De pavos bizcos y autores muertos, por decir algo


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Esta mañana pelando los palos del tejado… Con todo lo que tengo por delante y yo pelando palos…

Suena el teléfono de la empresa pero no contesto. Insisten y descuelgo mientras pongo una lavadora. Es Mari Cruz, de la librería Bohindra de Madrid, para dar gracias por el donativo de libros. Termino la lavadora y hago una docena de paquetes para que mañana salgan todos puntuales. Algunos no llegarán. El servicio de Correos es un desastre. Así que siempre me toca regalar libros. Es lo hermoso del don. Cuando haces algo desde el don, te gusta regalarlo, por eso de dar gratis lo que gratis habéis recibido. Me ducho mientras pienso en ello. Compruebo que llegaron los sobres y el tóner para la impresora. También el nuevo sello para el proyecto. Todo en orden. Meriendo y sigo con mis cosas.

No sé por dónde empezar. La casa está sin tejado y media España se está inundando. Los brotes de listeria no me preocupan, soy vegetariano. Pero sí el agua. Aquí el tiempo nos da una tregua hasta el domingo, pero para entonces, llegarán las lluvias. En Galicia es imposible poner fechas ni compromisos. La persona que tenía que venir a poner los palos está desaparecida. Sin los palos puestos, nosotros no podemos seguir la obra. Así que me temo lo peor para los próximos días. El plan B será evitar que la casa se inunde de agua y se eche a perder todos los suelos de madera, el equipo electrónico y todo lo que ahora está al descubierto. La gota fría más devastadora de los últimos tiempos, dicen los titulares. Y nosotros sin tejado, y en Galicia. Parece el fin del mundo. Los partidos ni siquiera se ponen de acuerdo. Habrá elecciones y votaré a Sánchez, por terco. Me gusta la gente terca, empecinada. Pienso en la listeria. Hice bien en envolverme de muy joven de sensibilidad hacia los animales. La naturaleza ya empieza a mirarnos como si fuéramos una plaga, y pronto reaccionará brutalmente.

Las fechas de la defensa de la tesis doctoral se acercan. Debería estar preparando al menos la presentación. Me tocará hacerlo en algún lugar inhóspito y silencioso. He reservado una habitación en Escocia, en mi querida Findhorn. Pero me doy cuenta de que no me puedo marchar muy lejos ya que hemos quedado tan sólo tres personas, de las cuales una de ellas empezará a estudiar el próximo lunes y la otra está inhabilitada por un accidente de moto. Dicho así, me quedo solo ante el peligro, ante el tejado, la lluvia y ante todo lo que se presenta. Y aún no he contestado la entrevista para el grupo Vocento. Ni siquiera sé qué decir. Cuando me llaman para alguna entrevista ya no sé ni qué contar. Lo primero que les pregunto es si es para radio, televisión o prensa. Y según me digan me escaqueo o les digo que me envíen un cuestionario que contesto cuando puedo. Intento ser cortés con la prensa pero cada vez me cuesta más. Y al blog le falta una persona para ser cinco mil seguidores. Al que haga cinco mil le regalaré un lote de libros, para celebrarlo. De los cinco mil, me pregunto cuántos tendrán la paciencia de leer estas letras, que ahora nacen desde el caos más absoluto.

A Emilio le debo un capítulo de nuestro libro y llevo semanas sin dar señales de vida. «La gestión del misterio» era el título original del mismo, pero alguien me dijo de forma muy inspiradora que el misterio no se puede gestionar, a lo sumo, se puede habitar, morar. Es un tema complejo, pero el interés del mismo era sobre cómo el ser humano había gestionado el misterio a lo largo del tiempo, desde las primeras creencias animistas hasta nuestros días, ya fuera en templos consagrados o en pleno contacto con la naturaleza. No sé cuándo escribiré el próximo capítulo, porque mientras escribo esto me acabo de acordar que tengo que encerrar las gallinas, los pavos y los patos. También comprar una bomba de agua para que el estanque esté limpio y los peces y los patos puedan convivir en pura agua limpia.

Miro la hora y veo que ya no me da tiempo a terminar de maquetar ningún otro libro de la editorial. Tengo cinco trabajos urgentes que debería haber entregado hace un mes y al menos una veintena programados para lo que queda de año. Inabarcable. Mi sueño es editar tan sólo cinco o diez libros al año y a poder ser de autores muertos y consagrados. Tengo que hacer cuentas para ver si se puede vivir de ello. Los vivos dan mucho trabajo, son exigentes y a veces uno se queda exhausto a la hora de gestionar el ego de tantos artistas que desean ingenuamente vivir de los libros, o ver su obra entre los primeros o no se sabe muy bien qué. Es agotador. Por eso el año que viene me centraré en los muertos, dejando los vivos para mejor vida. El único aliciente a todo esto son los vivos generosos, inadaptados o desapegados de su obra. Con esos me casaría de por vida, porque son como los muertos, no hacen ruido y suelen ser extremadamente generosos, que es la única forma de sobrevivir en estos tiempos de decadencia editorial.

Hemos conseguido que un mecenas nos financie la construcción de la escuela. Esto me añade una carga de trabajo porque tengo que empezar a pensar en cómo será la escuela, como explicárselo a nuestro arquitecto, que es italiano y no habla español, pero sabe mejor que nadie lo que queremos construir. En octubre viajo a Inglaterra y Escocia para ver modelos de escuelas de consciencia diferentes y buscar inspiración a la que añadir a nuestro modelo de búsqueda de dones y talentos dentro de un marco de nueva consciencia y nuevo paradigma rompedor, demoledor, diría. El proyecto de escuela es ambicioso y cuando pienso en él me acuerdo de nuevo de los patos y las gallinas y los pavos. Los peces están bien, de momento, pero el otro día me marché de viaje al mediodía y un pavo murió en las garras de algún zorro. Sobrevivió la pava bizca, que sólo ve por un ojo. Pobre pavo y pobre pava que se quedó sola y exhausta, triste y desamparada. Ayer compramos otro pavo para que la bizca no se sintiera sola.

Hay alguien haciendo la experiencia de 21 días y al salir no quiero hacer mucho ruido. El silencio ahora es importante para ella. Pobre, menuda semana ha elegido para empezar algo tan importante como es la búsqueda de visión y propósito. La casa sin tejado, todo caótico, advenimiento de próxima inundación, un accidentado, el resto que se va ante la inminencia del frío, la joven estudiante que cuidaremos con cariño para que logre bucear en sus dones… Espero que Geo tenga comida, y los gatitos. Tengo que mirarlo cuando vaya a ver al resto. Y que no les falte agua. Eso es importante.

La calefacción para la casa llega a un presupuesto de casi veinte mil euros. Le he pedido al instalador que lo ajuste a la mitad, y aún así es demasiado. Pero vamos a hacer lo indecible para intentar tener calefacción este invierno. Y también tejado nuevo, a pesar de las lluvias que se avecinan y a pesar de que el constructor no se sabe cuando pondrá los palos. Bueno, me voy a encerrar a los bichos antes de que venga el zorro y se meriende algún pato, pavo o gallina. Los peces están bien, seguro. Yo también, a pesar de todo. De nuevo tengo coche gracias a un trueque mínimo y a pesar de que me duele la espalda por las obras del tejado, estoy bien. Y escribo, y me desahogo, y me dejo mil cosas que contar, pero es que aún no tenemos presidente, ni se le espera. Y llueve. Y ahí está la listeria, dando avisos. Menos mal que soy vegetariano desde los 16 años, bueno, galletariano para los amigos. Un abrazo a todos, feliz noche. Soñad bonito y bien.

Ah!!! Y gracias de corazón por apoyar esta escritura…

no sólo de letras vive el hombre… 

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 Cosas, gentes, ideas


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© Xavier Beaudoux

 

Debería opinar, sin ciencia, sobre el día de hoy. Pero hace tiempo que estoy alejado de la crítica política, y solo cuando realmente se despierta en mí algún tipo de deseo desbocado, como en años pasados, suelo hablar de lo que ocurre. Interiormente siento que ya no ocurre nada, que es más de lo mismo, que en una fecha tan señalada para algunos, hay poco de lo que opinar. Quizás sea por esa sensación de hartazgo, de falta de ilusión por ver que en lo político poco pasa. Falta liderazgo de verdad, faltan ideas integradoras, que unan y no que separen, que miren más allá de los ombligos.

Cuando las personas nos llenamos de cosas y vivimos en ese empacho constante, nos falta tiempo para las ideas. ¿Quién quiere hoy día fijarse en el mundo de las ideas?¿A quién le importa realmente en los tiempos vacuos que vivimos ápices de filosofía o pensamiento? La lucidez está arrebatada, escondida en los entresijos del silencio y la negrura. Las cosas han invadido el mundo, las ideas se han refugiado en lugares secretos e inhóspitos. Por eso estamos recogiendo los frutos de una política ciega, aturdida, egoísta.

Lo hermoso de vivir en la sencillez es que cada vez necesitas menos cosas, y por lo tanto, cada vez estás con mayor deseo de poseer ideas. Debo decir que ya son pocos los pensadores y los pensamientos que provoquen cierto regocijo. El mundo de hoy es un mundo aturdido, por eso no tenemos más remedio que refugiarnos una y otra vez en los clásicos de siempre, personas que, al parecer, vivían más cerca del misterio, de la incertidumbre, del pensamiento, del logos.

Me gustaría poder integrar una cuadrilla de librepensadores, pero de esos que andan desapegados inclusive de sus ideas. Que son capaces de sabotear cualquier condimento que pueda refutar cosas que parecían claras. Los lúcidos, los hermanos del espíritu libre, ya no campan alegremente como antes lo hacían. Pocas son las almas que hoy día puedan sorprendernos con algún atisbo de brillantez. Pocos los seres que puedas mirar con cierta admiración, a sabiendas de que viven en el mundo de la moral, que son intachables inclusive en la presencia que destilan, que dan ganas de enamorarse por la pura elegancia en la que viven.

En un mundo de exceso de cosas también faltan los valientes, aquellos que se radicalizan para demostrar cualquier asunto que pueda transformar el mundo, o al menos, algún tipo de visión del mundo. Las cosas nos acomodan, las diez mil cosas que decía el Tao. Las cosas ahora tienen más importancia que las personas, inclusive que las ideas. Ya no hay logias donde el pensamiento campe libremente, fraternalmente. Ahora solo hay los restos cadavéricos de cementerios dinosáuricos donde nadie arriesga ni un ápice por cambiar nada. Las cosas nos acomodan y nos encierran en una prisión invisible, dependiente, insulsa.

Sin embargo, aún siento cierta sensación de sorpresa en la naturaleza. Cuando veo cómo se teje la complejidad de la misma, puedo hallar ahí, en la más absoluta ausencia de cosas, personas e ideas, un campo inabarcable de inspiración y sosiego. Filtrar la mirada hacia la paleta de colores, hacia la intensidad de sombras y luces, hacia los sonidos naturales de un bosque o un río, me produce gran satisfacción. Sólo falta ese nefasto detalle de no poder compartir esa mirada mistérica con alguna lúcida visionaria cargada de ideas entrañables y profundas. Sólo hecho en falta eso cuando me maravillo ante la presencia del Dios intangible.

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La cinta de Möbius. El viaje hacia una vida no dividida


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Todos somos frágiles y vulnerables. Hay momentos que la vida nos golpea y a penas tenemos fuerza para levantarnos. Los que tienen suerte, acuden a los resortes de apoyo mutuo que surgen en nuestras redes, ya sean familiares o de proximidad. Otros necesitan ir más allá y acuden al tejido social que asume aquello que la vida privada no puede ofrecer, ya sea por carencia o nulidad. A veces nada de eso ocurre y nos vemos de repente solos ante los azotes, y es cuando la catástrofe, la tragedia, golpea con mayor fuerza y virulencia. Los cimientos que creíamos sólidos, de repente se derrumban y flaqueamos por todos los frentes.

Si acontece la muerte, el final, todo se diluye y acaba, pero si sobrevivimos al primer golpe, las secuelas pueden ser irreversibles. Si miramos con distancia la vida, todas nuestras vidas, vemos que dentro de nuestra fragilidad y vulnerabilidad hay siempre algo que nos mantiene alerta, al mismo tiempo que nos sostiene en el frágil equilibrio. Aprendemos con la experiencia que cuando recibimos un golpe, debemos estar preparados para el siguiente. Esa preparación nos hace, si estamos alertas, fijar nuestra atención hacia estacas de fortaleza interior que debemos consolidar una y otra vez como fuertes amarres que nos aten, emocional y psíquicamente, a una vida en plena ebullición.

El dolor que no se transforma es un dolor que se transmite. El sufrimiento que no hemos sido capaces de trascender, que se enquista dentro de nosotros, genera en el futuro rabia, recelo, rencor y más dolor. Cuando vivimos encerrados en nuestro mundo, ya sea aquello que encerremos nuestro mundo interior o nuestro mundo exterior, aislándonos o protegiéndonos de alguna manera de todo lo que nos rodea, estamos anulando realmente parte de nosotros. Eso nos protege, pero también evita que podamos manifestarnos plenamente. Cuando osamos con valentía compartir ambos mundos, el interior y el exterior, abiertamente, los errores son mayores, los riesgos se multiplican, pero la enseñanza emerge imparable. También nuestro ser, nuestro propósito y nuestro don.

No me di cuenta hasta ayer de que mis mayores maestros han sido precisamente esa colección de errores cometidos casi en cadena uno tras otro. Tampoco hasta ayer había llevado a la consciencia que eso es debido a que muestro abiertamente, participadamente, todo cuanto soy, en lo interior (a veces con esta escritura) o en lo exterior, en mi vida diaria.

Ayer C. me obsequió en su casa con numerosos regalos. La acogida y la sonrisa siempre son perlas que se guardan como tesoros ocultos en nuestro interior. Por eso soy consciente de que de alguna manera soy guardián de un gran tesoro (¿a cuántas almas acogemos y sonreímos todos los días allí en las montañas?). Llegaron más regalos que no detallaré por inmensos, pero como editor, escritor y pensador-sintiente, me agradó especialmente varios libros de Parker J. Palmer que ahora hojeo con esa ansiedad que nos posee cuando estamos al borde de descubrir algo luminoso.

Y la luz viene precisamente de esta reflexión. C. cogió una cartulina azul de su hermoso escritorio. Recortó una tira y me mostró sus dos caras. Jugando con ellas las unió por sus dos puntas dibujando un enrevesado símbolo del infinito. En ese momento solo podía describirlo así en mi mente, pero comprendí perfectamente lo que quería mostrar. Para construir una cinta de Möbius -así se llama-, se toma una tira de papel y se pegan los extremos dando media vuelta a uno de ellos antes de pegarlos. Esa es la explicación oficial y el nombre de lo que C. quería mostrarme. Palmer lo explica de forma hermosa:

“En la cinta de Möbius no existe ni dentro ni fuera: las dos aparentes caras no dejan de crearse mutuamente. la mecánica de la cinta de Möbius es misteriosa, pero el mensaje es claro: lo que hay dentro de nosotros no deja de fluir constantemente hacia fuera para contribuir a formar, o deformar, el mundo; y lo que hay fuera de nosotros fluye constantemente hacia dentro para contribuir a formar, o deformar, nuestra vida. La cinta de Möbius es como la propia vida: en definitiva, solo hay una realidad”.

