La supremacía cuántica


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“Moonshots. Objetivo la Luna”. Este es el nombre con el que en Google afrontan los retos y avances científicos que repercutirán a largo plazo los éxitos de la compañía. Saben que estos éxitos deben basarse en proyectos a muy largo plazo, por eso el objetivo principal es tener consciencia de que la inmediatez no es amiga del éxito, y que las carreras de fondo suelen ser más afectivas que aquellas que pretenden un beneficio rápido y, muchas veces, volátil. Pensar así es lo que nos permite cierta supervivencia psicológica a la hora de emprender cualquier proyecto cuyos beneficios, a veces no siempre tangibles, requieren una proyección a futuros, o cuyos beneficiarios no sólo serán unos pocos, sino el conjunto de la humanidad.

Los valientes y atrevidos exploradores que surcaban océanos y continentes enteros y desconocidos no lo hacían necesariamente por un beneficio material. Ocurre lo mismo con los que exploran la poesía, la mística, las artes o las ciencias. Hay algo mayor que les mueve, algo que surge de una certeza interior que les anima para mejorar la especie humana. En la religión tenemos ejemplos extremos, como el de Jesús, que no temió la muerte y se enfrentó a una vida errante con el único propósito de inyectar en la psique colectiva un mensaje de paz y amor.

Por eso los soñadores y visionarios son imprescindibles, a pesar de que muchas veces son poco valorados, estigmatizados, tachados de locos o fantasiosos. Los que sueñan con un mundo mejor y sacrifican sus vidas para que esto repercuta en beneficio de todos son personas aisladas y poco reconocidas. Normalmente crucificadas en el altar de la historia como desdichados en su tiempo, pero capaces de transformar algo de nuestra cultura o nuestra humanidad cuando otros, normalmente ya desaparecido el sujeto, reconocieron sus actos. De ahí que muchos autores, soñadores, poetas, científicos o artistas murieron en la pobreza más absoluta al ver cómo sus fortunas personales eran atropelladas por la incomprensión de los tiempos.

Vivimos una contemporaneidad extraordinaria y los descubrimientos cuánticos desvelarán aún mucho más los misterios de nuestro universo. Nunca la ciencia había llegado tan lejos en tan poco tiempo. Los avances son exponencialmente multiplicados por cien en todos los aspectos. Las películas que hasta hace poco resultaban ser de ciencia ficción se quedan anticuadas ante los avances y descubrimientos de nuestro presente. La supremacía cuántica que está logrando empresas como Google o IBM van a cambiar y acelerar aún más estos procesos revolucionarios.

Por desgracia, los hechos culturales no van a la par a los hechos tecnológicos. El ser humano no ha logrado aún adaptarse a los cambios que se avecinan, y el tejido social aún no está preparado para comprender la necesaria transformación que se dará en las próximas décadas. La ciencia y la tecnología abrazará a las artes y éstas, a su vez, se reconciliará con la naturaleza y su misterio. Ese misterio está tejiendo las redes necesarias para desvelarse poco a poco y comprender así, desde un sentido profundo y humano, lo que realmente somos, a lo que realmente hemos venido y la cuestión más imprescindible para nuestra supervivencia: qué debemos hacer a partir de ahora para albergar esperanza de futuro como raza y especie.

En este sentido, los soñadores y visionarios serán cada vez más necesarios, porque suya será la labor de esbozar con precisión, y desde una nueva cultura ética, cómo encauzar estos nuevos retos futuros en esta nueva era de síntesis. La era del saber, como lo llaman los místicos de nuestro tiempo, está empezando a nacer. La era de Acuario nos dará de beber no sólo de las fuentes primigenias del conocimiento, sino también de los ocultos afluentes que saldrán poco a poco a la luz de todos. Estemos atentos a las visiones. Estemos atentos a los sueños. El mundo avanza sin miedo, con esperanza, con fe, con necesidad de supervivencia.

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Que el pasado no condicione nuestro presente


 

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Hoy teníamos que tomar algunas decisiones que a priori, de haberlas dejado en manos de nuestra experiencia pasada, hubieran sin duda condicionado la respuesta a nuestro presente. Pero nos dábamos cuenta de que eso era un error. Lo pasado puede servir de experiencia, eso es indudable, pero no podemos tomar decisiones únicamente basadas en esas experiencias, especialmente si han sido erradas o negativas. Si nuestra última relación de pareja fue un fracaso cargado de rabia, eso no debe condicionar las futuras relaciones de pareja. Si tuvimos una experiencia negativa a la hora de mostrarnos generosos con algunas personas que respondieron a esa generosidad con envidia o rencor o abuso o avaricia, eso no debe condicionar nuestra naturaleza generosa. Por eso cuando hoy teníamos que tomar una decisión extraordinaria y excepcional con respecto a una situación que en el pasado no resultó ser muy positiva, no quisimos que esa experiencia condicionara el presente.

Por eso de alguna forma hemos sentido cierto alivio al pensar que la decisión tomada, algo incómoda, nacía desde lo más profundo del corazón. Sin miedo a expresarla, sin miedo a la contradicción, sin miedo al qué dirán. Lo único que nos preocupaba era el bienestar de las personas que ahora están aquí y única y exclusivamente hemos pensado en eso, sin condicionarnos por el pasado ni por el futuro.

Visto así, esto puede ser algo que nos libere, porque cada situación es justamente diferente al resto, y a veces, condicionar las decisiones por experiencias pasadas, por sentires pasados que tal vez ya no existan o no tengan vigencia puede suponer un punto de liberación. Esto se puede extrapolar a lo macro, a la política, a la economía, a las relaciones entre pueblos hermanos. Si no corrompemos el discurso con dialectos del pasado, si somos capaces de construir una metarealidad nueva que favorezca al conjunto y no a los intereses de unos cuantos, si somos capaces de verificar que los tiempos han cambiado y que, por lo tanto, la mirada también lo ha hecho, podemos tomar decisiones acertadas ajustadas a la nueva realidad, a la nueva experiencia.

Cambiar la óptica es complejo, arriesgarse a tomar decisiones que puedan cambiar las reglas es complejo. Lo que eleva la mirada es la visión de algo nuevo, no el repetir un nuevo patrón ya establecido. Es decir, no prometer algo nuevo cuando de lo que realmente estamos hablando es de replicar algo que ya es conocido por todos. Lo arriesgado de verdad es ofrecer una alternativa realmente liberadora pero que nace del conjunto de fuerzas implicadas, alejados de patrones, alejados de creencias preconcebidas, de amores hacia ideas que se han demostrado erróneas y aberrantes.

Lo revolucionario no es replicar lo que se está intentando destruir. Lo revolucionario es construir algo nuevo, enriquecedor para todos, dibujado desde una perspectiva diferente y extraordinaria, basada en la circunstancia presente, no en hipótesis futuras o en experiencias pasadas que ya nada tienen que ver en todo lo que ahora sucede. Si nuestro presente lo vamos a construir basado en las premisas del pasado, estamos buceando en un mismo circunloquio sin salida. De ahí la mirada fresca del momento presente, de ahí la necesaria revisión de cada uno de nuestros patrones condicionantes.

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No os olvidéis practicar la hospitalidad


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La puerta estrecha de O Couso. Por aquí entran y salen verdaderos seres angélicos…

“No os olvidéis practicar la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles”. (Hebreos, 13-2)

Las noches ya son frías. Cinco grados de máxima. Cuando el termómetro baja de los diez enchufo la estufa unos minutos para calentar la cabaña antes de acostarme. Los días son cortos, lo cual genera que las viejas baterías no den suficiente luz y a las nueve ya no tengamos electricidad. Nos resignamos. Así son los otoños. Así será el largo invierno, un tiempo donde estaremos más dentro que fuera, más en contacto con la levedad de la luz que nos atraviesa, fina y delgada, invisible.

Esta mañana éramos puntuales a la meditación. Las meditaciones son nuestro mayor soporte para superar los días complejos como los de estos días difíciles. Allí la mente se calma, el espíritu nos posee por unos instantes y nos susurra palabras de aliento y ánimo. Luego cantamos un poco. En la ermita ya empieza a hacer frío, pero los cantos destemplan los ánimos. También los veinte minutos de yoga, que suelen hacerse con deseo de calentar los cuerpos. Los monjes de antaño creaban sus propias rutinas para albergar en sus corazones la esperanza del reino de los Cielos. Nosotros nos arraigamos a la fe para que el Cielo se manifieste cada vez más en nuestros corazones. Sentimos una llamada inequívoca, y esa llamada responde a un eco que proviene de aquello que no se puede nombrar, de aquello que brota como un manantial puro en nuestras almas.

Hoy el reto era conseguir abrir un hueco en la dura pared de piedra para colocar una antigua chimenea en la habitación que estamos habilitando con urgencia para refugiarnos en invierno. Estuvimos cinco horas sin parar de sacar piedras, colocar los tubos y hacer que la estancia recibiera los primeros calores de leña. Ha sido emocionante ver como el esfuerzo ha merecido la pena. El hecho, nuevo para nosotros, de que exista una familia con una hermosa niña de seis años nos anima a buscar las mayores comodidades posibles.

La niña es un ejemplo para todos. Cualquier otro niño estaría llorando todo el día, quejándose ante la adversidad excepcional que estamos viviendo en estos tiempos. Pero ella siempre sonríe y nos anima a seguir adelante. Ha cogido la guía y la batuta para que el ánimo no decaiga. A veces me quedo mirándola y su sonrisa, sus bromas, sus ánimos, me resucitan. Su gran ejemplo supera cualquier expectativa. En vez de estar en el colegio la vemos achicando agua, ayudándonos con la chimenea, apoyando cualquier tarea desde la alegría del trabajo, cocinando para todos. ¿Cómo es posible que una niña de seis años que nos supera en inteligencia y voluntad tenga esa capacidad de esfuerzo y servicio, de alegría y serenidad con toda esta desesperante situación?

Esta casa de acogida que estamos construyendo entre todos merece la pena. Es cierto que al no olvidar practicar la hospitalidad, aunque sea en estos momentos primitiva, rudimentaria, humilde y poco acogedora, estamos recibiendo ángeles encarnados que vienen a construir el nuevo mundo. Este lugar para ella será siempre un referente, algo que jamás olvidará. “El Xavitxu”, como ella me llama de forma cariñosa, está aprendiendo cosas que jamás pensaría que aprendería de un ser tan joven, al mismo tiempo que tan anciano. Ahora me doy cuenta de que este esfuerzo titánico que estamos haciendo por acoger día tras día a todo el que llama a las puertas tiene siempre su verdadera recompensa. Una recompensa que no se puede medir, que no se puede pagar con dinero. Me doy cuenta de que si no fuera por la economía del don jamás hubiéramos albergado en este lugar a seres tan luminosos como los que ahora nos apoyan, nos alientan, nos refuerzan.

Algún día esta casa será totalmente acogedora. Vendrán más ángeles y compartiremos momentos únicos embelesados ya no en las piedras que ahora debemos amontonar para reconstruir este lugar sino entre flores y jardines, entre bosques y atardeceres. Hoy alguien me decía que debía dedicar algo de tiempo a pasear, a disfrutar, a trabajar menos. Pero hay tanto por hacer que solo en este respiro epistolar, en estas cartas que se pierden en las nubes y cuyos destinatarios desconozco, puedo realmente descansar. Hay mucho por hacer, hay muchos ángeles a los que hospedar en los próximos días, mucho que inspirar. El Cielo desea manifestarse y nosotros deseamos empujar en esa labor. La casa espera ser de nuevo acogedora. Seguiremos achicando agua entre risas, sin lamentos, optimistas, cargados de fe, humildad y aliento. Seguiremos aprendiendo de esos ángeles que vienen para iluminar nuestros días oscuros, para hacernos creer que la luz siempre encuentra un verdadero hueco en nuestros pequeños corazones.

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El suelo en el suelo


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Esta mañana achicando agua de la casa de acogida

El mundo vive siempre entre esas dos fuerzas antagónicas que se repelen y se conjugan de diferentes formas. Orden y caos segregan sustancias capaces de construir o destruir. Hay caos en muchos lugares, incluso dentro de nuestros corazones. En O Couso parece que estemos saliendo de una batalla campal o de una guerra. El agua ha entrado por todas partes. El tejado sigue sin terminarse a la espera de que lleguen las losas de pizarra. Aquí todo funciona a destiempos. El salón ha desaparecido totalmente ante la decisión de poner el suelo en el suelo, porque antes estaba soportado por unas maderas casi podridas que sostenían un peligroso equilibrio.

El suelo en el suelo es lo que nos repetimos todas los días para darnos ánimos. Viendo el caos en prácticamente toda la casa, intentamos sonreír y llenarnos de optimismo. Las risas ayudan, pero faltan tantas cosas. Esta mañana intentaba respirar hondo e intentaba buscar soluciones rápidas a todo lo que se avecina. Primero las losas de pizarra, luego el salón, luego el calor, hay que buscar calor antes de que llegue el invierno o antes de que los ánimos minen las fuerzas de los que aquí estamos. Las primeras quejas empiezan a llegar: hay que mejorar los desayunos, hay que buscar un punto de calor, hay que buscar una poderosa solución para que el agua deje de entrar…

Por dentro me repito el mismo mantra: el suelo en el suelo. Me sirve para mirar las cosas con distancia, para no intentar ahogarme achicando agua, para no desfallecer ante los retos que se avecinan si la lluvia no cesa o si las losas de pizarra no llegan a tiempo antes del invierno. Respiro profundamente y procuro no desfallecer porque las fuerzas del caos son poderosas y nunca vienen solas. Lo vemos en Cataluña, lo vemos en otros países, lo vemos en nuestros corazones cuando las circunstancias nos llevan a extremos a veces insoportables.

El suelo en el suelo me repetía interiormente mientras veía como toda la familia sacaba afanosamente agua del patio. Por dentro sentía que era algo inútil. La experiencia me dice que a veces es imposible luchar contra los elementos. Ocurrió hace algunos años cuando un viento terrible llenó la casa de escombros y ramas de los árboles. No sabíamos por dónde empezar ante el destrozo de la casa y de toda la finca. Ocurrió cuando la nieve destrozó todo el bosque o cuando en estos días la lluvia está dejando toda la casa sin un solo lugar habitable, excepto la habitación dónde se refugian nuestros invitados.

El suelo en el suelo. Es cierto que poderosas energías se liberan en las fuerzas del caos. La destrucción a veces ayuda a crear algo nuevo. Miro una y otra vez como, según palabras de mi abogado, la mala fe de la parte demandante intenta apropiarse injustamente de algo que no le pertenece. Miro por dentro y no entiendo nada y me desconcierta todo lo que ocurre. Miro por fuera y veo exactamente lo mismo.

En Cataluña unos pocos se han apoderado del espectro lingüístico, cultural y paisajístico de un territorio compartido, -esa será su gran derrota futura-, por personas especialmente diferentes en sentir y pensar. Por eso todos los nacionalismos han fracasado a lo largo de la historia, especialmente cuando excluyen al resto, cuando no se los tiene en consideración y cuando en nombre de una mesiánica idea sobre cualquier cosa, ya sea un dios, una cultura o una lengua, se adueñan de todo lo existente. A largo plazo se está sembrando la semilla del fracaso, porque otros se levantarán de igual forma para reclamar cualquier otro dios, cualquier otra bandera, cualquier otra idea.

El suelo en el suelo, recito una y otra vez mientras visualizo el bajar el piso flotante que antes dividía la estancia en dos partes, un semisótano que hacía las veces de bodega en siglos pasados, y el salón. Hacer desaparecer las antiguas bodegas de la casa para crear un espacio totalmente diáfano será una tarea compleja y difícil. Ya hemos conseguido derrumbar en un acto de psicomagia el suelo divisor. Ahora toca construir el nuevo suelo a base de rellenar con escombros la antigua bodega y buscar soluciones para que el agua siga su flujo natural. Debería hacer lo mismo con mi vida, por eso estos meses son para mí de vital importancia. Cierro ciclos, muchos ciclos, para empezar la próxima primavera con un suelo más sólido, sin ningún tipo de división entre el cielo y la tierra. El suelo en el suelo, por eso me urge terminar la tesis, ser doctor, cerrar el asunto con mi ex de la mejor manera posible y terminar de una vez por todas la casa de acogida.

Quizás en Cataluña ocurra lo mismo cuando empecemos a recoger los escombros que ahora se acumulan en los sótanos de los nacionalismos. Un nuevo suelo se construirá sobre el que ahora se está derrumbando. Un suelo donde todos puedan disfrutar, como antaño, de la tierra común. Un suelo donde convivan ambas culturas y ambas lenguas, donde todos sean fraternalmente hermanos y hablen en la lengua que deseen. Si Franco no pudo extinguir el catalán en Cataluña ni su cultura, tampoco los nacionalistas de turno podrán extinguir el castellano en Cataluña ni su cultura. Esa será siempre la derrota de cualquier fascismo que intente imponer una idea sobre los otros. Esa es la desgracia o la grandeza de un territorio, el catalán, que vivirá por los siglos de los siglos en esa dualidad, solo superada por la unión fraternal de sus dos realidades. Esa será siempre la derrota de aquellos que se intenten adueñar de mala fe del espacio común.

