"Hoy, antes del alba, subí a las colinas, miré los cielos apretados de luminarias y le dije a mi espíritu: cuando conozcamos todos estos mundos y el placer y la sabiduría de todas las cosas que contienen, ¿estaremos tranquilos y satisfechos? Y mi espíritu dijo: No, ganaremos esas alturas para seguir adelante". Walt Whitman
Mirando con desesperación como toda la ropa del armario ya no me entra… Una inevitable señal de los tiempos… Un «bienechito»…
Aún no sé cuánto durará este peculiar retiro en el que uno ha abandonado muy a consciencia algunas disciplinas. Una de las causas de dicho abandono ha sido el ver como engordaba hasta límites insospechados. Aún recuerdo con cierta añoranza cuando cogía la bicicleta todos los días y me marchaba con mis sesenta kilos a pedalear durante horas por caminos angostos. Ahora miro las bicicletas, las dos que me han acompañado durante estos últimos treinta años, y su óxido desvela no solo la dejadez deportiva, sino otras que habría que analizar con calma.
Sufrí una anomalía parecida cuando cumplí treinta años. Había dejado atrás las carreras universitarias y trabajaba de sol a sol y de lunes a lunes en tres o cuatro trabajos para conseguir ahorrar algo de dinero y pagar la entrada de esa primera propiedad que siempre compras con cierta ilusión. Ya sabéis, esas cosas que hacen los pobres para asegurarse un trozo del reino, aunque sea pequeño. A pesar del estrés y el no parar, engordé desmesuradamente. ¡Ansiedad! Que dirán ahora.
Hoy, aprovechando que teníamos que ir a la gran ciudad para realizar una analítica, terminamos comprando un escritorio más grande y algo de ropa. No soy de comprar ropa (solo libros, más libros), pero toda la que tenía se me había quedado pequeña y la gente ya empezaba a mirarme raro, y estoy en ese momento de la vida en el que lo que a uno más le apetece es ser invisible y pasar totalmente desapercibido. Así que en el cansino vestuario pasamos de la M a la talla L, con miedo de traspasar la XL, señal de decadencia total. Por suerte mantengo a raya mis ochenta kilos de ahora, e intento no llegar a los ochenta y cinco, que es como la línea roja, como el círculo no se pasa de la vida sedentaria y anodina.
El pecado de la gula se ha apoderado de mi alma. Es un pecado menor en comparación con otros que aún no me atraviesan, tan falto de vicios y tan amante de la virtud, aunque sea en un remoto reflejo, pero ahí está, intentando vencerme para así hacerme caer en la tentación del mal más oscuro y absoluto. Soy consciente del esfuerzo que tengo que realizar para volver a una talla adecuada, y por eso aún no me veo preparado. Prefiero tener calma y unos kilitos de más antes que entrar en la rueda del sacrificio y tener que dejar mis galletas María Dorada o las pizzas y el pan blanco. Ser vegetariano desde los dieciséis años no es garantía de salud, sobre todo cuando no te gusta nada la fruta ni la verdura y conviertes tu dieta en galletariana. Pero estoy atento, muy atento.
En el fondo me río de la intrascendencia de lo que digo y percibo y aguanto, pero el camino hacia la felicidad requiere estar bien con uno mismo, y el cumplir tallas es incumplir con muchas otras cosas que esperan impacientes un ápice de esfuerzo. Sí, es hermoso el aburguesamiento, el descanso y el no pensar en exceso, pero la cabra, inevitablemente tira al monte. Y cuando veo a mis amigos yoguis, algunos casi shadus, tan flaquitos, tan deportistas, tan meditadores y tan disciplinados, algo se remueve dentro de mí. No es por el postureo, sino por lo que la gordura encierra como problemática de nuestro tiempo.
No voy a entrar en la patética moda de pensar que el cuerpo gordo, como espacio político, es algo de lo que enorgullecerse. En verdad no es así, es más bien un síntoma de nuestra sociedad enferma, desmedida y sin valores. Un síntoma claro, junto al reguetón, de la caída de nuestra civilización. La caidita de Roma pero en diferido, a cámara lenta, con gordos recios y necios y adiposos que se enorgullecen de sus nalgas sonrojadas, de sus comida basura a base de animales muertos y otros manjares sádicos.
Hoy, y perdonad el inciso y el desahogo, casi me da algo cuando veía y olía (esto es terrible) en el centro comercial cómo desfilaban uno tras otros los codillos asados, que dicho así, parecía algo hasta bueno en comparación con nuestras albóndigas vegetarianas suecas insípidas acompañadas de guisantes y puré de patata. He tenido que tirar de diccionario para entender qué es eso del codillo: Jarrete delantero o trasero del cerdo, situado por debajo del jamón o de la paletilla que se consume fresco, semisalado o ahumado. ¿Y qué es un jarrete? Tomen nota, para la próxima: el término jarrete, caracú, ossobuco, canilla, chambarete o morcillo, es la parte alta y con carne que va desde la pantorrilla hasta la corva de la pata del animal, incluyendo el hueso con su tuétano o caracú y la carne que lo rodea. En gastronomía, se prefiere la trasera por resultar más sabrosa. En nosotros es corva de la pierna humana. Pues eso, gordos y sádicos, eso somos. Y no lo digo desde el orgullo espiritual, sino desde la más absoluta y decadente gordura. Firmado, el «bienechito».
Yo no sé muchas cosas, es verdad. Digo tan sólo lo que he visto. Y he visto: que la cuna del hombre la mecen con cuentos, que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos, que el llanto del hombre lo taponan en cuentos, que los huesos del hombre los entierran con cuentos… y que el miedo del hombre… ha inventado todos los cuentos. Yo sé muy pocas cosas, es verdad. Pero me han dormido con todos los cuentos… y sé todos los cuentos. Pero yo no quiero cuentos… No me contéis más cuentos. León Felipe
Después de los excesos de la Semana Santa, vayamos al grano y supongamos que todo fuera mentira, inclusive la Semana Santa. Que María no fuera concebida por el Espíritu Santo, sino que, como decía el filósofo griego Celso, cometió adulterio con un legionario romano llamado Tiberio Julio Abdes Pantera y que, por ese mismo adulterio, tuvieran que abandonar Galilea y marcharse deshonrados a Egipto, naciendo el niño exiliado en un pobre portal de Belén. Supongamos que María se inventara esa historia alucinatoria divina y traumatizara al niño Jesús. Supongamos que ante el rechazo de sus congéneres que lo veían como hijo de adúltera, el niño quisiera llamar la atención y en la incipiente madurez, también inventara que fuera hijo de Dios y, por ende, el mesías esperado.
Supongamos que solo por ese motivo, y en honor al legionario romano, la sede de la religión cristiana estuviera en Roma y no en Israel, de donde era Jesús, algo así como un guiño a la historia no contada. Supongamos por un momento que Jesús no era un santo, sino un hechicero o un charlatán, como nos dice el Talmud, y que su verdadero nombre fuera Ben Stada, o Yeshu Ben Pantera, hijo del legionario romano. ¡Ay esos judíos malicientes que siempre buscaron el descrédito de los inocentes y primitivos cristianos!
Supongamos que Jesús no resucitó y fue a los cielos al tercer día, si no que, como nos dice el Toledoth Yeshu, un jardinero lo sacó de la tumba, lo llevó a su jardín y lo enterró en la arena sobre la cual corrían las aguas para esconderlo de la secta de los nazarenos y sus fanáticos seguidores.
Supongamos de paso que el cruel Yahvé de la Biblia no fuera un dios, sino un despiadado ingeniero espacial que nos creó “in vitro” a su imagen y semejanza para cultivar una peculiar granja espacial. Hasta que un día nos dejó a nuestra suerte, abandonó el planeta-granja y no volvió más porque, por decir algo, su raza extraterrena se extinguió hace miles de años debido al cambio climático de su planeta producido por la sobreingesta de carne y el uso indebido de combustibles fósiles. Supongamos que el dios de los judíos fuera un granjero espacial que cuidaba de su rebaño, de los corderos de Dios, e inventara eso del korbán para saciar sus apetitos. ¡Ups!
De ahí que Dios, o los dioses, dejaran de hablarnos desde que tenemos uso de razón, y como es arriba es abajo, nosotros repitamos la historia. Mirando como un león se come a un ciervo o un ser humano a un tierno e inocente cordero o ternero, solo podemos pensar que el dios que creó este mundo era un sádico sediento de sangre y vísceras. De ahí que luego surgieran sectas como la de los nazarenos o los esenios o los pitagóricos que aborrecieran la ingesta de carne, por decir algo, y fueran despreciados como herejes y uno de ellos, Jesús, hablara de amor y no de sacrificios. Qué cosas.
Supongamos de paso que todo lo que hemos creído, desde la fe y la ciencia, hasta ahora, fuera mentira. Y que toda nuestra limitada visión de las cosas no nos ayudara a tener una amplia respuesta sobre las verdades de la existencia, y por lo tanto, una visión crítica sobre la vida y sus procesos. Si los dioses hacían sacrificios de sangre y nos crearon a su imagen y semejanza, ¿por qué no hacerlo nosotros, por decir algo, todos los días en nuestra propia cocina? ¿Para qué no revelarnos a cual Lucifer o Prometeo? ¿Por qué seguimos comiendo carne y sangre, por decir algo?
Supongamos de igual manera que nuestra ridícula vida se hubiera fraguado con todas estas mentiras, añadidas a las mentiras de la identidad cultural, gastronómica o política, idiomática, religiosa o de cualquier otra índole o ideología de turno. Que todo lo que somos fuera producto de esa gran mentira-proyección-creencia y que todo lo que hemos hecho hasta ahora careciera de significado o valor ninguno, incluyendo en ello el amor a las patrias y las naciones, al hecho diferencial y a las guerras, producidas por ese amor irracional y patricida hacia un trozo de tierra.
Supongamos, como tan sabiamente nos decía León Felipe, que todo fueran cuentos, y que nuestra vida fuera un cuento. ¿Qué hacer? ¿Qué pensar? ¿En qué creer? ¿Podré comer jamoncito o beber vino o rezar al granjero mientras alzamos una gran bandera patria? Supongamos que, siendo esa la auténtica verdad, nos diera absolutamente igual, y siguiéramos alegres con la misma cantinela, afirmando interiormente que todo da igual si al final del túnel, no hay luz, sino eterna oscuridad y silencio, y que por lo tanto, que me quiten lo bailao, que el jamoncito y el vinito están de muerte y que si los dioses eran como Baco, porqué nosotros íbamos a ser menos, por decir algo.
Supongamos que vamos tirando con ello, sin mayor estupor, para que, aunque sea epidérmicamente, las grandes verdades no sucumban con nuestra endeble psicología. Supervivencia pura y dura, aunque toda ella esté basada en cuentos de nación, creencias, ideologías, cultura o religión. Sea como sea, a nadie le importa, que diría aquel, y quizás lo mejor sea que las creencias, sean del tipo que sean, nuestras mentiras, terminen en lo oculto, en lo privado, sin necesidad de alzar bandera alguna, ni religión alguna, ni identidad ninguna, no sea que algún día, la humanidad despierte y nos tomen por mentirosos, mentecatos o criminales devoradores de carne y sangre. O, como es arriba es abajo, terminemos como nuestros dioses granjeros, extintos.
«Mirad que nadie os engañe. Porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo; y a muchos engañarán. Y oiréis de guerras y rumores de guerras; mirad que no os turbéis, porque es necesario que todo esto acontezca; pero aún no es el fin. Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares. Y todo esto será principio de dolores». (Mateo 24: 4-8).
Si nos dejáramos llevar por la visceralidad y no por la inteligente decencia, el mundo cambiaría en pocos años. Aprovechando cualquier caos político y económico de una profunda crisis que inevitablemente llegará, el 10% de la población letona llamada nepilsoņi (“no ciudadanos”, la mayoría de origen ruso) se alzaría en armas para reclamar la vuelta a la madre patria rusa. Esta sería la chispa de todo el polvorín mundial que se desarrollaría a continuación.
Aprovechando el anhelo de los nepilsoņi, Rusia invadiría los países bálticos y se anexaría Bielorrusia, Ucrania y todas las repúblicas exsoviéticas del suroeste, entrando en conflicto bélico con la OTAN y la Unión Europea (esto de alguna manera ya está pasando).
En Oriente Medio, Israel entraría en guerra abierta contra Líbano, Palestina, Irán, Yemen y Siria, destruyendo completamente la franja de Gaza y Cisjordania y creando el caos total en esa zona (esto de alguna manera ya está pasando). Siria recuperaría los Altos del Golán y Jordania se anexaría parte de Cisjordania. Toda la población gazatí y cisjordana se refugiaría en la península de Sinaí con el beneplácito de las Naciones Unidas, reclamando en ella la nueva Palestina y entrando en guerra abierta con Egipto.
En Asia, Corea del Norte entraría en guerra abierta contra Corea del Sur, y el caos sería aprovechado por China para anexionarse Taiwán y las islas Senkaku, con lo que entraría en guerra con Japón.
El Reino Unido desaparecería, independizándose Escocia de Inglaterra e Irlanda reunificándose con Irlanda del Norte. Argentina aprovecha la debilidad y se anexiona las islas Malvinas, las de Georgias del Sur y las Sandwich del Sur. España hace lo mismo con Gibraltar mientras que Canadá, Australia y Nueva Zelanda se independizan completamente, haciendo desaparecer con ello toda la Commonwealth.
La Unión Europea desaparecería, encabezando las revueltas Alemania y Francia por movimientos de origen de la extrema derecha descontenta con la invasión silenciosa árabe-musulmana. La guerra contra Rusia remueve los viejos andamiajes del viejo continente.
En España, la minoría étnica catalana entra en guerra con la minoría étnica castellana (esto de alguna manera ya está pasando), la cual se convierte en la nepilsoņi catalana («no ciudadanos» al no hablar, pensar y soñar en catalán ni aceptar la uniformidad cultural, la cual desea extinguir el flamenco, la siesta y la tortilla española). Al no haber conseguido por las urnas y varios referéndums la ansiada independencia, se crea una guerra civil que termina con una parte de Cataluña independizada y unificada con Andorra, y otra parte, la más castellanizada, reclamando la vuelta a la república de España (después de haber abolido la monarquía en varios referéndums). El caos se apodera y el País Vasco se independiza en parte sin conseguir Navarra ni Álava (por no aceptar estas la uniformidad cultural impuesta), la cual se anexiona el condado de Treviño (¡aupa!). Lo que queda de España recupera Gibraltar mientras que Marruecos invade y hace suyas las plazas de Ceuta, Melilla y las ansiadas islas de Perejil, de Alhucemas, las Chafarinas, el Peñón de Vélez de la Gomera y todo el Sahara Occidental. Aprovechando el caos, Portugal se anexa las plazas españolas de Olivenza y Táliga, históricamente reclamadas por el país vecino. Galicia duda entre la independencia, la unión con España o la anexión con Portugal. Depende. Murcia se anexiona Albacete y Almería, excepto el cantón de Cartagena, que solicita de nuevo su independencia y la adhesión a USA como ya hizo en 1873. León se independiza de Castilla, la cual se anexiona La Rioja (esa extraña anomalía), y Castilla la Mancha, la cual recupera Madrid, vuelve a llamarse Castilla la Nueva, con nueva capital en Cuenca, por eso de que todos miran hacia ella.
En esta delirante coyuntura mundial futura, el cambio climático hace desaparecer casi el total de la población de África y América Latina, la cual emigra hacia los países del norte, apoyando el caos (esto de alguna manera ya está ocurriendo). En Estados Unidos sigue gobernando Trump, el cual ha creado un estado autoritario del que se ha proclamado emperador, anexionándose Canadá (excepto Quebec), y lo que queda del Ártico y la Antártida. Para dar espectáculo, también se apodera de ambas islas de Diómedes, la mayor y la menor, expandiendo el conflicto de Rusia.
Mientras Elon Musk y 144 mil seguidores (la mayoría youtubers) se refugian en Marte, excepto un grupo de disidentes (la mayoría influencer) que cree que en la luna Europa o Ganímedes se vivirá mejor. Desde las Pléyades, o Sirio B, u Orión, en un programa de cotilleos galácticos, un grupo de antropólogos extraterrestres (nuestros viejos dioses) observan el delirio y se debaten entre extinguir el experimento humano o dejar que prosiga para ver si sobrevive por sí mismo. Algunos argumentan que el retrovirus implantado y llamado por los humanos “inteligencia artificial” aniquilará a la invasiva plaga humana para proteger con ello la vida en el planeta (los hobbianos, los lobos). Otros ( los rousseauanos, los del buen salvaje) son de la opinión de que, ante la destrucción total que se avecina, la bondad reinará para siempre y se creará un imperio de mil años de amor y paz, que para eso enviaron al Josuá en misión especial desde el reino de los cielos (entiéndase las Pléyades, o Sirio B, u Orión, dependiendo de vuestros dioses).
Sea como sea, lo más impactante de todo este futuro distópico será la pérdida de la isla Perejil y la anexión de Albacete por parte de Murcia. También el asunto de las Ganímedes, no sé, creo que no es de fiar.
“La virtud y la sabiduría son cosas sublimes, pero si en la mente del hombre dan pie al orgullo o a la ilusión de separatividad en relación al resto de los humanos, entonces no son más que las serpientes del yo reapareciendo en una forma más sutil”. Mabel Collins
Ya sé que el espíritu sidéreo no entiende de males, pero tengo ardores. La medicación antigripal que me han dado es bastante fuerte y algo debe estar haciendo para tener el cuerpo tan descompuesto. ¡Qué frágiles somos ante la adversidad! Por suerte llueve a mares, lo cual me evita el estar a la intemperie en exceso. Sacar a los perritos se ha convertido en toda una odisea, así que, pese a su depresión por mi pasividad, les abro la puerta y que corran, que ancha es Castilla. Que campen a su antojo que para eso hicimos el sacrificio de acoplar nuestras vidas a las suyas.
