¿Más allá del cargador único?


Las mismas creencias que suponían hace algunas guerras que los judíos eran una amenaza para Europa y terminaron con la ejecución masiva de los mismos, son iguales a las creencias que ahora se imponen con respecto a los musulmanes, los latinos o los subsaharianos. Esas ideas tienen un componente común: son racistas, xenófobas y atentan contra cualquier dignidad humana.

Al igual que hace casi cien años, esas ideas se están volviendo a sembrar en nuestra sociedad. Primero como cosas anecdóticas, creyendo ingenuamente que el racismo era cosa de primitivos trogloditas rapados con botas a lo skinhead. La estética ha cambiado, y al igual que los racistas de antes cambiaron sus atuendos blancos por trajes y corbatas, los de ahora han cambiado tanto que ya se confunden entre lo que aparentemente nos parece normal. Y cuando se normaliza el racismo y sus defensores, hasta el punto de que terminamos votándolos, estamos empezando a sembrar en el mundo un nuevo cataclismo de impredecibles consecuencias. Lo estamos viendo en Gaza, genocidio al que miramos de lado, o contra el que no nos movilizamos porque unos terroristas empezaron con la atrocidad. O en Ucrania, sin ir tampoco más lejos.

Por eso ir a votar hoy es importante. Los mensajes que en las noticias nos dan se resumen al éxito de que en la comunidad europea hemos conseguido, como si eso tuviera algún mérito, cosas como el cargador único. Lo suyo sería que ese éxito común viniera acompañado de profundas políticas ecológicas, dado el estado mundial, pero digamos eso de que algo es algo. Más allá de lo anecdótico (y casi ridículo de la noticia), lo crucial es que durante este tiempo la comunidad europea (permitidme que utilice la palabra comunidad más allá de la oficial de “unión”) ha conseguido mantener en cierta paz a los pueblos que alberga. Es algo que se da por hecho, pero quizás sea lo más importante de sus logros.

Y hay una evidente posición política cuyos mensajes velados persiguen destruir esa paz en nombre de la seguridad y ese opio que se está colando sin casi darnos cuenta que empezamos a llamar “invasión”, sin pensar en ningún momento de los beneficios a largo plazo de la misma, y de toda esa riqueza de la que todos disfrutaremos si somos capaces de convivir en paz.

El llamado “odio más prolongado” no es el antisemitismo, que existe desde tiempos de Cristo. Antes del holocausto existió una propaganda que comenzó con palabras, pequeños gestos cotidianos e ideas. Surgieron estereotipos, imágenes grotescas, dibujos animados siniestros y una inevitable propagación gradual del odio. Pero hemos olvidado que el odio siempre se propaga indiferentemente hacia el «otro», no importa si es judío, musulmán o negro. Ese es el verdadero odio prolongado.

Hace unos días discutía enfadado con unos policías que se dedicaban a parar a los coches peligrosamente en una rotonda. El coche que venía detrás nos golpeó cuando nos pararon grotescamente. Enojado les dije a los policías que no podían retener el tráfico en un lugar tan peligroso, y uno de ellos contestó muy tranquilo: “nunca ha pasado nada”, a lo que yo le respondí: “nunca pasa nada hasta que pasa”. Algo así ocurrió en la Alemania nazi, y algo así puede llegar a ocurrir si nos dormimos en los laureles y dejamos que ese enjambre racista ahora simpático y divertido empieza a cuajar en nuestras sociedades y termina, cuando la fuerza se lo permita, cometiendo atrocidades.

Así que alerta. Que lo de los cargadores universales está muy bien, pero que no nos distraigan de lo esencial contándonos cuentos e insultando a nuestra aparentemente emancipada inteligencia. Lo esencial, tal y como está el patio, es no caer de nuevo en las atrocidades del siglo pasado. Y estamos muy distraídos. Votemos, y votemos con cuidado para no seguir alimentando a la bestia que ahora se esconde tras aparentes discursos homologados.

Xabier Fortes, el verdadero ganador del debate político


Más allá de inclinaciones políticas o ideológicas, si tuviera que elegir a un representante político que pudiera parecer modélico, justo y sensato, elegiría sin duda a Xabier Fortes. Viendo los últimos debates políticos, Xabier sobresalía significativamente con respecto a sus contertulios, los cuales, más que políticos, parecían energúmenos animados por una extraña energía diabólica.

La clase política, sin ideas e imbuidos en el tú más, el ahora llamado fango y esa total discordia de unos contra otros, carecen de la calidad suficiente como para representar a todo un pueblo. La falta de ética, escrúpulos e inteligencia emocional para enfrentarse a algo tan importante como la representación pública nos hace pensar que algo estamos haciendo mal. Solo hay ruido, ruido, mucho ruido ensordecedor y molesto.

Ante los insultos de unos y otros, ahí estaba Xabier, prudente, contundente, sensato, afilado, fino, equilibrado, persuasivo, eficaz, tolerante, generoso y poderosamente en su centro. Habría que añadir una larga lista de adjetivos positivos y de paso, animarle a que se presente como candidato de cualquier partido, tanto monta, al menos para que pudiera subir el nivel y el tono positivo de una política cada vez más enredada y descarada.

La seducción por el poder no es suficiente para gobernar. Tampoco la necesidad del mismo, por el mero hecho de estar “ahí”, en esos sillones blandos dirigiendo los desmanes complejos de cualquier administración. Debe haber cierta ejemplaridad, cierto decoro, cierta elegancia y educación. Las peleas de barrio no pintan ni pegan en la representación de las altas esferas. Los insultos constantes y la descalificación no ayudan al ciudadano a confiar en sus representantes. Los mensajes del miedo o el odio tampoco.

Por eso, cuando hay un debate político que intenta moderar Xabier Fortes pienso: “este sí sería un buen político, un buen representante, un buen dirigente”. Y lo que más me cuesta creer es que los que están en el debate, no tengan ni siquiera la inteligencia de imitar lo que es bueno, lo que está ahí, justo dirigiendo sus tiempos y sus recelos. Solo tienen que mirar en frente y ver la elegancia con la que el presentador habla, y sin ningún pudor, imitarle. Copiar lo bueno, copiar lo hermoso, copiar lo que pueda ser útil, añadiendo, eso sí, tintes de originalidad y mejora. Suave, todo más suave y dulce por favor. También la política.

Así que gracias Xabier Fortes, porque tú sí que nos representas.

¿Dos estados? Mejor uno grande, libre, fraternal y con salida al mar, desde el río, cualquier río


Está claro que asimilar pueblos a estados está sobrevalorado, pertenece a un pensamiento antiguo y no soluciona los conflictos que atraviesa la humanidad en estos momentos. Es evidente que el conflicto palestino-israelí no tiene una buena solución a corto plazo, a no ser que todos buscaran en el mundo de la generosidad sacrificios honrosos.

Tal y como está ahora configurado el mapa, la franja de Gaza es una anomalía, una prisión, una cárcel totalmente devastada por las bombas. También el queso gruyere en el que se ha convertido Cisjordania, donde palestinos malconviven con colonos judíos en un auténtico polvorín. El lío es inmenso, inclusive el plan de las Naciones Unidas de 1947, el cual divide de forma muy artificial un territorio ya totalmente descompuesto y sin sentido.

Israel no acabará su guerra hasta dejar toda Gaza destruida. El ojo por ojo lo llevan al extremo más absoluto, amplificado y atroz. Los palestinos, por su parte, se aferran a lo que ellos consideran su tierra, su legado, su historia. Pero, ¿de qué sirve luchar por una tierra yerma, desértica y destruida? ¿Qué sentido tiene? ¿Realmente vale la pena?

Por eso y muchas otras cosas que serían difíciles de describir es un sinsentido la solución de los dos estados, a no ser que uno de ellos tuviera capacidad para desplazarse bajo un nuevo mandato de las Naciones Unidas y un acto de extrema generosidad de otro tercer estado, por ejemplo, el egipcio cediendo parte del Sinaí o del Jordano cediendo parte del suyo, o inclusive, extendiendo la frontera Jordana un poco hacia el sur, comiendo parte de Arabia, y así poder crear una Palestina a dos bandas olvidando la atrocidad que desde hace cincuenta años los israelíes están realizando en la antigua Palestina, y también viceversa.

La solución más lógica (y utópica) sería que palestinos e israelíes pudieran convivir en un solo territorio y en un solo estado laico y democrático, como hermanos, como antiguos afiliados que conviven felizmente más allá de fronteras, identidades, religiones, culturas o lo que fuera. Algo así como lo que ya ocurre en Jerusalén, donde diferentes creencias conviven más o menos bien, aunque ahora, dadas las circunstancias, con mutuo recelo.

La idea del exterminio mutuo solo traerá más dolor a las generaciones futuras. La idea de la convivencia, después de lo que ha pasado en estos últimos meses, es baladí. La idea de que terceros se impliquen y cedan generosamente o a cambio de un importante monto como ocurrió con la cesión de territorios por parte de México a Estados Unidos a cambio de dinero, no sería una terrible solución si con ello ambos pueblos pueden vivir por fin en paz, y de paso, también el resto de la humanidad.

La franja de Gaza tiene una extensión de unos 360 km cuadrados. Algo más pequeño que la ciudad de Teruel, en España. Cisjordania no llega a los 5.800 km cuadrados, algo así como La Rioja, por hacernos una vaga idea. El Sinaí mide 60.000 km cuadrados. Imaginemos que Egipto, con un acuerdo internacional importante, cediera, aunque fueran diez mil km cuadrados de su soberanía, de los cuales la comunidad internacional ayudaría a reconvertir en hogares dignos y ciudades equipadas para sus nuevos habitantes. Algo parecido a lo que en su día ocurrió con el pueblo judío, pero sin repetir la historia. En vez de destruir, construir, aún a costa de que sea en otra parte, y aún a costa de que sea lejos de lo que alguna vez fue un “hogar”.

Si la idea del Sinaí no funciona, Arabia Saudita tiene un territorio de más de dos millones de kilómetros cuadrados, siendo el treceavo país más grande del mundo. Quizás con ellos se podría llegar a un acuerdo generoso. Solo la región de Tabuk, la más cercana a Palestina-Israel, tiene una generosa extensión de 146 mil km. cuadrados.

Sea como sea, los que hemos tenido que emigrar, más allá de la inevitable ñoñería emocional, del recuerdo y del anhelo, tanto nos da vivir diez kilómetros más al norte o al sur. O cien, o mil, con tal de vivir con cierta tranquilidad, paz interior y bienestar material (no sabéis lo bien que se vive lejos de los nacionalismos que durante tantos años asfixiaba mi pobre pero aguda inteligencia). En un mundo globalizado, el ser humano lo único a lo que realmente puede aspirar es a vivir en paz, en salud y dignidad. Y eso, desde hace mucho tiempo, no ocurre en ese lugar del mundo, excepto para unos pocos.

El anhelo de fronteras asociadas a lenguas, culturas o religiones es algo caduco, inservible y trasnochado (lo estamos viendo en el empeño de Rusia con Ucrania y de Israel con Palestina). En la aldea global en la que inevitablemente vivimos, debería pesar más el anhelo de fraternidad y bienestar por encima de todas las cosas. La añorada libertad de los pueblos, del ancho mar al río, y del río al ancho mar, solo será posible cuando bajemos las armas y tengamos capacidad de convivir en cualquier río y en cualquier mar y tener como vecino a cualquier ser humano. Solo eso nos hará dignos y libres. Aquí y en la Conchinchina, qué más da.

Que no se ofendan los vendidos


Es cierto que entre los mundos ideales que describía Platón, el mundo de las ideas, y el campo concreto de las batallas radicales, que diría Marx, hay siempre un recorrido largo, histórico y a veces, penoso. En el primer mundo no tenemos muchos motivos de queja si comparamos nuestros privilegios con los de otros países. Aquí puedes caminar por la calle con cierta seguridad, tenemos educación y sanidad universal e incluso, si eres un trabajador esmerado, puedes acceder a ciertos privilegios como tener un automóvil, una vivienda y algo de tiempo para ocio, deporte o vacaciones.

Nos ha costado muchas luchas históricas el poder llegar a estos privilegios que las nuevas generaciones dan por sentados, y que cierta maraña social, a veces empeñada en pensar que lo privado es más valioso que lo público, intenta desmoronar. Lo decimos porque de alguna manera existe un desmantelamiento silencioso y encubierto de lo público, de aquello que tanto nos ha costado conseguir y que ahora resulta producto de queja y malestar. Es como si el carácter público, la universalidad y la gratuidad del sistema ya no tuvieran importancia, o no tuviera valor. Como si de alguna manera quisiéramos imitar sistemas como el norteamericano, el cual deja tan desprotegido al ciudadano medio, como si ese fuera nuestro modelo a seguir.

Que no se ofendan los vendidos, pero escribo temprano desde un hospital y observo, por un lado, lo maravilloso de poder disfrutar de una sanidad pública, y por otro, de todo lo que aún queda por hacer para que esta sanidad sea de calidad, tanto en personal, siempre insuficiente, como en instalaciones, para que el enfermo o el paciente se sienta bien, como en casa, en un entorno que desprenda protección y seguridad, y no dejadez y abandono, como a veces ocurre en muchos hospitales públicos. La sanidad de calidad y universal es una obligación, no una opción, nos dicen los progresistas. Pero no debería ser algo que se tuviera que decir desde cierta progresía, sino que debería ser algo que estuviera integrado en toda la genética social y cultural de todos los pueblos, porque sin sanidad, sin salud, los países y estados no progresan.

Algunos intelectuales nos advierten sobre la tragedia de los bienes comunes, esa en la que algunos individuos tienen esa extraña necesidad de sacar ventajas y beneficios particulares en perjuicio del bienestar general. En términos prácticos, hay políticas que incrementan la transferencia de recursos públicos al sector privado mientras no se dota de recursos a la salud pública. Eso ocurre cuando algunos piensan que lo público puede ser una vía para beneficiar a unos pocos, y no al conjunto de la ciudadanía.