 

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Aquí el acogedor salón que durante años se ha llenado de vida y calor derrumbado para empezar de nuevo, para construir de nuevo… 

 

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La dignidad ante el valle de los avasallados


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Ayer quise estar en silencio. Lo de Cataluña me está dejando triste y sin palabras. También los fuegos que arden estos días dentro de mí. El día de hoy era complejo y difícil en lo personal y deseaba permanecer en serenidad. Ayer trabajé con música. Hacía tiempo que no lo hacía. Me empeñé en no llamar a un profesional y logramos la proeza de colocar un gran palo en el nuevo suelo del salón. Nos sentimos grupalmente orgullosos por ver como la unión hace la fuerza, y crea mundos posibles. Por la tarde me fui al “balneario”. Me recogí entre libros y en silencio, pensé sin hacer, sentí sin juzgar. La soledad fue mi aliada tras la jornada compleja que hoy me esperaba.

Por la mañana temprano felicité a Namada. Era su cumpleaños. El año pasado lo celebramos juntos en tierra de elfos, en un lugar encantado. Ella me salvó del abismo, me cogió de la mano en uno de los momentos más difíciles que recuerdo de mi propia vida personal y en el valle de Qumrán, en el hermoso desierto de Judea, junto a las costas occidentales del mar Muerto, en Cisjordania, cerca del kibutz de Kalia, me elevó hacia las alturas. Nunca olvidaré lo que aquella mujer hizo por mí. Puedo decir que me salvó la vida, junto a las fuerzas de otros seres que sostuvieron el frágil hilo que pendía en ese momento de mí. Mi mayor reconocimiento y agradecimiento, aunque ahora esté lejos, en otro laberinto, en otra experiencia consciencial y evolutiva.

Paradojas de la vida, la causa de toda esa derrota personal y esa deriva de náufrago que sufrí el año pasado tras una ruptura emocional con una persona que decidió desaparecer y desatender todo cuanto hasta ese momento habíamos construido juntos, se fraguaba hoy en un juzgado de primera instancia. Otra broma del destino. Así que me levanté temprano y me fui hacia los juzgados para intentar interpretar desde la serenidad todos los hechos que vendrían a continuación.

Aunque mi presencia en la vista previa no era precisa, quería dar la cara. Debo decir que sentí mucha vergüenza ajena por ver como unos señores vestidos de negro pueden juzgar y condicionar tu vida para siempre en eso que llaman justicia terrenal. No daba crédito a lo que mis ojos veían, pero intenté respirar profundamente porque había piezas de este puzzle que, más de un año después, aún no terminaban de encajar. Sin querer juzgar lo que se estaba juzgando, más allá de la tomadura de pelo que por la otra parte se rezumaba, respiré profundamente y me marché dirección al océano viendo tristemente como el producto de la cobardía y la huida podía llegar tan lejos.

Allí, junto al frío Atlántico, me esperaba una ex que considero como una hermana y que amo con cariño y profundo respeto. Estaba pasando por un mal momento y aunque hoy no tenía mi mejor día, sentí la necesidad de estar a su lado, pues recordaba fielmente cuando mis amigos estuvieron sosteniendo el hilo de vida del que hablaba antes. Intenté animarla, aunque sin mucho ánimo por mi parte, pero sabía que, otra vez paradojas del destino, debía estar abrazando y sosteniendo su dolor. Quizás porque en el fondo siempre deseé que mi otra ex hubiera hecho lo mismo conmigo cuando casi me hundo en lo más profundo del abismo. Quizás porque siempre soñé que cuando una relación se termina se tiene que entrar en el ámbito del verdadero amor incondicional, y tristemente observo que con algunas personas se puede y con otras eso resulta más que imposible. La rabia o el miedo a veces nos puede.

La vida es así, un todo indefinido. Una partitura incompleta, misteriosa, cargada de incertidumbre. Por eso no queda otra que arrodillarse ante el altar de la ignorancia, ante la liturgia de una vida compleja y arriesgada. No queda otra que ser humildes y esperar pacientes a que la vida ordene todo aquello que ahora no podemos entender. Por eso por dentro, realmente, a pesar del ánimo que pueda tener dadas las circunstancias que hoy debía afrontar, por dentro siento una gran serenidad y una gran paz interior. Una consciencia clara y firme, dispuesta a enfrentarse de nuevo a la derrota con la cabeza alta y la dignidad intacta.

Hicimos lo que pudimos y aprendimos. La avaricia de unos y la torpeza de otros lo juzgará el tiempo y la naturaleza misteriosa de las cosas. Mi torpeza ya está en bandeja, a la espera de juicio. La avaricia de la otra parte pesará para siempre en el colmo de su consciencia, de haberla. Así que llevaré la derrota con dignidad, con la cabeza bien alta, o como diría el poeta, iré a descansar con la cabeza entre dos palabras al valle de los avasallados. Ahora toca descansar, y seguir adelante. Un nuevo mañana surgirá, un nuevo mundo espera para poder ser abrazado. Seguiré en mis trece, cueste lo que cueste, y seguiré aprendiendo sobre la fragilidad humana, sobre nuestras sombras y miserias, sobre el ardor que nos unge y es capaz de mancillarnos. Pero también sobre la valentía, sobre la dignidad, la cual defenderé hasta sus últimas consecuencias. Sí, podría estar perfectamente en el valle de los avasallados, cansado y derrotado, pero no es así, ahora que pude recuperar el aliento del alma, mantengo la firmeza y la dignidad intactas.

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La casa común


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Y llegaron todos y había un tejado, y allí se cobijaron todos. Había muchos, y el tejado era grande y todos entraban, pero unos decían que el tejado les pertenecía. Y entonces querían echar a los otros. Y vino por aquellos días un dragón. Y también lo echaron. Y luego, llegó un día en el que ya no había tejado, ni a quien cobijar.

Y pasó el tiempo y había quien decía haber existido alguna vez un tejado y un dragón. Y todos les creyeron. Entonces echaron a los que no creían en los tejados ni en los dragones. Y se fueron, y ya no quedó nadie, porque la tierra quedó yerma y el agua dejó de ser limpia.

Y pasaron los tiempos y siempre hubo lucha. Unos sobre otros, hijos contra padres y padres contra hijos. Los hermanos se lanzaban contra hermanos y nunca hubo paz. Y vino aquel y dijo: yo construiré un tejado para todos. Y nadie le creyó. Y vino otro y dijo: ya no volverán nunca más los dragones. Pero nadie le creyó. Y fue así que, llegó el final de los tiempos y nunca hubo paz.

Y así, desde el origen de todo, hubo guerras y disputas. Las ancianas sin dientes así lo contaban. Unos por una cosa y otros por otra. Y no hubo tierra en paz, ni tierra de todos, porque todos reclamaban algo. Pero vendrá un día en el que la tierra será escasa y ya no habrá disputa posible. Vendrá un día en que la tierra será de todos, y no de unos pocos. Un día dónde no habrá fronteras, y dónde los dragones podrán campar libremente, y habrá un tejado para todos, y una casa común. Y en esos días, los unos no se levantarán contra los otros, y todos serán como hermanos, y nadie será más que nadie. Y entrarán todos y habrá un tejado. Y vendrá por aquellos días un gran dragón, porque así está escrito.

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Sale el Sol


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Hay un destino escrito, ineludible. Caen las hojas en otoño. También los frutos de temporada antes de que el frío los entierre en la noche oscura. Sale el Sol. Todos los días, uno tras otro. Y cuando sale, el mundo despierta a una vida extensa, todo respira hacia ese horizonte infinito que la luz transporta. Sale el sol y todo brilla radiante.
El avión me llevó taciturno hacia la gran capital. Allí pasé la noche porque el siguiente vuelo no salía hasta el día siguiente. No me importaba, dentro de mí había salido el sol. Y las penumbras de la noche sonreían ante la presencia de la magnificencia, ante el resucitar de la luz dentro de tanta oscuridad. Cogí el siguiente avión y llegué sano y salvo a mi destino, escrito, ineludible.

El autobús tardó más en hacer el recorrido que el avión. Me quedé dormido en el trayecto. Cuando desperté ya habíamos llegado y tras comer algo, empecé a caminar alegre, feliz, por el Camino, bajo el sol. Ella nunca lo sabrá, pero allí estaba, presente en cada caminar, en cada suspiro. Yo no existo para ella, pero no importa porque hay un destino escrito, ineludible. Y en esos pasos entre bosques y peregrinos que saludaban alegres, había una verdad flotante que embriagaba la escena.

Lo importante de todo realmente es lo que no se ve, aquello que es invisible, pero real. La fantasía, si es capaz de despertar en nosotros un mínimo de belleza, ya es real, y diría que necesaria. Hoy no era un día más. Sabré luchar, sabré guardar silencio sobre aquello que es capaz de reanimar el alma. Sabré guardar los secretos y respetar los tiempos de la ahora ya inexistente bahía. Hoy sale el Sol, y por ello estoy aquí, dejándome llevar por el pausado compás de la vida, por la suavidad fragmentada de la existencia.

A medio camino alguien vino a buscarme. Sentí pena porque hacía un día estupendo para seguir paseando, al pesar del anómalo calor, el cansancio acumulado y el sueño irremediable. Le invité a un helado y le dije que me había enamorado. ¿De una fantasía? Sí, precisamente esa es la grandeza. Poder enamorarse de un espejismo incierto, pero capaz de hacerte remover aquello que permanecía totalmente silenciado por el dolor y la incerteza. Me enamoré de la vida, y al hacerlo, resucité. Por eso, hoy más que nunca, sale el sol.

El otro día le decía a mi querida amiga allá en las ahora tan lejanas Tierras Altas de Escocia, que ya solo podría enamorarme de personas entregadas a la vida, de “surrenders” cuya única visión sea la de seguir la regla de oro de nuestra propia naturaleza. Ya solo me interesa ese tipo de seres capaces de abdicar ante la presencia de lo sublime y lo misterioso. Por eso es muy probable que termine en una soledad obligada, pero al mismo tiempo, con capacidad de amar en absoluto silencio. Así que dichosos los que aman sin esperar nada a cambio, recogidos, anónimos. Dichosos si por amar la vida les resulta más sencilla y hermosa.

Los ciclos se repiten una y otra vez, por eso puedo intuir lo que pasará a continuación. Entonces tendré la certeza de que hay un destino escrito, ineludible. De que las hojas caen inevitablemente de nuevo en cada otoño. Y por eso la llama revive. Sale el Sol, una y otra vez…

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Esperanza activa


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Amanecer en la Comunidad de Findhorn, esta mañana tras la primera meditación de las seis…

Saludo al sol por la mañana, al canto del grillo, a los cientos de gansos que estos días aterrizan en la suave bahía para descansar en su tránsito hacia tierras del Mediodía. La estrella flamígera aún posee cierto brillo al amanecer. Miré al cielo con nostalgia y lancé los últimos rezos y alabanzas a la misteriosa creación. Alabada la misericordia de todos los corazones dormidos, el latir de cada expresión de vida, el azar de encontrarme sumido en este espacio de luz y calor. No era una expresión peregrina, era el sabor puro de la vida respirada con intensidad, la adoración sublime a todo cuanto nos rodea, el agradecimiento por ser partícipe del concierto celeste. Todas las bóvedas y sus moradas producían un eco inextinguible. Todo cuanto flotaba en el verdor de la hierba, en la fresca crecida de los ríos, producía un sentir único e irrepetible, oculto, secreto.

El viento es continuo. Deleita en su brisa los roces necesarios para mecer todo elemento flexible. Sus manos pacen como abanicos que despacio se abren ante la inmensidad del horizonte rojizo. Todo es poesía. El paseo entre árboles que lloran hojas otoñales, la sonrisa del mañanero meditador, los cantos nacidos de corazones alegres, deseosos de comunión, de divinidad, de anhelo. El milagro es continuo. Y los miedos se arrinconan entonces en un aleluya cargado de caridad, en una esperanza que renace de nuevo de forma mágica y generosa. La vida vuelve, la vida siempre retorna.

Qué difícil es expresar la vida cuando te contagia, cuando penetra en los albores del llanto y permanece por un instante, a veces ínfimo, dentro de nosotros. Es la coral universal, donde los astros tienen un instante de protagonismo, donde los bajos se interrelacionan con los altos, y estos con los tenores y los sopranos. Aparece un fino adagio que presagia el nuevo día, el despertar. Hay una fantasía en toda la gama de colores, cada uno con su inquietante significado arquetípico. Magia y milagro se mezclan en el continuo devenir de la vida.

No sabemos nada del futuro. No importa, realmente no importa cuando amaneces cargado de fe y esperanza. Nada importa cuando entregas tu vida entera a la misión de obrar no según tus inquietudes, miedos o fracasos, sino ante la grandeza del baile cósmico, del respirar de los dioses que nos inspiran confianza. Podemos sentir, en la presencia del silencio, único y verdadero valedor del omnipotente despertar, un clamor ardiente, una llama que reaviva los corazones, que nos hace sonreír. Nos unimos con canciones, con alabanzas, con sonrisas, con silencios. Todo lo demás es pura imaginación, puros mecanismos de defensa, miedos que nos atosigan y nos impiden caminar en la senda anhelada.

Somos protagonistas del instante único de la ocasión, del presente continuo, de la vida cargada de esperanza. Porque si la fe es la sustancia de aquellas cosas que no vemos, la esperanza es la llama que nos alerta de que todo en este maravilloso mundo es posible. Por eso el ser humano es capaz de hacer cosas, de crear cosas y potenciar la vida desde un estado superior de abstracta consciencia. Somos capaces de lo más bello, de lo más sublime, de lo más maravilloso. El amor es una muestra de ello, una metáfora de las fuerzas que mueven el universo entero. El amor expresado en silencio, con una sonrisa, con un paseo, con un guiño al infinito, es la poderosa herramienta que los cielos utilizan para mover cuanto requiere. La esperanza activa es aquello que nos empuja, que nos hace avanzar hacia nuestro destino inevitable. La esperanza siempre puede ser una llama que vuelve una y otra vez…

Me marcho cargado de esperanza, de fe, de anhelo… Me marcho feliz, sonriente… Me marcho maravillado por la belleza que desprende la vida cuando te abres a ella.

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La flama de la atención


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Foto: Momentos antes de la sonrisa… 

Prestad atención al recuerdo. Prestad atención a la risa, a la alegría, a la flama poderosa del amor. Recuerdo el primer encuentro que tuvo aquella hermosa ingeniera alemana con el que había sido un importante presidente de banco. Acabábamos de llegar de su inmensa granja de caballos en mitad de la Baja Sajonia y lo único que sabía en español fue una frase que le había enseñado y que se aprendió con un tono jocoso muy divertido, así que cuando vio al culto y honorable presidente del banco vestido de punta en blanco en aquel imponente palacete se la lanzó sin pudor alguno: “¡Qué pasa tío!” No paraba de reír por la escena propia de una película tragicómica, por aquella hermosa y ocurrente alemana que meses antes había conocido en la bahía de Findhorn, en Escocia.

Por suerte su excelencia era amigo, y por lo tanto, sabía de mis excentricidades y de la forma peculiar de comunicarme con el mundo, así que vio a aquella hermosa alemana de casi dos metros de altura como una de mis exóticas joyas antropológicas. La comida que hubo después no tuvo desperdicio y yo no paraba de reír por ver la cara de pasmo que su excelencia ponía ante las ironías de aquella bella dama sin pelos en la lengua que no sabía a quién se estaba enfrentando. El duelo de titanes quedó en empate, y en mi interior, se abrió una brecha infinita para entender que sin humor la vida no tiene sentido. ¿Cómo comunicarnos con la vida, alejados de las máscaras, con humor y sencillez, con sentido de alegría y bondad? Aquel día lo aprendí.

Es importante ver dónde ponemos la atención. Estos días de profunda meditación había una simpática inglesa que no paraba de sonreír. Me llamó la atención no tan sólo por su hermosura, sino porque me recordaba a aquella novia alemana que vivía la vida con la intensidad que la broma lo permite. La sonrisa es una impresionante forma de comunicación, es de una frescura e inmediatez sin límites.

Esta mañana rompíamos el hielo y nos intercambiamos algunas palabras. Se acercó, sonrío con esa belleza propia de diosas encarnadas y espetó cuatro palabras en un perfecto castellano. Está aquí, en la comunidad de Findhorn, haciendo un curso sobre “esperanza activa” y me atreví a preguntarle si guardaba esperanza. Fue un encuentro bonito propiciado por la sonrisa, por esa alegría interior que hace que las cosas se vean de forma diferente. El mundo destapa sus máscaras ante la alegría y el gozo, la vida suena a primavera aunque estemos adentrándonos poco a poco en el oscuro y frío invierno. La sonrisa es poderosa. Es como esa flama de atención ardiente que surge de lo más profundo de nuestras almas, como ese canto poderoso que nos previene de la tristeza y el dolor.

Por eso en estos momentos de mi vida deseo ardientemente fijar la atención en la llama del amor, de la alegría, del equilibro, de la broma, del buen humor. Por eso me encanta ver a este tipo de personas que te miran y te sonríen sin esperar nada a cambio, sin desear nada a cambio. Una inocente sonrisa y el mundo despierta a la vida, a la llama ardiente que arde en los corazones vivos.

Sin darme cuenta esa sonrisa había penetrado en mis sueños, me había destapado y sacado de la cama. A las seis de la mañana ya estaba en el santuario, meditando, y allí estuve feliz y despierto hasta los siguientes cantos, hasta la siguiente guía. La belleza de la simplicidad, la exquisita entrega hacia lo milagroso, hacia el profundo perfume de las flores en primavera, hacia el canto armónico de los pájaros en los cielos e incluso en el aullido del lobo que escapa de la noche entre los valles cubiertos de sombras. La sonrisa, puesta al servicio del amor, de la belleza, del clamor ardiente, de la sabiduría contemplativa. La sonrisa como punto y foco de atención de la flama. Esa y no otra es la auténtica presencia del misterio. Así que quedo agradecido a mi desconocida inglesa por hacerme creer de nuevo en la esperanza. En la esperanza y la fe en el ser humano, en el cariño, en la alegría y en el amor, última consecuencia de nuestras breves existencias. La vida se despliega de nuevo, la vida irrumpe con fuerza, la vida se expande con sonrisas dulces y amables. Bienvenida a la vida, bienvenida al mundo ardiente. Bienvenida esperanza activa.

