que puedan ocasionar a otros. No sé porqué hay alguien que está disfrutando tranquilamente de todo mi esfuerzo y puede vivir con la conciencia tranquila. Yo al menos no puedo, y llamo a unos y a otros cuando mis deudas superan mi capacidad de reacción. Pero hoy me daba cuenta de que a pesar del esfuerzo, aún son muchos los fuegos que apagar, los frentes a los que enfrentarme con fuerza y paciencia.

Aún no me dio tiempo a poner la tesorería al día. Algunos esperan los resultados a pesar de que el año pasado tuve la osadía de poner al orden a todos los que debían alguna cápita. Al menos pude poner a plomo a los que reclamaban trabajo. Y luego miraba el cable que aún faltaba por enterrar y me dolía todo el cuerpo. Dos días seguidos enterrando cables es demoledor. Al menos ya tenemos luz en las cabañas. Y mientras lo hago voy contestando mails de la empresa, atendiendo llamadas, buscando fuerzas para seguir adelante. Luego me llama el abogado y me pide más papeles. Y me pregunto por qué las personas no pueden llegar a acuerdos cordiales y justos sin tanto papel. Por qué la ambición y el egoísmo nos puede. No lo entiendo.

Mientras espero en la segunda cafetería hago facturas y albaranes. Cinco palets de libros son devueltos por la distribuidora que ha quebrado. Más de 125 mil euros en libros. Justo la cantidad que debo desde hace cinco años, desde que empecé este loco proyecto. Si los vendiera todos me quedaría libre de deudas. En ese sentido sería más feliz, me sentiría más liviano. Seguramente me compraría un coche eléctrico porque junto a un buen móvil y un buen ordenador, son las tres cosas que necesito para desempeñar bien mi trabajo. Lo demás me sobra todo. Por eso no tengo ganas de discutir sobre si la leche debe ser en polvo o líquida. Si siguen estas discusiones tontas tendré que enviar a más de uno a parvularios. Estaría bien plantar más árboles y hacernos veganos. Anular el café y la leche líquida era algo que ya habíamos conseguido. Pero te vas unos meses y todo retrocede. Conquistas pasadas ahora resultan ser un estorbo. Nos hemos vuelto unos señoritos. Hasta tenemos wifi en las cabañas y tostadas todas las mañanas. Un caos.

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Entrevista: Proyecto O Couso, la comunidad utópica


 

No me gusta mucho esto de las entrevistas, pero hay que ser generosos con aquellos que te aprecian. Aquí os dejo la entrevista que me hizo el bueno de Endika. Gracias de corazón por tu tiempo y generosidad. Espero que os guste.

Cuando todo arde


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Hace tres años ardía el corazón de un buen amigo. Su llama se apagó en la tierra y nació un brillo allá en el cielo. Durante estos años lo hemos imaginado amable, sonriente, tocando un arpa en algún lugar de alguna de las dimensiones celestes. Un hombre bueno nunca muere en los corazones que iluminó. Por eso sigue vivo, en el recuerdo de los que lo conocimos, en las lágrimas de los que lo lloramos. Arde su llama en nosotros, y esa poderosa lumbre seguirá ahí mientras el recuerdo siga vivo. Su ejemplo nos hizo mejores, y eso será algo que algún día podremos transmitir a los nuestros. Si la bondad es contagiosa, la plaga seguirá su curso hasta que todo ser humano se llene de misericordia y humanidad. Los hombres buenos nos hacen mejores, nos iluminan, nos inspiran, nos dan la esperanza del futuro.

Hace hoy justamente tres años viajábamos inocentes, recién nacidos en el amor, hacia la tumba de ese buen amigo. Uno siempre piensa, en esa ingenua llama que arde dentro, que el amor durará para siempre, que el celo, que la vida nos une para permanecer ardientes toda la existencia. Nunca pude imaginar que esa llama terminaría por un malentendido, por una mala gestión de emociones y hechos fortuitos que pusieron a cada cual en un lugar extraño. Pero así es la vida y sus avatares. La vida siempre es sabia, y sabe cuando el amor se agota, cuando el amor debe pasar a otra fase.

