Meditar


En poco tiempo hemos pasado del oremos al meditemos. Eso está bien. De alguna manera estamos pasando del pedir, al dar. Cuidando siempre las trampas del pequeño ego, donde se encuentran algunas distorsiones como la de sentarnos sublimemente para seguir pidiendo, o para enorgullecernos de que hacemos una postura correcta, una respiración correcta y una vacuidad correcta.

El orgullo espiritual nos puede doblegar y hacer volver a la casilla de salida. Pero ya sabemos cual no es el camino de la meditación, ahora que está tan de moda, y qué debemos hacer para liberarnos de las semillas de la esclavitud del ego, el orgullo y el egoísmo. También sabemos que la meditación tiene que venir acompañada siempre de un correcto estudio y un correcto servicio hacia nosotros mismos, hacia los demás y hacia el mundo entero. Digamos que la meditación debe venir siempre acompañada de otras prácticas complementarias.

La meditación es uno de los yogas, llamado en la tradición oriental como raja yoga. Al mismo se llega después de haber podido entender los otros yogas, los cuales han tenido su importancia para el desarrollo completo del ser humano:

1. Hatha Yoga, el cual se creó hace miles de años para tener control sobre nuestro cuerpo físico, potenciando así sus cualidades. Aunque es un yoga que ahora está muy de moda en occidente, realmente es un yoga en retroceso, un yoga del pasado.
2. Laya Yoga. Se creó para tener dominio sobre nuestros estados de ánimo (nuestro cuerpo etérico o anímico) y cierto control de los centros energéticos junto con la práctica del pranayama;
3. Bhatky yoga, creado para desarrollar, controlar y potencial nuestro cuerpo emocional;
4. Raja yoga, también conocido como meditación, para el desarrollo y control de la mente humana, en sus dos variantes (recordemos los dos caminos Y de Pitágoras).
5. Agni yoga, mediante la práctica de la ética viviente, será el yoga que se desarrollará en un futuro para que aquello que llamamos alma, yo superior o consciencia se manifieste en nosotros, completando así el ciclo completo de la Unión o del Yoga en el ser humano completo.

Pero fijemos ahora la atención en el raja yoga, el yoga en el que ahora estamos centrados como humanidad avanzada que se esfuerza por desarrollar el plano mental, la Mente del que nos habla el Kybalion. ¿Cómo se hace esto? ¿De qué manera se practica? Los Aforismos del Yoga de Patanjali es la base para el entendimiento y el estudio del yoga en su conjunto. Decíamos que la meditación tenía que venir acompañada de otros estadios que Patanjali describió como: Yama (actitud) y Niyama (calidad) como marcos de los Asana (posturas) y Pranayama (respiración) que conducen hacia el Pratyahara (introspección meditativa) y su evolución hacia Dharana (concentración meditativa), Dhyana (contemplación meditativa) y finalmente al Samadhi (absorción meditativa). Los primeros cinco estadios, (yamas, niyamas, asanas, pranayama y pratyahara) son las practicas externas y los tres últimos (dharana, dhyana y samadhi) se realizan internamente. El ser humano en su conjunto, como raza humana, está empezando a penetrar en este camino interior.

Pero la concentración meditativa y la contemplación meditativa que nos lleva hacia el samadhi solo son un preámbulo para algo mayor. De nada sirven estas técnicas si no le damos razón de ser, si nuestra propia luz interior no se pone al servicio de una causa mayor. Os comparto una meditación creativa que practicamos en la comunidad Simorg por si puede ayudar en algo, y que de alguna manera sirve para integrar todo el conocimiento del yoga y ponerlo al servicio de la humanidad. Es una práctica sencilla de meditación que no dura más de veinte minutos, intentando organizar en ella toda la utilidad del yoga meditativo aplicado al servicio desinteresado.

ETAPA VERTICAL

PRIMER INTERVALO (CINCO MINUTOS). INTEGRACIÓN.

Buscamos una posición cómoda -sin complejas posturas, recordad que habitamos cuerpos occidentales, rígidos y cansados- y respiramos profundamente tres veces. Este primer intervalo pretende la desidentificación de nuestros cuerpos.

– Poniendo atención en la respiración, hacemos un recorrido por nuestro cuerpo físico y nos desidentificamos de él. Nosotros no somos ese cuerpo físico, su apariencia, su imagen.
– Hacemos un recorrido por nuestro cuerpo etérico o anímico y nos desidentificamos de las energías que lo envuelven. Nosotros no somos nuestros estados de ánimo ni esas energías que dan vida al cuerpo físico.
– Hacemos un recorrido por nuestro cuerpo emocional. Observamos sus deseos, anhelos y emociones y nos desidentificamos del mismo. Nosotros no somos nada de eso. Practicamos con ello el desapasionamiento.
– Por último, hacemos un recorrido por nuestro cuerpo mental en su doble vida: el cuerpo mental concreto, que nos ayuda con los pensamientos recurrentes del día a día y el cuerpo mental abstracto, que nos otorga aquello que nos hace realmente humanos. Nos desidentificamos completamente de nuestros pensamientos y nuestras ideas. Nosotros no somos nada de eso.
– Por último, comenzamos a ver toda esa personalidad como un todo integrado en un solo Ser Esencial.

SEGUNDO INTERVALO (CINCO MINUTOS). ALINEACIÓN.

– Observamos con atención concentrada ese ser unificado y desidentificado. Ya no somos un torpe y frágil cuerpo físico, ni un estado de ánimo, ni una emoción, ni un pensamiento o idea. Ahora somos algo más, empezando a reconocernos tal y como somos en realidad.
– Intentamos, con la imaginación creadora y desde el poder de sabernos unificados e integrados, construir un puente hacia nuestro Ser Esencial. Algunos lo llaman alma, espíritu, esencia, consciencia, yo superior… El nombre no importa. Hagamos COMO SI de alguna manera ese puente existiera y esa alma pudiera gobernar nuestras vidas más allá de las pasiones del día a día y sus problemas.
– Imaginamos que superamos los obstáculos para alcanzar esa alineación con nuestra alma y su luz: ignorancia, sentido de lo personal, deseo, odio y apego
– Imaginemos por un instante que esa alma, mediante la aspiración ardiente, ha tomado posesión de nuestra pequeña personalidad integrada y nos aporta mayor Visión, mayor consciencia, mayor luz, mayor equilibrio y paz.

ETAPA HORIZONTAL.

TERCER INTERVALO (CINCO MINUTOS). FUSIÓN.

– Imaginemos ahora, y tomemos consciencia durante unos minutos, de que esa alma no está sola, sino que trabaja en grupo y somos parte de ese grupo de almas que trabajan activamente por el bien común.
– Integrando nuestra personalidad alineada con nuestra alma, intentemos imaginar la fusión de grupo evocando amor grupal.
– Imaginémonos todos en un círculo de vivos puntos de luz, atrayendo hacia nosotros la luz grupal, mucho más poderosa y ardiente que la individual.

CUARTO INTERVALO (CINCO MINUTOS). PRECIPITACIÓN.

– Practicando en la meditación la impersonalidad, la inofensividad y el desapego, imaginemos y visualicemos todos los grupos que en este momento están, alrededor del mundo, trabajando por hacer el bien.
– Imaginemos de qué manera nosotros podemos trabajar individualmente desde el desapasionamiento y desde la visión del alma individual , y al mismo tiempo, trabajar grupalmente para hacer el bien. Visualicemos todos los días, durante cinco minutos, como podemos ser útiles al bien común, en grupo, con el grupo, teniendo siempre en cuenta que:
– Meditando sobre la luz se puede alcanzar la luz.
– Meditando sobre la paz se puede alcanzar la paz.
– Meditando sobre el amor se puede alcanzar el amor.
– Todo esto es meditación con simiente.

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Una comunidad no es un grupo de personas, sino un estado de consciencia


El proyecto social o cultural de O Couso es más comprensible que el proyecto espiritual. Socialmente, durante estos últimos años, hemos ayudado a mucha gente, tanto material como psicológicamente hablando para salir de situaciones complejas. Hemos contribuido a crear un hogar a aquellos que no tenían, y hemos ayudado en situaciones de exclusión social a personas que necesitaban una ayuda urgente o puntual. Por aquí ha pasado mucha gente que de alguna manera se ha sentido aliviada, sanada o dignificada. Sentirse útil, el poder ayudar a los demás, nos dignifica como personas y nos hace reencontrarnos con cierto sentido a la vida.

Espiritualmente nos gusta hablar de “síntesis”. De síntesis de todas las creencias y religiones, de todas las ideologías y pensamientos, intentando poner el foco en aquello que nos une y no en aquello que nos separa. Lo que nos une es simplemente el Silencio en las meditaciones y en los pequeños rituales de la vida cotidiana, espacios donde todo el mundo, sea creyente o no, tiene cabida. Ese silencio y esa síntesis espiritual la trasladamos a la vida cotidiana con sonrisa, alegría, fe y esperanza, otorgando a cada momento su propia experiencia extraordinaria. Nos esforzamos en que cada instante, más allá de creencias y dogmas, sea milagroso.

Es un modelo sencillo donde todos nos sentimos incluidos y donde todos podemos participar según nuestro ánimo. Intentamos entender que más allá de ser un grupo de personas, cada una con sus sesgos, con su herencia, con su cultura y con su propia y afinada personalidad, somos un estado de consciencia. Un estado unificado de consciencia donde de forma holística podemos respirar una atmósfera de familiaridad, de contacto con la esencia humana, de contacto con el Ser Esencial que somos.

Aquí lo humano participa de lo humano, pero también participa de lo natural, de lo sobrenatural, de lo trascendental. La naturaleza es una entidad viva en la que derramamos todas nuestras más profundas esperanzas, anhelos y certezas. Vivir rodeados de bosque y naturaleza nos hace partícipes de los ciclos, y nos hace interrogarnos por aquellas cosas que nos trascienden: la vida, la muerte, el amor. La naturaleza es para nosotros una madre que acompaña con generosidad nuestras vidas. Al igual que el Sol, la madre naturaleza soporta nuestras vidas y nos revitaliza cada día.

Nos gusta llamar a esta filosofía de vida “ética viviente”. La futura comunidad, el proyecto Simorg, será una “comunidad de ética viviente”, porque de alguna forma, la filosofía espiritual se basa en poner en práctica en la vida cotidiana, mediante el ejemplo, el amor y la buena voluntad, todo lo mejor de nosotros, todos nuestros mejores valores como especie humana. No aislados como antiguamente, sino abiertos al mundo, a las personas, al visitante, al peregrino. Una hermandad del espíritu libre, porque todos somos libres, emancipados e iguales, y con reunimos desde esa libertad en la fraternidad humana.

Una comunidad abierta para entre todos conseguir una práctica de ética viva abierta, universal, incluyente. Esta quizás sea una de las tareas más profundas que se nos demanda como especie humana. Volver de nuevo al trabajo grupal, desde la emancipación individual, pero bajo los valores del compartir y la generosidad. Una comunidad que mantenga en sí misma un alto grado de exigencia, pero también un acercamiento humilde hacia nuestros errores, sesgos y distorsiones. Una comunidad que crea, protegida por el trabajo de servicio, en la experiencia de los estados de consciencia grupales.

En resumidas cuentas, la espiritualidad de O Couso es una espiritualidad de ética viviente, de silencio, de acogida, de compartir y de generosidad extrema basada en la libertad individual practicada en la fraternidad grupal. Poco más añadiríamos. Esperamos que en el proceso de construcción del proyecto (21 años), lo vayamos consiguiendo siempre desde la humildad, la sencillez y el silencio, y sirva de referencia en inspiración en un futuro para próximas generaciones. Alma grupal, servicio grupal, trabajo y actividad grupal en esta nueva era que poco a poco irá naciendo desde la emancipación individual con personas libres, con una personalidad integrada, sana, equilibrada y fraterna.

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Dolce far niente


El placer de no hacer nada. Un placer extraño. Un talento extraño. Todo un arte. Algo bueno tiene que haber cuando la vida te inmoviliza. Podríamos estar quejándonos y llorando de dolor, de sufrimiento. Tan joven y tan inválido, invalido, invalidado. Uno se limita a ver pasar las horas. A saludar a unos y a otros, a echar de comer a los pájaros que reclaman sus propios regalos.

Un ratón se coló en la cabaña. Eso hace que lleve unos días sin dormir. Los primeros fueron dolorosos, los siguientes llenos de aceptación. No me puedo mover y no puedo dormir con el ruido casi insoportable del roedor.
Me gustaría asomarme a otras puertas, a otras ventanas, pero soy extremadamente tímido. Miro por la ventana y veo el anuncio: “dolce far niente”. Me saca una sonrisa porque imagino ese hermoso piano tocando a cualquier hora desde el placer de tocar solo por tocar, quizás ya sin ninguna fantasía que lo acompañe, pero con la ilusión de sentir cada nota escapar por cada poro del susurro existencial. Sonrío, amable, indulgente.

Soy tímido y entonces me encierro, me doblego. Dejo que el ratón haga de las suyas, dejo que el tiempo pase sin más, dejo que la vida se detenga y no pretenda asumir el rol valiente de aventuras imposibles. Dejo simplemente que todo pase, absorbiendo el gusto de los recuerdos, de esa emoción recién cosechada, de ese itinerario que fue de ida y vuelta, solo con una cima a la que llegar, una pequeña colina, un atardecer, un suspiro. Algo breve.

