La cabaña: un refugio para los sueños


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“Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentar sólo los hechos esenciales de la vida, y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar, no sea que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido. No quería vivir lo que no fuera la vida; ¡es tan hermoso el vivir!; tampoco quise practicar la resignación, a no ser que fuera absolutamente necesaria. Quise vivir profundamente y extraer toda la médula de la vida, vivir en forma tan dura y espartana como para derrotar todo lo que no fuera vida”. Thoreau

Todo bohemio que se precie sueña con su propia cabaña. El ideal de vida en el bosque ha sido siempre un motivo para crear y sumergirse en la profundidad metafísica de la vida. Algunos consideran el romanticismo de la vida en los bosques como el privilegiado retiro de soñadores. Sería algo así como el heimat alemán, la vida en el hogar que nace alrededor del fuego, insertado en un paraje privilegiado donde poder contar las horas de forma desahogada y plácida. La cabaña y los bosques sirven como profunda confrontación entre el artista filósofo y la propia existencia. Un reconocimiento del espacio y el tiempo medido emocionalmente y alejado del mecanicismo de la ciudad. Ve en la naturaleza esa entidad superior que acoge la gnosis oculta de la vida. Necesita ese retiro privilegiado para poder inspirar sus obras.

Filósofos como Wittgenstein y Heidegger, compositores como Mahler y Edvard Grieg, el poeta Dylan Thomas, el dramaturgo August Strindberg o los escritores Knut Hamsun, Bernard Shaw y Virginia Woolf son algunos autores que se inspiraron bajo el abrigo de un reducido espacio.

En la naturaleza encontraron esa paz que gotea lentamente. Como decía el poeta irlandés William Butler refiriéndose a su propia cabaña: “desde los velos de la aurora hacia donde el grillo canta; allí la medianoche es toda un tenue brillo, y el mediodía es de un fulgor púrpura, y el atardecer se llena de las alas del tordo”.

Grandes escritores y poetas soñaron y vivieron en su propia cabaña. La cabaña de Heidegger en Rötebuckweg sirvió para inspirar sus grandes obras. Allí, en la profundidad de la Selva Negra alemana, en su particular die Hütte (la cabaña), pasó más de cinco décadas escribiendo, reflexionando y dando a la luz obras como “Ser y tiempo”. Reclamar la intimidad y la soledad necesarias para escribir grandes obras solo es posible en entornos privilegiados como el suyo.

En el abrigo de una cabaña el espíritu encuentra su refugio para poder inspirar a otros, para ser foco y luz en la oscura noche del alma, para proclamar con urgencia que otro mundo es posible. Thoreau inspiró con su Walden, mi vida en los bosques, mis primeros días en esta pequeña caravana desde donde ahora escribo. Pude leer en aquella primera primavera su obra al son de la lluvia, la soledad y la sorpresa. Thoreau construyó con sus propias manos su pequeño refugio junto al lago a las afueras de Concord, Massachusetts, y desde que leí su proeza pensé que algún día yo mismo podría hacer algo parecido.

Esta mañana rematábamos una de las paredes de la cabaña. No podía creer que alguien venido de la ciudad y que nunca había clavado un clavo pudiera levantar una cabaña. Si todo va bien pronto ese lugar servirá de inspiración para seguir creando. Ya no se trata de vivir soñando, sino de vivir dentro del sueño, ampliar las miras y ayudar a otros a seguir su senda, el camino que se expande inevitablemente en la mente abstracta. Ese puente tejido de corazón podrá ahora desarrollarse aún más profundamente.

Toca buscar medios para terminar de comprar los cristales y hacer un pequeño lavabo en esta hermosa cabaña octogonal. Pronto su pequeño tamaño se convertirá en mi propio palacio junto al bosque. Pronto también será vuestra casa, como siempre.

Tres veranos en comunidad


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El tiempo pasa excesivamente rápido cuando te empeñas en vivir la vida hasta el fondo, estrujando la madeja invisible de todo cuanto ocurre. Hemos empeñado parte de nuestra vida en este loco proyecto comunitario, hipotecando quizás unos años futuros con tal de que merezca la pena el realizar un sueño colectivo. O Couso se ha convertido en una pequeña luciérnaga que ilumina en una eterna noche oscura. Atrae hasta sus mieles pequeñas luminarias que se decantan por unos días de descanso, de retiro o simplemente de compartir. Cuando ves todo lo que aquí se genera de forma humilde e invisible dan ganas de compartirlo de alguna manera.

Es evidente que esto no es ninguna panacea, ni la utopías completa ni un mundo maravilloso, pero también es evidente que nos resultaría muy difícil vivir en otro tipo de lugar. La apuesta, la entrega, el relato de una vida que se experimenta segundo tras segundo es algo que no tiene precio. Contemplarla como un observador silencioso, dejando que las cosas fluyan a su ritmo, aprendiendo de la fortaleza de los robles y buceando en la flexibilidad del agua que recorre toda la tierra húmeda es algo que ennoblece el alma y ocupa la atención del espíritu que todo lo mueve.

Son tres los veranos que hemos pasado aquí. Hemos aprendido mucho, hemos acelerado nuestros procesos cognitivos y estamos aprendiendo a inclinar con humildad todo nuestro bagaje pasado. Aquí nos damos cuenta de la minúscula atención que el universo entero muestra sobre nuestras pequeñas vidas. Nos ilumina la inmensidad a cada instante, por lo tanto, tomamos consciencia de nuestra pequeña trascendencia. Aún así, nos sentimos afortunados por ser partícipes vivos de este hermoso elemento, de esta hermosa tierra que nos acoge y dulcifica con su belleza nuestras penurias y desalientos.

Hemos aprendido a soportar los ciclos y hemos sabido adaptar al milímetro nuestras vidas a los elementos. Nos hemos llenado de coraje y valor y hemos comprendido la importancia de estar aquí, de ser guardianes de ese pequeño destello que debe sumarse a la estrellada noche del alma. Nuestro papel es bien fácil. Debemos alimentar al peregrino. Primero con un poco de cobijo y comida y luego, alentar con nuestra presencia y nuestros silencios la curiosidad del alma. Una vez abierta la brecha interna, la luz avivada, nuestro papel se limita a dar de beber al sediento con un trozo de pergamino antiguo, con un poco de esa perenne esencia.

Nos alegra poder servir para eso. Hacer unas alubias por la mañana y ofrecer un poco de aliento por la tarde. Y como mínimo, sembrar siempre esa semilla de amor y esperanza para que en un futuro, quien sabe si en esta o en otras vidas, esa semilla crezca y prevalezca como propósito vital. La luz del alma solo puede alimentarse desde el alma. Por eso, aunque aparentemente no ocurra nada ahí fuera, realmente se está librando una gran batalla aquí dentro. En los planos invisibles, un ejército de luminarias nos asisten. Por fuera, seguirá siendo todo igual de sencillo, enigmático, amable, amoroso. Por dentro nos enriquecemos a cada instante, a cada segundo. Somos privilegiados testigos de cada una de esas experiencias.

 

Sobre la naturaleza del alma


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“El Ser Supremo tiene dos naturalezas, superior y inferior, tierra, aire, fuego, agua, éter, mente, entendimiento y sentido del yo es la óctuple división de mi naturaleza, pero esta es mi naturaleza inferior, mi otra naturaleza, la superior, por la cual el mundo asciende, es el alma, la consciencia”. Bhagavad Gita

Es cierto que entregar unos años de tu vida a un propósito invisible para los ojos que se fijan en las cosas de la tierra puede resultar una pérdida de tiempo. Puedes ver a un leñador atizar el fuego de una chimenea en otoño y olvidar que durante el verano estuvo trabajando duro en la espesura del bosque. Puedes ver caer las semillas en la tierra húmeda y obviar los procesos invisibles que se desarrollarán en toda su explosión de vida futura. El agua que circula rauda en primavera se cuela por los acertijos del valle para penetrar en las profundidades calizas y albergar en oscuras cuencas el líquido de vida que muchos beberán. El aire circula afanoso transportando ideas mientras el fuego, avivado por la lucha de las estaciones, expande su calor en las estancias invernales.

Más allá del mundo de la forma, de la estrecha mirada fenomenológica que todo lo entiende porque muestra tan solo las partes finitas de los hechos, existe un mundo aún más rico y extenso donde las causas no tienen fin y la naturaleza se expresa de forma ascendente. Es allí donde moran, en posadas trasparentes cargadas de luz y brillantes paredes  aquello que llamamos el alma y la consciencia. Es allí donde los propósitos se apoderan de nuestras vidas y nos conducen a realizar cosas que son incomprensibles para la mirada corta.

En esas moradas viven aquellos que vigilan e inspiran nuestros actos. Aquellos que esperan ansiosos el que fijemos la mirada no en la parte carnal de las cosas, sino en los rostros invisibles de las mismas. Aquellos que implantan con paciencia la esperanza en nuestros corazones, esperando cautos que nuestra obra se fije con las columnas de la virtud, la razón y la verdad.

Hay una promesa en el aire que inspira constantemente pensamientos simientes, consciencias altamente cualificadas para regenerar la vida que está más allá de lo aparente. Hay muchos servidores cuya misión consiste en anclar en lugares fijos luminarias que atraigan a los buscadores ansiosos por elevar la mirada hacia ese cielo trasparente. La ciudad resplandeciente espera los latidos de nuestros corazones, esos que son como los tambores que dan la bienvenida a los héroes. A veces ocurre que nuestros latidos se pierden en la espesura de la afanosa vida y olvidamos el llamado que nos conmovió hacia la urgencia de actuar. La llama resplandeciente que algún día iluminó nuestro centro termina apagada por falta de ese combustible que regenera constantemente nuestra existencia.

Estamos, todos, llamados a una naturaleza superior, a un camino que tiene que ver más con la amplitud de la vida que con la estrecha rigidez de nuestra naturaleza pequeña. Hay algo que nos conmueve para seguir avanzando y creciendo hacia el mundo del espíritu. Hay algo que nos empuja más allá de los causas y los arquetipos que hace ascender al mundo. Ese algo debe latir fuerte en nosotros. Ese algo nos debe convertir todos los días en brillantes estrellas en la oscura noche.

Las Etapas de la Meditación


2.- Postura (Asana)
3.- Respiración (Pranayama)
4.- Alineamiento
5.- Fijación en un punto (Pratyahara)
6.- Concentración (Dharana)
7.- Meditación (Dhyana)
8.- Contemplación (Samadhi)
9.- Iluminación

1.- Correcta Conducta.- Es la disciplina del triple hombre inferior, la lucha con los elementales físico, astral y mental. Es abstenerse de los siguientes actos erróneos:
a) Ofensividad
b) Falsedad
c) Robo
d) Descontrol a nivel instintivo (gula, sexo, pereza)
e) Avaricia y codicia

Cultivar, en cambio, las virtudes opuestas:
a) Inofensividad
b) Veracidad
c) No codiciar bienes ajenos
d) Autocontrol de los instintos
e) Contentarse con lo que se tiene

Esto se entiende que abarca los tres planos: físico, astral y mental. Además, debe cultivarse:
1.- Ardiente inspiración
2.- Lecturas espirituales
3.- Devoción al Ser

2.- Postura.- La postura adoptada debe ser estable y cómoda. Para el occidental, no tiene sentido atormentar el cuerpo tratando de dominar alguna de las posturas del Hatha Yoga, que son tan cómodas para los orientales. Basta con sentarse en una silla confortable, de preferencia baja, con la columna recta, los pies naturalmente cruzados, izquierdo sobre derecho, la mano izquierda sobre la derecha, palmas hacia arriba, apoyadas en el regazo, los ojos cerrados y la barbilla retraída.

3.- Respiración.- Es la regulación de las fuerzas sutiles del cuerpo. Prana no es el aliento, sino la energía vital que circula por el cuerpo etérico. Lo que importa es establecer un ritmo entre la inhalación y la exhalación. Puede hacerse al estilo yoga o al estilo budista (concentrándose en el Hara).

La respiración tiene que ser inaudible y, cuando el ritmo está bien establecido, el meditante tiene la sensación de no estar respirando. Es que el acto de respirar se ha profundizado y está funcionando a nivel etérico. Esto significa que hay una sincronización perfectamente balanceada.

La punta de la lengua va apoyada detrás de los incisivos superiores para conectar los dos canales principales del cuerpo (nadis) y permitir que la saliva fluya naturalmente hacia la faringe, de modo que su abundancia no sea motivo de distracción.

4.- Alineamiento.- En el alineamiento de los tres vehículos o cuerpos: físico, astral, mental, y su estabilización mediante un esfuerzo de voluntad, empieza el verdadero trabajo del yo inferior por acercarse a su Yo Superior.

Es el cuerpo mental quien mantiene a los otros dos alineados. Recordemos que el yo permanente, quien representa a la voluntad, habita en las partes intelectuales de los centros. Cuando ambos cuerpos inferiores (físico y astral) están alineados, el cuerpo mental (o mente) puede establecer una comunicación directa con el cerebro físico, libre de obstrucciones e interferencias.

