Tristeza


Resulta difícil desembarazarse de la realidad, de la dura realidad. Algunos son expertos en mirar a otro lado, en pensar que hay cosas que no existen, en soñar que la vida gira alrededor de sus estómagos preguntándose constantemente sobre la trascendencia de sus propios problemas. Otras podemos ver al otro con empatía, con compasión, con comunión, y deseamos abrazarlo para hacer de sus problemas, de sus miserias, las nuestras… En Etiopía eso parecía un imposible, ya que eran tantos los que sufrían que faltaban manos y ojos y corazones suficientes para poder abrazar a tanta injusticia.

Alegría



Hacer reír puede resultar difícil. Pero cuando se consigue, se obra el milagro de la comunión entre almas, de la conspiración entre seres que conectan con lo más profundo de sí mismos y se desnudan ante la inminencia del amor… Alegría…

Siendo


Las jornadas eran agotadoras. Había días que nos quedábamos tumbados entre actuación y actuación y acabábamos en los brazos de Morfeo. Cien niños, doscientos, trescientos… cada uno con su exigencia, cada uno con su mirada, con su interior, con su alma reflejando la angustia de no entender la existencia… Nosotros nos empeñábamos en mirar a sus ojos, en penetrar hasta su infinito. A los más los abrazábamos, le tocábamos el cabello, le hacíamos una broma o un guiño. Queríamos llegar a todos y queríamos que todos llegaran a nosotros porque sabíamos que todos tenían algo que enseñarnos. Fue agotador, pero fue hermoso porque todos, incluso con la máscara del payaso, fluíamos en un siendo hermoso que penetraba el momento único. Una inmensa alegría interior nos volvía a poner en el camino, una inmensa paz nos recordaba la urgencia de actuar…
(Foto: Kolo-Kolo y Kili-Kili agotados tras una actuación…)

Rezando antes de entrar a clase


Para algunos la religión es terriblemente mala. La mayoría la ignora y un pequeño grupo la vive intensamente en sus carnes. Para mí resultaba increíblemente conmovedor ver como cinco monjas podían cambiar y transformar la vida de tantos y tantos niños a cambio de una entrega total a ellos. Por eso los niños, conscientes del regalo, rezaban con auténtica devoción. Y yo con ellos cuando veía el milagro de ver resucitado el espíritu humano…

Jambó oo atiomaomaoe oae atiomaomae


La despedida del poblado fue triste… intentamos hacerlo con la canción estrella de la actuación. Jambóooo… Los niños corrían detrás del coche… quería abrazarlos y solo podía hacerlo desde la palabra, desde la música que tanto les gustaba… Sus almas latían en un ritmo hermoso… sus miradas delataban esperanza… Me hubiera gustado bajar del coche… seguir con ellos una vida más… un tiempo más… Me hubiera gustado seguir cantando con ellos… La sabana les abrace por siempre…

Abrazos sentidos



Eran tantos niños que se me nubla la mente al intentar recordarlos a todos… Muestro algún botón… aunque me encantaría tener uno por uno presente todos los días de mi vida…