Todo cada vez es más corto y más breve. Lo digo simplemente porque ya no me gusta insistir, ni molestar, ni atormentar. Si surge bien, si vuela bien, si fluye bien, si se da bien. Pero si no surge, ni vuela ni fluye ni se da, abrimos el pecho y las manos y las canillas del alma dejando que todo pase, que todo se renueve en la pura impermanencia, en la línea de los ciclos, en las atalayas y las cimas del devenir. No tengo edad para luchar. No tengo mucho más que ofrecer.

A veces el no hacer nada es un placer. Ese punto de quietud en el que te vuelves el observador, el pasivo público, el admirador que derrama lágrimas y alegrías desde el otro lado del telón. Te caes, te rompes los huesos, te inmovilizan y la vida se para. Todo se para. El amor, la ternura, la emoción, el encuentro, lo secreto, la locura, la agitación interior y sublime. Sí, soy algo tímido, y cuando me cierran las puertas sin dejar rendijas me vuelvo pequeño y vulnerable, sensible, endeble, frágil. Y aprendo de la experiencia dulce del no hacer. Del estar quieto. Del ser, siendo.

Seguro que algún beneficio tiene que tener este de mirar desde la cama como pasa el tiempo, como transcurren los acontecimientos mundiales sin que nada te afecte, sin que nada perturbe la quietud asumida. No hay mayor estímulo que levantarte tras una dura noche sin dormir, mirar al bosque y esperar a que ocurra algo. Quietud ante la vida, timidez ante la vida, disfrute invisible, anónimo y placentero por el mero hecho de no hacer nada. El no hacer nada es un arte. Los italianos lo llaman “dolce far niente”. Los holandeses “niksen”. Nosotros… ¿cómo lo llamamos nosotros? Pasa el tiempo, pasan las horas, y aquí seguimos, esperando a que el ratón ponga su música. Buenas noches.

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La vocación ante una vida aparentemente quebrada



Durante estos últimos siete años recibí alguna queja ante la situación aparentemente angustiosa de mi vida. ¿Qué estás haciendo con tu vida? Era la pregunta más recurrente. Si basamos el éxito y el progreso individual en los paradigmas antiguos, es decir, en tener una buena posición social, un buen trabajo y una buena familia, podría decir que mi vida ha sido una quiebra en los últimos años.

Un fracaso, un aparente atolladero sin salida que simbólicamente se ha quebrado estos días con el pequeño accidente sufrido y la rotura de un hueso próximo al hombro. Los hombros son los que soportan la carga de toda nuestra vida, y era natural, ante toda la carga que me había impuesto en este tiempo, que algo se quebrara. El hombro quebrado es el símbolo de una quiebra.

Durante estos siete años me movió algo que no tiene que ver con ningún paradigma, modelo o ideal. Me moví única y exclusivamente por los impulsos y dictados de mi corazón, que podríamos identificar con eso que algunos llaman alma, consciencia o Ser indecible. Llegué a un pacto con la vida, llegué a una situación de total libertad para poder albergar en mi pecho el deseo de ser útil a un propósito ajeno a mis intereses personales. Esto es complejo de explicar y de entender bajo la normalizada aspiración de todo ser humano, pero fácil de aplicar para aquellos que emprenden el camino de la vocación, de cualquier vocación.

Cuando es la vocación lo que te mueve, lo que te impulsa, el mundo y la visión del mismo sufren un registro diferente, un cambio profundo. Ya nada que hasta ese mismo momento tenía algo de valor o sentido continúa teniéndolo. El dinero, las relaciones, el estatus, las propiedades, el trabajo, la familia… todo, absolutamente todo queda subordinado a la vocación.

La vocación nace de un impulso irracional. Siempre es un impulso transgresor, rompedor de moldes y modelos, apertura de visiones hacia aquello a lo que el ser humano debe caminar. Una llamada, una potente inspiración que sientes procedente de una fuente desconocida, con la profunda misión de llevar una forma de vida completamente diferente y ajena a lo que se considera normal, lógico o racional.

Posiblemente en el futuro me quebraré muchas más veces. Llegaré agotado a todos los lugares, exhausto y derrotado. Pero como todo guerrero vocacional, descansaré en alguna atalaya, en algún lugar cerca del camino, para luego volver a empezar. Esa es la condición del rebelde, de aquel que dice no, de aquel que se levanta una y otra vez a pesar de las pérdidas, de las derrotas continuas. Caeré mil veces y mil veces me romperé los huesos de puro cansancio. Pero mientras haya vida, habrá vocación, mientras haya vocación, seguiré caminando, hollando los senderos, una y otra vez.

En el camino vocacional ya no importa ganar o perder, tener o no tener, recibir o no la compasión de los otros, su cariño, su amistad, su amor. La obstinación por perseguir el sueño del Soñador, por comprender su profundo significado y por allanar los caminos que conducen al mismo nos hacen seguir adelante. Duele, claro que duele, pero así de desnudo es el camino de toda vocación.

Alegre en la mañana, con un gran gozo en el alma, nada tengo y camino, oh Gran Espíritu, hacia tu sempiterno propósito.

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Dame la perseverancia de las olas del mar


 

Dame la perseverancia de las olas del mar, que hacen de cada retroceso un punto de partida, para un nuevo avance. Gabriela Mistral.

Nunca pensé que jugar al pimpón fuera un deporte de alto riesgo. El resultado de una caída tonta fue la fractura del húmero proximal izquierdo. Romperse un hueso es muy doloroso. En diez días me dirán si me tienen que operar. Me esperan unos meses de recuperación y rehabilitación, de reposo, quietud y reflexión. Postrado en la cama es poco lo que se puede hacer. Estoy escribiendo este texto gracias al dictado del procesador de textos. Todo se hace difícil cuando la vida te pide quietud, y de alguna manera te obliga a ella.

Los amigos de este lugar me ayudan con todo. Me hacen las comidas, me ayudan con el aseo… Un autónomo no puede permitirse el lujo de dejar de trabajar. Pero en estos momentos me resulta casi imposible hacer cualquier tipo de trabajo. Hasta leer un simple libro resulta una tarea compleja. El dolor consume cualquier tipo de ánimo. Las noches se hacen eternas, sin poder dormir por el dolor y las molestias. Cambiando de postura cada diez minutos, soportando el peso de las horas, segundo a segundo, minuto a minuto.

Me pregunto qué ocurre con esas personas que están solas y no tienen a nadie que les ayude en momentos de enfermedad o crisis. Me pregunto qué ocurrirá con esta generación que no ha tenido hijos y me pregunto cómo envejecerá. Ahora que la institución familiar está desapareciendo, me inquieta pensar qué será de nuestras vidas cuando seamos mayores y nadie pueda hacerse cargo de nosotros. El movimiento de los singles se tendrá que enfrentar algún día a esa realidad.

Al igual que un faquir, me siento pobre en estos momentos. No tengo nada más que al Amado, como decían los sufís. De alguna forma, el absolutamente pobre, es el absolutamente rico. Siento ese tremendo desasimiento hacia todo aquello que no sea el pensar e indagar sobre el misterio. Ni buscaré las flores ni temeré las fieras, que decía San Juan de la Cruz. Quietud, dolor, paciencia, perseverancia.

La gnosis arquetípica de todo lo que nos ocurre es un misterio. La meta de todos es vaciarnos. Me siento pobre y vacío. Como una mariposa quemada por el abrazo de la llama. Reconozco en esta quietud a los verdaderos maestros que me rodean. El verdadero maestro es aquel que te recoge los zapatos y te prepara el té, es aquel que sirve en silencio y humildad. Siento que este retroceso será un nuevo punto de partida. Un nuevo avance hacia algo nuevo. Seré paciente y perseverante. Como las olas del mar, como las gacelas que pacen en los valles, como la piedra quebrada que yace junto al río.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura… y a este pobre inválido… 🙂

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Las clases de monjes


La Regla de San Benito nos advertía de los cuatro géneros de monjes. Actualmente, existen muchas personas que, sin saberlo, tienen una vida espiritual cercana a la de los antiguos monjes, ahora tan absorbidos por la historia y los tiempos que corren. Una vida disimulada y vestida de modernidad, pero no muy lejana a las cuatro categorías que antiguamente se describían en esta regla, en su capítulo primero.

Más allá de las dos últimas categorías, en casi todas las tradiciones existe la diferencia entre los que viven en comunidad o aquellos que prefieren vivir de forma solitaria. El monacato solitario (anacoretas) y el comunal (cenobitas) tiene ciertos paralelismos con la tradición oriental. El camino del arhat o el camino del bodhisattva tienen algunas coincidencias.

Los primeros sacerdotes cristianos que llegaron a Oriente y hablaron de Jesús se sorprendían al ver la reacción de los budistas que identificaban a Jesús como un bodhisattva. Hay relatos e historias de bodhisattvas musulmanes, bodhisattvas taoístas o de cualquier tradición. Un bodhisattva es un ser que relega cualquier aspiración personal anteponiendo la liberación del sufrimiento para todos los seres. Es alguien que renuncia a su iluminación en una entrega generosa y compasiva para que los demás puedan llegar a cierto progreso en la vida.

Si para el budismo Theravāda el convertirse en arhat es la meta del progreso espiritual, para el budismo Mahāyāna esta idea, la del camino del arhat, es egoísta, considerando al Bodhisattva como alguien que se queda en el ciclo de renacimientos para trabajar por el bien de otras personas.

Esta es básicamente la diferencia, a grandes rasgos, entre las clases de monjes occidentales. Los cenobitas, que trabajan conjuntamente en comunidad para expandir así el egregor de luz y compasión con mayor fuerza, y los anacoretas, que viven una vida en solitario y un camino espiritual que podríamos denominar de egoísta, ya que solo persiguen su progreso espiritual sin contar con el resto. Serían los arhats de nuestra tradición.

Sobre los sarabaítas y los giróvagos, poco podemos añadir, excepto acentuar que muchos de los que hoy día se consideran “espirituales”, estarían dentro de estos grupos. Son personas que mezclan la vida del espíritu con sus necesidades personales. Viven ataviados y atascados en el paradigma de la necesidad personal, y alejados del paradigma del compartir con el resto. Su espiritualidad, amañada y epidérmica, enriquece sus egos pero les alejan del verdadero conocimiento espiritual, la cual siempre es una senda que requiere sacrificios, disciplina y generosidad.

Dicho esto, veamos como Benito de Nursia describía los diferentes tipos de monjes:

1. El primero es el de los cenobitas, es decir, los que viven en un monasterio y sirven bajo una regla y un abad.

2. El segundo género es el de los anacoretas, o, dicho de otro modo, el de los ermitaños. Son aquellos que no por un fervor de novato en la vida monástica, sino tras larga prueba en el monasterio, aprendieron a luchar contra el diablo ayudados por la compañía de otros, y, bien formados en las filas de sus hermanos para el combate individual del desierto, se encuentran ya capacitados y seguros sin el socorro ajeno, porque se bastan con el auxilio de Dios para combatir, solo con su brazo contra los vicios de la carne y de los pensamientos.

3. El tercer género de monjes, y pésimo, por cierto, es el de los sarabaítas. Estos se caracterizan, según nos lo enseña la experiencia, por no haber sido probados como el oro en el crisol, por regla alguna, pues, al contrario, se han quedado blandos como el plomo. Dada su manera de proceder, siguen todavía fieles al espíritu del mundo, y manifiestan claramente que con su tonsura están mintiendo a Dios. Se agrupan de dos en dos o de tres en tres, y a veces viven solos, encerrándose sin pastor no en los apriscos del Señor, sino en los propios, porque toda su ley se reduce a satisfacer sus deseos. Cuanto ellos piensan o deciden, lo creen santo, y aquello que no les agrada, lo consideran ilícito.

4. El cuarto género de monjes es el de los llamados giróvagos, porque su vida entera se la pasan viajando por diversos países, hospedándose durante tres o cuatro días en los monasterios. Siempre errantes y nunca estables, se limitan a servir a sus propias voluntades y a los deleites de la gula; son peores en todo que los sarabaítas. Será mucho mejor callarnos y no hablar de la miserable vida que llevan todos estos.

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La última pregunta


Asimov respondió claramente: datos insuficientes para respuesta esclarecedora. Así, era tras era, iba respondiendo a diferentes cuestiones existenciales la inteligencia artificial ideada por el escritor. ¿Es posible revertir el inevitable final del Universo, o el mundo debe acabar de todas formas? Esa era la pregunta que, desde un día cualquiera del siglo XXI, hasta generaciones y generaciones posteriores en el tiempo, hacían los humanos a los ordenadores. A veces uno se puede preguntar, ¿y si Dios fuera un ordenador? Y de ser así, ¿qué significado profundo tiene todo cuanto ocurre?

Hace unas semanas pude ver en el firmamento una estrella fugaz que me hizo sonreír interiormente. Hacía más de un año que este acontecimiento celeste no se reproducía en mi bóveda interior. Una estrella fugaz es una partícula pequeña, que según los expertos, mide entre milímetros y algunos centímetros. Al entrar a la atmósfera terrestre a gran velocidad, se quema debido a la fricción con el aire. El brillo fugaz es causado por ionización, produciendo una trayectoria luminosa que pasa rápidamente por el cielo.

Cuando la estrella en su caída se quema produce grandes dosis de emociones. La miramos, cerramos los ojos por un momento ante su inevitable desvelo y pedimos algún deseo. Cuando la vi aparecer sentí una gran emoción. Era una estrella especial, hermosa, llena de fuerza y carga ionizante. Por fin mi corazón se ilusionaba por algo, aunque fuera fugaz, aunque fuera un destello lejano en un firmamento aún más lejano. Luego vino el deseo, el cerrar los ojos y desear profundamente, y luego, de nuevo, la oscuridad, el silencio, la nada.

