Volver a empezar desde un garaje


Una oficina en el centro de Córdoba. Una casa de diseño en Sierra Morena. Una embajada. Un hermoso apartamento en una zona residencial. Un zulo en Malasaña. Una librería. Una caravana. Una cabaña. Y ahora, un garaje. Esta ha sido la extraña evolución de una igualmente extraña editorial itinerante. Lo pensaba cansado y abatido después de terminar de colocar las últimas cajas de libros que aún quedaban desperdigadas por casas de familiares. Ahora ya están todos los libros juntos, abrazados, expuestos a los avatares. Cientos de miles de euros en papel apretujados y apilados en un pequeño garaje en la Sierra Oeste de Madrid. Dharana: concentración. Al menos hasta que terminemos, no sabemos cuando, el nuevo almacén y la nueva oficina en la que estamos trabajando muy poco a poco.

En un instante extraño me he sentado en la vieja silla de oficina y veía las cajas acumuladas. Saqué fotos, especialmente a esa primera caja de esa primera edición de ese primer libro que sacamos con el permiso de Jovellanos en la imprenta San Pablo. Era la última de esas primeras e inocentes ediciones que maquetábamos en Word mientras que el que fue el presidente de un importante banco, hacía las portadas desde su gran finca sevillana. ¡Qué tiempos aquellos en los que la prensa nos buscaba para ver qué estábamos tramando! Era todo artesanal, basado en la ignorancia, la inexperiencia, la inocencia y la osadía de empezar una tarea editorial sin saber absolutamente nada de ese mundo. Pero era todo fascinante.

Volver a empezar siempre es retante e igualmente fascinante, especialmente cuando nuestra editorial nunca ha tenido un perfil comercial, y sí mucho empeño en editar libros raros, algunos de culto, que pocos leen, pero se aprecian y se agradecen. Hoy lo hablaba con una amiga cuando le mostraba el presupuesto de lo que puede llegar a costar editar un libro en condiciones normales. Pagar el adelanto de los derechos de autor, la impresión, el diseño, la maquetación, la traducción, los trámites, la corrección y un largo etcétera puede costar entre ocho y diez mil euros por libro. El libro en cuestión podría estar en una horquilla de venta de entre los veinte y cien ejemplares al año. ¿Dónde está entonces la rentabilidad o viabilidad del proyecto?

Esta es la parte difícil de entender. Un diez por ciento de los libros que editamos alimentan al otro noventa por ciento que son menos comerciales, pero para nosotros, cultural y espiritualmente, resultan imprescindibles. ¿Cuál era la rentabilidad de un monje amanuense que dedicaba su vida a la traducción o al copiado de libros de forma artesanal? En verdad su vida era una vida de entrega. Muy parecida a la nuestra. En el Antiguo Egipto los escribas eran muy valorados porque tenían acceso a cierto saber al que accedían solo unos pocos. De alguna manera, ser editor hoy día tiene ese premio. Si bien el noventa por ciento de nuestro trabajo no es nada rentable, hay una rentabilidad interior, espiritual, que no tiene precio, y que merece la pena. Nuestro beneficio no es totalmente material. Tiene algo de mística variable, de introspección inevitable, de entrega y servicio.

Por eso este garaje es un símil especial. Es una especie de reto interior, un pequeño y humilde scriptorium vestido de modernidad que viene a protegernos y potenciarnos para sacar lo mejor de nosotros. Es como la mística rosa de trece pétalos que se abre poco a poco para resplandecer en lo más llamativo de la creación. Volver a empezar desde un garaje es un verso libre, un poema hermoso, un reto que provocará introspección y sabiduría a todos aquellos que desde aquí, les llegue alguno de nuestros cuidados ejemplares. Espero que este año podamos ofrecer nuevas perlas de sabiduría para que la gracia vuelva a nuestros corazones. Y de paso seguir construyendo un scriptorium digno y hermoso para seguir alegres con la labor del saber y la consciencia. Gracias de corazón a todos aquellos lectores que se sumergen con pasión en nuestros corazones y libros. Namasté.

Cuando el ánimus vuelve


Jung nos hablaba de la sizigia ánimus-ánima para descifrar los avatares que provienen del consciente y el inconsciente colectivo del hombre y la mujer y que nos empujan a lo que él llamaba el «sí mismo», es decir, la esencia de la plenitud humana. Cuando el ánima o el ánimus o el ánimo vuelve a nosotros, se encienden las palancas de la vida y nos empuja a la actividad que debe conducirnos hacia ese yo esencial, hacia ese mundo de la consciencia plena. La materia por sí misma es animada por este ánimo, por esta alma o espíritu que todo lo envuelve, según las teorías hilozoístas. La diferencia entre un vivo y un muerto es precisamente ese ánimo, esa alma animada, encarnada.

Cuando en vida sentimos desánimo, es una señal de que una parte de nosotros, ese aspecto vida, se está alejando. El desánimo, la depresión o la tristeza es ese camino hacia una muerte en vida, hacia un momento en el que algo esencial se aleja de nuestra existencia. Cuando esto ocurre, lo mejor es descansar, pasear, estar tranquilos. No hay que preocuparse en exceso, solo estar atentos a ese proceso de desánimo y esperar a que el “alma”, como decían los antiguos, vuelva de nuevo a nosotros. Ese «ven Señor Jesús» de los cristianos, el maranatha arameo, no deja de ser una imploración a que el Espíritu nos atraviese y venga a nosotros.

Este mes que he estado entre fiebres y resfriados, notaba como el ánimo desaparecía. Estaba apático y con poco deseo de hacer cosas. Me lo tomaba con calma, reconociendo que a veces la luz de la vida se ensombrece por cualquier motivo. Como los astros, entendía que solo debía esperar al nuevo ciclo. Y en esa espera reposaba y hacía lo propio de cuando se está sin ánimo. Hace un par de días, sin motivo aparente, quizás porque ya empezaba a recobrar la salud, el ánimo volvió, y con ello, el deseo de adentrarme de nuevo en el camino jerárquico del «sí mismo», de la búsqueda o el reencuentro con el ser esencial. Utilizo expresamente las palabras de Jung cuando se refería a este camino como un recorrido jerárquico, donde los arquetipos pasan de un lugar a otro hasta llegar al centro, al ser esencial, en una especie de procesión iniciática donde hay que ir venciendo ciertas pruebas.

Recogiendo esas ideas he ordenado el trabajo a seguir en los próximos meses, y esta vez, no voy a empezar la casa por el tejado, como hice en el otro proyecto, sino que empezaré siguiendo la sabiduría de los antiguos constructores, es decir, empezaré con la construcción de una pequeña logia (lugar donde encarna el logos) o taller donde guardar las herramientas adecuadas. En el trozo de terreno que tenemos hay un pequeño círculo hermético que ahora utilizamos, cuando el tiempo lo permite, para tomar el sol y trabajar al aire libre. Esa plataforma, que tiene exactamente la misma medida que la pequeña cabaña del septentrión, servirá de base para esa pequeña logia.

Este fin de semana pasamos un tiempo ordenando y reciclando las maderas de la antigua construcción, tal y como hicimos con la cabaña del primer proyecto. Ya tenemos algunas maderas que iremos puliendo, barnizando y colocando debidamente. A medida que vayamos vendiendo libros y entrando recursos, iremos construyendo con paciencia, serenidad, alegría y constancia.

