Nuestra huella


Había un medio poeta, medio gobernador, que decía que su verdadera patria era un almendro. Don Nicolás Estébanez, nos describía detalladamente Unamuno, soñó el universo, y con él soñó la patria al pie de un almendro a la entrada de la Laguna de Tenerife, como otros españoles la soñaron al pie de un roble vasco, de un pino gallego, de una encina castellana o catalana, de un avellano o algarrobo levantinos, de un olivo andaluz o de otro árbol cualquiera doméstico.

Las patrias a veces son grandes o son chicas, dependiendo del sentido que cada cual encuentre sobre su origen, su sentimentalismo o su vaguedad ideológica. La verdadera patria, ya sea un avellano, una infancia o un carácter cultural, no explora los límites de sus fronteras, sino que se hace pequeña, ombliguera, ridícula.

Luego están las patrias del espíritu. Esas son más volátiles y complejas. Cuando creíamos que el verdadero y más grande de los dioses era Zeus, resulta que este solo era minúsculo en comparación con su padre Cronos, y este a su vez, una mota en comparación con su otro padre, el abuelo de Zeus, llamado Urano. Y a su vez, si tiramos del hilo dorado de Ariadna (no del rojo, por favor), llegaríamos a otros dioses, a otros mundos, a otras galaxias lejanas, concluyendo que, por más grandes que sean los cielos, nuestro espíritu carece de grandeza suficiente para abarcarlos, y que requiere, al fin de cuentas, de un pequeño avellano al que mirarse para concluir eso tan amanido de que, en verdad, no somos “naide”.

Por eso se crearon los semidioses, aquellos engendrados por los originales elohim, tan enamorados ellos de las hijas de los hombres. Solo para aprender a amar al almendro. Pero si tiramos más arriba, ahí está Gea como reina de todos los dioses, y luego su padre, Caos, engendrador de todos los mundos y luego… otra vez nosotros, a solas con las sombras de nuestros árboles-totémicos. Y es en esa soledad cuando advertimos que no somos dioses, que somos mortales, y por lo tanto, pronto entraremos en el mundo del olvido.

Esa sola idea, cuando la piensas, crea urgencia. Urgencia para ordenar la vida, las relaciones, el mundo próximo. Urgencia para regar nuestro pequeño árbol y, de paso, ayudar a otros a regar el suyo para crear ese gran bosque, ese gran simorg que somos. Antes de que lleguemos al olvido, algo debemos hacer, aunque sea poco, para con nosotros, para con los otros, para con el mundo. Actos de buena voluntad, pero sobre todo, actos que creen belleza, ternura, amor. No importa de qué manera podamos o no pasar a la memoria colectiva, antes de que pasemos al olvido colectivo. Sea como sea, que nuestra huella, grande o pequeña, ayude al mundo.

Sobre la ambrosía del conocimiento


Mientras corregía la traducción —del francés al español— de un texto antiguo que pronto editaremos, una edición que comenzamos hace ya algunos años en la añorada cabaña, me topé, en la página 35, con una cita en siríaco antiguo. Al intentar rastrear su origen, llegué a un libro del siglo VI editado en la también añorada ciudad alemana de Göttingen, ciudad universitaria en la que viví algún tiempo. El texto siríaco, junto con su retroversión griega de la Kephalaia Gnóstica (comentada por Mar Babai), no era sino la punta de un iceberg que me condujo a viajar por textos clásicos, a veces incomprensibles incluso para las mentes más brillantes.

La frase en cuestión que aparece (—صبرٍ ومع خط وإحسان  ; ṣabrin wa maʿa khaṭṭin wa iḥsān)— es una cita breve que resume virtudes ascéticas fundamentales en la tradición siríaca: la paciencia (ṣabr), la rectitud o disciplina (khaṭṭ puede entenderse aquí como “conducta recta”, aunque literalmente significa “línea” o “trazo”) y la bondad (iḥsān). El libro en cuestión es para eruditos que sepan apreciar no solo la parte gnóstica del texto, sino también su profundo mensaje espiritual.

El peligro de estos libros eruditos es que puedes pasarte toda una vida intentando descifrar una de sus líneas, o tres vidas si lo que intentas es entender un párrafo entero. Los avispados podrán hacerse una idea volátil y fugaz de la pretensión del autor, y los que tengan la paciencia de profundizar en su pequeña obra dividida en cuatro diálogos (no desvelaré aún el libro hasta que no salga en unas semanas), quizás observen en su mente más abstracta algún atisbo de lucidez o iluminación.

Admito que disfruto con estas obras atemporales, tan fuera de lugar en estos tiempos y que pocos editores se afanan en editar, a riesgo de quebrar económicamente mientras se sacia la sed de sabiduría en un tiempo tan oscuro.

Es evidente que el Arquitecto-Reparador debe andar disgustado ante la falta de luz, pero no debemos por ello abandonar a nuestro guardián interior y dejarlo a su deriva cósmica. La luz no es solo una metáfora, es un alimento, y la falta de luz, es pura hambruna para el alma. Cuando eso ocurre, la forma vaga despistada por las entrañas de la materia, alejada de la vida y más propensa a la arbitrariedad de las energías caprichosas de la naturaleza que a su propia e infinita voluntad. Es por eso que cuando me topo con un libro así, mi alma respira consolada, se frota las manos y peregrina a esas moradas tan ricas en alimentos luminosos.

Lo malo de alcanzar, aunque sea durante un instante mínimo, esas luminosas esferas, es que la vuelta de las mismas se hace pesada, indigesta, y el mundo oscuro aparece como algo insulso e insultante. El bostezo se llena de lágrimas y las lágrimas forman un río que desemboca en el océano de la pena y la amargura. Eso puede durar días o semanas o meses hasta que, de repente, vuelves a abrir un libro perdido, lleno de propósitos de conocimiento y condenado, con toda seguridad, al fracaso editorial seguro, pero capaz de llenarte los pulmones de sabor y ambrosía.

Sigo por ello recolectando néctar, cueste lo que cueste, aunque sea en tardes de otoño perdidas en paseos que quiebran la estrechez del momento. Sigo soñando con ese demiurgo armonizador capaz de proveer lo necesario para expandir la fe y la esperanza, la luz y la verdad, la fraterna llama de la inmortalidad humana, sensata, amable, amorosa.

La fortuna de ser escritor


Hoy le escribía a un amigo algo así: “Hay una leyenda que dice que si no mueres antes de los 28 años, no te conviertes en mito. Les ha pasado a muchos actores, cantantes, y también a Jean-René-Huguenin… Su libro Diario, que alguien publicó tras su muerte, cuenta la vida de un escritor joven que quiere dedicarse a la escritura… Cuando estudiaba mi primera carrera, lo devoré, porque mi sueño en aquel entonces era ser escritor. Escribía pequeños artículos de opinión que me publicaban en diarios locales de Jaén, y me hacía mucha ilusión ir a los quioscos de la época los viernes y ver mi artículo, alguno en primera plana… Mi primer artículo se tituló La Náusea, y creo que fue por motivo de la muerte de Miguel Ángel Blanco… qué tiempos aquellos… Sigo soñando con ser escritor, por eso quiero ser rico, para delegar el rollo editorial y marcharme a una cabaña en los Alpes suizos para escribir (también me marcó mucho el libro de Hermann Hesse, El Balneario, narrado a modo de diario sobre su vida en un balneario en Suiza, de ahí también mi obsesión por escribir en alguna montaña alpina; no, no es por Heidi, lo juro… )”

Lo cierto es que escribir lo disfruto más que editar, aunque editar es también un consuelo, porque de alguna manera, estoy rodeado de libros, de escritores, de letras, de cultura, de activismo. Editar, si editas bien, tiene cierto poder, cierto glamour. Pero con el paso del tiempo, nadie recuerda a los editores, excepto algunos estudiosos u optimistas del gremio. Sin embargo, a los escritores, si escriben bien, de alguna manera permanecen como motas en la psique colectiva. Se inmortalizan, suman egregor cultural a una civilización, inspiran ideas que flotan por la atmósfera incluso siglos después de su muerte. Los padres griegos y romanos de nuestra civilización aún siguen vivos en nuestros días. Todo el mundo conoce a Platón o Aristóteles, pero nadie recuerda a Max Perkins, editor de Hemingway, o a Gaston Gallimard, editor de Proust, Camus y Sartre, tres grandes.

No deja de ser paradójico que durante diez años viví en un entorno bucólico, rodeado de montañas y bosques, en una pequeña cabaña de madera construida por mí mismo, a lo Thoreau (algunos me llamaban el Thoreau español, lo cual hacía enloquecer a mi pequeño ego), y sin embargo, aquel espacio tan aparentemente bucólico, rodeado de naturaleza y silencio, nunca me permitió escribir un solo libro. Ni siquiera me permitió leer a los clásicos que leía antaño, cuando menos tiempo disponía. Pasaban por mis manos la épica griega, la lírica antigua, el nacimiento de la tragedia o la revolución teatral, el pensamiento ético y retórico, algo de comedia latina, la poesía amorosa o sobre la naturaleza e incluso algo del saber enciclopédico, pero la construcción de una comuna, la rehabilitación de un edificio del siglo XVI, la editorial y la tesis doctoral, entre otras mil cosas, me alejaron totalmente de la escritura.

Mi única escapatoria era disfrutar del arte epistolar como si fuera Plinio el Joven, o de cierto estoicismo narrado en este blog, a modo de desahogo y práctica, para que no se oxidara el noble arte de la escritura. Un arte místico, un arte perenne, un arte que requiere de artistas tejedores de luz en tiempos de tanta oscuridad. No, no quiero esperar a escribir desde un Balneario en una lejana jubilación, pero ahora, como diría aquel, mientras la fortuna no llegue, tocan otras cosas. Y al amigo al que escribía estas primeras letras y al que le editaremos un libro próximamente, aunque no lo sepa, le llegó esa fortuna. La fortuna de ser escritor.

El arte del malabarismo


El malabarista: una fiesta de pueblo. 1873 (Der Jongleur: ein Dorffest. 1873) Fritz Beinke

La vida se antoja como un juego de malabarismo, donde uno ejerce equilibrio ante una floja cuerda que atraviesa un abismo incierto. Ese abismo, llamado incertidumbre, es vacilante y tembloroso. En verdad, nunca sabemos cuánto tiempo el funámbulo que somos permanecerá sobre la cuerda, y cuántas bolas caerán en su recorrido de un lado al otro de la misma. A veces hay situaciones extremas donde el saltimbanqui que somos ejerce presión aguda sobre sus manos. Empiezan las bolas a subir y bajar a altas velocidades y en ocasión, algunas caen. La esperanza, la salud, la economía, el amor, la alegría, incluso a veces se te cae un objeto encima de la cabeza de tu hijo y tardas un tiempo infinito en consolar su llanto.

Imagina equilibrar todas las fuerzas. A veces es imposible y caemos en la depresión, en la enfermedad, en la apatía, en la tristeza, en la duda, en la desesperanza, en la pérdida, en el olvido. Se cae la bola del amor y es difícil recuperarse. Se cae la bola de la salud y podemos perderlo todo. Se cae la bola de la economía y ahí todo resulta desesperante. Y así con tantas y tantas bolas que tenemos que manejar diariamente. Los amigos, la familia, las relaciones, las ganancias, las pérdidas.

A veces pierdes la cabeza o el ánimo o las ganas de todo. Resulta difícil mantener la cabeza en su sitio. Resulta difícil seguir creyendo en ti cuando todos dudan de ti, de tus malabares, de tus acciones. Resulta complejo esperar y no cansarnos de la espera, esperar a que todo se restablezca, esperar a que la vida compense la caída, el equilibrio. Volver a soñar sin que los sueños te dominen, seguir pensando con claridad sin que los pensamientos se vuelvan esclavos. Tratar al triunfo y la derrota como verdaderos impostores, que diría el poeta. ¿Cuántas veces hemos visto destruir aquello por lo que hemos dado la vida? No una ni dos ni tres veces. ¿Cuántas otras veces sucederá, inevitablemente, para hacernos reconectar con el hilo que verdaderamente importa?

Resistir, te dices a ti mismo. Resiste, corazón, con coraje y voluntad. Resisten los nervios y los tendones cuando todo se desmorona, cuando una tras otra caen las bolas e incluso el fino cable que nos sostiene comienza a balancearse sin remedio. Resiste y conserva tu honor, tu virtud, tu dignidad, que es lo único que puede salvarte cuando lo has perdido todo, una y otra vez.

Resiste y ama el equilibrio y el caos, porque si somos almas poderosas e indestructibles, podemos contemplar con indulgencia cada prueba de la vida. Podemos valorar los riesgos y podemos balancear cada jugada volando sobre ella. Podemos incluso prescindir de las bolas, porque, como dijo el poeta constructor Rudyard Kipling en su poema “If”, “Si puedes llenar el implacable minuto, con sesenta segundos de diligente labor, tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella”…

Hay que actuar dentro de nuestro pequeño alcance


El campo de amapolas en Argenteuil – Claude Monet

La vida es como un latido oculto, es algo que se puede escuchar si uno presta atención. También es como un aliento que sutilmente oxigena nuestros momentos de felicidad, nuestros momentos de duda o nuestros momentos de cansancio. Es algo que está dentro y fuera de nosotros, es algo que nos anima y que nos dirige hacia una visión que, a medida que crecemos interiormente, se vuelve más consciente y responsable.