Y ahí es cuando aparece Asimov con su pregunta: ¿es posible revertir el inevitable final? ¿Podría esa estrella fugaz, aunque fuera desde una ilusión o desde una ficción simulada, permanecer más tiempo en la bóveda celeste? ¿Pueden los inevitables acontecimientos de nuestras vidas revertirse? No encuentro una respuesta esclarecedora. Como la computadora de Asimov, solo tengo datos insuficientes.

Ya sé que parece extraño, pero en ese agotamiento que produce el exceso de velocidad, y la quemazón debido a la fricción con el aire, en un sueño peregrino una oropéndola se posa en mi hombro izquierdo. Recupero la sonrisa, porque de alguna forma resuena en mis adentros una llamada del alma que me avisa de lo sorprendente: no te puedes apegar a lo fugaz. Hay que dejarlo ir sin apegos, sin aferramientos imposibles. Y recuerdo la frase que me acompaña siempre, y que hace alusión a la necesaria impermanencia: lo único que permanece es el cambio.

La duda que aún poseo, y que me perseguirá durante algún tiempo, es intentar comprender porqué motivo surgió la sonrisa interior después de tanto tiempo ignorándola, evitándola, interponiéndome a ella. ¿Qué fue lo que hizo que esa poderosa llama fugaz me hiciera sonreír?

Nuria me decía, allá en los puertos de las Rías Baixas, que se trataba de algo tejido, y que por lo tanto, esa estrella, por fugaz que fuera, estaba encerrando un claro mensaje para mí. Lo curioso es que, sea como sea, después de muchos meses sin mirar el cielo, y tras esta fugaz llamarada, siento la necesidad de volver a protegerme, de no volcar la ilusión egoica en lo fugaz, y de adentrarme de nuevo en la conquista de lo permanente. Lo fugaz no me sirve, no me llena, no me permite expandir la estrecha mirada hacia el horizonte. No me gusta lo breve, mis proyectos siempre son a largo plazo, y mis apuestas, mis miradas, solo pueden ser creíbles con el paso de los años. Esto es una paradoja en mí. Apostaría una vida por algo que fuera certero, seguro, apropiado. Pero la vida, en su continuo devenir, sigue siendo completamente impermanente. Esa es mi paradoja, ese es mi dolor, esa es mi pena. Por eso, de alguna manera, me aferro a la última pregunta: ¿es posible revertir el inevitable final de todas las cosas?

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Amar a los equilibristas


Se había roto una cadena del tractor. La miré compasivo, paciente, desapegado. Me acordé de esa hermosa madre con sus dos hijos, casi sin tiempo para vivir, para respirar, casi rota por dentro, como las cadenas, fijando siempre toda su atención y su existencia en sus hermosas criaturas. Había cierto reproche a la vida porque cuando eres madre te anulas y vives solo para ellos. Te trasciendes, te sacrificas para que los otros salgan adelante. En mi caso solo se trataba de unas cadenas. Unas tristes, frías y rotas cadenas. Cogí la moto, surqué los vientos hasta ese lugar donde venden tractores y cadenas. Pedí cuatro cadenas. Pensé que la vida podría resultar triste si basaba todo el reproche del día en esas cadenas rotas. Así que aproveché el viaje. Compré algunos aguacates, un par de dulces de chocolate y una horchata. Me fui al borde del Camino para ver pasar a los peregrinos. Es hermoso ver todas esas vidas pasar e imaginar alguna bonita historia de amor. Aparqué la moto silenciosa, eléctrica, moderna. Saqué los dulces y luego tomé la horchata mientras iba repitiendo con amabilidad eso de “buen camino” a unos y otros.

Sentado en ese inmenso prado, rodeado de árboles, viendo unas juguetonas cabras enanas comiendo las cortezas de los árboles, cerrando los ojos mientras escuchaba la ternura del momento, sentí ganas de llorar. Era una emoción extraña. Quizás muy cercana a esa que uno siente cuando se encuentra solo en el mundo, realizando mil malabares para que nada se derrumbe, para que todo esté bien, para que nadie sufra más de lo necesario. Me di cuenta por un momento de esa necesidad tan humana de la compañía, de la creación de una familia, de la necesidad de tener una complicidad profunda con alguien a quien abrazas todas las noches. Sentí cierta pena por no ahogar la vida en la creación de más vida. Sentí cierta sensación de fracaso por no haber proyectado una sana razón por la que levantarse todos los días, más allá de los sueños propios y egoístas, casi necesarios, casi imprescindibles para dotar de algún sentido a todo cuanto hacemos.

Tras el último trago de horchata me perdí por caminos imposibles. La moto me lanzaba a esa aventura de lo ilusorio, de la búsqueda, del imaginar encuentros imposibles capaces de derrotar al más profundo de los pesimismos. Miraba tras los árboles, en los lejanos prados cubiertos de manto verde, en las veredas, hacia el cielo. El sol se iba derrumbando sin que pasara nada. El teléfono callado, la música ausente, la vida pasando. Incluso me perdía en aldeas abandonadas, con los tejados caídos por el tiempo, con las paredes cubiertas de madreselvas, casi imposibles de salvar. Imaginaba la vida que siglos atrás recorrió esas aldeas y me vi reflejado en ellas. Una ruina, una casa que no fue capaz de soportar la vida y el tiempo, hasta caer, derrotada.

Se habían roto dos cadenas y compré cuatro, y dos dulces, y una horchata. Esa era mi forma de alimentar mis vacíos. Esa es la manera, no mía, sino de muchos, de llenar aquello que solo la vida puede llenar. De arriesgar aquello que solo el abrazo puede arriesgar, de soportar aquello que solo el amor puede soportar. La flor da perfumes, el árbol frutos. Ese es su sentido, su propósito. Nosotros ya no damos nada. Nos hemos convertido en equilibristas de la soledad, de la falta de sentido, de la ausencia de propósito. Por eso ya solo nos queda amar a los equilibristas. A esos que solitarios, desnudos, apagados, rompen sus cadenas día tras día y se escapan al borde del camino, mirando pasar la vida, llenando los vacíos con algún dulce, con alguna escena, con alguna ensoñación. Cuando hay falta de equilibrio, nacen los equilibristas, tan necesarios como urgentes. Tan verdaderos como falsa es la realidad que solo pueden vivir en sí mismos. Hoy se había roto una cadena del tractor, y con ella, otras muchas.

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La creación es silenciosa


 

“Antes de que el alma pueda comprender y recordar, debe unirse a aquel que habla en silencio, así como la mente del alfarero se une primero a la forma que le dará a la arcilla. Entonces el alma oirá y recordará. Y entonces hablará la Voz del Silencio al oído interno”.
La Voz del Silencio

El silencio es un estado de consciencia. Es el sonido real del Universo. Es la palabra perdida de la que hablan los antiguos constructores y el Verbo creador de toda Obra. El silencio no es dejar de hablar, sino entrar en una dimensión diferente de las cosas. Es observar el alarido invisible de la naturaleza, el susurro del aire impermeable entre nuestros sentidos, la berrea imperceptible de las montañas.

El sonido perceptible por nuestros limitados sentidos no es más que el rasguño de un haz de luz. La luz no es más que una forma de dilatar los espectros dimensionales de lo imperceptible. Más allá de la luz, se halla la sede inmortal del Silencio creador y provocador de mundos.

Lograr la armonía interna nos acerca a cierto silencio. El alma escucha y recuerda. El alma, esa gran desconocida, eso que se manifiesta ante el silencio, ante la dicha y el gozo de estar en calma, en ausencia de ruidos, en presencia auténtica con nosotros mismos. El alma nace cuando el silencio reina en las columnas de nuestra personalidad. Cuando acallamos nuestros pensamientos, nuestras quejas, nuestras prisas, nuestras emociones, nuestros desánimos, nuestros malestares continuos. El alma regresa a nosotros cuando el silencio se amontona a raudales en los arroyuelos de nuestra vida, empujando las ondas silenciosas de nuestra vibración tranquila.

La naturaleza crece en silencio, se desarrolla en silencio, sin hacer ruido. Los árboles crecen en silencio, las flores comparten su majestuosidad y belleza en silencio. La reina madre se inclina ante el ejército y la cohorte, silenciosa, imponente ante su enjambre. El elixir de la experiencia se comparte de forma callada, como máxima para todo aquel que desee osar, querer y saber a la hora de hollar cualquier senda.

La brisa que decora los acantilados de nuestros sueños es silenciosa. Su rugido no es más que un azar entre los mil puentes que se tejen en nuestras venas. Es la hebra vital, es el manto terrenal, es la promesa de un mañana. Los sueños se susurran, las fantasías se musitan con cierta música imperceptible, toda la imaginación explosiva ruge en silencio. ¿Cuál es el canto del sol y las estrellas? ¿Cómo es la música de las esferas celestes, de los planetas, de los espirales universos?

El amor es hermoso porque es silencioso. Amar al otro, acariciar al otro, mirarle fijamente a los ojos en una tarde de hechizada primavera. En la ciega templanza del verano, los enamorados se esconden entre la cosecha para musitar amor. Un sonrisa basta, una sonrisa ardiente, sigilosa, silenciosa. Se encajan los labios húmedos en secreto pactado, como un rasguño, como un haz de luz. En silencio.

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No dejemos que un virus nos separe


© Pierre Pellegrini

 

Las enfermedades son crisis que nos paralizan y nos obligan a padecer, la mayoría de las veces, grandes sufrimientos, al mismo tiempo que grandes cambios interiores. El dolor, la pesadumbre y la angustia son inseparables compañeras de cualquier tipo de dolencia. Enfrentarnos a la enfermedad sin abusar de las recetas buenistas de intentar tratar la situación como una oportunidad de cambio es algo complejo. En primer lugar, porque cuando estás mal, no deseas hacer nada, ni siquiera cambiar algún aspecto de tu vida que quizás requiera algún tipo de reajuste o respuesta. Tampoco te quedan fuerzas para pensar, para reflexionar, para digerir situaciones o simplemente para cambiar.

El Covid ha tenido la facultad de aislarnos, de fastidiarnos, de obligarnos a paralizar media humanidad. Ha sido capaz de hacernos pensar que el mundo en sí mismo no merece la pena, que todo da asco, que todo podría estallar en mil pedazos y nada nos importaría. No solo ha sido un simple resfriado, sino que ha tenido la capacidad de sacar de nosotros aquello que más nos pesa: el pesimismo, la rabia, la impotencia, la tristeza, la angustia, la desilusión, la separación, el aislamiento.

Nos aísla y nos aparta de los demás, a veces físicamente, pero a veces también psicológicamente. No queremos ver a nadie y notamos al mismo tiempo que nadie se atreve a cuidarnos, a estar con nosotros, aunque sea con una llamada, un mensaje, un toque de ánimo. Aborrecemos la situación y al mismo tiempo aborrecemos cualquier tipo de atención, cualquier tipo de situación que intente englobar la suma de pesares.

La presión social está surgiendo efecto. Cada vez son menos los grupúsculos que quedan por vacunar. Incluso los más rebeldes sucumben a la primera, a la segunda, y seguramente, más adelante, a la tercera y a la cuarta dosis. Es posible que las vacunas se instalen en nuestras vidas para quedarse. Porque estos años será el Covid con sus múltiples variantes y de aquí a unos años más, será otra cosa. En ese sentido, creo sinceramente que deberíamos prepararnos interiormente para la que se avecina, y sentir hasta qué punto estamos dispuestos a ceder en todo a la falta de libertad y al chantaje emocional y grupal al que estaremos sometidos.

Interiormente también deberíamos enfrentarnos a nuestros demonios. Aguantar la enfermedad estoicamente, fijando la atención en nuestro carácter, en nuestra actitud, en nuestra fortaleza interior, sin que nuestro ánimo nos haga sucumbir. Esa fortaleza será la que nos ayude a soportar todo lo que pueda venir a partir de ahora y nos ayude a mantener relaciones sanas con las personas que apreciamos.

¿Qué clase de pruebas le espera a esta generación humana? Aún no lo sabemos. Tras el SIDA en los años ochenta, ahora nos toca enfrentarnos a este incómodo y molesto resfriado que nos hace pasar unos días totalmente desagradables a los más leves y complicaciones o muerte a los que tienen un sistema inmunológico débil. En todo caso, deberíamos prepararnos, exterior e interiormente, para lo que pueda venir. Y si nos toca padecer la enfermedad, fortalecer nuestros vínculos, aprovechar el aislamiento para provocar aquello que nuestra vida requiere, para sabernos valedores del existir. No dejemos que un resfriado nos aísle, nos atormente, nos aleje del otro. No dejemos que un virus nos separe.

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Vida


«La existencia es lo único que está en proceso de existir». Kierkegaard

En las ramas de los árboles, sujetas a una pequeña hebra, ahí se manifiesta la vida. Entre runas y raíces, tierra y barros, ceguera nocturna, permanente, ahí está la vida. En el aire esponjoso, en la brisa corriente, entre escarpadas nubes que sucumben a la conmoción diurna, ahí pace la vida. En fragosas montañas, en la nieve o en los ríos, brava corre entre pinares o savia verde entre ramales. En el gran lanzamiento de aquel piano que voló en Alaska, vida tras el recuerdo de aquel instante único e irrepetible. Recordad, no se trata tan solo de la visión, se trata de tantear, seguir tanteando y avanzar. La vida es un río que avanza, bombea, nos expulsa.

