La Luz Solsticial


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«Hubo un tiempo en que yo rechazaba a mi prójimo si su religión no era como la mía. Pero ahora mi corazón se ha convertido en receptáculo de todas las formas religiosas: es pradera de gacelas y claustro de monjes cristianos, templo de ídolos y Kaaba de peregrinos, Tablas de la Ley y Pliegos del Corán. Porque profeso la religión del Amor y voy a dondequiera que vaya su cabalgadura. Porque el Amor es mi credo y mi fe«. (Ibn ‘Arabi, místico sufí)

La fundación del mundo se gestó ante el inmenso misterio de la luz. Hay una forma de mantener viva la llama que las tinieblas no puede comprender ni vencer para recordar y construir nuestra realidad profunda. Los filósofos de la unidad trabajan en silencio protegiendo que la llama no avoque a su apagado. El Reparador Universal se encarnó para demostrar que la llama aún seguía viva, para dotarnos de esa herramienta que podría equilibrar las fuerzas y protegernos de la oscuridad más absoluta. Es cierto que la luz de la llama, al igual que la verdad, es una para todos, pero produce sombras y son esas sombras las que confunden al ser humano, las que los dividen en verdades parciales para aquellos que fijan su mirada en lo superfluo y no en la intensidad de lo insondable. Cuando vencemos la visión de las sombras y comprendemos que la unicidad de todo está en lo profundo del entendimiento, se abre ante el ser el vasto campo de la experiencia que abraza todos los caminos. Es ahí cuando todas las sendas nos son familiares, como expresa el bello salmo 138.

La Luz que ahora festejamos en el solsticio, la cual se desprende de todos los cultos primitivos y que llega a nuestros días resguardado bajo el tupido velo de la tradición, no es más que el faro de aquel que nos portó la dulce miel del amor, la belleza inabarcable de todas las maravillas y la benéfica esencia de todo cuanto es.

La luz nace en nuestro templo interior, remoto al despistado incapaz de fortalecer su mirada perdida en lo externo, anclado y mancillado en los velos de la materia. Allí dentro se fortalece con tres columnas llamadas cuerpo, alma y espíritu. Allí está trazado el plano del edificio. Es allí donde hay que levantar las paredes y terminar la obra. Es allí donde se encuentra nuestro propósito como constructores, donde se protege la llama resplandeciente, donde la luz del sol eterno, fuente de toda verdad y vida, nace en cada solsticio de nuestra vida para recordarnos la guía y el camino. Y lo hace también sobre los débiles e ignorantes, sobre los necios y vanidosos, sobre el orgullo y el mal de igual forma, porque sus rayos no pueden ser negados a la evidencia y porque sus influencias benéficas nacieron para todos por igual. ¿Quién no se atreverá alguna vez a admirar su resplandor? ¿Quién no caerá alguna vez en la sospecha de su insondable presencia? Tiemblen los templos de Herodes pues el templo que nace de la llama del espíritu está floreciendo.

Es nuestra actitud, nuestro carácter y nuestra conducta lo que determina que los rayos de luz incidan en nosotros de una forma u otra, al igual que un mismo rayo puede quedar apagado ante un trozo de carbón o luminoso y ampliado ante un diamante, así afecta la sabiduría de su luz en nosotros. Si somos opacos la luz no entrará. Si somos cristalinos y transparentes florecerá desde dentro y desde fuera.

La sabiduría que nace de la experiencia y el conocimiento oculto de todas las cosas comprende que la luz se expone progresivamente, nace en el corazón, el cual debe prepararse pacientemente para abrir la mente, la cual a su vez debe ser iluminada por la inteligencia y de esta forma, recíprocamente, fecundar de vuelta al corazón ardiente. Cuando la inteligencia, la mente y el corazón están alineados, la vida se revela ante la unidad de todas las cosas.

Es solsticio, es tiempo de nacer en la cueva del corazón como una llama resplandeciente. Gocemos de su calor y belleza. Seamos constructores de su templo, que es templo solemne del Amor, nuestro credo y nuestra fe.

Foto: (© joanne_flj )

La dictadura encubierta


poder politico

Hoy hablaba con unos buenos amigos sobre la cuestión de tener o no una monarquía a raíz de una desagradable noticia en la que el rey de España había construido un pabellón de caza con un coste de dos millones de euros . Les decía que es una cuestión de dignidad e inteligencia el no apoyar este tipo de instituciones medievales. La monarquía es un insulto a los tiempos que corren y es un anacronismo visceral de un pasado aún no superado. La elegancia de los cuentos de príncipes y princesas nada tiene que ver con la realidad de hoy día. No más cuentos, como decía León Felipe.

La visión de una monarquía amable y renovada parece positiva y deseable para uno de los amigos, pero argumentaba que en cuanto Felipe alcanzase la herencia se convertiría en una réplica de la insaciable condición humana. No es bueno ni deseable que cierto poder resida en las manos de unos pocos. El poder, ya sea económico o político, debería administrarse con sabiduría y generosidad no por unos pocos (siempre los mismos), si no por muchos. Creo que eso fue lo que intentamos decir en 1789.

Lo ideal es que esa insaciabilidad tenga fecha de caducidad, como en otros países, y sea por votación. La democracia aún es joven e inmadura, pero llegará el momento en que evolucione inevitablemente, de ahí la importancia de la presión social en estos momentos. Es una oportunidad para progresar, es quizás el mayor reto de nuestro tiempo para mejorar de forma inteligente nuestro bienestar.

La monarquía no deja de ser una dictadura encubierta, y en este caso, una dictadura heredada de otra que postergó una oligarquía nacida de un estado totalitario. Por desgracia, esas formas oligárquicas se han instalado en nuestra forma de gobierno y en nuestra economía, instaurando en nuestros políticos una perdurabilidad a prueba de bombas, alimentados una y otra vez por mandatos infinitos o trasladados del poder político al financiero para pagar o cobrar favores a unos y otros. Además del poder monárquico, otro ejemplo claro lo vemos en Andalucía, donde como si de un califato hereditario se tratara, se ha ido cediendo / heredando el poder de unos amigos a otros. Las redes de favores es tan extensa que resulta casi imposible salir de ese círculo vicioso. El caso de la manipulación política catalana y de cómo esa manipulación influye y afecta al pensamiento y sentir de la sociedad civil habría que tratarlo aparte. La realidad es que vivimos en una oligarquía política y económica encubierta y en una dictadura compleja y sofisticada de la que aún no somos del todo conscientes como colectividad.

La sociedad civil tiene la obligación de terminar con este abuso, de limitar los mandatos, sean del tipo que sea (jefatura de estado, presidencia del gobierno, ministros, diputados, alcaldes, concejales, etc…) a un máximo de dos mandatos. Esto provocará inevitablemente un cambio generacional y por lo tanto, unas energías renovadas en lo público. La higiene política es hoy más que nunca necesaria. La de unos y la de otros. Nuestra responsabilidad es máxima en los próximos años. No importa del color político que seamos. Da lo mismo si somos de izquierdas o derechas, otra clasificación de la caduca era industrial. Debemos cambiar inevitablemente el voto o influir en nuestros tradicionales partidos (si no deseamos cambiar el voto) para que todas estas cuestionen se planteen seriamente. De eso dependerá el progreso de un país anquilosado aún en medievales conductas y estamentos.

La sangre de mis venas es de la Tierra


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Si dicen que Dios es nuestro padre, la madre es la tierra que tejió los labios, que meció la sangre, que acuñó la rodilla y el hueso, que puso rostro a vértebras y pelos y tacto. Si Dios es el aliento que sopla desde el espíritu transformando lo infinito en fugaz andadura, en alma, nuestra carne es la hija preñada de esa vida que palpita a cada minuto, que respira a cada instante sin dejar de hacerlo una sola vez excepto en el fin.

Y si la Tierra es nuestra madre me pregunto porqué no la amamos, porqué no la respetamos, porqué no hacemos de su presencia un templo al que adorar, al que proteger, al que abrazar a cada mañana. Me pregunto porqué no marchamos desnudos a su encuentro en el clamor del bosque, en el jilguero que se posa en la ramilla del caldo, en el alarido que nace de la trémula garganta henchida del animal que trota. ¿Qué es aquello que nos aleja del roce del río y de la visión transformadora de nubes y vientos?

Si soy hijo de la Tierra, me pregunto porqué no hundo mis raíces en su cálida faz, porqué no construyo con cañas y barro el manantial del hogar. Porqué no atravieso con la lanza del trabajo la diana del gozo. Si pudiera tan siquiera saber cómo escapar de la oscura y mugrienta esfera que nos separa de la tierra. Si pudiéramos entender que esa capa de betún y alquitrán no es más que un escollo que nos desconecta de nuestra propia naturaleza.

Si la sangre de mis venas es de la Tierra, ¿por qué vivo tan alejado de ella? ¿Por qué día tras día me resulta más difícil encontrar un lugar donde hundir mis dedos en su candente y prieta presencia? ¿Alguien recuerda el olor a tierra mojada? ¿Alguien recuerda la sensación de preñar la vida fugaz en la inmortal esfera? ¿Por qué no soñar con el retorno? ¿Por qué no alejarnos de la vida sin vida? ¿Por qué no vivir viviendo abrazados a nuestra madre la Tierra?

La difícil tarea de estar despiertos


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Andrew Cohen y Deepak Chopra son de la misma opinión: nunca ha habido una mejor época para estar iluminado. Ambos son personas que nacieron lejos de la época de los mitos. Ninguno de los dos pudieron tirar flechas junto Arjuna, ni meditar debajo del árbol Bodhi con el Buda, ni pasear por alguna seca colina cubierta de olivos junto al Galileo. Pero a pesar de ello, siguen firmes en la creencia de que el universo, de alguna forma, colabora o conspira para traerte hasta ese instante preciso en el que puedes despertar a un tipo de consciencia más amplia, más próxima al misterio de la existencia. Hay en ellos un impulso evolutivo interior que los acerca a esa curiosidad por entender las causas primeras de todo cuanto existe, un compromiso activista de promover la búsqueda constante hacia respuestas universales, pero también íntimas.

De alguna forma, el ser humano siempre despierta a nuevas sensaciones, a nuevas experiencias que les hace cambiar por completo. He conocido a lo largo de estos años de trasiego a personas entabladas en esa lucha interior, en ese remate que pretenden alcanzar con el estímulo de la fortaleza, apartadas del miedo y del qué dirán.

Ayer mismo, mientras volvía de madrugada desde Sevilla intentando vencer al sueño me acordaba de la charla que horas antes había tenido con un empresario ganadero, amigo y poeta de la vida que, valga la paradoja, nos comunicaba inquieto pero seguro que en unos meses se iba a realizar un retiro vipassana. Me preguntaba qué resorte interior, qué cosa mayor que la curiosidad por experimentar nuevas sensaciones o paradojas existenciales hacía que unos y otros quisieran probar el dulce sabor de eso que vagamente llamamos espiritualidad.