De ahí el título de su libro: “Una plenitud oculta. El viaje hacia una vida no dividida. Aceptar el alma y tejer la comunidad en un mundo herido” (Editorial Sirio).

Esto es una revelación maravillosa porque nos invita a presentarnos como realmente somos, y no como la sociedad quiere que nos presentemos, o no parcialmente, expresando nuestra superficialidad y ocultando nuestro interior. Es decir, nos invita (muchos se ofenden por ello), a que mostremos nuestra vulnerabilidad, nuestros errores, nuestra rabia, nuestro sentir, nuestros miedos, nuestro amor, nuestra felicidad. Lo privado y lo público se fusionan en una transparencia nueva, difícil de entender, pero hermosa en cuanto a la unidad que nos provoca como seres libres.

Es cierto que estamos en el país de la envidia y la crítica. No hay día que no sufra algún tipo de ataque inesperado por mostrar mi fragilidad, mis errores y aciertos, los menos. Pero cada día me importa menos. El trabajo de los círculos de consciencia, con el tiempo, nos ayuda a tomar la vida por montera. Lo experimentamos todos los días en los círculos de consciencia, cuando se realizan desde la más profunda sinceridad, y expresamos libremente todas las mañanas nuestro sentir, cogidos de las manos al otro, que a veces, la mayoría de las veces, es un desconocido. Desnudos de juicios, sin miedo al qué dirán, nos abrimos en canal mostrando, ya sea con los ojos abiertos o cerrados, eso que en ese momento somos, y no otra cosa. Es una práctica maravillosa porque en esos círculos de consciencia -Palmer los llama círculos de confianza- somos nosotros mismos, en lo bueno y en lo malo, pero nosotros. Siendo, sin más. Por eso nuestro viaje es un yoga, un Tao, un advaita que no divide sino que suma buscando la Unión, explorando siempre el paisaje interior de la vida plena. Gracias querida C. por mostrarme esos caminos…

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Cuando el fruto maduro cae, su dulzura destila y permea las venas de la tierra


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Esta mañana, paseando entre cultivos de estevia en el valle del Tiétar, con la impresionante sierra de Gredos al fondo.

Me encantó hacer el viaje con mi ex, en mi ex coche, hacia un lugar que determinó para siempre mi vida cuando decidí, ante una sugerente oferta de trabajo, buscar silencio en un retiro vipassana en el valle del Tiétar para reflexionar sobre la misma. En el retiro olvidé pronto la oferta y desde dentro solo podía sentir una cosa: Camino de Santiago. Y allí empezó todo. Practicando los caminos, los caminos me vuelven a traer al punto de inicio. Cosas del Camino.

Anoche llegamos y pude dormir en casa de la familia de Ana, mi querida Ana, que tanto amor incondicional le tengo desde que nos conocimos en las cimas y crestas de tiempos pletóricos. Y allí dormí y luego, en el plenilunio del nuevo día, me fui dos pueblos más allá, siguiendo la hermosa sierra de Gredos, desayunando con esa otra familia espiritual que más allá de los convencionalismos, se crea en los planos internos.

Más tarde paseábamos por la finca que pretende resurgir, que desciende por el valle para crear un nuevo punto de luz. Y mientras paseábamos por las alamedas y los cultivos ecológicos de estevia me preguntaba cómo se podía activar ese punto de luz que quiere nacer. Y me acordaba de las frías mañanas en la ermita, allá en el septentrión, cuando solo una vela acompañada de nuestra fe y esperanza creaba el “anclaje” en las cimas de la meditación. Sólo atrayendo luz se puede crear un punto de luz. Sólo mediante la fuerza del silencio, de la meditación constante, del coraje por seguir adelante, de la intención que acompaña a todo propósito interior, puede crearse algo diferente, algo luminoso. Sólo la luz constante que se crea en el silencio puede atraer más luz. Esa es la clave firme para seguir avanzando. Ese es el secreto para que la llama continue.

Alguien murió y tuvimos que regresar corriendo a Madrid. Entré en el hogar lleno de libros y me sentí como en casa. Libros de Atalanta, de Steiner, incluso libros de Nous y de este menda. Libros por todas partes que intentan guiar nuestra mente, nuestras emociones, nuestras vidas y nuestros cuerpos por la senda de la unión, en el intervalo que desea integrar el cuaternario con la triada.

En la corrección del nuevo libro se compartió un verso de Lawrence: “Cuando el fruto maduro cae, su dulzura destila y permea las venas de la tierra”. Cansado por tanto viaje, me quedé fijamente mirando las letras, el verso entero, mientras yo mismo sentía que caía hacia abajo, como si de alguna forma mi cuerpo se adentrara en la tierra. Seguíamos corrigiendo el libro en este hermoso despacho cargado de madera y libros, pero yo seguía fijando el corazón en los versos: “Cuando mueren las personas realizadas, el aceite esencial de su experiencia entra en las venas del espacio viviente y agrega un destello al átomo, al cuerpo inmortal del caos”.

De repente me sentí realizado y comprendí el caos, comprendí todo el desorden de este tiempo, y vi como el aceite esencial había penetrado en el espacio viviente cuando el tarro que lo sostenía se quebró. Entendí todo, es como si de repente la vida se hubiera ordenado en un sentido superior, más amplio, como si de alguna forma, al igual que hiciera Roberto Plá, también hubiera llegado a la otra orilla, y desde allí, las cosas se vieran de forma diferente.

Y seguía leyendo apresurado, como si algún tipo de revelación hubiera inundado todo el ser, toda la experiencia, toda mi insignificante y ridícula vida: “Porque el espacio está vivo y se mueve como un cisne cuyas plumas relucen sedosas con el aceite esencial de la experiencia destilada”.

Sonó entonces música de Max Richter y entré en ese éxtasis sedoso, seducido por la experiencia de la vida, por la unidad de las cosas, por no querer, ya nunca más, entrar en la disputa, en el rencor, en la envidia, en el celo, en la desdicha. Sonaba el piano mientras caía como fruto maduro al vacío de la existencia y solo podía sentir paz. Como si la luz del pequeño “yo” se hubiera difuminado y algo nuevo naciera desde adentro.

Allí, en las venas de la tierra, uno siente el fluir de la savia, de todo aquello que se desliza en los planos invisibles, en la verdadera ecuación de un mundo diferente, atractivo, imprescindible. Ese mundo que alimenta al resto sin darnos cuenta, trabajando a cada instante para que los sabores, la belleza, la inspiración, sigan existiendo. Ese mundo al que se accede en el silencio, junto a una vela.

Ahora soy testigo de un mundo diferente. Sigo siendo insignificante, ridículo ante la inmensidad, cargado de errores, pero testigo de algo que muestra la vida amplia y deseo, como siempre, seguir compartiendo. Ya no importa lo que digan, ya no importa lo que piensen, si están o no de acuerdo. Ya nada importa, porque el fruto ha caído y el aceite se desliza en las venas de la tierra.

Estoy en Madrid, dormiré en esta hermosa casa. Mañana viajo al sur, al mediodía. Queda dicho.

 

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No desfallezcas


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«Creo que si un hombre se enriquece espiritualmente, el mundo entero se enriquece con él y que si desfallece, el mundo entero desfallece en la misma medida». Gandhi

El fuego de la comunidad y la cooperación iluminaron nuestras almas en el silencio que habita dentro de la pequeña ermita. Adoptamos, en las canciones, los signos que nos dictan nuestras queridas montañas plagadas de peregrinos ángeles que visten a la usanza etérica. Bajo los auspicios del yoga, cada gesto era la más elevada medida de simplicidad. Mientras miraba cómo las criaturas mañaneras despertaban tras el rocío, los árboles y las montañas, recibía un emotivo mensaje desde Latinoamérica. Vero, que estuvo un mes entre nosotros, quedó enamorada de nuestro proyecto y desea crear uno en su país, Uruguay. Un “ocousito” donde la gente tenga un hogar y un plato de comida material, pero también un sentir espiritual dónde poder acercarse como una lluvia que cae suave sobre los rostros que ansían beber de las nuevas fuentes, un lugar dónde sentir la vida en toda su plenitud y anchura, desde lo simple, desde la raíz de la más profunda consciencia.

Me alegra saber que nuestro pequeño y humilde proyecto sirve de inspiración a otros, porque ese siempre ha sido su sentir y su propósito. Si la fundación tuviera recursos suficientes estoy convencido de que de alguna forma impulsaría la creación de más proyectos en nuevas tierras para expandir la nueva buena, la consciencia de unidad, de fraternidad humana, de amor cooperativo. Una multiplicación exponencial del néctar y el aroma que inevitablemente debe renacer en la tierra ahora doliente. Una multitud de obras de buena voluntad donde el servicio y el amor incondicional, el aprendizaje y la belleza se instalen irremediablemente dentro de nosotros.

Este tipo de mensajes me llenan el alma de ilusión y convicción, de fe y esperanza. Especialmente hoy que ya, por fin, hemos terminado la parte más peligrosa del tejado. Nos dimos de plazo cuatro días de arriesgado trabajo y esta mañana, ante la baja de algunos voluntarios, afronté solo desde arriba la parte más osada mientras que recibía apoyo logístico desde abajo, y también, por qué no decirlo, desde arriba, más arriba, en la aurora. Misión cumplida.

Ahora a esperar a que algún especialista nos ponga los grandes palos que harán de vigas y el resto, lo haremos nosotros, que ya casi somos especialistas en tejados y alturas, como lo fue el pequeño de Asís, que se hizo grande reconstruyendo su pequeña Porciúncula, su Santa María de los Ángeles, su humilde atalaya desde la que divisar los cielos, abrazarlos, inspirarlos atómicamente hasta lo más profundo del ser mientras se repetía una y otra vez las evangélicas palabras: “Id… anunciad que el reino de los cielos está cerca, no llevéis oro ni plata, ni alforjas… no os preocupéis por el mañana… gratuitamente habéis recibido, dad gratuitamente… al entrar en las casas decid: ¡Paz, paz!” Y eso hacemos, dar gratuitamente lo que gratuitamente hemos recibido que no es más que la paz, una paz profunda, una paz que anuncia el nuevo mundo.

Eso pensaba desde los tejados, y tras el duro día bajo el sol bajé andando los cinco kilómetros que nos separan del pueblo y de mi pequeña oficina, que hace de sede editorial y refugio improvisado cuando se requiere algún instante de quietud y silencio entre libros. Hoy dormiré aquí para avanzar trabajo en la editorial y mañana toca viaje al valle del Tiétar, un lugar que se está revitalizando espiritualmente gracias a varios importantes proyectos que hay en la zona. Y allí gritaré en silencio ese ¡paz, paz!, mientras recuerdo el fuego que ilumina nuestras almas.

Bajaba caminando bajo el sol de verano y los aún prados verdes y bosques que dan sombra, y sentía como una sólida e indivisible semilla estaba creciendo desde una expansión de elementos que se aglutinan en un marco invisible pero real. Interiormente siento que ya no hay vacilación ni deseo de desfallecer. Hay algún tipo de claridad, de convicción que se mece ante la presencia de algo mayor a nosotros. Un deseo irremediablemente de enriquecernos espiritualmente para así, hacer enriquecer a toda la tierra. No hay tiempo para desfallecer, solo para trabajar amablemente en la gran Obra, en esa que se construye silenciosamente bajo los auspicios del más sublime misterio.

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Desde los tejados la vida se ve diferente


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Esta mañana reconstruyendo con sudor y lágrimas el tejado de la casa de acogida

Estar en el tajo es una expresión que intenta acercarnos a la difícil labor de aquellos que trabajan duramente con su cuerpo físico. En mis tiempos de estudiante solía tener trabajos duros, donde no me importaba hacer casi de todo con tal de sacar algún dinero para, básicamente, comprar libros y viajar algo. Recuerdo que leía las obras completas de Khalil Gibran mientras vigilaba el edificio del que sería el Hotel Les Arts, o leía cualquier libro que pudiera mientras trabajaba en cualquier cosa. Eran los tiempos en los que no había internet, y mi deseo era absorber lo “grande”, aún a sabiendas de lo difícil que era poder absorber desde lo pequeño en una consciencia que deseaba constantemente ensancharse.

Este siempre ha sido un dilema que me ha perseguido. Hoy lo pensaba especialmente cuando trataba de no caerme al vacío mientras intentaba desmontar el antiguo tejado de la casa de acogida. La podredumbre había llegado a las maderas y cualquier paso en falso podría haber acabado en una catástrofe. Ha sido un milagro que no cayera el tejado entero con las últimas nevadas. El peligro en estos tres días ha sido tal que he prohibido subir a nadie al mismo, excepto a una persona de máxima confianza y yo mismo. En algunos momentos, desde esos pequeños instantes de máximo peligro donde no sabías si el tejado se caería bajo mis pies, resoplaba interiormente y pensaba, más bien sentía, a esa consciencia ensanchada.

Solo una consciencia ávida y probada entiende la fragilidad de la vida, el mecanismo por el cual cualquier error puede acabar en tragedia. Me venía a la mente también la triste noticia de la muerte de Blanca Fernández Ochoa y pensaba en la fragilidad mientras arrojaba grandes losas de pizarra desde arriba al suelo. Un resbalón, un descuido, una torpeza, y todo se va al traste. Con estas letras me desahogo porque aún quedan dos días para ver la vida desde los tejados. Sentir la niebla matutina y su frescor y luego el intenso sol que está tostando las partes de mi cuerpo desnudo mientras toda la casa sufre este infortunio temporal. Las agujetas y el cansancio crecen y crecen cada día. Pero la ilusión por ver ese tejado cambiado puede más que todo lo demás.

Por las tardes intento descansar haciendo lo que más me gusta. Escribir algo, preparar la defensa de la tesis, trabajar en la editorial. Tengo mucho trabajo atrasado tras el verano intenso y me he propuesto no agobiarme, ir sacando poco a poco todo lo que pueda y estirar el otoño y el invierno desde el disfrute y el gozo de vivir. Ese gozo me resulta imprescindible ahora, especialmente cuando reflexiono sobre la necesidad de seguir adelante en el propósito interior. Porque, si somos tan frágiles, ¿por qué vivir pensando que somos eternos, y que la vida se alargará a nuestro antojo todo lo que podamos? La vida sobrevivirá a nosotros, quizás también alguna parte de nuestra limitada consciencia, algún átomo simiente que pueda unirse al océano consciencial. Pero nosotros, nuestro ego, nuestra personalidad, nuestro carácter, se extinguirá inevitablemente para siempre. Entonces, ¿para qué dejar las cosas para mañana pudiéndose hacer hoy? ¿Para qué retrasar nuestro verdadero propósito interior? ¿Para qué retrasar lo inevitable?

En estos momentos de mi vida siento que estoy haciendo lo inevitable, lo necesario, lo que realmente debo hacer, quiero hacer, vengo a hacer para apoyar a que la consciencia universal se ensanche. Eso me da cierta paz interior y me hace contemplar cómplice la vida de forma desapegada. Cada uno de nosotros es movido por una especial energía, pero siempre es necesario, mediante el impulso reconocible de nuestra inquebrantable voluntad, crear una dirección precisa para que nuestra aspiración interior pueda movilizarse realmente. A veces pasan los años y nos damos cuenta de que toda nuestra energía se consume en un circunloquio vacío, vacuo, sin sentido. Falta la dirección, la concentración necesaria para que las grandes losas que tirábamos desde lo alto del tejado cayeran en la posición adecuada, no se rompieran y así puedan servir para futuros suelos.

