Reconciliación interior


Cada vez más personas están más cerca de reconciliar lo externo con lo interno. Dicho de otra manera, es como si comprendieran que lo interno y lo externo van cogidos de la mano, o forman parte de una misma realidad, o fuera, realmente, una realidad única. La diferencia entre lo que vivían anteriormente a esta realidad, era diferenciar lo que es real de lo que es puramente una necesidad del pequeño ego. Ahora todo lo ven desde otra perspectiva. Como si el pequeño ego fuera un niño al que atender, útil en la realidad en la que vivimos y tenemos nuestro ser, y como si ese verdadero ser fuera un padre que acompaña a su hijo en el desarrollo del mismo. Pero en el fondo, padre e hijo, viven siendo uno.

En ese sentido, siento como si las palabras de DK tuvieran sentido: “El conocimiento interior no está destinado a impulsar la vida espiritual hacia una mayor y creciente subjetividad; la meta no es llevar una vida más interna y recibir un entrenamiento que lo convertirá en un ser verdaderamente introspectivo y, en consecuencia, en un místico puro. Es exactamente a la inversa; todo lo que el discípulo es esencialmente en los planos internos deberá convertirse en objetivo, así su vivencia espiritual se convertirá en asunto cotidiano”.

El descubrimiento o el análisis de esta verdad interior, refleja al mismo tiempo otra variante en la reflexión: todo lo que hay dentro se manifiesta fuera, y también viceversa. Por eso, nuestro compromiso grupal se traduce según nuestra manifestación interior. Todo lo que está dentro se plasma de forma magnética hacia fuera, creando con ello un eslabón imprescindible en la cadena del compromiso con la vida.

El servicio que cada uno puede aportar al mundo es significativamente importante, ya que, por muy poco que se tenga conciencia de esa actividad grupal, ya se está aportando algo. En ese sentido, la aportación intenta ser lo más consciente posible, dentro de la actividad grupal en la que nos desarrollamos. Identificar nuestra área de servicio es un hito importante en nuestras vidas.

¿Dónde puedo ser útil para mí mismo y para los demás?  Intentar apoyar y ayudar en todo lo que podamos fortifica en nosotros una madurez interior que antes no poseíamos. No podemos concebir la vida personal sin que estemos totalmente involucrados en esa necesidad interior de estar alineados con el servicio grupal. Lo importante de esto es que cada cual aporta todo ese miligramo de energía y fuerza magnetizante para que el mundo sea cada vez mejor, cada vez más humano y entregado hacia el bien común. Eso requiere entrenamiento y disciplina, y también esfuerzo añadido.

Es por eso que la nueva mística, la nueva espiritualidad, el nuevo mundo interior, no está enfadado con el mundo exterior. Simplemente se alinea al mismo para intentar mejorarlo, para provocar que esa realidad sea cada vez más cómoda y sencilla para todos. El sufrimiento del mundo se ve como una anomalía innecesaria, y profundizar en la necesidad de buscar soluciones al mismo en todos los ámbitos de la vida cotidiana es la misión de esa madurez interior.

Ser útiles, ser amables, ser conscientes, ser honestos, ser amorosos, ser seres presentes y necesarios en los momentos más difíciles denota un compromiso real con la vida y la existencia. Vivir en la queja, el engaño o la crítica constante nos aleja de ese compromiso. Las señales son inequívocas. Cuando somos amables con los otros, incluso con nuestros peores enemigos, estamos en el buen camino. Mientras guardemos rencor y odio, nos alejamos irremediablemente de esa fusión interior, de ese reconocimiento del ser consciente que somos, y por lo tanto, nos alejamos del mundo y de la vida.

Yoga, meditación y el arte sublime del servicio


Especialmente en Occidente, y de forma gradual pero constante, hemos pasado del oremos al meditemos. Este desplazamiento puede leerse como un signo de maduración interior: un paso sereno del pedir al disponernos a ofrecer. Como humanidad, comenzamos a descubrir que el silencio, la atención y la presencia no son solo refugios íntimos, sino también fuentes desde las que puede brotar una relación más consciente con la vida. La práctica meditativa nos invita a habitar el cuerpo con cuidado y respeto, a respirar con escucha y a cultivar una interioridad más amplia. Poco a poco, se va haciendo evidente que este camino encuentra su sentido más profundo cuando se acompaña de comprensión y de una actitud de servicio. Un servicio entendido no como obligación, sino como expresión natural de una consciencia que se sabe vinculada consigo misma, con los demás y con el mundo en su conjunto.

La meditación, por tanto, no puede ser una práctica aislada ni un fin en sí misma. Debe integrarse dentro de un conjunto más amplio de disciplinas que conforman el llamado camino del yoga. En la tradición oriental, la meditación es conocida como raja yoga, uno de los grandes yogas, al que se llega después de haber comprendido y recorrido otros caminos igualmente necesarios para el desarrollo completo del ser humano. Podemos enumerarlos de forma sintética para entender más ampliamente estas diferentes vías.

El Hatha yoga fue creado hace miles de años para adquirir dominio sobre el cuerpo físico y potenciar sus cualidades. Aunque hoy es el yoga más difundido en Occidente, en realidad responde a una necesidad evolutiva ya superada en gran medida: es un yoga del pasado, imprescindible en su momento, pero insuficiente por sí solo. El Laya yoga, orientado al dominio de los estados de ánimo y del cuerpo etérico o anímico, así como al trabajo con los centros energéticos y la práctica del pranayama. El Bhakti yoga, destinado al desarrollo, purificación y orientación consciente del cuerpo emocional, a través de la devoción, el amor y la entrega. El Raja yoga, el yoga de la mente, conocido comúnmente como meditación, que busca el desarrollo y el control del plano mental en sus dos grandes vías, tal como las simboliza la Y pitagórica. Y el Agni yoga, el yoga de la ética viviente, llamado a desarrollarse plenamente en el futuro, cuando aquello que denominamos alma, yo superior o consciencia comience a manifestarse de forma estable en el ser humano. Con él se completa el ciclo de la Unión, el sentido profundo del yoga.

Sin embargo, hay un yoga que atraviesa y corona a todos ellos, y que a menudo queda relegado a un segundo plano: el karma yoga, el yoga de la acción consciente. No como una práctica menor, sino como la expresión natural y concreta de todos los demás yogas integrados. Porque, en realidad, todos los yogas terminan en el arte sublime del servicio. El karma yoga no es solo hacer cosas. Es actuar sin apropiación, sin expectativa de recompensa, sin identificación con los frutos de la acción. Es permitir que aquello que hemos cultivado en el cuerpo, en la emoción, en la mente y en la consciencia se derrame de manera natural en el mundo. Si el agni yoga representa la culminación interior, la encarnación de la ética viva, el karma yoga es su práctica cotidiana, su manifestación visible en la vida diaria.

Desde esta perspectiva, la meditación deja de ser un refugio íntimo o una técnica de bienestar para convertirse en una preparación. Preparamos la mente para servir con claridad, el corazón para servir sin apego y la voluntad para servir sin desgaste. El silencio interior no es el final del camino, sino el umbral desde el cual la acción se vuelve justa, oportuna y compasiva.

Si ponemos ahora la atención en el raja yoga, veremos que es el yoga propio de la humanidad actual, una humanidad que comienza a esforzarse conscientemente por desarrollar el plano mental, esa Mente de la que nos habla el Kybalion. ¿Cómo se recorre este camino? ¿De qué manera se practica sin caer en la aridez técnica o en el narcisismo espiritual?

Los Aforismos del Yoga de Patanjali siguen siendo la base imprescindible para comprender el yoga en su conjunto. Alice Bailey hizo un trabajo intenso para desvelarlos en su libro “La luz del Alma”. En ellos se describe un proceso gradual que comienza con Yama (la actitud ética) y Niyama (la cualidad interior), que sostienen la práctica de Asana (postura) y Pranayama (respiración). Estas prácticas conducen al Pratyahara (introspección), y de ahí a Dharana (concentración), Dhyana (contemplación) y finalmente Samadhi (absorción). Los cinco primeros estadios —yama, niyama, asana, pranayama y pratyahara— constituyen las prácticas externas. Los tres últimos —dharana, dhyana y samadhi— se realizan en el interior. Como humanidad, estamos apenas comenzando a penetrar de forma consciente en este camino interno.

Pero conviene decirlo con claridad: la concentración, la contemplación y el samadhi no son el destino final. Son un preámbulo. De poco sirven estas realizaciones si no encuentran una razón de ser, si la luz interior que despiertan no se pone al servicio de una causa mayor. La consciencia que no sirve termina replegándose sobre sí misma. Por eso, el karma yoga aparece aquí no como un añadido, sino como la prueba de autenticidad de toda práctica interior. El servicio desinteresado es el terreno donde se verifica si la meditación ha sido real o solo una experiencia privada. Servir es el acto mediante el cual el yoga deja de ser un camino individual y se convierte en una fuerza transformadora para la humanidad.

Con este espíritu, la práctica consciente de todos los yogas y la meditación creativa aparecen como unas prácticas sencillas, de no más de veinte minutos de duración, pensadas para integrar el trabajo meditativo con la intención consciente de intensificar nuestras vidas hacia el servicio. No busca experiencias extraordinarias, sino orientar la mente y el corazón hacia el bien común, convirtiendo la práctica del yoga íntegro y la meditación en un acto silencioso de ofrecimiento, de plenitud y mejora para nuestro mundo. Quizá ahí se encuentre el verdadero sentido del yoga en nuestro tiempo: no tanto en perfeccionar técnicas, sino en aprender a vivir de tal manera que cada pensamiento, cada emoción y cada acción se conviertan, de forma natural, en el arte sublime del servicio.

(Artículo publicado en https://www.construirunmundomejor.org/yoga-meditacion-y-el-arte-sublime-del-servicio/)

Siempre hay algo que brilla en nosotros


Desde cualquier sombra, nos deleitamos con el conocimiento, el saber, con la luz que aporta esa parte frágil llamada intelecto, que suma haberes para que el alma se exprese y, de alguna manera, pueda expandir su propia consciencia y saber. A veces, en sueños, aparece esa división entre lo profundo-sagrado y lo profano, algo así como ese hermoso picacho del Almanzor, en Gredos, esa vértebra cervical del espinazo —rosario, dice el pueblo— de las dos Castillas, la leonesa y la manchega, la del Cid y la de Don Quijote, que tan bien describió alguna vez Unamuno. Me tranquiliza saber que, en una de sus dos vertientes, a la sombra del picacho, renace un nuevo laurel deseoso de engendrar luz y amor a raudales.

Como estamos a final de año, toca mirarnos al espejo. No para contar las canas, que haberlas haylas, sino para derrochar mirada en los acontecimientos, hacer balance y sembrar promesas de mejora para el nuevo año. La complejidad de cualquier sombra requiere luz, y ese es el significado profundo del nacimiento en la cueva, del solsticio de invierno y de todos los mitos que han intentado descubrir en la revolución de los astros explicaciones más o menos profundas. Del Belén al Calvario solo hay un paso iniciático, de consciencia, de plenitud.

En todo caso, el tiempo requiere esa mirada introspectiva y justiciera, para saber, a fin de cuentas, si hemos sido capaces de crear belleza, amor y concordia a nuestro alrededor, o nos hemos dejado llevar, a veces en exceso, por esa ira innata en nosotros. La vida tiene su propia eucología, ese estudio de la oración silenciosa y discreta en la que muchos se ven envueltos en sus horas secretas. No solo a la sombra del picacho del Almanzor, y hasta no hace mucho en las sombras de aquella pequeña ermita perdida en el septentrión. Cada ser tiene su propia oración, su propia manera de mirar a lo íntimo, a lo sagrado, a lo secreto, con tal de perfeccionar la vida en su cumbre nevada.

Pulir la piedra bruta que somos no es tarea fácil. En el fondo, no es que vivamos en la sombra, sino que nosotros mismos somos sombra, al menos esa parte que llamamos personalidad y que muchos creen como cosa única. Esa sombra muere y aún no sabemos si la luz proyectada desde lo más alto de nosotros permanece, perdura perenne, sempiterna. La liturgia de ese logos que somos es como un acto sagrado donde nos movemos, crecemos y tenemos nuestro ser. El arte sacro nos aproxima a la esperanza, al consumado esplendor que sentimos en momentos de auténtica expansión. Cuando las nieves blanquecinas asoman en las cumbres, es momento de penetrar en el misterioso bosque de nuestros recuerdos.

Hay algo dentro de nosotros que nos empuja a ser mejores. Casi no importa el éxito de nuestra empresa, siempre tan torpe y errante. Lo que verdaderamente importa es el intento. Coger el mazo jugando con su cincel, paseando sigilosamente por ese sancta sanctorum para acrecentar nuestra voluntad y discernimiento. Lo sagrado del Tabernáculo es saber dirigir nuestros pasos hacia la auténtica realización interior, esa que recogemos todas las noches en nuestro diario vespertino. No para nosotros, porque eso sería egoísta y alejado de toda santidad, sino para gozo del resto, y sobre todo, para gozo de la Vida que nos vio nacer. Por eso, desde cualquier sombra y oscuridad, siempre hay algo que brilla en nosotros. Y ese algo merece plena atención. Merece ser vivido y compartido.  Como diría aquel, la inteligencia es la capacidad de adaptarse a situaciones nuevas. Y no hay nada más nuevo y renovador que reencontrarnos con nosotros mismos a cada instante.

El pacto del arco iris: Noé, la ley noaquita y el respeto a la vida


«Todo lo que se mueve y vive, os será para mantenimiento: así como las legumbres y plantas verdes, os lo he dado todo.  Pero carne con su vida, que es su sangre, no comeréis. Porque ciertamente demandaré la sangre de vuestras vidas; de mano de todo animal la demandaré, y de mano del hombre; de mano del varón su hermano demandaré la vida del hombre». Génesis

 

A los hermanos noaquitas de la antigua y honorable fraternidad de nautas del arca real los encontré felices por el encuentro en alta mar. Allende los mares, y más allá de las tierras del septentrión, el reencuentro se hizo necesario después de navegar por la deriva tanto tiempo.

El comandante, viejo lobo de mar experto y conocido en todos los puertos, nos sentó en la triangular mesa del ágape y empezamos a charlar distendidamente sobre los diez mil asuntos profanos que siempre son noticia. El capellán, los escribas y los diáconos nos ponían al día de aquello que interesaba más allá de ultramar. Como estábamos en alta mar, el menú era a base de pescado, el cual me negué a ingerir a pesar de la insistencia de los comensales. Cuando me preguntaron el motivo por el cual no comía animales, les recordé la antigua leyenda noaquita y sus siete sagradas leyes, que fueron universales y para toda la humanidad, y las cuales inspiraban nuestros rituales y pactos secretos.

Entre los muchos relatos antiguos que intentan explicar el origen moral del mundo, pocos son tan reveladores como el del patriarca Noé. A través de él, la Biblia narra una crisis civilizatoria —el Diluvio— y un nuevo comienzo en la relación entre el ser humano, Dios y los animales. Pero bajo la superficie del mito hay algo más que una historia de supervivencia: hay un cambio de consciencia, empecé a relatar.

Cuando el relato del Diluvio se abre en el Génesis, el mundo está en ruinas morales. “Toda carne había corrompido su camino sobre la tierra.” (Génesis 6:12). El término hebreo que describe esa corrupción, ḥamas, significa violencia, crueldad, derramamiento de sangre. La humanidad, dice la tradición, se había vuelto voraz: mataba por placer, devoraba animales vivos, y la sangre —símbolo de la vida y por tanto del alma hilozoista de todas las cosas— corría sin medida. Esa degeneración no se limitaba a los seres humanos; “toda carne” implicaba también a los animales, arrastrados por el mismo torbellino de dolor. El Diluvio llega, así, no como un castigo arbitrario, sino como una purificación: la Tierra, saturada de sangre, necesita volver a ser agua, volver a su origen.

