
Dublín ha vivido una convulsa protesta contra la Unión Europea en particular pero también contra los estamentos que pretenden orientar la crisis que asola como un nuevo fantasma a todo el continente. Grecia, pero también, no lo olvidemos, Letonia e Islandia y ahora Irlanda y posiblemente otros caerán en un juego de dominó cuyo final no se puede predecir. La inquietud y la incertidumbre crece y ya se habla de que esta crisis puede llegar a tambalear o destruir definitivamente el proyecto ideal de la Unión Europea. Los euroescépticos afilan los cuchillos y proyectan la idea de que el error del euro, la eurozona y la Unión Europea en general era evidente. A pesar de que la economía de la Unión Europea es la más grande del mundo superando a la de Estados Unidos en mil millones de euros, muchos ven en los recientes problemas estructurales un momento ideal para reivindicar el nacionalismo estatal y la soberanía nacional de sus estados miembros.
La crisis financiera ha evidenciado la fragilidad de todo el sistema y como madre de todos los males se apunta al experimento europeo y al euro. Pero este no ha sido un problema europeo exclusivamente, sino del sistema financiero en general y del excesivo endeudamiento de Estados y ciudadanos en particular. Los inversores recogen los beneficios cuando todo va bien, pero han sido los Estados, y por lo tanto, sus ciudadanos, quienes se han ocupado de las pérdidas cuando todo ha ido mal. ¿Es la solución nacionalizar la banca para que el dinero esté en manos de los ciudadanos y no de gestores privados que aprovechan la coyuntura para apuntalar ese popular dicho de que “la banca siempre gana”? Estas preguntas no entran al fondo de la cuestión del diseño de la política financiera pasada, presente y futura.
Por eso el problema va más allá de un simple hecho financiero. Algo se cuece en las entrañas del Sistema, pero sobre todo, algo se cuece en el espíritu humano por encima de los efectos colaterales del calentamiento global y la crisis financiera. Europa está luchando cara a cara con su destino. Y también el modelo ideal, nacido quizás de la Ilustración, de una Europa unida, y por lo tanto, extensamente, de un mundo unido, al menos, un mundo unido quizás más en las tesis altermundialistas que en las exclusivas posturas neoliberales. El proyecto europeo ha sido el experimento en cubeta para un proyecto más ambicioso que engloba a la que será la tercera unión de todos los pueblos tras el fracaso de la Sociedad de Naciones (SDN) y las Naciones Unidas (ONU). Un proyecto que ya se está gestando en los estamentos del Espíritu Libre y el ADN psíquico de la humanidad.
Pero la tensión crece a medida que la crisis repunta y se endurece. La burbuja inmobiliaria ahogó a los bancos y estos ahogan, mediante la carencia de créditos, a las empresas. La asfixia se generaliza y pronto serán los estados los que se verán afectados por la misma, si es que ya no lo están notando a la vista de las drásticas e impopulares medidas adoptadas por la mayoría de los países.
Hay miedo y el descontrol puede provocar el caos y el caos la destrucción. La moneda única, proyecto que nació del alto ideal de la unión de los pueblos tambalea y sufre los envites de la crisis. Trichet advierte que su futuro se jugará en 2011. Algunos analistas esperan lo peor.
Es por eso que el ideal de la Unión sufre los envites de la crisis con fuerza, una fuerza que de ser mal regulada podría ser desperdicia en el vacío. Por ello prima la necesidad de regular con serenidad esta situación. Todo lo que no está regulado por la inteligencia termina en un retroceso perjudicial para la humanidad. La destrucción y la ruina es el resultado de la falta de rectitud y aplomo en tiempos difíciles. Por eso sólo podemos avanzar, no hacia la destrucción de Europa (¿otra vez?), sino a reforzar su unión política, social y financiera.
El miedo siempre ha provocado guerras y las guerras siempre han provocado dolor y sufrimiento innecesario. Y ahora las guerras nacen del fracaso, de la pérdida de rumbo, de la falta de coraje y decisión. La ignorancia y la miseria podrían apoderarse definitivamente del alto ideal y hacer desplomar un imperio que persigue el bienestar de los pueblos y la unión de sus naciones. El apetito animal podría imponerse a la saciedad humana. La tiranía de la ignorancia y el miedo podrían apoderarse de la razón y la armonía, de la belleza y el progreso humano.
Los legisladores han procurado siempre, ante el temor de que la turba humana acabara descontrolada y sin control, administrar y gobernar buscando el bien común mediante la aplicación del intelecto. La inteligencia ha sido para el pueblo como la aguja de la brújula es para el barco: el alma que nos guía y nos dirige. Pero, ¿qué ocurre cuando el pueblo es guiado por mediocres y el alma está orientada hacia un mar de confusión? ¿Cómo retomar la esencia de los sabios? ¿Cómo hacer que las autoridades públicas vuelvan a la limpieza de corazón y al alto ideal del progreso humano? Los corazones se han venido abajo, las consciencias están encogidas, perturbadas, perdidas, las almas han abandonado el espíritu de la consciencia. ¿Cómo recuperar el valor humano? ¿Cómo endurecer el camino para crear y recordar nuestras propias esencias? ¿No es acaso el ideal de la Unión Europea mucho mayor que el sufrimiento de su pérdida?
Nuestra crisis, la crisis del Sistema, no es más que una pérdida de orientación basada en la superstición, el despotismo y el prejuicio que asola a toda la humanidad en su conjunto. Los políticos se han alejado del pensamiento, de la profundidad del pensamiento que es una energía noble y ostenta la soberanía de guiarnos y gobernarnos con sabiduría. Los motores que siempre nos han guiado, la verdad y el amor, han sido sustituidos por la falsa y el egoísmo. El derecho y la justicia, mecanismos que creamos para el progreso de nuestra humanidad, ha caído en manos del mediocre sentimiento y la disciplina de lo vulgar.
Las revoluciones han fracasado. El hombre ha fracasado. Por eso es necesaria la reconstrucción del hombre y de la humanidad. El progreso del género humano exige que los altos ideales brillen con nobles y perdurables lecciones de coraje. Necesitamos de ese coraje para encarar el futuro y el presente. Por eso necesitamos fijar de nuevo la atención en el alto ideal. Por eso debemos realizar un doble esfuerzo por reconducir la idea de una Unión Europea como ejemplo de convivencia, paz y progreso.
Lo que ocurre solo es una prueba para fortalecer el ideal, para afianzarlo y protegerlo, para inyectarle una dosis de vacuna que permita fortalecerlo para futuros envites. Más allá de la crisis hay un bien común al que servir, y los ideales están ahí para ayudarnos.