La urdimbre y la trama


Dawn (Amanecer), 1909 ANNE BRIGMAN/THE METROPOLITAN MUSEUM OF ART

 

Hay una inevitable ley de repulsión, seguramente dirigida por ángeles destructores que nos amparan de aquellos caminos que no nos pertenecen, destruyendo todo aquello que obstaculiza, por más que nos duela, el avance en nuestra senda. Esa destrucción, aunque aún ni siquiera la intuimos, actúa en siete direcciones. No sabemos nada sobre esas leyes que superan nuestra inteligencia y nuestra comprensión. Están más allá de nuestros marcos de referencia e incluso de nuestra propia naturaleza, pero nos afectan. De repente un día pensamos que todo va mal, que todo se destruye, y no podemos reconocer la fuerza que toda esa desesperación nos ampara.

Resulta difícil para nuestras pequeñas mentes entender que en el sendero de la vida actúan fuerzas y energías, leyes aún no descritas, direcciones aún desconocidas. Hay un sendero que llaman de probación donde es necesario aprender cierta disciplina, cierta visión, cierto entendimiento. Debemos entender la profundidad del desapasionamiento y las otras dos necesidades del camino de la vida: la discriminación y la descentralización.
Hay, aunque aún no podamos reconocerlo, una urdimbre y una trama en toda nuestra existencia. Algunos lo llaman misión, otros, propósito. Pero es más complejo que todo eso. Existe en esa trama un Jardinero, un Estudioso en el Aula de Sabiduría, un Tejedor, un Mezclador, un Trabajador, un devoto Seguidor y un Mago. Con un poco de tiempo podríamos descubrir en cual de esos arquetipos tenemos nuestro ser. Sin embargo, haría falta tiempo y comprensión.

El alma nos empuja a peregrinar hacia los jardines de la vida. El alma se convierte en un paciente jardinero que deambula con el tiempo en los pasajes remotos de la sabiduría. Allí se convierte en un ferviente estudiante. Desea aprender, progresar, aspirar a algo más que una simple vida egoísta y egocéntrica rodeada de imaginativas florituras. En ese momento, de alguna manera, empieza a visionar una vida diferente, y empieza a tejerla a su imagen y semejanza. Un día descubre que lo que ha tejido es inútil e inservible, porque se aleja de la gran obra a la que realmente aspira. Entonces, desteje por la noche aquello que había tejido por el día, destruyendo toda su pequeña e inútil obra. Luego mezcla imágenes, colores, sonidos, intentando crear algo que vaya más allá de sí mismo. Trabaja afanosamente con la intención de desvelar los secretos. Descubre con fuerza que su pequeño yo resulta insignificante ante la inmensidad del universo y la omnipresencia de lo misterioso. De alguna manera, se convierte en un devoto seguidor de ese nuevo descubrimiento al que le rinde obediencia ciega. Y un día, después de muchos peregrinajes, de mucha destrucción de las formas caducas, de mucho desapego y discriminación, se convierte en un verdadero mago.

Un mago es aquel que, intuyendo vagamente la realidad superior, es capaz de transformar bajo sus leyes la realidad inferior. No para su gozo, no para su gloria, sino para la gloria de aquello que ha descubierto. Desaparece la dualidad en la que vivía ocultamente y desemboca en un océano de realidades que ya no le pertenecen. Se convierte en un mago tejedor del mundo oceánico, de la fuente Una, de la verdad superior, del amanecer de una nueva vida. La verdadera magia es aquella que transforma lo ilusorio en real. Esto es una paradoja porque siempre se ha relacionado la función del mago vulgar como aquel que transforma lo real en ilusorio. No es esa la magia de la que hablamos. Tratamos aquí de la magia del alma, de aquella que transforma mundos y los engrandece, ensanchando nuestras vidas, nuestras miradas, nuestras acciones. Y es ahí cuando la ley de la repulsión actúa para destruir lo ilusorio y dejar paso con ello a lo Real. Es ahí cuando nuestras vidas empiezan a obrar el milagro de la existencia plena.

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Importa más los motivos por lo que haces las cosas que las cosas que haces


Autorretrato con piedra, 1981 JUDY DATER/ MODERNISM, SAN FRANCISCO

 

“La mayor angustia de la vida es no ser sincero contigo mismo”. Robin Sharma

Mirarnos unos a otros, observarnos y potenciar con la mirada cómplice las ganas de abrazarnos. No importa las cualidades de cada uno, no importa los defectos, las imperfecciones. En el fondo, todos somos hermosos, necesarios, imprescindibles. No sobra ni falta nada. Cada cual hace lo que puede. Ama como puede, persigue sus sueños como puede, vive como puede. Es hermoso ver y observar. Es hermoso ver las mil razones por las que podemos estar agradecidos. Dan ganas de amar y dejar que otros nos amen. Dan ganas de correr por los prados y flotar por entre las flores vivas. Dan ganas de desear todos los días que el mundo llegue a la paz, a la madurez, a la quietud, para apreciar con mayor libertad la belleza de estar vivos.

Todo el día hacemos cosas. No paramos ni un instante, no sabemos parar. Solo el anestesiante ocaso o la promesa del nuevo día nos permite por un instante centrar la mirada, el tacto, el deseo. Las cosas que hacemos realmente no importan. Para el mundo son insignificantes, ridículas, inútiles. Pero los motivos, las fuerzas que hacen que hagamos esas cosas, eso sí que importa. Es la fuerza, el motor que subyace en todo lo que somos lo que requiere atención. ¿Qué nos impulsa a escribir, a pintar, a correr, a fotografiar, a relacionarnos, a cocrear, a compartir? ¿Qué es eso que hace que podamos sentirnos dignos de confianza? ¿Qué es aquello que nos empuja a resistir los devenires temporales de la existencia y seguir siempre agradecidos?

La primavera va entrando poco a poco. Las flores se entremezclan con cientos de partículas de vida. Llegan las primeras buenas temperaturas y con ellas, los cuerpos desnudos que yacen nocturnos. Se expanden las auras, se avivan los fuegos. Lo etérico parece cobrar más vida y lo humano se expande en ternura. Abrazar las noches desnudos, tocar nuestros cuerpos agradecidos, deambular por cada uno de sus siete centros observando con el roce de nuestros dedos qué ocurre, qué sentimos, qué anhelamos. Incluso en la soledad uno puede amarse, no como individuo, sino como parte de un colectivo mayor. Podemos tocarnos si nadie lo hace, podemos amarnos si nadie nos ama. Al hacerlo amamos también con ello no a nuestro pequeño yo, sino a nuestra inmensidad como representantes del alma colectiva. Al rozar nuestros cuerpos desnudos que yacen en descanso en las apacibles noches de primavera, también estamos abrazando, de alguna manera, la consciencia grupal. Cada vez que nos tocamos con ternura no solo amamos nuestro cuerpo, sino toda una generación, toda una saga.

No importan las cosas que hagamos, sino que las hagamos con entrega, con amor, con cierto grado de desesperación y entusiasmo. Puedes mirarte al espejo y amar y aceptar tus imperfecciones. Puedes mirarte en el espejo del otro y perdonar todas nuestras equivocaciones. Sería hermoso que pudiéramos deambular todos desnudos, sin complejos, sin moral estrecha, sin pecaminosa mirada y abrazarnos en esa desnudez. Sencillos, amables, amantes. Como si el día no existiera y solo quedara la noche. En la noche se difuminan las formas. En la noche el agudo grito de vida estremece cada instante, cada ensoñación. Por eso no importa lo que hagamos, sino los motivos que nos empujan a hacerlo. Si hay relación, si hay amor, si hay entrega, si hay generosidad, eso son motivos para que todo aquello que hacemos viva con luz propia. De la otra manera, en la soledad del egoísmo, todo se apaga, como un tallo que roza su fin, como una primavera sin flores, sin brisa, sin torrentes vivos de agua.

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Atención, presencia y sensibilidad para llegar a la Sintiencia


Poco antes de las ocho la declinación solar envuelve la pequeña ermita con una luz especial. Emulando esa luz, encendemos la pequeña vela, que intenta imitar los misterios que encierran la brillantez del universo. Se crea siempre una atmósfera diferente, un vacío que te acoge y se revela. Hay entre sus piedras centenarias una llama viva, reminiscente, sempiterna, inspiradora. La ermita es un portal que te puede llevar más allá de los tronos y las potestades o a las infinitas moradas de nuestros corazones. También es un lugar de encuentro, y en ese encuentro de hoy, ella me hablaba de sus viajes por Latinoamérica, conviviendo en comunidades de calado espiritual que intentan profundizar todos los días en lo que llaman la APS: la atención, la presencia y la sensibilidad.

Al cerrar los ojos y golpear ritualmente con tres toques simbólicos el cuenco que compramos en la India , me prometí reflexionar sobre esa triada que encierra dentro de sí una enseñanza milenaria. Una vela que representa la luz. Un sonido que se vuelve trino, acudiendo con ello a la llamada del misterio. Un silencio, un vacío, un punto de quietud que nos abre la puerta estrecha y nos conduce hacia el mundo de los dioses y universos. Se abre ese momento en el que percibimos que el reino de la realidad es muy diferente al reino de la mente, y que a partir de ese momento, rigen otras leyes incognoscibles.

Primera morada. La atención. Me recuerda la palabra al ahora tan de moda mindfulness, la consciencia plena, la atención plena. Entre silencio, observo la respiración y penetro en la experiencia de la atención plena. En ella, desaparece el juicio, desaparece la separación, la crítica, lo diferente. Se unifican los planos, la luz, el sonido. De repente se escucha desde el vacío improvisado el canto de los mil pájaros, el caminar de los pequeños insectos que deambulan afanosamente entre hierbas y flores, la suave brisa atrapada en los esbeltos castaños y robles. La atención plena consiste en darnos cuenta de que la vida que nos recorre no nos pertenece. Es un manto, un océano infinito que compenetra todo cuanto existe. Observo atento desapegándome de mi yo para diluirme con el todo. Hay un acto de sacrificio, al mismo tiempo que nace una potente revelación.

Segunda morada. La Presencia. Tras conseguir cierto desapasionamiento hacia los pensamientos, las emociones, el ánimo, las sensaciones corporales y al ambiente circundante, ocurre la potente revelación. Algo se manifiesta, algo más grande que nosotros, algo que Santa Teresa expresó con bellas palabras: dilectus meus mihi et ego illi. No hay tiniebla ni claro día, ni memoria del presente, solo un flujo excitante de vida que carece de atributo. No se puede describir la Presencia, el Ser expuesto a la nada de la vida efímera. En lo transitorio y fugaz, la Presencia no se puede atrapar, ocurre en un instante que se torna infinito, un halo de luz que se torna llama resplandeciente. Sentir la Presencia manifestándose en nosotros es sentir de repente la llamada de clarín, el poderoso grito del alma arrasando con sus pléyades todas las pequeñeces de la vida.

Tercera morada. La Sensibilidad. Y uno se pregunta, tras varios infinitos de contemplación, qué hacer con todo eso que se siente cuando cierras los ojos en la vacuidad del cosmos, representado por esas centenarias paredes consagradas al espíritu. Es ahí cuando nace la sensibilidad y el deseo de poder compartir la experiencia, de alentar de que hay más vida más allá de nuestras limitadas finitudes. De agitar las consciencias para que despierten y de elaborar un plan que libere a los prisioneros del planeta. La Sensibilidad nace y se expresa hacia todos los seres sintientes. Lo sensible se transforma en sintiencia, el reconocimiento de que todos los seres tienen capacidad de sufrir, de sentir, y por lo tanto, todos los seres debemos respetar la vida de los otros seres. La Sensibilidad es darnos cuenta de ello, gracias a la Atención y la Presencia, y poder obrar en consecuencia. Los no humanos también son seres sintientes, y la no violencia hacia todos esos seres es la poderosa revelación de nuestro tiempo. Es ahí cuando entiendo toda la revelación. Es en ese punto cuando comprendes, una vez cerrada la meditación, que toda vida merece ser apreciada con sagrada mirada, con especial respeto. La Sintiencia sería la culminación de una vida bondadosa, replegada al entendimiento de las formas, de la Vida, del sentir.

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Mística, plan, síntesis


Llega la nueva era de síntesis. Llega despacio, como lluvia fina que cae en una pradera verde amasada por el tiempo postdiluviano. Llega la luna llena de Géminis, la que llaman el festival de buena voluntad, una de las tres lunas más importantes en las celebraciones espirituales. Llega la visibilidad del plan, un plan invisible para la Tierra oscura, para la propia humanidad, pero cada vez más palpable y sensible. Y en esa llegada descubrimos que todo tiene un plan, todo se mueve bajo un plan. Respiramos por un plan, convivimos por un plan, realizamos nuestras tareas que se ordenan por un tipo de plan personal. Todo está sometido a ese plan que desconocemos. Y es así como celebramos, sin darnos cuenta, la vida que goza de su propio propósito. La belleza que se expande cuando la calma atraviesa nuestras mentes, cuando el punto de quietud se ancla en nuestros corazones, cuando la inofensividad gobierna nuestras vidas.

El correcto camino es aquel que dicta nuestras entrañas. Nuestro cuaternario equilibrado e integrado representa la fuerza que nos empuja. Cada uno tiene su propósito, su plan, su camino. No podemos interferir en el camino de los otros, pero sí alentarlo, avivarlo, potenciarlo. En esas andábamos cuando llegaron los ferros del libro la Gestión del Misterio. Lo celebramos en la Abadía, junto al río, cerca del puente antiguo. La arquitecta mostrando con su entusiasmo los avances de los planos. Aún no sabemos si esos planos se manifestarán o no en la tierra, pero no nos importa, porque están en el cielo. Está el plan, y nosotros somos sus constructores. Si hacemos bien nuestro trabajo, si obramos en el correcto camino, la obra se llevará a término. La mística de la vida funciona así. Cada cual cumple con su parte de la mejor manera que puede, desde el desapego, desde el desapasionamiento de la vida mortal, desde el sentir profundo.