El esfuerzo fundamental de todo pasa inevitablemente por cierta renuncia, por cierto desapego. Siempre tenemos miedo a perder. Pero nunca entendemos esa máxima que nos advierte sobre la bonanza de las pérdidas. Perder algo significa que dejamos hueco para algo mejor. Si por mantener el tejado antiguo, por puro apego, hubiera quedado en su lugar durante unos meses más, posiblemente toda su carga hubiera caído al vacío. Lo viejo a veces se pudre y requiere renovación. Al sacrificar el hermoso tejado antiguo, vete tú a saber de qué tiempo, estamos salvando toda la casa.

Cada losa que lanzamos al vacío requiere un gran esfuerzo de concentración. Así es la vida, y así permanecemos en su fragilidad. Al mismo tiempo, también en su fortaleza, porque cada gesto, cada posición, cada momento de pura concentración, hace que veamos la vida de forma diferente. Sin duda, desde los tejados la vida se ve diferente.

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La ilusión de los hechos transitorios


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Después de muchas semanas, por fin estoy descansando en la pequeña cabaña, aquí en los bosques. La última semana la pasé en la casa de acogida, intentando entender sus energías, sus interacciones, sus infinitos movimientos hacia fuera y hacia dentro. Lo que allí se vive es muy intenso. Casi no hay tiempo para uno mismo. Hagas lo que hagas, siempre hay alguien que quiere explicarte algo, preguntar algo, hablar sobre algo. Era difícil encontrar un momento para estar a solas, excepto cuando ibas al baño o cerrabas los ojos en las meditaciones. Quise experimentarlo, quise entender toda esa secuencia humana, esa ilusión de hechos transitorios y ver qué ocurría. Debo decir que ha sido una experiencia hermosa, como si hubiera hecho mi propia semana de experiencia siendo uno más.

Realmente la vida allí es agotadora, al mismo tiempo que enriquecedora. Víctor Hugo decía aquello de que amar a un semejante es mirar de frente a Dios. Sin duda lo es. Amar al semejante de forma incondicional, ofreciendo la parte más valiosa de uno mismo que no es más que tu tiempo, tus recuerdos, tus sonrisas, tu dignidad. Ahora entiendo que todos esos años de teoría para poco han servido. Ni siquiera soy capaz de contestar algo inteligente cuando me preguntan sobre cualquier cuestión metafísica o antropológica. Me sonrío interiormente viendo la inutilidad del conocimiento académico que no puede ser expresado mediante la praxis. A sabiendas que la práctica no es más que el gesto minúsculo de esa complicidad que se consigue con una canción, con una sonrisa, con un abrazo. Más allá de eso, el amor se complica, se diluye, porque el amor, si no es sencillo, sino es francamente práctico, agradable, bello, armónico, simple, no sirve para nada.

De treinta hemos pasado a ser seis personas. Nos pusimos todos esta mañana, los que quedábamos, a cambiar el tejado viejo, el último eslabón perdido de un edificio antiguo que reclamaba ese cambio. Esta mañana, con el sol fijo en la cabeza, el cuerpo lleno de polvo y las manos agrietadas por el dolor de las piedras, observaba el milagro de que ese tejado, con todas sus maderas podridas y sueltas, haya sostenido durante estos cinco años esas grandes y pesadas losas. Ha sido todo un milagro que no se haya caído de repente encima de nadie. Por eso ahora me lleno de agradecimiento y tranquilidad al saber que por fin el último repunte de peligro real quedará reducido a escombro en una semana.

No sé si tendré tiempo de descansar, después de este agotador verano. Subir a los tejados no es algo que me motive especialmente, pero de momento es algo que tengo que hacer. Si San Francisco de Asís fue capaz de reconstruir cuantas ermitas encontraba a su paso, no seré yo, fiel mensajero de su palabra, menos en la obra. Cantaré así sus alabanzas y por cada piedra que recoloque, por cada nueva teja que cuelgue en ese edificio pensaré en su valía, en su milagrosa vida de ejemplo y beatitud. Si el amor no puede ser expresado de formas tan diversas, mejor que calle. Si ahora que soy capaz de ver un trozo de lino en las pesadumbres más oscuras no sirvo de la mejor manera, es mejor que me encierre en cualquier beata capilla y no mire nunca más al mundo. Pero ahora me siento con deseos de seguir apretando un poco más y pensar fielmente que de algo servirá todo esto. Si sobrecoge a cualquier corazón, ya está bien.

Sobre la ilusión de los hechos transitorios, aquellos que nos alejan del espíritu para pensar que somos algo así como inmortales, mejor dejarlos de un lado. Lo transitorio, lo que no perdura, no merece la pena. De ahí mi necesidad actual de arraigarme a lo sólido, de buscar firmeza material, emocional, intelectual y espiritual en todo lo que hago. Que así sea.

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Por el sendero áspero, se llega a las estrellas


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© Matin Maradona

Per aspera ad astra era una frase de Séneca que solía utilizar Paracelso para recordarnos lo difícil de cualquier empresa, especialmente si ésta tenía que ver con cosas del espíritu, es decir, sobre aquellas cosas que nos elevan de alguna forma de nuestra condición más humana. Las estrellas siempre han estado ahí, en esa reconocida y mística bóveda celeste que nos inspira fuerzas para seguir adelante, y sobre todo, para adentrarnos en los ásperos caminos del avance interior, del misterio, del interrogante. Estos meses han sido precisamente eso, un áspero camino, pero que ha servido para elevar aún más nuestra mirada hacia las estrellas.

En el camino Cátaro hubo un cambio en la perspectiva. Supongo que marcó el inicio de algo que aún no sé identificar, pero que en los próximos tiempos se va a desplegar de forma intensa. En estos meses conseguimos apoyos para terminar el tejado que queda de la casa de acogida, el cual empezaremos mañana mismo. Así que temprano, tras el desayuno y el círculo de consciencia, subiremos de nuevo a las alturas para seguir adelante. Si el dinero nos da, también intentaremos poner la calefacción central en la casa de acogida. Se está preparando un encuentro para Navidad y será hermoso que se pueda hacer de forma cálida. Ya tenemos los primeros bocetos de la futura escuela, llegados desde una comunidad de ética viviente, realizados por un arquitecto italiano que sabe desde lo profundo en qué consiste todo esto. Sentimos una gran emoción cuando estos días pudimos abrir el claro de la futura escuela. Parece como si la locomotora, que ha tardado cinco años en empezar a caminar, ahora empezara a coger cierto ritmo y velocidad.

Se presentan unos meses agitados, de muchos cambios. Hoy ya es septiembre y eso me anima, me gusta llegar al otoño con nuevas visiones, con ganas de cerrar ciclos pasados y poder así abrir ciclos futuros. Acaricio la soledad con cierto optimismo. Llegan seres amables, que se acercan con curiosidad, pero esquivo con cuidado, para no dañar, de forma desapegada. Sigo con deseos de disfrutar de este yermo aislamiento emocional. A veces tengo sueños que me recuerdan tiempos pasados, pero ahora los abrazo con dulzura, con amor, con desapego. La rabia ya está diluida, el amor llena todos esos huecos que hasta hace poco se llenaban de parches y huidas. La soledad también puede ser un tesoro. Eso decía el poeta. Mi tesoro es paradójico porque casi no me queda tiempo para disfrutar de la misma. Ni para pensarla. Ni para sentirla.

Estoy en el sendero áspero, pero ahora puedo ver las estrellas con mayor definición, con mayor claridad. Quiero decir que el empeño en seguir adelante, a pesar de todos los sacrificios sufridos, está mereciendo la pena. Ya no me importa la gente que se marcha, la gente que se ofende, que se enfada, que me anula para siempre. Ahora me importa más la gente que vuelve, la gente que abraza a pesar de todo, la gente que es capaz de reconciliar lo humano, la gente capaz de olvidar el pasado y trascender la miseria humana para alcanzar esas estrellas. Esta última semana ha sido una semana inolvidable, precisamente por todos esos que han vuelto a pesar de lo áspero del camino, y han tenido capacidad de abrazar con amor infinito, incondicional, hermoso y amable. Gracias de corazón por volver a esta increíble casa que siempre acoge, a pesar de todo.

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La retirada emprendedora. Hacia un exilio programado


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Un momento de liberación de almas. Ayer, tras dirigir unas sentidas palabras en un círculo de sabiduría al grupo de pioneros de O Couso recibí uno de los abrazos más cálidos y sentidos de los que recuerde… Las lágrimas brotaban de nuestros corazones en señal de respeto, reconocimiento y amor… Gracias de corazón por tal hermoso regalo… Gracias por el coraje de seguir adelante… 

“Debe recordarse que cada campo de percepción constituye dentro de sus límites una prisión, y que el objetivo de todo trabajo de liberación es liberar la conciencia y expandir su campo de contactos”. (D.K.)

El filósofo italiano Paolo Virno nos decía que la mejor manera de combatir el estado presente era mediante la práctica de una retirada emprendedora, mediante el exilio, alejados de todo aquello a lo que se combate. La teoría del éxodo propone que la manera más efectiva de oponerse al Estado no es mediante la confrontación directa, sino mediante una defección en masa creando nuevas formas de comunidad. El escape y la evasión, la fuga y la huida, la deslealtad e infidelidad hacia todo aquello que participa en la destrucción diaria de nuestro ecosistema.

Las leyes nunca están terminadas. La vida nunca está terminada. Todo se complementa en una lucha constante que a veces deriva en una organización compleja determinada por las posiciones cotidianas de todos los elementos que participan en ella. Un bosque puede parecer un elemento perfecto. Los árboles crecen lentos, se dejan paso unos a otros para alcanzar la mayor cantidad de luz. El sotobosque revive las fuerzas y protege la vida, alimentando a cada organismo que, seducido por el nutriente, vive allí.
Pero a veces ocurre que hay un elemento perturbador. Ese elemento somos nosotros. Seres depredadores de todo tipo de riqueza, de todo aquello que antes se organizaba de forma equilibrada. Depredamos los suelos, el agua, la tierra, el aire. Depredamos los alimentos y generamos residuos. Pero, sobre todo, depredamos nuestro tiempo, más bien lo vendemos. El antropólogo Jonathan Friedman afirma que la esclavitud no es más que una versión antigua del capitalismo, otros antropólogos como David Graeber opinan que el capitalismo moderno es más bien una versión renovada de la esclavitud. Ya no hace falta un grupo de personas que trafiquen con otro grupo de personas, nosotros nos vendemos a nosotros mismos. El sistema de salario o el sistema asalariado es el más efectivo sistema de esclavitud existente.

Por eso vivir en el exilio es una forma de alejarnos de nuestra pequeña hipocresía diaria. Hablamos una y otra vez de formas de liberación, pero permanecemos esclavos de nosotros mismos. No somos coherentes. La coherencia es algo complejo, algo difícil de alcanzar. Por eso el alma, ante una puesta de sol, ante un abrazo, ante un momento íntimo de soledad, tiende a susurrarnos algo al oído. Algo indefinible, algo inaudible, un pequeño toque de clarín que a veces no identificamos. Pero ahí está, una y otra vez. En los bosques, en la naturaleza, ese toque es más intenso.

Es cierto que a veces tenemos miedo de liberarnos de todo aquello que nos acerca a la incertidumbre. La incertidumbre realmente no es tal cuando te dejas guiar en la noche oscura por la voz del alma, por el susurro de esa luz que se teje despacio en nuestro interior. Tomar consciencia de nuestra pequeña hipocresía personal, de hacer una cosa que no corresponde con lo que realmente sentimos, es un primer paso para entrar en la coherencia que la vida nos pide. Una retirada, una huida al exilio es una forma de dar un paso hacia cierta libertad interior, que no es más que un estado del Ser.

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La muerte es un instante


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© Massimiliano Balò

Llegué el jueves a Galicia después de doce largas horas interminables en tren. Es cierto eso que dicen que allí está el fin de la tierra conocida. Más allá no hay nada y allí está todo. Al día siguiente repartíamos las tareas. Me asigné el limpiar los lavabos de la casa de acogida. Me puse los guantes y al poco rato de empezar a limpiar las letrinas recibí la noticia de que el hermano de mi madre estaba ya desplazando su vida hacia el otro lado. Una buena amiga me dejó su coche ya que el mío está también en tránsito. Me afeité las barbas, me duché y me enfilé con ropa limpia de nuevo a Barcelona. Estaba cansado y solo paré un rato para echar gasolina. No comí nada excepto algún trozo de bollería. Los ojos se me cerraban pero tenía que llegar como fuera antes de que terminara el velatorio.

Tras mi caminar por los Pirineos y la ruta cátara, días antes pude ver a mi tío con vida, bromeando como si la metástasis no fuera con él, lúcido como si la muerte fuera algo que había que soportar inevitablemente, pero sin mayor drama a pesar del cáncer terminal que sufría. Miraba con atención su coraje, su fortaleza interior, su dignidad. No quise saber nada de lo que había podido hacer en su pasado, fuera bueno o malo, fuera positivo o negativo. Sólo me interesó el estado valiente con el que aguardaba el momento final, aún siendo tan joven, aún estando en sus últimas horas.

Lo hermoso de la muerte es que une familias que hace años que no saben unos de otros. Si la muerte tiene algo hermoso, más allá de la propia regeneración de la vida, es que permite unificar, como el amor, a todos los que de alguna forma encierran dentro de sí algún tipo de lazo. Reconozco que mi familia y yo mismo somos peculiarmente desapegados, pero por un día, quizás dos, mientras ha durado el duelo y el velo, hemos podido estrechar algún abrazo, compartir alguna complicidad, mirarnos a los ojos y ver que, a pesar de nuestros aspectos ya cansados por la edad, seguimos siendo los mismos.
Mi padre fue el primero en marcharse, ahora mi tío materno, el único varón de la saga matriarcal. Supongo que ha medida que vas creciendo, la lista empieza a engrosar números incontables de seres queridos que empiezan a transitar al otro lado del espejo. Todos vamos muriendo, todos vamos directos a enfrentarnos con la inevitable verdad, con o sin consciencia de ella, y esto es lo importante de la tragedia en la que vivimos.

La muerte es un instante. Es silenciosa, excepto por los sollozos reprimidos de aquellos que se atreven a expresar abiertamente el dolor. La emoción de ver un cuerpo ahora sin vida cuando horas antes estaba tranquilamente bromeando sobre todo resulta siempre extraña. Especialmente si pensamos que a todos nos aguarda ese final. Primero morirá nuestro cuerpo físico. Se apagará como una flor que va despejando sus últimos pétalos. Luego nuestra energía, con el último suspiro, se diluirá en alguna parte, en alguna dimensión cuántica que de momento desconocemos. El cerebro se apaga, y también nuestro corazón, y con ellos, las emociones empiezan a diluirse. Y luego la mente, los pensamientos, hasta que ya no queda nada. Bueno, quizás sí, quizás la vida eterna, el alma, o el espíritu, o aquello que dicen nos hace inmortales. Sea lo que sea, la vida es un instante, algo breve, algo que se nos va de las manos sin darnos cuenta.