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Desde la comunidad de Findhorn


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En 2005, en una absoluta prueba de desapego, vendimos nuestra hermosa casa de tres plantas con jardín en Barcelona, dejamos nuestra vida acomodada y nuestros trabajos y nos lanzamos a la aventura en un salto de fe basado en la persecución de nuestros sueños y anhelos. En lo particular, mi aventura trataba de una tesis doctoral que programaba terminar en tres o cuatro años para luego dedicarme a la docencia. Ayer recibí la buena noticia de que por fin, y tras casi quince años de duro trabajo, de aventuras y desventuras, a finales de noviembre defiendo ante el tribunal académico una tesis doctoral descomunal.

Al principio de toda esta aventura, gracias a la venta de la casa y a nuestros trabajos, teníamos ahorros suficientes para desplegar con calma nuestros sueños durante casi una década. Esa sensación de libertad y seguridad futura fue hermosa y excitante. En los primeros años asistía por las tardes a las clases de doctorado en Sevilla, mientras que por las mañanas me sacaba el título de profesor de instituto en la rama de historia bajo los auspicios del Curso de Adaptación Pedagógica que se hacía en Córdoba. Los fines de semana, como aún sobraba algo de tiempo, asistía en Madrid a un máster de pedagogía Waldorf. La primera escuela Waldorf se fundó en 1919 en Stuttgart, Alemania, hace ahora justamente cien años. En el segundo año dediqué gran parte del tiempo a dar docencia en prácticas en la universidad como profesor de antropología y en un instituto como profesor de historia. En los ratos libres, me dio tiempo de fundar con unos amigos la mítica Editorial Séneca, seguir viajando, que es mi otra pasión y volver a escribir de nuevo, después de unos años de silencio.

Dos años después, en 2007, hice un segundo salto de fe y decidí marcharme por uno o dos años al norte de Escocia, a la comunidad de Findhorn, desde donde ahora escribo. La idea era hacer mi trabajo de campo en esta comunidad y completar así mis estudios de doctorado en uno o dos años más. Así que por segunda vez me lancé a una nueva aventura. A los pocos meses de estar en Findhorn conocí a una simpática persona que me invitó a viajar a su país natal, Alemania, con la promesa de conocer otro tipo de comunidades y otra cultura. La aventura en Alemania duró dos apasionantes años que nunca podré olvidar, hasta que decidí volver a España.

Desde aquellos primeros años, nunca he dejado de venir a Findhorn y nunca he dejado de profundizar en la tesis doctoral, en las comunidades y en las utopías. Tuve la oportunidad de conocer a una de sus fundadoras, Dorothy, que inicialmente fundó la comunidad junto a Eileen y Peter Caddy. De ser generosos, tendríamos que agradecer la figura de Sheena Govan, que durante un tiempo fue maestra espiritual de los tres protagonistas y fundadores de la comunidad de Findhorn. También a las corrientes sufistas, teosóficas (Escuela Arcana), rosacruces y masónicas que influyeron en las bases de la construcción filosófica y espiritual del proyecto. A nivel visual, podría decir muchas cosas hermosas de Findhorn. Con el paso de los años se ha convertido en una importante ecoaldea que ha inspirado a cientos de proyectos. El trabajo de estos cincuenta años de historia ha merecido la pena y sigue siendo fuente de inspiración para miles de personas que acuden a este lugar.

A nivel interior, Findhorn nació con un propósito espiritual determinado. A pequeña escala, ese propósito, aunque persiste, se va difuminando en parte con el paso de los años. A veces siento cierta tristeza cuando veo cómo la genialidad humana es capaz de transformar los propósitos y los anhelos. Lo he visto en mi vida propia, resumida en los primeros párrafos anteriores. Ocurre también con los proyectos grupales. Cada vez entiendo mejor la necesidad humana de buscar seguridad material, reconocimiento y cierta necesidad de estatus e identificación, ya sea grupal, racial o nacional. Y como a veces esa necesidad arrasa con todo. Los anhelos puros a veces son arrastrados por inseguridades, por egoísmos, por ceguera, por fijaciones.

Findhorn, como muchos lugares, requiere una nueva reinterpretación. No me atrevería a decir que requiere de un nuevo revival. Quizás su papel ya terminó, quizás se trataba sólo de inspirar a otros hasta terminar convirtiéndose, por muerte natural, en una especie de cohousing para personas que desean vivir tranquilos. Pero entonces veo el ingente esfuerzo humano y espiritual aquí gastado y me pregunto de qué manera se puede poner en valor todo esto. Es una reflexión que me hago estando aquí, viendo lo que aquí ocurre desde hace más de una década de continuadas visitas y vivencias e imaginando cómo puede desarrollarse su futuro inmediato. Sea como sea, es un privilegio que este lugar siga existiendo y que otros vayan siendo inspirados por el mismo.

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La traición hacia lo que realmente somos


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Hermoso arcoíris visto esta tarde en Findhorn

Los paisajes son siempre evocadores. Ya sean paisajes interiores o exteriores, ya sean otoñales o primaverales. Hoy paseando por la bahía de Findhorn, en las Tierras Altas de Escocia, veíamos un espléndido arcoíris. Realmente el arcoíris había nacido desde dentro. Habíamos evocado desde nuestra conversación y desnudo interior, un bello reflejo ahí fuera. Las señales siempre son inequívocas, incluso aquellas que no sabemos del todo interpretar. Hay personas capaces de evocar y otras capaces de encarnar un propósito. Evocar y encarnar son formas sutiles de conectar realmente con aquello que es verdadero. La verdad de cada uno, tan diferente siempre entre nosotros, es la fuente que nos lleva hacia el camino de nuestras vidas. Evocar y encarnar con fuerza nuestra vocación, nuestro don o nuestro talento es la forma más fácil de llegar al estadio de perfección humana.

La confusión está ahí. Hace siglos que no veíamos unas tinieblas de confusión tan extensas. Incluso los guardianes y vigías de los puertos seguros andan despistados, abandonados a la falta de luz. Incluso aquellos que sienten claramente la llamada de clarín de su alma se abandonan al espacio mundo de lo ilusorio. Resulta complejo situarse al borde de toda esa confusión y con certera profundidad abocarse al destino común. La personalidad y sus caprichosos deseos nos arrastran de alguna forma a una vida estéril, sin ningún tipo de significado. La confusión es tal que ni siquiera aquellos que fueron llamados para salar el mundo saben distinguir el grosor o la cualidad de la misma sal.

Leía en alguna parte que hay dos momentos significativos en nuestras vidas: cuando nacemos y cuando nos damos cuenta para qué hemos nacido. Esto es crucial para entender la madeja de significados profundos que conviven en nuestra existencia. Uno puede hacer cosas, puede aprender sobre las cosas y puede sentir las cosas, pero en ese discurrir, puede terminar la vida sin darse cuenta, sin descubrir realmente para qué ha venido a la vida. Esto tiene mucho que ver con nuestro grado evolutivo. Es evidente que la función vital de una piedra no es la misma que la de una flor o una mariposa. Sin embargo, las flores parecen felices porque se comportan como flores y las mariposas parecen felices porque se comportan como mariposas. ¿Qué ocurre con nosotros? Simple y llanamente que somos incapaces de comportarnos como lo que realmente somos, y por eso la mayoría del tiempo somos infelices. No tenemos esa capacidad natural de ser lo que somos, sin más.

Ocurre en el ser humano: mayor responsabilidad contrae cuanto mayor es el riesgo de comprender la madeja y el telar en el que estamos. Pero no cabe duda de que esa comprensión nunca es suficiente. En estos tiempos de confusión, debemos anclar en nuestras vidas un dispositivo de seguridad, un fuerte convencimiento de que hemos venido a realizar algo útil y necesario y que, por lo tanto, todos los actos de nuestra vida están enfocados a esa realización personal.

Traicionamos constantemente lo que realmente somos. Unos por dinero, otros por placer, otros por creencias, otros por diversión, otros por distracción y otros por pura ignorancia. Cada vez que creemos haber dado un paso de fe hacia algo, terminamos seducidos por alguna de esas luces nefastas que nos alejan de nuestro propósito interior. Resulta difícil, ante la extensión de las tinieblas que nos asaltan, de los estímulos que constantemente confunden y distraen nuestras vidas, despertar de la ensoñación. Vivimos de la imagen, para la imagen, entre imágenes, alejándonos siempre de lo real, de lo poderosamente verdadero.

Lo aparatoso de todo es que no nos damos cuenta. Cedemos todo el poder de lo que realmente somos a lo epidérmico, a nuestro yo pequeño, a una personalidad dolida, completamente caprichosa, encasillada en creencias y dispuesta a vender su vida al diablo si con ello puede alargar un poco más la ilusión en la que vive. No tenemos el coraje suficiente para dejar que se manifieste realmente lo que somos. No tenemos la fuerza necesaria para ver más allá de nuestros límites. ¡Es tan importante esa rebeldía! ¡Es tan importante empoderar nuestras vidas desde lo que realmente somos! Es tan importante dejarnos de traicionar en pos del dinero, del estatus, del qué dirán, de nuestros dolores infantiles aún no superados, de todo aquello que nos aleja de nuestra verdadera esencia. Es tan importante despertar al siendo presente y determinante. Y por último, es tan importante dejar de traicionarnos una y otra vez.

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Visitando el Brockwood Park School


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Ora, lege, relege et labora. Potentia magna, sapientia est. Sapientia, fides et anima!

Este año el Brockwood Park School cumple cincuenta años de historia. Fue fundado por Jiddu Krishnamurti en 1969 y desde entonces intenta ofrecer una educación integral a jóvenes de entre catorce y diecinueve años. La idea de venir aquí era para inspirarnos en un modelo que lleva medio siglo de experiencia y el cual podría aportarnos ideas para nuestra futura escuela de dones y talentos. En Brockwood dan mucha importancia a los valores que nosotros queremos mostrar y compartir. En la escuela residen unos 75 alumnos que comparten una dieta vegetariana como algo normalizado, estudian sobre cooperación, desarrollo personal, creatividad, integridad y afecto. Paseando por las aulas y por el maravilloso edificio que alberga al alumnado podíamos entender el precio de la excelencia: casi veinticinco mil euros por alumno y año.

Democratizar este tipo de excelencia y nueva cultura ética es una de las misiones de la Fundación Dharana y su futura Escuela de Dones y Talentos. Poder ofrecer la oportunidad de vivir una experiencia única e inolvidable que pueda marcar positivamente la trayectoria de las personas que pasen por esa escuela, y todo ello bajo la economía del don, es el reto al que nos queremos enfrentar en los próximos años. La idea que barajamos es poder ofrecer en invierno un año de estudio integral a aquellos alumnos que acaban de terminar los estudios de secundaria y desean indagar desde la consciencia cual puede ser su verdadero don y por lo tanto, cómo desarrollar su talento en el mejor de los caminos curriculares y también en el mejor de los caminos interiores. Lo mismo, y ya en verano, poder ofrecer ese espacio para personas que, llegada a una madurez, desean dar un giro positivo a sus vidas y necesitan un espacio de reaprendizaje y reconexión con su interior para poder guiar sus vidas hacia un sentido más amplio, hacia una visión más profunda de la vida, participando activamente del flujo que nace de nuestro ser real.

Inculcar e inspirar los valores de la nueva cultura ética requiere un trabajo intenso, un espacio único y adaptado al nuevo ciclo de las cosas que están por venir, unos facilitadores sensibles a los nuevos requerimientos que nacen de la urgente necesidad de empezar a actuar como seres reales, y no únicamente como meras marionetas de un destino antojadizo. La libertad del verdadero ser sólo puede expresarse si damos oportunidad, mediante el silencio y la reconexión con la naturaleza, a ese verdadero propósito. De ahí que la pedagogía de la futura escuela estará centrada en poder elevar la frecuencia de nuestras vidas (materiales, vitales, emocionales y mentales) para poder así conectar con las fuerzas de lo que verdaderamente somos.

Las bases de la escuela serán las mismas que las bases del proyecto: un lugar donde se posibilite la meditación, el estudio y el servicio. La meditación como punto focal, de fuerza, de inclinación hacia una vida más integral y conectada en la frecuencia de nuestro ser más profundo. El estudio como medio para lograr esa conexión en una práctica metodológica, aplicando herramientas necesarias para que la integración de todos nuestros vehículos se consiga de forma correcta y adecuada. Y el servicio como única y verdadera expresión de aquello que somos. Servir desde nuestros dones y talentos es la mayor muestra de reconexión entre el mundo y nuestro mundo, entre lo tangible y lo intangible, entre lo aparente y el misterio envolvente.

La labor pedagógica que realiza el Brockwood Park School es imprescindible en este mundo que habitamos. Hacer de personas buenas personas mejores, despiertas, sensibles a la naturaleza y cocreadores del bien es una de las más bellas misiones a las que alguien se puede dedicar. Ayudar a que esto se realice no tan sólo en esta hermosa extensión de la campiña inglesa sino además en todos aquellos rincones que podamos alcanzar es una misión que merece la pena. Nosotros inclinamos nuestras vidas a ese propósito, y deseamos poder culminar esa bella frecuencia a los pies del Camino de Santiago, allá en el Proyecto O Couso, dónde se está creando en estos momentos una Casa de Acogida para peregrinos del alma (servicio), una Escuela de Dones y Talentos (estudio) y una comunidad espiritual (meditación). El Ora et Labora et Sapientia de los antiguos manifestado en un nuevo tiempo y una nueva era que se abre poco a poco ante nosotros. Quiero dar las gracias a las personas que han facilitado el que estos días pueda disfrutar de las enseñanzas de este hermoso lugar y quiero honrar la memoria de aquellos que lograron su existencia, tanto a los visionarios que captaron la luz del momento como los constructores que lo hicieron posible. Gracias especialmente a Jiddu Krishnamurti por tener el coraje y la voluntad de inspirar lugares así.

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Desde el Krishnamurti Centre


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Nuestra conciencia no es realmente suya o mía, es la conciencia de la humanidad evolucionada, desarrollada, acumulada a través de muchos, muchos siglos … cuando uno se da cuenta de esto, nuestra responsabilidad se vuelve extraordinariamente importante. Krishnamurti

Acabamos de llegar al Krishnamurti Centre, situado en el Brockwood Park, un lugar paradisíaco en el sur de Inglaterra dónde vamos a profundizar en la vida transpersonal e interior, en la consciencia de los nuevos tiempos y en todo aquello que pueda servir de inspiración para lo que ha de acontecer en nuestros propios proyectos vitales. Situado en la hermosa campiña de Hampshire, el lugar es precioso, limpio, hecho con ese refinado gusto inglés y plagado de detalles que lo hacen totalmente acogedor. Me ha tocado dormir en una de las habitaciones más bonitas y espaciosas, con un gran ventanal que asoma a la campiña y los bosques.

Hemos tardado casi dos horas desde el aeropuerto de Londres y hemos llegado justo para la cena, totalmente vegetariana y sabrosa, decorada con flores en un salón cálido y tranquilo. Me doy cuenta, cada vez más, de lo necesario de estos lugares, de la inmensa fortuna que tenemos aquellos que los hemos podido conocer y disfrutar. Me doy cuenta también de lo necesario, cada vez más, de que existan este tipo de espacios y que funcionen con la economía del don para que todo el mundo pueda disfrutar de islas de paz, amor y armonía sin ningún tipo restricción o barrera.

Los sueños se fortalecen ante la inspiración de estos centros. Observo cada detalle para luego intentar acomodar cada uno de ellos en la futura casa de acogida y en la futura escuela. El jarrón de flores en cada mesa, los productos ecológicos, la variedad de alimentos en la cena, todo vegetariano, la calidez de los lugares, la sensación de estar en un cálido hogar, el orden, el decoro, la exquisitez, la delicadeza de cada rincón, la sonrisa de los voluntarios, la amistad que me acompaña… Hay cientos de cosas que siempre se aprenden cuando tienes la mirada observante y deseas mejorar aquello que ya estás haciendo.

Es todo un regalo poder estar aquí diez años después de haber estado en el lugar donde Krishnamurti pasó sus últimos días, en Ojai, California. Seguir aprendiendo, especialmente a sabiendas que este fue también un lugar fundado por Krishnamurti y todo lo que lleva de carga, enseñanza y liberación, es algo que me emociona especialmente. Hay tanto que aprender siempre. El conocimiento es una herramienta útil que nos libera de la esclavitud de la ignorancia. Es una fortaleza imprescindible para que la inteligencia, acompañada de la correcta voluntad, de una fuerza comedida, produzca la belleza que este mundo necesita. En este lugar se perfila ese equilibrio. En este lugar se sembrará un trozo del milagro.

