Prójimopróximo7001,153. Paisajes desde la otra realidad


la ilusion de crear

«No era la realidad de un hombre, sino la realidad del amor la que aparecía posible y esplendorosa ante sus ojos«… Jacinto Octavio Picón

Ayer quedé para desayunar con una profesora universitaria de antropología. Había hecho una tesis doctoral y estaba interesado en editarla en nuestra colección sobre ciencias sociales. Me encantó el subtítulo de la tesis: la ilusión de crear, la ilusión de creer. Basamos parte de la conversación precisamente en eso: en lo ilusorio, en las pantallas que damos por llamar realidad, y en cómo podemos traspasarlas. Como científicos sociales, ambos creíamos fielmente en lo que alguna vez dijo Albert Einstein: «la realidad no es otra cosa que la capacidad que tienen nuestros sentidos de engañarse «.

No daré ninguna pista de lo que este extraño título pueda ser, pero tiene que ver con esa ilusión de lo creativo. Lo podemos describir como un abrazo del alma más allá de la pantalla de lo real. Como una canción poética o un suspiro lejano, incapaz de nacer sin haber muerto antes. Pero podría ser el nombre de una serie de televisión, o de una saga a modo de crepúsculo. Podría ser cualquier cosa, un número en clave del centro de inteligencia, una coordenada espacio-temporal, una nueva frecuencia en clave de La. Por cierto, hoy leía un interesante artículo sobre un ministro de propaganda nazi de nombre Joseph Goebels que fue capaz de impulsar un cambio a nivel mundial: cambiar la frecuencia a la hora de afinar el LA musical a 440 Hertzios en lugar de los 432 Hz que hasta entonces se utilizaba. Desde 1939, fecha del cambio, hasta nuestros días, la frecuencia musical había cambiado, y por lo tanto, nuestra forma de percibir el mundo.

Ese dato me resultó curioso, también ese otro experimento desarrollado en el AC Institute de Nueva York en el cual el artista y filósofo Jonathon Keats ofrece la unión más poética a la que podamos asistir: unir partículas de luz en empatía cósmica. Es decir, crear un entrelazamiento cuántico conocido como el “efecto de Dios” para conseguir unir a dos personas en su luz. Amor más allá de la distancia, la luz como vaso comunicante del erotismo.

No es descabellado y yo mismo lo he podido experimentar en la frecuencia “projimoproximo7001,153”. Durante muchos años había practicado lo que di por llamar alguna vez “la conspiración en la respiración”. Se trata de un ejercicio de meditación en el que te unes a una persona mediante su propia respiración. Puedes hacerlo si estás interesado en saber cómo se encuentra un pariente o un amigo al que hace tiempo que no conoces o a una ex a la que añoras irremediablemente. Cierras los ojos, respiras profundamente tres veces y luego viajas con tu imaginación a la respiración de la otra persona hasta que ambas, la tuya y la suya, se unen en un mismo intervalo, en una misma sinfonía, en una única frecuencia. De alguna forma, se crea como una nota musical donde los dos se convierten en uno en una experiencia de luz cuántica. Y a partir de ese momento, puedes pensar y sentir y experimentar lo que la otra persona sueña o hace. Es perfecto para personas que acaban de terminar una relación y aún guardan la esperanza de volver con el otro. Ya no puedes abrazar a tu ex físicamente, pero sí puedes hacerlo cuánticamente.

Pues bien, la experiencia increíble, cuasi mística, viene cuando dos personas alejadas en el espacio y el tiempo sincronizan sus vidas en esa experiencia de respiración. He podido hacerlo en dos ocasiones en este mes y os aseguro que ha sido una de las experiencias más bonitas que he tenido jamás. Podéis alegar que la soledad es muy mala, que este chico sufre de efectos secundarios en el zulito y demás pensamientos escépticos. No me atrevería a contarlo en susurro sino fuera porque la otra persona en concreto tuvo experiencias similares y emociones empáticas de calado profundo.

Realmente pienso cada día más que existe un lazo místico por el que estamos unidos a todas las cosas. La experiencia “projimoproximo7001,153” me lo ha demostrado aún más. Sólo debemos poner la espalda recta, respirar tres veces profundamente y observar todo lo que ocurre a partir de ese momento. Las cosas cambian, nuestra vibración cambia, nuestra interrelación con el mundo cambia y la magia actúa. ¿Y qué es la magia? Es simplemente la posibilidad de conectar con esas frecuencias musicales, vibracionales, de luz cuántica cuya visión, la vida cotidiana entorpece. No lo dudéis… empezad a conspirar, y veréis el nuevo mundo, «la otra realidad». Hay un lugar donde las almas se unen en luz… No dejes de viajar a él… solo tienes que respirar… y conspirar…

The power of love


A veces, el amor triunfa… aunque sea en la música palpipante de un piano y una voz excepcional. Hermoso sería si ese amor venciera siempre al miedo, si fuera lo suficientemente fuerte para volver a empezar una y otra vez cada vez que el edificio de la confianza y el respeto se derrumbara. Esa es la esperanza que se alberga cuando en la soledad miramos una y otra vez por nuestra ventana a la espera que las fuertes alas del amor entren sin miedo y sin dolor. Una y otra vez abro esas ventanas, mirando al cielo.

Al pescador de almas


mar

Mi querida A.,

aún no sabemos a ciencia cierta si existen los ángeles o el estadio angélico, pero si es así, tal y como afirma la más remota tradición, sin duda, nuestro común amigo es lo más parecido a ese mundo celeste.

Te lo digo con toda la confianza porque ya son muchos años que lo conozco y lo trato de cerca y con cercanía. Así que tu admiración por su forma de obrar, de hacer las cosas, no sólo es un ejemplo para ti y para mí, sino para toda la humanidad. Un ser extraordinario, de ahí que tenga plena confianza en todo lo que hace, dice, piensa y siente. Sin duda, un regalo para los que estamos cerca.

Espero haber servido de puente en esa unión y que todo salga en armonía y según tus deseos. Para nosotros será también una bonita forma de hacer más cosas de bien, para el bien. Es nuestro único y común propósito.

Me ha encantado la descripción que has hecho de tú África. Esa libertad y ese gozo que sientes es un tesoro irrenunciable. Así que celebremos tu felicidad y hagamos con ella una tierra más rica y fértil.

Te mando un abrazo sentido desde mi cueva-zulito, que anda a cual laboratorio despertando aquellos pétalos necesarios para seguir adelante…

El fuego secreto de los dioses


fuego

Aunque se conquistaran miles de millones de hombres en el campo de batalla, aun así, el más noble conquistador es aquél que se conquista a sí mismo” (Dhammapada).

En todos los ojos hay una luz de calor, una fuente de fuego. Las búsquedas infructuosas siempre nos llevan hacia la puerta de entrada de ese millón de soles que nos acercan más allá de los universos. La tenue ráfaga se refleja en los espejos celestes y vuelve como una llama ardiente hacia cualquier otra ventana. Todos los caminos nos llevan al mismo centro: a nuestro centro. Es desde allí que podemos desparramar en la cortina humeante cualquier paisaje posible.

Esa llama es la portadora. Está ahí, cerca y lejos dependiendo de donde estemos nosotros. Se aferra a nuestra pupilas cuando rozamos con nuestro rostro el calor sempiterno. Lo continuo que hay en nosotros despierta de su letargo cuando penetramos en la oscuridad y serpenteamos con nuestros rayos los bordes del infinito.

No hay más misterio que el saberse en la quietud y desde ella anclar nuestro propósito a la vida que respiramos en ese inhalar y exhalar infinito. Es ahí donde podemos penetrar todas las cosas renunciando a ellas. Pues si bien cuando cruzamos un río utilizamos la barca. Una vez terminada la travesía, no cargamos con ella a nuestros hombros. Renunciamos a su servicio pues en tierra firme ya no nos hará falta. Continuamos, desapegados del río, de la barca y de la travesía sobre sus aguas.

En esa conducta está el secreto que nos aproxima al fuego secreto. Todas esas cosas que sirvieron para deslizarnos un paso más en el camino no son más que regueros de vida, pócimas mágicas capaces de transformar nuestro atanor alquímico en un poderoso resurgir.

Hay algo de lo que aún no somos conscientes. Estamos vivos, aquí, ahora, en este instante. Si puedes respirarte, si puedes penetrarte, si puedes preñarte de vida, y sientes que no te pertenece, sino que se pixela en tus entrañas constituyendo tu forma pero sin ser mas que un garabato, una sombra moldeable y finita. Si sientes que eres tan solo un recipiente imperfecto pero capaz de albergar el agua pura, habrás entendido el secreto de los dioses. Somos ventanas, espejos, barca y recipiente de barro, y dentro de nosotros hay agua y fuego y aire.

