“Yo no hablo de venganzas ni perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón”. Borges
La palabra amnistía está muy emparentada con la palabra amnesia. Los que tenemos poca memoria estamos todo el día amnistiando a unos y a otros. Amigos que tropezaron, familiares que se pasaron, vecinos que se querellaron, conocidos que criticaron y aquellos que, sin más, sin conocerte, te juzgan a la primera de cambio.
Amnistía significa olvido. Olvidar la ofensa, olvidar el agravio, olvidar el pisotón, olvidar el maltrato, olvidar la traición, olvidar la mentira o la falta de palabra, en definitiva, olvidar todo aquello que nos hizo daño alguna vez o que nosotros hicimos a los demás. Así que supongo que amnistía también significa perdón, indulgencia, clemencia, misericordia, tolerancia, condescendencia, comprensión, amor. Siendo así, es de suponer que solo personas de alto rango moral y fuerte virtud podrían acatar este tipo de cuestiones desde la sobriedad y el desapego. Al fin y al cabo, para cuatro días que vamos a estar aquí, como decía aquel, ¿para qué tanto enredo ante las torpezas del otro? Amnistiemos, olvidemos, perdonemos.
El avaro siempre teme al regalo, como dice el poema escandinavo Hávamál. Teme el perdón y teme la reconciliación, teme la generosidad del otro, teme que su bravura pueda parecer debilidad. Hay miedo en todas partes, y hay desconfianza, rencor, incluso odio.
Existe además un problema añadido: cuando la amnistía se teje bajo el chantaje, el rencor, la desconfianza o el interés, y uno no es capaz de perdonar a sus enemigos, ni siquiera a los que alguna vez fueron amigos. Porque hay rencor, porque hay maldad, porque hay engaño, porque hay sed de venganza y, sobre todo, porque hay ese tipo de vacile o chulería y ese: “lo volveré a hacer”. O aquellos otros que no paras de perdonar y ellos, a su vez, no paran de liarla una y otra vez. Ahí sí que estoy de acuerdo con Borges en que un verdadero olvido es necesario, sobre todo, por pura higiene psicológica. Y de verdad, no pasa nada. La vida sigue.
De la necesidad, virtud, que decía aquel. Así que hice la prueba y escribí a un puñado de amigos que estaban enfadados conmigo por mil razones. Les envié una amable carta el día de Todos los Santos para que llegáramos a algún tipo de olvido, de reencuentro, de puente, de amnistía, de amistad recobrada, como esa tan bonita que se muestra en la película Ocho Montañas. Fueron sorprendentes las respuestas, porque ninguna de ellas quería olvidar. Me di cuenta de que el ser humano, y sobre todo viendo el panorama mundial, no está preparado para la virtud, y hace, de la necesidad, su único objetivo. Te deseo porque te necesito, pero cuando ya no te necesito, te despojo de tu condición humana y pasas a ser un “otro”, pero sin sujeto ni predicado. Es decir, te reduces a una cosa. Es el mundo de los avaros, el mundo oscuro que se teje en el rencor y la animadversión.
Pasa lo mismo en la política. Solo que ahora nadie actúa en nombre de la reconciliación, el perdón o el reconocimiento de los pecados. Más bien en nombre del interés mutuo, no solo partidista, también personal. Y eso no es una verdadera amnistía, una verdadera reconciliación, un verdadero perdón. Es un amaño tramposo, difícil de digerir para los de un bando y para los del otro. Unos porque se prostituyen, los otros porque usan el servicio depravante para salirse con la suya. Realmente es vergonzoso, para unos y para los otros, ¿por qué? Porque no es una amnistía sincera, de corazón, de mutuo acuerdo, de alegría y reconciliación. Es la amnistía del apaño, esa que inevitablemente explotará profundamente en las manos de todos.
¿Qué más podemos pedir a los demás si ni siquiera nosotros somos capaces de perdón, de olvido, de amnesia? ¿De qué manera se pueden construir puentes si las dinamitas ya están puestas antes de que fragüe la base de estos? Amnistía es necesaria y hermosa si hay buena voluntad por ambas partes, o aunque se tenga que ser, a toda corriente, un auténtico funámbulo. Si es bajo el prisma del interés o el chantaje, no tiene razón de ser.

Como se te echa de menos… hombres igual «que no mejor que tú» hacen falta en el mundo. Un abrazo sentido.
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gracias de corazón… de vuelta a casa!! 🙂
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