En esa visión estamos atentos a los acontecimientos sutiles de nuestro vagar diario. A los sueños, a las relaciones, a las vidas que nos rodean, no importa si son vidas con forma de madreselva o de mariposa. Tomamos consciencia de ese reguero de vida que está en todas partes y de alguna manera queremos ser partícipes de ella. Reflexionamos sobre ello, dejamos aposentar la lluvia fina que recibimos del cielo y arraigamos nuestras acciones para cocrear con la existencia en la tierra húmeda.

Uno siempre es ambicioso cuando la visión se amplía y se vuelve más sutil. Desea hacer grandes cosas, o al menos anhela poder hacerlas. Es evidente que la visión no siempre viene acompañada de la voluntad suficiente, o de la fuerza suficiente. Existe una fuerza magnética dentro de nosotros que limita nuestro marco de actuación. Es posible aumentar esa fuerza con técnicas apropiadas, pero también es posible saber dónde están nuestros límites y hasta dónde podemos llegar. Es ahí cuando la humildad nos llega como enseñanza y nos susurra eso de que hay que actuar, sí, hay que hacerlo, pero dentro de nuestro pequeño alcance.

La vida está de alguna manera interconectada. También nuestras mentes, nuestros sueños y nuestros anhelos como humanidad. Los antiguos lo llamaban la unidad psíquica de la humanidad. No es un mero espejismo, es un latir común, es un respirar común, una conspiración de seres que actúan para mejorar el mundo, aunque a veces, en sus torpezas, en sus equivocaciones y en sus erráticas ambiciones, terminen por destruirlo.

Lo importante, en todo caso, es ser capaz de visualizar ese latido, ese respirar, y actuar todos los días según nuestra fuerza, nuestra voluntad o nuestro deseo de hacer el bien. Acumular riquezas para compartirlas, acumular sabiduría para hacer más sabios a los demás, acumular amor para intensificar el amor en el mundo. Descansar, cuidarnos, alimentarnos con respeto, estar fuertes y despiertos para, a continuación, dedicar toda nuestra visión, todo nuestro alcance, toda nuestra fortaleza interior no solo a superar los retos inevitables de la vida, sino también, para proteger y avivar la llama que nos mantiene unidos.

Actuemos, hay mucho por hacer, por nosotros, por los nuestros, por la humanidad. Hay mucho sendero por delante y la vida palpita, se conmueve con cada acción hacia el bien común. Expresemos amablemente la cualidad de esa visión oculta, secreta, poderosa. Seamos inofensivamente poderosos.

El linaje intelectual


 

«Soy un idiota, pero también un príncipe», Dostoyevski

El niño muestra mucho interés por los libros. Con casi seis meses, su curiosidad excede a sus formas, tamaños y colores. Hoy lo sostenía mientras le enseñaba la colorida estampa de algunos clásicos precedidos por Dostoyevski, Stendhal o Boccaccio. Los miraba con curiosidad mientras intentaba morderlos para entender mejor su prosa o, en todo caso, su sabor intelectual. Yo lo miraba con cierta pena, porque todos estos libros quedarán aquí, olvidados en las estanterías, esperando que alguna IA pueda resumirlos si alguien siente curiosidad por sus palabras. De alguna manera, estamos en la brecha en la que el linaje intelectual, la lucidez y la moral de nuestra civilización se tambalea profundamente. Una civilización que se queda poco a poco sin “aliento”.

A veces me preguntan por qué me siguen gustando los rituales, los mitos y los símbolos que rodean a los mismos. Tiene que ver con esa urgencia de ver pervivir lo añejo en los tiempos modernos, como si en esos oscuros lugares teñidos de simbología arcaica hubiera un reguero de luz que aguarda ser rescatada y resguardada de entre tanta oscuridad. El fuego cósmico se refugia entre esas bambalinas. En el fondo es una mueca inteligente dentro de un curioso escenario. Los burros sostienen el tesoro, de igual manera que el Cristo atravesó la ciudad santa subido en los lomos del rucio. Nadie apostaría en aquel entonces que ese borrico, mitad burla, mitad broma, sería recordado dos mil años después. Ocurre lo mismo con el ritual y con el símbolo. Encierran dentro de sí un conocimiento arcaico solo descifrado por los que saben leer más allá de las formas. La luz, tras la oscuridad.

Pero el linaje intelectual que se hereda gracias al ritual no es suficiente. Requiere de ese egregor capaz de transformar al individuo en algo mayor. La expansión de consciencia que oportunamente se sufre al ser iniciado en los augustos misterios, debe inevitablemente despertar en nosotros una mayor visión hacia lo que está por encima de lo meramente mental. Técnica y torpemente lo llamamos espíritu, palabra que proviene del latín «spiritus», que a su vez deriva del verbo «spirare», que significa «soplar» o «respirar». En latín, «spiritus» originalmente se refería al «aliento». Es difícil traducir realmente lo que eso significa, pero tiene que ver con el halo de vida que nos recorre y se respira, y que, por lo tanto, está por encima del mero razonamiento y de la mera intelectualidad. El aliento es la energía que nos anima, hilozoísticamente hablando, al mismo tiempo que nos une al resto de la existencia. Es la consciencia lo que hace que ese aliento, esa energía, esa Vida, se manifieste con mayor o menor intensidad, con mayor fuerza. Que la Fuerza te acompañe no era una simple frase.

Digamos que el linaje intelectual es una palanca que nos empuja hacia esferas más profundas o, por el contrario, si no es motivado por una causa mayor, nos impide ver. El intelectual que no es capaz de conectar su base pituitaria con su corazón, es incapaz de proveer de espíritu a su vida. Se vuelve egoísta y frío, y por lo tanto, alejado de eso que llamamos humanidad. Son seres sin aliento, sin vida. Igual ocurre con aquellos frágiles pusilánimes que se dejan arrastrar por los avatares del corazón sin sufrir los atropellos de una mente lúcida. Solo en la unión del corazón y el intelecto puede forjarse el fuelle que nos da aliento, espíritu, poder y fuerza para penetrar en una visión mayor. Y esa visión, que no es más que ensanchar nuestra Vida con eso que torpemente llamamos Amor, requiere de sacrificio.

Esa visión-amor-fuerza (sabiduría, amor y voluntad para los más huesudos) solo tiene como respuesta un mayor grado de responsabilidad y sumisión a las leyes que se descubren más allá del libre albedrío y más allá de lo aparente. Leyes que no existían en el mundo de la ignorancia y que, sin embargo, dotan al ser moral iluminado ahora por el aliento, de mayor compromiso y adeudo para con la Vida.

La alquimia es compleja, pero tiene su lógica. El anhelo del corazón aviva la luz de la mente. Esa luz, mezclada con el anhelo del corazón, crea el aliento y nos acerca a la Fuerza. El aliento ensancha nuestras vidas y encarna el Amor. El Amor fulmina mediante el sacrificio toda la lacra y la ceniza sobrante, creando recipientes puros para albergar aquello que a todos nos une. Aquello que algunos olvidan, creando egoísmo, división y soledad. El paso para cesar las guerras es simplemente tomar consciencia de nuestro aliento. Respirar y conspirar juntos. Devolver al ser humano la humanidad consciente. Fortalecer el linaje que nos une, la mística que a todos nos abraza.

Mañana traeré al niño de nuevo junto a la biblioteca. Le susurraré estas cosas mientras su consciencia, aún prístina, saboree las texturas de un Dante, de un Platón o de un Goethe. Y será siempre en susurro, para que él pueda elegir libremente su propio linaje. El egregor de la fraternidad del espíritu libre será su guía y su fortaleza. Que sean sus manos, y no las mías, las que moldeen su propio linaje. Yo solo le mostraré el agua y la tierra para que él mismo cree sus propios barros. Sí, soy un idiota, pero también un príncipe. Luz, más luz.

Ars longa, vita brevis


Estaba haciendo la última corrección de un libro que llevaba ya años traducido por nosotros, pero que aguardaba en el cajón desastre la oportunidad para ser editado, cuando me encontré, en la página 18, primer párrafo, octava línea, con esta sentencia de Hipócrates, reseñada por el estudioso jesuita Irénée Hausherr, en su culta introducción al libro de próxima aparición “Diálogos sobre el alma”, de Juan el Solitario.

Siempre que se asoma para ver la lista que tengo en el escritorio sobre próximos libros a editar, me regaña cortésmente, casi con cierta condescendencia e indulgencia, en su mirada. “Ninguno de esos libros es comercial ni nos dará de comer”, y no solo de espíritu vive el hombre. La verdad es que tiene toda la razón. Un negocio, el que sea, no puede sostenerse mucho tiempo solo de los vaivenes de la pasión, por muy noble que la pasión sea. Hay una cuenta de resultados, un debe y un haber, una postproducción marcada por los números a final de mes. Eso para un poeta es insoportable, y para un místico, tormentoso. Y esa es la cuestión, ¿qué es más noble para el corazón? El Ser o no ser de toda existencia.

Aunque esta edición en español sea única, a Juan el Solitario no lo va a leer nadie. Al menos nadie de esta época de reguetón y de dudosa inteligencia. Lo culto no interesa, y cuando lees un par de frases en griego bajo una sospechosa traducción de un siriaco ya perdido, la cosa se complica. Plagiando al jesuita, podemos decir sin intervención ninguna de IA que valga, que Juan el Solitario despliega su espíritu de observación en los tres estadios de la vida espiritual. Pero la vida espiritual, que ahora se ha vuelto egoísta y por lo tanto, falta de espíritu, (vaya paradoja para este tiempo), se ha vuelto completamente invisible, ausente, desdeñada por el consumo y lo materialista. Ya nadie recae, quizás por ensimismamiento o perpetua ofuscación, en que el misterio de la muerte, y por lo tanto, de la vida, sigue estando ahí. Lo misterioso nos acecha, inevitablemente, aunque no queramos verlo. Y es el misterio, y en definitiva, el miedo a la muerte, lo que nos hace espirituales, y de paso, amables, amorosos y respetuosos con la vida plena.

De igual manera que te miran raro por editar cosas raras y hablar de cosas raras, si te ven escuchando sonatas o rapsodias de otros tiempos la cosa se complica (lo escribo mientras suena el Nocturno para piano Op. 9, el más famoso, el número 2, en mi bemol mayor, de Chopin, un clásico para los clásicos que escribió con la friolera de veinte años, tomen nota los del reguetón). La música, y por lo tanto la denigración del espíritu, también son productos mermados por la cronología descendente de nuestra civilización. Alguien le diría alguna vez a Chopin, un veinteañero de la época: «esa sonata no es comercial». Pero ahí está, eterna y universal, como el misterio. El conocimiento es largo de aprender, y la vida muy corta. «Vita brevis, ars longa, occasio praeceps, experimentum periculosum, iudicium difficile”, o lo que es lo mismo, para aquellos que nos quedamos en la triste efepé básica: la doctrina es larga; la vida, breve; la ocasión, fugaz; la experiencia, insegura; el juicio, difícil… Por lo tanto, ¿por qué no hacer cosas inmortales?

Nos vamos a morir igual, que diría el otro, algo más campechano, así que mi lista de ediciones para los próximos meses seguirá siendo culta, espiritual, activista, y lejos de nuestro tiempo. Lo demás, como dijo el mesías, ya vendrá por añadidura. ¿Quién de nosotros, por mucho que se preocupe, puede añadir una sola hora al curso de su vida? Que se lo digan a los lirios del campo.

Tan bueno es emprender proyectos como saber desapegarse de ellos


Si puedes soñar sin que los sueños te dominen; Si puedes pensar y no hacer de tus pensamientos tu único objetivo; Si puedes encontrarte con el Triunfo y el Desastre, y tratar a esos dos impostores de la misma manera… Rudyard Kipling

Para los que creemos en las teorías hilozoístas, sentimos que las cosas, como las personas, tienen cierta vida. Así pasa con los coches, los objetos y también los edificios, los lugares, o los momentos. Incluso los recuerdos tienen vida propia en nuestro más profundo subconsciente. También ocurre con los sueños, que parecen vivir en una realidad paralela, pero tan real como la nuestra propia.

Trabajar un objeto con nuestras manos lo dota de mayor vida, como hacía Geppetto con sus maderas. Lo artesanal, a diferencia de lo industrial, tiene parte de nosotros, tiene parte de nuestras células, de nuestros átomos simientes, de nuestra vida, emociones y pensamientos. Por eso lo artesanal se valora de forma especial en nuestros tiempos, unos tiempos donde lo mecánico y artificial ha suprimido la vida profunda de las cosas.

Y esta reflexión nacía por la despedida que hace unos días hicimos de un emblemático edificio del cual muchos estuvimos enamorados desde que dimos con él. Y lo estábamos porque entre sus paredes, aún guardaba esa madera añeja, tan propia de edificios antiguos y singulares, pero también por todo lo vivido en él, cuando abrazaba aquel emblemático centro abierto donde tantas y tantas personas pudimos disfrutar de la inspiración de otros. Y tantos los proyectos que de allí salieron. Incluso, proyectos que sin nosotros saberlo, nacerían de los sueños que se tejieron allí, como el proyecto O Couso. Las carambolas de la vida quisieron que una de sus fundadoras encontrara inspiración en ese hermoso hogar de madera y ladrillo tolosano.