El mundo amoroso por los otros seres


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Decíamos ayer… que en la soledad y el silencio también se puede amar con locura. Solo basta imaginar una palmera lejana, un trozo de arena y allí esta la isla. Y alguien paseando con una blusa transparente, empujando con sus pies las olas del mar, la minúscula pulsatila, el aroma ocre y el sabor salado.

Decíamos ayer porque hoy era otro día y no había más arena que la que se va acumulando en un rinconcito del zulito, arrastrada por Charlie y Bravo, dos pequeños habitantes de uno de los sanitarios del lavabo que por honor al derecho de conquista, no he podido, ni yo ni mi consciencia, expulsar de su casa.

Ellos estaban primero, y mientras que no se multipliquen ni se conviertan en plaga, ahí seguirán. Aunque a Bravo, el más grande de las dos cochinillas grisáceas hace días que no lo veo. Espero que no la haya palmado o me la haya palmado sin querer, en algún descuidado pisotón nocturno o barrida de pelusas no identificadas.

La verdad es que en la soledad de este invierno era de agradecer sendas compañías, aunque fuera simbólicas y minúsculas. Uno se levantaba todas las mañanas con ese extra de alegría por ver a los dos seres diminutos afanados en sus quehaceres diarios, corriendo de un lado para otro mientras las observo curioso ante la ignorancia de mi gigantesca dimensión.

Recuerdo que mi madre siempre se enfadaba cuando en vez de matar a los bichejos tendía a coleccionarlos en alguna improvisada caja de zapatos. Caracoles, ranas, arañas, moscas, gusanos, cochinillas, mariposas, lagartijas… Una de mis mayores pasiones era ver crecer a los gusanos de seda. El tacto de su piel, el olor inconfundible a hojas de morera, la construcción mágica del capullo y pacientes y largos días después, su mutación en torpes polillas blancas que ponían miles de huevecillos grises o naranjas.

Como a veces me resultaba imposible asesinar despiadadamente a moscas y mosquitos, para disimular mis rarezas solía cortarles las alas y así pensar que quizás había una segunda oportunidad para ellas. Luego ese acto me resultaba monstruoso y repugnante, así que me las ingeniaba para abrirles las ventanas y así pudieran escapar de la escoba o el paño de cocina de algún familiar sin tanto escrúpulo.

Cuando vivía en mi casa de la Montaña de los Ángeles, un verano se proclamó unilateralmente una plaga de moscas en la pequeña cueva que tenía en el sótano. Me creó un verdadero conflicto que no supe resolver. No quería matar a las moscas pero tampoco podía permitir que siguiera avanzando su incontrolada natalidad. Al principio opté por echarles agua para ver si decidían marcharse a otra parte. No fue posible. Decidí terminar con la plaga con un insecticida y cuando terminé de fumigarlo todo, me sentí terriblemente mal y culpable por el “moscacidio” cometido.

En la Sacedilla ocurrió algo parecido con una plaga de hormigas. Las plagas te cambian el concepto del respeto a la vida. Son ellas o tú, y ahí, los valores morales se transforman de repente.

Hay cosas que tengo claras: si alguien me diera un sable para que le cortara la cabeza a un pollito y así poder comer unos MacNuggets crujientes o atravesar el pecho a una ternera para así deglutir una doble con queso, ni lo hago ni lo haría. No tengo esa clase de escrúpulos.

Realmente no somos conscientes de que tenemos granjas que son como auténticos campos de concentración donde criamos a seres inocentes para que formen parte de nuestra sangrienta dieta diaria. Si fuéramos conscientes de eso y de muchas cosas más que se nos escapan todos los días, quizás podríamos ver la vida de forma diferente. Incluso seríamos capaces de compartir nuestro trozo de soledad con un Charlie y un Bravo cualesquiera con forma de cochinilla grisácea. No sé… quizás incluso la vida sería diferente para todos y hablaríamos de otras cosas o compartiríamos otro tipo de experiencias. Un mundo sin esa crueldad implícita y diaria seguro que debe ser como la imagen de la mujer transparente en una playa cualquiera de un mundo cualquiera. Puro amor. A veces los seres más insignificantes y minúsculos ante nuestros ojos nos pueden dar una magnifica lección de vida. Supongo que eso deben pensar los dioses de nosotros.

Mis ojos se mueren paloma negra


También la vida tiene momentos para bucear en los lagos, en los mares, en las oceánicas miradas que atraviesan lo imposible, la caricia que ya no existe o el pómulo sonrojado de aquella tarde. También hay momentos para lanzarse vacío a la conquista, Dios dame fuerzas para ello, para agarrar esos instantes. No me canso de llorar y no amanecer. No me atrevo, pero me atrevo por ti a rezar. Tengo miedo de volver, otra vez, a equivocarme, sin desesperar. Quisiera tanto poder gritar a tu pecho herido, rajando tu dolor y lavando las heridas con el lagrimal de mis ojos resucitados por el cariño de esa aurora de espera y promesa. Quisiera tanto volver atrás, a ese abrazo que no pude dar, a esa cobardía libre, pero insensata. Hay tanto dolor en ese mustio recuerdo. Hay tanto llanto desgarrado en esa imagen que solo puedo atrapar en la recta de mi penal. Quiero ser libre, vivir mi vida, ¿pero como eso ha de ocurrir, si estoy muriendo por dentro, desgarrado, por irte a buscar?

HOJA DE RUTA: HACIA LA SEGUNDA TRANSICIÓN


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La degradación moral de nuestro país, en todos sus estamentos, desde la más coloquial relación de barrio hasta la cúspide del poder, pasando por instituciones, monarquía y partidos, se vuelve insoportable.

Como país, como pueblo, solo nos podemos permitir una reestructuración total de nuestra forma de entender nuestra existencia y nuestra unidad. O eso, o estallar en mil pedazos hasta la desintegración total.

Por un lado, debemos dejar a un lado el sálvese quien pueda, una actitud egoísta y sin sentido en un momento tan trágico de nuestra historia.

Debemos reorganizar todos los estamentos de poder y todo el sistema democrático, creando una verdadera democracia donde desaparezcan los privilegios y la posibilidad de continuidad infinita a la sombra del poder. Esto incluye no sólo a los partidos, sino a nuestras instituciones que dieron sentido a la primera transición.

Tenemos la obligación generacional de romper, sin olvidarlos, con las ataduras de esas supuestas deudas morales con nuestro pasado. No podemos seguir sufriendo el abatimiento contante de aquellos episodios nacionales que ya nada tienen que ver con nuestro tiempo. Esas heridas hay que curarlas de forma inmediata y pasar página de una vez. Estamos en otro tiempo, y ese tiempo reclama con urgencia una visión de futuro, no de pasado.

Debemos regenerar la vida política. No es posible que una persona se perpetúe en los vicios del poder hasta su extinción. Hay que poner cuota y límite a lo que debería ser un servicio a la ciudadanía, y no una ciudadanía al servicio de una clase vampira.

Debemos regenerar nuestra conducta cívica y moral como individuos, y eso solo es posible a base de ejemplo y educación. ¿Cómo vamos a demandar algo que ni nosotros mismos practicamos? ¿De qué forma podemos reconducir nuestra moral en una sociedad completamente amoral?

Para que todo esto sea posible debemos reformar la Constitución y adaptarla a las nuevas exigencias, al nuevo tiempo. Esto requerirá sacrificios de todos, pero es la única manera de salir de este atolladero.

¿Cómo ejecutarlo? Sin duda, de forma pacífica antes de que las cosas se caldeen más y el ambiente termine siendo insoportable. Un pacto nacional de todos los partidos y un acuerdo de mínimos serviría de base para empezar el proyecto reconstituyente hacia la Segunda Transición. A día de hoy, tal y como se están desarrollando los acontecimientos, no tenemos otro camino. Ya no podemos seguir improvisando y ya no podemos seguir engañándonos a nosotros mismos. O volvemos a empezar como nación, o esto se acaba.

Éramos diez, ahora somos legión


Gran Vía. Ha prendido la mecha. Son casi las diez. La gente se une eufórica. Éramos pocos. Ahora somos legión…

Pd unas horas después… Estoy ya en casa, algo cansado, muy cansado. Fuera hacía mucho frío aunque por un momento de euforia en la Gran Vía creía por un momento que la primavera había llegado. El helicóptero sigue zumbando encima de Madrid. Eso significa que algunos muchachos aún andaban dando vueltas y cortando calles. Hemos hecho un gran recorrido donde cada vez más se unía más gente. La estrategia, a diferencia del año pasado, ha cambiado. Sol ha dejado de ser una referencia. La gente se ha dado cuenta de que aquel lugar servía de ratonera perfecta. Hoy se han buscado calles anchas como el Paseo de Recoletos o la Gran Vía. Íbamos paseando de un lado para otro, volviendo una y otra vez hasta Génova desde diferentes lugares, sin parar más de cinco minutos en ningún lugar y así evitar las desmesuradas cargas policiales.

