“Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma: y ninguno decía ser suyo algo de lo que poseía; mas todas las cosas les eran comunes”. (Hechos, 4:32)
La difícil tarea de emanar el nuevo mundo es siempre compleja y también sorprendente. Los pioneros de todos los tiempos siempre han sido mancillados, tomados por locos o quemados en la hoguera de la ignorancia y el desprecio. Lo nuevo, lo que genera un sistema más adecuado a la realidad que ha de venir, siempre tiene un momento de crisis, de extenuación, de sorpresa. Cualquier idea nueva, cualquier emoción, intención, proyecto o acción que desee provocar un cambio posible siempre tiene resistencias. Lo seguro es lo que conocemos, pero lo desconocido siempre da terror, da miedo, pavor.
Crear un nuevo mundo, un nuevo paradigma para sembrar las bases del futuro es una tarea ardua. Es evidente que lo viejo no caerá desde una posición de lucha contra los antiguos pilares de lo que hemos creado durante milenios. Lo nuevo nacerá como esa semilla que se quiebra en la tierra oscura y húmeda y crece hacia la luz para hacerse fuerte y grande. La quiebra dentro de la oscuridad siempre es necesaria. Ahora estamos en esa oscuridad, en esa quiebra inevitablemente de lo viejo hacia lo nuevo.
La economía, o los valores que mueven a la economía actual, es algo que cambiará inevitablemente. Las cosas que realmente tienen valor no tienen precio. El amor, el cariño, la amistad o la hermandad son valores que jamás podrán ser comprados con dinero. Un día no muy lejano orientaremos nuestras vidas a buscar en nosotros aquello que no tiene precio, algo tan valioso en nuestro interior que querremos regalarlo, ofrecerlo. Algo tan grande como nuestro don y talento no podrá ser mercantilizado en ningún mercado, en ningún tipo de angustia sobre qué será aquello que vendrá después. Las relaciones económicas se basaran, como en las antiguas comunidades cristianas, en dar a aquel que lo necesite, y coger aquello que nos haga falta.
Realmente nos daremos cuenta en ese franco cambio, en esa intensa transformación, de que cada día necesitaremos menos cosas, menos tipos de cosas que se mercantilizan con el origen de la vanidad, el egoísmo y la codicia materialista. Esos viejos valores serán cambiados por la generosidad, por la necesidad de buscar lo mejor no tan sólo para nosotros sino también para el resto. Y especialmente, lo mejor de nosotros para ofrecer al mundo, nuestro don, nuestro entusiasmo hacia la vida. Los frutos serán esos talentos que nos harán felices. Ya no tendremos que mercantilizar nuestra mano de obra porque seremos orfebres de nuestros dones. Disfrutaremos con nuestro trabajo y lo entregaremos para el disfrute y gozo de todos. Aún queda mucho para que ese tiempo llegue. Quizás la revolución robótica y tecnológica que se aproxima dote a la humanidad de mayor tiempo y recursos para lograr cierta felicidad material que revertirá inevitablemente en una innata felicidad interior. Mientras eso ocurre, algunos estarán llamados a visionar ese nuevo mundo, describirlo, imaginarlo, pensarlo, para ser arquitectos de lo nuevo. Los visionarios alzarán la mirada por encima de lo añejo y compartirán la luz de los nuevos tiempos.










Una pequeña placa de no más de treinta euros conectada a una batería reciclada de coche es lo que alumbra la pequeña cabaña. En verano da para conectar incluso el ordenador. En invierno se conforma con proyectar una tenue luz de esta maravillosa tecnología llamada led. Esta pequeña luz es lo más parecido a la libertad y emancipación energética. Si tuviéramos algo más de recursos compraríamos una instalación completa. Hemos calculado que con mil euros podemos satisfacer cada una de las caravanas o cabañas y así poder trabajar con nuestros ordenadores sin recurrir de momento a argucias extrañas como la de tener que conectar el ordenador de noche a la batería del coche híbrido. Con algo más de presupuesto, algún día toda la casa de piedra entera será totalmente autónoma y podremos ducharnos con agua caliente y tener luz eléctrica sin tener que trasladarnos a otros lugares. Sin necesidad de estar conectados a la red, pues así llevamos casi tres años, y sin ánimo de conectarnos en un futuro.




En nuestro país siempre se preguntan porqué existe tanta economía sumergida. Estos días hemos podido experimentar lo que significa trabajar a destajo en el campo y hemos tenido una experiencia antropológica, pero sobre todo humana, aunque diríamos mejor, y para ser correctos con la experiencia, que sobre todo inhumana.








