El lado oscuro del corazón


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Ayer mientras volvíamos por las arqueadas carreteras de Galicia sentíamos interiormente cierto alivio. De alguna forma habíamos sobrevivido, física y psicológicamente, a la experiencia de estar en un campo de refugiados. Escuchábamos en silencio contemplativo algunos fragmentos de la película “El lado oscuro del corazón” mientras fijábamos la mirada en un infinito que se perdía entre el verde intenso de la naturaleza y los recuerdos amontonados de esas caras desvalidas y sin futuro. Estábamos cansados tras unos días de travesía en barco y aviones. Cerrábamos los ojos y aún sentíamos el zumbido de la marea. Apagábamos la luz y creíamos ver otra barca cargada de refugiados allá a lo lejos.

Recordaba como intentábamos refugiarnos del dolor en la broma o el chiste fácil, en la crítica filibustera sobre todo lo que veíamos, en la queja, la lágrima o el sopor. El últimos día, ya casi de noche, nos fuimos a las orillas del mar Egeo y nos dimos un baño con la mar brava y un frío inusual. Fue nuestra pequeña terapia de choque, nuestro alivio balsámico ante el dolor. Nuestro bautismo hacia un nuevo estadio del ser.

Nos dimos cuenta de que cada uno había vivido la experiencia a su antojo, dependiendo a su vez de nuestra particular experiencia vital. Los que habíamos tenido una infancia dura sentíamos mucha rabia acumulada. Los que habíamos tenido una infancia dulce veíamos todo aquello como parte de un juego de roles donde cada uno interpreta con ligereza su papel asignado. El policía haciendo de policía, el militar de militar, el voluntario de voluntario y el refugiado de víctima de toda la obra dramática. Una obra de teatro que se tejía bajo el manto del sufrimiento humano. Una obra cuya banda sonora era interpretada por los acordes de la sinrazón.

Los egos estaban ahí, algunos cargados de ira, otros cargados de tristeza y otros de debilidad ante la impotencia de cuanto veíamos. Muy pocos, y en pocas ocasiones, teníamos tiempo de sentir algo de compasión. Estábamos tan distraídos por nuestra propia supervivencia psicológica ante la magnitud de lo que presenciábamos que perdimos en muchas ocasiones la disciplina de la entereza, de la entrega, del verdadero objetivo del viaje. Personalmente se me hacía difícil robar sonrisas. Un día me levanté tan abatido que pedí apearme, sentarme en un segundo plano, volver al chiste fácil de meterme con los vascos o refugiarme en los abrazos del ser amado mientras intentaba mirar a otro lado. Admito que la cobardía y el temor se apoderaron de mi alma y sentí la necesidad de refugiarme. De alguna forma sentía hambre por ser otro refugiado buscando el abrigo y la comprensión de un mundo que se empeña en rechazarlos, arrinconarlos, olvidarlos a su suerte. Me creía deportado como ellos. Un damnificado sin hogar, sin tierra, sin familia, sin dinero, sin futuro.

Resulta curioso decir estas cosas recién llegado a un lugar seguro, cálido y amable. Sentado en un cómodo sillón, con un exquisito pijama y unas vistas impresionantes a estas montañas y bosques celtas me veo con la necesidad de autocurarme, de hacerme un profundo examen de consciencia para deglutir toda la miseria interior que nos rodea, toda la oscuridad de la que estoy hecho. Tardaré semanas, quizás meses en retomar el hilo de aquel halo de luz que durante meses me guiaba. Tardaré años en difuminar en la memoria los rostros de los refugiados, viendo en ellos todo lo que nos hace oscuros y todo lo que nos empuja a la cobardía más absoluta.

A pesar de todo, dentro de mí bombea con fuerza una poderosa llama de esperanza. No es algo que pueda entender aún, pero sí es algo a lo que me agarraré con fuerza en los próximos días, meses y años. Sólo puedo hacer eso para poder continuar serenamente en esta vida compleja. Más allá de la cobardía de estos días, del temor a que esto que hemos vivido en primera persona ocurra alguna vez entre los nuestros. Más allá incluso de la debilidad de sacar en los momentos difíciles nuestro lado oscuro, prefiero pensar que un germen de amor y compasión se ha sembrado dentro de nosotros. Prefiero pensar que a partir de ahora nos esforzaremos en ser mejores personas, en no mirar tanto nuestro pequeño ombligo y así poder erguirnos para ayudar al otro de verdad, de corazón, sin miedo.

One line


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Estábamos haciendo fotos a la barcaza que desembarcó a los últimos refugiados cuando dos militares nos increparon diciendo que estábamos realizando una acción ilegal. Esa palabra, ilegal, se revolvió dentro de mi con un olor térreo junto con una sensación que provenía de un estadio antediluviano.

Hacer una foto no me pareció un acto ilegal. Si me pareció ilegal el considerar ilegales a personas que huyen de una guerra. O hacinarlos como ganado en un suelo duro sin futuro ni esperanza. Me pareció ilegal los pliegues de horror en algunos rostros, las figuras con miradas perdidas que observaban atentos el oleaje en los muelles esperando falsamente un barco que les lleve a otra tierra. Ilegal me parecía la supremacía egoica de aquellos que dábamos globos, caramelos o comida intentando ordenar la desesperación de los que lo han perdido todo en &one line&, esa maldita expresión que nos empodera como seres altamente civilizados mientras tratamos al otro como a un salvaje y primitivo, carente de alma o sentido existencial. One line no sólo era una expresión injusta y denigrante, sino también la expresión de un fracaso colectivo, de una amañada e improvisada tirita epidérmica ante una herida desesperadamente profunda. Un claro síntoma de nuestro fracaso como colectivo humano, como seres carentes de compasión. Sí, one line, cómoda, uniforme, desprovista de vida, carente de sensibilidad hacia aquellos que han perdido la linea y el hilo de sus vidas. One line para poder dar de forma ordenada un trozo escaso de comida mientras arrebatamos al mismo tiempo lo que aún les queda de dignidad. One line para recordarles lo que son para nosotros, refugiados que huyen, números que escapan de las estadísticas de la legalidad, un futuro problema que ya estamos sembrando en esa perversa one line.

Ilegales me parecian esos militares con sus armas de asalto y sus buques de destrucción masiva que todos pagamos con el sudor de nuestros impuestos. O las banderas que ondeaban orgullosas en buques de guerra o incluso en la cocina solidaria, como si los mismos que intentan ayudar en la tragedia humana olvidaran que ésta nace precisamente de toda la arquitectura racial y cultural que dichas banderas encierran. Fronteras, banderas, naciones, eso sí me parece altamente ilegal.

Ilegales también me parecían esos barracones insolubles donde no existía nada de todo aquello que a los civilizados nos piden para que una vivienda sea legal. Ni luz, ni agua, ni paredes consistentes, ni nada que tenga que ver con un mínimo de dignidad para vivir. Tampoco me parecía legal que de repente te metieran en un barco sin saber si te van a extraditar de nuevo a tu país en guerra, a una isla aún más lejana o a saber qué otro lugar. Porque si ilegal es hacer una foto, aún lo es más no tener papeles, ni nada parecido que pueda identificarte como a un ser humano legal.

Los expertos en legalidad deberían empezar a preguntarse sobre las causas de esta desesperante desgracia humana. Me refiero a si es legal que existan fábricas que fabrican armas. Si es legal a su vez que esas armas sean vendidas por países legales y civilizados a países en guerra. Si es legal que esos mismos países que facilitan la guerra luego se desentiendan de los problemas causados a golpe de talón, olvidando que en su estúpida one line hay cientos de tragedías esperando un futuro, una esperanza.

De todo cuanto hemos vivido, solo he visto un verdadero acto legal. Un día antes de abandonar la isla, nos volvimos a reencontrar con los refugiados que aquella madrugada pudimos atender. Nos vieron de nuevo en la one line mientras aguardaban turno entre empujones y ansiedad para recoger un trozo de pan y nos saludaron efusivamente, alegres y felices por el reencuentro. La mujer de profundos ojos azules que un día antes lloraba desesperada nos abrazó con su mirada de agradecimiento y cariño. Sí, eso y los abrazos generosos de los niños era lo único legal de toda esta terrible situación. Me quedo con esa última mirada que se clavó en un alma destrozada por no comprender del todo la magnitud de tanta tragedia. Una mirada que parecía pedir perdón por ser ilegal en este absurdo mundo. Una mirada dulce que a modo de guiño suspiraba un halo de dignidad futura.

Vergüenza en el Egeo


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Welcome to Europe?

Sobre las tres de la madrugada sonaba el despertador. Hoy nos tocaba turno de vigilancia nocturna en el puerto de Chios. Horas antes habíamos preparado el coche con enseres diversos y alimentos en el &ware house&, el centro de operaciones de los voluntarios de la isla. Cuando los refugiados desembarcan en la costa, o a veces a unos metros de la orilla, suelen llegar empapados. El ware house es como un gran almacén de ropa y cosas útiles que pueden servir en un primer auxilio. Desde el centro de voluntarios nos dieron instrucciones precisas de que hacer si lcurría algo. Desde que se puso en marcha el acuerdo con Turquía, país que divisamos muy cerca de aquí todos los días, los desembarcos habían menguado considerablemente. Hacía una semana que no llegaba ninguna patera y nada hacía presagiar que justo en nuestro turno fuera a pasar nada.

Cuando estábamos de madrugada en el puerto sentimos cierto desprecio y trato vegatorio de las autoridades hacia nosotros, meros voluntarios que solo pretenden echar una mano. A eso de las seis de la mañana, apuntando el alba, y para nuestro asombro y sorpresa, llegó una patera con unas veinticinco personas a bordo. Había en ella unas tres familias con siete niños y un bebé de algunos meses. Una mujer de produndos ojos azules, embarazada y asustada, como casi el resto, se escondía de nosotros cuando le acercábamos alguna manta o algo para comer. La autoridad pertinente nos pidió que lleváramos a los refugiados a un lugar lúgubre y sucio, alejado de las vistas de los turistas que desembarcan en lujosos cruceros. Una vez allí quedaron abandonados a la suerte de los voluntarios.

Llegó el servicio médico que unos voluntarios españoles tienen en la isla e hicieron una primera revisión para comprobar que todos estuvieran bien. Los que tenían la ropa mojada eran cambiados allí mismo, tras unas barracas de madera. Nosotros hacíamos lo que podíamos. Ellos intentaban felices mostrarnos direcciones de parientes o amigos que tienen en Alemania, pensando que al estar en Europa habían llegado al paraíso. Nosotros empezamos a mirarnos comprendiendo que la verdadera tragedia empezaba ahora. Estos refugiados eran personas normales, de clase media, seguramente con una vida acomodada antes de la guerra. Llevaban móviles y habian tenido dinero para pagar la patera que les traería a Europa.

Pero jamás imaginarian que el recibimiento europeo consiste en una manta, alguna magdalena y un zumo en un lugar maloliente y apartado. Aún así lo peor no había llegado. Cuando decidieron a qué campo les tocaba ir, les acompañamos andando hasta el mismo. Ante el acinamiento de los mismos, se les recibió en la entrada del campo de Souda, un trozo de tierra abandonada junto a la muralla de la ciudad. Allí el Acnur había instalado algunas carpas y tiendas que gestionaban voluntarios de organizaciones como Samaritan Purse, los cuales se encargan de etiquetar a los refugiados con pulseras de colores y a darles una manta para refugiarse del frío. Todos los voluntarios se quejan de que los gobiernos o las grandes organizaciones como el Acnur están desaparecidos, quedando en manos de los voluntarios de pequeñas Ongs la suerte de los miles de refugiados.

Uno de los peores momentos que hemos vivido en estos días de locura e impotencia ha sido cuando hemos acompañado a los recien llegados a su nuevo hogar, una gran carpa maloliente donde tendrían que compartir suelo con decenas de personas. De repente, indignados por la visión, por la Europa prometida, arrancaron a llorar y sacaros sus cosas buscando algún espacio libre en el suelo, a la intemperie, entre los demás barracones. Nosotros mismos terminamos rotos por la escena y les acompañamos en un llanto cargado de rabia, dolor e impotencia. En ese instante nos dimos cuenta de que terminaba el sueño y empezaba una nueva pesadilla para ellos. La mujer embarazada de profundos ojos azules lloraba desconsolada suplicando por volver a Turquía. Nosotros, avergonzados, queríamos morir por dentro.

Nunca pensé que fuera tan fácil tratar al ser humano como a cosas o como a ganado. Nunca pensé que la dignidad humana, lo único que nos queda cuando lo perdemos todo, pudiera ser arrancada de las oquedades del ser de forma tan miserable. Me pregunto en qué se gastan los miles de millones de euros las autoridades que tan vejatoriamente tratan a los  voluntarios y refugiados para que veinticinco personas no tuvieran ni una simple tienda de campaña donde refugiarse esta noche. Supongo que en la docena de buques de guerra que estos meses patrullan las costas de esta minúscula isla del Egeo para impedir la llegada de más refugiados. Supongo que en los once mil millones de euros que ha costado el tratado de Turquía. O en los chalets y coches que un Acnur ausente, excepto en su propaganda de plástico, se gasta estúpidamente.