Cómo nos recuerda Chopra, a veces sólo hace falta una pequeña chispa para que arda todo un bosque. Cuando esa chispa se enciende en nosotros, todo lo añejo arde en la pila bautismal que experimentamos. Nacemos de nuevo a una realidad que Cohen muy acertadamente llamaría “iluminación evolutiva”. De alguna forma, esa chispa provoca cierta luz interior, cierta guía difícil de describir pero cierta, real, inspiradora. El yo auténtico, el hacedor verdadero que llevamos dentro asoma tímidamente y nos provoca un movimiento existencial a veces sin retorno. Nos seduce con un camino diferente, atrevido, apasionante. Nace ese impulso evolutivo que ha permitido que la raza humana haya avanzado desde la oscuridad de las cavernas hasta la efervescencia en la que nos encontramos ahora. Desde la más oscura ceguera hasta la más clara y maravillosa de las luminiscencias actuales.

Es muy atractivo seguir la senda en la dirección que nuestro propio crecimiento interior nos propone. Estar despiertos es una tarea sin duda difícil. Y me refiero a “estar despiertos” no como una categoría que nos pone en condición de ser superior a unos u otros, si no a esa condición de estar vivos y en plenitud de nuestras capacidades mientras hacemos una tortilla de patatas o paseamos por un atardecer otoñal. Esa plenitud, esa consciencia diaria nos conecta con esa sensación de ser niños con deseos plenos de seguir aprendiendo, de seguir creciendo, de seguir ese impulso evolutivo que todos llevamos dentro.

Andrew Cohen, en su libro “Iluminación Evolutiva”, propone acertadamente algunos remedios caseros para estar en esa unicidad presente, en esa consciencia clara y abierta, en ese “estar despiertos” a lo real: debemos poseer una claridad de intención, un desarrollado poder de voluntad, valentía para enfrentarnos a todas las cosas y circunstancias que nos lleguen sin evadirnos de ellas, debemos tener perspectiva de todos los procesos y una consciencia cósmica, abarcante, ilimitada.

Es cierto que la autotransformación es posible. Es cierto que el despertar a nuevas realidades cotidianas y extraordinarias es posible. Es cierto que la iluminación interior no sólo nos arranca de la cotidianidad, sino que hace que la misma se vuelva increíble y maravillosa. Ese es sin duda el mayor grado de magia: hacer de lo cotidiano algo poderoso y extraordinario.

El proyecto O Couso está íntimamente relacionado con todo esto. Pretende recrear un espacio integral y abierto donde las cosas simples se vuelvan poderosas herramientas de transformación. Cortar el césped, cuidar las flores, sembrar semillas de árboles que luego trasplantaremos en inmensas mesetas, preparar los alimentos que momentos antes hemos escogida de la huerta. Cada proceso, cada meticuloso movimiento cotidiano en un ambiente apropiado y estimulante provocará el despertar interior, provocará la cálida acogida del yo real. Así, entre todos, en plena armonía y cocreación con la naturaleza, avanzaremos en la difícil tarea de estar despiertos. Amorosamente, alegremente, en pleno y constante gerundio.

Ley del azar: encuentros ordinarios con vidas extraordinarias


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Por la mañana llegaba temprano a la calle Serrano. A principios del siglo XX una acaudalada familia construyó allí una hermosa casa con materiales nobles, con maderas traídas de lejanos bosques y con un estilo asturiano inigualable que a mi me recordaba a las casas cargadas de antroposofía en las que había vivido en la Baja Sajonia, en el norte de Alemania. Los herederos de aquella casa la convirtieron en una conocida fundación de ayuda y asistencia que gracias a la generosidad y entrega de mucha gente consiguen hacer cosas positivas y necesarias para la sociedad. El privilegio de conocer a su fundador y poder compartir con él un rato de conversaciones que superan lo trascendental es toda una suerte.

A media mañana corría hacia la otra punta de la ciudad de Madrid. Allí también esperaba un alma vieja en un cuerpo aún joven, pero igual de grande que el primero. Conocido emprendedor e iniciador de empresas de éxito, había decidido “dejar de hacer” para centrar su vida en lo sencillo, en lo inmediato, en lo cercano. Quedamos en la sede de su empresa y nos pusimos al día de propósitos e intercambios. El alma grande apuntalaba las palabras con sencillez, sin grandes puestas en escena, sin presumir de aquello o de lo otro. Sólo buscando en el grano lo necesario para que todo se produzca sin esfuerzo, sin hacer.

Volví corriendo al centro de Madrid y en uno de los salones del hotel Wellintong tenía otro encuentro hermanado. Un hombre joven, amigo de batallas empresariales e ideales, fraternalmente conjurado con la gestión del misterio, con una empresa en expansión e internacionalización recién aterrizada en la ciudad de Nueva York. De allí venía, de hacer las américas e interrogándose sobre la importancia del silencio y la quietud, del como domar la incesante ola de curiosidad y ansiedad por saber con la irremediable enseñanza de anclar la fortaleza del callar en la penetrante observación. Resulta difícil esa conjunción, a la vez que interesante el poder resolver esa pequeña enseñanza que los antiguos ofrecían a los recién iniciados para observar su perseverancia. Quien tenga ojos que vean, recitaban los viejos arcanos. ¿Pero cómo ver en lo evidente algo tan sencillo y tan complejo a la vez? Hablamos sobre la importancia o no de facturar dos millones de euros o el tener veinte mil empleados, facturar miles de millones de euros y luego, en un azar de suerte perderlo todo. ¡Ah, todo no! La salud siempre es bueno conservarla. Si se tiene salud, todas las mañanas estás dispuesto a perder cualquier reino y revolverse ante la circunstancia para superarlo.

A las pocas horas teníamos una cena. Esta vez con un ser entrañable, prestigioso orientalista acompañado de un séquito de amigos con cargos que removían mi curiosidad. Una catedrática en genética, un alto responsable en el mundo de las finanzas y la fábrica de timbre y moneda, un abogado procurador, dos profesoras de yoga… La mezcla no podía despertar más que inquietantes conversaciones y cariñosas apreciaciones sobre lo transcendente. ¿Cómo hablar de lo transcendente ante una catedrática de genética, un procurador y un hombre de finanzas? Se me ocurría hacerlo mirándolos a los ojos y hablando de la hermosa profundidad de las cosas sencillas de la vida cotidiana. No podía hablar del azar, o sí hacerlo como lo describía Gurdjieff, la ley del accidente, que es aquella que rige nuestras vidas cuando estas están alejadas del yo real, del yo de la consciencia.

De alguna forma, ahora que contemplo esta larga jornada de encuentros con unos y con otros, personas tan dispares y tan unidas por ese vínculo misterioso e invisible que construye puentes entre sus consciencias y la mía propia, sólo podía pensar que esa ley del azar estaba supeditada a un orden mayor, ininteligible para nuestras limitadas visiones, pero regidas por una fuerza ponderada a una ley extraordinaria. La consciencia absoluta, la consciencia del yo real sólo puede escudriñar en ese entendimiento y ver en lo ordinario encuentros extraordinarios que se escapan a nuestro entendimiento. Hay algo de magia en todo ello. Sólo hace falta estar atentos a esta suerte de vida.

Cuando el individuo siente, la comunidad tambalea


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Esta es una frase sacada del libro de Huxley , “Un mundo feliz”. No le falta razón. La sociedad ha construido un sistema cargado de paliativos para olvidar quienes somos. Vivimos totalmente narcotizados en un sistema donde el trabajo burocrático anula al individuo que, sin más recursos, provoca un aislamiento voluntario que pretende paliar con la búsqueda de diversión, de consumo de unas cosas por otras y de atomización mediante la búsqueda de placer fácil e inmediato.

Erich Fromm ya nos decía que el hombre moderno está enajenado de sí mismo. Rabia de soledad que disimula a golpe de profundos sentimientos de soledad, de angustia y de esa culpa que nos mantiene siempre a raya de nosotros mismos. Pero la sufrimos en silencio, en aislado silencio por temor al qué dirán o lo peor de todo, por miedo a la sospecha, al estigma.

Nos han capado desde muy pequeños la capacidad de soñar, de pensar diferente, de sentir diferente. Si hacemos algo que pueda dañar la imagen de lo correctamente asumible, pronto somos desahuciados, despreciados y señalados. La muerte del individuo que siente por sí mismo, que es capaz de emanciparse de esas costumbres a veces excesivamente absurdas o de esas normalizadas formas de tratarnos los unos a los otros y los otros con el resto del universo sintiente, es inevitable. La droga que nos anula se infiltra en hábitos adquiridos desde muy pequeños sin que, por su normalidad, nos parezca extraño su consumo. La permisividad pública daña al individuo que aspira a cierto grado de libertad, hipnotizando su libre albedrío en pro de la hegemonía cotidiana.

El mundo entero se convierte en un gran objeto de nuestro apetito. No somos capaces de contemplar el mundo y su belleza sin mercantilizar ese sentimiento, o intentar comprar algo que por pueril, remarca nuestra tendencia a traficar y consumir con todo cuanto vemos.

¿Qué pasaría si ahora alguien dejase de comportarse de esta forma tan irracional? ¿Qué pasaría si alguien lanzara la voz de aviso, y dejara eso que se dijo hace dos mil años: “deja las redes y sígueme”? ¿Qué pasaría si dejáramos de pescar peces y nos dedicáramos a pescar almas? ¿Qué pasaría si dejáramos de deambular zombis por este gris asfalto para abrazar la sublime manifestación de la naturaleza y sus mil maravillas? ¿Qué pasaría si cada vez fueran más los individuos que sintieran de esta manera? ¿Tambalearía la comunidad, el sistema artificial y macabro que hemos construido? ¿Qué fe, fuerza o valentía aún nos falta para dar ese salto, para ser francos con la vida y abrazar la libertad de emanciparnos de lo caduco y rancio?

 

(Foto: © Tomasz Alen Kopera)

Sembremos el nuevo mundo


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«El secreto del cambio es enfocar toda tu energía no en luchar contra lo viejo sino en construir lo nuevo» (Sócrates).

Eso pensaba ayer mientras atravesaba las calles llenas de cristales, mientras veía como una minoría intentaba rodear el Congreso con la sana intención de protestar contra tanta y tanta injusticia, como la de esa familia que ha muerto envenenada con comida caducada que seguramente recogerían de algún contenedor para poder subsistir un día más. Ayer me aferraba a la idea de que la esperanza podía aún consumir algún halo de vida en esta parálisis de podredumbre, de este asfalto gris y oscuro, de esta convivencia egoísta y artificial a la que hemos llegado.

Cuando todo terminó me quedé al menos una hora escuchando a unos y a otros, con esa curiosidad antropológica por saber los matices de aquellos que viven la realidad desde diferentes prismas y no daba crédito a lo que la gente decía, opinaba, pensaba. Como si el mundo entero fuera ajeno a sus intereses y como si lo único que importara en ese momento y lugar fuera acaparar las bolsas de Navidad.

