She’s like a Rainbow. Ahora es posible volver al bosque


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Marcos vive en una pequeña aldea aledaña a nuestra finca en el valle que está rodeado por la sierra de Édramo y la entrada del O Courel. Tan sólo son tres vecinos con sus tres huertas y sus tres ganaderías. Nos explica paciente lo difícil que resultaba antaño vivir en las montañas y bosques. Sus abuelos vivían prácticamente aislados en un entorno hostil, lleno de lluvia y frío donde las cosechas siempre eran escasas y se dependía mucho de lo inmediato. No había electricidad, ni televisión ni internet. La cría de animales podía ser una buena fuente de proteínas para aguantar el duro invierno. Al no haber carreteras las aldeas estaban totalmente aisladas. Los médicos tardaban días en llegar a cualquier lugar. Los accidentes graves, como el que le ocurrió a su pequeña hermanita podían terminar en tragedia por la ausencia de medios. Esas duras condiciones hicieron que en siglos pasados existiera un gran éxodo hacia las ciudades, abandonando aldeas y pueblos que quedaron aislados en la soledad del tiempo perdido.

Ahora estamos y vivimos en una sociedad líquida. Todo es más cercano, más inmediato, más próximo, más fluido. No importa tanto donde vives porque de alguna forma todos tenemos acceso al mundo. Internet ha revolucionado el concepto y la necesidad de comunicación y contacto con el otro. Las tecnologías están permitiendo que la vida primaria, es decir, aquella que depende de forma inmediata del consumo de alimentos para la pura supervivencia haya pasado a un tercer plano. Ya no es tan crítico el tener que trabajar para poder producir alimentos. En las sociedades actuales el trabajo nace para cubrir otro tipo de necesidades como el pago de una hipoteca, el estar a la moda de cualquier tipo de cosa o penetrar en el tradicional consumismo de todo tipo de productos y servicios.

Pero la tecnología también sirve para cambiar las tendencias. Las ciencias sociales observan como el individuo está transformando sus valores gracias al mayor acceso a la información, al conocimiento y a la tecnología que lo produce. Una generación mejor formada también se traduce en mayor emancipación de tendencias, modas y consumismos. Cultivar la alegría, la plenitud o la consciencia son cada vez motivos de mayor interés por grupos de personas que ven otro tipo de salidas a otro tipo de necesidades más existenciales que vitales. Sin duda hay un cambio de tendencia. Lo pude ver en los viajes, en las vivencias y convivencias que hice durante algunos años siguiendo el rastro de comunidades utópicas para la tesis. Desde la antropología se puede observar y analizar ese rasgo, esa tendencia y cambio de conducta cultural.

El otro día, mientras paseábamos por la aldea saludamos a los vecinos. Uno de ellos, Pepe, nos decía mientras cultivaba su huerta: “lo ideal sería que no hubieran tres huertas, sino una, y que entre los tres vecinos la cuidáramos. Sería menos trabajo y la tierra rendiría más”. Esa frase que salía de una lógica aplastante es el fundamento de esa nueva cultura ética, de colaboración y apoyo mutuo que está surgiendo en este momento. Ya no se le da tanta importancia a la propiedad, sino al uso de la misma. La economía colaborativa se va instalando poco a poco en nuestra psique colectiva como una forma diferente de hacer las cosas. Y esto permite que podamos marcharnos a vivir de nuevo a los bosques para tener un mayor contacto con la existencia. Con las nuevas tecnologías ya no estamos aislados y cultivar la tierra para alimentarnos carece de la dureza de antaño. Ahora en el campo, en los bosques, es posible el ideal ilustrado de trabajar cuatro horas para disfrutar del resto con nuestros dones y talentos. Ese alto ideal lo estamos experimentando en estos momento, creando la utopía posible, creando un modelo cultural y social diferente.

En estas cosas pienso mientras escucho el “She’s Like a Rainbow” de los Rolling Stones en la mágica sierra cordobesa, sintiendo “la fresca” en estas casas blancas y trabajando, gracias a las nuevas tecnologías, en la última prueba de impresión del libro “Amor es relación”, escrito junto al amigo Ramiro Calle. Ahora sí es posible volver al bosque y disfrutar de la existencia plena.

Geo


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Cuando después de trepar por las paredes y tejados de O Couso nos sentábamos para contemplar las imponentes piedras que otros habían colocado durante generaciones desde el lejano siglo XVI ambos sentimos esa sensación: nuestro deber es cuidar y proteger el legado. Tanto el material como el espiritual. Somos realmente el relevo, los testigos vivos de este tiempo, y es nuestro deber convertirnos en los nuevos Guardianes del Camino. Por eso el día del solsticio disfrutamos arreglando la vieja ermita. Con su nuevo suelo y sus paredes algo más cuidadas, la sensación era embriagadora. Tras el ritual de consagración y ya con el nuevo suelo de castaño donado por unos anónimos testigos de nuestro tiempo nos sentimos satisfechos por el legado que ahora muchos podremos disfrutar. Sentimos tanto agradecimiento por ese hermoso y anónimo presente.

Los hurones y los corzos, las abubillas y los mirlos deambularon estos días por la finca. Pudimos ver algunos y otros se deslizaron fugazmente cerca de las caravanas. Nos sentimos vivos cada vez que la vida animal atraviesa o pervive con nosotros. Tanto que cuando el vecino Marcos apareció buscando sus vacas en nuestra finca, nos informó de que alguien había dejado dos hermosos cachorros de perro en la puerta de su casa. Fuimos a verlos con esa curiosidad de niño y no pudimos con la tentación de quedarnos con uno para que hiciera compañía a la gata Gaia y también a nosotros en las frías y lluviosas noches celtas.

El cachorro es tremendamente grande y hermoso. Lo bautizamos con el nombre de Geo, para que hiciera juego con el nombre de la gata. Ambos nombres significan lo mismo: Tierra. Ambos nombres ejemplarizan ese testimonio y deseo de recuperar la naturaleza en este entorno privilegiado.

La tierra y las piedras y los cuarzos, las flores y la hierba y los árboles con sus frutos, los animales que van llegando, quizás pronto vengan gallinas, alguna oveja que nos ayude con los pastos, algún caballo que nos ayude con las cargas… Y el humano, que tímidamente, desde otra perspectiva, desde otra consciencia, desea formar parte de ese plan de luz y de amor. El equilibrio es posible. La coexistencia es necesaria. Estamos felices de poder avanzar positivamente en ambas direcciones. Pronto vendrán más almas libres a las que habrá que inculcar esta pedagogía de lo posible, del equilibrio, del amor a la naturaleza y el respeto a esta tierra que no nos pertenece pero a la que pertenecemos. Por eso en O Couso no hay propiedad privada, solo uso temporal de la misma. Tanto de nosotros como de los que vengan en adelante. Aquí estaremos con las manos abiertas para seguir trabajando en la senda del respeto y el progreso interior consciente.

(Foto: Con Geo y Gaia paseando por los prados de O Couso).

La paz es el fruto del darse


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Pocas veces tenemos la oportunidad de consagrar un templo en la mágica transición del solsticio. Este era el tercero al que tenía oportunidad de acceder en tan especial circunstancia. Todos los lugares son santos, pero santificar uno que va a recibir las oraciones, plegarias y meditaciones de tantas y tantas personas merece una atención especial. Por eso iluminamos la ermita con tres luces. Dispusimos los elementos necesarios para que la ceremonia resultara sin mácula. El ara se adornó debidamente con los símbolos del oficio, el Oriente estaba precedido por el Delta, el cual estaba escoltado por la piedra bruta y la pulida, una en la columna del norte, en el septentrión umbrío, y la otra en el mediodía, en el cálido sur. También estaban el aceite, el trigo y el vino, símbolos de la caridad, la abundancia y la sabiduría. Y la espada flamígera y las flores dentro de la cruz y el libro de la ley sagrada y el mallete que golpeaba a ritmo de batería  y cadencia.

Resulta importante ritualizar la vida, penetrar en el misterio de la misma de forma especial dotándola de ese amago de curiosidad que no es más que una síntesis por descubrir, un nostálgico momento para seducir al cosmos. Necesitamos ser aprendices de la vida, ollar el sendero en respetuoso silencio, en contemplación atenta para que el Misterio nos penetre y nos guíe. Necesitamos ser compañeros del camino para aprender los secretos Arcanos, para una vez sabedores, hacer mejor la obra encomendada. También necesitamos alcanzar la maestría para comprender que ese Misterio que nos penetró y ese Arcano que nos llenó de sabiduría no tienen sentido si no vienen acompañados del servicio, de la perpetuación, del compartir. El aprendiz medita, el compañero aprende y el maestro sirve compartiendo, dando. Esa es la regla que los antiguos sabían, esa es la luz áurea e inextinguible del Espíritu.

Celebrar la vida es celebrar la existencia, su misterio, sus arcanos, su sabiduría penetrante, su compartir, el servicio, la entrega y la transmisión necesaria de todo lo aprendido. Esa transmisión es la fiesta que el universo quiere para nosotros. Es la alegría de saber que hemos venido para dar, para dar, para dar. No importa si un abrazo, si bellos momentos en un maravilloso paseo nocturno, o esa sonrisa indispensable para dotarnos de la dulzura necesaria hacia el otro. Dar es comprender el movimiento de los astros, la luz de las estrellas y la vida que transmiten en el orbe cósmico. Dar, no importa qué talento o virtud, es sabernos guardianes de los valores inmutables y eternos. Un alto ideal, un sueño o el amor que torna ligeras todas las cargas. Esa y no otra es la alta cima del ser, el guiño necesario para realizarnos completamente. Dar y ofrecer ese poco o mucho que somos al resto de la existencia. Encuentra la paz aquél en quien los deseos fluyen como los ríos fluyen al océano, no aquel que desea los deseos, decía el maestro K.H. La paz es el fruto del darse, decía.

Por eso cuando consagramos un lugar, cuando honramos la memoria de aquellos que nos precedieron en el camino, nos estamos dando. Y al hacerlo, encontramos la paz necesaria para seguir adelante, para seguir compartiendo aquello que otros nos dieron alguna vez. Que así sea por siempre. «Mi paz os doy, mi paz os dejo». Lo dijo aquel que dio y se entregó de forma sublime. Esa es la paz, ese es el camino.

Dos republicanos en la corte del rey Felipe


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Esta mañana nos levantábamos temprano, hacíamos la meditación juntos, desayunábamos y nos poníamos manos a la obra en la casa hasta la hora de comer. Hoy era un día políticamente significativo. El príncipe de Asturias se proclamaba rey de España, es decir, jefe del estado español. No han existido votaciones ni el jefe de estado ha sido elegido por sufragio universal. Simplemente ha heredado de su padre un poder, unos derechos y unas obligaciones. Su padre lo heredó de la misma forma del dictador Francisco Franco. Y este lo heredó tras la victoria de una sangrienta guerra civil y la expulsión de la legalidad vigente hasta ese mismo día.

En la sobremesa hablaba con el amigo Koldo sobre este surrealista país. Sintiéndonos más próximos a los poderes cósmicos que a los terrenales, no teníamos nada que celebrar en el día de hoy. No es que nos sintamos profundamente republicanos, pero si ser republicano es no ser monárquico, eso éramos hoy. Dos republicanos infiltrados en la corte del rey Felipe.

Y nuestra forma de celebrarlo ha sido lejos de la capital del reino. Arreglando parte del tejado y del viejo horno de leña que aún pervive a pesar de los siglos pasados. Trabajando en lo que para otros ha sido un día festivo y de celebración y procurando no alterar nuestra actividad por lo que sin duda ha sido un día tristemente histórico. Y digo tristemente porque nos hubiera gustado elegir al próximo jefe de estado y nos hubiera gustado que hoy las cosas empezaran a cambiar de forma más clara y concisa en este país.