Que no se ofendan los vendidos, pero si no cuidamos de lo nuestro, de lo de todos, alguien meterá la mano donde no debe, se enriquecerá y nos arruinará a todos. No ahora ni mañana, sino sutilmente, sin casi darnos cuenta. Así que a disfrutar de lo votado, pero pensemos cuando volvamos a hacerlo, en aquellos que se esfuerzan por defender lo de todos, y no tan solo el privilegio de unos pocos.

 

Cuando los colonos despiertan


Si nos adscribimos al discurso puramente nacionalista, más de dos millones y medio de colonos o hijos de colonos han votado a partidos no nacionalistas, frente a los un millón trescientos mil nacionalistas, represaliados del régimen reaccionario españolista, que es así como ahora se le llama.

Esto pone en evidencia varias cosas. La primera es que muchos de los llamados colonos o reaccionarios españolistas se han quitado el complejo y han superado la humillación a la que estaban sometidos y han votado libremente lo que les ha dado la gana, y no lo que el discurso oficialista y xenófobo les imponía. Lo otro que ha demostrado es que la realidad catalana es etnográfica y antropológicamente muy compleja, y es hora de ir aceptándola. Y solo se puede aceptar cuando una parte de los catalanes (los autollamados represaliados del régimen) admita que conviven, quieran o no quieran, con otra gran parte de catalanes que no son nacionalistas, los llamados colonos, charnegos, hijos de emigrantes o ahora, más de moda, los reaccionarios españolistas, es decir, los “feixistes” del régimen.

Este, que es un discurso xenófobo y de puro odio a lo que es ajeno a uno mismo, ha empezado a subírsele los colores. No es normal que en pleno siglo XXI se normalicen estos discursos, y que la gente los acepte como lo normal, sintiendo cierto complejo por no pertenecer al mismo y votando confusamente, como hasta ahora se había hecho, a opciones que no les representan.

Así que, bienvenida realidad. Resulta que en Cataluña conviven realidades divergentes, culturas diferenciadas, y ninguna de ellas puede imponerse contra la otra. No existe una nación pura nacional-catalana, una grande (Països Catalans) y “lliure”, como unos creen. Existe un país, el catalán, que es multirracial, multicultural y plurinacional en el que conviven dos lenguas: la castellana y la catalana. Y la aculturación será difícil o imposible, por mucha prohibición y adoctrinamiento que una de las partes imponga a la otra, al igual que fue difícil e imposible cuando ocurrió al revés con el régimen del dictador. Si el fascista del régimen franquista no pudo eliminar la cultura catalana en el territorio catalán, tampoco el nuevo neo-fascismo nacionalista podrá eliminar el castellano en el territorio catalán. La cultura y la lengua, sea la que sea, es algo indestructible, forma parte del arraigo más íntimo y personal de cada ser, es la verdadera patria, más allá de banderas y territorios.

El discurso distorsionado de que el estado pretende españolizar Cataluña es tan erróneo como pensar que los catalanes pretenden catalanizar España. El castellano y el catalán han convivido desde que los reinos carolingios abordaron la marca hispánica. El occitano se extendió y evolucionó al igual que lo hizo el castellano por los principados y reinos de aquella época. Aceptar que la pureza racial o nacional jamás será posible, que el setenta por ciento de los catalanes son castellanoparlantes y el treinta por ciento son catalanoparlantes es aceptar que el discurso de confrontación no aportará nada en el presente y en el futuro.

Y dicho más contundentemente, hacer de la lengua y la cultura un instrumento politizado es un insulto a la inteligencia, al igual que lo era, en tiempos pasados, hacerlo en nombre de una religión o un Dios. La lengua y la cultura, al igual que las creencias y las religiones, deberían volver al ámbito de lo privado, dejando de ser instrumentalizados para garantizar un poder y unas políticas que, en vez de sumar, dividen y distorsionan. Que cada uno hable lo que le dé la gana y se exprese como le dé la gana, al igual que ya hemos aceptado que cada uno crea en el dios que quiera o sea del género que quiera. Normalicemos las lenguas y las culturas, y dejemos las políticas para progresar en el bienestar de todos.

Dicho todo esto, solo queda una vía, la de la reconciliación y la convivencia, sin que una cultura se imponga contra la otra en nombre de la historia pasada, y aceptando que, al igual que España es un país multicultural y plurinacional, lo mismo ocurre en Cataluña. Adeu Procés, bienvenida convivencia.

La metamorfosis de la amnistía. El otro hecho diferencial


En el mediodía francés, en los antiguos dominios de la antigua Aquitania, había un idioma romance llamado la lengua de l’oc. En diversas hordas migratorias, el occitano, que así se llamó más tarde, se extendió en su deriva aquitanopirenaica hacia el sur, traspasando la barrera pirenaica y llegando a tierras del levante hispano. El motivo principal fue la defensa de la marca hispánica por el imperio carolingio, en aquel entonces (siglos IX y X) dominado por los condados carolingios, inclusive los condados que traspasaban las fronteras actuales del Pirineo.

El relato oficial siempre nos habla de un mito fundacional diferente, como si el Occitano y el Catalán fueran realidades diferenciadas. En algún momento de la historia, alguien determinó que el hecho diferencial era más importante que el hermanamiento de una misma lengua, o al menos de un mismo origen: el romance occitano en sus diferentes extensiones. Es evidente que los íberos fueron de alguna manera, sobre todo culturalmente hablando, desplazados por las hordas romanas, y estas a su vez por las hordas germánicas, los reinos francos o los propios musulmanes. Los territorios adquirían hechos diferenciales curiosos. En el territorio ahora conocido como Cataluña (castlá-chastelain-châtelain) convivieron los primeros pobladores de la protohistoria con los íberos y los celtas. Estos más tarde se mezclaron con los romanos y estos a su vez con los musulmanes y los francos.

Lo que ahora llamamos catalanes, no son más que el resultado de los primeros reyes francos occitanos, necesitados de pobladores francos para repoblar y sostener la marca hispánica, y las masivas huidas cátaras en las cruzadas albigenses que encontraron cierto refugio en esas tierras. Los hechos diferenciales de aquella época eran constituidos por minorías descendientes de los condados francos, los pueblos celtíberos y lo que quedó de las conquistas romanas y musulmanas.

Más allá del primer milenio, se fueron fraguando estados que abrigaron todo tipo de orígenes y descendencias hasta llegar a nuestro tiempo, donde vemos como la minoría catalana convive con la minoría castellana en un mismo territorio, con la particularidad de que una se quiere imponer a la otra en nombre de cierto hecho diferencial.

Es aquí cuando llegamos a la metamorfosis cultural que estamos viviendo en estos días, y al hecho diferencial que existe en estos momentos en un territorio dominado políticamente por una minoría étnica, la catalana, que domina a otra mayoría étnica, la castellana, sumida en una especie de complejo y de no entidad ni existencia. De alguna manera, la amnistía está reconociendo que esa minoría intentó imponer un criterio a la otra minoría acomplejada, aculturizada y desprovista de entidad propia, abriendo la puerta a que ese proceso que llaman de secesión siga su curso sí o sí. El problema de este proceso es ignorar los hechos históricos, pero también los hechos antropológicos de la realidad actual: un territorio, varias culturas. Un poco lo que ocurre en la entidad denominada España o en la denominada Europa. Territorios donde conviven muchas culturas con sus propias lenguas, hechos y costumbres que deben, sí o sí, convivir y reconocerse, aceptando sus particulares hechos diferenciales.

En una cosa de este análisis estamos de acuerdo, habría que preguntar al pueblo que ocupa el territorio de Cataluña (y esto incluye a las dos étnias mayoritarias), si están de acuerdo o no en convivir con el resto de pueblos de España. El problema de esto es que no podría hacerse hasta que cese la aculturación de los diferentes hechos diferenciales y hasta que no cese la imposición de unos sobre los otros, desalojando con ello los complejos de identidad y los análisis partidistas de que el territorio solo pertenece a una tribu-etnia-cultura (invasora y emigrada hace mil años) y no a la otra (invasora y emigrada desde hace quinientos años). Hasta que no exista esta libertad cultural no existirá, en último término, una posición madura para decidir una libertad política.

En estos momentos, las cuatro formas esenciales de aculturación: segregación, integración, asimilación y marginación, se están dando simultáneamente en Cataluña. Hasta que esto no sea superado, no habrá libertad ni para unos ni para otros. Y eso pasa por la aceptación irrenunciable de que en Cataluña conviven dos realidades bien diferenciadas, la cultura castellana y la cultura catalana, y de que ambos hechos diferenciales deben respetarse mutuamente en iguales condiciones, sin imposiciones de unas sobre otras.

El gatopardismo


 

“Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”. El Gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa

Es el hecho de que algo cambie para que nada cambie. El fracaso de los partidos que vinieron a remover el escenario político ha sido patente con el paso del tiempo. Ciudadanos y Podemos no han sabido aprovechar esa ola de esperanza con la idea de que todo cambiara, a pesar de que han forjado cambios que de otra manera no hubieran sido posible. Tampoco en su día lo consiguieron UCYD, el partido de Rosa Díez, o IU. En verdad eran los mismos lobos con nuevos trajes de cordero.

El gatopardismo, que dirían los de ciencias políticas para entender cómo las aparentes revoluciones políticas solo alteran una pequeña parte superficial de las estructuras de poder, conservando expresamente el elemento esencial de estas estructuras para, de alguna manera, seguir en ellas. Lo hemos visto y lo hemos constatado en primera persona en todas estas décadas de política en nuestro país. Inclusive en las aparentes revoluciones nacionalistas, egoístas y xenófobas, las cuales, lo único que desean es mantener un poder más aislado, más cercano para los suyos, más endogámico y más fácil de corromper sin que otras instituciones superiores puedan tener control sobre ellas. La cosa nostra, que dirían aquellos.

El bochornoso chantaje en el que la política está sucumbiendo en este tiempo no puede seguir siendo alimentado por mucho más tiempo. Un político de altura no puede decir cosas como lo que dijo recientemente Míriam Nogueras, portavoz de Junts, diciendo eso de que «nuestros votos están al servicio de los ciudadanos de Cataluña y de nuestro país, no al suyo ni al del reino«. Esto es el colmo del surrealismo político. Está bien que uno tire para casa y barra para los suyos, pero siempre con elegancia, cortesía y agradecimiento, no con chulería, egoísmo y soberbia (esa patética soberbia nacionalista). Entre otras cosas porque al final todo parece un vacile que tendrá sus consecuencias, como siempre pasa, si seguimos a pies puntillas la inefable ley del péndulo.

Si somos generosos con la política, es verdad que algo han cambiado las cosas. Pero uno nunca sabe, sin entrar en las esencias, si esos cambios han sido para mejor. No sé si vivimos mejor que hace veinte años. Digo veinte años porque es una medida asumible por casi todo el mundo, y porque nadie recuerda ni sabe cómo se vivía hace cien o doscientos años. En todo caso, la degradación de las instituciones ha sido siempre la nota clave de todos los partidos que de una u otra manera. Sean del color que sean, han contribuido a la misma.

El gatopardismo parece que se expande, se dilata, apremia. Las aparentes revoluciones solo pretenden cambiar lo epidérmico. Su discurso parece revolucionario, pero no lo es tanto cuando lo único que se persigue es estar en la silla, cambiar una aristocracia por otra y perpetuar un reinado de privilegios y honores difícilmente digerible.

Nosotros, el populacho de a pie, casi todo esto nos da igual. Votamos porque dicen que votemos, porque es importante para la democracia. Luego vemos la tele, nos embriagan con cotilleos que a nadie le importa y todos tan tranquilos. La tele es la mayor fábrica de borreguismo que existe. Lo dicen abiertamente: es para entreteneros. Mientras estemos entretenidos viendo a unos y a otros en ese gran hermano en el que se ha convertido, estaremos tranquilos y no pensaremos en ningún gatopardo de turno. Lo veremos todo como un espectáculo más, y por lo tanto, no le daremos la fuerza y la seriedad que se merece… ¡¡Ay gatopardo!!!! ¡Cuántas revoluciones más tendremos que padecer para que todo siga igual!

 

 

 

¿Amnistía?


“Yo no hablo de venganzas ni perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón”. Borges

La palabra amnistía está muy emparentada con la palabra amnesia. Los que tenemos poca memoria estamos todo el día amnistiando a unos y a otros. Amigos que tropezaron, familiares que se pasaron, vecinos que se querellaron, conocidos que criticaron y aquellos que, sin más, sin conocerte, te juzgan a la primera de cambio.

Amnistía significa olvido. Olvidar la ofensa, olvidar el agravio, olvidar el pisotón, olvidar el maltrato, olvidar la traición, olvidar la mentira o la falta de palabra, en definitiva, olvidar todo aquello que nos hizo daño alguna vez o que nosotros hicimos a los demás. Así que supongo que amnistía también significa perdón, indulgencia, clemencia, misericordia, tolerancia, condescendencia, comprensión, amor. Siendo así, es de suponer que solo personas de alto rango moral y fuerte virtud podrían acatar este tipo de cuestiones desde la sobriedad y el desapego. Al fin y al cabo, para cuatro días que vamos a estar aquí, como decía aquel, ¿para qué tanto enredo ante las torpezas del otro? Amnistiemos, olvidemos, perdonemos.

El avaro siempre teme al regalo, como dice el poema escandinavo Hávamál. Teme el perdón y teme la reconciliación, teme la generosidad del otro, teme que su bravura pueda parecer debilidad. Hay miedo en todas partes, y hay desconfianza, rencor, incluso odio.