La existencia, la vida, es lo único que está en proceso de existir. Es un proceso complejo, difícil. “La tarea debe hacerse difícil, pues solo la dificultad inspira a los nobles de corazón”, nos decía Kierkegaard. De ahí que la vida sea compleja, extraña en sí misma. Un noble de corazón se asemeja a la pequeña hebra que soporta el peso de toda una hoja. En su fragilidad está su grandeza, porque ahí, en esa fina hebra, reside la fortaleza y el alimento de todo un árbol.

Joyce lo expresó de forma grande y amplia: “Bienvenida, ¡Oh, vida! Salgo a buscar por millonésima vez la realidad de la experiencia y a forjar en la fragua de mi espíritu la conciencia increada de mi raza.” Lo que importa no es lo que lanzas a la vida, sino el propio lanzamiento de todo tu ser, de toda tu consciencia, hacia ese instante único e irrepetible que se forja en lo más profundo de la existencia. Ese momento de alegría que te conecta con la vida, con la pequeña hebra, con la fragilidad de nuestra absoluta debilidad e imperfección.

Bailamos en el coro de la vida y nos pasamos todo el tiempo suponiendo, expedientando cada acontecimiento, olvidando que el secreto siempre está en el centro, en el meollo de la propia respiración, de la propia asignación puntual de aliento. La vida es un alegre devenir por el mundo insertado en momentos dolorosos, en momentos de transformación y expansión, de sufrimiento retorcido que nos recuerda la urgencia de vivir.

Es la substancia que nos anima, que nos recorre y se fija en nuestra mente y nuestras emociones como un pegamento. Es eso que se revela en el viento entre los árboles, con su rostro entre las sombras, ante el rechazo devastador del fuego volcánico, en ese lugar del accidente del amor no correspondido, en esa siempre conmovedora vulnerabilidad que nos acecha en las noches solitarias y oscura, en el dolor, en la enfermedad, en la tristeza desesperada…

Todo es efímero en las pasiones de nuestro corazón, hasta que llega el recuerdo, la disidencia, la verdadera potestad de estar vivos. El alimento perfecto para el alma es dejar correr la vida dentro de nosotros, dejar que se exprese, dejar que nos permeabilice y se apegue a nuestra piel. La vida en las ramas de los árboles, sujetas a una pequeña hebra, se manifiesta. También en nosotros, pequeños hilos de nuestra especie, pequeño himno de nuestra alma inmortal.

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Abraza la imperfección y líbrate de todo mal


Tiendes tu rostro en la hierba. El sol palpita en el horizonte, cayendo suave sobre la superficie lisa y azulada. Los bosques son mecidos por cierta brisa y la trémula tarde se esparce como si la imagen bucólica fuera una pura instantánea del paraíso. De repente afinas la mirada y comprendes que el paraíso, la instantánea de ese momento único e irrepetible, la música de ese toque de clarín de nuestra peregrina alma no es un estado perfecto. Sabes que es solo un instante, una levedad del ser, algo extinto y finito. Sabes que luego llegará la imperfección, el dolor, el sufrimiento, el deseo apagado, incluso la tristeza y el desaliento. Pero no importa porque, aunque fuera por un instante, abrazaste la ternura, la complicidad, el aliento, la frescura, la inquietud, el momento perfecto.

Alargar la vida es alargar esos momentos de felicidad, alejándonos, paradójicamente, del nexo que une el letargo con lo perenne. Podemos entender la vida como la suma de instantes irrepetibles, y la impronta que el trabajo de desapego conlleva. Respiramos e inspiramos constantemente, nos ensanchamos y nos retraemos una y otra vez, pero no podemos apegarnos a ningún estado, a ningún instante, a nada que pueda sostenerse. Todo cambia, y lo único que verdaderamente permanece es el cambio. Un cambio constante, rítmico, inacabado. Tras el momento perfecto llega la atrocidad, la torpeza, la imperfección. Tras el bien, llega el mal, tras la felicidad suprema, el sufrimiento insoportable.

La enseñanza implica aprender a abrazar la imperfección como única vía para librarnos del mal. Abrazar el caos mientras caminamos hacia cierto orden, estrechar los nudos del miedo mientras navegamos a ciegas hacia el amor. Si nos resulta insoportable la soledad, debemos abrazarla con compasión. Si nos resulta amarga la compañía, debemos soltarla, despedirla, olvidarla.

Es todo extraño y perplejo. El silencio es extraño, el susurro es extraño, el murmullo es extraño. La palabra se pierde y nace el verbo. El verbo se pierde y nace el silencio. Y luego el susurro, y más tarde el murmullo. La vida es así. A veces reímos, a veces sufrimos. A veces gozamos de ánimo y salud y otras solo queremos dormir, desconectar, desaparecer.

El tenue alarido de nuestra alma zozobra arrinconada en un cosmos imperfecto. “Antes de que el alma pueda oír, la imagen debe estar sorda a los rugidos y a los murmullos, a los bramidos de los elefantes y a los argentinos zumbidos de la dorada luciérnaga”, nos decía La Voz del Silencio.

Quizás debamos buscar en la noche y caminar durante el día. Tal vez el alma se manifieste con mayor claridad desde la poesía o la música. Posiblemente solo nos quede la oportunidad, por remota que parezca, de tumbar el rostro en la tierra húmeda y doliente, observando el palpitante sol allá en el horizonte, viendo cómo cae suave en la superficie lisa y azulada. A lo mejor, por decir algo, solo nos quede abrazar aquel instante, aferrarnos a su perfección, y con su impulso, sobrevivir al resto. No seré la tumba de esa incertidumbre, sino la promesa viva de un nuevo y necesario amanecer dorado.

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En tiempos de DISTOPÍA, CONSTRUYENDO la UTOPÍA (interna y externa)


Os comparto la entrevista/conversación con el amigo Endika… Gracias de corazón por este espacio…

 

El culto a la unidad es lo que genera el amor


© Daniel Dencescu

Sigue sonando Thunderstruck, decíamos ayer. Esta vez de forma hermosa, como un ritmo que desea perpetuar el tiempo más allá de los hemisferios conocidos. Un ritmo sentido, armónico. No es una canción, es un ciclo, una promesa, una intuición. Los filósofos siempre se han esforzado por intuir y conocer el orden universal de las cosas, pero a veces la vida nos muestra su otra cara: el caos. En estos momentos, ese caos, esa falta de orden y disciplina, es apropiado. Es una forma de conquistar la vida, de ilusionarse con todo cuanto ocurre en lo intangible. Romper moldes, bucear en la incertidumbre y el interrogante y ver qué pasa.

La forma de entender el universo es mediante la iniciación. La iniciación es un cambio de consciencia hacia algo mayor, una visión mayor de las cosas, y por lo tanto, una mayor comprensión de la existencia y el Universo. Es por eso que las órdenes iniciáticas a lo único que pueden aspirar es a la Gestión del Misterio, que es un soplo de Cosmos, de Orden perpetuo. ¿Pero qué ocurre cuando el Misterio se manifiesta desde el Caos?

Las cosas son, digamos que existen, en función a su relación con otras cosas. Eso es el logos. El logos es relación. Todos tenemos una dimensión misteriosa que desea relacionarse. Cuando obviamos esa relación desaparecemos porque dejamos de tener referencias. La iniciación nos acerca al misterio de la relación, inclusive cuando esa relación nace de la incertidumbre, del asombro, de lo perplejo. Iniciarse en la incertidumbre es una forma de expandirnos.

Por eso el propio creador navega en su propia incertidumbre. Está atónito porque de alguna manera todo está tejido desde la misma sorpresa, desde la inquietud, desde la fluctuación. La unidad se divide en el conflicto, del mismo nace el equilibrio, luego el espíritu, y de ahí la propia naturaleza, el ser humano, la perfección, la magia, la relación, el final de un ciclo y de nuevo la totalidad, la unidad perfecta. El culto a la unidad es lo que genera el amor, por eso, inclusive en el caos más absoluto, el deseo de fusionarse desde el conflicto produce la armonía. Forma parte del misterio, de lo mistérico. Lo diferente crea conflicto, pero al hacerlo, nace la armonía. Armonía a través del conflicto, el conflicto de lo diferente, de lo antagónico. Unidad, y deseo de unión.

El amor no necesita nada, no requiere nada, no busca nada. El amor es la expresión máxima de las dos fuerzas que actúan en el universo: el Orden y el Caos. El amor es aquello que mueve los universos, la reina mágica de todo cuanto crece y se perpetúa. Un sueño es amor. Una relación es amor. Una música, una fantasía blandida en un piano, es amor. Todo es amor si nos desapegamos de los prejuicios, de los resultados, del riesgo, de la pérdida. La unidad, en definitiva, es amor. De ahí nuestra necesidad humana de relacionarnos, de amarnos, de protegernos, de cuidarnos. Amor es relación, y al hacerlo, encontramos el misterio de todo cuanto existe.

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Webinar: Apoyo Mutuo y Economía del Don


Suena Thunderstruck. Qué locura. Pero representa la locura en la que llevo envuelto desde hace unas semanas, y más especialmente, desde hace unos días, derivada de un error en un código postal que cambió de repente el destino de dos personas. Es difícil y complejo de explicar, quizás algún día en algún libro novelado donde lo real supere la fantasía. Son cosas que pasan, que no te esperas, pero ocurren de repente. Y todo ello cuando esta misma tarde tengo que decir algo sobre la Economía del Don, el decrecimiento, el apoyo mutuo, la simplicidad voluntaria y la cooperación en una cosa que ahora llaman webinar o algo así.

Teóricamente soy experto en esos temas, porque hice una tesis doctoral sobre eso, y prácticamente, porque intenté llevar al campo, la teoría. Soy experto y me reclaman para hablar sobre ello. No me gusta dar conferencias aunque ya haya dado algunas pocas, y menos aún por internet, que siempre me parecen frías y lejanas. Pero dicen que los nuevos tiempos serán así, unos tiempos en los que los seres humanos se aislarán cada vez más y se separaran unos de otros, atrapados únicamente por una malla llamada internet, un mundo virtual, irreal, un mundo de fantasía carente de contacto y calor.

Releo el prólogo que hice al libro “El Apoyo Mutuo” del príncipe Kropotkin. Ya va por la cuarta edición. Solo quiero refrescar ideas. No tengo tiempo para preparar una charla de dos horas, así que explicaré un relato de mi vida en el campo, añadiendo anécdotas que reflejen que otro mundo es posible, incluso un mundo basado en la economía del don y el decrecimiento. Repaso también la tesis doctoral, con abundante material etnográfico y teórico. Observo que no hay nada nuevo bajo el sol, pero que de alguna manera los tiempos inevitablemente vivirán ese legado revolucionario. En eso soy optimista, a pesar de los tiempos que corren.

Todo esto coincide con la inesperada noticia de que acabamos de lograr un premio bien merecido a una labor editorial, un segundo premio nacional a la mejor edición facsímil de un libro auténtico y único: Poeta en Nueva York. Aún no me lo puedo creer. Estoy cansado, atónito, sin tiempo para nada, pero feliz. Supongo que estos premios se los dan a uno cuando han pasado muchos años, cuando te sientes ya mayor y cansado. Será eso.

Me alivia saber que ya no estoy solo en el proyecto de comunidad. Me siento acompañado por dos guerreras que han decidido apoyar esta locura a tiempo completo. Siento un gran alivio, especialmente ahora que empiezan los siete años de construcción de la Escuela.

A pesar de todas estas cosas difíciles de resumir unas horas antes de hablar sobre el decrcimiento -qué paradoja- pienso que falta algo. Tantos años trabajando en estas ideas, en intentar ponerlas en práctica, en compartir el elixir de las mismas, y no doy con la clave de lo que falta. De alguna manera, como el título de la canción, me siento algo atónito. ¿Qué más puedo hacer? ¿Qué más se puede hacer? Realmente, si tuviera algo más de recursos y no tuviera que dedicar tanto tiempo a tantas cosas, seguramente ahora lo mismo, pero con mayor intensidad, con mayor resolución, con mayor profundidad. Ayer se lo decía a una amiga: tengo ganas de dedicarme a mi verdadero don, que es escribir, transmitir desde la experiencia, volcar el elixir de la vida en el otro.

La reunión y charla será esta tarde a partir de las 18:30 en Zoom
https://us02web.zoom.us/j/
ID de reunión: 883 7860 2963
Código de acceso: 112631

 

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Despertando en la naturaleza


Todo sendero de la vida profunda, todo sendero trascendental, está regido por la ley del servicio, una ley donde los seres humanos ascienden del estado de consciencia homo-animal al de la consciencia espiritual. La naturaleza es nuestro mayor referente espiritual porque nos conecta directamente con la vida. La vida es como un sol radiante que da luz y calor sin esperar nada a cambio. La vida, el sol, la propia existencia misteriosa en la que nos envolvemos es un gran ejemplo de generosidad. Nosotros queremos ser partícipes de esa generosidad y expandirla, ofreciendo a otros este hermoso espacio construido por todos para que puedan igualmente llenarse de la gracia del don, de la gracia del regalo, de la gracia sublime del compartir.

Es por ello que este próximo fin de semana queremos invitarte a que compartas con nosotros esta primera experiencia intencional atendida bajo la economía del don. Este primer retiro en O Couso, facilitado por nuestras queridas Laura (cofundadora del proyecto), Erica y Manu pretende acercarnos en lo trascendente desde lo sencillo, lo humilde y la grandeza de la propia Naturaleza. Estáis todos invitados a penetrar en el sendero de la vida profunda. ¡Os esperamos!