Hace calor en Barcelona. Mañana vuelvo a Galicia. Algo de mí también muere a pesar de las impresionantes ganas que ahora tengo de vivir. No sé como será mi final, pero es hermosa la tierna belleza de la muerte cuando es capaz de reunir a un grupo de lazos afectivos. Me gustaría poder hacer esto en vida. Veré cómo lo hago.

Feliz viaje querido Antonio. Otro Antonio de profundos ojos azules te estará esperando en el otro lado, allá en ese cielo soñado por todos.

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La restauración espiritual en la Nueva Jerusalén


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“Después vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra habían dejado de existir”. (Apocalipsis 21:1)

Nuestros antepasados han invertido infinitos esfuerzos generación tras generación para mantener el estado de cosas en el que nos encontramos. El producto de ese titánico esfuerzo es lo que nos permite ahora mismo disfrutar de la tierra en la que vivimos. Para algunos, más bien pocos, esto no ha sido suficiente. La degradación a la que estamos sometiendo el planeta está conduciendo al mundo a un escenario apocalíptico. Los últimos incendios en grandes zonas de la Amazonia no es nada en comparación a lo que, globalmente, estamos condenando al planeta.

En el apocalipsis se habla siempre de dos ciudades antagónicas: Babilonia, la cual representaría la parte más grotesca del ser humano, y la Nueva Jerusalén, que representaría la parte más sublime, de gozo y alegría, de paz y amor. El problema de Babilonia y sus estímulos es que estamos enamorados completamente de la misma, de sus placeres, de sus encantos. Nadie por propia voluntad estaría dispuesto a abandonar ese lugar que provoca cierta seguridad. Como digo, demasiadas generaciones han invertido demasiado esfuerzo para su mantenimiento, y la hipnosis sobre esa idea es siempre colectiva. Luchamos y morimos por defenderla.

Son muy pocos los que piensan que debemos hacer algo para cambiar el escenario al que nos abocamos, a pesar de la hipnosis colectiva y la ceguera que la acompaña. Los antropólogos primitivistas norteamericanos de tendencia anarquista afirman que el único modo de encarrilar la humanidad es abandonando por completo el modelo de modernidad actual, la Babilonia apocalíptica en la que nos podemos encontrar dentro de poco si no regulamos nuestra forma de vida. Inspirados por el ensayo de Marshall Sahlins titulado “Economía en la Edad de Piedra”, estos teóricos de las ciencias sociales afirman que la auténtica revolución y liberación humana pasará por la vuelta al neolítico y por el abandono radical de nuestra actual forma de vida.

Dicho así, parece un imposible, si no fuera por esas pequeñas islas experimentales que de alguna forma intentan demostrar que otra forma de vida es posible. Es evidente que habrá dos formas de asumir el cambio: una por propia iniciativa individual cambiando nuestro modelo de vida y tomando, diría que heroicamente, las riendas de nuestras vidas hacia un estilo diferente, radicalmente diferente. La otra manera nacerá del inevitable cataclismo al que nos abocamos y que, en una, dos o tres generaciones a lo sumo, terminará con la vida humana tal y como ahora la conocemos. El primer escenario es esperanzador, pero aparentemente inútil. La gente solo reacciona ante la pérdida o el dolor, ante el sufrimiento de hechos inabarcables. Excepto en contadas ocasiones, que por rebeldía intelectual, moral o espiritual, deciden cambiar radicalmente. El segundo escenario ya se está dando. Sutilmente de momento, pero quizás de forma más desmedida a medida que pasen los años.

La nueva Jerusalén de la que habla el apocalipsis debe nacer en nosotros. Esto es una evidencia. Al menos parece una evidencia moral e intelectual clara. El problema es que esa evidencia no nos interesa porque no estamos por la labor de ningún tipo de restauración moral, intelectual o espiritual. Y sobre todo, porque no estamos dispuestos a derrumbar todo aquello que nuestros ancestros han construido generación tras generación. Romper con ese compromiso, con esa brecha generacional, con esa absurda reverencia hacia lo pasado será lo que cavará inevitablemente nuestra tumba social. Dicho así, el milenarismo ya ha llegado, y el apocalipsis va a llegar si no cumplimos con nuestra parte, si no radicalizamos nuestras vidas hacia un componente de cambio real, hacia una forma de entender la existencia totalmente diferente.

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Cuando la muerte roza las fronteras


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Balaguer es la capital de la comarca de la Noguera, en Lérida. En uno de esos hospitales concertados, de inversión privada, estaba el hermano de mi madre padeciendo una metástasis debido a un cáncer terminal de pulmón. Me sorprendió ver la lucidez de su mente en un cuerpo que afrontaba sus últimos suspiros. Me sorprendió ver cómo habían pasado tantos años sin saber el uno del otro y dándome cuenta de que la muerte no espera, está ahí, acechando a cada instante, en cada frontera y límite de nuestras vidas.

Y de repente me vi yo mismo en esa cama, tumbado, recibiendo a unos y a otros, despidiéndome, quizás con mis pesadas bromas cínicas, de aquellos que resistieron el paso del tiempo. Pero lo aterrador de la imagen era más bien la de todos aquellos que no estarían en ese futuro en esa cama, apoyando el último aliento, la última frontera.

Eso me hace pensar que todos los días morimos de alguna forma. Morimos para esas parejas que nos abandonan, para esos amigos que dejan un día de serlo, para esos conocidos que de repente viven unos instantes profundos a tu lado y luego desaparecen para siempre. La muerte está ahí, a cada instante, porque cada vez que alguien se va, alguien se marcha de nuestro lado, algo muere. Al mismo tiempo, cuando alguien que murió, de repente se pone en contacto contigo para saludarte o para preguntarte qué tal estás, algo revive, algo resucita. Desearía poder reconciliarme con todos aquellos que se fueron, que de alguna forma murieron en nuestras vidas. Recuerdo a los más recientes y me surge un gran deseo de abrazarlos, de besarlos.

Me marché de la sala del hospital silencioso. Deseaba discernir, aprender a discernir la delgada línea entre la vida y la muerte, entre la fe y la esperanza, entre el misterio y lo que se teje tras el velo que nos envuelve, entre lo que somos, lo que nos constituye, y lo que realmente deberíamos ser. El discernimiento es profundo y necesario para saber si nos estamos dejando llevar por las voces de nuestro ego o por, verdaderamente, una voluntad mayor. Dicen que existen algunas herramientas imprescindibles para saber si estamos en la senda correcta. La herramienta esotérica que utilizan en algunas escuelas se llama “COMO SÍ”. No somos perfectos, no somos puros, pero debemos esforzarnos “como si” realmente lo fuéramos. Pulir nuestra piedra, devastarla, como dirían los masones, para que encaje perfectamente en el edificio espiritual.

Si el camino emprendido nos hace sonreír desde lo más profundo del alma, esa también es una buena herramienta de discernimiento. La otra es aquella que beneficia al grupo. Si hacemos cosas para los demás (los cátaros lo llamaban la pura caridad), entonces sabemos que estamos en el Camino correcto. Es complejo el discernimiento, pero sabemos que hay una fuerza mayor, la fe, que nos arrastra hacia el mismo. Fe y esperanza como motores que nos arrastran cada día más hacia la vida profunda, hacia la ética viviente que nos acerca a la vida en mayúsculas.

Sólo se me ocurren estas cosas ante la inevitable tragedia. Discernir la vida, disfrutarla, vivirla de la mejor forma posible mientras dure esta parodia, este juego, este camino. Estos días muere un trozo de mi propia estirpe. Estos días la muerte roza todas las fronteras y eso requiere estar más atento a la vida. Si me lees y hace tiempo que algo mío murió en ti, quiero que sepas sobre mi deseo de resucitar en vida. Cuando me marche, cuando todos nos marchemos, la común unión será ya en el mundo del espíritu. Y quizás allí ya no seamos ni tú ni yo, y por lo tanto, quizás tampoco podamos reconocernos.

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Kénosis. De la hoguera o el exilio


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Ayer tarde en el Camp dels Cremats

Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme. (Mateo 19:21).

El 16 de marzo de 1244 más de 200 cátaros que no renegaron de su fe fueron arrojados a una enorme pira en Montsegur donde fueron quemados vivos hasta morir entre las llamas. Ayer a las seis de la tarde llegamos por fin a Montsegur tras una larga e intensa jornada de subidas y bajadas infinitas, de paisajes hermosos entre collados y gargantas llenas de historia y temblor, tras más de doscientos kilómetros surcando las montañas pirenaicas a pie. Tomamos un refresco al llegar por fin al pueblo y cada uno a su ritmo, hizo el último gran esfuerzo. El Camp dels Cremats y el castillo aguardaban arriba en la cima. Decidí subirlo en solitario, dejando ventaja a mi compañero y así intentando bucear dentro de mí las sensaciones que me producían ese lugar.

Subiendo la empinada cuesta que separa el hermoso pueblecito francés de la colina y el castillo me hacía una pregunta: “¿era de los que ardían en la hoguera o era de los que prendían la mecha?” Al llegar al Camp dels Cremats la propia pregunta me estremecía. Sentí que era quizás de un tercer grupo, de aquel que escapaba de ambas barbaries y se adentraba en los bosques, hacia el exilio, dirección el mediodía. El exilio y la herejía siempre me han perseguido, así que descartaba ser de los que encendían la mecha. Pero tampoco me sentía con fuerza y voluntad para ser de los que anhelaban, en nombre de la fe, ser quemado vivo. Mi pureza, mi perfección, no es tal. Por eso el exilio me atrae más que el fuego purificador.

A pesar de ello, sin duda la fe me persigue y sigo buscando la perfección, o al menos, el perfeccionamiento, que no es otra cosa que entregar tu vida a una causa mayor, dejando que tu pequeña voluntad se disipe, arda en la hoguera purificadora. No llegué a ese lugar, tras nueve noches a la intemperie y ocho días de constante caminata de luz a luz si no hubiera sido por fe. Mi cuerpo físico no tenía apetencia ni fuerza suficiente, pero mi espíritu me empujaba a seguir para comprender, a pesar de mis errores e imperfecciones, desde dentro, el profundo sentir de los tiempos, de la herejía, del pensar y creer diferente. De nuevo me vino el pensamiento radical por lo que aquellos hombres y mujeres perfectos, vegetarianos, extraños de su tiempo, fueron quemados: «No podéis servir a dos amos, a Dios y al Dinero» (Mateo 6:24). Esta frase es lapidaria y encierra un significado profundo. Los cátaros, en su purismo, conocían bien sus secretos, por ello se convirtieron en los mártires del puro amor cristiano y se alejaron convencidos de la epidérmica y corrupta espiritualidad de aquellos tiempos.

Existe un cierto paralelismo entre lo que ocurrió hace mil años y lo que ocurre ahora. La epidérmica espiritualidad está de moda y requiere de cierto purismo, de cierta vuelta a los orígenes. Ese purismo está intentando abrirse camino en los nuevos tiempos bajo el prisma profundo de lo que en teología se llama la kénosis, el vaciamiento interior para así poder llenarnos de algo diferente a nosotros mismos. En términos profundos, es el vaciamiento de la propia voluntad para llegar a ser completamente receptivos a una voluntad superior a la nuestra. Estamos hablando del desapego total que practicaban los cátaros. Desapego a los bienes terrenales, a los deseos, a los lugares, a la propia vida. Un desapego que pocos entienden, pocos practican, pocos llevan al extremo. “Hágase tu voluntad y no la mía”. Y si la voluntad es seguir ardiendo siglo tras siglo, que así sea. De todas formas, siempre nos quedará el exilio, siempre nos quedará el seguir practicando los caminos hasta que nuestra pequeña voluntad arda y deje paso a esa gestión del Misterio que ahonda en nosotros.

Pasamos la noche a los pies de Montsegur, de su historia y de su mensaje. Dentro de mí se abrió un silencio. También una llama. Muy temprano alguien nos recogió de los caminos entre la lluvia. Llegamos temprano a Barcelona. Algo de mí ha muerto. Una llama se ha prendido. Un fuego lapidario se abre en las brechas del camino. Seguimos peregrinando. Seguimos buscando el perfeccionamiento y la pureza, cueste lo que cueste, llama tras llama.

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Pasado el umbral


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Pasado el umbral del sufrimiento, todo transcurre como en una especie de hipnosis donde el estado de vigilia se transforma en estado de impermanencia. Ocurrió lo mismo cuando el año pasado atravesé esa gran crisis que derivó en depresión. Llegó un momento en el que ya el dolor formaba parte del paisaje, y por lo tanto, había dejado de tener importancia. Ahora ocurre lo mismo. El dolor se integra, forma parte de uno, y solo necesitas mirar concentradamente a cada paso para no cometer un error, no caer por un precipicio, en un río, o en cualquier lugar que pueda ser motivo de final del recorrido.

Me doy cuenta, ahora que estoy intentando reflexionar por última vez sobre lo ocurrido el año pasado, que el sufrimiento es incontrolable. Está ahí y a veces te puede hacer cometer cosas estúpidas. Durante los tres primeros días, antes de atravesar el umbral del dolor, a cada instante pensaba en abandonar esta aventura. Había, siempre lo hay, una fuerza que me arrastraba a seguir adelante. A partir del tercer día los paisajes cambiaron, el dolor se integró, hasta que llegamos al quinto día y todo se difuminó. Ahora, casi como un autómata, camino las sendas, subimos montañas imposibles, luego las bajamos, hasta que nos perdemos y tenemos que volver al punto de partida y los ánimos menguan, o hasta que nos quedamos sin comida o sin agua y tenemos que buscar la forma de sobrevivir.

Las jornadas, a diferencia del Camino de Santiago, donde a medio día ya estás descansando en algún ahora añorado albergue, son interminables. Nos levantamos a eso de las seis o las siete. Comemos algo tras recoger la tienda y tras estirar la espalda tras una noche, normalmente, fría e incómoda. Y luego caminar y caminar hasta que se pone el sol, con los pies molidos, la espalda curvada y el mundo todo por delante. Los Pirineos es duro, más duro de lo que llegué a pensar. Acostumbrado en mis tiempos mozos a caminar por lugares imposibles, noto el peso de la edad, y noto, sobre todo, el no tener un cuerpo en forma, ágil, fuerte. Voy a tener que ponerme a trabajar a partir de ahora en él, para él.

Hemos pasado el umbral. Ya solo quedan cuatro jornadas y seguir reflexionando sobre la herejía, el dolor y los Caminos… Los buenos hombres y las buenas mujeres seguirán en la memoria de todos. Sirva este camino para honrarla.