Cuando el alineamiento logra que los tres cuerpos inferiores se encuentren alineados con el cuerpo causal, y mantenidos firmemente en el radio de su influencia, puede verse actuando a los grandes dirigentes, aquellos que arrastran tras de sí a la Humanidad, los que reciben el nombre de “Discípulos Mundiales”.

Al comienzo se procura lograr la coordinación física, luego la estabilidad emocional, hasta que estos dos cuerpos funcionen como uno. Al extender la coordinación al cuerpo mental, el triple hombre inferior consigue desconectarse de la mayor parte de los estímulos de los tres mundos.

En el discípulo a prueba, este alineamiento se puede producir a grandes intervalos, en momentos de intensa aspiración. Antes de que el Ego se aperciba de su sombra (el yo inferior), éste debe de haber alcanzado la capacidad de trascender los tres mundos en mayor o menor medida. Cuando esta condición involucra las emociones, está basada en la mente y hace contacto con el cerebro físico, entonces empieza el alineamiento.

El logro de esta etapa depende de la purificación y disciplina del cuerpo físico y de la subyugación del cuerpo emocional. Esto hace que la materia elemental que los constituye se vaya sutilizando y haciendo más apta para recibir las vibraciones de los niveles abstractos, las que llegan por conducto del cuerpo causal situado en el tercer sub-plano del plano mental.

En cada vida vamos adquiriendo mayor estabilidad, eso es lo que se llama personalidad integrada, pero muy rara vez conseguimos alinear la triple naturaleza inferior con el cuerpo causal. Por lo general, es el cuerpo emocional sacudido por fuertes emociones, inquietudes y desasosiegos, quien se sale de la línea. Cuando llega a estar momentáneamente apaciguado, es el cuerpo mental con su rigidez producida por actitudes, prejuicios, etc., que no deja pasar la comunicación desde el plano superior hasta el cerebro físico. Son necesarias varias vidas de paciente esfuerzo en la práctica de la meditación para llegar a aquietar el cuerpo emocional y conseguir que el cuerpo mental sea permeable. Aún conseguido esto, se necesita gran disciplina para que ambos logros ocurran al mismo tiempo. Luego se debe trabajar en controlar el cerebro físico para que actúe como receptor fidedigno de la comunicación recibida.

Cada encarnación es representada a su término por una figura geométrica parecida a la de un cubo en perspectiva. Las formas de vidas primitivas son intrincadas, burdas y de contornos torpemente definidos, como un dibujo trazado por un niño pequeño. Las formas construidas por el hombre medianamente evolucionado son de contornos bien definidos y precisos, porque los cuerpos han estado mejor coordinados. Pero en el camino hacia el discipulado aceptado, la meta consiste en fusionar todas las líneas en una sola, lo que se realiza gradualmente. Esta única línea es el antahkarana.

Al final del alineamiento, antes de pasar a la etapa siguiente, se pronuncia el OM, haciéndolo resonar en voz alta en el triángulo del pecho y, por último, mentalmente, en el triángulo de la cabeza. La O se pronuncia larga y redonda y la M se hace vibrar. Se repite tres veces en cada triángulo, imaginando el sonido como una fuerza purificadora que limpia el aura de cada uno de los cuerpos, dejándolos libres de acumulaciones obstructivas.

5.- Fijación en un punto.- Es el recogimiento de la consciencia en un punto ubicado en el centro de la cabeza (hipotálamo). La atención debe ser tan intensa que se dejen de percibir los estímulos que afecten a los sentidos. Una vez conseguido esto:

a) enfocar la consciencia en el átomo etérico permanente, una pulgada por encima del cráneo, en el lugar que ocupa el chakra coronario.

b) llevar la consciencia al átomo astral permanente, liberándola del plano físico.

c) subir aún más la consciencia hasta la unidad mental, fuera de las auras etérica y astral. Así la mente podrá actuar con toda libertad. El resultado es una lucidez mental nunca lograda antes, porque la actividad habitual de la mente siempre está asociada a un deseo o impulso y es afectada por él. Entonces recién podrá actuar como el sexto sentido que es, llegando a constituir un receptor sensible a los pensamientos y directivas del Yo Superior al llegar a la séptima etapa, la meditación.

6.- Concentración.- Es la fijación de la mente en un pensamiento determinado (soporte). Puede ser un mantra, un koan, un símbolo, una cualidad (virtud que se desea adquirir) o una imagen sagrada.

La concentración supone mantener la mente firmemente enfocada en el soporte asignado sin desviación ni distracción. Esto, que para el principiante es sumamente difícil, se hace más fácil cuando se ejercita durante el día poniendo cuidadosa atención en todo lo que se haga (samú) y aplicando el discernimiento y la reflexión cada vez que corresponda. La atención dirigida es una actitud mental y debe ser cultivada. Es obvio que a una mente a la que se le ha consentido vagabundear durante las 16 horas de vigilia, no se le puede pedir que esté obedientemente quieta media hora diaria. La práctica constante de la concentración en las actividades cotidianas supera las dificultades de ejercer control sobre la mente y produce los siguientes resultados:

a) Reorganización de la mente
b) Polarización en el vehículo mental en vez del emocional
c) Apartar la atención del plexo solar al recibir las sensaciones aprendiendo a centrarse
en el cerebro. La mayoría de las personas, al igual que los animales, perciben a través
del plexo solar.

La mente debe ser nuestro servidor y no nuestro amo, y pasa a serlo cuando la podemos enfocar sin desviación alguna sobre cualquier pensamiento simiente (soporte) elegido.

7.- Meditación.- La concentración sostenida es meditación. La mente sólo es consciente de sí misma y del soporte que sustenta su concentración. Esto es meditación con simiente. La actitud del meditante llega a ser pura atención dirigida. Desaparecen para él su cuerpo físico, sus emociones, lo que lo rodea, todos los sonidos y percepciones sensoriales que pudieran llegarle de sus cuerpos o de su entorno. Valiéndose de la mente como de un dócil instrumento, el Ser puede influir en el campo de consciencia del meditante, quien puede dejarse dirigir conscientemente por él y esforzarse en alcanzar los resultados que su Ser espera. La mente ha pasado a ser el sexto sentido que realmente es y el cerebro actúa como una placa fotográfica receptora a la impresión interna. En ningún caso esto es un proceso fácil. Se tiene que haber alcanzado cierta etapa en el desarrollo evolutivo y haber cultivado la voluntad en cierta medida para perseverar en el intento a pesar de las dificultades.

8.- Contemplación.- El meditante ya no es consciente ni siquiera de su mente. El soporte se ha esfumado. No obstante, él está intensamente despierto y alerta, centrado en el plano mental abstracto donde no existe nada perceptible a los sentidos. Esto sólo es posible cuando el yo inferior, vibrando al unísono con la consciencia de su Ser (cuerpo causal), consigue formar un canal libre de interferencias aunque sea por un momento. A intervalos muy distantes al comienzo, pero después más frecuentes, empezarán a filtrarse ideas abstractas que irán seguidas, a su debido tiempo, de destellos de verdadera intuición, provenientes de la Tríada Espiritual (Ego o Ser). No existe en esos momentos ni el tiempo ni el espacio. El meditante realiza su unidad con todo lo que es; la expresión “consciencia de grupo” encierra algo de esa vivencia. Esta etapa se llama también: meditación sin simiente.

9.- Iluminación.- La naturaleza del Ser es luz, y gracias al proceso de la meditación su luz empieza a fluir hacia el meditante a través del sutratma. Su cerebro físico toma consciencia del hecho. A medida que esto se vaya haciendo más frecuente y constante, se va produciendo un cambio en el sujeto. Llega a estar más y más sincronizado con su Ser, la luz en la cabeza, entre la hipófisis y la pineal, se intensifica y el chakra ajna se desarrolla y funciona.

El hombre se percibe lúcido y con un intelecto claro. Es consciente de un poder en sí mismo que le permite comprender lo que existe en el plano del Ser, imprimiendo en su cerebro físico aquellos conocimientos sólo accesibles a ese nivel. Su percepción interior le da la capacidad de penetrar los misterios de la materia trascendiendo las formas y llegando a lo que éstas encubren, porque esa Realidad es idéntica a la que representa su Ser.

Este proceso gradual culmina en una luz enceguecedora: aquel fenómeno que todas las religiones dan en llamar “Iluminación”, o Satori en el Budismo Zen, y que sucede en la tercera iniciación, El antahkarana está terminado y allí, con palabras de Ramana Maharshi: “Sólo existe el Ser y nada más que el Ser.”

Alice A. Bailey

Decrecimiento personal


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Fijaros como pasa el tiempo. No somos dueños de su devenir. Apenas podemos atrapar algo tan pequeño como un segundo. Todo se escurre, lo dejamos pasar, lo dejamos caer en acciones absurdas, cosas que distraen nuestra atención y nos alejan de la vida, de la consciencia, del nosotros.

Hemos hablado muchas veces del necesario decrecimiento material para que las futuras generaciones puedan tener un planeta lo más sostenible posible. Tal y como está el mundo constituido hoy día, donde la avaricia y el egoísmo son los protagonistas de nuestras vidas, el planeta tierra y la vida humana tienen los días contados.

Resulta difícil pensar que estas claras ideas sobre la necesidad decreciente contraste repetidamente con los mensajes antinaturales que nos vienen día a día sobre la necesidad de crecer, crecer y crecer.

Hoy, gracias a la ingeniosa interpretación de una persona que nos visita estos días, nos dábamos cuenta de la necesidad de decrecer también desde los planos del ego, como personas. Decrecer en ruido, en ambiciones, en egoísmos, en búsquedas estériles, en recursos, en emociones tristes, en pensamientos caducos, en miradas engañosas.

Quizás tengamos que expresar la vida desde otro contexto, pero entiendo que esto nos puede resultar imposible. ¿Cómo cambiar tantos y tantos patrones insertados con sangre y fuego durante miles de años en nuestra psique? ¿Cómo decrecer si eso nos puede llegar a pensar que somos vulnerables o débiles ante los demás?

El decrecimiento lo podemos experimentar de forma material, pero admitamos que resulta excesivamente complejo aplicarlo a nuestra psique, a nuestras emociones. De alguna manera, siempre queremos más de algo. Más abrazos, más cariño, más consuelo, más alegría, más pasión, más aventura, más esperanza, más amor, más prosperidad, más, más y más.

Resulta muy difícil decrecer personalmente, buscar una vida sencilla tejida por unas emociones equilibradas y una lúcida esfera de pensamiento. Es complejo vivir una vida plenamente tranquila. Es difícil saborear la paz de no hacer nada mientras el tiempo se escurre por entre los dedos. La vida se apaga, pero en nuestra distracción continua, deseamos crecer. Es como el universo que se expande hasta el infinito. Es una metáfora interesante, aunque quizás olvidemos que el universo respira… pero también inspira…

 

La poderosa llama de la luz


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La vida sigue siendo esa suma de momentos. Podemos crear momentos únicos, momentos mágicos, momentos felices. Si los momentos pueden ser compartidos resultan reconfortantes. También nos podemos permitir, si nuestro cuerpo emocional así lo necesita, momentos de recogimiento, de silencio, de duelo, de dolor, de nostalgia, de tristeza. Esos momentos, a veces profundamente dolorosos, podemos convertirlos en puentes para comprender que la vida requiere ser vivida con cierta desesperación. Quiero decir que debemos estrujar todo cuanto nos empuja a vivir, sacar todo su jugo, vencer al tedio de la pesadez emocional y entrar en el limpio campo de la mente lúcida y concentrada en el instante presente.

Si somos capaces de crear ese pequeño puente seremos capaces de abordar la empresa de acercar nuestra lucidez hacia eso que algunos llaman la consciencia. Estamos hablando de un plano de existencia diferente, de una forma de ver la vida refrescada por un halo de luz que atraviesa las dimensiones intangibles de la existencia. Un linaje que se transmite desde lo más profundo.

Estos días de triste duelo intentaba arrastrarme por los bosques en silencio, tumbando mi alma al reposo de los elementales de la tierra para que intentaran recoger todo aquello que de alguna forma les he arrebatado. La muerte de un ser, de cualquier ser, es algo que nunca sabemos calibrar del todo. Pero la muerte de todo aquello que pudo ser y nunca fue es aún peor. La imagen de esa pérdida nos seguirá por siempre.

Por eso me he diluido, invisible, entre los espectros de la noche, intentando aconsejar al devenir sobre la reconciliación inevitable, sobre la alianza ante aquellas cosas que no podemos manejar, esas cosas que son más fuertes y grandes que nosotros.

Mientras todos despliegan una vida normal en un mundo aparentemente normal, sentía como estas semanas huía de aquello que desde la visión de la consciencia produce cierto dolor. Habrá secretos que serán siempre enterrados en los corazones. Habrá realidades que jamás verán la luz. Habrá momentos para seguir explorando las incógnitas de la vida.