 

La idea de Maestro como punto focal de la acción grupal


 

 

La amiga Nuria ha tenido la gentileza de invitarme a colaborar con un pequeño artículo en su revista Ruge. Acompaño a continuación el artículo y un enlace por si queréis conocer su hermosa iniciativa y su revista sobre espiritualidad y nueva consciencia. Gracias querida Nuria por la invitación. 

https://ruge.es/

A nuestro alrededor se mueven los cielos, y las estrellas giran en sus órbitas infinitas. En el orbe inconmensurable, conviven millones de entidades vivas, ordenadas en una amplia e inabarcable jerarquía. En esa mota de polvo que llamamos nuestro planeta, la jerarquía se reproduce de forma impecable.

Durante todos los tiempos, en círculos cerrados y apropiados de cierta sabiduría perenne, ha existido la creencia en la existencia de una jerarquía humana y espiritual que se ha desarrollado durante los últimos millones de años. Las almas humanas han evolucionado en miríadas, en grupos provenientes de diferentes fuentes de evolución, algunas planetarias, y otras extraplanetarias. La idea de que la culminación humana termina en un grado evolutivo que nos dota de maestría ha calado hondamente en las mentes de los buscadores de la verdad. Más allá de la inocente y sentimentalista idea de aquellos que se consideran a sí mismos maestros, o de aquellos que por carencias emocionales buscan en el otro la figura paterna de un maestro o guía, existe indudablemente una maestría superior, normalmente invisible y ajena a esas necesidades humanas, y que exploran las necesidades grupales y colectivas para orientar o guiar a la especie humana, pero nunca a individuos aislados.

Dentro de estas corrientes de pensamiento se habla de la idea de que dicha jerarquía humana se divide en varias etapas, también conocidas como procesos de individualización. Estos procesos se clasifican dependiendo del dominio o la consciencia que cada alma individualizada posea en su progreso individual. Resumidamente, se puede decir que en entre la humanidad común, aquellos que encuentran unidad de grupo en el plano físico, se encuentra un grupo reducido de aspirantes que encuentran dicha unidad en el plano etérico. De ese grupo nace otro reducido grupo conocido con el nombre de probacionistas, que mantienen la unidad grupal en el plano astral y bucean en la búsqueda de una realidad superior, revelada. A su vez, de ese grupo pequeño nacen los llamados discípulos, aquellos que tienen cierta disciplina y autocontrol, los cuales sostienen la unidad en el plano mental y de ellos, ya como un grupo realmente mínimo, aparecen los primeros iniciados, los cuales desarrollan su actividad grupal y de servicio en la llamada unidad de las almas.

Tanto los aspirantes como los probacionistas y ciertos discípulos aún viven en la ilusión de la separación y, por lo tanto, en sus mentes, aún existe la visión de que vivimos separados del resto. Son los iniciados los que empiezan a despejar esa división y comienzan a visualizarse como almas no separadas, almas grupales, trabajando y actuando siempre colectivamente. Es ahí, a la vez que se ha llegado interiormente a esa maestría de entendimiento, cuando aparece la figura del maestro dentro de la escala espiritual de nuestro planeta. Esta no es una figura que aparece como algo separado, sino como algo único que proviene de la esencia y la unidad. En la unidad del espíritu, ahí permanece, justamente en el punto de fusión donde se difuminan las formas y el «tú» y el «yo» desaparecen, encontrando la unidad del alma grupal que nos abraza a todos como iguales. Es ahí cuando la figura del maestro se convierte en un punto focal de fuerza, del que emanan energías hacia diferentes esferas de actuación y de la cual, nosotros, a veces de forma consciente y otras de forma intuitiva, actuamos, nos movemos y tenemos nuestro ser. Si somos dignos, trabajamos bajo la irradiación del aura del maestro, pero no como individuos, sino como despiertos a la realidad una del alma.

Estas almas avanzadas se han liberado de las necesidades de la forma y la materia. Ya no trabajan buscando un interés personal, sino que desarrollan toda su actividad a la entrega de la evolución humana, morando en la consciencia del Alma Una bajo la impresión de la ley del servicio. Es ahí, en esa consciencia, donde la maestría aparece como una acción grupal. Es ahí dónde nace la presencia del maestro, de la maestría, del liderazgo de unas fuerzas y unas energías que se entregan por completo a la vida de servicio mediante la correcta meditación y el correcto estudio de las causas primeras. Esas causas que los Maestros conocen y sirven, en silencio, en invisible presencia.

La idea del maestro como punto focal de la acción grupal es aún prematura, especialmente en este tiempo dónde aún se persigue la idea paternalista y sentimentalista de un guía a la carta, personalista y cercano. Esta ilusión se aleja realmente de la idea de una extensa jerarquía a la que se penetra únicamente mediante una acción coordinada bajo la ley del servicio, donde se aplica el desapego y la descentralización y donde la vida gira en torno a las necesidades del alma y no de la personalidad. Y esa alma, como decíamos, se unifica inevitablemente con el grupo, sacrificando su parte individual para abrazar la maestría de la acción grupal. Es ahí, en esa fusión, en ese sacrificio, cuando el maestro, el punto focal, aparece.

Para el Maestro, la condición humana solo es un detalle más de la vasta y amplia tarea de la vida espiritual. No presta atención a las sombras que la personalidad individual genera, sino a los puntos de luz que, mediante eones de trabajo, esfuerzo y sacrificio, aparecen rara vez en la esfera de la actividad humana. Y esa atención se manifiesta mediante radiación, mediante adumbramiento, inspiración e intuición. No es una comunicación directa, sino una extensión de la luz del punto focal que el Maestro representa. Una extensión jerarquizada y descentralizada para no dañar a aquellos que se aproximan tímidamente a las puertas de la iniciación/radiación. Algunos discípulos avanzados y algunos iniciados responden a las necesidades del alma mediante la fusión de grupo y mediante la interpretación intuitiva de las necesidades de la especie humana, y es mediante el adumbramiento que el Maestro aparece.

Aquello que atraviesa el corazón


 

Supongamos por un momento, de esos momentos intermitentes e interminables, que hubiera más vida de la que podemos llegar a imaginar. Supongamos que además, esa vida se manifestara de mil maneras, sin poder nosotros entenderla, asimilarla, sospecharla si quiera. Supongamos que una de entre un millón de esas vidas invisibles e intangibles se manifestara en nosotros con algo tan simple, tan sencillo, tan inadvertido como pudiera ser un suspiro, un anhelo, un deseo profundo. Supongamos además que ese suspiro, que es vida, que es inteligencia, que es consciencia, nos atravesara el corazón, nos guiara de repente por una tierra inhóspita, por un mundo diferente.

Aquello que atraviesa el corazón existe. Podremos entenderlo o no, pero está ahí, esperando, sigiloso, atento. A veces se manifiesta como una alegría, como esas que sentimos en las tardes plácidas de verano, en los paseos por las alamedas verdes, brillantes, fluorescentes. Junto a la orilla de un río que nos invita a desnudarnos y zambullirnos para paliar el calor. Atravesando algún valle sinuoso, esos que en los tiempos estivales tienen la capacidad de susurrarnos canciones antiguas.

No hay un ápice de mal cuando el corazón nos habla con su sencillez, con su aplomo, con su constancia. La mayoría de las veces, tan distraídos que andamos con nuestras cosas, no tenemos capacidad de escucha. El corazón se dilata, a veces incluso nos grita con entusiasmo que es hora de vivir, con urgencia, cada instante. Sentimos cierto éxtasis cuando los anhelos de libertad absoluta se esmeran en perseguir las grutas y orillas de lo infinito. El corazón no para de señalarnos el camino, la verdad y la vida verdadera.

Si el corazón es vida, es verdad, es camino, deberíamos aprender en alguna parte la fórmula más certera para hollar sus sendas, para sentir sus latidos, sus constantes advertencias. La mente debería ser adiestrada para contabilizar el pulsar exacto de cada señal. El corazón, siempre amigo, es el que nos impulsa a cometer la mayor de las locuras, esa que tiene que ver con la premura de vivir. Nos susurra insistentemente, nos agita una y otra vez para que atendamos a su llamada inequívoca.

Aquello que atraviesa el corazón, a veces llamado amor, otras buena voluntad, otras inteligencia activa, no es más que un espíritu de los tiempos, un alma errante que peregrina de corazón en corazón, buscando dónde hallar consuelo, respuesta, movimiento. Su única aspiración es elevarnos hacia lo alto, hacia la consciencia más profunda. Solo desea enseñarnos que hay más vida de la que podemos imaginar. Solo desea indicarnos el camino hacia lo precipitado, hacia lo perenne.

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No estamos construyendo un templo. Es Dios el que nos construye a nosotros


Firmando libros para los primeros diez compradores del libro La Gestión del Misterio… 🙂

No estamos construyendo un templo. Es Dios el que nos construye a nosotros.
(Joseph Smith)

Nos preguntan a veces si creemos en Dios. Nunca encontramos respuestas adecuadas ante esa pregunta. No sabemos qué es Dios, pero sí, de alguna manera, podemos ver su Obra. Nuestra propia existencia honra la existencia de Aquel que nos creó. Dios fue el título del libro que unió a Emilio a esta empresa. Decimos empresa en su término amplio. Empresa como un espacio y un tiempo dedicado a Dios, o mejor dicho, a su extensa Obra. No nos referimos a ese Dios imaginado a nuestra imagen y semejanza, sino a ese Dios que entendemos como Misterio. Por eso, si el libro Dios nos unió y creó en nosotros una bonita amistad después de un año juntos promocionando al mismo, ahora le toca el turno al Misterio.

No sé vender, lo admito. El libro de Dios se vendía solo. Estaba empujado por Dios y la Providencia, como dice Emilio. Sacábamos una y otra edición. Eran otros tiempos. La gente tenía sed de Dios. Ahora la gente tiene miedo y tiene sed de miedo. Ya no se cree en la esperanza ni en la fe. Por eso es muy difícil recrear aquel milagro que posibilitó en parte la creación de O Couso. El librito La Gestión del Misterio pretende echarnos una mano con la construcción de la Escuela. En verdad es una Escuela de Misterios. La vida es un misterio, la meditación es un misterio, el compartir sin esperar nada a cambio es un misterio, la generosidad es un misterio. O Couso, que es una obra de Dios, es un gran misterio que aún sigue transformando y ayudando en la vida de muchas personas. Sigue siendo un lugar de esperanza, de fe, en un mundo con miedo. Por eso debemos potenciar el corazón de ese lugar con la creación de una Escuela de Misterios. Una escuela que nos enseñe a escuchar a Dios, o mejor dicho, a contemplar Su Obra, y de paso, a sentir la urgencia de actuar.

Esta mañana quedamos en la Diputación de Sevilla, donde trabaja, al menos aún por unos meses más antes de que se jubile. El tiempo pasa. Me recordaba sus tiempos en política, cuando tenía escolta y llevaba una vida tan diferente a la de ahora. Y yo recordaba mi otra vida, quizás también mis otras vidas, donde todas esas sendas me son familiares. Me daba pena, en cierta manera, el haber podido perder la memoria de tantas y tantas cosas vividas. La edad, decíamos. Pero no me refiero a esta edad diminuta y estéril. El alma conoce de otras edades, de otras vidas. El recuerdo de sí mismo es el recuerdo de todo cuanto pasó, pasa y pasará. Eso forma parte de la Gestión del Misterio. El recuerdo, y luego, una vez recordado todo, o al menos parte del todo, entrar sigilosamente en la urgencia de actuar. Ser constructores activos de la Gran Obra.

Me pregunto cuántas fuerzas nos quedarán para seguir actuando. Cada vez todo es más difícil. En cien, doscientos o quinientos años, la Tierra cambiará completamente. Habrá que volver a empezar. Habrá que elegir de qué manera podemos ser útiles a la Obra. Si eres agnóstico, o incluso ateo, todo esto no tiene ningún sentido. Pero si creemos en algo, no podemos mirar a otro lado. Nace la urgencia. Y esa urgencia se expande cuanto mayor es la mirada, la visión, el recuerdo. Eso también es un misterio. ¿De dónde nacerá esa urgencia? ¿Cómo mirar a otra parte con todo lo que hay por hacer? Agitar consciencias para que estas eleven un poquito su vibración y con ello salvemos una parte de nuestra propia especie humana no es suficiente. Como individuos no somos realmente nada, pero como almas grupales lo somos todo. Almas constructivas, almas que se reconocen, que se recuerdan una y otra vez. Y en ese poderoso recuerdo nacen las alianzas invisibles, los trabajos comunes y grupales, el objetivo último de cada encarnación.

Por eso la frase de Smith tiene tanto poder: no estamos construyendo un templo, es Dios el que nos construye a nosotros. Esa es la verdadera esencia de todo aquel que despierta a la visión urgente. Nuestros actos son insignificantes, pero provocan la oportunidad de que Dios, y su Misterio, se expresen a través nuestra. Por eso los Misterios de todos los tiempos serán compartidos para aquellos que deseen agitar sus consciencias, aquellos sedientos que deseen comprender la urgencia de vivir. Por eso hemos querido aportar nuestra pequeña estrofa en esa causa con este humilde libro. No es mucho, pero es algo, y todo va sumando en esta misteriosa construcción. Gracias querido Emilio por hacerlo posible. Gracias por la amistad y el trabajo Uno.