Hoy hemos sentido una gran impotencia, pero sobre todo, hoy nos hemos avergonzado profundamente de ser europeos. Mañana veremos a estas familias de recién llegados en las interminables colas de comida. Les daremos un huevo y un trozo de patata y ahora sabemos que no podremos mirarles a los ojos. Seremos nosotros los que busquemos desconsolados refugio en sus almas.

Cuando el alma se desborda


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La personalidad, el ego, realmente no ve nada. Finge que todo está bien, que la vida es así y que no existe más tragedia que la de soportar el peso de la propia existencia. Nos levantamos, desayunamos de forma mecánica, preparamos la comida para miles de refugiados, soportamos la tensión a la hora de reparirla y luego el día transcurre con mayor o menor gloria. Pero más allá de esa vida mecánica cuya venda desea ignorar la magnitud de lo que nos rodea hay algo que interiormente nos remueve. Algo que no nos atrevemos a desvelar por temor a quebrarnos en cualquier momento.

En estos días habremos cruzado la mirada con más de dos mil refugiados de los cerca de cincuenta mil cuyo destino a día de hoy sigue siendo incierto. Grecia vive una de sus peores crisis al mismo tiempo que en frías oficinas y despachos institucionales de instancias europeas se decide el futuro de tantas almas. En esas oficinas no se huele la tensión de las filas de comida, ni se respira la violencia que algunas tardes deambula a sus anchas entre los refugiados de uno u otro país. Nadie quiere afrontar la responsabilidad humana de lo que aquí ocurre. Nadie quiere aprovechar este momento crucial para poner a prueba soluciones globales.

Por dentro me siento roto. Hoy he anunciado que mañana no saldré con la máscara de payaso para robar sonrisas. No me veo con fuerzas ni me siento preparado para tamaña responsabilidad. Tengo el alma rota. Me siento completamente desbordado. Como si toda esa marea de gente que acude todos los días a la cola de la comida hubieran entrado en mí con toda su tragedia humana.

Hemos venido hasta aquí en silencio. No hemos pedido nada a nadie. Nos hemos pagado el  pasaje y la estancia a pesar de que hay ONGs que te lo pagan todo. No queríamos molestar ni quitar ningún tipo de recursos a los que más lo necesitan. Y aún así, sentimos que nunca es suficiente.  Sentimos que queda mucho aún para que algún día desaparezcan las guerras y los campos de refugiados. Mientras eso llegue, seguiremos llorando como alma grupal. Mientras eso ocurre, esta noche nos toca hacer guardia en las costas para ayudar a las familias que escapan de la guerra y esperan aquí un mundo mejor. Los que están en el otro lado no saben que aquí, en esta pequeña isla del Egeo, se está librando otra batalla.

La tristeza oculta


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Hoy ha sido un día extremadamente duro para todos. Empezamos la mañana con la noticia de que toda la gran olla de lentejas que sobraron ayer se estropearon por falta de frío. Por una norma de racionamiento que no entendemos cada plato de comida no pesa más de doscientos gramos. Esto es una cantidad muy ridícula, algo así como una tapa de esas que te ponen en cualquier bar cuando tomas algo para beber. Por la noche la cena se reduce a un vaso de sopa que unos simpáticos coreanos se encargan de hacer bajo el lema vegano. Ante la escasez existen momentos de gran tensión a la hora de repartir y entregar la bandeja de alumio, el tenedor de plástico y un pequeño y siempre ridículo trozo de pan. Tensión, peleas y picaresca ocurren cuando compruebas que casi siempre el continente vale más que el contenido.

A veces tenemos la vaga impresión de que todos los recursos que se movilizan para aparentemente ayudar a los refugiados solo sirven para hacernos la foto de turno y lavar nuestras consciencias. Otras veces, sin embargo, nos preguntamos qué sería de ellos si no fuera por la labor desinteresada de los mismos. Resulta muy difícil y agotador encontrar un punto de equilibrio ante tanto extremo.

Tras repartir la comida y comer nosotros algo intentamos acceder vestidos de payasos al campo de refugiados del Vial, un lugar aterrador donde no dejan entrar a nadie. En la puerta rodeada de alambres y vallas tuvimos la suerte de topar con tres policias que al vernos, atónitos por la sorpresa, decidieron dejarnos pasar. Conseguimos reunir, para nuestro asombro por haber traspasado con éxito la primera línea fronteriza, a un nutrido grupo de niños que de forma extrañamente educada se sentó a nuestro alrededor mientras inflábamos la bola del mundo que llevábamos. En ese instante y a los pocos minutos de estar allí dentro apareció una segunda patrulla de policia que de muy malas formas nos echó del recinto. Marian, quebrada por dentro suplicó que nos dejaran repartir al menos unos caramelos. Todo fue inútil. El caos se apoderó de ese momento y la tensión venció la batalla.

Más tarde ocurrieron más cosas que por desagradables es mejor omitir. Terminamos el día llorando ante la impotencia y la rabia de todo cuanto estábamos experimentando. Sentimos cierta derrota, cierta sensación de fracaso colectivo, como si dentro de nosotros sintiéramos inconscientemente que algo no está  bien entre el género humano.

Cuando miramos a cada uno de esos niños, cuando abrazamos sus cuerpecitos inocentes se nos rompe el alma por dentro. Cada uno de ellos vive un drama inconfesable que esconden tras su mirada y sonrisa. Cada uno de ellos presagia un futuro totalmente incierto. Nosotros, impotentes ante la magnitud de la tragedia que contemplamos, nos quebramos por dentro en un dolor y tristeza inconfesable.

Campo de refugiados el vial


 

Toula regenta el Sunrooms, un lugar limpio y acogedor cerca de la playa donde hemos tenido la suerte de parar. Toula es una de esas personas que veían como todos los días llegaban refugiados desvalidos y asustados, una de esas griegas solidarias que no podía quedarse quieta ante la tragedia y decidió actuar. Junto a varios vecinos se organizaron y montaron una ONG local que hace todo lo que puede para dar algo a aquellos que llegan sin nada. A los voluntarios nos cobra un precio especial por disfrutar de su casa y poder descansar en lo que antes debió ser un refugio de turistas hambrientos de sol y playa. Toula es la expresión máxima de todo lo que se puede hacer desde la sociedad civil para ayudar al otro.

Esto contrasta con las grandes organizaciones las cuales parecen, aparentemente, estar ausentes de esta batalla. Se habla mucho de tratados y acuerdos y de grandes cifras, pero aquí, a pie de calle, las únicas grandezas políticas, y de paso, los recursos de todos los ciudadanos consisten en una vigilancia costera y fronteriza con buques de guerra que supuestamente interceptan a los refugiados que intentan dar el salto desde Turquía.  Lo que ocurre luego con ellos sigue siendo una incógnita para nosotros.

Los que consiguen llegar terminan en el campo de refugiados Vial, un lugar donde son considerados como presos durante los primeros veinticinco días de estancia. Luego, dependiendo de su procedencia, tendrán un trato u otro. Al menos eso es lo que nos cuentan insistentemente aquellos que no tienen procedencia siria. Al parecer los sirios tienen un trato de favor diferente. Esta tarde nos acercábamos al Vial y algunos afganos nos hablaban de esto precisamente. Los afganos llevamos más de diez años de guerra y se nos consideran de inferior categoría, nos decían a modo de queja. También se quejaban de que desde el Vial no tenían acceso a buenos alimentos ni a ropa. Al estar el campo militarizado, la calidad de la comida era escasa, hasta el punto de que nos enseñaban fotos con bichos en los platos de comida. Es tan pésima las condiciones de vida en este lugar que cuatro refugiados se han cosido la boca para no comer y entrar en huelga de hambre.

Unos nigerianos nos pedían balones de fútbol. Lo único que podemos hacer aquí es dormir. Necesitamos hacer algo más. Nos decían. Lo cierto es que la política de los campos de refugiados, al menos la de este que hemos visitado y que está rodeado de verjas con alambres y que parece más una cárcel o un campo de concentración con sus barracones modernos pero no menos tenebrosos que aquellos de otros tiempos, es la de tener a sus miembros como presos políticos, y no como refugiados que necesitan ayuda de todo tipo.

Visto todo esto con un poco de distancia notamos cierto caos en todo. Por un lado los refugiados del campo del Vial se quejan de la comida y de que no tienen ropa. La ONG de Toula tiene un montón de ropa que no puede repartir porque no les dejan entrar. Hoy  nos hemos acercado a el Vial para intentar dar algo de comida sana y hemos vivido momentos de tensión con la policía. Al mismo tiempo existen decenas de ONGs haciendo lo que pueden pero todos de forma descoordinada, sin un mínimo de apoyo entre ellas para reducir gastos o para ser más eficientes. La única presencia que vemos de la Agencia para los Refugiados de la ONU son sus grandes carpas de plástico. Ninguna otra coordinación por su parte ni responsabilidad aparente en todo lo que aquí ocurre.

Cuando llegas a la casa de Toula tras cenar y ducharte sientes, ante el silencio de la noche, una gran sensación de impotencia. Ves que toda la ayuda que se da a los refugiados pilota sobre ciertas necesidades organizativas que para nada tienen en cuenta a las personas. Excepto aquellas ONGs que hacen todo lo posible por aportar algún tipo de valor emocional, notamos un gran vacío entre ellos y el mundo que les rodea.

Desde la isla de Chios. Vidas que cuentan


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Al cansancio acumulado de estos días se sumó una larga noche de travesía desde el puerto de Atenas hasta la isla de Chios, a pocos kilómetros de las costas de Turquía. Trece horas de navegar intenso y de nuevo sueño desvelado en el suelo del barco. Por suerte esta vez había moqueta y la dureza del suelo era amortiguada por la ficción de esa tela que cubría la proa de la gran embarcación. Sin duda, nada que ver esa dureza nuestra con la dureza de los sueños de los refugiados. Tierra o cemento cubierta por la fina piel de una delgada capa de tienda de acampada que debe soportar todas las inclemencias del tiempo y de la vida hacinada de los campamentos.

Tras pasar por la isla de Samos llegamos a las seis de la mañana a Chios, una isla desoladora en mitad de un Egeo que nada tiene que ver con las imágenes bucólicas de paraísos blancos y azulados. Los turistas de estas islas son afganos, sirios, iraquíes, paquistaníes, eritreos y un largo listado de países que nos costaría situar en el mapa por no tener constancia de sus guerras, genocidios o catástrofes humanas que los asolan. Tras desayunar algo en el puerto alquilamos un coche y nos dirigimos a nuestro seguro refugio. Desde allí nos condujeron hasta un campamento base donde voluntarios de muchos países organizaban las donaciones de ropa y comida para luego distribuirlas entre los cientos de refugiados que todos los días llegan hasta las costas europeas.

Tras ponernos al día de la situación nos dirigimos hacia la cocina de Zaporeak, la ONG de origen vasco que da de comer todos los días a miles de personas entre los campos de Souda y Depethe. Al campo del Vial, al que ellos llaman campo de concentración, no les permiten entrar. A ese campo solo se puede entrar o salir con permisos especiales y hasta hace poco nadie podía salir del mismo. Es como una cárcel para refugiados donde se hacinan almas cuya desgracia aún es mayor, pues, según nos cuentan, la comida que allí reciben hasta es de peor calidad que las que preparan los voluntarios de las ONGs que se han desplazado hasta aquí. Nos llamó la atención que incluso una de ellas es una ONG de Corea y se encargan de hacer la comida con la peculiaridad de que toda es vegana.

En la cocina de Zaporeak, ubicada en un antiguo museo reconvertido en provisional campo de batalla culinaria había un trajín de voluntarios que cortaban berza o zanahorias mientras que otros hervían en grandes ollas toneladas de arroz. Nos sorprendía lo difícil que resulta crear algo de consciencia cuando hay que cocinar para unas dos mil personas y que todo se haga de forma armónica y a tiempo. La labor de estos voluntarios está cargada de esperanza porque ellos mismos se preguntaban qué sería de esa gente si no estuvieran allí pequeñas ONGs como la suya que atienden las necesidades básicas. Una de las cosas que más piden, además de medios, son precisamente manos. Te sientes algo ínfimo ante la magnitud de la catástrofe humanitaria, pero al mismo tiempo, imprescindible para que todo el engranaje funcione. De repente se creaba una cadena humana que permitía que el alimento llegara puntual a las dos de la tarde y fuera distribuido entre todos aquellos errantes del destino.

Esa quizás es la parte más dura de todas. Ante la escasez y la necesidad el ser humano a veces se vuelve egoísta e insensible. Las colas o filas para repartir la comida de forma civilizada a veces se convierten en un polvorín a punto de estallar. La picaresca para repetir el plato de comida se reproduce constantemente. Nosotros hacíamos lo que podíamos para repartir con dignidad ese poco alimento que tocaba a cada uno. Intentábamos sin mucho éxito mirarle a los ojos, dedicar un instante a compartir algo de amor. Sólo fue posible con algunos, y quizás luego más tarde cuando tras comer jugábamos un poco con los niños o hablábamos con algunos adultos.