Existe además un problema añadido: cuando la amnistía se teje bajo el chantaje, el rencor, la desconfianza o el interés, y uno no es capaz de perdonar a sus enemigos, ni siquiera a los que alguna vez fueron amigos. Porque hay rencor, porque hay maldad, porque hay engaño, porque hay sed de venganza y, sobre todo, porque hay ese tipo de vacile o chulería y ese: “lo volveré a hacer”. O aquellos otros que no paras de perdonar y ellos, a su vez, no paran de liarla una y otra vez. Ahí sí que estoy de acuerdo con Borges en que un verdadero olvido es necesario, sobre todo, por pura higiene psicológica. Y de verdad, no pasa nada. La vida sigue.

De la necesidad, virtud, que decía aquel. Así que hice la prueba y escribí a un puñado de amigos que estaban enfadados conmigo por mil razones. Les envié una amable carta el día de Todos los Santos para que llegáramos a algún tipo de olvido, de reencuentro, de puente, de amnistía, de amistad recobrada, como esa tan bonita que se muestra en la película Ocho Montañas. Fueron sorprendentes las respuestas, porque ninguna de ellas quería olvidar. Me di cuenta de que el ser humano, y sobre todo viendo el panorama mundial, no está preparado para la virtud, y hace, de la necesidad, su único objetivo. Te deseo porque te necesito, pero cuando ya no te necesito, te despojo de tu condición humana y pasas a ser un “otro”, pero sin sujeto ni predicado. Es decir, te reduces a una cosa. Es el mundo de los avaros, el mundo oscuro que se teje en el rencor y la animadversión.

Pasa lo mismo en la política. Solo que ahora nadie actúa en nombre de la reconciliación, el perdón o el reconocimiento de los pecados. Más bien en nombre del interés mutuo, no solo partidista, también personal. Y eso no es una verdadera amnistía, una verdadera reconciliación, un verdadero perdón. Es un amaño tramposo, difícil de digerir para los de un bando y para los del otro. Unos porque se prostituyen, los otros porque usan el servicio depravante para salirse con la suya. Realmente es vergonzoso, para unos y para los otros, ¿por qué? Porque no es una amnistía sincera, de corazón, de mutuo acuerdo, de alegría y reconciliación. Es la amnistía del apaño, esa que inevitablemente explotará profundamente en las manos de todos.

¿Qué más podemos pedir a los demás si ni siquiera nosotros somos capaces de perdón, de olvido, de amnesia? ¿De qué manera se pueden construir puentes si las dinamitas ya están puestas antes de que fragüe la base de estos? Amnistía es necesaria y hermosa si hay buena voluntad por ambas partes, o aunque se tenga que ser, a toda corriente, un auténtico funámbulo. Si es bajo el prisma del interés o el chantaje, no tiene razón de ser.

Dejad de criticar al Presidente


© @scottforgot

Las mentes mediocres siempre vivimos ancladas en la crítica o la mentira. La crítica, o ese goteo incesante de opiniones sobre cosas que ni van ni vienen, son uno de los males de nuestros tiempos. Uno de los deportes preferidos del ser humano que se cree inteligente es criticar sin ton ni son. Criticar al vecino, o mejor aún, al presidente de la comunidad de vecinos. Criticar al presidente o alcalde de nuestro pueblo o ciudad. Criticar al presidente de la comunidad autónoma y criticar, por último, y con más saña, al presidente de la nación. Los que se creen más inteligentes también critican a los poderosos, a la mano oculta que mueve el mundo, a los líderes, a la supuesta élite, a la masonería y a las Naciones Unidas.

Un pueblo que basa su existencia en la constante crítica es un pueblo que está condenado al fracaso. Nunca, desde nuestra pequeñez ridícula, entenderemos las causas profundas de los aparentes “errores” de nuestros presidentes de turno. Nunca lloverá a gusto de todos y nunca las decisiones tomadas serán justas para todos. Las llamadas personas de bien, deberían encerrar en su casa cualquier trapo sucio, limpiarlo, olvidar las frustraciones personales y, sobre todo, no proyectarlas hacia los demás. Criticar ya no se lleva, es anticuado, es infantil e innecesario, ni aporta absolutamente nada.

Quien lo haya probado, sabe que no es fácil dirigir una comunidad de vecinos. No es fácil dirigir un ayuntamiento. No es fácil dirigir una comunidad o región y menos aún es fácil dirigir con diligencia y ecuanimidad toda una nación, especialmente si esa nación está compuesta por millones de habitantes dispares y tan diferentes. La política de nuestros días no es una política basada en el amor fraterno, en la inspiración de nobles verdades o de valores superiores, sino en la mendicidad mediocre de lo cateto. El catetismo es una religión, una práctica continua de nuestros políticos (y también de nosotros, los ciudadanos que los votamos), aferrados al sistema de crítica y destrucción del adversario, no importa lo que haga, lo que diga o como respire. El catetismo es prima hermana del patetismo, por eso vivimos en un mundo crispado, lleno de guerras e injusticias absurdas. Vivir anclados en el desprecio al otro es vivir anclados en la guerra constante con nuestro interior. Y nuestra esfera humana demanda otra cosa, un progreso más acuariano, más fraternal.

Es muy cateto y patético criticar a los moros porque son moros, a los negros porque son negros, a los fachas porque son fachas y a los rojos porque son rojos. Es patético vivir anclados en esa corriente de crítica constante, en vez de sustituir esa denigrante actitud por un trato más favorable, por un ambiente más amable, por una continua confraternidad donde unos se ayuden a otros, independientemente de su color de piel o del color de su consciencia o ideología política.

Somos diferentes y por suerte siempre lo seremos. Lo único válido entre nosotros es la convivencia fraternal, no el infantil suplicio por opinar y criticar cualquier cosa que no responda a nuestra limitada capacidad consciencial y evolutiva. Si no somos capaces de entender al otro, es de justicia que nos guardemos la opinión, normalmente cargada de malicia. Sería inteligente y ayudaría a mejorarnos como personas y humanidad el poder cerrar la boca, el poder ahuyentar de nosotros los cien mil males que nos poseen cuando el presidente de turno dice o hace algo.

¿Qué culpa tiene el presidente de no ser de nuestra familia, de no formar parte de nuestro grupo ideológico o no ser nuestro colega con el que ir a jugar al dominó los domingos por la tarde? ¿Por qué no le animamos, más allá de nuestras simpatías personales, con fraternidad a que mejore cuando creamos en consciencia que lo ha hecho mal (pobres humanos que también se equivocan), en vez de escupirle los siete males a cada instante? ¿Cuándo nos lavaremos con lejía la boca antes de volver a criticar gratuitamente a nuestro presidente de turno, ya sea el de la comunidad de vecinos o el presidente de la nación?

Valoremos justamente nuestras palabras y opiniones. Seamos justos o impliquémonos en aquellas injusticias que creamos reclamen un mayor grado de responsabilidad y compromiso. Pero guardemos silencio si no somos capaces de sumar y construir. Trabajemos con pasión en construir un mundo mejor. Y el noble silencio, de verdad, siempre ayuda.

Solicitud de indulto


Estimado Presidente del Gobierno, con todos mis respetos.

Siento como acertado el indulto a los presos del Procés. Me parece todo un gesto admirable para que la sociedad pueda mejorar y el encallado esquema mental de una parte de ella pueda avanzar hacia otro lugar. Digo que lo siento como acertado porque creo que todos los ciudadanos que a veces cometemos alguna metedura de pata, ya sea en el ámbito político o económico, en el social o en el cultural, deberíamos tener una oportunidad de indulto. Es cierto que a veces, movidos por la presión del momento, por alguna crisis personal o transpersonal, todos nos equivocamos. Al menos según lo que la ley dicta en cada momento como acierto o equivocación. Al hacerlo, muchas veces perdemos familia, bienes materiales o incluso la libertad. Sin duda, el procés fue una metedura de pata de la clase política. Algo que debería advertirnos de lo que ocurre cuando las cosas no se consensuan y terminamos unilateralmente haciendo lo que nos da la gana.

En todo caso, me gustaría que usted me indultara, para que así la justicia fuera universal, y no solo exclusiva de unos y no otros, y que los indultos fueran para todos una oportunidad real. Mi caso no es significativo. Digamos que me equivoqué. Me enamoré de una hermosa y estupenda persona, compré con ella unos bienes materiales, nos separamos y no llegamos a ningún acuerdo de dividendo. En todo ese proceso de dolor, duelo y pérdida la justicia me condenó no solo a no recuperar la parte proporcional de mis bienes sino además, a pagar las costas de un juicio que nunca llegó a celebrarse: veinte mil euros, dinero que por cierto no va para las arcas del Estado, sino para un señor con toga que a costa de rupturas emocionales, confusión del momento e ignorancia propia y ajena se lleva esa suculenta suma de dinero. Justicia, que lo llaman ahora.

Es cierto que el pueblo en general no entiende mucho de justicia. No deberíamos opinar en contra o a favor de ella. Para eso ya están los jueces. Pero sí entiende, en su haber, de gestos. Y como digo y repito, este me parece un buen gesto, el cual desearía también para mí y para el prójimo próximo o lejano, aunque este no fuera político ni pudiera beneficiarse de las ventajas que estos disfrutan. Así que pido ardientemente que me exonere y me indulte de tener que pagar esos veinte mil euros cuando fuimos a un juicio para repartir “justamente” nuestros bienes materiales.

En fin, que más allá de la pequeñez de esta petición, sirva para la reflexión social y general, de entender que los políticos no son especialmente diferentes de los que no lo somos (o al menos no deberían serlo), y de que la justicia debería ser igual para todos, inclusive cuando esta beneficia a algunos ciudadanos y no a otros.

Gracias por atender mi solicitud, y gracias sinceras por su tiempo.

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La regeneración del ser humano


 

La naturaleza se regenera una y otra vez. Cada primavera es un canto a la vida, a la esperanza, al bullicio cósmico y todo su resplandor. El ser humano, sin embargo, degenera una y otra vez. Solo hay que escuchar la música de este tiempo, la literatura, la cultura y ver con horror las nuevas guerras. Ya vamos por doscientos muertos en el conflicto con Gaza. Nunca vamos a parar esta tragedia. Nunca habrá entendimiento posible.

Por eso cada día me arrincono más, me alejo más del ser humano. Incluso me negaba a escribir porque nada bueno podía aportar ante tanto horror. El ser humano me crea desconfianza y temor. Hoy un vecino presumía de que había abatido cuatrocientos árboles en un par de días. No podía creerlo. Otro presumía de que sus terneras nunca veían la luz del sol porque así podían engordar más rápido si no se movían de sus dos metros cuadrados de cuadra. Llegan al matadero más gordas y se pagan a mejor precio. Lo peor no es esa aparente barbaridad, lo peor es que luego haya gente que descuartice los miembros de ese ser vivo y los ponga ensangrentados en una sartén para palidecer de gusto durante un par de minutos. Esa hecatombe es mundial. Y nadie dice nada. Todos comen ensangrentados y tranquilos ante esa «normalidad».

Todo está concatenado. Hay un vínculo invisible entre la sangrienta guerra, los árboles abatidos para crear pastos, la irracionalidad de nuestros alimentos, la pobreza de nuestras almas. Me pregunto si el ser humano tendrá capacidad de regenerarse algún día, como lo hace ahora la naturaleza. Quizás, sin darnos cuenta, estamos siendo testigos del ocaso de una civilización, de un tiempo, de un mundo. Quizás estamos asistiendo al hundimiento de toda una humanidad, o al invierno de la misma. Y quizás, tras ese hundimiento, todo se regenere de nuevo. Quizás venga un nuevo diluvio, una nueva destrucción de Sodoma y Gomorra, quizás esté cerca el próximo Apocalipsis.

Permanecer callados. Ese es nuestro empeño para regenerarnos. Veintiún días de silencio, aunque lo ideal serían veintiún años de silencio. El ser humano debería callar, debería volverse compasivo, debería olvidarse de sí mismo y entregar su vida a la mejora del mundo. Reconozco que la sangre derramada estos días me ha afectado y paralizado el alma. Quizás porque amo ese país sin apenas conocerlo, quizás porque la sinrazón humana cada vez me afecta más. Sí, es cierto, diez años desde el 15M. Aquellos que luchaban para mejorar y perfeccionar el sistema, y que ahora, diez años más tarde, son esos riders que reparten comida rápida a domicilio. Esa ha sido la verdadera revolución de estos años de indignación.

En el ocaso de esta noche lo insoportable sigue siendo lo humano. Depredador, invencible, explotador, sangriento. Desde lo que come hasta lo que dice hasta lo que hace con guerras estúpidas. Sí, vamos a tomar una copita y así olvidamos nuestra propia degeneración. Vamos a disfrutar de la industria del entretenimiento, porque mientras estamos dormidos y entretenidos no tenemos tiempo de cuestionarnos nuestra patética vida. Sí, vayamos a embriagarnos en fiestas y más fiestas. Menuda paradoja. Eso ha sido lo más revolucionario que esta época ha conseguido: las fiestas clandestinas. Viendo el panorama, creo que esta pandemia solo ha sido un aviso de lo que ha de llegar. Nos lo hemos ganado a pulso.

Lo siento, pero me retuerce por dentro el estar viviendo aquí en este hermoso paraíso, verde, cargado de bosques, de flores, de hierba, de animales felices que deambulan libres de un lado para otro mientras que un poco más allá, no tan lejos, otros se relamen la sangre recién sacrificada.