Noé aparece entonces como un punto de inflexión en la historia sagrada de la humanidad: el único justo, el hombre que escucha el murmullo de la vida y actúa en consecuencia. Construye el Arca no solo para salvar a su familia, sino para proteger a las especies, a los inocentes que el hombre había olvidado. El Arca es el primer santuario ecológico, la primera ecoaldea flotante: un refugio en el que la vida se reorganiza y en el que, por un instante, vuelve a reinar la paz entre el ser humano y el animal. Dentro de aquella nave flotante, todos los seres comen en calma, sin devorarse. Es, durante unos días, el retorno al Edén, al Olam Habá hebreo, al esperado Mundo Venidero.

Cuando las aguas retroceden y Noé pisa la tierra firme, el mundo parece limpio, pero el corazón humano sigue siendo el mismo. Dios lo sabe y le habla de nuevo, sellando un pacto que abarcará a toda la creación. “Establezco mi alianza con vosotros y con toda carne viviente que está con vosotros.” (Génesis 9:9–10). Esa expresión —toda carne— es clave: el pacto no es exclusivo del ser humano; incluye a los animales. Dios no solo salva al ser humano, sino también al resto de las criaturas, y el arco iris se convierte en el signo de ese compromiso mutuo. Cada vez que la luz cruza la lluvia, el cielo recuerda a la tierra que la vida es una sola. Todos estamos unidos por el alma de todas las cosas.

En ese contexto se pronuncian las palabras decisivas: “Pero carne con su vida, que es su sangre, no comeréis.” (Génesis 9:4). Este versículo, a menudo mal leído, no es una autorización condicionada, sino una prohibición tajante. El tono hebreo original —con la partícula aj, que introduce una oposición o corrección— expresa una advertencia: no os atreváis a comer carne que contenga la vida, porque la vida pertenece a Dios. No hay en esa frase concesión alguna, sino lamento y límite. Después del horror del Diluvio, Dios nos recuerda que la violencia no ha desaparecido, que su impulso a matar sigue acechando, y que la sangre de los seres inocentes clama desde la tierra.

Las lecturas posteriores, hechas por pueblos carnívoros y teologías justificadoras, transformaron ese aviso en un supuesto permiso: “todo lo que se mueve y vive os será para mantenimiento”. Pero ese “todo” no es una carta blanca, sino un espejo de la degradación humana. El texto muestra el contraste entre el ideal original —“He aquí que os he dado toda planta que da semilla”— y la caída posterior, donde el hombre ya no sabe vivir sin destruir. Dios no bendice ese cambio; lo constata con tristeza. El permiso aparente es el reflejo del fracaso moral del ser humano, no un mandato divino.

Las tradiciones místicas judías y cristianas tempranas lo comprendieron así. El Libro de los Jubileos y el Midrash Rabbah insisten en que antes del Diluvio la humanidad empezó a matar animales y a beber su sangre, y que esa violencia fue una de las causas de la catástrofe. La ley noaquita que prohíbe comer carne con vida no es una “regulación alimentaria”, sino un acto de memoria: un recordatorio de lo que llevó al mundo a su ruina. Dios pone un freno a la barbarie y, al mismo tiempo, confía en que el hombre recupere su compasión perdida.

Los antiguos rabinos hablaron entonces de los “Siete Mandamientos de los Hijos de Noé”, principios universales que deben regir a toda la humanidad: no idolatrar, no blasfemar, no asesinar, no robar, no cometer actos impuros, establecer justicia y, especialmente, no comer carne arrancada de un ser vivo. Este último precepto —Ever Min HaJai— es el que más directamente toca el corazón de la ética animal. Prohíbe el acto de crueldad que convierte al hombre en depredador, recordando que la sangre de cada ser pertenece al Creador. En el fondo, todo el código noaquita puede leerse como una pedagogía del respeto: un llamado a vivir en armonía con la vida misma.

Esa enseñanza reaparecerá más tarde en la Ley de Moisés, que ordena derramar la sangre del animal en la tierra “como agua” y no consumirla, porque “la sangre es la vida”. (Deuteronomio 12:23). Y volverá a resonar en los primeros cristianos, cuando los apóstoles, en el Concilio de Jerusalén, recomiendan a los pueblos gentiles abstenerse de “sangre y de lo estrangulado” (Hechos 15:20). En todas estas tradiciones, la idea central persiste: el respeto a la vida animal no es un detalle ritual, sino una exigencia espiritual.

Leída desde el presente, la figura de Noé representa la conciencia ecológica antes de la ciencia. Es el ser humano que comprende que sin respeto por la vida no hay futuro. El vegetarianismo —en su sentido más profundo— es una continuación natural de ese pacto. No es una opción dietética, sino una postura espiritual frente al mundo. Rechaza la violencia como alimento y busca restablecer el vínculo con la vida. Noé, al proteger a los animales en su arca, mostró la imagen del ser humano reconciliado con la creación; quien vive sin causar muerte innecesaria prolonga hoy ese gesto y ese pacto divino.

El arco iris que brilla tras el Diluvio no es una promesa de permiso, sino una señal de advertencia y esperanza. Sus siete colores, como los siete mandamientos noaquitas, recuerdan que la diversidad de la vida depende de un mismo equilibrio. Cuando el ser humano destruye ese pacto —cuando vuelve a llenar la tierra de sangre y dolor—, las aguas del caos amenazan con regresar. Pero cuando lo honra, cuando respeta la vida y renuncia a la crueldad, el arco iris se vuelve un puente entre la consciencia y el espíritu, entre la Tierra y el Cielo.

En definitiva, explicaba en la sobremesa, la llamada de Noé no fue a comer, sino a cuidar. Su religión —la religión del arco iris, la más universal de todas, lejos de dogmas e ideologías— no es la de los sacrificios, sino la de la compasión. En ella, el respeto por los animales no es un añadido moral que reclama su sexto mandamiento, sino el núcleo mismo de la fidelidad a Dios. Porque quien comprende que la vida no le pertenece, de alguna manera deja de destruirla, y solo entonces, cuando eso ocurra, la Tierra podrá volver a respirar en paz.

pd. Las Siete Leyes de Noé, universales para toda la humanidad:

  1. No adorar ídolos.
  2. No blasfemar.
  3. No cometer pecados de índole sexual.
  4. No robar.
  5. No asesinar.
  6. No comer la carne de un animal vivo.
  7. Establecer cortes de justicia para implementar el cumplimiento de dichas leyes.

 

«Conócelo todo, pero mantente en el anonimato».  Silencio, Secreto, Sinceridad y Servicio


Hoy leía un texto inspirador que compartían desde las tierras altas de Escocia. Trataba sobre cómo la sabiduría perenne se transmite de generación a generación secretamente, en silencio, con sinceridad y con el único ánimo de ser útiles a la humanidad.

Leía que, en las áreas de estudio de ciertas antiguas tradiciones, se aprende que, simbólicamente, el mazo es una herramienta que representa la fuerza y voluntad. Se usa inevitablemente primero sobre uno mismo para eliminar todas las obstrucciones y excrecencias que impiden que las piedras de la propia existencia encajen perfectamente en el edificio de la Gran Obra a la que pertenecemos. Pulir la piedra, quitar las aristas y trabajar en nosotros mismos como pilar de la construcción a la que nos debemos.

Luego están los tres juegos de cinceles que se emplean bajo la fuerza de ese mazo: tres para usar sobre uno mismo, tres para usar con los demás y tres de uso universal. Los tres primeros (para usar sobre uno mismo) son energía, perseverancia y resistencia («son cinceles grandes y pesados, nos duelen los brazos, nos duele la espalda, nos duele el corazón, pero no podemos hacer el trabajo sin ellos»). Los tres cinceles para nuestro trabajo con los demás son «exquisitamente finos y delicados»: tacto, simpatía y buena voluntad. El último juego, de uso universal, son el sentido del humor, el sentido de la proporción y el sentido de la belleza.

Estas enseñanzas no siempre son visibles, porque no siempre tenemos esa visión necesaria para hallarlas, escudriñarlas, entenderlas y aplicarlas. La voluntad de intentar ser mejores no es un acto egoísta ni vanidoso que nos atañe a nosotros mismos, sino que a su vez se hace extensible al grupo al que pertenecemos, y de ahí, irradia positividad al mundo.

Ser partícipes de esa sabiduría, de esa tradición transmisible, no nos hace mejores, pero sí que nos ayuda a ver el horizonte al que deberíamos deslizar nuestras vidas. Conocerlo todo es una tarea compleja. Evidenciar la necesidad de poner en práctica todo aquello que conocemos nos invita a cierto anonimato, a cierto y delicado silencio y discreción. Compartir lo epidérmico es solo un devenir. Profundizar en lo abismal solo nos permite mantenernos embelesados ante la sublime proporción y el sentido de la belleza.

Ciclos de retiro, pero no de abstracción


Tras un gran ciclo de actividad que ha durado diez intensos años, ahora toca un ciclo de retiro. Toca coger fuerzas, trabajar en silencio y en el espectro invisible para bucear en la nueva necesidad y en las formas adecuadas de poder ser útiles a las mismas. Toca un ciclo de retiro, pero no de ensimismamiento. Hay que evaluar lo realizado, buscar sus fortalezas y recoger el elixir de todas sus enseñanzas. Ese elixir es puro y verdadero, y servirá de alimento en el invierno silencioso.

El florecimiento de la inteligencia y la consciencia añadida es algo inminente. Aun viviendo en el egoísmo emocional, toca subir un escalón más hacia el plano mental, hacia la inteligencia activa, hacia una mente completamente conectada con la Vida y la Consciencia. Trabajar para que eso ocurra forma parte de nuestra misión como humanidad. Los iniciados en esa verdad deben trabajar poderosamente en el plano mental para que la evolución humana se manifieste en todo su esplendor.

La Vida sustentadora eleva su frecuencia, alcanza nuestras mentes y activa nuestros centros más profundos. Eso que los antiguos llamaban la cualidad divina, no es más que una expresión elevada de nuestro potencial humano. La intención llamada por algunos “espiritual”, no es más que añadir un grado de compromiso y responsabilidad con los objetivos universales de nuestra existencia como patrimonio humano.

En los ciclos de retiro, una amplia actividad creadora se amplifica en nuestro interior, pudiendo con ello facilitar las acciones futuras de forma inteligente y con una voluntad más poderosa. Retirarse a descansar provoca un resurgimiento de la fuerza interior, un poderoso rayo de buena voluntad que deberá ayudar en nuestro pequeño ciclo individual, al gran ciclo compartido. Cada poso de nuestro ser beneficia profundamente a la Gran Obra de la existencia en la que vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser. Estas tres palabras expresan la triplicidad de la manifestación, porque «Ser» significa el aspecto más profundo, el Espíritu que realmente somos, como decían los antiguos. «Nos movemos», se refiere al alma o aspecto consciencia, utilizando un término más actual. Y »vivimos” significa la apariencia en el plano físico, aquello que creemos que somos en esta manifestación. En este plano exterior de manifestación tenemos la fundamental síntesis de la vida encarnada. Esta idea enfatiza la dependencia absoluta de los seres humanos respecto a la idea de lo que los antiguos llamaban Dios, quien es la fuente de la vida, el movimiento de todos los ciclos y edades y la existencia misma.

En los ciclos de retiro, puede ocurrir que la aspiración llegue a su fin, y en su lugar aparezca la convicción más absoluta. Desde esa convicción que nace de las propias certezas interiores, podemos ser capaces de mantenernos firmes e inconmovibles, no importa lo que suceda o lo que ocurra a nuestro alrededor. Cualquier escenario es un campo de experiencia del cual se puede sacar un apropiado elixir. Mantenerse firme ante las más difíciles circunstancias es una característica de aquel que ha despertado a una realidad mayor.

Vivir como almas y no como meras y separadas personalidades es enfrentarse simultáneamente a cientos de experiencias y acontecimientos. No solo somos capaces de observar lo que ocurre en el plano de la materia, sino también en los planos sutiles, en las emociones y deseos del mundo y en el pensamiento de la Mente Una. Eso es enfrentarse a realidades que superan las que ocurren en un ciclo normal de una vida pequeña y egoísta. Más allá de su limitada vida personal, podemos llegar a ser capaces de vivir y sufrir en nuestras carnes todos los acontecimientos mundiales, porque, de alguna manera, hemos experimentado la visión de todo lo que ocurre más allá de nuestra propia vida limitada. Tratamos de comprender, y al mismo tiempo, de interpretar a los demás, pero también tratamos de ayudar y ser útiles a las causas que superan nuestra propia realidad.

Existen muchas crisis en la vida del alma, más allá de las importantes crisis de la oportunidad y la crisis de la expresión. Muchas de estas crisis pueden ser resueltas gracias a las fortalezas interiores, las cuales nacen de una constante meditación, una profunda reflexión y una acertada actitud, nacida de la alegría y el correcto actuar. Esas fortalezas están internamente relacionadas con la propia voluntad interior, una expresión sincera del aspecto amor y una unión verdadera con la inteligencia activa, la cual debe guiarnos por las sendas apropiadas, conectándonos con la Vida Abundante y enriquecedora. Esto nos ayuda a discernir en la comprensión plena de lo que significa la vida involutiva y evolutiva y nos ayuda a invocar el espíritu de servicio al que nos debemos.

En definitiva, que los ciclos de retiro nos ayuden a reflexionar sobre el cumplimiento de nuestra parte en el Trabajo Uno, en la Gran Obra a la que pertenecemos, en la Vida Una de la que somos partícipes. Seamos abundantes para servir abundantemente, enriqueciendo con ello el gran Propósito de la existencia, arrojando la mayor cantidad de luz de la que seamos capaces y ayudando siempre al otro en sus propias metas. Recordemos íntimamente quiénes somos, y cumplamos con nuestra parte.

«La nube de cosas cognoscibles»


¿Quién sabe, entonces, de dónde surgió esta creación por primera vez? Quizás fue creada o quizás no. El que vigila desde el cielo más alto, Él seguramente lo sabe. O quizás no lo sabe”. Rigveda, 10:129, 6-71

La idea ha sido expresada por algunos autores como la condición donde el buscador sincero es consciente de la «nube de cosas cognoscibles”. La nube no se ha precipitado suficientemente para que el agua descienda de las alturas al plano físico, o para que las «cosas cognoscibles” sean conocidas por el cerebro físico. Se percibe la nube como resultado de una intensa concentración y del aquietamiento de las modificaciones inferiores; pero hasta que el ser esencial no asuma el control, el conocimiento del alma no puede afluir al cerebro físico por medio del sexto sentido, la mente.

James Joyce también tenía algo que decir al respecto: «¡Bienvenida, oh vida! Voy a encontrarme por milésima vez con la realidad de la experiencia y a forjar en el yunque de mi alma la todavía no creada consciencia de mi raza».

Lo cierto es que el alumbramiento de la consciencia debe ser algo similar al alumbramiento de una vida. Viene de la oscuridad, y va hacia la luz, teniendo en cuenta que eso que llamamos luz no deja de ser una ilusión de un espectro de percepción. Podríamos pensar que la luz, pudiera ser algo cegador, algo que nos ayuda a percibir ciertas cosas, pero no todas las cosas que ocurren en la nube de lo cognoscible.

¿Quién sabe, entonces, de dónde surgió esta creación por primera vez? Quizás nadie lo sabe, ni siquiera aquellos o Aquello que nos creó. Quizás nunca encontremos respuestas, ni siquiera cuando la luz se apague en esa tragedia humana que llamamos tránsito. Quizás ni siquiera sea un tránsito, sino más bien un apagón definitivo. ¿Sobrevivirá algún tipo de alma, de átomo simiente? Nadie lo sabe. Ni siquiera el que vigila desde el cielo más alto.

Nuestra raza humana aún carece de consciencia. Sí quizás algunos individuos aislados que trabajan para acelerar el proceso consciencial y evolutivo. Pero como raza, como humanidad, seguimos peleando, asesinando, guerreando, viviendo vidas egoístas y aisladas y eliminando sutilmente la Vida en todas sus manifestaciones. Somos una raza depredadora, invasora y en cierta manera, somos una plaga sangrienta. La nube de las cosas cognoscibles aún no ha dilatado nuestras membranas sensibles.