No sé que va a pasar en los próximos meses y en los próximos años. Sólo espero que no caigamos en ningún tipo de deriva y que la sociedad en su conjunto clame por una nueva forma de hacer las cosas. Mientras eso ocurra, alejados de los poderes terrenales, nosotros seguimos empeñados en abrazar los poderes invisibles en esta lejana tierra. Aquí el sol es el que nos da la electricidad suficiente para poder escribir estas letras y el agua surge de las fuentes de la tierra. Pronto tendremos capacidad para hacer crecer la comida en la huerta y pronto tendremos un lugar donde dar acogida al prójimo y la prójima dominados por la perpetua alegría, única ley de nuestro reino. Algún día incluso invitaremos a Felipe para explicarle que otros reinos son posibles.

(Foto: Con el amigo Koldo Aldai reparando partes del tejado en O Couso).

La intuitiva percepción de la Unidad


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Esta mañana salía temprano utilizando el servicio de Blablacar. Madrid quedaba atrás, con su nuevo rey, con su contaminación, con sus ruidos, con su gente buena y sus cosas bonitas, que también las tiene y es justo reconocerlo. Llegamos a Sarria y allí me recogió el amigo Koldo para venir juntos a la finca de Samos. El espectáculo de colores y flores fue el primer recibimiento. Nos enfrascamos a mediodía en una intensa charla donde tratamos de todo tipo de polémicas posiciones políticas y espirituales, que son los dos temas que más nos gusta tratar a pesar de nuestros abismos ideológicos de forma, que no de fondo. Nos dieron las siete y nos acordamos a esa hora que era necesario comer algo para poder seguir.

Tras la larga charla y la comida, tras amasar nuestras diferencias emocionales y sembrarlas de intenciones dirigidas al bien común, nos dimos un paseo por los alrededores. Ahí nos dábamos cuenta de esa intuitiva percepción de la Unidad que existe en todas las cosas. Las flores no podían vivir ajenas a la tierra que las sostenía al igual que las abejas que recolectaban el polen de las mismas necesitan de la belleza sin igual para poder seguir con lo creado.

La vida se vuelve intuitiva, nace ha una percepción diferente cuando nos alejamos de los ruidos de la emoción y de la mente, cuando dirigimos la mirada hacia esa misteriosa unidad de todas las cosas. Nace una necesidad de perseverar en todo cuanto hacemos para lograr un acompañamiento a esa unidad, a esa tierra común, a esas florecillas y abejas que trabajan en perfecta comunión para mantener el orden natural. Aquí no existe una necesaria búsqueda de la felicidad tal como el mundo la entiende. Hay un sentido de sacrificio y renunciación. Esto se transforma en la Ciencia de la Vida, el Arte del Vivir de forma diferente, coherente con esa unidad, con ese ciclo inevitable. Sacrificar nuestras torpes emociones y deseos, renunciar a nuestros pensamientos, a nuestros prejuicios y preconceptos para abrazar esa unidad inherente en todo cuanto existe. Eso es toda una ciencia, todo un arte de vivir.

Este arte provoca el que podamos ser exactos en las pequeñas cosas. Que podamos estar centrados en todo cuanto hacemos con dulzura, con humanidad, con sensatez y sentido común. Que podamos cocinar y estar cocinando, que podamos fregar y estar fregando. La vida no exige muchas más cosas. Sólo un poco de atención, solo un poco de desapego, de renuncia y sacrificio ante lo que creemos ser. Vaciarnos, despertar a esa unidad, comprender toda esa diversidad a sabiendas de que lo que ocurre ahí fuera, las flores, la tierra, las abejas, están en perfecta comunión con el infinito, con el cosmos, con el misterio. Estas son las cosas que ocurren cuando volvemos al contacto directo con lo natural, al perfecto contacto con nuestro yo real.

(Foto: Con el amigo Koldo Aldai trabajando en O Couso, Samos).

¿Y si un trozo de madera descubre que es un violín?


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“¿Y si un trozo de madera descubre que es un violín?”  Arthur Rimbaud

Hoy en la meditación que hemos hecho en el centro Dharana hemos visto a personas llorar, otras removerse por dentro, otras bucear en la compasión. Todos los martes se vive un ambiente hermoso, de ternura y cariño, de búsqueda incansable del ser que nos habita. Alguien se quedó un tiempo más meditando. Cuando salió y se incorporó en el ágape la mirábamos con ternura. Al final nos confesó que se había dado cuenta de lo solos que estamos en el mundo. De lo difícil que resulta encontrar un trozo de humanidad. Hablamos de los viajes que hicimos a África y Asia enfrentándonos al dolor y la extrema deshumanización y de lo difícil que era acostumbrarnos de nuevo a esta vida materialista, consumista y superficial después de las visiones terribles que habíamos visto.

La imagen dolorosa de niños muriendo literalmente de hambre mientras aquí nos preocupan qué zapatos calzaré o que jeans hacen juego con la última camisa es casi nauseabundo. Pero luego te encuentras a personas que de repente llegan y te dan un abrazo, te estimulan de cualquier forma para poder ponerle un suelo a la ermita o simplemente te guiñan el ojo y te sonríen demostrando que a pesar de todo, en los escombros de esta cultura en crisis, existen atisbos de luz y esperanza.

He abrazado con intensidad a la mujer que se sentía sola. También a la que ha llorado y al que ha trascendido algo más su ser. También a ese trozo de corazón que de forma silenciosa y humilde ha dado un pequeño impulso y estímulo a todo lo que estamos haciendo en el proyecto de Galicia. Los abrazos dados y recibidos tenían algo de milagroso, algo de agradecimiento por ese regalo de estar vivos, de estar presentes en ese finito aquí y ahora que permanece justo lo necesario para arrebatarle a la vida un necesario suspiro.

¿Qué más podemos pedir? La meditación nos conecta de alguna forma con algo profundo. Los martes locos, como aquí los llamamos, son un muestrario de actos milagrosos, de encuentros de seres humanos que se desnudan, comparten, bucean en el otro sin juzgarlo, sin apresarlo en la cárcel del prejuicio. Navegamos libres en la palabra, en la emoción, en el pensamiento. Nos damos las manos para crear un círculo mágico que pretende reconectar nuestros corazones con los corazones del mundo. Respiramos profundamente mientras fulanito se presenta o menganito dilata sus pupilas observando al otro. De repente se escucha una música que no es de este mundo, algo celeste que aterriza en la palma de la mano para mostrar como la fuerza del grupo es capaz de fecundarnos de vida mientras se preña de alma.

Nos sentimos afortunados no por el lugar ni por el tiempo… Nos sentimos privilegiados porque por un momento, quizás por un leve y minúsculo instante, por un suave y dulce guiño, nos volvemos de repente humanos. Y cuando te vuelves humano te desnudas y eres capaz de lo más grande. Y se obra el misterioso milagro del amor.  Se obra esa capacidad de convertirnos en instrumentos de un concierto único y veraz cuando hasta hace tan sólo unas horas éramos troncos a la deriva náufraga.

Espejo del origen


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Hoy me paseaba de incógnito por las grandes avenidas de la feria del libro de Madrid. La verdad es que era una sensación extraña el estar rodeado de tanto librero y editorial independiente en un mundo de puro colapso libresco, en un mundo que se ha convertido más en escaparate, fiel reflejo de una sociedad que vive ya de lo epidérmico, de lo superficial. Me gustaba mirar las caras de autores famosos y de otros menos reconocidos. Ellos buscan la mirada del otro, a la espera de ser reconocidos o ser admirados. Es curiosa esa relación de necesidad entre el autor y el resto. De alguna forma es una relación de apego, casi diría que de pura necesidad y adicción. Algunos autores te miran fijamente a la cara y su rostro parece que quiere decir, “sí, soy yo, en carne y hueso, ¿me reconoces?” Uno podría pensar que la feria del libro trata de eso, de feriantes que necesitan mostrar en el escaparate su sed de reconocimiento, de orgullo y vanidad en un mundo cristalizado e hipócrita.

A la vuelta de la feria alguien me ha hablado sobre el polémico video en el que hace unos días la artista Deborah de Robertis entró al Museo de Orsay con un vestido dorado y con toda la naturalidad del mundo se situó frente a “El origen del mundo”, la mítica pintura de Courbet. Se sentó en el suelo, se abrió de piernas y exhibió de forma natural y para estupor del público su sexo emulando a la pintura. La artista diría lo siguiente al respecto: “Mi obra -bautizada ‘Espejo del origen’- no refleja el sexo, sino el ojo del sexo, el agujero negro. Mantuve mi sexo abierto con las dos manos para revelarlo, para mostrar lo que no se ve en el cuadro original”, apuntó la artista al diario ‘Le Monde’.

Es interesante lo que Deborah muestra al mundo. Nadie se escandaliza por el cuadro de Courbet pero sí por el espejo que Deborah muestra a una sociedad hipócrita, apagada y simplona. Realmente la sociedad está enferma, narcotizada, desnaturalizada. Realmente vivimos en un atolladero extraño y surrealista que visto desde la plácida visión del espectro resulta incluso hasta abominable. Ya no hay talento, ya no hay filósofos ni artistas que obren para el bien común. Ya no hay personas sencillas que se paseen por un campo para escribir grandes poemas a la luz de una vela. Murieron Whitman, murieron los pastores y murieron los seres pensantes. Estamos a expensas de la deriva y en el mejor de los casos, a expensas de que alguien como Deborah nos recuerde, en un acto de valentía y lucidez, el momento de tan gran ceguera en el que vivimos. Seguimos necesitando de espejos donde mirarnos. Como esos pobres autores que hoy en la feria del libro buscaban desesperados la mirada del otro. Pero decidme, ¿dónde quedó el origen del mundo?

(Ilustración, «El origen del mundo», de Gustave Courbet

 

 

Déjenlo todo, nuevamente láncense a los caminos


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Nada más llegar a Madrid tras unos intensos días en los bosques intenté cruzar el Paseo de la Castellana. A medio camino unos policías me empujaron gritando de forma brusca. Algunos caímos literalmente al otro lado. Miré desconcertado e indignado. Habían parado media Madrid porque alguien importante pasaba a toda velocidad escoltado por patrullas de policía. Había coches con matrícula diplomática y otros grandes vehículos de gama alta con cristales opacos que impedía ver quien iba en ellos. Me sentí ciertamente estúpido mientras veía como circulaban a toda velocidad irrumpiendo la vida de todos.

Esos coches, esos policías y esos privilegios de que unos pasen por encima de los otros lo hemos pagado nosotros con nuestros impuestos. El atropello me recordó cuando en la edad media el señor feudal llegaba a un pueblo y arrasaba con todo: comida, mujeres, caballos. El vasallaje actual no dista mucho del medieval, pero es más cercano al de servidumbre y al de la esclavitud encubierta. Los siervos eran, a diferencia de los esclavos, «hombres libres», es decir, no podían venderse por separado de la tierra, más o menos como nosotros ahora que no podemos ser “vendidos” separados de nuestra “patria”, nuestra “nación” o nuestra, en el peor de los casos, “hipoteca”.

El sistema ha sofisticado los términos, ha agudizado las técnicas y el ingenio, pero el señorío, el feudalismo y la aristocracia siguen instalados en nuestras culturas y en nuestros estados cada vez más controladores y expoliadores de la riqueza de todos. No es algo nuevo. Es algo que se repite en la historia una y otra vez, con diferentes formas de sofisticación.

Ocurrió también a finales del Imperio Romano, especialmente en la época de Diocleciano y Constantino. En aquellos tiempos creció enormemente la carga pecuniaria impuesta a los habitantes de las ciudades, lo que fomentó la migración desde las mismas hacia zonas rurales. Con ello se desarrollaron formas de eludir la explotación del Estado y buscar cierta libertad lejos del poder central.

Algo así está ocurriendo en nuestros tiempos. La crisis que estamos viviendo está desvelando ese vasallaje, esas relaciones clientelares con el Estado y la nueva aristocracia instalada en el poder. Mucha gente se está lanzando de nuevo a los caminos para habitar los bosques y los prados en un movimiento neorural que pretende librarnos de las mentiras del sistema. Existe una llamada global a seguir los pasos de antaño y volver a lo sencillo, lejos de esa esclavitud encubierta y heredada basada en los lazos de sangre, de patria o de hipoteca.