15 euros


Paramos para hacer unas fotos a un lago. Enseguida los niños de la carretera, esos que mendigaban o vendían junto a sus padres cebollas y tomates, nos rodearon y empezaron a jugar con nosotros. Se me acercaron dos niños que me hablaban en amárico u oromo sin yo entender nada. Les miré a los ojos y empezamos a jugar. Me hice fotos junto a ellos mientras que mostraban sus virtudes en el juego. Uno de ellos, el más hábil, se subió a una barca para que le sacara una bonita foto. Hizo algunas posturas y luego reía cuando se veía en el dispositivo de la cámara. Si tiene suerte y sobrevive a las hambrunas o las enfermedades crecerá y aspirará a un sueldo mensual de quince euros. Esa cifra me removía el estómago. Quince euros como salario medio mensual. A veces, me escapaba del grupo y compraba una botella de agua en algunas de las humildes tiendas de cualquier lugar. Nunca supe el precio de la botella. Siempre pagaba con un billete de cien birrs. Al cambio viene a ser como la mitad de un salario. Ellos me miraban estupefactos, incrédulos y agradecidos cuando pagaba esa gran cantidad por una mísera botella de agua que solía regalar a los niños de la calle. Para algunos podría parecer un acto de soberbia occidental. Para mí tan sólo era un acto de justicia, o quizás, un acto de impotencia. El niño de la barca quizás nunca pueda ganar ese dinero. Quizás muera antes de poder ver más de cien birrs juntos. Con lo que pago de hipoteca al mes podría pagar un salario medio a más de doscientas personas en Etiopía. Hay algo que no comprendo, que se me escapa. Hay algo que me duele profundamente. Doscientas personas africanas a cambio de una hipoteca occidental. Me duele la cabeza de tan solo pensarlo, pero sobre todo, me duele el alma de forma infinita. Todo se quiebra, todo me turba, todo parece absurdo.
(Foto: Niño a las orillas del lago Zway).

Payasos en África


La imagen es surrealista. Dos hombres vestidos de marcianos visitan un poblado Oromo en mitad de la sabana africana. Al principio miedo y extrañeza, curiosidad por ver que son esas criaturas. Luego risas, juegos y el lenguaje universal expresando las sutilezas de la raza humana, sin distinción de color, de religión, de ideas. Éramos uno interpretando su nota cósmica, su propia y esencial armónica. Los venerables ancianos nos rodearon, nos cogieron de la mano y posaron, casi ciegos, para ser testigos de un momento único, de un tiempo único. El resto del poblado se acercó para participar de la fiesta. Una fiesta extraña cuyo denominador común era la Alegría. Un hombre mayor vino con su lanza. Al parecer todos los miembros del poblado, especialmente los niños, habían abandonado sus tareas, el ganado y todo cuanto hacían para participar del espectáculo. Algunos niños también llevaban lanzas. Me agarré a una de ellas y luego me subí a un árbol. Imaginad un mono verde en un árbol. Desde allí arriba todo se veía distinto. Kolo-Kolo en mitad de la sabana rodeado de niños. La lanza junto al ajedrez. Angi y Pedro a lo lejos, en alguna parte. El sol bajaba lento mientras derramaba sus últimos rayos sobre el poblado de barro, paja y ramas secas. No había mucho más, excepto la frescura de sentir la vida tan cerca.

La Venerable Anciana


No tengo palabras para describir la dulzura de esta mujer. Me quedé mirándola durante un gran tiempo. Por un momento fui consciente de que nunca más la volvería a ver a no ser que ocurriera algún milagro extraño. Entonces algo se removió en mí. Ella era testigo de un tiempo, había sobrevivido durante décadas a hambrunas, guerras y calamidades. Su mirada y generosidad encerraban una sabiduría eterna, preparada para ser transmitida con su sacrificio a las siguientes generaciones. Todo se remueve cuando contemplo esta escena…

El Venerable Anciano


En África no hay ancianos, sino miles de niños y adultos, pero no viejos surcados por arrugas y pelo blanco. Por eso, cuando en el poblado que visitamos andábamos cantando la canción estrella de «Jambó» y de repente se nos acercó el anciano y empezó a gritar la canción y a saltar junto a nosotros pensé que se trataba de un sueño. La experiencia fue increíble. Empezamos a gritar «Jambó» y el anciano nos imitaba pero con más fuerza. Entonces nosotros gritábamos más y el anciano subía el volumen. Al ver que no podíamos con él, añadió los saltos y nosotros saltábamos con él hasta que nos fundimos en un sentido y hermoso abrazo. Empezó a hablarme en Oromo y yo le contestaba en un idioma inventado. Fue una escena divertida y graciosa, llena de amor y ternura. Apareció junto a él su anciana mujer, curvada, pequeñita. Me acerqué para abrazarla. Al principio parecía tener miedo al ver a un hombre vestido de verde y con nariz roja. Le sonreí mirándola a los ojos y entonces ocurrió el milagro. Nos abrazamos como si nos conociéramos de toda la vida, como si hubiéramos conectado con esa esencia que es la familia humana.

