Desde que PL me habló de la enfermedad de su amigo no hago más que darle vueltas al tema de la muerte. O más que al tema de la muerte, al como nos enfrentamos a ella. Siempre vivimos en la paradoja de sentirnos inmortales. Nunca valoramos la vida hasta que no está amenazada por una enfermedad o un accidente. Sólo cuando la muerte mece nuestra cuna de cerca nos cuestionamos todo y entramos a una extrema habitación llena de temores, melancolías, tristeza, apatía y desdén. Los que se aferran a las creencias del otro mundo tienen resuelta en parte la papeleta. Baste con la fe y la esperanza para despreocuparnos de cuanto y como vamos a vivir. El resto, vive en una angustia encubierta, disimulada por el día a día y la rutina. Solo cuando nos quedamos solos y desconectamos del mundo somos capaces de enfrentarnos a la crudeza de la vida. En el caso del amigo de PL no le queda más remedio que enfrentarse de golpe a la realidad. Y aquí la actitud ante la vida juega un papel importante. Hace unos meses operaron a una buena amiga de cáncer. En todo momento tuvo una actitud positiva y eso le ayudó a enfrentarse a un destino que podía modificarse a cada instante. Me parecía increíble su alegría a pesar del sufrimiento interno. Si somos sinceros, todos, tarde o temprano deberemos enfrentarnos a la realidad angustiosa y quizás sea prudente ir cargado de creencias y adormileras o de una sensata reflexión sobre lo finito de nuestra existencia. No nos queda más remedio que ser vitalistas y vencer a la muerte con dosis extremas de optimismo. Tanto monta lo que hagamos, al final la muerte vestida de negra y seguramente con una gran guadaña bien afilada nos alcanzará. Estúpida muerte. La espero sentado, pero con alegre prudencia, con la esperanza de que por lo menos, detrás de ese tétrico disfraz aparezca una mujer hermosa…
Reciclando
A la salud de Post Libris
Enrique Simó en Córdoba
Cuidando la casa
Cadáveres colgando
Solo para borrachos y niños
Duendes en el jardín
Rincones con Alegría
Paseando con rulos y sin complejos
La buena muerte
Pasos perdidos
Mis amigas las putas
Hay muchas formas de prostituirse. La más conocida, la prostitución física o sexual, está últimamente en boca de la sociedad hipócrita. Hablaré de ella y espero poder hablar más delante de las otras formas de ejercer la prostitución. Los mercenarios y proxenetas de la hipocresía entenderán a qué me refiero.
La primera vez que subí a una prostituta a mi coche fue a petición suya. Elizabeth ofrecía sus servicios cerca de donde yo trabajaba, en los aledaños del Camp Nou, en Barcelona. En mis años de actividad como trabajador social en barrios como el ahora polémico Raval, o como antropólogo en diferentes países del mundo, pude comprobar como la prostitución es un problema universal que afecta a todas las capas sociales y a todas las sociedades humanas. En mis tiempos de asistente social había tenido contactos con prostitutas con problemas serios e intentaba ayudarlas en todo lo que podía. Así que cuando Elizabeth me pidió que la acompañara a casa ya que el proxeneta de la zona pretendía agredirle, lo hice sin ningún pudor.
Mis compañeros de trabajo siempre se sorprendían de que me parara a charlar con mis amigas “las putas”, como ellos despectivamente las llamaban. No entendían que tras esa profesión había personas con sus historias y sus problemas, personas, en la mayor parte de los casos, que sufrían la humillación de tener que soportar a clientes despiadados y sin escrúpulos. Elizabeth solía contarme los peligros de la noche y yo sentía la necesidad de escucharla y protegerla, aunque fuera por unos minutos, de dicho infierno. Así que Elizabeth subió al coche y le dije, para su sorpresa, que primero debíamos ir a recoger a mi compañera María, la cual aguardaba unas calles más abajo. Nerviosa por la inesperada explicación se puso algo de ropa, no mucha, para el extraño encuentro. Cuando María me vio aparecer con una gran mujer de color, emigrante de Senegal que ejercía de forma vistosa, casi desnuda, la prostitución, se sorprendió a medias. Y digo a medias porque no se esperaba la inesperada visita, pero daba por sentado que ese tipo de gestos sólo podían salir de mí. Acompañamos a Elizabeth a su casa y volvimos a la nuestra entablando una discusión sobre la necesidad de regular o no la prostitución.
Históricamente y territorialmente, la prostitución es un hecho que no podemos negar u ocultar. Siendo un problema frecuente, debemos enfrentarnos cara a cara al mismo y desarrollar mecanismos de control con el propósito de evitar los daños colaterales que esta profesión produce. Dichos daños son, principalmente, las condiciones sanitarias y de seguridad que los profesionales de la prostitución tienen que soportar, especialmente la prostitución femenina y homosexual. Independientemente de las ideas morales que cada cual pueda tener, fundamentalmente las religiosas, las cuales pretenden culpabilizar y estigmatizar a las prostitutas de tal situación, debemos analizar con rigor jurídico y social dicha situación. Sin duda, las pésimas condiciones de dicha actividad profesional vienen dadas no por la existencia de prostitutas, sino por la falta de regulación de un sector que la sociedad demanda y que requiere un drástico cambio de mentalidad. El caso de Elizabeth, una emigrante ilegal de Senegal que por las mañanas limpiaba casas y por las noches ejercía la prostitución para sacar adelante a su familia es un claro ejemplo. Ella deseaba retirarse, pero no hasta que el futuro de su familia estuviera asegurado.