Como decía el poeta chileno Roberto Bolaño en su primer manifiesto infrarrealista, “déjenlo todo, nuevamente láncense a los caminos”. Ese es el camino que muchos ya buscamos, el camino de dejarlo todo, patrias, naciones, hipotecas, vasallaje, servidumbre y esclavitud para lanzarnos a la conquista del ser, al abrazo del misterio en ese inevitable retorno a la naturaleza. No es huída, es conquista del hombre nuevo.

 

 

Nosotros, los ciudadanos…


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Un reto histórico se avecina. El reto de profundizar en la emancipación ciudadana por encima de instituciones, estados y creencias, por encima de poderes políticos y económicos. El reto de abrazar la hermandad humana por encima de razas y colores, de naciones y países. El reto de comprender que los pobres no son los que carecen de cosas, sino aquellos que poseyéndolas, no tienen la capacidad de compartirlas. El reto de promover los valores que siempre han unido al ser humano y ha provocado grandes proezas a lo largo de su historia. La responsabilidad de creer que la vida está mucho más presente que la muerte, y que por lo tanto, ningún pueblo se levantará nunca más contra otro pueblo y ningún hermano alzará su voz contra el otro.

Todos los avances que llamamos progreso deben defendernos de nosotros mismos. Deben ayudarnos a retomar el sentido de unión con la naturaleza, con el cosmos que habitamos y al que nos debemos. Tenemos la responsabilidad y el deber de retornar a nuestro origen natural y devolver a los nuestros, a los hijos que heredarán la tierra, la promesa de los prados y los bosques y los ríos que cristalinos llenarán nuestros cantos de agua pura.

Tenemos el reto y el deber de cultivar nuestra mente en la paz, en la cooperación, en el estudio por las cosas para comprender que la interrelación entre ellas forman parte de nosotros.

Nuestra es la responsabilidad de ir desmembrando las fronteras para crear, desde la riqueza de la biodiversidad, un lugar habitable y transitable libremente. Un lugar donde los hijos del sur puedan visitar a los hijos del norte libremente, y también viceversa. Un lugar donde los papeles no estén por encima de la dignidad humana y donde los pactos nazcan de la cordialidad y la fuerza y el coraje de la fe en el otro.

Nosotros, los ciudadanos de este mundo, tenemos la responsabilidad y el reto de asumir nuestro compromiso grupal y trabajar arduamente por todo aquello que merece la pena. Nosotros, hijos de la Tierra, herederos de millones de años de historia, tenemos el deber como generación de retomar el hilo de la vida y volverla más pacífica y habitable. Es nuestro el coraje y nuestra la batalla pacífica que lo hará posible y es nuestra responsabilidad el seguir con dulzura ahondando en el misterio de la vida.

¿Qué es ser rey? Explicación de los Monty Phyton a cuento de la abdicación de Juan Carlos I


Suscribo al cien por cien este texto que acabo de leer:

De nuevo quieren apuntalar una institución impuesta y mantenida por la fuerza de las armas, mientras no sea aceptada expresamente a través de una votación popular, libre, directa, y expresa.

Abdica el que tiene legitimidad para hacerlo; y la actual Jefatura del Estado tiene la legitimidad del que se la dio: el dictador Franco; o sea, ninguna. Y donde no hay Legitimidad no valen los “hechos consumados”. La Legitimidad la dan los ciudadanos con su reconocimiento voluntario manifestado expresa y directamente en unas urnas libres.

Cuanto antes realicemos una “salida ordenada” del franquismo mejor será para la Sociedad española; eso pasa por unas elecciones directas a Cortes constituyentes que den forma a una Constitución que no predetermine, la forma del Estado, y en la que participen cuantos más agentes sociales mejor, no sólo los partidos políticos.

La Democracia se construye y se fortalece practicándola, mediante actos democráticos.

Hacia la experimentación de lo humano


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Alguien me ha preguntado esta mañana porqué estamos haciendo lo del Proyecto O Couso. La respuesta ha sido esta: «la política ha fracasado, la economía ha fracasado, el sistema ha fracasado. Es hora de hacer una nueva política en la acción diaria, una nueva economía del don basada en el apoyo mutuo y la cooperación y un nuevo sistema que nace del grupo y la comunidad, y no de ningún poder. ¿Qué es O Couso? Un grupo de personas que se organizan en comunidad donde se practica una nueva economía y una nueva política basada en la fraternidad, la igualdad y la libertad»…

Sin duda, O Couso es un reto, porque el sistema, la antigua política y la antigua economía la tenemos insertadas en nuestros genes. Algo expliqué en el librito “Creando Utopías”. La estructura, inevitablemente está dentro de nosotros. Por eso uno de los requisitos imprescindibles dentro de la comunidad es la de desestructurar esa psique añeja que llevamos implantada. ¿Cómo hacerlo? Para empezar dando la misma importancia a lo interior como a lo exterior. Ambas cosas no podrían existir por sí solas. Tan importante es ir al riachuelo a por agua para poder ducharnos o lavar los platos como la meditación que hacemos por las mañanas y los círculos de consciencia donde calibramos el estado de ánimo con el que vamos a empezar los trabajos.

El ritual interior es tan importante como la ritualización de lo exterior. Eso provoca ir cambiando viejas estructuras por unas nuevas, más saneadas y más adecuadas a los tiempos que corren. También significa transformarnos en algo nuevo, en algo diferente, en algo mejor.

¿Será posible el cambio? Realmente no lo sabemos. O Couso no deja de ser un experimento basado en unos ideales ambiciosos. La fraternidad verdadera, la igualdad y la libertad individual son retos que llegan en un momento convulso. Nadie hasta ahora se había planteado la necesidad de profundizar especialmente en la fuerza y la energía del apoyo mutuo y la cooperación como herramienta imprescindible en el nuevo mundo que todos queremos. Pero esto debe estar en total consonancia con la libertad individual para que el grupo no se vuelva un sistema cerrado y endogámico que anule la personalidad del individuo. El reto es poder estar en la alternativa pero sin olvidar nuestras vidas personales. Y el otro reto es estar creando algo nuevo pero sin olvidar lo viejo.

Como digo, un auténtico experimento humano, antropológico y cultural que merece la pena apoyar y experimentar. Si deseas hacerlo y comprobar en primera persona todo lo que allí estamos compartiendo no dudes en apuntarte a alguna de las semanas de experiencia que haremos este verano. La experiencia merece la pena.

 

Haciendo posible lo que parecía imposible…


a  c d e f

O Couso avanza a marchas gigantes. Lo que antes parecía una casa en ruinas ahora va cogiendo cada día más forma y va pareciendo cada vez más a un hogar. Los amigos y voluntarios que están haciendo posible el sueño trabajan con amor y alegría para transformar este lugar en un sitio especial. Todos los que allí estamos volvemos transformados y felices, con muchas ganas de volver y seguir apoyando el proyecto. Sin duda, los avances demuestran que el apoyo mutuo y la cooperación funcionan y son un modelo de convivencia posible desde las bases del respeto a la naturaleza y el amor a la existencia y su misterio. En estos primeros días de experiencia dentro de la casa hemos conseguido limpiarla toda de piedras, tierra y enormes troncos de castaño que entre todos hemos podido sacar. La casa ahora parece otra, incluso acogió a los primeros moradores que no tuvieron reparo en pasar allí alguna noche. Todas las mañanas hacemos una hermosa meditación. Después desayunamos juntos y tras hacer el círculo de consciencia, nos vamos a trabajar cuatro horas. Comemos, descansamos un poco y las tardes las tenemos libres para dar paseos por los bosques o ir a ver a amigos de la zona.

Muchos de vosotros nos estáis escribiendo para que digamos qué más hace falta y cómo podéis ayudar a hacer posible este reto. Si queréis conocer el lugar podéis veniros este verano a experimentar una semana de trabajo y experiencia. Si queréis algo de comodidad hay hoteles y albergues a cuatro kilómetros del lugar. También podéis ayudar donando herramientas o cosas que creáis puedan ser de utilidad. Si podéis aportar un compromiso mayor, no dudéis en haceros socios de la fundación o colaborad con donativos o aportaciones de dinero que puedan proveer de materiales las próximas necesidades. Como habéis preguntado qué más hace falta, os ponemos una relación de cosas:

Bomba de agua solar: 1300 €

Tierra y gravilla para la obra: 900 €

Madera de castaño para la ermita: 400 €

Ventanas y puerta de la ermita: 1200 €

Reparaciones de tejado y paredes de la ermita: 900 €

Reparaciones de tejado de la casa: 2500 €

Madera de pino para los suelos de la casa: 2000 €

Ventanas para la casa: 8000 €

Puertas para la casa: 3000 €

Placas solares para generación de energía: 7000 €

 

Gracias de corazón por vuestra apoyo y ayuda y no dudéis en venir a visitar todo lo que estamos haciendo. Gracias, gracias, gracias.
Puedes apoyarnos en la siguiente cuenta:

LA CAIXA:  ES78 2100 1651 0802 0024 0825

 

O haciendo una donación con tarjeta de crédito en el siguiente enlace:

 

donar

 

 

Más info:

www.dharana.org

www.proyectocouso.org

 

¿Qué harías si no tuvieras miedo?


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Esta pregunta ha salido hoy en la meditación que hemos hecho en Madrid. Hay una distinción clara entre lo que nos dicta el corazón y las circunstancias que rodea a la cosa en sí. Nos cuesta muchos años de discernimiento continuo el saber diferenciar esas emociones e ideas que nacen de lo más profundo de nosotros de aquellas que nacen del miedo o la ignorancia. El noventa por ciento de las cosas que hacemos en un día y en una vida entera nacen del miedo, y por lo tanto, confunden nuestra marcha por el devenir.

A veces la vida nos da algún tipo de oportunidad para regular nuestra existencia, para retomar el sentido de la misma. Nos ofrece dos caminos muy claros y determinados y tenemos que elegir uno de ellos. ¿Cuál elegir? ¿Hacia donde dirigir los pasos? El corazón nos dice una cosa, pero ahí están los miedos, los prejuicios, la inopia para arrastrarnos al otro camino, al que nos hará infeliz de por vida. ¿Estás triste? Señal de que ese no es el camino. ¿Estás feliz? Indicador de que estás haciendo lo que debes, lo que nace de la pureza interior.

Estos días hemos trabajado muy duro en la finca que estamos rehabilitando. Apostar una vida entera por un proyecto tan ambicioso crea miedos. Pero también crea esperanza, alegría, felicidad, ternura. Allí vamos como voluntarios a un lugar que no es nuestro, donde no existe la propiedad privada y donde no se puede mercantilizar nada de lo que allí se haga. Ponemos nuestro dinero, nuestros esfuerzos, nuestro tiempo y toda nuestra responsabilidad y alegría para que todos los que lo deseen o necesiten puedan disfrutar de un lugar diferente y esperamos que transformador. Y a veces ante la magnitud de la responsabilidad nacen miedos. Pero cuando tenemos un ratito en las meditaciones de la mañana o en los círculos de la tarde y entramos ahí dentro, en lo más profundo de nosotros mismos, la llamada y la voz siempre es clara.

¿Qué haría si no tuviera miedo? Exactamente lo que estoy haciendo ahora. Apostar por una utopía posible, ayudar a crear desde el silencio y la humildad un rincón donde se rinda culto a la alegría del vivir, a la esperanza de un mundo nuevo, a la bella razón de existir. Ayudar a instaurar la magia suficiente para recordarnos quienes somos y para agudizar los sentidos que nos ayuden a discernir, a escuchar esa clara voz interior que está deseando manifestarse desterrando el miedo que nos posee.

No es nada importante restaurar una antigua finca anclada en mitad de la nada. Lo importante es que las personas que lo están haciendo posible lo hacen desde el amor, desde el sentido y profundo compromiso de responsabilidad y entrega. Lo hacen porque han desterrado el miedo y están comprobando que se pueden hacer cientos de cosas de forma muy diferente.