Sin duda Sócrates tenía razón. Ya no podemos seguir luchando contra lo viejo. Toca llenar los puños de cinceles y martillos, de inteligencia y fuerza para crear la belleza del nuevo mundo, para esculpir la armonía y la delicada nueva era que nos aleje de este monstruo al que ya, excesivamente, nos hemos acostumbrado, y dar paso a ese angélico mundo que merecemos.

Este viejo mundo se desmorona. Su aliento es un gemido que se retuerce en las sombras a la espera de poder explotar en mil pedazos. ¿Y dónde está el nuevo mundo? Sin duda en nuestros corazones, pero aún más en aquellos que aspiran a volver a conectar sus vidas con la creación entera, con la naturaleza, con el alma que alimenta a todos los seres sintientes desde el respeto y la gratitud. Ese nuevo mundo que ya late dentro de nosotros sólo espera ser materializado con valor, sin miedo. Empecemos a sembrar. En el futuro serán otros los que recolecten. No importa. Sembremos. O hagamos los surcos para que otros lo hagan. O busquemos las semillas, o el agua, o la tierra fértil. Seamos partícipes de la nueva tierra que nos espera, sea como sea, con nuestra semilla, con nuestro calor, con nuestra agua, con nuestro amor. Pero sembremos.

Ama hasta que te duela, Segunda edición


PORTADA AMA HASTA QUE TE DUELA 2

Estimados amigos,

tengo el placer de comunicaros que ya está a la venta la segunda edición de «Ama hasta que te duela». Si quieres hacer un bonito regalo de Navidad o quieres que un trozo de este utópico soñador te susurre todas las noches, no olvides pedírselo a los reyes en esta dirección (ahora también en formato ebook):

http://www.editorialdharana.com/catalogo/ama-hasta-que-te-duela?sello=nous

Ama hasta que te duela

Ensayos sobre el amor

Javier León Gómez

Este es un libro para románticos, esa raza que ha sobrevivido a los tiempos de forma poética y a veces, miserable. Y también para personas de carne y hueso, reales, sintientes, con deseos de expresar y experimentar, de amar y ser amados. Amando.

Nostalgia, dolor, sufrimiento, pero también alegría, estupor, felicidad, amor y esperanza, mucha esperanza… Son palabras que derraman alegría y vida en un momento donde amar parece cada vez más difícil. Estos escritos quieren acompañarnos en esa tarea, especialmente para no sentirnos solos, para creer de nuevo en la esperanza del amor y sobre todo, para rescatar del olvido su nobleza, su belleza y su sentir.

Sobre el deber moral de salir a la calle: Rodea el Congreso 14D


rodea el congreso

Hoy parte de la ciudadanía seguirá con su rutina. El barrio de Malasaña, donde vivo, estará lleno de jóvenes cuyo propósito será pasar un buen rato. Está bien.

Hoy parte de la ciudadanía dejará su rutina. Del barrio de Malasaña, donde vivo, se ausentarán algunos jóvenes y marcharán a las siete de la tarde hasta la plaza Neptuno. Ojalá sea algo más que un puñado de jóvenes.

Entre ir o no ir a la plaza de Neptuno hay un pequeño hilo que separa un gesto del otro. El primero, que podría ser la pereza, el rechazo a este tipo de actos, la comodidad o el pensar que todo esto no va con uno es totalmente legítimo.

El segundo, el pensar que hay una casta de señores feudales aferrados al poder político y económico y que amordazan, a cual medievo, a los vasallos-ciudadanos para que no hablen, para que no se quejen, para que no puedan romper con el orden establecido, también es legítimo.

A cuento de todo esto hay tres casos que me llaman la atención: El caso Gürtel. El caso Blesa y el caso de los Eres. Paradójicamente, los tres jueces que han seguido estos casos de corrupción o han sido apartados del mismo o desautorizados o deslegitimizados. Ahora, además de apartar a los jueces también quieren apartar a la ciudadanía de un derecho básico y lo quieren hacer con la Ley Mordaza.

No vamos a entrar en la demagogia facilona de todo lo que está pasando. Sólo diré que como ciudadano me veo en la obligación moral de dejar por un día mis quehaceres y mi comodidad para salir una vez más a la calle. Así hasta que la suma de gestos, de unos y de otros, gesten el cambio que este país necesita con cierta urgencia. Sin violencia, en silencio, allí estaremos para que nos devuelvan la educación, la sanidad, la cultura, … pero sobre todo, la dignidad y la libertad que nunca debimos perder. Una persona puede perder casi todo, pero si pierde la dignidad, pierde su alma y nace la desesperación.

Extra de queso


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Ayer estaba en Navarra, en el norte de España (perdón, del estado español), y hoy paseo por Linares y todos los recuerdos acumulados en esos intensos cuatro años de la primera carrera universitaria. He comido en la pizzería donde durante unos meses estuve trabajando para sacar algo más de dinero mientras estudiaba. Son tantos los momentos, las lecciones, los amigos, los abrazos y el amor acumulado a tantos y tantos seres que marcaron ese tiempo…
Aquí aprendí que el éxito de un negocio es vender el «extra de queso», es decir, ese pequeño añadido que marca la diferencia entre tener beneficios o pérdidas. Aunque parezca ridículo, el ofrecer o no extra de queso en las pizzas podía suponer la supervivencia de toda una inversión. En la vida humana ocurre lo mismo. Las relaciones se hacen fuertes con ese extra de queso, esos detalles, esa noble inversión en atención y cariño al prójimo. Especialmente en los momentos difíciles, en los momentos donde un gesto, por pequeño que sea, puede determinar o no el éxito de una relación y su duración…
Hoy una amiga me recriminaba que cuando voy a los sitios nunca aviso, o mejor dicho, lo hago sin avisar. Lo malo de vivir en el aquí y en el ahora constante es que resulta difícil saber donde vas a estar las próximas dos horas. Me gusta perderme por las rutas no comerciales y verme, como ayer, perdido en mitad de la nada, disfrutando de la novedad, de la sorpresa, de lo sorprendente. Me gusta subirme a la ola que viene y no esperar a la más adecuada. La vida a veces te enseña que lo más adecuado no es aquello que nosotros creemos como lo mejor, sino aquello que la vida te muestra a cada instante. ¿Cómo avisar entonces? Hay que subirse a la ola y navegar hasta donde te lleve… Allí habrá seguro un tesoro, un encuentro, una vida nueva.
Hoy es viernes trece, está lloviendo. Es un mal día para presentar libros. Respiro y miro y observo atento todo cuanto ocurre. Hay una quietud hermosa en este instante. Miraré a alguien anónimo y le sonreiré. Si me pregunta le diré que es mi extra de queso. Quien sabe, quizás comprenda algo y termine en alguna ola, hablando sobre la vida y sus misterios.

Pasión irracional hacia los libros


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De mi infancia hay pocas cosas que recuerdo. Una de ellas era aquella estantería donde reposaban algunos libros. Había uno que me gustaba especialmente. Nunca supe como había llegado hasta allí pero siempre estuvo a la derecha de mi cama, con sus hermosas tapas llena de estampados dorados y sus láminas de colores explicando historias de mundos paradisíacos. Tardé muchos años en comprender sus primeras letras y muchos más en descubrir que ese increíble libro que me había acompañado toda la infancia era una hermosa y lujosa versión del Bhagavad Gita.

Había algo irracional que me atraía de aquel objeto aparentemente inanimado. Años más tarde descubrí que los libros son como puntos de luz que albergan sentires, conocimientos, emociones, sabiduría, amor, fuerza, belleza. El objeto en sí no es más que un trozo de papel ordenado cargado de contenidos, pero desde la más lejana infancia aprendí a observar lo que había más allá de ellos, ese lazo invisible que nos atrae o nos repulsa, esa vibración que subyace en otros planos y que de alguna forma hacía que ese Bhagavad Gita influyera positivamente en mi vida. Fue tal su influencia que pronto sentí curiosidad por el estudio comparado de las religiones, por la filosofía, por la mística, por la espiritualidad. Ese primer libro me llevó a otros y otros y otros que se convirtieron en mis guardianes silenciosos, en mis maestros invisibles, en mi jerarquía de valores y conductas. Me enseñaron todo aquello que la vida en sí, la experiencia, no podía ofrecer. Una luz más allá de las formas, un sentido y un propósito más allá de toda circunstancia. Un haz profundo de silencios y vestigios. En este mundo de sombras, los libros eran como llamas, como antorchas pegadas al pecho dispuestas a alumbrar el camino.

Fue tal mi pasión que en la universidad creamos nuestra primera editorial. Conseguimos algún ordenador, alquilamos alguna oficina e intentamos crear revistas y contenidos. No funcionó, demasiado jóvenes, demasiado inexpertos. Tras terminar los estudios tuvimos algún intento para crear en Barcelona una librería. Era un deseo ardiente, una pasión interior. No funcionó. El tercer intento sí funcionó, y lo hizo en una de las circunstancias más difíciles de nuestros tiempos. La triple crisis, la financiera, la digital y la del libro había creado un caldo de cultivo perfecto para que nada progresase, para que todo se derrumbara y para que nada funcionara. Huracanes sacudieron los cimientos del proyecto pero la pasión y el amor hacia este sueño hizo que aguantáramos cualquier enviste.

El domingo estábamos por Estella, cerca de Pamplona, donde íbamos a pasar unos días para hablar sobre un proyecto que de alguna forma también tiene que ver con esa influencia infantil. Un proyecto ambicioso que requerirá años de trabajo y sacrificio, pero que desembocará en la puesta en escena de ese amor hacia la vida.

Tuvimos que volver precipitadamente porque una caja de libros no había llegado a su destino y la única forma de que pudiera hacerlo era estando el lunes temprano en Madrid. Lo dejamos todo y fuimos hasta Madrid y la caja llegó de mano del autor hasta Andalucía puntualmente. Ayer mismo me llamaba nuestra imprenta de Pamplona diciendo que unos libros cuyo destino también era Andalucía no iban a poder estar para el viernes, día de la presentación. Ante estas circunstancias a veces uno se desmorona porque tanto esfuerzo no siempre compensa el resultado. Cogí el coche y conduje toda la noche hasta presentarme esta mañana a primera hora en la imprenta. Esta era la única forma de que los libros pudieran estar mañana en Andalucía para la presentación. Me resultó paradójico contemplar como los libros me habían movido y removido en dos lugares parejos: Navarra y Andalucía. En ambas acciones no habría un resultado económico positivo ya que al ser obras de poco calado comercial el resultado en el balance siempre es negativo. Pero en el balance interior, tanto esfuerzo es compensado siempre por algo difícil de entender, algo que sólo aquel tímido niño que contemplaba las tapas inertes de ese gran libro podría vislumbrar silenciosamente. Si algún día tenéis hijos o ya los tenéis, poned a su lado libros increíbles. Ellos, por las noches, se encargarán de susurrar a su alma grandes motivaciones, hermosos sueños, conductas y valores imposibles de encontrar en el mundo que nos rodea. Dejad algún libro cerca de sus corazones para que con su llama iluminen su camino. Hacedlo. Algo hermoso y bello estaréis sembrando. Algo poderoso estaréis susurrando al espíritu de las cosas.