Países como Holanda o Alemania parecen haber entendido que la mejor forma de minimizar los riesgos de la prostitución y terminar con sus efectos negativos tales como la explotación, el secuestro, la inseguridad, la trata de blancas, drogas, prostitución infantil, enfermedades de transmisión sexual y un largo e interminable etc. es legislando la actividad y buscando las condiciones más óptimas para que tanto usuarios como trabajadoras tengan un mínimo de seguridad. Y ya de paso, que paguen el IVA y sus impuestos. Aún así, si bien la regulación sería un paso previo, el ideal utópico de que la prostitución no exista pasa inevitablemente por un cambio radical en nuestras sociedades. Un cambio que empieza por el individuo, un individuo amoroso, participante, implicado en los problemas sociales y comprometido en vivir en un mundo mejor. Mientras ese cambio se produce, la sociedad adulta debe afrontar los problemas cara a cara, sin temor, y buscar soluciones justas para todos. No podemos abolir la prostitución, no podemos abolir a los profesionales de la misma y no podemos abolir a sus usuarios, por lo tanto, busquemos lo mejor para todos, inclusive lo mejor para la sociedad. Elizabeth es sólo un ejemplo del sufrimiento diario de un sector que vive en la hipocresía de una sociedad enferma. Ojalá algún día pueda cruzarme de nuevo con ella, darle un sentido abrazo y ver como por fin pudo sacar su familia adelante. Entonces será una mujer libre, una mujer que salió de la calle para crear en sí misma un mundo mejor.
De vuelta a La Montaña
Creer es crear
Ayer por la mañana tuve dos reuniones de trabajo en que analizamos la Editorial desde diferente perspectiva. La primera, por la mañana, en la Montaña, fue positiva. Analizamos JM, MR y yo todos los errores cometidos y buscamos soluciones para que Séneca siguiera dando espectáculo. Creíamos en el proyecto y eso se notaba en la ilusión a la hora de esbozar el futuro. Por la tarde, en Madrid, una segunda reunión con CM, MC y LV sobre el mismo tema. Sin embargo, el ambiente de Madrid era pesimista. Nos centramos en el pasado, en los errores cometidos, dando vueltas una y otra vez a lo que estaba pasando sin ver ningún atisbo de solución, de mensaje de futuro. Las visiones son distintas porque la creencia o el enfoque son diferentes. Por la mañana hubo un enfoque cultural, de amor al arte en su máxima expresión. Por la tarde el enfoque era comercial, y dada la crisis y los resultados del balance, no podría ser de otra manera. Hoy habrá una tercera reunión y la esencia con la que me quedo es la maravillosa frase que A. quiso compartir ayer: Creer es crear. Creencia mas emoción es igual a creación. Me pareció maravillosa y oportuna en un momento que podría ser delicado. Así que ese será el mensaje para este tercer encuentro. Lo que se desee ardientemente inevitablemente sucederá… Gracias A. por tu aliento.
Impermanencia
¿Qué somos cuando no somos? Me he planteado esto muchas veces a lo largo de mi vida. Lo humano vive enmascarado, fingiendo todo el día cosas que no son, practicando oficios que no sienten. Máscaras que se esconden detrás de más máscaras para evitar la atenta mirada del observador. Y todo es porque tenemos miedo. A expresarnos, a fluir, a sentir. Tememos nuestro propio programa, nuestro Propósito más interno. Tememos al otro que es reflejo de lo bueno y lo malo que llevamos dentro. Ayer alguien hablaba de los «rumanos» con cierto desprecio. Noté cierta incomodidad en la charla y apunté, que quizás, en vez de «rumanos» se estaba refiriendo a «personas», humanas, por supuesto. Y de repente, tres o cuatro voces clamaron en un concierto aterrador: «rumanos». Y yo me preguntaba que es esa cosa a la que llaman rumano y que tanto temen… ¿A qué tienen miedo? Va expreso mi amor a los rumanos, que en su condición de personas, saben amar y llorar cuando el tiempo y la cirscuntancia lo requiere. Algunos olvidaron eso… olvidaron su propia condición humana, y de ahí el desprecio hacia el «otro». ¿Qué máscara llevamos hoy? ¿A quien tememos hoy? Desearía ser impermanente a cada instante… auténtico a cada instante… En cuanto llegue a la Montaña iré en búsqueda de esos rumanos… Quizás necesiten cobijo, o un trozo de pan… Les daré las llaves de mi casa y les diré: «esto es vuestro hermanos». Y si no soy capaz de ese acto, entonces seré rumano con ellos… o seré un nuevo cobarde, hipócrita, lleno de máscaras y destellos de un temor no superado… Si conocéis a algún rumano, perdón, a alguna persona que esté pasándolo mal, por favor, que venga a la Montaña… Allí tendrán cobijo y algo de comida, aunque sea un trozo de pan para mojar en un humilde plato a rebosar de aceite… Estoy cansado del mundo falso…
(Foto: El Águila Roja escribiendo poesía… qué forma más hermosa de expresarse sin máscaras).