Hoy recibí noticias de un ser querido perdido en los bosques. Andaba preocupado y por fin dio señales de vida. Continua su viaje, que suena a despedida o reencuentro, nunca se sabe. Viendo como la llama arde en el consuelo de las almas, siento agradecimiento y paz. Al menos sé que está viva, al menos sé que si no halló el amor en su errante marcha, en alguna parte lo encontrará. Mi llama sigue ardiendo, ya sin importar ser o no ser correspondida, porque ahora entiendo que lo importante es amar sin importar el sujeto amado. El amor es un llamamiento para entender que la vida no puede ser atrapada, que todo se purifica una y otra vez en los arrebatos de lo indecible. El amor nunca palidece, permanece latente a la espera de una respuesta, de un abrazo, de un retorno, de ese gesto que aviva como un soplo las brasas perennes.

Cuando llegué a casa tras una jornada abrasadora de noticias y acontecimientos, como si no hubiera sido suficiente, veo las imágenes de París ardiendo en su corazón. Notre Dame, mi querido y añorado templo, ardiendo en llamas. No me lo podía creer. No lo quería creer por toda la carga simbólica de lo que realmente estaba ardiendo. ¿Arde París? No, no es la pregunta histórica la que encierra la respuesta. Es algo mucho más profundo e incierto. Cuando todo arde, uno ya no sabe a qué aferrarse. Bueno, quizás sí, al hombre bueno que nos dejó hace tres años, al amor imposible, al amor, siempre al amor… Pero sobre todo, a la esperanza de que esas paredes, de que esos muros de piedra pulida volverán a levantarse una y otra vez. Como el amor. Así es el ser humano… Indecible, confuso, perdido, pero lleno de fe y esperanza.

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Trascendencia


 

 

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Trascendencia es quedarte a solas con esa mujer hermosa, en la oscuridad de una habitación grande mirando por una ventana vacía, viendo una película para niños, acurrucados castamente bajo una manta mientras ella piensa en su novio y yo en aquella que se fue lejos, desapareció de repente en un bosque lluvioso y nunca más supe de ella. Trascendencia es que me pida que la acompañe, por miedo, en la oscura y fría noche. Ella se acuesta en una litera, en la gran casa, y yo en la del frente, junto a la ventana, sin pijama, con la ropa puesta por si tuviera que salir corriendo hacia ese bosque que imagino lluvioso, solitario, desnudo. Atrapado entre media docena de mantas y aún así con el frío dentro, me imagino huyendo hacia ella, desesperado, hambriento.

Trascendencia es levantarte, desayunar e ir a pasear con esa bella mujer. Ella hablándome de su novio y yo pensando en el bosque, pero entendiendo lo que ella me dice mientras desahogo mi pena en ese largo camino hacia el castro celta. En el centro ese miedo a la soledad, esa soledad solemne, trascendente. Ese miedo al desprecio, al abandono, a la indolencia de un mundo en el que no encajamos. Esa lucha constante por intentar vivir el amor a ciegas, a tientas, de forma áspera y desesperada.

Trascendencia es llegar al final del camino, sentarse en un alto de rocas blancas, otear el horizonte fijamente intentando con la mirada llegar hacia el otro lado, más allá de todo cuanto se ve. Es cerrar los ojos con el lagrimal ausente, húmedo, respirar profundamente esa tristeza de no entender las cosas que nos separan, de no saber cuánto tiempo habrá de pasar hasta aprender las sublimes lecciones de la soledad trascendente. Es agarrar con fuerza la tierra y rascar con un dedo ese nudo gordiano que pretende, ingenuamente, atravesar toda la tierra hueca hasta el otro lado del mar. Si consigo entrar dentro, estaré a salvo, piensa mi mente cobarde.

Trascendencia es comprender en el paseo que el miedo es necesario, que nos ayuda, nos protege, nos salva. El miedo es el mayor aliado de la supervivencia. Es cierto que a veces por miedo cometemos graves errores. ¡No sabría decir cuantos he cometido en estos meses de pánico, de pavor! También por miedo nos perdemos oportunidades. ¡Cuantas en esta vida habré dejado pasar! Pero ella es dulce con la palabra e inteligente con el ánimo y sabe conducir la conversación hacia la paz, hacia la esperanza, hacia la memoria futura de la fe, ciega y segura. Trascendencia es prestar atención a sus consejos y escuchar su dura experiencia para aprender algo. Mientras lo hago, es inevitable seguir suspirando, e imaginar ese otro bosque que imagino lluvioso. ¿Estará bien? ¿Seguirá indomable, arisca, salvaje? Pero… ¿estará bien? Me inmolo si hace falta, pero que esté bien, que sea feliz, que haya encontrado ese camino que tanto anhela.