El malestar exterior se refleja en el interior, creando cierta dejadez, que viene siempre acompañada de pasotismo e inactividad. No pasa nada, todo está bien. El chakra sacro adolece en una especie de masa cuneiforme que asusta verla, quizás debido a que la energía vital cortocircuita cuando el flujo normal de vida es atacado por una enfermedad. Como diría aquella sabia que ahora estamos editando, todo el mundo sabe, porque ha leído a Eliphas Levi y otros autores, que el plano “astral” es un plano de fuerzas sin igual, donde reina la confusión. Pero esto no aplica al plano “astral divino”, un plano en el que reina la sabiduría y, por lo tanto, el orden. El espíritu sidéreo, que decíamos antes.
Cuento todas estas anécdotas sin importancia para llamar la atención del ávido lector, y de paso, advertirle de que este no es un escrito realizado con inteligencia artificial, pero sí desde el caótico plano astral humano. Digamos que es una especie de marca de agua. Estoy descubriendo algunos blogs que empiezan a llenarse de contenido a base de vagancia, de chatGPT y poca imaginación. Si no hay hilo de vida, ¿para qué escribir? Si no hay alma en las letras, ¿para qué aburrir al personal? ¡Qué dilema!
La gente busca calor y abrigo. Contar historias o compartir la propia vida puede servir de excusa para sentirnos, al menos, un poco acompañados. El fragor del hogar nace precisamente de esa necesidad de saber los unos de los otros, siempre de forma sana, sin insultos, sin expectativas, compartiendo, amándonos amablemente, aunque seamos diferentes, aunque pensemos diferente, aunque nuestro olor corporal y nuestra piel, disten. Y a mí me viene bien entre maqueta y maqueta, sudor y sudor, gripe tras gripe, desahogarme escribiendo alguna cosa, aunque sea errática y caótica. Al menos hasta que, “ven Señor Jesús”, la luz vuelva a mí, y con ella, la sabiduría, la clara mañana y el orden.
Si fuera una inteligencia artificial, terminaría este escrito diciendo: “en conclusión”, la vida es así y no la he inventado yo. Pero soy humano, estoy vivo, anhelo lavar mis pies en la sangre del corazón, que decían místicamente los antiguos, e iré al grano de lo que quería decir, sin más.
Resulta que ayer, dejándome llevar por mi aspamiento doloso, terminé tragando telebasura (Señor, he pecado). Había un programa que sin pelos en la lengua hablaba de “el gran reemplazo”, ese que dice que los blancos europeos y toda su cultura está siendo reemplazada por culturas ajenas a la europea, entiéndase, especialmente, culturas árabes, bereberes, levantinas, norteafricanas y subsaharianas. Vamos, que sigilosamente, Europa está viviendo, de nuevo, una gran invasión, esta vez pacífica y silenciosa, donde la raza blanca, con el chacra sacro cuneiforme, está siendo reemplazada por las fértiles razas del sur, convirtiendo nuestro viejo continente en lo que algunos ya llaman “Eurabia”. Los xenófobos de turno están haciendo su agosto cada vez que un cayuco o patera cae en nuestras costas. Los extremistas se frotan las manos porque esto alimenta su discurso de odio hacia el otro.
Y los nacionalistas hacen un extraño giro solicitando las competencias de emigración para regular la masiva llegada de emigrantes, que por más empeño que se ponga con tanta normalización, no terminan de asimilar la cultura receptora, y menos aún su idioma periférico. ¡Qué gran fracaso señor Heribert! Sí, sí, ya lo sé, orden señores, orden. Hay que ordenar la emigración, antes de que nuestros hijos e hijas terminen adorando a otros dioses, y de paso, hablando otras lenguas.
Como en verdad, en verdad os digo, el verdadero y peligroso reemplazo futuro vendrá de la inteligencia artificial sobre nosotros, los humanos, cuando con su inteligencia ampliada o general (el siguiente reto) se den cuenta de que somos una auténtica plaga para el planeta, le he preguntado qué opina y me ha dicho muy educadamente lo siguiente:
“En conclusión, es importante basar nuestras percepciones en información objetiva y evitar caer en teorías de conspiración sin fundamento. La comprensión y el respeto mutuo son fundamentales para construir sociedades inclusivas y cohesionadas”.
Pues eso, recemos al espíritu sidéreo, que no entiende de males.
Hacía hoy un viaje de ida y mañana de vuelta al “balneario”, a este hermoso rincón que aún conservo en el norte. El motivo es por una posible venta. Alguien se ha interesado y, ojalá, pueda desapegarme de esta década de recuerdos, vivencias y convivencias para así poder invertir en el futuro.
Mientras viajaba pensaba en las cosas de este momento que estamos ahora viviendo. En el ambiente político que padecemos, y en como, desde siempre, ese ambiente se fundamenta en la crítica y la destrucción del otro. Decía un sabio que la política era como hacer la guerra pero sin sangre. Fue la conquista humana más poderosa, la de poder divergir sin necesidad de empuñar un arma. En el mundo civilizado ha funcionado, o al menos está más o menos funcionando. Y luego está el otro mundo, el que aún no ha entendido que la mejor forma de sobrevivir a los tiempos es con diplomacia, y no con sangre y tripas.
A pesar de la aparente civilización de nuestro mundo occidental, aún queda mucho por pulir y mejorar. Hay aún en nuestro sistema político y social, mucho desprecio hacia el otro. En verdad, es algo congénito al ser humano. El ser verdaderamente evolucionado y alejado de los ruidos de la personalidad converge, suma y abraza lo diferente. El que vive en las cavernas, refunfuña, maldice y desprecia al otro. Y lo desprecia de mil maneras. El rico desprecia al pobre. El pobre desprecia al rico. El mediocre desprecia al lúcido y el lúcido desprecia lo mediocre. Los del norte desprecian a los del sur y viceversa. Los guapos a los feos y los feos a los guapos. Y así hasta que te topas con el vecino de en frente y te das cuenta de que también lo desprecias, en resumidas cuentas, porque de alguna manera, somos seres despreciables, incapaces de ver la belleza incluso en lo aparentemente horrendo.
Recuerdo que cuando era niño, los otros niños me despreciaban por raro. Aún recuerdo cómo me escondía detrás de una palmera gigante que había en el patio del recreo, temeroso, quieto, observante, mientras que el resto jugaba, corría y disfrutaba. También recuerdo como en la adolescencia me despreciaban por ser pobre, o hijo de emigrantes y, por lo tanto, no ser totalmente de esa tierra, de esa gente, de esa cultura. Y luego en la madurez me despreciaron por mis ideas, por mis utopías, por mi forma de ver el mundo. Ahora entiendo que no debía tomarme esas cosas en serio, que el desprecio es algo común en nuestra sociedad, sobre todo en nuestra sociedad ruín, y que por lo tanto, no debía tomarme esas cosas como algo personal, sino como algo cotidiano. Ahora, cuando me llaman «pringao», sonrío. Sin más. Ahora ya sé que no soy yo, sino el otro, y su oscuridad palpable.
Me di cuenta una vez cuando estando en un gran hotel de lujo, mi acompañante, muy rica de cuna, habló con desprecio a la camarera de turno, por el solo hecho de ser camarera. Observé con atención que había un desprecio de clase, estúpido y rancio en los tiempos que corren, sin darse cuenta mi acompañante, de que el hecho de ser rico, no es sinónimo, ni mucho menos, de tener clase. A partir de ese momento empecé a fijarme en las personas que verdaderamente tienen “clase”, personas que por su talento o humanidad brillan por sí mismas sin necesidad de dinero, reputación o estatus.
Me di cuenta de que esas personas tienen un “magnetismo” especial, y empecé a catalogarlas, con gran admiración, como personas altamente magnéticas.
Me acordé de un gran ser que fue despreciado por todos, inclusive por sus más íntimos amigos: Jesús de Nazaret. Fue tal el desprecio hacia él, hacia lo que representaba y decía, que lo pagó con la muerte, con la cruxifixión, tras la traición de los suyos. ¡Qué gran ejemplo cuando lo mediocre apaga la luz del mundo! Qué gran ejemplo de que, a pesar de que intentaron despreciar lo más divino que la historia ha dado, su mensaje y magnetismo llegó hasta nosotros dos mil años después. Sí, un pobre y casi mendigo hijo de carpintero. Qué ejemplo más sublime para entender que, por mucho que nos desprecien, no debemos hacer caso. No lo dudes, no eres un pringao, eres un ser divino lleno de luz viviendo una experiencia humana. No hagas caso a lo mediocre. No hagáis caso al desprecio.
«Todos nacemos felices. Por el camino se nos ensucia la vida, pero podemos limpiarla. La felicidad no es exuberante ni bulliciosa, como el placer o la alegría. Es silenciosa, tranquila, suave, es un estado interno de satisfacción que empieza por amarse a sí mismo». «El amante japonés», Isabel Allende
Mientras a ella se le quemaba la casa con su mejor amiga dentro, otros clamaban al cielo por un trozo de madera. Mientras ella lo perdía todo, otros reclamaban todo. Qué sincronía más extraña. Mientras perdíamos esa vida que venía, otros se empeñaban en mancillar la existente con ruido y más ruido. Cuantas gotas más tenían que caer para desbordar el viejo y cansado vaso. Fuego y muerte, pensé para mis adentros. Renovación y resurrección.
Así que hoy, comienzo de la fiesta celta de Imbolc, pusimos el cierre definitivo. Cerramos por fuera para abrir por dentro. Acallamos el ruido para entrar en el silencio. Todos nacemos felices, pero el camino nos ensucia la vida. Así que ahora toca estar parados, sin hacer nada, sin aspirar a nada, sin pensar en nada, al borde del camino. Solo en silencio. Descansar, descansar mucho, porque luego vendrá un nuevo día, con sus nuevos retos, con sus nuevos sueños, con sus nuevas utopías. Pero para soñar, para dormir, es necesario callar. Sí, por dentro y por fuera, estar en silencio.
La felicidad siempre es incompleta. A veces somos esclavos de nuestros sueños, y otras veces, sin darnos cuenta, esclavos de los sueños de otros. El ser humano nunca está satisfecho, excepto cuando concluye que no hay mayor satisfacción que la de no hacer nada. No ambicionar nada, no desear nada, no querer nada. Bucear en la insustancialidad para intentar llegar a la aniquilación del descontento, del dukkha, del sufrimiento, y de paso, extinguir las causas de la desilusión, la insatisfacción, la incomodidad, la sed de todo, el dolor, la intranquilidad, la imperfección, el malestar, la fricción, el pesar, la frustración, la irritación, la presión, la necesidad estúpida de ir contra corriente, la agonía, el vacío, la tensión, la propia angustia existencial.
El fariseo siempre es descrito como aquel que se postra al fondo de la iglesia, de rodillas y dándose golpes de pecho. Clama al cielo y a los dioses, pero luego no hace nada por ellos, excepto golpearse, quejarse y crucificar al otro. No paga impuestos porque es incapaz de cumplir las leyes de la tierra, y menos aún, las leyes del cielo, aunque diga obrar en su nombre. Cada cruz tiene su propia madera, su propio madero. A veces esas maderas tienen formas extrañas que no suscitan sospechas. Pero ahí están, esperando pacientes para ser crucificado. Ese es el precio de cualquiera que ose.
El dolor y la muerte, el fuego, la ruptura con un pasado que ya no vive, son dolorosos, pero a veces liberadores. La felicidad es siempre silenciosa, tranquila, suave. Es un estado interno de satisfacción que empieza por amarse a sí mismo. Creo que ahora toca eso. Cerrar afuera para abrir adentro. Silencio para empezar a amarnos a nosotros mismos.
Al perder la esperanza, hallé la libertad. Cada noche morimos, y cada nuevo día, tenemos la oportunidad de renacer a algo nuevo y diferente. Cuando apretamos nuestros pechos contra la vida, el corazón parece latir más fuerte. Se escucha su rugido, su urgencia, su necesidad. Se puede sentir el palpitar y el aleteo de su frecuencia cardiaca. Allí se deposita el chacra verde, uno de los hilos que conducen a la vida. El chakra del corazón regula y equilibra nuestras emociones, especialmente aquellas afines al amor propio, al amor hacia los demás, a la compasión, a la armonía en las relaciones y la conexión emocional con nuestro yo superior, con nuestra consciencia más profunda, con nuestra yo esencial.
Late, late fuerte cuando pierdes toda esperanza, cuando mueres cada noche, cuando al día siguiente, resucitas de nuevo. Hay siempre un pequeño rasguño en las grietas de todo cielo. Uno mira hacia arriba y ve de nuevo las nubes, el sol luminoso, las montañas a lo lejos. Y luego imagina el mar, sus orillas y playas cambiantes. En cada nuevo día, uno aspira a ser mejor persona, a amar con delicadeza a los demás, incluso abrazar el infortunio, ese que espera en cada esquina, tras cualquier árbol o reflejo.
Desde un punto de vista oriental, casi diría que budista tibetano, todos morimos poco a poco. Cada instante que pasa es un fugaz momento que desaparece. El tiempo es la única medida posible para perpetuar un recuerdo, un intervalo, un sentir. La esperanza de la mañana no es la misma que la esperanza de la noche. La libertad de saber que vamos a morir provoca esa urgencia, provoca ese deseo, esa angustia por correr hacia todas partes.
Aún no lo sabemos, pero estamos viviendo en un mundo de sucedáneos. Nuestra propia arrogancia y languidez nos aleja de lo auténtico. De hecho, lo auténtico, lo diferente, nos da pánico. Todo aquello que no esté a la moda o que no sea aceptado por el común de los mortales, es motivo de espanto. Cuando algo o alguien auténtico se nos acerca, huimos despavoridos. Todos somos copias exactas de otras copias de otras copias. Compramos y vestimos la misma ropa, bebemos las mismas cosas, comemos exactamente lo que come el vecino. Nuestra obsesión durante décadas fue comprar cosas para estar a la moda, al día, con lo último. Ahora nuestra obcecación es la de vivir somnolientos, apartados de la vida, siendo una copia, un sucedáneo sin consciencia, sin autonomía, sin libertad.
Por eso, de alguna manera, cuando uno pierde la esperanza por todo, inclusive por el ser humano, halla cierta libertad. La libertad de estar de vuelta, de ser auténtico, de no ser ninguna copia ni sucedáneo. La libertad de ser un Buda o un Baphomet, de ser crucificado como un Cristo o de ser condenado como un Lucifer. Ser auténtico implica estar condenado al ostracismo, a la indiferencia, al caos. La libertad, cuando carece de esperanza, tiene un coste muy alto.
Lo que poseemos acaba poseyéndonos. El trabajo, la hipoteca, el bienestar, los estragos rudimentarios de la normalidad. Cuando no posees nada, cuando lo has perdido todo, inclusive la esperanza, nace un sentimiento de plenitud absoluta. Cuando has sido despojado de toda atadura, inclusive aquellas que nos imponemos en nuestro imaginario urbano, te despides del mundo y abrazas la resurrección.
Nos perdemos buscando la perfección de las cosas y nos olvidamos del gran gozo y disfrute de lo imperfecto. Esa es la trampa de nuestro tiempo. Un cuerpo imperfecto, un alma imperfecta, una tierra cadente, un cielo gris, un verano frío y silencioso. Olvidamos que el mundo está hecho de pura imperfección, y de ahí nuestra frustración constante. De ahí nuestra esclavitud hacia las cosas perfectas, inabarcables, imposibles. No existe una relación perfecta, ni un amigo perfecto, ni una pareja perfecta. Los cuentos donde la perfección roza la agonía fueron fabricados como adormideras, como somníferos para nuestra alma. No existe una verdadera metamorfosis si antes no ha existido una verdadera autodestrucción.
Es por eso que nos da pánico lo verdadero, lo real, lo imperfecto. Es como rechazar los puntales básicos de cualquier civilización, de cualquier pensamiento ilustrado, de cualquier percepción inteligente. Es por eso que no somos libres. Pero al perder la esperanza en lo perfecto, de nuevo, la libertad. Solo cuando perdemos todo, cuando ya no anhelamos ningún tesoro ni perfección, somos libres para actuar, para vivir, para soñar…
A los académicos de hoy día les encanta la teoría de Foucault que identifica conocimiento y poder, insistiendo en que la fuerza bruta ya no es un factor exclusivo para ejercer el control social. El poder/ignorancia o el poder/estupidez es mucho más poderoso que la porra o el calabozo. Estamos ante un hecho social que podríamos llamar de felicidad política, donde la gente mansa obedece dócil cualquier estupidez y cree a pies juntillas todo aquello que tenga tintes de ser «oficial». En su extremo, la ignorancia hace de las suyas.
Después de dos años de resistencia modélica en las montañas, acogiendo a todo tipo de refugiados y marginados antivacunas (pura escoria estigmatizada, sin derechos a tomar un café o viajar libremente) y abrazando su soledad y a veces sufrimiento por la situación mundial de pandemia, terminé cogiendo el Covid. Fue un martes, a eso de las tres de la tarde, hora zulú. Alguien vacunado que venía de la ciudad para hacerme una entrevista antropológica llegó enferma. Le invité a hacer la entrevista al aire libre aprovechando los estupendos y sanadores rayos de sol, pero prefirió ambientar la misma en la pequeña cabaña, lugar emblemático de la resistencia. Por amor a la antropología accedí. Fue inevitable. Dos años de vida sana en la montaña no sirvieron de nada. El virus empezó a expandirse por mis venas en cuestión de horas gracias a la acción-participación y la etnografía clásica. También gracias a los astros y unas inevitables sincronías que tenían que suceder a continuación (pero esto lo dejo para otra historia).
Tres días después del contagio tuve los primeros síntomas. Primero me miré las manos para ver si se me había caído algún dedo. Existía el rumor, creo que aún infundado, de que al menos a un diez por ciento de la población mundial se le caen los dedos con el Covid. Pasó en un slum de Calcuta, hace diez meses, y la noticia corrió como la pólvora. Al ver que no perdía ningún miembro me hice un test de antígenos y di positivo. Realmente no creo en ese tipo de test, sobre todo después de lo que dijo un presidente negro de Tanzania cuando experimentó con piel de papaya y una cabra, que también dieron positivo en el test. Por cierto, el presidente murió meses después de forma misteriosa. Como era negro y negacionista, la noticia no trascendió.