Ahora en los bosques reviso las últimas pruebas. Todo parece que está bien. Daré el visto bueno sin esperar más. Se presentan tiempos de mucho trabajo al mismo tiempo que la aventura se despliega sin reposo. Pienso que la mística es necesaria para comprender totalmente la existencia. La mística te hace ver aquello que la pura razón no puede ni tan siquiera imaginar. Quizás para algunos la mística no sea más que una cuestión de locura, pero de ser así, estaríamos enjuiciando la locura colectiva pues todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos experimentando ese latir del corazón especial, ese anhelo superior, esa belleza que transpira la calma existencial. Y si nunca lo hemos hecho, es que no somos humanos completos, y andamos aún navegando en las antiguas narrativas de lo superfluo.

Cada momento es místico en sí mismo si sabemos pararnos un instante, concentrar nuestra atención en la respiración, en la vida que nos recorre, y luego observar como esa vida que creíamos nuestra, se fusiona con todo el entorno. De repente te sientes flor y pájaro, árbol y montaña, y de repente, todo respira al unísono. Y es ahí cuando entiendes el plan, el propósito, el anhelo. Es ahí cuando sospechas que todo tiene un sentido profundo, mitad azar, mitad improvisación, mitad ingeniería, arquitectura, ciencia, jerarquía. Es como si la geometría de los ángulos se fusionara con la aritmética de los números, con las estrellas y la música al mismo tiempo. Es como si el quadrivium se fusionara con el trívium y las siete artes fueran de repente una sola. Es como si todo tuviera cierto sentido y todo, de alguna manera, fuera mística, plan, síntesis.

 

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Bondad, activismo, intelectualidad, espiritualidad


 

Es difícil encontrar a personas completas e integras. Personas que hacen el bien, que son generosas, que son capaces de mirar más allá de su ombligo. De esas personas que además son alegres y sonrientes, amables incluso con los seres más débiles y sensibles. Afables y benévolas incluso con los más pequeños en la escala evolutiva.

Es difícil encontrar personas así, pero que además sean activistas. Me refiero a ese activismo que desea regenerar el mundo, cambiarlo a mejor, hacerlo más bueno. Ese activismo que señala las horrendas morales de cada tiempo y todo aquello que puede ser mejorado. Ese activismo combatiente, que no descansa, que sacrifica parte de su vida, de su personalidad, de su pequeño yo para mejorar el conjunto, lo grupal, lo de todos. Ese activismo sin descanso que perdura en el tiempo, incluso cuando la causa o el motor que le hizo moverse se agota, y busca, incansable, una nueva causa. Ese espíritu rebelde que combate sin descanso, sin derrota. Que lo pierde todo una y otra vez, pero no le importa, porque siempre hay fuerza para levantarse, para seguir luchando. Ese activista que deja de mirarse y se sacrifica inevitablemente por los demás, huyendo del egoísmo aberrante de cada tiempo.

Es difícil encontrar personas buenas, activistas y que además encierren dentro de sí cierta inteligencia, cierta curiosidad, cierta intelectualidad. No esa intelectualidad arrogante y orgullosa, sino la otra, aquella que es por naturaleza sencilla, inquieta y humilde. Esa que derrocha sabiduría porque alguna vez se interesó por todos los asuntos. Esa inteligencia que se cultivó como se cultiva un huerto, a base de siembra, de labrar la tierra, de recoger frutos. Esa intelectualidad suspicaz y desconfiada de las verdades absolutas, de los dogmas, de la última palabra. Esa inteligencia inquieta, utilizada para hacer mejor el bien, para ser mejor persona y para hacer que los demás aprendan a emanciparse. Esa intelectualidad buena y activista, comprometida, responsable de su tiempo. Esa intelectualidad plagada de libros, de conocimiento, de saber, pero apenas sin muchas opiniones inútiles sobre el devenir infructuoso. Esa inteligencia generosa y entregada, humilde, sincera.

Es difícil encontrar personas buenas, humildes por naturaleza, pero combatientes activistas y cultas, inteligentes. Y más difícil es encontrarlas con virtudes, con anhelos, con valores, con cierta ética viviente y con cierto interés hacia los misterios, que podríamos denominar con mucho respeto como personas espirituales. Aquellas que cuidan sus cuerpos, sus estados de ánimo, sus emociones y sus pensamientos desapegándose de ellos para integrarlos a la causa de una llamada superior. Ya sea esta la llamada de su consciencia, de su alma o de algún dios, llámese Gran Espíritu, Gran Arquitecto o Absoluto. No importa, a sabiendas que en la bondad, el activismo, la inteligencia y todo su ser están al servicio de esa cosa mayor.

Sí, es muy difícil encontrar personas tan imperfectas como los demás, pero con todas estas cualidades. Y cuando las encuentras, cuando las abrazas, ya nunca quieres separarte de ellas, porque, de alguna manera, se convierten en mentores, en guías de la especie humana, en ejemplos vivos que, aún herrando, se las quiere igual. Cuando las reconoces por cierta suerte o cierto dharma, se convierten en tus ángeles de la guarda. Y no te importa que se equivoquen, que sean testarudas o se embarquen en mil batallas. Sabes que cuando están llenas de barro, es porque están obrando el milagro de la vida y encarnando en ellos mismos lo más sublime de nuestra especie humana. Bondad, activismo, intelectualidad, espiritualidad. No las perdáis de vista.

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La Hermandad del Espíritu Libre y la Verdad Única


«Aquellos que son impulsados o guiados por el Espíritu de Dios ya no están bajo la ley». Gálatas 5:18

En nuestro interior reconocemos que tan solo existe una Verdad. Esa Verdad única, regida por una Ley única, solo puede ser reconocida desde la inocencia y la humildad, desde el espejo de las almas simples, alejados potencialmente de la ignorancia, la superstición y el miedo. Nada realmente importa cuando las almas son tocadas por esa Verdad. Algo impulsa a las almas a rozar la vida de forma diferente, ante una felicidad reinante y poderosa. Eso crea una certeza, una sensación de paz absoluta, de equilibrio y hermandad. Cuando se posee esa paz, se posee cierto poder. Cuando esa paz nos absorbe, podemos vivir una vida plena, cargada de realidad y sentido, llena de propósito y entrega.

En ese momento, todas las ideas desaparecen. Todas las creencias se marchitan. Dios deja de ser una imagen y desaparece como concepto. Se transforma en algo intangible, absolutamente inalcanzable, pero al mismo tiempo cercano y amable. El amor hacia esa paz, hacia esa fuerza y poder, pone a las almas cerca de sus talentos escondidos, en secreto bajo un habla oscura, alejados de los ruidos profanos de la vida cotidiana. Los talentos, venidos del don más elevado, de la inspiración mas suprema, impulsados y guiados por el Espíritu de la Verdad, nos liberan y nos alejan de toda pequeña ley.

En ese sentido pertenecemos a la Hermandad del Espíritu Libre, una comunidad que desarrolla la ética viviente desde una perspectiva comunal. Aún es pronto para hablar más abiertamente de ello. Primero las almas deben reconocerse, aceptar la Verdad única y abrazar la ética viva en sus propias vidas. Cuando nazca ese reconocimiento, ese recuerdo inevitable, entonces se hallará el lugar donde ahora se esconde y protege la llama de esa Verdad.

La Hermandad del Espíritu Libre abraza a todas las creencias sin despreciar ninguna, pero sin atarse a ninguna. Las almas simples y libres serán llamadas para experimentar la gracia, el verbo, lo inmanente. No es una cuestión de tiempo. Es cuestión de sentir la llamada y lanzarse a los caminos hasta hallar el lugar elegido. Acertar en la búsqueda nos dará visión, nos dará posibilidad y nos ofrecerá la oportunidad de renacer de nuevo a esa segunda vida que llaman del espíritu. Dejaremos atrás los espejos y abrazando la inofensividad, nos reencontraremos de nuevo con todos nuestros hermanos y hermanas. Entonces, ahí, de nuevo, brotarán las fuentes del Espíritu Libre y de la Verdad única. Quien encuentre a la Hermandad, habrá encontrado a Simorg, quien encuentre a Simorg habrá encontrado al Espíritu Libre y la Verdad única.

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La regeneración del ser humano


 

La naturaleza se regenera una y otra vez. Cada primavera es un canto a la vida, a la esperanza, al bullicio cósmico y todo su resplandor. El ser humano, sin embargo, degenera una y otra vez. Solo hay que escuchar la música de este tiempo, la literatura, la cultura y ver con horror las nuevas guerras. Ya vamos por doscientos muertos en el conflicto con Gaza. Nunca vamos a parar esta tragedia. Nunca habrá entendimiento posible.

Por eso cada día me arrincono más, me alejo más del ser humano. Incluso me negaba a escribir porque nada bueno podía aportar ante tanto horror. El ser humano me crea desconfianza y temor. Hoy un vecino presumía de que había abatido cuatrocientos árboles en un par de días. No podía creerlo. Otro presumía de que sus terneras nunca veían la luz del sol porque así podían engordar más rápido si no se movían de sus dos metros cuadrados de cuadra. Llegan al matadero más gordas y se pagan a mejor precio. Lo peor no es esa aparente barbaridad, lo peor es que luego haya gente que descuartice los miembros de ese ser vivo y los ponga ensangrentados en una sartén para palidecer de gusto durante un par de minutos. Esa hecatombe es mundial. Y nadie dice nada. Todos comen ensangrentados y tranquilos ante esa «normalidad».

Todo está concatenado. Hay un vínculo invisible entre la sangrienta guerra, los árboles abatidos para crear pastos, la irracionalidad de nuestros alimentos, la pobreza de nuestras almas. Me pregunto si el ser humano tendrá capacidad de regenerarse algún día, como lo hace ahora la naturaleza. Quizás, sin darnos cuenta, estamos siendo testigos del ocaso de una civilización, de un tiempo, de un mundo. Quizás estamos asistiendo al hundimiento de toda una humanidad, o al invierno de la misma. Y quizás, tras ese hundimiento, todo se regenere de nuevo. Quizás venga un nuevo diluvio, una nueva destrucción de Sodoma y Gomorra, quizás esté cerca el próximo Apocalipsis.

Permanecer callados. Ese es nuestro empeño para regenerarnos. Veintiún días de silencio, aunque lo ideal serían veintiún años de silencio. El ser humano debería callar, debería volverse compasivo, debería olvidarse de sí mismo y entregar su vida a la mejora del mundo. Reconozco que la sangre derramada estos días me ha afectado y paralizado el alma. Quizás porque amo ese país sin apenas conocerlo, quizás porque la sinrazón humana cada vez me afecta más. Sí, es cierto, diez años desde el 15M. Aquellos que luchaban para mejorar y perfeccionar el sistema, y que ahora, diez años más tarde, son esos riders que reparten comida rápida a domicilio. Esa ha sido la verdadera revolución de estos años de indignación.

En el ocaso de esta noche lo insoportable sigue siendo lo humano. Depredador, invencible, explotador, sangriento. Desde lo que come hasta lo que dice hasta lo que hace con guerras estúpidas. Sí, vamos a tomar una copita y así olvidamos nuestra propia degeneración. Vamos a disfrutar de la industria del entretenimiento, porque mientras estamos dormidos y entretenidos no tenemos tiempo de cuestionarnos nuestra patética vida. Sí, vayamos a embriagarnos en fiestas y más fiestas. Menuda paradoja. Eso ha sido lo más revolucionario que esta época ha conseguido: las fiestas clandestinas. Viendo el panorama, creo que esta pandemia solo ha sido un aviso de lo que ha de llegar. Nos lo hemos ganado a pulso.

Lo siento, pero me retuerce por dentro el estar viviendo aquí en este hermoso paraíso, verde, cargado de bosques, de flores, de hierba, de animales felices que deambulan libres de un lado para otro mientras que un poco más allá, no tan lejos, otros se relamen la sangre recién sacrificada.

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Queremos tener más y a lo mejor el secreto de la felicidad es tener menos


 

Guardo los recuerdos como tesoros en mitad de la noche, en el frío bosque, entre hierbas y amaneceres. Toco las penumbras mientras quema el incienso, mientras adoro a los dioses invisibles y les pregunto cómo puedo ser útil. Observo en el silencio toda la vida, expuesta a veces en diminutos seres que saltan a la cama, se agolpan en los rincones oscuros o se deslizan con forma de araña, de mariposa o murciélago por cada universo perdido.

La vida no deja de ser un suspiro. La mónada que nos habita lo vive como una experiencia única e irrepetible. El alma es como una semilla que necesita de nuestro cuerpo para germinar, para crecer, para abrazar todos los secretos de la existencia. Medito sobre ello, lo escribo en mil relatos. Lo decían los antiguos. El nous muere en el soma, y es ahí, en la muerte crepuscular de la simiente, cuando brota la vida de nuevo. El segundo nacimiento de los místicos. La sublime resurrección de la vida.

Los frutos no importan. El mayor de los frutos es ser conscientes de que realmente no somos lo que creemos ser. Ni siquiera somos algo separado del resto. Esto resulta extraño. Pero en verdad solo somos potencialmente unidad. El secreto, de haberlo, es tomar consciencia de ellos, de todos los seres sintientes, y darnos cuenta de que ya no tenemos necesidad de acumular nada, de presenciar nada, tan solo abrazar esa unidad. Tan solo admitir que somos instrumentos de la vida al servicio de la perpetuidad.

Cuando miro el bosque desde mi ventana no veo un árbol, una flor, una madreselva. Veo un conjunto, una unidad que existe gracias a la compañía del otro. No hay ciertamente separación en el bosque. No puedes saber cuántos abedules hay o cuántos robles engloban esa unidad. Realmente no importa. Miras al cielo y solo ves copas deslumbrantes. Miras a la tierra e imaginas su manto plagado de raíces. El secreto del bosque es ser bosque. El secreto del árbol es ser árbol. El secreto de la flor es ser flor.

¿Cuál es entonces el secreto humano? Si profundizamos en ello la pregunta puede resolverse en complejas respuestas. Decimos complejas porque el ser humano ha dejado de ser humano, y de ahí viene la complejidad. Hemos cambiado el ser por el tener, y es ahí cuando perdemos nuestra esencia. Aquel tiene tanto y el otro tiene cuanto. Pero nada sabemos de su ser, de su unidad invisible, de su capacidad para relacionarse con su familia espiritual, olvidada en la desconexión de nuestro tiempo.