Trascendencia es seguir amando en silencio, ahora ya sin molestar, dejando que cada uno siga su tránsito, sea el que sea el que haya inventado, el que haya creado a su imagen y semejanza. Es soltar y asumir que la soledad es lo que ahora toca abrazar, es soltar y asumir que en el fondo siempre estamos solos, aún cuando nos abrazan de forma sentida, aunque ese abrazo nos confunda por un instante. Trascendencia es aceptar este paisaje yermo, esta melancolía dolosa, esta tramposa ilusión de creernos separados por bosques húmedos y montañas. Trascendencia es saber que está ahí, a pesar de todo, pero también saber que está aquí, y en ella, y en la otra, y en el otro. Incluso está en las flores y en los árboles, en la lluvia y el rocío de cada una de las mañanas. También en los ocasos y en los vacíos y en el canto de cualquier pájaro.

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Por qué votaré a PACMA y breve análisis de por qué no votaré al resto


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Tiempos modernos (1936), siempre tan de actualidad

La verdad es que me siento libre pensador, y podría votar a cualquier partido del espectro social de nuestro país si pudieran convencerme de algo que realmente me conmoviera como votante itinerante y ácrata. Eso es algo que me gusta de nuestra idiosincrasia como país irreductible: el ser lo suficientemente libre para votar a unos y a otros según nuestra particular visión o conveniencia. Aunque el sistema de votación y la democracia representativa me parece algo anacrónico e irreal, una vez más voy a participar en este sistema para no parecer, que bastante lo parezco ya con esta manía de crear utópicas realidades, un antisistema al uso.

En estas últimas elecciones de nuevo voy a repetir y votaré a PACMA. Ante la quiebra política que se avecina y ante la posible destrucción de lo que parecía un marco de convivencia ideal (qué hermosa es España en su conjunto y qué manía nuestra de siempre querer destruirla), me declino ante la idea de intentar sumar fuerzas a ideas que tengan que ver más con la ingeniería humana, la convivencia pacífica en nuestro planeta y los altos ideales de amor y fraternidad hacia los animales. Cuando estos valores lleguen a nosotros, nuestra visceralidad desaparecerá y estaremos más cerca de poder convivir desde el amor, y no desde el rencor. Dicho esto, explicaré con detalle por qué no votaré al resto de partidos y sí a PACMA.

PARTIDO PIRATA: A pesar de que fui candidato a las últimas europeas con este partido, quizás como editor comprometido debería votarlo. Pero su caos y falta de liderazgo me obliga a no hacerlo. También el que sólo se interesen por lo referente al mundo digital sin mayores aportaciones que esas.
EQUO. También he militado en este partido, pero cuando los intereses partidistas están por encima de los intereses y las ideas que persiguen, el resultado es decepcionante. Me refiero a que se vendieran y formaran coalición con Podemos, como si la ecología fuera algo exclusivo de las izquierdas. Esto es una grave visión futura. La ecología debería ser de todos porque es algo que nos afecta a todos. ¿Cuando nos daremos cuenta?
PARTIDOS NACIONALISTAS. La miopía y egoísmo de estos partidos, el etnocentrismo, la xenofobia y lo rancio de sus mensajes nacionalistas me impiden ni siquiera mirarlos de reojo. Me parecen rancios, caducos y fuera del tiempo. Aunque se visten de modernidad y libertad, es lo más anacrónico y trasnochado que he visto nunca. Y esto lo digo desde la visceralidad más absoluta, pero también desde la crítica más comprometida.
VOX. No deseo ofender la inteligencia de aquellos que visceralmente, por hartazgo, deseen votarlo. Allá ellos y sus consciencias. Pero volver a la edad media no me parece inteligente. Y tampoco me parece sano y sí muy peligroso volver a dar alas alegremente a la extrema derecha. Cuidado con los extremos. Vox es la otra cara de los partidos nacionalistas. Igual de rancio, caduco y anacrónico. Los extremos se tocan y se necesitan para subsistir. Poner en pie de guerra este hermoso país no traerá nada bueno. Alimentar estas dos bestias que en su esencia son exactamente lo mismo, nacionalistas y extrema derecha solo puede volvernos a escenarios muy peligrosos. Cuidado que esto no es una broma.
PODEMOS. Estuve muchos años militando en Izquierda Unida y no me perdí ni una manifestación cuando ocurrió el 15M. Ahora veo con tristeza cómo los líderes se convierten en casta y como ingenuamente los ilusionados indignados se convierten en señoritos que pretenden vender un mensaje vacío para seguir pagando sus bonitos chalets con piscina. Lo siento pero mi voto se ha indignado aún más con vosotros.
CIUDADANOS. Me gustó mucho sus inicios y el trabajo que han hecho en Cataluña al dar voz a una gente que vivía con miedo en una tierra absorbida por el mensaje nacionalista. Olé en Cataluña por la valentía y patética gestión en el resto de España por su deriva ideológica para rascar votos de unos y de otros.
PP. Nunca me gustaron sus líderes. Ahora Rajoy me parece un santo varón cuando los comparo con Fraga o Aznar o Casado. El Casado es joven y tiene mucho que madurar, pero viendo su competencia con Vox para ver quien la tiene más grande (me refiero a la bandera, claro) y viendo que centra su mensaje en las esencias, parece más un tripartito kafkiano que un partido con personalidad propia.
PSOE. Milité algunos años en este partido y de haber perseverado seguramente hubiera tenido una carrera política de su mano. Estuve a punto de ser alcalde de un pequeño pueblo, pero se cruzó por mi vida una embajadora que me alejó de esa posibilidad. Me gustó mucho, debo confesarlo, la carrera que su actual líder ha realizado para destronar de una vez por toda la ortodoxia casposa de su partido. El hecho de que todos los “varones” se pusieran en su contra y aún así venciera, me dio mucho morbo. También me gustó ese esfuerzo por dialogar con la bestia satánica independentista, como la ven algunos. Pero el partido socialista hace mucho tiempo que dejó de ser socialista. Y los utópicos como yo siempre fuimos vistos como ingenuos a lo largo de toda la historia. Así que seguiré votando ingenuamente a los imposibles.