Como esos de antaño, hay muchos proyectos que se desarrollarán en nuestras vidas. Algunos personales, los más importantes; otros, profesionales; otros, ideológicos o activistas y otros de calado profundo o espiritual. Algunos serán un éxito y la mayoría, un fracaso. Pero no entendiendo fracaso en términos negativos, sino fracaso como lugar de aprendizaje. Nos equivocaremos una y otra vez hasta que se encienda dentro de nosotros esa luz, ese eureka. Arquímedes de Siracusa entendió que para descubrir algo, encontrar un hallazgo o resolver una ecuación compleja de nuestras vidas, primero hay que equivocarse tantas veces como haga falta, quizás hasta que la sabiduría nos alcance o hasta que la maestría y el poder de manifestación nos lleven hacia nuestras metas.

La visión o epifanía de sentir profundamente un tipo de propósito o misión es algo que va más allá de la propia heurística del invento o el descubrimiento. Tiene que ver con nuestra posición en el mundo, en ese mundo creado a nuestra imagen y semejanza, según nuestras limitaciones, nuestros recursos, nuestra imaginación, nuestras creencias, o incluso los apoyos que recibimos de otros. Al margen de si nuestras visiones van más allá de nosotros, o simplemente se desarrollan en el quehacer diario sin mayores aspiraciones, en algún momento de nuestro transitar humano nos topamos con ese amanecer musical que nos incluye en la sinfonía de la vida. Entonces participamos de ella con una consciencia superior, con un anhelo diferente, sin importar el éxito o el fracaso, como sentenciaba en su poema el masón Rudyard Kipling.

No importa si ganas o fracasas, lo que importa, al final, es tener esa certeza de participar de algo mayor, algo que es Vida, Amor y Consciencia al mismo tiempo. Algo que se extiende hacia el infinito sin que podamos descifrarlo. No algo divinizado desde la ignorancia humana, sino algo divino dentro de sí mismo.

De ahí la libertad y la liberación de actuar sin importar el resultado. Solo cumpliendo con nuestra parte en el ciclo de la vida, desde donde podamos, como podamos, hasta donde podamos, sin forzar, sin obligar, solo por el placer y la virtud de sentirnos un eslabón más, un nudo en la cuerda, una piedra pulida que encaja como puede en el edificio de la vida. Si puedes soñar sin que los sueños te dominen, no dejes nunca de hacerlo. Sueña, ejecuta, desapégate.

2025. Una nueva oportunidad para obrar el Bien


«Porque el recto camino del amor, tanto si lo seguimos por nosotros mismos como si somos guiados en él por otros, consiste en empezar con las bellezas de aquí abajo y en seguir elevándonos hasta la belleza suprema». Platón (El Banquete)

Nos levantamos con alegría, desayunamos dando gracias interiormente por la gracia de estar vivos y decidí no hacer nada, excepto leer algunos capítulos del libro escrito por Éloi Leclerc sobre la vida de San Francisco, “La Sabiduría de un Pobre”, regalado no hace mucho por una buena amiga. En algunas de sus páginas, describía la tristeza y cansancio que Francisco sentía ante las luchas internas de su orden franciscana. De cómo unos y otros querían alejarse de los principios de pobreza y humildad y de lo difícil que resultaba mantener la disciplina de la simplicidad. De alguna forma muy modesta y humilde, me veía reflejado cuando en el proyecto de los bosques ocurrían cosas parecidas. Aquella agotadora lucha por mantener la vida simple y la inofensividad hizo que terminara totalmente cansado y abatido, alejado de la alegría y el entusiasmo inicial y poderosamente convencido de que, si quería seguir con vida, debía descansar completamente, retirándome a un lugar tranquilo y apartado.

El año 2024 se cierra con ese sabor agridulce entre lo bueno que recibimos y lo angustioso del mundo exterior. Para mí ha sido el año del descanso, del reposo, de la reconstrucción interior. Un año en el que poner orden en cientos de asuntos y asentar la base para crear otra utopía humana: la creación de una familia tradicional en los tiempos que corren. Papá, mamá, y pronto nuestro primer hijo. No lo expreso como una reividicación, sino con extrañeza incluso para mí mismo.

Este gran acontecimiento en mi vida personal no me retrae de las obligaciones y compromisos interiores. De alguna forma, y paradójicamente, lo refuerzan. Sigo pensando que en el mundo en el que vivimos hacen falta muchas utopías, muchos proyectos que versen su existencia en la inofensividad, en el silencio, y en valores que pongan de manifiesto que un mundo en paz y armonía es posible. Me gustaría que nuestro hijo, sin ningún tipo de perspectiva futura, no solo creciera en esa creencia, sino que fuera corresponsable de ese compromiso con la vida, con la humanidad y con el planeta. Uno de nuestros esfuerzos, más allá de la construcción material, será la de su construcción interior, en valores, para que su vida sea rica exterior e interiormente.

Me gustaría decirle, hijo mío, es bueno que mantengas una vida ordenada y equilibrada, pero no olvides tu entorno y tu compromiso con la existencia. Haz lo que puedas para colaborar en la construcción de un mundo bueno, en llevarte bien con la comunidad donde residas, apoyándola en su bienestar, y en ser bueno para los demás, buscando en la belleza lo sublime de la vida.

Hace siglos hubo gente que luchó por abolir la esclavitud, otros que lucharon por el voto universal y otros que han dado su vida para crear un mundo mejor y más justo. Hijo, es bueno que disfrutes de la vida, que mantengas en alto rendimiento la alegría de vivir, pero no te olvides de los otros, y del mundo.

Este año hemos trabajado duro para, más allá del descanso merecido, poner orden en nuestras propias vidas. De alguna forma aún no perfecta lo hemos conseguido. Y tras el descanso y el orden, vuelve la necesidad de colaborar activamente en la creación de ese nuevo mundo. Ahora toca diseñar cómo hacerlo de forma inteligente, y no impulsivamente, como en años pasados. Toca buscar alianzas, fuerzas y recursos para que esa necesidad de hacer de un mundo bueno, un mundo mejor, se realice ordenadamente.

Este 2025 será un año de alegría, de recepción de la nueva vida, de muchos cuidados y atención. Pero también será un año donde se sembrará la semilla de lo que tiene que venir. El silencio será un tejido protector para que la semilla crezca en la tierra húmeda y oscura. Las utopías deben seguir existiendo, y los arquitectos de las mismas deben seguir soñando sus rectos caminos hacia el amor. El 2025 es el año del gran concilio de esos arquitectos. Ojalá que durante los cien siguientes años, hasta el siguiente concilio, podamos elevar las vibraciones de nuestras vidas, y acompañar al progreso humano desde la inofensividad y el amor hacia todos los seres sintientes. Cumplamos con nuestra parte y que así sea.

Escuchar


 

Escuchar es una forma de adoración, pero no tienes que arrodillarte en el suelo con las manos juntas o pronunciar la oración perfecta. Simplemente abre la puerta de tu ser a otra persona, conviértete en el espacio por el que pasa para mostrarte quién es. Esto es santidad: dos personas sentadas juntas en el banco de un parque o en el altar de una mesa de cocina. Incluso si nadie dice una palabra durante un rato, recibe el silencio hasta que sea como un nuevo idioma que solo ambos pueden hablar. James Crews

 

A veces resulta complejo saber escuchar. Quizás sea una de las cosas más difíciles a la que el ser humano se enfrenta. Escuchar al otro requiere paciencia, resilencia, empatía, cierta pureza en el corazón y cierta aceptación, tolerancia y fraternidad.

Si escuchar al otro resulta complejo, igual de complejo resulta escuchar a la Vida. En mayúsculas, porque la Vida Una es algo más complejo que la vida simple, ordinaria o cotidiana. Escuchar a la Vida y lo que nos reclama y demanda a cada instante es algo que no todos los días somos capaces de acometer.

Escuchar es una forma de adoración, es pasar de lo profano a lo sagrado. Cuando tenemos la capacidad de escuchar entramos en una especie de milagro, de santidad. Al escuchar estamos conectando con algo superior a nosotros mismos. Interconectamos con el otro, con lo Otro. Creamos una conexión que si pervive, se vuelve indestructible.

Un buen diálogo, con el otro y con la Vida, requiere de silencio. El silencio activa algún tipo de antena especial, de lazo místico que te hace captar las necesidades del otro y de la Vida. Si tuviéramos el potencial humano suficiente para entender la fuerza de la escucha activa, podríamos cambiar el mundo. No habría guerras, no habría hambre, no habría enfermedad. Solo paz, fraternidad y una vida plena.

Para saber escuchar es necesario practicar el silencio, pero también la soledad. Digamos que la soledad es como un campo de entrenamiento. Allí se aprende a cerrar los ojos, se aprende a conectar con el silencio, a meditar, incluso a orar, porque orar, aunque sea una oración simple, nos acerca a la raíz de lo que somos. Cerrar los ojos es abrir la mente al Misterio.

Y el silencio, la meditación, no es algo pasivo que busque cierta vacuidad. Todo lo contrario. El silencio y la meditación te permiten captar la esencia del universo, que es como decir que te permite escuchar el quinto elemento, el sonido, la Voz del Silencio, la Palabra Perdida, el hueco que existe entre cada átomo de vida, el concierto universal, la música de las esferas. Por eso el que sabe escuchar guarda dentro de sí riquezas inapreciables para el mundanal ruido. Esas riquezas conectadas con la felicidad, la calma, la generosidad extrema y el asombro.

La santidad en verdad es eso. Estar en silencio mientras el otro comparte sus inquietudes. Saber escuchar y saber abrazar ese momento como si fuera algo único e irrepetible. En la soledad existe un reino inabarcable, y en el silencio, un cielo capaz de albergar todo aquello que requiere experiencia y quietud. Un templo nace cada vez que escuchamos, en silencio, al otro, a lo Otro.

Liderazgo. En búsqueda del patrón


Los líderes tienen algo en común. Se comunican siguiendo un mismo patrón. Normalmente suelen tejer su pensamiento bajo una pregunta: ¿por qué? Las personas que lideran trabajan para una causa mayor. Tienen un ideal basado en una creencia, no importa si es una creencia divina o estrictamente material. Una inteligencia avanzada sabe que la confianza y la lealtad a un ideal mayor puede mover a las masas. El Dios de Irán o el Dios de Israel no son muy diferentes. La diferencia está en la visión que sus pueblos tienen sobre él. El por qué un Dios es diferente del otro tiene que ver con la propia ignorancia humana. La justificación de los líderes es poderosa, porque hacen creer en el “por qué”. Porque Dios lo quiere, porque Dios requiere que la resistencia expulse a los otros.

En el mundo material ocurre lo mismo. Las empresas que tienen éxito es porque se relacionan alrededor de esa pregunta, cerca de ese alto ideal. La mayoría de los líderes son innovadores, y no tienen miedo a los abismos. Los atraviesan. La inteligencia emocional juega un papel importante en el éxito. Una gran inteligencia no sirve de nada si no viene acompañada de una gran inteligencia emocional. A pesar de nuestro cerebro triuno y de nuestra constitución séptuple, la necesidad de transcendencia es común a todos. Ya sea por vía material o por vía espiritual, de ahí que los líderes, de alguna manera, buscan cierta trascendencia, ya sea interior o exterior.

El patrón puede estar relacionado a la búsqueda de la fuente primordial. Hay una tradición budista que habla de la mente prístina. Lo escuchábamos estos días en la presentación del libro del Rinpoche Orgyen Chowang, que tuvo la gentileza de viajar desde California para estar entre nosotros. Nos hablaba de la importancia de meditar, y de cómo al hacerlo, llegamos a nuestra mente pura, prístina, esa mente que aún no está contaminada por nuestros pensamientos, nuestras emociones y nuestros estados de ánimo.

De alguna manera, los buenos líderes conectan con esa mente, con ese ser esencial, con esa manera de ver las cosas de forma atrevida, diferente, sin miedo. Instalados en la mente prístina somos capaces de avanzar hacia esa felicidad incondicional que representaría nuestro verdadero ser. Estar en el ser es estar instalado en lo profundo de lo que somos, en lo prístino y puro.

De ahí que el patrón común a todos los líderes es saber el por qué, y saber que ese por qué está íntimamente conectado con nuestro ser esencial, prístino, único. Saber eso es empezar a jugar en unas coordenadas suficientemente profundas y llenas de fortalezas, en una manera de ver y entender las cosas de forma diferente. Y eso es conectar con la felicidad incondicional.

 

LA TEORIA DE LAS RUTAS. Arquitectos en la nube


Durante unas semanas estoy haciendo un curso de informática avanzada debido al descubrimiento inédito de hace unos meses en los que me tuve que enfrentar a una teoría sobre IA y me vi de repente obsoleto, caducado y fuera de tiempo en cuanto a conocimientos básicos de las nuevas tecnologías. Un mes y medio de curso me está abriendo los ojos sobre mi propia ignorancia, pero sobre todo, de cuánto ha avanzado el mundo en temas tecnológicos y de cuanta sofisticación y complejidad se requiere ahora para algo que antes podías hacer con un papel, un lápiz y un poco de organización mental.

Parte del tiempo me lo paso en la nube, literalmente. Me recordaba mis tiempos escolares en los que siempre andaba aburrido mirando las musarañas o por la ventana hasta que el borrador del profesor de turno aterrizaba en mi cabeza. Si el borrador caía en la parte de espuma solo era un susto, pero si caía por la parte de la madera, venía acompañado de dolor. Con los años veo que sigo aburriéndome como una ostra, pero ya no vuelan borradores. Eso hoy día casi sería motivo de cárcel. Cómo cambian los tiempos.