Pero la sensación, además de cansancio, sigue siendo de impotencia. Ya no es suficiente salir a la calle. Llevamos así desde el 15 de mayo de 2011. Y la triste realidad es que no se ha conseguido nada. Más bien todo lo contrarío porque las cosas siguen empeorando día a día. ¿Qué más podemos hacer? ¿Qué más se puede hacer?

Con tanta luz, parece un puticlub


Hasta los policías se ríen con algunas de las proclamas:
«así va España, con tanta alimaña»…
«eo, eo, eo, nos vamos de paseo»…
En fin… La gente que está aquí se pregunta, entre otras cosas, donde están los seis millones de parados… entre otros… Si la sal de este mundo no sala… ¿quien lo hará?

De nuevo en Génova


No deja de ser paradójico que cuando salía hacia la revolución me tropezara con mi vecina Esperanza Aguirre, que vive puerta con puerta a mi zulito. Ley de opuestos, que diría el Tres Veces Grande. Hace frío, pero los gritos del «pueblo» avivan la hoguera…

Hacia el camino del hombre estúpido o los españoles sufrimos alucinaciones


rajoy

¿Somos estúpidos? Ni en los tiempos de Felipe III y el duque de Lerma se había visto algo parecido. Ver la imagen de unos periodistas mirando a la telepantalla donde aparecía escondido un presidente del gobierno ausente ha sido lo más patético que he presenciado en mucho tiempo. Escuchar al presidente decir que la solución a la que se ha montado pasa por hacer pública su declaración de la Renta no tiene nombre. O es un chiste o es una tomadura de pelo lo peor de todo: ambas cosas. Esta es la mediocre y patética imagen de la respuesta oficial a uno de los mayores escándalos de los últimos tiempos.

¿Pero será realmente todo esto producto de alguna imaginación colectiva donde todos los ciudadanos estamos equivocados? Al menos eso es lo que el Presidente del Gobierno nos ha dado a entender: ellos son totalmente inocentes y todos nosotros hemos sufrido de una alucinación colectiva. Pero si hacemos un poco de memoria, quizás la misma nos aproxime a una realidad diferente, paralela o alternativa a la del señor Presidente.

Por eso, érase una vez un caso Gürtel (Correa en alemán, también conocido y apodado en la falsa contabilidad como Don Vito), destapado por el Diario El País, el mismo que estos días ha publicado el motivo de la polémica y «aparente» corrupción.

Érase una vez un juez odiado por unos (GAL-Psoe) y por otros (Gürtel-PP), de nombre Baltasar Garzón, que investigaba el caso Gürtel y que fue enjuiciado y expulsado de su función como juez de la causa. El caso Filesa (financiación ilegal del Psoe) y el caso Gürtel parecen ser tan sólo la punta de un iceberg al que el señor Barcenas apunta de forma tímida. (Hace unos días la noticia era esta: El Gobierno de Mariano Rajoy ha destituido a los inspectores de Hacienda responsables de la investigación de importantes casos de fraude, entre ellos la ‘trama Gürtel’ o el ‘caso Urdangarin‘).

Y todos, absolutamente todos (porque hoy doy crédito de que no había nadie en la calle protestando), nos quedamos satisfechos ante las explicaciones del presidente del Gobierno. Satisfechos y tranquilos, como si realmente no hubiera pasado nada, como si realmente todo esto no tuviera nada que ver con nosotros y hubiera sido tan solo una alucinación más. Como si realmente toda esta falsa, todo este teatro, no fuera suficiente como para pronunciarnos de alguna forma. Pero, ¿de qué forma, si pase lo que pase, seguimos sistemáticamente votando a los mismos, creyendo a los mismos? En fin, un insulto a la ética, pero sobre todo, un insulto a la inteligencia y una medalla más para nuestra condición de homo-stultus, es decir, de humanos estúpidos, conformistas y pasivos.

Por eso lo peor sigue siendo la sociedad ausente, anestesiada, parada, impotente ante tanto cachondeo y tomadura de pelo pública. Tan acostumbrados ya a este circo mediático, ni siquiera nos inmutamos. Seguimos en nuestras pequeñas cosas, imbuidos y tranquilos en nuestro corto plazo, hipotecando con nuestra ceguera y pasividad las futuras generaciones.

Desde Génova


Algunos españoles hemos venido a reivindicar nuestro sobre. Al grito de dimisión y ladrones, sigue siendo aún todo muy anecdótico. ¿Donde está la gente? Sigue siendo un misterio sociológico.

Esperemos a la primavera, ahora hace frío


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A las diez de la noche seguía trabajando en un libro. Sobre los tejados de Malasaña y sobre mi consciencia se escuchaba el ensordecedor ruido del helicóptero de la policía. Me asomé por las redes sociales y anunciaban movilización. Salí corriendo con ese nerviosismo que el año pasado tanto me absorbió dirección Cibeles. Me paré a medio camino para tomar un trozo de pizza mientras caminaba impaciente. A la revolución hay que ir bien comido. Las noches son largas.

En Cibeles no había nadie, tampoco en Gran Vía. Me marché hasta Sol y estaba todo vacío. Para más inri empezó a llover. Los bares estaban rebosantes de vida. La gente no parecía estar por la labor de cambiar las cosas, de movilizar el mundo, de transformar la sociedad. El hartazgo debe ser tal, que todos estaban recluidos en sus mundos, en sus parcelas de seguridad, en su hipócrita cobardía.

En las calles había cuatro gatos. El Parlamento totalmente tomado y cercado por las fuerzas de seguridad. Por todas partes había furgonetas policiales. Pero de los manifestantes nada. Caminé más de una hora bajo la lluvia fina hasta que por fin los encontré. No habría ni un centenar. Había más periodistas y policías que indignados. Pregunté incrédulo si esa era la revolución y me dijeron que sí.

Me faltaban héroes, me faltaban manos, me faltaban consciencias. No podía creer que la indignación, el hartazgo, pudiera traducirse en un centenar de personas. Sentí cierta indignación metafísica y filosófica. No podía entender lo que pasaba de un lado y de otro.

En alguna parte alguien se estaría refregando satisfecho las manos, planeando como engatusar aún más la mentira, pensando como seguir embaucando a una sociedad adormecida y frágil, ideando un plan para salir airosos de esta.

Todos los dioses habían desaparecido. Ni rostro del halo revolucionario. No hay nada que fascine ya nuestros corazones. Masacrados por el tedio, ¿qué nos queda? Supongo que esperar a tiempos mejores. Supongo que esperar a la próxima primavera. Ahora hace mucho frío y se está mejor en el bar, hablando de nuestras cosas. La revolución podrá esperar.

Pd. Nadie sabe nada… acabo de venir de la calle, de hacer la revolución, y todo el mundo estaba en los bares hablando de sus cosas. Éramos solo un centenar de estúpidos indignados pasando frío bajo la lluvia. ¿Barcenas? ¿A quién le importa Barcenas y la corrupción?

Sobre las cosas del ser


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Hoy, uno de febrero, he ido a las rebajas de enero. Me he comprado tres gayumbos a 3,31€ la prenda y una camiseta de esas blancas a 4,95€. Total: 14,90€. La cuesta de enero no daba para más alegrías. Pero estaba feliz, porque realmente no necesitaba nada más. En Malasaña, con lo que tengo de otras rebajas, creo que podré sobrevivir sin muchos cambios ni sobresaltos al menos tres o cuatro primaveras más. Pantalones de invierno los he perdido todos en las continuas mudanzas y solo tengo dos, pero no importa, los voy alternando según se tercie y a ver si ambos logran aguantar. Si de tanto usarlos al final sucumben, tendré que hacer excepciones en mi economía doméstica. También me sentía feliz porque hoy hice un pago que bajó mi deuda personal por debajo de los ochenta mil euros. Esas barreras psicológicas, cuando son traspasadas, te reafirman en cierto optimismo.

Así, lo que ahorro en las rebajas pues lo utilizo para pagar deuda y el dinero que ahorro en estas cosas del tener lo puedo invertir en las cosas del ser. Por ejemplo, ayer me hice socio de la librería “Libros Libres”, a la que hicimos un importante donativo de libros hará unos meses. Allí había quedado con una mujer-quijote, voluntaria en dicha librería, para hablar de cosas que tienen que ver más con la utopía de dos soñadores que con la realidad imperante. Me llevó hasta una cafetería situada por debajo de la casa del dramaturgo José Zorrilla, ese ingenuo, bondadoso, amigo de todos e ignorante del valor del dinero y de la política. El lugar era de lo más apropiado para hablar de libros, de solidaridad y de futuro. Agradecí mucho el encuentro, porque en este mundo de escasas quijotadas, el encontrar a alguien de espíritu similar te reconforta. ¿Quién si no podría entender ese amor insensato hacia los libros en los tiempos que corren? ¿Y quién podría entender el que me haya arruinado casi tres veces por seguir la senda del alma, y no la otra, esa que nos sujeta a la pesadumbre de lo cotidiano a cambio de unas migajas de pan?