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Agitador de consciencias


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Ayer en el Pedraforca

Cuarta jornada. Hemos conseguido llegar hasta Bellver de Cerdanya. Aquí comeremos algún bocadillo y esta tarde seguiremos la subida que nos llevará hasta la frontera con Francia, la cual atravesaremos, si todo va bien, mañana. Estamos cansados y empiezan a mostrarse las debilidades del cuerpo físico. Dormir a la intemperie refugiados en una pequeña tienda de campaña no es lo ideal de travesía. Los huesos se resienten por la noche en esos suelos duros tupidos a veces por una fina capa de hierba. Los pies destrozados, la espalda doblada, la cabeza girando para todas partes cuando pega el sol…

Nos hacemos mayores para estas cosas, pero hay algo más fuerte que nosotros que nos empuja a seguir. El sufrimiento encuentra siempre algún tipo de justificación o recompensa. La vida se aprecia más, la existencia cobra otro sentido. La naturaleza, siempre tan impresionante, te hace vivir con humildad y agradecimiento. Nos cuestionamos todo nuestro campo vital en las largas travesías silenciosas. Por dentro todo se agita. Me doy cuenta de que este año mi campo emocional murió y dio paso a otro más amplio y maduro, pero ahora, con cierto temor, noto que también debe morir mi campo mental, al menos el mono que no para de hablar, que no para de pensar, que no para de dividir.

Ahora sé, que todo eso terminará también. Especialmente cuando, justamente ahora, me llegan los análisis genéticos que pedí a un laboratorio norteamericano y me confirman mis sospechas. Tengo un importante riesgo de enfrentarme en unos años a la enfermedad de Alzheimer. No es algo que me de miedo, pues sentía interiormente que mi cabeza nunca fue al ritmo normal del resto, pero ahora esto confirma las sospechas y me lleva al límite de todo. No sé, dicho así a voz de pronto, cuantos años de vida útil me quedan por delante. Es cierto que aún no he terminado eso que venía a hacer, esa misión tan mía y tan propia de agitar las consciencias. Pero intentaré estar alerta para que esa agitación vaya tomando fuerza a medida que la vida se vaya apagando. Seguramente eso provocará que la gente me aguante cada vez menos, porque eso de agitar no gusta. Nadie quiere estar al lado de un agitador de consciencias. No importa. Es lo que toca, es lo que debo hacer. Y en este viaje, me agitaré fuertemente, para seguir adelante…

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En la ruta cátara


 

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Acabamos de llegar a Bagà. Llevamos tres días de ruta. Estamos cansados. Por la noche, entre el frío y la lluvia, refugiados en una pequeña tienda de campaña, es difícil dormir. Por el día, subidas y bajadas infinitas. Lo único que nos anima es la introspección, el silencio y especialmente, los paisajes impresionantes de montañas infinitas. El mundo se reduce a los caminos, y los caminos siempre son infinitos. Los caminos del ser humano, los caminos de la naturaleza, los caminos inmortales del alma. A diferencia del Camino de Santiago, vagamos prácticamente solos en toda la jornada. A veces tropezamos con algún despistado que va buscando sendas perdidas. Pero haciendo la ruta, lo que es la ruta de los Cátaros, estamos solos. Es el precio de la herejía, de la de antes y la de ahora. Soledad.

De alguna forma me daba pereza hacer este viaje. Ahora a la pereza se le suma el cansancio. La soledad. La distancia hacia todas las cosas, hacia todos los rincones. Quizás mi cuerpo lo que necesitaba para estos días era una tumbona en alguna playa perdida, o ahora, con cierta añoranza, en algún jardín de alguna aldea perdida. Pero siempre esa manía mía de buscar en el sacrificio algún tipo de satisfacción. En este caso, la satisfacción de comprender la dureza de nuestros ancestros, especialmente de aquellos que huían de la tiranía o la incomprensión. Me niego a idealizar el pasado. Sólo siento pena por la extinción a fuego de aquellos “bons homes”, de aquellos que, siguiendo votos estrictos, dejaron de comer carne y dejaron de abrazar los bienes materiales. No quiero idealizarlos, pero fueron quemados por ser diferentes, y algunos pocos, huyeron por las montañas escarpadas en un tiempo donde no había rutas, ni señalizaciones, ni comida abundante como ahora, ni nada que se le parezca.

No sé como lo hacían, viendo mi cansancio, mi pereza, mis pocas ganas de seguir adelante si no fuera por esa especie de fuerza interior que a veces nos arrastra a realizar empresas complejas. Por algún motivo especial, en esta travesía, tengo muy presente el viaje a Israel de principios de año. Aquella aventura fue hermosa, profunda, inolvidable. Me refugio en ella, y me adelanto a los acontecimientos de intentar, quizás pronto, ese tipo de caminos. Ya sin sufrimiento, ya sin dolor en las piernas.

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Hacia el Camí dels Bons Homes


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El intento de conseguir una cabalgadura ha fracasado. Casi veinte mil euros de pérdidas el año pasado no dan para muchas alegrías. Y a los sórdidos de las finanzas tampoco provoca gran perspectiva de seguridad dichas situaciones inestables. Realmente no me importa. Ya casi nada me importa, al menos nada que tenga que ver con el mundo de la posesión material. En ese sentido estoy demostrando cada día más que la herejía me atraviesa como a los antiguos que vivían en la dualidad de vencer lo material para alcanzar lo divino, entendiendo, en la conclusión final, que ambas cosas forman parte de un mismo todo. Luchar por lo que es de uno sí, apegarse a ello no. Al final todos morimos, y al final nada permanece, excepto el cambio. La vida es pura impermanencia.

Desnudo por la verdad no me siento triste, más bien distante ante los estímulos que el éxito o el fracaso pueda ocasionar en la psique. Acostumbrado a ganar y a perder batallas, esta es solo una más, otra que me aproxima siempre hacia la balanza de la bondad, del camino de la ausencia. Así que, sin cabalgadura, viajo ahora a lomos de un carruaje moderno y lleno de vasallos de la movilidad hacia tierras occitanas. El tren es lento pero placentero. Los paisajes, hasta hace poco verdes y frondosos, se han convertido en un secarral dorado, cubierto a veces por tímidos molinos de viento que ahora miro con cierta distancia y desazón, no como hace un año, que me parecían auténticos gigantes. Mi viaje es uno de los más largos, del extremo más occidental al más oriental, viendo como pasajeros suben y bajan constantemente mientras yo permanezco. Y de nuevo a Francia, para cerrar así una etapa ya no desde la rabia, sino desde el perdón, la reconciliación y el amor incondicional. Ahora que ya voló para siempre, amo esa mariposa libre, amo ese pequeño berberecho de los profundos océanos, y le deseo lo mejor de la vida. Hace un año, justamente un año, viajaba perdido por Francia, sin rumbo, sin tener dónde agarrarme, frágil, dolido. Ahora vuelo de nuevo fuerte y aferrado a la vida, indemne y capaz.

Si todo va bien, esta noche llegaré a Barcelona, mi tierra natal, dónde me nacieron, y mañana empezaremos la ruta cátara desde Berga, recorriendo a la inversa, desde el escarpado Santuario de Queralt hasta más allá del Castillo de Montségur toda la ruta de peregrinaje que siglos pasados hiciera la herejía de los “perfectos”. Siguiendo la senda del GR-107 por el Camí dels Bons Homes, enfilaremos los Pirineos hacia el norte por las comarcas de Berguedà, la Cerdanya, Alt Urgell y Arieja. Allí nos esperan las escabrosas montañas, el frío y la soledad hasta llegar al Mediodía francés, a tierras del Languedoc, en la histórica Occitania. Descansar en Montsegur y en el Prat dels Cremats será toda una reconciliación con el pasado hereje. Me han invitado a continuar hacia Marsella y de allí hacia Burdeos. Si las obligaciones profanas no me obligaran a retornar en breve, iría de sin duda en búsqueda de más aventuras.

A partir de mañana espera dificultad alta de montaña, con un desnivel acumulado de más de cinco mil metros, diez días de caminos y pernoctación en la intemperie o refugios de montaña si los encontramos. Me acompaña un amigo de la infancia, un hermano que ha sobrevivido a los lazos del afecto durante décadas. Hacía tiempo que no teníamos una aventura juntos y aprovechando que él se ha casado y yo soy soltero de hojalata, compartiremos aventura, noches estrelladas, dolores de todo tipo, sacrificio y satisfacción por conquistar cuantas cimas se nos presenten.

Siento cierta sensación de libertad interior, de que algo nuevo se abrirá tras las montañas, tras los caminos, tras el cierre y la renovación inevitable. Ya se está formando el consejo de siete sabios para respaldar a los tres ancianos bajo la custodia de los veintiún guardianes. Ya se están creando las bases de esa primavera que pronto resurgirá. Y este camino es solo un preludio personal para aquello que ha de venir aún. Herejes de todos los tiempos, hermanos del espíritu libre, sigamos caminando… practiquemos, en la medida de lo posible, los caminos…

Pd.- Si tengo cobertura, seguiré escribiendo y colgando algunas fotos en:

https://www.instagram.com/jxavierleongomez

 

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Desafiar al infierno


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Me encantan estas mujeres jóvenes y valientes que cambian con sus actos el mundo.

Llueve en esta noche que parece otoñal. He puesto algo de música. Miro la gata Meiga dormir, como de costumbre, a mis pies. Hace algo de frío en la cabaña. Es verano pero aún no he quitado las sábanas de franela. Sólo retiré el pijama, pero apetece meterse debajo del edredón y no levantarse hasta que las nubes no den paso al reluciente sol. Vivir en una cabaña, en mitad de un bosque, en las montañas, con una gata y cien metros más arriba, una casa de acogida abierta a todo el mundo, llena de gente que viene y que va, que trasiega por la vida buscando inspiración. Escucho la música en esta soledad, en este previo descanso, porque escribir es como descansar de todo lo demás.

Hoy nos llamaban locos por estar soportando este proyecto. Lo decían entre lágrimas, sollozos puros e inocentes, trozos de alma que caían sobre la mesa mientras un tipo de admiración surgía en el ambiente de despedida. Al principio nos creíamos algún tipo de héroes, pero la conclusión es que esto es más propio de locos. Locos que desafían los tiempos, los placeres mundanos, las infamias, inclusive al propio infierno. Para mí, sin embargo, no tiene un excesivo mérito. Al menos ahora ha dejado de tenerlo. Me merece más respeto el padre y la madre que incondicionalmente alimentan la vida de un hijo. Un hijo es para toda la vida. Un hijo está ahí para siempre. Nosotros solo hacemos lo que podemos en este juego extraño.

No paran de venir personas hermosas. Algunas me llaman la atención. Las abrazo en la melancolía propia de cualquier soledad, admiro sus miradas limpias, su fortaleza, sus contradicciones. Las miradas se cruzan, pero mi ánimo deambula ciego, sin pretensión de aventura. Me siento extraño viendo como pasan las horas sin poseer ningún tipo de estímulo por compartir algo íntimo. Ni siquiera la añoranza del pasado puede poseerme. Menos aún la esperanza de ningún futuro. Vivo en un presente extraño donde intento cumplir con mi parte. Hoy me planteaba de nuevo muchas cosas con respecto a muchas otras cosas. Pero luego uno llega a la conclusión de que tan solo son eso, cosas. Y desearía vivir experiencias únicas y primigenias, o conocer a personas únicas y primigenias, de esas que te prenden la llama, pero me veo lejano a todo eso, ausente.

Hobbes decía eso de que ni siquiera la propia voluntad es libre y reducía al ser humano a la autoconservación y, por lo tanto, a un impulso meramente diabólico basado en el miedo y el poder. Me doy cuenta de que, más allá del puro cansancio, ya no siento miedo, ni deseo poder. No significa eso que esté llegando a ningún tipo de santidad. Ni siquiera que esté encarnando ningún tipo de modelo celestial que nos aproxime a un entorno divino. Significa que me desprendo poco a poco de todo y penetro sensiblemente a ese modo de vida que requiere caminar con cierta desenvoltura. En todo caso, esa forma peregrina de ver la vida es un desafío a las teorías de Hobbes, y por lo tanto, es un desafío al infierno. No seguir sus reglas, no tener miedo ni deseos de poder e intentar llevar una vida liviana, alejada de los estímulos propios de la materia, es una auténtica provocación a Leviatán.

Hay algo que empiezo a admirar del otro. No la capacidad que tiene de hablar de cosas profundas, sino de esa capacidad innata de llevar una vida profunda, es decir, una vida basada en una coherencia prudente, pero eficaz. Una profundidad no tan sólo en sus actos, que parten siempre de una indisoluble buena voluntad, sino también de su poderosa energía, de sus nobles emociones, de una sabia mente capaz de discernir más allá del bien o del mal, pero sobre todo, un espíritu puro, de esos que brillan con luz propia. A veces he conocido a seres humanos así, pero admito que cada vez me resulta más complejo admirar silenciosamente a ese enjambre de criaturas celestes. Excepto cuando de repente aparecen en escena, ya sea detrás de unos profundos ojos azules, de una gran melena salvaje o de una sonrisa explosiva y de repente cierto aliento nos llene a todos de vida, de paz, de amor, de fuerza para seguir adelante. Sí, vivimos en un desafío constante. Y no somos héroes, somos locos… muy locos…

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Reconstruirse una y otra vez


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© Tony Hunter

Schiller describió con afinada tinta la historia romántica de Guillermo Tell. “Cuando el oprimido no tiene derecho a nada -nos decía el poeta-, cuando la carga se le hace insoportable, toma todo el coraje del cielo e impone en la tierra sus derechos eternos”. Hoy me llenaba de coraje y dignidad y marchaba hasta León. La humillación siempre desencadena un movimiento de fortaleza espiritual, como ese amor liberado de cualquier deber que se ensancha en cada travesía. El viaje no era hacia fuera, sino hacia dentro. De alguna forma, debía, debo, más bien, reconstruir esa dignidad atropellada por el tirano que representa todo ese cúmulo de ignorancia y desdicha.

Me he dado cuenta de que durante este último año algo de mí había caído al suelo. Era algo sutil, intangible, algo que tiene que ver con el sostén espiritual, con la mirada profunda de las cosas. Era algo que requería cuidados, mimos, atenciones. Así que temprano, con la fiel compañía de un buen escudero, llegamos galopando hasta los confines del abismo. Allí esperaba una joven y hermosa mujer que nos atendió con el mayor de las atenciones. Una mañana sirvió para poner en movimiento el primer trazo hacia esa conquista, hacia ese valor consumado en los hechos, en los actos, en la conducta, en la vuelta a la dignidad. Volvimos satisfechos tras la hazaña y ya solo queda esperar el resultado de la apuesta.

Tras el viaje llego cansado, pero un trozo de alma, independientemente de lo que ocurra en los próximos días, ha vuelto a su lugar. No importan los resultados, no importa si esta pequeña empresa tendrá éxito o fracaso. Lo que importa es que algo se ha puesto en movimiento, y que algo se está moviendo dentro, y por lo tanto, tendrá sus consecuencias ahí fuera. Ese es el valor de agarrarse a un navío a punto de naufragar tal y como hizo valientemente Guillermo Tell, demostrando a la tiranía que las flechas que salen desde lo más profundo del corazón puede vencer toda injusticia.