Mañana hemos decidido ir a la feria para liberar conejos y gallinas. Será un acto de transformación, de mutación. El laberinto primitivo que hemos hecho en los bordes del bosque encantado parece que ya tiene forma. En el laberinto uno se encuentra cómodo porque podría caminar por sus calles hasta el alba sin haber desvelado uno solo de sus secretos. Mañana liberaremos al reino animal en ese laberinto y seguiremos, secretamente, redimiendo nuestros misterios. La noche caerá de nuevo. Será fácil mirar al cielo y ver con claridad toda la escena posible. Será fácil, al mismo tiempo, liberar la tensión de estos días.

Mañana el bosque espera, y algo importante será liberado. Una pena, un duelo, un halo de tristeza, algo más que una emoción que necesitará volar alto para entender la poderosa llama de la luz. Sólo en ella podré encontrar consuelo. Sólo desde ella podré entender la vehemente experiencia.

El viaje del héroe


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En 2005 empezamos el viaje del héroe. El abandono de una apacible vida en el mundo ordinario, la llamada a la aventura, el rechazo a la llamada, el encuentro con el mentor, la travesía del umbral, las pruebas, los aliados, los enemigos, la caverna profunda, la odisea, la recompensa, el arduo camino de regreso, la propia resurrección y el retorno con el elixir. De alguna forma nos enamoramos del objeto de estudio. Incluso nos perdimos en la “selva” durante algunos años, viviendo como Gulliver en una hermosa granja de caballos en el norte de Alemania junto a nuestros propios y particulares houyhnhnm. Enfrentamos nuestro estudio antropológico en un momento oportuno y único.

En contraposición a todo el ideal primario, tras unos años en el campo, tuvimos que volver y enfrentarnos de golpe a otra realidad. Por circunstancias que no vienen al caso, nos vimos envueltos en un ambiente que era la contrafigura de aquel otro en el que habíamos pasado nuestros primeros dos años de investigación. En plena crisis económica abandonamos el bosque encantado y volvimos a la ciudad, esta vez viviendo una vida acomodada en Madrid, en un lugar donde disponíamos de todos los lujos posibles. Habíamos llegado a nuestra propia Brobdingnag, una tierra de gigantes. La noche del 15M, en pleno estallido de la spanish revolution, estábamos cenando con un conocido presidente de un banco, una aristócrata y una catedrática de derecho. Era un tiempo extraño donde nos sentíamos como ese héroe vencido por los guardianes del umbral. Habíamos rechazado la llamada. Estábamos atrapados en la casita de madera de Gulliver al mismo tiempo que nos exhibían entre unos y otros como esa antropología exótica.

¿Cómo podíamos vivir rodeados de tanto lujo en medio de tanta crisis? ¿Y cómo podíamos hacerlo después de haber pasado varios años explorando alternativas más justas de convivencia, más alejadas de la hipocresía de ese mundo que habíamos rechazado unos años antes? En ese tiempo de contradicción interior echábamos de menos “la selva” y “los nativos”. En un viaje a Etiopía descubrimos que con los gastos corrientes que una embajada consumía en un día podían vivir tres mil familias durante un mes. La visión de aquellos niños que morían de hambre en nuestras propias manos nos hizo retorcer interiormente y volver a cierta realidad, a cierta coherencia y equilibro interior. Así que decidimos dejarlo todo y volver al bosque, a la tribu, a la utopía en busca de respuestas.

Al igual que el capitán Lemuel Gulliver, durante todo ese tiempo nos encontramos en situaciones paradójicas: en algún momento nos sentíamos como un gigante entre enanos, y a veces como un enano entre gigantes. Pero sobre todo, seres humanos avergonzados de nuestra condición, un yahoo sucio y salvaje que reclamaba algún tipo de redención.

El heroísmo no consiste en vivir en cierta coherencia interior. El verdadero heroísmo nació el día en que despertamos de un sueño y decidimos caminar hacia esa otra realidad. No fue el sueño en sí, fue el impulso que nos condujo a caminar.

La revolución de una brizna de paja


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Entre los jóvenes que llegan a las cabañas de estas montañas están los que, pobres de espíritu y cuerpo han abandonado toda esperanza. Sólo soy un viejo agricultor que siente no poder darles ni siquiera un par de sandalias… aunque todavía hay algo que sí puedo darles. Una brizna de paja. Recogí un manojo de paja de enfrente de una de las cabañas y dije: “Con sólo esta paja puede empezar una revolución”. (Fukuoka, “La revolución de una brizna de paja”).

En estos tiempos de cambio se ha puesto de moda todo lo que tenga que ver con lo ecológico. De alguna forma, se está comercializando con la etiqueta “eco” y se intenta mercantilizar algo tan serio como la consciencia dentro de los alimentos. A modo de crítica, o quizás con ansias de espiritualizar algo tan importante como la agricultura y los alimentos, el japonés Fukuoka ideó un método inspirado en el wu wei, la filosofía oriental del no hacer o de la no intervención, que llamó agricultura natural. Este fin de semana hemos tenido la oportunidad de leer dos de sus libros y de entender como el ser humano se ha alejado del sentido natural de la colaboración con la tierra. Hemos tiranizado nuestra relación con la naturaleza, convirtiéndonos en explotadores de algo que debería ser cuidado con sumo amor y cariño.

El método de Fukuoka consiste no tan solo en trabajar la tierra desde otra perspectiva más conectada con la propia naturaleza, también nos habla de una agricultura que reconecta y reconcilia la naturaleza humana. Es decir, un sistema donde el ser humano no se vea a sí mismo como parte ajena de la naturaleza, sino como algo dentro de la misma.

En O Couso estamos intentando aplicar su sabiduría y sus métodos de la mejor manera posible. Estamos intentando seguir los cuatro principios de la agricultura natural que consisten en:

  1. No arar la tierra: de esta forma se mantiene la estructura y composición del suelo con sus características óptimas de humedad y micronutrientes
  2. No usar abonos ni fertilizantes químicos: mediante la interacción de los diferentes elementos botánicos, animales y minerales del suelo, la fertilidad del terreno de cultivo se regenera como en cualquier ecosistema no domesticado.
  3. No eliminar malas hierbas ni usar herbicidas químicos: éstos destruyen los nutrientes y microorganismos del suelo y sólo se justifican en monocultivos.
  4. No usar pesticidas: también matan la riqueza natural del suelo. La presencia de insectos puede equilibrarse en el propio cultivo.

Es algo muy nuevo e innovador y estamos empezando a experimentar para ver los resultados. De momento, es un placer poder comer fresas y todo tipo de productos de la tierra totalmente naturales, que han nacido libres de pesticidas y de químicos. Nos encanta poder trabajar así la tierra, pero sobre todo, nos emociona la idea de poder aplicar los principios de espiritualidad y de consciencia a los elementos propios de la naturaleza. Agua, tierra, sol y viento mezclados con una forma diferente de hacer las cosas, con esos momentos de silencio cuando regamos por las tardes o de consciencia cuando por las mañanas trabajamos con nuestras manos la tierra. De alguna forma respetuosa, nos sentimos agradecidos por esta reconciliación necesaria entre lo humano y su parte más esencial.

(Foto: el huerto-mandala de O Couso cubierto por una capa de paja, siguiendo el método de Fukuoka).

 

¡Me voy a los bosques!


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Cuando decidimos marcharnos al mundo rural nunca fuimos conscientes del cambio radical que iba a suponer para nuestras vidas. Nuestra intención era bucear en una utopía comunitaria apartados del ruido de la fábrica y el anexo que nació a su alrededor: la ciudad. La historia humana es rocambolesca. Nuestros antepasados abandonaron el mundo agrario y autosuficiente del campo para entrar en la esclavitud de los sueldos, las fábricas y el pago de grandes cantidades de dinero para poder usar un trozo de madriguera llamada piso, apartamento o garaje. Para nuestros antepasados la esclavitud y la pobreza estaban en el campo, cohibidos por los ciclos vitales de la naturaleza y a expensas de la generosidad del tiempo y la tierra. Veían en la ciudad y el trabajo en la fábrica una salida aparentemente buena para intentar al menos beber de las fuentes de la prosperidad y la riqueza. Por desgracia, no todos tuvieron esa suerte.

Paradojas de la vida, las nuevas generaciones desean emanciparse de la esclavitud de la fábrica y retornar a los apacibles atardeceres del campo. Tras casi tres años de vida rural nos hemos dado cuenta de que vivir en el campo no es nada fácil. Aún estamos lejos de la autosuficiencia de nuestros abuelos pero aspiramos, gracias a las nuevas tecnologías y las nuevas formas de vida, poder disfrutar de lo bueno del mundo rural junto a la riqueza que llega, ahora lejos de la fábrica, del mundo tecnológico.

En nuestro pequeño espacio utópico a veces recibimos la agradable visita de personas inspiradoras que desean dar un salto cualitativo en sus vidas. No es que ahora en la ciudad se viva mal, pero todas las posibilidades y retos que ofrece un bosque o una montaña no se encuentra entre las calles de la city. Contemplar los espacios sagrados y sublimes que se entrevén por valles y montañas mientras saboreas los ciclos profundos de la naturaleza es algo que no tiene precio.

En un mes nos visitarán los amigos de Pandora Hub para ofrecer y buscar inspiración. Según anuncian en su web, Pandora Hub es un movimiento de reactivación y repoblación de pueblos y zonas rurales. Una reivindicación de la buena vida y retorno a los orígenes. Una fórmula actual de devolver la vida y la actividad económica al medio rural mediante la emprendeduría, el workation, el co-working, el co-living, la permacultura, el crowdfunding y la vida sana.

La nostalgia de la vida del campo, teñida siempre por la poesía bucólica del romanticismo y los altos ideales de filósofos de todo cuño están inspirando a muchos jóvenes que desean abrazar el reto de una vida diferente e inquietante, llena de aventuras cotidianas y encuentros apasionantes entre nuestros sueños y la vida real que se impone a cada instante. Con esta visita de nuestros amigos de Pandora Hub queremos inaugurar el encuentro con grupos que se atrevan a investigar o vivir la inquietante atmósfera de una vida totalmente en contacto con lo real. Lejos de la ficción y la ilusión de mensajes que nos alejan de nuestra esencia, en los bosques encontraremos sentido único a todo cuanto somos.

Estáis invitados. Bienvenidos a los bosques.

Vendo Toyota Aygo


El Prius es un coche que me acompaña desde hace más de doce años. Tiene a sus espaldas más de un millón de kilómetros y muchas aventuras compartidas. Hace un mes tenía que pasar la ITV y de repente le salieron tres averías. La suma de las tres costaba más que comprar un coche nuevo. Como por mi trabajo de editor necesito desplazarme a menudo y como aquí en O Couso no nos podemos quedar sin vehículo decidí, mediante financiación a cargo de la empresa que regento, sacar un coche nuevo. El Prius no pasó la ITV así que a los pocos días ya tenía un nuevo Toyota, esta vez el más pequeño de la gama de utilitarios, un Toyota Aygo, eso sí, automático y con todos esos extras que ahora vienen de serie como el navegador o la cámara trasera y todo ese montón de sistemas de seguridad.

Milagrosamente, y tras llevar el coche a un taller de confianza, el Prius resucitó y a la tercera pasó la ITV con éxito. Ya era demasiado tarde para todo así que de repente me vi con dos coches, cuando realmente solo necesito uno. Es por eso que he decidido poner a la venta el nuevo coche recién estrenado aunque con ello pierda algo de dinero y gane de paso el que pueda ponerme al día con algunos pagos. El Aygo me costó 11.026 euros y lo vendo nuevecito a estrenar por 8.900 euros. Por favor, si estás interesado puedes escribirme a javier@dharana.org

Lo he probado y es un excelente coche con la garantía de la marca Toyota y el seguro a todo riesgo y los impuestos pagados por un año. El coche es pequeño, ideal para ciudad, con un consumo minúsculo pero con un potente comportamiento en carretera. Acepto facilidades de pago o cualquier propuesta.

 

Cuando Siri entró en nuestras casas


Siri-Mac

Hace unos días me bajé el nuevo sistema operativo de Apple, el macOs Sierra en su versión Beta, el cual lleva incluido a Siri, una aplicación de inteligencia virtual que puede responder a ciertas preguntas o búsquedas relacionadas. La primera pregunta que le lancé fue: ¿quién es Siri? La aplicación pudo responder: Yo soy Siri. Es una respuesta anecdótica en una aplicación aún muy rudimentaria, pero en octubre, esta aplicación entrará en nuestros hogares y será el comienzo de la, ahora sí, Cuarta Revolución Industrial.

Digamos que hasta ahora, y sobre todo desde que empresas como Kodak desaparecieran fulminantemente del mapa gracias a las tecnologías digitales a finales de los años noventa, la tecnología virtual había sido aplicada de forma tímida en todos los aspectos de nuestra vida. Con la entrada de Siri, estamos empezando la carrera hacia aquel mundo que Asimov describió en “Yo robot”. La inteligencia virtual primero y en pocos años también la robótica van a suponer una revolución total en nuestros días. A partir de los años veinte de este nuestro siglo, vamos a experimentar una nueva era exponencial donde la inteligencia artificial va a empezar a dominar el mundo conocido. Y hará falta aplicar a esa nueva era las tres leyes de la robótica que ya anunciaron en su día Campbell y Asimov:

1) Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.

2) Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la 1ª Ley.

3) Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la 1ª o la 2ª Ley.

Con la llegada del coche autónomo en pocos años, la robótica y la inteligencia virtual vamos a ver como nuestras vidas dejan de ser lo que era. El ser humano volverá a tener en sus manos el sueño de la esclavitud, esta vez de una esclavitud sin consciencia ni alma, una esclavitud mecanizada donde las máquinas trabajaran a destajo para nosotros. Y cuando eso ocurra, ¿qué haremos nosotros? Quizás podamos dedicar más tiempo al ocio, al estudio, al mundo de la mente y las experiencias. Quizás, aunque la cultura humana siempre vaya mucho más lenta que la propia tecnología, podamos asumir valores y costumbres alejadas de aquellas que tenían que ver con la pura supervivencia. Quizás, como ya anunciaban los hippies de la Nueva Era, estemos por fin entrando en la Era de Acuario, la Era del Saber.

Sea como sea, Siri ya está entre nosotros. ¿Acabaremos encantados por Siri?

Fondo de Reserva


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En los años de la burbuja económica había en el Fondo de Reserva de la Seguridad Social (creado en el año 2000 para garantizar las futuras pensiones) un total de 66.815 millones de euros. De estos, tan sólo quedan 25.176 millones que se calcula, al ritmo de salidas a la que ya nos han acostumbrado desde el Gobierno, se agotarán antes del 2020.

Este dato, de forma aislada, podría no resultar del todo alarmante sino fuera porque nuestra sociedad cada vez está más envejecida, más empobrecida y por lo tanto, cada vez serán más las necesidades de subsidio y prestaciones al mismo tiempo que caerán sistemáticamente los ingresos en la caja común. El futuro económico de este país, a no ser que entremos de nuevo en un ciclo productivo provocado por una nueva burbuja del tipo que sea, no es muy halagüeño. La solución de los gobiernos siempre pasa por ese mantra moderno que nos dice que debemos seguir creciendo económicamente. ¿Hasta el infinito y más allá o hasta que se agoten definitivamente los recursos? Esa es la gran pregunta, ecológica y problemática.

Desde que explotó la crisis financiera y muchos de nosotros perdimos nuestro trabajo y nuestros hogares nos hemos preguntado sobre el modelo de vida al que enfrentarnos para nuestro futuro inmediato, pero sobre todo, para nuestro futuro más lejano, a sabiendas de que actualmente, el Estado del Bienestar hace aguas y las cuentas, por más vueltas que los analistas le den, no cuadran. Si pensamos en alternativas de crecimiento solo se nos ocurre la fórmula de la emigración como ya hicieron nuestros antepasados. Emigrar a otras tierras para seguir creciendo. Otra fórmula, menos atractiva para muchos es la del decrecimiento voluntario: vivir con menos y necesitar menos, simplificar nuestra vida para compartir más y mejor en un entorno grupal, más allá del aislamiento individualista y egoísta al que la sociedad nos ha acostumbrado.

Los acontecimientos de estos últimos tiempos son alarmantes y las buenas noticias se escapan por los regueros de la infrecuencia. La xenofobia y el racismo crecen en Europa al mismo tiempo que la Unión Europea, un proyecto hermoso y de profundas consecuencias para la paz social, parece que se derrumba a marchas forzadas. El populismo de izquierdas y de derechas va tomando forma mientras que los brotes de desesperación minan las aguas que nos separan de ese otro mundo que parece vivir en una guerra continua. Si a esto le sumamos el escenario catastrófico que los ecologistas dibujan con respecto al estado de salud de nuestro planeta, parece como si de nuevo estuviéramos viviendo en un estado pre-apocalíptico de impredecibles consecuencias.

Muchos defienden que la crisis de 2007 solo fue un pequeño coletazo de lo que está por venir. Nos advierten con cara seria y preocupante que la gran crisis espera a las puertas de la próxima década y la supervivencia común, al menos la supervivencia del bienestar tal y como ahora lo habíamos disfrutado, tiene los días contados.

Quizás no sea necesario prepararnos psíquicamente para un nuevo envite grupal. Quizás todo sea un momento generacional que pasará y la humanidad en su conjunto sabrá reaccionar a tiempo ante el debacle aparentemente inevitable.

Es cierto que la sensación grupal es totalmente de pasotismo, diríamos que casi de ingenuidad. Seguimos disfrutando con los placeres más inmediatos sin mirar con desconfianza los acontecimientos que puedan afectarnos en un futuro. Es como si no nos importara nada de lo que se está cociendo y dejáramos para el mañana la preocupación inevitable. Quizás no nos toque a nosotros como generación gestionar los avatares que entre todos estamos sembrando. O quizás la tecnología nos salve del abismo en el último segundo de partido. Realmente no sabemos nada. Pero sí estamos atentos a lo que observamos, a los indicadores que nos dicen que algo no va bien.

Faltan tan solo cuatro años para el 2020. Quizás los fondos de reserva, milagrosamente, se hayan recuperado para entonces a cambio del contingente del crecimiento económico. O quizás hayamos provocado un estilo de vida diferente, una alternativa al consumo desmedido y al derroche ecológico. Quizás pronto algo o alguien nos convenza de que es necesario dar un giro profundo en nuestra forma de ver y entender la vida. Quizás sean cosas que no se puedan aplazar para el mañana. Quizás estemos ya en el momento de la urgencia, del cambio, y esto provoque, inevitablemente, un cambio en nuestros valores y en nuestra forma de vivir y entender la vida.

 

Atrévete a hollar


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Los trabajadores están ahí, esperando quizás el soplo de alguna llama interna que les guíe por las veredas del servicio, de la acción, de la intuición grupal. Aguardan en la penumbra, en la niebla, en el borde del camino alguna señal, ignorando todas aquellas que desde lo más remoto aparece a cada instante. A veces se sienten desorientados y repiten una y otra vez aquel viejo mantra de siglos pasados. Aman pero desde el desconocimiento, alejados de la raíz de aquello que les fuerza a resumir en palabras una sabiduría necesaria. También aman, o intentan amar, sin voluntad alguna, esgrimiendo la responsabilidad en cosas superfluas.

La pérdida de sentido es propia. Ignoran que son piezas de algo mayor, que sirven de engranaje de una malla aún más amplia que su propia esfera de influencia. Requieren advertencias, requerimientos y guiños para intentar comprender que el trabajo no es algo aislado, individual y temporal. Deben entender que la búsqueda de sentido solo puede ser posible ante la actuación de aquellos que cabalgan juntos en un mismo corcel.

Hay un propósito oculto que está presto a ser aplicado de forma inteligente. Somos corresponsables de su empleo, de su puesta en marcha en el mundo real. Los trabajadores están ahí, esperando inmaduros la señal. Mientras, la potencia del trabajo corresponde a una necesidad que se agranda ante nuestro miedo y pesar.

El mundo arquetípico espera, no tiene prisa por enfrentarse al mundo con diligencia y ecuanimidad. Es ese lugar de elevada inspiración y de luz donde las formas no producen sombra y por lo tanto, no existe confusión. Elevar nuestra mirada a esa visión más grande, más amplia, más profunda, requiere cierto entrenamiento, cierta disciplina. Pero también cierta voluntad de obrar hacia esas metas de amor y compasión hacia los seres sintientes. Esa misma necesidad de querer transformar y elevar las cosas bellas a un plano aún más abarcante, armónico y eficaz. Esa energía elevada que requiere atención plena, entrega y fuerza para arrancar de la inercia el esperado sueño.

Queremos y estamos dispuesto a ello. Sólo debemos empezar a recordar quienes somos, cual es el motivo real de nuestra vida y por qué avanzamos juntos en esta nodriza que tanto nos da. Podemos despertar al furor de la urgencia, podemos abrazar el inmanente sueño común y volver a sentir el roce suave de la esperanza.

Ya no es una ficción el poder hablar de un mundo nuevo. Es algo que sembró en la tierra del ayer y que se expresa tímido en los brotes del presente y sempiterno ahora. Ya es posible vivir para siempre en esa emoción. Tomemos un momento para rememorar la esencia de nuestro propósito interior y poder así expresarlo sin miedo, sin temor. Tomemos un momento para expresar libres esa gran propuesta.

La muerte, esa gran y temida aventura


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Cuando vemos la política que se genera en los bosques nos olvidamos de la otra, la humana, que tanto ruido expresa y tan mentirosa parece mostrarse. Es cierto que la naturaleza elimina las impurezas psíquicas de la sociedad. De alguna forma nos sana por fuera y por dentro. Nos pone en contacto con la esencia vital de la existencia y te olvidas, casi por arte de magia, de las miserias que acechan día y noche la organización de un sistema que cae por sí solo, día a día, irremediablemente. También te pone en contacto con los ciclos de vida y muerte, viendo con expectación como uno se sucede al otro continuamente. La vida resucita una y otra vez sin perder su hilo conductor.

Por eso el día de las elecciones, tras votar por correo a un partido animalista, lo pasamos trabajando, construyendo, ingeniando, resucitando. Era la mejor forma de reivindicar un nuevo mundo, un nuevo espacio donde todo sea más fácil y menos ridículo. También lo pasamos editando libros, que es nuestra gran pasión, la que nos da vida para seguir adelante con todos los proyectos. Editar un libro siempre es algo complejo porque requiere de un esfuerzo que no siempre se ve recompensado económicamente, pero siempre se ve premiado espiritualmente. Haces tu trabajo de editor lo mejor que puedes, le das vida material a algo tan intangible como puede ser una idea o un sueño y luego esperas a que ese halo de vida recorra libre por las sendas de la existencia. Editar un libro es como encarnar en la tierra una idea intangible. Es algo bien emocionante.

Hemos tenido la oportunidad de editar un librito que habla sobre la vida más allá de la vida. Es un relato breve pero profundo que nos habla, desde la propia experiencia, de un tema que nos afecta a todos por igual: la muerte.

Tal y como se nos relata en el prólogo del libro, “Rafael Conca nos habla en este libro sobre la inmortalidad del alma, que en su proceso evolutivo se manifiesta en la tierra a través del “vehículo” que forman nuestros cuatro cuerpos: físico, etérico, emocional y mental. El autor se apoya en textos que consideramos autoridad en la materia, y que Rafael estudió y trabajó durante años, primero en su dimensión teórica, luego en la práctica (que es la que importa); pero más allá de ello, se apoya en su propia intuición, entendida intuición como el sexto sentido que ya no se genera desde el vehículo terreno, sino que llega desde el alma. Cuenta para ello Rafael también con la ventaja de su experiencia cercana a la muerte (ECM), ocurrida en 1936, y que también recogemos en las dos entrevistas incluidas en este volumen, que datan de abril de 2006 y de marzo de 2012 cuando Rafael contaba 89 y 95 años, respectivamente”.

Es un libro importante porque nos ayuda a reflexionar sobre nuestra propia vida aquí en el planeta de forma sencilla y clara. Sobre la dimensión temporal que se escurre rápida y audaz entre las manos. De nuestra diminuta pero importante aportación como seres con libre albedrío, con conciencia de sí mismos y con consciencia de lo trascendental, al mismo tiempo que misteriosa, de la vida. Nos habla abiertamente de los cuerpos que animan a nuestro vehículo físico y nos habla, igual de abiertamente, con esa sabiduría de lo experiencial, sobre el alma. Un pequeño librito que os podrá servir de guía intuitiva para reflexionar profundamente sobre nuestro propósito vital. Un aliento en el camino para pensar detenidamente como estamos agotando esta maravillosa oportunidad.

Podéis comprar el libro por tan solo nueve euros, gastos de envío incluidos, en este enlace:

«LA MUERTE, ESA GRAN Y TEMIDA AVENTURA»

Imaginando la gloria futura


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Por menos de dos francos suizos puedes comprar unos noodles vegetales y servirte una excelente cela mientras contemplas de frente los Alpes suizos. Es lo que cuesta el tranvía que va de Le Petit Lancy hasta el centro de Ginebra, lugar donde se encuentra, entre el lago Leman y el río Ródano la sede de la fundación. Si eres una persona ociosa puedes pasear entre el apartamento de la fundación y el centro en media hora. En verano da gusto ver a los bañistas en la orilla dejándose arrastrar por las fuertes corrientes del río. Hay un atajo que va por medio de un frondoso bosque en el que imaginas que en cualquier momento te asaltará algún tipo de ser elemental. Es como si los gnomos y elfos estuvieran observándote a cada paso, visitando tu campo magnético y observando de paso si eres hombre de bien.