Y a veces esas migajas de pan no son suficientes para soportar la pesada carga del tener, por eso ayer, en un acto semi-insconciente y gracias a una indigestión provocada por un atracón de setas, tuve que hacer un obligado ayuno de 24 horas. Cuando esas cosas ocurren, amaneces como nuevo, más ligero y liviano y con más ganas de profundizar en los misterios de la vida. En fin, no se puede pedir mucho más a un viernes que pasaré hasta altas horas trabajando, con tal de que el trabajo nos haga libres, o como mínimo, nos acerque a la siguiente meta a alcanzar: rebajar la deuda por debajo de los setenta mil. Os avisaré para celebrarlo.

(Foto: ayer en la librería Libros Libres, donde puedes llevarte cuantos libros quieras de forma gratuita).

La difícil tarea de lidiar con egos


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Recibo la noticia de una demanda judicial por parte del presidente de una empresa que, al parecer, y sin yo conocer de quién se trata, se siente tan identificado con el personaje descrito en la novela «El investigador sigiloso» editado por nosotros en Séneca que reclama justicia ante una aparente falta a su honor.

Tendré que escribirle una carta amable para decirle que no pierda ni tiempo ni dinero en este tipo de cruzadas, ya que ni tengo cuenta en Suiza, ni la editorial tiene dinero ni su actual propietario, es decir, yo, y solo yo (y perdón) no tiene más que una mochila, algunas galletas y una bicicleta que está deseando estrenar en esta primavera.

Pero bueno, como tiene que haber gente para todo, pues aquí dejamos la anécdota, y que Dios reparta suerte, porque sobres, lo que se dice sobres bajo manga para limpiar el honor de nadie, pocos van a caer… Eso lo dejo al Gobierno, que los pobres, bastante tienen con el circo que han montado. ¿O es que ahora todos vamos a empezar a reclamar sobres a todo el mundo por la mínima de cambio? ¿De qué otra forma pedirá este señor que su honor mancillado sea restaurado?

Eso sí, señor José Antonio Valle, presidente de Montealto, cuídese el ego porque ya quisiera yo salir en algún libro, aunque fuera para decir que soy un canalla. En todo caso quedo agradecido por la publicidad gratuita, y si el libro, gracias a su demanda, se convirtiera algún día en un best-seller, pues le haríamos algún regalo, no sé, algún traje tal vez, como hacen en Valencia.

Caso Barcenas: cuando lo mediocre asalta el poder


Rajoy-en-estado-puro

No culpemos a Bárcenas. Realmente no tiene culpa de nada. Ni siquiera al gobierno. Tampoco son culpables de que nosotros merecidamente o no los votáramos. Y tampoco culpemos a los votantes que sistemática e ininterrumpidamente seguimos confiando en lo mismo: en lo mediocre. Porque en el fondo se trata de eso. De esa oscura y anodina corriente gris que domina nuestro espectro social.

Siempre me pareció una imagen mediocre y deplorable el ver a Felipe González o a José María Aznar o a Marino Rajoy fumando ostentosamente un gran puro. No por el respetable arte de fumar lo que sea, sino por el arquetipo que ambas cosas juntas, puro y poder, reflejan en la psique colectiva. El puro es síntoma de impotencia, es una forma de querer alargar aquello que nos falta, una interpretación fálica -falo como producto de poder y creación- a los que muchos se aferran para demostrar ese poder falso que nace de la mentira y la ilusión y no del propio carisma. El poder carismático no necesita complementos fálicos. Su poder nace de otra fuente.

Realmente eran mensajes que venían de pobres mentes mediocres y que llegaban fuertemente a cientos de miles de pobres mediocres que en su fondo, deseaban lo mismo: un gran puro y una gran silla de poder. Por ley de afinidad, lo demás venía por añadidura. Votar a los de siempre y ejercer ese maldito hábito de la norma, la costumbre, por ese miedo atroz al cambio necesario.

Por suerte, y los hechos y los tiempos lo demuestran, lo que ese arquetipo encerraba era precisamente eso, mediocridad. Y es eso lo que, también por suerte, el colectivo social está empezando a sospechar de sí mismo. Y ven en el otro ese hartazgo de seguir una vida ruin, egoísta y perdida. Y puede que con el tiempo ocurran algunas cosas. Quizás los mediocres se vayan retirando poco a poco o la justicia se encargue de colocarlos en su verdadero lugar si logran obrar de forma independiente y justa. O exista un asalto al poder de la lucidez y la coherencia, de la razón y la generosidad. Ello implicará necesariamente el dejar de ver en la imagen estúpidamente ostentosa de ese “quiero y no puedo”, de ese puro embalsamado y perfido, más propio de un estereotipo caduco que de una verdadera esencia de los tiempos, una posibilidad real de cambio y transformación.

Y creo que la naturaleza humana y social de nuestro país está cosechando un caldo de cultivo apropiado para ennoblecer nuestro necesario comportamiento social. Las nuevas generaciones han nacido con otra estructura mental, alejada de esa imagen fanfarrona y falsa que pretende bajo el arquetipo del falo-puro agredir al otro bajo el mandato de poder. ¿Quién la tiene más grande? Siguen diciendo los habitantes del paleolítico. En pocos años, esa pregunta cambiará y será otro: ¿cómo puedo ayudarte? Por eso todo lo que en estos días está saliendo con respecto a la corrupción hará mella en nuestra psique colectiva y será el caldo de cultivo para una verdadera revolución interior y exterior. Todo es cuestión de tiempo.

Transparencias


Lee Miller by Man Ray

Ayer las prostitutas de la calle Ballesta sonreían de forma especial mientras me dirigía surfeando por las calles del distrito Universidad a realizar algunos trámites burocráticos. También lo hacían las amables funcionarias que atendieron mi petición de ciudadanía madrileña, aceptando, con la firma de un escueto documento, el ser vecino de la villa y así poder, previo pago anual, aparcar mi coche en un radio determinado de calles. Un joven y atento taxista me ayudó con indicaciones donde se encontraba una calle mientras que uno de esos vendedores de oro que gritan a bocajarro cerca de la Gran Vía guiñaba un ojo ante mi cómplice mirada. Ayer parecía como si toda Madrid estuviera pasando un buen rato en la isla de Margarita, paseando entre palmeras caribeñas y disfrutando de un sol de verano. Todos parecían amables y felices, como si de alguna forma hubiéramos aceptado nuestra condición humana y todo estuviera bien. Había transparencia en todas las miradas, como si unos y otros, independientemente de su condición humana, fueran más transparentes. Incluso las oficinistas que salían al portal a fumar su cigarrillo sonreían, y dicho sea de paso, esa calada profunda es como una forma de meditación zen donde unos y otros buscan su centro. Algún día descubrirán que pueden seguir encontrando ese momento de Quietud sin necesidad de nicotina.

Pero esa era solo una percepción de la realidad. Mi percepción. La noche anterior había cenado con un reputado científico nuclear asentado en Japón compartiendo mesa con un director de cine nominado a los Goya. Allí hablamos de otros temas, de otras realidades alternativas, divergentes, que nada tenían que ver con la isla de Margarita. Puse sobre la mesa, muy tímidamente, mi queja-provocación sobre la dieta humana. Quizás, sin darnos cuenta, uno de los mayores problemas de nuestra violencia congénita nacida de nuestro hábito ancestral y solo modificada tímidamente en estos tiempos gracias a los movimientos de protesta de la contracultural y las modas imperantes de la new age.

Ante mi queja por la ingesta sistemática de cadáveres animales, un buen amigo me increpó al día siguiente por acordarme de la muerte de cerdos y vacas y no protestar por los asesinatos sumarios ocurridos en Siria. Precisamente ahí estaba toda la cuestión, todo el meollo del asunto. Si nuestros hábitos, empezando por los alimenticios, no fueran tan perversos, tan crueles y tan bestias, posiblemente hacía siglos que no habría guerras en el mundo, y por lo tanto, habríamos terminado de un plumazo con imágenes como las de Alepo. Y seguramente pasearíamos por la calle amables y cordiales mientras todo el mundo sonreiría de forma especial, guiñándonos unos a otros en esa complicidad humana.

Resulta que quizás para ello no hagan falta grandes revoluciones sociales, ni grandes epopeyas cargadas de heroicas batallas. Quizás baste levantarnos desnudos, transparentes, dejando que la luz nos atraviese, como en esta maravillosa foto de Man Ray, donde la luz se fusiona con el cuerpo desnudo de una bellísima y cristalina Lee Miller.  Desnudos y transparentes, claros y verdaderos como agua que corre hacia la entrega y la dicha, hacia la fluidez que busca en las cosas sencillas lo bueno de la vida. La revolución verdadera quizás empiece en nosotros, levantándonos con nuevos hábitos y sonriendo al mundo desnudos, sinceros, transparentes.