 

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La Gestión del Misterio


En la mágica noche de San Juan, ponemos por fin a la venta el libro coescrito con Emilio Carrillo: La Gestión del Misterio. Un libro cuyos beneficios servirán para poder empezar la obra de la futura Escuela Dharana, dentro del proyecto O Couso. Gracias por ayudarnos en este sueño. Gracias por vuestro apoyo.

Desde los albores de nuestra consciencia, la humanidad ha intuido el Misterio de la Vida y a lo largo de la historia, lo ha ido articulando y gestionando de diferentes formas, según la cultura de cada época. Bajo esas formas, sin embargo, latía una sabiduría única, una Sabiduría Perenne y universal. Gracias al trabajo de grandes Iniciados, esta Sabiduría ya no está tan solo en manos de las Escuelas ocultas sino también disponible en las del gran público.

A pesar de ello, en estos tiempos difíciles y oscuros, ¿cómo vivir y cómo gestionar estos Misterios, esta Sabiduría? ¿Cómo mantener inquebrantable su esencia mientras nos deshacemos de formas caducas y anquilosadas? Esta es la difícil tarea que emprenden los autores al reflexionar sobre la gestión de estos Misterios en el presente, explorando sus limitaciones y también sus posibilidades. Con ello han querido compartir una estrofa para la revisión de la Sabiduría Perenne que debemos hacer en nuestros días. Esta estrofa, humilde pero necesaria, es también una pista y una contribución a la expansión grupal de la consciencia y a la continuidad del ideal de una espiritualidad compartida bajo la ley del servicio.

https://www.editorialdharana.com/catalogo/la-gestion-del-misterio?sello=nous

 

(Los beneficios de la venta de este libro servirán para impulsar la construcción de la futura Escuela de Dones y Talentos, la Escuela Dharana).

 

 

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Solicitud de indulto


Estimado Presidente del Gobierno, con todos mis respetos.

Siento como acertado el indulto a los presos del Procés. Me parece todo un gesto admirable para que la sociedad pueda mejorar y el encallado esquema mental de una parte de ella pueda avanzar hacia otro lugar. Digo que lo siento como acertado porque creo que todos los ciudadanos que a veces cometemos alguna metedura de pata, ya sea en el ámbito político o económico, en el social o en el cultural, deberíamos tener una oportunidad de indulto. Es cierto que a veces, movidos por la presión del momento, por alguna crisis personal o transpersonal, todos nos equivocamos. Al menos según lo que la ley dicta en cada momento como acierto o equivocación. Al hacerlo, muchas veces perdemos familia, bienes materiales o incluso la libertad. Sin duda, el procés fue una metedura de pata de la clase política. Algo que debería advertirnos de lo que ocurre cuando las cosas no se consensuan y terminamos unilateralmente haciendo lo que nos da la gana.

En todo caso, me gustaría que usted me indultara, para que así la justicia fuera universal, y no solo exclusiva de unos y no otros, y que los indultos fueran para todos una oportunidad real. Mi caso no es significativo. Digamos que me equivoqué. Me enamoré de una hermosa y estupenda persona, compré con ella unos bienes materiales, nos separamos y no llegamos a ningún acuerdo de dividendo. En todo ese proceso de dolor, duelo y pérdida la justicia me condenó no solo a no recuperar la parte proporcional de mis bienes sino además, a pagar las costas de un juicio que nunca llegó a celebrarse: veinte mil euros, dinero que por cierto no va para las arcas del Estado, sino para un señor con toga que a costa de rupturas emocionales, confusión del momento e ignorancia propia y ajena se lleva esa suculenta suma de dinero. Justicia, que lo llaman ahora.

Es cierto que el pueblo en general no entiende mucho de justicia. No deberíamos opinar en contra o a favor de ella. Para eso ya están los jueces. Pero sí entiende, en su haber, de gestos. Y como digo y repito, este me parece un buen gesto, el cual desearía también para mí y para el prójimo próximo o lejano, aunque este no fuera político ni pudiera beneficiarse de las ventajas que estos disfrutan. Así que pido ardientemente que me exonere y me indulte de tener que pagar esos veinte mil euros cuando fuimos a un juicio para repartir “justamente” nuestros bienes materiales.

En fin, que más allá de la pequeñez de esta petición, sirva para la reflexión social y general, de entender que los políticos no son especialmente diferentes de los que no lo somos (o al menos no deberían serlo), y de que la justicia debería ser igual para todos, inclusive cuando esta beneficia a algunos ciudadanos y no a otros.

Gracias por atender mi solicitud, y gracias sinceras por su tiempo.

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2021. La profecía cátara y la siembra del laurel


Laurel sembrado en una de las cabañas de la futura comunidad del Espíritu Libre

«Dentro de 700 años, el laurel reverdecerá», Guillaume Bélibaste

Hace siete años plantamos un pequeño laurel junto a la casa de Acogida, nuestro pequeño y humilde hospital de peregrinos. Hace unas semanas plantamos uno junto a la cabaña, en la futura y pequeña comunidad Simorg. En los próximos días, cerca de la fecha del solsticio y de la celebración de San Juan, plantaremos otro laurel en los terrenos de la futura Escuela, una escuela nacida del espíritu libre, de la mano de la fraternidad del Espíritu Libre. Es un acto simbólico que tiene que ver con la memoria colectiva de las herejías que durante todas las épocas han ido apareciendo y desapareciendo.

Una de estas herejías fue la cátara. En el año 1321, el último cátaro, el último perfecto, el último bon home, fue quemado en la hoguera por la Inquisición. Guillaume de Belibaste, ardiendo en el fuego, gritó: “En 700 años el Laurel reverdecerá y los cátaros volveremos a la tierra”. Para los cátaros, el laurel era el símbolo sagrado del amor más puro. Cuando los inquisidores aplicaban la sentencia de muerte, los mártires decían antes de morir: “El laurel se ha marchitado. El puro amor se apaga…”

Este año de 2021 se cumplen 700 años de la profecía y este año, muchos seres están llamados al despertar, al recordar, al reconocer, a volver a empezar. El catarismo fue un movimiento considerado herético en la Edad Media. Sus ideas sobre el bien y el mal, las creencias en la reminiscencia o la reencarnación y el hecho de que las mujeres pudieran acceder al sacerdocio desencadenó su exterminio. La profecía de Bélibaste aseguraba que tras siete siglos los cátaros volverían. ¿Ha llegado el momento?

La herejía siempre ha retornado con uno u otro nombre. El hereje es el que elige, el que desde su corazón accede a la escuela o al conocimiento de su elección. Normalmente está en desacuerdo con las costumbres, creencias y tendencias establecidas. La herejía de todos los tiempos siempre fue avanzada en pensamiento y libertad, por eso ese gran esfuerzo por ser aniquilados, quemados, eliminados. Ahora estamos viviendo un tiempo donde pensar diferente, ser diferente, se está convirtiendo en una nueva herejía.

Por ello, os invitamos, hoy día del solsticio, a todos aquellos que os consideréis incomparables, herejes por pensar de forma diferente, setecientos años después, bajo el aplomo de la hoguera de San Juan y del Solsticio, a sembrar un laurel allí donde estéis, como símbolo de que el amor puro reverdecerá. Os invitamos a que en todos vuestros corazones renazca esa llama de luz y amor, para que el poder de la buena voluntad al bien restablezcan el plan en la Tierra. Sembrad, simbólicamente, un laurel para recordaros la necesaria urgencia de actuar, de hacer el bien y de proclamar una y otra vez la necesidad de amor puro. Que así sea por siempre, y que el laurel reverdezca una y otra vez en los corazones humanos. Llenemos el mundo de laureles, hagamos que el Grial vuelva a expandir su poder de paz e inclusión universal.

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¿Te has vacunado?


Hospital improvisado en Camp Funston, Kansas, en 1918, ante la gran gripe de ese tiempo.

En todo este tiempo no he querido hablar sobre el Covid. Siempre pensaba que cuando fijas la mirada en el abismo (lo decía Nietzsche), al final el abismo termina penetrando en ti. Pero estos días se ha repetido la pregunta en varias ocasiones y sentía curiosidad por la reacción ante la respuesta. Al principio no me percataba, pero ante la recurrente pregunta, observé varias cosas. La primera es que se está dividiendo a la sociedad entre vacunados y no vacunados. La segunda es que los no vacunados empiezan a entrar dentro del segmento de disidentes, o negacionistas, o cualquier otra palabra que pueda estigmatizar al otro (los apestados de toda la vida, que decían antes). Lo tercero es que, de alguna forma, empieza a existir una especie de coacción encubierta que desea provocar una homogénea realidad, o al menos, una inmunidad “psicológica” de grupo. Algo así como: “si todos estamos vacunados, al menos estaremos más tranquilos”. Algo parecido a lo que ocurrió cuando no teníamos vacunas y nos hicieron pensar que con una mascarilla en la cara estaríamos a salvo. El miedo hace milagros.

Debo decir ante la pregunta y mi respuesta que no soy antivacunas ni negacionista, pero interiormente, al menos de momento, siento que no debo vacunarme. El motivo responde a varias cuestiones. El primero es que vivo aislado en una lejana montaña, en plena naturaleza. Aquí no hay metros, ni conglomeraciones humanas, ni asfalto ni contaminación ni suciedad. Desde que empezó la crisis de la epidemia, me he esforzado en hacer todos los días algo de deporte, paseos diarios, incluso coger la bicicleta o ir a correr. Tenemos una dieta más o menos sana y nunca nos falta alimentos. El agua es pura de un manantial y no vivimos bajo el estrés continuo de la ciudad. La ausencia de ruidos y de contaminación lumínica hace que nuestros cuerpos estén normalmente sanos, aunque esto no sea garantía de nada. Visto así puede parecer una posición privilegiada dados los tiempos que corren, o incluso una posición egoísta. Para mí no lo es, ha sido una elección de vida difícil, especialmente en los comienzos, cuyos frutos han sido, dada la crisis global, inesperados. Vivir con cierta coherencia, aunque esta coherencia no sea pura ni perfecta, ha tenido un resultado positivo.

El segundo motivo es que nunca me he vacunado de gripe, a pesar de que tan solo en los últimos veinte años la humanidad ha sufrido al menos cien epidemias o brotes mortales. Soy joven, o eso creo, y no estoy dentro de la población de riesgo. El Covid ha producido ochenta mil muertes más que otros años. Estadísticamente hablando, sobre una población de casi cincuenta millones de habitantes (hablo de España), esto supone un 1,7% total. La gripe de 1918 mató a unos 50 millones de personas, el 3-6 % de la población mundial. A pesar de los adelantos médicos e higiénicos de nuestra época, no hemos podido librarnos de una nueva pandemia, ni creo sinceramente que lo vayamos a hacer en el futuro. Cientos de epidemias y pandemias nos han asolado desde el origen de los tiempos y lo seguirán haciendo en el futuro. Podemos decir que nuestra sociedad no ha desarrollado servicios sanitarios capaces de dejar en el olvido a las pasadas epidemias. Siguiendo con las estadísticas, la epidemia del SIDA se ha llevado a más de cuarenta millones de habitantes. El Covid no lleva ni cuatro millones de muertes a nivel mundial. Esto supone un 0,05 %. Viendo estas cifras, objetivamente creo que hay mucho más de miedo que de realidad.

El tercer motivo es más filosófico que sanitario. El ser humano, a mi entender, se ha convertido en una auténtica plaga para el planeta Tierra. Esto significa que las pandemias aumentarán en un futuro no muy lejano, y debemos prepararnos psicológicamente para ello. Habrá muchas más catástrofes colectivas que las que ahora conocemos y el planeta se autorregulará de alguna manera ante nuestra ambición y depredación sin fin. Biológicamente hablando, el planeta no está preparado para nuestro nivel de destrucción, saqueo y rapiña. De alguna forma, nosotros nos hemos convertido en una plaga, en una epidemia, en un virus para la Tierra. Si como es arriba, es abajo, pronto la Tierra empezará a tener fiebre, se calentará (¿el calentamiento global?) y empezará a estornudar con más virulencia (¿las ciclogénesis y sunamis?). Seguidamente, enviará sus anticuerpos (¿los virus?) para protegerse de nosotros. Es posible que en unos años suframos un colapso a nivel mundial y la población merme considerablemente por alguna u otra razón. Si ponemos los datos sobre la mesa y repasamos la geopolítica mundial, no existe ningún plan global para paliar nuestra propia devastación, para decrecer urgentemente o para parar en seco la máquina de la ambición material.

Viendo y sintiendo esto, no se me ocurre vacunarme. Solo hacer deporte, vivir en la naturaleza, comer de forma consciente y vivir una vida lo más coherente que pueda. Si esta fórmula falla y enfermo y sobrevivo, lo viviré como una oportunidad para hacerme más fuerte y soportar así mejor las siguientes y seguras epidemias. Siento que nos espera un tiempo difícil, y siento que deberíamos prepararnos con urgencia. O al menos, prepararnos en consciencia, a conciencia.

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Consciencia activa


Dibujo de P. Gracias de corazón por tu ejemplo y belleza.

 

Hay espíritus que son resplandecientes. Llegan a nuestras vidas para llenarlas de luz, de calma, de serenidad, de alegría, de entusiasmo, de convulsión. Te susurran las historias secretas del mundo con solo una mirada. En la fase más profunda del sueño, te agarran con fuerza la mano para acompañarte en el tránsito hacia el despertar. Lo sorprendente es que ya nunca te sueltan. Te abrazan con tal sutileza que el aroma de sus hebras etéricas penetra todos los cuerpos hasta todo final. Hay espíritus capaces de eso, e incluso de hacerte danzar las mil formas posibles de baile, de música, de vibración.