El caso es que como me aburro, no hago más que buscar analogías entre la informática avanzada y el mundo del espíritu. Por ejemplo, creemos que existen muchas rutas para acceder a la “nube”. Pero es importante entender que no podemos, por seguridad, acceder a la red con nuestra IP personal, la cual representaría a nuestro ego, nuestro yo personal y limitado. Necesitamos una IP pública, que la da el “puente”, el router, o lo que es lo mismo, el alma. Hay siete protocolos o siete capas para poder acceder a la nube, y esto representarían los siete rayos de los que habla la tradición oculta. La primera capa es el router, la parte física, y sobre el mismo se extienden seis capas más (si podéis leer el libro que escribí con Emilio Carrillo,  “La Gestión del Misterio”, entenderéis la analogía).

La información de la Nube está almacenada en regiones, y a su vez, en zonas de disponibilidad, que son tres por zonas (puntos de presencia-ubicaciones de borde). Esto es muy interesante a nivel interior. Porque la “nube”, lo espiritual, no se sitúa en una sola parte o lugar, sino que como ocurre en la tradición, se fracciona en lugares con sus respectivas triadas. El término de latencia también es muy interesante. Sería el tiempo de respuesta del ego con el alma. ¿Cuánto y cómo conectamos con nuestro ser esencial, con nuestra alma? ¿Lo hacemos o creemos que lo hacemos, fijándonos a lo mejor en una copia de mala calidad, un glamour, una ilusión?

El concepto de “capas” es muy interesante. Las capas serían como dimensiones o realidades paralelas. ¿A cuántas capas podemos acceder? Y el Gateway, la puerta hacia Internet, hacia la nube, representaría el puente, el antakarana, aquello que une lo material con lo divino, según la tradición. Para eso hace falta una clave o llave. Quizás por eso muchos de nosotros no podemos acceder a esos puertos, a esa nube, a esas realidades, porque por más que nos esforcemos, no tenemos la llave, la clave para acceder, pero tampoco conocemos las rutas. El balanceador de carga, como ocurre en internet, orienta el tráfico, nuestras llamadas a la nube, pero si no hay llave ni conocemos la ruta, no hay balanceador y no hay acceso.

Por lo tanto, ¿dónde está la llave, la clave, para entrar al Reino de los Cielos, a la Nube? Ahí juega un papel importante el Arquitecto de la Nube (así se llama el curso que estoy haciendo). El Arquitecto de la Nube conoce las Rutas, conoce las claves y conoce la forma de enrutar las llamadas. El Arquitecto tiene la llave para poder entrar en la nube, en el Reino de los Cielos, y conoce los Caminos, las rutas. Preciosa analogía.

(Pd. escrito en el descanso del curso, no me da la vida)

Canto a mí mismo


Hay algo en mí -no sé lo que es-, pero sé que está en mí. Walt Whitman, “Canto a mí mismo”.

Desde que tengo escritorio nuevo he cogido la buena costumbre de volver a trabajar en una mesa, y de paso, Geo, el amigo fiel, ha cogido la buena costumbre de dormir apacible bajo mis pies, de la misma forma y con la misma postura e intensidad que tenía cuando dormíamos juntos en la cabaña, allí en los bosques de aquel frío y húmedo norte, ahora tan añorados.

La mesa no es como aquella inmensa mesa de madera noble que Dragó me cedió con recelo cuando vivía en su zulito de Malasaña. Esta carece de espíritu y está fabricada en una de esas fábricas suecas que destilan maderas a granel. Pero al menos es el doble de grande que la que tenía, y gracias a la nueva configuración de este pequeño despacho, he podido terminar de llevar los libros de la editorial al garaje, emulando a los grandes, y he conseguido aglutinar mis libros personales en estanterías más finas y asequibles. Ahora me siento más seguro, pues al estar rodeado de poetas y soñadores, uno se siente más inspirado para la tarea de escritor, ahora tan abandonada, y de editor, ahora tan recuperada.

Ayer fue un gran día porque pude quedar en el Social Hub, un lugar descubierto frente al Palacio Real gracias a la compra extraña de un lector, con un amigo escritor que desea acompañarnos en la aventura senequista. Escondidos tras un refresco y un café pudimos compartir durante algunas horas las pinceladas de lo que sería nuestra nueva colaboración. Fue una conversación entrañable, compartiendo nuestros anhelos y bromeando sobre las cosas que nos pasan, que no son pocas, debidas a nuestras apuestas vitales. Aunque yo por mi vida aburguesada ya tengo poco que contar, él sentía la necesidad de exprimir cada segundo de conversación para extraer del compartir algo válido para nuestro futuro proyecto. La Editorial Séneca tiene un pasado romántico y tenaz que empezó en 1939, pero ahora aspira a tener un nuevo futuro. Y aunque hemos quedado en no desvelar del todo los misterios que crecerán alrededor de este renacer, me gusta compartir la idea de que, a partir de ahora, todo puede ocurrir, otra vez.

Como decía Whitman, hay algo en mí, como ocurre con todos los seres sintientes que además razonen y aspiren a cotejar con la realidad los enveres del espíritu de todas las cosas. En mí está el aliento, pero también la esperanza y el ideario. Si tuviera que aspirar más allá del diafragma, muchas cosas se remueven en silencio. Albergar una vida dentro, simbólica y realmente dentro, me ha cambiado la perspectiva de muchas cosas. Y aunque siempre dicen que no es elegante hablar de mujeres y de dinero, nadie dijo nada de si era o no era elegante soñar, o hablar de sueños, o de anhelos, o de eso que hay en “mí”. Y cuando digo “mí”, también digo “tú”, y el otro, y el de más allá, por muy negro o «mena» que sea.

En verdad, dar vida, o dar la oportunidad a una vida para que se desarrolle en valores de justicia, libertad, amor, fraternidad, tolerancia e igualdad, es algo que está en mí, pero también en nosotros. Por eso esta nueva etapa de “mi” vida, de mi pequeño «yo psicológico», tiene que ver con los anhelos, pero también con la esperanza. Solo debo encontrar la manera de conjugar ambos, los sustantivos con los verbos correctos, las entrañas del silencio con la realidad ruidosa de todos los días. Y de alguna manera, albergo la esperanza tenaz de que al expresarlo en voz alta, muchos de vosotros penséis de la misma manera, viendo pasar la vida, observando como poder conmover un minuto más dignificando cada segundo de existencia. Cada minuto cuenta. Incluso en la distendida charla de ayer, miraba a mi alrededor y pensaba eso de lo afortunado de estar vivo. Como si quisiera aferrarme al instante y sembrar en él un a por todas, o a por ello, o a disfrutar en el intento, o lo que fuera.

Supongo que estoy en esa edad en la que uno empieza a sentir el vértigo de la existencia, aquello que tanto atormentaba a los existencialistas ya maduros, y aquello que tanta incerteza provoca en los que alguna vez creyeron en un dios o en la vida eterna. Yo me aferro a mis creencias inamovibles, porque forman parte de mi silencio y anonimato. En todo caso, hay algo en mí, y hay algo en todo lo que pueda ocurrir de ahora en adelante. Algo que empujará, que se atreverá a mejorar, a desarrollarse y ejemplarizar los errores como algo inspirador y bello. Hay algo en mí, y algo en nosotros. Aprovechémoslo.

Desintermediación


 

Se estudia en las escuelas del libro la cada vez menos necesidad de la figura del editor como intermediario entre el autor y el lector. A este fenómeno se le llama «desintermediación», algo que no solo ocurre en el mundo de los libros, sino que anteriormente también ocurrió en otros ámbitos de la sociedad como en la religión con el secularismo, movimiento que introdujo una espiritualidad privada y sin intermediarios, alejada de las instituciones religiosas. En un futuro quizás no muy lejano ocurrirá lo mismo con la política y con la economía. Cada vez necesitaremos menos emisarios, intérpretes o intermediarios entre los unos y los otros. En el espacio que antes ocupaba la familia extensa, ahora se están creando nuevos modelos de familia donde la intervención del hombre o lo masculino ha dejado de ser imprescindible, excepto para congelar su esperma.

La emancipación del individuo frente a las estructuras es algo cada vez más visible. Las estructuras e instituciones tradicionales van desapareciendo. Los individuos se emancipan de ideas e ideologías preconcebidas o impuestas, y buscan su propia verdad, su propio camino, su propio sendero. Noam Chomsky aboga por alejarnos de aquellas doctrinas que intentan domesticarnos, y fija ideas que mantengan un pensamiento libre y crítico, independiente y a la vez menos deshumanizado y más justo.

Es cierto que la obediencia ciega tiene sus privilegios. Uno de ellos es el no cuestionarte nada con respecto a la vida. A nivel personal, eso puede aliviarnos de ciertos males e interrogantes incómodos. A nivel colectivo, participamos de la domesticación y el alineamiento de lo que pueda ser aparentemente bueno para todos, aunque en último término, termine solo siendo bueno para unos pocos. Partir de que somos capaces de emanciparnos es emprender una vía compleja y sin resultado fácil. Sin la obediencia ni a quien obedecer, podemos vivir una vida incómoda y solitaria.

Como en la política, la disidencia siempre termina en exilio y clandestinidad. Si nos sublevamos ante un régimen cualquiera ( o un campo, como diría Bourdieu), terminaremos siendo invisibles, emigrantes o despreciados. El lujo de ir contracorriente es simplemente eso, un lujo solo asumible por unos pocos. Pensar libremente, actuar libremente, emanciparse de prejuicios e ideologías es bucear en un amplio océano donde fuerzas poderosas nos arrastran al mínimo descuido. La vanguardia no siempre viene asociada al compromiso, y el compromiso, ya sea cultural, político, económico, social o espiritual, no siempre se enmarca dentro de la separatividad que conlleva el pensamiento crítico y libre.

Por eso, a medida que el ser humano avanza en inteligencia y consciencia, también lo hace en libertad y justicia, en derechos y compromisos, en responsabilidad y entrega a causas mayores a las suyas propias. La desintermediación y la emancipación van unidas de la mano, y se conjugan contra todo aquello que pretenda imponer un pensamiento, una lógica, una ideología, un sentir. Sin banderas, sin patrias, sin dioses, sin intermediarios, vamos creciendo, individual y colectivamente, hacia una sociedad cada vez más libre, más necesitada de valores y principios basados en la cooperación libre de sus miembros, y no en la competitividad, el odio y la separación.

Construyendo desde la acción un mundo nuevo


Llega la primavera y el trinar de los pájaros desde buena hora de la mañana nos recuerda la urgencia de actuar. La acción es imprescindible en los contenidos y continentes de la vida cósmica. Tras el descanso invernal, ahora toca llenar nuestras vidas de movimiento. Tras la inevitable y necesaria quietud del frío, toca mover el mundo hacia las prerrogativas de la luz y el calor.

Si ahora los días son más largos, nuestra actividad debería ser igualmente más larga. Si el calor es propicio para desempeñar más tareas, deberíamos aprovechar esas corrientes vitales para cumplir con nuestra parte en el ciclo cósmico. Lo celeste que contemplábamos pasivos en invierno, debe encarnar en la experiencia terrestre ahora en la primavera. Toca experimentar la siembra, toca despertarnos en el amanecer y observar con complacencia todas las oportunidades que nos da la vida para expandirnos por dentro y por fuera.

Ser místicos o espirituales no deja de ser algo tan sencillo como interactuar con las fuerzas invisibles, intangibles, del espectro universal. Es ser conocedores, mediante esa inevitable gnosis, de todo aquello que mueve y protege nuestros ecosistemas. Tener consciencia de esas corrientes de fuerza y energía y trasladarlas a un punto mayor de consciencia, de poder y voluntad, es la tarea inevitable de todo mago, de todo ser que desee desempeñar su lugar en el mundo.

Magia, en verdad, no es más que aquello que nos permite transformar las fuerzas y energías en poder. Poder para hacer el bien en nosotros mismos y en nuestro entorno. Los magos son poderosos porque hacen el bien en la tierra, protegidos por sus profundos anhelos hacia el mundo celeste.

La vida extensa procura esa visión arraigada en la creencia de que nuestra limitada consciencia necesita crecer hacia unas montañas más grandes y expansivas. Ese crecimiento inevitable, ese anhelo de toda alma viva y despierta, pasa inevitablemente por la acción. Por eso ahora que terminó el letargo, se hace tan necesario aprovechar la oportunidad de vida que se nos presenta para hacer el bien, para convertirnos en magos de la voluntad, del amor y la sabiduría, creando belleza allí donde estemos, actuemos y tengamos nuestro ser.

Si nos levantamos temprano en estos días primaverales, podremos observar cómo el mundo se mueve de forma diferente. Todo es movimiento y acción. Todo es vida y consciencia. Solo tenemos que acercarnos a él con inofensividad y desapego, con buena voluntad al bien. El mundo lo reclama, el mundo lo necesita, el mundo nos lo demanda. El mundo requiere que desde lo viejo y lo añejo se construya un mundo nuevo.

El oculto Árbol de la Vida


 

“A la Naturaleza le gusta esconderse”, Heráclito

Quiso Dios advertir al humano sobre dos árboles. Uno, el más conocido, el árbol del conocimiento, el árbol del conocimiento sobre el bien y el mal. Es también llamado el árbol que lo contenía todo. El fruto prohibido fue comido por el ser humano y fue motivo de expulsión del paraíso para evitar que esa curiosidad incipiente hiciera que comieran también del otro árbol.