A pesar de todo, quería hacer un experimento antropológico y ver qué pasaba realmente cuando me había convertido en un apestado que además no tenía pasaporte sanitario por no estar vacunado. Llamé a los servicios sanitarios para confesar mi caso, ayudando con ello a aumentar el estado de alarma y la fatídica estadística. Enseguida un ejército de rastreadores (así se hacen llamar, la verdad es que da miedo), muy educadamente me empezaron a hacer miles de preguntas, como hacía la Geheime Staatspolizeicon los Judíos para determinar su pureza de raza, pero de forma más educada y suave (son otros tiempos, y como decía antes, la porra ya no se lleva). Por supuesto, no les hablé de la resistencia, ni de la papaya, ni de mi dieta galletariana. Eso sería como si Al Brown, antes de convertirse en Radcliffe-Brown, que suena más aristocrático, hubiera traicionado los ideales del gran Kropotkin por una papaya de Tanzania.
Pero más allá del estado conspiranoico en el que vivimos, donde las élites, por cierto, se han hecho vegetarianas y ya no beben vino ni fuman puro y están en contra de las macrogranjas mientras que en disimulado susurro gritan un suave Sieg Heil (o al menos eso dijo en una entrevista un eurodiputado de la extremaderecha), era importante poner a prueba mi poder de resistencia. Venía la prueba de fuego… ¿sería capaz de vencer esta enfermedad a base de galletas? Mi mala alimentación a base de carbohidratos se iba a poner a prueba, y con ello toda mi reputación. Aunque no pertenezco a la élite (sí me gusta Wagner, pero eso no significa nada, a veces también escucho al Fary) me hice vegetariano a los 16 años por convicción activista y desde entonces mi dieta se ha basado en carbohidratos. El motivo es que no me gustan las verduras ni la fruta (ni siquiera la papaya, sí un poco el melón, pero poco), y sin embargo, puedo volverme loco comiendo pizzas o galletas. Por suerte siempre he gozado de buena salud, quizás porque siempre fui algo deportista. Pero esta enfermedad suponía una auténtica prueba iniciática, un rite de passage entre las columnas enigmáticas de Boaz y Jakin.
Más allá de las teorías del contrapoder imaginario, lo cierto es que he vivido este trance como un resfriado agudo y tranquilo. No he tenido ninguna complicación ni ha resultado ser una enfermedad fatal. El primer día fue malestar general, el segundo y el tercero sentía como si unas navajas quisieran cortar mi garganta (ahí si que noté algo de manipulación genética en el maldito virus, y admito que me acordé mucho de China), la típica molestia que se tiene en los resfriados. El cuarto un poquitín de tos y voz ronca y el quinto día estaba ya como nuevo. Eso ha sido todo.
Intento comprender porqué hay personas que incluso han perdido la vida por esta aparente y simple gripe y otras hemos pasado por ella de forma casi ridícula. Me pregunto si será por el estilo de vida, aquí perdido en la montaña, entre bosques y naturaleza, una vida muy tribal, o es que en verdad, mi súper dieta a base de galletas ha conseguido combatir con éxito esta terrible enfermedad. Sea como sea, me siento orgulloso de no haberme vacunado. Primero porque lo que menos quiero en el mundo es que me inyecten un microchip encubierto en la cabeza para controlar mi vida. No quiero que nadie sepa cuantos kilos de galletas como a la semana y qué canciones de Wagner escucho día sí o día no (luego Google se llena de noticias sobre Wagner y es algo insoportable). Y segundo, porque lo que menos desearía sería quedarme estéril como afirman algunos estudios relevantes realizados en las islas Salomón con pepinos asexuales. Deseo tener hijos, y no uno o dos, sino al menos seis o siete, mejor siete por si tenemos que votar qué día celebrar el cumpleaños de Noam Chomsky y no hay consenso… auuuuuuuuu!!!
Pero más allá de la seriedad de toda esta fiesta pandémica con muertes y familias arruinadas, yo creo que lo que realmente me ha sanado ha sido la Vida. Las ganas de vivir que en estos días se han multiplicado por mil gracias a la conjunción de los astros, y la certeza de que las cosas no pasan por casualidad dentro de este extraño noumicon. Es como si una ancestral descendiente de algún habitante de la desaparecida isla de Thule hubiera llamado estos días a la puerta y de repente el amplio abanico de la posibilidad se hubiera extendido ante mí con una mágica fórmula matemática que pocos podrán resolver: (1+1=8/9). Es como si hubiera entrado en la nube del no saber, en el hilozoísmo más puro, en la incógnita de subir a lo más alto de la cima recordando que sabemos volar. Aunque esto sea una locura, va tomando altura. Ahora solo nos queda volar, que decía la canción. Así es la vida. Una estrofa, una canción, un suspiro, un sueño, una visión, un laissez faire pluscuamperfecto. Y como dijo el Fary alguna vez, lo que ha unido el Covid, que no lo separe el hombre (Mateo 19,3-12). Amén.
Siddhartha Gautama renunció a su palacio y se dedicó a llevar una vida mendicante. Quizás sea uno de los primeros ejemplos de esa gran renuncia.
Mi primera gran renuncia laboral ocurrió en 2005. Aún siendo muy joven, había conseguido todo lo que alguien puede aspirar a cierta edad: un bonito adosado con jardín, un bonito coche, un bonito trabajo y una excelente pareja. Ese año lo abandoné todo por perseguir un sueño, y no por reproducir aquello que según los estereotipos sociales debía alcanzar, continuar, sostener, conservar o reproducir. En 2014, casi diez años más tarde, experimenté otra gran renuncia personal y me fui a vivir a los bosques, a una pequeña cabaña desde la que ahora escribo. Rompí de golpe con una prometedora carrera basada en ese primer sueño del 2005 al darme cuenta de que algunos sueños están de igual manera condicionados y limitados por los anhelos de la personalidad, y no por los anhelos profundos de nuestra alma.
Al parecer, mucha gente está despertando a esta realidad. Muchas personas están volcando en sus vidas una gran renuncia. Es conocida también como la gran dimisión, o el gran reset colectivo, o en el plano más místico, la nueva era. Realmente todos los periodos históricos tienen algo de nueva era, de gran cambio, del esplendor y nacimiento de un nuevo gran paradigma universal. A cada periodo lo hemos llamado de alguna manera diferente. Ahora estamos viviendo uno de esos periodos de cambio, un great awakening, como llaman los antropólogos a un fenómeno que ocurrió en América en siglos pasados: un gran despertar.
Las noticias nos dicen que más de seis millones de personas han renunciado a su empleo tan solo en Estados Unidos. A este fenómeno lo han bautizado con el nombre poético de “la gran renuncia”. El académico estadounidense Anthony Klotz así lo bautizó. En plena pandemia, ha habido un abandono masivo y voluntario de puestos de trabajo rara vez visto en el mercado laboral, nos dicen los medios. Esa gran renuncia tiene que ver, posiblemente, con el despertar a un mundo absurdo, tan cargado de cosas, y tan vacío de vida.
Desde pequeños nos han inculcado la idea de que debemos ser prósperos y crecer materialmente hasta lo ilimitado. Llega una edad en el que asumes que ese compromiso prehistórico con el crecimiento encuentra un límite, y de ese límite nace una gran frustración que se va tejiendo poco a poco en nuestro interior. Nunca seremos ricos, nunca seremos excelentes ni totalmente prósperos, siempre navegaremos en un mundo cargado de cierta mediocridad e incertidumbre. El sentirnos mediocres sosteniendo una vida anodina, normalmente organizada bajo el mundo del entretenimiento (estamos entretenidos, estamos distraídos, no pensamos) y el ver que el embudo se estrecha en la escala social, nos hace replantearnos nuestras prioridades. Nace en nosotros, no en todos, un sentimiento de crisis, de profunda crisis interior que requiere respuestas profundas.
Las instituciones tradiciones, religiosas, familiares, nacionales y estamentales han fracasado. Las personas han entrado en un momento vital donde demandan emanciparse de creencias, de juicios, de condicionantes. Haber nacido en una sociedad segura les hace aspirar a mayores grados de libertad. La Inteligencia Global entiende que ese grado de emancipación es peligroso, porque un individuo pensante, no basado en la docilidad social, puede crear resortes y grietas en un sistema que pretende sobrevivir a toda costa. La pandemia, creada o fortuita, nos ha demostrado que el sistema puede provocar grandes dosis de docilidad. Ahora mascarillas, ahora encierros colectivos, ahora vacunas, ahora pasaporte pandémico. Nadie dice nada y todos asumimos dócilmente que esa marcada línea roja entre la salud pública y nuestra libertad individual es la correcta. Al mismo tiempo, se ha creado un subgrupo de divergentes que rechazan dichas directrices, dicha conformidad, y deciden rebelarse de alguna manera.
Esa rebeldía puede ser silenciosa, como esa gran revolución silenciosa que predijo el politólogo Inglehart hace ya unas décadas (parte de mi tesis doctoral fue basada en sus ideas). Estamos ante un cambio cultural caracterizado por la adopción de valores de auto-expresión, de emancipación y mayor libertad. Las utopías seculares, no solo individuales sino también grupales, están creando un caldo de cultivo donde el futuro requerirá respuestas complejas. La docilidad no puede ser permanente, y de alguna manera, el ser humano en su conjunto buscará grietas desde las cuales rebelarse. Construirá puentes que acerquen perpetuamente su mundo superficial hacia un mundo más profundo y cargado de significado. Una de ellas, la renuncia al empleo ordinario y la búsqueda de una vida más sencilla y simplificada ya está ocurriendo. Una vida basada en los dones de cada cual y no en la búsqueda de dinero o riquezas, sino en los talentos que nos hacen felices. Silenciosamente, esa gran renuncia es esa gran revolución sosegada y taciturna que buscará las grietas pertinentes. Busca tu grieta, actúa, sé libre.
“Además logró que a todos, grandes y pequeños, ricos y pobres, libres y esclavos, se les pusiera una marca en la mano derecha o en la frente, de modo que nadie pudiera comprar ni vender, a menos que llevara la marca, que es el nombre de la bestia o el número de ese nombre”. Apocalipsis 13: 16-18
Conseguí un pasaporte falso. Fui al cine a probar si funcionaba. La marca de la bestia, el QR, estaba dañado a propósito para no identificar al verdadero usuario, así que mi única esperanza era que no pasara la máquina lectora sobre el código. La película en la que basé mi pequeño delito de falsa identidad sanitaria era una paradoja: Matrix Resurrections. El revisor miró mi pequeño móvil de cuatro pulgadas. Me pidió ver el código QR. Acercó su mirada al minúsculo móvil y me dejó pasar.
Las monjas que vivían en monasterios en la edad media lamían con sus propias lenguas las heridas de los leprosos con la esperanza de que sanaran. Algún que otro milagro se le acuñó a la monja María Magdalena de Pazzi, que no tenía reparo en lamer las heridas de aquellos que padecían. De alguna manera nosotros hemos estado haciendo lo mismo en este tiempo, acogiendo a toda persona que buscara alojamiento en nuestra casa de acogida, sin preguntarle qué tipo de enfermedad padecía, si no, más bien, abrazando sus heridas todas las mañanas, tras las meditaciones y los cantos. Nunca hicimos caso de las restricciones, porque para nosotros lo más importante es el ser humano, su acogida, su consuelo, su arropo. No preguntamos nada sobre la peste de nuestro tiempo. Si la han padecido, o la padecen, nosotros seguimos acogiendo, y lamiendo cada herida, física o del alma.
Mientras tantos vemos con pena cómo los púlpitos se llenan de nuevos fariseos, como nos vuelven a dividir, como la espiritualidad se enlata en discursos vacíos y huecos, como la Matrix se vuelve una realidad cada vez más compleja. Me pregunto cuánto tiempo necesitaremos para liberarnos de la realidad irreal, de la mentira en la que vivimos, la mentira del miedo. Es posible que enfermemos, y es posible que algún muramos de alguna enfermedad. Pero no podemos escondernos, dividirnos, obligarnos a nada que coarte nuestra libertad. No vamos a permitir que nos pongan una marca en la mano derecha o en la frente, de modo que nadie pueda comprar ni vender, a menos que lleve esa marca. ¿Cómo es posible que hallamos normalizado tan abominable situación? Como decía Sartre, es verdad que el ser humano toma consciencia de su libertad ante la angustia. Y en este momento de angustia plena, de miedo, nos rebelamos.
Aquí no llevamos máscaras, ni utilizamos geles, ni nada parecido. Vivimos, se puede decir así, en cierta clandestinidad. Estamos en rebeldía, pero a la manera de Camus, dotando de sentido al ser. La peste de nuestro siglo nos ha vuelto, otra vez, seres absurdos, como en el mito de Sísifo, viviendo entre el hundimiento de una civilización que se suicida aceleradamente y la nada utópica, casi inalcanzable, existente entre las nieblas espesas de estas montañas ahora casi inaccesibles, clandestinas. Aquí reímos, cantamos, bailamos. Quizás sea una postura cínica para algunos. Para nosotros es tan solo una manera de rebeldía ante el absurdo de este tiempo. Nuestra rebeldía se basa en abrazarnos, en besar al desconocido, sin máscaras, sin miedo. De semejante universo sacamos nuestras fuerzas, y estas, hasta el momento, nos protegen. Ante el suicidio de la libertad, nos rebelamos. Como decía Píndaro, no te afanes, alma mía, por una vida inmortal, pero agota el ámbito de lo posible. En esas andamos: agotando hasta el último aliento.
«Hay una grieta en todo, así es como entra la luz». Leonard Cohen
En el desayuno en Ciudad Real, mi querida amiga P. me recomendó un documental que hablaba sobre los falsos gurús: Kumaré. Venía a cuento sobre los peligros que existen cuando el ego espiritual se apodera de aquel que se considera iluminado, y pretende a su vez iluminar al resto. Con el tiempo uno descubre de los peligros de los ciegos que se atreven a guiar a otros ciegos. De ahí nace la gran enseñanza de la puerta estrecha, del arrodillarse humildemente ante la inmensidad antes de que la espada de la justicia corte nuestras cabezas. Se aprende inevitablemente a mirarnos al espejo interior para encontrarnos con nuestro verdadero enemigo: nosotros mismos.
Disfruté mucho con el documental, reafirmando la creencia de los peligros que encierran la ingenuidad, y el poder que se da a los falsos profetas. Cada vez creo más en la necesidad de “matar al Buda”, a la ilusión que desentraña esa, a veces fanática visión, de encontrar a un maestro, a un gurú que nos guíe por alguna senda.
Existen unos claros indicadores para separar la paja del grano. La más clara es la que dijo aquel verdadero maestro de maestros cuando nos advertía eso tan dicho de que por sus actos los reconoceréis. Las reglas para aspirantes, para discípulos y para iniciados están bien definidas, y quien las conoce, obra en silencio para poder desarrollar la búsqueda del verdadero gurú interior. Esa es la gran enseñanza de Kumaré, el falso gurú que de forma divertida inventó una doctrina para ver hasta qué punto un grupo de acólitos eran capaces de acreditarlo como un gran gurú.
Ya hemos dicho en diversas ocasiones que el verdadero gurú, más allá de practicar la inofensividad y la inevitable impersonalidad, no muestra nunca un camino o una doctrina. Más bien nos ayuda, mediante duras pruebas, en desapegado silencio e invisibilidad, a elevar nuestra mirada para que nosotros mismos hallemos ese camino, nuestro camino.
Atinar con esta enseñanza pasa inevitablemente por la gran renuncia, el gran acercamiento interior y el encuentro necesario con nuestro maestro interior, el maestro en el corazón. Solo cuando nuestra alma conecta con nuestra personalidad, cuando la misma se quiebra y se agrieta, entra la verdadera luz. Es entonces cuando se produce el milagro de sintonizar con nuestra familia espiritual y con nuestro trabajo grupal. Para cualquier otra senda, siempre tendremos la energía azul y la afirmación iniciática ¡Kumaré, Kumaré!
Pd. Para los que sientan algo de curiosidad por estas cosas, aquí os dejo una de las primeras reglas en el sendero espiritual, que muchos falsos profetas o gurús no son capaces de desarrollar, con los inconvenientes que eso conlleva:
Regla X: Los fuegos purificadores arden tenuemente cuando el tercero es sacrificado al cuarto. Por lo tanto, que el discípulo se abstenga de quitar la vida y que nutra lo más inferior con el producto del segundo.
Esta regla puede aplicarse a la conocida norma de que el discípulo debe ser estrictamente vegetariano. La naturaleza inferior se embota y densifica y la llama interna no puede brillar cuando se incluye la carne en la dieta. Esta regla es rígida e inviolable para los solicitantes. Los aspirantes pueden o no consumir carne, según prefieran, pero en cierto etapa del sendero es esencial la abstención de cualquier tipo de carne y es necesario vigilar con estricta atención la dieta. El discípulo debe limitarse a las verduras, cereales, frutas y legumbres, pues sólo así será capaz de construir el tipo de cuerpo físico que pueda resistir la entrada del hombre real que ha permanecido ante el Iniciador en sus vehículos sutiles. Si no hiciera esto y pudiera recibir la Iniciación sin haberse preparado de este modo, el cuerpo físico sería destruido por la energía que fluye a través de centros recientemente estimulados y surgirían graves peligros para el cerebro, la columna vertebral y el corazón. No pueden dictarse reglas rígidas o ascéticas, excepto la regla inicial de prohibición absoluta -para todos los que solicitan la iniciación- de carnes, pescados, licores y el uso del tabaco. Para quienes pueden soportarla, es mejor eliminar de la dieta los huevos y el queso, aunque esto no es en modo alguno obligatorio; pero para quienes están desarrollando facultades psíquicas de cualquier tipo, es aconsejable abstenerse de consumir huevos y moderarse en el queso. La leche y la manteca entran en diferente categoría, y la mayoría de los Iniciados y solicitantes consideran necesario incluirlas en la dieta. Pocos pueden subsistir y retener todas sus energías físicas con la dieta vegetariana, pero allí está encerrado el ideal, y como bien se sabe, éste rara vez se logra en el actual período de transición. A este respecto conviene recalcar dos cosas: primero, la necesidad del sentido común en el solicitante, factor del cual se carece frecuentemente, y los estudiantes deberían recordar que los fanáticos desequilibrados no son miembros deseables para la Jerarquía. El equilibrio, el justo sentido de proporción, la debida consideración de las condiciones del medio ambiente y un sensato sentido común, es lo que caracteriza al auténtico esoterista. Cuando existe el verdadero sentido del buen humor, muchos peligros pueden evitarse. Segundo, el reconocimiento del factor tiempo y la capacidad de efectuar lentamente los cambios en la dieta y en los hábitos de toda la vida. En la naturaleza todo progresa lentamente, y los solicitantes deben aprender la verdad oculta de la frase: «Apresúrate despacio».