Olvidamos el océano del que venimos, olvidamos que todo es de todos y que todo nos pertenece. Olvidamos que el secreto de la felicidad no es tener cosas, si no más bien dejar de necesitarlas. Queremos tener más, y a lo mejor el verdadero secreto de la felicidad es tener menos. Cuando tienes menos la vida se simplifica. Cuando la vida se simplifica el ser reaparece, se expande, nos susurra. Prosperar no es acumular, no es tener. Prosperar es levantarse por la mañana y sentirse uno un ser humano completo, amable, dócil, hermoso, generoso, inofensivo. Es darnos cuenta de que el bosque es bosque, la flor es flor, el árbol es árbol, y nosotros, somos, sentimos, nos movemos y tenemos nuestro ser en ese conjunto infinito de vida.

Menos es más. El camino de lo sencillo nos lleva hasta el corazón de nosotros mismos. El tiempo se estira, la vida se expande, la duda desaparece y lo bello renace con vigor en cada muestra de existencia. Todo resucita ante los ojos de aquel que, desprendido de sus posesiones, navega libre por los océanos de la incertidumbre.

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La Singularidad


La singularidad de vivir en los bosques…

 

En pocas décadas, quizás en pocos años, la Inteligencia Artificial se habrá desarrollado tanto que no sabremos qué pasará. Quizás los humanos vayamos a vivir una decadencia en segundo plano, siendo el protagonismo incipiente para la Inteligencia Artificial y la futura robótica. Esto los expertos lo llaman el momento de singularidad, ya que no podemos predecir qué pasará realmente. No tiene que ser algo totalmente malo o dañino, pero sí algo singular, sin precedentes en la historia humana.

Esa singularidad puede ser terrible o puede ser genial. Aún no lo sabemos. Como seres biológicos, limitados, aún creyendo en mitos y dioses, podremos sentirnos algún día ridículos ante la vastedad de la inteligencia artificial, capaz de crecer exponencialmente lo que a nosotros nos cuesta miles de años de asimilar.
Como entidades biológicas limitadas, lentas e impredecibles, tendremos el reto de elegir entre conservar nuestro «yo biológico» restringido, o fusionarnos poco a poco con la inteligencia artificial. De alguna forma ya lo estamos haciendo. Mucha gente prescinde de su yo biológico para potenciar su «yo digital», donde las redes sociales son como extensiones de ese yo condicionado, ampliando y exagerando nuestras vidas con un yo imaginado, potencialmente ilimitado en redes que nos hacen creer ser diferentes, mejores, cuasi perfectos.

Realmente es una singularidad, y también un terreno pantanoso donde nuestra identidad real se difumina y casi desaparece. Vivir una vida virtual nos aleja de alguna manera de nuestra esencia humana, de nuestras limitaciones biológicas, de la realidad. Desvirtuamos el concepto que tenemos de nosotros mismos. Hacemos una foto en la que podemos buscar el mejor ángulo, modificar sus parámetros para parecer mejores y más felices y mostramos esa singularidad irreal al mundo. Nuestras frustraciones e infelicidad son maquilladas con una buena foto publicada en alguna red, demostrando que aquello que los antiguos llamaban maya, el problema del glamour o la ilusión astral, se está expandiendo de forma considerable. Después de millones de años de evolución, hemos reducido, singularmente, nuestras vidas a una telepantalla.

A pesar de esto, hay una nueva singularidad que cada vez tiene más adeptos. Es la singularidad de saber sacar provecho de los avances de la tecnología sin quedar atrapados en ellos. Es la singularidad de aquellos que liberan sus vidas en vez de volverlas esclavas delante de una telepantalla. Es la singularidad, por poner un solo ejemplo, de marcharnos a vivir al campo, reconciliándonos de paso con los antepasados que tuvieron que abandonarlo por hambre y penuria. Esto también es una singularidad, porque una parte de la humanidad, aún muy pequeña, está retornando a las fuentes, a la sabiduría ancestral de la vida natural, reconciliada con la mónada de todas las cosas, con la magia, con los ritmos, con los ciclos, con la vida salvaje.

Los bosques ya no son lugares temibles e inseguros. Los campos se trabajan de forma diferente, amable y respetuosa. La vida cobra otro sentido más amplio, más verdadero, más lúdico, más real lejos del ruido de la ciudad, de su contaminación, de su glamour. La facultad de la ciudad es que basa su existencia en el trabajo y el entretenimiento. La industria de la distracción nos mantiene totalmente alineados, faltos de crítica, faltos de criterio y opinión propia. Solo pensamos en divertirnos porque es la única manera de no pensar, de mantenernos alineados a una realidad irreal, de mantener nuestras vidas singulares de forma distraída y distante de la verdad.

La singularidad también nos conduce a despertar de ese sueño, de esa delirante esclavitud y servidumbre y nos acerca cada vez más a la posibilidad de saltar al vacío. Un salto de fe que algún día será grupal y nos llevará, en un escenario positivo y óptimo, hacia una vida mejor. Y ahí la Inteligencia Artificial será nuestra aliada, porque nos advertirá de que nuestra estupidez humana, esa que hace que nos matemos y que matemos y destruyamos al planeta, no puede continuar. Ahí vendrá la singularidad perfecta, positiva. Ahí nacerá la genialidad de nuestro tiempo, nuestro despertar, nuestro renacimiento como humanidad.

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El Arte Real


Planos provisionales y ubicación de los edificios de la escuela, con el símbolo arquetípico del teorema de Pitágoras.

Nunca sabemos a ciencia cierta el precio o el valor de un sueño. Los sueños están ahí, como nubes que flotan en un cielo infinito. Algunas pueden ser atrapadas, otras se diluyen a medida que transcurre el día de nuestras vidas. Pero hay sueños que son diferentes, que no nos pertenecen, que forman parte de un arquetipo diseñado e inspirado para hacer progresar la humanidad. Son sueños colectivos, grupales, diríamos que pertenecen a otra dimensión y que solo pueden ser asumidos como propios cuando de alguna manera entendemos su lenguaje.

Estos días de intenso trabajo nos preguntábamos qué es aquello que hace que tanto trabajo, esfuerzo y sacrificio tenga el poder de movilizar nuestras vidas. No es algo propio, algo que venga de nuestro interior. Es algo que nace de nuestro inconsciente colectivo, es algo que viene de algún lugar más allá de nuestra mente. Son esas enseñanzas secretas de todos los tiempos, son todas aquellas sabidurías acumuladas generación tras generación. Son aquellos arquetipos que se transmitieron entre sabios, entre ilustres personas que deambularon por lugares e infinitos paisajes. Nos gustaría poder explorar todos aquellos sueños que de alguna manera llegaron a nosotros. Nos gustaría poder abrazar todo aquello que alguna vez fue dibujado en los albores de los tiempos.

Estos días han sido totalmente intensos. Hemos podido albergar dentro de nuestros corazones el sueño colectivo. Aquello que nos mueve y nos conmueve hacia el sueño grupal. La arquitecta, emocionada por la idea de colaborar en la construcción de un lugar tan especial, se encerraba en la pequeña caravana para trabajar profundamente. Y desde allí tejía esos sueños. Nosotros la acompañamos durante todo el proceso creador. Le vamos indicando las notas clave, los pensamientos simientes que nacen intuitivamente en nuestras meditaciones. Todo aquello que pertenece al mundo del símbolo y el arquetipo se va manifestando poco a poco en la construcción de un edificio que pertenece al arte de la construcción material. Esto tiene sus propias formas y sus propios contenidos, pero hay un arte mayor, que tiene que ver con el espíritu de todas las cosas y que a veces es llamado el Arte Real.

Es el arte de los arquitectos y constructores que van más allá de las visiones materiales y que pueden absorber dentro de sí todo aquello que tiene que ver con lo sagrado, lo oculto, lo esotérico. El Arte Real está compuesto por un lenguaje desconocido. Algunos lo llaman el lenguaje verde. El lenguaje de los pájaros o incluso el lenguaje simbólico que los maestros conocían desde tiempos inmemoriales. Ese lenguaje no puede ser descifrado por cualquiera. Hay unos códigos ocultos, hay unas formas, unas líneas, unas curvas que deben ser conocidas para poder crear un edificio que nos hable.

Simbólicamente, desde lo más profundo del ser, ese lenguaje que los constructores de espacios sagrados conocen, debe ser y debe continuar oculto. Y manifestado al mismo tiempo para todos aquellos que puedan descifrar sus claves. Hay algo de mágico en todo ello. Podemos recoger los números sagrados, las notas musicales e incluso la luz y los colores. Y podemos con ello comunicar un conocimiento profundo e insondable que traspasa toda barrera tangible.

El arte real es conocido por aquellos que pueden albergar dentro de sí una forma distinta de conocer y expresar la vida, de profundizar en la existencia envolvente. El lenguaje simbólico ha sido transmitido para que podamos interrogarnos generación a generación, sobre todo aquello que pertenece al mundo arquetípico, al mundo de los sueños, el mundo de las imágenes, el mundo de los preceptos. En definitiva, el mundo del verbo que se hace carne. Un mundo que nos capacita para entender la existencia humana y que nos obliga a interrogarnos sobre la misma.

El arte real nos permite construir un doble edificio. Un edificio material y un edificio simbólico. Un edificio de cuerpo y con alma. Un lugar donde mucha gente podrá retirarse, no solo para disfrutar de un tiempo de descanso, sino también para conectar con el mundo de los sueños, con el mundo abstracto, con el mundo que se manifestará en el futuro, el mundo de las almas vivas.

El poder del verbo y de la palabra, el poder del logos, del nous, será el poder del espíritu que se manifestará en cada una de esas piedras. Por ello, todo eso que estamos haciendo ahora con este doble sentido material y espiritual, debe albergar dentro de sí un código que despierte en el ser humano que se aproxime a ese edificio un alto grado de percepción, de compromiso y de cambio. No estamos haciendo un edificio de piedra, sino de roca viva que permita la transmutación interior de todo el que lo abrace.

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Sobre lo correcto y lo certero


Trabajando esta mañana en los planos de la futura Escuela

 

Aprender que un camino correcto y certero es muy diferente que un camino con paz en el alma es algo complejo. Uno puede pasarse toda una vida aplicando éxito en lo correcto y certero, en todo aquello que la buena sociedad espera de uno. Pero a veces eso no aporta paz en el alma, porque a veces lo correcto y certero no es lo que la vida espera de nosotros. A veces, y no siempre, la vida quiere que nos embarremos hasta el fondo, que nos equivoquemos una y otra vez, que anulemos cualquier posibilidad de éxito inmediato, de reconocimiento, de aceptación. A veces la vida nos pide un acto sincero de rebeldía, una capacidad sincera de derrota y sacrificio.

Arriesgarse a vivir a veces produce sendas confusas, locuras consumadas en el altar de la incongruencia aparente. Vivir no es solo respirar y comer. Si todo fuera tan simple, la existencia sería correcta y certera, pero presumiblemente incompleta. Por eso a veces nos preguntamos por qué hay un gran empeño en reducir la vida a lo correcto y certero. A respirar y comer, y poco más. Como si no hubiera más mañana, como si no pudiéramos otear un horizonte más amplio. Esa es nuestra estrechez, y ese es el mérito de nuestras vidas. Ser correctos y certeros para ir muriendo poco a poco por dentro.

Hoy teníamos nuestra primera reunión. La joven y entusiasmada arquitecta arriesgó su comodidad viniendo hasta aquí para vivir unas semanas, quien sabe si unos meses, en mitad de la nada. Desea entender mejor el proyecto para poder vincular su trabajo arquitectónico a la profundidad del espíritu que lo mueve. Es intuitiva y sabe que nuestros pasos están siendo dirigidos, de alguna manera, por algo mayor que un solo deseo, que un caprichoso camino correcto y certero. Sabe, a su manera, que hay un noventa por ciento de posibilidades de que la empresa fracase y, sin embargo, se aferra con fuerza, al igual que lo hacemos nosotros, a ese diez por ciento de posibilidades. Es ahí donde reside la esperanza, pero también la fe y la dicha. Es ese diez por ciento, tan alejado de lo correcto y lo certero, lo que nos mueve a existir.

No se trata tan solo de intentar crear un edificio, ni siquiera una nueva pedagogía en un espacio concreto y determinado. Se trata de seguir la senda de nuestras almas, y ellas, a su vez, seguir los designios del espíritu de los tiempos. Dicho así parece algo fácil, sencillo. Algo así como respirar y comer. Pero no. No lo es. El lazo místico que une nuestras vidas con nuestras almas, y estas con el gran espíritu es una malla compleja, indeterminada y alejada de lo correcto y lo certero. Es un camino angosto, difícil, diría que a veces imposible para el más despistado de los moralistas. Pero ahí está ese diez por ciento de anhelo, de incerteza, de incorrección. La expectativa es nula, pero ahí está el camino esperando, angosto, complejo. Respirar, comer y luego, avanzar, sea como sea de difícil la empresa. Eso es lo que nos mueve.

Lo cierto es que la arquitecta ya está aquí. Ahora viene un mundo de retos, de imposibles, de ensoñaciones. Hay que medir volúmenes, ajustar presupuestos, buscar plazos, dinero, recursos, personas, remover tierras, mares, aguas y vientos, desenterrar y desempolvar toda la fuerza posible. Incluso incrustar con cierto talento un trozo de utopía. Un trozo grande, muy grande, para que mientras avanzamos, tengamos el soporte de sabernos dentro de lo imposible, de lo arriesgado, de lo temerario. Lejos de la certeza y lo correcto, pero cerca, muy cerca del corazón, del alma, del anhelo.

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Lungta, el renacer del caballo de viento


 

Junto al trono hay estanterías llenas de libros. Se puede decir que todo este lugar es una gran biblioteca de saberes acumulados durante años y años. Quizás sea eso lo que me ha atrapado durante estos días, más de los imaginados. Un lugar perfecto para la reflexión, para la indagación y para la introspección. Miles de libros se amontonan por todas partes. Casi todos relacionados con la sabiduría perenne. Aquí me siento como en casa y me alegra mucho que el destino me haya brindado la oportunidad de permanecer aquí algunas jornadas más.

Esto ha provocado, a su vez, que se rompiera un lazo que requería ritualizar la quiebra, el final, el renacer hacia otra experiencia. Aún no somos conscientes del poder que nuestro pensamiento ejercer sobre nuestra realidad. Cualquier pensamiento puede transformar todo nuestro entorno, interior y exterior. Quizás por ello esta noche apareciera el espíritu de Lungta, el caballo de viento que representa el alma humana, disfrazada de bella dama de largos cabellos negros ondeando oníricamente. Me ha sorprendido la visión, y ha sido significativa por todo su contenido simbólico. Había algo de despedida en ella, pero también algo de renovación. De ruptura con el pasado, pero de esperanza hacia la fortuna futura. De nuevo el pensamiento transformador. Vivimos en el mundo que somos capaces de imaginar. Por eso, en este nuevo renacer, ¿qué mundo vamos a imaginar?