El otro, el árbol menos conocido, era el de la Vida, un árbol oculto en las profundidades del Edén que contenía la capacidad de la vida eterna. Este árbol aparece en muchas culturas con diferentes nombres, quizás uno de los más conocidos sea el de Yggdrasil de la tradición nórdica, o el Gaokerena persa, la acacia de Saosis o el Sicomoro egipcio, …

Todas estas palabras ocultas que la tradición nos ha compartido pretenden describir hechos simbólicos que desean desvelar verdades que están tras el velo de la ignorancia. A la naturaleza le gusta esconderse, que decía Heráclito. La elusividad cósmica, que decía nuestro Ignacio Darnaude. Resulta complejo describir toda la vastedad de la Vida y la Naturaleza. Muchos fueron quemados o juzgados por intentar compartir los nuevos conocimientos, las nuevas formas de pensar, de entender el mundo.

Los antiguos hablaban en parábolas para que el conocimiento oculto pudiera llegar a los demás sin ser juzgados. Uno no puede compartir todas sus creencias, sus anhelos o sus sueños sin ser tachado de loco, soñador o estrambótico. Personajes como Jesús fueron sacrificados por hablar abiertamente de un “reino de los cielos” que nadie podía ver. A pesar de ello, Wells nos dice que la doctrina del Reino de los Cielos, que fue la enseñanza principal de Jesús, es ciertamente una de las doctrinas más revolucionarias que alguna vez haya animado y transformado el pensamiento humano. A veces, a pesar del sacrificio oportuno, lo oculto emerge dolorosamente en la mente humana para transformar sus vidas.

Si bien ya comimos del árbol del conocimiento y eso trajo arrogancia, orgullo y vanidad, aún debemos comer del árbol de la vida, el cual nos devolverá a la humildad, el amor y las bienaventuranzas. No sabemos aún, ni siquiera podemos imaginarlo, cómo se originó realmente la vida, como se mantiene y a qué plan sirve, ese que algunos proclaman como el propósito que los maestros conocen y sirven.

La maestría, entendemos que se obtiene cuando superamos nuestra condición humana y la superamos de alguna manera, convirtiéndonos en eso que Nietzsche llamaba el superhombre, lo supra humano. Ese ser humano venidero es esa persona que ha alcanzado un estado de madurez espiritual y moral superior al que considera el de la persona común. Aquel que, de alguna manera humilde, silenciosa y sigilosa ha comido del árbol de la vida, el oculto árbol de la vida.

Hago esta reflexión porque cuando uno llega al hartazgo de la vanidad, el orgullo y la arrogancia (el mundo mentiroso de los antiguos místicos) desea desprenderse de esas capas oscuras y volver a la sencillez, a la humildad y al silencio. Cuando uno ya ha sido expulsado del paraíso por haber comido excesivamente del árbol del bien y del mal, solo desea volver a ese primogénito paraíso, a esa inocencia primordial, a esa candidez sencilla. Y eso solo ocurre cuando el ego muere de alguna manera para dejar paso al yo esencial, al súper Ego, al superhombre que tenemos dentro, y nos adentramos con sigilo a la senda del Árbol de la Vida.

La brevedad de la vida ante los malgastadores de tiempo


 

«No recibimos una vida breve, sino que la hacemos breve. No somos pobres, sino malgastadores». Séneca, La brevedad de la vida.

La crisis de los cincuenta es hermosa, porque es una especie de balance entre la vida activa de los primeros cincuenta años, a modo de recapitulación, y una breve síntesis programática de lo que algunos llaman la época decadente, o eso que otros dan por llamar los últimos años de vida útil. Es un balance extremo, porque a ciertas edades nos percatamos que la oscura “parca” está cada vez más cercana, y aún, a pesar de las súplicas y tentaciones, no hemos aclarado del todo como transcurre nuestro final.

Modular de forma tranquila esa sensación de finitud y futilidad es complejo. Por un lado, a la desesperada y siempre en bajini, pensamos en la vida eterna. Ahí pecamos de cierta ingenuidad porque si algo sobrevive al final de todo el proceso no seremos nosotros, sino alguna parte esencial de nosotros, eso que algunos llaman el átomo simiente, el alma lo más atrevidos y el espíritu los más allegados, nombres que para nada terminan de explicar el gran misterio de la vida y la muerte.

Sea como sea, nuestro cuerpo, o nuestros cuerpos, desaparecerán en breve, y de ahí la urgencia de aferrarnos al poco tiempo que nos quede. Al menos para vivirlo con cierta intensidad, calidad, calidez y candidez. De alguna manera entiendo el vértigo de la edad. Cumplir cincuenta, sesenta, setenta u ochenta no es lo mismo. Al final de los días uno debe pensar de qué manera puede dejar un buen legado a los demás. La mayoría se conformará con dejar un buen legado a sus hijos, aunque hayan salido ranas. Otros conformarán su legado en algo más intangible, pero quizás más útil para la humanidad.

La vida es breve, y si tuviéramos un temporizador, una especie de cuenta atrás que nos señalara exactamente los segundos que nos restan de existencia, quizás pasaríamos menos tiempo haciendo cosas para entretenernos de esa inevitable cuenta atrás. En verdad Séneca tenía mucha razón en eso: somos malgastadores de tiempo. Malgastamos tiempo en discusiones, en maltratarnos a nosotros y a nuestro entorno, en veladas ocultas al son de cualquier música, en esa industria que llaman del entretenimiento y que nos aturde, sin espacio apenas para la crítica, la lógica, el pensamiento, la filosofía, la poesía, la música, la expansión espiritual de nuestras vidas o simplemente, sin tiempo para hacer el bien. Nos distraen para no someternos a la realidad, llamada por algunos verdad, de que vamos a morir.

Suena fuerte cuando lo dices en voz alta, pero no hay mayor realidad y verdad que esa. Y quizás, junto al nacimiento, sea la más universal de todas. No somos pobres, sino malgastadores. Por eso el procrastinar está castigado con segundos de tiempo que ya no volverán. Dentro de la vida plácida y tranquila subyace un terrible castigo: la finitud.

Cuando de alguna manera despertamos a la vida, perdón, quería decir a la Vida, nos corroe por dentro esa urgencia del actuar, de hacer mil cosas que puedan ser útiles para nosotros y para los demás. El tiempo apremia para aquellos decididos a experimentar la consciencia del servicio, del derrame de experiencias para engordar la cuenta existencial basada en la alegría y la fragmentación de la posibilidad. Uno se hace rey de su tiempo, y deja de ser un pobre de espíritu, cuando comprende que las matemáticas exactas promueven no una eternidad, sino una cuenta finita de resultados.

Vivir, de alguna manera, es actuar, y vivir la vida amplia es actuar con urgencia, especialmente en estos tiempos en los que un loco de atar amenaza con terminar con la civilización a golpe de botón nuclear. No me imagino que podré hacer en los próximos años de vida útil. Pero me gustaría enfocarlos a integrar las filas de esos que se alzan a las montañas madres para hacer la propia revolución pertinente. La revolución de las masas, la revolución silenciosa de nuestro tiempo. Mientras tanto, los malgastadores de tiempo seguirán perdiendo vida, mucha vida, que ya no volverá.

Sereno y pausado, esto pienso, mientras miro los árboles agitados por el fuerte viento y experimento la sensación marchita de que todo se acaba.

Predicción de series temporales


Tendemos a pensar que somos como algoritmos lineales que viven en una frecuencia temporal determinada, aislada y propensa a la finitud. El paradigma de pensar que vivimos en una especie de red neuronal interconectado debería ayudarnos a enfrentarnos a la vida de forma diferente. Podríamos decir que en ese instante de cambio, empezaríamos a hablar de Vida, en mayúsculas, como algo que nos trasciende y como algo de lo que somos partícipes. Algo muy parecido a lo que puede ocurrir en un sistema neuronal. Una neurona aislada carece de sentido, pero sus interconexiones con otras producen la magia de la comunicación, de la atracción, de la asimilación, del corriente de flujo de vida constante.

En verdad, aunque aún de una manera simple e inconsciente, el ser humano vive de señales que se envían unos a otros, de marcadores que nos conectan, directamente los unos con los otros. Por la mañana, por decir algo, nos duchamos, desayunamos y nos preparamos para la jornada. Todas esas funciones no serían posible sin la intervención directa o indirecta de otros seres que nos ayudan en nuestro devenir diario. Es cierto que en nuestro proceso evolutivo actual, ese desarrollo se realiza de forma inconsciente y egoísta. Pero el hecho de que podamos desayunar todos los días requiere de una compleja red de cooperación para que nuestra tostada salga caliente y pueda ser untada con mantequilla y mermelada cada día de nuestras vidas.

Esa cooperación es inevitable, y está fundamentada en el egoísmo y el intercambio. Pero en un futuro se hará consciente y estará fundamentada en la generosidad, el compromiso y la responsabilidad individual y grupal. Todo fenómeno que acontece en nuestro día a día, desde el más simple al más complejo gesto, requiere de una colaboración mutua. Ir a un hospital cuando nos encontramos mal es una muestra de todo lo que se moviliza a nivel grupal para poder ser atendidos y protegidos. Encontrar un hogar, un trabajo o comprar un vehículo requiere de la intervención de cientos de mecanismos, personas y procesos que se activan para que cada cual, desde su propia circunstancia, pueda acceder a ese deseo.

Podemos predecir esas series temporales de hechos y relaciones, pero podemos, en una mayor consciencia, interpretar lo que subyace detrás de cada hecho, y agradecer todo lo que ocurre a nuestro alrededor para que la Vida continúe. Tener esa visión amplia nos ayuda a desentrañar ciertos misterios vitales, y de paso, ser partícipes de los mismos con cierta consciencia de agradecimiento, respeto y amabilidad.

El otro día estuve en un encuentro en el que participaban una cincuentena de activistas y voluntarios que de forma generosa se iban a implicar en la mejora de la enseñanza pública de la ciudad. Era emocionante ver como esas cincuenta personas participaban responsablemente en unas tareas que pretendían profundizar en la igualdad y la solidaridad en la educación. De alguna forma, había un eslabón superior que les dotaba de una visión de grupo y de mejora no solo individual, sino también colectiva. Se puede decir que en esas personas está naciendo la semilla de un orden mayor, de una voluntad más profunda y una visión más amplia que desea engendrar la semilla de la generosidad. De alguna manera, los modelos de predicción de series temporales nos ayudan a mejorar como seres humanos, ampliando, gracias al aprendizaje colectivo, nuestro desarrollo y potencialidad, extendiendo «el ojo de la mente» hacia una noogénesis aún más profunda.

Al igual que una neurona aislada carece de sentido, un ser humano aislado carece de sentido. El apoyo mutuo y la cooperación neuronal es un claro ejemplo de la expresión universal de la vida. Eso que llamamos Amor, no es posible si no hay relación con el todo circundante. Así que de alguna forma somos como neuronas de un gran ser llamado Tierra, y cuando tengamos consciencia de eso, y de que el propio Universo es una gran red neuronal que aprende y se expande y evoluciona y se llena de Vida, empezaremos a ser mensajeros de una realidad mayor, de esa cosa que los antiguos llamaban «divinidad» y los modernos algo así como «noosfera».

Mata el hambre de crecimiento


Los viajeros expertos saben que hay dos formas de transitar a otros mundos. La primera es con el desplazamiento físico. Uno va de un lado para otro y adquiere conocimiento, sabiduría y lenguas. El otro, quizás el más irreductible, es el viaje interior, el que suscita curiosidad en las mentes hábiles e interrogantes en la inteligencia irascible. Cuando uno viaja hacia fuera y pierde el control absoluto sobre sus márgenes de seguridad, se enfrenta a los retos, a los límites y al descubrimiento. Salir de uno mismo es romper las barreras que limitan la mente, es saciar miedos y bucear en aquellos amaneceres que nos desvelan las tierras lejanas.

El viaje interior es igual de incierto, porque uno nunca sabe cuándo termina o cómo nos domina. Nada hay oculto que no pueda ser manifestado si de alguna manera nos lanzamos a su descubrimiento. De alguna manera estamos ansiosos por abrir nuestra alma al océano infinito de posibilidades. La vida no se puede atrapar en un tiempo o un espacio sin querer, aunque sea de forma inconsciente, intentar atrapar la luz del mundo. El dominio de sí mismo provoca deseo de expandir el alma, y esa expansión provoca roce con todo aquello que atraviesa, y por lo tanto, conocimiento, sabiduría y enriquecimiento.

Matar el hambre de crecimiento es una disciplina para dejar de desear la expansión, pero ansiando el recorrido hacia la luz. Uno se percata de que lo importante no es crecer y crecer, como si ese desarrollo fuera un fin en sí mismo. Lo importante es alcanzar la luz del día, como la ansían de forma inconsciente las flores, pero sin percatarse ni tan siquiera que para que eso sea posible, hay que crecer hacia lo alto. No es el crecimiento, sino la anhelada llamada de búsqueda lo que nos permite crecer. Es la luz lo que nos acerca a la expansión, al viaje.

En cierta literatura oculta se habla siempre del Sendero y de su Luz. Es una hermosa metáfora que invita a cierto viaje. Parece que cuando uno viaja, no importa si hacia fuera o hacia dentro, explora y encuentra. La vocación peregrina, porque antiguamente todo buscador era primero peregrino y luego anacoreta, se enmarca siempre en ese anhelo de poder expandir la vida y su ciencia hasta las puertas del logos y la gnosis.

Uno siente un cierto cosquilleo ante la finitud que nos atraviesa inevitablemente, y la necesidad de inmortalizar nuestro aliento, nuestros deseos, nuestros propósitos. El anhelo va más allá del pequeño deseo. Es algo que proviene con fuerza desde dentro. Es aquello que te convierte en buscador incansable hasta que en algún momento encuentras, dejas el peregrinaje y te asientas encima de una gran roca o debajo de un gran árbol a meditar sobre lo encontrado. Y allí uno se ilumina, o se despierta, o se reencuentra con la esencia de todo cuanto somos, de eso que llaman el ser esencial. Con la sencillez, con lo simple, con lo alcanzable y limitado, con el sagrado cotidiano.