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Se prendió la llama resplandeciente


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«Estamos todos en el mismo barco, en un mar tormentoso, y nos debemos los unos a los otros una lealtad enorme». G. K. CHESTERTON

Ayer dormía en los arrayanes y hoy duermo en palacio. Justo en frente de la Biblioteca Nacional, ese lugar que frecuentaba todas las tardes con mi carné de investigador mientras redactaba en aquel tiempo la primera parte de la tesis. Al lado del exclusivo club donde enamoré a aquella hermosa embajadora mientras presentábamos un libro con el presidente de la comunidad de Cantabria y la gente nos paraba en el ascensor, para sorpresa de la enamorada aristócrata, saludándonos como quien saluda a un actor de cine. Admito que cuando conducía mi vida entre ese tipo de bambalinas ilusorias lo pasaba bien. El glamour es algo que nos gusta, que nos atrae por el halo de poder que nos otorga cuando desciframos sus secretos. El cuerpo se vuelve erguido, la frente parece más ancha, los pómulos se llenan de fuerza y el aura recuerda a la de los héroes que transitaban por encima de la vida y la muerte. Pero todo es ilusorio, ficticio, lugares comunes que nos alejan de nuestro camino. Ayer fui mendigo, hoy príncipe, y ninguno de los dos mentirosos estadios me domina. Ante las máscaras, disfruto del teatro de la vida como lo haría un alma capaz de disfrazarse de cualquier cosa.

Esta mañana ocurrió algo hermoso que tiene que ver con los círculos. Salí corriendo de los arrayanes y me fui a la zona más alta y rica de la gran ciudad. En un lugar impresionantemente hermoso que por alguna extraña razón me recuerda a Austria o Suiza, quizás a algún remoto lugar en mitad de los Alpes, me esperaban dos buenos hombres, sinceros, amables, hermosos, generosos. Cuando me di cuenta estábamos conspirando, configurando una nueva triada, un triángulo mágico, tan necesario para poder crear cualquier cosa que se acerque mínimamente a un punto de luz. De alguna forma se selló un pacto de colaboración mutua que nos anima a seguir persiguiendo el sueño utópico de una humanidad unida, silenciosa, contemplativa. La reunión duró algunas horas y detallamos algunos puntos a seguir. Me sentí afortunado por poder participar de esa conspiración que se proclama una y otra vez en todos los tiempos. Aún no puedo adelantar nada de lo que en esa reunión se trató, pero fue, a niveles interiores, una prueba más de que estamos haciendo algo bueno.

De repente pude cerrar los ojos internos, esos que ven más allá de las apariencias y entendí lo que estaba pasando. Somos los mismos aliados que siglo tras siglo se reúnen ante una mesa de castaño oscuro para plagar el mundo de fe y esperanza. Sentíamos cierta emoción contenida porque los ciclos se repiten, y entendemos que debemos seguir intentándolo una y otra vez. De repente, desde lo alto de aquellos papeles, de esas conversaciones, pude comprender el entramado, la red, las alianzas, los pactos que traíamos en nuestra carga anímica. Pude ver esa familia que se enfrenta a los tiempos, que discurren al llamado. Entendí también la frase: muchos serán llamados, pocos los elegidos. Sentimos la llamada, pero por miedo, por torpeza, por distracción, la abandonamos. Hasta que un día elegimos el camino y ya no hay vuelta atrás, porque la claridad llegó a nosotros y la luz prendió en nuestros adentros con la fuerza suficiente para disipar cualquier tiniebla. Por un momento sentí la fuerza de esa llamada poderosa.

Por eso en el mundo de las máscaras, ayer dormía en la mendicidad y hoy en un palacio. Porque la vida del alma es como un gran banquete donde todos disfrutan y comparten los dones de la vida, donde todos asimilan con alegría que la comunión es posible si somos capaces de sentir con fuerza nuestro compromiso y tenemos el coraje de llevarlo a cabo. Ya no hay duda. Cuando somos elegidos hacia el camino de la entrega, la palabra se convierte en verbo y el verbo en carne y la carne en espíritu viviente. La aurora viviente resplandece ante el llamado inequívoco del toque de clarín. Se prendió la llama resplandeciente y todo el camino aparece lúcido y bello. En el otoño se desprende lo innecesario y caen las hojas muertas. Pero también se siembra en la tierra húmeda y cálida la semilla que habrá de brotar en la próxima primavera. Lo milagroso está ocurriendo. Hoy ha sido un día milagroso.

Estoy en Madrid, en un lugar maravilloso con seres maravillosos y únicos. Mañana la aventura continúa hacia el sur de Inglaterra. Mañana lo milagroso se expandirá inevitablemente.

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Desde el tren balanceante


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Esta mañana en la estación de Sarria

Tierna la música. El balanceo del tren. El otoño en los paisajes. La luz tenue, ligera, delgada. Tierna la presencia del silencio. El viaje interior al mismo tiempo que se viaja en los raíles de la vida. Los cantos angélicos se escuchan con mayor fuerza cuando la quietud y la alegría posan dentro. Buceo en los aledaños de lo intangible, me desprendo de las incomodidades de la personalidad, de sus miedos, de sus creencias, de sus sueños rotos e inacabados. En la distancia del pequeño vehículo, me siento a flote, con las manos extendidas al sol, imaginando un ondear, cayendo hacia los vientos que mecen y limpian la atmósfera.

El tren es lento. No hay prisa. No sabemos donde realmente vamos. La excusa siempre es un destino, una estación, pero entre medias pueden suceder mil cosas. Cuando te mueves, algo se mueve. Podemos ser conscientes de ello o podemos cegar la mirada hacia cuanto nos rodea. Pero si miramos, y si además de mirar somos capaces de ver, algo hermoso ocurre. Montañas, caminos, bosques, animalillos, nubes que susurran el eco de un tiempo hermoso. Universos enteros conviven cuando nos instalamos en la pura quietud. La excusa, un viaje. Próxima estación, Madrid.

El tren tiene un balanceo gracioso. Las nalgas intentan equilibrar de cualquier manera el pequeño rugir de los raíles. A mi izquierda una hermosa informática renueva una web. A mi derecha una firme empresaria calcula las nóminas mientras discute con los proveedores los pagos a noventa días. Me gusta mirar todos los rostros, interrogarme sobre sus vidas, bucear en sus almas. Detrás un joven polaco habla de su último trabajo y delante una jubilada come un bocadillo realizado unas horas antes en cualquier lugar. Las estaciones se abren paso una a una. Siempre desde el bullicio de la gente que viene y va, que viaja. El viaje es una atracción hermosa de aventura, de no saber qué puede pasar en el instante siguiente. La gente sube y baja en un hormiguero humano que no cesa. Somos maravillosos, a pesar de nuestras pequeñeces. Incluso los enemigos se ven, desde la distancia, como seres necesarios para nuestro camino, para nuestro crecimiento. Qué sería de nosotros sin sus enseñanzas tan profundas.

Hace unas horas estaba subido al tejado, terminando de colocar por fin el aislante del tejado. Desde allí recordé a mi compañero la promesa, a veces incumplida, del plan, del quehacer al que realmente venimos. ¿Por qué muchas veces lo olvidamos? ¿Por qué muchas veces nos dormimos debajo de la sombra de un almendro, en una caravana de distraído pasaje, en un lujoso coche que no lleva a ninguna parte? La vida nos distrae, forma parte del juego, para que al anhelo verdadero se confunda entre el ruido. A veces el ruido tiene forma de una mujer, de un trabajo, de una creencia, de un ideal nacido de la confusión. El grito del alma se acalla y se confunde entre el bullicio, entre las banderas de nuestra personalidad, entre las patrias de nuestra conquista humana. Pero el alma no es humana. Lo humano es limitante, es mediador, es una empresa inacabada. Por eso el alma grita cuando en su morada cósmica nadie escucha aquí abajo, o cuando las distracciones del día a día son más poderosas que nuestro propósito interior.

De ahí que, en la quietud, en el silencio, como alguien recordaba esta mañana en la meditación entre hermosas lágrimas, la vida nos cambia. Porque es en el silencio cuando podemos escuchar claramente a nuestra alma. ¿Cuánto silencio dedicamos a esa comunicación cósmica entre tanto ruido? Nunca tenemos tiempo de atender esa llamada. ¡Tenemos tantas cosas que hacer, tanto que programar, tanto futuro que ordenar, tanto pasado que añorar! Nunca paramos a escuchar lo que nuestra naturaleza real ha venido a decirnos. ¿Por qué no nos conocemos a nosotros mismos, nosotros los conocedores?

En el abundante desayuno que hemos compartido en una cafetería llena de abuelos, cerca de la estación, mi compañero portaba un hermoso libro sobre el Sermón de la Montaña. Realmente esas palabras no eran un sermón, eran un grito del alma. O mejor aún, era el canto amable de una gran alma. En el Sermón de la Montaña está condensada toda la verdadera realeza que debería erigirnos a las causas verdaderas. Lo demás es todo ruido. Ahora viajo, hacia fuera y hacia dentro. Estaré en silencio, siguiendo el dictamen de mi verdadero yo real. Próxima estación: la vida.

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Nacionalismos, patriotismos y marcianitos verdes


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Los nacionalismos y los patriotismos siempre son violentos porque tienen en su naturaleza el existir gracias al diferente. «Yo soy esto porque el otro es aquello», y para existir, bendita paradoja, necesito del otro. Y el otro, a lo largo de la historia, siempre ha sido enemigo o extraño.  Este coche la Guardia Civil destruido resume este sentir. El otro es el español, el Guardia Civil o lo que sea que no sea de los nuestros. 

Esta mañana en el círculo de consciencia expresaba, a la víspera del 1 de octubre, próximamente fiesta nacional en Cataluña, que hacía tiempo que no hablaba de política. Me había prometido no hacerlo, es algo que ya no me motiva, que no me seduce, que no me altera. Ya sabéis los que me conocéis desde hace tiempo que siempre he sido muy visceral con el tema político, y excepcionalmente duro con los nacionalismos y los patriotismos de cualquier bando. Me fui huyendo de Cataluña hace quince años por no soportar lo que ya por entonces intuía que pasaría. Las esencias patrias de cualquier tipo me sobrepasan y respiro mejor entre fraternales humanos apátridas que ante poseedores de algún tipo de pureza de sangre (ya me estoy encendiendo, lo siento).
Bueno, todo esto viene porque nada más recordar que hacía tiempo que no hablaba ni participaba en política, especialmente desde que mi activismo político se reduce a la creación de un lugar utópico, sin patrias ni naciones y cuyo único vínculo político es la fraternidad humana y la tolerancia del diferente, he recibido justamente hoy dos mensajes que me invitaban a que hablara u opinara sobre la política de estos días. Los mensajes decían así:

Mensaje 1: Te voy a hacer una petición del «leyente», si puede ser y si te apetece (me puedes decir que no tranquilamente). Me gustaría que escribieras sobre los separatismos. Cataluña, el Brexit… me da igual, en el fondo todo es lo mismo.

Mensaje 2: Javier, como nacido en Barcelona, ¿dónde te posicionas? No hace falta que me respondas aquí. Si quieres lo haces en privado pero a nivel mas trascendente me interesa tu corazón, qué te dice a la hora de valorar los nacionalismos, esa enfermedad de los pueblos que llevan a la sangre…

Ya he hablado mucho sobre política y especialmente sobre esa anomalía humana llamada nacionalismo o patriotismo (la diferencia entre unos y otros es la de tener o no un “estado”, pero el sentimiento es el mismo, “amor” al pueblo, a la nación, pero de forma excluyente, siempre en contra “de”). En el caso del Brexit es un nacionalismo no en contra de Europa, sino en contra de la emigración que viene de Europa vía África o Asia o América (la del sur, por supuesto) o la Europa del Este. En el caso de Cataluña son los descendientes occitanos que huyendo de mil batallas se establecieron hace mil años en parte de Iberia y se asimilaron con los nativos. Ahora, paradójicamente, esos occitanos se consideran los verdaderos nativos y, por lo tanto, desean separarse de la tierra que hace siglos los acogió. Los vascos, otra paradoja, que son los verdaderos supervivientes y los verdaderos nativos de Iberia, se quieren separar del resto, es decir, de los asimilados, de los conquistados y conquistadores que durante miles de años han atravesado esta tierra. Creo que los vascos son los únicos que podrían presumir de ser los verdaderos “españoles”, de ahí la paradoja. Todos los demás somos descendientes de celtas, cartaginenses, fenicios, griegos, romanos, judíos, bárbaros, musulmanes, etc…

Es cierto que no todo se puede reducir a algo tan simple como esta explicación. Habría que bucear en el sustrato, en el superestrato y en el adstrato de cada una de las culturas y lenguas que han influido en todo el territorio a lo largo de la historia. Pero la cuestión no es el origen de cada cual, sino el porqué basamos la convivencia presente en ese origen, y por lo tanto, centramos nuestra atención en aquello que nos separa, y no en aquello que realmente nos une. Porqué unos se creen más guapos que otros, o con más derechos, o más libres, o más ricos, o más lo que sea (no voy a entrar en motivos racistas o xenófobos, que haberlos haylos, por más que lo nieguen algunos en la plaza pública).

Una persona culta, inteligente y civilizada no debería ser patriota ni nacionalista. Podría ser ciudadano o aldeano, pero nunca se calificaría como próximo a ningún tipo de amor exacerbado hacia una nación o una patria. Menos aún hacia una bandera, un himno o unas fronteras delimitantes. Una persona culta, inteligente o civilizada puede creer en Dios, en los extraterrestres o en el final de los tiempos, pero siempre lo hará de forma discreta y privada. Lo mismo ocurre con los países y sus símbolos. Uno puede amar a su tierra, pero siempre de forma anónima, discreta, silenciosa, como se aman los verdaderos amantes.

¿Qué puede pensar una persona culta, inteligente y civilizada que vive en una aldea o en una ciudad y ve de repente a alguien empuñando una bandera o refregando en la plaza pública himnos y consignas patrióticas o nacionales? Pues simple y llanamente, y con todos mis respetos, que son unos auténticos estúpidos. Nadie sanamente culto, inteligente y civilizado cree en nuestros días en las naciones, las patrias o las fronteras. Nadie en su sano juicio tiene en estos tiempos necesidad de enarbolar fronteras que dividan, que separen. En la vida privada uno puede creer en lo que quiera, en los marcianitos verdes, en los duendes y las hadas, en el aberri eguna o en 1 de Octubre como el día de la independencia catalana. Cada cual puede vivir su peculiar sueño hipnótico, su peculiar fantasía anodina.

Lo triste de toda esta guerra de emociones viscerales es que si ganan los nacionalismos y los patriotismos Europa entera va a dar un giro visceral y cavernícola de cien años hacia el pasado. Volveremos al caos y al desmantelamiento del sueño de la fraternidad humana, al sueño de un mundo, una humanidad. Mezclar las creencias y las emociones con la política nunca trajo nada bueno. Por eso esa mezcla me parece estúpida. Que cada uno se sienta de dónde quiera, pero en lo privado. Mezclar lo emocional con lo político siempre trajo verdaderas catástrofes. En resumen, quien quiera creer en los marcianitos verdes que lo crea, pero por favor, en privado. Dejad de refregar por las narices más banderitas, patrias, himnos o lo que sea. Rezad al Dios que queráis, amad la tierra que queráis, creed en lo que os de la gana, pero en silencio.

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Preparación para el contacto con lo Real


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Somos conscientes de que estamos bajo la presión de un trabajo interior extenuante y exigente. Este experimento del servicio grupal sigue una secuencia orgánica de equilibrio, sensibilidad y flujo. Esa es la lógica interior, pero en la manifestación fenomenológica no siempre es así. De ahí que exista la necesidad de un aprendizaje mayor basado en el aplomo, el equilibrio y la serenidad. Sin duda es una prueba, un aprendizaje complejo donde hay que enfrentarse a múltiples egos y sus capas, sus manías, sus recelos, sus miedos. Son muchos espejos en los que mirarnos y aprender, y eso inevitablemente resta energía. De ahí la necesidad de aislamiento, de silencio, de preparación.

En el mundo de las ficciones en el que vivimos, resulta complejo y difícil desenmascarar el mundo que hemos creado a nuestra imagen y semejanza, y completar el ciclo que nos ha de acercar hacia la preparación para el contacto con lo Real. Pensamos, equivocadamente, que lo Real es lo que nos circunda, lo que creemos como cierto, nuestra máscara de seguridad que nos permite sobrevivir psicológicamente al devenir. Realmente no queremos enfrentarnos a esa mentira, a esa ilusión. El rico cree que es rico y el pobre cree que es pobre. El guapo cree ser guapo y el feo cree ser feo. Solo son máscaras, solo son capas superficiales de una epidérmica realidad. Nadie está dispuesto a ir desenmascarando esa vida impostora para enfrentarnos a la realidad, a lo Real.

La preparación es difícil. Debemos forjar el valor, la voluntad y el conocimiento que nos debe llevar a las puertas de las primeras pruebas. Valor para enfrentarnos a los que nos criticarán, a los que, sin comprender la fuerza del conjunto, intentarán derrumbar toda la obra. Voluntad para enfrentarnos a las fuerzas, tangibles e intangibles, que harán lo posible para detonar todo nuestro esfuerzo. Conocimiento para guiarnos prudentemente por las líneas acordes con la luz del corazón, el fuego ígneo que nos protege en la senda de la oscuridad brillante.

Uno se prepara fortaleciendo sus cuerpos. Volviendo sutiles las energías que derrama en el mundo, disipando todo aquello que le ata o detiene. Esperando afianzar su pequeño poder en la fe y la esperanza. Muchos pierden ese poder, lanzándose a la mentira del personaje, dejando la responsabilidad y el deber que adquirieron como pacto necesario para la labor vital. Por eso la fe y la esperanza son tan necesarias para guiarnos en la ciénaga de la ilusión, de la mentira, del ataque, del miedo. Si perdemos la fe, si perdemos la esperanza, nos hundimos para siempre.