 

 

 

El otro lenguaje


luz

El camino es ahora, este instante. Más allá de este instante no hay nada. Solo la suma de otro instante y el intervalo invisible que los separa.

Hay una forma de comunicarnos diferente. Una forma de entender la realidad que nace de una percepción completamente ajena a las estructuras que hasta ahora habían movido y regido nuestra lógica. Es maravilloso ver como podemos salir de la saturación de nuestra realidad para ver esa otra dimensión del lenguaje. Imaginaros una dimensión donde no viéramos rostros, edades, defectos, prisiones, pasados, sufrimiento o memoria, sino donde lo único que viéramos fueran puntos de luz. Brillantes candelarias flotando en un plasma de amor y luz.

A veces tienes la suerte de encontrarte a personas a las que miras desde cualquier distancia, y solo ves en ellas esa fuerza, esa luz, ese misterio que la acoge y la ilumina. Esa poderosa fuerza capaz de llevarnos a planos de la consciencia diferentes, capaces de destruir nuestras viejas estructuras, nuestros fundamentalismos con respecto a la realidad, nuestras carencias, nuestros anhelos. Capaz de llevarnos de forma suave hasta cuotas ilimitadas de belleza y placer.

Existe otro lenguaje capaz de transformarnos, de ver el mundo desde otra forma más grande y poderosa. Imaginaros poder cerrar los ojos y contemplar a la misma vez que lo haces una explosión de color y luz. Imaginaros poder cerrar los ojos y ver las luminarias, el manto infinito de estrellas que se alzan ante nosotros convertidas en piedras, bosques y hermanos. Seres humanos brillando como soles o luciérnagas, seres humanos transparentes, sin miedos ni secretos, capaces de flotar en un acorde de vibración infinita.

Imaginaros poder salir a la calle y escuchar no ruido de coches ni tambores de guerra matutina sino música, música clamando incesante el compás celeste. ¿Qué hay más allá de toda esa abundancia? ¿Qué puede haber después de alcanzar esas alturas? ¿Podéis sentir ya el toque de clarín de vuestra alma clamando por ser luz, más luz? ¿Podéis abrazar con vuestras invisibles manos todo ese mundo maravilloso y plagado de estridente hermosura? ¿Y si todos de repente pudiéramos entender y hablar ese nuevo lenguaje? ¿Acaso no haríamos de este hermoso mundo, un mundo mejor? ¿Acaso no serían la paz, el amor fraterno y la armonía el don que llenaría nuestras vidas? ¿Por qué seguir entonces apagados como hasta ahora? ¿Por qué seguir replegando nuestra divina llama? ¿No somos acaso luz brillante? ¿No somos acaso luminarias infinitas?

La fuerza del lazo místico


la foto

Hay una fuerza invisible que nos une. Algo que está más allá de nuestro entendimiento pero que sirve para sabernos partícipes del gran Universo. Esa fuerza la podemos ver en todas partes, en todos los gestos que nos rodean. El ir contra esa fuerza es ir contra nosotros, porque nosotros formamos parte de ese gran puzzle universal.

El Café Ruiz se está convirtiendo en oficina improvisada donde me reciben o recibo a personas y personajes. Aunque me gustan más los primeros que los segundos, a veces resulta divertidísimo ver como cada uno interpreta debidamente su papel. Esta semana servirá de cuartel general para hablar con unos y con otros, a cual más particular y comprobar la mitificación que se puede ejercer sobre un lugar, un tiempo o un hecho concreto.

Ayer tocaba con el autor del libro Arcano. No puedo decir más de él excepto que vive y trabaja en Japón, y que por ser una persona conocida en su profesión, prefiere guardar su anonimato en secreto. Lo que empezó con un café terminó siendo una cena y un encuentro de más de cuatro horas que posiblemente continúe mañana, porque nunca es suficiente. Especialmente cuando el grado de la conversación traspasa lo cotidiano y empezamos a entrar en berenjenales extraordinarios o sobrenaturales. La luz de las estrellas puede ser contemplada con igual fervor que la luz de la luciérnaga. Solo cambia su intensidad, pero su principio esencial es el mismo.

Pasaron dos anécdotas en el acogedor café Ruiz. La primera, un grupo de personas que se unieron en el lazo místico, con los ojos cerrados a meditar durante cinco minutos. Podíamos observarlas desde nuestro particular rincón, en lo que al parecer fue una antigua cocina madrileña, habilitada ahora para los menesteres de lo cotidiano y oficina improvisada de este humilde editor. Era hermoso contemplarlos en silencio, cogidos de la mano, con los ojos cerrados en mitad del café, aludiendo cualquier complejo o sentimiento de culpa por hacer aquello que les hacía feliz. ¿Por qué alma extraviada meditarían? ¿Por qué mundo mejor soñarían? Me hubiera gustado interrogarles, o quizás, más bien, como hago ahora, acompañarles en el lazo.

La segunda fue la visita de un autor novel, quizás poeta, que deseaba vendernos algún libro. Hicimos un trueque mínimo, para sorpresa del autor. No le desvelé mi condición de editor, pero sí le compré un libro con la condición de que se lo regalara a alguien. Tímido por mi propuesta, me levanté yo mismo con el libro, busqué a la chica más luminosa y se lo regalé. Cómo el novio estaba delante, no hubo mala interpretación, así que el poeta, feliz por su venta y por la acción, fue enseguida a explicar a la pareja el motivo del regalo. A la salida ambos nos regalaron una sorpresiva y feliz sonrisa que junto al apretón de manos y la alegría por el gesto, sirvieron de recompensa. Los miré a los ojos intentando ver sus luminarias, su felicidad sorpresiva. Y estalló la magia, la comunión, el amor.

La mañana fue entrañable a dos pies de la puerta de Alcalá. Pasé un rato agradable con L. y su prometida S., recordando viejas anécdotas, buscando espacios de reconciliación entre amigos y lo que el llamó realidades alternativas. La amistad es ese tesoro oculto que debemos cuidar aunque sea a base de silencios, a veces incomprensibles para unos y a veces excesivos para otros. Pero el silencio también puede ser una llama, y cuando la circunstancia lo requiere, el emplazamiento a la soledad y la distancia nos guía hacia nuevas metas. Pero el amor y el cariño siempre permanecen. Queramos o no, aunque hagamos una tumba para sepultarlo en la tierra más profunda, el amor no puede ser escondido o mancillado. Ocurre lo mismo con esas personas que de forma íntima han recorrido una etapa importante en nuestras vidas y por pura supervivencia emocional deciden olvidarnos. Pero es un olvido engañoso. El amor, si alguna vez existió, no se puede olvidar.

Luego la noche fue larga y mágica. Me acosté tarde pero feliz. Surgió un nuevo reto y pensé en la manera de cómo gestionar lo que dios por llamar impotencia. Me refiero a la impotencia de querer abrazar a alguien y no poder hacerlo. Esa añoranza que a veces no es humana, porque no tiene que ver con la dimensión humana. Si no que es más bien una mezcolanza de ensoñación y celeste positura. Me acordé del lazo místico y me agarré a él con fuerza. ¿Cómo sino amar sin poseer, sin adueñarnos de lo tangible y lo palpable? Esa es la razón y el secreto por el cual la incapacidad de abrazar todas las luminarias nos hace humanos. Esa es la razón y el secreto por lo cual también somos divinos, como la estrella y la luciérnaga, como el bosque y el agua.

(Foto: Personas meditando ayer en el café Ruiz de Madrid)

Somos piezas invisibles de un Gran Universo


Bestias del sur salvaje

Ayer hice dos viajes maravillosos en una pequeña y doble maratón de cine. El primer viaje fue por la historia y la política gracias a la magistral película “Lincoln”, de Steven Spielberg. Fui a verla con J. y su hijo menor y los tres disfrutamos de ese trozo de la historia tan increíble y a veces tan olvidado. La Decimotercera Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos, que correspondía a la abolición de la esclavitud, centraba la esencia de la película junto con su mayor protagonista, el presidente Lincoln. Todo esto, aunque parezca increíble, ocurría hace dos días, en un frío invierno de 1865. Los claros mensajes de libertad y unión de los pueblos y las razas estaba en la película. Lincoln, en su famoso Discurso de Gettysburg, asentaba las bases de los principios de igualdad y libertad.

El segundo viaje lo hice para ver la película “Bestias del Sur Salvaje”, la mágica e increíble (para mí) ópera prima de Benh Zeitlin. Éramos siete personas en el cine y más de la mitad se marcharon, quedando una pareja de adolescentes y yo. No sé si marcharon porque la película era excesivamente profunda o porque encerraba un mensaje insoportable de pobreza y desolación. Para mí era más bien un mensaje de liberación, de fortaleza y profundidad ante los retos de la vida.