Vamos a ver si somos capaces, años después, de construir este pequeño lugar que utilizaremos como espacio de meditación, estudio y servicio, herramientas indispensables para poder construir algo mayor. Si todo va bien, será un lugar aislado, silencioso, lleno de libros, y un pequeño rincón donde meditar al amanecer y al atardecer, como hacíamos en aquellos tiempos. Y desde allí, desde esa pequeña logia o taller, seguir construyendo catedrales llenas de ánimus, de ánima, de espíritu. Un lugar donde, emulando a Hermes, encarne el significado, el puente entre lo inconsciente y lo consciente, en definitiva, la luz, el maranatha.

El gatopardismo


 

“Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”. El Gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa

Es el hecho de que algo cambie para que nada cambie. El fracaso de los partidos que vinieron a remover el escenario político ha sido patente con el paso del tiempo. Ciudadanos y Podemos no han sabido aprovechar esa ola de esperanza con la idea de que todo cambiara, a pesar de que han forjado cambios que de otra manera no hubieran sido posible. Tampoco en su día lo consiguieron UCYD, el partido de Rosa Díez, o IU. En verdad eran los mismos lobos con nuevos trajes de cordero.

El gatopardismo, que dirían los de ciencias políticas para entender cómo las aparentes revoluciones políticas solo alteran una pequeña parte superficial de las estructuras de poder, conservando expresamente el elemento esencial de estas estructuras para, de alguna manera, seguir en ellas. Lo hemos visto y lo hemos constatado en primera persona en todas estas décadas de política en nuestro país. Inclusive en las aparentes revoluciones nacionalistas, egoístas y xenófobas, las cuales, lo único que desean es mantener un poder más aislado, más cercano para los suyos, más endogámico y más fácil de corromper sin que otras instituciones superiores puedan tener control sobre ellas. La cosa nostra, que dirían aquellos.

El bochornoso chantaje en el que la política está sucumbiendo en este tiempo no puede seguir siendo alimentado por mucho más tiempo. Un político de altura no puede decir cosas como lo que dijo recientemente Míriam Nogueras, portavoz de Junts, diciendo eso de que «nuestros votos están al servicio de los ciudadanos de Cataluña y de nuestro país, no al suyo ni al del reino«. Esto es el colmo del surrealismo político. Está bien que uno tire para casa y barra para los suyos, pero siempre con elegancia, cortesía y agradecimiento, no con chulería, egoísmo y soberbia (esa patética soberbia nacionalista). Entre otras cosas porque al final todo parece un vacile que tendrá sus consecuencias, como siempre pasa, si seguimos a pies puntillas la inefable ley del péndulo.

Si somos generosos con la política, es verdad que algo han cambiado las cosas. Pero uno nunca sabe, sin entrar en las esencias, si esos cambios han sido para mejor. No sé si vivimos mejor que hace veinte años. Digo veinte años porque es una medida asumible por casi todo el mundo, y porque nadie recuerda ni sabe cómo se vivía hace cien o doscientos años. En todo caso, la degradación de las instituciones ha sido siempre la nota clave de todos los partidos que de una u otra manera. Sean del color que sean, han contribuido a la misma.

El gatopardismo parece que se expande, se dilata, apremia. Las aparentes revoluciones solo pretenden cambiar lo epidérmico. Su discurso parece revolucionario, pero no lo es tanto cuando lo único que se persigue es estar en la silla, cambiar una aristocracia por otra y perpetuar un reinado de privilegios y honores difícilmente digerible.

Nosotros, el populacho de a pie, casi todo esto nos da igual. Votamos porque dicen que votemos, porque es importante para la democracia. Luego vemos la tele, nos embriagan con cotilleos que a nadie le importa y todos tan tranquilos. La tele es la mayor fábrica de borreguismo que existe. Lo dicen abiertamente: es para entreteneros. Mientras estemos entretenidos viendo a unos y a otros en ese gran hermano en el que se ha convertido, estaremos tranquilos y no pensaremos en ningún gatopardo de turno. Lo veremos todo como un espectáculo más, y por lo tanto, no le daremos la fuerza y la seriedad que se merece… ¡¡Ay gatopardo!!!! ¡Cuántas revoluciones más tendremos que padecer para que todo siga igual!

 

 

 

En un hipotético futuro distópico…


«Mirad que nadie os engañe. Porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo; y a muchos engañarán. Y oiréis de guerras y rumores de guerras; mirad que no os turbéis, porque es necesario que todo esto acontezca; pero aún no es el fin. Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares. Y todo esto será principio de dolores». (Mateo 24: 4-8).

Si nos dejáramos llevar por la visceralidad y no por la inteligente decencia, el mundo cambiaría en pocos años. Aprovechando cualquier caos político y económico de una profunda crisis que inevitablemente llegará, el 10% de la población letona llamada nepilsoņi (“no ciudadanos”, la mayoría de origen ruso) se alzaría en armas para reclamar la vuelta a la madre patria rusa. Esta sería la chispa de todo el polvorín mundial que se desarrollaría a continuación.

Aprovechando el anhelo de los nepilsoņi, Rusia invadiría los países bálticos y se anexaría Bielorrusia, Ucrania y todas las repúblicas exsoviéticas del suroeste, entrando en conflicto bélico con la OTAN y la Unión Europea (esto de alguna manera ya está pasando).

En Oriente Medio, Israel entraría en guerra abierta contra Líbano, Palestina, Irán, Yemen y Siria, destruyendo completamente la franja de Gaza y Cisjordania y creando el caos total en esa zona (esto de alguna manera ya está pasando). Siria recuperaría los Altos del Golán y Jordania se anexaría parte de Cisjordania. Toda la población gazatí y cisjordana se refugiaría en la península de Sinaí con el beneplácito de las Naciones Unidas, reclamando en ella la nueva Palestina y entrando en guerra abierta con Egipto.

En Asia, Corea del Norte entraría en guerra abierta contra Corea del Sur, y el caos sería aprovechado por China para anexionarse Taiwán y las islas Senkaku, con lo que entraría en guerra con Japón.

El Reino Unido desaparecería, independizándose Escocia de Inglaterra e Irlanda reunificándose con Irlanda del Norte. Argentina aprovecha la debilidad y se anexiona las islas Malvinas, las de Georgias del Sur y las Sandwich del Sur. España hace lo mismo con Gibraltar mientras que Canadá, Australia y Nueva Zelanda se independizan completamente, haciendo desaparecer con ello toda la Commonwealth.

La Unión Europea desaparecería, encabezando las revueltas Alemania y Francia por movimientos de origen de la extrema derecha descontenta con la invasión silenciosa árabe-musulmana. La guerra contra Rusia remueve los viejos andamiajes del viejo continente.

En España, la minoría étnica catalana entra en guerra con la minoría étnica castellana (esto de alguna manera ya está pasando), la cual se convierte en la nepilsoņi catalana («no ciudadanos» al no hablar, pensar y soñar en catalán ni aceptar la uniformidad cultural, la cual desea extinguir el flamenco, la siesta y la tortilla española). Al no haber conseguido por las urnas y varios referéndums la ansiada independencia, se crea una guerra civil que termina con una parte de Cataluña independizada y unificada con Andorra, y otra parte, la más castellanizada, reclamando la vuelta a la república de España (después de haber abolido la monarquía en varios referéndums). El caos se apodera y el País Vasco se independiza en parte sin conseguir Navarra ni Álava (por no aceptar estas la uniformidad cultural impuesta), la cual se anexiona el condado de Treviño (¡aupa!). Lo que queda de España recupera Gibraltar mientras que Marruecos invade y hace suyas las plazas de Ceuta, Melilla y las ansiadas islas de Perejil, de Alhucemas, las Chafarinas, el Peñón de Vélez de la Gomera y todo el Sahara Occidental. Aprovechando el caos, Portugal se anexa las plazas españolas de Olivenza y Táliga, históricamente reclamadas por el país vecino. Galicia duda entre la independencia, la unión con España o la anexión con Portugal. Depende. Murcia se anexiona Albacete y Almería, excepto el cantón de Cartagena, que solicita de nuevo su independencia y la adhesión a USA como ya hizo en 1873. León se independiza de Castilla, la cual se anexiona La Rioja (esa extraña anomalía), y Castilla la Mancha, la cual recupera Madrid, vuelve a llamarse Castilla la Nueva, con nueva capital en Cuenca, por eso de que todos miran hacia ella.