La fuerza proviene del silencio, de la quietud, de la observación, de la concentración, de la apertura a la luz que nace de esa seguridad de que estamos alcanzando el verdadero sentido de lo Real. Desapegarnos del personaje y profundizar en ese aspecto sutil de nuestra naturaleza debe llevarnos por el arduo camino de la liberación. No hay verdadera liberación cuando nos identificamos con algo. Solo ante el poder del desapego de las ideas, de las personas, de las cosas y especialmente, de nosotros mismos, podemos aprender a dirigirnos victoriosos hacia lo Real.

El espíritu de servicio ardiente, el cáliz ígneo, se prepara para albergar la luz que ha de derramar en el mundo. La ayuda está asegurada cuando enfocamos toda nuestra vida a descubrir ese fuego que brota de nuestros corazones ardientes. Todo nos espera cuando emprendemos el peregrinaje hacia el mundo Real.

 

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¿Qué es la felicidad?


 

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La pequeña ermita en la comunidad que soporta nuestra búsqueda de sentido

La próxima semana participaré en un encuentro temático que se realizará en el The Krishnamurti Centre, en Brockwood Park, Alresford, cerca de Winchester, en el sur de Inglaterra, el cual versará sobre la felicidad. Una amiga tuvo la amabilidad de invitarme a este viaje para empezar a dilucidar qué tipo de pedagogía realizaremos una vez la futura Escuela de Dones y Talentos esté construida. La parte material nos llevará un tiempo, pero la parte pedagógica, el contenido que albergará el hermoso edificio que pretendemos construir, será la cuestión más profunda y costosa.

Después del encuentro marcharé a la comunidad de Findhorn, un hermoso lugar que también centra su misión en la pedagogía para esta nueva era a la que estamos inevitablemente abocados. Allí estaré retirado unos días mientras que comparto ideas con una de las fundadoras de nuestro proyecto y mientras dedico algo de tiempo a la preparación final de la defensa de la tesis. Es bueno terminar esta gran trayectoria en el mismo lugar dónde todo empezó. Casi quince años tras las utopías merecía un bonito cierre final.

A parte de la economía del don, aún no sabemos qué tipo de identidad o característica nos diferenciará de ambos centros. Tendremos cosas en común como la búsqueda de una vida mejor para todos en un entorno privilegiado de paz en un tiempo tan convulso. En los próximos meses, deberemos buscar aliados que puedan aportar ideas que deban ser desarrolladas en este nuevo reto. La casa de acogida se consolida, la escuela empieza a nacer y en el final del camino, una comunidad integral que pueda vivir armónicamente bajo los auspicios de la nueva cultura ética: la cultura de la ética viviente, una visión que pretende aportar felicidad al ser humano y al entorno donde desarrolle su actividad vital en perfecto equilibrio con la naturaleza.

Pero, ¿qué es la felicidad? En los párrafos anteriores describo entre líneas qué es la felicidad. Es cierto que hay muchos tipos de felicidad, sin embargo, podemos decir que la felicidad en sí misma no es un fin, ni siquiera un medio para llegar a ninguna parte. Me gusta la idea de ir a Inglaterra. Hoy me cogí el día “libre” para poner orden en la editorial y adelantar algo de trabajo antes de marcharme de viaje. Viajar me gusta, me ofrece una oportunidad placentera de conocer mundo y culturas y compartir con amigos. El hecho de ir a este viaje me hace feliz, pero no porque me guste viajar o me encante Reino Unido o vaya a un centro pedagógico de Krishnamurti, persona por la que siento cierta admiración. Este viaje me hace feliz porque está dentro de un propósito mayor, hay una causa que lo mueve, hay un sentido profundo que emerge en la superficie del mismo.

La felicidad es un síntoma, un metalenguaje que nos indica que aquello que nos hace sonreír y nos hace feliz está totalmente alineado con nuestro propósito interior. Esta es la complejidad del viaje interior y por lo tanto, de la felicidad como metalenguaje. Si nuestra inteligencia se acalla, entra en silencio, se contagia de naturaleza en estado puro y se vacía de prejuicios, puede llegar a percibir una nota clave, un sonido interior que nos alienta a seguir uno u otro camino. Al principio pensamos que ese camino es “nuestro” camino, pero en verdad, es sólo una excusa, un pequeño arroyuelo cuya misión será fusionarse con un río mayor y éste, a su vez, con un gran océano. Realmente nosotros solo somos unas insignificantes gotas que deambulan torpemente por este azar de corriente. En el silencio profundo, podemos percibir nuestra esencia, nuestra finalidad. Y es ahí cuando surge la sonrisa, cuando la felicidad nos embriaga.

En términos espirituales, uno es feliz cuando sigue por la senda inequívoca de su Camino, del Camino. En términos psicológicos uno es feliz cuando hace aquello que cree que ha venido a hacer, sea lo que sea según su grado consciencial y evolutivo. Uno puede tener anclada su consciencia en lo material, y puede que su misión sea cumplir con los requisitos básicos que el limitado mundo material nos demanda. Otros pueden tener la existencia anclada en el mundo intangible de las energías, de la vida y sus corrientes anímicas. Podemos pensar que nuestra misión está centrada en la investigación y aplicación práctica de esas corrientes que van más allá de lo meramente material. De aquello que «anima» a la materia. Otros pensarán que su centro de gravedad gira en torno a las emociones, y que su particular misión es la de desentrañar las causas del sufrimiento y de cómo atajarlas. Habrá otros que se lanzarán a la misión intelectual de entender el mundo y no dejarán de bucear en todos sus misterios e incógnitas desde cualquier disciplina. Y otros, los menos, centrarán su vida en ampliar el horizonte de lo intangible, entregando, posiblemente, toda su existencia a esa obra espiritual basada en la fe y la esperanza.

No importa realmente el lugar donde cada uno se posicione en esta escala evolutiva, de consciencia, de mirada, de visión. Todo está bien porque cada uno está experimentando la vida según su grado de ebullición en la gran caldera vital. Lo importante es saber situarse y saber perseguir y profundizar en lo que realmente se desea, se expresa desde lo más recóndito de nuestro Ser. Si sabemos centrar nuestra mirada ahí dentro, en poco tiempo, quizás en una, dos o tres semanas, empezará a brotar un manantial de agua fresca y limpia que nos conducirá inevitablemente hacia nuestro propósito vital. Eso, y no otra cosa, será lo que nos haga felices, cueste lo que cueste.
Por eso estos días pasando calamidades bajo la lluvia encima de un tejado no me desmayaba de cansancio o temor o apatía. Por eso la próxima semana voy feliz y alegre a este viaje, a sabiendas que ambos hechos aislados están interconectados en un propósito mayor que le da sentido a todo. Trabajar en un tejado para ayudar a crear una casa de acogida y acudir a la defensa de una tesis doctoral que me ha llevado quince años al mismo tiempo que ayudo a construir una escuela de dones y talentos mientras en los ratos libres edito libros que hablan de consciencia a las puertas de un viaje a Inglaterra y Escocia son hechos en sí mismos que están interrelacionados. Es un proceso que da sentido a toda una vida. Y viendo la vida como una sucesión de hechos interconectados entre sí, fija inevitablemente en la memoria un halo de felicidad, una señal, nada más que una señal, de que vamos por buen camino. Por el Camino.

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Morir de éxito: somos una especie en peligro de extinción


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Desde mi pequeña cabaña en los bosques observo atento el devenir natural. La Naturaleza se expande en armonía mientras que nosotros intentamos interpretarla, ser parte de ella, participar de su equilibrio. Desde la renuncia, desde la simplicidad voluntaria y el decrecimiento, intentamos llevar una vida lo más coherente posible

 

Sin duda nuestra especie es una especie de éxito. Ha sobrevivido a cientos de hecatombes y se ha erigido como soberana de toda la Tierra. “Somos una especie en peligro de extinguirlo todo”, rezaban los lemas de la manifestación de hoy para salvar el planeta. Me resulta paradójico nuestro egocentrismo, nuestra imponente salvedad de pensar que somos los que estamos llevando a cabo uno de los mayores genocidios a escala mundial. Realmente creo que la Tierra no está en peligro. Observo atentamente a la Naturaleza desde hace cinco años de vida en los bosques y mi conclusión es que el que está realmente en peligro de extinción es el propio ser humano. Miro con detalle lo que aquí ocurre entre árboles y vida salvaje y a los que vienen desde fuera con algún tipo de inclinación milenarista, con deseos de salvar el mundo. Pero veo con cierta tristeza las continúas paradojas, las incoherencias, la insuficiencia y la ceguera que nos envuelve. Nosotros no vamos a salvar al Planeta, el Planeta se salvará de nosotros. Eso es lo que ocurrirá si no existe un radical y universal cambio de conciencia.

La Naturaleza tiene una impactante capacidad de regeneración. Se expande, se equilibra, sobrevive a todo tipo de cambios. Lo puedo ver aquí en los bosques. Hemos intentado no intervenir más que lo imprescindible dejando que la Naturaleza creciera a sus anchas. Es impresionante como lo hace. Hay una sabiduría innata en todo lo que ocurre. Todo vive en plena armonía, en pleno equilibrio, todo, absolutamente todo, se regenera con el pasar del tiempo y una exquisita paciencia. Los ritmos de la naturaleza son diferentes a los nuestros.

Hace unos años intenté llamar a mi tesis doctoral algo así como “La plaga humana, proyectos comunitarios ante la patogénesis planetaria”. Por supuesto mi directora se negó rotundamente. En noviembre defiendo la tesis y lo haré con cierto disgusto interior porque ahora se está demostrando que algo va mal en el ecosistema, algo que los ecologistas y los proyectos comunitarios alternativos como las ecoaldeas llevan advirtiendo desde hace décadas mientras que nadie, absolutamente nadie, ha hecho nada al respecto. Mi denuncia académica no servirá de nada, pero ahí quedó escrito el intento.

De los miles que hoy han salido a la calle a protestar pocos han cambiado su dieta, pocos consumen productos ecológicos, pocos o ninguno renuncia a su propio crecimiento material, pocos practican el decrecimiento, pocos buscan una radical alternativa a su estilo de vida consumista y pocos o ninguno se ha marchado a vivir una vida simple o compartida en comunidad responsable y activista que permita reducir considerablemente la huella ecológica. Y de todos ellos, pocos se dan cuenta de que lo que verdaderamente está en peligro es el propio sistema, la propia cultura y estructura humana. No, el Planeta no está en peligro, el Planeta se regulará como siempre hace. Podría haber una extinción masiva, algo así como un nuevo diluvio universal, o una nueva extinción de dinosaurios, pero la Naturaleza volverá a triunfar. Quizás unos pocos se salven de una inminente catástrofe, de una inminente sexta extinción. Quizás ahora estemos bailando el último compás de un Titanic que inevitablemente va a la deriva. No estoy completamente seguro de ello, pero al menos, en mi consciencia personal, siento que estamos haciendo lo que podemos e invito abiertamente al resto a que cumpla con su parte desde la responsabilidad, el compromiso y la urgencia que los tiempos requieren.

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Dos antropólogos en Marte


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Esta mañana trabajando en los tejados de la casa de acogida. Aquí se aprenden todos los oficios. No puedo desvelar quién hizo la foto, pero si os sirve de consuelo, diré que es de Plutón

Es una suerte compartir trabajos con colegas. Los antropólogos somos extraños y una raza en extinción por eso es toda una sorpresa el encontrarte con uno, y además, con alguien que está haciendo un trabajo de investigación sobre el tema que se ha saldado con casi quince años de mi vida. A su compañera de vida les gusta llamarnos “antropolocos”. No le falta razón. A base de estudiar al ser humano en todos sus contextos culturales, uno se vuelve raro, extraño, extraterrestre.

Esta mañana nos dábamos cuenta cuando subidos al tejado relatábamos anécdotas de la profesión, de nuestras carreras como observadores participantes, como activistas del género humano. Le confesé que estaba enamorado de mi objeto de estudio, y de tanto cortejar a unos y otros, terminé contaminado, asimilado, vacilando entre si dar rienda suelta a mis delirios académicos o ceñirme a la vivencia, a la praxis, desde aquello tan manido de la acción-participación. Admito que el “campo” epistemológico en el que me encuentro no tiene desperdicio y de que pocas cosas serían capaces de apartarme de este lugar. Eso me hace pensar, ahora desde la más absoluta de las serenidades, que mi camino seguramente será en solitario. Nadie en su sano juicio se vendría a pilotar una nave marciana dónde lo más normal que puede divisarse son algunos árboles y montañas. El resto es tremendamente extraño.

Si hubiese marcianos creo que los primeros que tendrían que ir en misión especial para comprender al “otro”, al “extraño”, al “exótico”, deberían ser los antropólogos. Me apuntaría de inmediato a la misión de intentar contactar con mentes diferentes, culturas ajenas a las terráqueas. Si algún día hubiera un contacto masivo los antropólogos deberían interaccionar con los alienígenas, porque somos de los pocos científicos sociales que podríamos persuadir a los otros para que no nos invadieran, o para que no nos exterminaran por ser, al parecer, una especie de plaga para el ecosistema de nuestro hermoso planeta. Los antropólogos tenemos una sensibilidad diferente a la hora de tratar con el mundo. Nuestra vida está llena de relativismos, de cinismo, de incoherencias, de pesadas bromas a deshoras que nadie entiende y que aburren o se hacen pesadas. Por eso creo que podríamos tratar de tú a tú con marcianos. Ellos, como los niños, que son inocentes, captarían enseguida nuestro modus operandi y sin juzgarnos, se pondrían con nosotros a filosofar sobre la vida encima de los tejados.

Hablamos tanto en el tejado sobre cuestiones metafísicas y profanas, que la faena iba a un ritmo diferente. Eso me alivió, porque el otro día, bajo la lluvia, terminé dolido por todas partes. Así que el trabajo amenizado con la charla filosófica y antropológica nos hizo poder estar allí arriba, en las alturas, disfrutando de los paisajes otoñales mientras clavábamos tablas a medida. Para compensar un poco el relajado ritmo de la mañana estuvimos hasta media tarde subidos a los tejados, hasta las seis. Luego tomamos una infusión y el tiempo pasó volando ante la hermosa y emocionante noticia de que el núcleo familiar se queda un tiempo más.

A veces me preocupa la fase de enamoramiento de este tipo de proyectos que siempre es hermosa y emocionante. Luego viene la rutina, el frío, las pruebas incontables. Un antropólogo que tiene la cabeza en marte puede asumir la dureza de este oficio en entornos salvajes y anárquicos como este. Pero me doy cuenta de que las condiciones son duras, y quizás sea eso lo que me atraiga de este lugar al mismo tiempo que hace que mis potenciales novias salgan huyendo de aquí. La dureza hace que interiormente te fortalezcas, que veas la vida con total desapego, con una visión más amplia, al mismo tiempo que requiere de sacrificios incontables difíciles de entender por la media de los mortales.

Esta visión bucólica del trabajo de campo experimentado y entremezclado desde la vida personal choca frontalmente con lo académico. Me doy cuenta de que el haber estado quince años investigando las comunidades no tiene nada que ver a estar unos años viviendo y participando activamente en una de ellas. Son mundos diferentes, y por eso no es de extrañar que la ciencia sufra de atrasos importantes. Es complejo poder tener una mente abierta y holística más allá de los corsés académicos y sus ortodoxias endogámicas.

La vida es compleja, pero la vida observada lo es aún más. Si te interrogas sobre la vida y sus fenómenos llegas a conclusiones inexactas, pero si además te empeñas en experimentar la vida desde su más profundo embrollo, ahí todo se complica. Uno puede intentar teorizar sobre el amor, pero nunca podrá explicar la sensación que uno siente cuando alguien a quien amas profundamente te besa los labios, te mira con profundidad o te acaricia el pelo en una tarde de otoño. Se podrá hablar sobre las cosas, pero experimentarlas y vivirlas en carnes propias es bien diferente. Me resultaría complejo explicar la sensación de libertad y amplitud que sentía esta mañana subido en los tejados, clavando maderas con un colega antropólogo y divagando sobre la vida y sus misterios. Nadie que no haya podido experimentar eso puede entenderlo.

Es cierto que podría estar haciendo miles de cosas, pero nadie podría entender la felicidad interior que siento al saberme partícipe de una gran obra. Los antropólogos entendemos mucho de relatividad. Más allá de la superficie, la línea y el cuerpo, no está, lo siento querido Einstein, el tiempo. Más allá de todo eso está el observador, y si me apuran, lo observado en sus procesos. Lo marco en plural, porque no hay un proceso que se pueda captar en cámara fija. Existen múltiples procesos que determinarán cada decisión que tomemos, a la vez que esa decisión determinará para siempre todo lo demás. Estar encima de un tejado es como estar en Marte. Desde allí se pueden ver los procesos, los arquetipos, en definitiva, se puede sentir la Gran Obra palpitando dentro de un compás de maravillosa realidad.

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Todo es Mente


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La mente es compleja. Decía el Kybalion que todo es mente. Esta definición tiene su encanto. Cuando observamos la mente, valga la paradoja de la propia observación, nos damos cuenta de que la mente tiene finas capas que se aglutinan entre los pensamientos locos que vienen y van constantemente y aquellos más sutiles, que tienen que ver con esa voz interior, con ese intelecto elevado, con esa intuición profunda. Las primeras capas son superficiales y confusas. Tienden a la división, a ordenar las cosas según criterios subjetivos que se trasladan desde nuestros agudos sentidos. Todo lo que viene de ahí es pobre y superficial. Son estímulos que generan corrientes de pensamientos que fluyen unos tras otros. Pero si logramos acallar ese flujo, entramos en una corriente diferente, penetramos un velo más allá de la mente ordinaria.

