He salido un rato al jardín para despejar la vista de la pantalla del ordenador. He regado los romeros y el orégano silvestre y ahora hay un olor increíble por todas partes. Me he sentado fuera para escuchar los pajaritos y contemplar un poco los árboles y las lagartijas. También he sembrado cuatro patatas en la tierra, a ver si sale alguna cosecha.
Me escribía esta mañana mi directora de tesis asombrada por no saber de donde sacaba el tiempo para escribir libros, llevar una empresa y soportar los entresijos de una tesis doctoral. El misterio no es más que no saliendo de casa prácticamente, trabajar doce horas en la empresa, dormir poco, comer menos y robarle tiempo al ocio. Creo no ser una persona hiperactiva, de esas nerviosas que no son capaces de estar parados un rato. Hay tiempos en los que soy capaz de no hacer nada si el momento lo requiere. Capaz de ir al cine, dar un paseo o perderme en la ensoñación de la vida buena.
El otro día en Madrid fui con Ella a ver por segunda vez la película de “El árbol de la Vida”. En esos escenarios los tiempos se eternizan y te das cuenta de que el milagro de toda existencia está en apreciar las cosas sencillas de la vida. El abrazo a tu familia, las risas, el correr por los campos, el juego, la complicidad de una mirada. Todo lo demás, como decía el Tao, no son más que distracciones que nos alejan de lo esencial. Esas diez mil cosas superficiales que nos confunden y destrozan abrazos, juegos, risas, familias…
Por eso a veces, en esta soledad añadida, me gusta destripar una magdalena para compartirla con los pajaritos, o regar el romero y disfrutar del olor intenso del orégano. Cazar alguna lagartija y seguirla después por todo el jardín o salvar a los caracolillos de las paredes blancas. Soñar, soñar con esos momentos únicos mientras jugábamos al ajedrez a tres bandas o reíamos ante las torturas chinas que usábamos como juego cómplice. Me gusta completar la vida con las cosas reales, pero también con las imaginarias, con esas que aún no han ocurrido y que pueden llegar a existir, quién sabe si en un futuro o simplemente en lo más profundo de nuestros sueños… Imaginar mundos también es una sana manera de visualizar el camino… El camino sencillo, el camino de las pequeñas cosas…
(Foto: Hoy hace uno de esos días grises en las que las nubes tapan todo el cielo y parece como si la niebla fuera a caer de un momento a otro sobre el bosque. Los árboles y plantas de mi jardín son silvestres, resquicios de lo que antes fue un bosque completo… )




























