La Vida es Bella


Sin saber qué comer, un día improvisamos un arroz precocinado con tomate en un supermercado

Ayer, inesperadamente, tras haber pagado la noche de hotel, a media mañana, nos llegó la noticia. Ya podíamos volver a casa. Empezamos a llorar de alegría y no tardamos ni cinco minutos en recoger las cosas y salir corriendo para casa, donde nos aguardaba una gran caravana de coches que esperaban a que dieran las cinco de la tarde, hora estipulada, para abrir la barrera y dejar pasar a los vecinos. Reconozco que esos minutos de espera en la autovía, con todo el calor y toda la gente desesperada por llegar a casa, fueron innecesarios y espantosos.

Los cinco días en el hotel han sido eternos. Las horas no pasaban, el espacio reducido de la habitación nos hacía imposible una convivencia sana. La habitación de los perros, justo al lado nuestra, se volvía insalubre. Al cuarto día, la situación era ya desesperante y en un momento de desesperación, cogí a los cuatro perros, los metí en el coche y me fui para el pueblo, el cual seguía evacuado y cerrado por la Guardia Civil. Cuando llegué a la entrada y expliqué la situación, no me dejaron pasar. Insistí argumentando que no podíamos, con dos bebés, sostener a cuatro perros grandes. Consultaron con un superior y al final, después de mucha insistencia, me dejaron pasar para dejar a los perros en la finca. Cuando entré al pueblo, la sensación fue demoledora. Es difícil explicar con palabras el ver las calles vacías, todo en silencio, las casas muertas por dentro, al fondo, aún humeantes, algunas que ya dejaron de existir, quemadas por las brasas.

Aunque estuve cerca de la guerra de Ucrania y asistí a los refugiados sirios y de otras latitudes, nunca te imaginas cómo puede ser un escenario asolado por la catástrofe. Empaticé inevitablemente con todos los pueblos que sufren, con todas las almas que en este instante lo han perdido todo, incluso familiares, por guerras, catástrofes, calamidades de todo tipo que se ciernen sobre nosotros. Recordé lo terrible que tuvo que ser la Dana de Valencia, tan próxima a nosotros, y los muertos de los incendios de Almería. Toda tu vida puede cambiar en un instante. A veces sin imaginar que esas cosas puedan ocurrir, o puedan ocurrirte a ti, en primera persona.

Me dieron solo cinco minutos para entrar y salir del pueblo. Dejé a los perros con agua y bebida abundante, saludé a un vecino que se había saltado las restricciones y se escondía en su casa. Me dijo que le quedaba poca comida y le tiré lo que pude a su terraza. Fui corriendo a casa de otra vecina para dejarle las llaves, pues sabía que también se había saltado las restricciones, y a escondidas, por los caminos vecinales, había accedido a su casa, desesperada, por no poder aguantar más psicológicamente la situación. Luego me di cuenta de que había un puñado más escondidos, evitando las patrullas de la policía que iban rondando las calles para evitar saqueos y robos. Empaticé con ellos. En situaciones desesperadas, haces cosas desesperadas.

Los cinco días fue como vivir, salvando mucho las distancias, en un campo de refugiados, como los que visité en la isla de Chios. La diferencia era abismal, porque allí vivían en tiendas improvisadas, avasallados, comiendo en comederos grupales que los voluntarios tratábamos de mantener. Hacer la comida para cientos no era reconfortante, sobre todo cuando tenías que poner orden en las eternas filas, donde unos se colaban o se peleaban porque alguien había cogido un trozo de más. Nosotros, vegetarianos los cuatro, nuestro problema más acuciante era qué comer con tan limitada variedad vegetal. Así que improvisábamos, recorriendo todos los restaurantes del centro comercial y escapando, aburridos, cuando podíamos, a la ciudad buscando algo diferente, previo pago.

Las horas se hacían eternas, las rutinas extrañas. El centro comercial se había convertido en nuestro refugio y el de muchos evacuados. Allí nos encontrábamos con los vecinos y nos contábamos nuestras penas y angustias. Temíamos preguntar cómo estaba su casa o su negocio por si habían sido uno de los damnificados. La niña, de dos meses recién cumplidos, no entendía muy bien lo que pasaba. El niño, de un año y medio, se divertía con otros niños en el centro comercial, pensando que esto formaba parte de las vacaciones que habíamos dejado en el norte, esta vez, eso sí, sin playa. Los nervios nos traicionaban, el cansancio se acumulaba y psicológicamente cada día estábamos más abatidos. Solo fueron cinco días, ¿cómo pueden aguantar familias enteras guerras que duran años?

Nos acordábamos de la película La Vida es Bella. Antes de saber si nuestra casa había desaparecido o iba a desaparecer en cuestión de horas, intentábamos emular al inolvidable Guido Orefice, pensando que teníamos que estar enteros para lo que pudiera ocurrir. ¡Buenos días princesa! Repetíamos a la pequeña. Pero ahí estaban los rincones oscuros, las plazas del alma, las moradas donde nadie puede entrar, con el sollozo esperando, la tristeza asomando, el manantial de desesperación agrietando lo más hondo. Desesperados y hambrientos de paz, de tranquilidad, de hogar. El ser humano es resiliente. Pero no sé hasta qué punto la vida destroza a aquellos que lo pierden absolutamente todo. Aún no lo sé, aunque hayamos rozado esa sensación por un instante.

Un día le compramos una moto de juguete al pequeño Noam y gritamos: ¡Noam! La moto es para ti, ¡es todo de verdad!

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