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Amar a la patria en tiempos de desolación. Amor tóxico, amor revuelto


«Oh Gran Patria mía, todos los tesoros tuyos Espirituales, todas tus bellezas inenarrables, toda la infinidad tuya, en todos los espacios vastos y en las cimas, lo vamos todo a defender. No se verá un corazón tan cruel como para decirme: no pienses en la Patria. A través de todo y por encima de todo encontraremos pensamientos para construir, y ellos, fuera del tiempo humano, fuera del egoísmo, -en conciencia auténtica- dirán al mundo: conocemos a nuestra Patria, estamos al servicio de ella y daremos las fuerzas nuestras para defenderla en todos sus caminos». Nicholas Roerich

Hoy no era precisamente un tiempo para celebrar. Quizás sí para recordar. Estas generaciones presentes no tienen tiempo para pensar en la patria. Algunos pierden el tiempo en intentar recomponer la “pequeña patria”, la nación, el atisbo rencoroso del prelado nocturno. El “todo por la patria” se ha convertido en “todo por mí mismo”. En esa incompleta definición, se olvida el sentido de permanencia y pertenencia. Y cuando se consigue, se distorsiona, creando enemigos para poder autorizar un amor perverso y tóxico hacia ese nuevo patriotismo que enarbola banderas en contra de otras.

En estos tiempos de desolación se confunden los términos, los símbolos y las imágenes. Patria lo achacan a primitivos modelos feudales. Lo asimilan a reyes, tricornios o banderas con aguiluchos perennes. Brazo en alto, cara al sol, dispuestos a romper con el patrimonio intangible cultural en nombre de la patria. Esa confusión arbitraria y atroz aleja al individuo de la comunidad, lo aísla, lo encierra, o lo adoctrina hacia otras patrias más permisivas y paternales, donde la patria buena lucha contra la patria mala, creando la somnolienta imagen, ahora débil pero atemporal, de un enemigo odioso.

Las patrias ya no están de moda. Ahora el espíritu de los tiempos es de proximidad. El clan cercano, lo mío, lo inexcusable. La superioridad de unos sobre otros, siendo lo propio verdadero y lo extraño motivo de destrucción. Aunque las patrias ya no tienen mucho sentido, luchar o morir por ellas se ha convertido en una estampa que renueva el ansia de revancha, la histórica y desnutrida manía de anular nuestra emancipación personal a costa de un ideal añejo, rancio, una protuberancia que en mil años se recordará con cierta extrañeza. La distorsión de nuestro tiempo sigue siendo el problema de las naciones. El no sabernos amigos del vecino, el no comprender la diversidad humana, el no querer asimilar la idea de que el otro no es mejor ni peor que uno mismo.

Como cada uno ama a su pequeña patria, a su pequeño país, a su pequeña nación, escondiendo bajo ese amor, siempre infecto, las pequeñeces de sus vidas. Uno se aferra a lo grande para disimular su ridiculez. No es un amor sano donde la patria podría sumar a otras patrias, donde lo común podría alinearse hacia el bien y la verdad. No se trata de eso. Se trata de amar algo odiando a otro algo. El amor a “mi” patria está basado en el odio hacia la “otra” patria. Es como si tuviéramos una pareja y la amáramos bajo la base de que hay que odiar a las otras, a los otros. Es un ridículo histórico que ha funcionado durante siglos, y que aún rememora atisbos viscerales nacidos en la oscuridad de los tiempos remotos.

Hace cuarenta años, unos que amaban su particular visión de la patria deseaban exterminar a la otra patria, a la díscola, a la democrática, que así la llamaban en aquel entonces. Hoy vuelve la paradoja de los tiempos, y una parte de esa patria desea autodeterminarse en contra de la otra patria. De nuevo el odio, pero ahora revestido y maquillado, asimilado como lo natural, al igual que lo natural hace cincuenta años era gritar ¡todo por la patria! con el brazo alzado. Ahora el brazo se alza con piedras, y la historia se repite, tristemente, por ese amor dañino hacia aquello que debería unirnos, a unos y a otros.

Algún día amaremos sanamente a todas las patrias, y entonces, ellas mismas desaparecerán en el inmortal lazo de una sola raza, una sola nación, un solo mundo. Un amor silencioso, que no requerirá expresión y cuyo deseo, íntimo y explosivo, correrá por esas alcobas pacíficas, ocultas, secretas, donde los amantes se expresan sagradamente en sus bellezas inanerrables.

La perpetua adolescencia de las naciones y su destino


Las naciones tienen vida propia, pero también personalidad, carácter, ideales, doctrina, ambición egoísta o autoridad. También tienen un cuerpo al que llaman país o territorio y un alma al que llaman cultura. Hay naciones que tienen dentro de sí otras naciones, o hay territorios o países que albergan en su seno diferentes naciones, o diferentes personalidades. Hay naciones maduras y ancianas y otras adolescentes. Hay naciones sabias y otras ciegas. Hay naciones más devocionales y otras más intelectuales o ideológicas. Y hay un alma grupal en todas ellas que moviliza fuerzas y energías para su propia y particular evolución.

En la historia de todos los tiempos hemos visto diferentes versiones nacionales. Aquellas que nacieron mediante la aplicación de la violencia, la ambición egoísta y la autoridad. La mayoría de las naciones son fruto de batallas, guerras, conquistas y violencia. Aquellas otras que nacieron bajo ideas como el nazismo, el fascismo, el comunismo, el capitalismo o el socialismo. Suelen ser naciones donde lo prioritario son los Estados por encima de los individuos y los grupos que lo componen, los cuales pueden ser sacrificados para defender el llamado bien general. Luego, y aquí entran las naciones más desarrolladas, están las llamadas democracias modernas, donde, supuestamente gobierna el pueblo a partir de sus representantes. Los gobiernos, en condiciones de normalidad, una normalidad aún no alcanzada del todo, representan la voluntad del pueblo, de toda la nación.

En todo caso, las naciones, la mayoría de ellas, con o sin estado, viven en una perpetua edad adolescente, aún “marcando” territorio, deseando controlar la gobernabilidad o deseando anular las libertades en nombre del bien general o en nombre, últimamente muy recurrente, de la seguridad nacional. Esa adolescencia, esas luchas de egocentristas posiciones son el fundamento de las relaciones internacionales actuales. Pero esto no será así para siempre. La desintegración paulatina de las naciones está favoreciendo la implantación de un alto ideal, aún más intuido que razonado, sobre la unidad de toda la humanidad.

El futuro, siempre alentador, se encamina hacia un inevitable Estado mundial, un gobierno mundial dividido en secciones, en grupos, donde la división será tan solo algo del pasado, algo ilusorio. La madurez de las naciones nos llevará en un tiempo lejano a la muerte de las mismas, dejando paso a unas naciones unidas que velará por todos los pueblos en paz y consonancia, en libertad, igualdad y fraternidad. Y aún más lejano en el tiempo, mucho más lejano, llegará el gobierno de los sabios, de los maestros de la compasión, el gobierno añorado por aquellos que aman la belleza y la sabiduría por encima de todas las cosas. Un gobierno que no veremos en mil años, pero que, inevitablemente, será. Es así como se terminará con esta constante y cansina adolescencia perpetua de las naciones. Es así como los seres libres podrán disfrutar de todos los países, de todos los territorios, sin que nadie pueda decir este es mío o tuyo. Será el tiempo en el que no existirán fronteras, y los dogmas de la tribu, la construcción nacional, no se basará en mitos y leyendas del pasado, sino en vibrantes anhelos de fraternidad.

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«Respice post te, hominem te esse memento» (Mira hacia atrás y recuerda que sólo eres un humano)


Vanitas (1636), de Antonio de Pereda, Museo de Historia del Arte de Viena

 

“Para cuidar de los demás y servir al cielo, lo mejor es la moderación. La moderación empieza con la renuncia a las ideas propias. Esto depende de la Virtud que se haya acumulado en el pasado. Si se tiene un acopio de Virtud, no hay nada imposible. Si no hay nada imposible, no hay límites”. Tao Te King

Memento mori («recuerda que morirás») es un recuerdo constante hacia la fugacidad de la vida, hacia lo temporal de nuestra existencia. Lo repetían los esclavos a los triunfadores romanos, especialmente al triunfante Marco Aurelio cuando desfilaba victorioso por las calles de Roma: “recuerda, solo eres un hombre, mira siempre hacia atrás”.

¡No hay nada nuevo bajo el sol! En los templos, uno se postra una y otra vez. En las primeras iniciaciones, el recipiendario se inclina en sus primeros pasos hacia el altar de consagración. No cabe la soberbia, no entra el orgullo, solo somos humanos, y solo el alma inmortal que nos habita puede ser consagrado en el verdadero templo, ese templo de piedras vivas. Recordar nuestras limitaciones nos arrodilla ante el altar de la existencia. La vanidad y el hinchazón de creernos por encima de las circunstancias a veces degrada nuestras vidas. La humildad siempre es la señera del triunfo espiritual. Una vida humilde en todas sus condiciones, en todas sus esferas. Es la humildad, y no la soberbia, la llave del triunfo espiritual. Es el silencio y no el ruido de las batallas mundanas el que nos elevará hacia el verdadero trono.

De nada sirve dedicar una vida a la punta de un iceberg cuando tienes la oportunidad de bucear en toda su profundidad… Más, si somos sabedores de que el verdadero poder radica en aquello que el derecho romano llamaba auctoritas, habremos entendido el meollo de la vida. No hay mayor poder que la sabiduría legitimada, la autoridad moral que deriva del respeto y el reconocimiento. Su contraparte, la potestas, nunca es un poder real, sino más bien un poder burócrata, temporal, limitado. Viene con un cargo, no con un reconocimiento. Cuando el cargo desaparece, también desaparece el aparente poder.

Un buen líder tiene auctoritas. La auctoritas permanece, la potestas es temporal y desaparece. El postestas logra la sumisión de otros mientras dura el cargo o rango adjudicado temporalmente por otros. El auctoritas conlleva el respeto que nace de su propia fortaleza, de su ejemplo, de su templanza en los momentos más difíciles. No es valiente el que tras un cargo o un rango temporal ejerce poder, sino el que, sin cargo y sin rango, ejerce poder sobre el resto. Pero un poder inclinado, silencioso, incluyente, justo. La verdadera autoridad, el verdadero poder nace siempre de la templanza, del amor, del interés real por el otro, de la humildad.

Por eso el camino de la moderación y la virtud serán siempre estrechos, más poderosos que cualquier otro que tenga que ver con la vanidad o la ambición. El poder radica en la fuerza que somos capaces de transmitir, en aquello que somos capaces de inspirar en el otro desde el amor y el respeto. Y esa fuerza proviene siempre de ese más allá que nace del centro de cualquier infinito. ¿Qué clase de virtud hemos acumulado en el pasado? Si se tiene un acopio de Virtud, no hay nada imposible. Si no hay nada imposible, no hay límites…

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Coraje y voluntad. El ejemplo de los que siguen vivos aún rozando la muerte


Este tiempo nos está poniendo a prueba. En las altas montañas y en los valles, el mal avanza impecable, sigiloso, desnudo. Solamente un gran poder puede contener todo mal: el poder de la buena voluntad, del coraje de estar vivos. Hemos aprendido que los pequeños gestos, la vida sencilla, la amabilidad de lo cotidiano, puede salvarnos. Son los actos sencillos de amor los que encuentran un cauce para elevar nuestras vidas. También el coraje y la voluntad de aquellos que, a pesar de su edad, siguen con deseos de ser útiles a la sociedad. Leo en alguna parte cinco definiciones breves y concisas sobre la voluntad:

Voluntad es poder en cuanto concentra en sí mismo aquello necesario para actuar.
Voluntad es fuerza concentrada que nos empuja hacia la acción.
Voluntad es energía que consumimos en el camino hacia la acción.
Voluntad es sacrificio o proceso de integración, lo cual requiere renuncia inevitable.
Voluntad es discernimiento porque nos conduce hasta la meta a sabiendas del recorrido correcto.

La voluntad es una fuerza del universo cargada de poder. Dirigirla mediante el amor-sabiduría y la inteligencia activa deben ser requisitos indispensables para poder superar los entresijos en los que nos encontramos. Levantarnos todos los días con optimismo requiere disciplina y autocontrol, requiere voluntad. El optimismo es necesario porque aviva el ánimo. El ánimo es una esencia que viene directamente del alma, de aquello que nos impulsa a vivir, aquello que da sentido a nuestras vidas. Alejarnos de la ilusión, de la separatividad, de todo lo que nos aleje de esa fuerza anímica, es algo que debemos cuidar.

Ayer veíamos a un señor de casi ochenta años desfilando en uno de los roles más complejos de la humanidad y en uno de los lugares de mayor poder. Vimos su coraje y su voluntad a tan anciana edad, vimos su optimismo y su esperanza por trabajar sin descanso, sin tregua. Es admirable poder ver a personas entradas en edad con deseos de seguir siendo útiles, asumiendo cualquier tipo de responsabilidad con fuerza y coraje, con una gran voluntad de vivir. No sumido en la queja, ni en los achaques, sino en la valentía de darlo todo hasta el último minuto de sus vidas. Independientemente de la simpatía que podamos tener hacia unos y otros, el entrante y el saliente, ambos ya entrados en senectud, han demostrado que cuando la mayoría de personas deciden apagar sus vidas, ellos deciden avivarla hasta el final.

Aunque en sus vidas no hayan sido ejemplares, esto nunca lo sabremos con exactitud, podemos decir que su ejemplo de fuerza y coraje, más allá de sus políticas o de sus formas, tan diferentes en uno y otro, pueden servirnos de ejemplo para seguir adelante. Si miramos nuestras vidas, las cuales quizás no aspiren a tan altas cuotas de poder ni responsabilidad, podemos añadirle un plus de confianza, de voluntad, y repasar con prudencia y ánimo todo cuanto podemos aún hacer por mejorar, por ayudar, o por ser útiles al mundo. Si alguien que rozando los ochenta años puede convertirse en presidente de uno de los países más poderosos del mundo, qué no podremos hacer nosotros en lo que pueda quedarnos de vida útil. A cuantas más personas podremos ayudar, con cuantas causas podremos colaborar, de cuantas misiones podremos ser embajadores sin tregua, sin descanso, sin queja. Hay mucho por hacer en esta urgencia mundial. El mal es una energía mal situada, y hay mucho trabajo por volverla a su lugar. El mundo requiere de mucha voluntad, de mucha fuerza, de mucho poder para contener ese mal. Y eso solo es posible, como decíamos, haciendo el bien incluso en lo más pequeño.