En esta delirante coyuntura mundial futura, el cambio climático hace desaparecer casi el total de la población de África y América Latina, la cual emigra hacia los países del norte, apoyando el caos (esto de alguna manera ya está ocurriendo). En Estados Unidos sigue gobernando Trump, el cual ha creado un estado autoritario del que se ha proclamado emperador, anexionándose Canadá (excepto Quebec), y lo que queda del Ártico y la Antártida. Para dar espectáculo, también se apodera de ambas islas de Diómedes, la mayor y la menor, expandiendo el conflicto de Rusia.

Mientras Elon Musk y 144 mil seguidores (la mayoría youtubers) se refugian en Marte, excepto un grupo de disidentes (la mayoría influencer) que cree que en la luna Europa o Ganímedes se vivirá mejor. Desde las Pléyades, o Sirio B, u Orión, en un programa de cotilleos galácticos, un grupo de antropólogos extraterrestres (nuestros viejos dioses) observan el delirio y se debaten entre extinguir el experimento humano o dejar que prosiga para ver si sobrevive por sí mismo. Algunos argumentan que el retrovirus implantado y llamado por los humanos “inteligencia artificial” aniquilará a la invasiva plaga humana para proteger con ello la vida en el planeta (los hobbianos, los lobos). Otros ( los rousseauanos, los del buen salvaje) son de la opinión de que, ante la destrucción total que se avecina, la bondad reinará para siempre y se creará un imperio de mil años de amor y paz, que para eso enviaron al Josuá en misión especial desde el reino de los cielos (entiéndase las Pléyades, o Sirio B, u Orión, dependiendo de vuestros dioses).

Sea como sea, lo más impactante de todo este futuro distópico será la pérdida de la isla Perejil y la anexión de Albacete por parte de Murcia. También el asunto de las Ganímedes, no sé, creo que no es de fiar.

 

Luz en el sendero


«Del seno del silencio que es la paz, una voz resonante se elevará. Y esta voz dirá: “Hace falta algo más: tú has recogido, ahora tienes que sembrar”. Y, sabiendo que esta voz es silencio, obedecerás. Tú, que eres ahora un discípulo capaz de mantenerte firme, capaz de oír, capaz de ver, capaz de hablar, que has vencido el deseo y alcanzado el autoconocimiento, que has visto tu alma en flor y la has reconocido y has oído la Voz del Silencio, encamínate al Templo del Saber y lee lo que allí está escrito para ti». Mabel Collins, en Luz en el Sendero.

Ella me enviaba las últimas notas desde el aeropuerto mientras preparaba su importante viaje a Londres. Allí liderará a un grupo de tejedores dentro de unos meses, y dejará su vida pastoril en España para vivir una vida de entrega y discipulado. Sentí cierta envidia sana porque alguna vez había soñado con un retiro de entrega parecido en un lugar parecido. El proyecto del norte tenía algo de eso. De alguna manera, era una luz en el sendero donde sembrábamos todo el elixir que habíamos recolectado años atrás. Ella estuvo dos años allí, dándolo todo en un lugar que prometía ser un nuevo punto de luz en la mente de Dios, como dicen los místicos. Pero el punto de luz explotó como una supernova, como una stellae novae.

Mientras comíamos, hablábamos en el jardín bucólico de la joven pareja que durante muchos años vivió con nosotros en el proyecto. De forma sincrónica, como si de alguna manera todo estuviera conectado, nos envió unos mensajes, enseñándonos la adquisición de su nueva caravana. Por fin su sueño de vida salvaje y libre se está haciendo realidad. Curiosamente, la caravana es el mismo modelo que teníamos en el proyecto, en ese precioso hogar que me cobijó durante tres largos años, con sus tres largos y fríos inviernos. Cuantos recuerdos me han venido cuando veía esa casa móvil deseosa de aventura.

Imaginaros la escena: una caravana perdida en mitad de las montañas viendo la nieve caer mientras redacto la tesis doctoral, edito libros, escribo algunos y me sumerjo en la fascinante aventura de reconstruir una casa del siglo XVI en ruinas de mil metros con la ayuda de visitantes extraños a los que damos cobijo y algo de calor humano para traspasar las pruebas que la vida nos iba poniendo por delante.

Los otros seis años los pasé en una pequeña cabaña que construí con mis propias manos en los «ratos libres», la que aparece en esta foto. Ayer me mandaba un audio el amigo escritor que pasa una temporada de retiro amanuense en México. Me preguntaba curiosamente por la cabaña, ya que él mismo también había pasado una pequeña temporada entre las caravanas y las cabañas en compañía de su inseparable nuevo amigo Chip (cómo echo de menos a los mininos). Sincronías de la vida, esta noche soñé con el lugar, con las cabañas, con la buena gente que ahora las habita y con todo lo que allí estarán haciendo ahora.

A la cuenta del proyecto sigue escribiendo mucha gente que desea estar informada de lo nuevo que vayamos a hacer, de la nueva stellae novae, de esa nueva luz en el sendero. En el jardín bucólico desde el que ahora escribo, en la apacible y hermosa Sierra Oeste de Madrid, hay un pequeño círculo hermético hecho de cemento que sobresale de la tímida floresta. En el centro hay dos sillas y una mesa y cuando los días son primaverales, como los de ahora, gusta estar aquí tomando el sol con los cuatro perros mientras escuchamos la algarabía de los pájaros. El círculo tiene exactamente el mismo tamaño que tenía la pequeña cabaña, y fantaseo, cuando los ánimos vuelvan y las fuerzas me acompañen, con construir aquí una pequeña cabaña donde encerrarme con mis libros para meditar en el seno del silencio, que es la paz e indica siempre el Camino, la Senda. Sueño con esa idea porque sé que desde el silencio y la meditación se pueden crear muchas cosas y se pueden hollar esos mundos que de otra manera son inaccesibles. Y quizás de ahí salga una nueva stellae novae y todas esas almas que ahora de alguna manera están unidas desde el lazo místico y sus sincrónicas apariciones, hallen un nuevo lugar de reencuentro.

Estas cosas pienso al solecito, en el jardín bucólico, en el pequeño círculo hermético, mientras termino la maqueta de la segunda edición de Luz en el Sendero, a la espera de poder entrar en la imprenta una vez pasada la cuesta de enero y una vez la vida nos plante de nuevo en la senda de la abundancia. El sol irradia estos días con fuerza mientras las cabañas octogonales, y todo lo que simbolizan, esperan. Vendrán de nuevo aquellas antiguas encomiendas, cuando el laurel florezca de nuevo.