Hay muchas moradas que ignoramos de nuestra propia existencia. Si pudiéramos acallar a nuestra mente, pronto observaríamos moradas diferentes a las que habitualmente habitamos. Primero entraríamos a observar una morada fría y dura donde el mundo se asemeja a una gran roca. Si continuáramos la observación, veríamos que más allá de esa roca existen millones de energías que interactúan. Es algo así como la vida que recorre todo el planeta, pero entendiendo la vida no como algo aislado, sino como una energía que vive en un continuo proceso. Entender la vida como un proceso es revelador, porque nos damos cuenta de que nuestra mente, habitante de un cuerpo que surge de las entrañas de la tierra, del cosmos infinito, también alberga un proceso vivificador que está en todas partes.

Si miramos un poco más hacia dentro vemos como esas energías se tiñen de fuerza, de color, de movimiento. Ahí hay una paleta de colores infinitos, de vivencias que se asemejan a un volcán que escupe lava de mil colores y formas. El torrente sanguíneo o el fluir de las aguas transformadas en arcoíris por la acción de la luz solar podría ser símbolo suficiente e inspirador para entender ese juego de existencia.

La mente  humana que navega entre lo concreto y lo abstracto la imagino de forma diferente. Esa morada, plagada de cientos de moradas, sería como esa sensación que te recorre cuando estás en la cima de una gran montaña nevada. La mente profunda susurra un aliento, unas fórmulas y arquetípicas ideas que se entremezclan con aquello que damos por llamar el misterio. Ahí se tejen puentes, antakaranas que nos han de conducir hacia lugares más remotos. En ese silencio podemos atisbar y comprender la expresión de que todo es Mente. Pero no me refiero a esa mente pequeñita que no para de hablar, de dirigir, de desear. Me refiero a esa mente profunda que es capaz de crear sueños, realidades, reflexiones y mundos. La mente del poeta, la mente del artista, del escritor, del soñador, del filósofo, del científico, del buscador que anhela toparse con una realidad superior, abarcante, profunda.

De ahí que la meditación resulte ser algo útil para aquellos que desean hollar el significado profundo de la Mente. Esa mente, que en algunas tradiciones es evocada como alma, es la mediadora entre el mundo tangible y el intangible. Esa mente que no somos nosotros pero que habita en nosotros es algo que, de ser comprendida, nos lleva hacia lugares inaccesibles, hacia experiencias inimaginables, hacia mundos soñados, hacia una visión y una consciencia diferente.

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El Universo está hecho de historias, no de átomos


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“El Universo está hecho de historias, no de átomos”, escribió la poetisa Muriel Rukeyser. Es una frase hermosa y profunda. Nos alienta a perseguir la importancia de nuestras vidas subjetivas, de compartirlas, de contar cómo estamos, qué sentimos, de qué manera podemos valorar y ver el mundo. Es muy cómoda la objetividad de las cosas, el hablar de otros o de cosas ajenas a nosotros mismos. El falso ego piensa que puede escurrir el bulto, al mismo tiempo que en otros casos se le va de las manos el hablar de uno mismo. Pero hay un hermoso equilibrio entre la subjetividad y la objetividad, entre la humildad de contar historias y la mirada hacia lo ajeno.

Mi historia es breve. Llegó el otoño y hace frío aquí en el bosque, en las montañas. Me he puesto el pijama de franela, el gordo. Anochece pronto y no me atrevo aún a encender el fuego. Este fin de semana estuve encerrado en la cueva que hay en el balneario, que así es como llamaba, imitando los retiros de Herman Hesse, a mi propio retiro emocional de estos últimos meses. Allí se está bien, tan rodeado de libros, de silencio, de soledad. Estuve allí hasta esta mañana temprano. Tenía mucho trabajo y pasé el fin de semana intentando adelantar algo. Cuando llegué a los bosques, alguien que habita la casa de acogida estos días expresó la necesidad de tener una ducha caliente y un rato para leer y escribir en soledad. Cuando nadie nos miraba me acerqué a ella y le di las llaves de mi pequeño rincón. “Allí podrás ducharte y podrás disponer de miles de libros para leer”. Seguro que le habrá hecho bien. Es algo que me prometí no volver a hacer después de los abusos que uno siempre sufre cuando la generosidad se vuelve ciega. Pero tras dos días de retiro merecido sentía la necesidad de compartir ese valioso tesoro.

El sábado fui al cine con una hermosa amiga tras más de un año sin pisar una sala. Fue algo extraordinario porque siempre me ha gustado ir al cine, especialmente para ver películas del espacio o de extraterrestres, de Terrence Malick o alguna de época. Hoy las bromas eran inevitables en la casa, pero me cuesta explicar mis pocas ganas de entrar en ningún tipo de relación o aventura amorosa. No había más intención que la de ver una película con alguien a quien aprecio sin mayor grado de aventura. Me da pánico pensar en relaciones y siento cierta tristeza. Sí, amor es relación, pero hace tiempo que el amor no llama a ninguna puerta, ni se le espera. Para mí esta sensación es nueva tras más de dos décadas de ininterrumpidas aventuras amorosas. Es como si hubiera sufrido algún tipo de muerte astral, emocional, algún tipo de rito iniciático que me ayuda a ver con cierta distancia el mundo relacional. Debe ser que estoy entrando en el otoño de mi vida y las cosas se ven de forma diferente. Esa es la sensación.

Por las mañanas me despierto con el canto del Miserere mei, Deus, una composición creada por Gregorio Allegri en el siglo XVII e inspirada en el Salmo 51. Es como una ofrenda al nuevo día, buscando en cada acto un momento de gracia, de devocional expansión de la consciencia. En ese momento de quietud miro a mi alrededor. Bajo el opaco brillo de la nada, se escuchan los primeros pajarillos, ahora con tonos más apagados. El viento resopla intentando arrastrar a las últimas hojas que quedan en los árboles. Sí, hay átomos en todas las veredas, en todos los rincones que observo, pero sobre todo, hay historias. Y esta es mi historia que escribo y comparto mientras escucho música, mientras siento el frío otoñal en mis pies, con ganas de encender el fuego, pero esperando a que una mano invisible lo haga. Sí, amor es relación. Lo sé. Pero la vida quiere que aprenda otras cosas, y en esas ando, desnudando el alma hasta atajar aquello que deba resurgir desde lo milagroso. Esta es mi historia. Bienvenido otoño. Bienvenida melancolía.

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Sentido y seguridad. Nuevas fórmulas para cambiar el planeta


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No me sentía seguro en el tejado. Estaba lloviendo y todo resbalaba. Unas pocas maderas sujetaban mi peso frágil. No había nadie alrededor. Todos dormían. Me desperté temprano, fui a la pequeña ermita, encendí la vela y me puse a meditar para intentar observar el nuevo día desde una dimensión más transpersonal, más viva, más despierta. Desayuné y me subí a las alturas. La falta de seguridad estaba bien sujeta con el entusiasmo que el sentido de esa acción daba a mi vida. No soy carpintero, no soy albañil, no soy constructor, pero poseo un profundo sentido existencial, y eso es lo que me movía a arriesgar mi integridad bajo la lluvia hasta que a las tres de la tarde se acabaron las maderas y tuve que dejar de trabajar.

Seis horas de continuado esfuerzo, de arriesgado trabajo por un claro sentido, el crear un entorno único y diferenciado que sirva como posible exploración pedagógica de soluciones futuras a los retos que se nos presentan. Realmente el sentido no era hacer un tejado nuevo, sino el de crear una casa de acogida para que las nuevas ideas florezcan en la práctica continua de la transformación grupal. Una forma pedagógica de revolucionar las consciencias para que dejen de hablar y empiecen a actuar. Pasar de la palabra al verbo y del verbo a la creación consciente, grupal, colectiva.

El gran éxito del siglo XX en Occidente fue que las desigualdades se diluyeron gracias al trabajo asalariado y la circulación de la propiedad privada, el crédito y los años de paz que vivimos tras la hecatombe de las dos grandes guerras. Un asalariado que administrara bien sus bienes podía hacer cosas que hasta hace poco solo podían hacer las clases privilegiadas. El gran éxito del siglo pasado es que vivimos en un entorno de seguridad e individualismo al mismo tiempo que se iba reduciendo el entorno de sentido. La clase sacerdotal dejó de existir y el mundo se vio abocado a una pérdida de identidad, de sentido, de orientación filosófica y espiritual. Durante mucho tiempo hemos vivido única y exclusivamente para acumular cosas. Ese ha sido nuestro único sentido. Nos hemos convertido en una sociedad de pequeños propietarios que ansía dar libertad a su sentido de avaricia y acumulación sin mayores planteamientos. La seguridad está por encima del sentido de la vida y de las cosas. El éxito material ha marchitado nuestro progreso espiritual y filosófico, dando paso a un egoísmo donde lo único que importa es el disfrute individual. Estamentos como la comunidad o la familia están desapareciendo para promover aún más la soledad individualista que la acumulación de cosas, y por lo tanto, la seguridad, está promoviendo. La paradójica futura será el ver como esa seguridad provocará con el tiempo pérdida de sentido, y por lo tanto, vacío existencial.

Todos necesitamos un relato coherente para dar sentido a nuestras vidas. La lucha por la supervivencia psicológica es casi tan importante como la lucha por la seguridad de las cosas. Salvar nuestro honor o nuestra dignidad pueden provocar la creación de discursos distorsionados o convenientes que intenten amoldar nuestras vidas a las cárceles conceptuales que hemos creado para sentirnos cómodos. Nuestra mente intenta interpretar el entorno, pero muchas veces olvida la más importante de todas las interpretaciones, la de su propia naturaleza, la de su propia esencia. Todas las fuerzas y dimensiones del ser humano están entrelazadas y entretejidas. No sabemos nada de los tejedores, no sabemos nada de lo que da sentido a la existencia, excepto místicas y espirituales inspiraciones en las que nos refugiamos cada vez menos para intentar sofocar nuestra dimensión humana. El sentido, a grandes rasgos, ha desaparecido porque la seguridad que las cosas nos dan ejerce como perfecto analgésico ante los males que nos acechan.

Allí arriba en el tejado la dimensión de las cosas y la seguridad se ve de forma diferente. Alzando la mirada meditativa, bajo la lluvia, se ejerce un poder entusiasta hacia una forma diferente de ver la vida, de entenderla y expresarla. La seguridad es importante. No dudamos de ella, pero tiene que tener algún sentido. Hablan de que estamos abocados a una catástrofe mundial, climática. Realmente hablamos mucho sobre ello, con hermosos marcos teóricos, con bonitos discursos en foros económicos y con incesante activismo, pero de todo eso de lo que hablamos, pocos son los que arriesgan su seguridad en algún tejado bajo la lluvia.

Es evidente que lo del tejado es solo una anécdota, pero quiere ejemplarizar lo que actualmente ocurre. Ya no basta con concienciar, con decir lo que tenemos que hacer o lo que sería mejor hacer para no llegar al apocalipsis. Estamos entrando en la urgencia del actuar. Estamos penetrando en la compleja visión de que si no actuamos, es posible que nos acerquemos cada vez más a la pérdida total de nuestra seguridad, no ya individual, sino colectiva, grupal, como especie, como planeta único. Posiblemente estemos en la hora límite de la especie humana. Posiblemente tengamos que empezar a hacer algo, más allá de hablar sobre ello. Quizás estemos llamados a remangarnos las mangas y ponernos a trabajar desde lo más básico como puede ser nuestra alimentación o nuestra movilidad o lo que consumimos todos los días hasta lo más complejo como puede llegar a ser nuestras relaciones con los otros, con nosotros mismos, con el entorno, con la naturaleza e incluso, si arriesgamos un poco más, con el misterio de la misma. Las fórmulas para cambiar el planeta empiezan por nuestra acción diaria. A cada segundo estamos apostando por ello. A cada instante votamos qué deseamos para nuestro futuro y el futuro del planeta. Más allá de la seguridad, es una cuestión de sentido.

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Un otoño caliente


 

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La niña-ángel trabajando duro para mantener el gallinero limpio

Es maravilloso ver como caen las hojas secas de los árboles. Esta mañana intentaba sacar algunas del estanque, pero era imposible. Sacaba diez hojas y con la brisa otoñal, aún de cálida caricia, caían veinte. La niña-ángel que nos acompaña estos días se reía con las bromas. Nunca había visto un ser tan puro, tan alegre, tan bello por dentro y por fuera con tan solo seis años de edad. Habla como un maestro hablaría, con simpatía, con amor, con respeto, con gracia, con humildad, con tacto. Es la más trabajadora de todos, pero al trabajo le añade un alto grado de filosofía y consciencia. Hablamos en valenciano y en su mirada se dibuja a cada gesto un amplio halo de humanidad. Ha sido un regalo del cielo el haber podido conocer a un ser tan despierto e iluminado. Un verdadero destello para los corazones amables, un verdadero regalo para el espíritu sediento de almas puras. Cuando conoces a niños así, la vida te llena de esperanza, de fe, de fuerzas. Una niña ángel cargada de belleza, de luz, de esplendor, de lucidez. «Hoy ha sido el mejor día de mi vida«, decía ayer mientras limpiaba afanosa y entusiasmada el gallinero. «Hoy ha sido el segundo mejor día de mi vida«, decía hoy mientras sacábamos las hojas del estanque. O Couso y su sencillez sigue despertando este tipo de cosas.

Ahora veo a los pájaros comer en el comedero que aquella otra mujer-ángel instaló frente a la cabaña hace unos años. La recuerdo con amor, con dulzura. Me duele en el alma haber perdido la comunicación con ella. Sobre todo, me duele en el alma el que en pocos días tengamos que ir a juicio para una división de cosa común. No logro entender aún, un año después, como pudieron ocurrir las cosas de aquella manera. Como pudimos pasar del amor profundo, del respeto profundo, a la más completa de las ignorancias, la distancia, los recelos y la rabia. No sé porqué los corazones se rompen de forma tan frágil al primer viento.

Fue un golpe duro, muy duro, del cual aún guardo algunas secuelas. Este otoño se complicarán cuando volvamos de nuevo a reabrir esas heridas y de nuevo me enfrente a otra casi segura sangría por no haber resuelto amistosamente algo que en principio parecía fácil: mitad para ti y mitad para mí. Pero el todo o nada nos va a salir muy caro, y veremos como la vida nos ayuda a recuperarnos de este nuevo duro golpe. En fin, será un nuevo reto, una nueva prueba en el ascendente camino de aprendizaje. A ella le deseo siempre lo mejor, porque a pesar de todo, a pesar de la dureza de su partida, de su silencio y de su forma de solucionar “lo común”, para mí siempre será una “mujer-ángel” que vino a enseñarme la importancia del desapego emocional y de la necesidad de luchar por lo que a uno le corresponde. Lección aprendida. Primer juicio en breve.

El segundo juicio es importante para mí. Tras pasar por los juzgados para la división de cosa común, tendré que enfrentarme un mes después a la defensa de la tesis ante el tribunal académico. Es todo un reto, es toda una enorme responsabilidad tras casi quince años de grandes esfuerzos y renuncias. Una tesis doctoral que cambió mi vida cuando hace años decidí dejar toda mi plácida vida para lanzarme a la aventura en la que ahora aún me encuentro.

Uno de los problemas de alargar tanto una tesis doctoral es que puedes cometer la imprudencia de enamorarte del objeto de estudio. De alguna forma eso me ha pasado, no lo niego, y de alguna forma, mi vida ya no puede volver a ser normal después de esta intensa experiencia. El trámite académico se ha quedado pequeño, tan pequeño, que el marco teórico nada tiene que ver con la experiencia vivida desde la subjetividad antropológica. Casi no sabré qué decir de las utopías cuando me toque defender mis hipótesis de trabajo. Casi no sabré de qué manera disimular lo alejado que ahora me encuentro de la mirada antropológica, entendiendo que una nueva forma de ver las cosas se ha abierto ante mí. Haré lo que pueda, sin mayores aspiraciones, y satisfecho, profundamente satisfecho de todo el esfuerzo, sacrificio y trabajo realizado.

Siento profundamente que este otoño, cuando resuelva estos dos juicios, una nueva vida se abrirá ante mí. Aún no puedo intuir como seguirá, de qué forma continuará mi agitada existencia. Pero cuando por fin tenga estos dos apartados en orden, haré un viaje para celebrarlo. Aún no sé dónde, pero será lejos. Será mi regalo ante tanto esfuerzo. Y en ese viaje hacia las profundidades del ser, bucearé en el siguiente escalón, en la siguiente exigencia vital, en la siguiente meta o propósito.

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Cerrar los ojos y ver


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Cerrar los ojos y ver. Eso es maravilloso. Primero, un leve destello de oscuridad. Luego un leve destello de luz que se convierte poco a poco en paisajes. La manta, la cama, la cabaña, el bosque de abedules y robles, los prados, el valle del Mao, la sierra de Édramo, las montañas del Courel, toda esta bella tierra celta. El destello se vuelve luminoso, y abarca lo grande y lo pequeño. El susurro de las hojas que caen. El caminar de los cientos de animalillos que habitan en la tierra húmeda. El verde que todo lo inunda cargado de gotas de rocío que se entremezclan entre ellas. Hay una fusión con todo lo que ocurre en el mundo real. También en el mundo de las formas. También en los mundos arquetípicos. Los elementos y los elementales trabajando en sigiloso susurro. Los ángeles y arcángeles coordinando las tareas del éter, mirando que todo esté bien, susurrando poesía, arte y música a los que intuyen.