Lungta quería decirme algo, advertirme sobre algo. El alma humana, el caballo de los vientos, la mujer de largos cabellos que aún se añora en las largas noches de insomnio. El caballo alado es el mensajero de los dioses. Por eso apuro las últimas horas en este palacio para brindarme la oportunidad de soñar, de imaginar otros mundos posibles. La sensación es extraña, pero nace en mí un deseo de soledad absoluta, de retiro, de alejamiento del ruido para centrarme en la voz del silencio. Son procesos, son mundos, son esa siempre despierta necesidad de servir al mundo del alma, olvidando cada vez más las pasiones pasajeras de la carne. Entre las necesidades de unos y de otros, hay una que evoca con fuerza el cometido de esta vida, y es ahí donde aparece Lungta para obligarnos a recordar nuestro destino.

El mundo, con sus hierofantes y adeptos, con sus maestros invisibles e iniciados que ayudan en la construcción de la vida humana, esculpe en el universo de los sueños aquello que puede servir para el logro y el éxito común. Despertar a esa realidad requiere sensibilidad, visión y contenido. Las enseñanzas secretas de todos los tiempos nos obligan a despertar y proteger lo sentido. Mañana, de vuelta a las tierras del norte, reflexionaré profundamente sobre esa necesidad de silencio, de reconexión con Lungta, con la vida del alma.

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Reyes vagabundos


 

Sigo en la ciudad fronteriza de Asta Regia, de origen tarteso y ahora dominada por grandes viñedos y campiñas exuberantes, palacios y colegiatas, catedrales y bodegas infinitas, alcázares y consulados honoríficos que inmortalizan tiempos de gloria. Evoca todo ello al recuerdo de que alguna vez, por amor o desamor, quien sabe, repudié el título de cónsul honorario y me conformé con el de embajador consorte, que aunque fuera menos pomposo, me desligaba de la tiranía de la obligación y la elegancia que todo cargo de honor requiere y demanda. Hombre libre y alejado de riquezas y títulos, prefiero los caminos a los palacios, aunque de vez en cuando haga posada en ellos.

Errante, vagabundo, persiguiendo ese camino del loco que tanto amo, pero ahora con cierta dosis y necesidad de parada y descanso, aquí permanezco. No pensé que este lugar fuera tan bello. En este pequeño palacio que yace junto a la exuberante iglesia de San Miguel, acogido por una aristócrata descendiente de la nobleza irlandesa, me siento bien y descansado, a pesar de combatir frecuentemente el síndrome que llaman de vagotismo. Ayer la noble me despertó del aposento con un bello regalo, desayuno incluido, para celebrar mi revolución solar, junto a unas bellas flores amarillas que decoraban el lugar. A veces, ante tanto mimo y cuidado, dan ganas de enamorarse, pero ni siquiera esta primavera es capaz de sacarme una mota de deseo. Apagado el apetito, solo puedo dar gracias por tanta acogida y reparo, por tanta hermandad y premio, hasta que pueda continuar andante, o errante, hacia la siguiente posada, morada o reino.

Ayer di por terminado el viaje sanador y terapéutico con una última visita a unos amigos, descendiente alguno del rey García, rodeados de nobles escuderos que, sin recordarlo, pertenecen a una saga de hidalgos perdida en los albores del tiempo. Era difícil entender la afiliación entre al-Mutámid, el último rey abadí, y aquellos nobles señores que provenían del norte. Pero ahí estaba, trepando en los planos etéricos, reminiscencias complejas de razonar y difícilmente explicables, intentando ser enlazadas con personas como Ibn Hazm u otros enlaces místicos de la época que aún permanecen, invisibles, en las ramificaciones del tiempo.

Hacía ya muchas jornadas que no veía a mi querido conde, aristócrata de los de antes, perfectamente peinado como siempre, elegante con esas camisas de puño doble bordadas con iniciales y gemelos personalizados con el escudo familiar. Agradable al trato, bromista y cariñoso, amigo de magos, vagabundos y reyes, sin distinción, a pesar de haber sido una de las personas más influyentes del siglo pasado. Sentí al abrazarnos, saltándonos cualquier protocolo de seguridad, que nada se había roto a pesar de disgustos pasados, y que el cariño, por suerte, permanece. Seguía siendo el mismo, a pesar de que ahora andaba despistado de sus labores mistéricas, pero imbuido en el amor y en la experiencia de saber vivir. Aunque no tuvimos tiempo de hablar como antaño de lo divino, repasamos lo humano después de tanto tiempo sin vernos, recordando esa frase que acompaña a uno de nuestros libros: “siendo, eso es todo”.

También me alegró compartir mesa redonda con mi querido “señorito”, descendiente, sin duda, de algún noble marquesado inglés cuya sangre azul le destiñe aún su piel blanca. Paseamos un rato, tras el encuentro, por la vieja judería, y sin él saberlo, había allí alguien más, o algo más, que nos unía en el inevitable lazo místico, invisible, intangible. A pesar de ser tan diferentes en lo epidérmico, hay una unión que traspasa lo sustancial y nos advierte de que algo extraño ocurre en los profundos aledaños de la consciencia y la hermandad. Nada es casual, ni siquiera las amistades que permanecen y se cultivan vida tras vida. Solo debemos recordar, aprender a recordar.

Y así permanezco, acomodado en este disfraz de vagabundo, como un mago que se caracteriza para permanecer invisible en los mundos profanos, no olvidando que, siendo rey, debo disimuladamente poner a prueba a todos los que alguna vez fueron aliados. Y es desde ese reinado, el de las almas emancipadas, el de la hermandad del espíritu libre, que seguimos intentando liberar a los presos del planeta. Entre ciénagas, entre claroscuros, disimuladamente.

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“Veo, y cuando el ojo está abierto, todo es luz”. Dejando penetrar la luz desde Jerez


«Soy uno con mis hermanos de grupo y todo lo que tengo les pertenece. Que el Amor que hay en mi alma afluya a ellos. Que la Fuerza que hay en mí los eleve y ayude. Que los pensamientos que mi alma crea les alcance y animen».

No quisiéramos hablar desde una posición moral superior. Nunca es esa nuestra intención. Siempre preferimos ser agitadores de consciencias, aunque esto tuviera algún tipo de precio, antes que ser sibilinos encantadores de serpientes o flautistas de Hamelín, hechiceros y adormecedores de voluntades propias y ajenas que repiten una y otra vez aquello que la gente quiere escuchar. Preferimos agitar, despertar, incomodar antes que hipnotizar o embaucar con milongas a unos y a otros. Esto nos ha creado enemistades y recelos. Pero no importa. Somos uno con nuestros hermanos y todo lo que tenemos les pertenece.

Lo cierto es que tras unos días en la ciudad sentí cierta angustia por lo que aquí puedo ver ahora desde otros ojos, desde otra visión diferente. Decidí marcharme antes de terminar asfixiado o asfixiando a los demás con esa visión escurridiza e irreverente. Tuve la suerte de poder abrazar a algunos amigos, aunque no ha todos. No pude hacer las vacaciones que quería, pero al menos despejé mi mente y mi corazón y eso sanó parte de cualquier angustia que pudiera haber arraigado en tiempos pasados. Desde Barcelona me dejé deslizar por la costa hasta Alcora, donde pasé una noche sanando heridas invisibles. De ahí a Villareal, Ontinyent, Almería, Marbella, Málaga y algunos otros lugares hasta llegar a Jerez de la Frontera. En cada parada un amigo, un abrazo, una sanación.

Me gustaría hablar de cada uno de ellos, de todas las historias entrelazadas que surgieron en cada encuentro, algunos breves, otros necesarios, la mayoría reparadores. Quizás cada encuentro depara una historia, una idea, una reflexión para compartir peripecias o inspiraciones. De nuevo hice algo que llevaba tiempo sin hacer. Dormir en el coche. En plena pandemia no quería molestar a unos y otros, y sentía la necesidad de vivir un poco la vida de vagabundo que tanto me gusta. Es ahí cuando conecto realmente con la vida, con la incertidumbre, con la intemporalidad y la impermanencia. Es ahí cuando te das cuenta de que no necesitas nada, prácticamente nada para seguir adelante.

Me di especialmente cuenta en la ciudad. Observaba el ajetreo de unos y otros con esa extraña misión de acumular cosas, de comprar cosas. Ya no quiero nada. Solo lo justo para seguir comiendo algo, para seguir vagabundeando de vez en cuando, para seguir ayudando a unos y otros, para seguir inspirando irreverencia. Decidí, casi involuntariamente, parar en Jerez. Aquí una amiga del alma, estudiante arcana, me acoge y me deja una habitación llena de libros donde poder terminar de corregir el libro sobre los misterios. Por algún motivo que desconozco, aquí, en este pequeño palacio lleno de libros, cultura y espiritualidad, haré este año mi pequeño tránsito hacia la próxima revolución solar. Un cumpleaños diferente, improvisado, inesperado. Este pequeño palacio es como un monasterio donde se respira calma y hogar.

Aquí también celebramos esta mañana la meditación de la luna llena de Wesak. Con los ojos cerrados, recordando quienes somos desde nuestro Ser, uniendo las voluntades y propósitos del alma. Rodeados de libros azules, recordando que somos unos, entonando tres veces el om, permaneciendo en el centro de todo amor, resurgiendo como almas, trabajando desde el centro de la ley del servicio, dejando penetrar la luz del amor, la luz que nace de la fuente de la que venimos.

Creo que cuando uno hace un descubriendo de este calibre, el descubrimiento de que cierta visión nos penetra, lo mejor es guardarlo como un secreto hasta que dentro de nosotros nace la luz de la comprensión total. A veces no puedo decir nada, ni mostrar nada, porque en las cuestiones del alma somos recelosos, al menos hasta disponer de la prudencia y el tiempo necesario para desvelar los entresijos del Ser. Amar en silencio es mi especialidad, y reconocer a las almas forma parte de mi paciente labor… Todo lo mío les pertenece, todos somos Uno. Mañana es mi cumpleaños, mañana toca nacer de nuevo.

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Día de Sant Jordi en Barcelona


Hoy he sido un día muy especial. Largo e intenso. Lleno de amistad y compartir. Aunque no soy muy dado a la autopromoción, os comparto estas dos entrevistas realizadas especialmente para celebrar el día del libro. En ellas hablo del próximo libro que editaremos: la Gestión del Misterio, coescrito con el amigo Emilio Carrillo y que ayudará a financiar la futura Escuela de Dones y Talentos. Espero que os gusten…

Gent del barri


Tras casi dos años sin volver a la ciudad, penetrar en sus nieblas ha sido algo traumático. Nada más traspasar las últimas montañas se podía ver y oler a ciudad. En los bosques desarrollas cierta sensibilidad, cierta manera de ver y observar las cosas de forma diferente.

Ya desde lejos se veía la gran nube de contaminación. También la gran nube de luz que por la noche no deja espacio para poder ver las estrellas. Y los ruidos, muchos ruidos por todas partes. De coches, de personas, de fábricas, de trenes y aviones. Cuando llegué ya sentí el agotamiento invisible. La ciudad es como una losa soportada por el aura de todos sus habitantes. De repente sentí esa losa.

En este bloque de tan solo ocho vecinos, el lugar donde crecí desde muy pequeño, se captan más de treinta redes wifis. Otro tipo de contaminación invisible. Aquí cada vecino tiene su red wifi, su lavadora, su secadora, su lavavajillas, su, su, su… Es algo absurdo. Sería tan fácil poder organizarse y compartirlo todo, con todas las ventajas que eso supone.

Fuimos al parque, al gran parque de la ciudad, para intentar respirar algo. Un lugar donde antiguamente había un palacio abandonado entre un pequeño bosque cubierto todo de maleza. Ahora estaba limpio, ordenado, restaurado, con algunos árboles. Fuimos al lugar junto al pequeño estanque donde la gente suele ir a leer algún libro. El parque ahora estaba rodeado de grandes y lujosos edificios y grandes carreteras que lo circundaba. ¿Pero cómo puede nadie leer ahí con tanto ruido?

De repente, a pesar de haber nacido y crecido en la ciudad y tan solo llevar siete años fuera de ella, me sentía un poco aldeano, alejado de esta realidad, un extraño para todo. Sentí una gran necesidad de marcharme, de volver a la pequeña cabaña. Ha sido como bajar de repente a un infierno extraño donde la gente intenta vivir una vida igual de extraña.

Estuve paseando por el barrio. Ya casi no conocía a nadie. Es como si la “gent del barri” se hubiera esfumado, o como si ese pasado bucólico que uno siempre recuerda de la infancia ya no existiera. Los pocos que quedaban habían envejecido. Estaban casi irreconocibles. De mi quinta no quedaba nadie. Todos habían emigrado por la imposibilidad de costearse la vida en esta gran ciudad. La verdad es que venía con ilusión y cierta añoranza. Pero aquí todo se desploma. Todo es gris, todo es asfalto, todo es ruido.

Cuando nunca has vivido en el silencio, ese ruido no te molesta. Pero cuando has penetrado en los sigilosos rumores de la naturaleza, volver a este lugar es como volver a un mundo imposible. Quien sabe si de aquí a veinte o treinta años las ciudades serán más habitables. La revolución verde habrá llegado, los coches no serán contaminantes y ruidosos y quizás toda la vida aquí sea mejor. Aún así, el asfalto, las casas-madrigueras, la oscuridad de estos lugares y la masificación serán siempre un gran escollo para una vida más natural y verdadera. ¡Mucho ánimo a todos los que vivís en las ciudades! Mucho ánimo con todas esas comodidades que cuestan tanto poseer, conservar y proteger. Algo absurdo cuando sin tener nada, se puede vivir todo…

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En búsqueda del don


 

Estaba pensando hablar sobre la tercera era axial, pero sentí que debía escribir sobre los acontecimientos más inmediatos, cercanos, a veces frustrantes, imperfectos, contiguos a lo más íntimo. Hoy ha sido uno de esos días locos donde dedicaba dos horas a cargar pesadas carretillas llenas de cemento y arena, salía corriendo a pagar impuestos, hacía de taxista para llevar a unos y recoger a otros, compraba víveres, contestaba llamadas e intentaba desesperadamente encontrar un depósito de agua de cinco mil libros para sustituir el que ahora tenemos que está a punto de colapsar. De cuatro a cinco tuve una hora de descanso que aproveché para ducharme, hacer lavadoras y correr veinte minutos con el amigo Geo con la intención de, mientras lo hacía, ir contestando esos cientos de wasas, llamadas o mensajes que se reciben todos los días. En esa agitación tenía tiempo de mirar cada flor, cada árbol cargado de verde, de escuchar el canto de cada pájaro y ver, más allá del bosque, las montañas y los cielos. Si por dentro no colapso es porque la naturaleza me sana y me renueva hora a hora, día a día, semana a semana.