La mirada triste


Había niños enfermos, otros moribundos, como alguno que pude ver en el poblado que visitamos, con su barriga inflada por el hambre crónica y con una mirada que anunciaba un próximo abandono. El niño que aperece en la foto nos acompañó hasta el colegio que las monjas salesianas tenían en Zway y donde hicimos la mayor parte de las actuaciones. Me impresionó su tristeza. Conseguí abrazarlo en todo el viaje, procurando que no llorara, dejando que me tomara con sus pequeñas y tímidas manos las mías propias. Los niños que estaban atendidos por las monjas vivian en un pequeño «paraiso». Podían comer tres veces al día, gozar de atenciones médicas e ir a la escuela. Pero más allá de ese oasis de calma había un pequeño infierno de superviviencia.

¿Demagogia?


El sábado por la mañana hicimos dos representaciones, quizás las más difíciles de todas. Una en un orfanato de la capital etiope y la otra en la casa que las Misioneras de la Caridad, la orden que fundara la conocida Madre Teresa de Calcuta, tiene en una de las zonas más pobres del planeta. Lo que allí vimos fue conmovedor: los más pobres de entre los pobres. Cientos de personas empeñadas en vivir gracias a la entrega de estas monjas que dan su vida por cuidar a leprosos, moribundos, personas enfermas, deficientes físicos y psíquicos abandonados y todo tipo de miserias humanas. Acostumbrado a la pobreza del cuarto mundo, nunca pensé que se pudiera vivir aún en condiciones peores. En la actuación aprovechábamos para abrazar a los niños enfermos, esculpir una sonrisa en los inválidos, sentir compasión por aquellos que pronto abandonarían este mundo. Alguien dice que hago demagogia con estos comentarios. Seguramente lo diga porque nunca tendrá la oportunidad, por su propia condición burguesa, de besar el rostro de un niño comido por las moscas… Si algo pretendo es restregar todo esto por nuestras consciencias occidentales. Quizás consiga que alguien mire más allá de su tripa y pruebe de ser más humano…
(Foto: Niños con diferentes patologías en una de las salas comunes de la casa de las Misioneras de la Caridad).

Kolo-Kolo


Antes de relatar algo sobre el viaje a Etiopía quería rendir homenaje al amigo Koldo, Kolo-Kolo en Etiopía, arquetipo encarnado del hombre bueno. Sin él no hubiera existido tampoco Kili-Kili, y el tándem hubiera sido otro. Pero los cielos, como él dice, quiso que Kolo-Kolo y Kili-Kili resonara en el corazón de cientos de niños, y quiero imaginar que en algunos de ellos aún palpitan sus ecos. Ha sido no sólo excepcional compañero de viaje sino además un hermano mayor que ha cuidado en todo momento de que las cosas funcionaran bien y que todo fuera justo y perfecto. Lo ha conseguido sin duda y hemos disfrutado de momentos únicos, cómplices, divertidos, hermosos. En algunas ocasiones, en las actuaciones, nos quedábamos mirando siendo conscientes de la responsabilidad de robar sonrisas a los niños. A veces en algún poblado en mitad de la sabana, o en algún orfanato o por la calle, de vuelta a cualquier sitio. Kolo-Kolo ha sido un misionero del alma y ha llegado más allá de donde nadie pueda imaginar. Y tanta ha sido la satisfacción y la gratitud, que nada más terminar el viaje imaginó haciendo lo mismo en otros países. Mencionó la India como próximo destino. Me apunto, sin duda, porque la experiencia ha sido francamente increíble y merece ser repetida…

El Hombre-Basura


Acabo de llegar de África. Estoy a las afueras de Madrid, en un
restaurante basura donde como comida basura producida por una sociedad
basura antes de seguir mi viaje hasta La Montaña. El viaje ha sido
impresionante. Qué puedo decir? Después de ser abrazado por casi dos
mil quinientos niños llenos de alma y generosidad no me quedan
palabras. Así que seguiré comiendo mi basura mientras contemplo a mi
izquierda a los otros niños, los de aquí, gorditos ellos, pero
vacíos, inmensamente vacíos. Somos lo que comemos. Aquí comemos
basura y eso somos. En África no comen, por eso sus ojos están más
cerca de Dios.

