
«Escuchar al vocero, escuchar al Ser Interno que todos tenéis, y conoceréis vuestro propio camino y si tenéis que ser vida para los demás, pero si así no fuera, vivir tranquilos y reíros de estos cuentos, pues el miedo no tiene sentido, porque el miedo destruye la Vida Interna«. (Profecías Habasis)
Escuchaba hoy a un artista decir que cuarenta años de dictadura más cuarenta años de insulto era igual a cien años de soledad. No le faltaba razón en este extraño día de la hispanidad que casi nadie ha celebrado, un día que como tantos otros que intentan rememorar las esencias mitológicas y sentimentalistas de unos y otros, está quedando en desuso.
España es un país viejo, agotado, que sigue en la metodología medieval y caduca de crear unidad a base de banderas y símbolos patrios o división y fragmentación de la misma forma. En la psique interior de este particular pueblo no existe unidad ni entendimiento, sentimiento que se expresa inequívocamente en las radicales posturas de algunas de sus naciones. La pregunta a la que nos enfrentamos interiormente a veces desde la lucidez y otras desde la miopía racial sigue siendo la misma: ¿qué hacer con España?
Según las profecías Habasis, corren malos tiempos para nuestro país. Según cuentan estas pesimistas predicciones, en 2020 Cataluña conseguirá emanciparse de España, a continuación, le seguirán País Vasco, Galicia y Andalucía. La vanidad y el orgullo de las naciones creará pequeños países susceptibles a ser invadidos por ese latente anhelo de reconquista del Al-Andalus por “los pueblos de la luna”. Eso ocurrirá primero de forma pacífica por una invasión cada vez mayor de personas que llegarán de forma masiva por las debilitadas fronteras del sur. Al no existir un estado-nación fuerte, los pueblos peninsulares, cada vez más necesitados de riqueza, venderán sus activos a poderosos magnates árabes que se harán poco a poco con el control peninsular. Lo que sigue no es nada esperanzador: sequías y guerras que se extenderán por contagio al resto de países europeos. Cataluña reclamará su derecho de anexión de Castellón y Baleares y España entera, o lo que quede de ella, vivirá tiempos francamente difíciles.
Otras profecías, aunque deberíamos llamarlas mejor anhelos, tienen que ver con el reto de la unidad internacional basado en la idea de reconocer a todos los seres humanos (y sus naciones) como miembros de una misma familia. Esta unidad psíquica de la que ya hablaban los ilustrados busca saciar la necesidad de interdependencia y la necesidad de sustituir la competencia por la cooperación y el apoyo mutuo, así como el requerimiento de compartir los recursos para responder a los retos y necesidades actuales.
Esta idea irá sustituyendo la rancia esencia del egoísmo y la vanidad, el orgullo y la ceguera particular por la nueva energía de cooperación. Los sujetos individuales y nacionales empezarán a dar en vez de tomar, a compartir en lugar de recibir, a distribuir en lugar de acaparar. En ese sentido, el mundo futuro aconseja desechar el egoísmo nacional, las fronteras, la primacía del poder militar y la ciega y vanidosa expansión comercial para poder crear la progresiva liberación de los recursos para la utilización de toda la humanidad en su conjunto de forma justa y equilibrada.
Actualmente en España se va contranatura, o quizás contra los tiempos que reclaman unidad, colaboración y modernización. Es evidente que personas cultas y libres (no sólo los independentistas o los nacionalistas) se sienten estrechamente incómodas en un estado anquilosado y medieval, donde aún basamos la jefatura del estado en un “monarca” heredero de una dictadura que nos dividió aún más y ante un poder centralizador que no ha sabido gestionar bien la riqueza cultural y nacional de sus territorios. Sin embargo, no gestionamos esa incomodidad en base a la ruptura de algo que nos une más de lo que creemos, sino que miramos al futuro desde el futuro, imputando el principio de unidad ciudadana y cosmopolita que reclaman los tiempos de la red y el ciberespacio.
¿Qué hacer entonces con España? Realmente nada. El compartir, el apoyo y la cooperación no entiende de rupturas o fragmentaciones así como tampoco entiende de naciones, patrias o banderas. La energía del compartir ve a la totalidad desde la multiplicidad, y la integridad desde la diferencia. En esa visión amplia, el discurso sobre el futuro de las naciones tiene más que ver con la síntesis que con la disgregación, con el amor y la identificación con la unidad humana, y no con la territorialidad animal y el orgullo racial (ya sea del tipo que sea) de pueblos y naciones. Quizás solo debamos escuchar al vocero, a nuestro guía interior y seguir su senda que siempre será generosa y abierta a los tiempos.