«La nube de cosas cognoscibles» aparece como contraparte a «la nube del no-saber». Mientras que una representa el estado de no-conocimiento necesario para abrirse a la experiencia interior mediante la contemplación, «la nube de cosas cognoscibles» alude al conocimiento intelectual que puede adquirirse sobre el mundo interior y el mundo exterior a través del pensamiento y el razonamiento.

Estamos trabajando en la editorial por un lado en una nueva edición del texto medieval anónimo de un monje inglés del siglo XIV, y por otro, en un proyecto relacionado con Thomas Keating. Este sacerdote y místico moderno tomó muchas ideas de La nube del no-saber para desarrollar su método de Centering Prayer. Keating subraya, como el autor medieval, la necesidad de soltar los pensamientos para permitir que surja una conexión directa con lo Absoluto. Otros autores, quizás más intelectuales, subrayan la necesidad del conocimiento para poder guiar esa devoción mística. Otros, los menos, integran ambos caminos, el del corazón y el de la cabeza, para pasar a la acción de forma amorosa y sabia.

El refugio interno del Ashrama


 

Las personas que desarrollan una sensibilidad espiritual (no todas las personas logramos desarrollarla) anhelan de alguna manera fórmulas para formar grupos en el plano mental o, dicho de otra manera, en el plano subjetivo de la existencia. Ese anhelo ha creado religiones y grupos espirituales de toda clase. La necesidad de identidad, aprobación y comprensión mutua hace que esos grupos se afiancen mediante la expresión de realidades diferentes.

A nivel inconsciente, de alguna manera, existe una afiliación por afinidad a ciertas fuerzas universales que se cohesionan con energías reguladas mediante la ley de correspondencia. Es decir, existe, más allá de los grupos exotéricos, unos grupos identitarios en los planos intangibles y subjetivos. Esta ley rige también en las culturas, las etnias o los países. Es lo que llaman el alma grupal, o la identidad grupal, ese ente, muchas veces irracional, que anima a los grupos de almas a identificarse con algo mayor.

La sensibilidad espiritual tiene muchas graduaciones. La exotérica, como decíamos, se relaciona con grupos o identidades mayores. Pero también hay una interior a la que se llega desde otros lugares no tan visibles ni necesariamente conscientes. Las almas se unen en torno a una especie de proyecto o misión, de propósito grupal que debe, consciente o inconscientemente, desarrollar ciertas tareas necesarias para el progreso del conjunto humano. Existe una organización, más allá de las organizaciones propias de nuestra vida común, que requiere de esa especial sensibilidad para dotarnos de herramientas necesarias y cumplir con ello con nuestra parte en el Plan, en la Gran Obra, o en el Propósito que los maestros conocen y sirven, según cada tradición.

Para que esto pueda desarrollarse, existe de alguna manera una atracción magnética que nos lleva por caminos complejos hasta la llama o el centro del corazón que nos anima. Como electrones alrededor del núcleo positivo de un átomo, ese refugio interno es conocido en algunas tradiciones como Ashrama. En la antigüedad, los ashrama eran como monasterios que funcionaban a la vez como lugares de retiro, hospedería o albergues, comunidad, escuela y dispensario público.

Cuando hace diez años intentamos crear un ashrama vestido de modernidad, en verdad hacía referencia a todos esos capítulos tan necesarios para la unión y contemplación de aquellos que, con cierta sensibilidad, buscaban refugio y reunión. Muchos lo encontraron. Muchos ahora lo anhelan.

Esos ashramas externos sirven y servían como referencia de los ashrama internos, esos centros magnéticos de fuerzas y energías cuyo propósito es encontrar una correcta línea de servicio a la humanidad. El propósito del Ashrama y el entrenamiento que imparte, es permitir a toda persona con sensibilidad espiritual a vivir realmente en cada uno de los planos que ha abierto en su consciencia. Ese entrenamiento sirve también como excusa de refugio, especialmente para aquellos que empiezan inevitablemente a erguirse por la trémula noche del alma y su travesía por el desierto. Cuando se adquiere cierta consciencia de responsabilidad y compromiso con esas energías, se habla de “conciencia ashrámica”, es decir, el refugio interno de toda alma sensible. Y esos refugios existen, interior y exteriormente. Esperando el momento de la oportunidad para seguir creciendo como seres y grupos de seres anhelantes.

 

Los intervalos de la luz. Nada queda al azar.


Decían los antiguos que cuando el discípulo está preparado, aparece el maestro, y que el descanso o el descenso del guerrero es tan solo un intervalo. Una y otra vez debe darse y ganarse la batalla, hasta alcanzar la dorada cima.

En términos psicológicos, podríamos decir que cuando el pequeño “yo” tiene una frecuencia adecuada, aparece una luz o un conocimiento adecuado. Esa luz puede tomar forma de libro, de experiencia, de una persona que aparece y está más avanzado en los quehaceres de la vida que nosotros, o de un verdadero maestro que en silencio sabe transmitir guía para el sendero, para alcanzar la dorada cima.

En la vida de todo ser, hay una lucha constante de fuerzas y energías que provocan crisis adecuadas para el crecimiento. Algunos alcanzan eso que llaman la vida invocadora, un reconocimiento que implica una relación mayor con todo y con todos los que nos rodean. Es un constante reconocimiento y comprensión de aquello que nos ocurre a nivel individual, y de todo aquello que ocurre a escala mayor. Ese reconocimiento, esa vida invocadora refleja la capacidad de observar que nada queda al azar, y que todo está supeditado a fuerzas y energías que aún desconocemos.

Una de ellas es la Luz, o eso que llamamos luz en todos sus intervalos. Dicen que como es arriba es abajo, y que de alguna manera, todo es interdependiente y está interconectado. Esa unidad de todas las cosas y de todos los seres sintientes es como una red neuronal que se relaciona de forma singular. La singularidad proviene cuando afirmamos que la fortaleza de la cadena es la misma fortaleza del eslabón más pequeño. El único ser infinito que alienta todo lo que Es vela por la luz, cumpliendo con la promesa de la inofensividad y aplicando la verdad de que todas las formas son iguales desde una perspectiva lumínica.

La raíz de todos aquellos que despiertan a una realidad mayor a la realidad de su pequeño ego consiste en profundizar en la senda de la Luz. En este sentido, podemos recordar la antigua afirmación que decía: “la Luz es Una y en esa Luz veremos la Luz, esa es la Luz que transforma la oscuridad en claridad…” El Sendero de la consciencia, visto desde la perspectiva de ese pequeño yo psicológico egoísta, consiste en ir desde una luz pequeña, la del pequeño yo, a una Luz cada vez mayor, como en esa analogía de quien escala una montaña, y en cada ascenso la nueva cima le permite ver un horizonte cada vez más amplio, luminoso e inclusivo. Este punto, la inclusividad, sirve para todos y para todo. Todos formamos parte de esa red de luz en sus diferentes grados cada vez más crecientes, niveles de consciencia que suman luminosidad a medida que vamos ascendiendo por las cimas de la existencia.

Nuestro campo de acción, nuestro magnetismo, se acrecienta a medida que ascendemos en términos de luz y consciencia. Si pensamos solo en nosotros, desde una perspectiva egoísta, nuestra luz y consciencia serán limitados. Si empezamos a pensar en los demás y en lo demás, en todo cuanto está interconectado, nuestra luz se expande, y con ello, nuestro poder, nuestra fuerza, nuestra visión.

Según las antiguas creencias, cada vez que el campo de lo que esa Luz va iluminando va siendo más y más amplio, luminoso y brillante, la Luz del yo profundo, eso que algunos llaman Alma, ilumina con más fuerza a la mente y afluye y se mezcla con la luz del conocimiento. Es la Luz con la que trabajan los que empiezan a acrecentar su consciencia, una luz tibia, rudimentaria, pero necesaria para ir avanzando en lo profundo. La Luz de la Intuición, decían los antiguos, indica que el primer y poderoso hilo de la consciencia ha sido construido a través de la brecha entre las mentes del yo pequeño y la superior del yo expandido. Esta es la Luz con la que trabajan los más avanzados, los más despiertos, los más comprometidos, los que alcanzan la clara luz, la lucidez, la belleza del paisaje extenso, la cima dorada que desean compartir con los otros.

Mediante la fusión de la luz del conocimiento (luz de la personalidad), y la luz de la Sabiduría (Luz del Alma), la luz es vista, conocida y captada de forma mucho más profunda. Esta gran luz apaga las luces menores de la personalidad (el egoísmo, la vanidad, la rabia, la separatividad, el odio, etc) por medio de la radiación pura de su poder. La Luz de la Tríada Espiritual es la transmitida por el antakarana, ese puente cuya construcción invisible entre el yo pequeño y el yo expandido permiten mayor unidad e interconexión. Cuando su construcción se halla más avanzada, se realiza lo que los antiguos llamaban la iluminación, el samadhi, el nirvana, ese estado de éxtasis en el que la mente tiene plena consciencia.

Dicho todo esto, podemos decir que tenemos, tras los primeros chasquidos o chispas de vida, la pequeña luz del conocimiento (personalidad), la luz de la Sabiduría (la del Alma), y la Luz de la Intuición (la Tríada más espiritual), siendo tres estados o aspectos definidos de la Luz Una, esa que nos interconecta con todos y con todo. Así que, como siempre decimos, luz, más luz. Más luz para las tinieblas en las que vivimos, para el mundo montañoso, para todas las cimas que aún nos queden por explorar. La luz nos aleja del engaño y la mentira. La luz nos provee de más luz y generosidad. De más compromiso y responsabilidad con la Vida, la Consciencia, la Luz.

Ahora es el momento de saber que todo lo que haces es sagrado


Estamos en un tiempo de espiritualidad aparentemente epidérmica. Lo sagrado se mezcla con lo profano, y también viceversa. Las cofradías y hermandades se llenan de lágrimas ante la lluvia y el mal tiempo, que, paradójicamente, es tiempo bendito para el campo y los embalses. Nunca llueve a gusto de todos. Lo cierto es que, si nunca has vivido una Semana Santa, no puedes entender la emoción que se siente al paso de un sereno o una imagen. Los símbolos están ahí, y su interpretación, al son de la música, solo puede ser descifrado desde una mirada mayor. Que eso sea más o menos espiritual, ya dependerá de la concepción que cada cual tenga de esa fenomenología.

Lo cierto es que Hafiz tenía razón cuando decía eso de que ahora es el momento de saber que todo lo que haces es sagrado. Es solo cuestión de ensanchar la mirada, la visión de las cosas. Espiritualizar la vida cotidiana es sacralizar todo lo que hacemos. Y ahí también entran las procesiones, las fraternidades, las cofradías, los rituales, los cantos, la música, los pasos, o todo aquello que, ya sea bajo el prisma de una reliquia o una imagen, intente evocar un mensaje perdido en el tiempo.

Han pasado más de dos mil años desde que se evocó poéticamente ese mensaje de amaros los unos a los otros, o ese otro que decía que el reino de Dios está entre nosotros. En todo ese tiempo ha pervivido, camuflado entre advocaciones marianas y crísticas de todo tipo, tradiciones vinculadas a las épocas de la tierra, al triunfo de la luz sobre la oscuridad, a los ciclos de la naturaleza, donde cada estación tiene un poder significativo importante.

Las tradiciones paganas fueron absorbidas por las tradiciones de la religión popular. Hubo, en algún momento de la historia, una absorción de lo popular en lo religioso, de lo arcaico y misterioso a lo nuevo sagrado. Y ese nuevo sagrado cotidiano es ejemplarizado con mayor beatitud en momentos paganamente señalados como la primavera (Semana Santa, como símbolo de muerte y resurrección), el verano (San Juan, como celebración de la cosecha), el otoño (Todos los Santos, como el Samhainn o final de un gran ciclo) o el invierno (Nacimiento del Cristo, de la luz sobre la oscuridad).

Los rosacruces o la masonería, que serían la rama esotérica del cristianismo, han recuperado esa mezcla entre fuentes paganas y fuentes religiosas, creando un cóctel ritual ecléctico entre unas y otras que intentan disimular o camuflar tradiciones arcaicas de la sabiduría perenne. Lo mismo que hicieron lo sufíes, rama esotérica del islam, o los cabalistas, rama esotérica del judaísmo.

Las ramas exotéricas lo expresan de diferente forma. Como las celebraciones de la Semana Santa, verdades vedadas para los que aún no atravesaron la gnosis, el velo de Isis, pero necesarias para los que se quieren aproximar de alguna manera al misterio, a los pasajes espirituales de la vida, a las condiciones mediadoras entre el cielo y la tierra o a los primeros acercamientos con respecto a las verdades teológicas abstractas.

La mirada ancha, amplia, vasta, nos acerca a ese sagrado cotidiano, también inmerso en las tradiciones, la cultura y la religión. Todo puede hacernos cuestionar la Vida, su Misterio, el culto a las Verdades.

Vitriol


Me alegró mucho ver que el trabajo académico diera algún pequeño fruto, o inspiración para otros. Tantos años de esfuerzo para luego pretender que alguien se fije en tu investigación y te citen en la suya. Gracias Pedro por las siete citas de tu excelente trabajo. En el fondo, el mundo académico se resume en eso. Cuánto más eres citado, más prestigio tienes. Y para ser citado, tienes a su vez que escribir docenas de artículos académicos que serán publicados, previo pago, en revistas científicas con mayor factor de impacto, reconocidas con el distintivo de JCR, el Journal of Citation Reports.

Las editoriales también tenemos algo parecido llamado SPI, el Scholarly Publishers Indicators. Siempre soñé que uno de nuestros sellos, Dharana, que se dedica a editar estudios académicos y libros de ensayo, pudiera acceder al SPI, pero me doy cuenta de que los sueños cuestan mucho dinero, tiempo y recursos, y que todo tesón requiere precisamente de eso, de dharana, de concentración.

Así que, para desahogar mi frustración académica, esa que interrumpí, a pesar de sacar con cierto éxito el doctorado, para dedicarme al mundo editorial y a las utopías, fui al encuentro mensual de artistas, académicos y poetas que se realiza en la Iglesia de Santa Teresa, en el número trece de la plaza de España. Fue muy emocionante reencontrarme de nuevo en ese lugar después de casi diez años sin asistir. Abracé con fuerza a su fundador y director de ceremonias, el cual conocí en un contubernio que se organizó hace casi quince años en la montaña mágica de Montserrat. ¡Ay qué tiempos aquellos! También abracé con fuerza a amigos que seguían fieles al encuentro, con sus cantos, sus poesías, sus reflexiones. Amigos que me acompañaron en la utopía ocousera y que sueñan con revivir aquel mito como algo tangible. Me sorprendió ver allí a dos tertulianas famosas que viven de lo epidérmico de la sociedad recitando poemas y escuchando con atención a artistas de prestigio, profesores de universidad y masones que no hacen ascos a la cruz y la sotana. Qué contrastes más extraños puede uno ver en esos lugares de encuentro.

El lugar, semblante de la cueva original, de lo subterráneo, de la oscuridad necesaria para que germine la semilla del alma, estaba lleno de mística, de símbolos, de rituales, de espacios sagrados, de un intento por retomar la llama de algo que vemos como se está perdiendo. Diría que un intento desesperado en este mundo cada vez más desacralizado, profano y secularizado. Allí dentro, con el permiso de los carmelitas descalzos que nos acogían en el templo, se recitaba con música de órgano el padre nuestro en arameo, o la gran invocación o el non nobis templario. Tanto monta con tal de abrazar lo religioso, lo místico, lo transpersonal, lo supremo, lo esencial, lo prístino, lo sagrado. Dicho de otra manera, ahí dentro, la mente concreta intentaba abrazar a la mente abstracta, esa que nos lleva a imaginar mundos posibles, lejos de la nefasta contemporaneidad de nuestro siglo plagada de reguetón, centros comerciales y eso que llaman el mundo del “entretenimiento”. El alma manifestándose con su aullido desesperado.