Hay mucho trabajo aquí y seguramente en los cientos de campos de refugiados esparcidos por todo el Mediterráneo. No quiero imaginar cuantas serán las manos que diariamente harán falta para que por lo menos a esta gente, a estas personas de carne y hueso no les falte de nada. Cuando estas aquí descubres que tras la tragedia hay detrás vidas que cuentan. Una tras otra se las puede mirar desde fríos televisores de plasma o venir hasta aquí para abrazarlas y acompañarlas en su trance. 

No se trata de venir para hacerte la foto de turno y ensalzar un ego doliente. Eso está bien porque de alguna forma puedes dar algún tipo de testimonio y animar a otros a que vengan. Más bien se trata, tras la foto, de soportar juntos la tragedia del otro. De acompañar el dolor humano, sin más.

Desde el Pireo, campo de refugiados de Atenas    


Volamos desde Madrid a Roma donde tuvimos una escala de suficientes horas como para poder ver algo de la ciudad. El mundo caótico de las urbes gigantes nos impactó. El ruido, la contaminación y la decadencia de una cultura, la consumista, que contrastaba con aquella que levantó una ciudad milenaria y cuyos restos aún nos siguen impactando. Roma sigue siendo la ciudad eterna a pesar de que es también un puro reflejo de la conquista del humano-máquina relegando la belleza de plazas y calles hermosas a un ensordecedor devenir. Hacía más de una década que no visitábamos esa hermosa ciudad, pero nos dimos cuenta de que esos diez años no habían provocado más que una triste imagen que en nosotros se revelaba artificial y alejada de la vida. Las ciudades siguen siendo reductos para coches y ruidos. El humano es tan solo un reducto que se aparca en apartamentos cada vez más pequeños y oscuros.

Pasamos la noche en el aeropuerto de Atenas. Encontramos un rincón donde poder tumbarnos en horizontal en el suelo hasta que a las cuatro de la mañana nos despertaron diciendo que allí no se podía dormir. Los cuatro nos miramos asombrados, interrogándonos sobre dónde entonces se podría dormir a esas horas en aquel lugar. Como no pegamos ojo en toda la noche, temprano cogimos el autobús que nos llevó directamente al puerto ateniense del Pireo, el último reducto de la vergüenza humana, pero al mismo tiempo, y paradójicamente, el último reducto de esperanza.

A pesar de que llevaban días desmantelando el campamento, aún quedaban unas dos mil personas durmiendo en tiendas de acampada en el duro suelo del puerto marítimo. La pobreza extrema de esa situación contrastaba con los cruceros de lujo que esperaban unos metros más adelante. «Lo están desmantelando porque es una mala imagen para el turismo», nos decía uno de los voluntarios que desde hacía tres meses atendía durante catorce horas al día todos los días de la semana las necesidades de aquellas personas. No siempre hay comida para todos. El desayuno no es frecuente y muchas personas se quedan sin comida al mediodía. Las horas y los días pasan en una rutina cargada de incertidumbre. Pocas novedades en el campo. Alguna pelea, el incesante trajín de la policía, la visita de algunos payasos despistados, nosotros, que ocurrentes, parecíamos marcianos en un mundo extraño.

Nos desplazamos hasta el centro del campamento con nuestros bártulos y de repente empezaron a llegar niños de todas partes. Empezó el espectáculo, la risa, y rápidamente conectamos, más allá de la tragedia, con eso que nos hace únicos como humanos. La risa empezó a fluir, los abrazos empezaron a tener su efecto. A pesar del cansancio que arrastrábamos recogimos fuerza de aquellos niños que lo habían perdido todo: un país, una identidad, una seguridad de pertenecer a alguna parte, sus casas, sus recuerdos, su infancia y casi siempre a sus propias familias. Una generación rota por las guerras, por una más o por otra más de las tantas que año tras año se tejen en un mundo feroz e impasible.

En el campamento no había ninguna bandera europea, ni tampoco ningún tipo de cosa que pudiera desvelar la solidaridad institucional, excepto aquellos voluntarios que vienen de todas partes del mundo para echar una mano. De nuevo la sociedad civil que se solidariza con el otro, con situaciones dramáticas mientras que los políticos de turno limpian aquellos lugares no de la suciedad que se va acumulando, sino de aquellos humanos que sin nada, pueden estorbar a los turistas.

Tras esta primera toma de contacto con la tragedia decidimos continuar el viaje hacia la isla de Chios, muy cerca de las costas con Turquía, a ocho horas de viaje en barco por el mar Egeo. Allí de nuevo nos espera la tragedia, pero sobre todo, de nuevo la esperanza.

Estuve perdido, pero fui hallado


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La tiranía de nuestros miedos siempre nos conduce por la oscuridad. El pavor de la maldad a veces se apodera inefablemente de nosotros. Buscamos herir y no amar. Buscamos dañar y no perdonar. A veces, nos consume el odio, el rencor, la necesidad de destruir al otro. A veces nos perdemos en el sendero retorcido de la sombra.

Un día, alguien te da la mano y te rescata de la oscuridad. Con su sonrisa, con su gracia de vida eterna te espera en el otro lado. De repente desaparece el miedo y algo entrañable se abre ante nosotros. Es una nueva senda, un nuevo camino de paz y amor. No es difícil que eso ocurra cuando nos abrimos, cuando el corazón decide que ya es suficiente de tanto dolor y desea beber de otras fuentes. Una luz nace entonces, una maravillosa revelación, un cambio permanente que nos despierta y abraza.

A veces un solo gesto basta para que ese milagro ocurra. Una asombrosa gracia cargada de esperanza.

Una vez estuve perdido, pero fui hallado. Estuve ciego, pero pude ver, como decía la canción. Esa dulce misericordia se reveló como un haz de libertad. Fui liberado gracias a ese beso sincero, a esa tormenta de amor desbordante, a ese amor interminable que nada exige y todo lo perdona, esa gracia maravillosa que nace del don de amar. Sí, maravillosa gracia que dulce suena en mis adentros, que salvó a un infeliz como yo. Dulce latido que nace de lo más hondo, capaz de perdonar, capaz de volver a abrazar, capaz de respirar hondo ante las dificultades.

Ya no son palabras. Me he hallado. Ahora veo. Algo me enseñó a no temer, algo me alivió de mis miedos. Qué preciosa verdad por la que ahora me guio. Mis cadenas ya no existen, algo me ha salvado del abismo, de la ceguera. Algo tan simple como un abrazo pudo contener la ira, despejar el odio, saldar la maldad y llevarme hasta el bien. Algo tan luminoso como una sonrisa sincera rescató al hombre perdido que había en mí.

Gracias de corazón por lo que has hecho en mí.

Gracias por tu amor y tu alegría, reflejo de esa esperanza que todos buscamos.

 

Demain, el mundo del Mañana


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Estos días hemos podido participar en el segundo encuentro de la Revolución Integral, un movimiento civil que pretende impulsar ideas transformadoras y soluciones de cambio para el mañana. Pudimos compartir brevemente nuestro proyecto en las montañas, hablando de lo que allí hacemos y con el ánimo de invitar a cuantos quisieran poder visitarlo. Había un aire esperanzador. Personas que se unen con el propósito de aportar algo nuevo, un paradigma diferente que produzca resortes de cambio.

Hoy en Madrid hemos podido disfrutar, momentos antes de marcharnos a Grecia para echar una mano a los refugiados sirios, de un documental esperanzador llamado en su original francés Demain, Mañana.

Un grupo de científicos, entre ellos Anthony Barnosky y Elizabeth Hadly, publicaron en la revista Nature un estudio que anunciaba la posible desaparición de parte de la humanidad en 2100. Cyril Dion y Mélanie Laurent junto a un equipo de cuatro personas visitaron diez países para investigar las causas de dicha posible catástrofe y, sobre todo, buscaron alternativas que hablaran de formas para evitarla. Durante sus viajes se encuentran con personas y proyectos pioneros que reinventan la agricultura, la energía, la economía, la democracia y la educación. Tras unos minutos de exposición pesimista, terminan su trabajo vislumbrando por primera vez la posibilidad de que surja un nuevo mundo: el mundo del mañana.

¿Qué pasaría si mostrar soluciones o contar historias que hacen el bien fuera la mejor manera de resolver los problemas ecológicos, económicos y sociales? Se preguntan los productores de la película.

El bien es algo intangible pero necesario para reconducir nuestras conductas. Hacer el bien es buscar siempre las mejores alternativas, las mejores soluciones para todo lo que se nos presenta como un reto. Evidentemente vivimos en un mundo de contradicciones. Nunca podemos ser puros ni perfectos en todo lo que hacemos, en todo lo que decimos y en todo lo que intentamos llevar adelante. Sería muy ingenuo pensar que seremos capaces de ser coherentes al cien por cien. Pero como conjunto sí somos capaces de hacer cosas positivas. El documental ofrece varias alternativas.

En primer lugar nos alientan a tener una alimentación más saludable, más orgánica y con menor consumo de carne. Sobre el consumo nos animan a reducirlo, pero sobre todo, a que sea en comercio local e independiente. Otras de las soluciones tiene que ver con la energía, la cual debería ser totalmente renovable. Sobre la economía nos incitan a cambiar de banco, a poder ser a bancos éticos como Triodos Bank y por último, nos invitan a mantener siempre una actitud ecológica haciendo todo lo posible por reducir, reutilizar, reciclar, reparar y compartir.

Quizás está llegando el tiempo de dejar de mirar al mal y empezar a girar nuestra visión y mirada hacia modelos positivos, unidades de cambio que puedan inspirarnos en nuestras vidas diarias. Quizás está llegando el tiempo de empezar a cambiar algo nuestra forma de entender el mundo y la vida para que la catástrofe nunca llegue. Este documental es una muestra de ello.

Somos inmensamente maravillosos


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Somos inmensamente maravillosos. No importa nuestros errores. Los vamos a cometer una y otra vez. Tampoco importa cuantas veces hagamos de nuestra vida un fracaso. A veces fracasamos en el trabajo, en los proyectos, en los estudios, en la familia, en las relaciones, en la vida entera. A veces da la sensación de que toda nuestra existencia desde que nacimos se ha tejido en la calamidad. Pero hay algo que nos hace grandes y únicos. El levantarnos a cada momento de las estampidas, de los agravios, de las desgracias. A veces lo hacemos solos. Otras alguien nos tiende una mano, o nos da un sentido abrazo o nos sonríe. Y entonces sabemos que no estamos solos, que podemos seguir adelante, que podemos seguir soñando en la matutina esfera de los amaneceres.

Nadie dijo que la vida fuera fácil. Eso es cierto y lo podemos comprobar cada mañana cuando deseamos alargar un poco más el sueño, el duermevela. O cuando abatidos, en algún momento de desesperación, deseamos morir cuanto antes. A veces caemos en la desesperación y otras en el olvido. Sufrimos como niños abandonados o como seres que se descuelgan en una guerra donde todo salpica al más escrupuloso de los deseos y lo perdemos todo. Perdemos amigos, parejas, cosas, propiedades, trabajos, éxito, honores, compañía, salud, orientación y lo peor de todo: sentido. Ha ocurrido momentos en nuestras vidas donde todo se derrumba de repente. Hay momentos donde te convierten en un despojo inservible, sin derecho a vivir, sin derecho a opinar, hablar o respirar.

Nicolás de Cusa decía que el mundo era como un Dios contraído. Nosotros formamos parte de esa contracción, de esa divina y celeste proporción que aparece siempre como un misterio, pero también como algo alcanzable, algo medible desde nuestras posibilidades. Cuando todo se derrumba nace siempre un halo de esperanza. Nace siempre un poder genuino que respira y nos dota de más vida, de más poder para alzarnos contra la adversidad.

Y luego está el amor, esa cosa que nos empodera, que nos congoja, que nos libera y se contagia. Esa persona amada que se acerca sigilosa por detrás y te abraza estrechamente, besando tu nuca, soltando una mueca divertida mientras roza su cabello contra el tuyo. Esa persona que no te juzga, que te ama a pesar de todo, que te quiere tal como naciste, tal como creciste, tal como te expresas en este instante. Esa persona que te mira a los ojos infinitamente buceando más allá de tus heridas, más allá de tus faltas hasta que logra, no sin esfuerzo y trabajo, abrazar a todo tu ser. Ese amor desprendido y sincero que no busca nada a cambio sino que entrega y entrega viendo como crece por dentro todo lo que da.

También ese amor hacia los seres sintientes que nos acompañan, a ese caballo que palpa con sus grandes ojos tu costado más débil para dotarlo de fuerza y cariño o a esa ternera que pasa desapercibida entre los prados verdes. Alguien nos suplicó que cuidáramos de ellos, que los amáramos de igual forma, que los protegiéramos de las bestias nocturnas. A veces, más veces de lo que creemos, lo olvidamos.