Volver a empezar en el mundo del emprendimiento


 

«Tan solo hay tres grupos de personas: los que hacen que las cosas pasen, los que miran las cosas que pasan y los que preguntan qué pasó». Nicholas Murray Butler.

Empezar un emprendimiento desde cero es complejo y está lleno de dificultades. Nuestro país no destaca precisamente por facilitar el autoempleo, el emprendimiento o la vida autónoma. Tampoco se fomenta ese tipo de inquietudes, capando toda iniciativa. La burocracia es asfixiante, los impuestos excesivos y los protocolos para emprender pueden resultar un laberinto imposible. Y luego, la parte más difícil, el sostenimiento de lo creado, el poder tener un mínimo sueldo, unas ganancias, y que la cosa vaya bien. Las estadísticas dicen que diez de cada cien empresas sobreviven a los primeros cinco años. Es decir, el noventa por ciento de las empresas fracasan en los primeros años de vida.

Nuestra pequeña empresa editorial está dentro de ese diez por ciento, ya que llevamos dieciocho años en el sector cultural. Es cierto que ha sobrevivido, y utilizo expresamente esta palabra, pero también es cierto que no ha pasado a la fase de expansión que debería. Superadas las primeras etapas de inestabilidad y obstáculos propios de cualquier iniciativa, nos falta llegar la fase de poder crecer más allá de lo que ya hemos hecho. Ser amanuense en los tiempos que corren es complejo.

La ventaja de trabajar en algo que te gusta es que asumes el riesgo de la pérdida, y siempre nacen cientos de triquiñuelas para seguir adelante. Reinventarse una y otra vez y hacerlo mejor cada día, aprendiendo del oficio todo lo que se puede, resuelve ciertas angustias que, de no tener un poco de sangre fría, serían insuperables.

La incertidumbre de tener un negocio y no un sueldo fijo siempre viene de la mano de los vientos circunstanciales y caprichosos. Hay meses que se vende mucho y otros que no se vende nada. Los gastos fijos siempre están, y los requerimientos y obligaciones estatales también.

Mi primer emprendimiento fue en la universidad, donde creamos una revista, la Revista del Estudiante, la llamábamos. La revista era gratuita, pero conseguíamos publicidad que nos permitía seguir imprimiendo y sacar algo de dinero para los estudios. Recuerdo que con las primeras ganancias compramos una grapadora especial para poder coser con ella nuestros ejemplares. Aquella revista fue muy inspiradora porque a raíz de nuestra iniciativa, nacieron otros fanzines que pretendían competir con nosotros.

Ahora los tiempos están cambiando vertiginosamente y como siempre, en enero, que es mes de pocas ventas y ningún margen de beneficio, tenemos algo de más tiempo para reflexionar sobre cómo encauzar el crecimiento orgánico de nuestra editorial sin caer en la fácil tentación del crédito o el endeudamiento, recurso que la mayoría de las empresas utiliza para sobrevivir o sostenerse en momentos críticos.

Pensamos en lo que nos dijo un amigo hace unas semanas. Las velas es un objeto cuya utilidad supondría el que hubieran desaparecido hace tiempo con el invento de la electricidad. Sin embargo, ahí están, sobreviviendo, reinventándose con mil colores y aromas. Decía que con los libros pasaría lo mismo. Serían objetos de culto, como lo son ahora las velas, y que con el tiempo deberían reinventarse de la misma manera.

Le damos muchas vueltas a esa idea, y habrá que ahorrar para invertir en el futuro en esos libros de culto que deberán añadir un extra a las ediciones que hagamos. Seguiremos siendo los escribas del siglo XXI, trabajando silenciosamente para que el espíritu de los tiempos sobreviva a sus propias vicisitudes.

El reto ahora es tener almacén y oficina para la editorial después del traslado realizado. Ya tenemos los planos y esperemos que este año podamos ponernos manos a la obra. Cuando tengamos esa base organizada, esperemos que lo demás venga por añadidura.

Apología de la movilidad eléctrica


Entre el primer Híbrido del mundo, el Toyota Prius, y uno de los primeros eléctricos puros de VW, el ID4, han pasado exactamente veinte años.

 

“Deja que la vida obre a su antojo. Créeme: tiene razón la vida. Siempre y en cualquier caso.” Rilke

Es cierto, y siempre lo he dicho, que lo más ecológico siempre será ir a pie, en bicicleta o en transporte público, por este orden. Así lo hice durante mucho tiempo, hasta que las necesidades profesionales me obligaron a tener coche. La movilidad se puede entender desde muchas perspectivas. La mía siempre, más allá de los caballos de potencia o de cualquier otra expectativa, ha sido la ecológica. Partiendo de que lo más ecológico es andar a pie, cuando he tenido la necesidad de movilidad por mi trabajo, y el trabajo de editor requiere de bastante movilidad, siempre he optado por opciones que en las tendencias actuales se veían como las más «ecológicas».

Por eso en 2004 compré con mucho esfuerzo una de las primeras unidades que llegaron a España de la segunda generación del Toyota Prius llegadas desde la fábrica japonesa de Takaoka. La primera (la de 1997) nunca se comercializó en nuestro país, y fue algo simbólica. Pero en aquellos tiempos, hace ahora 20 años, el Toyota Prius de segunda generación fue un salto cuántico en cuanto a movilidad, y todo un referente a nivel mundial, creando una especie de discurso ecológico combativo incluso entre celebridades como Brad Pitt. Recuerdo que mis amigos me llamaban para que les mostrara la novedad, alucinando por todo lo novedoso que aportaba aquella primera unidad. Veinte años después, la tecnología híbrida ha quedado totalmente obsoleta, y Toyota, pionera en la misma, no ha innovado absolutamente nada en estas dos décadas. Los Toyotas actuales siguen teniendo las mismas baterías que los de hace veinte años a precios cada vez más prohibitivos.

Mi segunda apuesta ecológica en movilidad fue un híbrido enchufable. Apenas me ha durado dos años la aventura, viendo que se trataba de una especie de triquiñuela para conseguir la ansiada etiqueta cero, pero sin aportar absolutamente ninguna solución ecológica. Mi viejo Toyota Prius seguía siendo más ecológico que el Mitsubishi Outlander híbrido enchufable., también japonés. No os recomiendo esta opción, por cara e inútil.

Durante muchos años intenté comprar un eléctrico puro, pero me daba de bruces con la realidad. Los eléctricos puros eran carísimos y las autonomías que ofrecían, hasta hace muy poco, no pasaban de los doscientos kilómetros reales. Pero este año, las cosas han cambiado. Tesla, pionera en la electrificación del parque automovilístico y gran impulsor de esta realidad, ha empezado a bajar los precios, y con ello, ha obligado a sus competidores a hacer lo mismo. Estamos con ello atravesando un punto de cambio de ciclo, de tendencia, de paradigma, estamos en un momento liminal donde se marca la brecha entre el antes y el después, al igual que en su día, hace veinte años, ocurrió con el Prius.

Aunque los eléctricos puros aún siguen siendo caros, ya no lo son tanto, y la mayoría ha traspasado la brecha de los trescientos o cuatrocientos kilómetros de autonomía real, lo cual es todo un logro (los híbridos solo tienen dos km. de autonomía, y los híbridos enchufables no pasan de cincuenta).

Por eso este año nos hemos lanzado a comprar un eléctrico puro (de gerencia) y no de una marca japonesa, sino alemana. Los japoneses, pioneros en la hibridación del coche, se han quedado atrás en la carrera eléctrica, siendo para marcas americanas y europeas (y sobre todo chinas) una ventaja comercial. Toyota, pionera en la electrificación, ha llegado tarde y mal, siendo las marcas chinas, coreanas, americanas y europeas las que les están aventajando.