Pero eso no basta para entender la profundidad de esos espíritus, de esas almas bellas. Dante tuvo una revelación cuando vio en Florencia por primera vez a Beatriz en el año 1274: “… al verla, en verdad digo que el espíritu que ama en las más recónditas profundidades de mi corazón empezó a temblar de tal forma que se apoderó de todo mi ser…, el principio y el fin de la felicidad de mi vida se habría revelado”. ¡Qué puede ser aquello que hace agitar las almas de tal manera! A veces es solo una especie de milagro, una conversión pausada a una revelación espiritual. Quizás un estado místico, como cuando subes a una gran montaña y desde ella puedes contemplar todo el infinito posible. Te compunges de tal manera que puedes concebir la auténtica vigilia, el verdadero despertar de la consciencia activa, la quietud espiritual que activa los resortes de la acción y el compromiso.

Desde los valles de las celdas monacales hasta los jardines profundos de la sensualidad, un centelleante resplandor nace en algún momento de nuestra existencia. Ese centelleo es como un segundo nacimiento a la vida. Desde ese fulgor y brillo uno se cuestiona todas las cosas que de repente han dejado de tener sentido. La posesión, la rigidez, el fetichismo, las formas. Uno se desprende poco a poco de todo antes del gran desprendimiento. Eso nos hace livianos ante los acontecimientos del devenir. Al no tener peso, empiezas a tener visión. Al tener visión, comienza a nacer cierta nueva consciencia. Y de ella nace la necesidad de acción, de involucración, de compromiso y responsabilidad con la vida. La consciencia activa se involucra pacientemente en las causas profundas del sufrimiento e intenta atajarlo. Y lo hace desde la sencillez del resplandor, se realiza lo milagroso desde la mágica presencia de la luz, de la calma, de la serenidad, de la alegría, del entusiasmo. De tal manera que estar con esos espíritus luminosos hace que el tiempo no pase, que todo se detenga de repente, que el principio y el fin de la felicidad de toda una vida sea revelado.

La consciencia activa es como estar constantemente enamorado de la vida, pero desde la responsabilidad de entregar cada instante de tu existencia a su mejora. El amor se vuelve subversivo, vives constantemente en una inquietante agitación, en un deseo alejado de los deseos, en una fusión cósmica en la que ensanchas tu existencia. Ya no basta con saberte vivo, con sentir la pulsión: ahora deseas ser un transmisor de los filamentos vitales. Ya no quieres poner parches para aliviar el sufrimiento ajeno, deseas hallar la raíz del mismo, atajarla desde la apertura consciencial, volcar en esa misión todo el propósito de tu vida. Lo haces. Cueste lo que cueste. Te entregas, de vuelcas activamente con la pura consciencia.

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El tamaño de nuestro saber


Ayer paseando por el Centro Q con su moradora y mis dos queridas guías en este espacio tiempo…

 

«Todo aquello que el ser humano ignora, no existe para él, por eso, el universo de cada uno se resume en el tamaño de su saber.» Albert Einstein

Es así como obra el mundo. Es nuestra visión particular, específica, inmediata, la que construye nuestra realidad. Nos damos cuenta en este escenario. Para unos es un paraíso, para otros, un infierno, una cutrez, una ruina. Si pudiéramos objetivizar el lugar, diríamos que a priori es hermoso, lleno de árboles, de mil flores de todos los tamaños y colores, cargado de cierta belleza y dentro de un decorado único. Pero este dato objetivo no es suficiente, porque cada cual trae su mochila, su lastre, su visión, sus expectativas.

El tamaño de nuestro saber también permite moldear la realidad. Podemos vivir en una realidad fija, programada e inmóvil, o podemos abrir constantemente brechas en el tiempo, atravesar espacios y dimensiones desconocidas, expandir cada instante hasta que se haga infinito. Incluso podemos hacer de nuestro particular paraíso una puerta dimensional hacia otros infinitos, hacia otros paraísos.

Eso debió pasar la noche del sábado. Se estaba abriendo una brecha de tiempo, una oportunidad de modificar lo programado, lo que se esperaba. Había una demanda y una necesidad y la pudimos ver, entender y acompañar. Sostener las demandas que están más allá del velo es algo complejo, pero cuando nos percatamos de ellas sucede lo milagroso. El milagro no es más que una expansión de nuestra visión, de nuestro saber, que se aferra de repente a una línea de tiempo diferente. Es lo que llaman una “oportunidad”. Las oportunidades siempre están ahí, esperando. Si estás preparado para verlas y surfear con ellas, solo tienes que subirte a la ola y ver qué ocurre. El océano de la oportunidad es siempre infinito, y hay que estar atentos para que no se escapen. Son nodos donde todo puede cambiar de repente, y crear el milagro de la transformación. Son momentos únicos donde la vida puede cambiar para siempre.

La oportunidad de esta brecha de tiempo se presentó ante una pequeña angustia nocturna. Un pequeño grupo de valientes deseaba ir hasta el Centro Q, en un lugar del maestrazgo aragonés, en mitad de la nada. No tenían cómo llegar hasta allí y de repente pudimos ver la brecha, la oportunidad, el instante de la ocasión, lo milagroso. A pesar de que era tarde y no había nada programado, me ofrecí a llevarlas con la única condición de que solo podría hacer un viaje de ida y vuelta, y no permanecer más de una noche. Lo hice irracionalmente, sin pensar, desde la más profunda de las intuiciones. Las peregrinas, sin creérselo, aceptaron. Pedí cinco minutos para ver si podía reorganizar la agenda, marché, hice algún cambio y regresé aceptando el reto. Un viaje de muchos kilómetros a través de la nada, un viaje de ida y vuelta donde no podía permanecer más de una noche.

Ayer mismo (parece que hayan pasado mil años) estábamos atravesando las profundidades del país, de un lado a otro, hasta llegar al destino. El destino realmente no era el Centro Q, sino el propio viaje. Allí se abrieron más brechas, más “oportunidades”, más ocasiones para abrazar lo milagroso. No podemos interferir en el libre albedrío de los demás, ni siquiera alterar su espacio-tiempo, a no ser que surja la pregunta, la duda, la “oportunidad”. El tamaño de nuestro saber debe estar preparado para poder empujar, advertir o guiar si esto fuera necesario. Si has visto el camino y lo has hollado mínimamente conoces sus peligros, y es bueno que si alguien quiere dirigir sus pasos hacia la puerta estrecha, advertir de lo que hay detrás de ella, siempre con humilde y sigiloso silencio.

Llegamos sanos y salvos al hermoso Centro Q, muy cerca de las Grutas de Cristal. Los paisajes eran espectaculares y Neus nos acogió con cariño, con amistad, con hermandad. Nos sorprendió gratamente su testimonio de vida. Estábamos presenciando la vida de una eremita del siglo XXI, con una existencia basada en los primeros alegatos del monacato primitivo, el de oriente y occidente, fusionados en un mismo lugar. Su humilde morada, su estilo ascético, su vida simple, nos conmovió. De alguna forma, ese viaje tenía otro destino, otra oportunidad, y allí, viendo y compartiendo ese instante con Neus, se abrió otro campo cuántico de coyuntura, de ocasión. Solo la vida y sus tiempos, sus ritmos y cadencias sabrá dotarnos de sabiduría para comprender cómo se teje el destino. El tamaño de nuestro saber seguirá expandiéndose a medida que sacrifiquemos nuestros miedos, comodidades y devenir en pro de una vida sencilla, amplia, profunda. Y ese saber deberá servir a todos aquellos que abracen la oportunidad. La oportunidad de este siglo no trata de conectar con nuestra alma individual, sino que, una vez realizado este trabajo mágico del alma, poder abrazar y conectar con el alma grupal. Esto aún no se entiende y no es posible explicar, pero ese será el reto para los próximos mil años. Conectar con el alma grupal para que la iniciación grupal llegue a nosotros. En esas andamos. Ese es el viaje, la expansión hacia el tamaño de nuestro nuevo saber.

Gracias Neus, gracias África y Katara por este viaje hacia el Ser…

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Discernimiento aplicado sobre magia blanca y magia negra


“Para llegar a ser un mago, el ser humano debe poseer la Magia. ¿Y qué es la Magia? Es el conocimiento para poder actuar. El marinero sin brújula no puede atravesar los mares, y el Mago sin la consciencia perfecta no puede penetrar en el mundo invisible”.
Jorge Adoum. «Adonai»

Mago es aquel que es capaz de transformarse a sí mismo para luego transformar su entorno. La diferencia entre un mago blanco y un mago negro es que el primero se transforma a sí mismo para servir correctamente al prójimo. El segundo utiliza al prójimo para su propio y único beneficio. Un buen mago es el que dedica parte de su vida a mantener cierto autocontrol. Disciplina su cuerpo físico, sus estados de ánimo, sus emociones y sus pensamientos. Eso crea la magia suficiente para poder transformarse. Una vez lo consigue, tiene el poder y la confianza para poder transmutar su entorno y ayudar a otros a realizar la metamorfosis necesaria. Un mago blanco se entrena concienzudamente para distinguir lo verdadero de lo falso, acrecentando con ello su compromiso y responsabilidad hacia el servicio mediante el correcto discernimiento. Un mago blanco actúa bajo la única autoridad de su alma, y trabaja bajo el mandato del poder mágico del Alma Una.

Para un mago blanco, la fuerza no debe disiparse. Se debe realizar una meditación profunda que permita comunicar con el yo interior, con ese puente que nos conecta directamente con la Fuente. Un mago blanco se entrena en la consciencia perfecta, en la pureza, en la disciplina, ocultando siempre sus poderes innatos. Un mago blanco se convierte en un perfecto adepto de la magia cuando la emplea correctamente para hacer el bien. Medita, estudia y sirve. Comprende la sagrada ley de la inofensividad y el desapego hacia las cosas materiales. Indaga en el conocimiento para compartirlo con el resto y sacrifica su vida en bien de los demás. No obtiene beneficio económico de sus obras y reparte todo cuanto tiene, obrando un pequeño diezmo personal para sus necesidades más básicas. La humildad se acrecienta a medida que su poder crece. Su poder se acrecienta a medida que su servicio desinteresado progresa.

Medita para obrar por el bien común. Al hacerlo, ingresa en los mundos invisibles, en los mundos de la consciencia, para doblegarse a la Voluntad que los Maestros conocen y sirven. Desintegra su pequeña voluntad y se adhiere a la Voluntad mayor, intentando ser útil a la misma en todo momento. Un mago blanco utiliza su poder para liberar a los prisioneros del planeta, para librar al otro de la ignorancia, removiendo las consciencias con su magia transformadora, retirándose en silencio cuando deja de ser útil y buscando siempre la manera de servir mejor. Hace su trabajo y desaparece, sin apegarse a los resultados ni a las recompensas, las cuales, de haberlas, utiliza para ayudar a los demás.

Un mago negro, por el contrario, es aquel que utiliza la magia y su poder para manipular, dañar o extraer beneficio de los otros. Esclaviza, consciente o inconscientemente al otro y crea relaciones de servidumbre. Manipula y enreda la realidad para sacar de ella cuanto puede. Miente para obtener cualquier beneficio y succiona el libre albedrío de los demás para que estén a su servicio. Un mago negro es vanidoso por naturaleza, basa su realidad en la figura y el personaje que ha creado de sí mismo mediante manipulación y distorsión. Ejerce su poder carismático para engrandecerse a sí mismo decidiendo siempre aquellas cosas que le benefician.

Un mago negro no vive del diezmo, sino que busca engrandecer su fortuna día tras día. No recaba en los demás, a no ser que le reporten algún beneficio. Un mago negro se alimenta de sangre, ya sea esta material o astral. Vampiriza a los otros al mismo tiempo que vampiriza a los reinos no humanos. No sirve a la Voluntad Suprema, sino tan solo a su propia voluntad, parcial y sesgada. Un mago negro solo medita en sí mismo, viviendo en la ilusión de la separatividad. Un mago negro vive en la ceguera del ego y el orgullo, y no repara en hacer crecer esa sombra bajo la mirada atónita y hechizada de sus acólitos. Un mago negro solo vive para su ombligo, su disfrute y su bienestar. Un mago negro medita sobre sí mismo y su linaje, el cual desea perpetuar. Estudia sobre sí mismo y se sirve a sí mismo, apegado a la imagen que ha creado de su vida. Un mago negro presume de sus poderes, los expone abiertamente y hace de su poder un halo grandilocuente. El mago negro se aleja de las fuerzas evolutivas y sin darse cuenta, tan distraído que está con sus propia vida, entra en las cadenas perpetuas de las fuerzas involutivas.

Por último, el mago deberá convertir en uno al fuego y el agua.

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Construyendo el ara


—Simón: Quisiera preguntaros dónde está vuestra logia. —Felipe: En el valle de Josaphat, fuera del alcance del chismorreo de las gallinas, del canto del gallo y del ladrido del perro. (Diálogo entre Simón y Felipe, 1740)

Allí estaba el maestro, sentado en el oriente, esperando paciente las primeras luces del amanecer. En occidente los vigilantes, persistiendo conformes el ocaso. Al septentrión, los aprendices que únicamente pueden oír y callar. Al mediodía, los compañeros que reciben e instruyen a los recién llegados bajo la sagrada geometría. Así todos permanecieron al inicio sin dinero, ni desnudos ni vestidos, ni de pie ni acostados, ni de rodillas ni alzados, ni descalzos ni calzados, sino en un estado correcto.