El Loco desnudo


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Pero hablemos únicamente de aquellas cosas que son difíciles, y no se captan por los sentidos sino que, en verdad, son casi contrarias a la evidencia de los sentidos. (Paracelso, Archidoxi Maxima)

 

Tras comprar los derechos a una importante editorial con sede en Londres, estamos trabajando en un interesante libro de Mark Hedsel sobre el camino iniciático. Poéticamente, y dado que el título en su versión inglesa no nos gusta del todo (The Zelator), lo vamos a titular El Camino del Loco. Mark habla de forma enigmática sobre ese símbolo de culto que nació en la Edad Media. Nos habla del Loco desnudo. Esa imagen tiene una larga tradición, nos dice. Su desnudez es la señal de que el Loco está dispuesto a mostrar las cosas que otros prefieren guardar escondidas. Estos Locos que muestran el camino de la visión superior que proviene de la iniciación, a menudo son considerados como absurdos por los Durmientes.

Esta mañana había que derribar del tejado unos grandes pilares hechos de madera de castaño. Esos grandes troncos, vistos desde arriba, se mostraban majestuosos. Mientras estaba allí arriba, en peligrosa posición a una altura considerable y veía desde allí cosas impensables, me preguntaba qué sentido tenía toda esta locura. Contemplaba el bosque, las montañas, los tejados impresionantes hechos de grandes placas de pizarra en esta casa del siglo XVI que aún aguanta los envites del tiempo, miraba a los voluntarios que andamos de aquí para allá trabajando duramente para reconstruir piedra sobre piedra sin esperar nada a cambio excepto esa desnudez loca que provoca que algún curioso pueda mirar y ver más allá de lo aparente.

Luego te das cuenta de que todo tiene realmente un sentido. El Camino del Loco es necesario, aunque presuma de peligroso por el inevitable juego de engrandecer cierto ego. Todo crece de forma exponencial y el trabajo interior consiste, en muchas ocasiones, en menguar aquello que pueda resultar ofensivo y mostrar y compartir aquello que pueda ser eficiente, constructivo o útil a los ojos de la creación.

Hay una puerta estrecha en todo Camino. Es cierto que todos los caminos son válidos y que cada cual tiene el suyo propio. Pero hay un momento en ese caminar donde todos nos encontramos de bruces con cierta puerta estrecha. Allí no entran nuestras grandes y pesadas mochilas, nuestros lastres, nuestras aristas, nuestras imperfectas anchuras. Uno debe aproximarse a esa puerta estrecha con cautela, mesurando la templanza y adelgazando en todo lo posible para poder pasar al otro lado.

La vida cobra un sentido maravilloso cuando de repente te ves desnudo en mitad de un bosque, bañándote con agua del riachuelo aledaño, despejando cualquier duda ante los rayos del sol y escuchando desde lo lejos, los ladridos de dos perros. Aquí estamos exactamente a 3,3 kilómetros del Camino. Estoy pensando que no estaría mal colocar en la entrada una puerta estrecha, a modo de símbolo, para ilustrar aún más todos esos arquetipos con los que nos topamos desde la sabiduría perennis. Mientras, seguimos desnudándonos de todo. Dejando libres de ataduras y presiones aquello que nos adormece. Los Durmientes pueden pensar que estamos locos. Pero lo único que pretendemos es crear un pequeño despertador de consciencias para mostrar ese otro mundo posible.

Buscadores


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Hay personas que despiertan a una sensibilidad especial. Lo he notado hoy cuando nos ha visitado un peregrino que sabía del proyecto y ha subido los tres kilómetros de montaña que distancian el Camino de este hermoso bosque. Lluís tiene setenta años y estaba cargado de curiosidad. La búsqueda continua te hace subir montañas y atravesar valles. La vida está llena de interrogantes, la mayoría de ellos se basan en respuestas imposibles para nuestra limitada concepción vital.

Nada más llegar, a pesar del cansancio, se puso a trabajar con nosotros. Nuestras espaldas ya están algo cargadas de tanto subir y bajar piedras, así que su ayuda sirvió de alivio y nuestro agradecimiento se multiplicó considerablemente. Como la casa ya está prácticamente limpia de piedras y maderas de castaño abandonadas, empezamos nuestras cuatro horas de trabajo en el gran patio que antiguamente era la entrada principal, cuando desde hace siglos la casa conectaba con la aldea más cercana.

El ser humano ha nacido, como casi toda criatura viviente, con ganas de hacer, con ganas de crear, ya sea vida, ya sea poesía, ya sea arte… Creamos y creamos constantemente. Los pajarillos construyen nidos entre las ramas de los abedules para albergar vida, los topillos crean túneles entre la maleza con sabrosas raíces. Nosotros creamos y buscamos. Algunos buscan en la fe, otros en la ciencia, otros en la filosofía. Pero buscamos constantemente respuestas a los interrogantes imprescindibles.

Me daba cuenta que aquí no podemos ofrecer muchas respuestas. Quizás éste no sea un lugar para buscadores. Tal vez para aquellos que ya desean encontrar un reguero de paz, o para aquellos que deseen saciar un tipo de propósito o impulso creador. Pero, ¿qué respuestas se pueden ofrecer a aquel que busca en su veloz mente datos y más datos sobre el mundo fenomenológico? Aquí las únicas energías que se mueven son las de la esperanza, y el único espíritu que nos conmueve es el de la vida. No hay dioses a los que adorar, ni maestros a los que seguir, ni dogmas que consuelen nuestra alma. Sólo hay un silencio matutino, un paseo diario, un trabajo físico necesario y un trabajo interior, sigiloso, personal, que en alguna ocasión podemos compartir. Pero ninguna respuesta, ningún pozo donde poder sacar el agua que sacie ese millón de preguntas.

Buscadores, aquí hay mucho trabajo, alguna azada, alguna pala, rastrillos, picos y guantes para proteger las manos y algún humilde plato de comida para saciar el hambre. También acogida para el reposo y habrá libros para el estudio y lugares para la meditación y mucho tiempo para el servicio desinteresado. Buscadores, hay mucho por hacer para bien del orden universal. Y poco tiempo para bucear en los interrogantes eternos. Construyamos con nuestras manos y dejemos que nuestros espíritus se encuentren con sus propias respuestas en el trabajo diario. ¡Hay tanto por hacer! ¡Y tanta urgencia! Aquí siempre seréis bien recibidos. Gracias LLuís por tu incondicional ayuda.

Gracias Juan Carlos. Ahora, de súbditos a ciudadanos o de cómo terminar con España…


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Creo que tendríamos que estar, desde el agradecimiento, felices por esta abdicación. Pero todos sabemos interiormente que no es suficiente. Deberíamos tener el coraje de pedir en la calle o donde hiciera falta un referéndum para decidir si queremos seguir siendo súbditos o ciudadanos de un país con o sin monarquía (la sola palabra me produce urticaria histórica y antropológica).

También tenemos que estar alertas ante estas demandas porque el país hace aguas por todas partes. Los valientes nacionalistas catalanes imponen su propia ley, el marrón se lo comerá entero Felipe (que espero que sea recordado como “el Breve”) en lo que podría ser una segunda transición hacia ninguna parte, el bipartidismo tiembla por primera vez, se empieza a desenmascarar la casta política y económica que nos gobierna (excepto en Cataluña donde se olvidan de los ciudadanos para aplaudir a los títeres del interés siguiendo el juego malabar de los de siempre para tener al patio distraído de sus fechorías –caso Palau, caso ITV, comisiones, etc- así que bravo valientes catalanes por la miopía y por barrer vuestro patio olvidando que más allá de las tierras del Ebro también hay gente que lucha por un mundo más justo y mejor).

Todo un caldo de cultivo para que esto explote por alguna parte y lo que antes conocíamos como España termine desapareciendo. Esto sería una bomba de relojería dentro del marco de la Unión Europea, con Le Pen y sus amigos explosionando la unidad alcanzada y retrocediendo de paso quinientos años de historia aprovechando el desmembramiento de uno de sus más grandes países.

Con una Europa debilitada y desunida de nuevo, fragmentada en mil estados-naciones, sin moneda única, sin marco político único, la geopolítica haría temblar sus cimientos y quizás China y los países árabes aprovecharían para imponer su peculiar ley. Bienvenidos a un nuevo orden mundial…

Esta es la visión más catastrofista. La más optimista nacería de una doble abdicación, por una parte del rey saliente y por otra, en un juego de malabares, del rey entrante mediante un referéndum nacional. Una vez entrados en una nueva república, el cincuenta por ciento de los argumentos nacionalistas desaparecerían de golpe, y si consiguiéramos de paso terminar con los argumentos del expolio (el cual también existe, dicho de paso, en comunidades como Madrid), no habría necesidad de fragmentación de un territorio hermanado por siglos de historia.

Y si se fragmenta pues tampoco pasa nada. Todos de alguna forma nos sentiríamos aliviados y algunos con el corazón partido por ver como los ideales medievales de nuevo sucumben al ideal ilustrado de la ciudadanía. Mientras todo se quede en eso, en un alivio, ¡pues adelante valientes!

En el plano más personal me he tomado la noticia como ajena a todo cuanto aquí en el bosque ocurre. Es como si de repente todo ese mundo caótico, de ruidos y de pesadez no fuera con todo esto. Aquí sólo se escuchan los grillos y se contempla el vuelo del ave. Desde esta atalaya privilegiada y también egoísta en cuanto a lo social, la noticia de la abdicación del rey, de la independencia de Cataluña o de la desfragmentación de Europa casi no importa nada. El sol seguirá naciendo y la naturaleza, que no tiene prisa por nada, seguirá su ciclo de vida, muerte y resurrección. Aquí, entre las florecillas y los bosques y los prados no existen monarquías, ni independencias. Aquí todos y cada uno de nosotros somos monarcas de nuestras vidas y vivimos una vida independiente dentro de esta gran interdependencia que de forma natural se extiende en todos los ámbitos de la existencia. En todo caso, damos gracias al Rey Sol por su luz diaria, por su calor y por su vida. Aquí no existe España, ni existe ninguna otra mentira similar. Sólo paisaje, sólo silencio, solo espacios donde poder pasear y contemplar la caída del sol.

El espíritu de la naturaleza


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Leyendo el inspirador libro de Emerson subo la cabeza y me encuentro ante el paisaje exuberante, ante la arboleda, los bosques, los verdes prados cargados de florecillas silvestres. Los pájaros están felices contemplando el cielo azul y surcándolo en cortos viajes de aquí para allá. Las fincas que circundan nuestro bosquecillo tienen títulos de propiedad, pero nadie puede poseer, por más que se empeñe, el paisaje. Emerson lo decía así. Hay una cualidad en el horizonte del que nadie puede adueñarse. Sólo podría aquel cuya visión puede integrar todas las partes, es decir, el poeta.

Realmente cuando hoy hemos ido a dar un paseo por los prados con la gata Gaia y nos tumbábamos en la hierba uno se sentía, inevitablemente poeta. Y la tendencia es fantasear a sabiendas de que pocos adultos son capaces de ver y observar la naturaleza. Los sentidos interiores y exteriores se multiplican cuando te dejas envilecer por la belleza sublime de un árbol o del aleteo de una mariposilla. Cuando estamos agolpados en nuestras grandes colmenas, rodeados de esos estímulos artificiosos, no hay tiempo para contemplar la existencia del sol o el ciclo de los astros. No tenemos un segundo de instante para comprender que nada cuanto existe permanece, excepto el continuo cambio.

Hoy nos bañábamos desnudos en un deleite salvaje. El agua fría recorría nuestra piel despojada de pudor mientras escuchábamos el mecido de los árboles, mientras el sol iluminaba todos nuestros poros. Tres litros de agua han sido suficientes para que dos personas pudieran bañarse tranquilamente. Algo impensable en ese mundo de opulencia en el que vivimos.