Y precisamente en ese abrazo desesperado uno intenta alejarse de esa superficialidad, de ese entretenimiento que nos mantiene en la deriva de la inconsciencia, de la sumisión, del contrabando con nuestras vidas, del supuesto logro social a cambio de la epidérmica satisfacción de estar bien. Qué nefasto engaño para el alma y sus propósitos. Estar entretenido, distraído, para no pensar, para no creer, para no expandirnos como seres completos.

Echo de menos el mundo académico porque te hace pensar y posicionarte críticamente ante una sociedad depravada, perdida y obtusa. Echo de menos el mundo espiritual porque te hace expandir el pensamiento hacia universos incognoscibles, los cuales te llevan inevitablemente a actuar contra la injusticia, hacia la verdad y enfrentarte directamente contra las causas de todo mal. Y en un mundo enfermo como el nuestro, por mucho que intentemos maquillarlo, hace falta acción, sentido de la responsabilidad y compromiso con esa verdad superior que tenemos abandonada.

Echo tanto de menos esas cosas, que ayer me vi rehabilitando un antiguo gallinero para convertirlo provisionalmente en un lugar de meditación y oración. Ese es el nivel a falta de nuestra añorada ermita: Vitriol. Visita Interiora Terrae Rectificando Invenies Occultum Lapidem: Visita El Interior De La Tierra, Rectificando Encontrarás La Piedra Escondida. En esas andamos.

Volver a Dios, volver a lo sagrado


Celebración de Imbolc en el hermoso ashram de San Martín de Valdeiglesias

Estos días tuve la suerte de estar bien acompañado. Empecé la semana con una clase de yoga que me reconectó con aquellas prácticas matutinas y vespertinas que hacíamos allá en los bosques. Aquí donde ahora vivo hay una actividad enorme de personas que, especialmente en la pandemia, decidieron venir a vivir un poco lejos de la ciudad, rodeados de naturaleza, experimentando un tipo de vida algo más alternativa y alejados de los que algunos ya consideran las “ciudades-prisión”.

Al día siguiente tuve la oportunidad de comer con uno de los promotores y maestros de los centros de yoga Sivananda, recordando con ello su hermoso lema: “Sirve, ama, da, purifica, medita, realízate”. Compartíamos amistad atendiendo al principio necesario de que el ser humano solo es completo gracias al «otro». Dicen los místicos que esto es algo que se descubre con la tercera iniciación, tras traspasar los límites del yo y observar con asombro que ese pequeño «yo» no existe.

Al día siguiente tuvimos la suerte de disfrutar del padre Laurence Freeman, presidente de la Comunidad mundial para la meditación cristiana, en la universidad de Comillas cuyo salón de actos estaba precedido por su hermoso lema: “compromiso, co-razón, comunidad”. Claro que sí, “somos personas, queremos ser personas”. Es hermoso como Occidente, al menos una parte de la religión cristiana, cuando se mira al espejo de Oriente y adopta terminologías y prácticas de Oriente como la “meditación”, de alguna manera está reconectando con sus principios, con su esencia, con aquello que hacían y practicaban los padres del desierto y que ahora, de alguna manera, se ha perdido.

Las tres dimensiones de la religión de las que nos habló Freeman, la institucional, el estudio y la mística deben reorganizarse de nuevo para que en un mundo tan superficial como el nuestro, la mística cobre un nuevo sentido, una nueva dimensión. El pesimismo cultural y espiritual requiere de un cambio profundo de perspectiva, de paradigma, de visión. La esencia de la humanidad son las relaciones, “amor es relación”, como compartía con el amigo Ramiro Calle, y debemos volver a ello. Este mundo individualista y egoísta en el que nos movemos, donde lo importante es el “yo”, olvidando el “nosotros” por completo, debe revertirse. Y para ello, la espiritualidad, la mística compartida, el compromiso, el corazón y la comunidad, jugarán un papel importante en el futuro. El propósito de la humanidad es divinizarnos, nos decía Freeman, y eso solo es posible mediante el otro.

Al día siguiente tuve una anécdota muy divertida. Recibí la invitación de una fundación para asistir a un evento privado. Por un momento creí que se trataba de la fundación de una amiga, Mirta, y pensé que sería buena excusa para ir a saludarla. Llegué hasta el lugar, un edificio señorial en la Castellana, donde nos recibió el servicio de la casa y nos llevó a uno de sus grandes salones. Alguien me preguntó cómo había conocido el lugar y dije con toda la calma del mundo que gracias a Mirta, mi amiga. La persona que me preguntó afirmó con alegría que ella también conocía el lugar por Mirta. Ambos nos alegramos hasta que llegaron los anfitriones de la casa, un conocido economista con puestos directivos en el Banco Mundial y el FMI y su esposa, de nombre Mirta. Pero esta Mirta no era mi Mirta, así que cuando conté en el ágape la anécdota, todos reíamos por las casualidades. Las mismas que me llevaron hasta allí de casualidad y descubrir que ese importante economista de prestigio mundial que nos recibía a un reducido grupo de privilegiadas personas practica la fe bahá’í, la misma que había conocido hacía años en Barcelona y la misma que fui a visitar en Israel hace un tiempo. Y en ese lugar, desde las élites, se hablaba de cambiar el mundo, de crear un mundo mejor, y también, por qué no decirlo, más espiritual.

Al día siguiente asistí a un encuentro del amigo Emilio Carrillo con el que escribí el libro “La Gestión del Misterio”. Tuve la suerte de sentarme junto a Enrique de Vicente, con el cual participé en uno de los encuentros Eleusinos (el XXX)  que nuestro amigo común, Sánchez Dragó, organizó hace unos años en Segovia. Compartimos cartel, yo hablando sobre utopías y él sobre pandemia. Tuvimos tiempo de recordar viejos tiempos y viejos amigos comunes, sobre todo y con especial cariño al no tan conocido ufólogo Ignacio Darnaude, Chachi para los amigos, el cual conocí a los quince años de edad, cuando era un criajo y empezaba a interesarme por los hermanos del cosmos, los elohim, esos que con diferentes nombres, casi todas las tradiciones describen como nuestros creadores, nuestros dioses. Emilio expuso como siempre majestuosamente su charla, y de todo ello, me quedé con una pequeña frase: la necesidad de volver a Dios.

Y eso hice ayer mismo, en un pequeño Asrham que la GFU tiene aquí cerca, asistiendo a un ritual de celebración de Imbolc, y de paso saludar a uno de sus más antiguos ancianos, José Luis, el cual conocí allá por el año 2005, cuando de repente desperté al “nosotros” después de muchos años de voluntaria travesía en el desierto. Fue en esos años cuando me encontré con lo “grupal”, con cierta comunidad espiritual que, cada uno a su manera, deseaba alejarse de las raíces de la desconexión con Dios, con lo sagrado del ser humano, con esa ciega secularización racional que tanto nos aleja de nosotros mismos, pero, sobre todo, de nuestra esencia real.

¡Ay cuantas cosas se han despertado en mí en este pequeño maratón espiritual! ¡Cuántos anhelos! ¡Cuantos deseos de volver a esa pequeña cabaña en el bosque y abrir un lugar para que todos, de alguna manera, puedan disfrutar del “nosotros”, de lo sagrado, de la meditación, el estudio y el servicio que allí se ofrecía! ¡Ay si yo fuera rico, cuantas cosas obraría!

Pensamiento mágico


La caída de Ícaro. René Milot
La caída de Ícaro. René Milot

Decía aquel que vivimos en el mundo que somos capaces de imaginar. Decía el otro que el mundo es mental, es mente. Todo este pensamiento mágico viene de oriente, y fue impregnando al mundo, siguiendo la luz el recorrido del sol,  hasta que llegó a nuestros días cristianos con el nombre de Reino de los Cielos, Espíritu Santo, Gloria o Paraíso.

El Dhammapada budista establece que somos lo que pensamos. Todo lo que somos surge con nuestros pensamientos. Con nuestros pensamientos construimos el mundo. Habla y actúa con mente impura y los problemas te seguirán como sigue la carreta al buey ensimismado, nos dice… Habla y actúa con una mente pura y la felicidad te seguirá. Como tu misma sombra, inseparable. Toda la ética budista, y diría que toda ética espiritual de cualquier calado, se puede resumir en esta frase: «Toda acción positiva, amorosa y compasiva conlleva las semillas de la felicidad y verdadera satisfacción. Toda acción negativa, agresiva y egoísta conlleva las semillas del sufrimiento y del dolor».

En nuestros días, el pensamiento mágico está en crisis. La expansión del materialismo y la satisfacción inmediata de casi cualquier deseo pueril nos hace pensar en términos egoístas y materialistas. El individualismo ha triunfado en contra de la creencia de la comunión de las almas, y cualquiera se siente rey en esa nefasta concepción de creer que lo único que importa es uno mismo, y no todo lo que se expande a nuestro alrededor, incluyendo ahí al otro.

Vivimos en un mundo atropellado, prácticamente sin fenómenos sobrenaturales que puedan conmovernos, sin signos, sin milagros, sin mitos ni dioses, sin estrellas de Belén que iluminen nuestros cielos y nos guíen. Nos parece casi ridículo mirar al cielo e interrogarnos sobre nuestros orígenes, porque en el fondo, terminado el mundo conocido, la exploración exterior o interior carece de sentido. Vivimos en un auténtico maya, siguiendo con las creencias hinduistas. Un momento oscuro donde lo ilusorio triunfa por encima de cualquier verdad trascendental. Nos perdemos en el fenómeno, obviando sus causas. La fenomenología es capaz de explicar nuestro mundo conocido, basado en los sentidos y la lógica, alejándonos de las causas primeras. Un mundo oscuro, de tinieblas, adornado por luces artificiales.

Estamos gozosamente atrapados en ese maya. Solo cuando la inteligencia nos sobrepasa o un hecho traumático nos sobreviene, sentimos la necesidad vital de interrogarnos un poco más sobre la existencia. Solo ahí, ante una importante crisis, podemos interrogarnos sobre si merece o no la pena el explorar más allá de nuestros límites. Y es ahí cuando empezamos a pensar en la mente, en la consciencia, y por ende, en eso que vagamente los antiguos llamaban espíritu, luz, logos.

Y cuando ese despertar ocurre, cuando esa pequeña iniciación a lo intangible se apodera de nuestras vidas, todo empieza a cambiar. El buscador riguroso pasará toda una vida de flor en flor intentando dar respuesta a sus nuevas inquietudes. Los aspirantes a desentrañar los misterios más esenciales pronto se adoctrinarán en creencias diversas. Pasarán a ser discípulos probacionistas de cualquier maestro de turno más avanzado en cualquier sendero. Luego serán aceptados en el círculo no se pasa de cualquier asrhama, templo o monasterio, hasta que por sí mismos, un día, encuentran cierta iluminación y se emancipan de las flores, de la torpe aspiración, de cualquier discipulado, de cualquier camino, creencia o maestro e, incluso, de cualquier tipo de iniciación, saber o iluminación.

Cuando eso ocurre, y a veces ocurre, uno entra en silencio, olvida los caminos y las críticas, se centra en las buenas obras y trata de expandir toda su acción positiva, amorosa y compasiva con la intención de contribuir a hacer un mundo más justo y bueno. Y es ahí cuando empezamos a imaginar un mundo mejor. Porque al final, todo es mental, todo es mente, todo es logos, todo es luz.

 

Trabajo sobre la Responsabilidad


© @holger.nimtz

«El sentido de responsabilidad fulgura con llamas vacilantes en toda alma que ha buscado y encontrado el alineamiento. Procure que estas llamas se conviertan en un fuego constante en cada alma que encuentre». (DK. El Discipulado en la Nueva Era). 

La responsabilidad es un síntoma de que el discípulo está inmerso en el mundo del servicio, y por tanto, en el mundo de la consciencia y la espiritualidad. Es una de las primeras evidencias del contacto con nuestra alma o con nuestra parte más esencial. Cada vez que un ser se eleva hacia el reino divino, su carga es mayor, su responsabilidad es mayor, su necesidad de servicio es mayor.

Tal y como dice el maestro Tibetano DK, la nota clave básica del cuarto reino de la naturaleza es servicio y, por lo tanto, la respuesta a un creciente y profundo sentido de responsabilidad. Ambos constituyen la historia del Sendero de Iniciación. Más adelante nos habla sobre el desarrollo del creciente sentido de responsabilidad a medida que la luz revela la necesidad del todo y también el servicio que el aspirante puede prestar. A mayor luz, a mayor visión y por lo tanto mayor visualización, a mayor conocimiento e intuición sobre lo que hay más allá de todo velo, mayor se acrecienta el sentido de responsabilidad hacia el servicio.

La responsabilidad, sin duda, es un síntoma de desarrollo espiritual, y debe siempre venir acompañada de un justo sentido de equilibrio, inteligencia y amor fraternal. La responsabilidad siempre debe empezar por uno mismo, por el cumplimiento de cierto deber, de cierta actitud ante la vida, de cierta consciencia hacia los acontecimientos mundiales. Debemos ser responsables con nuestros cuerpos, cuidar nuestro físico, nuestro ánimo, nuestras emociones y nuestros pensamientos hasta encontrar un justo equilibrio en todo. Los extremos nos separan, la aceptación nos ayuda, el poder de sentirnos útiles comporta estar dotados para ello.

Esta primera responsabilidad es importante para luego acercarnos a la responsabilidad de interactuar con nuestro medio ambiente, y más adelante, con el mundo espiritual. Si no tenemos pulida nuestra piedra bruta, tal y como nos señalan las tradiciones iniciáticas, no podremos alcanzar una buena posición en la arquitectura espiritual. Por eso todas las escuelas espirituales responden a este principio de responsabilidad con uno mismo. Responsabilidad con uno mismo como principio activo para más tarde responsabilizarse de los demás, de la humanidad en su conjunto y de su propio destino en la fraternal unión a la que estamos llamados.

En nuestra vida personal, hemos intentado durante muchos años atender a ese principio de responsabilidad individual, tratando de tener un cuerpo físico sano, inofensivo y equilibrado, un cuerpo etérico transparente y flexible a los cambios, unos deseos acordes con el anhelo interior y una mente activa y constructiva. También hemos intentado ser útiles a la Gran Obra, atendiendo la necesidad de renovación espiritual que nuestro tiempo demanda, ya fuera con la creación de libros que pudieran servir de inspiración o de proyectos que trataran estos valores universales aunque fuera desde una perspectiva utópica. Ahora, desde la responsabilidad silenciosa, intentamos desentrañar los siguientes pasos desde una visión práctica y equilibrada, diseñando desde la fe y la esperanza un nuevo punto de luz, una nueva forma de obrar, una nueva forma de servir.

Tratar de ayudar a la humanidad siendo creativos o inspiradores es una forma de emprender una aventura necesaria, que debería sumarse a la aventura que ya muchas personas están realizando desde sus rincones y parcelas. El servicio a la humanidad requiere de responsabilidad y compromiso, y ambas siempre vienen de la mano. No basta con ser únicamente responsables con uno mismo, esa responsabilidad tiene luego que expandirse gracias a la fuerza del compromiso y la implicación, en los asuntos mundiales. Cuánto mayor sea nuestro magnetismo, mayor será nuestro alcance. Cuánto mayor sea nuestro alcance, mayor será la inspiración compartida.

¿Cuál es nuestro deber y responsabilidad para con nosotros, nuestro entorno y la propia humanidad? Reflexionar sobre ello es acercarnos a ese punto de fuego interior, a esa consciencia que reclama avivar la llama de lo esencial.

