DÍA DOS. REFUGIADOS CLIMÁTICOS


Nuestro peculiar refugio estos días: los centros comerciales

A mitad de camino hacia ninguna parte tuvimos que parar el coche y reacomodar a los perros. Aprovechamos, entre los nervios, para decidir dónde ir. En Alcorcón recordamos que había un hotel que admitía perros, así que, como pudimos entre el barullo de coches, llegamos hasta allí.

El hotel estaba lleno de gente que esperaba una habitación. Hicimos cola pacientemente mientras que todos suspiraban por la desesperada situación. Mucha gente se refugió en polideportivos, y los que teníamos mascotas, acudimos en tropel a este lugar. Tras mucha espera, pude conseguir dos habitaciones, una para nosotros y otra para los cuatro perros, los cuales estaban totalmente desconcertados por este cambio repentino en sus rutinas.

La habitación era modesta y no teníamos mucho que recolocar porque no traíamos nada. Ni siquiera el carrito de los niños, tan necesario para trasladarnos de un lado para otro con ellos. Nos tumbamos un rato en la cama para ver las noticias y no quitar ojo de las cámaras que tenemos instaladas en la casa y el almacén de libros. Una de ellas la pusimos enfocando para las montañas y podíamos ver las nubes de humo que cada vez eran más espesas. También se veía cómo iban cayendo las cenizas por todas partes, con miedo a que una de ellas, algo más viva, pudiera generar otro foco más.

Ella no paraba de llorar, angustiada por la situación. Podíamos perderlo todo en cualquier momento. Este segundo día fue una mezcla de desesperación, incertidumbre y tristeza profunda. Para intentar distraer al niño, y de paso también a nosotros, nos fuimos al centro comercial que está justo al lado del hotel y pasamos gran parte del día allí. Compramos las primeras cosas: cepillo de dientes, desodorante, pañales para los niños… Por sus tiendas y rincones nos íbamos encontrando con vecinos que estaban en la misma situación que nosotros. Hablábamos y nos desahogábamos, mientras de reojo íbamos mirando las cámaras de la casa y la finca.

Se establecieron dos distinciones a nivel técnico: la de los confinados y la de los evacuados. Nosotros nos habíamos convertido en evacuados, y nos habíamos autoconfinado en el hotel, sin mucho ánimo de ir a ninguna otra parte. Por suerte, detrás del hotel hay un escampado muy grande y allí podíamos sacar a los perros, que aprovechaban para jugar persiguiendo zorros y conejos que se iban cruzando por el camino. Desde allí podíamos ver la larga nube de humo que atravesaba toda la Comunidad de Madrid de Oeste a Este. Era un escenario apocalíptico, distópico.

Llegaron las primeras muestras de solidaridad. Amigos que llamaban para ofrecernos sus casas, otros que nos ofrecían dinero para cubrir los excesivos gastos a los que cada día deberíamos enfrentarnos, … De repente nos dimos cuenta de lo importante que es tener esa red de apoyo mutuo y cooperación, de solidaridad, de personas que se muestran con disposición de ayudar sin esperar nada a cambio y se preocupan por nuestra situación a cada instante.

Era paradójico que hacía poco había autorizado una ayuda de más de sesenta mil euros para los damnificados del terremoto de Venezuela y días más tarde, éramos nosotros los que nos encontrábamos en una situación extrema, de incertidumbre. Sin saberlo y sin pensarlo, nos habíamos convertido en refugiados climáticos. Sin saber aún si en los próximos días nos íbamos a encontrar sin casa, sin empresa, sin nada. La vida y sus giros de guion. La vida y sus misteriosas formas de ponernos a prueba.

Aprovecho este post para dar las gracias a todos los que nos habéis ofrecido apoyo y ayuda. Vuestras casas, vuestro tiempo, vuestra preocupación. Vuestros mensajes y llamadas de ánimo. Vuestro cariño. Gracias, gracias, gracias.

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