Mientras escribo estas letras bajo el cielo crepuscular observo la necesidad de volver a la sencillez extrema. Por las mañanas nos levantamos, meditamos juntos un rato, compartimos el desayuno, trabajamos cuatro horas en la restauración de la casa, realizamos círculos al entrar y al salir del trabajo para ver como ha ido la jornada y observar nuestro estado de ánimo ante los retos del mismo, comemos algún manjar para reanimar los cuerpos y pasamos la tarde cada uno haciendo lo que realmente quiere. Esta rutina tan sencilla es reparadora, pero también ejerce una importante influencia transformadora.

Decía Emerson que en el bosque uno se desprende de sus años y en cualquier etapa de nuestra vida aquí uno siempre se siente como un niño. En los bosques está la perpetua juventud. En los bosques, nos dice, retornamos a la razón y a la fe. Es cierto. Esto es lo que todos los que por aquí pasan experimentan. Por eso es urgente que rehabilitemos pronto la casa de acogida. Es necesario que un millar de almas vengan cuanto antes para experimentar ese renacer, esa transformación grupal y regresen a sus casas con un nuevo aliento, con una nueva esperanza, con un nuevo propósito cargado de razón y fe. Vivir en los bosques es una utopía alcanzable. Cada día estoy más seguro de ello y cada día sentimos más el deseo de poder compartir este tesoro con el resto.

(Foto: O Couso con la luz mañanera).

Todos los Caminos de la Miríada, algunos apuntes sobre la libertad y el libre albedrío


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“La mente es una parte integral de la naturaleza que está unida por la ley de la causalidad. Ya que la mente está unida por una ley, ésta no puede ser libre. La ley de la causa aplicada a la mente, se llama Karma”. Swami Vivekananda

Mientras paseo por el bosque me vienen a la cabeza los siete principios que gobiernan el universo. El principio de Mentalismo, el de Correspondencia, el de Vibración, el de Polaridad, el del Ritmo, el de Causa y Efecto y el principio de Generación. Así lo estudiaba en las largas noches adolescentes, cuando me adentraba en los misterios herméticos y descubría cómo la naturaleza se expresa de forma sencilla y clara. En aquellos años también descubrí textos que desvelaban la necesidad de carecer de voluntad ordinaria para trasgredir nuestro estado y bucear en la voluntad extraordinaria. Ese hágase Tú Voluntad y no la nuestra tiene un sentido profundo que gobierna a todo aquel que se adentra en la senda del misterio, como aquellos ángeles que carecen de voluntad propia por haberla entregado toda a los principios universales de la existencia.

Disfruto leyendo a Emerson porque como buen observador de todo lo que le circunda entiende que el universo está compuesto de alma y naturaleza, y que nosotros, en nuestra minúscula circunstancias, somos también naturaleza y alma. Nos exhortaba a mirar a las estrellas para descubrir las leyes naturales. Se diría, decía él mismo, que la atmósfera ha sido hecha transparente con esta intención: brindar al ser humano, en los cuerpos celestes, la presencia perpetua de lo sublime. Y lo sublime se acerca a nosotros mediante esas leyes que todo lo impregnan y que rigen algún tipo de orden que desconocemos.

Estos días escuchaba con atención las observaciones que algunos amigos hacían con respecto a las leyes superiores, afirmando con contundencia que el libre albedrío era una de las más importantes. No puedo estar más en desacuerdo. El libre albedrío, eso que vagamente llamamos libertad, no es una ley superior, más bien una ley hecha a imagen y semejanza del ser humano, una ley para justificar nuestro agravio hacia la naturaleza y el alma, las cuales consideramos ajenas a nosotros y por lo tanto, expuestas a nuestra conquista y subordinación. El egocentrista piensa que el ser humano es libre, ignorando de raíz todos los principios que rigen al universo.

Hay doctrinas filosóficas que afirman que los humanos tienen el poder de elegir y tomar sus propias decisiones. Para pensadores como Spinoza, Schopenhauer, Marx o Nietzsche se trata tan solo de una forma de ideología individualista. Opino humildemente como ellos, añadiendo lo de egocentrista.

Algunos místicos de todos los tiempos dicen que a medida que nos acercamos al Principio Cósmico las leyes se reducen, y por lo tanto, nuestra propia voluntad se alinea con la Voluntad de ese Principio. Eso nos hace pensar que a medida que evolucionamos hacia ese Principio, hacia ese “hágase Tú Voluntad”, el libre albedrío desaparece para dejar paso a cierto determinismo cósmico y metafísico.

Esto también ocurre en la organización social. No existe realmente un libre albedrío en el lenguaje, ni en la cultura, ni en las leyes que los pueblos se dotan así mismos para organizar su estructura. Los que nacen en un país se creen de ese país por tradición y costumbre, adoptan su lenguaje y crean una patria en su psique personal y colectiva. De alguna forma, cedemos parte de nuestro libre albedrío, de nuestro carácter y personalidad para consolidarnos en un sujeto grupal. Nos dotamos de leyes que limitan nuestro albedrío, que lo dirige y agrupa. Spinoza decía muy acertadamente: los humanos se creen libres porque ellos son conscientes de sus voluntades y deseos, pero son ignorantes de las causas por las cuales ellos son llevados al deseo y a la esperanza. Schopenhauer era aún más drástico: no somos libres, sino sujetos a la necesidad.

Ocurre lo mismo con los pueblos, con los estados nacidos de reinos feudales, de necesidades de otra época, o de esos pueblos igual de medievales que en nombre de ese principio escatológico proclaman libertad, libre albedrío y derecho a decidir.

Si todos los seres humanos tuviéramos derecho a decidir por encima del propio derecho que nos hemos dado como colectividad, el caos volvería al orbe social. Ocurre lo mismo con los pueblos. Por eso creo en una organización política universal y en la unión de todos los pueblos, de todos los ciudadanos.

Los principios herméticos no hablan de libertad, así, las leyes superiores no tienen nada que ver con ningún tipo de libertad en sentido de libre albedrío. Desde un punto de vista humano, la libertad no puede venir sola, sino que debe venir de inevitable fraternidad e igualdad, y para que esto sea posible, tiene que existir consenso, diálogo y compasión. Dicho todo esto, sostengo que el libre albedrío no es una ley suprema, ni un principio cósmico, sino una salida humana a nuestras necesidades, temores e interrogantes nacidas del individualismo y el egocentrismo más arraigado. Como diría Larry Niven en «Todos los Caminos de la Miríada», «reductio ad absurdum».

 

 

 

Prisioneros de la caverna


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No quiero afanarme en escribir cosas afables cuando observo que un edificio se derrumba. Podría cantar coros celestiales y elevar la consciencia a planos de sofisticada naturaleza, pero a veces toca ser más humano y menos angélico y resolver de forma humana catástrofes y sufrimientos irremediables. Hay muchos que se vanaglorian de la ilusión, de palabras elocuentes en nombre de la libertad y de valores elevados, pero luego, en lo pequeño, observas que llevan una vida ruin y mediocre y eso asusta. Vivir un mundo plagado de incoherencias te prepara de alguna forma para ser actores del cinismo más arbitrario. Y la coherencia se ve como un chascarrillo incómodo que hay que atacar de forma opresiva. Si piensas como ellos serás salvado, si declinas la invitación al adoctrinamiento y te liberas de la creencia y el mito te conviertes en indeseable. Así actúa el pensamiento único y totalitario que en nombre de una verdad, una emoción o una ceguera cualquiera impone sus propios criterios sobre el resto.

No debe importarnos si en un país hay tres ladrones o tres millones de ladrones, tres iluminados insensatos o tres millones. Debemos sentirnos con el deber moral, no como nigromantes angélicos sino como humanos, de señalar aquello que pueda perjudicar la dignidad de una casa, de un barrio, de una ciudad, de un país o de un continente entero si hace falta. Por lo tanto, nuestro deber moral es negar aquello que es injusto, es dar la espalda a la sinrazón, a la ignorancia y al patíbulo de ablaciones a las que estamos constantemente sometidos. No debe importarnos de qué bando vengan esas injusticias, esa ceguera, ni debe importar si son pocos o son millones que la persigan.

La ilustración, la época de las luces, pretendió dotar de razón y guía a aquellas sensaciones primarias, a aquellas emociones que en nombre de cualquier bandera intentaban conquistar o imponer posturas injustas nacidas de la oscuridad medieval. Entramos en la modernidad con la esperanza de que la fraternidad, la libertad y la igualdad fueran para todos los seres humanos, para toda la civilización entera, en su conjunto. Alinearnos con la idea de que una bandera, un territorio, un pensamiento o una forma de sentir pueda ser superior a otra es caer en la trampa oscura, medieval y mezquina que alguna vez quisimos abandonar. Pero llega la época actual, la edad contemporánea y deseamos volver a la caverna, a la identidad por encima del ciudadano emancipado, a la bandera, a la patria, a la nación, a la tribu territorial por encima de los valores y la universalidad fraterna.

No podemos ser cómplices de la deriva, de la sinrazón, de la imposición. No debemos creer en las leyes injustas, pero tampoco creer en las injusticias legales ni en aquellos que injustamente se saltan las normas que por su propia naturaleza, dotaron de bondad al ser humano y su convivencia. Hay personas tan inertes, tan faltos de juicio propio y crítica que lucharían y morirían por un juicio o criterio superior, aunque éste fuera totalmente injusto o desmedido. El problema de nuestra sociedad, de este sistema del que nos hemos dotado es precisamente esa falta de juicio crítico ante los acontecimientos históricos, ante los aplastantes hechos que estamos viviendo.

No es saludable estar adaptados a una sociedad profundamente enferma, nos decía decía Jiddu Krishnamurti. Al igual que no es saludable carecer de criterio a la hora de valorar una situación que podría desencadenar en acontecimientos no deseables y al igual que no es saludable ser cómplices de las mismas. El territorio, la cueva platónica de la ilusión, la adaptación dependiente de la diferencia nunca podrá ser en sí mismo un alto ideal. Aquello que diferencie a pueblos y naciones nunca podrá existir en nombre de la libertad. Eso es mancillar ese valor y prostituirlo por causas que nada tienen que ver con la misma. No son los pueblos los que se liberan, son los ciudadanos, los seres humanos los que deben liberarse del yugo de los pueblos, de las cadenas de las patrias y de los barrotes de las naciones. No es la identidad la que nos hace humanos, es el ser que subyace en todas las identidades lo que nos dota de humanidad. Siendo así, no creamos en la libertad de ningún pueblo. Creamos en la libertad de todos los ciudadanos, de todos los seres humanos por igual ante la ley superior de la propia existencia.

¿En qué nos hemos equivocado?


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Es evidente que siete millones de personas no pueden estar equivocadas. Si en España la gran mayoría ha votado a los de siempre será por algo. Tampoco creo en la fácil argumentación de que existan siete millones de personas aspirantes a corruptos. Eso es cursi y poético, pero España es algo más que fútbol y pandereta, ¿no?

Tampoco un millón de catalanes pueden estar equivocados cuando han votado a las facciones nacionalistas, patriotas de una tierra libre, grande y una que se pasan por el forro cualquier marco legal para legalizar algo que luego pretenderán que todos, de forma legal, acatemos. Es el nuevo seny, que ahora busca en el egregor cultural una salida a las ambiciones burguesas.

Ni tampoco creo que estén equivocados los casi cinco millones de franceses que han votado al Frente Nacional en Francia, paradoja histórica de un pueblo que sufrió en sus carnes las ablaciones de la locura extremista. Quizás esto sea una especie de venganza nazi nacida de ultratumba. O eso o una pesada broma. El ingenuo Valls lo ha llamado terremoto. Creo que aún no es capaz de medir la verdadera magnitud de la tragedia.

Tampoco creo que estén equivocados los griegos o los británicos que han votado a partidos de extrema derecha o declaradamente fascistas. Debe ser que la crisis se soluciona a base de ajustes radicales. No sé que pensarían Aristóteles, Pitágoras o Platón de su nefasto vástago Nikolaos Michaloliakos, pero si levantaran la cabeza, se morirían del susto.