Ahora mis amigos independentistas y mis amigos de la extrema derecha y mis amigos de la extrema izquierda y mis amigos moderados y mis amigos del centro y mis amigos ácratas y mis amigos místico-espirituales se enfadarán todos. Pero no me importa. Yo os seguiré amando, a pesar de vuestras ideologías, de vuestras creencias y de vuestra capacidad o no de juicio crítico, opinión y debate. Votaré, y votaré a PACMA y le daré voto a los animales, a ver si así nosotros nos humanizamos en el camino.

 

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Mi voz no es mi voz


 

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Es difícil verlo, pero a la entrada de este lugar hay un pequeño templecito natural representado por tres columnas: belleza, fuerza y sabiduría (cipreses) y las columnas J y B representadas en la entrada del templo natural por dos árboles de acacia. También encontramos la piedra bruta y la piedra tallada entre las columnas-cipreses… Dentro de la casa, las tres grandes columnas son impresionantes. 

Fue hermoso después de mucho tiempo poder volver a comer con una de las fundadoras del proyecto. Estuvimos hablando apasionadamente de todo lo que aconteció en aquellos primeros años de “magias” y “milagros” dónde ocurrió de todo hasta que llegamos a construir este lugar. La sobremesa se alargó durante cuatro horas porque eran muchos los temas a tratar. Me gustó su fuerza y apoyo en todo este proceso. Me hizo ilusión ver que guardaba con cariño y buen cuidado el que fue mi “hotel Prius” y que en su nueva vida junto al mar había retomado la calma y la paz. Hablamos de los progresos materiales del proyecto pero también hablamos de lo difícil que era progresar espiritualmente. Esta cuestión fue de suma importancia en la conversación y me hizo ver la necesaria colaboración con lo inevitable. Ella había puesto en práctica lo que juntos aprendimos sobre la importancia del decoro, de la belleza, de la armonía, del orden, de la limpieza. Pude ver sus espacios con un equilibrio exquisito, y eso es reflejo de lo que en su vida interior ahora disfruta.

Nada más despedirme de ella, aproveché que estaba en la gran ciudad y fui a un gran centro comercial para comprar siete grandes velas. A mi vuelta de estas largas vacaciones observé que el pequeño templecito de la ermita había sido iluminado por unas pequeñas velas rojas. Todo son símbolos y arquetipos, así que intenté hacer un acto de psicomagia comprando siete grandes velas, reflejo de que a partir de ahora intentaría prestar más atención a la parte interior de todo lo que aquí hagamos, tal y como hacíamos al principio de todo. Subir la vibración del lugar, y de las personas, y de todo lo que aquí realicemos para que el propósito que perseguimos deje de ser un sacrificio y se convierta en algo hermoso y dulce. Siete velas puede ser un buen comienzo. Solo un pequeño acto, un sencillo gesto para empezar a transmitir el verdadero propósito.