Aún estamos a tiempo de reconciliarnos con la vida a pesar de todo. Aún podemos alzar el vuelo hacia formas de existencia que superan nuestra mirada, pero que están ahí, esperando nuestra danza, nuestro baile nupcial. La belleza, el néctar y las mieles del espíritu esperan nuestro paladar, nuestra necesidad de abarcar aquello que desconocemos pero que nos asombra ante su misterio. La música danza expectante para ser alcanzada por la sutileza de nuestros sentidos. El ser espera manifestarse para elevarnos a una vida más amplia y verdadera. A pesar de todo, nunca olvidemos que somos inmensamente maravillosos, que somos parte de un mundo contraído que explota dentro de nosotros. A cada instante.

Celebrando la revolución solar


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Mañana es mi cumpleaños. Por primera vez en muchos años (quizás más de veinte) no me marcho a ningún retiro, ni me escondo en una perdida hospedería o monasterio lejano. Lo voy a celebrar con una persona, con un ser de carne y hueso al que me entregaré, rompiendo con la tradición, de forma diferente. Será la primera vez que celebre el cumpleaños con alguien y lo veo como algo entrañablemente hermoso.

Al parecer este es un año de apertura para mí. O al menos está siendo una primavera algo loca. Me abro al mundo y rompo con tradiciones, manías y formas de actuar que ya estaban pareciendo caducas. Me abro en todos los sentidos, como una flor en primavera o como un amanecer que desea explotar de luz. Intento que el miedo no me alcance, intento abandonar mi zona de confort, intento transformarme cada día hacia algo mejor, o al menos, hacia algo diferente, intentado que el cambio sea dócil y hermoso.

Me entrego a las relaciones desde otra perspectiva, viendo que las antiguas no me han funcionado. También intento reconciliarme con la amistad, con las sorpresas de la vida y con todas las circunstancias que vivo. Durante años he estado evitando a la prensa y esta mañana concedía una entrevista en un hermoso monasterio en pleno Camino de Santiago para un programa de la Sexta. El periodista me decía que la entrevista ayudaría a vender más libros. Yo le confesaba que me daba absolutamente igual, y que, normalmente, esas cosas no ayudan, a no ser que el libro sea realmente bueno y luminoso.

Un gran sueño siempre fue escribir ese libro bueno y luminoso. No por sentirme lleno de gloria, sino por intentar con ello ayudar en algo, aunque tan solo sea en transformar el pensamiento o viejas estructuras de nuestra sociedad. Cuando hicimos el anuncio de los colchones pensé que la experiencia podía ser positiva para inculcar algún nuevo valor. Hicieron un guión en el que aparecía leyendo o escribiendo encima de la cama emulando lo que más suelo hacer (olvidé decir a los de Flex que llevo dos años viviendo sin colchón). Cuando estábamos grabando les propuse que me podían sacar también meditando, que es algo que siempre hago. No solo les gustó la idea sino que es la que aparece en el anuncio. Quizás esa postura, esa tranquilidad conseguida en un anuncio de televisión que intenta hablar de la sexualidad desde otro punto de vista pueda servir de algo. Hoy me hacían una entrevista para La Razón y ayer para el diario El País. Les dije exactamente lo mismo. Tenemos el deber humano de compartir nuevos valores, nuevas formas de ver y entender la vida. Debemos transformarnos por dentro y por fuera y radiar luz, lucidez, calidez.

En unos días nos marchamos en un viaje que pretende ser solidario con los refugiados sirios que están en Grecia. Ojalá podamos aportar algo, aunque sea tan solo una semilla de esperanza en uno o dos niños. Con eso nos sentiríamos satisfechos.

Y como estoy viviendo esta apertura, os invito a ofrecer algún regalo de esperanza al mundo. Cualquier cosa, un libro, una poesía, un regalo. También estaré encantado de recibir vuestros presentes de cumpleaños, físicos o simbólicos. Aquí estaré, renovado, feliz, ardiendo de vida.

 

Perder el miedo y ganar en amor


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Esta mañana me llamaban de TeleCinco y la Sexta para entrevistarme de nuevo en televisión. Ante tanta insistencia, pues al parecer uno de los libros está causando cierta curiosidad, no por méritos míos sino ajenos, he decidido ser amable con el oficio periodístico pero desde mi ventana. Así que en estos días serán ellos los que vendrán a entrevistarme a mi humilde caravana y no yo el que vaya a los platós. Como digo, seré amable como siempre y haré lo que pueda para compartir de esa forma tan tímida mi parecer sobre los asuntos que me expongan. Lo haré sin miedo y con todo el amor del mundo.

Cuando una de las periodistas me preguntaba porqué vivía en una caravana le contestaba con absoluta sinceridad. Me siento libre y feliz. He perdido todo mi dinero, todos mis ahorros y muchas cosas en el camino pero a cambio, he ganado en sentido, en intención vital y en ecuanimidad. Es decir, he perdido todo el miedo que tenía a la vida y he ganado en amor. Por eso cuando esta tarde estábamos en la playa de Riazor ensayando con nuestra querida Chus para nuestro próximo viaje a Grecia donde intentaremos robar alguna sonrisa a los niños me sentía plenamente satisfecho. Soy consciente de que no será mucho lo que podamos hacer con los refugiados, pero cumpliremos con nuestro deber moral, con nuestra parte individual en una colectividad sufriente y desgraciada.

La vida resulta apasionante desde esa esfera de complacencia con el amor y ausencia de miedos. Es cierto que nos pueden ocurrir cientos de cosas cuando arriesgamos un poco más, cuando apostamos un poco más por la aventura del vivir. Pero también es cierto que ante el inmovilismo y el miedo es poco lo que vivimos. Nuestros espacios de seguridad, aquellos que han nacido para procurar calor a nuestras vidas, resultan sencillamente preocupantes para el espíritu que se levanta en nosotros. Hay algo que nos debe impulsar al cambio, a esa sensación de seguir libremente los designios, a veces locos, de nuestro estimado corazón. No es cuestión de hacer cualquier cosa, sino aquello que nos procure felicidad verdadera y absoluta, es decir, aquello que nace de lo más profundo de nosotros.

Los escenarios están ahí. Se pueden modificar fácilmente. Hoy puedo vivir en un palacio y mañana en una humilde caravana. Realmente nada de todo eso importa si por dentro no se ha movido ni un ápice nuestras estructuras. Es lo profundo, aquello que el poeta llamaba ocasos y arquetipos lo que realmente debe cambiar. Cuando nuestro héroe interior despierta y emprende la aventura de la vida, se vuelve un guerrero, un libertador de sus miedos, de sus seguridades, de sus barreras. Dejamos de tener temor y empezamos a buscar aquello que los pieles rojas perdieron alguna vez: la gloria. ¿Por qué estáis tristes si tenéis tierras y dinero y de todo? Porque hemos perdido la gloria, respondió un piel roja a un rostro pálido al ver como todo su pueblo, o lo que quedaba de él, sucumbía en la modernidad blanca.

La gloria solo se puede conseguir desde el amor, desde la ausencia de miedo, desde el desapego hacia todo lo que nos rodea. La libertad de expresar ese amor solo puede ocasionar vivir una vida más intensa, más verdadera, más real. No hay nada que perder porque ya lo hemos perdido todo. Solo es cuestión de tiempo. Por lo tanto, disfrutemos. Busquemos nuestra propia gloria. Busquemos en el amor la libertad de ser.

 

Para el día del libro, Sonrisas del Mundo…


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¿Qué sería de la vida sin sonrisas? Descubrirlas, compartirlas, abrazarlas, amarlas, quererlas, desearlas. O también ir a su caza, como si fuera un safari de esperanza donde cada sonrisa portara dentro de sí un canto de vida, un amor universal.

Cuando nos disfrazamos de payasos conseguimos fácilmente cazar esos encuentros, robar a esos niños una carcajada o un murmuro de extrañeza acompañado de esa fragancia inocente de dulzura. En unos días nos marchamos a Grecia para seguir aprendiendo, compartiendo y ofreciendo abrazos y sonrisas. Allí habrá una desgracia humana, la de los refugiados, pero también habrá momentos e instantes de solidaridad, de compasión, de esperanza.

Nosotros no seremos más que catalizadores de esa visión futura. Una sonrisa, solo una de ellas, puede salvar del abismo a esas almas que sueñan con un futuro mejor. Nos gustará pensar que esa es nuestra misión y propósito. Que solo una de esas sonrisas salven la condición humana de tan desgraciado destino.

Y para celebrar este día tan especial, el día del libro, y de paso apoyar nuevas aventuras, hemos sacado a la luz los relatos de nuestras experiencias pasadas por África, Asia y América. Nuestras vivencias sentidas con sus crónicas, sus momentos, sus impresiones, sin mayor intención que la de compartir más sonrisas al mismo tiempo que deseamos pilotar y compartir esa necesidad de dar, de facilitar que el mundo sea poco a poco algo mejor.

Hoy es un buen día para regalar sonrisas, así que estáis invitados. Nosotros destinaremos los beneficios de este libro a seguir buceando en la condición humana para desgranar esas posibilidades de ternura y amor. Así que gracias a todos por contribuir a la hazaña.

Por cierto, el libro se puede comprar en la Editorial Phylira, un nuevo proyecto editorial en el que estamos trabajando desde hace meses para crear una plataforma única y especial. Gracias por apoyar todas estas iniciativas.

Se puede adquirir el libro en el siguiente enlace:

http://phylira.com/home/15-sonrisas-del-mundo.html

Gracias, gracias, gracias, y feliz día del libro…

 

 

La naturaleza del amor, o cuando el amor llega así de esa manera


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Todo lo que ocurre en la vida, o al menos eso queremos creer, responde a algún tipo de propósito. También nos gusta llamarlo misterio, por eso de que dentro de cada hecho o fenómeno existe un arquetipo superior que le da vida y sentido. Ocurre lo mismo con todo lo que nos ocurre en los planos no solo materiales, sino también en los emocionales e intelectuales. Cada paso que damos encierra un misterio. Por eso cuando aquella noche nos abrazamos sentimos como el misterio se volvía a manifestar, como el arquetipo, esta vez el del amor, volvía a cobrar vida.

Esta vez lo hacía de forma pausada, amable, sincera. No había subterfugios, ni exigencias, ni demandas, ni promesas, ni ficción. Surgió suave de una necesidad vital por abrazar al otro, por amar al otro y fusionar así las causas mistéricas con los efectos inevitables.

Un abrazo sincero nacido del amor, y no del miedo, de la generosidad y no de la exigencia, de la aventura y no del aburrimiento. También de la paz interior, porque cuando más bien estábamos los dos en nuestros respectivos mundos, cuanta más paz y amor había en nuestras vidas, resulta que ambos quisimos compartir ese trozo de felicidad con el otro. Por eso no había huida, sino encanto, hechizo, magia. El otro no era una excusa para llenar vacíos, sino una oportunidad para compartir un rebosante fluir existencial.

Y ahora nos sentimos privilegiados, dichosos, como esos enamorados que se esconden en los rincones para tímidamente besar la vida y sentirla en toda su plenitud. Como esos avatares que te conducen a lo inevitable, como si solo así pudiera haber sido y no de otra manera. Y ahora, en este tiempo, y no en ninguno otro. Como si nuestras diferencias no fueran suficientes para desterrar el deseo, sino más bien un aliciente para seguir aprendiendo el uno del otro y aspirar a contemplar nuevos mundos posibles.

Y si el “ama hasta que te duela” se convirtió en “amor es relación”, ahora el amor nos inunda tímidamente, sin verbo, sin palabra, sin ruido. Solos desde esa atalaya inmortal de silencio y complicidad, de guiño y connivencia por sabernos ante una oportunidad única.

Cuando la naturaleza del amor nace de la sinceridad y la generosidad uno se atreve a pensar que la última palabra aún no está dicha, que la verdad sobre las cosas más grandes de nuestra vida siempre reside en lo más sencillo y cercano. Por eso ahora cada momento resulta imprescindible, único, irrepetible. Por eso ahora podemos amar y ser amados sin miedo, sin atajos, sin rencillas.

Cuando el amor llega así de esta manera, lo único que podemos hacer es disfrutarlo completamente, abriendo nuestros poros para que nos atraviese y apostando por ese sueño imposible, pero palpable. Rozar cada uno de sus intersticios y densidades, sentir cada uno de sus rostros y caricias.

Gracias de nuevo a la vida, y sus misterios, porque nos da tanto.

Los ciclos y el eterno retorno


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Tuve la suerte de poder vivir en la ciudad universitaria de Göttingen, en el sur de la Baja Sajonia alemana. La vida estudiantil de aquellos tiempos me devolvió a un sentido estoico de la existencia. Fortaleza interior y dominio aparente sobre todas las circunstancias que iban apareciendo en ese caminar en un tiempo hermoso pero convulso. Era la guía que me llevaba de un lugar a otro, dejándome arrastrar por las vicisitudes del espíritu. Curiosamente compaginaba mi vida en Alemania con otra doble vida en un lugar al que me gusta llamar La Montaña de los Ángeles. Santa María de los Ángeles era no sólo el topónimo de un espacio físico, sino también sufría la importancia de un arquetipo simbólico que en esos tiempos de cambio y madurez interior me impregnaba.