Reconstruirse una y otra vez es algo que ya tengo interiormente asumido. No sólo materialmente, sino también vitalmente, emocionalmente, intelectualmente, espiritualmente. El ser humano es digno por naturaleza. Lucha interiormente por mantener un mínimo de decoro y merecimiento. Al igual que ocurre en la parábola de la tercera historia del Decamerón de Boccaccio, de los tres anillos que gobiernan nuestras vidas, el auténtico es aquel que gracias a la fuerza de la joya, nos hace llevar una vida ejemplar. En ese sentido, todos podemos demostrar a lo largo de nuestras vidas que nuestra dignidad puede ir acompañada de una ejemplaridad a prueba de todo. Es cierto que en el camino tropezaremos, erraremos y cientos de situaciones nos pondrán a prueba. Especialmente a aquellos que exponen su vida continuamente a la vista de todos, que se presentan abiertamente a la atenta mirada crítica del otro. Pero nada importa si una y otra vez tomamos todo el coraje del cielo e imponemos en la tierra, sin miedo alguno, sus derechos eternos.

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Liberando a los prisioneros


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© Alexander Khokhlov 

¿De qué está hecha nuestra sustancia arquetípica? ¿De arcilla, de barro, de puro mármol blanco, de brillo, de luz, de color? El verbo crea la sustancia y la moldea según su propia naturaleza. Nuestras vidas son el resultado de ese trabajo continuo de alfareros, de constructores, de marmolistas o de luminarias. Parte de nuestra vida consiste en construir una perfecta cárcel para algún día, descubrir la necesaria pureza del hecho destructor. Una hermosa paradoja entre lo que se construye, lo que se sostiene y lo que se derrumba ante el clamor de la fuerza interior.

Alguien hablaba en el siglo pasado sobre la necesidad de construir “un templo del cual surgirán las Palabras de Poder, a fin de liberar a muchos prisioneros”. Hay una hueste que nos habita, pero está atrapada, esclavizada al mundo de las formas, al mundo que desde el ego construimos, encerrando en oscuras cavernas nuestra más brillante esencia. El constructor de esa cárcel, el carcelero, es nuestro ego, nuestro pequeño ego, tan poderoso en el mundo de la forma que es capaz de tener atrapado a su prisionero, el alma. De ahí la necesidad, para muchos desconocida, incomprensible, de construir lugares donde poder liberar a muchos prisioneros. Lugares de fuerza donde mediante la actividad grupal se pueda desprender aquello que requiere liberación.

Este es un doble trabajo: primero, destruir lo construido desde el egoísmo y la ceguera para luego construir un lugar sagrado, puro, cristalino, desde el que liberar al que brilla dentro de nosotros. La verdadera magia consiste en dirigirse a los dioses en su propio lenguaje. Esto provoca un hecho milagroso, algo que libera parte de nuestra esclavitud, algo que provoca que nuestra nota clave sea dirigida con fuerza hacia esa liberación. Si se hace de forma grupal, el resultado es doble. Por una parte, liberamos al prisionero, y por otra, llamamos la atención de aquellos que ya están construyendo desde unas esferas más sutiles y brillantes.

Que trabajo tan difícil el de liberar prisioneros. Qué carga tan pesada cuando se hace desde la más pura intuición, sin mayores herramientas que aquellas que vamos adquiriendo mediante la ardua experiencia. Y que poco reconocimiento, que pocas formas de entender este duro trabajo. Y luego la liberación nunca es total, porque realmente el prisionero, en estos tiempos, está debilitado por el mundo de las formas. El carcelero, poderoso, se cree firme y fortalecido por las corrientes materialistas que imperan en nuestro tiempo. Un mundo egoísta solo puede enaltecer el egoísmo. Un mundo enfermo solo puede proteger a sus enfermos. Los médicos, los asistentes, los auxiliares, los enfermeros, son pocos. También son pocos los hospitales del alma donde sanar y crear visión, donde liberar al alma presa.

¿Cómo realizar esta ardua tarea ante seres que aún se alimentan de sangre, seres que aún llenan sus pulmones y venas sagradas con todo tipo de venenos, seres agazapados en la mentira de la ilusoria materia, con sus gobernantes, la avaricia y el egoísmo, dirigidos todos por el general encarnado en la ignorancia? ¿Cómo seguir liberando almas en esta batalla interminable cuando los monjes-guerreros son cada vez más escasos, más débiles, más cobardes? ¿Dónde está el cáliz que debe alimentar su coraje? ¿Dónde las fuentes que deben fortalecer su propósito? Aún en los bosques perdidos, en escarpadas montañas, se puede encontrar lugares ocultos donde ascender y liberar al prisionero. Aún en rincones perdidos existe un conjunto de hermanos del espíritu libre capaces de seguir en la lucha continua por la liberación.

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El arte de la fuga


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© Gabriel Guerrero

A pesar de que este título pertenece a un libro escrito por Bach, y también a una forma suya especial de hacer música, no vamos a hablar de melodías. Alguna vez en el pasado hablé del fugas mundi. Ahora, observante, atento, veo las cosas desde una perspectiva algo más amplia y diferente. Decía alguien que sólo desprecian la sociedad aquellos que no han conseguido sus favores. Los otros la aman, la abrazan con esa locura ciega que nos imbuye cuando el éxito invade nuestras vidas. Ser exitoso en nuestra sociedad pasa por sentirse miembro destacado de algún clan, de algún rango, estatus o clase. Si eres el primero entre los mediocres, puedes llegar a ser menos vulgar que el resto, aunque la vulgaridad siga siendo el sello de identidad.

El éxito ha pasado muchas veces por mi puerta. La última vez ayer mismo, ante una oferta que podría llevarme a ser uno de esos personajes que de forma ilustre manejan la vida de muchas personas. La oferta podría incluir el dirigir a más de cientos de personas en un ambicioso proyecto. Pero soy un artista de la fuga, y reconozco, a regañadientes a veces, que mi alma hace tiempo que dejó de estar en venta, aún a pesar de que tantas veces han intentado, sin éxito, comprarla una y otra vez.

Me interesa ver en estos días esos que son auténticos artistas en huir de la sociedad, eso sí, sin hacer nada especialmente notorio que los aleje realmente de ella. Se pasan el día quejándose, se pasan el tiempo aborreciendo y huyendo, pero reproduciendo allí donde van todas sus miserias y sus penas. Son auténticos depredadores de aquello que pueda ayudarles en la huida, sin dar nada a cambio, sin ofrecer nada a cambio y sin bucear realmente en un cambio radical.

Luego hay otro tipo de fuga, más allá de la social, que es la propia fuga psicológica. Nuestra sociedad actual está creando auténticos autistas antisociales que prefieren perderse en conversaciones absurdas que atraviesan todo tipo de telepantallas antes que poder dominar el arte de la sociabilidad.

Y también las fugas espirituales, esas que entonando profundos ommmmsss nos alejan de una realidad incómoda que no gusta atender. Lo decía ayer en la cena, con unos amigos que integran perfectamente el camino del medio. Hay personas que se creen espiritualmente avanzadas y, sin embargo, denotan uno de los extremos más permisivos de la espiritualidad: el egoísmo. Realmente solo piensan en sí mismos y en su salvación. Les importa un pito todo lo demás. Especialmente todo aquello que pueda afectar a su paz interior, a su consciencia aparentemente iluminada desde la que desgranan sutilmente vacíos existenciales, dolencias emocionales y simples anhelos de grandeza no consumados.

Es cierto que todos huimos de algo. Estos días de extremo cansancio ya no sabía dónde esconderme, ni durante cuánto tiempo. Me he cuidado, me he dado regalos, me he mimado, pero en el fondo solo deseaba huir. Al menos por unas horas, o unos días, o unas semanas, o unos meses con tal de descansar todo aquello que me gustaría descansar. Me hubiera gustado fugarme con esas hermosas chicas que hoy se dirigían rumbo a Francia. O con esa otra joven y bella alemana que anda buscando algún lugar donde aposentarse. Son tantos los que vienen y van en estos días, que dan ganas de marcharse con todos ellos, aunque solo sea un ratito, aunque solo sea para poder descansar en paz algún trozo minúsculo de tiempo. Espero con ganas el otoño. Espero con deseo un cambio radical en todo cuanto ahora manejo.

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En el centro de todo, permanezco


a
© Jiří Šebek 

Escuchar música sacra medieval ante la imponente voz de sor Marie Keyrouz es disfrutar de un instante de difícil explicación. Ante su música y su voz, sigo encerrado en la cueva, rodeado de libros, de inmemorables recuerdos que cohabitan en las estanterías y en la sed de mi alma. Observo atento, buscando paz y sosiego, subrayo cada minúsculo átomo de emoción que envuelve el aura de cada objeto. Veo Copenhague y su jardín botánico metido todo en un pequeño frasco, saboreo los tumultos de tundra escocesa y sus Tierras Altas, las conchas del Atlántico que precedieron tantos y tantos peregrinajes, y Taizé, muy cerca de la vieja Clunny, donde sus cantos se cuelan todas las mañanas en la pequeña ermita. Al otro lado de la estantería, junto a los tratados de antropología, Mongolia y la India con un Buda abrazando a un San Javier que mirando al cielo clama misericordia. También los inviernos de Alemania e Israel y todo el Mediterráneo adumbrado por destellos que relucen bajo velas, cuadros soleados y alguna luna veraniega.

Si ahora pudiera buscaba un caballo y me marchaba, como antaño, a proteger a los peregrinos. Pero en los Caminos, practicando sus sendas. La vida aposentada, labriega, ciertamente consume mis ansias de exploración. No he nacido para labrar la tierra, ni para la vida sedentaria. Lo mío son los caminos. Ahora lo sé. Por eso en este tiempo de sedentarismo extremo siento como si algo que nace desde lo más hondo fuera a explotar. Las imágenes de países exóticos se acumulan, y junto a ellos, cierta sensación de impotencia. En la sección de metafísica un elemento de Marruecos y sus zocos. Más arriba algo que vino desde California. Un peldaño más hacia lo alto los cientos de libros sobre masonería y en frente, miles de libros sobre espiritualidad, esoterismo y nueva consciencia. Y mientras los miro me imagino ya en otro lado, en algún otro país, deseando volver, porque lo bonito de viajar es ese sentimiento que te envuelve, esa emoción de querer retornar a un lugar tranquilo, a un cuartel general o hacienda donde descansar.

Veo obras antiguas y si alzo la mirada, ahí están los pasillos y el resto de las habitaciones cargadas de libros y libros y más libros que se acumulan en este oficio que se pierde. Ser editor en los tiempos que corren es algo complejo. La gente ya no decora las estancias con libros. Ni siquiera como objeto de culto. Se siguen vendiendo algunos, pero cada vez menos. Por eso cada mes es un milagro. Miro de nuevo a San Javier. Nadie daría crédito de su origen. Nadie daría crédito si pudiera contar libremente tantas y tantas historias sucedidas que ahora quedan registradas en las estanterías.

He conseguido, en estos dos días, extirpar de la bandeja de entrada el noventa por ciento de los mails que se habían acumulado. Pero me falta aún ese diez por ciento tan difícil de contestar, tan extrañamente complejo. Cuando el mundo vivía sin mails todo era más lento. Recuerdo que se acumulaban las cartas, pues siempre fui avispado en eso de escribir y contestar largas misivas a todo lo largo y ancho del mundo. A escritores mexicanos, a poetas argentinos o científicos alemanes. El mundo siempre fue un cúmulo de curiosidades por explorar. El mundo siempre tan grande, y nuestras vidas siempre tan cortas. ¿Cómo conocer todo cuanto hay por conocer? ¿Cómo albergar la esperanza de que algún día todo estará en nuestra palma de la mano, sin fronteras, sin burocracia, incluso sin mails que atender?

Aún me duele la cabeza. Hoy llega una caravana de peregrinos. Mañana un buen amigo con su esposa desde las entrañas de Madrid. El verano es así, un trasiego de almas. Por eso es prudente, cada cierto tiempo, protegerse, esconderse, trabajar entre libros. Estoy buscando el equilibrio entre lo de fuera y lo de dentro. Estoy buscando el equilibrio entre lo de arriba y lo de abajo. Y en el centro de todo, como una realidad moldeable y plástica, permanezco.

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Compartiendo dolores de cabeza


a
© Ilias Varelas

«La felicidad solo es real si se comparte«, Christopher McCandless

Tengo hoy muy presente la célebre frase de Christopher McCandless, aquel intrépido joven que murió en los perdidos bosques de Alaska mientras intentaba llevar a cabo su propia utopía. En la película “Hacia rutas salvajes” se describe con acierto su aventura de trágico final. La lectura del libro me hizo reflexionar durante mucho tiempo en esa conclusión que cita en su frase célebre. Me imagino hasta qué punto la soledad le embriagó y recordaba cuando llegué hace cinco años a estos bosques y estuve algunas semanas a solas, en una caravana postrada en mitad de la nada, en un paraje desconocido, sin luz, sin agua, sobreviviendo como se podía al frío y la lluvia. Realmente, aquellos inicios, especialmente en los primeros comienzos, fueron duros. Solo aptos para locos o héroes.

La locura es clara. Esta mañana me invadía una felicidad exquisita mientras practicábamos los tres yogas, que para nosotros, se están convirtiendo en nuestras tres peculiares joyas. La primera joya es la meditación, la segunda los cantos y la tercera los ejercicios. Luego viene todo lo demás hasta que terminamos de comer, echamos una partida a tenis de mesa y cada cual se marcha para practicar sus dones y talentos.

Aquí viene la parte heroica. Como estamos a finales de mes decido ir a la sede de la editorial, cinco kilómetros bajando a los valles, dejando atrás el paraíso de la montaña y adentrándome en el otro mundo, en el otro lado. Sí, finales de mes y hay que cerrar el ejercicio con las cuentas anuales que la gestoría lleva religiosamente. Me piden que firme las más de treinta páginas. Las miro una a una, con cierta incredulidad. Casi veinte mil euros de pérdidas. El resultado de una depresión. A eso le sumo otros treinta mil que doy por perdidos por un préstamo personal que pedí (y que pago religiosamente todos los meses) para comprar unos apartamentos que iban a ser un nido de amor, o un hogar, según yo mismo había imaginado en mi fantasía inútil. Y otros tantos miles que pago religiosamente a un amigo que en su infinita generosidad me ayudó en la compra de esos apartamentos que por cosas que aún sigo sin comprender, no puedo disfrutar, ni sacar beneficio alguno porque alguien decidió, unilateralmente, apropiarse de ellos. La heroicidad, más allá de la locura, ha sido sobrevivir a todo esto.

Menos mal que he tenido capacidad de reacción, he pagado religiosamente todas mis deudas con el fisco y sigo puntual correspondiendo con mi parte en la hacienda pública. De esa crisis aún me quedan muchos flecos por ordenar, por restaurar. Poco a poco, me repito día tras día. Poco a poco, me digo a mi mismo mientras ojeo el libro que me acaba de llegar, recomendación de mi directora de tesis, sobre anarquía y antropología. «Tiene mucho que ver contigo, porque eres antropólogo, y tu vida, una praxis de anarquía pura». Bueno, por las mañanas soy anarquista en estilo de vida, pero por las tardes me gusta poner orden en las cuentas. De momento debo vivir entre estos dos mundos.