Tras terminar la compra me escondí tras el coche en el parking del gran almacén y me cambié de ropa. Me puse el traje negro, la corbata, los zapatos y toda la indumentaria que la noche de ayer requería. Fui hasta ese lugar secreto cuyo emplazamiento solo los hijos de la viuda conocen y allí permanecí hasta más allá de medianoche. El Segundo Vigilante, es guardián y conservador del Orden y del Silencio en las Columnas del templo, y me tocó representar esa hermosa figura, mirando atentamente el septentrión y observando que el orden y el silencio reinara generosamente entre la fuerza, la sabiduría y la belleza.

A veces me transmitían la voz, pero como vigilante, era capaz de entender que mi voz no era mi voz… mi voz es el eco de miles de voces que vienen de lejos. Lo hermoso de transmitir cierta tradición, sea la que sea, es esa sensación de no ser protagonista de nada, sino simplemente un eslabón más en la infinita cadena áurea. Una voz que no es mi voz, sino como dice la tradición, el murmullo sereno y fraterno de un árbol de seres nacido y crecido en el tiempo… y todas esas ramas y todos esos frutos maduran en torno a la raíz de su verbo. Realmente el de ayer fue un día hermoso y pleno. Cargado de inspiración, de amistad, de fraternidad. A las tres de la madrugada llegué a la pequeña ermita, algo cansado y dormido. Dejé una de las siete velas en su centro y el resto las puse en lugares que deben retomar la serenidad. Volverá la luz, siempre más luz.

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El egoísmo individual es el fracaso colectivo


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Esta mañana, con lluvia, llevando la instalación eléctrica a las cabañas y las caravanas

La verdad es que estos meses de ausencia he sentido un cierto egoísmo. He podido, a pesar de las circunstancias que estaba viviendo, tener cierta paz y decoro a la hora de no tener que dar explicaciones a nadie sobre mi vida y sobre lo que debía hacer. En cierta forma, el egoísmo individualista ha sido uno de los éxitos del sistema capitalista y liberal. Vivir en colectividad, en grupo o en familia parece, a la vista de lo que está ocurriendo, algo caduco y ajeno a los tiempos que corren. La institución familiar se está derrumbando a pasos agigantados. El éxito “progre” ha consistido en conseguir que las personas se sientan endiosadas, emancipadas y empoderadas para intentar subsistir al demoledor nuevo estado social de individualización y soledad. Si te sientes empoderado no necesitas tener pareja, familia o grupo de apoyo. Todas las tesis sobre la cooperación y el apoyo mutuo se abandonan porque, en la triste realidad en la que vivimos, nos creemos dioses con poderes sobrenaturales. Y esa creencia nos debilita, por eso de divide y vencerás.

El éxito capitalista consistió en hacernos creer que somos pequeño burgueses, con propiedad y dinero para poder imitar, ilusoriamente, la vida que hace algunos siglos llevaba la burguesía que consiguió desbancar del poder a la aristocracia dominante. Nos dieron casas, vehículos y un salario para poder afrontar la esclavizante vida de tener que hipotecarnos para asumir ese estado ilusorio. El crédito hizo el resto. Nuestra servidumbre se vio modificada por la ilusión de poseer algo que en verdad nunca será nuestro. Nuestra esclavitud se transformó, pero realmente nunca ha desaparecido.

Al volver a la vida comunitaria me doy cuenta de los engranajes del egoísmo, y de cómo cada uno, a su manera, intenta llevarlo a cabo a veces de forma encubierta, otras de forma disimulada. La confianza se mide dependiendo de quien pueda aportar más a ese interés egoísta. Resulta complejo descifrar los códigos de todo lo que ocurre en cada situación compleja. Cada uno mira primero hacia sí mismo y luego colabora con lo inevitable.