Matar el hambre de crecimiento es provocar en nosotros un cambio irreductible. Es dejar de conformarnos con nuestra pequeña cueva y aspirar a esa luz redentora. Digo luz como metáfora de conocimiento y sabiduría, como albor de una verdad absoluta que se reabsorbe a sí misma desde nuestra mirada. Digo luz como aquello que nos hace crecer como una flor, creando perfume y belleza, alegría y bienestar.

Cuando matas el hambre de crecimiento exploras la posibilidad de donar tus frutos. Las mieles del alma encuentran un enjambre de abundancia donde poder ser compartidas. Es el ágape, el manjar de los dioses, el festín, el banquete donde todo es brindado y ofrecido. Más allá de nuestros limitados y pequeños egoísmos, existe la llamada economía del don, ese lugar, a veces excesivamente oculto, donde cada cual ofrece lo mejor de sí mismo sin esperar nada a cambio, sin desear nada a cambio. Solo por el placer de dar, como hace el sol cada mañana, disfrutando del viaje que su luz y calor ofrece a millones de seres vivos. Ese es el mayor viaje de todos: la generosidad con la que los dioses ofrecen su pan, el amor con el que los grandes seres expanden su consciencia. Por eso los grandes místicos siempre anhela la luz, más luz. Luz en el Sendero.

Propósitos para año nuevo


 

 

Un año después de haber cerrado el proyecto aún hay gente que pregunta por él, si pueden ir de voluntarios, si los podemos apuntar en la nueva lista de difusión para informar sobre los avances del nuevo proyecto, etc… El otro día soñaba que volvía a O Couso después de un tiempo y había mucha gente, una comunidad establecida y alguien con un montón de dinero en la mano. Le pregunté qué hacía con ese dinero y decía que era lo facturado en ese día. Yo, extrañado, le decía que en O Couso nunca hemos cobrado dinero, que todo era voluntario y que siempre nos hemos regido por la economía del don. Todos me miraban como si hubiera venido de otro planeta.

Cuando desperté recordé que O Couso como proyecto alternativo ya no existía, al menos materialmente.

Hoy repasaba todas las carpetas del proyecto para regalar todo el trabajo intangible realizado a un puñado de amigos. Pensaba que quizás alguien podría continuar con el trabajo allí emprendido si en los años de vida útil que aún me quedan no lograba hacerme rico para volver a empezarlo de nuevo. Lo de la riqueza lo veo primordial para no vivir de nuevo en un tiempo empantanado siguiendo con los ideales de la economía del don. Tampoco deseo que me pasé como a otros utópicos que se arruinaron una y otra vez por emprender proyectos que estaban excesivamente avanzados en su tiempo. Ya les pasó a Fourier, Owen, Saint-Simon o Cabet, pioneros de una utopía excesivamente adelantada y por ello, destinadas irremediablemente al fracaso.

Por ello, uno de los propósitos de este año es asentar las bases de cierta riqueza material. Terminar de pagar esas deudas interminables que parece que nunca se acaban, consolidar la empresa editorial en el complejo mundo de los libros y seguir mejorando la futura sede de la editorial y la fundación, creando un lugar acogedor para crear las bases de un futuro proyecto más ambicioso.

En lo personal seguiré soñando con crear familia, a pesar de que el año pasado fue un duro golpe al tener que atravesar cinco abortos de repetición. Este año seguiremos con mil pruebas más en hospitales públicos y privados hasta que encontremos la causa de lo que ocurre. Ojalá sea un año tranquilo interiormente para que podamos afrontar esa realidad hermosa.

Intelectualmente estoy despertando a mis antiguas inquietudes. Deseo leer más para seguir aprendiendo. Deseo ser más activista después de un año de escasa o nula actividad grupal y colectiva. Deseo implicarme aún más en los problemas de la humanidad, por si pudiera aportar algo, por eso de cumplir cada uno con nuestra parte. También me gustaría volver a escribir libros, después de diez años de sequía tras editar una docena de ellos. Debo compartir el elixir de estos diez años, y qué mejor manera que hacerlo con la escritura. Ya tengo un par empezados, a ver si logro terminarlos pronto.

Mi propósito místico-espiritual para el nuevo año, que de todo tiene que haber en la viña del Señor, es seguir interiorizando en el silencio, la quietud y la inevitable meditación. De momento sin acciones grupales, porque debo aún recuperarme de estos diez años de entrega excesiva, pero con la idea de recobrar fuerza y vigor para poder seguir experimentando el vasto mundo de la experiencia espiritual.

Así que tras un año de muchos cambios, ahora toca cimentar las bases de todo lo que vayamos a construir. Muerte y resurrección para poder seguir aportando alguna melodía en esta estrofa musical.

Tener visión. Naced a medida que fallecéis


Hace unas décadas pensé que había tirado todo por la borda. Diez años de trabajo para nada. Fue una gran crisis para muchas personas gracias a las preferentes, la especulación y la avaricia sin control (decía Weber que lo fundamental del capitalismo era regular de alguna manera esa ambición humana). Hoy, observando no sin cierta melancolía una foto del tejado en ruinas, tenía una sensación parecida. ¡Qué manera de tirar una década de tu vida con ilusas esperanzas! Mirando la contabilidad de la empresa, observaba que justamente, cuando mejor me iba, cuando más dinero estaba ganando, decidí embarcarme en la utopía. Abandonarlo todo con la esperanza de que ciertos valores gobernaran la vida de un puñado de soñadores, arriesgados emprendedores y buscadores de eso que llaman la verdad.

Lo paradójico de todo, y haciendo memoria profunda, es que tuve esas visiones en plena pubertad. Siempre soñé con la utopía, y con los libros, y con la docencia, y con hacerlo todo a la vez. Incluso soñé con tener una librería y abrí una en pleno centro de Madrid. La tenacidad, la constancia y la perseverancia hizo, con el paso del tiempo, que todas esas visiones que aparecían desde el ego o el alma, a saber, se fueran manifestando.

El poder creador de la emoción y el coraje es infinito. Si uno cree profundamente en aquello que es capaz de ver, de visionar, (casi) todo es posible. Los límites siempre los ponemos nosotros, desde la propia visión, pasando por la planificación de la misma y a su propia ejecución. En aquellos viajes infinitos hasta Montserrat, soñábamos con crear algún día, en alguna montaña lejana, una utopía. Pensándolo bien, tardé veinte años en lograrlo. Más tarde, un año de planificación, diez años de ejecución y un segundo en ponerle fin. Ese segundo es primordial. Igual que fue primordial aquel segundo en el que lo perdí todo en plena crisis. Todo el esfuerzo de décadas puede verse fulminado en un segundo. ¿No os recuerda esto a la muerte? Tanto esfuerzo, y de repente, la parca, te espera en cualquier esquina y te lleva, sin más.  

Tan importante es la visión y su poder creador como eso que llaman la divina indiferencia. Poder tener indiferencia hacia cosas que alguna vez fueron profundamente importantes, es algo necesario para la supervivencia psicológica. La cuestión es que el desapego debe desempeñar un papel importante, tanto en el fracaso como en cualquier aparente victoria. Si uno se desapega de los resultados, sean los que sean, es capaz de volver a empezar de nuevo. Una y otra vez.

La naturaleza de la visión es importante. Tan importante como la visión compartida, la visión que podamos tener para el futuro de nuestro planeta. Ahí podemos jugar un papel importante, aun pareciendo que nuestra pequeña huella nada puede cambiar. Sin embargo, ahí estamos, construyendo o destruyendo mundos, aportando posibilidades, visiones, anhelos, deseos, pensamientos. Nuestro empeño se forja en aquello que somos capaces de imaginar, pues es ahí, en ese poder creador, donde nace todo. La imaginación creadora es mental, pero viene impulsada por el deseo y guiada por la inteligencia o la consciencia. Su poder radica en compaginar sabiamente esos aspectos de fuerza, sabiduría y amor, ese amor que algunos traducen como belleza.

¿Cuál es la visión para la próxima década? En esas andamos, trabajando silenciosamente, intentando que nuestra huella sea positiva para el mundo, no tan solo para nosotros mismos. ¿Y si no hubiera próxima década, ni visión, ni nada de nada? Pues entonces, divina indiferencia.

Seamos amables


«Que sirva este trabajo también para nosotros, y como dice el primer legión, que nos ayude, si llegamos a captar el significado profundo, a no saborear la muerte», le decía esta tarde a un amigo con el que estamos trabajando en un libro profundo y amable.

Eso significa, pensaba para mis adentros, que podemos estar vivos, y también abiertos a la vida eterna, sea como sea, si es que existe, si es que llega, si es que seremos capaces de entenderla alguna vez. Porque si no fuera así, y solo tuviéramos esta vida para hacer el bien y vivirla bien, deberíamos estrujar con gran empeño cada uno de sus jugos, cada uno de sus tiempos.
Sería pertinente tomar consciencia de ello a cada instante, y de qué manera podríamos aportar nuestra estrofa y nuestro cachito de minúscula vida, a la Vida.

Interroguémonos por cada uno de nuestros actos. Examinemos nuestros minúsculos errores cotidianos, veamos de qué manera podemos mejorar ese mal genio, esa rabia contenida, esa necesidad de mentir o enturbiar, ese odio a lo extraño o extranjero, esa facilidad para inculpar o juzgar al otro y sus circunstancias. Examinemos concienzudamente si merece la pena gastar tanto de ese tiempo limitado en esas cosas que oscurecen y perturban nuestro pequeño paseo por este hermoso planeta.

En verdad ser amable no es tan costoso. Ser amables indica posibilidad. Su etimología es hermosa: digno de ser amado. Esa dignidad es un esfuerzo constante, diario, ilimitado. La oscuridad está ahí, es irremediable. Pero la luz y su amabilidad tiene muchas más posibilidades de expandirse en nuestros corazones.

Estar abiertos a la vida eterna no es más que un sencillo ejercicio de amabilidad. De respirar profundo por las mañanas, sin quejarnos, sin sentirnos pesados, sin sentirnos abatidos por el infortunio. Es cierto que con la edad todo parece más pesado, más quejoso, más difícil. Nuestras articulaciones empiezan a agarrotarse, el cuerpo se vuelve pesado y la energía vital que antes nos conducía por lejanos caminos y montañas, ahora se ajusta a una realidad limitada. Pero hay muchos seres que viven su limitación como una oportunidad. La flor, que no puede volar por los cielos ni correr por los campos, expande belleza y perfume para que otros seres disfruten de su amabilidad. La piedra, en su quietud, es firme y es capaz, ante su inactividad aparente, proveer de sostén y apoyo a muchas construcciones.

Cada elemento en la naturaleza vive su propia amabilidad. Si profundizamos un poco en cada uno de ellos, veremos que nos resulta amable, y que todo tiene un significado que roza la ternura, la belleza, la sostenibilidad de la vida extensa. No nos cuesta nada devolver un abrazo o una sonrisa, aunque el estrés cotidiano atraviese nuestras vidas. Si trabajamos hasta la extenuación sin parar un instante para respirar, simplemente para eso, moriremos en vida. Así que seamos amables también con nosotros mismos, con nuestro entorno inmediato, y con lo profundo. Porque queramos o no, estamos rodeados de eso que los antiguos llamaban Misterio, y queramos o no, vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser en ese sempiterno y oculto Arcano. Seamos amables con lo sagrado de la vida. O más aún, sacralicemos cada momento, cada cosa, cada inmortal instante con un acto amable.

Encendiendo la llama del hogar, nuestro verdadero templo


«Jesús ha dicho: Aquel que está cerca de mí, está cerca del fuego, y aquel que está lejos de mí, está lejos del Reino». Logion 82, Evangelio de Tomás. 

Antes de contar cosas sobre el mundo, en sus dos vertientes, el mundo visible y el invisible, me gustaría contar cosas sobre mí, así, en primera persona. Las historias de vida a veces pueden inspirar mucho. De ahí nuestro afán editorial por rescatar y publicar historias de vida que personas, en primera persona, comparten, a veces sin mucho pudor, de aquello cuanto han vivido. Ese compartir no tiene nada que ver con ningún tipo de morbo. El ser humano de hoy ha cambiado el fuego por los píxeles. Antiguamente, los ancianos contaban sus cuentos e historias alrededor del fuego. Era la manera que tenían de transmitir sabiduría y experiencia, de hacer tribu. Por la noche, junto al fuego, al principio en la intemperie, luego en la cueva, más tarde, gracias a la agricultura, en el hogar. Fue así y es así como nacen y mueren las civilizaciones, junto al fuego.

De focaris, el fuego, derivó la palabra focus, el hogar. Poner el foco en la familia, que era el origen de ese fuego donde de alguna manera se forjaba el calor humano, la moral de cada tiempo, los avances y progresos. También era el lugar donde se explicaban las dificultades, donde se discutía, donde se hacía la comida y se tejían los sueños mientras las abuelas urdían a su vez las prendas que protegerían el calor corporal del frío externo. De alguna manera, era donde se forjaba nuestra identidad personal, donde, absortos por el fuego, mirando profundamente sus flamas, nos interrogábamos sobre el misterio de la vida, sobre el quiénes somos. En ese interrogante constante recibíamos, a modo de transmisión, el conocimiento necesario para sembrar todo aquello que con el tiempo seremos algún día. Nos forjábamos a fuego lento, en cada anochecer, con cada cuento, con cada historia.