Si toda esta gente no está equivocada y en Ucrania, que está ahí al lado como lo estaba la ex Yugoslavia, no está pasando nada y en Europa estamos todos felices porque a pesar de todo el bipartidismo ha vuelto a ganar y la troika (y sus 40 ladrones) podrá de nuevo buscar buenas soluciones, al menos para el rescate de la banca en próximas crisis, pues bien, todo está bien y aquí no pasa nada.

En todo caso sí me gustaría recordarles a los patriotas de uno y otro bando, a las derivas que nacen de la unilateralidad y a los que votan a partidos demostradamente corruptos o radicalmente anclados en el terror extremo de que, no hace mucho, hubo en Europa las dos mayores guerras históricas que se conocen hasta el momento. Que sus supervivientes fueron nuestros padres o abuelos que estuvieron en ellas y de que nosotros, los hijos y los nietos, deberíamos empezar a cuestionarnos si este es el camino que queremos seguir. Es decir, el camino del nacionalismo, de la corrupción y del extremismo más radical.

No sé que va a suceder en los próximos años. Pero si se bucea en un análisis de estadista, esto no pinta nada bien. No sé realmente qué pasará antes. Si el deshielo de la Antártida o la quiebra total de Europa. Pero cabe poco optimismo a no ser que inesperadamente esos millones de confesados y valerosos patriotas despierten a otro tipo de visión y comprendan que la deriva que estamos eligiendo no puede acabar muy bien. O nos olvidamos de las patrias y las naciones y empezamos a hablar de personas y ciudadanos o terminaremos sin patrias, sin naciones y sin personas.

Sí, lo sé, no puede ser que tantos millones estén equivocados, y quizás sea eso lo que merezcamos.

(Foto: Berlín destruída en la Segunda Guerra Mundial. Qué pronto olvidamos la historia, y de qué forma más fácil y burda).

Carta a un masón


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Querido H.,

Con respecto a lo que indicas de los asuntos espirituales… Nos estamos dando cuenta interiormente de que ya no queda tiempo vital para seguir aprendiendo en la columna del norte o curioseando de flor en flor como un hábil compañero masón. Existe cierta urgencia, cierta prioridad que atender. El tiempo que en masonería llaman de “compañero”, con ese impulso de viajar para conocer y perfeccionar el oficio se ha terminado. Ahora, aquellos que trabajaron incansables para pulir su piedra y conocer la perfección del oficio deberían empezar a sentir la necesidad simbólica y real de profundizar modestamente en la maestría, es decir, en el servicio a los otros y a la Obra, al Propósito que los Maestros conocen y sirven en silencio y humildad. No como un alegato del ego. Sólo para atender la necesidad que impera.

Este trabajo de servicio debería resumirse en qué tipo de influencia beneficiosa podemos ejercer en el mundo mediante todo lo aprendido. Es bueno seguir puliendo nuestra piedra, pero también es bueno empezar a introducirla en el Edificio, en la Obra, para que resulte útil y sostenga los muros correspondientes. ¿Qué cosa puedo hacer para ejercer una huella positiva en los otros? De no ser así, ¿para qué tanto trabajo? Debemos empezar a pensar desde el lazo místico y la transmisión del Misterio, ¿qué puedo dar de mí mismo a esa Obra? ¿Cómo encajar mi piedra en el edificio para que sea útil y provechosa? No será del todo perfecta, pero no podemos tirarnos toda la vida calculando la plomada y puliendo sus aristas. Debe llegar un día en que todo esté a punto para empezar a obrar por el bien común más allá de nuestras necesidades y postulados personales. Si nos quedamos en lo superfluo del rito y en lo epidérmico de las enseñanzas sin obrarlas en nuestro interior, el trabajo de toda una vida habrá sido inútil.

De ahí que en uno de los grados masónicos se hable del poder transformador de la resurrección. Morir en lo personal para renacer en lo colectivo y grupal. Y de ahí que el maestro que está preparado para ello sea “instalado” en la silla del Rey Salomón. Única y exclusivamente para ejercer de vigilante y guardián del propósito oculto de toda la existencia y obrar en beneficio de todos. El Misterio de la Naturaleza solo puede ser comprendido desde la silenciosa observación de la rosa mística y la construcción del puente que una esa transformación con la patente original del trabajo individual y colectivo. La fraternidad, la igualdad y la libertad no tienen sentido de no ser por la fuerza de su práctica.

En este tiempo hemos dado un paso importante para que esto ocurriera en el Camino iniciático de Santiago. Un esfuerzo de entrega y renuncia en un lugar privilegiado y acto para que otros lo disfruten y vivan en sus carnes el poder transformador de llevar la vida extraordinaria a la vida ordinaria. Para que no haya dudas todo ha sido puesto a nombre de una fundación cuyos principios son, entre otros, la no mercantilización del lugar bajo el lema: “deja lo que puedas y coge lo que necesites” y la no propiedad privada. Así evitamos cualquier tipo de confusión en cuanto a la pureza de su propósito y nos centramos en el trabajo de transformación que el lugar debe ofrecer. Esto tiene sus riesgos porque el lugar requiere mantenimiento y construcción, pero también pone a prueba a muchos que se acercan con intenciones alejadas al propio trabajo interior.

Cada uno debería buscar ese lugar de “crucifixión” personal, tal y como explican los textos iniciáticos, es decir, esa particular Obra donde renunciamos a nuestra personalidad y sus necesidades para ofrecer todo nuestro esfuerzo y trabajo a lo grupal, reorganizando esas necesidades y adaptándolas al esfuerzo común. Y no importa como se haga esto. Solo importa que se haga, con valentía y decisión. Siendo así, sabemos por propia experiencia que todo lo demás vendrá por añadidura. De ahí nuestro afán por llevar a los demás todo lo aprendido, sea mucho o poco, para compartirlo en la hoguera grupal, en la unidad del trabajo común que tan grandes edificios pudieron construir. No hay mayor intención que esa. Quizás incomprensible, pero siempre necesaria para perpetuar la llama flamígera.

Un sentido TAF y seguimos en el Camino…

J.

Expulsando a los mercaderes


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Uno de los episodios que más me conmociona de los relatos bíblicos es en el que, látigo en mano, Jesús expulsa a los mercaderes del templo. La figura de Jesús, mucho más allá de lo que luego se haya trivializado, siempre me pareció revolucionaria. Los atributos divinos que a lo largo de la historia le hemos atribuido no me interesan demasiado. Su mensaje revolucionario, tanto en los aspectos interiores como exteriores, sí.

No somos conscientes de que los mercaderes vencieron a Jesús. Quizás lo que está ocurriendo ahora en nuestros días no es más que producto de su propia venganza contra aquel látigo que en tiempos de Galilea les puso en evidencia.

Por eso los mercaderes se han apoderado de la política, de la economía, de la cultura, de lo social, del espíritu y lo espiritual. Por eso estamos acostumbrados a ver el mundo desde la usura, desde el egoísmo, desde el interés y la codicia. Jamás seríamos capaces de desprendernos de todo cuanto hemos conseguido. Jamás seríamos capaces incluso de despojarnos de nuestros logros, nuestra personalidad, nuestras estructuras más intimas y arraigadas, nuestras conquistas profundas y epidérmicas. Somos usureros hasta en lo interno, hasta en lo nimio. No nos conformamos con ser soldados rasos, con ser humildes servidores en la sombra, en silencio, en desapegado amor. Queremos ser generales y dominar el mundo.

Mañana toca votar y votaremos de nuevo a los mercaderes de la política. Votaremos eso con lo que interiormente vibramos. Votaremos al apetito, a la avidez, a la voracidad, a la gula de nuestra insaciable apetencia. Ganarán y nos quejaremos porque no somos valientes ni revolucionarios. No somos capaces de, látigo en mano, sacar a los mercaderes de nuestros templos, de nuestras instituciones, de nuestros estamentos.

Mañana será un gran día porque tendremos de nuevo la mediocre oportunidad de ejercer nuestra pataleada soberanía. Pero es tan pobre la misma que nada cambiará. Nos ponen el final de la Copa de Europa el día antes de las elecciones de Europa. La gente se embriaga de circo mientras que mañana, borrachos aún por la euforia futbolística, votarán a quienes le ofrecen tan entretenido coliseo.

Algo de pan, algo de circo, y los mercaderes disfrutando de su venganza. Pero no saben que algún día la revolución volverá y la usura será despreciada y abolida, como un día se abolió la esclavitud y el vasallaje. Algún día despertaremos a esa nueva visión alejada. Y si esto no ocurre, terminaremos como predijo Stefan Zweig, suicidados como civilización. Así terminó él y su esposa, prefiriendo la muerte digna a la ambigua aceptación de la desaparición de la civilización en manos del nazismo.

De sexo, vacas y amor


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Esta misma noche me llamaban desde Colombia para una entrevista de radio. El otro día fue México, algunas periodistas de la Universidad Carlos III, radios nacionales y algún conocido escritor interesado por lo mismo: el sexo. Realmente a pocos les interesa que hable de la nueva cultura ética, de las utopías, del apoyo mutuo o la cooperación. Ninguno de esos libros o temas ha interesado tanto. Pero en cuanto hablas de sexo te llaman de todas partes. Lo divertido es que yo no hablo de sexo, sino del no-sexo, de la asexualidad. Pero incluso eso entusiasma, más como rareza, porque del verdadero interés hacia las cuestiones profundas, hacia la raíz del asunto, a pocos le importa.

Nadie pregunta sobre el amor, sobre su magnitud, sobre su quintaesencia. Nadie se interroga sobre su verdadero sentido. Nadie se para a pensar que quizás esa palabra podría terminar con los problemas del mundo. Me amas, te amo, y parece que todo va mejor. Amo al escarabajo, a la liebre, al gusano de seda, amo a la brisa, y a la mar, y el tintineo de esa tienda que te recibe con un cascabel. Cuando me llaman de la radio no se interesan sobre si amo o no amo. Si practico el amor con el abedul o el castaño, con el lagarto o la mariposa. Nadie me interroga sobre el sabor meloso de esa vibración alta, o qué siento cuando rozo suave el tímpano de una flor.

¿Cuándo descubriste que eras asexual? Me preguntaban hoy. Debí contestar algo así: cuando descubrí mi capacidad de amar más allá de las formas. Cuando descubrí el secreto cósmico del intenso amor. Un amor humano, por supuesto, fraguado por sus propias limitaciones, pero amor al fin y al cabo, tan sensible como el que permita saber sobre la amplitud de la vida. Tan extenso como ese halo de imaginación activa que recorre el cosmos.

Me hubiera gustado que hoy me preguntaran sobre ese amor. ¿Cuándo descubriste que amabas? Les hubiera recordado aquel adolescente viaje al sur de Francia, aquel prado verde donde había unas vacas, donde me acerqué por primera vez a la textura de su roce y pude penetrar mi mirada con la suya. Fue allí, junto al rostro inocente de ese gran herbívoro cuando descubrí mi capacidad de amar. Su mirada, reflejo de eones de domesticada compañía me hizo reflexionar sobre la ingesta de su carne. Quizás fue el roce de su contemplación lo que me hizo comprender la innecesaria brusquedad de alimentarnos de seres tan tiernos y amables. Pero claro, ¿quién iba a comprender que la sensibilidad del amor pueda albergarse en la mirada de un rumiante? ¿Se imagina alguien la posibilidad de hablar sobre las vacas y su mirada en un programa sobre sexo? Nadie podría entenderlo. Pero ahí reside el misterio de toda promesa. Me volví asexual cuando comprendí la relación directa entre violencia, narcóticos psicológicos e ilusión social. Todo un conglomerado de mentiras que se gestionan y sustentan por una larga noche oscura del alma social.

Quizás algún día alguien se atreva a hablar en la radio sobre vaquitas, sobre amor y sobre redención humana. Quién sabe. Quizás lo haga yo mismo en la próxima entrevista, cuando me pregunten si voy al baño a masturbarme y responda algo así: “ustedes miren a una vaca fijamente a los ojos, observen su alma guía y luego vayan al baño o a la cocina e intenten comer su carne”.