En estos días me acabo de dar cuenta de que resulto ser más un estorbo, inevitable, que otra cosa. Nueve meses de ausencia ha provocado desconfianza y recelo por hechos incomprensibles, por rumores, por interpretación de acontecimientos, o por cualquier tipo de opinión o juicio sobre la vida privada que haya podido tener en soledad. Me queda vivir en un estado de absoluta paciencia y ver cómo se desarrollan los acontecimientos. Ahora parece que soy yo el que se tiene que adaptar a los nuevos inquilinos, a sus manías, a sus hábitos, a sus cosas. Hoy me regañaban por mezclar fideos del uno con fideos del dos, con el hambre que hemos llegado a pasar en este lugar. No sabía si reír o llorar por la tremenda anécdota. Como si estos cinco años de esfuerzo no hubieran servido de nada. ¡En fin! La vida y sus cosas… A veces hay que ser interiormente muy fuerte para mostrarse débil, leía hoy en alguna parte. Pues eso…

Al menos hoy hemos culminado un éxito colectivo. La broma viene de lejos. Alguien decidió hace años comprar unas placas solares para uso particular. Esa persona disponía de un gran sistema solar para sí mismo mientras que el resto no disponíamos de luz. Cuando se marchó, nos dejó el sistema a cambio de lo que le había costado. El sistema privado lo colectivizamos. Aún así, era un sistema deficiente para todos, así que tiempo más tarde, compramos unas placas para las cabañas. Al principio para uso privado, personal, pero luego decidimos compartirlo con el resto de cabañas para no caer en el mismo error egoísta. Por una cadena de errores, el sistema de las cabañas dejó de funcionar, así que se decidió que las placas y el molino de viento de las cabañas se conectaran al sistema general de la casa grande de acogida. Con este aporte, el sistema de la casa aumentó de potencia y el sistema general se benefició de todo este aumento de energía, a cambio de que las cabañas se quedaran sin luz durante nueve meses.

Viendo el ejemplo colectivo de otros proyectos, se nos ocurrió comprar un cable de doscientos metros que saliera desde la casa a las cabañas y hoy llegó el milagro. Tras una larga mañana de barro y lluvia, todos hemos salido ganando. Ahora hay luz en la casa, en las caravanas y en las cabañas. Aunque sigue siendo un sistema muy limitado, al menos para una pequeña bombilla tenemos. Y a pesar de nuestros pequeños egoísmos individuales donde nuestro deseo es poseer nuestras propias placas solares, nuestros propios sistemas sin compartir con el resto, la experiencia nos ha demostrado que el éxito grupal repercute en el éxito individual, pero no a la inversa. Una gran enseñanza. Mañana intentaré no mezclar los fideos. Las cosas de la colectividad…

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PK, una hermosa película de amor


 

Ayer día ocho de abril fue un día muy especial. Era un aniversario especial de una línea de tiempo especial de un momento de mi vida muy especial. Esta película es un homenaje a aquellos que aman por encima de todas las cosas, y que creen que la verdad podrá siempre triunfar, y el amor, también. Si llamamos al número correcto, algo bueno nos espera…

 

La satisfacción del éxito conjunto


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Así me ha recibido Galicia, con lluvia y nieve…

Aún dudaba qué hacer por la mañana, pero un pálpito irracional me pidió que siguiera el camino. Me hubiera gustado asentarme un rato, disfrutar más de las tierras del sur. Ahora me doy cuenta de que es un privilegio tener una casa allí abajo. Un lugar donde siempre puedes volver. Como el privilegio de poder ir a Barcelona o el poder asentarme de nuevo en esta pequeña cabaña. Aquí es donde estoy ahora tras diez horas de viaje.

En Galicia hace frío. Nada más entrar por los Ancares y el Courel las temperaturas descendieron de golpe. La nieve dibujaba un paisaje hermoso y la lluvia daba a la tierra su dosis de humedad. Me hubiera gustado desviarme en el camino a Portugal y encerrarme en alguna tienda de campaña en algún bosque perdido, pero el coche, de nuevo averiado, no anda para muchos trotes. Esto me recuerda que un caballero andante como yo no puede vivir sin un rocinante adecuado, así que intentaré ponerme al día con todo y volver a recuperar el galopar que tanto me caracteriza. Es extraña esta sensación de no poder viajar libremente como hacía antes. Debo recuperar esa oportunidad perdida.

Ahora ya no lo pongo en duda. Mi naturaleza más profunda necesita moverse, viajar constantemente, ver a unos y a otros, compartir, descubrir, mirar con asombro cada detalle del paisaje circundante. El viaje en sí mismo es un auténtico disfrute y aprendizaje. Puedes entrar en meditación continua, en trance, en comunión con todo. Cada metro andado es una forma de entender el mundo. Siempre diferente, siempre cambiante.