Lo cierto es que cuando llegué a casa, y ante la reflexión de la misma, arranqué a llorar desconsoladamente, rompiendo con ello los diques del llanto y provocando la inevitable inundación de un zulito que por unos momentos se había convertido en La Bañera de la película.  Gracias al lagrimeo casi debo salir a remo de la plaza conquistada.

Había frases de la película que me impactaron. Una de ellas fue cuando Hushpuppy, la joven protagonista -una maravillosa y espectacular Quvenzhané Wallis de apenas seis años cuando se rodó la película-, guerrera y valiente exclama: “una persona valiente nunca abandona su casa”. A partir de ahí, la película te adentra en un conocimiento oculto, de naturaleza mágica donde los vínculos entre todos los seres pueden verse en los constantes latidos del corazón. Por eso, para la niña, todo el Universo depende de que todo encaje correctamente. Si una pieza se rompe, por muy pequeña que sea, el universo al completo se romperá. Sin duda somos piezas invisibles de un Gran Universo, y cuando todo está en calma detrás de nuestros ojos, vemos lo que nos hace ser.

 

 

Mujer guerrera


mujer guerrera

«El sueño es la pequeña puerta escondida en el más profundo y más íntimo santuario del alma«. Carl Jung

Amo a las mujeres, santuarios de toda vida y virtud, de destreza y belleza solo comparable a la caléndula africana o al lirio en primavera. Amazonas en selvas y pantanos, guerreras de pulso firme. Y hojas de espino blanco, de poder ilimitado, o lirios del valle llenas de insospechada grandeza. Ver perpetuum, que diría Virgilio, sostenedoras de nuestra raza humana desde el origen de los tiempos. Dadoras de luz, ternura y ejemplo, de abnegada lucha y supervivencia por sostener todo lo creado.

Amigas siempre, en lo bueno y en lo malo, entre riquezas y pobrezas, están ahí, meciendo nuestras cunas, dándonos de su leche pura y llevándonos a volar en todas las noches de nuestra vida.

Musas de navegantes y aventureros, de poetas y místicos, guías de guerreros y señoras de todos los imperios. Reinas de todos los templos y madres de todos los dioses, siendo ellas el principio de toda vida y espíritu. No merecemos tu mirada, pero una palabra tuya nos salva y eleva. Tal es tu poder.

Nos salvan de nuestra ceguera y alivian nuestras dudas. Y se rebelan, y se levantan. Ni mil ejércitos tumbarían su rebeldía. Baste una mirada suya para transformar la historia o para transformar la visión de un cosmos. Baste un guiño para que mil hombres pierdan la razón y la vida, arrastrándolos a la inmanente locura. O baste su reguero, su susurro para restaurar la promesa del nuevo mundo.

Incluso en sus errores son admiradas y en sus fracasos endiosadas. ¿No fue Dafne, ninfa de los árboles, la que rechazó la aventura? ¿No fue Ariadna, la más pura, la que nos guió al centro de nuestros laberintos? ¿Y acaso no amamos a una y a otra por igual?

Sueño contigo mujer guerrera. Sueño como hay que soñarte. Con amor y desesperación, con la esperanza de que algún día me caces y sea festín de tu refugio. Lanza tu flecha y atraviésame. Seré así presa de una diosa, y discípulo de sus noches. Te sueño en mi santuario mientras espero.

No somos puros, pero no importa


casa

«No pongas muros, ni vallas, ni fosos a tu corazón. Es como está más seguro«. Bergamín.

No debemos agobiarnos por alcanzar nirvanas. No debemos apresurarnos por incidir en la luz. Ni siquiera saturarnos de técnicas, de propósitos, de búsquedas o permutas que nos harán más livianos. La oscuridad y la imperfección también pueden ser una llama. La dejadez, la pereza, la inexactitud, el llanto o la tristeza también pueden ser una esperanza.

Lo más importante es aquello que nos identifica con lo que realmente somos, no con lo que nos exigen o lo que nos conmueve o lo que nos gustaría ser. Somos, simplemente somos. Con nuestros días claros y nuestros días vagos, con nuestras horas muertas y nuestros cuerpos raros. Somos aunque la mirada decaiga, aunque no tengamos hoy fuerzas para continuar o dar ánimos. Somos incluso cuando dormimos o nos enfadamos.

Nuestra divinidad no nace de nuestra perfección, sino de la lucha constante por ser nosotros mismos. De no sentirnos adulados por la recompensa ni satisfechos con lo conseguido. De decaer y peregrinar perdidos, o equivocarnos y algún día pedir perdón.

No somos luces perpetuas porque a veces hace viento o llueve y debemos refugiarnos tras el velo, o debajo de una mesa apolillada. Tintinea en nuestro interior la luz, pero no siempre es faro. Y a veces es muy justa, pero no importa, porque es nuestra luz y no la de otros.

Y no queramos por tanto ser puros y perfectos. Eso es tarea de ángeles y dioses. Seamos humildes, amemos lo que somos, lo bueno, lo malo, lo mediocre, lo insensato, nuestra ignorancia o ceguera, nuestra vanidad y narcisismos, nuestras angustias y asperezas, nuestra cobardía y palidez.

Hay barro tras la lluvia, y no por eso dejaremos de salir al bosque y a los campos. No por eso dejaremos de labrar la tierra y de amarnos. Habrá días que el barro nos engullirá, que tendremos miedo, que sentiremos la asfixia de los acontecimientos. Pero no por eso dejaremos de ser.

¿Qué más da si hoy no tenemos ganas de agradar al mundo o si el mundo no nos agrada? Nos vamos a un bosque solitarios, paseamos por sus veredas tranquilos, sosegados. Dejamos migas de pan por si algún pájaro desea acompañarnos, pero sin la intención de seguirlas en el retorno. Porque no hay retorno en la pérdida. Aquellos días de plenitud, de ardor, de sentido amor no volverán. Se perdieron. Pero no importa, ahí están los pájaros, comiendo sus migajas. Y el bosque.

No permitas que salte sola


salto

No permitas que salte sola. Atrapa su mano y si decide saltar, salta con ella. Y a medio vuelo, si no salieran las alas y la travesía no fuera plácida, suelta el parapente o el graznido, cualquier cosa con tal de remontar hacia las esferas.

Pero no permitas que ni ella ni nadie atraviese sola los abismos, ni los desiertos, ni la oscuridad de los bosques. Vigila que su camino sea dulce y aparta las piedras que no merezca. Las otras déjalas para que vea la importancia de estar atentos y despiertos, de no vacilar en el paladar, en el sonido, en el paso.

Y cuando esté cansada dale sombra, y cuando tenga sed susúrrale la grieta más cercana, pues allí yacen las fuentes y los ríos. Y si tiene hambre no permitas que sufra innecesariamente. En los bosques hay fruta suficiente y en los desiertos estarás tú para cargar sus flores y víveres.

Y habrá momentos que se mirará al espejo y solo verá agua y nacerá ese nefasto sentido de la impotencia. ¿Dónde estarás entonces? ¿Podrás avivar su fuego y traspasar las barreras del tiempo para estar a su lado? ¿Podrás tejer más allá de la trama oceánica los lazos sintientes? ¿Podrás estar allí, aunque sea sólo como la mota de un respiro o el salivar de una memoria?

No permitas que sufra. Sé ola en su orilla meciendo su arena. Sé viento en su copa y raíz en su tierra. Sé sombra al mediodía y poderosa luz en las tinieblas. Sé su guía cuando el sol lumínico termine su día y busca en los placeres nocturnos su manta y aposento. Sé fuerte, poderoso, para poder levantarla cuando caiga y poder atenderla en las tempestades.

Feliz o triste, no dejes que la imposibilidad os separe. Porque la fuerza de lo posible nace de los corazones que son escuchados y seguidos, aunque eso cueste la misma vida. ¿Acaso no es el corazón el señor de nuestro destino? ¿Por qué entonces ese miedo a seguirlo? ¿Por qué entonces ese temor para saltar a sus adentros? No permitas que salte sola…

Se despidieron y en el adiós ya estaba la bienvenida


beso

«¿De qué sirve este enredoso aire, si no puedo respirar? Si no luchas por nada… ¿De qué sirve soñar?¿Para qué quiero un mundo carente de fantasía?¿De qué sirve la vida, si vives para servir? Prefiero estar consciente aún cuando duela. Prefiero que la muerte me sorprenda de pie, construyendo un mundo nuevo que quizás nunca vea. Me iré feliz sabiendo que mis sueños nunca abandoné.»  Mikhail Bakunin

¿Qué surge cuando el fuego roza el agua? ¿Qué danza maravillosa hace que la luz transforme en viento aquello que fue ola? ¿Qué magia arrastra hacia la transformación lo inamovible? Y todo mecido como esa danza imposible, como esa llama brillante convertida en estrella y átomo. Me susurraste el don de aprender, de seguirte hasta lo volatil, hacia lo invisible, hacia el aire y el desierto. Encantados por el sol, poseídos por  su tierra, extasiados en esta infinita danza que juntos padecemos. Gracias por llevarme tan lejos como fue posible, a ese «circulonosepasa» inalcanzable hasta ahora.