De viaje a Madrid
Inflando la vela
Pictogramas en las cosechas
Los políticos bandoleros
Amar desde el alma
Desde la bici
¿Xenofobia encubierta? El alcalde habla en el nombre del padre.
La fluidez del ser
M. vino ayer a visitarme con su familia y acompañado de una bolsa llena de mandarinas las cuales agradezco porque no hay nada más hermoso que compartir aquello que tenemos con el resto del mundo. Compartir como hizo hace unos días del mismo modo R.M. con una bolsa llena de naranjas y P.L. con este cuadro que acompaño en la foto. Compartir momentos únicos, compartir recuerdos, como aquel que M. contaba sobre el árbol del que caían chicles, compartir emociones, compartir angustias, compartir miedos, compartir ilusiones. Con A. compartimos alma, algo que no entendemos quizás por su pureza y al que es mejor no etiquetar. Y esta mañana, sin recordar mis sueños, sin recordar nada cuanto pasaba en el mundo, me he interrogado sobre lo que yo mismo soy capaz de compartir. Quizás un instante de tristeza, un momento de melancolía, alguna situación divertida. ¿Qué puedo compartir hoy? Ayer deseaba intensamente viajar a Alemania tras una invitación sincera. Hoy no sé qué es más noble para el corazón… Por eso deseo dejarme fluir… y compartir la necesidad de vaciarme de todo…
Corrupción política
Esta mañana, en el aeropuerto de Sevilla, todos los titulares de la prensa hablaban de lo mismo: la corrupción política. A la vuelta, y para mi sorpresa, la guardia civil me detuvo en la entrada del pueblo. Habían realizado un cercado por todo el lugar para que nadie vinculado a la política pudiera escapar. Me detuvieron y leyeron mis derechos. Delito cometido: sospechoso de tener ideas, activista utópico y cínico social. Me llevaron al calabozo. Me interrogaron sobre mis vinculaciones políticas, sobre mi tráfico de influencias, mis maletines, mis comisiones, en fin, ese tipo de cosas que hacen algunos políticos. Se armó cierto alboroto, el alcalde vino a prisión y se sentó junto a mí. Defendió mi honestidad. Reconoció que en mi casa había olvidado poner algunas barandillas de seguridad, pero que más allá de eso, estaba limpio. Agradecí el gesto y a las pocas horas me soltaron. Hubo rueda de prensa. Muestro foto en la que se me ve abatido por la sinrazón. El alcalde comparece: «está limpio, es un honorable ciudadano. Tiene algunas deudas pero ha prometido pagarlas». Luego es mi turno. Doy las gracias a mi rival político por el gesto. En la política, y ante acusaciones injustas, todos a una, como en Obejuna. Le estrecho la mano y le invito a tomar un vino. Aprovecho para decirle que arreglen la acera de mi calle, y el alumbrado, y los jardines, y de paso que limpien los estercoleros que están naciendo como setas en todo el pueblo. Dice que mañana mismo están allí los de obras, que para eso están los amigos. Sonrío satisfecho. Menos mal que la Guardia Civil no quiso tomar ese vino, el tráfico de influencias, con vinos y sin ellos, está penalizado…
(Fotomontaje cachondo: el preso número nueve y el alcalde en rueda de prensa en el cuartelillo ficticio. Julián, no te enfades, es pura coña. Ya sé que hoy no es el día de los santos inocentes, pero como es el día de todos los santos, he pensado que la broma valía la pena).
Anfitrión
Los que me conocen un poco saben que soy un desastre como anfitrión. Siempre suelo dejar las llaves del coche, de la casa y de todo lo que haga falta con tal de que se sientan a gusto. Pero luego están los pequeños detalles. Lo he pasado muy bien con A. La verdad es que su visita ha servido para darme cuenta de muchas cosas hermosas que la vida nos ofrece en cuanto abrimos las puertas de nuestra vida. A ella no le ha importado que pudiéramos cenar cosas francamente sencillas como pan con aceite o un mix5 de frutos secos, como pasó ayer en un hermoso paseo por Córdoba. Y quizás, analizando lo bien que ha ido todo, podría pensar que fue gracias a la naturalidad de ambos en cada momento. Las anécdotas se multiplicaban por el dejarnos fluir. Lo mismo daba desnudar nuestras vidas ante un helado río o perpetuar el recuerdo bajo la atenta mirada de Júpiter o Venus, tanto monta. Lo hermoso de todo es que fuimos francos, y de ahí que el trueque mínimo fuera una excelente excusa para sentirnos humanamente afortunados. Doy gracias por su visita y su generosa existencia. Si todos fuéramos un poquito como A. las cosas del mundo irían mejor… En la sencillez de las cosas están los grandes aciertos… Aún queda más pan y aceite… todos estáis invitados al festín…



