La vida siempre es cíclica. Te da nuevas oportunidades para enmendar aquellos caminos que no siempre fueron agraciados. Hacer bien las cosas no siempre es posible porque a veces quedamos desbordados por los avatares de la existencia. De alguna manera tropiezas una y otra vez con una misma piedra de la cual terminas enamorado. Tras pasar unos meses en Göttingen me marché a vivir a una granja de caballos algo más al norte, en un hermoso paraje entre Lüchow y Dannenberg, en las verdes e intensas planicies que se esparcen junto al río Elbe. En aquellas vivencias conocí a gente impresionante mientras mantenía una estrecha relación con el Loco de los Asientos, un hombre peculiar que influyó de alguna manera aquellos días. Todo era complejo al mismo tiempo que apasionante. La crisis económica acababa de empezar y nadie estaba preparado aún para ello. Ni nadie, en ese momento apasionante, me advirtió de lo que podría llegar a pasar.

Tras atravesar media España de norte a sur, hoy me despertaba en Galicia cerca de las rías que apuntan al océano Atlántico, en un paraje impresionante de verdes colinas muy parecido a los parajes que hace casi diez años disfrutaba en la Baja Sajonia. Para mi sorpresa, el lugar donde me encuentro, muy cerca de Santiago de Compostela, se llama Santa María de los Ángeles. Por un momento he tenido la sensación de que este lugar es como una especie de nodo que tiene un importante mensaje que revelar. Es como si todo lo que hace diez años pasó, de repente desencadenara en estos prados, en estos paisajes, una nueva oportunidad. Como si el ciclo mágico de la Montaña de los Ángeles terminara aquí para empezar un nuevo ciclo, una nueva congruencia para hacer bien las cosas, para dejarme arrastrar por la fortaleza del espíritu más allá de los avatares de la ocasión y las circunstancias.

De nuevo me sentí abrazado por el amor y de nuevo le abrí la puerta para que se revelara como único camino posible hacia la verdad humana. Pero esta vez desde la madurez que el camino siempre te aporta, desde la perspectiva de aquello que se subleva ante el inevitable ciclo de los retornos. Como si la vida se volviera a desplegar de nuevo ante el inminente retorno a los caminos.

Me siento emocionadamente agradecido por estas extrañas señales, por estos hermosos momentos y por esta vida compleja que siempre termina recompensando los esfuerzos, las caídas, los errores. Hay algo que se entrelaza en un diálogo mágico con la existencia. Hay grietas que te permiten observar con cierto halo de sabiduría interior aquello que son signos claros para continuar en el camino, en nuestra siempre senda verdadera. La intensidad de este momento me demuestra que las cosas siempre ocurren por algún motivo extraño. El Loco de los Asientos vuelve a la oscura cueva. Mientras, los prados verdes se desvelan de nuevo para emprender la aventura. Me siento afortunado. Me siento profundamente vivo. Me siento eternamente agradecido por ser de nuevo un dócil nibelungo errante. Ahora solo cabe volver a caminar atento, con esa dulce sabiduría de la experiencia. Deseo recolectar las mieles de aquellos viajes y que el camino sea dichoso y calmo.

(Foto: casas en Weitsche, lugar del norte de Baja Sajonia donde viví durante un tiempo).

Lo más frágil de nuestra condición humana


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Muchas veces lo pasamos mal en la vida. Somos seres vulnerables e indefensos ante cosas que nos desbordan. De todos los males que ocurren, el peor de ellos es el abandono, la muerte civil, la ignorancia y la rudeza de que todos, absolutamente todos, te den la espalda. Cuando cometes errores, y cuando esos errores se multiplican uno tras otro porque las situaciones nos sobrepasan o la realidad nos excede, pocos son los que en esos momentos se aproximan a ti, te llenan de aliento, te sujetan la mano.

Estos días me han preguntado porqué he dado la cara por un amigo juzgado social y públicamente como algo horrendo, despreciable y como reflejo de lo más podrido de la sociedad. Me acordaba de aquel hombre de Galilea que presumía de abrazar a ladrones y prostitutas y que un día, paseando por un valle cerrado con sus discípulos, mientras que estos se tapaban la cara ante la imagen podrida de un cadáver en descomposición, él se limitó a decir: mirad sin embargo como brillan esos dientes, parecen perlas de un profundo océano.

Esas perlas se encuentran en todos los seres humanos, incluso en el más horrendo, en el más malvado, en el más despreciable de ellos. La repulsa que sentimos, el asqueo que vemos ante situaciones moralmente indignas no son más que pequeñas motas que se ven reflejadas en el otro. Cuando alguien se equivoca y entra en la rueda del escarnio público no es su actitud, sino la nuestra ante esas circunstancias lo que hace que una sociedad sea grande y digna o sea de nuevo una precursora de debilidades y fracasos.

Estos días recibía proporcionalmente halagos y desprecios por mantener firme una actitud recta ante las circunstancias. No era cuestión de defender lo indefendible. Tan solo demostrar cierto apoyo hacia una persona que merece al menos un trozo de calor humano, un mínimo de dignidad como ser sintiente.

Me gustaría que cuando en el futuro me equivoque, y sé que como ser humano lo haré, alguien esté ahí, esperando para tender una mano, para abrazar al alma dolida, para bucear juntos en los errores y mejorar en todo momento cualquier cosa que pueda ser mejorable. Estamos acostumbrados a huir de lo malo y estar solo presentes en lo bueno. Pero es en lo malo, en las crisis, cuando más nos necesitan, cuando más necesita esta sociedad abrazarse, unirse y empoderarse en el amor, el perdón y la compasión hacia el otro. N necesitamos más justicieros. Necesitamos más silencio, comprensión, análisis. Necesitamos desmontarnos por completo para reencontrarnos con la esencia que alguna vez nos unió. No la fábrica, no la ciudad, sino el sentido humano de convivencia, de apoyo, de solidaridad.

Cuando eso ocurra y dejemos de juzgar los errores sin buscar ningún tipo de mejora, la sociedad brillará de nuevo, y será la virtud lo que nos domine. Será el honor y el amor hacia la verdad lo que nos conmueva. Será la esperanza lo que nos una en un proyecto común, bello y colectivo, donde las sombras se irán diluyendo para proteger lo más frágil de nuestra condición humana: la dignidad.

Siendo, eso es todo, en lo bueno y en lo malo


¿De qué sirve este enredoso aire, si no puedo respirar? Si no luchas por nada… ¿De qué sirve soñar?¿Para qué quiero un mundo carente de fantasía?¿De qué sirve la vida, si vives para servir? Prefiero estar consciente aún cuando duela. Prefiero que la muerte me sorprenda de pie, construyendo un mundo nuevo que quizás nunca vea. Me iré feliz sabiendo que mis sueños nunca abandoné.”  M. Bakunin

Me levanté muy temprano tras un sueño bien extraño. Estaba muy feliz tras un fin de semana inolvidable, de esos entrañables y cargados de amor y cariño. De esos que deseas que nunca terminen para que los días que vengan después sean una continuación de los otros. A mi lado estaban las dos gatitas. Una a mi izquierda y la otra a mi derecha, próximas al corazón, como si de alguna forma sintieran como la primavera ha llegado también a mí. El perro Geo me lamía bien temprano. Tenía ya ganas de salir corriendo tras el caballo o las cabras. Le abrí perezoso la puerta. Hacía frío y nevaba. Me vestí y me fui corriendo hacia Madrid.

De repente el teléfono no paró de sonar. Amigos, periodistas, la televisión. Pensé que había pasado algo o que de repente me había hecho famoso por algún motivo que no esperaba. Iba a Madrid para participar en un anuncio de televisión. Cosas surrealistas de la vida. Dos años viviendo en una caravana sin colchón e iba a anunciar colchones de una conocida marca. El nuevo rey de las camas se atreve con todo. Una periodista de Tele Cinco me pedía si podía gravarme en directo. Lo siento, estoy de viaje. ¿Y mañana? Mañana estaré todo el día en una cama, rodando un anuncio. La pobre no daba crédito. Así que acordamos que la entrevista sería en el hotel de Madrid en diferido para que mañana, sobre las nueve, aparezca en Telecinco.

Llegué tarde a la prueba de vestuario. Era casi la hora de comer cuando empezaron a sacar prendas y más prendas, pijamas y más pijamas todos con su etiquetita con el precio, por si tras el rodaje se pudieran devolver y ahorrar en vestuario. Un pijama azul, otro dorado, otro blanco, otro conjunto así o asá. Me veía como esos famosos actores que hacen esas cosas y parece que se divierten. Yo lo hice. Soy antropólogo y me gusta conocer mundos.

En el hotel estaban los periodistas y las cámaras esperando. De nuevo casi me siento una estrella. Ohhh!! Cuanto poder tienen esas cámaras. Todos me miraban con extrañeza, por si fuera algún famoso. Incluso en el hotel, por si acaso, me dieron la mejor habitación por el mismo precio. Sí, las cámaras tienen poder, el cuarto, dicen. Poder para crear mitos y también poder para destruirlos. Hoy tocaba lo segundo, y a mí me tocaba bucear en el sentido amplio de la profundidad sin caer en la ruindad ni el prejuicio.

Habían encarcelado a Mario y toda su familia. Hace poco sacamos a la luz un libro juntos. “Siendo, eso es todo”. Cuando los periodistas empezaron a preguntarme sobre todo lo ocurrido me limité a contesta cortésmente sobre el mundo humano y la tragedia que hay tras los focos, el interés, el circo mediático y la mentira de la ilusión. Por un momento me sentí un cruzado defendiendo la causa humana ante el imperio de lo absurdo. O como ese colibrí que iba hasta el río gota a gota para intentar con su gesto cumplir con su parte moral ante el incendio del bosque. La periodista me preguntó porqué me había atrevido a dar la cara por un preso, por un delincuente. Realmente no estaba dando la cara por nadie. Sólo quería estar ahí, a su lado, de forma simbólica o precisa. Pero estar ahí. Cuando lo pasas mal, es hermoso saber que alguien está ahí. Cuando llevas dos años viviendo en una caravana sin colchón es agradable que alguien te llame para hacer un anuncio sobre colchones. O como ese ángel que hizo trescientos kilómetros plancha en mano, se metió en mi armario y me planchó algunas camisas para este viaje. Hay cosas que te dejan sin palabras, hay gestos que no tienen precio. Hoy prefería estar consciente ante los gestos, aunque dolieran. Prefería estar atento, alerta. Prefería estar, de alguna manera.

Durante muchos años lo he pasado mal. La vida, las crisis, la pérdida de todo. Cuando lo pasas mal muchos desaparecen. Algunos para siempre. Pero hay algunos, a veces muy pocos, que permanecen. Mario fue uno de ellos, a pesar de todo. Así que le debía el gesto. Un gesto humano, un gesto cariñoso, de amigo. Querido Mario, Siendo, eso es todo, en lo bueno y en lo malo. Sin más. Ahora el sistema que aclare las formas, nosotros nos ocuparemos del fondo.

Cuando la vida te sacia


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Aquí en Galicia es fácil amanecer con lluvia, desayunar con nieve y merendar con un sol casi de verano. El tiempo cambia, la vida fluye a un antojo extraño donde nunca vas a saber qué pasará en el siguiente instante. Eso la hace realmente emocionante y de alguna forma te das cuenta de que lo único que permanece real en la vida es el cambio. Todo cambia de forma vertiginosa y fluir con ese cambio es estar en sintonía con la existencia entera. Tienes un propósito, una idea de cómo serán las próximas horas o los próximos días y de repente todo cambia. Y si fluyes con ello, si te dejas arrastrar por la corriente de la vida, resulta que lo que nos espera es aún mayor y maravilloso. La vida siempre se nos presenta como un milagro difícil de entender, como un misterio difícil de alcanzar, pero como algo cercano que está ahí, esperando preñar toda tu existencia.

Este fin de semana ha sido algo así. Lleno de magia, de color, de música. Aparece de repente un ángel en tu vida. Algo que no esperabas y que, sin embargo, es capaz de transformar esquemas muy sólidos respecto a tus creencias sobre cientos de cosas. Todo se derrumba con una sola mirada, con una sonrisa, con un abrazo estrecho e íntimo. Es como si el paisaje anterior dejara de existir para afrontar de repente una mezcolanza nueva, un escenario diferente. Algo especial se vuelve aún más especial y radiante. Todo explota de repente para reconvertir aquello que parecía seguro.

Es vivir en un mundo maravilloso cuando de repente aparece alguien y lo hace aún más increíble y mágico. Como si ese mundo se volviera más brillante, más lúcido y más poético cuando descubres que aún hay personas que brillan con luz propia. Gente buena, seres increíbles que nos cambian la vida constantemente. Que aparecen y ya sabes que siempre van a estar ahí. Que los abrazas y los amas y esconden dentro de ti parte de su vida, de su tesoro, de sus secretos más íntimos.

De repente te sientes como si todo fuera de un color diferente. Como si aquello que pensabas que ya era lo máximo se volviera aún mayor y majestuoso. El cielo se encarna en la tierra y basta un suspiro para abarcar todo el universo entero. Aquello que antes veías como limitado se expande sin fin por una tierra ilimitada, por un horizonte inabarcable.