Entre todo ese ajetreo habíamos quedado a las cuatro. Una buena amiga me pidió encerrarnos todo un fin de semana porque llevaba atascada trece años con un libro y no era capaz de salir del atolladero. Respiré hondo y le propuse estos días para emprender la difícil misión de dar sentido a algo que lleva trece años en un proceso inabarcable. Le invité a la cabaña y desplegó en ella todo su trabajo durante dos horas, ocupando cada rincón de este reducido espacio. Atendía paciente su explicación, el argumento prácticamente de toda una vida, la necesidad de esa bella mujer de querer expresar todo lo que llevaba dentro. Cuando terminó, llegó mi turno, y ahí me di cuenta de que podía ser útil. Pude identificar sus conflictos, sus miedos, sus atascos porque también habían sido los míos. Me sentí seguro con mis palabras y me di cuenta de que estos años como editor y escritor habían servido para algo. También el hacer una larga tesis doctoral sobre un tema complejo y vivido.

De repente sentí una sensación extraña, algo que me poseía y al mismo tiempo me iluminaba. La idea de querer crear una Escuela de Dones y Talentos tenía todo el sentido del mundo. Siempre he deseado ayudar a los demás a encontrar su propósito vital, pero también siempre he deseado que los demás brillaran por sí solos. Me doy cuenta de que mi vida siempre se ha centrado en hacer que otros encendieran su bombilla interior. Como en todo, cometí grandes errores, algunos de los cuales me costaron valiosas amistades, pero en esa torpeza había un don aún por desarrollar.

Ayudar a los otros, no desde un punto de vista caritativo ni compasivo, sino desde un punto de vista emancipador, es algo que me conmueve. Especialmente cuando he visto que esas horas en las que hemos estado trabajando juntos han servido para mucho. Estoy convencido, sin haber terminado aún el proceso de apoyo, que esos trece años de incertidumbre terminarán este fin de semana. No solo para mi amiga, sino también para mí. De mis trece libros escritos y editados y de los muchos empezados y no terminados, hay uno que siento como muy especial. Es uno que empecé a escribir en 2008, justo ahora, también, hace trece años. Por eso, mientras hablaba y aconsejaba a mi amiga para que terminara su libro, en el fondo me estaba hablando a mí mismo. La única diferencia es que mi libro, mi eterno libro, no me causa agobio ni estupor. Me gusta que sea una obra inacabada porque todos los meses le dedico un trozo de tiempo para colocar en él una idea o algunas palabras.

Me doy cuenta de que todos vivimos una vida inacabada por no ser capaces de enfrentarnos al reto de seguir nuestra intuición, nuestros dones y talentos, nuestros propósitos vitales. Y mientras lo pensaba y lo sentía, me daba cuenta de que esta Escuela que vamos a crear aquí en este lugar servirá para iluminar las almas, para hacernos conectar con ese mundo arquetípico y maravilloso que hará que algún día nos liberemos y emancipemos de todas las necesidades del mundo. Sentí, de repente, que ese y no otro era mi propósito, y que debía aprovechar todo ese bagaje y conocimiento para seguir ayudando a los otros a encontrar su estrella, su camino, su modelo de emancipación interior.

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Matrix y la oreja de cerdo


Llegó desde México con toda su inocencia de artista, joven e iluminada, enamorada de su novio aztequense, con deseos de progresar en su profesión como cantante. Cosas de la vida, nada más aterrizar en su ciudad natal después de unos intensos años haciendo las Américas, terminó en estas montañas. Como cualquier otro que pasa por aquí, encintó paredes, trabajó en la huerta o buscó leña en los bosques. Como es joven deseaba trabajar y ganar algo de dinero. A las pocas semanas su simpatía pudo a la pandemia y bajo todo pronóstico encontró rápidamente un trabajo de camarera. Como no tiene coche, la llevo y traigo todos los días al matrix, como ella dice repetidamente. “Aquí, en las montañas, vivimos en la cuarta dimensión, exactamente igual que en la película de las nueve revelaciones”. Como si este fuera otro mundo para ella, todos los días nos describe sus experiencias en el otro lado, allí en el pueblo, en el valle, con las gentes.

Como ser sensible nacida en esta nueva era, no come animales. Hoy le tocó, con lágrimas en los ojos, cortar una oreja de cerdo y cocinarla. “Lloraba mientras lo hacía”, explicaba compungida. “¿Cómo puede haber gente que coma animalitos?”, decía totalmente estremecida. La miraba con cierta compasión mientras notaba su sensibilidad extrema, su aura diferenciada del resto, su belleza interior reflejada en ese anhelo por crear y transmitir la idea de un mundo diferente, donde la vida cobra un nuevo significado profundo.

En su conversación sentí que habitábamos en mundos diferentes. Ayer lo intentaba explicar mientras hablaba crípticamente sobre la vida de Bodhidharma. Está el valle, el mundo de la materia, el mundo donde toca experimentar la vida de forma a veces excesivamente tosca, a veces extraña y oscura. Un lugar donde la gente se alimenta de orejas de cerdo, ignorando por completo las leyes más simples de la compasión, del respeto hacia los seres sintientes, de aquello que, en el otro lado de las montañas, se asimila con normalidad.

Por la tarde llegaron los topógrafos para realizar la medición de la finca y poder situar correctamente la futura escuela de meditación, estudio y servicio, la escuela de dones y talentos donde intentaremos hacer pedagogía de este nuevo mundo, de este nuevo paradigma, de esta nueva sensibilidad que ya está calando poco a poco como agua fina. Fue una tarde muy larga donde tuvimos tiempo de hablar de mil cosas. Uno de los topógrafos compaginaba ese trabajo con el de terapeuta. Llegó sin mascarilla mientras que su compañero siguió los protocolos del “matrix”, de la tercera dimensión. Nosotros no llevamos mascarillas, ni hablamos de vacunas, ni de pandemia. Cuando viene gente alarmada y nos empieza a comentar todo lo que ahí fuera está pasando, nosotros nos miramos como si viviéramos realmente en otra dimensión, o en otro planeta.

A veces, sin malicia, nos vienen ideas inconexas. ¿Cómo no puede estar enferma una humanidad que se alimenta de orejas de cerdo? ¿Cómo no puede vivir en la oscuridad personas que no son capaces de experimentar en sus adentros un ápice de sensibilidad hacia nuestros hermanos animales? Y nunca lo decimos o pensamos desde ninguna superioridad moral, intelectual o espiritual. Lo decimos y lo pensamos con la misma naturalidad en la que ejercemos cierta consciencia crítica con respecto al esclavismo o la propia pena de muerte. La humanidad ha avanzado mucho en estos últimos cien años. La igualdad de género, la abolición de la esclavitud, el derecho a tantas y tantas cosas que hasta hace poco eran inimaginable.

Ahora la humanidad debe enfrentarse a un grado mayor de exigencia. Debe comprender que estamos entrando en una nueva época, en un nuevo paradigma, en un nuevo sentir, en un nuevo y más refinado grado de sensibilidad hacia la vida. Y en este nuevo mundo no se puede ser tibio. Con seguridad y afirmación rotunda, hay que decir claramente que no está bien el comer orejas de cerdo, ni ser cómplices de semejante aberración. Hay que levantarse y decirlo de igual manera que años antes otros lucharon por todo tipo de derechos que ahora, gracias a ellos, vemos con cierta normalidad. Hay que gritarlo una y otra vez, hasta la saciedad. Hasta que el comer orejas de cerdo deje de verse como algo normal. Hasta que toda la humanidad entera entienda que lo que ahora nos parece lo más normal del mundo, algún día deje de serlo.

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¿Por qué BodhiDharma se fue al Oriente? El ciprés en el patio. No tengas nada. Sé feliz.



En los días sombríos y lluviosos, siempre nos preguntamos lo mismo: ¿qué hay tras las montañas, bajando hacia el valle? Y la respuesta retumba entre los ecos del tiempo, más allá del umbral, junto a la puerta estrecha, en todos los recovecos: el mundo material. ¿Por qué hemos dejado el mundo material allí atrás? Porque en el mundo material no hay paz ni libertad para la mente. ¿Por qué? Debido a que la gente no tiene suficiente espacio para gobernar las cosas del alma, solo se preocupan en mantener las cosas del mundo de las formas. Todo su espacio está lleno de la idea del yo, abandonando por completo todo aquello que hay más allá de los valles. Las aficiones mundanas nos conducen a crear lazos y pasiones. Al final se pierde lo que amamos, por eso experimentamos el sufrimiento. Si dejas de tener apegos, dejas de tener dolor. Si vaciamos nuestra mente, si vaciamos nuestras vidas de cosas, podemos superar el sufrimiento.

En las montañas se tiene sed por liberar el alma. Primero, renunciando a uno mismo. Alejarnos del camino angosto del ego, donde se acumula el polvo y el hollín, para abrazar el mundo ilimitado del alma. El camino de la libertad absoluta requiere la absoluta negación del mundo material, el absoluto desapego hacia las cosas. Por ser eficaz, ¿no debe un faro estar lejos, en lo más alto? Inquebrantable, el faro permanece hasta descubrir bajo sus pies las raíces de la verdad, del camino, de la vida. Es allí, en lo alto, donde resplandece y guía. Es allí donde su propósito encuentra razón de ser. ¿Quién encerraría la luz de un faro entre el polvo y el hollín?

¿Hacia dónde va el maestro de mi ser? Se interroga la vida en las montañas, ausente y alejada del mundo material. Ferviente y perseverante, lejos de las distracciones e ilusiones, con el único fin de llegar al verdadero ser, a la verdadera unidad con el todo. La forma no difiere del vacío, ni el vacío de la forma. La forma es vacío, el vacío es forma. Uno va a las montañas para liberarse del polvo y la suciedad del mundo, de todo su ruido y aire impuro, buscando en la otra orilla un sopor de libertad. Pero todo esto es imposible si antes no has sido capaz de amar incluso la basura, el polvo del mundo y la angustia de la vida. La perfección solo puede alcanzarse abrazando todas esas cosas. Todo lo sucio, lo imperfecto, lo angosto, lo terrible. Alejarte de las cosas es entrar en un mundo de remordimiento, por eso, antes de subir a la montaña, hay que abrazar todas las cosas, hay que amarlas. A veces hay que volver al mundo, a la turbulencia de la vida, para encontrar el sentido verdadero.

Cuando los lazos que nos unen a este mundo se vayan cortando uno a uno, navegaremos entre dos orillas. La vida es para los que se quedan en el eterno fluir, la vida es para los que están vivos. El resto deambula confuso entre las tinieblas del deseo. Solo cuando no se tiene nada, se apaga el deseo, y solo cuando se apaga el deseo, se es feliz. Allí, en el patio, junto al ciprés, en lo alto de las montañas, mirando al oriente, ese lugar dónde se marchó BodhiDharma.

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Cómo romper con la figura del gurú


 «Porque en esto, ni hay docente, ni alumno, no hay líder, ni gurú, no hay maestro ni salvador. Tú mismo eres el profesor y el pupilo. Tú eres el maestro, el gurú y el líder…Tú lo eres todo. Y entender es transformar lo que existe». Jiddu Krishnamurti

Es muy difícil hoy día no caer en la somnolencia producida por un gurú, un maestro o cualquier otro tipo de autoridad carismática. En muchas ocasiones, las necesidades no cubiertas de la infancia o las carencias que en ella se vivieron se reproducen de forma análoga en la inmediatez de la edad adulta. Hay muchas personas que encuentran en alguna ideología, creencia o dogma un sustituto perfecto para esos vacíos existenciales. Y si esas ideologías, creencias o dogmas vienen acompañadas de la mano de un ser carismático, el coctel es perfecto. Esto crea una dependencia emocional que a veces incluye una dependencia económica e intelectual, siendo guiados, sin darnos cuenta, hacia una nulidad de nuestra propia identidad y propósito personal.

Es muy frecuente que por la “Hermandad del Espíritu Libre” lleguen todo tipo de personas que van buscando ese tipo de figura. Por eso, cuando se identifica esa necesidad de dependencia personal, se rompe con el glamour de cualquiera que pudiera estar ejerciendo algún tipo de autoridad carismática. Estamos convencidos de que, en esta nueva era, la autoridad debe ser grupal, y nadie, por más que destaque, puede interferir en esa idea. De ahí nuestra insistencia en la emancipación personal y en la no afiliación a nada ni nadie, si no es expresamente realizada desde la más absoluta libertad, autonomía y emancipación.

Intentar “matar al Buda”, como dice el antiguo koan oriental, es imprescindible para poder ejercer nuestra libertad. Los cantos de sirena de unos y otros a veces nos hacen modificar nuestras vidas hacia los caprichos aleatorios de terceras personas que solo nos utilizan, la mayoría de las veces de forma inconsciente, para satisfacer sus propias necesidades de aceptación y admiración, reconocimiento y vacío. Nuestras brechas emocionales, nuestros anhelos incumplidos, nuestras decepciones vitales, nuestras rupturas o carencias son caldo de cultivo para caer en las redes invisibles de la dependencia, muchas veces encubierta y disfrazada de amabilidad, conocimiento o sensibilidad excesiva.

Cuando alguien se acerca con ese tipo de necesidades, mostramos todo nuestro abanico de imperfecciones, sacamos nuestra mejor versión del payaso que llevamos dentro y rompemos con cualquier tipo de autoridad que pudiera ejercerse de forma consciente o inconsciente. A continuación, llega repentinamente una gran decepción por parte de la persona que reclama a viva voz ser víctima de los tentáculos de cualquiera que se le cruce en el camino. Para nosotros, esa decepción es un acierto, porque de alguna manera deseamos insertar la idea de que las personas sean completamente libres, independientes y pensantes, autogobernadas y soberanas.