Hoy he dormido poco tras una larga noche conduciendo. Hacía frío, había niebla y cien peligros rodeaban la vida nocturna. Pero había una llama que me guiaba, había una luz que resplandecía más allá de la noche oscura.

 

Cartas de meditación ocultista


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Estimado K,

con respecto a todas las cosas que hemos hablado este largo fin de semana, recopilo algunos textos extraídos del libro “Cartas de Meditación Ocultista”, libro del cual hemos sacado alguna inspiración para todo lo relacionado con el “Proyecto”. No quiere decir que nosotros estemos en el plano interior y subjetivo preparados para semejante hazaña tal y como la sugiere DK, pero sí vemos claras las pautas a seguir en cuanto a lo que DK sugirió para el futuro, y sentimos la necesidad de seguir sus pasos en todos los aspectos, no sólo en lo que respecta a nuestro trabajo interior como individuos (en nuestra triple manifestación) sino también en el trabajo exterior de servicio y acompañamiento, de estudio y meditación. DK hablaba de las Escuelas de Concentración. Dharana, el nombre de la fundación que hemos creado, es una de las fases de la meditación raja yoga y significa precisamente concentración. En nuestro interior vemos con luz cierto propósito y estamos dispuestos a dedicar el resto de nuestros días al mismo, siempre desde la humildad, la paciencia y la disciplina adecuada. Un abrazo sentido…

TEXTOS DEL LIBRO “CARTAS SOBRE MEDITACIÓN OCULTISTA”, DE DK.

Los estudiantes cuya tarea consista en hacer los preparativos necesarios, deberán descubrir por sí mismos el método, el lugar y el procedimiento. Todo debe ser forjado en la hoguera del esfuerzo y el experimento, y el precio a pagar será elevado, porque lo que así se obtiene, proporciona el residuo o núcleo sobre el cual se basará el trabajo posterior. Los errores no interesan, pues sólo sufre la transitoria personalidad. Lo importante es que haya aspiración y habilidad para emprender las cosas y capacidad para aprender las lecciones que los fracasos enseñan. Cuando los fracasos se consideran como valiosas lecciones, cuando el error se toma simplemente como advertencia para evitar un desastre y cuando el discípulo nunca pierde el tiempo en vana desesperación y en inútiles recriminaciones, entonces los Instructores observadores saben que el trabajo que el ego trata de realizar a través de cada aspecto del plano inferior, avanza en la forma deseada y que el éxito final es inevitable.

La ubicación. Esto es algo de suma importancia, pero diferirá según el lugar que se busque, sea para una escuela preparatoria o para una avanzada. Hablando en forma general (pues los requisitos nacionales varían mucho), las escuelas para trabajo preparatorio se situarán a una distancia razonable de algún gran centro poblado o ciudad, pero las de grado avanzado estarán más aisladas, y no serán tan fácilmente accesibles.

Sobre todas las cosas, la escuela preparatoria se concentra en el desarrollo del triple humano inferior, en su entrenamiento y servicio. Las escuelas avanzadas preparan definidamente y se ocupan de las ciencias, de impartir verdades cósmicas, del desenvolvimiento abstracto del estudiante y del trabajo en los niveles causales. En una, el trabajo se puede realizar mejor en el mundo de los humanos y en contacto con él; la otra, exige necesariamente un ambiente de relativa reclusión y libre de interrupciones.

En la escuela preparatoria aprende a adquirir este dominio; en la escuela avanzada se le podrán confiar otros contactos aparte del humano. En ambas la instrucción básica es la meditación en todos sus grados. ¿Por qué? Porque en las escuelas nunca se da información o instrucción precisa o un conglomerado de hechos, ni tampoco se emplean libros de texto complejos. El único objeto es encaminar al estudiante para que encuentre por sí mismo el conocimiento que necesita. ¿Cómo? Desarrollando la intuición por medio de la meditación y alcanzando cierta medida de control mental que permita descender la sabiduría al cerebro físico.

Las Escuelas avanzadas estarán lejos de los lugares densamente poblados de la tierra, con preferencia en las regiones montañosas, porque éstas tienen influencia directa sobre el estudiante y le imparten esa cualidad de fortaleza y firmeza, sus características predominantes. El mar o las grandes extensiones de agua, cerca de la escuela preparatoria, le recordará constantemente al estudiante su trabajo principal, la purificación, mientras que las montañas inculcarán al estudiante avanzado la idea de la fuerza cósmica y mantendrán constantemente ante él, el pensamiento del Monte de la Iniciación, al cual pronto tratará de ascender.

(Foto: © Esmar Abdul)

El vuelo del halcón


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Hoy acompañaba a dos seres extraordinarios hasta la cárcel. No era la primera vez que iba para compartir con las presas un rato de lecturas, de charlas, de coloquio que les hiciera pasar unas horas diferentes en un lugar tan siniestro. Ellas a veces se sorprenden de la calidad de los invitados que muy discretamente mi buen amigo lleva de forma callada y anónima. Hoy le decíamos que sería importante que explicara al mundo este tipo de cosas, no por vanidad, si no por necesidad de posar la lámpara sobre la mesa para que el mundo se inspire. Aprovechando de paso, por ejemplo, la persona que hoy nos acompañaba, un ser entrañable y muy conocido que podría servir de reclamo para que muchas personas más fueran hasta las cárceles de nuestro país para acompañar a los presos en su trance personal. Pero el prefiere hacer esto en silencio, sin darle mayor importancia que la que tiene, aún a pesar de la hermosa labor que hace tan discretamente.

Tras más de una larga hora de convivencia en el panóptico, al salir satisfechos de allí un halcón se golpeaba contra uno de los muros del lugar. Nos acercamos hacia él y lo recogimos del suelo. Estaba medio muerto, aturdido por el golpe. Sentía como el corazón le palpitaba a mil por hora para luego pasar a un letargo muy cercano a la muerte. Lo llevamos hasta el coche y le pusimos las manos en el corazón. Rezábamos silenciosamente para que la vida volviera a él. Sentíamos su calor, su lucha, su devenir en un momento expectante. Veíamos como cerraba sus bellos ojos, su grandiosidad y belleza. Nos resistíamos al pensar que un torpe golpe, que un solo despiste podía terminar con la majestuosa vida de tan bella criatura. Acariciábamos sus alas, su plumaje. De repente me acordé de Noel, el niño santo que acariciaba en Mongolia a camellos salvajes, haciéndolos llorar, y a mirlos que se posaban sumisos en sus manos. Me acordaba de los milagros y las maravillas que los buenos seres obran en el mundo.

Estrechamos al halcón en nuestro pecho mientras que, cerrando los ojos, susurrábamos latidos de vida en su éter. Paramos el coche a poca distancia de la cárcel. Había un cielo espectacular y al fondo podíamos ver las montañas nevadas surcando el horizonte. Cuando salimos del coche vimos como el halcón abría de repente los ojos a la vida, como si la luz del atardecer, que dicen que es la luz de los ángeles, hubiera dado nuevas alas al animal doliente. Alzamos las manos y el halcón partió libre y feliz hacia los cielos. ¡¡¡Volaba!!! Y lo hacía majestuoso, feliz, libre. No podíamos con la emoción. Aplaudimos, nos miramos satisfechos, sonreía nuestra alma también libre. Era aquel el milagro de la vida que brotaba de forma simbólica hacia el cielo, por encima de las celdas y las presas. Era esa luz que se derrama en la esperanza y el horizonte infinito. Era la señal de que nada ni nadie nos puede arrebatar los sueños, de que ninguna torpeza o descuido nos puede amarrar alejados del vuelo libre. Sigamos soñando desde la plenitud de nuestro ser para que la luz del alba y de la vida nos libere de nuestras torpezas y nos lleve hasta la vida eterna. Sigamos creyendo en esa poesía que nos atraviesa el alma, ese punto de quietud desde donde dirigimos nuestros anhelos.

(Foto: © Ildiko Neer)

Anclando el Ser


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No digas: «soy un muchacho», pues adonde quiera que yo te envíe irás, y todo lo que te mande dirás. (Jr. 1.7)

Una de las cosas más difíciles de todas es anclar el Ser que somos en nosotros mismos, en nuestro vehículo, en nuestro hogar, y dejarlo gobernar. Anclar el Ser significa estar en profundo silencio durante años. Significa estar en profunda meditación y estudio y en profunda observación de uno mismo y lo circundante.

Anclar el Ser es también preocuparse por los demás, por las relaciones, por los ecosistemas que nos rodean, por las vidas y por las conciencias que gobiernan a esa vida. Respetar cada átomo, cada suspiro, cada anhelo sin interferir en los deseos de cada uno. Si una piedra está en el camino hay que rozarla suavemente con el tacto de una mano dulce y limpia. Si es una flor la que nace poderosa entre las zanjas de un hayedo solo podemos reverenciar su vigorosa y sublime belleza. Si es el animal el que asoma tímido por los albores del bosque debemos contemplar dulcemente su equilibrio, su sencillez, su curiosidad por el mundo sin lastimarlo, sin dañarlo, sin someterlo. Cuando hacemos eso y nos entregamos a la causa de la vida empezamos a descubrir sus secretos, sus enredos caóticos que tejen el orden superior, el ordenamiento de aquello que no podemos comprender pero sí sentir y observar. Entonces ya no interferimos ni obstaculizamos, sólo realizamos, sólo manifestamos, sólo cocreamos.

Anclar el Ser significa también hablar de limpieza. Todos los místicos saben que existen dos purificaciones necesarias y un doble bautismo para limpiar el alma: las realizadas en agua y en fuego. Por eso es necesario poseer espacios y moradas lúcidas, claras, cargadas de luz y resplandor. Espacios profundos donde la luz habita, la interior y la exterior. Claridad en todas partes, espejos cristalinos, radiantes aguas transparentes donde cualquiera puede ver reflejado todo su esencia. Limpieza y serenidad, limpieza y armonía, limpieza de cuerpo (agua) y alma (fuego) e intensa paciencia para poder acometer cualquier obra. Nunca podemos olvidar la limpieza si realmente deseamos anclar el Ser y dejar preñar su voz profunda en nuestros labios sellados y anhelos. Limpieza exterior y limpieza interior, en nuestros cuerpos, en nuestras emociones, en nuestros pensamientos que deben ser claros y poderosos, contundentes, decisivos, sirviendo siempre a lo real, a la verdad, a la claridad sempiterna que siempre nos aleja de las sequedades interiores.