A veces el cielo mudo te marca un rumbo extraño, algo que no esperabas, pero que de forma increíble resulta que es algo mucho mayor de lo que habías imaginado como justo y necesario. ¿Qué hacer entonces? Seguir sus sendas, sus caminos, practicar sus veredas y salpicar de alegría cada valle, cada monte por descubrir, cada riego de sustancia vital que reclama atención y cariño. Te entregas a la vida y la vida te recompensa con algo mayor, con algo angelical. Ahora sé que todo puede ir siempre a mejor. Ahora sé que todo puede resultar aún más extraordinario.

 

Anoche me convertí en estrella


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Si durante tres horas tienes la capacidad de estar atento a un cielo estrellado es porque de alguna forma has conectado con cada una de esas luminarias que hay en ese inmenso plano celeste. La bóveda penetra en ti, la atiendes en sus poros, en su presencia infinita dentro de tu limitada capacidad para entender. No secuestras nada, ni siquiera la luz que se derrama entre tu bello y tus talones. Sólo dejas que cada átomo de existencia de esa planicie estelar te preñe por igual.

Entonces ocurre que trazas un hemisferio al que perteneces. Es una especie de magia, como si de repente, de tanto observar, de tanto contemplar el infinito, éste penetrara en ti. Y te conviertes en estrella, en luminaria, y la luz brota por los raudales, por las fuentes espumosas. Es como si el legado de toda la existencia encajara a la perfección en ese instante. Una fuerza, un poder, un imposible vaivén de maravillas te poseen.

Ocurrió ayer. De repente me vi a oscuras observando el infinito. Sin darme cuenta habían pasado tres horas de atenta escucha activa, de paciente y amoroso clamor hacia lo que allí estaba ocurriendo. Desperté del letargo con los ladridos del perro que jugaba con la yegua para que no entrara a una zona prohibida. Hacía frío, era ya de noche, pero aún pude seguir un poquito más.

Luego no podía dormir. Era como si al convertirme en estrella tuviera que estar vigilante. Parpadeaba entre sueños y desprendía una luminiscencia especial. Una postura incómoda o quizás algún miedo no localizado hizo que mi espalda se resintiera. Pero luego recordé que las estrellas no tienen espalda, y que por lo tanto, podría seguir soñando, iluminando en mi orbe celestial.

La experiencia fue franca, sincera. No había una intención. Simplemente ocurrió como esas cosas que son buenas y tienen que ocurrir. Quizás fue una llamada del arquitecto de todas las cosas, o quizás simplemente un regalo, una especie de don, de entrega que viene de lo invisible para recompensar la soledad que se sufre cuando desde muy pequeñito creíste que eras solo una pobre e incandescente piedra. Pero cuando por algún tipo de milagro la piedra tiene esa capacidad de convertirse en estrella, en sol radiante de vida infinita, el hado de todas las cosas te inunda y sientes la necesidad imperante de compartir un trozo de la misma.

Creo que todos merecemos alguna vez vivir semejante experiencia. No importa de donde o de quien venga. Simplemente es cuestión de estar atento, de saberte acompañado, de sentirte humanamente convencido de que en alguna parte hay un presente para ti. A lo mejor no es lo que esperabas. Quizás el presente sea una llamada, un abrazo, un gesto, el guiño de un ojo radiante o una sonrisa. Tal vez ese pequeño gesto, con un poco de corazón, pueda convertirse en algo grande, único, maravilloso.

Eso me ocurrió ayer. Durante tres horas creí vencer algún miedo y me elevé y me sentí dichoso y pleno. Así que gracias a los duendes de la noche, a los seres invisibles, a esas entidades que nunca vemos pero que de alguna forma intuimos. Gracias a esa llamada, no importa quien la hiciera y de donde viniera. Ni siquiera importaba la excusa, el motivo. Sí, podría ser cualquier cosa, pero anoche me convertí en estrella.

Aprendiendo a no hacer


 

Desde hace ya unos meses estoy aprendiendo a no hacer nada. Es una de las prácticas más difíciles a las que nos enfrentamos hoy día. Una sociedad distraída como la nuestra, que prefiere que tengamos un perfil bajo en cuanto a crítica y distensión del pensamiento, ha secuestrado nuestra atención para proclamar el reino del entretenimiento. Esto parece una estupidez, pero si lo miramos con cierta atención, mientras estamos entretenidos de alguna forma nos alejamos de las cosas esenciales de la vida. Especialmente, nos alejamos de eso que llamamos ser, nuestro ser profundo, nuestro alma que nos anima por estos recovecos de la existencia.

Por eso desde pequeños nos inculcan a hacer mil cosas. En la escuela, en las actividades extraescolares, con los deberes. Nadie nos invitó nunca a meditar, a contemplar un atardecer o a dar un paseo observando la vida que recorre los espacios. Cuando somos mayores ya no tenemos remedio. Cuando no estamos trabajando buscamos alguna opción “para no pensar”. Ver una película, ir de compras, consumir cualquier cosa. El pequeño tiempo que tenemos para no hacer absolutamente nada lo dedicamos justamente a todo lo contrario: “a no pensar”.

En la montaña y los bosques siempre hay mucho trabajo, pero estamos aprendiendo a administrarlo según el tiempo, las necesidades o el ánimo. No hay una obligación por hacer cosas ya que dentro de nuestra nueva escala de valores hemos dejado de comprar, consumir, pagar hipotecas o recibos de luz y agua. Al no tener todas esas cargas sobre nuestros hombros, podemos administrar el trabajo de forma diferente y por lo tanto, nos quedan algunas horas para el disfrute, para el no hacer nada. Esta es una de las cosas más esenciales de la vida en comunidad. Al compartir los espacios, ganamos en tiempo.

Esto no significa entrar en un estado de ánimo donde la vagancia y la ociosidad nos invaden. Todo lo contrario, aprendemos a no hacer para entrar en otras dimensiones, en otro tipo de pensamiento, en una docilidad que nos permita reencontrarnos con nosotros mismos, apaciguar nuestras vidas y ser más felices. Al reeducarnos en el no hacer cambia nuestro temperamento, nuestra fuerza se transforma de forma positiva y el semblante se relaja para mostrar rostros alegres y suaves. Nos volvemos más imaginativos, conectamos con el misterio de la vida, meditamos e integramos nuestras emociones y pensamientos en una acción relacionada. Sumergimos nuestra vida abstracta a un plano de belleza interior cargada de posibilidades donde la magia de la existencia deja de ser un simple decoro.

Las cosas dejan de aburrirnos. Cualquier cosa que ocurra puede llegar a ser una aventura. Los días son diferentes porque podemos administrar el tiempo en cosas muy diversas. Trabajar el no hacer, la no acción, también te comunica con una parte de ti diferente, especial, íntima. Una parte que cuando es compartida crea lazos de cariño y amor, de belleza y armonía. La creatividad, el arte, el encuentro con energías antes desconocidas producen un halo de profundo recorrido.

La vida en su conjunto se vuelve bella. Con los meses y con los años no solo se consigue vivir con menos y necesitar menos si no que eso mismo condiciona la posibilidad de hacer menos cosas, pero de mayor calidad. Aprender a no hacer te revela un mundo inimaginable. Es como franquear las fronteras de lo limitado y alcanzar con la mirada interior un mundo infinito. Al dejar de hacer cosas, aprendes a hacer la cosa más importante para la que hemos nacido: vivir.

(Foto: dos momentos de «no hacer» hoy en los bosques con Geo y Rocío).

Fuente de vida inagotable


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Pocas veces tenemos esa lucidez para observar lo extinguible de nuestras vidas. A veces, cuando no estamos en exceso distraídos, notamos como algo se agota. Ya sea un día, un mes, un año o, de repente, la vida entera. Hay una finitud, un reloj que apresurado tiene marcada una cuenta atrás. La incertidumbre viene de no saber cuando se parará. Puede ser ahora mismo, en este instante. Y todo se acaba. Para los que creen en la vida eterna surge el consuelo. Para los que no, surge la urgencia. Aún así, pase lo que pase en el momento final, la vida hay que vivirla con urgencia y consuelo a la vez.

Lo digo plácidamente, pero también con cierto nerviosismo interior al ver como cada segundo se escurre veloz entre paseos, pensamientos y emociones. Siento interiormente que hemos venido para dar sentido a algo que nos supera. No sabría describirlo, o mejor dicho, después de haber buceado por todas las filosofías y creencias, me niego a hacerlo. Siento tal respeto hacia ese misterio que nos supera que ya no mendigo teorías ni analgésicos más o menos prudentes para ir tirando. Ahora prefiero zambullirme de lleno en la vida, preñarme de ella sin cuestionarme como es o como será cuando no sea. Prefiero abrazar la vida a pensarla.

Esto me reconcilia con un aspecto que va más allá de nosotros. La vida no nos pertenece y de hecho, nace de una fuente inagotable que se relaciona con toda la existencia. Cuando no esté en nosotros habrá millones de seres en ese instante que la estarán soportando. Nosotros no somos más que un pequeño y diminuto eslabón que se extingue sin más en la polvorienta sacudida mortal. Luego, los corazones seguirán latiendo y respondiendo a la llamada de perpetuar sus secretos en otras vidas. La vida, como el amor, es continua relación con todo y con todos.

Me fijo en este instante y me doy cuenta de que algo ha cambiado en el carácter. Me apetece esforzarme y ser más amable con la gente. Contesto todos los mails, los mensajes, comparto mi teléfono con desconocidos, devuelvo las llamadas, salgo al mundo, hablo con unos y con otros e intento sonreír siempre. Esa actitud tiene que ver con los ciclos que aquí experimento en la montaña. Veo como el bosque se transforma y también veo la dureza de la propia existencia. Y eso me hace pensar aún más en lo sutil y volátil de todo. Y si estamos de paso, ¿por qué no hacer ese paso sencillo y alegre?

No siempre lo consigo, pero ahora al menos me esfuerzo en ser inofensivo, amable y alegre. Lo demás casi no merece la pena. Trabajar para ganar dinero, ganar dinero para gastarlo, gastarlo para sentir angustia y necesidad y miseria y luego soledad. Me pregunto porqué las cosas no podrían ser algo más sencillas, o porqué aún no tenemos la capacidad de hacerlas más simples. Necesitar poco, gastar poco, consumir solo espacios de amor y ternura.

En estos meses de calma hermosa aprendo sobre el amor. De alguna forma esta cosa tan extraña para el ser humana tiene un vínculo muy poderoso con la vida. Es como el motor que la impulsa. Nosotros nacemos de un acto de amor. Los planetas se sostienen por una fuerza de atracción similar a la que sentimos cuando amamos a alguien. Los átomos, los universos enteros podrían explicarse por esa energía que fluye desde la vida. Por eso ahora puedo amar sentado, distraídamente mientras contemplo un atardecer. Ya no necesito a un objeto o sujeto donde mostrar amor. Ahora ya sé que el amor, como la vida, está en todas partes, y solo debo abrazarlo a cada instante, sin esperar nada a cambio, sin pedir nada a cambio. Todo lo que venga será por añadidura. El amor es la fuerza motriz que da vida a todo cuanto existe. Entenderlo es vivir salpicado por la estremecedora existencia.

Guiados hacia nuestro propio destino


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Por la mañana me despedí feliz de todos. Una vez más me tocaba afrontar el noble oficio de guardián del lugar durante diez largos días. Diez días de soledad siempre dan para mucho, especialmente cuando son miles los proyectos, las ideas y los lugares misteriosos a los que transitar. Me fui corriendo a la caravana, encendí la estufa porque hoy hacía un frío de mil demonios. Una vez calentadas mis congeladas manos cogí un libro y empecé a leer. En algún momento de la página cincuenta me quedé traspuesto. En entrevelas escuchaba la yegua, las cabras, la lluvia, las gatas, las gallinas, el viento, el susurro inapreciable del bosque entero. Cuando desperté, empecé a escribir sin poder parar el primer capítulo del libro que había prometido editar junto a un conocido escritor. Lo escribí de un tirón, no sé si producto del remordimiento por haberme quedado dormido en tan plácida ensoñación o por haber robado el fuego de los dioses desde esa otra dimensión onírica.

Así ocurren las cosas, pensaba. Había ideado poder empezar el libro en unas cuatro semanas, no antes de haber leído al menos parte de la extensa bibliografía de mi homónimo escritor. Mi semejante estaba en París y seguramente a su vuelta se marcharía a algún otro país exótico para deleitar con su pluma a periódicos y exigentes editoriales. Para qué molestar tan pronto. Yo seguía en mi caravana, imitando un poco la vida austera de Diógenes, intentando satisfacer a un maestro de la escritura desde mi longeva timidez y escasa pluma. El tema del libro, que no es baladí, surgió hace muchos años en algún paseo nórdico. Observo con el pasar del tiempo que hay cosas, hechos en sí, que ocurren dentro de un orden extraño. Te pierdes por un bosque y ahí nace una idea. Esa idea hiberna dentro de nuestro sentir, apaciguada por el paso del tiempo, esperando. La expectación dura hasta que un día se entremezclan varios acontecimientos. Un poco de agua, de calor y buena tierra hace que esa idea germine. Y cuando ocurre, y sobre todo, cuando en algún lejano día da sus frutos exclamas asombrado: ahora entiendo porqué me perdí en aquel oscuro bosque.