 

Trabajo sobre la Visualización


© @vassilis.tangoulis

«El conflicto en la vida del discípulo tiene lugar cuando los rayos de su alma y de su personalidad integrada, se oponen uno al otro». (DK. El Discipulado en la Nueva Era)

Nos dice DK que no hay iniciación posible si antes no se ha trabajado conscientemente en la construcción del antakarana, atravesando para ello todo tipo de pruebas, conflictos y tensiones. Para ello hace falta una profunda visualización, entendida como una intuición profunda para captar las verdades y enseñanzas espirituales. Intuición incipiente y comprensión espiritual es lo que se pretende mediante la visualización que se practica en la práctica meditativa.

Visualizar y proyectar el siguiente paso como discípulos forma parte del trabajo interior. Visualizar ese siguiente paso no tan solo para nosotros, sino también para la humanidad, y de qué manera podemos ser útiles en el mismo. El reconocimiento de la técnica de la visualización y el arte de la proyección van unidos. La energía sigue inevitablemente al pensamiento, y nos dice DK que el poder de visualizar puede aumentar con la ayuda de la mente iluminada, ya que la luz continúa trayendo revelación, y por lo tanto, toda esta luz nos ayuda a profundizar en la ciencia de la visión.

El poder la de visualización provoca efectos en el campo etérico, y produce a su vez un enfoque de la energía hacia los centros que requieren fortalecerse. La visualización tiene un poder magnetizador, y a su vez, la facultad de visualizar, es el aspecto constructor de formas de la imaginación creadora. El proceso de visualización tiene tres etapas que son: el proceso de acumulación de energía, el proceso de enfoque y el proceso de distribución o dirección de dicha energía.

La visualización también nos permite discernir entre lo verdadero y lo falso. Es una puerta de conocimiento intuitivo que nos hace proveernos de mayor comprensión y sentido. Al mismo tiempo, también es un vehículo para la creación de formas mentales, las cuales nos ayudarán en la práctica de la imaginación creadora.

Visualizar nos ofrece tener visión. Una mayor visión nos permite tener una mayor consciencia y una mirada más clara sobre el espacio que se abre ante nosotros. Tener visión es una guía inspiradora para seguir hacia adelante, y empezar a poder construir formas que ayuden en el servicio de la humanidad. Visualizar el sendero, tener visión amplia sobre el mismo y acumular energía para poder esparcirlas hacia el servicio.

Es una fuerza creadora sutil que nos permite actuar “Como Sí” ya todo estuviera en movimiento. Una fuerza del plano causal que bien utilizada, nos permite avanzar en el sendero de iniciación y, por lo tanto, en la maestría del servicio a la humanidad. La visualización creadora es una de las herramientas más potentes para poder hollar ese sendero y poder ser útiles a la Gran Obra.

Visualizar, inspirar, visualizar, inspirar. Ese es el proceso, la respiración que los iniciados provocan en aquellos que están despertando a un campo de experimentación mayor. Ello crea conflicto inevitable, y por lo tanto, crisis, y por lo tanto, crecimiento.

 

 

Sobre los grupos simiente en la Nueva Era


«Olvidando las cosas que quedaron atrás, sigue adelante» Apóstol Pablo

El trabajo es lento y a veces es penoso, pero la idea es que en los próximos dos o tres siglos, se vayan constituyendo grupos simientes, grupos de trabajos de personas comprometidas con el cambio y la consciencia para que, de alguna manera, el cambio se precipite como una semilla en la mente y los corazones humanos. En este tiempo oscuro, los ensayos son mínimos y complejos, muchos de ellos basados en el carisma o ego de algún líder que somete al resto a sus propias distorsiones. Es lo que hay de momento y es con lo que tenemos que trabajar inevitablemente.

Esos pequeños grupos deben trabajar humildemente por el bien común, por la regeneración humana, por una nueva visión, un resplandor y una guía poderosa para poder avanzar como especie y alma conjunta. Un punto de luz que debe germinar en todos nuestros corazones iluminados. Además, deberá generar un primordial sentimiento de amor y responsabilidad global para que  crezca con fuerza y rotundidad dentro de nosotros. Encerrarnos en nuestros mundos, en nuestra mirada estrecha, es necesario para empoderarnos y emanciparnos de los condicionantes que la vida nos pone por delante. Pero ese empoderamiento inicial nos debe servir de trampolín para ponernos al servicio de la humanidad desde cada una de nuestras posibilidades.

La función inevitable de estos grupos es intuir de forma clara las nuevas ideas y métodos que se deben emplear dentro de la consciencia humana. Intuirlos y anclarlos desde el paradigma del ejemplo y la acción, concretando en cada espacio y tiempo aquello que debe crecer ineludiblemente.

Los diez grupos de inspiración suelen tener muchos nombres, alguno de ellos sería:

1. Los Comunicadores intuicionales.
2. Los Observadores Entrenados
3. Los Sanadores y Terapeutas
4. Los Educadores de la Nueva Era
5. Los Organizadores Políticos
6. Los Trabajadores en el campo de la espiritualidad.
7. Los Científicos
8. Los Psicólogos
9. Los Financieros y Economistas
10. Los Creativos y Artistas

Cada uno de estos grupos tiene un propósito común: el servicio a la humanidad, con la grata recompensa de sentirse unidos y entrenados para que la humanidad avance hacia la paz mundial y la concordia. Disipar el espejismo mundial, custodiar el propósito grupal, sanar la naturaleza humana, atraer conocimiento y sabiduría, actuar ante los problemas de nuestra civilización y nuestro tiempo, buscar la síntesis amorosa que una a todos las culturas en un alto ideal, proteger y potenciar el bienestar de todos los seres sintientes, poner de manifiesto la realidad de la consciencia humana, potenciar el intercambio justo y equilibrado entre todos bajo el principio del compartir y la generosidad y producir síntesis en todos los aspectos del ser humano, son algunas de las tareas diseñadas para dichos grupos.

En el futuro, en las próximas décadas y siglos, habrá muchas iniciativas que pretenderán poner en valor todas estas ideas de progreso y bienestar grupal. Será sabio descubrirlas y apoyar su trabajo, sea el que sea.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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El Sendero de Purificación


© @caetanophoto

“El que no se esfuerza cuando es el momento de esforzarse; el que, aún joven y fuerte, es indolente; el que es bajo en mente y pensamiento, y perezoso, ese vago jamás encuentra el Sendero hacia la Sabiduría”. Dhammapada, 277 – 282

“Hollamos el Camino de Purificación y, poco a poco, se nos despoja de todo lo que apreciamos: la codicia por la forma, el deseo de ser amado y el gran espejismo del odio y la separación”. AAB

Muchas almas se están preparando para tener pleno dominio de la materia antes de pasar a tener pleno dominio sobre sus estados de ánimo y sus emociones. Más tarde vendrá la ardua tarea de tener dominio también sobre los pensamientos y así poder anclar algún tipo de consciencia en sus vidas.

Antes de que todo esto ocurra, se debe atravesar lo que la tradición antigua llamaba “el sendero de purificación”. Es un periodo en la evolución humana donde mediante el empleo de algunas disciplinas, se consigue cierto autocontrol. En nuestra época moderna, dichas disciplinas físicas están asociadas a lo que ahora llamamos deporte. Antiguamente, todo lo relacionado con lo militar pretendía de alguna manera conseguir ese autocontrol. La disciplina militar en muchas épocas ha sido, en tiempos de paz, cambiada o transformada por la disciplina deportista.

Estas disciplinas han ayudado al ser humano a evolucionar hacia la consciencia de sí mismo. También se han sofisticado mediante dietas vegetarianas o métodos higienistas, la práctica del yoga o la propia meditación, herramientas o técnicas que pretenden crear un mayor dominio sobre nuestros cuerpos. Por suerte para todos los seres sintientes, las dietas vegetarianas o veganas están en boga en nuestro tiempo, y poco a poco se van consolidando como una alternativa sana y saludable en nuestras sociedades desarrolladas, no solo para nuestros cuerpos físicos y dolientes, sino también para la salud de todo nuestro planeta.

La inofensividad hacia otros reinos y la impersonalidad son pruebas imprescindibles en el sendero de purificación. Este sendero es imprescindible antes de empezar a hollar el sendero de probación y más tarde los llamados por la tradición antigua como el sendero del discipulado y el sendero de iniciación. Las complejidades de cada uno de estos senderos son difíciles de exponer si antes no se ha podido poner en práctica el abc del sendero de purificación: una dieta basada en la inofensividad y un cuerpo físico sano y equilibrado, libre de sustancias y abusos de todo tipo.

Realmente el sendero de purificación es complejo porque no se trata de atraer hacia nosotros ciertas disciplinas, sino, en términos más profundos, alinear todas nuestras dimensiones humanas, todos nuestros cuerpos tangibles e intangibles, para volverlos transparentes, dóciles y amables para la luz. Digamos que los antiguos entendían que cada cuerpo de la personalidad: el físico, el etérico, el emocional y el mental debían purificarse para que la luz de la consciencia o de nuestra alma pudiera atravesarlos y dirigirlos de forma correcta o clara. Entendamos el término de «luz» como una fuerza o energía que provoca en nosotros mayor visión, desarrollo interior y consciencia.

Cualquier distorsión en alguno de esos cuerpos provoca inevitablemente un atasco de esa consciencia, que de no ser tratada mediante la correcta acción o “purificación”, puede provocar trastornos (mentales o emocionales), enfermedades, dolencias de todo tipo o dificultades. Algunas enfermedades propias de este sendero están asociadas a problemas con el cerebro o la glándula tiroides. Los verdaderos buscadores encontrarán fórmulas adecuadas para equilibrar estos desequilibrios o contradicciones.

Los que hallan en la espiritualidad cierto consuelo y alivio, deben comprender que adentrarse en sus senderos requiere esfuerzo y disciplina, trabajo, preparación y perseverancia. Las bases de ese trabajo y esa preparación pasan inevitablemente por el sendero de purificación.

Men sana in corpore sano. Una mente sana en un cuerpo sano, que decían antaño. Una mente sana no es necesariamente una mente inteligente y audaz, sino una mente que basa su vida y actuación en la verdad, la consciencia y la disciplina. Un cuerpo sano no solo pide pan y deporte, también que ese pan sea inofensivo y ese deporte adecuado a nuestras limitaciones diarias.

Antes de enfrentarnos a cualquier tipo de progreso espiritual o de consciencia, el Morador del Umbral acechará para ver si hemos cumplido con nuestros propósitos nobles y con nuestra meta interior. La acrecentada sensibilidad hacia los reinos animales en los próximos tiempos será una de las pruebas que la humanidad en su conjunto deberá enfrentar. Mientras eso ocurre, la avanzadilla humana ya nos está indicando el camino a seguir: una vida más sana, equilibrada, impersonal e inofensiva.

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Correspondencias con el ser humano que está despertando


© @victorrcostta

«La vida es todo eso a la vez: lucha e intriga, sabiduría y belleza. Y si ignoras alguno de esos aspectos, pierdes la oportunidad de comprenderla de forma global, y tu capacidad de influir en ella con algo que la oriente hacia un camino mejor». Naguib Mahfuz

Antes de que el ser humano fuera lo que es, dormía. Luego empezó a vivir un mundo de ensoñación y más tarde despertó a una realidad diferente, una realidad llamada por la tradición antigua individualización o humanidad. Está descrita en oriente como la batalla que Arjuna tuvo que enfrentar en el campo de Kurukshetra. Es la gran batalla entre los deseos de la personalidad y la realidad del alma, que intenta manifestarse y apropiarse de la vida unificada. Es un momento de crisis determinante entre la consciencia humana y su móvil inconsciente, ese que aún vive en las sombras del egoísmo y el mundo ilusorio.

Cuando ganamos esa batalla, la batalla de la consciencia contra la inconsciencia animal que muchas veces nos caracteriza, desarrollamos en nuestro interior tres tipos de consciencias: la consciencia sensitiva, la consciencia creativa y la consciencia mental. La paradoja de la evolución humana es que se acredita como algo que debe situarse en relación a sí mismo, a su familia humana y al orden cósmico establecido, es decir, a nuestra realidad como entidades que giran en torno a un astro llamado Sol dentro de un planeta menor llamado Tierra. Nuestra consciencia, siempre expansiva, debe alcanzar una visión y comprensión mayor de todo cuanto le rodea, cuestionándose a cada instante las experiencias que atrae hacia sí misma para su crecimiento y expansión.

Hay muchas oportunidades para hacer el bien en el mundo. Para poder hacer el bien se tiene que tener un tipo de consciencia moral, algo que imprima carácter a nuestra personalidad, y sea capaz de discernir y comprender la valiosa oportunidad de obrar en bondad, sencillez y delicadeza. La batalla de Arjuna trata de eso, de dejar de arrastrarnos por lo instintivo, asociados muchas veces al miedo y la protección, lo cual puede, en muchas ocasiones crear situaciones egoístas, dolorosas o violentas. Desterrar lo instintivo para abrazar lo intuitivo, aquello que nos acerca a la consciencia, al saber, a la voluntad de obrar el bien, al amor compasivo.

Lo que la antigua tradición llamaba alma no es más que un centro de consciencia. Al igual que nuestra mente, nuestras emociones, nuestra energía y nuestro cuerpo físico son un campo de experiencia. Una mente inteligente y analítica no sirve de nada si no tiene consciencia. Tampoco es un campo de experiencia útil si no tiene un corazón noble, una energía limpia y transparente y un cuerpo sano que pueda soportar el peso de toda existencia. Las ideas abstractas pueden ser llevadas a cualquier tipo de comprensión, pero de nada servirá esta comprensión si no puede ser llevada a la acción desde una perspectiva compasiva y amorosa. Es la praxis, y no las palabras, lo que determina nuestro destino.

Dicen que la finalidad de la vida es obtener experiencias para ir mejorando como seres. En el ser humano que está despertando, esas experiencias cada vez son más intensas, críticas y provechosas. De él dependerá su aprovechamiento y su crecimiento posterior. La experiencia se puede obtener de forma inconsciente, lo cual puede producir ensimismamiento en uno mimo y, por lo tanto, nulo aprovechamiento de la misma. Están aquellos que perciben tenuemente algún tipo de aprendizaje, adaptándolo prácticamente a sus modos de vida, normalmente de forma egoísta, sin mayor trascendencia que la de un aprovechamiento práctico. Y están aquellos que perciben la profunda finalidad y aprendizaje de la experiencia, aplicando el poder inteligente del discernimiento y la elección, para extraer con ello todo el beneficio posible, no solo para el crecimiento de su consciencia, sino también, para el crecimiento y expansión de la consciencia grupal.

En el arco ascendente de la vida, debemos observar si deseamos despertar a una consciencia mayor, o simplemente, nos conformarnos con ser meros espectadores de un mundo que, en muchas ocasiones, se nos queda grande, nos oprime o dejamos de corresponder. La vida una se manifiesta en nosotros, y en nosotros debe despertar el deseo de adquirir mayor experiencia para disponer de mayor aprovechamiento de esta oportunidad única e irrepetible de aprendizaje existencial. Todo despertar, todo crecimiento, conduce a crisis inevitables, a encuentros con seres notables que nos ayudarán en nuestro progreso, y momentos difíciles que nos harán recolocar nuestra vida, en la Vida. Podemos entender esta vida como una “prisión” o como una forma de “revelación”. De nosotros, y de nuestra consciencia, dependerá sentirnos de una u otra manera.

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Practicar la magia desde las construcciones mentales


El aprendizaje de los seres humanos está íntimamente relacionado con el control y buen uso del plano mental y todas sus fuerzas y energías. Aunque no lo sepamos, somos constructores de gigantescas formas mentales que determinan nuestras vidas y las de los demás. Los pensamientos se acumulan, se recrean, se retroalimentan unos a otros creando formas vivas, y también realidades.