Suiza es un país que ha logrado llegar a la cumbre de la colectivización del individualismo. Se puede decir que si tienes suerte, puedes vivir una vida holgada en un entorno privilegiado. Al ser un país pequeño y poco belicoso, en estas generaciones ha podido construirse desde la salvedad del orden y el decoro, observando como la rectitud en las formas siempre resulta exquisita. A diferencia de los países mediterráneos, donde el feísmo se ha vuelto excesivamente costumbrista, en los países del norte la belleza y la armonía decora cada rincón de sus espacios públicos y privados. Resulta difícil ver algún papel en la calle o algún tipo de decorado grotesco o deslucido. Siempre me he preguntado porqué en nuestros países más al sur nos ha costado tanto mantener cierta pulcritud con las cosas. Quizás sea por esa cuestión nuestra de ir siempre de batalla en batalla perdiéndolo todo a cambio de nada. Cuando tienes esa sensación de desapego hacia las cosas, la dejadez es lo siguiente que domina nuestra alma. Si has perdido las Filipinas, los reinos de taifas, el Imperio donde nunca se apaga el sol y todo tipo de colonias exóticas por medio mundo, no nos va de tener o no tener una valla bien puesta que no sea ese típico somier de los años ochenta venido a peor vida. Somos lo más en reciclaje urbano, a costa de tener ciudades y campos empantanados de horrendas visiones.

Aún así, este individualismo colectivizado tiene sus días contados. O al menos eso creen los más optimistas. No tiene mucho sentido vivir una vida vacía donde la única relación con tu vecino sea ese melancólico hola y adiós que se entrecruza tímido en el rellano del ascensor. Es cierto que cierta emancipación eran necesarias. Es un proceso psicológico normal que la propia humanidad ha sufridos en estos últimos siglos. Pero la madurez mental de todo individuo, y también de toda colectividad, tiende inevitablemente hacia la unión grupal.

Emanciparnos de las cosas y sus necesidades hará posible que podamos tender a un mundo más creativo, a unos espacios donde sea la producción de pensamientos abstractos y no tanto los pensamientos propios de la necesidad, lo que produzca un nuevo escenario mucho más sencillo en cuanto a la forma de organizarnos pero mucho más eficaz en cuanto a la realización personal y grupal. Somos conscientes que para eso queda aún mucho trabajo, mucho esfuerzo en cuanto a las actitudes y acciones futuras. Pero en el fondo de nosotros late el anhelo inherente de un futuro inimaginable. El gran desafío al que nos enfrentamos empieza por nosotros mismos, pequeñas partículas que dan vida al cuerpo de la raza humana. Es en nosotros donde nace y se expande el reto de ser fieles servidores de la inspiración, del mañana, de la gloria futura.

La transmisión del conocimiento


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Trabajar junto al lago Leman, rodeado de altas montañas y un paisaje que desde hace siglos no conoce la guerra es toda una suerte. Son muchas las veces que he tenido la oportunidad de venir a Ginebra. Algunas por ocio y otras por trabajo. En estos días me ocupa la labor de apoyar el trabajo de edición de los libros de Alice Bailey, una mística del siglo pasado que contribuyó con una ingente tarea a propagar ciertas ideas espirituales.

Renovar su obra y adaptarla a los nuevos tiempos es complejo. Pero el testigo pasa de generación a generación para que la llama de la luz interior no se apague ni se pierda. Ya ocurrió otras veces a lo largo de la historia. Hay obras irrecuperables que fueron aniquiladas de la memoria colectiva por atrocidades que jamás debieron ocurrir. Un gran conocimiento se ha perdido, por eso, la labor de los editores comprometidos y con vocación de servicio es imprescindible hoy día. Son los eslabones de la cadena de conocimiento, de la sabiduría perenne que se transmite de generación a generación. Es modesta, invisible, pero imprescindible para que el saber universal pueda ser saboreado por los labios de los buscadores futuros.

Las ediciones se agotan o desaparecen. Las modas hacen el resto. Es fácil que en la era en la que estamos sea cada vez más difícil discernir entre libros y conocimiento que realmente valga la pena y otros que no hacen más que sumar ruido al ya acostumbrado. El discernimiento es una capacidad que se agudiza con el tiempo y que se refuerza con la experiencia. La dilatación de una vida puede sugerir algún tipo de enseñanza apropiada para experimentar la verdad amplia. El conocimiento, el saber, siempre es una puerta importante para alcanzar metas de libertad mayores. Vivir a ciegas es vivir agolpados en la tabla rasa de la ceguera. La ignorancia siempre nos hizo esclavos de las circunstancias, y nos alejó en todo momento de la libre elección sobre nuestras decisiones. Nos volvemos conformistas y costumbristas y eso nos aleja de la vida y la existencia de nuestra más profunda esencia. Estamos ya en plena era de Acuario, la era del Saber, y por lo tanto, la era de la emancipación personal y colectiva.

Por eso entiendo que la labor de editor es como la de aquellos antiguos escribas que encerrados en oscuras bibliotecas copiaban uno tras otro los libros esenciales. Gracias a ellos llegaron a nosotros los clásicos de la antigua Grecia. Gracias a ellos las obras fundamentales de la humanidad han iluminado un poco más nuestras vidas. De alguna forma, gracias a ese conocimiento, la mente humana se ha vuelto más plástica y flexible y ha pasado de la concreción del mundo limitado al amplio e intangible mundo abstracto. De la rigidez de la meta inmediata a la sabiduría de la prosperidad conjunta.

Ese conocimiento debe seguir vivo. Debe estar a las puertas de todo aquel que desee abrazarlo. Debe ser fácil su acceso y progresiva la labor de transmisión. Buscar los recursos adecuados para crear obras inmortales es una tarea importante para compartir la luz del conocimiento. El espíritu de los tiempos debe seguir aportando un claro camino hacia la verdad.

(Foto: en la fundación Lucis trabajando en la edición de los libros de AAB).

Aprendiendo a ser felices


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“He aprendido a estar contento en cualquier estado en que me encuentre”. San Pablo

Es algo complejo pero es posible cuando desechamos de nuestra vida la avaricia y el miedo y nos volvemos seres inofensivos, sin ganas de dañar a nadie. Estar bien en cualquier estado implica estar bien en cualquier circunstancia, o con cualquier persona, sea del carácter que sea. Implica albergar el halo de paciencia que nos lleva a esa quietud interior. Implica también observar las cosas que nos circundan de forma totalmente desapegada y amable. Es perder el deseo hacia aquello que nos impide avanzar y es recuperar las ganas de vivir cada instante como único y verdadero. Perder el poder de herir con la voz, con el pensamiento, con las emociones que a veces resultan indomables y estériles. Esa fracción de instante nos aproxima a una realidad diferente, a esa en la que inevitablemente el ser se manifiesta de forma real.

La recta conducta de la que nos hablan los grandes seres tiene mucho que ver con ese deber universal que pretende crear cosas buenas, realizar obras hermosas para el conjunto de los seres sintientes. La inofensividad, el silencio y el trabajo arduo es la bandera con la que muchos trabajan creando esa paz tan necesaria a todos los niveles. El ser veraz quizás sea lo más complejo de todo, pero nuestro deber es esforzarnos en perfeccionar esa cualidad inherente en nosotros. En el fondo, la bondad crece dentro de nuestra infinitud, solo debemos darle paso, arrastrar a nuestras vidas oportunidades para hacer el bien.

No debemos disiparnos en la vulgaridad de la vida. Perdemos mucho tiempo deseando cosas inservibles, inertes, que nada aportan a nuestra libertad. A veces son cosas del pasado, que ya perdimos, otras cosas del futuro, que aún no han llegado y quizás nunca lleguen. También perdemos mucha energía en preocupaciones que vienen de la avaricia de pensar que vamos a perder cosas, personas o momentos, olvidando que la verdadera abundancia reside en la presencia de un estado profundo que nada necesita. Es decir, en el sentir al yo real, al ser manifestado desde lo más hondo de la existencia, ese que nos acaricia a cada instante sin necesitar nada, sin esperar nada.

La fragua donde forjamos nuestras cadenas siempre nace del deseo hacia las cosas, del miedo a perderlas, de nuestra necesidad de acariciar todo aquello que creemos como digno de nuestra posesión. La verdadera libertad reside en poder vivir sin esos deseos. Esto no significa vivir sin cosas, sino vivir sin avaricia, sin necesidad de las mismas, pudiendo prescindir de todo aquello que de alguna forma nos ata a una realidad esclava.

Perdemos mucho tiempo en limpiar nuestro cuerpo físico, en mostrarlo bello para los demás y satisfacer así el deseo vanidoso de parecer agradables. Sin embargo, nunca dedicamos tiempo a la limpieza psíquica y emocional. Nunca nos detenemos a observar qué emociones o pensamientos están endureciendo y embruteciendo nuestras vidas. Algún día sabremos mantener la casa limpia, por dentro y por fuera, y nuestra actitud ante la vida quedará renovada para siempre. Aprenderemos a estar contentos y alegres y descubriremos que esa es la más eficaz herramienta para encontrarnos bien hallados en el camino de la felicidad. En la nuestra y en la de los demás.

(Foto: ayer paseando junto al lago Leman, en Ginebra).

 

Nace Editorial Phylira, una plataforma de autoedición con vocación de servicio


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Estimados amigos,

Hoy, 21 de junio, solsticio de verano de 2016, nace oficialmente Editorial Phylira (www.phylira.com), una plataforma editorial de edición, autoedición y coedición. Gracias al inestimable trabajo y entrega de Iván, Laura y Oscar, esta plataforma toma vida con una clara vocación de servicio. Durante muchos meses hemos estado trabajando en la idea, buscando la fórmula para que este nuevo reto sea eficiente y útil para el mundo editorial. Hemos conseguido un producto refinado, rápido y eficaz para ayudar a convertir tus sueños en realidad. ¿Una tesis, una novela, un álbum de recuerdos, un poemario? Editamos todo aquello que tu imaginación desee materializar. Además, ponemos a tu alcance servicios editoriales para perfeccionar tu obra y para que llegue lo más lejos posible. ¿Dónde está el límite? Hablemos y saltemos esos límites… Phylira es la diosa de la escritura y de la belleza. Vayamos juntos hacia ese ideal, sanemos el mundo con palabras y verbo, con paz y cariño en las cosas que nos rodean.

Tras diez años de experiencia en el sector editorial sentíamos la necesidad de abrir aún más las puertas a la cocreación, haciendo que el autor fuera parte importante de un proyecto tan vital como escribir y editar un libro. Desde las editoriales Séneca, Nous y Dharana, siempre nos hemos esforzado para que así sea, pero sentíamos que nos faltaba algo más. Es por eso que hemos creado la editorial Phylira, un marco de referencia en la autoedición, con nuevas propuestas y un compromiso claro por hacer las cosas de forma diferente.

Tan diferentes que todos nuestros beneficios van destinados a potenciar el Proyecto O Couso y la Escuela de Dones y Talentos de la Fundación Dharana, un ambicioso propósito donde mucha gente participa desde diferentes lugares y al que estás invitado a venir cuando quieras.

Por eso esta editorial te gustará, será tu casa y encontrarás amigos. No sólo te ayudamos y te acompañamos de la mano de un experto editor hacia el sueño de editar un libro, sino que además compartimos todo el proceso de forma ilusionada y eficiente.

Ya lo sabes. Nosotros te plantamos el árbol en el Proyecto O Couso y te editamos, el libro y los hijos los pones tú.

Gracias por confiar en nosotros, gracias por compartir.

Te esperamos en www.phylira.com

Edita con nosotros y participa en un proyecto diferente.

La normalidad de vivir en un mundo violento


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Muchos vegetarianos somos por naturaleza arrogantes y engreídos. Vamos de salvadores por la vida, pensando que por el hecho de no comer animalitos somos más sensibles o humanos. Realmente no es así. Se nos ve el plumero en cuanto la vida nos pone ante situaciones delicadas.

Me pasaba hoy en el aeropuerto de Santiago mientras esperaba el vuelo que me llevará a Ginebra, no para blanquear dinero (qué más quisiera yo), sino para blanquear libros, es decir, editar libros que por los años, quedaron perdidos y excesivamente ahuesados.

Pues andaba con algo de hambre y fui al único local de la sala de embarque donde preparan comidas. Pedí un vegetal, sin pollo por favor. Porque aquí el concepto vegetal no puede ir disociado de un trozo de algo que no sea vegetal. El amable camarero me dijo que sin problema, me preparaba uno de forma inmediata. Tras pagar por el bocadillo lo que en cualquier otro lugar del mundo te costaría un menú normal con primero, segundo, postre y bebida, me llega el esperado, ahora sí, bocadillo vegetal. Cuando llego a la mesa para degustar un trozo de pan con lechuga y tomate me veo con la desagradable sorpresa de que el “vegetal” tenía… ¡atún! Para mi estupor, de forma civilizada y amable me vuelvo hasta la barra y reclamo que había pedido un vegetal, por si me podían quitar el atún del mismo. La respuesta fue contundente: “aquí los vegetales los hacemos con pollo y con atún”. Es como si pides un arroz y te ponen alubias y te dicen que los arroces los hacen como les da la gana, y si en vez de arroz hay alubias, pues eso es lo que hay. Disgustado vuelvo a la mesa con mi «vegatal» y con delicada paciencia voy sacando trozo a trozo esa chicha oceánica.