Quizás por eso hoy me quedé durante dos horas traspuesto. Debía hacerlo para adelantar la hazaña, para destripar con palabras el asunto convenido. Diez días por delante de soledad darán para muchas cosas, pero sobre todo, para desentrañar más proyectos, más ideas, más sueños, nuevas esperanzas. La soledad ya no es un pretexto para el arte, para la ensoñación, para la virtud. Es también un encuentro con el absoluto, con el misterio, con la dicha de producir extractores y recoletos que nos aproximen a eso que vagamente llamamos el ser.

A veces nos empeñamos en mirar a la eternidad desde un ángulo recto, y despreciamos toda su riqueza, toda su infinita dimensión. Por eso hay que estar atentos siempre a todo lo que nos ocurre. Sin duda encierra un mensaje, un misterio, una fuerza, un potente camino que puede desentrañar la madeja de nuestras vidas. Perderse en un bosque, quedarse dormido, llenarse de tristeza, abocarnos a un abismo aparentemente sin sentido. Cualquier hecho, cualquier acontecimiento puede llenar nuestras vidas de infinita sabiduría y virtud. Y lo más importante, nos puede guiar hacia nuestro propio destino.

Me siento afortunado. Todo un bosque, prados y montañas aguardan mis paseos solitarios. Quizás bajo la atenta mirada de alguna rama vuelva a dormirme, o a perderme en tan intensa arboleda. Quizás en estos días vuelva a sembrar alguna idea que de aquí a diez o veinte años germine en otra nueva primavera. Estaré observante, atento, prevenido. Nunca se sabe.

La hermosura de vivir en una casa a la que se entra por un gran telón de teatro


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La eternidad está enamorada de las cosas del tiempo” William Blake

Ya sé quien eres”, me dijo. “Eres Peter Pan. O Couso es el maravilloso país de Nunca Jamás y tu cometido es acoger a los niños perdidos que se acercan a ti”. Me encantó el comentario y solo hoy, cuando María hizo la observación sobre nuestra particular entrada a la casa, con su gran telón escarlata de teatro como puerta, me di cuenta de que realmente Carmen tenía razón. Se abre el telón, entramos en la casa y empieza la función mágica de Nunca Jamás. Encendemos la chimenea, nos miramos a los ojos, rozamos nuestras manos para calentar los corazones, nos abrazamos, cantamos, reímos, nos olvidamos del tiempo y nos enamoramos de la eternidad de estar juntos. Los corazones vibran, se abren, se apoderan del espacio. Las máscaras quedan lejos, allí, en la ciudad, y las almas empiezan a hablar, a respirar, a reconocerse entre montañas, lluvia y prados.

Es así como empieza todo. Luego damos un paseo por el bosque mágico, observando a cada instante los rincones por si por casualidad algún duende pasara por ahí. Salta la rana, nos sobrecoge el canto de la abubilla, crujen las ramas a cada paso y atravesamos los prados hasta llegar al bosque de los ancianos. Allí es parada obligada para poder abrazar a esos centenarios castaños con mil caras en su corteza que observan alegres nuestra llegada. Hacemos un círculo, cantamos alguna canción y seguimos la ruta hasta que nuestros pies están cansados. A veces llegamos hasta los castros celtas. Otras deambulamos por prados verdes para fotografiar las florecillas. Si estamos observantes, algún cervatillo, zorro o comadreja atraviesa veloz los campos. El sonido del bosque, con sus ríos, con sus vientos que vienen desde muy lejos, con sus árboles que explotan de belleza todos los días, atraviesas nuestras entrañas para hacernos danzar suaves.

Cuando cae la noche empieza el concierto. Nos sentimos vivos y agradecidos por la jornada tan cargada de magia. Ahora sé que no podría vivir muy lejos de aquí. Me sería imposible volver al gris de la ciudad cuando he descubierto por fin que existe un mundo de magia multicolor, que todo cuanto nos rodea puede llenar nuestros vacíos sin hacer nada aquí en la naturaleza. Que la única ambición posible es la de respirar, dar gracias y compartir todo lo que tenemos con el otro. Amar al semejante es nuestra bandera, y de alguna forma, como decía la canción, es mirar de frente a Dios.

¿Con los pies en la tierra?


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Ayer alguien decía que vivía una vida muy volátil y que necesitaba poner los pies en la tierra. Su afirmación me hizo pensar. Es cierto que vivimos en un mundo de materia, pero también es cierto que esa materia cada vez se está volviendo más energía, más sutil, más volátil. Su necesidad tenía que ver con buscar un trabajo de ocho horas y así disponer de unos ingresos. Seguí pensando seriamente sobre el asunto y al mismo tiempo me preguntaba qué hubiera sido de nuestro mundo si todos los pensadores, todos los soñadores, todos los poetas y todos los artistas (ella lo es) hubieran decidido un día poner los pies en la tierra y trabajar ocho horas en algo mecánico.

Los poetas tienen que hacer poesía, los artistas crear arte, los escritores escribir, los soñadores soñar y luego ver como se puede vivir de eso de forma noble y sencilla, sin mayores pretensiones. ¿Para qué necesitaría un poeta un gran coche o vivir en una mansión? Es en las entrañas de la vida, en los recovecos de la extrañeza humana donde encuentra su inspiración. Sólo necesita pasear por los prados, por el monte, por los valles o por las ciudades plagadas de luminarias. Mirar al ser amado, abrazar a las musas y descubrir hasta donde puede llegar su inspiración para inspirar a otros.

Un artista no puede tener los pies en la tierra. Debe abrazar la creación entera, volar hasta las estrellas más infinitas del universo para poder recibir el don de la creación. Un artista debe buscar las formas de crear para convertir este mundo bueno en algo hermoso y brillante. Sus tesoros estarán en la búsqueda constante de amor, porque el arte no puede entenderse sin ese abrazo sentido, sin ese recodo de generosidad hacia todo lo existente.

Y los escritores deben diseñar con palabras mundos posibles. Poner nombre a la existencia simbólica en la que vivimos para que todos podamos entender esos universos intangibles. Deben ser los arquitectos del nuevo mundo, los que inspiren nuevas éticas, nuevos valores, nuevas enseñanzas, nuevas posibilidades, nuevas aventuras humanas para crecer juntos, para ennoblecer nuestras vidas.

Son todos ellos los que crean, los que posibilitan un lugar más fácil donde vivir, pero sobre todo, más bello. Y la belleza debería también ser un valor, más allá de lo intangible de su expresión.

Por eso, queridos artistas, poetas, escritores y soñadores, por favor, no pongáis los pies en la tierra. Seguid soñando, amando la locura de un mundo imaginado, de un ensueño constante para que otros podamos disfrutar de esa belleza que a veces nos falta. No tengamos miedo en el disfrute del arte creador. No importa si a veces eso nos impide saborear los placeres de lo tangible. Los que realmente son capaces de alcanzar ese estadio de saber, realmente ya están satisfechos, saciados y felices.

 

Sin llaves. Sin miedos


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Cuando vivía en aquella hermosa casa de diseño con sus grandes ventanales y vistas inmejorables a la sierra y el valle del Guadalquivir eran frecuentes las visitas de personas curiosas que deseaban pasar allí algunos días. Lo primero que hacía era darles una copia de las llaves del coche y de la casa para que se sintieran libres en el uso de ambas cosas. “Es posible que yo no esté”, les advertía, «así que podéis hacer lo que queráis». Siempre, a primeras, tuve confianza en las personas. La casa siempre estaba abierta y nunca echaba la llave cuando me marchaba o iba a dormir. Cualquiera podía entrar y quedarse a sus anchas.

Hasta hoy no he sido consciente de que aquí, donde vivo ahora, ni siquiera existen puertas que delimiten la casa o la entrada a la finca. Ni llaves que entorpezcan el libre acceso a los lugares comunes. Me daba cuenta esta mañana mientras daba un ligero paseo por los prados de que en nuestra sociedad de hoy se nos advierte con temor de los mil peligros que nos acechan. Realmente todo lo que hacemos es por temor, por miedo. Por temor a no conseguir trabajo o a perderlo. Por temor a no tener pareja o a perderla. Por temor a no vivir la vida o a perderla. Por miedo a casi todo. Pocas veces nos paramos a vivir la vida sin miedo. Preferimos anclar un cerrojo a nuestro corazón por miedo a que nos lo roben. Incluso encarcelamos nuestras propiedades en obtusas celdas por temor a que desaparezcan.

Un día llegué a la conclusión de que las cosas están para compartirlas. No para asegurarlas ni poseerlas. Se me ocurrió poner todo lo que tenía a nombre de una fundación. Y de lo poco que me quedara, dejarlo abierto para su uso. Dejé de temer el futuro y empecé a vivir la vida desde el ahora, desde ese presente posible. ¿Qué podía perder?

Ocurre también con el amor. Está ahí, aquí, ahora. Nadie lo puede apresar. Podemos dar mil rodeos sobre él, podemos incluso pensarlo, temerlo, apresarlo. Pero nunca a nadie se le ocurrió expresarlo, compartirlo, abrirlo al mundo. Hay gente que se dedica a merodearlo, a negarlo, a dudarlo. Otros, más naturales, más valientes, más dichosos, simplemente te toman de la mano, rozan tus dedos con los suyos y hace con ello, sin tapujos, sin miedo, que la magia actúe.

No me había dado cuenta de lo simple que era hasta hace unos días. Incluso no me había dado cuenta de que los miedos actúan de igual forma ante el amor. Si lo encerramos, si ponemos un candado a nuestro corazón cargado de miedos e inseguridades es imposible que el mismo fluya hacia los demás. Simplemente muere atrapado en el ahogo del anhelo. Por eso admiro a la gente valiente, optimista, clara, transparente, amable, sensible, abierta y despierta a la vida. No se quejan, no se esconden, no se pasan el día anhelando ni poniendo etiquetas cargadas de juicio y valor sobre los otros, sobre sus cosas, sobre sus hombros. Simplemente actúan. Te abrazan, te cogen de la mano y te llevan a esos otros mundos posibles. Sin más.

Quizás aún no nos hemos dado cuenta de que la cueva donde nos refugiamos cuando aún no teníamos capacidad de abstracción ya no existe. Ahora vivimos en el mundo libre de la magia, de la poesía, de la música, del baile, de los atardeceres que se contemplan sin pausa en cualquier primavera. Aún no somos totalmente conscientes de que el miedo ha sido vencido y de que nuestra imaginación infinita ha superado las trabas de la oscura caverna. Ahora podemos amar sin temor. Sin exigencias, sin contratos, sin ambigüedades. Podemos mirar al otro, sonreírle y llevarlo a volar hacia mundos infinitos. Ahora tenemos la capacidad de poder vivir sin miedo, sin llaves. Amar sin etiquetar. Amar sin esperar nada a cambio. Fluir en un paisaje posible cargados de dicha, gozo, alegría. Sin más.

Apoya la restauración de la Casa de Acogida


 

Piedra sobre piedra. Tablas que caen, rostros húmedos, barro anclado entre las paredes. Cientos de años sosteniendo vidas, siglos soportando la lluvia cayendo, también el granizo y la nieve y los vientos. Proteger una «casa grande» del siglo XVI con su ermita y sus bosques es toda una responsabilidad. Sobre todo cuando ves como por afán del tiempo y la dejadez las paredes caen y todo se derrumba.

Por eso este mes hemos decidido aventurarnos e intentar recuperar las paredes más degradadas. Una a una, restituyendo cada pieza de pizarra que los años ha transformado en piedra viva. Mirando de no entorpecer el hecho de que esas paredes deberán albergar más vidas, más promesas, más esperanza. Deberán proteger a todos aquellos que en círculo deseen cumplir con la promesa de un mundo mejor. Es como un canto, como un mantra que nos repetimos. Es posible, claro que es posible. ¿Cómo podríamos hacerlo de otra manera? ¿De qué forma podríamos llegar a la excelencia si no es empezando por alguna piedra? ¿Cómo podríamos transformar el mundo si no lo hacemos intentando construir algo nuevo, fuerte, sostenible? Siempre desde la humildad. Siempre desde un primer paso.

Desde la nada surgen las respuestas. Contemplamos el valle verde, sus montañas, pero nos ponemos el traje de faena y alcanzamos la plenitud del trabajo, ya no como instrumento de tortura, sino como un don, como una talento que nace del arraigamiento de la tierra, del sostén de la vida, de la plenitud y expansión de cada mota de ser.

También conocemos de nuestras limitaciones, de nuestro poder reducido, instruido en la paciencia y la humildad de sabernos apoyados por todos los que pretenden reconstruir los valores y la moral de nuestro tiempo. No todos pueden venir a la montaña, pero sí todos, de alguna forma, pueden apoyar con un gesto.

Por eso siguen las obras de restauración de la Casa de Acogida. Parece un milagro. Pero en un futuro será un milagro compartido, para todos. Incluso cuando nosotros no estemos, otras generaciones podrán disfrutar de nuestro grano de cariño, de este hermoso halo de misterio.