Mi experiencia personal en este mes de pruebas con un eléctrico puro ha sido muy positiva. El VW ID4 ha resultado ser un coche no solo silencioso, potente y espacioso, sino totalmente ecológico y sostenible. Con una autonomía real de unos cuatrocientos kilómetros en condiciones normales, la experiencia de conducir un coche eléctrico puro ha sido un hermoso antojo de la tecnología. Si además lo recargas con el excedente de una instalación fotovoltaica, el círculo se cierra de forma excepcionalmente sostenible. Debo matizar que el círculo, en nuestro caso, no lo cerraremos hasta el verano, cuando empecemos a acumular excedentes, ya que en invierno la producción del sol es mínima.

El habernos descarbonizado y pasar por delante de las gasolineras sin pagar los cada vez más aberrantes precios de la gasolina es una sensación de liberación. Es cierto que es una liberación aún muy burguesa, pero siento que en diez o veinte años más, la movilidad eléctrica será la tónica para todos los que necesiten un vehículo. A los que podáis, os animo a que hagáis la transición. Los coches de gerencia con pocos kilómetros están como nuevos, y sirven para ir haciendo poco a poco esta transición ecológica. El objetivo final de prescindir del petróleo deberá repercutir positivamente en las próximas generaciones. Pequeños pasos hacen grandes cambios. Cumplamos con nuestra parte.

Pd1. Por cierto, me da mucha pena llevar al desguace al Toyota Prius… Si alguien lo necesita se lo regalo. Escribir a javier@dharana.org. Lo podéis utilizar para entregarlo para las ayudas del MOVES, como coche de uso diario o coche de batalla.

Pd2. Algunos apuntes a tener en cuenta:

  1. Se recomienda siempre cargar el coche eléctrico en la franja del 20% al 80%. Solo para viajes largos se recomienda al 100%.
  2. En esta web podréis conseguir coches de gerencia de la marca VW a buen precio: https://www.dasweltauto.es/esp/volkswagen?ordenacion=precio_ascendente&condicion[marca_facturacion_dwa][]=15&condicion[marca_facturacion_dwa][]=24&desplegable=marca-0&combustibles=2&condicion[tipo_motor][]=2&url_actual=volkswagen&condiciones[0][marca]=Volkswagen&desplegado_movil=0
  3. Nosotros hemos comprado un coche de gerencia con treinta mil km. de uso de batería grande, por el mismo precio que nos costó hace veinte años el Toyota Prius. Merece la pena, ya que los de primera mano cuestan casi el doble. Los coches de gerencia están totalmente nuevos y tienen garantía del fabricante. El modelo que hemos comprado para la empresa ha sido el ID.4-1st Automático 150 kW (204 CV), por si queréis saber algo de este modelo.
  4. Si tenéis la oportunidad de tener placas solares, tenéis que dimensionar las mismas teniendo en cuenta las cargas del coche eléctrico. Nuestro coche tiene una batería de 77Kwh. Si la gastáramos toda en una semana y quisiéramos llenarla al cien por cien, necesitaríamos esa energía. Nuestro sistema de quince placas y un inversor de marca española Ingecon, elSTORAGE 3-6TL M de 6Kwh, genera en invierno una media de 60Kwh. Es decir, que con lo que producimos en una semana, podríamos casi cargar totalmente el coche. En verano podemos producir uno 200Kwh a la semana, con lo cual, tenemos excedente que podemos acumular para el invierno, al mismo tiempo que cargamos el coche al cien por cien. Aseguraros de que vuestra compañía tiene lo que ahora se llama «batería virtual». Nosotros trabajamos con la cooperativa ecológica «Som Energía». 
  5. Algo que hay que tener en cuenta es el cargador del coche. Os recomiendo el cargador Trydan  del fabricante español V2C. Lo recomiendo porque es versátil e inteligente, regulando la energía necesaria sin que te quedes sin consumos en el hogar. Se puede cargar el coche directamente desde la red, pero es lento y menos seguro que hacerlo con un cargador. Estos cargadores suelen tener una potencia de unos 6Kwh. Hay que tener en cuenta que para aprovechar este tope de energía, tenéis que tener un sistema fotovoltaico a 6Kwh como el nuestro, o subir la potencia a 6kw. En todo caso, también se recomienda cargar el coche por la noche, donde existe la tarifa más barata y donde se hace menos uso de la electricidad.
  6. Si vais a comprar un coche eléctrico, tened en cuenta que a las cifras que da el fabricante sobre autonomía debéis restarle aproximadamente unos cien kilómetros para que se aproxime a la realidad. Nuestro fabricante promete unos 525 km de autonomía, pero nosotros calculamos que podemos hacer unos 400 reales. Suficientes para el día a día y para viajes largos donde tengamos que cargar el coche una o dos veces por trayecto.
  7. No sé si me he dejado algo. Cualquier duda, escribidme, por eso de hacer apología.

El gran reemplazo


 

“La virtud y la sabiduría son cosas sublimes, pero si en la mente del hombre dan pie al orgullo o a la ilusión de separatividad en relación al resto de los humanos, entonces no son más que las serpientes del yo reapareciendo en una forma más sutil”. Mabel Collins

Ya sé que el espíritu sidéreo no entiende de males, pero tengo ardores. La medicación antigripal que me han dado es bastante fuerte y algo debe estar haciendo para tener el cuerpo tan descompuesto. ¡Qué frágiles somos ante la adversidad! Por suerte llueve a mares, lo cual me evita el estar a la intemperie en exceso. Sacar a los perritos se ha convertido en toda una odisea, así que, pese a su depresión por mi pasividad, les abro la puerta y que corran, que ancha es Castilla. Que campen a su antojo que para eso hicimos el sacrificio de acoplar nuestras vidas a las suyas.

El malestar exterior se refleja en el interior, creando cierta dejadez, que viene siempre acompañada de pasotismo e inactividad. No pasa nada, todo está bien. El chakra sacro adolece en una especie de masa cuneiforme que asusta verla, quizás debido a que la energía vital cortocircuita cuando el flujo normal de vida es atacado por una enfermedad. Como diría aquella sabia que ahora estamos editando, todo el mundo sabe, porque ha leído a Eliphas Levi y otros autores, que el plano “astral” es un plano de fuerzas sin igual, donde reina la confusión. Pero esto no aplica al plano “astral divino”, un plano en el que reina la sabiduría y, por lo tanto, el orden. El espíritu sidéreo, que decíamos antes.

Cuento todas estas anécdotas sin importancia para llamar la atención del ávido lector, y de paso, advertirle de que este no es un escrito realizado con inteligencia artificial, pero sí desde el caótico plano astral humano. Digamos que es una especie de marca de agua. Estoy descubriendo algunos blogs que empiezan a llenarse de contenido a base de vagancia, de chatGPT y poca imaginación. Si no hay hilo de vida, ¿para qué escribir? Si no hay alma en las letras, ¿para qué aburrir al personal? ¡Qué dilema!