Cuando vi las cuentas anuales me dio un gran dolor de cabeza. Decidí hacer algo que hacía tiempo no hacía: darme un baño. Un poco de nihilismo sibarita, tan poco acostumbrando a ello, no viene mal. Puse el agua hirviendo, algo de espuma y permanecí inmóvil algún tiempo, intentando relajar todos mis cuerpos. Me acordé que en diez días tengo unas mini vacaciones con un amigo haciendo la ruta cátara, en el sur de Francia. Dormir entre bosques y montañas al raso a más de dos mil metros será una penitencia más que unas vacaciones. ¿Cuánto nos gastaremos? Le pregunté a mi amigo. Cien euros por cabeza, respondió alegremente. Nunca unas vacaciones me habían salido por tan poco. Pero viendo las cuentas anuales, merezco pensar en positivo y saberme eso, un poco loco, un poco héroe, a veces incluso un poco idiota. Menos mal que pude vender el coche, menos mal que pude quitarme algunas deudas, menos mal que ahora ya no tengo casi de nada, excepto el yoga de las mañanas, las tres joyas, y los amigos, claro, los de verdad, los que permanecen, los que me quieren incondicionalmente, los que saben que estoy pagando el precio de una bondad ilimitada que requería límites, muchos límites, e inteligencia, mucha inteligencia.

Y mientras me despido de la buena de Vero, un ángel de la guarda que nos ha protegido durante un mes, me llama una amiga con la buena noticia de que está consiguiendo separarse de forma amorosa de su esposo. Esa noticia me llenaba de gozo, de mucho gozo. Me hubiera gustado haber hecho lo mismo, poder separarme tranquilamente y estar ahora con menos dolores de cabeza y con algún deseo, aunque fuera mínimo, de tener pareja. Pero el deseo desapareció y por más mujeres hermosas que conozco, ninguna de ellas es capaz de sacarme de este estado pueril. Si todo hubiera sido hablado, consensuado o planificado quizás ahora sería más libre, tendría más dinero y mi quiebra no hubiera sido tan dolorosa. Y seguro que tendría de nuevo alguna pareja o algo que se le pareciera. O deseo por tenerla, al menos. Pero no, la huida fue la única respuesta que tuve. El miedo hizo el resto.

Y aunque ahora estoy totalmente desapegado de esa mala experiencia y casi ni pienso en ella, cuando he visto las cuentas anuales de la empresa y me he visto aquí solo, en la oficina, a las tantas, me he echado a temblar. Si algo falla por sutil que sea todo se va al traste. Si falla el ordenador, si falla la web, si falla mi pulso o salud todo termina de forma dramática. Una vida al límite, claro que sí, ese es el precio, un año después, justo ahora un año después, de toda esa cadena de huidas, errores y bajas presiones en las que uno se vio envuelto. Qué desastre.

Por eso esta mañana era feliz en la ermita, porque de alguna manera andaba compartiendo un trozo de vida. Incluso era feliz aunque siempre haya alguien que se queja porque no hay mermelada o falta pan. Sonrío para mis adentros y recuerdo mis primeros días en la caravana donde por haber no había ni techo. Pero ahora, encerrado en la oficina y aguardándome una larga noche hasta que consiga poner en orden las cuentas, la felicidad se difumina, porque este dolor de cabeza, me doy cuenta, no puedo compartirlo con nadie, y resulta casi insoportable. Y no lo digo a modo de queja, solo a modo de desahogo. Me hace bien desahogarme, compartir estas cosas. La felicidad solo es real si se comparte, y para ser feliz, uno tiene que compartir de todo. No sólo los veranos, también los fríos inviernos. También los dolores de cabeza.

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El hombre-mono y la mujer es mona


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Los isabelinos imaginaban el cielo como una esfera cristalina desde donde los ángeles contemplaban las muecas del hombre-mono, más cercano a ese traje vanidoso y esa mirada altiva propia de los grandes primates que con sus muecas parecen juguetones en los bosques y las selvas. El hombre mono y la mujer mona se miran siempre con cierto afecto, con desconfianza a veces, con sensación de pertenecer a un mundo intermedio, ese que se encuentra a mitad de caballo entre lo animal y lo divino. El ser humano no existe aún, se está haciendo. Lo noto aquí en los bosques cuando comparto con unos y con otros. Veo el esfuerzo por alejarnos, a veces con mayor o menor éxito, de esos instintos, tan básicos y primarios, que aún atraviesan nuestra espina dorsal.

El hombre se comporta como un mono ante la mujer mona, y hacen monerías de rama en rama, de bosque en bosque. Se alejan por caminos turbios, entre las nieblas, entre los árboles. Se miran coquetos y desfilan abrazos y caricias a media noche, serpenteados por la mirada atenta de aquellos alados seres que desde arriba observan la escena, tan mona ella.

Nos sentimos con cierta autoridad ante la vida, como si fuéramos realmente importantes. La escisión entre la mónada que nos anima y lo que representamos con nuestro traje de autoridad no es más que un aleteo frágil ante la inminente presencia del infinito. Aún así, pensamos como dioses siendo aún tan monos, tan primitivos, tan afanosamente animales. Somos muy monos cuando aún, a estas alturas de nuestra divinidad, seguimos comiendo carne. Somos muy monos, y con perdón de los civilizados monos, cuando arrebatamos en violencia, matamos cruelmente, o justificadamente según los cánones de la guerra, o simplemente cuando dejamos morir de hambre al prójimo próximo.

Seguimos empeñados, tan animalescamente, en pensar en territorios. Los marcamos con fronteras, que es algo sofisticado, porque eso de ir meando por las esquinas es algo primitivo. Pero la esencia sigue siendo la misma. La bandera, cualquier bandera, es el símbolo más sofisticado de cualquier meada perruna. Pero nosotros somos monos, monos avanzados, y pensamos que una bandera ya nos sirve para decir que esto y aquello es mío, que esta y aquella es mi casa, o mi patria, o mi nación, esperpentos inventos para trapichear de forma civilizada con nuestra peculiar forma de posesión.

El mundo es un escenario. Y cuando hoy salía majestuoso el arco iris sentíamos que nos curábamos de todos los males. Nos curó la depresión y de la tristeza, sentimos la gloria de Dios, por decir algo, en esa magia del instante presente. Saltábamos enloquecidos, como monos que de repente piensan que la mejor manera de celebrar el acontecimiento es chillando y brincando de un lado para otro. A nuestra izquierda había un joven alemán. Ya sabemos que los alemanes son más cautos a la hora de expresar emociones. Estaba sentado en la hierba y lloraba ante el espectáculo. Lo hacía en silencio, sin que nadie notara su presencia y su emoción. Pero pude verlo, como cuando los ángeles nos miran para ver si nuestra mónada mejora y progresa. Y veía en su silencio cierta maravilla, cierto avance, porque podía disfrutar de algo tan espectacular desde su cómoda y sigilosa butaca. El hombre es mono y la mujer es mona. Y allí estaban el arcoíris, y el alemán, y el perro Geo que no entendía nada pero disfrutaba de nuestra arrebatada alegría. Y abajo, mientras mirábamos la esfera cristalina ahora cargada de los siete rayos, nos imaginábamos seres más completos, mónadas más inspiradas, hombres y mujeres más llenos de gracia. Seres humanos vivos, que no hay mayor grandeza que siendo lo que somos, estemos vivos, y sepamos apreciarlo.

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Lo hermoso de ser útil


a
Quiero dar las gracias a este hermoso ser que vino desde Uruguay y ha estado todo un mes con nosotros, siendo ejemplo de honestidad, responsabilidad y compromiso. Gracias querida Vero por todo lo que has dado y gracias por tu ejemplo y entrega. Feliz viaje de vuelta… 

Escribir es una forma de recolectar experiencias sociales, humanas, personales. Compartir emociones, expresar ideas, atreverse a desnudarse ante el mundo bajo la atenta mirada del criticón, del inconformista, del cotilla, del hacedor de males, de los que imaginan, de los que indagan, de los que intentan penetrarte, incluso de aquellos que te odian tanto que te leen para ver de qué manera pueden odiarte más. Como decía Pirandello, es una forma de correr hacia la locura, de intentar bajo una argumentación que a veces roza el paroxismo, contar cosas que simplemente son eso, cosas.

La vehemencia puede ser estúpida si uno se toma la vida excesivamente en serio. No sé por qué darle tanta importancia a cosas y hechos que no la tienen. Al fin y al cabo, escribir es solo eso, escribir, no tiene mayor importancia. Ni siquiera escribo para que me lean, ni para que hagan de esta escritura un uso oscuro y pueril. Sólo lo hago porque me gusta, y porque a veces, en muy contadas ocasiones, la lucidez me atraviesa por dentro y soy capaz de compartir algo bueno. Lo demás son solo adornos, vómitos emocionales que atosigan al desesperado, al aburrido o al que protesta constantemente ante la infelicidad de sus vidas.

Pero a veces, y eso es lo que me motiva desde hace más de diez años, pienso que esta escritura puede ser útil. Y entonces lo veo como un medio de servicio, de apoyo mutuo, de cooperación, de acompañamiento al otro en su soledad, en su duda, en su desesperación. Ser útil es algo que a todos nos gusta. Ser útil a uno mismo, ser útil a los demás. Dicho de otra forma, a nadie le gusta ser un inútil, o algo peor, un auténtico inútil. De pequeño siempre había un mantra que se repetía por mi peculiaridad débil y trasnochada: eres un inútil, me decían unos y otros. En la familia, en el colegio, en la calle jugando al balón. La inutilidad es algo que te marca de por vida, por eso, ya de mayor, uno siempre intenta hacer las cosas lo mejor que puede. Ser útil, ser un verdadero ser completo y ventajoso en cuanto a esa visión de servicio.

A pesar de que esta ha sido unas de las semanas más duras de este verano por no saber encajar aún del todo los abusos de unos y de otros, puedo decir que por dentro me siento sanamente feliz. La parte tosca y tóxica de aquello que durante meses me ha atormentado se diluyó como un azucarillo lo hace a intervalos. Las interpretaciones delirantes de unos y otros que necesitan justificar sus actos a golpe de culpabilidad se convirtieron en un mantillo suave, inofensivo. Aún me siguen llegando ecos, críticas y recelos. Pero estoy aprendiendo a no darles poder, estoy aprendiendo a levantarme sobre los mismos y mirarlos con la grandeza de aquel que se levantó del lado inútil de la vida y alzó su mirada hacia el poder de ser válido, de hacer cosas buenas, de intentar ayudar a unos y a otros sin buscar recompensa alguna.

Por eso pienso que escribir debería ser un acto heroico de obligado cumplimiento. Todos deberíamos tener la capacidad de hablar, de contar las cosas, de compartir aquello en lo que dudamos, aquello que nos aflige o desalienta. Lo rígido, lo repetitivo y lo mecánico conforma gran parte de nuestra sociedad. Por eso cuando algo resulta excesivamente diferente, inteligente o lúcido puede llegar a dar miedo. Y ante el miedo uno siempre reacciona de forma brusca y alarmante. Tengo miedo y por lo tanto hago daño.

Los lúcidos tienden a callar, por eso me gusta abrazar a las personas inteligentes. Por norma son seres angélicos, silenciosos, sigilosos, como esos que vemos en los museos y que en silencio disfrutan del arte y la cultura que los embriaga. La misma postura tienen en los templos, donde miran maravillados la paz que otorga aquello que intentan albergar, siempre de forma torpe, un símil del Misterio. Los lúcidos no tienen miedo, navegan en sus mundos y transforman su vida en algo útil… útil para sí mismos, útil para los que los rodean, útil para el universo… A eso lo llaman servicio… Transitar al otro lado en paz, donde la noche espera, donde la vida nos rodea y envuelve. El sol pronto llamará a nuestras puertas de nuevo, embriagado de luz… Y allí nos veremos en el templo silencioso, en el callar de una vela y la sonrisa de una canción… en el vasto campo de la experiencia que nos guiará hacia la utilidad más absoluta, la de ser humanamente amantes de la vida, amantes de todo cuanto nos rodea, humanamente agradecidos por todo cuanto la existencia nos regala… como esos rayos que mañana iluminarán el nuevo día… hasta mañana pues…

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¡Será genial! Sobre la caída de un imperio


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Donald Trump ha felicitado a Boris Johnson a través de las redes con una frase profética. «Felicitaciones a Boris Johnson por convertirse en el nuevo primer ministro del Reino Unido. ¡Será genial!». La elección de Boris Johnson no deja de ser una caricatura idéntica a lo ocurrido en Estados Unidos con Trump. Sin duda, cuando los imperios caen, se despliega un símil caricaturesco en los personajes a los que les toca llevar a buen puerto esa caída. Trump y Boris son las personas que representan el fin de una era, la anglosajona, y el comienzo de otra, la cual aún está por definir. También Boris podría representar el fin del experimento de la Unión Europea tal y como la conocemos ahora. O se autodestruye en la próxima década o renace con más fuerza. Esa es la incógnita que esperamos resolver aún.

¿Será genial? Al menos ambos prometen un estilo diferente, como cuando el bufón se cuela en la corte y empieza a hacer gracietas. Al principio parecen bromas divertidas, pero cuando el bufón tropieza y mancha a toda la corte con sus torpezas, al final la fiesta no termina bien. De momento hemos visto a un Trump comedido, al menos en el plano internacional. Por un momento pensábamos que desde el minuto cero nos iba a meter en mil guerras y devastaciones apocalípticas. Por suerte todo quedó en la gracieta de mal gusto de los aranceles, de sus fotos con al amado líder norcoreano y su empecinamiento con el muro fronterizo. ¿Habrá alguna traca final? No en este mandato, pero sí, si sale reelegido, la líe parda en un segundo mandato y sea ahí cuando empiece la fiesta particular entre Trump y Boris.

La fiesta terminará, a medio plazo, con la desintegración de Reino Unido tal y como lo conocemos. Es posible que Irlanda del Norte termine fusionándose con Irlanda y Escocia decida independizarse y entrar en la Unión Europea, quedando Inglaterra y Gales aisladas y en una posición decadente. El Reino Unido dejará de ser reino y dejará para ese entonces de estar unido, por lo que deberá buscar otro nombre más apropiado o volver al topónimo más apropiado de la Pequeña Bretaña.

Sin duda, seguimos navegando en un mar de incertidumbre futura. Mientras los bufones gobiernan primitivas estructuras medievales ancladas en míticos reinos, el mundo gira lleno de plásticos, lleno de contaminación, lleno de sangrientas guerras y hambrunas. Nuevas crisis nos esperan. Habrá que prepararse para afrontarlas una y otra vez. ¿Estamos cerca de la crisis final? Seguiremos trabajando para una transición segura hacia un nuevo mundo menos bufón y más serio y respetuoso con los verdaderos retos del futuro.

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Como gestionar una microempresa desde los bosques


 

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Foto: Marian de Vicuña

Según el Instituto de Trabajo, una microempresa es aquella que tiene entre uno y nueve trabajadores. Lo mío es micro porque solo hay un trabajador con un sueldo milenarista y luego algunos aliados que echan una mano a cambio de algún dinero. Pago mis impuestos como todo hijo de vecino, pago el autónomo y vivo y trabajo en una cabaña en los bosques. El vivir en una pequeña cabaña, con un sueldo pésimo dirigiendo una empresa micro no es una buena carta de presentación para nadie. Algunos piensan que vivo una vida cutre porque materialmente he renunciado voluntariamente a ciertos lujos. Incluso por haber renunciado una y otra vez a suculentas ofertas de trabajo que me alejarían de esta vida aparentemente pueril. Sin embargo, me siento como un verdadero príncipe en un pequeño reino rodeado de árboles y montañas. Es cierto que es un poco cutre no tener tiempo para casi nada en un entorno como este. Especialmente en verano donde decenas de personas reclaman un miligramo de atención, una mirada, una charla o lo que sea en este lugar privilegiado. Mi carácter huraño y tímido a veces me aleja del ruido que en estos días crece ante la multitud que se acerca para disfrutar de este bosque, pero siempre guardo algo de tiempo para compartir una sonrisa, un abrazo o un rato de risas y complicidad con alguien.