Muchas veces no somos del todo conscientes de esas redes de dependencia que creamos en otros, o que otros crean sobre nosotros. Están tan disfrazadas que resultan difícil poder reconocerlas. Son dependencias insanas, que a la larga provocan un colapso en la personalidad. Poseer poder, o carisma, es una responsabilidad que hay que administrar con sumo cuidado para no crear codependencia. Unos por necesidad de admiración y los otros por necesidad de estima. El ego no sujeto a los designios de la consciencia a veces es tentado y tentador. Romper ese fino hilo es tarea ardua.

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Como las fuerzas del mal ayudan a las fuerzas del bien


«Se mide la inteligencia de un individuo por la cantidad de incertidumbres que es capaz de soportar». Immanuel Kant

La dualidad es algo humano. El mal solo es una energía mal situada. Realmente, no existe en los planos arquetípicos un “mal” consciente. Existen fuerzas mal situadas, energías mal situadas, errores en los procesos evolutivos, dualidades necesarias para que la creación mantenga dentro de sí todo su poder creador. Si nos fijamos con desapego de nuestra propia dualidad humana, de nuestra propia moral y nuestra ética, no podemos juzgar negativamente los ciclos, los procesos, la dualidad en la que vivimos y tenemos nuestro ser. La noche es consecuencia de la ausencia de luz. Podríamos juzgar todo eso como algo negativo, sin embargo, esa oscuridad nos permite descansar, reposar, reflexionar sobre las acciones del día. La dualidad noche/día tiene su propio sentido. Igual ocurre con los ciclos que compaginan los solsticios con los equinoccios. La vida se recrea con fuerza gracias a las estaciones. No es malo el invierno ni bueno el verano. Cada uno, a su manera, tiene una gran función creadora.

En el invierno todo muere. El propio ser humano vive sus ciclos invernales. La enfermedad y la muerte, el sufrimiento y el dolor, la pérdida y la decadencia, forman parte de la vida. Son fuerzas de regeneración, de renovación, de procreación. Lo viejo y añil muere para que lo nuevo pueda restablecerse. Recicla lo caduco, permite la nueva vida. Vemos la enfermedad como algo terrible y la muerte como un drama, pero desde la aceptación, podemos pensar que estamos ante el propio proceso de la vida y alinearnos con desapego a sus ciclos.

El mal que hemos sufrido nos ha ayudado a crecer. Si pensamos en todo el dolor que hemos soportado en nuestras vidas, nos damos cuenta que fortalecieron de alguna manera nuestras almas, nuestra presencia integradora, nuestra voluntad de ser útiles a la vida. No hay mal que por bien no venga. Es abrumador pensar que es así. Que todo lo padecido sirvió para algo. A veces algo que no logramos comprender, analizar, visionar. A veces tiene que ver con una enseñanza sutil, algo que nos permitirá desarrollar nuestros dones y talentos en un futuro, nuestra apuesta por generar riqueza para todos, para el mundo en su globalidad. Riqueza exterior que ayude a embellecer el mundo. Y también riqueza interior, que nos ayude a ser hermosos, sensibles, desapegados.

Las fuerzas del mal nos ayudan a ser mejores. Durante siglos hemos vivido en constantes guerras, pero la peor de ellas, la guerra mundial, nos hizo comprender que ya era hora de empezar a entendernos, a dialogar, a cooperar. La humanidad, en un momento de trauma colectivo, comprendió que debía apoyarse, hacerse amiga, valorar al otro. Eso se potenciará aún mucho más en cada crisis futura. El mal que ahora perdura nos ayudará a reinventar nuestra condición humana, a vaciar de contenido todo aquello que es perjudicial, y hará que cada día más, nuevos visionarios dibujen las líneas que deberán llevarnos hacia otro estado de cosas. Un estado amoroso, pacífico, cordial, amable, alegre. Un estado que nos hará vivir en paz y prosperidad continua.

Empecemos a pensar en cual será nuestro legado, aquello que haremos que este mundo sea más hermoso y pacífico cuando no estemos. Dejemos una hermosa huella. Hagamos que el mal que nos asola, haga de nosotros personas buenas y mejores. No luchemos contra el mal, aceptemos su enseñanza y utilicemos su fuerza mal situada para crear bien. Busquemos en el jugo de la vida todo aquello que debe ensalzar la vida. Alegres, diáfanos, fuertes, sigamos el curso del devenir.

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Gloria in excelsis Deo


Hoy contemplando la vida junto al antiguo monasterio de Samos

 

Miraba el reloj y parecía que no pasaban las horas allí justo en frente del antiguo monasterio. Junto al río, los árboles, ya brotados, ya verdes de nuevo, ya vestidos para la ocasión del renacer, miraban fijamente la escena. Allí no había tranvías ni ruidos. Solo una plácida brisa que se arremolinaba entre las copas. Nunca estuve en Dublín, por lo tanto nunca pude recorrer las estaciones de Blackrock ni Dalkey. Es curioso, porque una vez besé a una hermosa mujer irlandesa y recorrí casi todos los países europeos, pero siempre dejé para el final Irlanda. No es nada importante, pero hoy sentía como si de repente me hubiera mimetizado con los bosques y me hubiera convertido en una especie de elfo, o de duende/fauno, como hoy una conocida escritora me llamaba en el prólogo de un libro recién terminado. ¿Un duende/fauno? Quizás debería tocar alguna flauta y revelar el porvenir por medio de esas insospechadas voces que se escuchan en los bosques o a través de sueños.

Sí, las horas pasan. Los limpiabotas lo saben bien. Cada hora, cada instante, es un tapiz bermellón que se desgarra de nuestra cuenta vital. En ultramar tienen la costumbre de medir el tiempo de forma diferente. Pero si miramos a tientas el devenir, sabemos que estamos en una cuenta que se acaba, aunque no sepamos cuantos gramos de tiempo nos corresponden. En el fondo somos súbditos de todas esas limitaciones. Ya sabéis, el tiempo, el espacio y esa pequeña frustración por no sentirnos en todo momento libres. Siempre nos ata algo, algún reflejo, alguna emoción, algún pensamiento. Somos antorchas clavadas a una estaca en mitad de la noche. Un susurro imperceptible que ilumina centelleante en medio de una costosa nada. Como aquel estallido de sol que aparece al alba, para luego arrodillarse en el ocaso del día.

La irreparabilidad del pasado nos hace permanecer callados, contemplativos, silenciosos. Como si fuéramos responsables de todos nuestros errores y como si esos errores paralizaran toda nuestra vida. ¡Ay esos insensatos remordimientos! A cada nueva decepción, nos deprimimos aún más. En vez de gritar y liberarnos de esos grilletes que somos nosotros mismos, despejar la cuenta del mañana y saltar libres ante el indecoroso porvenir. Digo todo esto mientras escucho un canto en arameo, mientras tiro una moneda al aire y mientras bendigo la desigualdad de cada día, de cada pequeño fragmento de vida, recordando aún la tarde junto al monasterio.

Hoy es una noche extraña. Con voz baja y limitada intento comprender el aullido interior, la somnolencia de todo cuanto ocurre. Me he acordado de repente de Zoe. La vi solo una vez mientras cantamos salmos en una pequeña ermita. Su sonrisa era inolvidable, su alma exquisita. Era primavera en las altas planicies de Escocia, junto al mar, en la bahía. Aún hacía ese frío polar que arruga el alma, pero allí estaba su sonrisa inmortal. Bastaron veinte minutos de canto y cinco de paseo compartido para que su nombre y su mirada quedaran grabadas para siempre. A veces desearía tener ese poder sobre los otros. Un poder balsámico, complaciente, mágico. Sonreír y que ya nadie pudiera olvidarte, como ese evanescente reino de los olores que Jean-Baptiste Grenouille pudo crear alguna vez. A veces me pregunto si Zoe alguna vez existió, o fue producto de uno de esos inolvidables sueños. Veinte minutos de canto, cinco minutos de paseo. ¿Cómo te llamas? Le pregunté: Zoe, me respondió con esa inmortal sonrisa. Nunca más supe de ella, pero no importa, porque ella permanece.

También recordé aquel concierto donde la batuta parecía protagonista. Los recuerdos se amontonan en cada sintonía. Los tiempos han cambiado y ahora no sé cuando podré ir a Dublín. “Gloria in excelsis Deo”, era la canción. ¡Kyrie eleison!, me repito interiormente. La vida son instantes, instantes aquietados, de esos que van y vienen y se posan en tus rodillas para luego emprender el vuelo. No hay tiempo que perder, porque la cuenta sigue. Parece que no pasen las horas cuando te plantas en frente de los árboles. Pero algo nos dice que pronto o tarde, algún día, todo terminará. ¡Tu solus altissimus! ¡Cum sancto Spiritu!  Aún respiran las piedras del monasterio dentro de mí. Aún deseo vivir, y saberme inmortal, como Zoe.

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Los dioses mueren y resucitan


John Collier, Lady Godiva, 1898.

 

«Muchos de los que duermen en el país del polvo se despertarán; unos para la vida eterna; otros, para el oprobio, para el horror eterno. Los doctos brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a la multitud la justicia, como las estrellas por toda la eternidad» (Daniel 12:2-3).

Los que viven en el país del polvo tienen una vida difícil. Todo es gris y todo se relaciona fuera de los ciclos. No existe vida realmente, sino supervivencia para acondicionar cincuenta metros cuadrados de habitáculo, mantenerlo y desear que otros lo hereden. Es en verdad una vida llena de horror eterno, porque sin ciclos de vida, muerte y resurrección, nada tiene sentido. La oscuridad se cierne sobre ellos, y la vida deja de existir.

Aquellos que viven cerca de los ciclos, en la naturaleza, en el campo, en los valles, junto al río, en bosques perdidos o en las cumbres de las altas montañas, se asemejan a los dioses que mueren y resucitan, esos dioses invisibles pero reales que encarnan el poder de la fertilidad, que ante la muerte de cada año en el solsticio de invierno, despiertan y resucitan como el grano para reinar de nuevo en cada equinoccio primaveral. Como hicieron Atis, Tammuz, Baal, Adonis, Osiris y el mismo Jesús el Cristo. Murieron y renacieron, resucitaron a la vida eterna de la vida endiosada, de la vida de las esferas, de la vida intangible que aún somos incapaces de entender.

Es el patrón de la energía solar, como nos diría Charles-François Dupuis y en el que más tarde profundizaría Frazer, el patrón de la caída del hombre en el Génesis como una alegoría de las dificultades causadas por el invierno, y la resurrección de Jesús representando el crecimiento de la fuerza del sol en el signo de Aries, en el equinoccio de primavera, donde la vida resurge de nuevo con fuerza y vigor.

Sea como sea, es tiempo de que los dioses preparen su simiente, su siembra, su semen. La semilla entrará resucitada en la oscura tierra y desde allí buscará de nuevo el anhelo de la luz. Ocurre lo mismo con la procreación, con la creación de nuevas almas y nuevas vidas. El semen entra en la cueva, más allá del pubis, y allí se entierra anhelado para crear vida, vida que buscará resucitar a la luz en un ciclo mayor meses más tarde. Los mitos de antaño quieren recrear esa sensación de renovación, de expansión de lo vital, de fluir de los rayos del sol por toda la orbe de la existencia. El cosmos entero resucita una y otra vez en cada respiración profunda. Y así como es arriba, es abajo. De ahí la llamada, la fuga, el deseo de continuar con los ciclos.

En el mundo de las almas ocurre parecido. El propósito divino es siempre universal. Si aquí en la tierra el amor surge como expresión de renovación, también ocurre allí en los cielos. Si aquí nos tocamos, nos rozamos y nos compenetramos en el ciclo de la vida, allí arriba, en los cielos celestes, se regocijan ante el jolgorio y el cancionero primaveral. No solo las aves son capaces de expresar ese vigor. También la sabia de los árboles, los enamorados perdidos en prados y valles, sobándose ocultamente bajo la sombra de cualquier árbol, besando los labios como expresión de resurrección. El beso oculto no es más que la expresión más viva de todo aquello que resucita en nosotros.

Esa necesidad de abrazar de nuevo la vida, de volverla aliada, de conquistarla con deseo y belleza, con canto y desenfreno, en esa orquesta que reclama resucitar una y otra vez ante el espesor de la existencia, esa necesidad, hay que expresarla. Enamorarse de nuevo es resucitar a la vida de nuevo, es volver a reiniciar los ciclos, es sentir que todo tiene un sentido renovado, único, impermanente. Y es así, estando vivos, como brillaremos en el fulgor del firmamento.