Hogar de sueños, de ilusiones, pero también de contacto con lo oculto, al menos para los más curiosos, los más inquietos, aquellos que siempre miran hacia dentro y hacia fuera y se preguntan cosas. Lo oculto siempre fue para aquellos que reclaman luz y así poder desvelar los misterios, o como lo llamaban los antiguos, para acceder sigilosamente al Hogar del Padre. Lo oculto es aquello que se esconde, como Dios o la realidad del espíritu, que son dimensiones elusivas (recomendable libro ese: “Elusividad Cósmica”), indescifrables excepto para los sabios y los gnósticos de todos los tiempos que, perdidos en algún paraje inhóspito, creían haber hallado la alquimia necesaria para comprender al universo y a sus dioses.

Si el sentido del hogar se ha perdido, y de paso también el sentido del «templo», de recinto sagrado,  y ya rara vez nos sentamos al fuego para transmitir pensamientos, ideas, emociones o experiencias con los “nuestros”, dejemos que al menos, en nuestra soledad moderna, existan rincones donde acudir, donde tratar con las “viejas sin dientes”, donde descubrir, aunque sea a modo pixelado, un desvelado misterio.

No puedo negar que durante casi diez años conseguimos crear ese fuego, ese intercambio humano, esa magia del calor que traspasa lo ordinario. Ahora que lo miro todo con cierta distancia, admiro y admito esa proeza, ese hilo de esperanza, ese rincón donde bastaba una ruina como excusa para construir hogar, sentido, experiencias, vivencias, gnosis. Comprendo que en el futuro deberán existir más lugares así, más hogares y más templos, a pesar de su dificultad y complejidad.

Le decía el otro día a una amiga que si tuviera los recursos suficientes llenaría el mundo de lugares como el que soñamos durante tantos años y vivimos durante tantos ciclos. Sí, lo volvería a hacer, porque el sentido de hogar y el sentido de templo es algo muy necesario hoy día, donde todos, de alguna manera, nos sentimos solos, pero sobre todo, ausentes, desdichados y huérfanos de espíritu, de fuego, de calor.

Por suerte, tras la experiencia, quedó algo del lazo místico. Es cierto que nada tiene que ver la fuerte y constante experiencia diaria donde el contacto físico era la realidad suprema, con estos píxeles que de alguna forma quieren emular aquellos sueños. No es lo mismo, pero los que hemos experimentado esa experiencia, y sin intención de regodearnos en ella, sentimos la obligada misión de inspirar a aquellos que tengan fuerza o recursos suficientes para volver a recrearlas. Algo muere, pero algo nace de nuevo, inevitablemente. Así que demos aliento a los que, una vez más, seguirán encendiendo la llama, el fuego, el calor, el foco, la sabiduría, la gnosis, en definitiva, el hogar y los espacios sagrados, los templos.

El complejo Camino del Medio


© @alainbaumgarten
© @alainbaumgarten

«Porque el recto camino del amor, tanto si lo seguimos por nosotros mismos como si somos guiados en él por otros, consiste en empezar con las bellezas de aquí abajo y en seguir elevándonos hasta la belleza suprema».
Platón (El Banquete)

Si no tenemos luz, nadie nos ve, ni las fuerzas del bien ni las fuerzas del mal. Navegamos como seres insignificantes e invisibles en el gran océano de la vida. Eso puede ser una gran ventaja si lo que se desea es descansar o pernoctar en la noche oscura, no importa si del alma o de la personalidad.

A veces es necesario retornar al camino del medio, siempre laborioso, extraño, complejo. Tanto quizás más que los caminos extremos, aquellos en los que Buda transitó, el de la opulencia y el de la indigencia. Nos gustaría no renunciar al sueño, a la felicidad de los otros, pero desearíamos poder hacerlo sin tener que renunciar a nuestros propios sueños personales, y sin tener que renunciar a nuestra propia felicidad, salud o equilibrio. Desearíamos empezar con las bellezas pequeñas, las de aquí abajo, y seguir con ello, poco a poco, para elevarnos hasta la belleza suprema. Lo hemos intentado de mil maneras, y ahora toca recoger velas. Aferrar la vela a su verga de modo que no reciba viento ni pueda este desplegarla.

Diez años de indigencia requieren volver al justo equilibrio. Volver al centro, al punto de quietud, al deseado camino medio. El madhyamā-pratipad es el camino del no Extremo, la práctica del No Extremismo. La moderación que supone huir de los excesos ha llegado a un punto de no retorno. Deseamos descansar, restablecernos, volver a empezar desde otro lugar, desde otra senda moderada. Entre la austeridad y la indulgencia sensual, existe una tercera vía.

El camino medio es el camino de la síntesis. En términos más profundos, es el camino que deja de luchar entre lo fenomenológico, lo aparente, y lo esencial. Se crea un contacto inevitable con aquello que nos permite disfrutar de lo bello y de lo oceánico de la vida sin lucha, sin deseo, sin animadversión, de la vida cotidiana sin mayores suplicios.

El camino medio requiere templanza, especialmente cuando necesita abandonar los límites, los abusos, las injerencias, las intromisiones, las exigencias y atropellos que todo rayo de pequeña luz provoca. Es complejo no dejarse provocar, es complejo no caer en la misericordia camuflada o en la connivencia. Abandonar un lugar para situarte en otro supone reajustar toda tu vida, toda tu existencia, buceando en lo profundo hasta que tu ser esencial te guía por el correcto devenir. Los Asientos servían para eso, para el reposo. Otras Montañas volverán tras el tupido velo del horizonte.

El dharma, la rectitud, el camino recto, siempre es una empresa compleja. ¿Qué es lo correcto para cada uno, y cómo se puede ser útil para los demás sin que ese quehacer nos dañe? A veces es difícil no dañar cuando te aferras a la decisión de no dejar que otros abusen de ti, de no permitir más injerencias o atropellos. Los sacerdotes ataviados en los altares son propensos a pensar en exceso, y por lo tanto, a señalar en exceso. El pecado, la falta, el desliz, formará parte del vocabulario común. Y luego el rencor y el abuso, la crítica y la destrucción. No hay remedio para el que predica sin dar ejemplo. De ahí que sea mejor apagar la luz, permanecer invisible.

El complejo camino del medio requiere silencio. Un silencio especial, disciplinado, oportuno. Requiere dejar que todo se apacigüe para que la vida y su oceánica belleza nos empuje hacia el siguiente devenir. El simbolismo oculto de los bosquecillos interiores requiere de mucha paciencia para poder desbrozar la correcta senda. Cada matiz, cada paleta, cada trazo, necesita concentración, dharana. Los tejedores saben bien lo costoso de cada empresa. Y entienden también lo costoso que es el desapegarse de la semilla que debe morir en la tierra húmeda y doliente. Crear el arquetipo, señalar el camino y desaparecer.

Volver al camino medio es volver a esa enseñanza de muerte y resurrección. Si no tenemos luz, nadie nos verá. Moriremos y volveremos a nacer una y otra vez, en silencio, invisibles.

Vida


© @walterluttenberger_fineart

Dos mundos se unen y forman una nueva vida. Un corazón nuevo palpita, con latidos leves, con ese pulso minúsculo, estelar, irreductible. Una esperanza para la existencia y toda su ristra de misterios indescifrables. Una grandeza imperceptible añadida al universo en toda su majestuosidad. Una mente que nace, o mejor dicho, un alma que encarna desmontando el mito de lo casual, de lo fortuito.

Vida. Qué cosa será esa cuando dos mundos se unen. De repente uno está dentro del otro, se fusionan, se compenetran y forman una unidad mistérica, una triada de dos que forman uno. Esa triada que se expresa en todos los antiguos mitos, en todas las creencias, ese dos que forma un tres. Así es la vida, un misterio, un gran misterio hilozoista que todo lo recorre. Si toda la materia está animada, si todo es vida, que será eso que añade misterio al mundo. Que será ese uno más uno igual a tres.

La vida está asociada a la luz. La vida nace allí donde la oscuridad no penetra. La luz también es etérea, resplandeciente, luminiscente. En el gnosticismo, cada uno de los seres eternos emana luz y vida desde la unidad divina, colmando el intervalo entre lo divino y la materia, formando el mundo espiritual. Si fijamos la mirada en ese intervalo, en ese eón de tiempo, podemos comprender que todo cuanto nos rodea fluye desde esa gnosis incognoscible. El conocimiento absoluto e intuitivo nos comunica con la esencia de lo que somos. Respiramos, concentramos la atención en la respiración, y establecemos de repente un canal descriptible que nos conduce hacia el misterio. La vida es mensajera de vida. La vida es fe y esperanza.

¿Qué se siente al ser portadores de vida? ¿Qué se experimenta al ser dadores de vida? ¿Cómo puede uno sentirse partícipe de la creación más que fluyendo con todo lo que anima a la materia? Navegar en ese síncope invisible como un vahído que circunvale los cielos próximos, los bosques cercanos, las montañas sublimes con sus ríos y valles. Sentir la vida, experimentarla, para luego poder darla. Uno más uno igual a tres.

Qué fórmula misteriosa hace que la vida encarne, tome forma, tome materia. Astrológicamente se alinean ciertos cuerpos celestes, esos astros que llenan de señales el camino para que dos se encuentres y se unan. Luego nacen los elementos comunes, simbiosis, genética invariable que determina todo el curso de aprendizaje. Sin dilación, ese átomo simiente que cae y se precipita ante la oportunidad propuesta, con toda esa retahíla de existencias ya vividas. ¡Qué gran misterio!

Uno más uno es igual a tres. Uno de ellos alberga a los otros dos, al que suma y al que nace de nuevo, de la nada, de lo añadido. Así se forma la vida. O mejor dicho, así lo animado se revuelve para albergar inteligencia, alma, espíritu. El mundo espiritual nace del soma y del nous produciendo la psique. Así lo describían los antiguos. Es una poderosa fórmula, es una magnifica alquimia que se produce en el atanor, en el vitriol de esta paradoja nuestra. Sí, uno más uno es igual a tres. Nace del inevitable fuego cósmico. Así fue hace dos o tres semanas. El milagro de la vida manifestada. El tiempo de la ocasión. Estaba escrito. Era por todos sabido. Lo inevitable, siempre sucede.

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Solsticio de invierno, luz, más luz…


© @t.fatinova

Llueve y de los campos verdes brotan manantiales. Descubrimos nuevos espacios mientras rebañamos los claros que de vez en cuando aparecen en el cielo y entre los bosques. Encerrados en la oscuridad, celebramos la esperanza de que hoy el sol vuelve a renacer. El sol invictus, la esperanza de lo invencible, como ese mensaje de amor y fe que pronto celebraremos en familia, en hogar, en alegría. Dies Natalis Solis Invicti.

Hay silencio en estas montañas. La nieve no acudió esta vez, quizás porque en el mundo de los ciclos, este año las cosechas serán pobres y poco abundantes, y de esa manera, se regulan las especies, sobreviven los más fuertes, los más capaces o los que mejor uso hacen de la cooperación y el apoyo mutuo. Las dos vertientes se manifiestan en la naturaleza, también la resiliencia, aquello que hace que nos adaptemos a todos los cambios, incluso a los más traumáticos.

Hay silencio y paz, cierta armonía, cierto equilibrio solo interrumpido por esas cosas fortuitas que irremediablemente siempre ocurren, por esos abrazos ahora ya no añorados, sino abundantes, profundos, después de tanto tiempo soñados. ¡Qué alegría más profunda sentirte acompañado, abrazado, querido, cuidado, amado!  Qué sensación esa de llegar a casa y sentir la complicidad de la compañía, la alegría, la sincera conspiración entre dos respiraciones que nacen y crecen juntas.

Me ha dolido la caída de esa amiga fiel, o la guerra cruda que no acaba. Pero a cambio, abrazo con esperanza y sincero agradecimiento los cuidados que estoy recibiendo de ese ángel capaz de desplegar todos sus dones para cuidar del hogar, del fuego, de la posibilidad de una vida diferente y recogida.

Hay trabajo, mucho trabajo, y por tanto, tendencia al equilibrio. Ahora hay que buscar fórmulas para equilibrar las cuentas, para amortizar, para devolver. Se terminó la fase de construcción, de ensoñación y utopía, ahora toca la fase de retorno, de realismo, de toma de tierra, de devolver todo aquello que hemos recibido. Esto es complejo, pero justo y necesario. El equilibrio siempre es necesario para poder caminar. Sin equilibrio, todo se derrumba.

El silencio, el equilibrio y la paz tienen sus peligros. Te adentran hacia el ser, te cotejan con la realidad que se posiciona. Nace una necesidad de invocar y renovar la vida, el nuevo sol, la nueva llama, la nueva luz. El silencio, el equilibrio y la paz te empujan irremediablemente hacia dentro, y eso reconforta, eso ayuda, permite disfrutar desapegados de un proceso amoroso y tranquilo, buscando en la lucidez la mejor respuesta para el nuevo tiempo. No todos somos lúcidos, pero todos tenemos la oportunidad de embriagarnos de momentos inspiradores.