El templo es misterioso y oculto a los ojos profanos. Es tan alto como el cielo, y tan profundo como la tierra. De tal humilde construcción que solo los mansos de corazón pueden verlo y apreciarlo. Tres pilares sostienen toda la construcción, representando las sagradas líneas de fuerza, los tres primeros atributos, los tres primeros rayos que nacen del fuego cósmico: Belleza, Fuerza y Sabiduría. Cinco signos se realizan antes de entrar en esos misteriosos recintos: el signo pedestre, el signo manual, el signo pectoral, el signo gutural y el signo oral. De allí solo sale la palabra justa, y se reconoce la palabra perdida, y se administra el verbo sigilosamente con tres golpes dados a la puerta, el último después de un tiempo doble al primer intervalo, y con más fuerza. Todo bajo signos de escuadras, ángulos y perpendiculares. Todo para oír y callar los secretos.

Pero antes de que los verdaderos secretos puedan ser velados, se requiere la construcción de un taller, de un humilde cobertizo enramado, de una galería. Esa galería no puede medir más de cinco metros de diámetro por cinco, y debe ser octogonal, con una salida superior hacia la infinidad del cielo y otra inferior hacia la inmensidad de la tierra. Ambas unidas por un haz de luz, y entre ellas, una piedra labrada en las profundidades de la ciudad perdida, también conocida como la ciudad resplandeciente. Esa piedra, de color violeta lívido, debe ser oculta y resguardada hasta que pueda ser construido el templo y ser situada junto a la piedra angular. Allí se oculta el logos, el mundo, la palabra.

El nuevo templo debe ser construido para proteger allí los secretos del nuevo mundo. No es un capricho, sino una necesidad que surge del Aula de Sabiduría. Es el lugar donde se ritualiza la conexión necesaria entre cuerpo y alma, entre mente y espíritu, construyendo para ello el puente necesario. Para que eso sea posible, el templo pequeño debe ser purificado, libre de abandono o imprudencia, y a su vez, transparente. Una vez realizado, más de siete y menos de doce se reunirán bajo la atenta mirada del que está sentado al oriente y de los que vigilan desde el occidente. Una vez allí, la obra continua inevitablemente en la transmisión, en el devenir, en la profunda comunión con el ara.

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No existe ni tu alma ni mi alma, solo el Alma Una


Esta que podría ser una verdad, requiere de una reflexión compleja. En la ilustración, y también en la antropología, se le llamaba alegremente la Unidad Psíquica de la Humanidad. Esto podría ser llamado simplemente cultura por autores como Frazer, Tylor o Boas, o unidad consciente y mental. La mística lo llamó el Alma Una o el espíritu de los tiempos, el Volksgeist o el Zeitgeist alemán según se refiera a un espíritu grupal o a un espíritu del tiempo. Sea como sea, uno descubre con el paso de los años que de alguna manera pertenecemos a algo mayor, a un todo mayor, a un alma mayor.

Lo notas cuando dentro de la consciencia descubres que existen diferentes familias de consciencias, y que, normalmente por afinidad (el afín es el que está próximo al límite del otro, ya sea vecino o semejante), unas se unen con otras, formando familias de almas análogas, equivalentes. Esto lo puedes descubrir cuando de repente te encuentras con alguien y notas cierta similitud o complicidad. Esa sensación extraña de coincidir con un desconocido y hablarle como si fuera un familiar cercano, o como si lo conocieras de toda la vida. Ese flechazo o enamoramiento de estar junto al otro, a tu igual.

Las almas grupales responden a un tipo de llamado, de esquema, de patrón. El patrón sufre distorsiones, pero su arquetipo es el mismo. Las distorsiones vienen precedidas por el tono y el color de la impregnación que toda personalidad provoca en el orden original. Uno puede ver o intuir el arquetipo, supongamos un octógono, pero dependiendo de la distorsión que nuestra visión particular haya desarrollado debido a las experiencias y los traumas, podrá imaginar ese octógono de una u otra manera. La familia de almas reconocerá al objeto en sí, y verán en él mismo un vínculo indestructible, pero cada cual intentará desarrollar la forma arquetípica según su propio patrón o criterio. El juicio de cada cual empaña la idea original.

De esa distorsión personal e histórica nace la idea de la división, de la separatividad. Uno cree ser rey o plebeyo, alto o bajo, rico o pobre, sin darse cuenta de que no es nada de eso. Gobierna su vida según esas creencias, desligándose del arquetipo y de la libertad potencial que dicho arquetipo puede desarrollar en nosotros. La distorsión también tiene la facultad de separarnos de la verdad una, de la realidad una, provocando en nuestras vidas escenarios limitados de existencia, cárceles conceptuales que encierran dentro de sí la trampa del ego, de lo separado, de lo diferente. Superar esas trampas aligera nuestras vidas, porque el arquetipo nos dice siempre que en las esferas de las no-formas solo puede existir humildad, desapego y sacrificio.

Humildad para admitir que nuestras distorsiones son solo eso, corazas protectoras que nos separan de la verdad. Esa humildad incluye empezar a dejar de hablar de nosotros mismos y empezar a admirar al otro, porque en el descubrimiento de la unidad, aprendes a identificar el alma del otro como tuya propia. Ahí ya no hay juicio ni crítica ni distorsión de separatividad. Desapego para comprender que nuestro limitado yo, nuestro pequeño ego, forma parte de esa gran distorsión, y por lo tanto, se trata de una ilusión temporal que no conduce a nada. Sacrificio para tener la capacidad de desligarnos de esa distorsión e ilusión penetrando, cueste lo que cueste, en el camino de la rectitud, de la verdad, de la unión, de la Alma Una. Por ello es fácil comprender que no existe ni mi alma ni tu alma, sino el Alma Una, esa en la que nos difundiremos tarde o temprano y donde dejaremos de existir como unidad separada, distinta, distante. Realizar esa práctica en vida, facilitará en un futuro ese tránsito y comprensión, muchas veces traumático.

 

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La mente plana o el anhelo de experimentar una vida plenamente creadora


El profeta es alguien que critica abiertamente las injusticias de su tiempo.
Albert Nolan

La brecha digital no es realmente la desigualdad que existe entre las personas que pueden tener acceso o conocimiento a las nuevas tecnologías y las que no. La brecha digital es la capacidad de aquellos que deciden sustraerse de las limitaciones que la digitalización ha impuesto en nuestras vidas, y vivir una vida plena y consciente alejados de las injerencias digitales. Es decidir si apostamos por tener una mente plana y totalmente inútil, abstraída, distraída y paralizada ante la imposición de una tiranía encubierta que nos mantiene absortos e inanimados; o, por lo contrario, decidir vivir una vida plenamente creadora, ilimitada, llena de contenidos reales que nos empujan, muchas veces mediante el conflicto, a adquirir armonía, belleza y unidad con el mundo real.

Los místicos de vidas pasadas nos advertían sobre la necesidad de alejarnos de lo que ellos llamaban “el mundo mentiroso” para ingresar, a veces por asalto, por arrebato o por auténtico peregrinar en las fuentes del sacrificio, “al mundo real”. Esto solo era posible mediante una inevitable peregrinación al “desierto”, a la soledad, al encuentro con nuestros diablos, con nuestros conflictos interiores, para luego volver con el elixir y compartirlo grupalmente. En ese peregrinaje, el místico se transformaba inevitablemente en un profeta, y realzaba el entendimiento de saber que el deber del profeta es volver al mundo, abrazando sus complejidades. Pero, ¿cómo volver al mundo mentiroso cuando tras una inevitable crisis y un profundo conflicto se ha conocido, aunque sea vagamente, pequeños atisbos del mundo real?

Cuando algo se revela en el interior y se da muerte, de alguna manera simbólica, a la vida mentirosa del pequeño yo, nace la necesidad de experimentar la renuncia, la denuncia y el anuncio. Primero, uno renuncia a sus propiedades exteriores, a su vida mediocre, a su condición de mortal, a su vida plana y su mente plana y egoísta, arrinconada, digitalizada, aprisionada. Cuando se hace esa auténtica renuncia/liberación, nace la necesidad espiritual de denunciar lo penoso, lo caduco, lo irreal, lo inerte, lo mentiroso, lo injusto, lo perverso, lo egoísta, lo atroz. Esa denuncia es inevitable, porque de alguna manera señala aquello que en nosotros está por resolver, y de paso, aquello que queda por resolverse en el mundo. Y tras la renuncia y la denuncia, es necesario el anuncio de lo nuevo, de lo bueno, de lo justo, de lo realmente necesario. Esta es la vuelta profética, elixir en mano.

Si miramos nuestras vidas detalladamente, deberíamos interrogarnos sobre el grado de encarcelamiento conceptual que poseemos con respecto al mundo y a nosotros mismos. De alguna manera, somos prisioneros del planeta, pero también de nuestras fantasías, de nuestro mundo imaginado, de nuestro mundo plagiado y condicionado a lo ilusorio de la forma, de lo material. No podemos resolver esta encrucijada si no entramos directamente en conflicto con el mundo, con nuestro mundo, y nos rompemos interiormente. Esa ruptura, esa enfermedad del alma que se apaga en nuestro puro egoísmo, resuelve en parte la necesidad de vivir una vida más plena y estrechamente vinculada a lo real, a lo verdadero. El falso yo, vinculado aún al poder y a los bienes materiales, se esfuerza por mantener lo poco y caduco que ha ido acumulando a lo largo de la vida. Pero ese esfuerzo es inútil. La vida, tarde o temprano, nos arrebatará hasta el último aliento, hasta la última de las cosas acumuladas. Una empresa inútil.

¿Y de qué nos sirve esta ruptura cuando la única aparente recompensa será el rechazo y la traición? La respuesta siempre será la misma, ¿a quién realmente deseamos traicionar? ¿Podemos seguir traicionando a nuestra alma, al mundo real, a la vida completa a cambio de algunas migajas de comodidad y estrechez material? ¿Seguiremos obviando la llamada a hollar el sendero (ahora se presenta grupalmente) a cambio de una inútil vida plana, un egoísmo incipiente y una soledad absorta en la contemplación de las horas estériles? ¿Seguiremos viviendo en la mente plana, o más bien persiguiendo el anhelo de vivir una vida plenamente creadora? ¿Seremos tan ciegos de no ver que la vida real se resuelve en la revelación de las causas justas, renunciando y denunciando las injusticias y anunciando una alternativa justa a las mismas? Profetas y místicos. Ahora más necesarios que nunca, para anunciar la nueva buena, deberán despertar del mundo mentiroso y romper con lo viejo para anunciar lo nuevo. Solo esa nueva profecía podrá salvar al mundo.

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Vanaprastha


Anne Brigman | The Pine Sprite (1911) | Artsy

 

Dice la tradición oriental que cuando caminas por la verdadera realidad, te conviertes en un Vanaprastha, que significa «alguien que abandona la vida mundana», o literalmente, alguien que se retira a los bosques. En esos bosques simbólicos, también conocidos como “montañas” o “desiertos”, se penetra sigilosamente en mundos divergentes, en lugares donde las sirenas, las náyades, los sátiros o los erotes revolotean como insectos en la noche. Abandonar la vida profana y abrazar la vida sagrada, despojarse de lo profano para sumergirte en los mundos espirituales, requiere sacrificio, pero también conquista. No se trata de entrar en la vieja dualidad, sino en trascenderla, porque la verdadera espiritualidad fusiona y sintetiza ambos mundos. Es la síntesis de los opuestos, es la redención, el abrazo cósmico, el vuelo mágico, la verdadera visión de la no-dualidad.

Esto es complejo. Ese abandono del yo que requiere inevitablemente sacrificio, desarrolla la conquista del vasto mundo de la experiencia espiritual, que a su vez, es inabarcable. Por eso el pequeño yo no puede navegar en sus mares, y requiere de un vehículo superior que vagamente llamamos alma. Esa alma, libre de los prejuicios y limitaciones de la forma, se ensancha. Ensanchar no sería del todo correcto. El alma es adumbrada, fusionada, porque la idea que aún no podemos entender es que solo existe el Alma Una.

Alcanzar la liberación espiritual, moksha en la tradición oriental, solo es posible practicando algunos de los senderos que tradicionalmente son conocidos como los senderos de la acción (karma marga), los senderos del conocimiento (gñana marga) o los senderos de la devoción (bhakti marga). Estos senderos nos alejan de la codicia, el odio y el engaño, y suponen que la persona que los persigue tiene predisposición a liberarse de alguna manera del mundo mentiroso. Caminar por la verdadera realidad requiere el abandono del egoísmo, la avaricia, el odio, el rencor. Requiere de alguna manera, abandonar la vida mundana y retirarse a los bosques.

Sin embargo, esta renuncia es una ilusión, una trampa para el ego, una mentira. No hay verdadera iluminación posible si no existe una inconmensurable compasión hacia la iluminación de los demás seres sintientes. En el budismo, esta figura se conoce como el Bodhisattva, el cual, mediante la bondad amorosa (metta), la compasión (karuṇā), la alegría empática (mudita) y la ecuanimidad (upekkha) genera iluminación para todos los seres sintientes. Es por eso que la vida del Vanaprastha, del arhat budista, para que termine siendo verdadera y real, debe convertirse en Bodhisattva.

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