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Juan Carlos I, “el Campechano”


Como miembro de cierta aristocracia que soy, príncipe RC, para más detalle, pero republicano de corazón, no puedo evitar sentir cierta admiración por el origen, evolución y decadencia de los reyes y sus reinados. Desde los originarios reyes-dioses, aquellos que primaron su deidad por encima de lo humano, y más tarde, ante el olvido inevitable de nuestros orígenes, los reyes teológicos, es decir, los reyes nacidos por la Gracia de Dios, hasta nuestros reyes actuales, que ni son dioses ni tienen gracia ni sentido alguno, ha cambiado mucho la historia.

Parece inadmisible que en pleno siglo XXI aún se siga “creyendo” en los reyes magos, en este caso, y en su versión moderna, en los reyes parlamentarios. Ambos símbolos son un insulto a la razón y un sinónimo de la decadencia de nuestro pensamiento contemporáneo, tan familiarizado con los abusos, las mentiras y los cuentos que desde ciertos estamentos nos infringen y acunan. Por respeto a la figura del emérito, no voy a entrar en detalle de sus argucias y triquiñuelas, más propias de un adolescente infantil que de la figura virtuosa de un rey de antaño, pero sí que deberíamos insistir en la necesidad de buscar alguna fórmula que pueda aligerar y limpiar el peso de la historia.

Debe decirse que en tiempos pasados quizás sí que era representativo y casi necesaria la figura de un rey. En tiempos de peligro constante, debía haber alguien que defendiera territorios, o los ampliara por mediación de conquista o matrimonio en un mundo donde el dominio de la razón estaba aún muy lejos de conquistar el alma humana.

El relato histórico de lo que ahora consideramos nuestro país, un invento reciente, como casi todos los inventos de la historia, podríamos decir que ha sido entre heroico y bochornoso. Heroico porque hemos aguantado lo inaguantable. Conquistas e invasiones de todo tipo, saqueos, guerras, violaciones, destrucción de casi todo nuestro tejido originario e imposición de ideas, lenguas y culturas que nada tenía que ver con la originaria Iberia. Ahora que tanto nos peleamos por defender las culturas del ámbito español, lo que realmente estamos defendiendo unos y otros, quizás con alguna aguda excepción de los vascos como reducto original de nuestros verdaderos antepasados, son culturas, lenguas e ideas impuestas por griegos, romanos, cartaginenses, árabes, franceses e ingleses, entre otros. Poco o nada original, excepto, como digo, el superviviente pueblo vasco, queda de nuestra cultura. Fuimos aniquilados por unos y por otros, fuimos invadidos y destruidos hasta la extinción. E impusieron sus culturas, y también sus reyes.

La prueba de ello es la imposición, hace ahora unos siglos, de lo reyes de origen francés que ahora nos representan. Los Borbones, con el adalid de nuestro ejemplar Juan Carlos I, “el Campechano”. Desde el siglo XV, hemos tenido de todo en nuestra inmaculada tierra. Quitando la original casa de Trastámara, de origen gallego y castellano, el resto ha sido una conjunción entre las casas reales austriaca y la francesa. La derrota que tanto celebran, por ejemplo, los catalanes, no era sino la elección entre un rey de origen francés u otro de origen austriaco. Un despropósito histórico. De la casa de Trastámara, tuvimos a la Católica, el Católico, la Loca y el Hermoso. De la casa de Austria tuvimos al César, el Prudente, el Piadoso, el Grande, el Hechizado y el Archiduque. De la casa de Borbón, al Animoso, el Bien Amado, el Animoso, el Prudente, el Político, el Cazador, el Deseado, la Castiza, el Electo, el Pacificador y el Africano. Nos queda por bautizar a los dos últimos, los cuales me atrevo a nombrar como Juan Carlos I, el Campechano, y ojalá, si la razón lo quiere, al Felipe VI, el Breve.

Lo del Breve es por el deseo de que este país de países entre en razón e invite a la monarquía a que se convierta en algo simbólico. Digo algo simbólico porque no querría yo quedarme sin mi título simbólico de príncipe, y por lo tanto, no desearía yo que la idea ejemplar de los reyes y dioses desapareciera. Pero sí que lo hicieran del ámbito político, y que los países del mundo moderno se convirtieran en repúblicas, ya sean estas platónicas o bananeras, pero repúblicas donde realmente todos seamos iguales ante la ley y ante Dios.

La verdad es que el Campechano, sin entrar a juzgarlo, y con todos mis respetos hacia su persona y su historia personal, está poniendo fácil el camino para que esto ocurra. No sabemos si en esta década o en la siguiente, pero tarde o temprano deberá ocurrir. Como ocurrirá, acto seguido, en las monarquías europeas que aún quedan vivas: Bélgica, Dinamarca, Liechtenstein, Luxemburgo, Mónaco, Noruega, Países Bajos, Reino Unido y Suecia. Cualquier persona con un poco de criterio histórico debe entender y afrontar que estamos ante una reliquia del pasado, algo que debe extinguirse y adecuarse a los tiempos en los que vivimos. Es inaceptable para la razón humana esta anacrónica realidad del pasado. Por eso espero que la razón venza al folclore, la costumbre y la tradición y seamos capaces de erradicar de una vez reyes que ya no nos representan, ni a nosotros, ni a las virtudes divinas por las que fueron concebidos hace algunos miles de años.

Firmado, VH Javier León, príncipe RC

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15M, nueve años después


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Participando en una manifestación del 15M un año después

La noche del 15M de hace nueve años estaba cenando en Madrid con una catedrática de derecho, una embajadora y el que fue presidente de un importante banco español. Las dos parejas mirábamos la televisión mientras cenábamos plácidamente y a pesar de las paradojas de la vida, sentíamos ganas de salir a la calle y fusionarnos con aquella marea de gente que parecía entusiasmada por el éxito de la convocatoria. Nos faltó poco ante la emoción de los hechos, pero la pantomima del estatus, la reputación y esas cosas obligaba estar de espectadores pasivos.

Cuando decidí terminar con esa pantomima, dejé el barrio de Salamanca y me fui a vivir a Malasaña, un barrio más acorde con los tiempos revolucionarios que se avecinaban. Colgué el traje y la corbata y participé desde entonces en todas las manifestaciones habidas y por haber durante los siguientes meses y años. En 2014, tras haber sido candidato por el partido Pirata en las elecciones europeas de aquel año, llegué a cierto hartazgo interior. El movimiento indignado, en el fondo, luchaba por mejorar el sistema del que se quejaba, pero no mostraba alternativas realmente radicales al mismo. Los partidos que nacieron de aquellos movimientos terminaron disfrutando de las prebendas que el poder otorga. Incluso aquellos que se llenaban la boca hablando sobre la casta terminó mimetizándose en ella.

Aquel año, después de más de dos décadas de militancia activa en política, decidí colgar los hábitos y, congruente con lo que pensaba, aplicarme el cuento desde una militancia movilizada hacia la acción, y no hacia las palabras. Fue cuando decidí dejar la ciudad y marcharme a vivir a los bosques, con ideales propios del anarco-comunismo, aunque sin pretensión ideológica alguna.

¿Qué pienso de todo esto nueve años después? Por un lado, creo que la sociedad no ha avanzado mucho. Ninguna de las reclamaciones exigidas fue conseguida. La mística del populismo solo aborregó de uno a otro lado a una población incapaz de movilizarse por algo que no fuera el luchar y proteger lo que ya se posee. No hay revolución posible cuando lo que se pretende es proteger lo que de alguna manera nos da seguridad. Los movimientos nacionalistas que surgieron en esta época tampoco aportaron nada revolucionario, excepto la condición de proteger “la cosa nostra”.

Pensándolo fríamente, lo de venir al campo, a las montañas, a los bosques, tampoco tiene nada de revolucionario. Mis padres vivieron en condiciones peores en ese campo nostálgico, y aquello no era revolución, era una deplorable condición de vida. Las personas que hemos pasado por este lugar en el fondo veníamos buscando lo mismo que abandonamos en la ciudad: seguridad. La libertad esencial siempre queda relegada a un segundo plano cuando en esencia vemos que los recursos personales menguan una y otra vez.

Esta mañana veía las noticias y hubo una que, como pacifista e insumiso al servicio militar, me indignó profundamente. Tenía que ver con una partida de dos mil millones de euros para comprar unos cuatrocientos coches blindados para el ejército. La noticia me puso de mal humor y de nuevo se me encendió la chispa activista. Pero de repente de me di cuenta de un pensamiento que sí me pareció revolucionario: esa ya no es mi guerra. La única paz posible es la interior, y la otra, es pura manifestación de la primera. Pensando en ello, cerré las noticias y me fui a trabajar en la futura biblioteca de este lugar. Es lo más revolucionario que pude hacer. Ponerme al servicio de una causa mayor desde el más sentido y profundo estado de paz interior.

No quería hablar de política, hace años que no hablo. Pero hoy alguien me recordaba este aniversario y quería rememorar algunas sensaciones…

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Encontrar nuevas palabras


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Unos días en cama con algo de fiebre y malestar general me ha permitido ver con detalle el bochornoso espectáculo de nuestros políticos en el Congreso. Hacía tiempo que no sentía tanta vergüenza ajena. Describe a la perfección la configuración cultural y social de nuestro país, su educación, su progreso grupal. Realmente fue una visión panorámica de cómo los egoísmos territoriales se apoderan por un lado de exigencias y chantajes y de cómo unos bandos y otros parecen haber nacido bajo la presión de una sinrazón sin sentido.

El verbo es poderoso. Puede cambiar vidas y transformar ideas. También puede avergonzar a todo un pueblo. Es lo que único que uno puede sentir, vergüenza, cuando escuchábamos el debate de investidura en el Congreso. Incluso algunos de los que allí estaban sintieron esa vergüenza. Falta mucha generosidad en este país, mucho respeto hacia el contrincante, mucha dignidad, mucha amabilidad y mucho sentido del bien común. En mis años de política activa y militante me daba cuenta de que los que llegaban más lejos eran los que más gritaban, los que más engañaban, los que más manipulaban, los que conseguían machacar a los enemigos interiores para luego hacer lo mismo con los enemigos exteriores. Los buenos políticos, o la buena gente, terminaba abandonando ese barco nauseabundo de la política altanera.

Hay que encontrar nuevas palabras, nuevas formas de hacer política. Lo valiente no quita lo cortés. La España en la que vivimos es hermosa, llena de pueblos tan diferentes, pero convencido de que entre ellos hay un espíritu común que nos hace únicos ante el mundo. Pero es nefasto como nos tratamos los unos a los otros. Es nefasto ese rencor, odio y envidia que traemos de tiempos pletóricos… Algún día entraremos en la senda de la concordia, de la buena educación, del trato amigable más allá del ombliguismo de pensar que lo nuestro es lo mejor.

Qué aburrido resulta estar todo el rato pensando y hablando sobre lo nuestro o los nuestros sin dar la palabra al otro, sin pensar en el otro, sin ver las posibilidades de hacer cosas inimaginables juntos. Pero en España, y eso ya está demostrado, cada uno va a lo suyo, excepto esos acordes de solidaridad que de vez en cuando rezuman en las calles y los barrios y los pueblos más generosos. Ojalá algún día ese fuera el concierto general, la tónica, la música, las nuevas palabras. Ojalá la generosidad, el respeto y el aprecio hacia el otro fuera algún día nuestra verdadera bandera. Las demás solo son trapos tejidos de odios, guerras y egoísmos.

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El despertar de la bestia o sobre la muerte de la razón…


 

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Los resultados eran los esperados. La bestia se ha despertado, y la sociedad, como en viejas batallas de antaño, vuelve de nuevo a la radical inconsciencia, a los instintos más oscuros, al deseo de destrucción. Los radicales de un extremo han despertado las esencias de los radicales del otro extremo. La moderación ha dejado paso al insulto, al odio y al desprecio. Los viejos avatares se despiertan de nuevo y los tambores de guerra empiezan a sonar a lo lejos a no ser que ocurra algún tipo de milagro.

El «éxito» del independentismo ha sido fracturar la sociedad en dos, crear dos mitades donde antes había una cierta unidad. Otro de los éxitos ha sido fracturar el resto del Estado. Y un tercero ha sido el de despertar a la bestia, a la parte más oscura de este país. Un país que presumía hasta hace muy poco de no poseer extrema derecha y que ahora, ha posibilitado que sea uno de los países con una extrema derecha de las más grandes y virulentas. Felicidades a los éxitos de la revolución de las sonrisas.

La historia se repite. Y España es un país visceral, no muy propenso al diálogo o la racionalidad. Vivimos y pervivimos enfrascados aún en lo más instintivo y atávico. Lo ancestral tiene mucha más fuerza que la razón. La revolución de las sonrisas toca de lleno lo más ancestral, los héroes pasados, el pueblo como entidad autónoma y aislada que merece un futuro mejor, un exilio hacia un desierto plagado de oasis imaginados, donde un benévolo y complaciente nuevo estado hará felices a sus ciudadanos. Esa imagen bucólica, ingenua y perversa en sus entrañas, tiene la suficiente fuerza para recordar al resto que el hecho diferencial pervive, y que alguna vez, esas invasiones pasadas pervirtieron el orden de las cosas, aclamando ahora derechos y territorios.