Como algunos nos preguntan como pueden ayudar, relatamos lo que nos está costando la nueva obra por si queréis colaborar de alguna forma:

– Rehabilitación de las paredes: 7.400 €

– Rehabilitación de parte del tejado: 4.800 €

– Rehabilitación de suelos del futuro lavabo y cocina: 2.600 €

De momento, esto es lo que tenemos en mente y en el corazón para seguir con la casa. Cualquier aportación será bienvenida, aunque sea un euro con nuestro programa de Teaming:

a) Haciendo una aportación directa en la siguiente cuenta:

TRIODOS BANK (BANCA ÉTICA): ES54 1491 0001 2121 2237 2325

b) Mediante una donación directamente aquí:

donar

c) Mediante una aportación mensual:

Opciones mensuales
Aportacion 30€ : €30,00 EUR – mensualmente
Aportacion 50€ : €50,00 EUR – mensualmente
Aportacion 100€ : €100,00 EUR – mensualmente
Aportacion 200€ : €200,00 EUR – mensualmente

d) Aportando un euro al mes en nuestra cuenta de Teaming:

https://www.teaming.net/proyectoocouso

 

Pronto la casa de Acogida estará terminada y el próximo reto será la Escuela de Dones y Talentos. Pronto el talento y el don podrán manifestarse de forma libre y gratuita para que esos ángeles que todos los días se encarnan tengan la oportunidad de explorar y potenciar sus habilidades, su potencial, su belleza plena. Pronto, muy pronto, habremos sembrado una gran semilla de paz en el mundo.

Primavera en O Couso


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Para quien sabe amarlo, el mundo se quita su careta de infinito; se hace tan pequeño como una canción, como un beso de lo eterno” (Tagore).

Dicen que el estado de ánimo configura nuestro destino. Sin duda, aquí el estado de ánimo que respiramos es de alegría y cariño. Tras el largo invierno, llegó la primavera con ese abanico de verde, de pájaros cantando, de prados y veredas, de montañas expectantes y cielos multicolor. Pero sobre todo, llegó la gente bonita, la gente que amamos, esos seres que vienen una y otra vez o que lo hacen por primera vez y ya no quieren marcharse. También aquellos que llegan y se van corriendo o esos otros que por distancia prefieren campear a sus anchas por este bosquecillo encantado. A todos los abrazamos igual, sin distinción, sin rodeos, cantando esa manida canción cada vez que se van, tan cargada de felicidad y también recibiéndolos con una sonrisa, un abrazo sentido y un paseo por la finquita para que sepan que aquí el único límite es la propia inspiración.

Esta semana ha sido sin duda especial. Hemos reído y llorado de emoción, hemos sentido y hemos trabajado juntos para hacer de esta casa un lugar para todos. Cada uno aportaba no sólo su esfuerzo pequeño o grande, sino también su presencia, esa que nos llena y amplia nuestros horizontes, esa que se comparte con una mirada oceánica o una sonrisa estrellada.

Qué felicidad cuando improvisábamos un pequeño ritual para consagrar el futuro gallinero de piedra. Y cuando hablábamos sobre el azúcar o el chocolate o la comida de los perros o cualquier cosa que pudiera hacernos reflexionar sobre tantas y tantas cosas que luego se enlazaban con otras muchas. Y qué rica la comida, y qué rico todo lo que traían para llenar la despensa. Y qué hermoso el cariño expresado a cada instante, rozando nuestras manos, mirando con complicidad el mundo, vaciando de tristeza nuestros corazones para colmarlos de belleza y paz.

En el salón ya tenemos por fin chimenea que casa a la perfección con las vistas inagotables del nuevo ventanal. También hemos hecho un gran esfuerzo para levantar los muros que se estaban cayendo. Ahora tendremos que buscar más recursos para poder seguir la obra y así embellecer aún más todo. Será un esfuerzo grato porque hemos aprendido a pensar más allá de nosotros mismos. Cada cosa que hacemos, cada piedra que movemos o recolocamos sabemos que es para beneficio de todos, de algo más grande que aquello que somos.

Por eso nos sentimos de alguna forma dichosos. Y también porque ha llegado la primavera y dan ganas de enamorarse de cada instante, de cada halo de vida. Y pronto llegará el verano y mucha gente bonita volverá a esta su casa, su hogar, ese lugar donde no hace falta dar explicaciones, donde nadie va a recriminarte si tienes un mal día o no te apetece hablar o compartir. Pero con la seguridad de que cualquiera, si lo necesitas, podrá abrazarte con frescura y amor, con dicha y transparencia, con luz, con lucidez, con sentido amplio.

Queremos enamorarnos y queremos que te enamores de este proyecto. Quizás así podamos volver siempre a nuestras casas con una sonrisa interior, con una cómplice emoción, con un secreto: la esperanza de un mundo bueno, mejor, reside en todos nosotros. Sólo debemos comprender la grandeza del compartir, la grandeza de dar todo aquello por lo que suspiramos, todo aquello que anhelamos desde lo más profundo de nosotros.

Ahora toca preparar el verano. Estás invitado a venir cuando quieras. Aquí está tu casa, tu hogar. No hay cerrojos ni llaves ni claves extrañas, y casi no hay puertas, así que puedes venir y coger lo que necesites. Si es amor, habrá a raudales, tanto como ese manto de flores silvestres que ya está naciendo en los prados. Coge lo que necesites, deja una parte de ti, lo que puedas. Nos basta tu abrazo sincero, tu sonrisa, tu alegría inspiradora, tu ánimo configurando un destino común.

Gracias de corazón a todos y todas los que habéis hecho de esta semana algo único y verdadero. Gracias por enamorarnos de nuevo. Gracias por vuestra música, por vuestro beso eterno.

La causa revolucionaria


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Max Edwards ha muerto con tan solo 16 años de un cáncer terminal. De no haberlo hecho tan joven quizás se hubiera postulado como uno de esos pensadores que remueve consciencias, que asusta al establishment, una persona moralmente peligrosa a la que hay que cuidar para que no alborote el patio trasero de casa. Es cierto que el comunismo ya no está de moda. Era un postulado que sirvió para conseguir algunos derechos sociales en siglos recientes. De alguna forma, nos emancipamos como individuos, estableciendo una esclavitud pactada a cambio de bienestar material. En esa época conseguimos condiciones inimaginables en cuanto a salubridad, seguridad y trabajo. Digamos que lo revolucionario fue dejar la communitas del campo para albergar la posibilidad de una vida digna en las celdas-conejeras de la ciudad. No está mal.

A cambio nos olvidamos de la solidaridad, del intercambio, de la familia, de la vida orgánica, del calor de un fuego, de los ciclos de la naturaleza, del aire puro, de la tierna caricia, de la lluvia, de los prados, de los bosques. Todo se volvió mecánico. Incluso el tiempo. Los más inconformistas, como Max Edwards, hablaban de una nueva revolución.

Ahora la explotación por la que hay que luchar ya no es material. Podemos presumir que gracias a las antiguas revoluciones hemos conseguido algo que antes ni siquiera podíamos imaginar. Hemos entrado a la era posmoderna y posmaterialista con una visión diferente de las cosas. Ahora que ya lo tenemos todo, queremos dejar de un lado el individualismo porque de alguna forma, añoramos el calor del hogar, el saludo del vecino, la vida en común, el contacto directo con la lluvia, el sol, las montañas, las flores, los animales.

La causa revolucionaria de estos días tiene más que ver con una emancipación espiritual. Una necesidad de reencantar el mundo de la materia para que vuelva a la simplicidad, a lo sencillo, a lo más puramente humano. Max Edwards no era creyente. Como buen comunista pensaba que Dios murió con la emancipación material. Quizás él se refería ingenuamente a ese Dios de las películas de Semana Santa o a ese otro tan humano capaz de odiar a sus criaturas. Pero la naturaleza alcanza a mayores misterios. No necesita por sí misma el que nosotros, sus hijos, creamos o no en ella. Desde nuestra profunda arrogancia e ignorancia, solo podemos inclinarnos con humildad y devolver a la tierra esa capa virgen de flores silvestres, ese polen y esas abejas que viajan cientos de kilómetros para traer el néctar. Esa debería ser nuestra obligación como hijos. ¿Pero cómo hacer algo así con nuestra madre tierra si a nuestras madres biológicas las encerramos en angustiosas cárceles cuando ya no se valen por sí mismas?

Debería ser sano pensar que la próxima revolución se volverá a hacer en las montañas, en los bosques, en los prados. Volveremos de nuevo al verde de la floresta, al mundo de la comunicación real mediante el roce, el abrazo y el abrigo del fuego humano. Saldremos del ruido para contemplar los atardeceres y abrazar la vida en comunidad. La prisa y el tiempo mecánico dejará lugar al beso candente en noches estrelladas. La felicidad no será el resultado de esa prisionera celda donde acumulamos muebles baratos y baratijas de moda. La felicidad vendrá de reencontrarnos con el silencioso paso de nuestro ser por la tierra, del encanto de practicar los caminos con senda sigilosa. Nos emanciparemos de nuevo, pero esta vez, para abrazar fuertemente el espíritu que nos mueve. Libres, ilusionados por compartir con el otro lo mejor de nosotros. Y de paso, respetuosos con lo más sagrado de nuestras vidas. La propia vida, la propia naturaleza, el canto verde que florece cada primavera.

La espontánea y afable persistencia


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La vida es un conjunto de propósitos interiores. Realmente dibujamos en la materia aquello que alguna vez hemos soñado. Dependiendo de la calidad de nuestros sueños, la realidad se trazará de una u otra forma. Cuanto mayor tiempo dediquemos a soñar, a imaginar con profundidad cada detalle de nuestro anhelo, mejor será el lienzo, las pinturas y la calidad artística de nuestra realidad. Un pequeño esfuerzo de reflexión, de meditación, de imaginación creadora y la vida se manifiesta con todo su esplendor.

A veces el sueño nace de un profundo sentido de la existencia. Como si algo más fuerte que nosotros nos empujara a seguir un camino y no otro. Cuando eso ocurre, cuando al trazar la línea que separa una realidad de la otra nos enfrentamos a la construcción de ese anhelo, una sonrisa se dibuja en nosotros. La sonrisa interior, esa que reconocemos como sincera, como algo real y verdadero dentro de nosotros, es el claro indicador de que la aventura acaba de empezar.

Ayer noche presenté por fin el primer borrador de mi tesis doctoral. Aún recuerdo los días de instituto en los que soñé con este día. Siempre me imaginaba en algún lugar recóndito escribiendo y compartiendo las enseñanzas de la vida, de la naturaleza, de los sonidos de la noche y los susurros del día. Ayer me di cuenta de que estaba culminando ese sueño de juventud, exactamente como lo había soñado.

Eran tiempos de introspección, de mística y encuentro con el misterio, con lo perdurable de la existencia, con la encrucijada del devenir. Años de travesías por desiertos solitarios, por arenales que intentaban mostrarme un camino nacido de la intuición más que de la certeza. Luego llegó el aprendizaje, el estudio, el conocimiento de este entramado de redes, energías, fuerzas y dimensiones que se mezclan unas con otras para configurar el mundo en el que vivimos. El viaje interior se entrelazaba siempre con el viaje exterior, como aquellos compagnons que en la edad media viajaban para aprender el oficio.

Mientras anoche escuchaba los estremecimientos del bosque comprendí que el estudio ya había terminado, y que la mejor forma de progresar en la vía de la vida era mostrar una predisposición total para eso que vagamente llaman el servicio, esa maestría de entregarse silenciosamente al otro. La dádiva, la entrega necesaria tras la introspección y el conocimiento es la triada necesaria para alcanzar ese lugar donde nos sentimos plenos, satisfechos y útiles con la Obra mistérica. Interiorizar, aprender y luego practicar los caminos. No veo ahora otra forma de completar la vida si no es haciendo aquello que pueda ser útil para el conjunto humano, para el progreso hacia la vida superior del alma, del espíritu, del Misterio.

Ya no puedo pedir más a aquellos sueños de juventud. Ahora toca afanarse para preparar la edad adulta, completar los ciclos vitales de forma alegre y comprensiva, con esa máscara de ancianidad y sosiego, con ese destello lumínico que nos guía en la noche hasta alcanzar la plenitud de la muerte egoica. Ahora toca movilizar las fuerzas para que toda esa energía condensada en las semillas del mañana se desparramen por toda la tierra, sembrando los valores, las enseñanzas y la luminosidad del mañana. En silencio, alegres, sencillos. No se puede pedir más a la vida. El solo hecho de ser útil a su propósito oculto ya es de por sí un regalo poderoso.

Quizás en unos meses mi personalidad llegue a alcanzar el sueño errante de ser doctorsito. En ese momento, algo morirá para convertirse en nada y al mismo tiempo en todo. Morir a una dimensión para encarnar el verbo de una nueva vida más desnuda, sencilla y discreta. La espontánea y afable persistencia nos conducirá hacia ese nuevo mundo. Diez años de esfuerzo paciente ha tenido su propia recompensa. La satisfacción de que con calma y esfuerzo cualquier proyecto es posible, realizable. Incluso el llegar a ser doctor en antropología cuando de pequeño siempre fuiste el último de la clase.