La anécdota me crea cierto estupor, diría que casi me vuelve a mi estado pre-humano, donde la saliva empieza a caer por entre los labios mientras miro a ver si encuentro alguna piedra a mi alrededor para poner un poco de orden en este desaguisado. La violencia congénita que llevo dentro me dice que puedo salvar la situación con un poco de sangre, dolor y lágrimas.

Luego recuerdo que este fin de semana estuve en un curso de mindfulness, de esos donde el ego queda relegado a nada y la paz universal inunda todo cuanto se respira. Recordé la técnica del “stop”, es decir, de parar toda mi actividad mental y emocional y bucear al mismo tiempo en el delicado barómetro del ser, en el punto de quietud y en el flow de la vida. Respiro profundamente mientras inhalo serenidad que me llega de alguna dimensión desconocida. Intento indagar en los estratos profundos de mi condición humana y examino a raudales todas mis emociones congénitas, todo mi pesar, toda mi constitución elemental.

Observo por fin la raíz del problema. Somos humanos. Llevamos millones de años venciendo a la vida a base de violencia, de sangre, de guerras, de canibalismo primero y luego dietas más suaves a base de vacas, pollos y terneras. En resumen, la constitución humana, incluida la mía, lleva millones de años viviendo de la sangre de unos y de otros, y por lo tanto, la violencia está ahí, inherente, incluso en el plato de comida. Es algo de lo que nadie se da cuenta. Mientras comemos cadáveres vemos las noticias donde nos muestran un cuerpo destripado o el último bombardeo de turno. Son cosas que nos parecen normal, de ahí la cara de alucine del camarero cuando he reclamado un bocadillo vegetal, pero de los de verdad. No estamos acostumbrados a estos esnobismos más propios de hippies de la nueva era que de personas «civilizadas». Lo normal, aunque parezca algo surrealista, es vivir en un mundo violento.

Por eso entiendo mi necesidad de suavizar mis ademanes arrogantes y engreídos en pro de un mundo mejor. Practicaré más todo eso de la atención plena, el mindfulness moderno, y que sea lo que Dios quiera. Mientras, amaré también a mi prójimo carnívoro, aunque esté en una escala superior de la evolución social y cultural, y nosotros, los vegetarianos, no hayamos sobrevivido por mil causas a un mundo violento que nos relega constantemente a la inferioridad de los débiles. Quizás por eso algo me dice que seguiremos siendo engreídos y arrogantes. Por pura supervivencia.

(Foto: ¿A que esta foto parece algo normal y apetitoso? Pues son trozos de atún cazado en alta mar, troceado en alguna bodega y expuesto para alimentación masiva en mercados y bares. Para alguien anormal no dejaría de ser una exposición violenta de las sobras de hoy).

Inercia, ceguera y esclavitud. Buscando un impulso hacia el futuro


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Hay tres aspectos de nuestra vida que por estar bien arraigados a la misma nunca mostramos atención. La primera es la inercia. Vivimos arrastrados y consumidos por la costumbre, por aquello que siempre hemos vivido, bebido y practicado. Desde muy pequeños han condicionado nuestra mente plástica, atándola a modelos de vida acordes a los tiempos, las circunstancias o el devenir. Nunca nos hemos planteado nada nuevo o alternativo a todo eso que hemos ido haciendo porque lo que hacemos, pensamos o sentimos se supone como correcto. Mandamos un mensaje victimista al universo, a nuestro entorno inmediato. Una queja constante por todo lo que somos y hacemos. La inercia nos lleva a pensar negativamente sobre las cosas y las personas que nos rodean. Todo lo que los demás hacen está mal, es obtuso y deprimente. La inercia nos lleva a pensar que todo cuanto está fuera de nosotros es pésimo y existe solo para fastidiar nuestra vida. Olvidamos una cosa importante: hemos nacido para ser felices. Pero en la propia inercia está anclado otro pesar, el olvido.

Por eso la inercia es especialista en crear un segundo aspecto que nos acompaña: la ceguera. Al llevar una vida moldeada al placer de la costumbre, nuestro marco de referencia es mínimo. Es algo así como la vida que pudiera llevar un murciélago encerrado en una habitación donde solo pudiera guiarse por la tenue luz y el halo de calor de una vela. Nuestra ceguera es muy parecida. No percibimos un entorno de realidad más allá de nuestra visión más inmediata. Al no ser felices, al perder el sentido de la vida y acurrucarnos al calor de la costumbre y la ceguera, dormitamos en un estado de ensoñación, de vacío, de falta de sentido.

Esta ceguera, inevitablemente produce un tercer factor: esclavitud. Esclavitud a nuestros deseos inmediatos, a nuestra visión inmediata, a nuestra percepción reduccionista de las cosas, a nuestro entorno y a los paisajes cotidianos, los cuales, en muchas ocasiones, pierden la magia para convertirse en recovecos de penumbra y tristeza. La esclavitud nos separa de la vida, nos aleja de la intensidad de la existencia.

A veces algo o alguien aparece en nuestras vidas para recordarnos de que ahí fuera, inclusive aquí dentro, hay mucho más vida de la que podemos abarcar. De que debemos empoderarnos en la hazaña de sacar la barca de nuestras orillas y lanzarnos al ancho mar.

De repente algo o alguien nos impulsa con fuerza hacia el futuro, hacia la felicidad merecida. Es como si consiguiéramos salir de nuestra cueva, de nuestra oscuridad, de nuestra ceguera, de nuestra inercia y esclavitud y pudiéramos desplegar unas enormes alas. Cuando eso ocurre, agradecidos, sentimos la inmensa necesidad de expresar una enorme revelación.

Gracias vida por este despertar, gracias por esta nueva oportunidad, ahora nos ocuparemos nosotros de navegar por ese recinto manso de verdad, de realidad, de paz, de ternura, de amor, de cariño, en definitiva, de felicidad. Tenemos derecho a ello, tenemos el deber de buscarla, de alcanzarla, de abrazarla. Ahora que ya somos libres, nos esforzaremos en rodearnos de ese calor que va más allá de nosotros mismos.

Gracias vida. Ahora nos encargaremos nosotros de despertar al resto, de abrazar al resto, de liberar al resto, de impulsar al resto hacia el futuro.

¿Quién levanta el espíritu de los pueblos?


sierra castro

Leía estos días en la prensa salmón las ganancias abismales de una empresa textil de fama mundial. La moda, o lo que es lo mismo, el uso de una conducta caduca, sigue siendo una de las cosas que más vende. En una sociedad vacía, aquejada de falta de espíritu, de esperanza y fe, sus gentes acostumbran a llenar sus huecos a base de trapos con fecha de caducidad. Telas que se amontonan en el armario, lienzos de usar y tirar, moda pasajera que nos convierte en devoradores de caprichos efímeros, fugaces, breves.
Hace un par de noches, cuando la llama de la luz atardecía recibí el mensaje de una amiga actriz que había sido catapultada por la vida desde el más febril estrellato a la más oscura de las fábricas, entre patrones y telas que debía cortar vestida de blanco, sin su maquillaje habitual, sin sus luces ni cámaras, sin los halagos propios de la profesión. La vida de la cultura, del arte, tiene estas cosas. Un día todo el mundo te premia, te admira y te sigue, y al siguiente, todos te olvidan. Lo compruebo día a día con mi pequeña editorial. A veces tenemos la suerte de conseguir que algunos de nuestros autores terminen en la tele, en los medios, en la actualidad. Luego el mundo le da la espalda. Como si su labor fuera también una prenda de vestir, algo caduco, falto de espíritu y belleza, armonía y alma. Algo frágil y sin valor.
Resulta difícil comprender, y cada día más complejo de abordar, la importancia que la cultura y las artes en general tienen para nuestra sociedad. El pensamiento, diría que el alma y el espíritu de nuestro tiempo y de nuestros pueblos, se expresa gracias al arte, a la cultura. Es algo tan importante y tan reñido con el mundo temporal, con la vida circunstancial en la que vivimos, que resulta difícil comprender su gran labor, la necesidad imperiosa de su existencia. Un mundo sin poetas, sin artistas, sin soñadores, es un mundo carente de fantasía, de imaginación, que es esa poderosa herramienta que nos conecta con nuestra esencia humana, con nuestra alma grupal. Un mundo sin actores y sin ánimo para representarse a sí mismo es un mundo hueco, vacío, cargado de pesadez y oscuridad.
Los que de alguna manera malvivimos de la cultura a veces tenemos la sensación de que vamos mendigando algún tipo de subsidio para seguir adelante. Competir es una palabra que nos resulta extraña, e igual de pasajera. Nuestro afán es perdurar en los corazones, en la memoria colectiva, en el acervo cultural. Ese patrimonio de intangibles que tanto nos cuesta atesorar.
No desmayamos, sentimos esa misión como algo nuestra, como algo candente dentro de nuestros espíritus. Nos cuesta pensar en el futuro, pero sabemos que algo de inmortalidad tenemos ganada. Mientras peleamos con el presente, seguiremos adelante.

(Foto: Mañana Editorial Séneca presenta en Málaga el segundo libro de Sierra Castro en nuestra editorial: La luna siempre miente. Os esperamos. Gracias Sierra por llenar nuestras vidas de amor y esperanza).

Algunos datos económicos del Proyecto O Couso


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Algunos de vosotros nos habéis preguntado como se financia la fundación y el proyecto O Couso, de qué viven sus miembros y donde invertimos el dinero que recibimos. Como sabéis los miembros de la comunidad no perciben ningún dinero de la fundación. Más bien es todo lo contrario. Utilizan sus trabajos para financiar parte de lo que aquí se hace. Tanto María, Iván, Laura y Javier tienen sus propios trabajos y todos los meses hacen aportaciones económicas para que la fundación y el proyecto sigan adelante.

Como ya hemos contado alguna vez, la finca fue comprada por la fundación Dharana. Como la fundación no tenía recursos para poder comprarla, los miembros del patronato hicieron una donación a modo particular a la misma.

Los pagos se realizaron de la siguiente forma:

  1. a) Uno de los miembros donó 33 mil euros.
  2. b) Un segundo miembro donó 66 mil euros.
  3. c) Un familiar nos prestó 25 mil euros.

El miembro a) donó ese dinero gracias a unos ahorros.

El miembro b) solicitó préstamos personales por importes de 60 mil euros, los cuales está devolviendo poco a poco. El resto lo aportó de sus ahorros. De estos 60 mil euros aún debe 45 mil euros.

Del préstamo familiar que nos hicieron para comprar la finca aún debemos 12 mil euros, los cuales vamos devolviendo todos los meses en amortizaciones de 500 euros.

Como gastos fijos mensuales, en el proyecto O Couso tenemos dos:

  1. a) Gestoría: 100 euros
  2. b) Préstamo familiar compra: 500 euros

Como gastos variables de Comida, botellas de butano, Ferretería y obras en 2015 tuvimos unos gastos de 9895,12 euros, es decir, unos 800 euros mensuales que llegaron a la fundación mediante donativos o ingresos de los miembros del patronato.

Actualmente tenemos un déficit de 3000 euros. Esto equivale a:

  1. a) 1000 euros. Dos mensualidades del préstamo familiar (mayo y junio).
  2. b) 1000 euros. Pago del IVA del tejado de la casa. El IVA fueron 2776 euros.
  3. c) 1000 euros. Pago del arreglo de los muros que se han caído este invierno (el presupuesto era de 5000 euros y hemos arreglado tan solo hasta 2000 euros).

En resumen, estas son las cuentas actualmente. Si alguien desea tener más detalles de las mismas por favor poneros en contacto con nosotros y os pasaremos todo el extracto financiero que la gestoría nos detalla cada mes. También será bienvenida cualquier aportación.

Una vez nos pongamos al día de los pagos, la idea es seguir con la rehabilitación de la casa para intentar terminar los lavabos, la cocina, los suelos, los tejados, las puertas, las ventanas… Sin prisas pero sin pausa, con el afán de que esta casa de todos sea cada día más cómoda.

Construyendo el puente hacia la consciencia


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El ser humano, a lo largo de la historia, ha logrado romper la brecha que existía entre su mentalidad primaria o física y su percepción más sensorial o emocional. En muchos aspectos, hemos dejado de preocuparnos por cosas básicamente materiales y hemos logrado aproximarnos al deseo, a la emoción y a la sensibilidad hasta tal punto que aquello que es material en nuestras vidas es conseguido dependiendo del grado de emoción que alberguemos dentro. Es decir, compramos cosas no según nuestras necesidades materiales, sino dependiendo de nuestras necesidades emocionales. Esto ha sido un gran avance que ha provocado que la tecnología de los tiempos se fuera acoplando a los deseos humanos, provocando un avance considerable. Ya no se trata de fabricar una herramienta simple, como podría ser un hacha rudimentaria, para poder comer. Sino que podemos fabricar cosas para hacer el acto de la comida mucho más placentera, compleja o emocional.