Anclar nuestro Ser también es alejarnos de las palabras y abrazar el verbo, un verbo que conjuga en silencio, en callada sintonía cósmica, en armónicos invisibles al paladar humano. Sólo hablar cuando se nos pregunte o cuando sea de vital importancia. Sólo hablar para empoderar la luz allí donde sólo existen oscuras ciénagas. Sólo hablar para aportar un bien mayor, un sensato remedio a las angustias del alma. La verdadera comunicación no nace de la palabra, sino de las acciones puras y nobles.

Anclar el Ser significa empuñar la espada y fondearla en las entrañas. La astuta inteligencia requiere ser acallada por la honda tierra cálida y húmeda. Acallada la mente aparece el corazón y nace el Ser. Acallado el pálpito de la duda y el miedo, de la seguridad y la ceguera resplandece el alma libre. Cuanto más duro es el invierno más esplendorosa es la primavera. Cuanto más fría es la noche más cálido es el nuevo día. Y el Ser respira aliviado cuando nos marchamos y le damos paso, cesando nuestra errónea percepción sobre nosotros mismos. Cuando el Ser nos habita, la vida y la abundancia se manifiestan. Afina el verbo. Muere para nacer de nuevo.

(Foto: © Emmi Lück)

 

Nada te turbe


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Cuando hoy nos tocaba exponer a nosotros parte del proyecto O Couso a un reducido grupo de amigos la verdad es que nos daba vértigo pensar lo que cuesta realizar, ni tan siquiera rozar, esos sueños interiores. A veces es inevitable entrar en esas crisis de fe que te interrogan sobre los porqués de las cosas. Ya casi tengo despejada esa incógnita con un recurso facilón: no me interesan los porqués. Lo complejo es el cómo. Es cierto que cada paso suma, que cada gesto se agradece desde el alma. Pero cada vez somos más conscientes de que alcanzar el ideal siempre ha sido una empresa titánica.

No entendemos de donde sale esa búsqueda, esa llamada, esa conversión que pretende relacionar lo interior con lo exterior sin barreras, sin nada que separe lo uno con lo otro. ¿Por qué hacemos unas cosas y no otras? Realmente la vida plana tiene sus ventajas. Pero cuando pretendes enredarte de forma voluntaria en proyectos ambiciosos uno siempre termina por achacarlo a fuerzas que nos empujan a lo irremediable.

Por alguna extraña razón existe una implicación no sólo intelectual y guerrera, también vital y urgente. Hay un anhelo combatiente, un espíritu que nos gobierna más allá de nuestros intereses particulares. Estamos como entregados a esa pasión por la vida, a ese modelo cocreador que nos arrebata de todo cuanto somos.

Santa Teresa de Jesús ya nos advertía: nada te turbe, nata te espante. Es la eficacia de la paciencia la que produce grandes obras en nosotros y en el mundo. Mira que no reina Dios sino en el alma pacífica y desinteresada, nos decía otro místico, San Juan de la Cruz. El alma que anda en amor, ni cansa, ni se cansa, nos decía. Quizás sea así todo, tan fácil, tan sencillo como entregarse sin miedo a todo ese mundo que nos espera. Seamos pacientes. Seamos valientes ante los retos y la necesidad, ante la urgencia de actuar y el devenir de los tiempos.

Vivir es Gozar


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Hoy nos reuníamos alrededor de la chimenea y el cálido hogar en la sierra de Urbasa con un grupo de gente bonita. Había una hermosa mujer, catedrática de filosofía ya jubilada, de un gran poder interior y una extraordinaria belleza profunda que en pocas palabras y con mirada sencilla y cargada de experiencia nos explicaba con ternura que la verdadera vida es la que se goza.

Hablábamos con curiosidad y anhelo de las tradiciones iniciáticas, de místicos y místicas, de la verdadera experiencia de nacer dos veces a eso que ella ha definido como el Misterio. Vivir ese misterio es gozar de la vida, experimentarla desde la sencillez, desde la experiencia del sabio que camina en silencio, alejado del orgullo espiritual, de la erudición intelectual, del creerse más o menos que nadie, de aquel que va por la vida pensado que esta gira alrededor suya, alejados del mercantilismo como los que se generan alrededor de cualquier culto, ya sea de viejo cuño o de esa nueva era de las que todos quieren sacar tajada. En una sociedad de mercaderes, todo vale. Por eso el místico se aleja de ese ruido y obra el milagro del gozo en las cosas sencillas, no olvidando su primordial propósito de servir con humildad en la cocreación del mundo.

Este tipo de encuentros tienen su utilidad porque no dejan de ser una muestra de amor hacia el prójimo, de búsqueda y de compartir. Una especie de impulso que te renueva por dentro para afrontar los retos de lo exterior. Hay un sentido en todo ello. Han pasado miles de años desde que el ser humano empezó a interrogarse sobre su existencia y aún hoy día dudamos de la misma, o simplemente pasamos por ella como si fuera un mero trámite más, como si no fuéramos conscientes de que cada segundo que pasamos hipnotizados viendo la tele o peleando con el prójimo es un segundo menos de experiencia, de oportunidad, de urgencia para hacer lo único que se me ocurre que debemos hacer: vivir con gozo. Y gozar es sacarle el jugo a cada experiencia desde la consciencia de sabernos vivos, de sabernos presente en este eterno aquí y ahora que nos pertenece. ¿Cuántos aquí y ahora más podremos gozar? Sólo sabemos que unos pocos más, así que seamos generosos con la vida y gocemos, hagamos aquello que anhelamos antes de que pase nuestro turno. Esto debería susurrarnos todo los días: “hagamos aquello que anhelamos”. Y gocemos.

(Foto: © Jan Saudek)

Buen trabajo Mandela


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Mandela se ha marchado. Nos enterábamos mientras en silencio planeábamos el asalto a la utopía desde la Sierra de Urbasa, en un privilegiado lugar donde rodeados de leña y silencio perfilábamos las bases de un proyecto de libertad y amor. Ese fue el anhelo de Mandela, ese fue su afán, crear las bases para una tierra libre y amorosa. Y ese es el afán de miles y miles de personas que entregan su vida a causas que tienen que ver con la persecución de esos anhelos morales y espirituales.

El ejemplo de Mandela nos recuerda la grandeza de aquellos que sacrifican su vida personal por mejorar la vida colectiva del conjunto. Décadas luchando, ahogado entre los barrotes de una sombría cárcel no sedaron las ganas de conmover al mundo con ese mensaje claro y rotundo, necesario para entender que todos los seres humanos somos iguales ante la visión del universo, ante la visión amorosa de ese sol que nos ama a todos por igual.

Somos nosotros, los humanos, los que ante nuestra limitada visión clasificamos, juzgamos y sometemos a prejucio todo aquello que nos separa o nos aleja los unos  a los otros. Mandela pronto comprendió que todos somos Uno, y que nada ni nadie nos puede separar los unos a los otros.

Su lucha y su constancia son un ejemplo para aquellos que como él están en la causa más allá del placebo diario, más allá del narcotizante y egoísta devenir de los que duermen en su plácida celda de oro. No muere Mandela, nace un mito. Así que gracias querido amigo, servidor de libertades. Gracias por tu ejemplo. Buen trabajo.

Vuelta al bosque


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Teresa había leído mi experiencia en el retiro vipassana y todo lo que mi vida se había revolucionado desde entonces. No sé si había algún tipo de relación entre ese retiro y mi posterior vueltas de vida, pero lo cierto es que a consciencia sabía que ese intermedio, ese contacto constante con mi interior daría frutos esenciales.

Ella desde Alemania comulgó con la idea de poder retirarse y tras pasar un par de días en el zulito la acompañé esta mañana hasta la sierra de Gredos. Sus montañas coloridas de otoño eran un espectáculo de bienvenida. Sentí cierta envidia sana por ese momento de paz y redescubrimiento que iba a recorrer. Diez días en absoluta meditación y absoluto silencio dan para mucho.

El reencuentro con la montaña y la vuelta a Madrid, con su capa gris contaminante que sólo percibes cuando ves la ciudad desde la distancia, de nuevo reactiva la llamada de la selva y la necesidad de volver al bosque. Mañana lo haré, tras un par de reuniones, y viajaré hasta la sierra de Urbasa, en Navarra. Estaré unos días paseando entre hayedos y encinares preparando concienzudamente en el plano interior las promesas exteriores. Esperan unos días de reflexión en un paraje privilegiado. Unos días de larga conversación con la clara luz, con el hombre bueno, para aunar ese necesario “hágase su voluntad y no la nuestra”. Esperan acontecimientos que requerirán mucha fortaleza interior y mucha ilusión y entusiasmo. Esperemos estar a la altura de lo que se demanda. Qué así sea.

(Foto: Koldo Aldai, O Couso en Otoño)

Clara luz


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El hombre amigo subió a lo más alto y desde allí contemplaba la majestuosa belleza del lugar. No podía dar crédito al espectáculo que sus ojos podían divisar. Teresa nos visitaba desde Alemania antes de emprender un retiro vipassana y comíamos algo en el restaurante vegetariano que hay junto a casa. Mientras charlábamos entre el primer y segundo plato el hombre amigo nos llamó desde lo alto de la colina. En su voz se notaba la razón hechizada, la emoción del instante, el temblor de estar ante un momento único que podría marcar un antes y un después en nuestra trayectoria vital.

Desde hacía meses esperábamos esa llamada, así que contesté el teléfono y escuché atento. El cabello se erizaba ante las palabras y descripciones emocionadas del hombre amigo. Nos daba las gracias por nuestra constancia y tenacidad. Sentíamos por dentro cierto alivio pero ahora, la responsabilidad nos golpeaba con fuerza las vidas. Llegaba el momento de declinar la balanza hacia la verdadera entrega, hacia el servicio, caminando en el propósito interior y desplegando todas nuestras fuerzas para seguir adelante.

Cuando el hombre amigo colgó el teléfono había una luz en el interior, una clara luz que invadía todo el instante. El reto parecía cada vez más cercano, cada vez más palpable. Sabemos de sobra que no se trata de un reto personal, de algo que nace del egoísta deseo de realizar ningún tipo de proeza. Es algo que va más allá de nosotros mismos y que pretende ser una respuesta al sentir común, a la necesidad común. Deseamos, con otras manos, despertar el deseo para que la urgencia de actuar no se quede tan sólo en meras palabras. Deseamos que la utopía pueda ser seguida hasta la extenuación. Deseamos participar en esa transformación necesaria e imprescindible desde el coraje y la valentía. Deseamos seguir adelante, sin miedo, convirtiendo la dificultad en reto y el obstáculo en soporte. Estamos deseosos de seguir el trazo marcado. Pronto danzaremos en el sueño hecho carne. Pronto compartiremos la proeza de sabernos partícipes de la vida. Pronto abriremos las puertas para que todos entren al banquete, a la fiesta, al compartir.