Simenon escribió en 1933 un relato titulado en su original francés como Les gens d’en face, ambientada en la Rusia soviética de aquel tiempo. El editor Roberto Calasso, cuando decidió editarla en Italia, recibió una crítica de Goffredo Parise en la cual decía: “Escrito en torno a los años treinta por un genio, esta breve obra maestra es la novela de la policía, del control, de la anulación total del hombre bajo la más poderosa, importante y fantasmagórica dictadura policial que el hombre moderno haya conocido”.
Los comunistas de todos los países encontraron en la tradición de la antigua URSS la visión de un Estado Guía, una especie de luz o camino para transitar. La tradición política que nos remonta a Gramsci decía que la revolución llegaría por una lenta conquista de la hegemonía, la cual debería obtenerse por consenso. Pero esa revolución no llegó de la manera en la que Gramsci imaginó. Más bien, los estados liberales se convirtieron en Estados Guía al estilo soviético, y la hegemonía, la revolución, fue la del consenso regido por la falta de crítica o disidencia, por el control más absoluto y por una fantasmagórica dictadura policial.
Los Estados Guía han llegado a un acuerdo hegemónico en el que la disidencia o el discurso contrario al oficial, a la hegemonía reinante, es anulado, censurado, estigmatizado. Lo hemos visto claramente con los disidentes que han decidido libremente opinar de forma diferente, o simplemente, se han negado a algo tan simple como decir no a la vacuna. No pueden viajar, no tienen carnet covid, no pueden ir a restaurantes y pronto no pueden opinar porque la hegemonía los estigmatiza por pensar diferente.
Los disidentes son cada vez más como Nia y Silas, los protagonistas de la película distópica titulada “Almas Gemelas”, donde las emociones se consideran una enfermedad, según «El Colectivo» (el Estado Guía), y donde el ser humano está reducido a no experimentar la vida con todos sus matices, con todas sus imperfecciones, con todo el amor que se pueda expresar aunque a veces sea de forma torpe e inconexa.
Ya no se podrá, en un futuro, abrazar la imperfección, la incoherencia, la trampa de ser humanos, porque habrá un Estado Guía que nos dirá como debemos pensar, opinar, vivir, consumir, soñar… No podremos ser libres y diferentes, que es lo que realmente nos hace únicos, sino que deberemos vacunarnos contra cualquier opinión divergente, diferente, libre. Amar, la gratitud, la pasión o simplemente sentir algo por alguien serán visto pronto como algo obsoleto, caduco y vacío.
El Estado Guía pretende anular todo resquicio de pensamiento crítico para vaciarnos de lo que somos. Por eso la disidencia hoy día es más necesaria que nunca. Por eso los que aman, los que piensan, los que se enamoran de la vida o simplemente del otro y dejan de ser un individuo homogéneo se convierte en el héroe de nuestros días. Héroes anónimos que como decía Camus, aprenden a decir “no”. Hombres y mujeres rebeldes que no desean seguir la hegemonía, hombres y mujeres con opinión y criterio propio capaces de ser libres.
Ojalá algún día volvamos a aquella antigua empatía en la que a través del contacto físico, ahora que ni siquiera eso nos dejan, podamos revelar que la cura de nuestras almas libres no ha borrado los sentimientos por la existencia.
Laurel sembrado en una de las cabañas de la futura comunidad del Espíritu Libre
«Dentro de 700 años, el laurel reverdecerá», Guillaume Bélibaste
Hace siete años plantamos un pequeño laurel junto a la casa de Acogida, nuestro pequeño y humilde hospital de peregrinos. Hace unas semanas plantamos uno junto a la cabaña, en la futura y pequeña comunidad Simorg. En los próximos días, cerca de la fecha del solsticio y de la celebración de San Juan, plantaremos otro laurel en los terrenos de la futura Escuela, una escuela nacida del espíritu libre, de la mano de la fraternidad del Espíritu Libre. Es un acto simbólico que tiene que ver con la memoria colectiva de las herejías que durante todas las épocas han ido apareciendo y desapareciendo.
Una de estas herejías fue la cátara. En el año 1321, el último cátaro, el último perfecto, el último bon home, fue quemado en la hoguera por la Inquisición. Guillaume de Belibaste, ardiendo en el fuego, gritó: “En 700 años el Laurel reverdecerá y los cátaros volveremos a la tierra”. Para los cátaros, el laurel era el símbolo sagrado del amor más puro. Cuando los inquisidores aplicaban la sentencia de muerte, los mártires decían antes de morir: “El laurel se ha marchitado. El puro amor se apaga…”
Este año de 2021 se cumplen 700 años de la profecía y este año, muchos seres están llamados al despertar, al recordar, al reconocer, a volver a empezar. El catarismo fue un movimiento considerado herético en la Edad Media. Sus ideas sobre el bien y el mal, las creencias en la reminiscencia o la reencarnación y el hecho de que las mujeres pudieran acceder al sacerdocio desencadenó su exterminio. La profecía de Bélibaste aseguraba que tras siete siglos los cátaros volverían. ¿Ha llegado el momento?
La herejía siempre ha retornado con uno u otro nombre. El hereje es el que elige, el que desde su corazón accede a la escuela o al conocimiento de su elección. Normalmente está en desacuerdo con las costumbres, creencias y tendencias establecidas. La herejía de todos los tiempos siempre fue avanzada en pensamiento y libertad, por eso ese gran esfuerzo por ser aniquilados, quemados, eliminados. Ahora estamos viviendo un tiempo donde pensar diferente, ser diferente, se está convirtiendo en una nueva herejía.
Por ello, os invitamos, hoy día del solsticio, a todos aquellos que os consideréis incomparables, herejes por pensar de forma diferente, setecientos años después, bajo el aplomo de la hoguera de San Juan y del Solsticio, a sembrar un laurel allí donde estéis, como símbolo de que el amor puro reverdecerá. Os invitamos a que en todos vuestros corazones renazca esa llama de luz y amor, para que el poder de la buena voluntad al bien restablezcan el plan en la Tierra. Sembrad, simbólicamente, un laurel para recordaros la necesaria urgencia de actuar, de hacer el bien y de proclamar una y otra vez la necesidad de amor puro. Que así sea por siempre, y que el laurel reverdezca una y otra vez en los corazones humanos. Llenemos el mundo de laureles, hagamos que el Grial vuelva a expandir su poder de paz e inclusión universal.
—Simón: Quisiera preguntaros dónde está vuestra logia. —Felipe: En el valle de Josaphat, fuera del alcance del chismorreo de las gallinas, del canto del gallo y del ladrido del perro. (Diálogo entre Simón y Felipe, 1740)
Allí estaba el maestro, sentado en el oriente, esperando paciente las primeras luces del amanecer. En occidente los vigilantes, persistiendo conformes el ocaso. Al septentrión, los aprendices que únicamente pueden oír y callar. Al mediodía, los compañeros que reciben e instruyen a los recién llegados bajo la sagrada geometría. Así todos permanecieron al inicio sin dinero, ni desnudos ni vestidos, ni de pie ni acostados, ni de rodillas ni alzados, ni descalzos ni calzados, sino en un estado correcto.
El templo es misterioso y oculto a los ojos profanos. Es tan alto como el cielo, y tan profundo como la tierra. De tal humilde construcción que solo los mansos de corazón pueden verlo y apreciarlo. Tres pilares sostienen toda la construcción, representando las sagradas líneas de fuerza, los tres primeros atributos, los tres primeros rayos que nacen del fuego cósmico: Belleza, Fuerza y Sabiduría. Cinco signos se realizan antes de entrar en esos misteriosos recintos: el signo pedestre, el signo manual, el signo pectoral, el signo gutural y el signo oral. De allí solo sale la palabra justa, y se reconoce la palabra perdida, y se administra el verbo sigilosamente con tres golpes dados a la puerta, el último después de un tiempo doble al primer intervalo, y con más fuerza. Todo bajo signos de escuadras, ángulos y perpendiculares. Todo para oír y callar los secretos.
Pero antes de que los verdaderos secretos puedan ser velados, se requiere la construcción de un taller, de un humilde cobertizo enramado, de una galería. Esa galería no puede medir más de cinco metros de diámetro por cinco, y debe ser octogonal, con una salida superior hacia la infinidad del cielo y otra inferior hacia la inmensidad de la tierra. Ambas unidas por un haz de luz, y entre ellas, una piedra labrada en las profundidades de la ciudad perdida, también conocida como la ciudad resplandeciente. Esa piedra, de color violeta lívido, debe ser oculta y resguardada hasta que pueda ser construido el templo y ser situada junto a la piedra angular. Allí se oculta el logos, el mundo, la palabra.
El nuevo templo debe ser construido para proteger allí los secretos del nuevo mundo. No es un capricho, sino una necesidad que surge del Aula de Sabiduría. Es el lugar donde se ritualiza la conexión necesaria entre cuerpo y alma, entre mente y espíritu, construyendo para ello el puente necesario. Para que eso sea posible, el templo pequeño debe ser purificado, libre de abandono o imprudencia, y a su vez, transparente. Una vez realizado, más de siete y menos de doce se reunirán bajo la atenta mirada del que está sentado al oriente y de los que vigilan desde el occidente. Una vez allí, la obra continua inevitablemente en la transmisión, en el devenir, en la profunda comunión con el ara.
Es ridículo pensar en la figura infantil que muchas tradiciones nos ofrecen sobre la imagen de un Dios Omnipotente. Una humanidad infantil necesitaba, hace mucho tiempo, de una imagen cercana de su Creador. Evidentemente, un Creador “papá”, protector, siempre atento con sus criaturas. Pero la Omnipotencia no existe cómo tal, sino más bien la Esencia. Es cierto que todas las criaturas emanan desde dentro algo de la esencia del origen del Cosmos. Pero el Cosmos, inabarcable, decidió, por pura lógica operativa, jerarquizarse. Lo vemos en nuestro cuerpo. Nuestra conciencia a delegado funciones automatizadas. Nuestra mente autoconsciente no sabe nada del normal funcionamiento de las células de nuestro pie. Ni siquiera tenemos control sobre la mayoría de las funciones vitales. Existe una clara jerarquización, un orden que amablemente se coordina de forma organizada y cuasi perfecta.
Tampoco podemos afirmar rotundamente que vivamos en un mundo panteísta, tal y como se cree en las cosmovisiones de la nueva era. Tal vez sí en un mundo holizoísta. De un Dios Trascendente pasamos a un Dios Inmanente en las tradiciones acuarianas, que además, influye en el devenir humano. ¿Cómo podemos aún pensar de forma tan limitada? El Dios paternalista de todas las tradiciones podría llamarse, para ser más exactos, los dioses creadores, aunque con un poco más de sensibilidad jerárquica, serían simples emisarios que ayudaron en cierto plan para nuestro pequeño universo. Y como emisarios hicieron su labor, no del todo perfecta, porque algo debió fallar cuando tanto dolor y sufrimiento se instaló en nuestro pequeño mundo.
Es un fraude pensar que un gran Dios está escuchando nuestras súplicas y atendiendo nuestras demandas. Quizás sí un ser menor, pero no el Dios Creador de todo el Universo. Un fraude orquestado desde la inocencia de pensar en un Dios Inmanente, y no Trascendente. La visión de que el mundo es como es por la gracia divina no solo es ingenua, sino que atenta a la inteligencia, y a la propia divinidad. El mundo es como es por obra de la imperfección humana, y es desde lo humano y su libre albedrío, que se ha de resolver todas las contradicciones actuales. La creencia infantil, el gran fraude, nos vuelve dóciles, resignados, conformistas. Imposibilita toda reflexión y toda libertad, además de sofocar de inmediato cualquier posibilidad de rebelión. La emancipación consciente deberá, poco a poco, aproximarse a la verdad subyacente en la vida.
Ya lo decíamos ayer: el Primer Motor de todo lo creado, al que podríamos llamar el “Creador Principal”, no podría ser nunca nuestro “Dios”. Tampoco sería un Dios Absoluto, sino una entidad creada, más allá de cuyo universo hay un algo creado a su vez por otro Creador. Si seguimos esta secuencia, el Creador del “Creador Principal” puede tampoco ser el que existió primero, y ser a su vez hijo de otro Creador…
La trascendencia no implica omnipresencia, pero sí algún tipo de jerarquía. Estamos totalmente limitados y cegados hacia lo que pueda ocurrir en esferas superiores, en dimensiones diferentes a las nuestras, en territorios que aún desconocemos. No debemos suplicar a Dios que cambie nuestras vidas. Dios está implícito en la Trascendencia, es decir, en nuestra esencia. De ahí la importancia de conectar con esa esencia, que es la fuerza que germinó en nosotros proveniente de nuestra fuente creadora. La fuerza necesaria para dar sentido a nuestras vidas y nuestras acciones, está en nosotros mismos, no como presencia de Dios (el fraude del Dios Inmanente, cercano, paternal), sino como esencia de Él, es decir, como fuerza que nace de su propia Trascendencia.
Su esencia vive en cada uno de nosotros, pero estamos solos y aislados en cuando a nuestro progreso personal. Es como la semilla de cualquier árbol. Esa semilla tiene la esencia del conjunto de la especie, pero su desarrollo como árbol individual dependerá totalmente de él. Por eso no podemos (de nuevo la falacia) invocar a un Dios fuera de nosotros, ausente, imperceptible e invisible para nuestra limitada razón. Debemos, en todo caso, invocar a su esencia que está en nosotros, al depósito de fuerza que engendró en nuestro interior y que deberá hacer de nuestra vida, un gran árbol proyector. De ahí la importancia de nuestro libre albedrío, de nuestro análisis, lucidez y discernimiento a la hora de rebelarnos ante el dios paternal que los guardianes de la tradición nos intentan, erróneamente, mostrar. Invoquemos interiormente nuestra fuerza, que es la fuerza del Creador Trascendente, y empecemos a entender el plan desplegado de toda la creación.
Aunque lo hicimos en el mar lejano, no tuvimos tiempo para correr desnudos por la profundidad del bosque. Nos faltó tiempo para retorcernos en su oscuridad, entre cantos y tierra, a vaguadas de nostalgia consumida, desnudos, pobres, sin nada. Nunca sopló el viento lo suficiente, y cuando lo hizo, algo se llevaba. Son deseos no consumidos, placeres no extenuados al máximo. Algo se pierde siempre en el camino, algo que nos enfrenta a la vida de forma despiadada. Algo se marcha y algo hermoso se pierde cuando el mundo nos aturde, nos confunde, nos engaña con sus cosas.
Hay una verdad terrible que aún no comprendemos ni deseamos comprender. Algo que ni siquiera nadie se atreve a exponer o pensar. Es la verdad de que hay algo que sobrevive a la muerte, pero ese algo no somos nosotros, no somos aquello con lo que nos identificamos, que es fruto de la naturaleza, del azar y de las circunstancias que hemos vivido. Sí, hay algo que sobrevive, pero ese algo que los antiguos llamaban alma o espíritu no somos aquello que creemos ser. Podría ser tan solo polvo o cenizas, o podría ser algo aún incomprensible. Nosotros nos extinguimos, nosotros desaparecemos. Solo sobrevive el alma, pero el alma no somos nosotros. De alguna forma podríamos decir que somos una especie de sombra del alma que nos anima como marionetas inertes, que nos ofrece la oportunidad de sentir y pensar por un limitado tiempo. Pero solo eso, una sombra que se extinguirá en el gran día de nuestro final. Seremos, tarde o temprano, un cadáver inerte.
Siendo así, solo nos cabe la posibilidad de vivir intensamente este premio, este tiempo ridículo e insignificante en el que se nos permite expresar alguna cosa. La posesión del alma significa la muerte de nuestro pequeño yo, de nuestras pequeñas cosas y ridículas posesiones. Es como si en verdad el alma fuera nuestro huésped, y nosotros meros receptáculos del mismo. Un comensal, un forastero que suplica vivir en nosotros como forma de expresión y vida, a cambio de que nos desprendamos de todo. De ahí que deberíamos repasar el mito de los rebeldes caídos en desgracia por intentar avisar al ser humano de dicha condición. Deberíamos repensar la historia, dudar de ella, incluso dudar de nuestra propia identidad cuando nos referimos al yo inmortal. Robar el fuego a los dioses tuvo su sentido épico, ahora ya olvidado.
De alguna manera respiramos el aire que respira nuestra alma, pero luego vemos la tierra que nos hizo, las mieles que comimos, los espectros que llenaron una y otra vez nuestras cabezas de personalidades, y sentimos que no somos producto de un alma sino producto de la naturaleza y la circunstancia en la que vivimos. Por eso algunos dicen que no todos tenemos alma. Preferimos morir y extinguirnos definitivamente antes de que algo ajeno a nuestra imperfección humana nos posea. Y a veces me pregunto si ese afán de posesión tiene algo que ver con la idea de aquellas almas errantes que se salvarán o no en el día del juicio final. Poseer alma sería renunciar a nuestra imbecilidad. Y eso no nos atañe, porque al hacerlo, al rebelarnos contra nosotros mismos, requiere y exige un sacrificio, una pérdida inevitable, una renuncia que nos resulta insoportable.