Presidentes de una nueva nación


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Estamos en un momento histórico. Un tiempo de emancipación donde aprendemos a no depender de nadie y, sin embargo, ahondamos en el compartir desde la generosidad, desde la cooperación y la ayuda mutua todo cuanto somos y tenemos. De alguna forma eso nos emancipa en todos los sentidos, en lo exterior y lo interior.

En lo exterior porque hemos descubierto que no podemos basar los valores del trabajo y la economía en agentes externos. No podemos seguir demandando empleos a empresas y empresarios, al Estado o instituciones. Debemos aprender a emanciparnos y poder reorganizar nuestra economía para que con nuestro esfuerzo y trabajo, sin depender de nadie, libremente, podamos satisfacer nuestras necesidades. La vida en los bosques que estas semanas estamos viviendo nos está demostrando que realmente se puede vivir con muy poco. Una docena de personas de buena voluntad, creando un círculo antes de cualquier trabajo para atraer a la consciencia y al espíritu de la unidad, es lo que se necesita para hacer de una larga e intensa jornada algo divertido, productivo y ameno. Una docena de personas bien enfocadas en una clara intención de ayuda mutua son capaces de crear cosas increíbles.

En lo interior también nos estamos transformando. Cada día necesitamos menos de gurús, de guías, de maestros y empezamos a descubrir el empoderamiento que nace de nosotros mismos, de ese gurú, maestro y líder que somos nosotros mismos. Basta encontrar en la vida sencilla, en lo cotidiano y ordinario una verdadera oportunidad para la expansión y la transformación consciencial. Basta con sabernos adultos, maduros, libres y profundamente conectados a nuestro interior para liberarnos de los yugos, de las creencias y las recetas epidérmicas que pretenden tenernos atados a sistemas que nada tienen que ver con la sencillez y la humildad que este tiempo requiere.

Es por ello que estamos siendo preparados para un cambio cultural, radical y revolucionario, una nueva secuencia de valores en el desarrollo humano donde el individuo se reencontrará con el poder grupal nacido desde la ciudadanía y no de las instituciones. Por eso cada día estaremos más alejados de lo sistémico y más unido a lo cercano, a lo humano, a lo sencillo de la vida cotidiana compartida, consagrada y elevada a los altares del bien común. Por esto cada día daremos más la espalda a la mentira a la que nos tienen acostumbrados, al maya, a la ilusión, al matrix al que estamos conectados. Habrá cada día más bosques liberados donde nos enseñarán la urgencia del vivir desde lo sencillo y humano y donde nos volverán a reconectar a la vida en mayúsculas. Hombres y mujeres de buena voluntad ya lo están experimentando, haciendo que se cuestione de arriba abajo todo el sistema de valores que hasta ahora nos ha gobernado. Y descubriendo, de paso, que todos nosotros seremos presidentes de una nueva nación, de un nuevo mundo que nos espera y abraza. Nosotros, en sencilla comunión con nuestro interior y el mundo, ese laboratorio que proyectamos desde lo profundo.

¿Presientes una felicidad?


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Cuando el corazón busca en la noche, cuando el alba comunica la palabra perdida, cuando el septentrión se une al mediodía, la chispa del alma renace en nosotros. La alegría, en progresiva presencia, señala el camino y el propósito. Nos comunica sus toques y contraseñas, nos habla en susurro, en ese suave alarido que hipnotiza lo que llamamos real. La centelleante luciérnaga sacia de luz el rincón más oscuro. La trémula andadura se convierte en recinto perpetuo. Los suspiros nos llegan, el alma se enamora, la vida reluce y nos conduce hacia lo insaciable. Entonces llega el sediento y nos pide agua y lo guiamos con ternura hasta el manantial más cercano. Allí brota el néctar, la ambrosía del conocimiento, la sabiduría, pero también la compasión, el amor perpetuo hacia los otros.

Y en ese acompañar sentimos conmiseración. Anhelamos la oportunidad de saciar aún a más y más gente. Recordamos el canto de Novalis y los himnos a la noche: “¿Qué ser viviente de sentidos dotado no amará, entre tantas manifestaciones prodigiosas del espacio que lo circunda, la luz que todo lo exulta?” Es cierto que las nubes respiran prodigiosas mientras contemplan a esos extraños de mirada pensativa, a esos buscadores que encontraron en el reino de la misericordia palabras de aliento y vida. Y amamos la luz porque en ella reside la verdad de todo.

Presiento una felicidad extraña cada vez que alguien sacia su sed de vida. La avidez se entremezcla en la nostalgia de las moradas, en ese ramo de amapolas crisálidas que envuelven la paz perpetua. La muerte indaga misteriosa y nos recuerda que el Edén no estaba tan lejos, que el paraíso es posible en la inocencia de nuestros modales, en la humildad de nuestros actos. Es poderosa la llama que nos arrastra hacia la sencillez. Sólo debemos contemplar la vida y entregarnos a ella. Sin pedir nada, sin demandar ningún tipo de justicia. El verbo actúa en silencio. La palabra perdida retorna desde el eco y las gargantas de esas infranqueables montañas. Todo vuelve a su cauce cuando el espíritu que nos mora siente la presencia impredecible del aliento que nos anima. Y en la búsqueda preñada nace el humano ante el umbral. Y allí están sus guardianes, necesarios para prevenir, para conservar el tesoro, para camuflar el discernimiento.

Presiento la felicidad cuando esos niños ya grandes se acercan al encuentro de lo tierno, de lo amable, de lo inocente. Lo sagrado abraza a lo consagrado en esa interminable parábola de talentos. Lo sublime se entremezcla con lo humilde. ¿Será posible ser tan feliz sólo pensando en el otro? ¿Será posible sentir este adecuado anhelo? Los infinitos arcanos llegan para abrirnos las puertas del esplendor. La experiencia del amanecer a una nueva vida no es sólo un acto de obligado y necesario cumplimiento. Es la razón por la que la milagrosa vida actúa. Schiller lo llamó el ser ideal interior. Yo me atrevo a llamarlo la presencia feliz.

Tengo el corazón lleno de amor


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Es cierto que no resulta fácil amar a los grillos, al atardecer, al bosque, al abrazo, al tímido alarido de ese suspiro que quiere expresar tantas y tantas cosas. Pero estamos aprendiendo a hacerlo desde la calma, desde la tranquilidad que nos brinda ese fuego compartido o ese néctar que llamamos cielo estrellado y que estos días parecía esculpir la silueta de héroes y mitológicas figuras.

Cinco niños, tres perros y una cuadrilla de adultos concentrados en sus cuidados, en su felicidad y bienestar, en su alimentación, en su transformación. Nos estamos dando cuenta, tal y como intuíamos desde el principio, de que el lugar es transformador. O quizás la combinación de lugar e intención. De belleza, amor y filosofía práctica. Porque realmente nada tiene de especial dar un paseo meditativo de casi una hora entre bosques y prados saludando al sol. Tampoco tiene nada de particular el empezar cada actividad cogidos de la mano, en círculo, tomando consciencia de nuestro estado de ánimo o de nuestras ganas de hacer cosas. Tampoco tiene nada especial hacer en conjunto una comida, o fregar platos mientras reímos, o cantar a media tarde o dejarnos embrujar por las sabias palabras humeantes que salen del fuego nocturno. Sin embargo, algo ocurre cuando todo eso se mezcla con esa entrega, con ese interés por mejorar, por esa manía nuestra de albergar la esperanza hacia un mundo nuevo.

Nuestra tercera experiencia de acogida en O Couso ha sido francamente emotiva. Todas lo son, pero el ver a niños y perros danzando juntos en esos bosques ha sido un placer inmenso. Tantas y tantas maravillas contenidas en un mismo suspiro, en esa conspiración de poder creer en esas generaciones futuras. Nos han faltado horas para cantar todas las canciones, para abrazar todas las almas, para compartir con generosidad todas esas muestras de entusiasmo.

Thelma, la niña más pequeña, apenas siete años pero con esa sabiduría que ahora traen los niños cristal, se empeñaba en hacer los círculos conscientes una y otra vez. Incluso se atrevió a dirigir uno de ellos. Nos mandó cerrar los ojos, respirar tres veces y compartir nuestro estado de ánimo. Cuando le tocó hablar y compartir lo que sentía, profunda y sincera lo expresó de forma hermosa a la vez que increíble: “tengo el corazón lleno de amor”. De alguna forma enunciaba desde su tierna y admirable infancia todo lo que nosotros sentíamos. Todos de alguna forma habíamos conseguido abrir nuestro corazón a ese lugar, a ese momento único e irrepetible, a esas personas bellas que nos rodeaban y cuidaban. Y todos, agradecidos, cada uno a su manera, lo expresábamos de alguna forma.

Gracias de corazón por haber sido partícipes de esta experiencia única. Especialmente a los niños Thelma, Pedro, Sofía, Malena y Jimena, seres únicos y llenos de vida , seres especiales que se han juntado para celebrar el amor por la vida. También a los perritos, al bebecito Toby, Wanda y Pelu, que nos llenaron de calor, protección y alegría con sus juegos. Y a los padres Mamen, Jose y María, que disfrutaron con intensidad y emoción. Y a las visitas siempre bienvenidas de Joaquin, Leo y Mari, de Bea, María y Jose, de Mercedes. Y Antonio el Alquimista que siempre nos recibe en su casa. Y el vecino Marcos que nos guarda con sus guiños y a su mujer que por primera vez abrió su corazón a nosotros y nos llenó de alegría. Y a la abuela María que con su profunda sabiduría ha hecho de estos días una auténtica casa de Misterios. Gracias a todos por tanta magia y vida.

(Foto: El niño Pedro nos invitó a saludar al sol, y eso hicimos en O Couso).

Insulina Teknoperra en Wesak


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Tras salir del hotel Ritz me fui corriendo al centro. A media mañana me había citado con Insulina Teknoperra, una joven adolescente que estaba pasando por un momento de cambio. Le pedí permiso antes de escribir estas palabras porque no quería que su bonito nombre virtual dañara la imagen que me había hecho de ella. ¡¡¡Claro que sí!!! Me dijo encantada y siempre generosa.

Nos tomamos un café en una terraza y nos dimos un paseo por su barrio que está cerca del mío. La imagen era graciosa. Un ya maduro joven recién llegado de los desayunos con la alta alcurnia madrileña vestido con su elegante traje acompañado de una punki veinte años más joven. La gente nos miraba con extrañeza. La invité al café y me comí yo sólo las cuatro galletas de cortesía. Ella no podía. Para compensar me quiso invitar a un refresco cerca de su casa. Se pidió una Zero. “Aquí solo valen cincuenta céntimos”, me dijo encantada.

Paseábamos y paseábamos y no podíamos parar de hablar mientras todos nos miraban. Lo que la gente no sabía es que tras esa imagen distorsionada de la realidad, ella era realmente una princesa y el punki, el vagabundo, como alguien me llamaba cariñosamente en tiempos pasados, era yo. Mientras caminábamos sin rumbo se paraba a hablar con todos los vagabundos, con el negro de la esquina, con el rumano de su barrio, con el gitano, con los últimos de la calle. Todos la conocían y la saludaban con admiración. “A veces les bajo un bocadillo de casa, son muy buena gente”, decía feliz. Me emocionaba el amor que desprendía hacia todos. Un hombre le pidió dos cigarrillos y ella, con una sonrisa imposible, le dio dos. El hombre, extrañado pero feliz, se fue contento. Una mujer anciana preguntó por una calle. Era una escena increíble ver con qué tacto le indicaba la dirección correcta. “Con los niños y los ancianos me llevo muy bien”, repetía. Su amor y su inteligencia, muy por encima de la media, era una mezcla explosiva difícil de controlar. Su lucidez y destello no podía con el sufrimiento y la sinrazón del mundo. «Todo es injusto, todo es una mierda». No todo, pensaba yo. Ella es muestra viva de ello.