(Foto: © Josh Adamski )

Sánate a ti mismo y sanarás al mundo


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El cuerpo es nuestro vehículo, pero también es nuestro templo. Tomar consciencia de esta realidad es encaminar nuestras vidas hacia otro sentido, hacia otro sentir, hacia otro escenario privilegiado.

La energía vital que recorre nuestro cuerpo nos conecta con la vida. Es una fuente de riqueza y de poder que nos hace ágiles, fuertes y hermosos. Cualquier gesto, cualquier tipo de acto responde a esta energía, a este arrojo de vida. Pero nunca somos conscientes de la calidad de la misma. ¿Qué tipo de energía nos recorre? ¿Qué tipo de vida nos anima?

Las emociones es la balsa que nos conduce por el vasto océano de la experiencia. Nos impulsa hacia uno u otro lugar, nos lleva a subir y a bajar o a voltear el mundo y sus caminos. Es nuestro motor, lo que nos impulsa, lo que atrae y repele, lo que nos conecta con el mundo sensible. También tiene su propia calidad dependiendo del dominio que ejerzamos sobre la misma. ¿Utilizamos el mundo emocional para dirigir nuestros pasos hacia la correcta consecución de nuestra vida y propósito o es el mundo emocional el que antoja nuestro devenir? ¿Quién domina a quien? ¿Hemos pensado alguna vez en ello? ¿Son las emociones las que dirigen nuestra vida o nos valemos de su fuerza y motor para alcanzar nuestras metas?

La mente es el faro de luz y la consciencia aquello capaz de penetrar toda tiniebla, todo velo, toda ilusión. La mente es el soporte de la consciencia, es el asiento donde descansa la sutileza, el arte y lo que nos conecta con el universo entero, con su infinitud. Pero muchas veces vivimos engañados por la ilusión mental, por el espejismo de sus propias creaciones, de sus miedos, de sus fantasías, de su criterio. Ocurre lo mismo que en los casos anteriores, ¿hemos pensado alguna vez en someter mediante el silencio y la meditación a ese poderoso foco de luz? ¿Hemos alguna vez pensado en como dirigir correctamente esa luz para caminar hacia nuestro destino o hemos dejado que la ilusión, la crítica, el espejismo, la ficción y la dualidad erren nuestros pasos? ¿Hemos sido alguna vez conscientes del poder creador de nuestra mente? ¿Hemos reflexionado sobre ello? ¿Y sobre la consciencia que nos gobierna? ¿Qué tipo de consciencia tenemos, y de qué calidad? ¿Con qué mundo nos conecta esa consciencia, con el de los sentidos, siempre tan limitados, o con el de la infinitud?

Enciende una vela blanca en tu templo y diseña sus paredes desde la sana intención de construir una luminosa catedral. Que cada piedra sea pulida para que encaje a la perfección en el edificio virtuoso, en el equilibrio y la rectitud. Observa tu cuerpo para que sea un vehículo perfecto que albergue la energía vital, la savia de la vida que debe ser limpia y pura, que debe alimentarse de cristalina agua, de pacíficos alimentos, de oxigenado aire y de luz, mucha luz. Su pureza hará que nuestras emociones sean nobles y estén calmadas, hará que no se dejen llevar por cualquier viento y serán firmes ante la adversidad. Un edificio fuerte y bien conservado soportará convenientemente los envites de la vida. Hará de nuestras emociones un campo equilibrado, ecuánime,  perfecto para que se aposente el jinete, el hacedor, el tejedor de mundos al que llamamos mente, la buena mente. Y ella será respetada y respetuosa con el mundo sensible, abrazando la unidad de todas las cosas sin juzgar, sin vacilar, sin caminar a ciegas, sin dudar.

Cuando todo esto ocurre, inevitablemente fortificamos el flujo de vida y la salubridad nos atraviesa, nos sanamos, somos partícipes de otro tipo de energía, de otro tipo de mecanismos que producen un halo de luz en el planeta que habitamos. Inevitablemente surge una simbiosis rítmica entre nosotros y el cuerpo mayor que moramos, ese navegante estelar al que llamamos Tierra. Si nos sanamos, sanaremos al mundo y la vida será bella, fuerte, sabia.

(Foto: © Наталья Ова)

Los cobardes mueren muchas veces antes de morir


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Los dioses de la antigüedad enseñaban a los humanos a rozar sus dones gracias a la interacción y generosidad de lo que los antiguos llamaban la Buena Mente. Los hombres y mujeres podían escoger ser como el Achaa (Rectos) o como Vohu Manah (con una Mente Buena y benévola), o cualquiera de las otras esencias propias de la deidad. Este contacto que pretendía potenciar los atributos éticos de los seres en desarrollo eran expresados con virtudes y talentos a la humanidad para progresar y evolucionar hacia la entereza.

La música, el arte, la belleza, el poderoso abrazo del cariño que se expresa entre dos seres que se reencuentran, la mirada cómplice, el sonido de un grillo en la noche melancólica, la pertinaz elocuencia de un niño que te habla de estrellas lejanas o aquel conejillo que se cruza veloz por el camino añejo. La virtud humana es pareja a los atributos de la expresión de la vida. Sólo debemos levantar nuestras manos hacia el Tejedor, ungir el sediento momento a la impermanencia y dejarnos caer ante la inmensidad, arrodillándonos humildes ante ese milagro al que pertenecemos.

Ser buenos, ser pacíficos, ser estrechamente cómplices y coherentes con la manifestación, inclinar nuestra reverencia de seres fugaces y abrazar con ello la grandeza de este regalo que llamamos aquí, y ahora.

Si levantamos la mirada al infinito nos volvemos inmortales, porque comprendemos que la valentía de aceptar nuestra limitada somnolencia nos hace partícipes del coro universal, y por lo tanto, humildes instrumentos de su paz, de su orden incomprensible para nosotros. Y eso nos hace fuertes y libres, y valientes ante la urgencia de ser vivos danzantes, alejándonos de lo que Shakespeare denominó como “esos cobardes que mueren muchas veces antes de morir”.

La maravillosa noche oscura nos hace fuertes. Proclama las bondades de aquello que en el futuro nos deberá aproximar a la victoria que no es más que la aceptación de nuestro inevitable destino como seres limitados y finitos. Y en ese instante, en esa aceptación, elegimos el camino de la no dualidad, el camino del amor, el camino de la aceptación, del “Hágase Tu Voluntad y no la mía”, de la rectitud y la benevolencia para alcanzar la entereza de ser firmes consonantes en la creación entera. Toca, respira, siente como la nave Tierra viaja circundante por el universo entero. Escucha la música de los ángeles cuando te encierres en la soledad y el silencio. Roza con tu mano y con tus labios mientras bailas dichoso el escenario de la vida. Siente el palpitar de todo lo que te rodea, siente la vida recorrer todas las esferas, todos los instantes. Percibe el rumor. Sé valiente. Vive, ama, despréndete de ti mismo.

Foto: © Elena Shumilova

Cuando llenamos los ojos de amor, solo vemos amor


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Estamos viajando a Granada. El sol ilumina los campos dormidos del otoño andaluz. El dorado prevalece sobre los tonos añejos. La naturaleza dormita mientras se prepara para el invierno. Dan ganas de tumbarse bajo el sol y dormir plácidamente hasta la próxima primavera. Laderas, ríos, árboles de ribera teñidos de ese ambiente melancólico. No están mal los doce grados de introspección exterior. La naturaleza parece agotada en otoño. Es hora de prepararse, de recogerse para que la vida vuelva a resurgir con esplendor en las próximas estaciones.  Toda la naturaleza contiene en sí misma esos ciclos. Sólo hay que mecer con paciencia el órdago de la espera y ver como florecen los períodos.

Resulta difícil contemplar estas cosas cuando estamos tan sumergidos en las tareas cotidianas, especialmente cuando vivimos en plena ciudad, en esa grisácea epidermis de asfalto. Es cierto que los platarenos que adornan algunas calles pretenden recordarnos en qué parte del ciclo estamos, pero no tiene nada que ver con estar aquí, con los pies enterrados en barro y las manos prensadas con el roce lumínico del sol. Ahora que ya no poseo esta suerte de privilegio envidio sanamente a los que aún conservan el contacto directo con la vida, con el campo, con los bosques, con la salvaje emoción de ser libres con nuestra natural esencia.

Alguien muy querido decía ayer que cuando llenamos los ojos de amor sólo vemos amor. Para que esto ocurra primero debemos quitarnos la venda que tapa nuestra mirada, o al menos arrancar de cuajo todos esos clichés y prejuicios que envilecen nuestra visión. Sólo debemos desvelar, correr el velo que nos oprime, que nos aleja de la savia vital, del poderoso mensaje de la vida. De alguna forma me veo con la obligación moral de volver a esos orígenes primitivos, volver al contacto con la leña en invierno, con el fuego del hogar que se construye con piedra, barro y madera. Cultivar una huerta, recolectar los frutos del bosque, pasear por la ladera buscando setas, rozar con las manos el agua sacada del pozo o bucear en los ríos buscando sus piedras doradas. Ahora que en este viaje puedo recordar que la naturaleza existe y espera paciente nuestro regreso, nuestro abrazo a eso de lo que nunca debimos separarnos, más ganas tengo de retomar esa mirada de amor. Más deseo llenarme la mirada de amor y comprender que sólo así podemos decir que estamos vivos. Arrancadme el velo cuando me pierda en la oscuridad. Agitarme el alma cuando deje de ver.

 

Desde Córdoba


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La ternura y el calor de la gente siempre nos llena de gozo. Hoy en Córdoba hemos disfrutado doblemente. Nos acompañaba el Petit Editor que escuchaba a veces con incredulidad y otras con suspicacia las palabras que salían de Emilio Carrillo. Al terminar la charla se nos acercaron gente bonita que había venido desde la comunidad de Artosilla, en el Pirineo de Huesca, para estar hoy allí. Hablamos de amigos comunes y de sinergias que nacen con el Proyecto O Couso. Las sorpresas son siempre continuas con respecto al mismo. Especialmente cuando han llegado tres uruguayas que han venido desde su país para seguir el periplo de Emilio y conocerlo personalmente. Tanto es el entusiasmo que muestran que una de ellas llevaba en su móvil como fondo de pantalla una foto de O Couso. Tanto Laura como yo nos hemos quedado un poco aturdidos porque nunca sabemos hasta donde puede llegar la repercusión de este hermoso sueño.

Es cierto que estamos cansados, que nos faltan horas del día para poder atender tantas y tantas cosas, pero no nos falta entusiasmo para dirigir con fuerza cada segundo de vida y de experiencia. Ser instrumento de la paz es hermoso. Conocer y abrazar a tanta gente bonita no tiene precio. Mañana toca Linares y pasado Granada. Será el último viaje con Emilio hasta febrero. Un hermoso trueque que recordaremos por mucho tiempo. Gracias Emilio por lo milagroso de estos viajes.