Realmente nos movemos por símbolos y arquetipos. El grito unánime del “a por ellos” en la celebración de Vox es un grito recurrente a lo largo de la larga historia. Es el grito del odio, de la venganza, de la expulsión de los moriscos, de los judíos y de todo aquello que fuera diferente o de todo aquello que oliera a extranjero. Es la lucha continua de la defensa de las esencias en terrenos medievales. Igual de medievales que la defensa de la concepción de un “solo pueblo” o de un “solo idioma” o de un “nuevo estado”, donde la palabra “nuevo” rechina desde su propia concepción. Crear un “nuevo” estado no es nada nuevo ni revolucionario. Es un juego de tronos, de poder de los de siempre, una vuelta a los señoríos medievales. No es nada transversal, aunque se quiera pintar así. Es algo troglodita, primitivo, carente de valor racional y reaccionario. Las naciones y las patrias son símbolos del pasado más sangriento de la humanidad. La prueba está en la fractura. No es algo que se cree desde la alegría de todos, sino algo que se crea mediante la fractura y el despertar de la bestia, el enfado y la revancha.

Desde un punto de vista geopolítico es preocupante, porque es una situación global. Un nuevo romanticismo donde se pretende apartar a la razón y se pretende recuperar esencias aparentemente ya superadas. La exaltación del yo grupal y el conferir prioridad a los sentimientos, muchas veces irracionales y sin control, no puede traer nada bueno en el futuro que nos espera. Se ha despertado la bestia, y será muy difícil encontrar a un Ulises o a un San Jorge que pueda vencerla. Muerta la razón, nace la oscura sombra de la muerte…

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Día de reflexión. ¿Por qué votaré al PSOE?


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Hoy se cumplen treinta años de la caída del muro de Berlín y la consecuente reunificación de Alemania. Era tiempo de reunificación y de construcción de una Europa unida y en paz. Hoy día estamos viviendo un tiempo convulso, un tiempo de cambio, un tiempo que puede determinar el futuro inmediato de las políticas, pero sobre todo, de la convivencia futura. Europa está siendo partícipe de un experimento sin igual: la unión de naciones que siempre habían estado en guerra y lucha en un espectro político mayor de paz y fraternidad. Ese experimento también se ha ido tejiendo poco a poco en uno de los países más increíbles de los que podamos conocer: España. Una gran nación construida por naciones, idiosincrasias y espectros culturales distintos y diversos.

El aspecto positivo de cualquier cultura es que puede crear una identidad en la que un grupo de personas se sienta identificada. Uno puede sentirse identificado con un estatus, con un rol, con una saga familiar, con un grupo, con una pequeña comunidad, con un pueblo, con una comarca o región, con un país, con un continente o como muchos hoy día, como ciudadanos de la humanidad. Uno también se puede identificar con todo eso a la vez, o sólo con una parcela particular o aspecto particular de todas esas identidades contrapuestas.

Hablo de todo esto porque es importante ver qué está pasando a nivel global y a nivel estatal en particular. A nivel global estamos viviendo un nuevo reflote de las identidades, pero no como entidades que se ayudan mutuamente, sino como identidades que se repelen. Lo estamos viendo con los Estados Unidos de Trump y sus políticas proteccionistas, lo estamos viendo en Reino Unido con su Brexit y lo estamos viendo en nuestro país con los nacionalismos identitarios que exigen para sí mismos el derecho de autodeterminación primero y la creación de un nuevo estado después. Esta reivindicación, totalmente legítima y justa en términos políticos, se está realizando en su formato negativo, es decir, en la antiquísima fórmula de búsqueda de un enemigo arquetípico, en este caso, el estado español, como ente diabólico al que vencer.

Más allá de la legitimidad de las reivindicaciones, estamos en un estado de hechos que buscan la determinación de la vía unilateral. La vía unilateral tanto de unos como de otros, y luego, la opción menos mala, que en este momento es la ambigüedad propia del socialismo español. Esa ambigüedad ahora puede que sea positiva, en cuanto sirve de eje entre unas fuerzas radicales y otras extremistas. Por ese motivo, solo por una cuestión de ambigüedad, y excepcionalmente, votaré al PSOE.

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Españoles, Franco ha muerto


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España ha sufrido en el último siglo al menos siete golpes de Estado (1874, 1923, 1926, 1929, 1932, 1936 y 1981). Ha vivido a lo largo de su historia una veintena de guerras civiles, siendo la más conocida la última, por haber terminado en una dictadura de más de cuarenta años que aún, fantasmas incluidos, nos persigue. Lo de hoy tan sólo ha sido un acto simbólico, arquetípico. España sobrevive, por su singularidad, a base de mitos y héroes. Un pueblo sin pueblo, o un pueblo donde se cruzan cientos de pueblos, culturas y realidades, sorprende que aún siga gobernando un deseo mayoritario de unidad ante tanta diferencia, procedencia y riqueza cultural. Lo extraño es que no haya sido fragmentada en mil realidades, en cientos de pequeños estados-nación, en mil revoluciones más. Quizás eso dice más de su esencia que los ruidos de aquellos que la han querido dinamitar, ya sea por alzamiento militar o por alzamiento de las sonrisas o por cruentas guerras civiles.

Realmente lo que hay en el inconsciente colectivo es algo que tiene que ver con unas esencias históricas milenaristas que en este momento no somos capaces de entender. No se entiende que la flagrante unidad de España sea dinamitada por unos y por otros a su manera. No se entiende que los que la defienden odien a todas sus singularidades, que por otro lado, es lo que realmente la hace diferente, grande y única. Pocos pueblos han sido tantas veces invadidos, masacrados, conquistados y vilipendiados como los pueblos de España. Pocos lugares como el nuestro ha tenido capacidad de absorber estoicamente todas las singularidades culturales que a lo largo de la historia se han asimilado, ya sea por derecho de conquista o por reconocida vocación de autodestrucción colectiva.

El que hayamos tardado tanto tiempo en separar al verdugo de sus víctimas, al reconocido dictador por todas las fuerzas internacionales de un monumento que rozaba la vergüenza más torera, no deja de ser simbólico de nuestras esencias. Que esto se haya hecho con un gobierno en funciones, en pleno debacle de la unidad de España y en plena crisis territorial por unos y por otros no deja de ser simbólico, digno de tratamiento psiquiátrico.

Quizás esta complejidad, como digo, estas formas de entender el mundo, inclusive con esos tics nostálgicos de unos que piensan eso tan manido de que tiempos pasados eran mejores, no deja de ser una paradoja digna de estudio psicológico, antropológico y social. La complejidad de España y de sus pueblos, muchos extraños y antagónicos los unos con los otros, es una maravillosa riqueza solo posible en un territorio labrado de conquistas, con una orografía tan diferente y peculiar como puedan ser los desiertos del sur y las exuberantes montañas del norte, un mar Mediterráneo unido por un trozo de península con su feroz océano Atlántico. Este país es de tal belleza, riqueza y esplendor que no requiere mayor explicación para entender que todos quieran conquistarlo y todos deseen hacer de su propia parcela un chiringuito al que gobernar a su antojo.

Hoy debería ser un día de celebración silencioso, de restauración humilde, madura y sensata de una historia que reclamaba este hecho. Ojalá, ahora sí, Franco haya muerto de verdad en nuestras consciencias, y especialmente todo aquello que trajo de muerte y dictadura. Ojalá España madure poco a poco hacia un futuro mejor, más justo y libre, y ojalá estos cuarenta años que llevamos de retraso con respecto a otras culturas vecinas nos sirva para enfrentarnos al futuro con optimismo, con unión, con fuerza, fraternidad y alegría. Ojalá los pueblos de España, tan diversos y complejos, entiendan algún día que la riqueza que poseen solo puede ser mejorada mediante el apoyo mutuo y la cooperación. El aislamiento, la sublevación y la rebeldía no traerá nada nuevo ni nada bueno. Solo el fraternal entendimiento entre sus partes hará que la luz brille de nuevo en la estela hercúlea de esta hermosa tierra. El Estado que acoge a tan peculiar holograma y singularidad tendrá el reto futuro de hacer posible la introspección necesaria para el entendimiento. Sus partes, el alza de miras necesaria para entender que sólo juntos podremos enfrentarnos a los retos futuros que se avecinan.

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La casa común


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Y llegaron todos y había un tejado, y allí se cobijaron todos. Había muchos, y el tejado era grande y todos entraban, pero unos decían que el tejado les pertenecía. Y entonces querían echar a los otros. Y vino por aquellos días un dragón. Y también lo echaron. Y luego, llegó un día en el que ya no había tejado, ni a quien cobijar.

Y pasó el tiempo y había quien decía haber existido alguna vez un tejado y un dragón. Y todos les creyeron. Entonces echaron a los que no creían en los tejados ni en los dragones. Y se fueron, y ya no quedó nadie, porque la tierra quedó yerma y el agua dejó de ser limpia.

Y pasaron los tiempos y siempre hubo lucha. Unos sobre otros, hijos contra padres y padres contra hijos. Los hermanos se lanzaban contra hermanos y nunca hubo paz. Y vino aquel y dijo: yo construiré un tejado para todos. Y nadie le creyó. Y vino otro y dijo: ya no volverán nunca más los dragones. Pero nadie le creyó. Y fue así que, llegó el final de los tiempos y nunca hubo paz.

Y así, desde el origen de todo, hubo guerras y disputas. Las ancianas sin dientes así lo contaban. Unos por una cosa y otros por otra. Y no hubo tierra en paz, ni tierra de todos, porque todos reclamaban algo. Pero vendrá un día en el que la tierra será escasa y ya no habrá disputa posible. Vendrá un día en que la tierra será de todos, y no de unos pocos. Un día dónde no habrá fronteras, y dónde los dragones podrán campar libremente, y habrá un tejado para todos, y una casa común. Y en esos días, los unos no se levantarán contra los otros, y todos serán como hermanos, y nadie será más que nadie. Y entrarán todos y habrá un tejado. Y vendrá por aquellos días un gran dragón, porque así está escrito.

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Nacionalismos, patriotismos y marcianitos verdes


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Los nacionalismos y los patriotismos siempre son violentos porque tienen en su naturaleza el existir gracias al diferente. «Yo soy esto porque el otro es aquello», y para existir, bendita paradoja, necesito del otro. Y el otro, a lo largo de la historia, siempre ha sido enemigo o extraño.  Este coche la Guardia Civil destruido resume este sentir. El otro es el español, el Guardia Civil o lo que sea que no sea de los nuestros. 

Esta mañana en el círculo de consciencia expresaba, a la víspera del 1 de octubre, próximamente fiesta nacional en Cataluña, que hacía tiempo que no hablaba de política. Me había prometido no hacerlo, es algo que ya no me motiva, que no me seduce, que no me altera. Ya sabéis los que me conocéis desde hace tiempo que siempre he sido muy visceral con el tema político, y excepcionalmente duro con los nacionalismos y los patriotismos de cualquier bando. Me fui huyendo de Cataluña hace quince años por no soportar lo que ya por entonces intuía que pasaría. Las esencias patrias de cualquier tipo me sobrepasan y respiro mejor entre fraternales humanos apátridas que ante poseedores de algún tipo de pureza de sangre (ya me estoy encendiendo, lo siento).
Bueno, todo esto viene porque nada más recordar que hacía tiempo que no hablaba ni participaba en política, especialmente desde que mi activismo político se reduce a la creación de un lugar utópico, sin patrias ni naciones y cuyo único vínculo político es la fraternidad humana y la tolerancia del diferente, he recibido justamente hoy dos mensajes que me invitaban a que hablara u opinara sobre la política de estos días. Los mensajes decían así:

Mensaje 1: Te voy a hacer una petición del «leyente», si puede ser y si te apetece (me puedes decir que no tranquilamente). Me gustaría que escribieras sobre los separatismos. Cataluña, el Brexit… me da igual, en el fondo todo es lo mismo.

Mensaje 2: Javier, como nacido en Barcelona, ¿dónde te posicionas? No hace falta que me respondas aquí. Si quieres lo haces en privado pero a nivel mas trascendente me interesa tu corazón, qué te dice a la hora de valorar los nacionalismos, esa enfermedad de los pueblos que llevan a la sangre…

Ya he hablado mucho sobre política y especialmente sobre esa anomalía humana llamada nacionalismo o patriotismo (la diferencia entre unos y otros es la de tener o no un “estado”, pero el sentimiento es el mismo, “amor” al pueblo, a la nación, pero de forma excluyente, siempre en contra “de”). En el caso del Brexit es un nacionalismo no en contra de Europa, sino en contra de la emigración que viene de Europa vía África o Asia o América (la del sur, por supuesto) o la Europa del Este. En el caso de Cataluña son los descendientes occitanos que huyendo de mil batallas se establecieron hace mil años en parte de Iberia y se asimilaron con los nativos. Ahora, paradójicamente, esos occitanos se consideran los verdaderos nativos y, por lo tanto, desean separarse de la tierra que hace siglos los acogió. Los vascos, otra paradoja, que son los verdaderos supervivientes y los verdaderos nativos de Iberia, se quieren separar del resto, es decir, de los asimilados, de los conquistados y conquistadores que durante miles de años han atravesado esta tierra. Creo que los vascos son los únicos que podrían presumir de ser los verdaderos “españoles”, de ahí la paradoja. Todos los demás somos descendientes de celtas, cartaginenses, fenicios, griegos, romanos, judíos, bárbaros, musulmanes, etc…

Es cierto que no todo se puede reducir a algo tan simple como esta explicación. Habría que bucear en el sustrato, en el superestrato y en el adstrato de cada una de las culturas y lenguas que han influido en todo el territorio a lo largo de la historia. Pero la cuestión no es el origen de cada cual, sino el porqué basamos la convivencia presente en ese origen, y por lo tanto, centramos nuestra atención en aquello que nos separa, y no en aquello que realmente nos une. Porqué unos se creen más guapos que otros, o con más derechos, o más libres, o más ricos, o más lo que sea (no voy a entrar en motivos racistas o xenófobos, que haberlos haylos, por más que lo nieguen algunos en la plaza pública).