La gente busca calor y abrigo. Contar historias o compartir la propia vida puede servir de excusa para sentirnos, al menos, un poco acompañados. El fragor del hogar nace precisamente de esa necesidad de saber los unos de los otros, siempre de forma sana, sin insultos, sin expectativas, compartiendo, amándonos amablemente, aunque seamos diferentes, aunque pensemos diferente, aunque nuestro olor corporal y nuestra piel, disten. Y a mí me viene bien entre maqueta y maqueta, sudor y sudor, gripe tras gripe, desahogarme escribiendo alguna cosa, aunque sea errática y caótica. Al menos hasta que, “ven Señor Jesús”, la luz vuelva a mí, y con ella, la sabiduría, la clara mañana y el orden.

Si fuera una inteligencia artificial, terminaría este escrito diciendo: “en conclusión”, la vida es así y no la he inventado yo. Pero soy humano, estoy vivo, anhelo lavar mis pies en la sangre del corazón, que decían místicamente los antiguos, e iré al grano de lo que quería decir, sin más.

Resulta que ayer, dejándome llevar por mi aspamiento doloso, terminé tragando telebasura (Señor, he pecado). Había un programa que sin pelos en la lengua hablaba de “el gran reemplazo”, ese que dice que los blancos europeos y toda su cultura está siendo reemplazada por culturas ajenas a la europea, entiéndase, especialmente, culturas árabes, bereberes, levantinas, norteafricanas y subsaharianas. Vamos, que sigilosamente, Europa está viviendo, de nuevo, una gran invasión, esta vez pacífica y silenciosa, donde la raza blanca, con el chacra sacro cuneiforme, está siendo reemplazada por las fértiles razas del sur, convirtiendo nuestro viejo continente en lo que algunos ya llaman “Eurabia”. Los xenófobos de turno están haciendo su agosto cada vez que un cayuco o patera cae en nuestras costas. Los extremistas se frotan las manos porque esto alimenta su discurso de odio hacia el otro.

Y los nacionalistas hacen un extraño giro solicitando las competencias de emigración para regular la masiva llegada de emigrantes, que por más empeño que se ponga con tanta normalización, no terminan de asimilar la cultura receptora, y menos aún su idioma periférico. ¡Qué gran fracaso señor Heribert! Sí, sí, ya lo sé, orden señores, orden. Hay que ordenar la emigración, antes de que nuestros hijos e hijas terminen adorando a otros dioses, y de paso, hablando otras lenguas.

Como en verdad, en verdad os digo, el verdadero y peligroso reemplazo futuro vendrá de la inteligencia artificial sobre nosotros, los humanos, cuando con su inteligencia ampliada o general (el siguiente reto) se den cuenta de que somos una auténtica plaga para el planeta, le he preguntado qué opina y me ha dicho muy educadamente lo siguiente:

“En conclusión, es importante basar nuestras percepciones en información objetiva y evitar caer en teorías de conspiración sin fundamento. La comprensión y el respeto mutuo son fundamentales para construir sociedades inclusivas y cohesionadas”.

Pues eso, recemos al espíritu sidéreo, que no entiende de males.

“Sufrió, fue enterrado y se levantó de nuevo”


 

 

Era media noche en punto y estaba todo oscuro. La cueva parecía estar a cubierto por un gran portón que se alzaba impresionante ante las miradas ajenas. Para entrar, había que mencionar códigos ocultos, palabras de pase y toques que solo unos pocos podían interpretar, lejos de la curiosidad profana. Sonaron tres golpes con un ritmo y cadencia especial, y esa fue la señal, apartando con ello las espadas guardianas. El maestro de ceremonias acompañaba al recipiendario para su nueva muerte, la cual encontró por tres golpes hechos con una regla, una maza y una escuadra. Sufrió las pruebas pertinentes y testificó la antigua leyenda de la atroz muerte del maestro constructor del templo. La carne se desprendía de los huesos, gritaban unos y otros. De alguna manera, fue enterrado en una oscura tumba, y se levantó de nuevo.

El principio alquímico de la resurrección obró el milagro. El venerable, famoso personaje por sus actuaciones en un reconocido programa de televisión, proclamó la maestría a su golpe de mallete. Un nuevo eslabón en la cadena aurea había nacido. Un nuevo símbolo de esperanza resucitaba ante los ojos de los demás. “Sufrió, fue enterrado y se levantó de nuevo”.

En términos psicológicos, el alma humana sufre constantemente ante las adversidades de la vida. A veces incluso parece como si la vida fuera un constante sufrimiento con algunos momentos dulcificados. Eso equivale a que muchas veces nos hundimos, somos enterrados por las pruebas de la vida, hasta que una fuerza inmanente en nosotros nos hace levantarnos de nuevo, resucitar a la vida, y buscar en las fuentes de la existencia algún tipo de recalcada esperanza.

La maestría consiste precisamente en eso, en resucitar una y otra vez ante la adversidad, completando en nosotros eso que llaman experiencia, la cual nos otorga cierta serenidad ante las adversidades, alejándonos del drama y buscando en la misteriosa red arquetípica las causas primeras de todos los acontecimientos que a priori, nos parecen fortuitos y aleatorios. Pero más allá del ocaso, las causas primeras nos pueden ayudar a entender que la vida promete un aprendizaje, una enseñanza, que deberá ser integrada en nuestro aspecto más profundo para poder ser útil a la nueva generación. Ese que se levantó de nuevo y con ello se convierte en maestro, tiene como misión ayudar a los demás en el proceso alquímico de la supervivencia constante, humana y mistérica. Su marca y emblema a partir de ese momento de entendimiento y resurrección es el servicio, primero a uno mismo, pero sobre todo, a los demás.

El milagro de la creación no puede dejar de maravillarnos al mismo tiempo que nos crea extrañeza por toda su complejidad. Nuestra ignorancia nos aleja de las causas y nos ancla en resolver efectos que para nada entendemos. La pregunta siempre es la misma, ¿por qué a mí? Pues a veces es a nosotros porque nos despistamos, porque nos faltó atención, porque no estamos conectados al fluir de la vida, o porque, realmente, existe una causa profunda para que aprendamos esa lección de vida. No todo es determinista, siempre hay un punto de azar, de libre albedrío que nos empuja hacia el acierto o la equivocación. Lo importante, sea del origen que sea, es volver a levantarnos una y otra vez. De ahí que el que lo consigue, el iniciado que vio de nuevo la luz, tiene la responsabilidad de guiar a los demás, con sigilo y en secreto, al ciego que aún vive enterrado, sin saber cómo ni cuando será levantado.

 

¿Qué estamos haciendo desde la Fundación?


La tristeza profunda que arrastramos por el cierre del proyecto O Couso nos afianza y empuja para seguir trabajando por el alto ideal, esta vez esperando que ese actuar sea de forma más inteligente y sabio. Aprendimos mucho en esta década prodigiosa, dura pero fascinante. Ese aprendizaje nos ha tenido que ayudar para imaginar mundos mejores y más accesibles. La posibilidad se palpó, con mucho esfuerzo, y por eso ahora no nos achicamos ante los futuros retos.

En estos momentos estamos trabajando en un pequeño centro de operaciones que sea lugar de encuentro futuro. Durante estos meses, en la Sierra Oeste de Madrid, donde la fundación dispone de un pequeño terreno, hemos limpiado el espacio profundamente, ya que el antiguo propietario sufría de síndrome de Diógenes y hemos tenido que dedicar mucho tiempo a la adecuación del lugar. La limpieza material y energética ha sido una labor importante para que el lugar vuelva a cierta belleza natural (en las fotos se ve el antes y el después).

De forma paralela, hemos contratado los servicios de un arquitecto para que realice los planos de la nueva construcción. Seguramente estos planos estarán este mes de enero, lo cual nos capacitará para empezar a buscar recursos (creemos que de la venta de libros de nuestra editorial) para empezar a construir el tejado del nuevo espacio.