Cerrar las puertas ha estrechado el nudo gordiano, ha permitido el descanso y ha provocado una sensación de fortaleza interior, de libertad y reflexión. Ahora el debate nace entre dos extremos palpables: cerrar aún más o liberar esa fuerza, ese empeño, esa utopía. El debate se acerca hacia la muerte necesaria, para que en la tierra húmeda y doliente, germine la semilla plantada. Pero esa muerte, como en el sol invictus de esta noche, proclama resurrección, que la luz, venza de nuevo a las tinieblas. Una y otra vez, en este ciclo sempiterno y necesario. ¡Luz, más luz!

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La libertad de abrazar lo distinto


© @ismailtasgeldi

Dicen los que saben que el secreto, la subordinación y la fidelidad son indispensables para la consolidación de la libertad. También dicen que el conocimiento y la sabiduría solo conviene a quienes tienen un ideal, una estrella centelleante en Oriente. Es tal la irresistible fascinación que los atrae, que no pueden menos de hacer el camino hacia el ideal del sendero de la vida. Los que todavía viven para la momentánea satisfacción del cuerpo, de los sentidos y de la mente, aun son esclavos de eso que en oriente llaman maya y conservan aún la mudable dicha de los animales. Es una vida fácil, aparentemente, ya que la única preocupación gira en torno al sublime ego de nuestro tiempo.

“Si piensas igual que yo eres bienvenido, pero si piensas distinto eres doblemente bienvenido, porque entre los dos encontraremos el camino verdadero”, dice el famoso dicho. Es extraño encontrar personas de libre pensamiento que se alegren de compartir con divergentes que opinen de forma diferente. La libertad de abrazar lo distinto es un aliento que nos hace crecer y expandir nuestro saber, nuestra consciencia. Pocos se atreven a ello, pues supone arriesgar parte de nuestra integridad intelectual, si es que tenemos algo de eso.

El secreto no es más que la amabilidad de no desvelar con el distinto aquellas partes que puedan dañar su inteligencia. La subordinación pretende acatar la flexibilidad de la vida, volviéndonos de alguna manera humildes, pues siempre habrá personas por encima y por debajo de nosotros, y todas merecen nuestra fraternal acogida y atención. La fidelidad es un rasgo que se pierde en nuestros tiempos, inclusive la fidelidad a nosotros mismos, tan acostumbrados a prostituirnos y vendernos al mejor postor una y otra vez. Ser fieles es un valor en desuso, y casi un valor mal visto dependiendo del contexto donde se aplique. Tan acostumbrados al engaño y la ocultación, la mentira y la perversión de nuestro tiempo, ser fiel, sincero, trasparente, es pagar un precio excesivamente alto.

Quizás por eso tener un ideal sea arriesgado y peligroso. La libertad es dolorosa, el conocimiento y la sabiduría solo conviene si uno está dispuesto a pagar un alto precio. El sendero de la vida puede ser transitado desde muchas consciencias, y solo la nuestra podrá guiarnos hacia nuestros errores, nuestras enseñanzas, nuestro poder de manifestar el libre albedrío que tanto nos hace sufrir. Queremos seguridad y queremos libertad, queremos demasiado siempre, mucho, en exceso, y cuando podemos elegir, nos atiborramos de incongruencias. Eso es la libertad, dicen, el poder de elección. Pero si no viene acompañada de un prudente exceso de sabiduría, la elección puede conducirnos al error, a la pérdida, al desastre.

Abrazar lo distinto. Eso también nos hace libres, humildes, generosos. La inteligencia provoca en el otro recelo, de ahí la necesidad de ser prudentes, celosos, discretos, secretos. Ser inteligentes es ser prudentes y elegir correctamente aquello que nos aportará felicidad a nosotros y paz a los otros. Esa frágil tesitura nos llevará siempre a dudar entre lo correcto y lo necesario, entre lo que viene y lo que conviene. En esas andamos.

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Nunca serás indeciso si conoces tu propósito


© @holger.nimtz

“Nunca serás indeciso si conoces tu propósito”. Lou Holtz

Los actos heroicos suelen conllevar cierto sacrificio, a veces cargados de ese halo de santidad y esa aura de extrañeza que presuponen los que miran o admiran desde fuera tanto esfuerzo y dedicación hacia cualquier causa. Todos nos hemos sacrificado alguna vez por algo. Por causas nobles, por causas personales, por causas ajenas. Un sacrificio conlleva siempre cierta mortandad. Algo muere en la tierra húmeda y doliente de toda esa abnegación y desprendimiento que trasciende toda acción. El símil más hermoso es el de la semilla que sucumbe en la tierra y se convierte en planta, en árbol y más tarde, con el paso del tiempo, se expande en una flor o en frutos cargados de más simientes. Es una analogía poderosa que enriquece el pensamiento desapegado de cualquier alma cándida.

El propósito es algo genuino en cada uno de nosotros. Implica constantes cambios, reajustes y tránsitos. Implica sacrificios inevitables, pero también inteligencia para que los mismos no sean del todo irreparables. Hay que tener cuidado con el camino que se escoge para llevar a cabo nuestros sueños, o los mismos podrían transformarse en auténticas pesadillas. Convertirse en esclavos de los sueños y no poder conectar con la realidad envolvente es más común de lo que parece. Un sueño puede ser cualquier cosa, tener una familia, tener un proyecto que ayude a mejorar el mundo, ser solidario, comprar una casa para crear hogar. Los propósitos vitales vendrán de la mano del tipo de consciencia que suministre nuestra alma, nuestro ser esencial. O quizás deberíamos decir que ese propósito vital vendrá alineado con nuestra capacidad para conectar con lo esencial de nosotros mismos.

Uno no debe sentirse ridículo cuando siente profundamente un deber, un propósito, una misión, una labor por hacer que nace desde lo más profundo. Debe sentirse ridículo cuando la ambiciona desmesuradamente, sin inteligencia, sin sabiduría, sin mesura. O cuando ocurre todo lo contrario, que aún desde la más profunda claridad, no osa realizarla. No deberíamos dudar, no deberíamos ser indecisos cuando creemos en algo. Se debe ser osado, pero sabio al mismo tiempo. Tener fuerza, pero inteligencia que guíe esa fuerza. Lo bello nace cuando el cincel, golpeado por la maza, guía su fuerza. El amor es un camino que nace cuando la fuerza vital de la vida es guiada por la inteligencia universal.

La inteligencia siempre es la que es. Uno no puede ser más inteligente de lo que es, ni más consciente por mucho que se esfuerce. Todo tiene un límite difícil de atravesar, excepto cuando nos rompemos por dentro. La fuerza es diferente, porque se puede tener más o menos dependiendo del uso que hagamos de ella, de nuestra visión para atesorarla y distribuirla. Cuanta más energía seamos capaces de amasar, más fuerza tendremos para distribuirla. El matiz es significativo y necesario. Energía, fuerza e inteligencia. Esa combinación provoca en nosotros una vida de mayor o menor calidad, una entrega a nuestros propósitos vitales con mayor o menor certeza.

Esta noche morimos simbólicamente. No importa lo perdidos que estemos, no importa si nos invade la tristeza o la depresión. Mañana despertamos a una nueva realidad, a un nuevo día, a una nueva vida, a una nueva oportunidad. Deberíamos meditar por la mañana si estamos alineados a nuestra esencia, que en definitiva es lo que siempre nos hará sonreír. Si estamos buceando en nuestro propósito vital. Si somos dichosos en ello, alegres en nuestro camino, si disponemos del suficiente coraje y entusiasmo para emprender y hollar todas las sendas. Si tenemos fuerza suficiente, inteligencia suficiente, amor suficiente para ser felices en los pequeños pasos que damos en la vida, hacia la Vida, por más que nos equivoquemos una y otra vez.

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Posibilidad


© @fje

Todo es posible. Incluso lo más difícil es posible. Lo arriesgado, lo último, lo indivisible, lo impermanente, lo que nace de lo onírico, de la imaginación, del entramado invisible, es posible. La posibilidad está en todo. Lo vemos en una semilla, potencialmente árbol, flor, perfume. Lo vemos en un átomo, que en sus compuestos más complejos albergan vida, inteligencia, consciencia. Podemos observar la estructura del cosmos y asombrarnos de toda su posibilidad, de toda su potencialidad.

En esa posibilidad inherente de cada destino, existe la dispocisión de poder elegir. La libertad es poder elegir. El tener opciones entre las que escoger, nos hace sentirnos algo más libres que el tener una única vía o alternativa pero, una mente tan limitada como la humana, ¿está verdaderamente preparada para gestionar múltiples posibilidades y elecciones en nuestro día a día? ¿Estamos preparados para gestionar «un exceso» de libertad en lo cotidiano? ¿Aquí, o allí? ¿Ahora, o luego?

Acto y potencia, que dicen los filósofos. Es maravilloso poder sentarse en un sillón, junto al fuego, cruzar las piernas, cerrar los ojos y poder elegir nuestro próximo destino. Es cierto que estamos limitados por espacios y tiempos, pero también es cierto que tenemos la potestad y la potencia de poder destruir esas limitaciones. Podemos ensanchar nuestra mirada, nuestra visión, nuestra perspectiva, y sentir que podemos cambiar nuestro destino, incluso el destino ajeno. Tenemos esa posibilidad, tenemos ese poder.

Elegir entre el abismo y la luz. Esa decisión es constante, y hay momentos en la vida en los que debemos tener determinación para no elegir erróneamente, para no dirigir nuestros pasos, a veces inconscientemente, hacia el oscuro abismo. No siempre es posible. No nacimos sabios, la vida nos enseña a caminar, a tropezar, a levantarnos una y otra vez para volver de nuevo a enfrentarnos a esa fina línea roja que separa una posibilidad de otra. No podemos alternar entre el bien o el mal, solo podemos dirigirnos desde cierta consciencia a eso que potencialmente creemos como correcto.

Albergamos una posibilidad, hospedamos en nuestras entrañas un destino. Potencialmente somos dioses, en acto, mortales que desaparecen a cada instante, a cada segundo, sin saber aún, a estas alturas de nuestra limitada consciencia, si hay o no continuidad, si somos o no, como los dioses, seres inmortales. Cabe la posibilidad, pero solo una entre mil millones de posibilidades. Por eso debemos empeñarnos en aquello que somos ahora, aquí, disfrutar de nuestro exceso o defecto de libertad, siendo útiles, dóciles, amables, amorosos.

Pd.- Hace hoy dos meses tomamos ese camino, esa potestad, esa posibilidad. Mereció la pena, merece la pena, aún a riesgo de estar equivocados, de ser vencidos por nuestros miedos, de ser derrotados por la dificultad. 

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Insha’Allah


La caridad bien entendida empieza por uno mismo, me repite continuamente la amiga Dolores. Y tiene toda la razón. Uno no puede dar lo que no tiene. Y en esta última década di todo lo que tenía y lo que no tenía. Y ahora pienso lo bonito que sería ser rico para seguir dando, sin amasar fortuna, excepto si ese amasamiento sirviera para ayudar a más y más gente.

Lo importante, creo, es dar sin esperar nada a cambio, a poder ser de forma invisible, escondida, anónima. De los miles de personas que han pasado por esta hermosa casa de acogida, menos de media docena ha valorado y agradecido sinceramente todo lo que aquí se ha hecho. Por eso mi conclusión es cada vez más clara a un mes de haber cerrado el lugar: a partir de ahora solo podré dar aquello que tenga. Y ahora no tengo nada, excepto deudas y más deudas por haberlo dado todo y haber dado aquello que no tenía. Y lo siguiente que me llega a la cabeza es: llega un momento en la vida en el que uno tiene que pensar en uno mismo, irremediablemente.

Ayer me dieron una sorpresa impresionante, diría que increíble, pero con ese increíble pronunciado por un murciano o un almeriense, que le pone esa nota de gravedad agudizando así la maravilla en sí. Alguien ha dado el extra, el fuá, para los entendidos, y ha hecho algo asombroso por mi persona que de alguna manera ha logrado equilibrarme, darme paz, sentirme querido y cuidado y amado. Todo esto narrado nace de mi personalidad más agradecida, descansada y equilibrada.

Con el crepitar del fuego, el silencio y la soledad de los bosques, me llega como un susurro el Insha’Allah, lo que Dios quiera, o lo que Dios quiere, que dicen en el islam y que en nuestra lengua traducimos como ojalá u oxalá. El alma siempre nos susurra, sin infringir nuestro libre albedrío. Nos quiere libres para que aprendamos de nuestros errores y aciertos. Siento que es un acierto la caridad bien entendida empezando por uno mismo. Siento también que sería deseable poder dar por exceso y no por defecto, a no ser que seas un santo como San Francisco, que dio todo, es decir, su vida, por una fe y una esperanza por ese reino de los cielos que siempre dicen está entre nosotros.

Es complejo cumplir con nuestra parte en el trato cósmico. Pero de alguna manera había que dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. El camino del medio que decía el Buda, añadiendo además ese practica los caminos. Quizás se trata de eso, de buscar un justo equilibrio para luego transitar los caminos, sean los que sean, sean los que Dios quiera, sea ese Insha’Allah.

Dicho esto, uno merece descansar siguiendo los ciclos de la naturaleza. Ahora toca despedir el otoño y abrazar el invierno. Invernar, refugiarse, cobijarse hasta la próxima primavera y ver qué retoños nacen, qué nuevas esperanzas, qué nueva fe renovada, que mirada profunda hacia el reino de los cielos, que está entre nosotros y eso es lo importante de todo ese mensaje encriptado y único. Servirse a uno mismo es también servir a Dios, porque si no somos un buen instrumento, de poca utilidad seremos para la Gran Obra. Por lo tanto, cuidaros y enriqueceros para luego poder ser útiles y poder dar. Que así sea. Insha’Allah!!!!

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