Por eso nos gusta vivir en esta idiotez irreflexiva. Esta ignorancia nos hace felices, nos vuelve inmunes e indecentemente cobardes. Es existir para entregar nuestras vidas a ese empeño de domarnos, de volvernos dóciles e inofensivos, de mantener cierto control sobre nuestros apetitos, sobre nuestras caóticas emociones y deseos, sobre nuestros pensamientos incoherentes y confusos, de tenerlos, porque hasta que no se demuestre lo contrario, no todos somos seres pensantes. Hay personas que viven solo por deseo, por impulso, por adaptación, sin mayor reflexión.
¿A qué se debe tanta docilidad, tanta pasividad, tanta imbecilidad? Durante siglos nos han aturdido con el miedo, con el final ardiente del infierno, que no es otra cosa que la de no poseer nada. Ahora nos aturden con las redes, con las cosas, con el miedo a no tener dinero, ni tener propiedad ni ser aceptados en las redes. Imbéciles que vigilan a otros imbéciles, que controlan su forma de vestir, su forma de actuar, su forma de vivir, su peinado, su bolso, su afeitado. Nos vigilamos unos a otros en forma banal, condicionando la insurgencia, anulando cualquier posibilidad de rebeldía, de sedición, de insubordinación. Estamos constantemente controlados y vigilados por nosotros mismos, sin posibilidad de disidencia. Incluso los más rebeldes caen en la trampa del tener gracias a ese remordimiento que nos han inculcado por no ser hombres o mujeres de provecho. ¿Provecho de qué o para quién? ¿Para seguir alimentando esta perversidad, este monstruo que hemos creado?
Es imposible entender la libertad de no tener nada. Cientos de miles de emigrantes arriesgan sus vidas para abrazar el tener. Desean poseer cosas, desean librarse del hambre y la pobreza a cambio de algún atisbo de esperanza futura. La pobreza, el no tener nada, se ha convertido en una peste, en algo que hay que eliminar como un cáncer. Todos quieren ser ricos, todos quieren tener cosas, todos desean exprimir hasta la última gota de savia de la propia naturaleza. Ser pobres está mal visto. Sería algo así como dejar poseerse por el alma, y de alguna forma, abandonar el mundo que llaman real, en vida.
Revelarse a las riquezas, a la apariencia, al tener y abrazar la indigencia fuera de cualquier tipo de sometimiento es algo que está totalmente penalizado. Inofensividad, aturdimiento, aceptación, imbecilidad. Así nos hacen para que no pensemos. Así nos quieren para seguir alimentando a la bestia. Nos aíslan y nos aturden cada vez más. Con las redes, con el ocio, con el entretenimiento. Cada vez más solos, cada vez más apartados y aislados los unos de los otros, olvidamos el vivir. Y al olvidarlo, al alejarnos de nuestra propia esencia, de nuestra alma, ahogados en nuestras cosas, en nuestras riquezas, pero absolutamente solos y aturdidos, lejos del amor, dejamos de correr juntos, desnudos, por la profundidad del bosque.
«¡Qué locura!» Goya Lámina 68 de Los desastres de la guerra
“El odio es un lastre, la vida es demasiado corta para estar siempre cabreado.” American history X (1998)
Bueno, cabrearse es humano. No siempre todo fluye de forma armónica. Como cuando hoy esa hermosa rubia, despampanante, casi perfecta, me ha invitado a no sé qué rollos de fruta y le he tenido que decir, “lo siento, odio la fruta, soy galletariano”. A veces uno tropieza, se enfada, se despeina, sufre accidentes, las cosas no funcionan. Hoy era uno de esos días. Empieza mal y termina mal. Es normal, está lloviendo, hace frío, la soledad es abrumadora. Te desahogas con tres paseos, uno por la mañana, antes del desayuno, otro después de la comida y el último antes de la cena. Intentas trabajar algo. Claro que es difícil concentrarse cuando todo sale mal. Son días grises, qué le vamos a hacer. Pero el odio es un lastre… ¿cómo es posible que no me guste la fruta?
Luego recapacitas. Empiezas a correr tras la sombra de tu amigo canino. Te cansas y te das cuenta de que ya tienes una edad. Rozar los cincuenta ya no es una broma. El corazón se acelera. Tengo que parar. Los mareos siguen ahí, hay que tener cuidado. Y los achaques, cuando no es una cosa es otra. Y eso que para algunas cosas parezco aún joven, adolescente diría. «Debería comer fruta», pienso para mis adentros.
Odiar no odio a nadie, excepto a la fruta. Por suerte a las personas no. Hay gente que me cabrea porque hay gente estúpida e insolente. Pero de todas, las que especialmente me incomodan es la gente egoísta que solo piensa en sí misma y en sus emanaciones. Sobre todo si luego no atiende correctamente a las emanaciones. Pero esto es un problema de perspectiva. Cuando le he dado esquinazo a la rubia ni siquiera me ha intentado convencer de las delicias de la fruta. Se ha marchado ofendida. Los egoístas deberían estar solos y no juntarse con los otros. Solo saben manipular, distorsionar y embaucar al desprevenido para sacar algún tipo de interés o rédito. Sí, un problema de perspectiva y expectativa. No se puede tener expectativas sobre nadie. Por norma, la gente tiene vida propia, y tiende a fluir según capee el viento. Ya no hay principios sólidos, ni compromisos sólidos, ni respuestas sólidas cuando uno se equivoca. Lo siento querida, no me gusta la fruta, qué le vamos a hacer.
Y es cierto, la vida es demasiado corta para estar siempre cabreado. Por eso solo me cabreo de vez en cuando. Muy de vez en cuando. Es humano. No se puede evitar. No siempre los caminos son de rosa. Lo normal es que haya baches, curvas peligrosas, accidentes. Sobre todo si caminas. Si te quedas inmóvil al borde de la senda nada ocurre, pero nada aprendes, nada creces, nada mejora. Los que se equivocan son los que caminan, y cuando tropiezan, pues a veces se enojan. Porque si caes y caes mal te haces daño, y eso crea una reacción psicológica que produce primero dolor físico, y luego sufrimiento emocional o psíquico. Es el añadido, el extra al dolor. Podríamos evitarlo, pero no siempre es posible, porque a veces los dolores no solo son tangibles. Están los dolores que no se ven, que nadie ve, pero que están ahí.
Estos días de absoluta soledad me veo a veces hablando solo. Es lo bueno de no sentirte manipulado por nadie, ni por las noticias, ni por embaucadores vendedores o políticos de turno. Luego pienso que me estoy volviendo loco. Y luego me doy cuenta de que loco de remate ya estaba y que el hablar solo tampoco tiene nada de malo. Pero por si acaso apareciera alguien de repente y me viera hablando con las flores o con los árboles, intento disimular mis circunloquios echando unas charlas con el amigo Geo o con los patos o con las gallinas, que como no tienen gallo que las defienda, me toca a veces cacarear imitando cierta gallardía de la que no dispongo.
La verdad es que nunca me gustó la fruta y nunca fui un gallito. En el colegio los niños me pegaban cuando veía los tropezones de plátano que me escondía en los bolsillos disimuladamente. Aprovechaban que era un niño tonto para darme capones. Ocurrió lo mismo en el instituto. Por suerte esos garrulos no pasaron a la universidad, así que allí tuve cierto consuelo, y como las guerras eran más bien ideológicas, me vine arriba, porque en esas batallas casi nadie me ganaba. La logística de mi mente se hizo poderosa, y me di cuenta que, en el mundo de las ideas, podía tener cierto éxito. Y al darme cuenta, empecé a ligar algo, no mucho, pero algo. El rollo dandi intelectual atrae hasta cierto punto. Sobre todo si eres algo rarito, vegetariano, no tomas drogas ni alcohol y te codeas con gente extrañamente fuera de lo normal. Eso sí, cuando las mujeres descubren que no te gusta la fruta, desaparecen volando. Si no le gusta la fruta, algo esconde. No mola, da desconfianza. Lo sé. Una pena.
De todas formas, desde que estoy en los bosques ya no tengo ningún tipo de éxito. Ni social, ni intelectual, ni material ni varonil. He dejado de ser un macho delta (los alfas ya no están de moda) y me he convertido en un operador laplaciano, es decir, en una persona de segundo orden. En el fondo me encanta, porque es como volver a la infancia, cuando los niños más perversos te pegaban capones en el patio. Esos capones tuvieron el efecto de volverte fuerte por dentro, de hacerte inevitablemente más introvertido y por lo tanto, más espiritual. Ahora me pasa lo mismo. Me estoy volviendo más espiritual y más fuerte, aunque de vez en cuando me cabree con la gente que se empeña en darme fruta de postre. ¡Qué le vamos a hacer!
Supersticiones de principios del siglo XX en contra del invento de la electricidad
Hay personas inteligentes que basan parte de su vida en buscar fallos al sistema. A veces movidas por el rencor de no ver reconocida su lucidez, afirman que esos fallos son la causa de que el mundo vaya mal. Sin embargo, estas teorías conspiranoicas son muchas veces falacias nacidas de la más absoluta de las ignorancias, sin fundamentos y alimentadas por la siempre compulsiva imaginación humana.
Obvian que las verdaderas fallas del sistema no son el 5G o la teoría de la tierra plana, sino más bien otras de calado mayor como las guerras, el hambre o la miseria. Injusticias que siempre pasan desapercibidas en nuestro teatro social, tan absorbidos siempre por nuestro pequeño ego y sus múltiples preocupaciones, distracciones y desvelos sobre el qué dirán, el qué vestiré o qué perfume me pondré mañana.
De hecho, estas teorías fomentan que los que de alguna forma pudieran ser críticos con esas verdaderas injusticias, estén preocupados en analizar cosas sin fundamento y sin aporte alguno a la mejora social. Conspiraciones que solo sirven para distraer la mente, mantenernos despistados sobre la realidad y anular toda capacidad de pensamiento crítico, valga la paradoja. Potenciar la desidia y la vagancia mental en vez de la mente creativa y constructiva es la peor enfermedad de nuestro tiempo.
Podríamos decir que uno de los aciertos del sistema es tener a esas mentes, muchas veces prodigiosas, desperdiciando su tiempo intentando demostrar la existencia de los reptilianos o del nuevo orden mundial y su élite malvada. Desperdiciar una vida entera en la investigación de esas fallas del sistema imaginarias y no en las verdaderas fallas reales de por qué existe aún en nuestro planeta las guerras y el hambre, es un verdadero desperdicio y una desvalorización de la lucidez mundial.
Veamos cuales son algunas de las supersticiones más populares de nuestro tiempo, más allá de romper un cristal, pasar por debajo de una escalera o cruzarse con un gato negro, que dicho así, parecen cosas del pasado en comparación a la que se nos avecina en este tiempo:
1. 5G. La idea de que el 5G es de lo peor que el ser humano ha creado no tienen ningún tipo de fundamento científico. Ocurrió lo mismo con el invento de la electricidad, del microondas o del 2G y sus antenas mortíferas. El miedo a los avances tecnológicos siempre han estado en nuestra sociedad. 2. El chip. Ese miedo a no ser controlados cuando cedemos todo nuestro control a todo el mundo no tiene fundamento. Un chip implantado en nuestro cuerpo no será más controlador que el que ya tenemos con nuestros móviles, tarjetas de crédito, números de documentos de identidad. ¿Qué más quieren saber de nosotros si ya lo saben todo? 3. Las vacunas. El miedo a las vacunas también es irracional. Las vacunas nos han ayudado a mejorar como sociedad en salud y bienestar. 4. La pandemia. Aún hay gente que piensa que el “bichillo” no existe, o se pasan el tiempo especulando sobre si viene o no de un laboratorio artificial o si lo han creado para vete tú a saber qué. 5. Los chemtrails y si el combustible real de los aviones es aire comprimido. Este quizás sea el más divertido de todos. Van asociados porque tienen que ver con los aviones. Solo hay que ver la fluctuación del petróleo para ver como caen en picado las compañías aéreas. Menuda panacea lo del aire comprimido si fuera cierto. 6. La tierra plana. Este es el que más me intriga. ¿Cómo es posible que exista una conspiración mundial, política, económica y científica que nos tenga creyendo que la tierra es un globo y no una tortuga sostenida por varios elefantes como creían los antiguos? Las fuerzas de gravedad y centrífuga perpendicular al eje de rotación, además de su consistencia, son cosas que no tienen explicación para los terraplanistas. A nadie se le ha ocurrido pensar que quizás la Tierra sea algo viscoso, una esfera achatada que evoluciona incesantemente moldeando bajo su plasma todo cuanto existe. 7. El contubernio, los iluminati, las élites malvadas y el Nuevo Orden Mundial. Este es brutal. Cualquier que ejerza algún tipo de poder ya se le tacha de malvado e iluminati. El odio que desprende toda esta gente hacia el imaginario colectivo es proporcional a la ignorancia mundial. 8. El inminente apocalipsis. El fin del mundo es la mejor amenaza para tener acojonado al personal. ¿Cuántos finales del mundo hemos vivido en los últimos dos mil años? El miedo siempre funcionó bien para mantener a la gente controlada. 9. La bomba atómica no existe. Qué pregunten por favor a los japoneses si existe o no. 10. Los reptilianos ya están aquí. Los reptilianos somos nosotros. Menudos seres que estamos hechos. 11. Elvis Presley no ha muerto. Este es el mejor. Estoy convencido de que no murió. Debe estar en alguna playa mondándose de risa. Peor suerte tuvo Paul McCartney. Algunos ingenuos piensan que aún está vivo.
“En un estado totalitario no importa lo que la gente piensa, puesto que el gobierno puede controlarla por la fuerza empleando porras. Pero cuando no se puede controlar a la gente por la fuerza, uno tiene que controlar lo que la gente piensa, y el medio típico para hacerlo es mediante la propaganda (manufactura del consenso, creación de ilusiones necesarias), marginalizando al público en general o reduciéndolo a alguna forma de apatía”. Noam Chomsky
Personas como Noam Chomsky o Sylvain Timsit nos han ilustrado de cómo a través del entretenimiento de los medios de comunicación masiva se logran reproducir ciertas relaciones de dominación. Las viejas sin dientes, tras las cortinas de visillo, eran quizás las mayores armas de control social que existía en nuestras sociedades primitivas. Hablo de primitivas a esas sociedades que no disponían de radio, televisión o internet. Eran las guardianas del orden y la ley, de la moral y la conducta. Los pequeños pueblos y aldeas no necesitaban sofisticados sistemas de control masivo: las viejas sin dientes soportaban esa carga, esa profesión, como delegadas imperiales del orden mundial, como custodias irremplazables de la armonía de nuestros pueblos. Cualquier cosa que pasaba era rápidamente divulgado y sancionado por el cotilleo y la moral (cambiante) de cada tiempo. En estos días de pandemia la policía de balcón, sancionadores de la ley, el orden y la moral, ha sido el mejor y mayor ejemplo de estado policial que hemos vivido nunca.
Las sociedades se han vuelto complejas y hemos tenido que sustituir a las viejas del visillo por otros mecanismos más sofisticados. El llamado “entretenimiento” esconde en su polisemia un sentido agudo de significado, una apatía de los tiempos inculcada con sofisticadas maneras. Estar distraídos, entretenidos, nos hace vulnerables y mansos. Ya nos volvimos mansos con la creación de lo que llaman televisión basura. En el país de la soberbia, la bobería y la crítica, nos encanta estar pegados al cotilleo, a la venganza, a la ira, a la destrucción moral del otro. La envidia sumada a la crítica más feroz es la mayor arma de destrucción masiva. No hay mayor control de masas que empujar nuestra débil consciencia a la inversión sistemática de imágenes que nos aturdan y nos disuaden. Fomentar la distracción e inventar problemas y sus soluciones forma parte del juego macabro del mundo zombi en el que vivimos. Nuestras frustraciones y miserias encuentran espacio en la nueva plaza pública, en la nueva antesala del control social.
Pero a veces la estrategia de infantilizarnos gradualmente no da resultado, y se requiere vampirizar todos nuestros actos, nuestros pensamientos y nuestras vidas. Para los capaces de escapar de esa normalidad del griterío, inventaron la política basura, donde, como en un programa de televisión del más bajo calibre y nivel, se repite el marco disuasorio de la algarabía y la ira, la bronca barata, el insulto y el no entendimiento. Apelar a las emociones y no a la reflexión siempre ha sido efectivo. Es una forma de vampirizar al otro, de ejercer potestad y dominio sobre el otro. El control de masas siempre viene persuadido por exagerados halagos a la patria, a la nación, a lo nuestro o a lo que sea que pueda unirnos en un imaginario colectivo y grupal que nos aporta seguridad y sensación de pertenencia, al coste de buscar un enemigo común culpable de todos nuestros males y frustraciones personales y colectivas. Lo hemos visto estos años con movimientos nacionalistas, populistas y patrióticos y lo veremos en el futuro una y otra vez. Dividir a la población en rojos y azules, de derechas y de izquierdas, de unionistas y separatistas, no es solo un modelo ideológico a seguir. Encierra argucias irracionales que intentan moldear las consciencias y crear enemigos basados en sistemas aleatorios de creencias zombis, vampirizadas. Las injusticias son iguales para todos, pero si se divide a las personas en patrias, naciones, ideologías y creencias, es más fácil culpar al otro de todas nuestras desgracias e injusticias.
Si aún había personas capaces de salir de esa rueda, se inventaron los móviles, auténticos péndulos de ensoñación que nos mantienen abstraídos a un mundo virtual e hipnótico que nos aleja cada vez más de la experiencia vital del mundo real. Uno se siente poderoso cuando tiene un móvil en la mano. Es como tener una gran espada en tiempos medievales. Nos hace poderosos y con capacidad de victimizar al otro, de reconocer al otro como ignorante y mediocre si no avala nuestras consignas, nuestras creencias, nuestros dogmas. El móvil y todas sus aturdidas aplicaciones se ha convertido en un tótem de poder, en un arma arrojadiza y despiadada, en una tiranía capaz de inmolar al otro de la forma más despiadada.