Un mago se diferencia del resto precisamente en un pequeño detalle: tiene consciencia del poder de esa construcción. Y al hacerlo, es capaz de movilizar esas fuerzas, esas energías que desempeñan un poder brutal sobre la vida de uno y la de los demás. Somos cocreadores, o estamos empezando a aprender a cocrear. Primero cocreamos nuestras vidas a nuestra imagen y semejanza, es decir, así como seamos capaces de imaginarla. Y luego, con el tiempo, uno se vuelve un mago. En esa transición entre la vida ordinaria y la vida extraordinaria, como se la llama desde tiempos antiguos, hay un pequeño umbral, un antes y un después, una llamada.

Un mago no es más que aquel que es capaz de dominar sus circunstancias y las ajenas desde cierto control mental. Es decir, tiene cierto dominio sobre su vida, y entrega parte de ese dominio a la construcción de su mundo anexo. Los pensamientos sobre nosotros mismos o sobre la vida y todo lo que nos rodea son energetizados por nuestros deseos. Nuestros deseos pueden ser benignos o malignos, sanos o insanos, dependiendo de si queremos convertirnos en magos blancos o en magos negros. La diferencia entre unos y otros tiene que ver con el grado de egoísmo o altruismo que pongamos en ellos. Si todo lo que hacemos, lo hacemos solo para nuestro beneficio, nos convertimos en magos negros. Pero revertimos la situación si todo aquello que hacemos para nosotros lo ponemos al servicio de los demás. Es decir, si cuidamos de que nuestro mundo esté ordenado para ayudar a ordenar otros mundos.

La generosidad que la vida muestre en nosotros dependerá del grado de generosidad que nosotros dispongamos hacia los demás. Pero esto último hay que verlo en perspectiva, es decir, en todo el conjunto de ciclos que un ser puede llegar a vivir. Uno puede estar sembrando hechos que repercutirán no de forma inmediata, si no en futuras experiencias.

Las formas mentales que construimos a veces pueden atraparnos, crear una realidad sobre nosotros inadecuada. Aquí el deseo tiene mucho que ver, especialmente el deseo inconsciente, las fuerzas ocultas que gobiernan nuestras vidas sin darnos cuenta. Traumas, creencias, dogmas, herencias familiares. La cárcel oculta puede ser infinita. Por eso, uno de los primeros trabajos de cualquier persona capaz de tener esa visión sobre el poder de la construcción mental, es desintegrar y disipar todo aquello que no le pertenece, sino que más bien ha sido heredado por traumas de la infancia, por creencias limitantes o legados ancestrales. La ruptura de esas cárceles conceptuales es traumática, pero necesaria para encontrarnos con nuestro verdadero yo, nuestro verdadero mago, con nuestra verdadera alma.

Practicar la magia tiene sus peligros. Primero porque hay leyes que son necesarias conocer. Uno debe saber el efecto que tiene sobre la magia (entiéndase magia como manejo de fuerzas y energías) todo aquello que maneja en su vida. Primero, debe conocer como afecta lo que uno deja entrar en su cuerpo, y de que manera unos alimentos (o cualquier tipo de sustancia) distorsiona o fomenta el buen empleo de fuerzas y energías. Luego debe profundizar en las fuerzas vitales que operan en los planos etéricos. Reconocerlas, entenderlas y manejarlas con soltura. Atravesado esa dimensión y dominada de alguna manera, viene el gran reto: la disipación de Maya, la desintegración de las formas que se han creado en el plano astral, en el mundo del deseo, la emoción, en ese vibrante mundo de confusión. ¿Cómo discernir entre un deseo y otro? En el discernimiento está la clave de cualquier éxito futuro.

Y ahí tenemos otro mundo, el mental en su doble vertiente, el mundo mental concreto y el mundo mental abstracto. Es ahí donde se empiezan a gestar y crear las formas mentales, los arquetipos, aquello que determinará que nuestras vidas sean de una u otra manera. El manejo de esas energías y su dominio es lento y arduo y requiere de mucho estudio, de mucha práctica, de mucha introspección interior. Uno puede encontrar mentores o escuelas avanzadas donde de alguna manera silenciosa y discreta se potencie el dominio oculto sobre nosotros mismos para luego beneficiar con ello a la humanidad. Uno puede aprender a rehacer su vida para hacerla más digna, y luego con ello potenciar la dignidad de los demás. Uno puede, con tesón y perseverancia, romper las cadenas de las construcciones mentales que nos aprisionan (propias, familiares, culturales y sociales) y vencer con ello la inercia de la vida, transformándola hacia un lugar más puro y brillante. Solo hay que sentir esa llamada para que nuestras vidas ordinarias empiecen a ser completamente extraordinarias, con todo lo que eso conlleva.

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El retorno de Cristo


 

Ha nacido un niño. Hemos sido guiados por una estrella. La antigua tradición nos dice que hay tres energías o atributos primarios en el universo. El ser humano, en su ignorancia, los llama de forma ambigua como “voluntad”, “sabiduría” y “amor”. La tradición cristiana llama a esos atributos, fuerzas o energías elementales como “Padre”, “Espíritu Santo” e “Hijo”. Esas tres energías primarias o atributos vienen acompañadas de cuatro fuerzas más que corresponden a cualidades diferentes. En total, siete de esas fuerzas confluyen de forma diferente en nuestro universo local.

La fuerza que más se celebra en la tradición cristiana es la del nacimiento del atributo del “amor”, esa cualidad que cohesiona mundos, personas y universos. En nuestra cultura, ese atributo se le denomina como Cristo o energía crística, representada o alumbrada en la personalidad de Jesús. La energía crística es una energía de síntesis, de unidad, alejada de los opuestos, de las contradicciones. Llena de aceptación hacia el prójimo, de reconciliación con nosotros mismos, con nuestros “pecados”, como lo llama la tradición cristiana. Esos “pecados” envueltos en culpa y sufrimiento encuentran la consagración necesaria con el nacimiento del amor en el mundo en forma de pequeño niño que nace en una pequeña y humilde cueva. La cueva representa nuestro corazón, un lugar oscuro que requiere ser iluminado por la fuerza del amor, representado por un niño inocente y cargado de de luz y amor.

Todo los años, por estas fechas, se celebra la resurrección del amor en nuestras vidas. Más allá de las divergencias, las fluctuaciones de la tradición y las distorsiones propias de la adoración del Becerro de Oro, el mensaje de esperanza y fe en ese nacimiento de la luz y el amor en nuestros pequeños corazones se renueva de forma constante. Cristo vive, anúncialo. Cristo retorna. Esta es su añorada venida simbólica, representada por un pequeño belén con sus pastorcillos y demás figuras decorativas.

No tenemos que esperar una segunda venida. Cristo retorna a nosotros con su mensaje simbólico todos los años, todos los días (allí donde dos se reúnan en su nombre, en el nombre de Cristo, del Amor). El sol empieza su andadura celeste hacia la mayor luz. Los astros se conjugan en alineación para que la estrella del amor y la luz ilumine con mayor fuerza. El mensaje es claro, poderoso y contundente: que Cristo retorne a la Tierra. Y así lo hace, sellando la puerta donde se halla el mal mediante el Plan de Amor y de Luz.

El verdadero misterio de toda esta existencia, aquella cualidad que nos hace más humanos mediante la siembra de la semilla del amor, está incluida en un plan, en un propósito celeste cargado de significado. La continuidad de ese plan depende de nosotros, de nuestra capacidad de desterrar las semillas del egoísmo y la separación (personal o nacional), de obligarnos cada día a ser mejores personas, a pesar de nuestros “pecados”, de nuestras equivocaciones, de todo aquello que se aparta de lo correcto y lo justo.

Para los griegos, el pecado era llamado hamartia, que significa literalmente “fallo de la meta, no dar en el blanco”. Ese quizás sea el mayor pecado de todos, el fallar a la meta común, al código de humanidad que debemos alcanzar, al ser seres incluyentes, amorosos. Pero ahí tenemos la Navidad para recordarnos esa meta: el amor, la buena voluntad al bien, la sabiduría que se plasma en acciones que nos conducen al bien común.

Hoy es un día especial para recordar todo esto, y para renovar los votos de humanidad, de amor en el ser humano, empezando por nosotros mismos y extendiendo eso hacia todos los seres sintientes. Y en este nuevo tiempo de progreso consciencial y evolutivo, incluyendo a esos seres, a nuestros queridos hermanos los animales. Dejad que los niños se acerquen a mí, decía el Maestro. En estos tiempos de evolución de la consciencia quizás añadiría: y dejad que los animales se acerquen a mí. No los matéis, no los torturéis, no hagáis de ellos un mero consumo de placer instantáneo. Que el amor, por lo tanto, se extienda a todos los reinos, y comprendamos la importancia de renovar en este día tan especial, tan profundo significado.

¡Feliz Navidad a todos! ¡Feliz renacimiento del Cristo del Amor en vuestros corazones! Desde el lazo invisible que nos une, desde aquí, desde esta pequeña cabaña, os amo.

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Aspiración o vocación


El esfuerzo es el Sendero Inmortal – la pereza es el camino de la muerte.
Los que se esfuerzan viven siempre –los perezosos son como muertos.
Impermanentes son las tendencias –por lo tanto, libérense por medio del esfuerzo. Dhammapada Cap. V, pág. 21

Es fácil confundir la inocente aspiración de la personalidad con la verdadera vocación e intención espiritual. Muchas veces estamos tentados en construir algo o hacer algo pensando que lo hacemos para atender a la llamada del alma, pero en el fondo, se trata de una ilusión que nace confusa de nuestro pequeño ego. Enmarcamos cosas y temáticas espirituales, las maquillamos, para satisfacer cosas de nuestra personalidad. Nos pasa que, ante los fracasos de la vida cotidiana, queremos alzar una voz fuerte en la vida espiritual, confundiendo la intención espiritual con la aspiración de nuestra naturaleza más débil, por muy loable y “espiritual” que parezca. Esto es complejo, y forma parte de una de las pruebas del camino espiritual. La aspiración de la personalidad es un paso importante, pero no debemos agazaparnos a ella y volcar ese paso en satisfacer los deseos personales y egoístas.

Discernir entre la vida del alma y la vida de la personalidad es complejo. La vida del alma es exigente y solicita continuo esfuerzo. Ese es su sendero inmortal. La pereza es, sin embargo, el atolladero de la personalidad, el lugar donde nos gustaría vivir constantemente. No hacer nada, o hacer lo suficiente y justo para vivir una vida buena, es la bandera de la personalidad.

Hay una moda cada vez más fuerte y poderosa que dice todo lo contrario, que el camino espiritual debe ser un camino fácil, un paseo entre rosas en un jardín florecido de paz y armonía, de paisajes bucólicos y retiros resplandecientes. Realmente esto es una ilusión, unas adormideras para el alma. No conocemos en todo el universo un sol que no genere luz bajo el esfuerzo de su propia combustión. La vida espiritual es una vida transpersonal, es decir, una vida que nos supera, que va más allá de nosotros, una vida que nos reta, que nos pone frente a nuestros límites para ensancharlos y agrandarnos. A veces, más allá de nuestros esfuerzos, fuerzas y energías. La vida espiritual es una vida de pruebas constantes que emergen en lo ordinario, experiencias que ponen a prueba nuestra perseverancia, nuestro tesón, nuestro aplomo, nuestra rectitud, nuestra propia capacidad de acción y reacción, nuestra sabiduría y humildad.

En esa moda febril, la cultura del esfuerzo desaparece, y con ella, la profunda enseñanza del sacrificio. Estamos en el mundo del yo pequeño, y por lo tanto, cualquier cosa que requiera transportar nuestro yo más allá de nuestros límites carece de sentido. Únicamente las verdades forjadas individualmente en el crisol de la experiencia penetran realmente en la conciencia viviente y fructifican, decía un antiguo maestro. La purificación y la construcción del carácter requieren inevitablemente esfuerzo. La dispersión de la ilusión, la disipación del espejismo y la conquista del maya no se consigue desde la no acción. Ser espiritual no es sentarse en la posición del loto para decir cosas bonitas. Ser espiritual es mancharse los pies en el barro de la experiencia y aprender el gran mantra: Soy una sólida colina en la cual sopla libremente la brisa de Dios. Todo lo que soy y poseo, pertenece a otros, no a mí. Esta es la verdadera vocación de toda alma.

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El sueño de los magos y la transmisión iniciática


Sueño de los Magos, 1120-30, Catedral de Saint-Lazare, Autun, Francia.

 

Dice la antropología que la iniciación requiere de transmisión. Normalmente se transfiere fuerza, conocimiento y experiencia que vienen unidas a una tradición que se pierde en los claroscuros de todos los tiempos. En el punto liminal, aparecen las pruebas, el mentor, también llamado “hermano terrible” o el maestro de ceremonias. Alguien que aproxima al recipiendario hasta las puertas del templo. Alguien que le indica, ante su ceguera, como arrodillarse humildemente antes de que la espada del orgullo degüelle su personalidad. La iniciación, como modelo de transmisión de un conocimiento antiguo y oculto, solo puede ser realizado por otro iniciado, por alguien que ha pasado por las mismas pruebas que a su vez recibió de otros iniciados. Es así cómo se crea la cadena áurea, la cadena primordial de transferencia iniciática, la cadena de la sabiduría perenne.

A pesar de los tiempos complejos, esa cadena se amaga en lugares remotos, escarpados, de difícil acceso. Incluso a pesar del adormecimiento aparente que sufren los magos, aquellos que pretenden realizar el trabajo mágico del alma, aquellos que se entregan a la ley del servicio y desean ejercer control sobre la naturaleza inferior de su personalidad para ponerla al servicio de las necesidades del alma grupal, la vida iniciática prosigue su curso. Se realiza a través del surco invisible que otros hollaron, o incluso, mediante la necesaria resurrección de la puerta estrecha.

Es cierto que en esta época los magos están dormidos. No logran recordar la esencia de su propósito, olvidaron los conjuros necesarios para ejercer dominio sobre los estrechos canales de la personalidad. Ya no caminan sobre las aguas emocionales, ni son capaces de dominar los demonios etéricos que aparecen en todo desierto. Ni siquiera tienen fuerzas para subir a las ásperas cumbres, allí donde la mente fría debe obtener visión. Las pruebas siguen estando ahí, también la cadena áurea, y los hierofantes de antaño. Pero el mago, tan ataviado con la oscuridad de nuestro tiempo, duerme, envilece, se retrasa, aísla y enferma.

La regularidad de la transmisión espiritual es importante. La palabra “cadena”, en hebreo shelsheletk, en árabe silsilah y en la tradición del sánscrito paramparâ, quiere expresar la idea de una sucesión regular e ininterrumpida. La práctica desaparición de las iniciaciones reales, aquellas que antiguamente eran llamadas iniciaciones humanas y solares, es una de las grandes pérdidas de nuestro tiempo. Al perderse la regularidad, las organizaciones pseudo-iniciáticas cogen el relevo y pervierten, sin ellas saberlo, la transmisión.

Para que los ritos surjan efecto, deben ser organizados por aquellos que han sido cualificados para ello mediante la transmisión. Un verdadero mago debe haber recibido de otro mago los misterios y los orígenes espirituales transmitidos generación a generación, siempre con los tres toques de la espada flamígera. La vinculación iniciática, en el aspecto más humano (el aspecto solar habría que tratarlo aparte), requiere de esa regularidad en la transmisión y consagración sagrada de lo recibido. Solo de esa manera se puede hollar con certeza el camino espiritual, el terreno de la vasta experiencia que nos conduce al sutil desenlace de la actividad grupal.

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El maestro secreto


Imagen de un maestro secreto creada por el amigo Joan

Una antigua tradición enseña que cuando llegas a una cierta maestría, te conviertes en “maestro secreto”. Lo primero que el camino de la consciencia enseña es el arquetipo del silencio. Uno debe aprender a callar, a mirar observante como se progresa y trabaja afanosamente desde la humildad y el silencio. Más tarde, cuando uno ha conseguido tener cierto dominio sobre sus ruidos interiores y el silencio gobierna nuestros mundos, se aprende a discernir, mediante la sabiduría y la guía del conocimiento.