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Impermanencia estética


Pero mientras uno mismo no alcanza la profunda convicción de que este mundo fenoménico es irreal, no puede comprender su naturaleza, ni por ende librarse del sufrimiento. Y esa profunda convicción, que algunos llaman realización, solo surge después de estudiar las escrituras con suma atención y diligencia hasta llegar a comprender que el mundo objetivo es una confusión entre lo real y lo irreal.
Yoga Vasishtha

Llega la primavera con fuerza y la vida se manifiesta de mil formas. El suelo se llena de miles de insectos que corren ajetreados de un lugar a otro. Los aires se expanden con el canto de los pájaros y las flores empiezan a retoñar un año más. Empecé la primavera con un fuerte dolor en el pecho, con un parto doloroso. Fui a urgencias y me recomendaron unas vacaciones. Por suerte no fue nada. Solo un susto primaveral. Llevo días mirando a ver dónde ir de vacaciones para descansar y seguir la prescripción médica, pero me doy cuenta de que nunca hice vacaciones, sin más. Mis viajes siempre tuvieron algún sentido o propósito, y en ese trajín, olvidé descansar, desconectar… ¿A dónde ir en plena pandemia?
Pensé en recorrer las islas Canarias las cuales no conozco, o marcharme en coche por toda la costa ibérica, o hacer el Camino de Santiago por cuarta vez… No sé aún a dónde ir, a qué lugar marcharme para descansar… Si es que eso es posible para mí, porque viendo la lista de tareas siempre pendientes y todo lo que hay siempre por hacer, me resulta difícil pensar en marcharme a algún lugar que me permita cierto silencio interior.
Al menos esta semana pude terminar el libro que llevaba escribiendo desde hacía dos años con Emilio Carrillo. Hoy escribí las últimas palabras de “La Gestión del Misterio”, con la esperanza de que su venta pueda ayudar a conseguir algún dinero para la construcción de la futura escuela. Siento cierta convicción interior en la necesidad, no personal, sino colectiva, de apoyar esta causa. Siento eso que algunos dan por llamar llamada, y siento la necesidad de sacrificio a la hora de hacerlo. Por eso me cuesta pensar en vacaciones, a pesar de que esta vez el cuerpo me empieza a avisar de que requiero ciertos reajustes y descanso.
Mirando interiormente, admito que ciertas ganas de aventura tengo, a pesar de la pereza que cualquier movimiento vital suponga. Aventura material, pero también emocional e intelectual. No sé si estoy preparado para volver a enamorarme, pero a veces no descarto esa descabellada idea. Al menos, el poder compartir algún tipo de locura, aventura o complicidad, aunque esta fuera tan sólo mística o intelectual. La primavera explota también en nuestros adentros y nos llena de vida y deseo. Forma parte de la experiencia humana y nos empuja a brillar de forma especial.
Por si acaso al final me marchara a caminar por los caminos, me corté el pelo al rape. Llevaba ya muchos meses con el pelo largo y tocaba renovación, cambio, impermanencia estética. Una forma de alejarnos radicalmente de lo irreal de las formas y empatizar con la convicción de lo profundo. Lo epidérmico también tiene sus cosas bellas. Pero lo profundo nos llena la vida. ¿Y cómo compartir, o con quién, el bagaje profundo? En ese sentido me siento algo huérfano, al mismo tiempo que privilegiado por haberme reconciliado por fin con la soledad y el deseo de abrirme de nuevo a lo que surja, si es que tiene que surgir algo, sin añoranzas, sin rencores pasados, sin arbitrariedad ni perspectiva ninguna. Estoy aprendiendo a sembrar sin esperar fruto ninguno de la siembra. Alejado del resultado, cultivo un huerto hermoso, interior, a la espera de que la vida y la verdad se expresen en todo el camino.

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El alma. Ese gran océano


© Olivier Robert

“Almas pasajeras, vais a comenzar una nueva carrera y a entrar en un nuevo cuerpo mortal. No será hado quien os escogerá (…) La virtud, empero no tiene dueño; cada quien participa de ella según la honra o la desprecia. Cada cual es responsable de su elección, porque Dios es inocente”. La República de Platón

La ley del servicio es muy clara en sus tres aspectos interiores. El primero es inofensividad, en actos, palabras y pensamientos. El segundo, es dejar que cada cual pueda servir según sienta. El tercer aspecto es permanecer y obrar desde la alegría, alejándonos de la crítica, la división y la tristeza.

Dicen que nos definen nuestras acciones, y no nuestras palabras. Nuestras acciones nos empujan a engrandecer nuestro ego o a volverlo transparente, casi invisible, para que el trabajo de la unidad cobre importancia. Dicen que si queremos cambiar el mundo, debemos empezar haciendo nuestra cama. ¡No os vayáis de la Tierra! Gritan a aquellos que creen que su misión ha sido cumplida y desean “volver a casa”. Dicen que la restauración de los misterios se hará a la luz del día, en un tiempo clamoroso, porque nadie verá. Dicen tantas cosas…

El egotismo es robusto. El orgullo nos invade. La gracia de todo es que en el fondo todo es gracioso. Todo se derrumba cuando la vida te estruja el pecho. Duele, crees morir, te desmayas de dolor hasta que de repente te levantas en un hospital y nada tiene sentido porque puedes partir en ese instante, dejando toda la obra inacabada, todo sin hacer, con todo aquello que pudo haber sido convertido en nada. El dolor te oprime y te reduce a cenizas toda ilusión, toda confusión, todo ardor. Te tumba y te pregunta si deseas seguir viviendo o, por el contrario, te rindes ante el sufrimiento, la pesadez, el tedio, y todo cesa.

¡Cuesta tanto recordar! ¡Cuesta tanto ver las vaporosas y sempiternas energías recorrer todos los cuerpos vivos! ¡Cuesta tanto rasgar el velo! ¿Cómo abandonar ahora? ¿Cómo retroceder una vez más? De nuevo el egotismo robusto.

Cuando la muerte acecha uno se rinde. Se arrodilla, se mezcla con el dolor y el karma mundial. Palidece, se ofusca. La renuncia material no es suficiente porque aún queda una renuncia aún mayor. La muerte del ego, y con ella, la resurrección del alma. El descubrimiento terrible es saber que el alma no es tuya. No hay un “yo” alma. El alma se fusiona en lo grupal, y el “yo” desaparece. De hecho, no existe realmente algo parecido a “un” alma, sino más bien al Alma, a la colectividad de Almas que conforman el Gran Espíritu, el gran océano que somos. Y allí no hay ego, ni personalidad, ni pensamientos ni emociones que uno pueda recordar amablemente. Allí nada es heredado, nada nos pertenece.

La cultura en la que vivimos nos intenta imponer la creencia de que el renacimiento incluye sobrevivir a cierta memoria. Es cierto que hay una memoria colectiva que prevalece en los genes materiales y psíquicos de la humanidad. Cuando recordamos supuestamente vidas pasadas, estamos recordando vidas pasadas de nuestros ancestros, cuyas memorias permanecen ocultas en nosotros, en nuestros propios genes, fruto vivo de su legado. Pero el alma no tiene memoria de vidas pasadas, ya que su aprendizaje es colectivo, grupal. Cuando uno de nosotros muere, lo hacemos de verdad, y al hacerlo, el alma colectiva y grupal se enriquece de nuestra experiencia y crece, se ensancha, se expande. La gota de agua que somos se fusiona en el gran océano de la vida, y al hacerlo, ensancha el río, el mar, pero no su individualidad, efecto de la gravedad, de una corta vida, de un instante de pesadez y gravitación. La gota desaparece en el gran océano, al igual que nosotros desaparecemos en el invisible mundo de las almas, del Alma océano.

La ley del servicio expresa esta realidad. Debemos disponer de una profunda inofensividad para comprender esta realidad. Debemos dejar que cada gota caiga allá donde haya sido requerida por la gravedad del instante y debemos integrarnos en el gran océano del espíritu desde la alegría de haber cumplido con nuestra parte. Al hacerlo, moriremos en la humildad más absoluta y nada, absolutamente nada, ni tan siquiera nuestra memoria, vendrá con nosotros, al Nosotros. Todo lo que es de la tierra, en la tierra queda, y aquello que pertenece a lo intangible, a lo incoloro, a lo invisible, allí rebrota anónimamente. Esa es la gran transfiguración, la gran renuncia, el gran sacrificio del que nadie habla. Esa es la inofensividad y la alegría a la que nos enfrentamos cuando hayamos cumplido libremente con nuestra parte. Realmente, aunque no lo creamos, «volver a casa» es volver a desaparecer, una y otra vez.

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Escritura en la naturaleza (Nature writing). Una relación original con el universo


 

Guarda bien tus momentos libres. Son como diamantes sin cortar. Deséchalos y su valor nunca será conocido. Mejóralos y se convertirán en las gemas más brillantes de una vida útil. Emerson

Fue el trascendentalista Ralph Waldo Emerson quien nos incitó a tener una relación original con el universo. Y fue Thoreau quien nos acercó de forma directa desde Walden a esa nueva relación. La intermediaria fue la naturaleza, los bosques, las montañas. Thoreau exprimió al máximo su aventura de dos años, dos meses y dos días en los bosques. Supo sacar jugo y supo entender, de forma directa, la relación estrecha del ser humano con la naturaleza. Aunque su relación fue breve, como una especie de amor primaveral, sirvió de inspiración a muchos otros osados creadores que de alguna manera querían imitar la bucólica imagen de vida paradisiaca en los bosques, escribiendo, creando, participando de la vida de forma estrecha.

Algunos amigos me llegaron a llamar el Thoreau español cuando con mucha modestia decidí vivir en los bosques, en una pequeña cabaña construida por mí mismo. Pensé ingenuamente que vivir en una cabaña sería fruto de inspiración, pero en el trayecto sacrifiqué una condición indispensable para toda obra creadora, sea artística, científica o espiritual: la soledad. Es cierto que mi relación con la naturaleza y el entorno fue completamente estrecha, pero quise hacerlo, a diferencia de Thoreau u otros escritores afines, en comunidad, en grupo, con más gente. Así que mi sueño bucólico de escritor viviendo en los bosques se tornó un fracaso. De hecho, en los siete años que llevo viviendo aquí, no he escrito ningún libro, después de más de una docena de libros escritos cuando vivía en soledad en otros páramos. ¡Qué gran paradoja!

Aprovechando que un fuerte dolor en el pecho me ha inmovilizado en la cama y observando la naturaleza en silencio desde esta pequeña cabaña, me surge la necesidad interior de volver a escribir como forma de transmitir ideas, visiones y nuevos paradigmas. El ejemplo pragmático de convertir esta tierra en un ideal, es un buen relato al que habría que ponerle letras, tiempo, esfuerzo y soledad. Ayer, cuando de nuevo volví a subir a los tejados para instalar una chimenea me volvía a preguntar interiormente qué hacía haciendo esas cosas. Me saltaban dudas, algunas profundas y primordiales, especialmente cuando sobre el tejado de repente me dio ese dolor que intentaba disimular para no asustar al personal. Supongo que la idea de perderlo todo de nuevo ha creado un estrés añadido en mi interior, y este se manifiesta de esta manera. Aunque psicológicamente me siento fuerte y preparado para afrontar la perdida, es evidente que la procesión va por dentro.

Quizás lleve sobre mí una carga excesiva de cosas. Quizás debería reposar, descansar, cuidarme, y pasar algunas horas sin hacer nada, o al menos, en soledad, haciendo lo que me gusta, escribiendo, paseando, observando la naturaleza desde una tranquilidad y reposo absoluto. Ayer por la tarde alguien se ofreció a darme un masaje en los pies para ayudar con el dolor. Estaba tan cansado que me quedé traspuesto tumbado en la hierba. Cuando desperté, estaba totalmente abrigado con mantas. No sé cuánto duró ese masaje, pero sentí que esos cuidados me habían beneficiado.

Por eso en el día de hoy pensaba que debía, como nos advertía Emerson, buscar una relación diferente con el universo. Me pasé todo el fin de semana trabajando en la huerta, sembrando mil cosas aprovechando que los días eran propicios. Cuando consigo robar algo de tiempo al tiempo intento poner orden en las cosas de la editorial, sufragando con ello los gastos que este proyecto requiere. Pero hoy solo me apetecía imbuirme en la escritura, en el diálogo con la naturaleza, sobre la naturaleza. Incluso retomar el libro que empecé hace siete años que trataba sobre mi vida en los bosques y que nunca pude terminar. Si lo hubiera terminado en ese tiempo hubiera creado escuela, pero ahora solo sería uno más en una tradición que ya se ha vuelto una moda: la nature writing, la escritura en la naturaleza, sobre la naturaleza, de la naturaleza.

Quizás debería descansar un largo tiempo, dedicarme a escribir desde esta hermosa cabaña, observando todo lo que transcurre en torno a este privilegiado lugar, dejándome imprimir en mí toda su grandeza y misterio. Dejando que el descanso y la contemplación sirvan de inspiración para crear cosas nuevas. Demasiadas cosas, demasiado estrés acumulado para lo que pretendía ser una vida bucólica en mitad de la nada. Iré a descansar, como decía el poeta, con la cabeza entre dos palabras, al valle de los avasallados. Toca descansar para afrontar los próximos días, que serán igualmente, difíciles.

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Shraddha


Krishna y Radha, la pareja cósmica… 

 

“Tu verdadera preocupación solo debe ser la acción del deber, no los frutos de la acción. Arroja de ti todo deseo y miedo por los frutos y lleva a cabo lo que es tu deber”. Krishna a Arjuna en el Bhagavad Gita.

Llega la primavera y dan ganas de enamorarse. Iríamos hasta el fin de la tierra si hiciera falta, hasta los límites de lo insospechado si se diera un solo resquicio de oportunidad. Pero luego recordamos en qué mundo vivimos y en la imposibilidad de mirarnos al espejo y no salir corriendo, y desistimos. Ya no vamos buscando por ahí una hembra exuberante como la que Bloom describía en el Ulises de Joyce. A ciertas edades, no se trata de belleza exterior lo que se busca. Más bien de complicidad, pero no de cualquier complicidad, ni a cualquier precio. La complicidad de la que hablamos tiene que ver con la shraddha oriental, la fe perfecta, la que practicaban los antiguos upāsakas y upāsikās. Es algo aún incomprensible, pero confiamos que alguna vez, tras el final de los tiempos, tras el final de la tierra, se dará.

La primavera tiene estas cosas. Ese impulso de vida exuberante, esa brillantez radiante en cada atardecer infinito. Los soles que adumbran una y otra vez en estas fechas traen consigo la resplandeciente esperanza de la vida. Añoramos aquel tiempo, ya casi pletórico, en el que la primavera era potencialmente significativa para el olfato, para el deseo, para la explosión vital. Desistir a la aventura, a sabiendas de las consecuencias finales, nos vuelve prudentes, casi diríamos que disidentes en cuanto a contingencias incontroladas. Sí, dan ganas de dejarse llevar por cualquier oportunidad volcánica, por cualquier erupción nocturna, hechicera, cargada de fuego y lava. Dan ganas de abrirse al despecho descontrolado y sofocar a base de agua y lagrimal todo cuando explote en las manos. Sí, llega la primavera y dan ganas de volver a enamorarse… pero esta vez con shraddha.

Pero luego, luego miramos el mundo… La ambiciosa meditación nos aparta de nuestra propia naturaleza y sus placeres. Nos aleja de la idea incomprendida aún de que quizás pudiéramos de nuevo enamorarnos o ser conquistados por la belleza extenuante de una ráfaga inmortal. Podríamos pensar que tras el velo de cualquier portal andará de nuevo la semilla esperando, el porvenir de la raza, el encanto de sabernos un dios al transmitir vida tras vida la inmortalidad. La saga imperecedera de la carne, interrumpida por este mundo actual, por estos tiempos, parece morir hambrienta. De forma contundente lo decía Daniel: “y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, estos para la vida eterna, aquellos para oprobio, para eterna ignominia”. Es una profecía zoroástrica sobre el fin de los tiempos, el fin de la tierra, la finisterra. Un tiempo en el que la primavera dejará para siempre de inocular vida, volcán y fuego en los amantes sempiternos, alejados para siempre de la shraddha.