La exótica naturaleza del recuerdo


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Hace unas horas que hemos llegado a la Montaña. Casi veinte grados de temperatura que era embriagada con esa característica luz del mediodía. El olor intenso a bosque salvaje, a naturaleza en estado puro, nos inducía al éxtasis en el paseo que hemos dado nada más llegar. Estábamos necesitados de luz, de naturaleza, de esa libertad alejada del ruido de la ciudad, de la suciedad que se respira por todas partes. Aquí, en Andalucía, es todo verde y azul, y cuando paseábamos por el bosque me preguntaba como es posible que hubiera abandonado este paraíso cargado de exuberante belleza.

Nos colamos tras esas vallas que separan el pueblo del parque natural. Desde allí podía ver la que era mi antigua casa, ahora abandonada por la incertidumbre y rodeada de naturaleza salvaje. Me embriagó un deseo egoísta de poder recuperarla. Al fin y al cabo aquel esperpento de cristal estaba allí porque alguna vez lo soñé. Era una sensación extraña trasladarme por los recuerdos de tantas y tantas vivencias que allí sucedieron. Recordaba los conejillos que merodeaban por el jardín, los patitos que se zambullían en las charcas que improvisábamos entre las encinas y de aquel gallo que a las cinco de la mañana tocaba diana para todos. Parte de la vida, de mi vida había transcurrido allí y era normal poder sentir, como mínimo, un halo de añoranza.

Estaremos aquí unos días en la casa familiar intentando tostarnos al sol para recuperar algo de energía vital perdida. Creemos que es urgente, al menos de vez en cuando, sentir que la vida pasa por las venas de forma natural. Vivir en Madrid tiene sus cosas buenas, pero a veces nos alejamos en exceso de la abundancia de vida, de lo exótico que resulta vivir en plena naturaleza. Así que toca respirar, por dentro y por fuera, para coger fuerzas. Los retos que se presentan lo requieren.

Contra los pastores, contra los rebaños, o de cómo el individuo no es el hacedor


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Contra los pastores, contra los rebaños. Este era el eslogan del periódico parisino L’anarchie, cuyo núcleo principal decía estar en lucha contra los «prejuicios», los «vicios» y el «conformismo» y de paso contra los que nos gobiernan y los gobernados. Repasaba algo de su historia a propósito de la presentación de uno de los libros que con este mismo nombre se presentará esta semana en Madrid. Será en manos de los amigos de la librería anarquista LaMalatesta con los cuales mantenemos algún vínculo común, especialmente en lo referente al apoyo mutuo y la cooperación, la vida comunitaria y la utopía, ideas que la anarquía ha explotado en sus tesis más puristas y radicales.

Esta noche observaba como muchos han hecho ese giro radical contra la norma, contra ese vicioso modo de conformarnos con nuestro destino prefijado obviando la posibilidad de emancipación y libertad más allá de lo ilusorio de nuestro yo personal.

Cenábamos con el amigo Ramiro Calle, Luisa, Laura, Aurora y Nacho, un conocido editor de una prestigiosa revista que un día decidió retirarse para editar libros sobre la no dualidad y el advaita. Me preguntaba como personas inteligentes y cultas un día decidían radicalizar su vida hacia posturas diferentes, hacia controversias que rompen con la norma, con el pastor y el rebaño, con el gobierno y lo gobernado, con aquello que la vida dice que es irracional y el destino nos alienta como verdadero.

Me daba cuenta que en el fondo había un sentido anarquista de la existencia en estas posturas. Y no me refiero al clásico y venido a menos anarquismo ideológico y doctrinal, sino al que nace de la propia existencia como un marcado rumbo experimental. Un anarquismo sin acritud, como nos decía Ramiro hace unos días, no tan sólo en contra de cualquier tipo de autoridad y jerarquía, si no a favor de las consecuencias de sentirnos Uno con el todo, al modo advaita, donde el alma y Dios no están separados, sino que el alma es Dios, y viceversa. Esa anarco-espiritualidad se abraza y se transmite de forma renovada, prediciendo un nuevo estado del ser, una nueva cualidad que avanza en las entrañas del programa consciencial hacia una forma diferente de entender el vasto campo de la experiencia.

Ese “sin amo ni soberano” en palabras de Proudhon no es más que la emancipación mística y espiritual del humano renovado y emancipado de toda atadura y disciplina que usa la razón y la normalidad para gobernarse. Ahora el gobierno nace de uno mismo y de su condición de no-dualidad con el cosmos y con el sentido de la existencia. Ya no hay separación posible entre atman y Brahman, o como dijo Ramana Maharshi, “el individuo no es el hacedor” ya que el mismo nace como una distorsión, una ilusión del yo separado que por ende, no es real. El que ama al cosmos desde su más profunda amplitud no puede hacerlo viéndose a sí mismo como algo separado. Tampoco puede hacerlo subliminando su libertad a las formas y cometidos que gobiernan la vida ordinaria. Debe existir una ruptura paradójica entre el yo y el ello que conduce necesariamente a la identificación con la suma de ambos, con el todo que nace y renace en este constante baile cósmico. Y cuando eso ocurre, inevitablemente nos convertimos en danzantes, en derviches que bailamos al son de la música impuesta por las esferas más altas y las melodías más profundas. Quizás este y no otro sea nuestro cometido final, abrazar la unidad, libres, ante el profundo anhelo de ser Uno con el Uno, una constante impermanencia y transitoriedad hacia el Todo.

(Foto: © Jean Paul Bourdier )

 

La mala consciencia


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Hoy es el Día Internacional contra la Violencia de Género. En las últimas presentaciones que hemos hecho del libro Voces Prestadas, de Grela Bravo, casi me tenía que morder la lengua ante esa visión detestable de la violencia en general esculpida desde los altares de una sociedad hipócrita que por un lado se queja de cualquier cosa y por otro no hace absolutamente nada para erradicar el mal, ningún tipo de mal.

Como hoy decía a unos amigos, no puedo opinar porque estoy en un proceso interior de radicalidad en el que me cuestiono plenamente todo el sistema y todas las cuestiones con referencia a esa hipócrita actuación individual y colectiva. Constantemente entramos en contradicciones, pero en este momento de nuestra existencia vital, donde todo parece arto delicado, la supervivencia y la vivencia nos indican que debemos hacer algo más que fingir cierta queja, reflexión u opinión sobre unos y otros asuntos.

En la segunda edición de “Creando Utopías”, en las primeras páginas, ya hablo del narcotizante estado en el que nos encontramos, y de como parece casi imposible trasladar cierto halo de lucidez a un mundo enfermo. Lo más sensato sería no participar del mismo, o hacerlo en la menor medida de lo posible. Los gestos positivos son necesarios, pero tal y como está el patio, la sugerencia con respecto a la urgencia de actuar necesita, necesariamente, algo más que gestos. De ahí la premura de cierta radicalidad en los planteamientos y en los actos. Especialmente los actos, la conducta, los hechos.

El otro día un ser hermoso, ante nuestra sorpresiva y estupefacta cara, nos decía que de alguna forma no importaba nada aquello que hacías si lo hacías desde la consciencia. Se me vino el mundo abajo. ¿De qué tipo de consciencia estamos hablando? ¿Fumar con consciencia, golpear con violencia con consciencia quizás, digerir cadáveres animales con consciencia, matar en una guerra suicida con consciencia, apoyar causas como el juego, la pederastia, la prostitución, el Eurovegas, las carreras de caballos o lo que sea con consciencia? ¿Es eso posible? Entoné alarmado.

No se trata de entrar en un discurso puritano, pero si que debemos empezar a cuestionarnos como sociedad qué estamos haciendo con nosotros mismos y con nuestro prójimo y nuestro entorno. Nos quejamos de los desahucios pero seguimos con nuestros ahorros en los mismos bancos. Nos quejamos de que nos echan de los trabajos pero seguimos suplicando a los patronos que nos den trabajo en vez de crear el nuestro propio. Nos quejamos de las guerras pero seguimos consumiendo productos de empresas que las fomentan. Nos quejamos del vicio, de la perversión, de lo infame pero seguimos apoyando todo tipo de empresas que fomentan esta bajeza social y moral (perdón por la palabreja). ¿Y qué decir de los políticos? Hoy comíamos con unos amigos en un conocido restaurante vegetariano cerca del Congreso y allí estaba, paradojas de la vida, uno de los diputados abanderados sobre las corridas taurinas. Y ahí están y estarán porque seguimos votándolos en nombre de la consciencia, de vete tú a saber qué consciencia.

Hoy también hablábamos de la votación que han hecho en Suiza para consultar el coto a los salarios más altos. El planteamiento además resulta hipócrita en un país que vive del secreto bancario promovido por grandes fraudes, grandes tramposos, grandes escarceos, grandes traficantes de todo tipo y grandes mercenarios. El doble juego parece obsceno. Cada vez resulta más difícil servir a Dios y al César. Lo siento, pero la doble moral (perdón) y el hacer las cosas con según que consciencia ya no sirve. En un país donde hay un desahucio cada quince minutos ya no podemos seguir opinando sobre la moral, sobre la consciencia o sobre el bien y el mal. Es hora de actuar. Es hora de quitarnos la máscara como individuos y sociedad. Es hora de la urgencia de actuar.

(Foto: © Misha Gordin)

Irán, ¿un guiño positivo a la nueva era?


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Las primaveras árabes y las otras primaveras, las que de forma a veces tímidas y otras caducas nos han llenado de cierta esperanza en algunos casos y de cierto horror en otras (véase el fracaso de países como Siria) han puesto de manifiesto el surgimiento de un nuevo espacio geopolítico y de un nuevo empoderamiento de la sociedad civil en contra de los abusos del poder político y económico y en contra de las injusticias que esta crisis está sacando a flote.

En este otoño se nota incluso en los individuos más aliviados el cansancio por la crisis que arrastramos. Pero ese cansancio a veces, visto desde una perspectiva más amplia, nos da noticias que parecen esperanzadoras. El acuerdo que se ha llegado con Irán es una prueba de que algo está cambiando. Existen recelos fundados por parte de Israel y Arabia Saudí por miedo a perder el liderazgo en la región (el nuclear y el del petróleo), pero se abre una puerta de esperanza para que la tensión en Oriente Medio disminuya a favor de un plan y una estrategia de paz en la región. Si con este gesto se consigue que el polvorín se convierta en un vergel quizás algo cambie a largo plazo, algo importante que tiene que ver con la instauración de una nueva forma de convivencia entre los seres humanos y un alejamiento cada vez mayor de ese “eje del mal” que a modo de “lobo feroz” se instauró en nuestra psique colectiva.