Salgamos ahí fuera y contemos estas maravillas. El sonido del éxtasis, la plegaria del susurro, la fortaleza de la danza invisible, lo sublime del abrazo inmortal. Salgamos a compartir esas cosas que vimos, aquellas estrellas que rozamos y la belleza innata de lo ausente. Ese momento en el que fuimos agua y fuego, aire y tierra, éter condensado en los diez mil mundos. ¿Qué nos queda cuando hemos alcanzando toda gloria? ¿Qué podemos hacer mientras vivimos ahora en nuestra fantasía soñada? ¿Hay algo más poderoso que aquello que es capaz de transformar? ¿Aquello que nos hace más humanos y verdaderos? ¿Qué llama es esa que nos ilumina en la noche oscura y qué mano es esa que nos guía hacia la protección del bosque? ¿Qué llanto poderoso nos avisa y qué grito nos soporta? ¿Qué esperanza nos eleva y qué susurro nos abalanza hacia lo incognoscible? ¿Qué nos queda ahora sino compartir lo ganado sembrando futuro?

Se cerró la puerta, y ahora, centrado en la oscuridad, diviso mil ventanas. Y miro sereno pero asustado y me interrogo. ¿Qué siente un gusano que teje y penetra en su capullo? ¿Oscuridad, soledad, miedo, confusión, aspereza? ¿Y no es eso necesario para la mutación? ¿No son esas las armas de la transformación final? ¿Qué milagro es ese que nos arrastra y nos empuja a la oscuridad para luego transformarla en vuelo? ¿Qué fuerza es esa que nos llama desesperada?

Una roca no tiene miedo porque no se mueve, no se transforma. Solo aquello que muta, aquello que transforma nos da miedo. Y siempre podemos elegir entre ser una piedra, inmutable, muerta, o estar vivos y enfrentarnos al cambio, a lo nuevo. ¿Es la vida cómoda nuestro sepulcro? ¿Es lo conveniente nuestra tumba?

Fluyamos sin miedo hacia lo que la vida nos proponga. Sólo el río que fluye puede perderse en la inmensidad del océano. Solo el que es capaz de perderlo todo por seguir su curso podrá alcanzar la inmensidad. Hagámoslo y salgamos ahí fuera a contarlo todo.

Pd.- «Se despidieron y en el adiós ya estaba la bienvenida» Mario Benedetti

‎»Y aquellos que fueron vistos bailando fueron considerados locos por los que no podían oír la música»

Friedrich Nietzsche

De Aire a Aire: poema de los átomos


«Poema de los átomos» Rumi

Oh día, despierta!
Los átomos bailan.
Todo el universo baila gracias a ellos.
Las almas bailan poseídas por el éxtasis.
Te susurraré al oído
adonde les arrastra esta danza.
Todos los átomos en el aire y en el desierto,
parecen poseídos.
Cada átomo, feliz o triste
está encantado por el sol.
No hay nada más que decir.
Nada más.

“Mujeres que corren con lobos”


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Hay hombres hermosos, delicados, complacientes, sinceros. Hombres buenos y honestos, fuertes y amables, preñados de entusiasmo y alegría. Y también hay mujeres cariñosas, increíbles, dadas a hacer de la magia un lugar cargado de vida. Esta semana me he rodeado de ellas y ha sido increíblemente bello.

Ayer, por ejemplo, pude pasar una divertidísima tarde con una gran mujer de tan solo once añitos. Su madre, una mujer igual de increíble, me pidió que cuidara esa tarde de ella y pasamos cuatro horas irrepetibles, cargadas de locura y emoción. Ella me enseñó a patinar con uno de esos locos monopatines de dos ruedas y lo pasé en grande. Para compensar, yo le enseñé a conducir el coche híbrido, y me dio un paseo por la urbanización de lo más emocionante. Luego fuimos a dar un paseo y compramos barro y pasamos media tarde con las manos enfangadas realizando lúcidas figuras. Dice la madre que “tío Xavi” desmadró un poco a la criatura. Pero mereció un poco la pena. Así que gracias a las dos por esa hermosa oportunidad.

A su vez, estos días estoy conociendo la magia de lo real que es irreal y también viceversa. Hasta el punto de que cada palabra es capaz de convertirse en verso o mutarse hasta llegar a ser un beso brancusiano, como el que aparece en la figura. En nuestras charlas apasionadas, me hablaba hoy de este libro (“Mujeres que corren con lobos”), de lo bien que explica la importancia de comprender y gestionar los ciclos de las personas y de las parejas y del mundo en general. Existen los ciclos de él, el de ella y un tercero, el mutuo, me decía. ¿Cómo conocerlos y comprenderlos? ¿Cómo respetarlos y abrazarlos sin dolor, sin sufrimiento, sin amargura? ¿Qué parejas son esas que resisten esos ciclos o que desean resistirlos? En un mundo de usar y tirar, no existe el verdadero compromiso, no existe la necesaria responsabilidad para acercarnos al otro con el debido respeto, conocerlo con toda la calma del mundo y ver si, siendo ideal para nosotros, seremos capaces de ese “sí quiero” de compromiso y apoyo mutuo, de amor incondicional y compartir. Es por ello que las actuales parejas no son capaces de resistir ni el primero, ni el segundo, ni el tercero de los ciclos mencionados, me decía. Ciclos necesarios, de altos vuelos y bajos planeos, de subidas y de bajadas, de aceptación de la imperfección que corresponde a nosotros mismos, pero también al otro. ¿Cómo amar al ser imperfecto que somos? ¿Y como amar al ser imperfecto que tenemos en frente nuestra?

Resulta difícil poder expresarlo de otra manera. Poder abrazar de otra manera estas palabras que resuenan a veces desde la desesperación de no poder comprender porqué nos da tanto miedo amar. Quizás porque amar necesita irremediablemente vaciarnos de ego. ¿Cómo sino el amor nos puede preñar? ¿Y quién está dispuesto hoy día a vaciarse de sí mismo? ¿Cómo ser felices, en definitiva? Como dice Joseph Campbell, abriéndonos al designio del Universo que se expresa a través de nuestro destino. Esta frase la compartía hoy mismo otra hermosa mujer. Lo expresaba de forma tan hermosa que no puedo más que caer en la tentación de compartir sus palabras:

Querido Javier:
Muchísimas gracias por llegar tarde. Pocas cosas son tan peligrosas en este mundo como las «personas perfectas». En nombre de la perfección, la intolerancia, el juicio, el rechazo. En nombre de la pureza, la degradación de la materia que también somos, el perdernos contemplar la maravilla de lo que está siendo delante de mí, detrás de mí, a mi lado, en mi interior, en aras a una ilusión óptica infantiloide y huidiza. La imperfección es nuestra gran aliada, nos permite reconocernos, hermanarnos en lo chico, en lo frágil, en lo débil, la imperfección nos humaniza, nos ablanda, nos acerca, nos permite mirarnos a los ojos. Lo contrario inflama nuestro ego, perdemos nuestro norte, dejamos de mirarnos a los ojos para mirar por encima del hombro, nos aísla en supuestas alturas, nos pierde. Amo lo imperfecto porque quiero creer que soy espíritu, psique, alma, y también materia, cuerpo, límites, consistencias e inconsistencias. Si el gran Hacedor lo hubiera querido de otro modo, de otro modo habría sido. Mi vida no la entrego, no la dedico a perseguir un Amor que en realidad no ama, que sólo exige, que pide que sea otra que no soy. Y además, así puedo yo llegar tarde a nuestro próximo te de canela que espero sea pronto, porque te aviso, ni yo ni mi vida somos relojes suizos, por fortuna, y la marea no llega siempre en el mismo minuto ni hasta la misma roca de la playa que la espera. Si no lo hace la marea que es sabia ¿por qué habría de hacerlo yo? Nos pasan tantas cosas en la vida (si decidimos vivir), que es tan poco lo que podemos controlar, si todavía soñamos que controlamos algo…

Así que sirva de homenaje estas letras a esas mujeres que corren con lobos, mujeres grandes, verdaderas, necesarias, increíbles, heroicas, capaces de transformarnos y contagiarnos de su magia. Y también a los hombres que las aprecian y las conquistan y las conservan. Aquellos mansos lobos capaces de correr a su lado, libres y poderosos, cargados de vida y universos.

(Imagen de Brancusi, regalo que hoy he recibido de la hermosa M.)