El cielo se puede ver en cualquier flor silvestre. El mundo entero se puede expresar en un puñado de arena. El universo, originalmente misterioso, ahora se desvela como una señal de algo cognoscible. Hay fuerzas de un nivel superior que nos musitan levemente mensajes condicionados por nuestra disponibilidad al silencio. La levedad de la vida se puede mirar por la intensidad de nuestra fijación en la misma. El azar no es más que un motivo de ignorancia. Todo tiene un sentido oculto solo posible desvelar desde la más pura intuición. Primero desde un leve destello de oscuridad, luego una luz cegadora que adumbra paisajes.

Tengo ganas de dejarme sorprender. Hace tiempo que la vida esquiva lo milagroso, aunque alguien me recuerda constantemente que mi vida está cargada de milagro. Parece cierto visto desde fuera, pero por dentro, atravieso un halo de pesimismo irreal. No como algo pesado, sino más bien un pesimismo llevadero, causante de una inapetencia hacia cualquier cosa. Lo confesaba hoy junto al estanque, en la noche oscura, mientras miraba si los peces rojos destacaban en las aguas turbias. Hay pocas cosas que me motiven excepto mirar a los patos y los peces, otear a las gallinas a lo lejos, observar el bosque con atención, especialmente ahora que empieza a despojarse de las hojas cada vez más otoñales. Me gustaría tener más tiempo para leer y escuchar música, para ir al cine o pasear por la ciudad. Leer clásicos, siempre tan inspiradores. Y también más tiempo para conectar con las esencias, con el más profundo sentido espiritual de la vida. Tengo ganas de espiritualizar cada instante y despojarme así de toda la inutilidad mundana, de todas las distracciones que me alejan de la naturaleza religiosa, del religare entre lo natural y lo sobrenatural. Deseo ardientemente envolverme de milagro y de ganar tiempo a las alturas con ese fervor.

Me gustaría poder volver a espiritualizar cada uno de mis átomos y sentirme más conectado con las fuerzas de la naturaleza. Cerrar los ojos y ver. Eso es maravilloso. Primero, un leve destello de oscuridad. Luego un leve destello de luz que se convierte poco a poco en paisajes. Y así hasta empezar de nuevo en cada instante, en cada eterno ahora. Pero esta soledad, amable y dulce, me resulta extraña y deseo que sea pasajera. En las trincheras de las relaciones la vida se vive y percibe con más pasión, con más realidad, siempre que la relación esté viva, sea sincera y arrastre un halo inequívoco de compromiso. Cuando realmente te comprometes con algo o con alguien hay una fuerza mayor que te arrastra y una energía que somete todo cuanto ocurre. Vivir en relación es como cerrar los ojos y empezar a ver una dimensión desconocida, un proceso en que de repente nos vemos fluir como el agua que corre desde las cimas de las montañas nevadas hasta el cálido valle. La manta, la cama, la cabaña, el bosque de abedules y robles, los prados… Soy todo eso cada vez que cierro los ojos y veo… Soy todo aquello que habito cuando el halo se apodera del ser vehicular. Soy vida, fuerza y éter. También un leve instante con deseos de expresar amistad hacia el mundo. Amor hacia la tierra doliente.

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Sphairos, espiritualizar la vida, incluso en la práctica


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Empédocles decía que con lo que vivimos en cada presente ya nos aumenta el conocimiento, de ahí que en nuestro devenir vayamos cambiando constantemente lo que pensamos. Para el filósofo griego, Sphairos es la esfera primigenia, el motor de todo cuanto existe, la fuerza que todo lo mueve, la Fuente, de ahí que todo, de alguna manera, vibre en esa esencia primera y por lo tanto, cambie. Tal es, en efecto, nuestro intelecto, como nos recordaba Homero, tal es nuestra naturaleza. Por lo tanto, el despertar rotundo del Cosmos, el Sphairos, algún día se manifestará en nosotros, inevitablemente, como una explosión que nos hará despertar a nuestra verdadera naturaleza.

Mientras esa explosión ocurre, nuestro intelecto se encuentra ausente, como un dios-torbellino encerrado en una pequeña botella a la deriva a la espera de la gran ola que lo hará explotar en mil pedazos, liberando al genio que encierra. Nos sentimos como si estuviéramos enterrados en la tierra húmeda y cálida, justo en el epicentro donde se unen los cuatro ríos del mundo, engendrando algo que algún día, quizás de aquí a diez o veinte años, germinará. No sabemos aún lo que es, y no sabemos aún de qué manera se articulará y de qué naturaleza serán sus frutos. Pero la sensación interior de semilla la tenemos, y de que estamos en esa oscuridad de la tierra silente, también.

Hoy leía un artículo dónde se hablaba de espiritualidad y en algún momento me topaba con mi nombre y con alguno de mis libros. Había un párrafo que decía algo así: «el antropólogo Javier León, exponente de la Nueva Era –incluso en la práctica, con vida comunitaria–.” Debo decir que lo de exponente suena desagradable y exagerado, especialmente si se es de un movimiento cuyos matices están bastante denostados y en los tiempos que corren, diría que incluso trasnochados. Hay una nueva era pequeñita, cargada de egos, como el mío propio, que campan libres diciendo estupideces, a veces incomprensibles para los profanos de cualquier materia y a veces infumables para doctos y sabiondos. Pero la segunda parte de la frase me gusta: «incluso en la práctica«. Porque una cosa es hablar de espiritualidad, cosa que me gusta hacer cada vez menos, y otra cosa es ponerla en práctica. Confieso que a pesar de los esfuerzos, es una empresa de lo más costosa. Empezando por la comida, por lo que comemos, siguiendo con las relaciones, con el prójimo y la prójima, y luego con el propio entorno, con la vida. Si además tienes un auténtico anhelo de indagar en lo profundo, en el Misterio, la práctica se hace esencialmente compleja, porque ahí ya de nada sirven las riquezas, ni los egos, ni el glamour, ni la ilusión de las cosas. Ahí se trabaja con vibración, con energía y con fuerzas. Ahí uno se especializa en el Sphairos.

En ese trabajo estrecho e interior, lo que nos pide la vida es poder vivir una vida anónima y discreta porque el que sabe calla, y el que calla osa, y el que osa quiere siempre actuar discretamente, en silencio. Cuando empecé con la editorial un amigo experto en marketing me dijo que si quería vender libros, propios o ajenos, tendría que empezar a vender mi imagen, mi marca personal, tendría que hacer ruído. Esas cosas me aburren porque siempre fui un pésimo vendedor. Incluso cuando vendía pizzas en mis tiempos de estudiante, otros estudiantes aprovechaban mi bucólica forma de entender la existencia para engañarme con billetes falsos y zamparse unas sabrosas pizzas carbonara a mi costa. No sé venderme, y por eso me gusta tanto regalar libros. Tampoco sabría venderlos, ni sabría pedir a nadie algo que tuviera que ver con compartir el don. Tal es en efecto mi intelecto, es decir, si seguimos el hilo conductual de Aristóteles, tal es, en efecto, mi alma.

Como alma peregrina, es decir, como alma o ser que transita desde los tiempos del primer Sphairos, tengo la sensación de que ya que hemos venido a la Tierra, a esta existencia, en este siglo, algo tendremos que hacer. Podría vivir una vida diáfana, holgada de cosas, tranquila. Cuando lo experimenté sentía que algo faltaba, que, si la vida era única e irrepetible, algo habría que hacer al respecto. Viajar nunca fue suficiente, al menos viajar hacia fuera. El mayor de los viajes siempre fue hacia dentro, hacia el interior, hasta que un día descubrí, casi en una especie de iluminación sectorial, que como es adentro es afuera. Eso fue muy revelador. Entendí que las personas que se presentan en nuestra vida son una vibración, una especie de energía que resuena en concordancia con algún aspecto de nuestra propia energía.

Todo es vibración, y por ley de afinidad, atraemos aquello que somos capaces de construir dentro de nosotros. Pero además de vibración y energía, existe algo aún mayor que podríamos llamar fuerza. Es eso que mueve los mundos, los pensamientos, la emoción. Todos tenemos energía y vibración, pero no todos tenemos la suficientemente fuerza para ser polos de atracción, de movimiento, de transformación, de cambio. Debemos asumir este requisito de nuestra existencia. Especialmente si llegamos a la conclusión de que somos almas en un espacio limitado en una experiencia de tiempo finita. Aquí hay encerradas muchas preguntas con muy escasas respuestas.

Hay tres maneras de conseguir fuerza: con el silencio que se alcanza en los estados meditativos, con el estudio concienzudo de aquello que nos interesa y con la acción que se deriva de un correcto servicio a cualquier causa. Si somos capaces de aunar esos tres puntos de fuerza en un mismo nodo, nuestra transformación está garantizada y, de alguna manera, nos convertimos en focos de fuerzas, en un holograma del primer Sphairos. Cuantos mayores sean los intervalos de silencio, de estudio y de servicio, mayor será la fuerza que atesoremos. ¿Y de qué manera utilizar esa fuerza motriz, ese rayo poderoso y fulminante? Aquí hay encerradas muchas otras preguntas.

Me gusta mucho la idea del hágase la voluntad mayor. Hablé de ello en escritos pasados cuando me refería al kénosis, ese vaciamiento interior que permite llenarnos de algo diferente a nosotros mismos, ese empeño poético de concebir lo inconcebible. En términos profundos, es el vaciamiento de la propia voluntad para llegar a ser completamente receptivos a una voluntad superior a la nuestra. Si esa voluntad mayor desea hacer de mí un exponente de la Nueva Era, pues a servir. Pero como digo, me siento semilla ardiente, aletargada en la tierra húmeda y cálida, con deseo de seguir silencioso, profundamente anónimo, a pesar de tanto ruido, a la espera de mi propia explosión, de mi propio Sphairos.

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Morir de amor…


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La pava, agonizando, minutos antes de morir

Estaban fuertemente unidos. Cuando él se alejaba un poco, ella clamaba su atención. Cuando él se despistaba por el bosque, ella iba corriendo en su búsqueda. Se les veía juntos por todas partes. Ella, algo más feucha, estaba completamente enamorada de él. Él, esbelto, fuerte, grande, la miraba con ternura, con amor, con cariño. Hacían buena pareja entre tanto pájaro raro. Paseaban por las veredas, ahora ya casi otoñales. Se acercaban al estanque para saludar a los patos. A veces se confundían entre las gallinas, peleando por algún trozo de pan duro que les echábamos entre horas. Era hermoso verlos en sus peculiares paseos por los verdes prados. Era hermoso pensar que el amor es relación, acompañamiento, comprensión en lo bueno y en lo malo. Me entusiasmaba observar la fidelidad que se tenían, especialmente en un mundo tan traicionero como el nuestro. Envidiaba de alguna forma, aquí arrastrado por esta soledad, su eterna compañía. Sentía que su relación era infinita, para siempre.

Una noche se perdieron. Debieron despistarse y no llegaron a dormir en el gallinero. Yo andaba de viaje así que me sentí impotente cuando me explicaron que en esa trágica noche el pavo macho había muerto en trágico suceso. Desde aquel día, la pava bizca sufrió de desamor. Su pavo había muerto, ya no estaba a su lado, ya no tenía su compañía, ya no podía gritarle cuando se alejaba más de tres metros o cuando en su media ceguera, no veía que estaba ahí, a su lado.

Desde ese día la pava bizca ya no fue la misma. Se la veía vagabundear por los prados, sentada sola, en las esquinas de los caminos, a veces con los ojos cerrados, como llorando la pena, a veces pensativa mirando al infinito. Su tristeza fue la mía, por eso estos últimos días hablaba de ella. Sentía como si de alguna forma pudiera entender su dolor que hacía mío. A veces, aprovechando que no veía por un ojo, me acercaba en silencio por el lado ciego, me sentaba a su lado, la cogía despacio, muy despacio, y le abrazaba, intentando animar su vida. La pava bizca se dejaba, no ofrecía resistencia. Era como si su propia vida ya no valiera nada, ya no tuviera sentido. Como estoy sensible con estos temas del abandono, sentí una gran compasión por ella.

Ella seguía caminando, pero cada vez se la veía más triste, más ausente. Buscamos un nuevo pavo con la esperanza de reanimar su ánimo, pero la empresa fue inútil. Ese no era su pavo, ella quería estar al lado de su pavo, de su gran pavo esbelto, hermoso, flamante. Al amor, cuando es verdadero, no se le puede distraer, no se le puede sustituir. Sigue ahí, permanece, en angustioso silencio, en agónica presencia, aunque el ser amado esté lejos, aunque el ser amado ya nunca vuelva. Sólo el Gran Espíritu de los pájaros, el gran Simorg, sabe lo que esa pava, esa pobre pava, ha sufrido en estos días.

Esta mañana ya casi otoñal, al alba, antes de la meditación, abrí temprano la puerta del corral. Extrañamente ningún ave salió a dar los buenos días. No le di importancia. No pensé que fuera el augurio de nada. Me marché tranquilo a meditar entra la niebla mañanera. Tras los rituales matutinos, nos pusimos a limpiar los troncos que irán en el futuro nuevo tejado. Escuché de repente algún alboroto en el corral. Me acerqué por curiosidad para ver qué pasaba. No vi nada extraño excepto a los patos que corrían de un lado para otro, como intentando avisar de que algo pasaba. Hoy he descubierto que los patos tienen una inteligencia y una sensibilidad especial. Hoy he sentido con mayor fuerza que nadie debería ir por ahí comiendo paté de hígado de pato, ni pato a la naranja ni pato de ningún tipo. Los patos deberían ser animales de compañía, como los perros y los gatos. No merecen ese trato, ningún animal lo merece.

Me acerqué corriendo para ver qué pasaba. Entré dentro de la pequeña cuadra y allí estaba la pava, la pava bizca, bocarriba, retorciéndose de un lado para otro mientras intentaba inútilmente ponerse en pie. Me acerqué a ella sin entender qué estaba pasando. Mi presencia la tranquiló. Noté su calma en la mirada. En un primer momento pensé que en su torpeza se había caído y no era capaz de ponerse de pie. La recogí del suelo con cuidado y la coloqué en una postura ideal. Pero sus piernas flaqueaban y se caía. La saqué fuera de la cuadra y la puse en el corral donde todas las aves la miraban con curiosidad, especialmente los patos, que se acercaban para protegerla. Entendí de repente la expresión “estirar la pata”… La pava de repente empezó a estirar la pata y colocar su cabeza de forma peculiar, mirando al cielo, suspirando los últimos alientos.

Veía ante mis ojos el que iba a ser el final de una vida que moría, sin duda, por amor. Me quedé a su lado. Puse música de fondo y acariciaba suavemente todo su cuerpo para que viviera el tránsito con calma. Los patos se acercaban cada vez más. También alguna gallina negra que debía haber confraternizado con la pava. Observaban la muerte sin entenderla. Sabían que algo no iba bien pero no sabían qué estaba pasando. El rostro de los patos era inquietante. Mi experiencia en los bosques me decía que estábamos llegando al final, y que sería cuestión de minutos. Permanecí sentado, acariciando su rostro, su pico, sus alas, a su lado, hasta el final. La pava bizca, la feucha pero hermosa fiel compañera murió con música de fondo, acompañada por un ser que de alguna forma la quería. Por un momento sentí un amor infinito hacia ese animal y un desgarro por su pérdida. Antes de enterrarla, me quedé un rato a su lado, mirándola, acariciando su cuerpo ahora sin vida. Pensaba mientras lo hacía en todos los pavos que morirán cruelmente estas próximas Navidades para celebrar una noche de amor. Sentí que toda esa gente no sabe nada de amor, no entienden nada de amor. Sólo la pava bizca, en su sensible y pequeña vida, ha comprendido la verdadera naturaleza del amor. Por amor vivió, por amor murió y ahora su amor vive en mí. Gracias querida por tu gran testimonio que llena mi vida de fe y esperanza. Descansa en paz.

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No es el karma…


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Una persona a la que tengo en alta estima despachó nuestra relación advirtiendo de que nos habíamos conocido en esta vida para saldar una deuda kármica y por lo tanto, una vez saldada, nuestra reciprocidad ya no tenía sentido. Qué cosa esa manía de justificarlo todo con el karma. No hemos venido a esta vida a pagar ninguna deuda. Hemos venido a ser útiles a la creación, a cooperar inteligentemente con todos los seres que nos rodean y, por lo tanto, no hemos venido a pagar deudas, si no a comprometernos con la realización del maravilloso plan de la existencia.

Culpar al karma de nuestras irresponsabilidades es no asumir nuestros errores en ese plan de luz y de amor, de alegría y felicidad. El karma es sólo una ley de consecuencia, de causa y efecto. No hay un juez rector que juzgue nuestras acciones. Sólo disfrutamos de los frutos de nuestra propia cosecha. Así de simple. Si cosechamos odio, recogemos odio. Si cosechamos amor, recogemos amor. No te encuentras con la gente para saldar deudas, te encuentras, o te reencuentras, para aprender a amarlas, a respetarlas, a comprometerte en la responsabilidad de hacer de un mundo bueno, un mundo mejor al lado del otro. No huyendo despavoridamente cuando las cosas no salen como a uno le gusta, cuando el otro pone de manifiesto todas nuestras imperfecciones y miserias.

Cuando creemos en el karma de la forma irresponsable en la que lo hacemos, estamos creando irresponsabilidad en nuestro entorno, en nosotros mismos. Es cierto que no tenemos porqué estar soportando a nadie, pero también es cierto que, si hay personas que han significado alguna cosa alguna vez en nuestra vida y deseamos cerrar ese ciclo, es bueno y necesario cerrarlo bien, con amor, con dulzura, con cariño, con tacto. Especialmente porque la gente es de carne y hueso, es frágil y además son seres sintientes. Aunque parezca mentira, y cada vez ocurre con mayor frecuencia, hay personas que un día te dicen que son tu alma gemela y al día siguiente te despachan por no sé sabe qué historias del karma.