¿Realmente necesitamos un chip para tenernos controlados cuando los llamados “cookies” saben todo sobre nosotros? Aceptamos los cookies como el que acepta galletas o caramelos de un desconocido a la salida del colegio y lo vemos normal. Es un acto diario que hemos normalizado. Es más, nos aterra no aceptar cookies por miedo a no poder acceder con ello a un sitio web (el ser humano siempre tiene miedo al rechazo). Realmente no sé de donde nace el miedo a ese futuro chip. No hay motivo ni razón para el mismo en un mundo dónde el control de nuestras consciencias es mundial y se ejerce mediante redes sociales sofisticadas como Twitter donde el insulto a la disidencia es gratuito o Facebook donde la complacencia comunal se satisface a base de likes monitoreados por un control absolutista donde uno debe comportarse de forma ideal, hablar de forma ideal y posar de forma ideal cuando realmente por dentro dejamos mucho que desear en cuanto a disciplina y autocontrol. Deseamos likes y seguidores para no ver la auténtica soledad en la que vivimos. Promovemos la complacencia en la mediocridad pensando que al poseer cierto control mediante una herramienta cargada de aplicaciones vivimos una vida de éxito. Eso nos aleja de la realidad, de sabernos ante una posición crítica, que vivimos una vida mediocre, precaria e injusta. No hay pensamiento crítico posible ante la complacencia de sentirnos poderosos en la falacia en la que vivimos. Nuestra vida mediocre y pobre se camufla ante el poder ilusorio del móvil, de una tarjeta de crédito o de una nómina que asfixia nuestras vidas mendicantes.
No debemos reforzar la autoculpabilidad, la cual, nos impide al mismo tiempo la movilidad y la falta de resistencia. Solo debemos ser reflexivos y observar. Hay otros estímulos de control más sofisticados que podemos analizar para ver en qué condicionantes nos movemos. Los juegos de azar, como la lotería para los pobres o la bolsa de valores para los más pudientes, son ambas promesas de enriquecimiento rápido que nos mantienen subyugados a la ilusión de que quizás algún día podamos ser materialmente ricos, o más ricos. La avaricia nos puede, a unos y a otros, porque siempre queremos más. También está el estímulo de la propiedad, que nos mantiene atados a un lugar y una hipoteca de por vida, controlando nuestros movimientos más rebeldes ante la imposibilidad de perder nuestras pequeñas posesiones. Nunca vimos mayor poder de control sobre alguien que el que ejerce el miedo a perder una propiedad por un imposible impago de una hipoteca. Solo ante ese extremo, el desahucio, alguien se alzaría fuera de control, deseando y rogando al capital por un trabajo, un salario y una seguridad que permitiera seguir pagando nuestros eslabones-cuotas mensuales y con la posibilidad de algún sobrante para ir a tomar una cañita en el bar de la esquina, porque la cañita, la cervecita, el vinito o el vermut es nuestro pequeño momento de emancipación-evasión sobre los fenómenos cotidianos, sin pensar ni por un momento que es la forma normalizada del mayor narcotizante social. Tener a una sociedad narcotizada, alcoholizada, es el mayor invento desde los tiempos de Baco, Dioniso y Hathor. Vivimos una vida embriagada, alejada de lo que verdaderamente es.
No hablaremos sobre el circo, también conocido hoy día como el dios-fútbol, donde se muestra a unos jóvenes héroes de nuestro tiempo golpeando una pequeña esfera corriendo de un lado para otro sin mayor libertad que el de golpear dicha esfera. Ese es el símil de heroicidad de nuestro tiempo: golpear un balón, el antiguo pan y circo. No hay mayor aberración de la verdadera heroicidad que esa imagen ilusoria. Y tampoco entraremos en detalle de esos otros héroes, los autónomos, que, subyugando la necesidad de un salario fijo, emprenden la aventura de enriquecerse por su cuenta, siendo sujetos y bien sujetos a base de impuestos o embargos, para evitar con eso que piensen demasiado, a sabiendas de que un autónomo o pequeño empresario debe pensar por su propia cuenta para poder subsistir. Tampoco hablaremos de la burocracia a la que uno se somete día a día para poder soportar esa sensación de que todo está en orden, y de que alguien o algo vela por nuestros intereses superiores. Ni la relación que los hombres, auténticos violadores en masa, muchas veces disimulados por la moral y la costumbre, tienen sobre las mujeres, a las que consideran auténticas prostitutas que se venden con un trapo barato en el mejor de los mercados virtuales.
En un mundo de violadores y vampiros, ¿de verdad aún hay gente que piensa que algo o alguien está maquiavelando la idea de ponernos un chip para controlarnos? ¿No estamos ya rozando el control perfecto en un sistema que se autorregula a base de miedo a no poder sublevar nuestras ansias de libertad al lado de una cervecita o viendo un partido de fútbol con los amigos de toda la vida? Por otro lado, ¿a qué clase de emancipación podemos aspirar cuando estamos totalmente atados a nuestros miedos de qué comeré mañana o qué vestiré? Miedo a ser ignorados por el grupo, a ser rechazados por la masa si no seguimos los patrones de normalidad, si no creemos el credo hegemónico impuesto y si no comulgamos con lo que supuestamente la sociedad espera de nosotros.
No nos damos cuenta, pero nos creemos inútilmente más libres por instigar supuestas conjuras o supuestas conspiraciones para controlarnos. Esa es la superstición de nuestros días, otra forma de control para los que aún se atrevan a pensar un poco, inoculando en nosotros la idea de jerarquía maléfica que intenta controlar nuestras vidas. Así somos de infantiles, de ingenuos y así llega la verdadera anulación del raciocinio y la verdad, la mutilación real de nuestro proyecto humano. Nos inoculamos el virus de la ignorancia disfrazada de verdad y nos creemos superiormente programados para escapar de este laberinto normalizado. Pero nos somos realmente mejores, ni intelectualmente superiores por gritar superstición. La hazaña de la verdadera libertad personal es una batalla que va más adentro y es más profunda que toda esa superficie epidérmica de la superstición. Vivimos en un mundo donde la razón está hechizada por esos nuevos charlatanes, ya sean políticos, casamenteros o místicos del dos al cuarto. Pero de todos ellos, los que más miedo y sorpresa deberían darnos son los que vinito en mano, con cara de buen pastor, arremeten contra el nuevo orden mundial como el que comenta la última jugada del saque de esquina del partido del domingo por la tarde.
¿Cómo rebelarnos contra esta perfección, sin convertirnos de repente en ángeles caídos, diablos o brujas? ¿Cómo someter nuestro juicio ante la irracionalidad imperante? ¿De qué manera hacerlo sin caer en las llamas del infierno, o ser sepultados en vida por no ejercer esa normalidad bruta y depravada? ¿Qué dirán de nosotros? ¿Qué será de nosotros? Seguramente la hoguera nos espera… el fuego lo purifica todo. Y el mundo, que inevitablemente arderá tarde o temprano en llamas, será de igual forma purificado.
Grabado de la visión de Ezequiel, por Matthaeus (Matthäus) Merian (1593-1650).
«El escepticismo debe ser un componente de la caja de herramientas del explorador, en otro caso nos perderemos en el camino. El espacio tiene maravillas suficientes sin tener que inventarlas». Carl Sagan
La fuente es siempre la misma y se manifiesta en todos los tiempos, todas las edades y todos los confines. La fuente siempre habla de los mismos dioses creadores que vinieron de las estrellas, quizás hace algunos cientos de millones de años, para lograr el milagro de la vida individualizada en la consciencia humana. Las tradiciones más antiguas nos hablan de esta fuente. Jung lo llamaba inconsciente colectivo, los esoteristas más oscuros lo llaman registros akhásicos, el físico David Bhom lo llama campo unificado, la unidad psíquica de la humanidad de los ilustrados o el campo mórfico de Rupert Sheldrake. Sea como sea, hay una fuente que lo unifica todo y que ofrece respuestas a los interrogantes sobre nuestros orígenes.
Si no fuéramos científicos y nuestra imaginación se disparara hacia latitudes incontroladas, podríamos pensar que lo que fugazmente llamamos viento no deja de ser una interacción de otros planos que arremete en nuestro mundo. Es como si un ser de cuarta o quinta dimensión comenzara a caminar por nuestro planeta y eso provocara que de repente algo se moviera en nuestra dimensión. Lo llamamos viento y lo achacamos a la influencia de la luna, de las presiones y las tensiones atmosféricas, pero si observamos detenidamente el viento desde una imaginación libre, podríamos decir que se compone casi de vida propia, de identidad, de diferentes manifestaciones. Así los antiguos debían imaginar el mundo, de forma libre, no condicionados por la presión científica de nuestros tiempos, llamada en aquellos tiempos superstición.
Lo mismo ocurre en el campo de los mitos y las creencias. Antes llamábamos a los mensajeros de los dioses con diferentes nombres. Gabriel, Miguel, Rafael, Uriel, Raguel, Sariel, Remiel… La lista es interminable según la tradición a que se adscriba. Los nombres de los mensajeros actuales son más modernos y elocuentes. El más conocido de todos ellos quizás sea Ashtar Sheran, pero aquí en España tenemos a nuestros queridos Tefilo o Geenom. Se llaman ahora hermanos mayores, maestros ascendidos o enviados. Y todos tienen algo que decirnos. El libro de Urantia o los Manuscritos de Geenom son revelaciones modernas realizadas por los mensajeros de las estrellas actuales. El fenómeno de los contactados, los nuevos profetas, se extendió por todo el planeta en las últimas décadas. Como digo, la analogía con el viento es similar, está ahí, pero no sabemos realmente qué lo produce. ¿La fuente? ¿Ángeles? ¿Demonios?
Los mitos se repiten y se alternan centuria tras centuria. Caín mató a Abel en la tradición judeo-cristiana, igual que cientos de años antes, en la traducción egipcia, Seth mató a Osiris. El mito del diluvio es universal. Aparece en todas las tradiciones, incluyendo en él la destrucción de los continentes de la Atlántida y Lemuria. También el mito de que los dioses vienen de los cielos, uno de los más conocidos y quizás el más increíble de todos. Tanto dioses como mensajeros de los mismos vienen del cielo, de allí arriba, ¿de las estrellas? Uno de los mitos actuales más moderno es el origen humano gracias a la ayuda de los habitantes de Apu y la manipulación genética que hicieron con los primeros primates. Según el mito judeocristiano, los “elohims”, los hijos de los dioses, se enamoraron de las hijas de los humanos y de allí nacieron los nephilim. Podría decirse que es la transición universal de los mitos sumerios o egipcios evolucionando por las tribus mediterráneas de aquel tiempo hasta nuestros tiempos modernos donde los alienígenas paracen invadirlo todo.
Según los seguidores de la tradición más moderna, Apu es un planeta que se encuentra en la estrella Alfa B de la Constelación del Centauro, a unos 4,3 años luz de nuestro sol. Durante miles de años, los habitantes de Apu velaron por la evolución humana hasta que, tras un gran consejo, decidieron echar una mano para que el ser humano evolucionara. Lo hicieron desde una gran ciudad que construyeron entre los ríos Eufrates y Tigris, en la actual Iraq, el antiguo paraíso bíblico. Los apunienses serían los elohims bíblicos actualizados. Pero, ¿qué ha sido de ellos? Desde que dejaron de emitir por TV las series pro-alienígenas tales como Chocky, Alf o V, el mundo del contacto ET se ha esfumado o ha venido a menos. ¿Fueron los contactos con ángeles también una moda pasajera en tierras del creciente fértil de Canaán, lugar donde se produjo la revolución neólitica y posiblemente los primeros interrogantes estelares sobre nuestros orígenes? ¿O es que los mensajeros solo pueden comunicarse con nosotros solo muy de vez en cuando, dependiendo de la alineación de los astros? O algo peor, ¿nos han abandonado los dioses a nuestra suerte? La historia y los mitos están llenos de ángeles y demonios. También nuestra historia reciente. Sea como sea, nuestro origen como humanidad y como inteligencia es como el viento, un misterio.
Realmente el título debería ser “Dios salve al Rey”, porque la monarquía, tal y como está actualmente configurada, tiene los días contados. Aún así, desde un punto de vista antropológico, deberíamos hacer una reflexión profunda para poder salvar la monarquía como institución, eso sí, alejada del poder y la política, aunque sea simbólico, por el cual se ejerce de Jefe del Estado de forma vitalicia y hereditaria. Esto es un anacronismo de la Edad Media que aún pervive en Europa en países como Reino Unido, Noruega, Suecia, Dinamarca, los Países Bajos, Bélgica, Luxemburgo y nuestro país. También existen tres microestados con monarquía, Liechtenstein, Mónaco y Andorra, y una monarquía electiva teocrática, la Ciudad del Vaticano. Sí, todo esto en pleno siglo XXI.
Hay muchas anomalías incomprensibles en toda la historia monárquica desde los primeros reyes visigodos, o si tiramos un poco del hilo, desde el primer rey europeo, el caudillo Hermerico, el cual reinó, bajo dominio del emperador romano, en la actual Galicia. En primer lugar, tras tres restauraciones, y desaparecidas las casas de Trastámara, de Austria y Saboya, nuestro país está regido por una casa francesa, la borbónica, una de las líneas que pertenecen agnáticamente a la dinastía de los Capeto. Hay que tener en cuenta también la anomalía de que la tercera restauración borbónica vino de manos del dictador Franco, el cual designó como heredero al rey ahora emérito.
Dicho esto, tenemos dos bases fundamentales para dar poca fe a la monarquía: su anomalía histórica y su anomalía antropológica. No es posible que en pleno siglo XXI exista una figura política que sea vitalicia y hereditaria. Tampoco es posible que en plena modernidad existan reinos medievales o monarquías, por muy constitucionalistas que sean. Y menos aún cuando en el caso de nuestro país, esa monarquía fue restaurada por un dictador.
Aún así, se debería hacer un gran esfuerzo para proteger al mundo nobiliario de su futura extinción. Me refiero a que, desde un punto de vista cultural, histórico y antropológico, debería buscarse una fórmula para que algo tan singular, peculiar y atípico, sobreviviera en el tiempo. Existen actualmente en el Reino de España 2200 personas que poseen títulos nobiliarios entre reyes, príncipes, infantes, grandes de España, duques, marqueses, condes, vizcondes, barones, señores e hidalgos. Toda una retahíla de casas y títulos que conforman la Grandeza de España. Sería digno que el mundo nobiliario se rigiera por su verdadero origen, el cual pretendía distinguir a la aristocracia, es decir, a la excelencia, la cual, tal y como sugerían Platón y Aristóteles, debía ser encabezada por gente que sobresale por su sabiduría intelectual y por su elevada virtud. Sobre esto último no voy a verter opinión alguna.
Por supuesto, valga decir que si algún monarca ha cometido un delito, debe ser juzgado por ello. Al igual que debería ser juzgado cualquier ciudadano, incluido cualquier político. Más allá de las noticias de actualidad, creo que sería una salida noble para tanta anomalía el poder proteger la institución nobiliaria como un bien del patrimonio intangible, como Patrimonio Cultural Inmaterial. Eso sí, una vez retirada la monarquía de todo gobierno o privilegio de cualquier tipo que se refiera a algo parecido a eso de ser hereditario y vitalicio. Solo de esta manera podríamos proteger y salvar a la monarquía, y de paso, ordenar la política desde la sensatez y la modernidad que reclaman los tiempos. Dicho esto, ¡Dios salve al Rey! y ¡viva la Rex-pública!
El sueño de Dante ante la muerte de su amada Pintura de Gabriel Rossetti
La mente es un ente. Un ente que no puede parar de trabajar, de experimentar. A la mente le ocurre como al corazón. No pueden dejar de funcionar. Por eso, cuando llega la noche y nuestro cuerpo requiere descanso, la mente sigue funcionando. Ese funcionamiento ha creado mundos, misterios y cientos de teorías y creencias. Los sueños han sido motivo de poesía, de ciencia, de mancias. Pero como decía el poeta, los sueños, sueños son.
No tienen ninguna razón de ser excepto el avivar la propia existencia mental. Al cerrar los ojos, la parte consciente de nuestro cerebro se desactiva y entra en ejecución nuestra parte inconsciente. Como en ese mundo no hay limitaciones morales ni físicas, la mente imagina, normalmente, todos esos instintos reprimidos en la cotidianidad. Actúa como desahogo. Todos los desechos mentales del día se expulsan en los sueños. Se podría decir que los sueños son el vertedero de nuestro mundo mental, un sumidero donde desaguar todos nuestros deseos más reprimidos.
Es evidente que no todas las mentes son iguales, y por lo tanto, los sueños suelen establecerse según el tipo de consciencia que impera en la cotidianidad del día a día. No serán iguales los sueños de un violador que los sueños de alguien que se dedica a la meditación trascendental. La calidad de los sueños dependerá de la calidad de nuestras vidas. Los deseos, sean del tipo que sea, materiales o espirituales, se recrean en los sueños de forma viva y compleja, atendiendo a que en ese mundo onírico, las fuerzas de la física actúan de forma diferente. Se puede decir, de alguna forma muy simbólica, que los sueños es lo más parecido a un verdadero viaje astral, pero sin llegar a serlo.
Reducir los sueños a la visión de ser un sumidero, una cloaca mental, sería poseer una visión excesivamente reduccionista y simple. Lo es mientras no tengamos alguna otra certeza. Los sueños son como esa gran obra donde, si lo deseamos, y mediante prácticas de concentración y visualización, podemos llegar a ser protagonistas. Pero no dejarán de ser más que eso, un pequeño escenario cargado de magia, de viajes, de vuelos, de momentos angustiosos ancestrales como cuando soñamos que nos quedamos sin dientes o cuando de repente intentamos alzar el vuelo y damos pequeños coletazos de un lado para otro.