En unos días vendrá la Semana Santa y nueva gente nos acompañará en este lugar inspirador. La belleza fluorescente propia de la primavera empieza a entreverse en estas montañas y bosques del Courel. Las flores, los olores, los colores intensos prometen un año de bienes, de bonanza, de compartir. Este lugar es una invitación intensa para experimentar la vida. Y si esa invitación viene acompañada de cierta sensibilidad, la vida entonces se muestra radiante en todas sus manifestaciones, con todos sus mundos, con todas sus miríadas de vidas.

A pesar del cansancio de estos años, ahora tengo unas ganas tremendas de seguir descubriendo gente. Pero esta vez, solo para observarla silenciosamente. Verlos pasar, intentar imaginar sus inquietudes, descubrir sus almas, adivinar sus propósitos. Tengo ganas de sentarme un rato al borde del camino para reconciliarme de nuevo con la urgencia de actuar. Los descansos son necesarios, pero solo para entender el magno trabajo aún por hacer. No me refiero al trabajo egoísta de pensar en nosotros mismos, sino al trabajo de ser partícipes de aquello que nos configura como humanidad. Si tienes esa visión, la utilidad de hacer cosas se vuelve profunda y con sentido. Cuando uno logra éxitos para sí mismo siente cierto grado de satisfacción, pero cuando la conquista del éxito es para todo el conjunto, la satisfacción no tiene límites.

Al llegar esta tarde a este rincón del mundo, he sentido ese bienestar de estar cumpliendo con cierta tarea, con cierto propósito mayor a uno mismo. Y al llegar a la cabaña y encender el fuego para que se calentara un poco, he visto como de cada llama surgía un hermoso halo de agradecimiento. Cuando somos partícipes de algo mayor a nosotros, ganamos nosotros, pero también gana toda nuestra raza humana. No importa lo que hagas, no importa con quién lo hagas, lo importante es ayudar, compartir, crecer juntos. Uno siempre siente dudas, pero cada vez resulta más clara la luz que llega dentro de nosotros para entender el significado profundo de la existencia.

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Satisfecho y en paz


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Con mis queridos Antonio y Manuel Jesús en un rato de frío y risas

En 2011 pasaron muchas cosas. Recuerdo que estaba en República Dominicana y desde el otro lado del mundo recibía unos hermosos mensajes de amor. Hoy, de forma casual, aparecieron y los leía con cierta alegría interior. Cuando en la vida encuentras a personas que te quieren y te tratan con cariño, dulzura y amor, te sientes agradecido y te sientes realmente vivo, en sintonía con todo lo que ocurre. Como ayer, que vinieron dos amigos desde muy lejos sólo para pasar un rato de frío en la feria con este menda.

Pudimos reír y celebrar en el banquete de la amistad la necesaria oportunidad de amar y ser amados. Qué puede quedarnos si no esa experiencia de amor, de relación, de amistad. A veces miro todo el pasado y siento cierta nostalgia. Como cuando hoy recordaba aquellas largas veladas mientras veíamos “Doctor en Alaska” en aquellos años pletóricos de vida. Ahora el tiempo pasa, y todo lo observo con cierta paz de la misma forma que deseo interiormente seguir exprimiendo cada segundo de existencia, fracaso tras fracaso, éxito tras éxito, dolor tras dolor, alegría tras alegría.

Hoy cerraba la persiana de la feria. Han sido diez días intensos. Materialmente sin ganancia, pero me llevo hermosos recuerdos y preciosas reflexiones entre amigos y libros. Al llegar a la Montaña de los Ángeles, a esta hermosa sierra plagada de leyendas, he sentido cierto abatimiento y cansancio. Si hubiera tenido fuerzas, hubiera seguido la ruta hacia el septentrión. Pero toca descansar un poco, revisar lo acontecido y seguir pronto el viaje, el Camino. No hay descanso, no hay tregua. Nuevas aventuras esperan, nuevos retos, nuevas avenidas donde atravesar curioso, con deseos de seguir experimentando la fuerza esencial de esta oportunidad que estamos viviendo. Es duro, no hay pausa, no hay descanso, pero debemos estar agradecidos. Agradecidos por todas esas personas que pasaron por nuestras vidas. Por aquellas que quedaron y por aquellas otras que se fueron. También agradecido, como hoy, por aquellas que de forma tímida vuelven y te saludan y te hacen recordar viejos tiempos.