Estamos de nuevo como en el final de una era caballeresca védico-aria. Un final de los tiempos donde el amor ha dejado de expresarse y de tener valor. Un momento de dolor, de cierre, de estreñimiento. Terminó la era del uncir, del verdadero yoga, del acoplar una cosa con la otra. Buda expulsó al testigo y nos llevó hacia la era del conocimiento puro, donde el amor primaveral ya no tiene sentido. El gran santo indio Ramakrishna contaba que una mujer se le acercó una vez para confesarle que había dejado de amar a Dios. “¿Entonces, no hay nada que usted ame?”, le preguntó él. Ella respondió que amaba a su pequeño sobrino, y él le respondió: “ahí, ahí está su Krishna, su ser amado. Al servir a esa criatura, estás sirviendo a Dios”. De igual forma cuenta la leyenda que el pequeño Krishna nos hizo venerar a las vacas, porque allí, en ellas, también estaba Dios.

Quizás en estos tiempos de confusión, de falta de primaveras, de volcanes y erupciones, tengamos que empezar amando lo sencillo. Todo aquello que nos rodee y produzca auténtica devoción. Y podríamos con ello pensar que, empezando de nuevo, como los antaños caballeros de la era védico-aria, quizás podamos aprender a amar, aprender a explosionar con la primavera, y llenar nuestras vidas, de vida, de shraddha.

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Profecías para el 2025. “Y en Tu luz veremos la luz”



“En ti está la fuente de la vida, y en tu luz veremos la luz”. Salmo 36-9

No sabemos nada relativo a la realidad del alma. No poseemos ninguna pista ni verdad sobre su existencia. Sin embargo, dicen las profecías que, a partir del año 2025, el cuarto rayo de armonía en el conflicto tomará forma en nuestro planeta, y con ello empezará a desgarrarse los velos que nos separan de la luz y todas sus manifestaciones. Cientos de miles de personas empezarán a prepararse para convertirse en agentes transmisores de la luz del alma. Esto ahora mismo es incomprensible y carece de importancia, pero cientos de personas se están preparando invisiblemente para este importante evento en la evolución humana, evento que se irá desarrollando en los próximos dos mil años.

La preparación es básica y compete a aquellos más avanzados, canales vivos de nuevas verdades, de nuevas visiones y realidades que en un futuro conformarán el devenir en la Tierra. Pronto las enseñanzas dejarán de versar en los axiomas fenomenológicos y versarán sobre la experiencia real del alma, sobre la posibilidad de un contacto seguro con la fuente, con sus fuerzas y energías, con su esplendor, con su luz.

Y será en esa nueva luz donde veremos la luz en toda su magnificencia. Una luz que llegó tímida a nuestro planeta bajo el formato nacido de la electricidad, pero que avanzará simbióticamente con igual rapidez en nuestro interior. La lámpara maravillosa se abrirá camino dentro de nosotros e iluminará todos los recovecos de nuestro aspecto inferior, tiñendo de luz pura todo nuestro ser.

Todo esto disipará los espejismos, hará que nuestra alma ejerza poder sobre el vehículo que somos, y hará que se manifieste una realidad mayor, vasta, increíble. Habrá en este tiempo una purificación mediante el fuego, un fuego que simbólicamente será aplicado a las aguas, creando un vapor, una neblina, una confusión profunda parecida a la que ahora padecemos. Las brumas y los espejismos aumentarán en este próximo tiempo creando confusión, hasta que consigamos salvar con éxito nuestras vidas entre nieblas.

Hasta el 2025 quedan unos años de confusión y crisis. De forma paralela vivirán dos mundos. Uno que representa lo antiguo, el viejo paradigma, lo añejo y oxidado. Y otro, muy reducido aún, que verá la luz en lugares remotos, casi inaccesibles, y que serán las semillas del futuro.

En esos lugares se aprenderá a anhelar, desear y planear cosas que tienen que ver con una dimensión diferente. En esos lugares se asestará un ansiado golpe al egoísmo innato y nacerá una determinación a la hora de pensar en términos más amplios e incluyentes, generosos y colaborativos. En esos lugares el grupo comenzará a significar para cada uno de nosotros, algo más amplio, extenso e importante que el uno mismo. En esos lugares empezarán a revelarse una visión más profunda, un enfoque superior, revelándose poco a poco nuestro lugar en el todo mayor. Se revelará una nueva creatividad y la vida ya no será nunca más la misma. Los más despiertos y lúcidos crearán o vivirán en esos lugares, y serán invisibles y anónimos para el que aún no haya despertado a la realidad del alma. Las semillas de la fuente de la vida serán plantadas, y nacerá en la nueva humanidad la luz revelada.

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Siete pasos seguros para la práctica de la Inofensividad


 

Magnum, o Asclepi, miraculum est homo («Gran milagro es el hombre, ¡oh, Asclepio!»)
Cita de Hermes Trismegisto con la que comienza la Oratio Ioannis Pici Mirandulani Concordiae Contis.

 

El ser humano es un milagro que se encamina hacia un futuro hermoso, culminante de un proceso evolutivo que no terminará en él mismo, sino que continuará en estados más perfectos de consciencia, de evolución, de vida. Ese camino está marcado, y cada vez se estrecha a medida que la humanidad avanza de su estado más primitivo, salvaje y violento, a uno más armónico, evolucionado y pacífico. Para ello, el ser humano debe refinar sus cuerpos, sus vidas, su consciencia, y debe ser consecuente con su propia madurez interior. En ese trazado casi arquitectónico, el camino, los caminos, llevan inevitablemente hacia la inofensividad.

Inofensividad es una palabra incomprendida hoy día, devaluada, impertinente en un mundo que se rige principalmente por la ley violenta del más fuerte. Una ley acomodada a los tiempos, pero intransigente. Sin embargo, para crecer humanamente y acompañar nuestras vidas de un sentido más amplio, debemos profundizar en la inevitable inofensividad. Tratar de vivir inofensivamente, en pensamiento, palabra y acción, no es suficiente. Debemos examinar el efecto emocional que producimos al otro, de tal manera que ningún estado de ánimo, depresión ni reacción emocional puedan dañar al semejante. La violenta aspiración espiritual, a veces convertida y cristalizada como dogma o ciega obediencia, y el entusiasmo mal aplicado o mal orientado, pueden fácilmente herir a un semejante. Es por ello que debemos cuidar las tendencias erróneas que nos empujan a actitudes, a veces inconscientes, violentas. Debemos huir con precaución de la demostración de fuerzas concentradas en la autoimposición, el autoengrandecimiento y la autosatisfacción. La inofensividad se manifiesta en el pensamiento correcto, el cual está basado en el amor inteligente; en el hablar correcto, regido por el autocontrol; y en la acción correcta, fundada en la comprensión de la ley natural de todas las cosas.

La inofensividad permite limpiar nuestra casa interior y purificar nuestros centros de energía, atrayendo hacia nosotros una vida más amplia y sentida. La práctica de la inofensividad limpia nuestros canales obstruidos y permite la entrada de energías superiores las cuales nos llevan hacia el mágico mundo de la intuición, el cual se rige por leyes y mecanismos diferentes a los usualmente aceptados. Existen para ello siete pasos seguros para la práctica de la Inofensividad:

1. Inofensividad en la materia. Lo que hacemos en la vida cotidiana crea un campo magnético de resonancias que influyen en nuestro entorno. Todo aquello que hacemos desde la inofensividad crea campos positivos de acción global. Inofensividad en la vida cotidiana, especialmente en la alimentación, libran al mundo de la gran batalla astral, de la gran pandemia del dolor de nuestros hermanos animales. Inofensividad con nuestros cuerpos, con lo que comemos y bebemos, es un primer paso para crear cuerpos cada vez más libres, luminosos y sensibles a un nuevo mundo. La paz en nuestro planeta no llegará hasta que no comprendamos esta urgencia mundial. Uno de los grandes retos humanos de nuestro tiempo es alcanzar la inofensividad con nuestros hermanos animales.

2. Inofensividad en nuestros estados de ánimo, en nuestras energías y fuerzas, en aquello que crea en el entorno alegría y bienestar. Limpieza con agua abundante, dentro y fuera, baños de sol abundante y aire libre producen como resultado una energía limpia que acompañada por una dieta limpia, produce un campo áureo poderoso, inofensivo, radiante.

3. Inofensividad en nuestros deseos, en nuestras emociones, en nuestro torrente de sensaciones y palpitaciones emocionales. Esta es nuestra gran batalla actual. Debido a que los dos primeros escalones no están aún totalmente completos en cuanto a la inofensividad, sufrimos en exceso en el tercer y más problemático escalón: el mundo del deseo, las emociones y lo astral. Vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser en el mundo del deseo, la ilusión, el maya, el glamour.

4. Inofensividad en nuestros pensamientos, los cuales deben ser siempre inclusivos, armónicos, poderosamente positivos. Nuestra mente, aún en estado latente, está empezando a despertar a fuerzas poderosas, las cuales solo llegarán a nosotros cuando los tres primeros escalones de la inofensividad hayan sido completados. Empezaremos a crear mundos y realidades positivas cuando tengamos plenos control sobre la inofensividad de nuestro pensamiento brillante y poderoso.

5. Inofensividad en nuestra capacidad de conectar con la Inteligencia Activa del Universo. Sobre esto poco se puede decir, por ser un complejo estado del Ser que aún no hemos alcanzado del todo. Es a partir de aquí cuando se abre las puertas de los misterios y arquetipos. Es en este superior estado humano cuando la comprensión empieza a tejer nuestra realidad, creándose un compromiso verdadero con los arcanos de la creación.

6. Inofensividad en nuestra capacidad de amar desde una completa sabiduría. Esta capacidad está solo habilitada para aquellos humanos completos que han superado fases anteriores en los procesos evolutivos y que expanden e irradian el ideal del sacrificio de la personalidad para albergar el nacimiento del alma en sus vidas.

7. Inofensividad en nuestro poder, en nuestra voluntad y en nuestra capacidad de alentar a los dioses y los universos. Esta quizás sea la mayor de las pruebas y el mayor cuidado a la hora de practicar la completa inofensividad, poderosa, creadora de mundos, soles radiantes que sin quemar, protegen y alimentan mundos y vidas.

Todo esto carece de significado porque muchos confunden inofensividad con simple bondad o incluso atontamiento, flojera o debilidad. Para los que así piensen estas palabras no tienen sentido. Para los que creen en las fuerzas superiores, en la consciencia plena, en el despertar del ser humano completo e integral, el camino está marcado. La inofensividad es un estado del ser que se manifiesta a medida que nuestra alma gobierna nuestras vidas. Solo cuando esto ocurre nos conmueve de igual manera la vida de un animal que la explosión radiactiva de un astro cósmico. Dicha conmoción provoca un sentido enorme de responsabilidad y un compromiso activo con la vida y sus misterios, y una acción silenciosa que posibilita la irradiación de luz, poder y amor.

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Siembra


El sembrador, Jean-Francois Millet

 

Siembra antes de que la tierra se vuelva infértil. Cuida lo sembrado, no importa si siembras una familia, una causa, una soledad, una amistad, un porvenir. Riega de a poquito, sin excesos, pero que nunca falte el agua. Busca luz para tu siembra, algún día la necesitará, al igual que ahora te cuidaste de preparar la tierra, de abonarla pacientemente y de comprobar que las fases de la luna eran propicias para diseminar la semilla. Siembra un hijo, siembra un pensamiento, una idea, un libro, un árbol, un fruto. Siembra amor, al menos una sonrisa amable. Siembra una mirada sincera, una tierna caricia inesperada o ese profundo abrazo mañanero al primero que ose rodearse entre tus brazos. Siembra una burla, una broma, un cosquilleo, nunca sabes el bien que puede hacer.

Siembra una emoción dulce, un velo oculto, un misterio. Siembra duda allí donde la certeza se torna dogma. Siembra espíritu allí donde solo hay materia y siembra alma allí donde todo es inerte. Siembra vida en la roca, siembra ardor en lo tenue. Siembra melodía en el silencio y silencio en el ruido. Siembra rumor en la noche y suspiros cuando eches de menos a aquella persona que te dejó. No dejes nunca de sembrar, ni siquiera tan solo para tu causa. Siembra para otras causas sin esperar fruto. Siembra por todas partes aquello que puedas. A veces fuerza, a veces dinero, a veces apoyo, a veces simplemente un mensaje alentador. Siembra como el sabio que planta árboles, no para refugiarse en sus sombras futuras, sino con la esperanza de que las futuras generaciones lo hagan. Siembra lucidez, pasión, verso. Siembra poesía y siembra sed de justicia. Siembra esas semillas anónimas que recibes para que den buen fruto. Siembra en ellas intención y amor.

Siembra oración. Nunca sabemos qué habrá más allá, cuando todo palidezca y se marchite. Siembra esperanza y fe, no vaya a ser que luego hubiera otro amanecer, otro despertar, otra jornada nueva de cien años. Siembra siempre pensando no en el ahora, sino en el mañana, en los otros. Siembra a sabiendas que no todo germinará, y que muchas de las semillas caerán en tierra inerte, o serán arrasadas por las heladas nocturnas, o por la insoportable sequía de un mal año. Siembra a sabiendas que quizás en uno o diez años no cosecharás nada, porque hay fruto que tarda en madurar. Sé consciente de los ciclos, y sé consciente de aquello que siembras y para qué lo haces. Cuanto más desapegada sea la intención, mayor disfrute habrá el día de la cosecha.

¿Recuerdas aquellas tardes de plácido verano, cuando dormías plácida a media tarde y de fondo se escuchaba la música de la cosecha? Melodías inolvidables que indicaban que era tiempo de disfrute y sobre todo, de pensar en la nueva siembra. Aquellos paseos inolvidables por los campos dorados, aquellas risas felices de tiempo despreocupado. ¿Recuerdas cuando aún jóvenes, había deseos inmensos de vida, de aventura, de conocimiento? Sin darnos cuenta, el tiempo pasa, pero eso ya no importa. No olvidemos los ciclos. No olvidemos seguir sembrando, nunca se sabe qué frutos nos aguardan.

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