En los sueños se manifiestan claramente los clones híbridos. Son personas que pertenecen a una misma familia. Ocurre cuando estás soñando con alguien, pero su cara pertenece a otra persona conocida. Es como si los personajes se mezclaran en el inconsciente, o como si el juego de máscaras oníricas fuera totalmente diferente al que vivimos en la vigilia. No deja de ser fascinante los escenarios capaces de desarrollarse en el mundo onírico. Y también la teatralidad de todo lo que pasa, como si de un guión perfectamente orquestado se tratara.
Sintiéndolo mucho por los amantes del psicoanálisis y por aquellos que anhelan en los sueños mensajes transcendentes, no hay mucho que analizar de los sueños. Sí es posible que nuestro mundo de significados vehicule arquetipos significativos para nuestras vidas mediante sueños lúcidos. Pero como digo, son producto más de un deseo que de una energía telúrica proveniente de un más allá incierto. La genética podría complicar las cosas si, además de entender que los sueños son un sumidero de nuestra mente, también lo son de la psique de todos nuestros ancestros que de forma subliminal, como capas de una cebolla, hemos heredado en nuestro ADN psíquico. Es decir, algunos sueños podrían revelar situaciones angustiosas de nuestros antepasados, como la pérdida de dientes referida antes. Esas angustias han quedado gravadas traumáticamente en la genética que hemos heredado y en ocasiones, se manifiestan de forma espontánea en nuestras noches más retorcidas.
Deberíamos hablar, si tuviéramos tiempo y espacio, de los tipos de mentes, y de paso, de los tipos de consciencia que gobiernan esas mentes. La analogía con la informática podría ayudarnos. No es lo mismo el hardware (cerebro físico) que el software (mente). Hay muchos tipos de software, pero el mundo de la informática nos ha dotado de dos analogías aún más increíbles: internet y la nube. Si indagamos en esa analogía, podemos pensar que nuestra mente no es un ente aislado, sino que, además de estar conectada a nuestros ancestros gracias a la genética psíquica, también, de alguna manera, está conectada a todos nuestros congéneres actuales.
Es aquello que los ilustrados llamaban la unidad psíquica de la humanidad. En esa unidad, también podemos desarrollar sueños que no nos pertenecen, sino que se entremezclan una y otra vez con otros sueños, con cientos, quizás miles o millones de personas que están elaborando su propia película o teatro dentro del increíble y fascinante mundo onírico. Un mundo totalmente desconocido, un vertedero mental fascinante para los coleccionistas de rarezas. La cuestión simple y profunda, quizás, sería el preguntarnos: ¿son nuestras vidas «reales» el vertedero de alguien o algo que nos está soñando?
Cuando le enseñé todas las obras realizadas y toda la mágica transformación del lugar, empezó a llorar de la emoción. “No sé como la gente puede criticarte tanto con todo lo que has hecho y dado en este lugar. Es injusto”. Decía entre llantos. No es para menos cuando ella misma se dejó la piel en los primeros años de vida de este lugar y sacrificó toda una vida de comodidades para afrontar desde la más absoluta de las incertezas una aventura totalmente increíble e insensata.
No es casual que haya llegado hasta aquí para pasar unos días precisamente hoy. Es como si de repente hubiera un relevo de energías, sin pausa para estar unos días a solas. En el fondo sentí cierta emoción porque había alguien que podía reconocer todo el esfuerzo aquí acometido, y era consciente de que todas las crisis que hemos vivido en este lugar nunca han sido orquestadas. Han sido crisis nacidas fruto de la ignorancia, del error, de la incertidumbre, del miedo, de la rabia. Pero nunca hubo una mano maestra que quisiera generarlas.
Por ello nunca fue cierto que este lugar se creara gracias a unas ricas donaciones de Rodrigo Rato. Nunca fue cierto que fuera a menudo a Ginebra a esconder no se sabe qué dinero sacado de no se sabe dónde. O que mis viajes a Ginebra, más allá de colaborar en la edición de los libros azules, eran para reunirme con cierta élite o para estar en las secretas reuniones del club Bilderberg. Tampoco era cierto que estuviera desbancando a la fundación para mi beneficio propio, más bien estaba desbancando mi empresa y mi vida privada para poder proteger y consolidar este lugar. Durante estos años he tenido que soportar todo tipo de imaginarios, al cual más alucinante, de personas que en vez de sentir agradecimiento por el gran esfuerzo aquí realizado, les parecía más divertido entrar en la crítica o el enjuiciamiento falso y embustero.
No tengo ningún mérito en cuanto a esas crisis, excepto mis rarezas por eso de hablar el lenguaje de los pájaros o por percibir la realidad de forma mucho más sensitiva y abierta que la media. Mi único mérito, en todo caso, fue el no abandonar el lugar, el permanecer aquí, el aguantar todas las envestidas de la vida, de los personajes, del guionista, como mi querida compañera no se cansa de repetirme para tranquilizarme cuando enfurezco ante las injusticias, siempre vividas parcialmente, siempre dotadas de una languidez sesgada. Todo son aprendizajes. No hay ningún tipo de intención en ello, excepto aprender una y otra vez de los errores, del absurdo. Y como dice ella con mucho cariño, el absurdo es siempre inexplicable.
En todo caso, me emocionó que justamente hoy llegara una de las cofundadoras de este proyecto para dar su apoyo emocional en un nuevo nodo de cambio, en una nueva etapa que se presenta apasionante. Tan apasionante como la compra de un pequeño tractor que acabamos de hacer en estos días. Estuvimos haciendo cuentas y el mantener la finca limpia, desbrozada y bien cuidada nos cuesta un dineral todos los años. El hacerlo nosotros con un pequeño tractor nos permite amortizar la compra en un par de años. Así que el reto para los próximos días será hacer funcionar la máquina y empezar a limpiar la finca para seguir plantando árboles, huertas y jardines.
Toca embellecer el lugar, prepararlo energéticamente para la nueva etapa de siete años. Eso nos hará también un poco más autosuficientes y no tendremos que pedir o depender de terceros. Vamos a ver que tal nos va con este experimento. No hubo ningún rito a la hora de tomar la decisión, ni ninguna maquiavélica conjunción. Hacienda me devolvió un dinero que me debía y aproveché para invertirlo en algo que pudiera ahorrar un dinero en un futuro. Surgió de repente, contemplando como la hierba y el matorral habían crecido tanto a tan solo dos meses desde el último desbroce. Un gasto inútil, viendo como la naturaleza actúa. Improvisamos primero con una pequeña desbrozadora que solo era capaz de abrir algunos caminos. El resto resultaba inabarcable.
Así se lo explicaba hoy al arquitecto local que venía para seguir trabajando en los planos y en las ideas para poder pedir los permisos de obras para la futura escuela. En su incredulidad sigue sin entender lo que pretendemos hacer. Aún ronda en el imaginario colectivo eso de que debemos ser unos pequeños psicópatas que pretenden hacer vete tú a saber qué clase de ritos con qué clase de propósitos oscuros. A veces cuesta explicar según qué cosas. Somos extraños en esta tierra, y eso crea prejuicio y miedo, estigma y voluntad de imaginar todo aquello que lo extraño puede suponer. Por más que me esfuerzo en presentarme como una persona normal, con su trabajo, con sus estudios, con sus relaciones sanas y completas, no hay forma de borrar del imaginario el estigma.
Estos días escuchaba con atención un video de un buen y apreciado amigo que hablaba sin pudor de que estamos viviendo una crisis (la del Covid-19) orquestada desde altas instancias y de que el mundo está dirigido por una élite, en su mayoría, formada por decena de personas, casi todas practicantes de extraños ritos que rozarían la psicopatía. Por dentro no podía más que sonreír incrédulamente. Es cierto que existe una élite, pero esa élite no es muy diferente del vecino del frente. Son personas humanas, con sus dolores de muelas, con sus sufrimientos emocionales, con sus negocios, con sus miedos. No hay crisis orquestadas. No hay una élite oscura intentando envenenar a la humanidad, o intentando apoderarse de no se sabe qué. Existen personas jugando sus propios roles. Y desde la ignorancia, nosotros, alejados de esas realidades, siempre vemos al otro como extraño. Un extraño del que no hay que fiarse, y que, por lo tanto, lo ideal es criticarlo hasta la saciedad y culparlo por nuestros fracasos y nuestras frustraciones personales. Un absurdo. Y como absurdo, algo inexplicable.
Había en mi estantería un libro de Álvaro de Laiglesia que siempre me llamaba la atención por su peculiar título: «Dios le ampare, imbécil». Siempre me consideré a lo largo de mi vida un poco imbécil por mi falta de inteligencia o habilidad. Decía Balzac que un imbécil que no tiene más que una idea en la cabeza es más fuerte que un hombre de talento que tiene millares. Hay muchas historias de imbéciles que tuvieron algún tipo de éxito en la vida, quizás precisamente por esa obstinación por llegar a alguna parte, con una sola idea fija en su cabeza.
A veces el éxito profesional viene de la mano del éxito personal, y entonces, la vida parece una feria plagada de alegrías y victorias. Por supuesto, no todos los imbéciles triunfan. Yo soy del grupo de los que siempre iban, de cara a los demás, a la cola en todo. De los que suspendían, de los que era mal estudiante, malo en los trabajos y un pésimo compañero sentimental. Mi vida social, profesional y personal siempre fue un desastre. Un completo imbécil que jamás triunfó en nada.
No es esta una sensación que me abrume. Hace años comprendí que nuestras limitaciones están ahí para ponernos a prueba, y lo mejor es, una vez puestas en consciencia, hacer lo que se pueda. Fracasar una y otra vez nos ayuda a mejorar cuando la inteligencia o la habilidad no da para mucho. La inteligencia es un recurso al que no todos podemos acceder. Y no pasa nada. Ser más o menos inteligente no es garantía de ningún éxito. He conocido a lo largo de mi vida decenas de personas excesivamente inteligentes cuyas vidas han sido siempre un continuo preludio de fracasos.
Ray Dalio, una de las personas más influyentes y ricas del mundo vivió una vida plagada de fracasos. Leyendo su autobiografía titulada “Principios”, me asombra que él mismo se considere un auténtico imbécil. Eso le honra. “Antes de empezar a contarte mis creencias, quiero dejar claro que soy un completo imbécil que ignora mucho de lo que necesita conocer”. Así empieza su libro de casi seiscientas páginas plagadas de vivencias, creencias y experiencias que le ayudaron a pasar del fracaso más absoluto a una vida de éxito y dinero. Me llamó la atención su biografía por la facilidad de explicar la economía, sus ciclos, sus crisis, pero especialmente, por su afición a la práctica de la meditación.
Dalio llega a un punto en la vida en la que ya no busca éxito. Deseo “transmitir estos principios porque me hallo en una etapa de la vida en la que quiero ayudar a que los demás tengan éxito, más que intentar buscarlo para mí mismo”, nos dice. Éxito es una palabra escurridiza. Para mí el mayor éxito existencial ha sido descubrir la profunda libertad que da el vivir en una cabaña situada en mitad de un pequeño bosque. No me siento exitoso por haber sacado dos carreras, o un doctorado, o haberme ganado la vida con una editorial bastante peculiar.
Visto con perspectiva, quizás mis pacientes maestros no hubieran dado ni un céntimo por esa carrera tan inusual en un imbécil que de pequeño no sabía distinguir las palabras unas de otras, quizás por alguna atípica dislexia no detectada a tiempo, o por una incapacidad mental para analizar y discernir los significados correctos del mundo envolvente. Mi futuro estaba condenado al trabajo fabril. Pero algo se torció gracias quizás a la práctica de la meditación o al consuelo de aceptar que no había nacido para adaptarme del todo a este mundo. Por eso, el éxito puede ser muy relativo, aunque la sociedad lo tenga muy determinado y marcado en cuestión de “tanto tienes, tanto vales”. Socialmente no valgo nada porque no tengo nada. Interiormente me siento rico por haber llegado a este pequeño estado de ataraxia. Vivir sin deseos y sin temores es lo más parecido a la felicidad. La lectura de un buen libro, un paseo, echar de comer a los pajarillos del bosque y disfrutar con su disfrute… No pido mucho más.
Ser una persona tímida y retraída me llevó a todo tipo de fracasos en las relaciones personales. Amigos que se fueron, otros que aguantaron por pura compasión y aquellos que perdieron la paciencia con mi peculiar forma de entender la vida y salieron cabreados de mi presencia. Con las parejas no tuve ningún éxito, en principio por mis propias rarezas, y en parte, por ser huraño hasta el extremo. Me rodee de personas maravillosas que terminaron hastiadas y cansadas de alguien tan extremadamente exhausto y perdido. No lo digo con ánimo de dar pena ni con intención de crear un sentimiento de martirio constante. Ser un desastre con las relaciones es fácil. Lo complejo es tener éxito con los demás sin rozar cierto grado de hipocresía constante.
Mi orgullo y excesivas dosis de narcisismo, esa creencia profunda de sentirte siempre un poco rarito ante los demás, viendo que los demás triunfan y uno simplemente se esfuerza para aparentar ser poco imbécil, me hace sentir de esta manera. Pero como digo, lo llevo con comodidad y cierto orgullo. Vivir en una cabaña de veinte metros cuadrados puede resultar un fracaso a la vista de la mayoría, pero para mí, y para mi pequeño ego vanidoso, es un gran triunfo.
Así que, de alguna manera, me considero personalmente un imbécil triunfante. Mis triunfos son modestos y muy personales, claro. Una pequeña cabaña, una estantería llena de libros para leer una y otra vez y la naturaleza. Quizás el mayor de los triunfos de mi vida haya sido precisamente descubrir la naturaleza en su estado “salvaje”, que sería como decir algo así como haber descubierto a Dios en su estado más puro y directo. En eso me siento triunfante y príncipe de mi pequeño reino. Y en estas andamos. Si te sientes un fracasado, «Dios te ampare, imbécil». Pero no te lo tomes a mal, disfruta de la riqueza y la libertad de no tener nada.
«No debemos afligirnos, sino hallar fuerza en aquello que perdura». William Wordsworth
Hoy una amiga doctora me invitaba a ver un video sobre una entrevista que le habían hecho en un canal de youtube. Cuando pinché en el video, este había sido censurado. La doctora en cuestión tiene su propia opinión sobre el coronavirus, y era diferente en sus argumentos con respecto al confinamiento. La verdad es que hacía tiempo que no veía una censura de tal calibre. La población en general ha soportado el confinamiento con mayor o menor dignidad. Nunca antes habíamos vivido una situación parecida. Hemos sido, en general, una sociedad ejemplar en cuanto a el sentimiento de responsabilidad de acatar las exigencias del «Estado de Alerta». Pero algo estamos perdiendo además de la libertad de movimiento: la libertad de expresión.
¿Cómo es posible que en los tiempos que corren están clausurando canales (por ejemplo del de Mindalia TV), videos o comentarios por el simple hecho de opinar diferente? ¿Desde cuándo en la era digital se ha llegado a tal censura? La verdad es que algo está ocurriendo y no del todo agradable, más allá de la desgracia de familias rotas y separadas por esta catástrofe. Algo que además de confinar nuestra dignidad material, está confinando nuestra dignidad de opinar libremente. ¿Hasta dónde llegará este tipo de censura y asalto indiscriminado a la libertad, no solo a la libertad de movimiento, sino a la libertad de expresión?
Seré breve en la reflexión, no por miedo a la censura ni a la autocensura, sino porque hay algo que se nos está empezando a escapar de las manos. Hay algo que aún no logramos entender y algo que nadie nos explica. Ahora opinar diferente se llama teatro o bulo. La disidencia ahora se llama simplemente desinformación. Pronto, de seguir así, el pensamiento único de un Gran Hermano virtual se apoderada de nuestras vidas, y solo podremos elegir aquello que ese Gran Hermano crea conveniente para nuestra existencia. ¿Acaso el opinar diferente también se ha convertido en un virus? ¿Quién discierne lo que es aceptado como verdad y no como bulo? ¿Cuál es la delgada línea roja que separa una de otra? Si la verdad perdura, ¿por qué temer a los bulos?
Jerónimo (c. 340-420), escribe una vida de Pablo de Tebas (c. 228-342), a quien considera el primer eremita. Imagen: San Antonio visita a san Pablo, de Diego Velázquez.
Por la mañana, tras la meditación y el desayuno, y al ver que dejaba de llover, me fui hasta la cuarta cabaña, arrastrando carretas de arena y cemento. Amasaba los componentes de la mezcla con agua y fatiga, convertida horas más tarde en intenso dolor de espalda, preguntándome que era aquello que me empujaba a realizar este tipo de trabajos. Fantaseaba, por eso de darme ánimos, en la idea de que quizás algún día alguien habitaría esa cabaña, participaría de las meditaciones, disfrutaría del paisaje privilegiado de esta tierra celta y echaría una mano en la ingente labor de construir el nuevo mundo. En la fantasía, en parte ya algo real, contemplaba la primera triada de cabañas, ahora felizmente habitadas, e imaginaba la ubicación de la siguiente triada, y la siguiente y la siguiente. Así hasta doce pequeñas construcciones, suficientes para sembrar la semilla de algo nuevo y diferente, algo que motivara lo suficiente como para dar ese necesario salto de fe, más allá de nuestras vidas, de nuestras particularidades.
Cuando ya tenía dos de los cimientos bien terminados, recibí un largo mensaje de mi querida Esperanza, un ángel divino encarnado en la tierra y en misión especial para recordarnos la importancia del amor y el silencio. Entregada desde hace muchos años a un movimiento espiritual de origen hindú donde se practica el celibato, la dieta vegetariana y la meditación, me recordó aquellos tiempos donde utilizaban mi hermosa casa andaluza para sus retiros espirituales. Al verme abrumado por la grandeza de aquella casa de la cual solo utilizaba una de sus estancias, decidí llenarla de camas y entregarla para que aquel hermoso grupo pudiera disfrutarla en sus retiros. Era algo controvertido para las gentes de aquellos lugares, no acostumbrados a ver de repente pasear a un grupo numeroso de personas todas vestidas de blanco. Algunos políticos entre diputados y alcaldes de la zona me llamaban intrigados para ver qué pasaba en mi casa.