Esta noche dormiré tranquilo, en paz. Ahora sé que pase lo que pase, hice lo que pude, sin mayores cuestiones. Cuando remiraba uno a uno todos los libros escritos, todos los prólogos o capítulos en los que participaba sentía cierta satisfacción interior. Ya hace años que no escribo nada, a pesar de que tengo algún otro libro ya casi terminado. Pero los días se suceden tan rápidos que sólo hay oportunidad de hacer lo que se pueda. Así que me marcho satisfecho, porque hice lo que pude, y el mundo sigue girando. Ya se terminaron las prisas y las exigencias por llegar a ninguna parte. Ahora la vida, calma, se derrama con la frecuencia necesaria, con la cadencia oportuna. Y ahí, esperando, los amigos. Gracias a todos por haber compartido este trozo de vida. Gracias por estar ahí, en lo bueno y en lo malo.

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Ágape fraternal


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Ir a una feria y que llueva es lo peor que puede pasar. Estos tres últimos días supuestamente son los de mayor venta, pero con frío y lluvia, hacen que las perspectivas se derrumben y sucumba la previsión de ingresos. Así que pasé todo el día con un frío intenso, disfrutando de la lluvia y de este retardado invierno que apareció en plena primavera. Cosas que pasan, cosas que ocurren en el preludio de la aventura. Aún así fue un día de lo más interesante. En la feria puedes conocer gente curiosa, compartir con viejos amigos o pasar ratos agradables con tus compañeros de oficio, sean ellos libreros, editores o movimientos culturales que se atreven a mostrar al público todo su arsenal filosófico. Digamos que las ferias pueden ser excusa, no tanto para vender, como para intercambiar sinergias, ideas y realidades. Además, también puede servir de acicate para saber qué pide la gente y qué busca entre tanto libro y oferta.

Ayer, tras cerrar la feria, fui invitado en el hermoso barrio del Brillante a participar en los trabajos de la logia que ayudé a construir aquí en Sierra Morena. No pude asistir al taller, pero sí al ágape fraterno que se hizo a continuación. Fue toda una alegría poder ver que la llama ha crecido, sigue viva y que aquellos arquetípicos momentos de construcción sirvieron para que la fraternidad, la igualdad y la libertad se propagara también en estos lares. Alguien me llamó como una leyenda viva de este lugar y yo me sonrojé, porque realmente el mérito fue solo de motor, de empuje, de conspiración para que se realizara la parte más difícil. Aún así, agradecí el reconocimiento y la admiración. Trazar los planos de cualquier arquitectura tiene un trabajo, pero siempre he pensado que el mérito está en la propia construcción, en los que sostienen el trabajo.

Tras el ágape y el buen rato que pasé en este pequeño palacete convertido en templo, fui a recoger el coche con la mala suerte de que el parking donde lo había dejado estaba cerrado. Los frater me llevaron a un hotel para pasar la noche y esta mañana temprano vinieron a recogerme para compartir el desayuno y echar una mano a ordenar el templo para dar paso a la tenida del capítulo, segunda parte de los trabajos que realizan «los invisibles desconocidos». Como para ellos soy príncipe de la invisible orden rosa cruz, tenía derecho a estar allí y participar de los trabajos, pero la obligación de estar detrás de un mostrador vendiendo libros me llamaba. Qué paradójico poder ser príncipe en un palacete por la mañana y posar tras unos libros en una caseta de feria por la tarde.

Me gusta esta camaleónica vida donde uno puede ejercer diferentes personajes, vivir como un mendigo o un príncipe según le plazca, y codearse con lo mejor o lo más abrupto de la humanidad según me venga en gana. No todo el mundo puede hacer esto. No todo el mundo tiene la capacidad y la tolerancia suficiente para estar entre pobres o ricos, entre príncipes o mendigos. No todo el mundo está preparado para vestir harapos al anochecer y vestirse con las mejores galas al empezar el día. Esto no me hace más humilde o más tolerante, ni mejor o peor, simplemente me permite conocer al ser humano en todos sus grados y condiciones y, como persona sensible, disfrutar de toda la riqueza que la vida muestra en cualquier tipo de frecuencia existencial, en toda esta amplísima gama de contrastes. Que el Gran Arquitecto del Universo siga tejiendo en los cielos mientras se sumerge con nosotros en el barro de la tierra. Que así sea, y nosotros aprendamos de su inmensidad obligándonos a ejercer todo tipo de tolerancia. Que el amor fraterno siga uniendo corazones dispares.

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