Una persona culta, inteligente y civilizada no debería ser patriota ni nacionalista. Podría ser ciudadano o aldeano, pero nunca se calificaría como próximo a ningún tipo de amor exacerbado hacia una nación o una patria. Menos aún hacia una bandera, un himno o unas fronteras delimitantes. Una persona culta, inteligente o civilizada puede creer en Dios, en los extraterrestres o en el final de los tiempos, pero siempre lo hará de forma discreta y privada. Lo mismo ocurre con los países y sus símbolos. Uno puede amar a su tierra, pero siempre de forma anónima, discreta, silenciosa, como se aman los verdaderos amantes.

¿Qué puede pensar una persona culta, inteligente y civilizada que vive en una aldea o en una ciudad y ve de repente a alguien empuñando una bandera o refregando en la plaza pública himnos y consignas patrióticas o nacionales? Pues simple y llanamente, y con todos mis respetos, que son unos auténticos estúpidos. Nadie sanamente culto, inteligente y civilizado cree en nuestros días en las naciones, las patrias o las fronteras. Nadie en su sano juicio tiene en estos tiempos necesidad de enarbolar fronteras que dividan, que separen. En la vida privada uno puede creer en lo que quiera, en los marcianitos verdes, en los duendes y las hadas, en el aberri eguna o en 1 de Octubre como el día de la independencia catalana. Cada cual puede vivir su peculiar sueño hipnótico, su peculiar fantasía anodina.

Lo triste de toda esta guerra de emociones viscerales es que si ganan los nacionalismos y los patriotismos Europa entera va a dar un giro visceral y cavernícola de cien años hacia el pasado. Volveremos al caos y al desmantelamiento del sueño de la fraternidad humana, al sueño de un mundo, una humanidad. Mezclar las creencias y las emociones con la política nunca trajo nada bueno. Por eso esa mezcla me parece estúpida. Que cada uno se sienta de dónde quiera, pero en lo privado. Mezclar lo emocional con lo político siempre trajo verdaderas catástrofes. En resumen, quien quiera creer en los marcianitos verdes que lo crea, pero por favor, en privado. Dejad de refregar por las narices más banderitas, patrias, himnos o lo que sea. Rezad al Dios que queráis, amad la tierra que queráis, creed en lo que os de la gana, pero en silencio.

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¡Será genial! Sobre la caída de un imperio


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Donald Trump ha felicitado a Boris Johnson a través de las redes con una frase profética. «Felicitaciones a Boris Johnson por convertirse en el nuevo primer ministro del Reino Unido. ¡Será genial!». La elección de Boris Johnson no deja de ser una caricatura idéntica a lo ocurrido en Estados Unidos con Trump. Sin duda, cuando los imperios caen, se despliega un símil caricaturesco en los personajes a los que les toca llevar a buen puerto esa caída. Trump y Boris son las personas que representan el fin de una era, la anglosajona, y el comienzo de otra, la cual aún está por definir. También Boris podría representar el fin del experimento de la Unión Europea tal y como la conocemos ahora. O se autodestruye en la próxima década o renace con más fuerza. Esa es la incógnita que esperamos resolver aún.

¿Será genial? Al menos ambos prometen un estilo diferente, como cuando el bufón se cuela en la corte y empieza a hacer gracietas. Al principio parecen bromas divertidas, pero cuando el bufón tropieza y mancha a toda la corte con sus torpezas, al final la fiesta no termina bien. De momento hemos visto a un Trump comedido, al menos en el plano internacional. Por un momento pensábamos que desde el minuto cero nos iba a meter en mil guerras y devastaciones apocalípticas. Por suerte todo quedó en la gracieta de mal gusto de los aranceles, de sus fotos con al amado líder norcoreano y su empecinamiento con el muro fronterizo. ¿Habrá alguna traca final? No en este mandato, pero sí, si sale reelegido, la líe parda en un segundo mandato y sea ahí cuando empiece la fiesta particular entre Trump y Boris.

La fiesta terminará, a medio plazo, con la desintegración de Reino Unido tal y como lo conocemos. Es posible que Irlanda del Norte termine fusionándose con Irlanda y Escocia decida independizarse y entrar en la Unión Europea, quedando Inglaterra y Gales aisladas y en una posición decadente. El Reino Unido dejará de ser reino y dejará para ese entonces de estar unido, por lo que deberá buscar otro nombre más apropiado o volver al topónimo más apropiado de la Pequeña Bretaña.

Sin duda, seguimos navegando en un mar de incertidumbre futura. Mientras los bufones gobiernan primitivas estructuras medievales ancladas en míticos reinos, el mundo gira lleno de plásticos, lleno de contaminación, lleno de sangrientas guerras y hambrunas. Nuevas crisis nos esperan. Habrá que prepararse para afrontarlas una y otra vez. ¿Estamos cerca de la crisis final? Seguiremos trabajando para una transición segura hacia un nuevo mundo menos bufón y más serio y respetuoso con los verdaderos retos del futuro.

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Por qué votaré a PACMA y breve análisis de por qué no votaré al resto


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Tiempos modernos (1936), siempre tan de actualidad

La verdad es que me siento libre pensador, y podría votar a cualquier partido del espectro social de nuestro país si pudieran convencerme de algo que realmente me conmoviera como votante itinerante y ácrata. Eso es algo que me gusta de nuestra idiosincrasia como país irreductible: el ser lo suficientemente libre para votar a unos y a otros según nuestra particular visión o conveniencia. Aunque el sistema de votación y la democracia representativa me parece algo anacrónico e irreal, una vez más voy a participar en este sistema para no parecer, que bastante lo parezco ya con esta manía de crear utópicas realidades, un antisistema al uso.

En estas últimas elecciones de nuevo voy a repetir y votaré a PACMA. Ante la quiebra política que se avecina y ante la posible destrucción de lo que parecía un marco de convivencia ideal (qué hermosa es España en su conjunto y qué manía nuestra de siempre querer destruirla), me declino ante la idea de intentar sumar fuerzas a ideas que tengan que ver más con la ingeniería humana, la convivencia pacífica en nuestro planeta y los altos ideales de amor y fraternidad hacia los animales. Cuando estos valores lleguen a nosotros, nuestra visceralidad desaparecerá y estaremos más cerca de poder convivir desde el amor, y no desde el rencor. Dicho esto, explicaré con detalle por qué no votaré al resto de partidos y sí a PACMA.

PARTIDO PIRATA: A pesar de que fui candidato a las últimas europeas con este partido, quizás como editor comprometido debería votarlo. Pero su caos y falta de liderazgo me obliga a no hacerlo. También el que sólo se interesen por lo referente al mundo digital sin mayores aportaciones que esas.
EQUO. También he militado en este partido, pero cuando los intereses partidistas están por encima de los intereses y las ideas que persiguen, el resultado es decepcionante. Me refiero a que se vendieran y formaran coalición con Podemos, como si la ecología fuera algo exclusivo de las izquierdas. Esto es una grave visión futura. La ecología debería ser de todos porque es algo que nos afecta a todos. ¿Cuando nos daremos cuenta?
PARTIDOS NACIONALISTAS. La miopía y egoísmo de estos partidos, el etnocentrismo, la xenofobia y lo rancio de sus mensajes nacionalistas me impiden ni siquiera mirarlos de reojo. Me parecen rancios, caducos y fuera del tiempo. Aunque se visten de modernidad y libertad, es lo más anacrónico y trasnochado que he visto nunca. Y esto lo digo desde la visceralidad más absoluta, pero también desde la crítica más comprometida.
VOX. No deseo ofender la inteligencia de aquellos que visceralmente, por hartazgo, deseen votarlo. Allá ellos y sus consciencias. Pero volver a la edad media no me parece inteligente. Y tampoco me parece sano y sí muy peligroso volver a dar alas alegremente a la extrema derecha. Cuidado con los extremos. Vox es la otra cara de los partidos nacionalistas. Igual de rancio, caduco y anacrónico. Los extremos se tocan y se necesitan para subsistir. Poner en pie de guerra este hermoso país no traerá nada bueno. Alimentar estas dos bestias que en su esencia son exactamente lo mismo, nacionalistas y extrema derecha solo puede volvernos a escenarios muy peligrosos. Cuidado que esto no es una broma.
PODEMOS. Estuve muchos años militando en Izquierda Unida y no me perdí ni una manifestación cuando ocurrió el 15M. Ahora veo con tristeza cómo los líderes se convierten en casta y como ingenuamente los ilusionados indignados se convierten en señoritos que pretenden vender un mensaje vacío para seguir pagando sus bonitos chalets con piscina. Lo siento pero mi voto se ha indignado aún más con vosotros.
CIUDADANOS. Me gustó mucho sus inicios y el trabajo que han hecho en Cataluña al dar voz a una gente que vivía con miedo en una tierra absorbida por el mensaje nacionalista. Olé en Cataluña por la valentía y patética gestión en el resto de España por su deriva ideológica para rascar votos de unos y de otros.
PP. Nunca me gustaron sus líderes. Ahora Rajoy me parece un santo varón cuando los comparo con Fraga o Aznar o Casado. El Casado es joven y tiene mucho que madurar, pero viendo su competencia con Vox para ver quien la tiene más grande (me refiero a la bandera, claro) y viendo que centra su mensaje en las esencias, parece más un tripartito kafkiano que un partido con personalidad propia.
PSOE. Milité algunos años en este partido y de haber perseverado seguramente hubiera tenido una carrera política de su mano. Estuve a punto de ser alcalde de un pequeño pueblo, pero se cruzó por mi vida una embajadora que me alejó de esa posibilidad. Me gustó mucho, debo confesarlo, la carrera que su actual líder ha realizado para destronar de una vez por toda la ortodoxia casposa de su partido. El hecho de que todos los “varones” se pusieran en su contra y aún así venciera, me dio mucho morbo. También me gustó ese esfuerzo por dialogar con la bestia satánica independentista, como la ven algunos. Pero el partido socialista hace mucho tiempo que dejó de ser socialista. Y los utópicos como yo siempre fuimos vistos como ingenuos a lo largo de toda la historia. Así que seguiré votando ingenuamente a los imposibles.

Ahora mis amigos independentistas y mis amigos de la extrema derecha y mis amigos de la extrema izquierda y mis amigos moderados y mis amigos del centro y mis amigos ácratas y mis amigos místico-espirituales se enfadarán todos. Pero no me importa. Yo os seguiré amando, a pesar de vuestras ideologías, de vuestras creencias y de vuestra capacidad o no de juicio crítico, opinión y debate. Votaré, y votaré a PACMA y le daré voto a los animales, a ver si así nosotros nos humanizamos en el camino.

 

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Me alegra que la derecha se manifieste y salga a la calle


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Con tanto ajetreo interior, hacía ya demasiado tiempo que no opinaba (y subrayo la palabra) sobre política. Tanto mirar para adentro e intentar resolver asuntos personales me alejó de lo externo, de lo que irradia ahí fuera en algo tan importante y en estos tiempos, tan dramático, como es lo político. Pero ahora, ya más alegre y fortalecido, me atrevo a seguir avanzando desde el pensamiento en lo que nos atañe como grupo humano, como nación o como lo que queramos ser.

Ayer se manifestó eso tan abstracto como es la derecha española en la capital del reino (qué palabreja), apropiándose, una vez más, de la bandera y la patria. Algo así como lo que hacen unos dos millones de catalanes cuando se apropian de la bandera, la nación y las instituciones doblegando la voluntad de toda una ciudadanía (aún no sabemos qué pintamos los otros cinco millones en todo este tinglado patrio). Es como si las banderas y las naciones y las patrias solo fueran patrimonio de los más puros de entre los puros, los que son verdaderamente “el pueblo”. Los otros, los demás, los ciudadanos, solo somos “asociados”, un mal menor, algo que está “ahí”.

A pesar de ello, y aprovechando mi racha de alegría, en cierta forma, me alegra ver que las calles son de todos, y cuando digo todos es de todos mis vecinos, tanto de los puros como de los asociados (la «sociedad» no es más que la suma de socios, «asociados», que interaccionan por interés, a diferencia de la «comunidad», que está integrada por vecinos, familiares y amigos que desean colaborar en el bien común, y a diferencia del «pueblo», siempre garante de las esencias). Me alegra ver que todos podemos manifestarnos libremente en un país con grandes dosis de libertad, a pesar de lo que se escucha y dice, y que puedes hacerlo, siempre bajo los parámetros de la convivencia que otorga eso tan concreto (y no abstracto) como es la ley, los principios generales del derecho y la costumbre. En el contrato social, ese marco de asociados, todos podemos abrir nuestros corazones para expresar lo que deseamos siempre desde el respeto a las reglas que nos hemos autoimpuesto, (dejaremos para otro exabrupto lo justo o no de esas leyes), y siempre bajo el prisma de la tolerancia y el respeto al que piensa diferente.

La polémica viene cuando los esencialistas de uno u otro lado se creen dueños de las calles o los representantes legítimos del conjunto. ¡Las calles siempre serán nuestras! Dicen unos. ¡Y las banderas! Dicen los otros, como si los demás no tuvieran derechos y obligaciones sobre las mismas o como si fuera algo ajeno a su esencia natural. A partir de ese grito de guerra, lo demás es una perfecta creencia sobre la pureza de las ideas, tachando de “fascista” o “golpista” al que no piensa como uno, cayendo de paso en la gran contradicción dialéctica de ver en el otro lo que uno realiza de forma alarmante ante la cerrazón de la idea. Si no eres como nosotros, si no piensas como nosotros, eres automáticamente mi enemigo, y por lo tanto, para simplificarlo todo y que todos podamos entenderlo, eres un facha o un golpista o un nazionalista, tanto monta. Así es la dialéctica en la que nos movemos, simple, llana, grotesca, intolerante. Y ante esa inteligencia que se cree poseedora de verdades absolutas que claman a lo natural del pueblo, las calles y todo lo demás que le vengan en gana, poco se puede hacer, excepto esperar a que la emoción se calme en nombre de la razón, la inteligencia y la lucidez.