Lo que sí hay es mucha ignorancia. Mucha irresponsabilidad con las relaciones. Como esas personas que te prometen el oro y el moro, te conquistan, te enredan y al día siguiente desaparecen sin más y para siempre. Para eso mejor que no entren en tu vida, que no te enreden, que no intenten embaucarte. Las nuevas generaciones son tremendas para eso. Acostumbrados a crecer en el más puro egoísmo, hacen de los otros meras marionetas, pequeños avatares o emoticonos de su realidad virtual. Hacen y deshacen sin crear vínculos verdaderos, comprometidos, responsables. Reducen al otro a un usar y tirar.

La verdad es que el tema de las relaciones es demoledor en estos tiempos que corren. Y todo por culpa del karma, claro. Pero a nadie se le ocurre acercarse al otro desde el dharma. Nadie habla en términos de deber o obligación hacia el otro, de cierta ley moral, de cierta correcta conducta, de cierta ética a la hora de rozar al prójimo. Es mejor sacar al otro de quicio, es mejor despojarlo de su dignidad, asumiendo que no tenemos ningún tipo de responsabilidad sobre nuestra a veces déspota y despiadada conducta. En fin… cosas del karma… para qué seguir… Pues eso…

Bueno, sólo una cosa más: no, no vamos a «regresar a casa» ni nos van a abducir ninguna nave espacial para llevarnos a no se sabe qué paraíso ni nos vamos a librar del karma iluminados de repente en no se sabe qué luz. Así no funciona el universo. Así funciona el escapismo, la irresponsabilidad y el don de no asumir nuestra parte en el curso inmediato de la vida.

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Democratizar el conocimiento y las riquezas


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San Francisco de Asís amando a los animales y tratándolos de hermanos

Y aquel en quien se sembró la semilla entre espinos, éste es el que oye la palabra, mas las preocupaciones del mundo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se queda sin fruto. (Mateo 13:22)

La censura hoy día existe, pero es sutil. Es creada por saturación. Hay tanta información, tantas cosas, que no importa lo que digamos o lo que expresemos o lo que sintamos en nuestro interior, caerá en un saco roto. Es la perfección de un sistema que ha conseguido afinar sus técnicas de manipulación masiva. Por eso ya casi no hay revoluciones, excepto cuando no podemos comprar cosas (acordaros de la crisis del 2008). Resulta paradójico. Si tenemos un sueldo y unos grandes almacenes cerca donde poder gastarlo, no pensamos, no actuamos, no nos quejamos y apaciguamos tranquilos los pastos y las veredas del conformismo. Sin cuestionarnos nuestras vidas, sin revelarnos ante ningún tipo de acontecimiento ni mirar hacia los cielos cargados de luminarias para preguntarnos qué hacemos aquí o para qué hemos venido, si la vida tiene algún tipo de sentido más allá de ir a los grandes almacenes con nuestro «cari» a comprar algún mueble inútil (a falta de «cari» propia, me encanta ver pasear a los «caris» en los grandes almacenes, me quedo embobado viéndolos, envidiándolos sanamente, observando sus sueños y sus manos entrecogidas, ignorando la ilusión de esa imagen que nadie sabe cuánto durará entrelazada en estos tiempos de futilidad en los muebles y en las relaciones). Las redes sociales hacen el resto. Nos atrapan, nos engullen, nos roban nuestro único tesoro verdadero: el tiempo. Con o sin caris.

Un amigo que trabaja en el servicio de inteligencia dice que el mayor temor del Estado no es el terrorismo ni el cambio climático ni siquiera los nacionalismo. El mayor temor es el paro. Si la gente se queda sin dinero, sin sueldo, sin trabajo, el caos se apodera del sistema, porque si no hay sueldo no puedes sobrevivir en un sistema perfectamente atado, sin posibilidad de salir. La hipoteca nos atrapa, las tarjetas de crédito nos atrapan, las tarjetas de fidelización nos atrapan sutilmente con sus excelentes descuentos, los créditos al consumo nos atrapan… Son las cadenas de nuestro tiempo. Es la esclavitud perfecta, la trampa perfecta orquestada de forma voluntaria por sus participantes. El panopticón social perfecto. No hacen falta esclavistas ni vigilantes, nosotros somos nuestros verdaderos verdugos. La autocensura es perfecta. Lo escribí en el libro «Creando Utopías, el papel de la rebeldía ante el Nuevo Orden Mundial«, (del cual ya estoy preparando la tercera edición revisada): «a los esclavos de sí mismos».

Los mercaderes de los que hablaba Jesús dominan todo el espectro. Sus deseos nacen de satisfacer la avaricia. Ya no desean cosas, desean cosas grandes, voluptuosas, impresionantes. No desean un coche, desean el coche más potente y más caro. No desean una casa, un apartamento, desean un palacete en una gran finca. La avaricia es el hilo conductor que sustenta todo el sistema. Lo llaman «progresar». Si la avaricia quebrara, el sistema quebraría. Los mercaderes dejarían de comprar cosas grandes, y por lo tanto, no necesitarían mano de obra barata y sumisa que enriqueciera sus arcas. Las ganancias, la verdadera plusvalía, viene de nuestra esclavitud. Ellos necesitan nuestro jugo más valioso, el tiempo, para comprar grandes cosas. Y esa mano barata no se vendería si no fuera por la ilusión irreal de aspirar, con un golpe de suerte, a tener también cosas grandes. ¡Qué gran trampa! Luego vendrá la revolución robótica y el sistema se autorregulará a un nuevo orden social mundial. ¿Quién comprará las cosas si son los robots los que trabajan? ¿Y si los robots fueran nuestros avatares? Por ahí irán los tiros. Pero este es otro debate.

En nuestra pequeñez, nos conformamos con comprar un apartamento con balcón. Tener balcón es síntoma de grandeza dentro de nuestro ridículo círculo, porque de alguna forma quiere emular el jardín, la finca. Además, nos da distinción ante los vecinos que viven en zulos sin balconada. Como no podemos tener grandes cosas, nos compramos pequeñas cosas, pero grandes, aunque tengamos que pagarlas a plazos. Grandes móviles, mucha ropa, grandes televisores. En el fondo es una especie de avaricia que nació en un tiesto pequeño. La vida en las ciudades tiene una lógica demoledora, subversiva.

Como no podemos jugar a la bolsa, que es el juego ludópata de los ricos, jugamos a la lotería, que es el juego ludópata de los pobres. La ilusión es la misma, la sensación es la misma, pero a diferente escala. Los ricos invierten millones de euros, los pobres algunos céntimos, normalmente lo que sobra cuando vienes de comprar el pan, solo para una cosa: tener más, aspirar a más olvidando la lógica aplastante del mercado y de nuestro mundo: todo es limitado y los recursos no son infinitos. Por eso todo es calderilla cargada de ilusión, porque si por un remoto casual nos tocara la lotería, todo ese dinero lo utilizaríamos, sin dudarlo, en comprar grandes cosas, el coche más potente, la finca más grande, quizás un yate y un avión privado. Es como el balcón o la terraza, porque qué sería de la avaricia si no viniera acompañada de cierta vanidad. Por supuesto no todos los pobres ni todos los ricos son iguales, es sólo un símil, solo una idea para la reflexión de unos y de otros. Pondré un ejemplo ilustrativo, casi gracioso y ridículo para llegar al fondo de la cuestión.

Esta noche, como ya es ritual en este lugar, me metía en el pequeño gallinero para hacer recuento: dos patos, diez gallinas, un gallo y los dos pavos, el pavo y la pava bizca, pobre. Estaban todos, no faltaba nadie. A pesar de ser diferentes, de especies diferentes, de tamaños diferentes y de colores diferentes, duermen todos juntos, comparten el mismo espacio de amor todas las noches y por el día, durante las primeras horas, comparten el trozo de corral que les pertoca. A media tarde, cuando ya han puesto los huevos que luego degustamos agradecidos, les abrimos las puertas y campan libres por toda la finca, excepto los patos, que se van corriendo al estanque como si no hubiera más vida que ese chapuzón diario y excepto la pava bizca, que aún no sabe si es pato, gallina o pavo (vive en un mar de dudas quizás por esa media visión de las cosas, pobre). Esta finca no es de ricos, es de pobres, porque al igual que los pavos y los patos y las gallinas, la compartimos. La diferencia es significativa. No nos mueve la avaricia ni la codicia ni la vanidad de poseer nada, sino la necesidad y el estímulo de compartir, con amigos y extraños, con patos, gallinas y pavos, aunque sean bizcos. Esta es la ilustración, la visión, la consciencia diferente (y diría que urgentemente necesaria para que la avaricia no acabe con nuestro mundo).

Aquí el conocimiento es sutil. No nos esclaviza, sino que nos libera. Al no despertar en nosotros la avaricia (lo bueno de vivir en los bosques es que existen pocos estímulos), no deseamos tener ni poseer cosas. Queremos abrazar la naturaleza, comprender su misterio, enraizar con ella. Queremos pocas cosas que siempre compartimos. Es una apuesta compleja y difícil, arriesgada en los tiempos que corren, criticada, muy criticada, pero no es novedosa. San Francisco lo intentó hace casi mil años y Jesús, hace dos mil.

Mi querida Mercé, (hoy es su cumpleaños, felicidades hermosa alma), me regaló, a modo de guiño, el cuadro que comparto en este artículo. San Francisco fue un ejemplo puro de simplicidad voluntaria, lo que antes se llamaba votos de pobreza. Ahora somos más modernos y lo llamamos de forma diferente, pero en el fondo es lo mismo. San Francisco, al igual que su mentor Jesús el Cristo, combatió la avaricia mediante el decrecimiento voluntario. Ya lo dijo en muchos textos: “No podéis servir a Dios y a las riquezas”. “En verdad os digo que es difícil que un rico entre en el reino de los cielos. Y otra vez os digo que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el reino de Dios”.

Realmente Jesús no se refería a los ricos ni a las riquezas en sí mismas que, si son compartidas, no hacen mal a nadie. El problema es el egoísmo que encierran en nosotros, seamos ricos o pobres, la avaricia y la vanidad que nos mueve. A día de hoy, esa avaricia (Weber decía que el capitalismo es una forma de ordenar nuestra avaricia, y por lo tanto es algo bueno) está destruyendo el mundo que habitamos. Por eso debemos buscar fórmulas para agitarnos, para compartir nuestras riquezas y convivir de forma humilde, con un bienestar mínimo, pero alejado de nuestras egoístas aspiraciones. Así que con vuestro permiso seguiré agitando las consciencias, sutilmente, pero despertando, al menos, la duda sobre lo que hacemos, de a quién le vendemos nuestro tiempo y lo más importante: para qué. Democratizar el conocimiento ha sido una gran revolución. Ahora nos queda pendiente democratizar las riquezas para que pavos y gallinas y patos puedan disfrutar por igual de una gran finca sin distinción de género, raza, creencia o condición social.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura… ricos o pobres, gracias por democratizar vuestra riqueza… haré lo mismo con todo lo que aquí llegue… 

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Once años junto a cinco mil


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Hoy disfrutando de la grata compañía de la pava bizca y los patitos que miran curiosos los peces

Escribo mientras escucho la Missa Solemnis interpretada por Elīna Garanča y mientras leo algo de Diógenes de Sinope, aquí ando con mi lámpara buscando personas honestas y sensibles. Personas que entiendan que la virtud es el soberano bien y que los honores y las riquezas son falsos bienes que hay que despreciar, como diría el filósofo.

Decía Platón que los libros son hijos inmortales que desafían a sus progenitores. En estos tiempos de simpleza mi docena de libros no serán inmortales. Desaparecerán conmigo. Como estas letras que escribo desde septiembre de 2008, recién llegado de Mongolia y mientras preparaba un viaje a la India con mi hermosa novia alemana. Casualidades de la vida, hoy, 13 de septiembre, hace justamente once años que empecé a escribir ininterrumpidamente en este blog, honorando a aquella hermosa niña pastora que fotografié a las afueras de Ulambator. Una década de desahogo y compartir.

Para celebrarlo, hoy se apuntaron tres seguidores más, lo que hace la friolera de más de cinco mil. Les debo a los tres un lote de libros, así que mandadme con urgencia vuestra dirección y allí que os los envío. Esto hay que celebrarlo. María, Eva y Bella, bienvenidas… 😉

Tener o no tener seguidores es lo de menos. De esos cinco mil debo conocer a una docena como mucho. El resto se esconde tras la pantalla, al igual que yo me escondo tras el teclado. Pero mi escondite, ahora con forma de cabaña está mucho más expuesto. Digamos que soy un ser desnudo, porque no oculto bajo las letras ningún tipo de remordimiento, ni de dolor de consciencia, ni de secreto inconfesable. Admito públicamente mis errores y casi todo me da igual, lo que piensen, lo que digan, lo que opinen desde lugares tan lejanos como Uzbekistán o Guinea Bissau, desde donde a veces me visitan. Las visitas al blog, más de medio millón en estos últimos años, han venido desde todas partes del mundo excepto de trece países africanos y tres asiáticos. Todos los demás, incluidas las pequeñas islas del pacífico, han pasado por esta casa. Qué buscarán o quiénes serán siempre quedará en la curiosidad.

Aquí vomito rabia cuando la hay, o indignación, o miedos, o penas. También las alegrías, los interrogantes existenciales, las cosas del día a día, las reflexiones sobre política o sobre misterios silentes o utopías, porque en el fondo, esto trata de una utopía que algún día desvelaré con pelos y señales, cuando lleguen los tiempos.

Cuando las novias me dejan me gusta dar pena y me sale ese Calimero tan pobretón que destila expiaciones de todo tipo. Con los éxitos soy discreto, porque sé que son efímeros. Con los fracasos me regodeo por eso de extraer el jugo de toda su enseñanza. En el fondo soy una persona vulgar que vive una vida vulgar cargada de anécdotas que comparto sin más. En estos tiempos de quietud de lo que más disfruto es de ver a los peces y los patos y la pava bizca campear por la hierba o el agua. También de los amigos sinceros y de las pizzas y de los cantos en la ermita o los silencios previos. Cada día disfruto más de la vulgaridad del tiempo y la simplicidad, cada vez más voluntaria y tranquila.

Ya no deseo reconocimiento, ni riquezas ni poder alguno. Cuando en la escuela me daban capones buscaba ser reconocido al menos por alguien. Por la chica más guapa, por el profesor más inteligente. Pero esos eran los que más capones me daban. Lo único que recuerdan de mí fue aquel día que aparecí en el colegio con zapatillas de andar por casa, viejas y rotas, casi sin suela. Otro día aparecí en la clase de gimnasia con botas de fútbol reglamentarias y también fue motivo de más capones porque los tacos podían desgastar la pista. Y yo tan feliz con mis botas nuevas que nadie quiso reconocer. Hasta que un día me harté y decidí vestir con esparteñas blancas en los pies. Lo que decía, una vida vulgar cargada de anécdotas. Un hombre de paja que sujeta bajo su manto un nido de pájaros danzantes. No sé que piensan en Uzbekistán o Guinea Bissau de todo esto.

De pequeño siempre fui un niño frágil, magullado y maltratado, excesivamente sensible para poder entender un mundo tan extraño y contradictorio. Un mundo irreconocible para mí mismo, cargado de paradojas y significativos postulados. Un día un ángel me saludó. Tenía dos hermosas alas blancas desplegadas en los extremos de una brillante aureola dorada. Salía del mar mientras que la luz del sol hacía brillar mi cabello. Pensaba que era como un sueño que colgaba en el aire, pero allí estaban las gaviotas en el cielo azul, junto aquel hermoso ángel que me miraba con ternura. Había magia por todos lados. Ya no había necesidad de correr ni esconderse. Todo era tierno y dulce, todo era un mundo maravilloso. Era septiembre. Y había un rebaño y unas montañas junto al mar.

En estos tiempos de simpleza, ¡ay necia estupidez!, aún existen oportunos momentos donde el halo se manifiesta. Momentos en los que puedes abrazar la magia y el misterio. Sólo recuerdan, los niños que me daban capones, aquellas zapatillas de andar por casa. Y yo ya solo recuerdo aquel dorado día donde todo cambió. La brisa, el sol, los siete rayos manifestándose en los cielos, el olor a salitre, la anunciación de una vida nueva. Era septiembre, y había un rebaño tras las montañas y se abrió el libro de los secretos y entrañablemente me convertí en una célula viva junto al griterío de las gaviotas.

Desde entonces soy diferente, o mejor dicho, desde entonces soy yo, yo mismo, con mis imperfecciones, con mis ganas de provocar al personal, cosa que hago siempre con una excesiva carga de cinismo e insolencia, como hacían aquellos que pertenecían a la escuela socrática menor. Pero nadie entiende mi cinismo, menos aún si lo relacionamos con aquella escuela griega que pensaba que la civilización y esa extraña forma de vida era un mal y que la felicidad venía dada siguiendo una vida simple y acorde con la naturaleza. En eso soy cínicamente coherente. Me fui a los bosques a vivir una vida simple y así alejarme del mal de la civilización. Soy un cínico que aspira a ser un estoico y así combatir ese mal mediante la acción que nace de la virtud. Once años no es nada. Seguiremos adelante, cínicamente, estoicamente, para dar gloria también a los que nos visitan desde Uzbekistán o Guinea Bissau.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

Amigos de Uzbekistán y Guinea Bissau, también estáis invitados para seguir alumbrando desde mi tinaja…

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