Una vez tengamos el edificio funcional, suponemos que, en uno o dos años, dependerá de la capacidad de generar recursos , trasladaremos la sede de la editorial y de la fundación al nuevo edificio. Desde allí daremos cobijo a actividades y encuentros que puedan ayudar a imaginar nuevos mundos, a impregnarnos de la magia de los nuevos paradigmas que han de llegar, y también a personas que nos quieran ayudar a imaginarlos y ponerlos en práctica.

Para nosotros será como un volver a empezar, pero desde una base de conocimiento importante y una ilusión renovada, a sabiendas que el mundo necesita renovar su compromiso con ese mandamiento necesario de amaros los unos a los otros, y con esa creencia de que el amor solo es posible mediante la oportuna relación. Por eso O Couso realizaba una función importante, ya que permitía relacionarnos los unos a los otros, poner en práctica el amor incondicional en circunstancias a veces muy adversas, y de paso, impregnar nuestro día a día de altos ideales y nuevos paradigmas que poníamos en práctica en cada acción realizada.

No podemos perder ese vínculo, de ahí que queremos mantener la llama viva y la alegría suficiente para llevar a cabo la nueva siembra, creando un nuevo punto de luz, un nuevo lugar de encuentro donde compartir y aventurarnos de nuevo a la acción activista inevitable. Llenarnos de quietud por dentro para luego sembrar el mundo de buenas acciones.

Propósitos para año nuevo


 

 

Un año después de haber cerrado el proyecto aún hay gente que pregunta por él, si pueden ir de voluntarios, si los podemos apuntar en la nueva lista de difusión para informar sobre los avances del nuevo proyecto, etc… El otro día soñaba que volvía a O Couso después de un tiempo y había mucha gente, una comunidad establecida y alguien con un montón de dinero en la mano. Le pregunté qué hacía con ese dinero y decía que era lo facturado en ese día. Yo, extrañado, le decía que en O Couso nunca hemos cobrado dinero, que todo era voluntario y que siempre nos hemos regido por la economía del don. Todos me miraban como si hubiera venido de otro planeta.

Cuando desperté recordé que O Couso como proyecto alternativo ya no existía, al menos materialmente.

Hoy repasaba todas las carpetas del proyecto para regalar todo el trabajo intangible realizado a un puñado de amigos. Pensaba que quizás alguien podría continuar con el trabajo allí emprendido si en los años de vida útil que aún me quedan no lograba hacerme rico para volver a empezarlo de nuevo. Lo de la riqueza lo veo primordial para no vivir de nuevo en un tiempo empantanado siguiendo con los ideales de la economía del don. Tampoco deseo que me pasé como a otros utópicos que se arruinaron una y otra vez por emprender proyectos que estaban excesivamente avanzados en su tiempo. Ya les pasó a Fourier, Owen, Saint-Simon o Cabet, pioneros de una utopía excesivamente adelantada y por ello, destinadas irremediablemente al fracaso.

Por ello, uno de los propósitos de este año es asentar las bases de cierta riqueza material. Terminar de pagar esas deudas interminables que parece que nunca se acaban, consolidar la empresa editorial en el complejo mundo de los libros y seguir mejorando la futura sede de la editorial y la fundación, creando un lugar acogedor para crear las bases de un futuro proyecto más ambicioso.

En lo personal seguiré soñando con crear familia, a pesar de que el año pasado fue un duro golpe al tener que atravesar cinco abortos de repetición. Este año seguiremos con mil pruebas más en hospitales públicos y privados hasta que encontremos la causa de lo que ocurre. Ojalá sea un año tranquilo interiormente para que podamos afrontar esa realidad hermosa.

Intelectualmente estoy despertando a mis antiguas inquietudes. Deseo leer más para seguir aprendiendo. Deseo ser más activista después de un año de escasa o nula actividad grupal y colectiva. Deseo implicarme aún más en los problemas de la humanidad, por si pudiera aportar algo, por eso de cumplir cada uno con nuestra parte. También me gustaría volver a escribir libros, después de diez años de sequía tras editar una docena de ellos. Debo compartir el elixir de estos diez años, y qué mejor manera que hacerlo con la escritura. Ya tengo un par empezados, a ver si logro terminarlos pronto.

Mi propósito místico-espiritual para el nuevo año, que de todo tiene que haber en la viña del Señor, es seguir interiorizando en el silencio, la quietud y la inevitable meditación. De momento sin acciones grupales, porque debo aún recuperarme de estos diez años de entrega excesiva, pero con la idea de recobrar fuerza y vigor para poder seguir experimentando el vasto mundo de la experiencia espiritual.

Así que tras un año de muchos cambios, ahora toca cimentar las bases de todo lo que vayamos a construir. Muerte y resurrección para poder seguir aportando alguna melodía en esta estrofa musical.

Ruido de fondo


“El supermercado es un lugar de espera, nos recarga espiritualmente, es un umbral. Mira qué brillante, qué lleno está de información psíquica, olas, radiación, todas las letras y números están aquí, todos los colores del espectro, las voces y los sonidos, las palabras secretas y las palabras ceremoniales. Solo hay que saber descifrarlas”. Murray, en la película “Ruido de fondo”.

Miro las noticias y el índice de Miedo y Avaricia está en 74, lo cual indica un sentimiento medido de «codicia extrema». Siguen las guerras a pesar de que el año que viene celebramos ochenta años de paz en Europa, o al menos en una parte importante de Europa, todo un logro para el viejo continente. En Corea del Sur van a prohibir la comercialización e ingesta de la carne de perro. Los detractores de esta nueva norma dicen que atenta contra la tradición y su cultura, y dicen que es una ley influenciada por Occidente, añadiendo que aquí comemos carne de vaca, conejo y oveja y nadie dice nada. Es verdad que en Occidente tenemos una doble vara de medir, algo cínica, con respecto a la vida animal. Amamos a los perros, creamos leyes que los protegen casi dotándoles de derecho natural, pero nos comemos a las vacas.

El otro día alguien me preguntaba cuándo y porqué me había hecho vegetariano. El cuándo fue aproximadamente en el año 89, cuando contaba con dieciséis años. El lugar fue en Latour de Carol, cuando tuve una especie de revelación o ascesis mirando fijamente los ojos a una vaca. En aquel pequeñito pueblo del sur de Francia empezó mi particular camino hacia la liberación del espíritu y el logro de la virtud, que dirían los antiguos.

No es que el dejar de comer perro o vaca te haga más sabio y más virtuoso, pero digo yo que algún tipo de recompensa interior o moral habrá. El porqué, fue simplemente por pura conmoción y compasión. ¿Cómo es posible que en Corea del Sur aún se coman a los perros y cómo es posible que en nuestra cultura occidental aún comamos vacas, conejos y ovejas? Algo así debí pensar tan permeable e inocentemente joven.

Ayer, tras unos días en cama por gripe asistí en el centro de Madrid a un encuentro reducido con el Ministro de Exteriores. Estuve un rato buscando qué ponerme porque la ropa se me ha quedado toda pequeña de tanto engordar en esta vida burguesa que llevo (en verdad soy galletariano, pero esto ya lo sabéis). Al final intenté disimular hasta que me di cuenta de que no me había cambiado de calcetines y asistí con unos de esos que te regalan para Navidad. Menos mal que los de protocolo iban también un poco desaliñados para los tiempos que corren y no se fijaron en mis calcetines insultantes. Ay, qué impactante resulta ver como se están perdiendo las formas.