Un segundo avance importante, aún tímido pero perfectamente visible tiene que ver con la revolución de albergar, más allá del deseo, procesos mentales que conllevan lógica y racionalidad, abstracción y poder creativo. Hemos sido capaces de desarrollar discernimiento para albergar dentro de nuestros mecanismos de decisión procesos más allá de la lógica del deseo. Ahora podemos entender que la mente es una herramienta poderosa para provocar en nuestras vidas decisiones más acertadas, más alejadas del simple capricho temporal o de ciertas emociones de turno. Ahora empezamos a obrar según un juicio más próximo a reglas y pensamientos, a procesos que nos enseñan que la discriminación positiva puede hacer de nuestras vidas algo más sereno y acertado.

Los procesos mentales han desarrollado a su vez la capacidad de crear un puente hacia eso que llamamos consciencia. No tan sólo consciencia de nosotros mismos, del medio en el que nos movemos y del universo entero, sino también consciencia de algo mayor a nosotros y de algo, sería más bien un proceso vivo que una cosa, que de alguna forma determina las respuestas que el mundo requiere para entender todo el transcurso existencial.

Basados en este conocimiento primario y esta diferenciación entre aspectos básicos de nuestra existencia (materia, energía, emociones, pensamiento, consciencia) se ha de desarrollar todo el inteligente desenvolvimiento psíquico del futuro. Esto creará nuevas realidades, nuevas formas de tomar decisiones en nuestras vidas personales y grupales más próximas al beneficio grupal que al individual. No es lo mismo decidir cosas basadas únicamente en las percepciones materiales o emocionales, que hacerlo desde una mente entrenada y una consciencia libre guiada por una sana emoción que alberga amor y entrega. De igual forma, en un futuro, tendremos la facultad de comprender estos hilos de la conducta existencial y podremos hilar aquello que nos haga más creativos, más activos en todos los planos de existencia y sobre todo, más generosos. Es decir, dejaremos de pensar en la comida como algo material o placentero. Nuestro cambio de mentalidad y de consciencia nos hará cocinar para muchos, especialmente para aquellos que más lo necesitan. Nuestro afán ya no será satisfacer nuestro apetito, sino satisfacer el apetito de los necesitados.

Se evidencian grandes avances en el plano de la tecnología, pero mayores serán los avances en los planos de la consciencia, ese lugar aún no explorado y que nos debe capacitar con éxito para emanciparnos del error, la ignorancia y la desdicha. Para alejarnos de paso de la inercia, la ceguera y la esclavitud.

Más allá del hilo de vida que corre por nuestra sangre y facilita la regeneración material de nuestro vehículo físico, existe a su vez ese hilo de consciencia. Este aspecto de la vida que controla los mecanismo de respuesta del cerebro, dirige la actividad y origina la conciencia en todo el cuerpo. Ese rasgo que nos caracteriza nos elevará algún día a cuotas de vida inimaginables actualmente. Nos dará una visión diferente de las cosas y con un poco de disciplina y trabajo interior nos llevará hasta dimensiones inconcebibles. Pensaremos en los demás y de alguna forma buscaremos fórmulas para promover el bienestar común.

Sobre las causas del bien


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A diferencia del mal, el cual muchas veces nace por ceguera, ignorancia o error, el bien nace desde la consciencia, la sabiduría y la buena voluntad al servicio de la alegría y el correcto hacer. A veces pensamos que el dolor nace del mal, cuando muchas veces nace de algún tipo de desajuste interior que no termina de entender las complejas circunstancias de la vida. Cuando no aceptamos, cuando no creemos en nosotros mismos, cuando nos dejamos llevar por lo de fuera y no por lo de dentro, el desajuste está asegurado.

Por eso es interesante profundizar en las causas del bien no solo como un acto moral o ético circunscrito a una época o territorio, sino también como algo universal, como algo que nace desde la más profunda experiencia interior.

No hay nada particular en la vida circundante excepto aquello que se cuece en nuestro interior como causa primera. Si dentro de nosotros hay sombras, fijaremos la atención en los claroscuros de fuera. Si dentro hay luz, será lucidez lo que expresaremos. Las proyecciones son interesantes puesto que prevalecen sobre la realidad objetiva. Son nuestras emociones y nuestro pensar con respecto a lo que ocurre lo que dará un enfoque diferente a la realidad, y por lo tanto, a nuestra percepción final sobre la misma.

El bien se asume ante la necesidad de crear un espacio cómodo para la vida. Deseamos ser recipiendarios de ese halo de música que todo lo atraviesa. Deseamos lograr la mayor de las perfecciones, el mejor grado de complacencia para que los nuestros estén perfectamente cómodos y alegres. Ese es el bien máximo, desear lo mejor para el otro. Pero ante ello se interpone muchas veces nuestra ceguera, nuestro egoísmo, nuestra vanidad o nuestra propia mentira. Eso nos aleja de la misión última de todo ser humano: ser pacientes sujetos de bienestar, obradores del bien en todas sus dimensiones.

Ocurre que la vida no es sencilla, ni plana. Está cargada de circunstancias que nunca controlamos. Una enfermedad, una pérdida, una cosa con la que no contábamos. Es evidente, o así lo parece, que todo cuanto ocurre obedece a una causa para la cual nunca estamos preparados. El entendimiento sobre los arquetipos de todo cuanto ocurre se escapa a nuestra inteligencia, tan acostumbrada a lo inmediato, a lo perecedero. Nos cuesta creer y aceptar toda esa red oculta de acontecimientos.

Por eso las causas del bien tienen que venir de algo mucho mayor que nosotros, algo que nos sobrepasa, que se hilvana en alguna esfera o dimensión superior a nuestro entendimiento. Por eso, de forma humilde, más allá de nosotros, debemos atender a su llamado. El bien nos llama a perpetuar el sentido de nuestra propia existencia. El bien siempre nos llama a ser tejedores de esa malla de vida consciente.

La difícil tarea de crear una comunidad en España


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Durante casi diez años he tenido el privilegio de visitar y convivir en algunas comunidades utópicas de varios países diferentes. No es un fenómeno nuevo pero sí es algo que se está reactualizando en un mundo que está pasando del paradigma del materialismo al posmaterialismo, un marco diferente con valores diferentes, más solidarios y de mayor calado en las experiencias humanas, y no en las cosas. Dada la compleja situación ecológica en la que nos encontramos, y dado que el sistema actual de las cosas no podrá soportar en pocos años todo este declive de autodestrucción de los recursos y de la convivencia, están naciendo por todas partes proyectos que intentan menguar de alguna manera la huella humana.

En España existen algunas comunidades, no muchas, cada una cargada de particularidad. Dada la peculiaridad de nuestro país, se podría decir que ninguna de ellas se parece en nada a las otras, y la mayoría no supera la docena de miembros. Es probable que la mitad de ellas desaparezcan en los próximos años y las siguientes en las próximas décadas. Esto se debe a que en nuestro país aún seguimos siendo particularmente individualistas y particularistas, es decir, aún no somos capaces de vivir en comunidad con todo lo que eso conlleva. Fundamentalmente porque todos y cada uno de nosotros queremos vivir en una comunidad creada a nuestra imagen y semejanza. Es decir, en el fondo queremos seguir viviendo nuestra propia individualidad.

Este detalle resulta anecdótico y complejo. ¿Cómo encontrar una comunidad que sea fiel reflejo de nuestra psique y nuestro sentir? Hay algo que en España no sabemos aún hacer: ceder. No cedemos en política, no cedemos en economía, no cedemos en la pareja, ni en orgullo, y no cedemos en esa manía nuestra de ver al otro como un enemigo. La envidia, el egoísmo y la vanidad hacen el resto.

Todo esto lo experimentamos constantemente en nuestro pequeño proyecto. En este hermoso lugar hemos acordado tan solo tres acuerdos de convivencia, y esas tres normas básicas pueden resultar algo incómodas. Tener una dieta vegetariana, no ingerir ningún tipo de alcohol ni droga y no practicar nudismo por respeto a nuestros vecinos para nosotros siempre resultó algo motivante. Una forma de cambiar los hábitos, las costumbres y todo aquello que hemos heredado sin ser cuestionado.

Se trata solo de cambiar hábitos que en todo caso benefician a nuestra salud física y mental. No es algo que impongamos a nadie, ni se trata de un mantra que repetimos todos los días. Es simplemente una filosofía, una forma de ver y entender la vida. Si alguien necesita una ingesta de alcohol o carne o algún tipo de droga siempre podrá hacerlo de forma libre en el pueblo de al lado. Aquí el decorado es diferente. Tratamos de profundizar en la idea de la paz y la no-violencia, empezando con nuestro particular laboratorio: nuestro cuerpo.

A veces vienen personas y desean cambiar esos acuerdos. Es como si fuéramos a casa de un amigo y en vez de disfrutar de una charla distendida y amena estuviéramos obcecados en cambiar las cortinas de su casa porque el color de las mismas no nos gusta. A veces ocurre que vienen personas con toda la buena voluntad del mundo y desean cambiarlo todo desde el primer día, perdiendo el respeto por el lugar, por sus gentes y por sus formas de vida o sus normas absurdas, como nos han llegado a decir. Desean convertir la comunidad a la que llegan a su imagen y semejanza.

En estos años hemos aprendido algunas cosas. Para crear una comunidad hay que ser tolerantes con las idiosincrasias particulares del resto de los miembros. Pero también hay que ser escrupulosos con el lugar que nos acoge, con sus acuerdos y costumbres. Especialmente respetuosos con lo que veamos sin intentar cambiarlo todo desde el minuto cero. La difícil tarea de crear una comunidad en España tiene que ver con nuestra propia singularidad nativa. Por ello disfrutamos de estos retos e intentamos acoplarlos a la ya compleja tarea de crear un mundo diferente, más tolerante y con una visión diferente de las cosas. Bienvenida la diferencia y la diversidad. Bienvenida acompañada de respeto y tolerancia.

 

Semana utópica en O Couso


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Estimada familia,

Estamos trabajando duro para que este verano sea igual de mágico que el anterior. Aún recordamos con añoranza toda la gente bonita que nos visitó y todas las experiencias que pudimos compartir juntos.

Este verano se prepara lleno de sorpresas. Ya somos cuatro las personas viviendo continuamente en O Couso y eso nos permite avanzar en ideas y proyectos de forma hermosa. La primera cabaña que empezamos a construir a finales del pasado verano está muy avanzada. También la traída de aguas a falta de conectarlas a una fosa séptica. Nueva cocina, nuevo salón con esa majestuosa vista y un nuevo gallinero para nuestras amigas que está a punto de ser terminado.

Si además alguien quiere algún lindo gatito, nuestra querida Meiga está criando a cinco hermosos gatos que esperan ser adoptados. No os podéis imaginar lo bonitos que son.
Para este verano tenemos algunos retos importantes. Nos encantaría poder terminar los lavabos y las duchas para que todos pudierais disfrutar de esta pequeña comodidad (por favor cualquier apoyo será bienvenido). También seguiremos con las cabañas, la huerta, el cuidado de los animales y muchas tareas que disfrutaremos juntos con la filosofía de trabajar desde la consciencia, el apoyo mutuo y la cooperación de forma divertida para una casa de todos.

Tenemos puestas grandes ilusiones para terminar la casa de acogida y empezar con el proyecto madre de la Escuela de Dones y Talentos, el verdadero corazón de todo lo que estamos haciendo y cuya tímida labor algunos ya hemos experimentado con la “Semana de Experiencia” o los “21 días de Experiencia”.

Un grupo de más de siete personas ya han probado la emocionante vida en comunidad con periodos superiores a tres y seis meses o dos años. Todos estáis invitados.

Os recordamos las fechas de este verano para que podáis ajustar vuestras agendas. Os esperamos con el cariño de siempre y con la alegría del servicio compartido.

FECHAS 2016

INVIERNO: En invierno os recibimos la primera y tercera semana de cada mes.
VERANO 2016:

JULIO:
4 DE JULIO A 10 DE JULIO
18 DE JULIO A 24 DE JULIO (semana de experiencia para familias)

AGOSTO:
1 DE AGOSTO AL 7 DE AGOSTO
15 DE AGOSTO AL 21 DE AGOSTO

Recordaros también que cualquier ayuda económica será bienvenida para poder atender las comidas y la rehabilitación de la casa de acogida. Apóyanos desde un euro al mes. Cada gota compartida está haciendo posible el sueño común.

a) Haciendo una aportación directa en la siguiente cuenta:

TRIODOS BANK (BANCA ÉTICA): ES54 1491 0001 2121 2237 2325

b) Mediante una donación directamente aquí (Paypal):

donar

c) Mediante una aportación mensual:

Opciones mensuales
Aportacion 30€ : €30,00 EUR – mensualmente
Aportacion 50€ : €50,00 EUR – mensualmente
Aportacion 100€ : €100,00 EUR – mensualmente
Aportacion 200€ : €200,00 EUR – mensualmente

d) Aportando un euro al mes en nuestra cuenta de Teaming:

https://www.teaming.net/proyectoocouso

Gracias de corazón por estar ahí.