Neofeudalismo, a propósito de Cataluña


neofeudalismo

Dice la historia que los romanos tuvieron a los plebeyos, la Edad Media a los pequeños comerciantes y el mundo moderno al proletariado para cambiar sus respectivos mundos y sus anquilosadas estructuras. En estos tiempos que corren de derrumbamiento o transformación de un viejo y anacrónico sistema, los intelectuales, escondidos o manipulados, siguen sin acertar sobre qué fuerzas serán las que cimienten el rumbo de esta nueva era social. ¿Serán los indignados, los sin papeles, los anonymus de turno, los quinceme o los deshauciados? Si tuviera que apostar, como en épocas pasadas, apostaría por estos. ¿Qué confianza o credibilidad tendrían si los que quieren cambiar el sistema son los que viven de sus privilegios? No fueron los patricios, ni la nobleza ni la burguesía los que cambiaron sus privilegios.

Por ello todo lo que está ocurriendo en Cataluña me crea sospecha. No puedo estar en contra del fondo, pero sí de las formas. Independencia, soberanía, democracia, son palabras que empiezan a mostrar un ápice más de la decadencia de nuestra sociedad. Por eso digo que no estoy en contra del fondo. Cuando una sociedad –o cualquier cosa- está podrida, lo mejor es que sigamos picando en sus cimientos para derrumbarla. Y que esto no suene como algo catastrofista. Derrumbar un edificio antiguo de forma controlada para que no perjudique aún más al resto es algo positivo. Lo derrumbamos, quitamos los escombros y construimos algo nuevo tras limpiar el solar. Pero no es precisamente lo que pretenden en Cataluña. Los políticos oportunistas y manipuladores de emociones aprovechan el momento para separar su edificio del resto y apuntalar, como sea, la posibilidad de mayores beneficios para ellos y los suyos. De ahí mi desconfianza. No es un proyecto de unidad para el bien común, es una manipulación emocional y política con oscuros propósitos.

El problema surge cuando queremos construir algo nuevo reutilizando la podredumbre, el fango sobrante, las paredes carcomidas y las estructuras roídas del viejo edificio. Eso es lo que pretenden en Cataluña. Construir un estado nuevo con las bases de un estado viejo. Y dicho así, todo suena a neofeudalismo, a una democracia ornamental donde lo importante es que la nueva casta de poderosos protejan lo que por “conquista” han conseguido. Los nuevos patricios, los nuevos señores feudales, la nueva aristocracia parlamentaria y “democrática” no pueden hacer otra cosa que la de proteger sus privilegios. Siempre lo han hecho, y es comprensible. La mayoría, una vez descontados místicos y ascetas, pagaríamos por estar ahí, en el privilegio.

La historia de nuestras sociedades y nuestras culturas es bien compleja. Demuestran que en muchos aspectos no hemos avanzado nada como humanidad. Tenemos grandes valores y exquisitos pensamientos ilustres desde la más remota edad antigua, pero ninguno de ellos ha podido añadir ni un ápice de cordura en la conducta humana. Es cierto que en algunos países y en algunas partes del mundo las cosas han cambiado algo. La educación, la sanidad, la tecnología, las formas de organizar nuestros cometidos vitales. Es cierto que tenemos motivos para estar felices y contentos, pero si nos fijamos atentamente en la historia humana, vemos como volvemos una y otra vez en ese desesperante círculo del eterno retorno.

El sistema feudal se basaba en la debilidad de un poder central que pudiera poner orden entre las ansias de poder de unos y otros. La pirámide feudal favorecía las ambiciones de los pequeños aristócratas con ansias de poder y dominio. En aquella época tenía quizás su propio sentido, ya que era la única forma de poder defenderse de unos y de otros ante la imparable invasión de pueblos contra pueblos.

La reflexión profunda viene cuando en pleno siglo XXI pretendemos formalizar un régimen feudal en un mundo tecnológicamente sin fronteras, en una dimensión socialmente libre donde la invasión y la conquista no proviene de un pueblo enemigo sino de la incapacidad de adaptación a los nuevos tiempos, o de la más supina de las ignorancias. Cualquier estadista mínimamente formado, sería capaz de ver la incongruencia entre ese movimiento neofeudal y las necesidades de la sociedad actual, una sociedad cada vez más libre y emancipada de los poderes y sus arquetípicas instituciones.

La soberanía de un pueblo o de una persona es un derecho inalienable. Por eso decía que estaba de acuerdo en el fondo de la cuestión. Pero las formas, medievales y sin mayor fundamento que la búsqueda de un enemigo inexistente –España-, carecen de credibilidad. No se puede arrastrar a un pueblo a ninguna deriva solo porque en un momento de extrema crisis –ya con seis millones de parados- surja un sentimiento de rabia y frustración hacia todo. Aprovechar esa debilidad psíquica, dirigir esa frustración y reconducirla hacia un fin político es obrar de muy mala fe. Por eso no puedo estar a favor de las formas y de ahí la reflexión. Cataluña no necesita un estado libre, necesita ciudadanos libres y emancipados de estados, territorios, banderas y privilegiados.

Vivir flotando


elefante

Ayer más de mil kilómetros de viaje submarino. Ida y vuelta desde las entrañas del Centro a las profundidades del Mediodía, desde el Sistema Central al Sistema Bético. Me desplacé ligero y volví ligero, cargado de paz, cargado de optimismo. Tanta era la energía que apenas dormí cinco o seis horas. A las siete estaba dando los buenos días al mundo taciturno, inclusive a ese otro mundo que discurre en la otra orilla.

Tras contestar unos precipitados mensajes, salí a la grisácea ciudad, tan cargada de frío, con sus calles rebosantes de sal por las heladas. Nada más salir estaba la secretaría de la autoescuela de la esquina intentando colocar un letrero. Le ayudé y le sonreí agradecido por la oportunidad de poder ayudarla. Fue un buen empezar.

Me dejé llevar por la Gran Vía que algún día algún sabio gobernante hará peatonal dejando el imperio del coche soterrado en las profundidades y resaltando así el sublime paseo por su ancha avenida tan cargada de mito y guardianes. Llegué hasta el ayuntamiento para hacer unas gestiones y de allí al final de la calle Mayor, disfrutando de esa otra Madrid alejada de los ruidos y el deambular.

Sin saber porqué, flotaba a dos palmos del suelo mientras de nuevo me dirigía desde la calle Mayor hasta la calle Alcalá. Allí me crucé con Lucía Etxebarria y haciéndome el loco la molesté preguntándole por donde quedaba la Plaza del Sol. Se la veía aún dormida pero me contestó con amabilidad, extrañada por no haberle preguntado la que supongo frase lapidaria: “¿tú no eres Lucia?”. No quise molestarla con esa torpeza y la dejé marchar en su anonimato invisible agradeciéndole su explicación.

Por la tarde había quedado a las cinco en el café Ruiz, en Malasaña, con una persona que había leído mi libro sobre las comunidades utópicas y quería comentarlo. Llegué, creo que por primera vez en mi vida, veinte minutos tarde a la cita. Lo hice volando, pero taciturno. De seguir así, pensaba, alguien me tendrá que amarrar al suelo. El encuentro fue radiante y hermoso. Da gusto conocer a gente bonita, a gente que derrama luz allá donde va, personas especiales y encantadoras a las que da gusto conocer y poder compartir un trozo de vida, aunque sea un trueque mínimo. Me sentí agradecido. Al menos ese librito había servido para crear sinergias y encuentros con seres finos y luminosos. No podía verlo de otra forma. No puedo ver más que la belleza en el otro, la pureza, el resplandor de sus vidas y la grandeza de su existencia. Y ella, pionera en muchas cosas, merecía ser abrazada desde el más absoluto agradecimiento.

Al salir del café, tras el té de canela y la paz de sentirme liviano, seguí caminando como lo hacía María Luisa en el poema de Oliverio Girondo: «¡María Luisa era una verdadera pluma! Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus quehaceres… ¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores!”

Sí volaba, y volando le escribía a una vieja amiga: “no te juzgues por tus fallos… abrázalos con el mismo amor que haces con tus éxitos… al fin y al cabo, de eso nos componemos, de luz y oscuridad… Pero más allá de eso estamos nosotros brillando en nuestra quietud y nuestro propósito interior… Cuando buscamos esa llama, esa luz… perdemos por el camino muchas, muchas, muchas cosas… pero ganamos una cosa irrenunciable, nos ganamos a nosotros mismos, nuestra libertad y nuestra vida… Eso no tiene precio… Todos tenemos días malos, meses malos, años peores… No importa, lo importante es nuestra actitud ante esos retos… y la transformación inevitable ante los mismos”…

Así pasé el día, volando, como si la ingravidez me llevara de un lado a otro y el mundo se hubiera vuelto un trozo de mantequilla por el que flotaba y resbalaba sin caerme, como me ocurrió en la calle Alcalá y en la calle Mayor, que por dos veces, a pesar de la sal, creí caer al suelo, pero una mano invisible me elevó aún dos palmos más lejos. Y la culpa de todo un susurro, o quizás la invisible presencia del halo mágico. Ya nada importa, más que vivir flotando.