El conocimiento y el estado meditativo otorga cierta maestría interior que más tarde se traduce en servicio. El dominio de la materia, de las energías y ánimos, de las emociones y los pensamientos nos permite tener más tarde cierto dominio sobre las circunstancias y la vida en su conjunto. Esa maestría, cuando se pone al servicio de los demás, y no hacia asuntos de índole vanidoso o egoísta, te hace volver al inicio del camino de la consciencia: el silencio.

En ese recorrido del eterno retorno es cuando uno consigue la maestría secreta y se convierte en un maestro secreto, silencioso, invisible. Nadie puede percibir nada, nadie puede comprobar nada porque carece de la visión para comprender ese secreto de invisibilidad. Un maestro secreto actúa humildemente, sin destacar, sin proyectar nada, sin herir. Su afán consiste en caminar sigilosamente por el jardín humano, cuidando de sus flores. Desapegado de cualquier acción o resultado, involucrado en los asuntos mundanos, convirtiendo su espiritualidad en una brillantez personal, compartida, lúcida.

Al maestro secreto solo se le reconoce entre iguales. Es prudente, disciplinado, discreto, paciente. Su trabajo es invisible a los ojos profanos. Actúa siempre con esa máxima de que su mano derecha no sepa lo que hace su mano izquierda. Los iguales saben de su estrella porque está consagrada al servicio. Servir, servir, servir. Ser útiles allá donde van, allá con quienes estén. Amables, serviciales, cordiales. Hay personas, aunque no lo creamos, que consagran su vida a mejorar la vida de otros. Al hacerlo, se mejoran a ellos mismos. Y con ello, mejoran la humanidad. Es gracias a ellos que nosotros aprendemos, que nosotros nos engrandecemos, que nosotros podemos seguir sus pasos. Hollar el sendero del servicio, comprobar que nada puede ser mejor que imitar la generosidad de un Sol, el cual jamás le pide de vuelta a la Tierra todos sus rayos, sus vidas, su calor, su luz.

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El desapego de las almas errantes


La personalidad es una distorsión de lo que realmente eres
Sraddha

Cuando haces una mudanza o cuando tienes un accidente o una ruptura sentimental comprendes profundamente el significado de la palabra desapego. Bajo el prisma de esas experiencias, esas que nos destruyen o nos vuelven más sabios, comprendemos al final de esta la importancia de no aferrarnos a nada. Descubrimos la sofisticada ley de la impermanencia, donde nada perdura, donde todo se transmuta, donde lo único que permanece realmente es el cambio.

Las almas son errantes. Deambulan de un lado para otro, de una vida a otra, de una tierra ardiente a otra. Desearíamos aferrarnos a la comprensión de esta creencia, y una vez instalados en ella, actuar como si realmente fuéramos almas. De ser así, todas las cosas se verían de forma radicalmente diferentes. Lo que antes era importante, ahora dejaría de serlo. Tener riquezas o vivir en la pobreza solo serían experiencias. No marcarían el designio de nuestras vidas, porque lo experiencial se puede potenciar cuando tenemos sentido real de su significado. Desde esta otra lógica, entenderíamos que la mayor riqueza sería disponer de nuestro tiempo, y hacerlo a nuestro antojo, de forma libre y desapegada.

Nómadas, errantes, peregrinas. Así son las almas, y así deberíamos ser nosotros. Nuestra vida limitada es un escaparate de posibilidades. Podemos en cada momento elegir radicalmente una nueva forma de vivir, una nueva existencia. Podemos potenciar las experiencias a sabiendas que nos aportarán algún tipo de conocimiento, de miel espiritual. El aprendizaje nos hará crecer hacia alguna parte. Quizás hilaremos los sentidos, afinando cada uno de ellos, y conjugándolos hacia percepciones mayores. ¿Qué encuentra uno cuando mira como alma, cuando siente como alma, sin las limitaciones de la personalidad? Uno se encuentra con la volatilidad de la vida. Como cuando vas a un parque a echar de comer a las palomas, observando lo que ocurre cuando se termina la comida de la bolsa. O como cuando nadas por un río y te dejas llevar por la corriente, como hacen al comenzar el verano en el Ródano los jóvenes ginebrinos.

Lo único que permanece es el cambio. Y cuando no aceptamos esta máxima, sufrimos. Lo que aparentemente era un problema -un accidente, una pérdida, una ruptura- se empieza, tras el demoledor sufrimiento, a convertir en más problemas. No nos enseñan a practicar el desapego. Un alma no tiene más remedio que abrazar esa verdad. Un alma se enfila con su mirada a la tierna sensación de lo perenne en lo inconmensurable. Es la personalidad la que sufre cuando pierde la riqueza, cuando pierde una relación, cuando pierde la salud. Una mirada desde el alma entiende que todo eso no son pérdidas u obstáculos, sino experiencias.

Es difícil entender lo que realmente somos. Por eso nos aferramos a la seguridad de lo que no somos. La seguridad pervierte la libertad de nuestro ser esencial. Nos reprime, nos obliga a falsear la vida, a perderla por algo que nos aleja de lo primordial. Ser como almas, sentir como almas, vivir la vida como almas. Solo de imaginarlo debería ser suficiente para transformar nuestras vidas.

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La elección de una vía


© Kalle Saarikko

En la lejana tundra del rezo. En el pequeño vergel del japa. En las olas oceánicas de cualquier meditación. Allí se encuentra la vía, el camino, el sendero. La gnosis verdadera es una perpetua desnudez. Uno se desnuda en el bosque, danzando entre el fango, entre la hojarasca seca, a los pies del roble. Uno se desnuda también en la columna vertebral de las montañas, simplificando la oración del día a un pequeño recital cotidiano, en una oda que nos recuerda al hogar.

En el llano retumba aún el eco de la saciada brisa. Los rostros callados, mirando fijamente el sol en su resplandor inmediato, cortejando con sonrisas y bailes las promesas del mañana, suspirando entre frases incompletas, esas que gustan tanto a poetas y desdichados artistas.

Uno puede invocar al conocimiento o la devoción. Puede creerse un poco más jnâna o más bhakti, hasta que un día, en la penumbra de una noche cualquiera, sintetiza, integra y absorbe ambas vías. El dualismo desaparece y nace la síntesis. No hay gnosis posible sin belleza. No hay una vía única, sino la posibilidad de integrar todas las vías.

Ocurre en toda nuestra vida. Podemos navegar por la vía del egoísmo o por la vía de la entrega. Podemos dilucidar si viajamos en soledad o en pacífica compañía. No hay amor mejor ni peor, solo oportunidades de expresar amor. Somos majestades cuando imprimimos amor a las cosas. Inclusive amor a nosotros mismos, que somos la morada del alma, de lo supremo. Amarnos a nosotros mismos es cultivar un templo sagrado para que se manifieste nuestro ser esencial. Cuando esto ocurre por la propia belleza de lo que somos, descubrimos entonces que ese ser esencial es síntesis, la síntesis de todos los seres, la unión total con todos y todo.

Por eso la vía gnóstica nos lleva irremediablemente hacia el otro, que es la parte reveladora, la parte más pura y simplificada de lo que somos. En la shanga, en el asrham, en la comunidad, en el amor hacia aquello que nos traspasa y nos penetra, nos revelamos. Porque existimos deberíamos regirnos constantemente hacia una invocación, hacia una interrogación constante. Deberíamos buscar aliento, respuestas y sobre todo, formas de hacer el bien. Lo esencial de todo se encuentra en el vergel espiritual. Y ese vergel consiste en vivir la vida desde la belleza, navegar por ella con sabiduría y empujarla siempre con buena voluntad al bien.

La elección de una vía debería ir siempre precedida por una profunda meditación. Por un deseo que pudiera ser fruto de una insondable intuición, más allá de la protodialéctica que nos conduce en el devenir diario. Debería existir un estado contemplativo que nos permitiera ver. Ver lo que somos, lo que realmente somos, y no lo que creemos que somos. Ver más allá de nuestra apariencia, de nuestros estados de ánimo fluctuantes, de nuestras emociones lunáticas o nuestros pensamientos radiactivos.

La vida es como una copa siempre llena y rebosante. Sus diez mil cosas nos distraen y nos alejan de la vía por la que deberíamos transitar. La vía de la sencillez, de la humildad, del amor infinito hacia lo más cotidiano. Lo sagrado se oculta en esa sencillez. Lo profundo se enraíza entre lo ordinario, sin que sepamos verlo. Vencer la pasividad y el deseo, saltar por los aires del conocimiento y enraizarnos en lo perenne supone avanzar hacia la vía. El discernimiento entre lo Real y lo ilusorio es la esencia de toda vía. Estamos llamados a la unión con lo Real, a nuestra conformidad sobre lo que realmente somos. Debemos saber en todo momento a qué hemos sido llamados, y caminar por esa irremediable senda que conduce hacia la síntesis, hacia el otro irremediable, hacia el nosotros, hacia el Uno Real. Esa es la vía.

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Ordo Liber Spiritus. Hacia la simplicidad de vida y el pensamiento elevado


La jerarquía angélica. Visión sexta del libro del Scivias. Códice de Wiesbaden. Facsímil de 1927.

¡Cientos de jóvenes deberán ir hacia el Norte, Sur, Este y Oeste para cubrir la tierra con pequeñas colonias, demostrando que la simplicidad de vida y el pensamiento elevado conducen a la más grande felicidad!

— Paramahansa Yogananda Beverly Hills, Julio de 1949

Las palabras quedan registradas en el éter. Los hechos, las acciones, quedan para siempre en los corazones que guían a las almas hacia la inevitable luz. Nunca podremos estar saciados cuando has hollado el sendero. Simplicidad de vida y pensamiento elevado. Así deberíamos practicar los caminos, conduciendo entre risas nocturnas y cantos mañaneros hacia la más grande felicidad.

Esas pequeñas colonias ya están naciendo. Aún tímidas, aún recónditas, aún preservadas. Se convierten disimuladamente en las receptoras del Misterio, encajando entre sus secretos mensajes ocultos. Esas colonias serán entrelazadas en el halo perenne, en el infinito sabio que perdura.

Sus constructores resisten. Son la avanzadilla, la resistencia, los constructores. Allí se transmite en todas las largas noches la Ordo Liber Spiritus, como un sacramento, como una promesa, como una esperanza. La transmisión es continua, tiempo tras tiempo, etapa tras etapa. Unos la reconocen, otros la intuyen, todos la abrazan.

Hay que cubrir la tierra de lugares de paz, de amor, de luz, de inspiración. Esas pequeñas colonias, esas recónditas comunidades espirituales deben resguardar el secreto de la vida, del Ser Esencial, la demostración palpable de que el espíritu grupal será en esta nueva era la nota clave. Debemos aproximar la enseñanza hacia esa idea. Debemos procurar los medios para que se materialice. Trabajar duro, hacerlo en alegría, en gozo espiritual, desde la belleza de la más profunda alma.

Sencillez y pensamiento elevado. Es una fórmula compleja. Humildad y sabiduría cogidas de la mano, crean inevitablemente amor y belleza. El secreto más preciado de todo es hacerlo de forma común, alejados del egoísmo y el derroche de solo pensar en nosotros mismos. El reto futuro está aquí y ahora. Abrir los corazones. Simplificar nuestras vidas. Vivirlas en armonía a través del conflicto en forma grupal. No huir por derroteros ni caminos angostos. Solo  enfrentar la vida, vivirla, reírla, disfrutarla, compartirla en compañía y crear con ello el nuevo mundo. Ese será el reto de la nueva Ordo Liber Spiritus.

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Las tres etapas, las siete edades, los nueve ciclos


“Cada ser humano tiene su estrella dentro del Cosmos”. Rudolf Steiner

Hay muchas formas de contar la vida. Me gusta y satisface mucho la manera en que los antropósofos lo hacen: mediante los septenios, una especie de biografía humana particular, una manera de proyectar un acontecimiento cósmico en algo terreno. Es una forma adecuada para entender nuestro progreso humano, pero también nuestra injerencia espiritual, aquello que nos eleva y nos empuja por encima de nuestra condición humana. Podríamos resumir esta biografía de la siguiente manera:

1. Los tres septenios del cuerpo.
2. Los tres septenios del alma.
3. Los tres septenios del espíritu.

Los tres primeros septenios, los del cuerpo, serían los siguientes:

a. Primer Septenio, de 0 a 7 años. Se le conoce como el septenio del cuerpo físico, su desarrollo y consolidación. Está relacionado con el propio nacimiento, el desarrollo de la postura erecta, el hablar, etc…

b. Segundo Septenio, de 7 a 14 años. Está relacionado con el desarrollo del aspecto etérico y la maduración anímica. Se crea una metamorfosis de las fuerzas del crecimiento y el niño empieza a expandirse.

c. Tercer Septenio, de 14 a 21 años. Es el tiempo de la maduración del cuerpo astral, de las emociones y los deseos, de todo aquello que tiene que ver con la interacción social y la conducta, así como el amplio descubrimiento del sexo y su definición.

Los tres septenios del Alma serían los siguientes:

d. Cuarto Septenio, de 21 a 28 años. Es el septenio del autodominio, del alma sensible que empieza a manifestarse con timidez y requiere cierto domino sobre sus impulsos más primarios.

e. Quinto Septenio, de 28 a 35 años. Es el septenio de la autoafirmación, el nacimiento del alma racional que lo invade todo y lo cuestiona todo. Es la reafirmación del yo individual frente a lo colectivo y de la búsqueda de la propia luz interior.

f. Sexto Septenio, de 35 a 42 años. Es el septenio de la autoconfianza, del alma consciente que empieza a desplazar a la personalidad inconsciente.

Los tres septenios del Espíritu serían los siguientes:

g. Séptimo Septenio, de 42 a 49 años. Se le conoce como el septenio del Principiante. Es el tiempo de la acción, empezando a recorrer el largo camino del despertar espiritual. Es el tiempo de enfrentarse con tres de los más grandes impostores: el orgullo, la ofensa y la ambición.

h. Octavo Septenio, de 49 a 56 años. Es el septenio del Maestro, de la fuerza anímica del pensar, de la cual nace el maestro interior que todos llevamos dentro y toda la fuerza y la sabiduría que la madurez nos ha otorgado.

i. Noveno Septenio, de 56 a 63 años. Se le llama el septenio del Sabio, aquel que piensa, siente y actúa dentro del camino de la sabiduría que otorga la vida.

Más allá de este septenio se encuentra el retorno consciente, el desprendimiento, la generosidad absoluta hacia los demás, el vasto campo de la experiencia espiritual sin distorsiones, sin reclamos, sin engaños. Un sabio se desprende de todo antes de morir. Un sabio comparte todo aquello que sabe con el resto.

 

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Leyes Superiores: la importancia de cambiar la dieta en el Sendero del Discipulado


Nicholas Roerich. Agni Yoga. Diptych. Right part. 1928.

“No me cabe la menor duda de que es parte del destino de la raza humana, en su progreso gradual, el dejar de consumir animales, de igual modo que las tribus salvajes dejaron de comerse entre sí cuando entraron en contacto con otras más civilizadas”. “Leyes superiores” Thoreau

La nave Tierra es una Escuela. En cada ritmo, en cada estación de su prolongada existencia, se rige por una fuerza planetaria que proyecta su influencia en nuestras vidas. Sería ingenuo y atrevido pensar que la evolución humana terminara en el plano mental, en el intelecto, en la razón pura, y que ahí habitaríamos por el resto de nuestras vidas. Nuestra biografía humana es una proyección terrena de un acontecer cósmico que se prolonga en un estadio evolutivo infinito, perenne.