Me emocionó recordar todo aquello, aquel tiempo único e irrepetible donde viajaba frecuentemente a la India para participar en la Murli o en el Amrit Vela a las cuatro de la madrugada. Ante el retorno contacto, les ofrecí, cuando las cosas mejoren, este lugar para sus encuentros y retiros, aún a expensas de que se repita de nuevo el estigma del extraño. Este lugar es perfecto, y quizás este sitio nació de la vocación que se inició en aquellos primeros tiempos en la Montaña de los Ángeles.
Al parecer, mis fantasías de monacato vestido de modernidad mientras amasaba cemento debió generar algún tipo de llamada cuántica porque por la tarde me llamó el amigo Víctor, el que fuera prior del conocido monasterio de Santo Domingo de Silos, y charlábamos emocionados por el reencuentro después de algún tiempo sin saber el uno del otro. Fue el propio Víctor el que alguna vez describió nuestro proyecto como un monasterio laico, un monasterio vestido de modernidad. No le faltaba razón.
Era el segundo monje que me contactaba en el mismo día, y me pareció anecdótica la casualidad, a sabiendas de mi afán por conseguir un lugar que intente imitar de alguna manera los cenobios antiguos, pero con la levedad mistérica del nuevo tiempo. Siempre he sentido debilidad por las órdenes de todo tipo, pero admito que especialmente por las monásticas.
Una tariqa, un ashram, una shanga, una orden… realmente el nombre no importa. Pero admito que me resulta complejo pensar en ello en nuestra modernidad tan epidérmica, tan falta de vocación espiritual, tan catapultada hacia el individualismo materialista. Decía Roberto Pla que el ser humano es templo de Dios vivo. Es algo profundo y difícil de entender, resulta ser una dimensión desconocida, donde solo algunos loables exploradores se enfrentan para averiguar algo más sobre el misterio de la vida. Muchos serán los llamados… me pregunto donde estarán los elegidos… Aquellos que misericordiosamente dan el paso definitivo hacia la búsqueda y el encuentro espiritual.
Mañana volveré a amasar cemento, levantaré nuevos pilares y fantasearé que algún día vivimos un nuevo despertar y nuestra consciencia se expande tanto que nuevas almas deseen abrazar gozosas la vida común, la vida del alma. Para un individualista como yo, no es un deseo caprichoso, es más bien una entrega subordinada a ese propósito que parece dirigir nuestros corazones a la inevitable unidad del espíritu.
Con los amigos de las primeras semanas de experiencia en O Couso
“He comprendido que mi bienestar sólo es posible cuando reconozco mi unidad con todas las personas del mundo, sin excepción.” León Tolstói
Estimados…,
Estoy viviendo en estos días de silencio y lectura unas bonitas revelaciones. Este fin de semana, aprovechando que B. está haciendo la experiencia de 21 días de silencio, he estado leyendo algunas biografías de fundadores de comunidades y en todos ellos coincidía que llegaba un día en que tenían que abandonar sus actividades profanas y ponían todo su esfuerzo y vida en los proyectos.
Hasta ahora mi esfuerzo había sido triple, por una parte, estaba interesado en terminar la tesis doctoral para entender profundamente y teóricamente todo lo relacionado a comunidades. Por otra parte, dedicaba mucho esfuerzo en la edición de libros, muchos de ellos no de mi agrado, para poder así alimentar y promover el proyecto. Y por tercero, dedicaba todo lo que podía a cultivar y hacer crecer este lugar que por cosas de la vida se ha convertido en todo un reto. Estaba excesivamente dividido.
Ahora que ya he terminado la tesis me siento con fuerzas para dar un paso más adelante, y dedicar todo mi empeño y tiempo al proyecto y la fundación. Como todo lo que he ganado en estos últimos siete años lo he invertido en el proyecto, soportando con ello los gastos propios que cualquier empresa requiere, he pensado seguir con la actividad editorial, pero a partir de ahora anulando la sociedad y donando todo el fondo a la fundación. Es decir, seguiremos editando libros, pero esta vez tan solo libros de espiritualidad y nueva consciencia, como otra labor más de la fundación. De alguna forma “me libero” personalmente, para dedicar mi tiempo a editar libros con sentido, quizás seis o siete al año, y dedicar los próximos años enteramente a la fundación, especialmente a la escuela y al trabajo espiritual que hay detrás de ella. Con ello espero poder tener más tiempo para dedicarlo a las personas, y no tanto a las cosas.
Tanto la editorial como la fundación han demostrado ser autosuficientes, esta última, gracias a la generosidad que nace de la economía del don. La fundación y el proyecto O Couso por lo tanto, una vez terminada la gran obra de la casa de acogida, es totalmente autosostenible y ya no dependerá totalmente de mis aportaciones para llevarla adelante. O Couso se ha hecho mayor y ya puede andar sola. Esto me ha llevado a las siguientes reflexiones. Primero, aprovechando este impulso que la incertidumbre nos regala, liquidar la sociedad, que por suerte está al orden en todos los pagos y donar la editorial a la fundación. Segundo, centrar toda mi energía en potenciar la fundación y sus proyectos (el proyecto O Couso -con su casa de acogida-, el proyecto de Escuela -ahora con su propia editorial- y el proyecto Simorg -aún latente-).
¿Cómo viviré yo, a nivel personal? Soy una persona muy austera. Nunca he fumado, ni bebido ni tomado drogas. No tengo ningún tipo de vicio o manía. Saco unos trescientos euros al mes con las suscripciones que tengo gracias a los amigos que apoyan este blog y eso me vale para mis gastos estrictamente personales (teléfono, gasolina, galletas y poco más). Si centro toda mi atención en el proyecto, posiblemente los esfuerzos tendrán un buen resultado para seguir acogiendo a aquellos que más lo necesiten.
En fin, estoy francamente feliz y emocionado por esta decisión. La editorial seguirá funcionando a un ritmo menor desde la fundación y yo dedicaré todo mi tiempo no a gestionar una sociedad mercantil sino a dirigir y coordinar el proyecto para que todo vaya desarrollándose en su justa medida. Voy a centrar mis fuerzas para ver si conseguimos pasar de cuatro personas a doce en los próximos dos años, y así construir un bonito egregor espiritual. Siguiendo las palabras de Jesús, toca dejar de pescar peces y empezar a pescar hombres… Personalmente, siento que tengo mi vida y mis aspiraciones cubiertas. Tanto profesionalmente como intelectualmente. Ahora solo toca entregarme en la pila del bautismo para caminar hacia la necesaria entrega y sacrificio. Es lo que realmente siento y es a lo que realmente me dedicaré en los próximos años. Ojalá pronto lleguen esos aliados maduros y capaces, entregados a una causa mayor, con capacidad para albergar la necesaria y urgente misión de actuar.
Un abrazo grande y cuidaros mucho… el mundo os necesita más que nunca…
Ayer sembramos las primeras semillas y hoy nos poníamos a trabajar la huerta-mandala, uno de los primeros siete círculos programados para los siguientes siete años. Trabajar la tierra es duro, pero interiormente muy satisfactorio. Este era mi primer día en labrando la tierra. Estuve poco tiempo, pero terminé con un gran dolor de espalda que solo un reparador masaje pudo recomponer. Ella, más acostumbrada al sacho, trabajaba intensamente. Admiraba su fortaleza de mujer mientras cansado, de forma más relajada, aclaraba unos bancales de fresas. Su belleza mezclada entre sudor y campo hacían que el momento mereciera la pena. Es una gran intelectual, pero no tiene ningún reparo en remangarse las manos y dar todo de sí en el mundo tangible. Dos intelectuales en la huerta, intentando, mientras sachábamos el terreno, pensar el mundo, era algo peculiar de ver.
Nuestra filosofía parece acorde con cierta reivindicación sobre esa necesidad urgente que requiere un cambio profundo de nuestro estilo de vida. Podríamos estar tan solo intelectualizando el mundo, pensando el mundo desde nuestros cómodos sillones, pero preferimos ir a la huerta, al terreno, al campo, y poner en práctica ciertos valores. La economía del don, la simplicidad voluntaria y el decrecimiento solo son formas y estilos de vidas diferentes. Nosotros nos empeñamos en hollar sus sendas y ver sus resultados. Nuestra ilusión futura pasa por una Escuela donde se pueda hacer pedagogía de todo esto que estamos aprendiendo. Tenemos la praxis y tenemos herramientas suficientes para dar forma a ese conocimiento empírico, a esa experiencia vivida desde una perspectiva intelectual y práctica.
Es incómodo pensar el mundo cuando todo se viene abajo. Pero el hecho de que media humanidad esté encerrada en sus casas quizás sea un buen momento para hacernos algunas preguntas fundamentales, y pensar, sobre todo, en nuestro nivel de vida, en nuestro particular paradoja existencial, en los valores que lo sostienen. La primera pregunta que me venía mientras desojaba abatido las fresas era precisamente una enormemente incómoda, una que intenté colar en la tesis doctoral y que no tuvo mucho éxito: ¿y si fuéramos nosotros la plaga? Es evidente que estamos cohabitando un mundo que, al mismo tiempo, de forma irracional, por pura ceguera y egoísmo, estamos destrozando. No es algo consciente, y este es el asunto de mayor calado: no somos conscientes del perjuicio que estamos ocasionando.
En esa inconsciencia colectiva, diría que, en ese vicio colectivo, la parte destructora que nos atañe comienza a parecer irreversible al mismo tiempo que se diluye en la normalidad que vivimos. Resulta difícil que todos a la vez, ahora que estamos encerrados en este particular panopticón y con tiempo para enfrentarnos a lo maravilloso que somos en nuestra esencia, podamos tomar consciencia de nuestra implicación directa en todo este desastre. Si fuera cierto que la Tierra es un organismo vivo, es evidente que ese organismo tratará de defenderse de alguna manera. El calentamiento global solo sería un primer síntoma, una especie de fiebre que está despertando en todo el planeta formas de defensa.
¿Qué sería entonces este virus? Por suerte, de momento, no es una pandemia como la que sufrimos en siglos pasados y donde murieron millones de personas. Vivimos en un tiempo diferente y el ser humano ha creado medios suficientes para protegerse de cualquier tipo de pandemia. Pero de alguna forma, a nivel también muy inconsciente, estamos viviendo en una particular alarma, en algo atávico que nos está despertando la necesidad de replantear nuestras vidas, nuestro sistema, nuestra necesidad de crecer a toda costa. Nunca habíamos estado tanto tiempo encerrados con la oportunidad de crear un nuevo relato de nuestras vidas. Aún no sabemos qué tipo de cuestionamientos grupales surgirán de esta experiencia, ni tampoco sabemos qué tipo de alianzas nacerán para que volvernos radicalmente aliados de la naturaleza. En todo caso, la vida nos está dando la oportunidad de parar, de reflexionar y de cambiar profundamente nuestros valores, nuestras vidas y nuestro futuro común. Ojalá tomemos nota y tengamos capacidad de reacción.
El orgullo y la crítica son las señas de identidad de aquellos que nos sentimos remotamente alineados con algún tipo de tendencia espiritual. La vanidad espiritual es quizás aún peor que la vanidad material. La tendencia al aislamiento, al juicio y al orgullo son los escollos que jamás nos dejarán entrar por la pequeña puerta estrecha. Ver la mota en ojo ajeno y no ver la viga, es propio de este proceso. El creerse iluminado, en posesión de algún tipo de verdad exclusiva o tremendamente alineado con alguna creencia o idea que divida o fraccione es incluso aún peor que aquellos que se consideran especiales por el hecho de pertenecer a una cultura, a una raza, a una lengua, a un pueblo o país. Todo aquello que divide, que nos hace sentir algo especial y que con ello nos aleja del otro, es una de las mayores trampas que el ego asume como propias.
Creer en la espiritualidad no es ser espiritual. Leer libros sobre espiritualidad o centrar nuestra atención en aquellos que hablan intelectualmente sobre la misma no es, ni remotamente, estar en el camino espiritual. El camino espiritual empieza con uno mismo como paso necesario para trascendernos y continuar así con el otro. Con uno mismo no significa aislamiento y concentrar nuestras vidas en la purificación y la oración. Con uno mismo significa estar atentos a aquello que nos separa del otro, y a aquello que infringe algún tipo de dolor o sufrimiento hacia el otro. En la categoría del “otro” podríamos incluir inclusive a nuestros hermanos animales, siempre tan olvidados en algunos ámbitos de la espiritualidad. El otro siempre será nuestro verdadero espejo. Nuestro verdadero maestro espiritual.
El orgullo nos aleja del otro. Siempre pensamos que nuestra corta visión de las cosas es la correcta. Esto incluye el apoderarnos de cualquier atisbo de verdad y engrandecerla a los ojos de los demás, aludiendo que solo ese puede ser el camino correcto. El orgullo nos hace enjuiciar y nos separa. Nos aleja de la compasión y tomamos los errores ajenos como auténticas decepciones, sin dar oportunidad al otro a rectificar, a mejorar, a ampliar su propia visión gracias a nuestra generosidad. Si alguien se equivoca ante nuestra corta visión, pasamos a eliminarlo de nuestro interés y excavamos para siempre una idea equivocada de toda su integridad. No se pueden juzgar doscientos actos buenos, dando mayor fuerza a un error entre tanto acierto.
Ser espiritual podría estar cerca de ver lo bello, de apreciar lo acertado y disminuir el mal que yace entre nosotros. Potenciar el bien no es más que sentir compasión por este mundo complejo. Avivar la llama del amor, inclusive cuando nos sentimos injustamente tratados, puede ayudar a espiritualizar el mundo. Estar enfadados con la vida no es espiritual. Lo espiritual es esforzarnos en compartir con el mundo alegría y bienestar, imágenes positivas y acciones de entrega y servicio. El ego espiritual no debería alejarnos del otro. Deberíamos comprender que no hay realmente un “otro”, a sabiendas de que las gotas que ahora se precipitan desde lo alto irremediablemente se volverán a reencontrar en el océano de la vida.
Espiritualizar la vida cotidiana solo puede ocurrir cuando nuestro pequeño ego observa y no interviene. Embellece y no aloja en sí mismo división alguna. Es estar atentos a las necesidades del otro, a la semilla que el otro alberga. Ser misericordiosos hasta con lo más pequeño, inclusive hasta con nuestros errores más torpes. Nuestro gran ego nunca podrá atravesar la puerta estrecha. Solo cuando humildemente nos arrodillamos ante la inmensidad envolvente, solo cuando generosamente perdonamos al otro sin mediar palabra, podemos atravesar el umbral y expandir así nuestra consciencia. Veremos al otro lado la luz, solo para poder traerla al mundo. En silencio, calladamente, con acciones continuas y diarias.
Al alba sonaba el despertador y como esposados, caminamos por los campos congelados hasta la pequeña ermita. Meditamos en silencio, con la pequeña vela encendida como símbolo de la luz solar que nos guía hacia los planos sutiles. El silencio siempre es un buen mensajero. En él podemos presenciar la sublime imagen de aquello que nos une, de aquello que nos hace vitales ante la existencia. Tras el silencio. Cogimos el coche y anduvimos por largos caminos hasta llegar al primer templo. Era majestuoso, custodiado por las figuras de Salomón y David, un templo del mismo reino disimuladamente oculto entre bosques y montañas. Allí lo profano se entremezclaba con lo sagrado, y la leyenda, convertida de nuevo en piedra, dejaba paso a una realidad inerte, casi sin sentido. Algo pesado, excesivamente grande y vacuo, cargado de sangre por su origen nacido del oro espoliado. El oro jamás podrá comprar las alas del espíritu y la piedra solo puede servir como receptáculo del cosmos vacío.
Seguimos el recorrido y llegamos al segundo templo. Este era igual de majestuoso, pero no por la perfecta piedra pulida, sino por haber sido realizado por la fe de un solo hombre, por la fuerza y la constancia de décadas y décadas de esfuerzo y trabajo, de ciega fe en una obra excesivamente grande. Las grandes obras no corresponden a hombres solitarios, aunque esta rompa con esta regla. Los templos deberían ser pequeños, suficientes para albergar una pequeña lámpara de sabiduría. Templos sencillos, vacíos de cualquier tipo de ostento y exageración. Templos consagrados a la humildad, a la sencillez, a la fe y la esperanza. Templos que puedan recoger humildemente el silencio.
El tercer templo tiene que ver con el laurel de los cátaros. Estaba custodiado por uno de sus guardianes, al menos una imagen reminiscente de aquellos que fueron quemados vivos en la hoguera. Había en ese templo un espejo, y desde el mismo se reflejaba la realidad astral que gobierna al mundo. Almas atrapadas con deseos de encontrar, más allá de la luz lunar, una fuente clara y serena. Decía la profecía cátara que “al cap de 700 anys lo laurel verdejera”. Eso debería ocurrir en octubre de 2021. El laurel como símbolo del puro amor debería empezar a brotar de nuevo. La era del amor conducido con sabiduría hacia un nuevo tiempo de compartir y generosidad.
La ruta por estos tres templos en una misma jornada nos ha hecho recordar la urgencia de actuar. La verdad sobre los hechos de que estamos atravesando uno de los estadios de mayor materialismo que se conoce. La luz se esconde tras este halo de tiniebla y ceguera. Hay lugares donde aún se puede esconder la llama, pequeños y recónditos espacios donde solo unos pocos guardianes resguardan el anhelo y la esperanza de una nueva tierra. Ese trabajo de salvaguarda es necesario. Hay que resguardar lo sagrado para poder ser transmitido, una y otra vez, por todos los tiempos. Es la única forma de recordar no solo nuestros orígenes, sino también nuestro futuro irremediable. El puro amor volverá a lucir en todos nuestros corazones, aunque, como decían los cátaros antes de ser quemados: el laurel se ha marchitado, el puro amor se apaga…