Desde Addis Ababa, Ethiopia


La capital y el norte del país es verde y hace algo de frío. Llegamos
ayer bien tarde y tras dormir cinco horas nos preparamos para viajar
al sur, hasta Zway, donde la pobreza es más extrema. Los etíopes son
muy hermosos y amables y sus mujeres, altas y hermosas podrían ser
perfectamente modelos. La comida escasea, incluso en este hotel donde
hemos pasado la primera noche. La capital no es muy sucia y por la
noche, a diferencia de otros países como la India, no hay ni un alma.
Seguimos la aventura…

Ensayando en el embarque


Anita ha venido a despedirse al aeropuerto y ha sido un bonito regalo
antes del viaje. Gestos de buena voluntad y amor que esperamos poder
transmitir a los dos mil niños que nos esperan… No podré escribir
mis memorias de África hasta la vuelta… Que todo sea bonito y hasta
la vuelta…

Mi equipaje para Etiopia


Koldo dice que parezco un franciscano, por lo de la austeridad incluso
en la pequeña "maleta"… Algo de razón lleva… Es bonito viajar
ligero de equipaje, sobre todo si con ello tienes mas espacio para
medicamentos. En mi caso, como no llevo maleta, los cuarenta kilos que
me corresponden serán íntegros para África…

El vagabundo


Uno puede pasar frío durmiendo en la calle y calor en un palacio. Hoy
toca calor para no preocupar en exceso a los que creen que me equivoco
a mi manera. Así que dormiré en una cama junto a una moderna chimenea
regulada por mando a distancia, sin olvidar el frío de la calle que
millones de seres sienten como yo sentí anoche, de forma voluntaria y
caprichosa. A cuento de chimeneas, Joaquin me preguntaba sobre la
necesidad laboriosa de mantener en Alemania los fuegos encendidos a
base de leña con el trabajo que eso supone. La chimenea con mando a
distancia que ahora disfruto me ha dado la respuesta. No he encontrado
en ella el placer intenso de poder oler a leña quemada, ni el crujir
mágico de sus trocos. La chimenea moderna sin duda es más limpia y
cómoda, pero carece de vida, de magia, de amor. Por eso añoro
aquellas laboriosas chimeneas alemanas, aquel verdadero y puro
calor… Pero esto solo son palabras de un pobre vagabundo…

La abundancia de vivir bien


A dos días del viaje a África intento acostumbrar a mi cuerpo, pero
sobre todo a mi consciencia, a la amplitud de la escased. Esta noche
he preferido dormir en el coche. Me siento libre al hacerlo, me siento
un vagabundo errante. En África posiblemente no tendré ni coche para
dormir. Aquí vivimos muy bien, y nos podemos permitir estos pequeños
lujos… Allí el único lujo será poder hacer reír a los niños…

Yoko Loco


El perro Yoko, con el que aparezco en esta fotografía, ha muerto. Sabía que cuando ese trágico final llegara lo iba a sentir, lo iba a llorar. Hoy ha ocurrido un milagro hermoso. A., después de dos meses de silencio, me ha llamado para pedir que me cuidara en el viaje de Etiopía. Y su llamada, la cual agradezco en profundidad pues para mí ha sido importante, venía con la compañía de esta noticia. Últimamente me muestro muy sensible ante la muerte. Cualquier pérdida, por insignificante que sea, la lloro sin parar. Y Yoko fue durante mucho tiempo más que un amigo. Y ahora ya no está… Yoko, Yokodemus, el perro loco… Gracias A. por llamar… gracias por estar ahí… te he echado mucho de menos…
(Recién levantado en la granja Meier con el perro Yoko, abril de 2009).