Al principio los dos estábamos cortados y tímidos. A mí me atraía su desfase total, sus marcas de esa mala vida, su look puncarra y alternativo. A ella mis explicaciones sobre el sistema, sobre como es posible seguir la utopía sin necesidad de vivir narcotizados por drogas, por televisión o por violencia. Mi particular visión alternativa le seducía de alguna forma. Me pidió educadamente permiso para fumarse un peta. “Ya sé que en O Couso no tomais drogas”. Le pedí que no me pidiera permiso para expresarse libremente. Así que hablamos sin tapujos sobre sexo, sobre drogas, de música punk. Incluso me puso algunas canciones que me recordaban a mi vecino del primero cuando intentaba convencerme de que Extremoduro y Barricada era lo mejor del mundo. Para un amante de Mozart resultaba una música excesivamente ruidosa. Pero con ella la escuché con cariño porque con mi vecino también llegué a apreciar ese mundo subversivo.

Cuanto más hablábamos más emoción sentía. Me pidió consejo sobre algunas cosas y sólo me atreví con rotundidad pedirle que no dejara los estudios. Ella quiere emanciparse y ha elegido un centro okupa lleno de drogas y desfase para hacerlo. Le dije que esa era una buena opción si conseguía que todas aquellas personas dejaban de narcotizarse y empezaban la verdadera revolución interior, única vía posible para trasladar la revolución necesaria al mundo exterior, al sistema, a esta falsa que entre todos hemos construido y que ha creado, a su vez, mundos como el de Insulina Teknoperra, un lugar de escape, de evasión, donde personas excesivamente inteligentes y sensibles arruinan su vida por no encontrar un hilo conductor entre la esperanza y la existencia.

Insulina Teknoperra es una princesa que aún no ha descubierto su alma aristócrata, su poder efervescente como espíritu elevado. La luz que brilla por sus ojos, la fuerza que desprende y que ahora marchita su joven cuerpo aún desea elevarse hasta lograr amar como aman los ángeles, mirando al corazón del vagabundo y abrazando a los últimos de la tierra. Así es ella, un ángel atrapado en este mundo diminuto y ridículo que por no comprender se abalanza sobre su vida.

Querida amiga, gracias por el paseo y por enseñarme hoy tantas cosas sobre el ser humano. Quizás, si no te hubiera conocido, hubiera olvidado la grandeza que reside siempre dentro de nosotros a pesar de lo más terrible. Nos vemos pronto, ya sea en la cueva o alzando la voz hacia la cima de la montaña, que no es otra que esa que hoy tú me has mostrado.

Mientras esta noche paseaba junto a la luna de Wesak recordaba cuanto queda por hacer en este mundo. Nos faltarán días para convencer a todas las Insulinas Teknoperras que la urgencia de actuar requiere una saludable respuesta revolucionaria. Y que el primer grito, el primer golpe de efecto siempre empieza en nosotros.

No te abstengas, vota a otros


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En estos últimos años hemos sido testigos, quizás como sociedad madura y despierta, del engaño y manipulación constante que los partidos anclados en el poder nos han sometido constantemente. No hace falta dar muchos detalles sobre estas afirmaciones, pero sí hace falta recordarlo para futuros.

Tras más de casi veinte años de militancia constante en unos y otros, abandoné todos mis compromisos políticos y mi militancia activa. Tras meses de descanso y siempre con ese deseo de ser partícipe de los cambios que el sistema mal llamado democrático necesita, consentí aparecer en la lista para las elecciones europeas en un nuevo partido político, pequeño, sin representación, a modo de ejemplo simbólico y activista, sin más pretensión que la testimonial.

La decisión fue porque somos partícipes de este sistema. Somos nosotros los que diariamente lo consentimos, lo construimos, lo votamos, lo encubrimos y lo ensalzamos. Por eso somos nosotros, uno a uno, los que tenemos que alzar la vista y la consciencia hacia las próximas generaciones para que el legado sea lo más digno posible. Es por ello que me atrevo a seguir hablando de política, pero entendedme, no de esa política verdulera que nos venden en la televisión, sino política de la otra, de esa que se compromete por el bien común, por solucionar los conflictos y la precariedad de nuestro sistema, de esa que nace desde la intención sincera y honesta.

En estos siglos hemos conseguido muchos avances en todos los campos de la salud, de la educación, de la seguridad y el bienestar. Vivir en un país donde puedes pasear tranquilo por la calle y donde puedes viajar de un lado para otro sin que nada ni nadie intente abortar ese trayecto es todo un lujo. Pero debemos aspirar a más, y para ello, debemos comprometernos con el cambio necesario, atajar la corruptela, terminar con esa transición inacabada y buscar un lugar donde todos nos sintamos cómodos.

Creo un deber el ir a votar en estas elecciones, pero mayor deber es el dejar de votar a los de siempre, a los que anclados en el poder, olvidaron los principios por los que fueron clamados. Por eso votemos a otros, a esos partidos nacientes, pequeños, sin poder alguno, sin experiencia alguna, para que con su nueva gente y su nuevo talante den un giro importante a la deriva constitucional en la que estamos. Votemos a esos minúsculos partidos, no importa si eres verde, rojo o azul, de izquierdas, de centro o de derechas. Busca una alternativa que pueda acabar con el bipartidismo oligárquico en el que vivimos. Merecerá la pena el intento. Merecerá la pena terminar con la deriva.

Del deber de la desobediencia civil, de Thoreau


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Del deber de la desobediencia civil es el título de una conferencia escrita por Thoreau y publicada en 1848. En este escrito Thoreau explica los principios básicos de la desobediencia civil que él mismo puso en práctica: en el verano de 1846 se negó a pagar sus impuestos por lo que fue detenido y encerrado en la prisión. Él se justificó explicando que se negaba a colaborar con un Estado injusto que mantenía el régimen de esclavitud y emprendía guerras injustificadas.

Sin duda la obra y la vida de Thoreau ha sido siempre ejemplar y excitante. Su discurso es necesario en nuestros días y está de actualidad en nuestros momentos presentes. La dureza de la corrupción a todos los niveles, perfeccionada y sofisticada, acompañada de la crisis de valores que soporta nuestra sociedad requiere de herramientas filosóficas e intelectuales para poder entender formas diferentes de convivencia y comportamiento.

Pienso personalmente que estas herramientas son imprescindibles, y que debemos razonar la fórmula más eficaz para ponerlas en práctica. Thoreau se marchó a vivir a los bosques para demostrar que otra forma de vida y relación era posible. También nos obsequió en vida con textos y testimonios que requieren revisión para dotarnos de luz en estos momentos de oscuridad social. Desde nuestros sellos editoriales estamos haciendo un gran esfuerzo para renovar ese compromiso intelectual y retomar la necesaria reflexión para poder actuar en consecuencia. Espero que pronto podáis disfrutar de este librito ameno que pretende abrirnos hacia la luz de lo injusto y hacia el camino de las buenas prácticas civiles y sociales.

El libro ya se puede adquirir con gastos de envío gratuitos y al precio de ocho euros en el siguiente enlace:

http://www.editorialdharana.com/catalogo/del-deber-de-la-desobediencia-civil?sello=dharana

Gracias por reflexionar juntos sobre un mundo mejor, más justo, más libre, más amoroso.

 

 

 LLAMAMIENTO A LOS HOGARES, CENTROS Y COMUNIDADES INTEGRALES


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Con este llamamiento se busca la conexión entre los centros del mundo para que la solidaridad, el apoyo mutuo y la cooperación se extiendan hasta su último rincón. Desde hace ya tiempo se están construyendo centros y comunidades por todo el mundo. Hay muchas personas que sienten la necesidad de crear espacios con vocación social, donde lo colectivo encuentre el modo de desarrollarse, a ser posible, junto a la Naturaleza. El impulso a fundar estos lugares es muy fuerte y viene cargado de mucho idealismo e ilusión por parte de los implicados, y no es de extrañar, pues de alguna forma están creando la base sobre la que se asentará la nueva sociedad futura.

Fundar un Hogar

Pretender fundar un Hogar común, un Centro o Comunidad hoy día no es fácil. Son muchos los obstáculos que hay que superar, de hecho hasta ahora ha sido más realista que individuos aislados lleven a cabo estas fundaciones, que asambleas más amplias promuevan la creación de estos espacios, que sería lo deseable. Pero aun hay mucho que aprender. La cuestión es que las personas llamadas a construir estos centros se den cuenta y favorezcan el paso de ofrecer su proyecto a lo social y servir como guardianes de los ideales que representan.

Es importante mantener la pureza del intento y no convertir estos espacios en puros negocios, ni en lugares de entretenimiento para pasar el rato, ni en sitios donde ganar adeptos, ni dogmatizar. Los Hogares sirven al despertar de la conciencia, y aunque la desesperación por el dinero sea grande, podemos aprender a compartir. Por eso debemos apoyar a estas personas. Para que su intención no se desvíe y pueda salir a la luz la forma propicia de lo que quiere materializarse.

El dinero es una simple herramienta, útil cuando se sabe qué hacer con él, y llega cuando tiene que llegar. No podemos colocarlo en el punto de mira porque allí están los ideales y es imposible pretender caminar a la vez hacia dos direcciones contrarias.

Necesitamos estos espacios activos, las experiencias que se dan en ellos son fundamentales para nuestro crecimiento personal y grupal. Confiemos en que la vida nos hará llegar lo necesario para cumplir esta tarea.

Conectar la red

Este llamamiento va dirigido a los responsables de estos centros y a las personas que quieren colaborar en ellos, para recordar la importancia de conectarnos en red, comenzando en lo local para llegar a lo mundial, de generar nuevas relaciones  basadas en la generosidad que planteen nuevas formas de relación e intercambio entre todos, y lleguemos a formar una extensa red solidaria que sea capaz de acoger al desconocido a cambio de su colaboración.

Se acercan tiempos nuevos y el apoyo mutuo será el eje del cambio. Necesitamos recuperar las habilidades sociales que un día tuvimos para saber, por ejemplo, tomar decisiones colectivas o resolver nuestros propios conflictos, y de este modo poder superar los retos que ya se nos están presentando.

La hermandad de centros

La hermandad que se pretende tiene un planteamiento sencillo y a la vez esencial. Propone pocas cosas pero muy claras y pretende llegar al mayor número de personas posible.

¿Qué es un Hogar, Centro o Comunidad Integral?

Básicamente, es un lugar donde aprender a compartir.

¿Cómo aprender a compartir?

Abriendo las puertas del lugar, acogiendo al desconocido a cambio de su colaboración.

¿Cómo fiarnos unos de otros?

Necesitamos reconocernos, confirmar que tenemos el mismo objetivo y para ello recordarnos que el Compromiso que nos mueve es con el Misterio de este Universo.

El día que todos convirtamos nuestra casa en un Centro, y nos demos cuenta que todos somos peregrinos en la Tierra, se habrá conseguido el objetivo final.

Centros integrales

Son espacios al servicio desinteresado de la Totalidad, lugares en los que prima el nivel de compromiso adquirido libremente por cada uno consigo mismo, con el colectivo, con la humanidad y con la vida.

Un Centro Integral reúne diversos centros especializados en los que cualquiera puede encontrar su sitio y cuyos miembros tratan de aliviar las necesidades colectivas.

La toma de decisiones se produce en base al tipo de compromiso personal expresado, siendo los de mayor compromiso quienes aprueban o no el proyecto a los diferentes grupos de trabajo, que son libres para gestionar su labor.

Centros especializados

Un centro integral es a la vez un refugio en el que se aporta pan y abrigo al necesitado, un centro de estudios en el que hallar soluciones claras y reales, es una escuela en la que poner luz en la oscuridad de la ignorancia, un sanatorio para que aquel que lo necesite restablezca su orden natural, un centro de arte donde estimular la inspiración creadora, una oficina de gestión en la que organizar la generosidad, un templo para conectar con el Misterio.

El plan general

No es casual que se estén abriendo tantos centros en el mundo. Obedece a un planteamiento que tiene un origen profundo y por tanto desconocido. Nuestra misión es tratar de comprender sus pasos para materializar en esta tierra el equilibrio con el Universo y alcanzar los ideales de la humanidad.

La convivencia en paz, el Amor universal y la Libertad son posibles.

(Texto: fuente desconocida)