(Foto: paseo ocousero este fin de semana)

 

 

 

El páramo donde floreces


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Las mesetas están forjadas por el cálido abrazo de los vientos. Tienen curvas suaves que durante años han ido tomando formas que intentan imitar la circularidad universal. Nacidas puntiagudas, llenas de aristas, el tiempo fragua sobre ellas unos tonos cálidos y amables. Allí, alma bella, has dado cobijo a bosques enteros, a páramos donde florecen brillantes y perfumadas floras de múltiples tamaños, formas y colores. El olor que desprendes es tu propia alma, es tu llamado a la vida, la señal de que el espíritu grupal de tu existencia reclama su propio espacio de paz y belleza.

Nuestras vidas se asemejan a esas colinas que con tanta gracias nos muestras. Con el paso de los tiempos consigues que nos volvamos más afectuosos y cálidos, que nuestra oscuridad sea relegada hacia el imperio de la luz. Tienes esa facultad para reclamar la atención en el cobijo, en proporcionar lugares cálidos para que otros puedan cobijarse en ellos. Ya no tenemos ganas de discutir con el viento sobre formas respondonas. Las aristas de la personalidad se pulen poco a poco con tu ejemplo. El ego se calma, se aleja de la crítica y asume su propia responsabilidad con el mundo. Entiende que no ha venido a transformar la realidad, sino a embellecerla, a llenarla de color, ternura y amor. Esa es tu enseñanza invisible.

Y cuando eso ocurre y la luz brilla y las sombreadas capas del septentrión dejan paso a la luz de tu mediodía, los páramos que albergas en tu corazón resplandecen de color y vida. Todas las primaveras se llenan de olores que marcan el inicio de la entrega, de la necesaria continuidad vital. Las mustias y agotadas flores renacen y los alambiques que fraguaban el néctar vuelven a destilar lo esencial de todo.

El amor está ahora en el aire, en el aura de cada movimiento. Despejamos las dudas sobre lo que somos o sobre lo que queremos ser. Simplemente vivimos, nos enriquecemos cobijando vida y entregamos nuestro ser a la creación entera. Es un disciplinado paso ante la rebeldía vital que nos lleva con pausada calma a un estado de ecuanimidad, de abrigo, de apaciguamiento. Solo deseamos abrazar y compartir, dar todo aquello que durante nuestras vidas hemos recolectado. Como esas abejas que van de aquí para allá recogiendo el néctar de nuestros campos, nosotros nos encargamos de recolectar el néctar de los cielos, de las ideas, de los arquetipos que se construyen para hacer de la experiencia existencial un sendero inolvidable.

En estos días de calma he sufrido la alegría de compartir este tiempo con un bello ser cargado de amor y belleza. Su interior es tan grande que solo alberga luces y páramos cargados de florecillas. Es tanta su infinita adhesión a la vida que solo puede mostrar desde esa madurez de las colinas suaves la promesa del dar. Estoy agradecido, inmensamente agraciado. Y es por ello que a ella le dedico estos pétalos de cariño y amistad, de amor y complicidad. Gracias corazón por latir en la dirección adecuada. Gracias por guiar nuestras vidas hacia ese poso de dulzura y calor. Sigamos contemplando los campos. Sigamos siendo posaderas de caminos y experiencia.

Hollando el sendero


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Hoy en la meditación de la tarde me asomaba en soledad a las puertas del misterio. El silencio siempre nos sobrecoge y estimula. Nos acerca a la parte más serena e íntima de nuestro ser. Allí susurra siempre una voz amable y tranquilizadora, esa que nos recuerda ese propósito vital por el que hemos asomado a este mundo. Tras la meditación paseaba por los prados y los bosques intentando alargar el estímulo nacido del punto de quietud. Allí observaba cada partícula de vida, intentando conectar con esa energía vital que todo lo envuelve y recompone. Es algo muy sanador poder pasear por la naturaleza, abrazarla y espiritualizar nuestra vida con sus ocultas enseñanzas.

Veía los nidos de los pajarillos entre los árboles, las flores de mil colores que se habrían paso entre los helechos y las madreselvas. Los olores se amontonaban entre las sombras de los árboles cargados de relucientes hojas. La huerta con forma de mandala está cargada de futuras fresas y todo tipo de cultivos. Es emocionante ver la vida que se despliega en primavera, cuando las puertas del verano empuja para recordarnos que también tenemos derecho a recoger los frutos de la vida.

En esas cosas pensaba cuando, después de tanta siembra notaba como alguna cosa habíamos cosechado. Éramos unos adolescentes cuando empezamos a leer nuestros primeros «libros azules». Más de veinte libros espirituales cargados de conocimientos que requieren un atento y disciplinado estudio que se ha prolongado durante décadas. De todo lo que pasó del intelecto a la intuición, de todo aquello que resonó de alguna forma con la consciencia de los átomos del alma, algo quedó impregnado. Tanto es así que lo que ahora realizamos en nuestra vida tiene mucho que ver con esa entrega aprendida durante años. Y además con el honor de habernos convertido, casi sin querer, en los editores para las ediciones en castellano de dichos libros. Ya han sido tres los libros editados gracias al esfuerzo y la entrega de muchos voluntarios y aún queda la ingente tarea de editar más de veinte más. Es un honor que asumimos con silencioso esfuerzo y dedicación a la espera de que todo se haga desde el buen hacer.

En el trabajo subjetivo, tanto AAB como DK visualizaron una nueva era del saber, una forma diferente de hacer las cosas, más en consonancia con la vida del alma que con los apegos y derroches de la personalidad. Uno de los sueños que proyectaron fue crear en alguna lejana montaña una escuela de meditación. La proyección de ese trabajo quedó integrado de alguna forma en nuestra experiencia vital. Pensamos que un buen servicio hacia uno mismo y hacia la humanidad solo es posible ante una compleja disciplina de aprendizaje y estudio acompañado de un profundo conocimiento y practica meditativa.

Esta es una visión ambiciosa y un proyecto que requerirá en los próximos años una ingente cantidad de esfuerzo. Muchos de los intentos realizados en los últimos años han sido fallidos. El mundo materialista siempre ha vencido la batalla a los sueños inspiradores, a las propuestas que nacen del lado profundo de las cosas. Los soñadores tienen la misión de intuir la honda arquitectura de ese misterioso plan. Los constructores esperan impacientes poder emplear su tiempo y recursos para acompañar la elevada tarea de encumbrar la cimentación del templo interior.

Sólo faltaría un poco de lucidez para que entre todos pudiéramos soñar y construir juntos ese mundo mejor. Sólo faltaría un poco de talento para además hacerlo coordinadamente con las fuerzas del espíritu. Hollar el sendero de probación, perdernos por sus ramales y advertir las señales inequívocas de todo cuanto se evoca desde lo más profundo del ser es una tarea inevitable. Seremos dóciles a esa parte del trabajo y sumaremos todos nuestros esfuerzos. La puerta estrecha nos espera y el halo místico de la iniciación al mundo arquetípico nos aguarda.

(Foto de N.P.)

Cuando el dolor nos sobrepasa


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Siempre nos asalta ese pensamiento lineal de pensar que lo tenemos todo controlado. Sólo cuando nos ocurren cosas, o esas cosas, muchas veces nefastas, ocurren a nuestros seres queridos, nos damos cuenta de nuestra auténtica vulnerabilidad. Podemos estar felices y tranquilos, podemos pensar que todo cuanto conocemos vive bajo cierto control. Pero de repente ocurren mil cosas y todo desaparece.

He vivido esa sensación muchas veces, y pensaba estos días que ya han sido demasiadas. Pero admito, con cierta humildad, que si estamos vivos, que si nos movemos y hacemos cosas, lo más probable es que tarde o temprano ocurran cosas inevitables. Una enfermedad, la muerte de alguien cercano, la perdida de nuestra casa o nuestro trabajo o nuestro propio destino por una fortuita mala elección. Es un pensamiento complejo que se debate en estos días donde han ocurrido demasiadas cosas y no todas positivas.

Admito que me siento vulnerable ante la visión que aún me persigue de esos refugiados que todo lo han perdido. Por eso estos días deambulo algo desorientado, como si el dolor de esa madre a cuyo hijo le han diagnosticado con urgencia un tumor en la cabeza sea el mío propio. O como si el dolor de esa persona que se debate en seguir o no con su pareja fuera también el mío. O aquel otro de esa amiga que ha perdido al compañero de su vida o aquella otra cuya enfermedad le impide llevar una vida normal o ese otro dolor de reparar en personas que podrían llevar una vida cómoda y feliz, y ver como se pierden entre barrotes y mazmorras. Sí, también ese dolor que uno ha causado a segundos y a terceros, sin saber como redimirlo o aliviarlo. Quizás ese sea el peor de todos, porque fuimos partícipes del mismo, cuando podríamos haberlo evitado con un simple gesto.

Son cosas que están ahí. No se pueden luchar contra ellas aunque a veces resulte descorazonador ver como todas ocurren en un mismo tiempo. Cuando las dosis de dolor son administradas en pequeños posos de envergadura asumible, las cosas pueden irse lidiando poco a poco, con esa paciencia que la vida nos trae para seguir adelante. Pero cuando todo se apodera de ti en un solo golpe, o en cientos de ellos, la vida pierde aquel sentido primario que nos impulsa hacia delante. Por eso cuando pienso en los refugiados que han huido de una guerra, cuando pienso que perdieron absolutamente todo y siguen en esa desorientación vital de no saber qué será de sus vidas, siento cierto aturdimiento e impotencia por dentro que me impide llevar una vida normal.

¿Con qué clase de paz y serenidad podemos afrontar la vida cuando hemos podido abrazar en primera persona el dolor ajeno? Y lo más terrible de todo es pensar: ¿y ahora qué? ¿De qué forma podemos afrontar todo cuanto existe sin al menos tener la capacidad de poder enviar una señal de alivio, de consuelo, de esperanza a todos los que sufren? ¿Y cómo hacerlo?

Me pregunto de qué manera podré ahora vivir cuando viendo todo ese dolor ni siquiera sé por donde empezar con su alivio. Supongo que seguiré unos días más aturdido, desorientado, oliendo aún a esa podredumbre que a veces se acumula en los hacinamientos humanos o escuchando la voz quebrada de esas familias recién desembarcadas. Supongo que seguiré perdido hasta que asuma de nuevo la fortaleza de seguir adelante, de luchar por esa inspiración tan necesaria para el mundo. Seguiré ofuscado hasta que la luz vuelva a renacer en su ciclo maravilloso.

Homenaje a los voluntarios


Aquí compartimos un pequeño recuerdo de nuestro voluntariado en la isla de Chios, Grecia. Esto es solo una pequeña muestra de lo que muchos voluntarios están haciendo por acompañar a personas que lo han perdido todo en la guerra. Sirva como homenaje a todos los voluntarios anónimos que trabajan día y noche por un mundo mejor.

Fue una experiencia dura el saber que muchos de ellos nunca llegan a tierra, son engullidos por el mar o desaparecen entre campos y bosques. Nunca sabremos las cifras exactas de todos aquellos que murieron sin tener ni tan siquiera la esperanza de un mañana mejor. Tampoco de los que terminaron bajo los escombros de la guerra, destripados entre sangre y alaridos.

Personas que lo han perdido todo solo se merecen nuestra atención y cuidado. No podemos responsabilizarlos a ellos de algo que supera cualquier dolor. Solo podemos ayudarles en su tránsito, en su esperanza, en su acogida con paciente servicio y amor.

No se merecen nuestra arrogancia, nuestro desprecio o nuestra ignorancia. Ni siquiera se merecen ningún tipo de exigencia. Cuando lo pierdes todo estás abatido, derrumbado, sin fuerzas anímicas para nada. Sólo deseas estar acompañado, protegido, querido, cuidado. Cuando lo pierdes todo no tienes capacidad de reacción. Sólo de huida hacia ese futuro que todos soñamos como esperanzador.

Estas gentes solo piden eso, algo de calor y apoyo hasta que algún día puedan recuperar sus tierras, sus casas, su identidad, su país, sus familias, su propia dignidad. Hasta que algún día puedan reconstruir en paz toda su existencia y alcanzar eso que vagamente llamamos felicidad.

Mi mayor reconocimiento hacia todos esos cientos de voluntarios que dan su tiempo y recursos para apoyar a esta gente.

Mi mayor desprecio hacia los culpables de esta desgracia humana. Y no me refiero a cada uno de nosotros que vivimos una vida plácida y cómoda en la seguridad de nuestros mundos. Hablo de aquellos que fabrican armas, de aquellos que lo permiten, de aquellos que las venden y de aquellos que legislan para que esto sea posible y lleguen a manos de terceros sin escrúpulos. Mi mayor repudia a los que consienten todo esto y lo permiten desde una doble moral despreciable.