Esta semana siento que todo se me ha ido de las manos. Las relaciones de pareja lo veo ahora como algo imposible. No se me ocurre ni por un momento fijarme en nadie, mirar a nadie, ni siquiera ilusionarme por nadie a pesar de los maravillosos seres que por aquí pasan todos los días. Miro a las mujeres y me noto lejano, ausente, como si esa realidad social hubiera desaparecido para siempre de mi vida personal. Nunca había experimentado algo así, pero ahora que lo hago, veo y noto que la sensación es incluso buena. Un año desprendiéndome de un duelo y un duelo que me ha llevado a otra realidad diferente, más amplia, más silenciosa emocionalmente hablando, más sencilla. No siento deseo. No siento apego. No siento emoción, no siento ganas de seguir compartiendo parcelas de privacidad con nadie. Ni flujos, ni saliva, ni sueños, ni espacios, ni aconteceres. Así estoy bien, gestionando el misterio de la soledad.

A pesar de que la economía va como siempre, con ese exceso de sacrificio por mi particular vida de servicio, que no de servilismo, es decir, por esa especial fijación mía de ser útil, que no sumiso, en estos días he recibido una noticia extraordinaria. Es una noticia que no me repercute a mí como persona, pero que sí repercute positivamente al proyecto que abandero desde hace unos años. Es una noticia que lo cambia todo y que posibilita que a partir de ahora mi vida se centre en otra dimensión diferente. Todo empieza con un viaje en octubre a Inglaterra, a la Brockwood Park School. Allí tendré la oportunidad de retirarme unos días gracias a la generosa invitación de unas amigas. De ahí partiré a las tierras del norte, a mi segundo hogar, como a veces me gusta llamarlo, aunque sea algo simbólico y reminiscente. Escocia siempre me espera, y ahora como una oportunidad mayor de ampliar los horizontes y reorganizar mi nueva vida.

Todo ello antes de dos juicios, el académico y el civil. El primero para doctorarme, por fin, en antropología. El segundo para doctorarme, por fin, como persona que aprende a luchar por lo que es suyo. Ambos juicios ya están ganados, porque de alguna forma, interiormente, siento por dentro una gran sensación de desapego y olvido. No me interesa el resultado, me ha interesado en todo momento el camino, la enseñanza, el aprendizaje. Y eso ya está ganado.

Así que aquí estoy, intentando gestionar una vida particular, desapegada, libre. Sin esperar ningún resultado de nada. Simplemente viviendo, siendo, intentando ser mejor, aunque en ello me esté ganando una fama exquisita en cuanto a enemigos se refiere. Cada vez tengo más personas que me odian por algún motivo, pero por cada persona que me odia, encuentro a diez más que desean apoyarme. Así que siento como la balanza juega de momento a mi favor. Uno huye despavorido y dolido, diez se aproximan. Todo está bien.

Sobre cómo gestionar una microempresa desde los bosques, bueno, pues así, improvisando, haciendo lo que se puede, renunciando a tener familia, pareja, dinero, estatus, reconocimiento y muchas otras cosas difíciles de cuantificar. Pero al mismo tiempo, con un cierto grado de felicidad por sentir ese resquicio de rebeldía interior, ese halo de libertad absoluta, esa conquista del ser, más allá del tener. Sí, una gestión complicada, pero nadie dijo que veníamos aquí a realizar cosas fáciles.

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Deseoso de estar vivo


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© Giuseppe Antonio Valletta

Los días son largos pero se me hacen muy cortos. Las mañanas empezamos con los rituales propios de la comunidad. Me suelo levantar perezoso a eso de las siete debido a que suelo acostarme tarde. Siempre arrastro alguna hora de sueño, por eso, cuando me invitaron a pasar el fin de semana en la playa de Viveiro el sábado me quedé muy maleducadamente dormido hasta las dos de la tarde. Me relajé tanto que al desconectar el despertador no fui capaz de levantarme hasta que mi hermosa anfitriona, delicada y dulce, me despertó con esa suavidad propia de las almas bellas, invitándome a comer alguna cosa que ella misma había preparado durante la mañana. Cuando desperté aprecié el regalo, y di las gracias por haberme permitido recuperar algo de ese cansancio acumulado. El cuidador cuidado, una sensación sin igual.

Las tardes las dedico a trabajar en la editorial. Al menos aquellas tardes en las que el día no se complica excesivamente. Hay momentos en los que hay que ir a comprar cientos de cosas para dar de comer a decenas de personas. Desayuno, almuerzo, merienda y cena. Si son veinte hay que multiplicarlo todo por veinte. Si son treinta, por treinta. Treinta piezas de fruta por día, treinta raciones de esto y de lo otro. A veces ni siquiera sabemos cómo podemos lograr multiplicar los peces y los panes, especialmente ante esta hermosa economía del don donde cada cual aporta lo que puede, y muchas veces, ese aporte siempre es simbólico. Por eso me esfuerzo doblemente en que la editorial vaya bien. Es el aporte vitamínico para que el proyecto nunca falle, para que todo esté siempre en armonía y nunca falte pan en la mesa. Es importante tener esa concentración presente.

Ir y venir una y otra vez a por gente a pesar de que estamos reduciendo el servicio de taxi gratuito que durante estos cinco años hemos ofrecido de forma generosa. Ni siquiera sé como puedo sostener este ritmo de vida, especialmente cuando miro las cuentas de la editorial y veo con cierto espanto que la cuenta de resultados es cinco veces menor que la del año pasado, que ya fue un año dramático. He tenido la fortuna de reducir mi deuda bastante en este primer semestre, pero no lo suficiente. Así que ahora debo seguir buscando fórmulas firmes e inteligentes para seguir en este modo de supervivencia. La vida de un empresario, por pequeño que sea, se asemeja a la vida de un guerrero. Nunca sabe si va a ganar o a perder, pero ahí está, firme en la batalla. Y el año pasado fue de pérdida total de casi todo. Otra vez. Y este año, veremos a ver como termina.

Lo bueno es que al no tener pareja tengo más tiempo para casi todo. Las emociones van a un ritmo tranquilo, los encuentros fortuitos con almas libres y hermosas no requieren un exceso de compromiso e interiormente no siento ningún deseo por entablar, al menos de momento, ningún tipo de relación que consuma un exceso de casi todo. Estoy bien así, a mi aire, a mis anchas. Ni siquiera observo dentro de mí una pizca de tristeza, melancolía o drama por el hecho de estar solo. Ni siquiera esa amanida soledad. Especialmente ahora que ando en esta fiesta tan llena de gente, tan agotadora por tener que ordenar una y otra vez los antojadizos destinos.

Lo asombroso es que la vida no espera. Todo sigue en su drama, en su belleza profunda, en su misterio. Este invierno promete mucha soledad. Ahora que ha habido estampida en el proyecto por eso de que la coherencia no gusta a todos por igual, quizás me quede estar solo de guardián en esas hermosas cuatro hectáreas de bosque, cuidando de las gallinas, de los gatos, de los peces y del amigo Geo. Será un invierno largo pero necesario para poder ordenar tantos y tantos acontecimientos acumulados. También será un buen momento para seguir imaginando mundos posibles. La tarea de crear el nuevo mundo es compleja. Imaginarlo, crear la visión para que otros se inspiren con nuevos y diferentes estímulos es una labor grata. El tiempo se agota, todo es finito. Me siento feliz por estar vivo y me siento agradecido por estar totalmente sano y deseoso de vivir. Siempre agradecido, a pesar de todo. Siempre amando la oportunidad que nos brinda el poder respirar.

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La eterna aventura


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© Ilias Varelas

 

Difícil esto de congregar a la gente. Los vi reunidos, seguramente en sus propias realidades. Ellos en sus memorias piensan que hice como hacían los espartanos con sus enemigos: arrojar implacablemente a la nada a los que tenían el pie cojo o el pecho estrecho. Realmente pasó que pedían coherencia, e intenté ser coherente. Pero ellos no querían coherencia para sí mismos, sino que la exigían a los demás. De hecho, ellos echaron al abismo a los que les molestaban, a los que depredaban su tiempo y sus intereses. Ahora la vida les pagaba con la misma moneda, pero solo porque ellos así lo han querido. Nadie echó a nadie, ellos se fueron solos, buscando mejor fortuna en otros abismos. Les deseo de corazón lo mejor. Para mí ha sido una lección de vida, y de paso, una liberación. Aprender a no odiar incluso al que te desprecia. Aprender a lidiar con esas circunstancias que tan a plomo te ponen cuando todo resulta excesivamente complejo.

Mientras hoy hacía cemento para recubrir una nueva obra, me desahogaba diciendo sencillamente eso tan manido de que no tengo ningún interés personal en permanecer aquí, en sostener este ambicioso proyecto. Podría ahora estar tranquilamente en mi casa, o en una playa paradisiaca o en cualquier paraíso tranquilo. A nivel personal, a mi edad, se puede decir que tengo la vida resuelta, tanto personal como profesionalmente. No necesito, de verdad, estar aguantando todo lo insufrible de estas semanas. Los insultos, las traiciones, la oscuridad humana, la cobardía, la amenaza.

Sin embargo, algo me tira al monte, no sabría decir el qué. Podría llamarlo propósito, karma, destino, un sino existencial, quién sabe. Tal vez esa sensación interior de aventura eterna, que se repite en las edades, por los siglos de los siglos, con diferentes disfraces, con diferentes escaramuzas y batallas, pero siempre la misma historia, centuria tras centuria. Como si la herejía resurgiera época tras época y tiempo tras tiempo vinieran las fuerzas a quebrantar su luz. Lo cierto es que una fuerza mayor a mi propia voluntad me arrastra a hacer cemento, a aguantar insultos y a recibir como paga diaria el desagradecimiento de viles y villanos, de personas que te quemarían vivo en cualquier hoguera si no fuera por los tiempos que corren. Al mismo tiempo, y quizás porque quiero pensar que ese ruido espurio es anecdótico, la fuerza del resto, el agradecimiento de los demás, que son legión en comparación a esa minúscula realidad, me hace seguir adelante.

También estoy aprendiendo a decir no, y a decir basta, basta ya. Si no te gusta esta casa, si no te gusta lo que aquí hacemos, no eres bienvenido. Basta ya de abusar hasta la médula y luego pagar con insultos y desprecios. Basta ya de crear fantasmas y mancillar el buen nombre de mucha gente. Basta ya de hipocresía, de cobardía, de injuria gratuita. Si no fuera porque por dentro me siento fuerte y feliz, desapegado de todo eso, cerraba de una vez por todas y de verdad, me iba a vivir mi vida, plácido, tranquilo, sin dar explicaciones a nadie. Si no fuera porque por dentro me siento libre de culpa, con la consciencia tranquila y la fortaleza suficiente para aguantar nuevos envites, me las piraba plácidamente a cualquier fin del mundo que mereciera la pena.

Así que seguiré a lo mío, con la precaución de no seguir dejando entrar a mi vida personas y personajes que restan, que viven en la queja constante o que mancillan a la mínima de cambio. Lo siento, no tengo tiempo para esas cosas. Seguiré andante por esta eterna aventura y que Dios, o quien sea, reparta suerte.

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Aprendiendo a amar los sueños


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O Couso es un experimento. Primero fue un vago sueño. Un sueño que se tejió hace muchos años. Luego fue un estudio que se prolongó durante años y ahora es una realidad compleja que crece a medida que el experimento va fraguando de una y otra manera. De alguna forma estamos tanteando la realidad que debería ser futura. Es como si buscáramos la fórmula adecuada para intentar que el ser humano entre en un estado de paz y de consciencia. Pero es difícil, complejo, arduo. Los grupos crecen, se consolidan y caen cuando la estructura que llevan dentro intenta imponerse a las sencillas bases de la esencia del mismo. El interés egoísta, o la interpretación de la realidad y esa manía nuestra de intentar impregnar a la misma con nuestra esencia, obviando la esencia de los demás, hace que los grupos caigan uno tras otro.

Por suerte, a diferencia de otros experimentos, de momento éste ha sobrevivido a todos los envites. Hay proyectos que nunca han sobrevivido porque estaban supeditados a la fragilidad de sus componentes. Este sobrevive a pesar de ella, a pesar de los errores cometidos una y otra vez, pero afianzado a la fuerza de unos pilares sencillos, pero inamovibles, que de momento han aguantado todos los terremotos. Si los pilares de un edificio permanecen intactos, se podrán caer las paredes, pero el edificio permanecerá. Por eso los guardianes del proyecto fijan su misión en proteger los pilares del mismo. Y la misión del resto es la de proteger a los guardianes para que estos no caigan a su vez. Si los guardianes caen, el proyecto cae por esa necesidad humana de transformarlo todo a nuestra imagen y semejanza. Pero si se mantiene firme y fuerte la base, y los propios guardianes se mantienen firmes y fuertes ante los envites, la supervivencia está garantizada y el experimento puede continuar.

¿Cuáles son las bases del experimento? Profundizar en algunos valores básicos como la convivencia fraternal, la experiencia de vivir libres sin exceso de ataduras y todos en igualdad de condiciones, partiendo de una base común que nace de la cooperación, el apoyo mutuo, la colaboración y el respeto hacia nuestros cuerpos, hacia los seres sintientes y hacia el entorno natural en el que vivimos. Todo ello con unas sencillas pautas de convivencia y con una actividad colaborativa que procura despertar en nosotros una nueva forma de entender y experimentar la vida

Parece, en teoría, algo sencillo, pero es una de las pruebas y experiencias más complejas que he experimentado nunca. De hecho, el modelo sigue siendo un auténtico fracaso. Los grupos humanos terminan autodestruyéndose, terminan minando todo cuanto se hace, ya sea mediante la crítica, ya sea mediante lo complejo de entrar en coherencia con el experimento, o ya sea simplemente por intereses espurios que nada tienen que ver con el proyecto y sí con un egoísmo que al final termina por afectar al conjunto. Pero a pesar del sonado fracaso aparente, estamos aprendiendo a amar el sueño. El sueño como algo vago y lejano, como un matiz de esperanza hacia la propia humanidad, como un acto de fe, o un salto de fe hacia aquello que debería unirnos.

En lo personal siento cierta decepción, pero también mucha alegría. Decepción por las continuas traiciones, por esa manía nuestra de criticar y mancillar lo logrado. Pero también alegría inmensa por todos aquellos que, a pesar de las complejidades y los desafíos, siguen creyendo en la utopía, en la esperanza, en la fe y en el ser humano. Por eso, interiormente, a pesar de las continuas decepciones, estoy aprendiendo a amar el sueño. Y al hacerlo, también estoy aprendiendo a buscar las mejores fórmulas para aprender con ello a amar al prójimo próximo, aunque éste, en algún momento, se vuelva un cómplice enemigo del cual, siempre, con paciencia y amor incondicional, seguir aprendiendo.

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