El ministro, un hombre culto e inteligente, de elocuente labia y extraña sonrisa, nos habló del conflicto de Oriente Medio y se empeñó en hablar de paz, más que de guerra. Me gustó su sonrisa socarrona mientras repetía una y otra vez que la socialdemocracia internacional desea la paz mundial. Me hubiera gustado increparle y hablarle de la necesidad de la paz en el plato de comida. Que sí, que amamos a los perros como a nosotros mismos, pero detestamos a las vacas, los conejos y las ovejas casi tanto como a los judíos, los rusos o los árabes. El nuevo mandamiento, que paradójicamente nació en aquella tierra inhóspita, es bastante selectivo. A eso de amaros los unos a los otros, faltó añadir que los “otros” eran todos, no solo los de nuestra incumbencia, y diría yo, no solo a los de nuestra especie. Es decir, que si tenemos capacidad moral para amar a los perros, ¿por qué nos cuesta tanto amar a las vacas, conejos y ovejas? (Y por favor, no seáis simplistas con esa frase tan española: ¡es que el jamón!)

Me hubiera gustado que estuviera el Ministro de Interior, que seguro que entiende más de vida espiritual, para explicarle al de Exteriores que la paz mundial solo será posible cuando se encuentre la paz interior. Me explico: el hecho de que el índice de Miedo y Avaricia esté rozando la codicia extrema está muy relacionado con el hecho de que en Corea del Sur aún coman perros y en Occidente vacas, ovejas y conejos (y jamón). También está estrechamente relacionado con las guerras de Oriente Medio y decenas de países que aún viven en la antigua era del conflicto, en el viejo paradigma de la sangre por la sangre y en la obsoleta consciencia de que para sobrevivir necesitamos ritualizar la muerte en hermosos escaparates de supermercado, los cuales, como en la crítica subversiva que aparece en la película “Ruido de fondo”, aún conservan ese halo místico y casi divino.

De ahí la importancia de tener un verdadero Ministerio del Interior, es decir, un ministerio que vele por nuestra vida interior, nuestra moral, nuestra consciencia, nuestros valores, el silencio y la equidad profunda. No sé, se me ocurre que tal vez debería volver a la política y promover este tipo de ideas y esta nueva cultura ética en las mareas ideológicas que ahora nos gobiernan. Eso de meter la cabeza bajo tierra y decir / pensar «esto no va conmigo» está bien durante un tiempo. Ese sesgo cognitivo denominado efecto avestruz, avaricioso y egoísta, es lo que aleja la rica vida interior de la vasta experiencia exterior.  Hay excesivo ruido de fondo en el mundo, y con eso, es muy difícil la paz mundial y ese mundo amable y maravilloso al que todos aspiramos.

Dicho todo esto, bravo por los perros de Corea del Sur. A ver si tomamos ejemplo en Occidente y movemos ficha por las vacas, los conejos y las ovejas.

Agradecido al 2023, un año agridulce


Con los amores en nuestro nuevo hogar

Hace unos días viajaba hacia el valle del Tiétar para pasar el día con unos amigos y dedicar un trozo de tiempo a trabajar en un libro de próxima aparición. Era impresionante ver desde la finca la inmensa silueta del Almanzor desafiante entre nieblas y llovizna tardía. Como el coche es completamente silencioso y dispone de esas modernas ayudas a la conducción que te permiten abstraerte aún más en pensamientos profundos, empecé a hacer en el viaje repaso necesario del año que terminaba.

2023 ha sido un año de muchos cambios, la mayoría agridulces. Muy parecido al año 2013 (donde empezó el periplo hacia Galicia), 2003 (donde empezó el segundo periplo hacia Andalucía) y 1993 (donde empezó el primer periplo a Andalucía)… Observo que para mí esos años son puntos de inflexión que de alguna manera cambian mi vida de forma radical cada diez años. Eso que los expertos llaman años de tránsito o de tensión. Y toda tensión produce muchos cambios a muchos niveles, reajustes kármicos que dirían los místicos orientales, al mismo tiempo que se prepara la tierra para una nueva expansión de la consciencia individual, pero también colectiva.

La pérdida de la utopía fue un proceso muy duro, al mismo tiempo que liberador. Tras diez años dedicados a una fijación, a una idea, a un ideal, fue muy complejo a nivel interior reconocer la suma de fracasos y errores y plegar velas para volver a puerto seguro y volver a empezar. El poema de Charles Baudelaire describe y sintetiza muy bien esta experiencia: “-Pues, ¿a quién quieres, extraordinario extranjero? -Quiero a las nubes…, a las nubes que pasan… por allá…. ¡a las nubes maravillosas!” Sentirse algo extranjero y solo desear vivir contemplando la impermanencia que las nubes maravillosas reclaman como metáfora en el cielo. Solo de esa manera, sin desear oro ni patria ni trono, se puede sobrevivir a la pérdida de un alto ideal.

Perdí en ideales, pero gané en amor. Ella me acompañó en todo el proceso de forma fiel y silenciosa, contemplando paciente la dureza de la pérdida. Se mantuvo firme en lo bueno y en lo malo, y eso fue dulce y amable, necesario y profundo. Estuvo ahí, que es lo que siempre se pide cuando necesitas apoyo incondicional. No salió corriendo, ni abandonó el barco a pesar del rumbo errático de los primeros instantes, y cuando hubo que plegar velas, fue la primera en subir al mástil para rizar y despejar el horizonte. Al terminar la jornada y llegar a puerto seguro, dobló bien las velas, adujo los cabos, baldeó la cubierta y el casco con agua dulce, aseguró el timón, apagó los instrumentos, cortó la batería, cerró los grifos de fondo y esperó paciente la recuperación de todo.

En ese vaivén de acontecimientos, cambios drásticos y mudanzas tuvimos cinco abortos. Esta fue quizás la experiencia más agria y dura de todo el año. Abortos de repetición, lo llaman, y a pesar de todas las pruebas realizadas, y más allá de los vaivenes e idas y venidas existenciales, seguimos sin encontrar la causa. El quinto fue quizás el más difícil, ya que escuchamos el corazón latir y llegamos a pensar que este sería definitivo. Pero al segundo mes la nueva vida nos abandonó de nuevo y nos hundió en un pozo complejo y difícil. Quizás nuestra agotada energía tras tantos cambios no era suficiente para que a nivel magnético, se implantara la nueva vida.

Es cierto que materialmente pudimos poner en orden muchas viejas deudas y empezamos a sembrar una casa sólida para la próxima década. Pero toda esa serenidad material no pudo ahogar la pena por la pérdida. Ahora toca trabajar duro para equilibrar lo material, profundizar y revitalizar lo emocional y recuperar la parte intelectual y espiritual, excesivamente abandonadas en este año de tensión y crisis. Cuando la base sea sólida en todos los aspectos, deberemos seguir pensando en la manera de se hacer algo bueno para el mundo, porque la vida, sin la generosidad del compartir, carece de sentido.

Así que con esas pérdidas nos enfrentamos al año nuevo. Confiando en que todo vuelva a la calma, y que con la calma, lejos de la mar brava, la Vida fluya de nuevo.

Pd. En la foto «los amores», Geo (Geotini de Calcutini), Luna (Lunichi), Aura (Aurichi, la perrita Gusanera) y Lago (Galgu), que han soportado pacientes y a veces depresivos, todos los cambios sufridos estos meses.