Ayer tuve un bonito encuentro con J. Quedamos para comer en el Ecocentro de Madrid, un lugar agradable donde saborear buenos platos vegetarianos. Tuvimos charla intensa e interesante sobre muchos temas referentes a la amistad, a la lealtad, al sacrificio. Me gustó mucho su afirmación y reafirmación sobre la necesidad de hacer las cosas bien hechas. Es algo que recalcaba con énfasis, en toda su manifestación semántica, porque hacer bien las cosas resulta algo comprometidamente difícil. Siempre nos queda la duda de si hemos obrado justamente o no en tal o cual situación. Recordaba en sus palabras la situación japonesa de estos días. Cuando lo pierdes todo y miras el horizonte, resulta difícil pensar en términos de haber bien o mal las cosas. A veces la realidad se impone con extrema crudeza, y quizás te has tirado toda una vida haciendo bien las cosas. Y ahora, en esas circunstancias, toca realmente mirar de frente y tener una actitud tan valiente y solidaria como la que está tomando el pueblo japonés. No hay pillaje, no hay robos, no hay inseguridad con respecto al prójimo. Solo ganas de ayudar. Pero aquí, en lo cotidiano, hacer las cosas bien en el día a día, en situaciones normales, también resulta difícil. Creo que es una de las pruebas espirituales más extremas: hacer las cosas bien. En todo caso, la claridad mental, la fuerza en la actitud, lo virtuoso de cada uno, merece la pena potenciarlo y revivirlo siempre que el ánimo lo permita. En estos últimos cinco años han ocurrido muchas cosas en mi vida… cosas extremas, de aprendizaje, de decisiones duras. Creo que mucha gente, por la crisis y otros factores se ha visto en situaciones dramáticas y complicadas. Me pregunto cuantas decisiones desacertadas habré asumido por ignorancia o convicción. Sea como sea, el error es un cúmulo de aprendizaje que te dirige irremediable hacia lo que llevas dentro. Si dentro hay bondad, te vuelves más bondadoso, si hay maldad, el abismo te socorre. Gracias J. por tu bondad y por tu enseñanza…



