Cuando aprendimos a cocinar nuestros alimentos gracias a la cocción de estos mediante el fuego, nuestra dentadura comenzó a modificarse y nuestro rostro se refinó. Hubo una evolución material significativa que hizo posible una evolución emocional y mental. Un cambio lento y gradual en nuestros intestinos, en nuestra forma de caminar y luego en nuestra forma de comunicarnos. Con el tiempo nos volvimos cada vez más refinados y minuciosos, más sedentarios gracias a las cosechas abundantes. En las culturas más avanzadas, sería impensable encontrar episodios de masacres colectivas o incluso de guerras entre unos y otros. El ser humano ha aprendido a dar significado profundo a la vida, inclusive a la vida de un solo individuo. Con el tiempo, esa sensibilidad se volverá aún más delicada, y ocurrirá lo mismo con la vida animal: será respetada, considerada y protegida. Al igual que alguna vez dejamos de ser animales carroñeros, algún día dejaremos de ser animales carnívoros y el consumo de carne quedará como un resquicio abominable de nuestro pasado animal.

En ese momento, y tras una evolución continua, volveremos a cambiar la dieta, dejaremos de comer animales y volveremos a dar un salto cuántico en cuanto a evolución se refiere. Habrá un nuevo cambio fisiológico, como ocurrió cuando descubrimos el fuego, que a su vez repercutirá en nuestra sensibilidad y en nuestro pensamiento. Cuando dejemos de consumir sangre y carne, el ser humano volverá a evolucionar. La pregunta es, ¿hacia dónde nos llevará ese nuevo refinamiento, esa nueva evolución? La otra pregunta sería, ¿deseo ser partícipe del mismo?

Más allá de la horda de pregoneros que anuncian su propio camino, su propia verdad, existen requisitos básicos y comunes para progresar individual y colectivamente hacia esa nueva dimensión humana. Todos los textos místicos, espirituales, áureos y esotéricos de todos los tiempos hablan de esta segunda ola evolutiva. No subrayan ni marcan concienzudamente sobre la necesidad de provocar este cambio asumiendo cambios en nuestra alimentación, pero dan pistas sobre ello. Algunas tradiciones más elaboradas, de forma aún oscura y compleja, llaman a este salto evolutivo como Sendero del Discipulado. Es una forma abrupta y extraña de indicarnos algo. Algo que está en estrecha relación con nuestro progreso, con nuestra evolución, con nuestra nueva meta como seres humanos. Un lugar, o un estado de consciencia, si queremos llamarlo así, donde desaparecen las creencias, los dogmas, los gurús, los maestros y los guías. Donde uno se encuentra a solas consigo mismo, reflejando el rostro de la personalidad en el espejo del alma.

Para los antiguos, el Sendero del Discipulado era una especie de consciencia que había atravesado las necesidades materiales, emocionales y mentales para establecer su campo de expansión en lo que siempre ha sido llamado lo “espiritual”. Esa nueva consciencia es una orientación expresa hacia lo que todas las tradiciones llaman la vida del alma. Resumidamente, podríamos decir que esa vida del alma es aquella que basa su necesidad no en satisfacer las necesidades materiales, emocionales o intelectuales de cada individuo por separado -hablamos aquí del conflicto de la separatividad-, sino de ese momento de adentrarse, una vez tenido cierto dominio sobre esas anteriores necesidades, en la satisfacción de las necesidades espirituales, en las necesidades del alma. En resumen, en eso que los políticos de hoy en día llaman trabajar para el bien común, el servicio grupal. Ser espiritual no es más que eso. Elevar la mirada más allá de nosotros mismos y empezar a mirar a los otros, al grupo, al colectivo, al ser humano en su conjunto como especie unificada y más allá, a las otras especies como entidades vivas y necesitadas de derechos, respeto y admiración.

Todas las tradiciones espirituales señalan ese camino, esa senda, ese discipulado. Cuando en Oriente hablan de Unión y en Occidente de Unción el significado oculto es el mismo. Iluminación en Oriente y Adumbramiento en Occidente. En el fondo están diciendo lo mismo, desde diferentes visiones y construcciones culturales. Orientar nuestras vidas hacia esa realidad espiritual empieza por lo más básico. Si una vez dejamos de comer carne cruda y nuestras vidas y evolución cambiaron para siempre, ocurrirá lo mismo cuando dejemos de comer carne cocinada y sustituyamos nuestros alimentos de carne y sangre por algo más sano, algo alejado de la violencia, una comida inofensiva que nos acerque a otro peldaño de nuestra evolución inmediata. A nivel individual, nadie puede hollar ese Sendero si no ha atravesado esta premisa tan básica e imprescindible. La creencia contraria es vivir en una mentira acuciante y peligrosa. En otro paso mayor, ocurrirá lo mismo con el alcohol, el tabaco y las drogas.

Hay un ejercito de ángeles con espadas y antorchas en sus manos


Hieronymus Wierix, San Miguel venciendo al Dragón, 1584.

Después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles; pero no prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo. Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él. (Apocalipsis 12:7-9)

La humanidad se mueve de nuevo en una línea descendente en su proceso evolutivo. Es una caída provocada desde la ola de la espiral en la que nos encontramos. La humanidad debe con el tiempo corregir su marcha y entrar en una corriente de vida evolutiva consciente, de generosidad, de dar, espiritual si queremos llamarla así. Los verdaderos iniciados son los que sirven a San Miguel en esa corriente, al regidor cósmico de la luz y el bien desde lo dado, en contra de los seguidores del Dragón, de Ahrimán, de las fuerzas de la oscuridad, que son los que quitan, los que restan, los que oscurecen. Más allá de las leyendas áureas, la gran guerra que se libra en los cielos también se libra aquí en la tierra. Existe un grupo de ángeles encarnados que trabajan en silencio y humildemente para engendrar el bien, la paz y el amor. Cada uno con sus propias armaduras, con sus propias espadas, con sus propias antorchas de luz en sus manos. Cada uno aportando lo que puede para el bien común.

Son enlazadores de mundos. Seres que en silencio trabajan para la Gloria del Altísimo, para el Padre o para el Señor, según lo llaman en cada una de sus tradiciones. Son constructores fértiles de un mundo bueno, personas que entregan toda su cosecha y que no atesoran tesoros donde las polillas y la herrumbre destruyen, sino orbes cargados de manantiales de generosidad. No es frecuente verlos, y menos aún compartiendo en una misma mesa. Pero a veces se tiene el privilegio de estar con ellos, de compartir con ellos, y generar así inspiración para otros. Son transmisores de luz, de consciencia, de paz ardiente.

Por otro lado, hay seres que se comportan como sibilinas gorgonas, como serpientes o dragones que se enredan en sus propias vidas y enredan con bonitas palabras y melodías a los demás. Seres que solo piensan en sí mismos, en sus pensamientos, en sus emociones, en su vida material. Es imposible sacar de ellos un halo de luz, porque su vida gira en torno a ellos mismos y sus entrañas. La batalla del cielo es igual que en la tierra. Mientras unos protegen y animan la paz, el amor y la generosidad, otros solo viven en una maraña de egoísmos y perturbadora oscuridad.

Todos los días deberíamos preguntarnos si somos seguidores de San Miguel o del Dragón. Si recibimos el nuevo día para servir al otro, para ayudar al otro y al mundo, o si por el contrario, solo giramos en torno a nosotros mismos y nuestras pequeñas e infinitas necesidades. Esa es la gran batalla, la batalla de todos los tiempos. ¿Cuánto dedico a la luz y cuánto dedico a la oscuridad?

En estos tiempos de oscuridad es fácil quedar enredados en la maraña de aquellos que hablan de unas cosas y otras pero en el fondo solo hacen eso: hablar. Lo complejo de la espiritualidad de nuestros días es mancharse las manos luchando contra el Dragón. No con un libro ilustrado de bonitas páginas y palabras, sino con una gran antorcha de fuego acompañada de una gran espada. No predicando sobre la vida del Dragón, sino luchando en la cueva oscura contra él, a veces látigo en mano, como un Cristo Cósmico arrojando a los mercaderes del Templo.

Por eso la proclama para este tiempo no es enredarse en interminables capítulos de palabrería, de bailecitos de salón, de cantos gloriosos, sino de pura batalla contra el mal. Y en esa batalla no habrá tregua ni descanso. Por eso, una vez más, harán falta ejércitos de luz, de ángeles con espadas y antorchas en sus manos, arrojando de nuestras vidas todo mal, toda ignorancia, toda ilusión. Brillando la luz en la oscuridad, el bien triunfará. La generosidad, el Dar, es la mayor expresión cósmica, universal. Solo tenemos que mirar la naturaleza, el sol, la propia vida… «Dar» es comprender y fortalecer la línea evolutiva del universo. Darte a los demás, desde tu propio don, es prestar atención al ejército cósmico de San Miguel.

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Meditar


En poco tiempo hemos pasado del oremos al meditemos. Eso está bien. De alguna manera estamos pasando del pedir, al dar. Cuidando siempre las trampas del pequeño ego, donde se encuentran algunas distorsiones como la de sentarnos sublimemente para seguir pidiendo, o para enorgullecernos de que hacemos una postura correcta, una respiración correcta y una vacuidad correcta.

El orgullo espiritual nos puede doblegar y hacer volver a la casilla de salida. Pero ya sabemos cual no es el camino de la meditación, ahora que está tan de moda, y qué debemos hacer para liberarnos de las semillas de la esclavitud del ego, el orgullo y el egoísmo. También sabemos que la meditación tiene que venir acompañada siempre de un correcto estudio y un correcto servicio hacia nosotros mismos, hacia los demás y hacia el mundo entero. Digamos que la meditación debe venir siempre acompañada de otras prácticas complementarias.

La meditación es uno de los yogas, llamado en la tradición oriental como raja yoga. Al mismo se llega después de haber podido entender los otros yogas, los cuales han tenido su importancia para el desarrollo completo del ser humano:

1. Hatha Yoga, el cual se creó hace miles de años para tener control sobre nuestro cuerpo físico, potenciando así sus cualidades. Aunque es un yoga que ahora está muy de moda en occidente, realmente es un yoga en retroceso, un yoga del pasado.
2. Laya Yoga. Se creó para tener dominio sobre nuestros estados de ánimo (nuestro cuerpo etérico o anímico) y cierto control de los centros energéticos junto con la práctica del pranayama;
3. Bhatky yoga, creado para desarrollar, controlar y potencial nuestro cuerpo emocional;
4. Raja yoga, también conocido como meditación, para el desarrollo y control de la mente humana, en sus dos variantes (recordemos los dos caminos Y de Pitágoras).
5. Agni yoga, mediante la práctica de la ética viviente, será el yoga que se desarrollará en un futuro para que aquello que llamamos alma, yo superior o consciencia se manifieste en nosotros, completando así el ciclo completo de la Unión o del Yoga en el ser humano completo.

Pero fijemos ahora la atención en el raja yoga, el yoga en el que ahora estamos centrados como humanidad avanzada que se esfuerza por desarrollar el plano mental, la Mente del que nos habla el Kybalion. ¿Cómo se hace esto? ¿De qué manera se practica? Los Aforismos del Yoga de Patanjali es la base para el entendimiento y el estudio del yoga en su conjunto. Decíamos que la meditación tenía que venir acompañada de otros estadios que Patanjali describió como: Yama (actitud) y Niyama (calidad) como marcos de los Asana (posturas) y Pranayama (respiración) que conducen hacia el Pratyahara (introspección meditativa) y su evolución hacia Dharana (concentración meditativa), Dhyana (contemplación meditativa) y finalmente al Samadhi (absorción meditativa). Los primeros cinco estadios, (yamas, niyamas, asanas, pranayama y pratyahara) son las practicas externas y los tres últimos (dharana, dhyana y samadhi) se realizan internamente. El ser humano en su conjunto, como raza humana, está empezando a penetrar en este camino interior.

Pero la concentración meditativa y la contemplación meditativa que nos lleva hacia el samadhi solo son un preámbulo para algo mayor. De nada sirven estas técnicas si no le damos razón de ser, si nuestra propia luz interior no se pone al servicio de una causa mayor. Os comparto una meditación creativa que practicamos en la comunidad Simorg por si puede ayudar en algo, y que de alguna manera sirve para integrar todo el conocimiento del yoga y ponerlo al servicio de la humanidad. Es una práctica sencilla de meditación que no dura más de veinte minutos, intentando organizar en ella toda la utilidad del yoga meditativo aplicado al servicio desinteresado.

ETAPA VERTICAL

PRIMER INTERVALO (CINCO MINUTOS). INTEGRACIÓN.

Buscamos una posición cómoda -sin complejas posturas, recordad que habitamos cuerpos occidentales, rígidos y cansados- y respiramos profundamente tres veces. Este primer intervalo pretende la desidentificación de nuestros cuerpos.

– Poniendo atención en la respiración, hacemos un recorrido por nuestro cuerpo físico y nos desidentificamos de él. Nosotros no somos ese cuerpo físico, su apariencia, su imagen.
– Hacemos un recorrido por nuestro cuerpo etérico o anímico y nos desidentificamos de las energías que lo envuelven. Nosotros no somos nuestros estados de ánimo ni esas energías que dan vida al cuerpo físico.
– Hacemos un recorrido por nuestro cuerpo emocional. Observamos sus deseos, anhelos y emociones y nos desidentificamos del mismo. Nosotros no somos nada de eso. Practicamos con ello el desapasionamiento.
– Por último, hacemos un recorrido por nuestro cuerpo mental en su doble vida: el cuerpo mental concreto, que nos ayuda con los pensamientos recurrentes del día a día y el cuerpo mental abstracto, que nos otorga aquello que nos hace realmente humanos. Nos desidentificamos completamente de nuestros pensamientos y nuestras ideas. Nosotros no somos nada de eso.
– Por último, comenzamos a ver toda esa personalidad como un todo integrado en un solo Ser Esencial.

SEGUNDO INTERVALO (CINCO MINUTOS). ALINEACIÓN.

– Observamos con atención concentrada ese ser unificado y desidentificado. Ya no somos un torpe y frágil cuerpo físico, ni un estado de ánimo, ni una emoción, ni un pensamiento o idea. Ahora somos algo más, empezando a reconocernos tal y como somos en realidad.
– Intentamos, con la imaginación creadora y desde el poder de sabernos unificados e integrados, construir un puente hacia nuestro Ser Esencial. Algunos lo llaman alma, espíritu, esencia, consciencia, yo superior… El nombre no importa. Hagamos COMO SI de alguna manera ese puente existiera y esa alma pudiera gobernar nuestras vidas más allá de las pasiones del día a día y sus problemas.
– Imaginamos que superamos los obstáculos para alcanzar esa alineación con nuestra alma y su luz: ignorancia, sentido de lo personal, deseo, odio y apego
– Imaginemos por un instante que esa alma, mediante la aspiración ardiente, ha tomado posesión de nuestra pequeña personalidad integrada y nos aporta mayor Visión, mayor consciencia, mayor luz, mayor equilibrio y paz.

ETAPA HORIZONTAL.

TERCER INTERVALO (CINCO MINUTOS). FUSIÓN.

– Imaginemos ahora, y tomemos consciencia durante unos minutos, de que esa alma no está sola, sino que trabaja en grupo y somos parte de ese grupo de almas que trabajan activamente por el bien común.
– Integrando nuestra personalidad alineada con nuestra alma, intentemos imaginar la fusión de grupo evocando amor grupal.
– Imaginémonos todos en un círculo de vivos puntos de luz, atrayendo hacia nosotros la luz grupal, mucho más poderosa y ardiente que la individual.

CUARTO INTERVALO (CINCO MINUTOS). PRECIPITACIÓN.

– Practicando en la meditación la impersonalidad, la inofensividad y el desapego, imaginemos y visualicemos todos los grupos que en este momento están, alrededor del mundo, trabajando por hacer el bien.
– Imaginemos de qué manera nosotros podemos trabajar individualmente desde el desapasionamiento y desde la visión del alma individual , y al mismo tiempo, trabajar grupalmente para hacer el bien. Visualicemos todos los días, durante cinco minutos, como podemos ser útiles al bien común, en grupo, con el grupo, teniendo siempre en cuenta que:
– Meditando sobre la luz se puede alcanzar la luz.
– Meditando sobre la paz se puede alcanzar la paz.
– Meditando sobre el amor se puede alcanzar el amor.
– Todo esto es meditación con simiente.

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