Es cierto que toda esta geoestrategia está estrechamente relacionada con los recursos del petróleo y su agotamiento sistemático a medio plazo. Irán es un productor importante de crudo y la necesidad de aliviar el mercado internacional tiene mucho que ver con este acuerdo, al menos hasta que las tecnologías apunten hacia otro modelo energético que permita, de paso, sostener el ecosistema sin seguir dañándolo y Oriente Medio deje de ser una necesaria ruta de conflictos. Pero también es una puerta de alivio en las relaciones  internacionales, las cuales deberán poco a poco desarrollar el sentido de colaboración y apoyo mutuo en contra del confrontamiento y la guerra.

¿Qué conclusión sacamos de este guiño internacional? Por un lado, la escasez de recursos a medio plazo está haciendo que las relaciones que antes eran peligrosas ahora se tejan como necesarias, reajustando los valores por los cuales los pueblos empiezan a entenderse y comprenderse mutuamente. Por otro, estamos viendo como el derrumbe del viejo modelo y paradigma está ayudando a que lo nuevo surja, aún tímidamente, bajo los valores que reclaman un comportamiento diferente ante los retos de este nuevo milenio. Es cierto que sólo es un guiño, pero todos los guiños hacia esa nueva era son necesarios en este clima de cambio y derrumbe, de esperanza y transformación.

De la violencia al amor en Valencia


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Ayer seguía irreverente cuando afirmaba en Valencia que la violencia era algo congénito al ser humano y que debíamos esforzarnos para protegernos de nosotros mismos en los actos más cotidianos, empezando por la mesa, por la comida y terminando con las complejas relaciones humanas. A las cinco de la mañana estaba de viaje en una jornada que se presentaba larga e inolvidable.

Por la mañana estuvimos con la autora y amiga Grela Bravo presentando su libro “Voces prestadas”. Fue un encuentro hermoso y a pesar de que era un viernes por la mañana la sala estaba llena de gente. Tuvimos ocasión de compartir un entrañable encuentro con personas comprometidas del mundo sindicalista, los cuales cada uno aportaba su propia visión de la vida y la violencia de género. El mensaje, como siempre, un punto de encuentro, una excusa más para crear algo más que palabras. La consciencia es como un virus que también se contagia. Crear consciencia con este tipo de actos debe ayudarnos a modificar poco a poco nuestras conductas y nuestros valores caducos. Es algo tan necesario como el comer, o mejor dicho, es como alimentar a nuestra alma, la cual, también está necesitada de cuidados.

Tuve la suerte de ser invitado a la comida que la autora organizó con dos amigos suyos de la infancia. El poderoso Javier, un sabio buen hombre, informático de los pies a la cabeza, también escritor, y una grandeza a prueba de niños (tres) el cual, con su humor y sentido común amenizó una cálida comida bajo el valenciano y agradable sol.  Y la todopoderosa Carmen, una bellísima persona, por dentro y por fuera, una mujer valiente e inteligente, ingeniera agrónoma que un día decidió seguir la voz de su talento y lo dejó todo para meterse en el mundo de la canción. Con gracia y talento acompaño todo nuestro hermoso día con sus agudas intervenciones en las presentaciones y con su cálida sonrisa.

Compartir nos hace humanos. Lo decimos constantemente. «Amor es relación» será el próximo título que vamos a sacar y cuya autoría es compartida con Ramiro Calle y este menda, muy bien prologado por nuestro común amigo Joaquin Tamames. Hace un par de días pasamos una bonita velada junto a la compañera de Ramiro, el propio Ramiro y Joaquin y hablamos de la complejidad humana. Unos días antes Ramiro había dicho: “me gusta como eres, un ácrata sin acritud”. El acertado cumplido lo podía ver ayer en movimiento. Ya no tengo acritud, sólo agradecimiento y amor por todo, y eso no quita que podamos ir por la vida compartiendo aquello que creemos como justo y necesario. Por eso ayer realmente no fue un día en el que hablamos de violencia, sino de amor. Con gestos, con abrazos, con sonrisas, con esperanza, con amistad, esa gran amistad que personas como Grela expresan años tras años con todos los que tienen el privilegio de entrar en su vida. Ayer lo pude comprobar y pude contagiarme de tanta belleza extrema y entrañable.

Por eso el amor es relación, y por eso, ayer, entre tanta vorágine de pensamientos y reflexiones, nos dimos cuenta de que sólo cuando nos relacionamos tenemos cierto sentido del amor y somos capaces de convertirnos en humanos completos. Con Javier, con Carmen, con Grela y con todos los que generosamente nos acompañaron en toda la mañana, incluida Cristina, la madre de Laura que estuvo con nosotros en el acto de la mañana.

Y luego llegó la tarde, fue igual de grata y amorosa. Hace unos días, nuestra editora del norte nos preguntó si alguien podía acompañar a Jordi Calvo a presentar su libro de «Banca Armada vs Banca Ética«. ¿Qué día es la presentación? Le pregunté. El 22 de noviembre en la nueva sede de Setem en Valencia, me dijo ella. Qué sincronías más maravillosas, le dije, ese mismo día estoy en Valencia con Grela. Así que por la tarde, muy bien acompañado con las bellas Grela y Carmen presentamos en la nueva sede de Setem Valencia otro libro que tiene que ver con la denuncia de la violencia, esta vez a diferente escala, financiera y armamentística, pero que resalta nuestra complicidad con la misma como individuos que aceptamos ante nuestros gestos diarios el que nuestro dinero se destine a bombas y no a proyectos solidarios. La sala estaba llena de gente bonita. Estábamos como en familia porque tanto Jordi como yo habíamos iniciado nuestro activismo social y de compromiso en organizaciones como Setem, él en Valencia y yo mismo en Barcelona. Sirvió como telón para la inauguración y pudimos compartir un rato agradable con Jordi y su familia valenciana. Tras la presentación, de nuevo viaje hacia Barcelona acompañado con Grela donde tuvimos tiempo para que el viaje fuera ameno y cargado de interesante conversación a pesar del cansancio. Y aquí me encuentro ahora, compartiendo con la familia antes de seguir rumbo a Lleida primero y Madrid después.

Como estos días casi no he tenido tiempo de escribir, perdonad que os cuente en estas letras algunos de los motivos. Gracias Javier, Jordi, Carmen y Grela por este maravilloso día. Gracias a todos los que de forma visible e invisible hacéis posible la relación. Gracias por practicar el amor en acción, que no es otra cosa que la de estar presentes, sonrientes y felices incluso en momentos duros y difíciles.

(Foto: Ayer en Valencia en la presentación del libro de Grela Bravo).

Luz, más luz


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Cuando contemplo las fotos de cómo era antes y cómo es ahora casi no lo puedo creer. Antes era un bar, con su barra, sus botellas abandonadas en cualquier esquina, la grasa que comía cada uno de los rincones, bichos por todas partes que pululaban libremente entre basura y mugre de todos los colores. Veinte días después el lugar parece otro. Esta mañana lo visitaba el antiguo inquilino y he visto como se le humedecían los ojos ante el cambio. No daba crédito.

Hemos tirado paredes, limpiado lo imposible, pintado y decorado tímidamente. Ahora hay luz donde antes había oscuridad. Nos ha servido de ensayo, de ver como se pueden transformar los lugares en menos de un mes con largas dosis de paciencia, mucho trabajo y tesón. Ese es el mensaje que queremos transmitir en la utopía en la que estamos trabajando. Este es sólo un primer paso, la creación de un punto de luz con pocos medios y mucha imaginación. Es sólo un ensayo, una puesta a punto para afrontar el reto en el que seguimos creyendo firmemente. Si en un mes hemos podido transformar más de cien metros cuadrados no me imagino que podríamos hacer en dos años de paciencia y trabajo.

Aún falta un poco para que todo esté a punto, y cuando lo esté, iremos a por el siguiente reto. ¿Cómo lo haremos? ¿Cómo se gestará el sueño? Aún seguimos expectantes ante lo que ha de llegar. Pero convencidos de que llegará, tarde o temprano. Luz, más luz, eso deseamos para todos los lugares sombríos.

(Foto: Las fotos están realizadas con la misma cámara. Entre la primera foto y la segunda se distingue el cambio de energía. En la primera aún se ve la vieja barra de bar. En la segunda se ve como esta ha sido sustituida por un doble juego de mesas en forma simbólica de doble escuadra. La simbología aparece hasta en el más mínimo detalle. Cualquier elemento sirve para decorar y crear un pequeño templo. El hombre de Vitruvio preside y gobierna esta primera instancia, este primer lugar que los antiguos griegos llamaban pronaos. La misma da paso, con un arco a la naos, la cual guarda un nuevo paso al adytum y al opistodomos. Este pequeño punto de luz pretende ser un punto de encuentro entre almas libres. Habrá un lugar donde compartir merienda y té, libros y cultura, estudio y meditación, servicio y acción. Pronto abriremos para poder compartir este espacio. Una vez abierto, el gran reto: O Couso).

No cedamos nuestro poder


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Siempre nos quejamos de los poderosos. De los políticos que administran mal nuestros logros sociales, de los banqueros que administran mal nuestros ahorros, de los financieros que especulan con las empresas que tanto sudor costó levantar, de los empresarios sin escrúpulos que juegan con nuestros puestos de trabajo como si se tratara de una peonza a punto de tumbarse ante el peso de la gravedad.

Nos quejamos continuamente, constantemente, pero no cesamos de cederles nuestro poder. Cuando votamos al político de turno, cuando compramos los productos a unas empresas y no a otras, cuando guardamos nuestros ahorros en unos bancos y no en otros, cuando cedemos nuestra soberanía y emancipación a cambio de un mísero puesto de trabajo, sin prepararnos en la vida para crear nuestro propio trabajo, nuestra propia actividad.

Estamos siempre instalados en la queja continua pero es poco lo que hacemos para provocar el cambio. Ni siquiera tomamos conciencia del poder que ejercemos diariamente con nuestros actos, con nuestros pequeños votos como consumidores, como agentes sociales.

¿Nos hemos preguntado alguna vez qué es aquello que no nos gusta? ¿Y hemos hecho algo realmente para que eso que no nos guste cambie? Y si somos agentes de ese cambio, ¿nos hemos convertido en evangelizadores convincentes? ¿Hemos sido capaces de convencer a nuestras familias, a nuestros vecinos y a nuestros amigos de que ese cambio es posible con nuestros pequeños actos diarios? ¿Hemos sido capaces de transmitir esos nuevos valores, esa necesidad urgente de transformación a las nuevas generaciones? ¿Hemos sido lo suficientemente poderosos en nuestro entorno más inmediato para ejercer una correcta y positiva influencia? ¿Hemos conducido con sabiduría nuestros actos diarios, hemos sido capaces de ejercer el amor y el respeto, sin ofensa, pero con fuerza y voluntad irreductible para convertir nuestro medio en ese paraíso soñado, en esa utopía necesaria?

Al menos reflexionemos, pensemos, salgamos de la intoxicación que supone vivir en una sociedad narcotizada por todo aquello que nos aleja del juicio crítico. Seamos capaces de potenciar la autocrítica y no cedamos nuestro poder.

(Foto: © Pedro Díaz Molins )