No aplaudo los motivos que unos y otros representan. Mi visión ácrata sobre la tierra y las ideas no me permite simpatizar con unos o con otros. Me refiero a esa defensa ciega e inútil de la defensa de las esencias en un mundo de asociados, de uno u otro bando, a partes iguales. No puedo defender algo irracional y decadente como puede ser la adoración ciega a la patria o la nación o la bandera, sea la que sea. Ya no estamos en los tiempos de «todo por la patria» o «todo por el pueblo». Pero sí celebro que los otros puedan también salir a la calle, tan acostumbrados a ver a los de la calle como “perroflautas” o algo peor. Celebro que todos salgamos con festividad y alegría a gritar lo que nos venga en gana, tengamos o no razón, derecho o simpatía. Si somos vecinos, y además tenemos que seguir siéndolo durante los siglos de los siglos, mejor que seamos claros y digamos lo que pensamos, y luego, dentro del marco de la convivencia, dentro del contrato social, podamos tal vez entendernos en lo mínimo soportable.

Sobre las cuestiones de fondo de porqué esta manifestación, no entraré de momento para no encender las llamas de nuevo. Solo quería decir que siento alegría por vivir en un país vivo, divertido y paradójico, además de bello y único, diverso, multicultural y apasionante e incluso tolerante, a pesar de esas minorías tan ruidosas. Sí, salgamos todos a las calles, para demostrar que somos diferentes, y que por eso debemos empezar a amar la diferencia, estrecharla, respetarla, abrazarla sin miedo. Y por favor, dejad de llamar al otro facha o perroflauta según seáis. Es algo de horteras. No fomentemos más el odio, veamos al otro con simpatía, veamos al otro como aquello que nos falta para comprender la totalidad de lo que somos.

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Vox Populi, vox Dei


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“Y no debería escucharse a los que acostumbran a decir que la voz del pueblo es la voz de Dios, pues el desenfreno del vulgo está siempre cercano a la locura”. Cartas de Alcuino de York a Carlomagno. Epistolae, 166.

A estas horas estoy sobrevolando Europa dirección Estambul. Desde allí cogeremos un vuelo hacia Tel Aviv, nuestro primer destino. A vista de vuelo panorámico, creo que aún no somos conscientes de todo lo que está ocurriendo en Europa, y hacia dónde nos llevará esta situación cada vez más agravante. Lo ocurrido ayer en el parlamento Británico y la brutal derrota de su primera ministra es solo el principio de un fin que no sabemos aún hacia qué lugar nos llevará. Hablo de lugar, aunque quizás debería de hablar de tiempos…
Vox Populi, Vox Dei, decían los antiguos. Si realmente esta expresión significa que «la opinión popular de la gente revela la voluntad de Dios y debe obedecerse”, debemos pensar seriamente por qué Dios ha querido semejante panorama en la cultura política europea de estos últimos años. El Brexit es un claro ejemplo de retroceso social y político, de vuelta al pasado, de defensa de lo “nuestro” en contra de lo que les ocurra a los demás. Los movimientos nacionalistas, aupados desde el egoísmo y las esencias, vuelven como alocados corceles que, ciegos sobre su destino, solo pueden cabalgar hacia adelante.
Estamos viviendo momentos que pueden determinar para siempre lo que pueda ocurrir en este próximo siglo recién estrenado. Aún nos duele la memoria de las cosas que ocurrieron en tiempos pasados. De nuevo el ombliguismo contra la mirada sincera al otro. De nuevo defendiendo lo nuestro y arrasando por el camino todo lo demás. De nuevo el miedo antes que la cordura de la razón. El Brexit, como los demás patriotismos o nacionalismos de nuevo cuño, forma parte de la derrota de Europa en el campo de las ideas, en la visión de la paz común y en las ideas de fraternidad, libertad e igualdad que tanto nos costó alcanzar tras las grandes guerras del siglo pasado. Todos los avances logrados se empiezan a derrumbar poco a poco, a la espera de que los dioses benévolos vuelvan a susurrar al pueblo las ideas de luz, fraternidad y paz que tanto necesitamos en este nuevo tiempo.
Todo aquello que nos separa, el Brexit, las naciones, las fronteras, las patrias, la ignorancia o el odio nunca puede ser bueno para el conjunto de todos nosotros. Todo aquello que intenta, de la manera que sea y con los motivos que sean, separar, dividir, restar, nunca puede ser un susurro de nuestra más profunda naturaleza. La decadencia del Reino Unido, su declive, se está expresando en estos instantes. El Gran Imperio Británico que durante siglos dominó el mundo está viendo sus últimos días. Ahora es el Brexit, pronto será Escocia e Irlanda del Norte y luego… Europa y sus ideales deben estar alertas para que este movimiento no se expanda aún más… Aquí en España, uno de los últimos reductos que quedaban libre de extremismos, se está manifestando de forma fuerte la derrota de la razón y la fraternidad. La plaga sigue, y es contagiosa. Es como si de repente, estuviéramos de nuevo cerca de la locura… La misma locura que hace un siglo arrasó media Europa.

 

 

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No es Trump, somos nosotros


 

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Lo que ha ocurrido recientemente en Estados Unidos con la victoria indiscutible de Donald Trump no es algo aislado. Está pasando en el resto del mundo. No es un fenómeno nuevo, pero sí, recabando la memoria histórica de nuestra sufriente humanidad, un fenómeno peligroso y oscuro de impredecibles consecuencias.

Trump no es un simpático personaje de un capítulo de los Simpson escrito hace quince años. Es el resultado de un nuevo tiempo, de una nueva era de penumbra y ofuscación. Es el hijo póstumo de ese nuevo espectro que nace para imponer su ley del miedo, la ignorancia y el rencor. El espectro del nacionalismo.

Lo hemos visto con el fenómeno racista y xenófobo del Brexit. Lo estamos viendo en los nacionalismos, también racistas y xenófobos de regiones que reclaman la pureza de un estado propio para terminar con las desgracias del pueblo elegido. Lo vemos en una rancia ofuscación europea que se apodera no tan solo de las instituciones, sino de las buenas voluntades de sus pueblos que, arrinconados por una realidad que se impone, se desgarra en la desesperación de “soluciones finales”.

No, no es Trump, es también el Frente Nacional en Francia, el Amanecer Dorado en Grecia, la Alternativa para Alemania en el país germano, el UKIP en el Reino Unido, Ley y Justicia en Polonia, el Partido de la Libertad en Austria, y un largo recuento de dragones que están de nuevo despertando porque nosotros, cansados, queremos vivir en paz con nuestras miserias, con nuestros hipócritas logros y con nuestra desnudez vital, tan frágil y falta de luz.

Es el nuevo fantasma que azota ahora al mundo, sin saber, en un tiempo delicado, hacia donde llegará esta deriva. Y ocurre porque le damos la espalda al mundo, a la historia más reciente, a la conquista de valores que se olvidan ante la necesidad de proteger nuestra vida de cervezas y televisión.

De nuevo, siguiendo con la historia, debemos repetir eso de que “toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia de luchas”. Estamos dejando atrás la era de las luchas de clase para convertirla en la lucha de las razas, de las naciones puras, del blanco occidental que desea proteger a toda costa su modo de vida a cambio de perder cualquier valor o dignidad. El otro, sea español (véase el odio visceral de algunos nacionalistas ibéricos), sea moro, sea latino, sea chino o lo que sea nos da miedo, nos asusta.

El pueblo americano no ha votado a Trump, ha votado para proteger la posibilidad de poder seguir bebiendo su cerveza los fines de semana frente al televisor, de poder seguir consumiendo calurosamente los tres primeros días de mes para luego vivir tres semanas de angustia hasta la próxima paga, han votado el poder seguir fingiendo ese bienestar caduco y falso a cambio del hambre y la injusticia sobre el otro.

De verdad, no es Trump, somos nosotros, cargados de odio, hambre y miedo.

 

 

¿Dónde está la nueva política?


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Ayer pude ver algo, por higiene moral, muy poco, sobre el debate de investidura. Casi se me saltaban las lágrimas de pena al ver como aquello que con ilusión había llegado hasta el Congreso en muy poco tiempo para provocar cierto cambio ya se había convertido en casta, en caspa y en algo peor e innombrable. Sentí cierta vergüenza ajena, y al mismo tiempo, me sentí muy ajeno a todo ese bochornoso espectáculo ombliguero donde todos hablaban de lo bien que lo hacen ellos y lo mal que lo hacen los demás. Era como estar en un circo, en el de siempre, donde de repente alguien se levantaba con cierta lucidez volviendo a decir aquello de que “no nos representan”.

Sentí cierta pena por todo aquel inmenso esfuerzo en las calles donde recibíamos palos y vergüenzas por defender cierta justicia social y ver que todo aquel esfuerzo se había convertido en un bochornoso panfleto de televisión. Por suerte la rabia que antes me producía todo esto había desaparecido. Sólo observaba con cierta tristeza como el sistema se ocupa de encasillar y posponer ningún tipo de cambio que pueda provocar un verdadero regreso al ser humano.

Así que dejé de seguir esa realidad que ya me resulta tan ajena y seguí profundizando en la política real, en la de la calle, en nuestro caso, en la de la pequeña comunidad donde estamos que pretende tener como vehículo político algo tan profundo y sencillo como el consenso. Cualquier cosa que hacemos, que proyectamos o que deseamos transformar debe pasar por el consenso que nace siempre del apoyo mutuo y la cooperación. El consenso se expresa con silencios, con propuestas calmadas, estudiadas hacia la generosidad, hacia el bien común, rechazando cualquier egoísmo personalista.

No somos ningún tipo de panacea pero sabemos que ya no queremos participar en las estructuras pasadas. Nos negamos a ser cómplices de ese bochorno social. Preferimos poner en práctica valores, sistemas y propuestas que sean útiles al ser humano, y no a sus estructuras. O mejor dicho, que sean útiles al ser humano y por añadidura también a sus sistemas y estructuras. Pero no al revés. Primero las personas, luego el resto. Eso es lo que estamos aprendiendo en este lugar. Por eso lo mejor es seguir en silencio, como hasta ahora, dejando esa política de salón para los políticos profesionales mientras nosotros, la sociedad civil, hacemos nuestras propias políticas al margen de ese circo confuso, mentiroso y mediático.

Construyamos una sociedad paralela hasta que la vieja sociedad se derrumbe por su propia inconsistencia. Sigamos construyendo el nuevo mundo aunque sea de forma humilde y anecdótica. Algunas semillas a veces están destinadas a crecer y dar mucho fruto.

(Foto: de politiqueo con los vecinos de las aldeas mientras buscábamos unas cabras perdidas. Nuestro pequeño congreso era amable, servicial y humano).

La superstición del linaje


 

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No hay nada peor para la realización plena de los seres humanos que las supersticiones sobre el linaje, sobre los pueblos elegidos o los que creen pertenecer a una superioridad étnica, cultural o de cualquier otro tipo. Perpetuar la sangre siempre ha sido una obsesión, una necesidad de gratificación del ego. A veces esa sangre se traduce en una herencia de pensamiento, de ideología, una infantil aprobación paterna no satisfecha, una galopante megalomanía acompañada de la falta de aceptación ante las contradicciones y hechos de la vida.

Cuando los pueblos se creen elegidos, diferentes, agraciados por algún tipo de linaje ancestral o don, son motivaciones que suelen responder a problemas de identidad individual, a una personalidad explotadora con opciones de vida limitadas por el adoctrinamiento social. Existe un sentimiento de inseguridad interior que provoca una afiliación mayor que nos vuelve ignorantes y sumisos. Queremos hijos o patrias como trofeos para mejorar nuestra posición social, queremos identidad ajena o externa para sentirnos aceptados en el conjunto.

La debilidad interior, el miedo al fracaso o al rechazo, al estigma o a la indiferencia hacen el resto. La falta de gratificación personal crea una especie de sumisión hacia los hacedores de patrias, naciones o movimientos de todo tipo. Una obediencia ciega a los dogmáticos que buscan aumentar sus rebaños. Cedemos nuestra identidad a una identidad mayor por miedo. Creamos una extensión de nuestro ego en una amalgama racial capaz de empoderar nuestras carencias.

Buscamos una libertad colectiva y ficticia que creemos no tenemos como individuos. Establecemos por lo tanto nuestras decisiones individuales sin cuestionar el condicionamiento cultural, ni nuestra posible visión estrecha de la realidad, ni la casualidad de las cosas, incluyendo la fortuita posibilidad que nos trajo al lugar que habitamos. Ello nos convierte en elitistas, xenófobos, intransigentes. Pensamos que la eugenesia social es más fácil de disimular que el genocidio de los otros. Y los otros, aquellos que no son iguales a los nuestros, siempre por definición serán nuestros enemigos. Como mínimo pueblos inferiores que carecen de la superioridad de nuestra riqueza colectiva, económica y cultural, y por lo tanto, no merecedores de nuestro trato, favor o acompañamiento.

Las patrias, las banderas, las naciones, no son más que hechos basados en creencias que nacen de supersticiones sobre el linaje, individual y colectivo, cuyo germen radica en la falta de consciencia personal, en la necesidad de un reconocimiento colectivo y en carencias individuales no resueltas. Un ser verdaderamente libre no necesita ningún tipo de libertad colectiva. Los pueblos solo pueden emanciparse de la ignorancia, del hambre o de la guerra. Todo lo demás son carencias, creencias y supersticiones nacidas de un pasado remoto que ya no tiene vigencia en nuestros tiempos. La libertad verdadera siempre nace del interior. Todo lo demás no son más que estigmas que nos ayudan a cierta supervivencia psicológica. Ser libres es estar ausentes de dichos estigmas, creencias o propósitos desmesurados.